martes, septiembre 30

La mujer del César

No, con el título de ahí arriba no me refiero a Pepa, mi ama y señora, sino a ese viejo dicho que reza: “La mujer del César no sólo ha de ser honrada, sino que además debe parecerlo”. Aunque no nos engañemos, lo cierto es que no tiene por qué ser honrada; basta y sobra con que lo parezca. En nuestra sociedad (y en todas, me temo) la imagen no solo prevalece sobre la realidad, sino que se convierte en la única realidad accesible. ¿Por qué? No se me ocurre más que una respuesta: porque los seres humanos somos gilipollas. Sólo percibimos lo que parece evidente, lo que está claro sin tener que darle muchas vueltas, lo que se explica a sí mismo, y rara vez nos cuestionamos esa realidad aparente, porque hacerlo, en cierto modo, sería como cuestionarnos a nosotros mismos o, cuando menos, poner en entredicho el suelo que pisamos. Además, tampoco tenemos capacidad para ir mucho más lejos. Esto me recuerda una frase que debería incluir en el coleccionista de idems: “La religión existe porque los seres humanos somos inteligentes, pero no demasiado”. Bueno, pues lo mismo puede decirse, no solo de la religión, sino acerca de todos los aspectos de la vida. Siempre nos quedamos inevitablemente cortos.

Somos gilipollas, sí, y además lo sospechamos. Vale, desde un punto de vista personal todos nos consideramos más listos que el hambre, todos tenemos un alto concepto de nosotros mismos; pero debe de existir una zona en nuestro cerebro, dedicada al cómputo de datos, que nos susurra: “mira, chaval, teniendo en cuenta la cantidad de soplapolleces que has hecho y dicho en el pasado, lo más probable estadísticamente es que en este mismo instante estés haciendo o diciendo una soplapollez”. Esto no se lo reconocemos ante nadie, por supuesto, pero la vocecita está ahí, haciéndonos dudar de nuestra capacidad para interpretar el mundo. No lo formulamos de una forma coherente, ni siquiera articulada, pero en el fondo desconfiamos seriamente de nosotros mismos, y nos tememos que, en cualquier momento, los demás acaben por darse cuenta de que somos un bluf y nos digan con una ceja levantada: “Coño, César, ahora que caigo eres un capullo integral”. Y eso no lo podemos aceptar, claro, de modo que tenemos que esforzarnos en mantener íntegra la farsa de nuestra propia imagen. Para ello, no hay nada como jugar a lo seguro; es decir, aceptar lo que acepta la mayoría y no cuestionar jamás lo que parece evidente.

Vamos a imaginar un caso práctico. Supongamos que estamos en una reunión de trabajo en la que se pide a los participantes que valoren y den su opinión sobre algo, un asunto importante que tiene equilibrados sus pros y sus contras. Bien, los tontolculo totales dirán la primera chorrada que se les ocurra y se quedarán tan panchos. Pero, en contra de lo que podría pensarse, tampoco hay tantos tontolculo totales en el mundo. Por supuesto, hay muchos más que genios, pero no son la mayoría; en realidad, la mayor parte de los humanos nos movemos en las grises franjas de la mediocridad. Entonces, ¿qué hacemos los mediocres en el caso de esa hipotética reunión de trabajo? Pues decir unas cuantas vaguedades que no comprometan a nada y esperar a ver qué rumbo toma la mayoría. Entonces, cuando la mayoría de los participantes perfilen una respuesta concreta, nos sumaremos a ella con entusiasmo. Porque si resulta ser la respuesta correcta, yo formaré parte de los victoriosos, y si es incorrecta, no la habré cagado yo, sino que la habremos cagado mancomunadamente la liga de los mediocres, con lo cual la responsabilidad se diluye. Claro está que podría enfrentarme a la mayoría y dar mi propia respuesta, en cuyo caso, si acertara, me convertiría en el héroe. Pero, conociéndome como me conozco, ¿cómo cojones voy a fiarme de mí?

El mecanismo que acabo de exponer no es una mera teoría, sino el fruto de haber participado en centenares de reuniones de trabajo en mi época de publicitario. De hecho, al comienzo de mi carrera tuve una jefa –directora del Departamento Creativo de una prestigiosa agencia multinacional-, que actuaba exactamente así. Era una pésima creativa y no tenía ni zorra idea de publicidad, aunque al mismo tiempo era una brillantísima relaciones públicas dedicada en cuerpo y alma a promocionarse a sí misma. El caso es que, a la hora de decidir la creatividad para una campaña importante, reunía al departamento, escuchaba la opinión de todos y finalmente decidía lo que decidía la mayoría. Jamás mostró el menor indicio de poseer criterio propio, pero eso no le supuso un obstáculo a la hora de desarrollar una exitosa carrera profesional. Más bien al contrario.

Pero no creamos que esto se circunscribe al mundo del trabajo, pues en realidad afecta a todos los aspectos de la vida. Por ejemplo, a la cultura. ¿Cómo valoramos la calidad de un producto artístico? ¿Basándonos exclusivamente en si nos gusta o no? De ninguna manera; eso es arriesgadísimo. Supongamos que leo una novela de un autor desconocido recién aparecida en el mercado y me gusta un huevo. ¿Eso indica que se trata de un buen libro? Para nada; la zona cerebral de cómputo de datos me recuerda la cantidad de veces que me han gustado auténticas chorradas –o no me han gustado obras maestras-, y eso me hace dudar. Para tomar una postura con respecto a ese libro, o cualquier otro, necesito baremos distintos. En primer lugar, su acogida entre los lectores y/o la crítica (es decir, la opinión mayoritaria). En segundo lugar, la reputación del autor; si es un escritor consagrado, el libro será bueno (porque la mayoría así lo dicta). Por último, la apariencia: ¿el libro parece serio? Porque si no lo parece, no puede ser bueno, claro.

Ese último punto es el responsable de que géneros literarios completos hayan sido arrojados al cubo de la basura. Comenzando por el humor. El humor, por naturaleza, no puede adoptar el tono típicamente grave y engolado que se le supone a la “literatura trascendente”; el humor es burbujeante, ligero y sospechosamente divertido. Eso último nos perturba mucho: si el libro me ha divertido, a mí que soy un idiota, hay que recelar. En el fondo, sospechamos que la “alta literatura” se alcanza como el cielo: mediante el martirio. Si el libro se me cae de las manos, buena señal; si me aburre monstruosamente, debo de estar frente a una obra maestra. Desde esta perspectiva, resulta evidente que el humor es indigno, porque no dice cosas “importantes”; y si las dice, no lo hace en tono “importante”.

Personalmente creo que el humor es uno de los géneros más complejos, y que algunas de las mejores disecciones de la naturaleza humana se encuentran en obras humorísticas. Ahora bien, teniendo en cuenta que probablemente soy un tontolculo total, esta opinión carece de importancia. No obstante, el criterio mayoritario incurre con frecuencia en flagrantes contradicciones. Al parecer, el humor es un género menor, pero... ¿cuáles son las dos novelas clásicas más aclamadas, las que están consideradas gérmenes de la novelística moderna? 1. El Quijote. 2. La vida y las opiniones del caballero Tristram Shandy. Mmmm... vaya, resulta que las dos son novelas de humor, menudo conflicto. De hecho, El Quijote estuvo considerado durante casi dos siglos una obra menor (opinión que su autor compartía). Era un best seller, era divertido y daba risa, por tanto no podía ser del todo bueno. En cualquier caso, ahora es un clásico y eso, ser un clásico, nos proporciona el apoyo de sucesivas generaciones de opiniones mayoritarias, lo que nos permite afirmar sin rubor que se trata de una obra maestra, aunque no la hayamos leído. De modo que no lo leemos. ¿Para qué, si ya sabemos que nos va a gustar aunque no nos guste?

Igual suerte que el humor corren otros géneros. El thriller, la ciencia ficción o el terror son poco serios, porque no engolan la voz, porque no parecen importantes y, sobre todo, porque con frecuencia producen obras divertidas, y eso es una señal muy mala. En cuanto a la fantasía, podemos decir que se encuentra bajo permanente sospecha. Hay demasiados clásicos fantásticos como para echar el género a la basura, pero, qué demonios, la fantasía habla de cosas que no existen. Y ahí está la clave: lo fantástico trata sobre cosas irreales, pero la irrealidad no es seria, sino infantil. Por contra, la realidad si que es seria y, cuanto más real, mejor. Somos adultos y tenemos los pies en el suelo, ¿no? Pues entonces agarrémonos con fuerza al realismo, que si bien no nos da la menor garantía de calidad, al menos nos permite pisar un terreno menos resbaladizo. Podría señalarse, por supuesto, que con frecuencia esos géneros despreciados emplean sus recursos para analizar la realidad con tanta o más eficacia que el realismo, pero sería inútil; si lo hacen, no lo parece. Y ya sabemos que las cosas son lo que parecen a primera vista, no lo que, escarbando un poquito, son en realidad.

No obstante, amigos míos, todo esto funciona en ambos sentidos. Para que nos tomemos en serio algo, ese algo tiene que parecer serio; por consiguiente, nos tomaremos en serio cosas que no son serias en lo absoluto, pero lo parecen. Basta con engolar la voz, con mostrarse grave y circunspecto, con tratar temas trascendentales o, al menos, en tono trascendental, con emplear un estilo afectado y pedante; todo eso, si se hace bien, basta y sobra para que cualquier chorrada parezca una obra maestra. Y si lo parece, lo es.

Me mojaré poniendo un ejemplo: la película El Piano, de Jane Campion. Se trata de un film técnicamente impecable, con una excelente fotografía de Stuart Dryburgh, una dirección de arte soberbia, magníficas interpretaciones y una música preciosa. Guay. El único problema es que nada de lo que sucede en esa película posee la menor coherencia, el más mínimo sentido. De entrada tenemos a una mujer, Holly Hunter, que parece muda, pero no es que sea muda, sino que por alguna razón no especificada ha decidido no hablar. No ha sido por un trauma; sencillamente, la buena señora fue y dijo un día: “me callo”, y no volvió a pronunciar palabra, ni siquiera para hablar con su hija (¿qué culpa tendrá la pobre niña de las extrañas manías de su madre?). Pero ojo, no es que renuncie a expresarse, pues emplea el lenguaje de signos; se limita a no hablar, una actitud cuya consecuencia inmediata es complicarse mucho la vida a sí misma y tocarle las narices a cuantos no conocen el lenguaje de signos. Muy lógico. Ah, pero es que la mujer ha renunciado a la voz, pero se expresa mediante la música que interpreta con su piano. Muy poético. Vale, supongo que todo eso es una metáfora cuyo significado concreto se me escapa, aunque suena vagamente pseudofeminista; en cualquier caso es una metáfora tan forzada, tan ridícula en el fondo, que la señora Campion tendría que habérselo pensado dos veces antes de emplearla.

En fin, podría pasar horas hablando de todos los absurdos que hay en esa película, pero me limitaré a citar uno que los resume todos. Holly Hunter llega a Nueva Zelanda para casarse con Sam Neill, un granjero tosco y aparentemente bonachón. Junto con el equipaje, la Hunter se trae su piano; unos braceros lo están descargando en la playa, para subirlo después a un carro. Entonces, de repente, se pone a llover y los peones, como si la lluvia fuese para ellos algo mortal, deciden no cargar el piano, dejarlo abandonado en la playa y largarse echando leches. No parece una actitud muy lógica que digamos, pero vale. Ahora bien, ¿dónde dejan el piano? Lo natural sería ponerlo lejos del agua, quizá debajo de unas palmeras... pues no, lo dejan en la orilla; ya son ganas de joder. Pero, ¿por qué hacen eso, por qué se comportan de una forma tan extraña? Por un excelente motivo: para que la directora nos regale poco después unos preciosos y poéticos planos de las olas del mar lamiendo las patas del piano. Qué estético, qué forzado, qué vacío. Pero coño, cómo da el pego.

Cito esta película porque es el mejor ejemplo que se me ocurre de un producto cultural absolutamente hueco cuya apariencia, seria y trascendente, le hace parecer una obra maestra a ojos de la mayoría. Se trata de una obra tan astuta que, lo reconozco, logró engañarme mientras la veía; aunque al poco, en cuanto reflexioné sobre lo que en realidad había visto, me di cuenta de que la señora Campion estaba vendiéndome como si fuera un diamante lo que sólo era una cuenta de cristal. Ah, por cierto: seguro que algún que otro merodeador querrá discutirme mi opinión sobre El Piano. Pues es inútil, lo siento; a quien se proponga hacerlo, le sugiero que vuelva a ver la película sin fijarse en su envoltura externa y prestando mucha atención a la coherencia interna. Luego, si quiere, hablamos.

Para terminar, que esto ya es más largo que un discurso de Fidel, me gustaría señalar lo más triste de todo. Antes di a entender que sólo los tontolculo totales se atreven a expresar opiniones distintas a las de la mayoría, y eso evidentemente es falso. También los genios van contra corriente (y gracias a eso el mundo avanza poquito a poco). El problema, la deprimente cuestión, es que muchas veces, a nosotros, los mediocres, nos resulta imposible diferenciar al genio del tontolculo total. Y así vamos.

lunes, septiembre 22

Otoño


Hoy, a las 15:44 hora solar, tendrá lugar el equinoccio de otoño y el día y la noche durarán exactamente lo mismo. Os regalo la imagen de una amanita muscaria -a la sazón en estas fechas-, que era con lo que se colocaba la gente en la antigüedad.

miércoles, septiembre 17

El ascensor

No soy un tipo musical. Difícilmente podría serlo, pues me crié en una casa cuya banda sonora estaba compuesta básicamente por tangos, country y, ocasionalmente, la Orquesta Mantovani; si esto no socava las neuronas destinadas al solfeo, nada puede hacerlo. En mi caso las aniquiló, de modo que, no sólo tengo un oído terrible, sino que además nunca he sido especialmente aficionado a la música. De hecho, hoy en día sostengo que la música es el arte más intrusivo que existe, una manifestación creativa que puede llegar a tocar las narices profundamente. Pero de eso hablaré en otra ocasión.

No obstante, pese a mi autismo musical, hubo una época en mi vida, los últimos años de mi adolescencia y mi primera juventud, en que la música jugó un papel importante para mí. Como es natural, dada la tosquedad armónica que me es inherente, mis gustos musicales eran limitados y abarcaban un ámbito tan cerrado como cuestionable. En realidad, esos gustos musicales respondían sobre todo a un estilo de vida; veréis, por aquel entonces yo era un pseudo-hippy de cabellos largos y aficiones lisérgicas, así que la música que me molaba oscilaba entre las dulces baladas y la psicodelia. En el primer apartado, mi cantante favorito era Cat Stevens; en el segundo, mi grupo era Pink Floyd. Si tenemos en cuenta que Syd Barrett, el primer líder de Pink Floyd, se volvió loco, y que Cat Stevens se convirtió al islamismo y ahora se llama Yusuf Islam, está claro que siento debilidad por los chiflados. Pero eso es otra cuestión.

Dejando aparte a Cat Stevens, que hoy en día está tan demodé como los caramelos de violetas (aunque compuso dos o tres de las mejores canciones de la historia del pop), mi auténtica pasión era Pink Floyd y el rock sinfónico en general. Al ese grupo le seguían muy de cerca Emerson, Lake & Palmer, dos de cuyos álbumes –Cuadros de una Exposición y Trilogy- escuchaba machaconamente una y otra vez. Y también Yes, y Jethro Tull, y King Crimsom, y el primer Mike Oldfield, y Deep Purple, y las obras conceptuales de Moody Blues, y el primigenio, pero no menos excelso, In-A-Gadda-Da-Vida, de Iron Butterfly. Eso, junto con el folk, constituía el grueso de mi background musical por aquel entonces.

Pero sobre todo, por encima de cualquier otro grupo, mi amor eterno era para Pink Floyd. Y es curioso, porque justo es reconocer que por lo menos la mitad de sus temas son inaudibles e incluso pueden llegar a provocar severos dolores de cabeza. Reconozcámoslo: no hay dios que escuche completos sus álbumes Meddle, Animals o A Saucerful of Secrets. Sin embargo, incluso en sus discos más abstrusos, siempre encontraba uno o dos temas que me hacían vibrar. Por ejemplo, en su álbum doble Ummagumma las tres primeras caras son terribles, no hay quien se las trague; pero la cuarta cara... en fin, es toda un experiencia en la que se incluye una de las canciones más hermosas jamás escritas: Grantchester Meadows. Aún hoy, si escucho ese tema y cierro los ojos, me veo trasladado a un lugar tranquilo y pacífico que probablemente sea mi paraíso particular.

En realidad, mi desmesurado amor por Pink Floyd se circunscribía básicamente a cuatro álbumes: Atom Heart Mother, The Dark Side of the Moon, Wish You Were Here y el muy posterior The Wall. La verdad es que no paraba de escucharlos (junto con la cuarta cara de Ummagumma), sobre todo cuando las circunstancia eran propicias. ¿Sabéis cómo llamaban en España a Pink Floyd durante mis psicodélicos años mozos? “El ascensor”. Porque ayudaba a “subir”, y el que tenga oídos para entender, que entienda.



Ah, virgen del amor hermoso, cuántos canutos habré compartido escuchando Wish You Were Here, Money o If, cuántas reuniones de pirados sumidos en el estupor, cuántos viajes espaciales por el interior de nuestros cerebros al ritmo de Eclipse... Mi viejo amigo Samael estuvo allí, subiendo en el ascensor, y estoy seguro de que dejará un comentario en este post. Él también ama a Pink Floyd.

Mi fascinación por el grupo era tan grande que abarcaba incluso a los nombres de sus componentes: Syd Barret, David Gilmour, Roger Waters, Richard Wright y Nick Mason. En particular, los apellidos Gilmour y Waters (firmantes de la mayor parte de los temas) se me antojaban etéreos, inmateriales, como si no pertenecieran a personas, sino a entidades abstractas. Por desgracia, con el tiempo el grupo fue perdiendo fuelle creativo y sus miembros acabaron por dispersarse. Los tres álbumes que publicaron después de The Wall fueron a cual más decepcionante y finalmente, en 1995, Pink Floyd concluyó oficialmente su andadura, aunque en 2005 dieron un concierto extraordinario en Londres. Por cierto, sus actuaciones en directo eran famosas por su originalidad y espectacularidad; yo pasé gran parte de mi juventud lamentado no poder asistir a alguno de sus conciertos, pero al final lo conseguí. En 1988 actuaron en el Vicente Calderón y yo, cómo no, estuve allí; lo cierto es que ni Pink Floyd ni éste vuestro seguro servidor éramos los mismos, pero fue una gozada.

El rock sinfónico fue perdiendo popularidad hasta amustiarse definitivamente a finales de los 70. Sus excesos fueron muchos y el género lo acabó pagando. No obstante, resucitó en Europa a mediados de los 90 con grupos como Metallica, Therion o Scorpions. Pero los reyes indiscutibles del rock sinfónico fueron y serán siempre Pink Floyd. Y esto es así por, cuando menos, dos motivos. En primer lugar, porque el grupo, hasta más o menos el 75, cambió muchas veces de estilo, innovando constantemente. Eso les llevó a cometer enormes errores, pero también a pergeñar no menos grandes aciertos. En cualquier caso, ellos experimentaron, si no con todo, sí con casi todo (y me refiero a la música, no a las sustancias tóxicas ilegales, aunque también).

En segundo lugar, ninguna otra banda de rock suena como Pink Floyd. Hay algo mágico en el sonido del grupo, una cualidad inmaterial, cristalina, sobrenaturalmente pura. Es como si su música estuviera hecha de agua, como si fuera el fluido que la sonoridad de su nombre evoca. En fin, como ya he dicho al comienzo, soy un ignorante musical, un analfabeto del pentagrama, pero me vais a permitir una opinión. Creo que, en gran medida, la magia del sonido Pink Floyd se debe a los teclados de Richard Wright, el miembro más discreto del grupo.

Pues bien, Richard Wright murió hace dos días en Londres, a los 65 años de edad, víctima de un fulgurante cáncer. Sé positivamente que esto forma parte de una confabulación mundial para demoler los restos de mi juventud, que no es más que un jalón en el camino que conduce a la nada; sé que lo que se ha ido ya jamás volverá, y que tarde o temprano, igual que desapareció Pink Floyd, igual que se ha ido Wright, yo acabaré no siendo más que un cada vez más vago recuerdo en las mentes de quienes me conocieron. Sé que cada segundo que pasa, te roba algo. Pero no importa, porque cada vez que escucho Grantchester Meadows –y acabo de hacerlo-, vuelvo a ser el ingenuo joven de cabellos largos y ojos llenos de estrellas que fui hace ya tanto tiempo.
Nota: En la foto de arriba, Wright es el saltarín de la derecha. El de la foto de abajo soy yo.



martes, septiembre 16

El coleccionista de frases 19

"En el mundo actual se está invirtiendo cinco veces más en medicamentos para la virilidad masculina y silicona para mujeres, que en la cura del Alzheimer. De aquí en algunos años tendremos viejas de tetas grandes y viejos con el pene duro, pero ninguno de ellos recordará para qué sirven".

Dr. Drauzio Varella (Amablemente donada por Samael)

miércoles, septiembre 10

El caballero espeso

No tengo nada contra los relatos de superhéroes; de hecho, leía muchos comics de ese género cuando era un chaval o un pizpireto jovenzuelo. No obstante, reconozcamos que hay algo intrínsicamente ingenuo y un tanto ridículo en la figura del superhéroe: su inconsistencia. No son creíbles; y no me refiero a que no nos podamos tragar que alguien vuele, tenga superfuerza o proyecte rayos por los ojos, no, eso es lo de menos; lo increíble es que alguien se enfunde un traje extravagante y se ponga a luchar contra el mal en solitario y de forma anónima, sencillamente porque sí. Que lo haga a base de puñetazos, o cualquier otra forma de fuerza bruta, no hace más que añadir tosquedad a la ingenuidad.

Vale, podemos recurrir a la suspensión de la incredulidad, aceptar la figura del superhéroe sin más preguntas y disfrutar de las historias. Lo malo es que, con el tiempo, aquellas historias de superhéroes acabaron resultándome cada vez más grotescas y repetitivas, así que dejé de leer ese tipo de comics durante mucho tiempo. Concretamente hasta que, a finales de los 80, comencé a oír hablar maravillas de un tebeo de superhéroes llamado Watchmen. Lo compré, lo leí y me quedé de piedra pómez. porque Mr. Moore había conseguido conducir al género por sendas nunca antes transitadas. No voy a enrollarme ahora con Watchmen; quizá lo haga en otra ocasión. Me limitaré a señalar que Alan Moore hizo en ese tebeo lo mismo que Nikos Kazantzakis en La última tentación de Cristo: llevar hasta sus últimas consecuencias, de forma realista, una idea absurda.

Tras la alucinada lectura de Watchmen, me puse a buscar más comics de superhéroes “de la nueva hornada”, y me encontré con obras tan excelentes como Batman año 1, Dark Knight o el Daredevil: Born Again, todas de Miller. O el Miracleman del propio Moore. O Astro City, de Kurt Busiek, una serie con grandes hallazgos de la que se ha hablado muy poco. O la Doom Patrol de Grant Morrison, puro surrealismo. También encontré un montón de malas imitaciones, pero eso es otra cuestión.

Con todo esto quiero decir que no tengo nada contra los superhéroes. De hecho, escribí una novela –La compañía de las moscas-, donde jugaba de forma tangencial con la idea de superhéroe. Su protagonista es Daniel, un chaval de quince años superdotado intelectualmente que intenta encontrar su lugar en la vida buscando el modo de marcar la diferencia entre el bien y el mal. Cuando diseñé a Daniel me propuse crear un personaje que fuera absolutamente bueno y, al tiempo, interesante; creo que lo conseguí. Daniel es un ángel, pero un ángel muy complicado. Daniel intenta hacer el bien a pequeña escala rodeándose de gente que necesita alguna clase de ayuda moral. Es una especie de diminuto superhéroe que vuela por Internet oculto por el nick de Mr. Cristal. Por otro lado, Daniel dibuja (para él, sin enseñárselas a nadie) unas tiras cómicas protagonizadas por una pareja de superhéroes: Mr. Cristal, un niño que puede volverse invisible, y el Profesor Furia, un tipo vestido con toga y birrete que emite rayos de pura mala leche. Y es que Daniel, pese a su superior inteligencia, adora los tebeos de superhéroes. Permitidme que transcriba aquí un diálogo de la novela:

— ¿Te gustan los tebeos de superhéroes?
— Me encantan.
— Vaya, no dejas de sorprenderme –Julián arqueó una ceja-. Creí que tú sólo leías a Joyce, Dostoievski, Rilke y cosas por el estilo.
— Pero también comics.
— ¿De vigilantes enmascarados? Vamos, Daniel, eso es basura.
— ¿Ha leído usted alguno, señor Echevarria?
— No necesito leerlos para saber de que no hay nada más absurdo que un tipo musculoso con antifaz y los calzoncillos por fuera de los leotardos.
— Sí, es absurdo –aceptó Daniel-. Por eso los comics de superhéroes son mejores que la vida.
Julián hizo un gesto de extrañeza.
— ¿Qué quieres decir?...
— Los superhéroes –le explicó Daniel-, sólo tienen sentido porque existen los supervillanos. Un hombre de acero con rayos X en los ojos sería una pasada si se limitase a detener navajeros y carteristas. Pero no, el archienemigo de Superman es Lex Luthor, un supervillano.
— Ya; ¿y qué?
— Que eso mismo sucede con los demás superhéroes: todos se enfrentan a supervillanos. El mayor enemigo de Batman es el Jocker; el de Daredevil, Kingpin; el de Spiderman, el Duende Verde; el de la Patrulla X, Magneto; el del Capitán Marvel...
— Vale, vale; creo que lo he captado. Hay superhéroes y hay supervillanos.
— Los superhéroes defienden el bien frente al mal –prosiguió el muchacho-; protegen a la gente incluso poniendo en riesgo su propia vida, y lo hacen sin obtener ningún beneficio, simplemente porque creen que deben hacerlo. Generalmente triunfan, pero incluso cuando no es así, hay, no sé..., hay grandeza en su derrota. Por ejemplo, el Duende Verde (que en realidad se llama Norman Osborn) mató a Gwen Stacey, la novia de Peter Parker. La tiró desde un puente y Spiderman no pudo hacer nada por salvarla, pero al menos el hombre araña estaba allí para llorar su muerte.
— Conmovedor. ¿Y qué?...
— Bueno, ¿no se ha dado usted cuenta?
— ¿De qué?
— De que en la vida real no existen superhéroes –concluyó Daniel-; pero sí supervillanos. Hitler lo era, como Mussolini, Franco o Stalin. Y también Pol Pot y Ariel Saharon y Milosevic y Ben Laden y... En fin, todos supervillanos. Pero ningún superhéroe se enfrentó a ellos.
— Bueno, hubo algunos héroes de carne y hueso que les plantaron cara –objetó Julián, pensativo.
— Sí, pero ¿qué pueden hacer las personas normales para acabar con los supervillanos? Muy poca cosa; para eso hacen falta superhéroes. Y no existen, salvo en los tebeos. Por eso los comics son mejores que la vida: porque en los comics el mal y el bien están equilibrados, y en la vida real no.

En efecto, creo que del fango de los superhéroes pueden surgir insospechadas obras maestras, y no sólo en lo que respecta a los cómics, sino también a la mismísima literatura. Tigre, tigre..., de Alfred Bester, y El señor de la luz, de Roger Zelazny, son dos excelentes novelas de ciencia ficción con elementos extraídos directamente del mundo de los superhéroes. Es decir, con material de derribo también puede hacerse arte. Por cierto, Bester, en los inicios de su carrera como escritor, fue guionista de Batman (entre 1942 y 1947). Y esto nos conduce a donde yo quería llegar: a Batman. Vale, diréis, ¿era necesario tanto rodeo para eso? Pues probablemente no, pero no olvidemos que, por desgracia, una de las señas de identidad de este blog son los largos rodeos.

Suele decirse que Batman es un superhéroe más creíble porque no posee poderes sobrehumanos, pero a mí me produce exactamente el efecto contrario. Vamos a ver, si un tipo decide ponerse unas mallas azules, calzoncillos rojos por encima de las mallas y botas y capa a juego con los calzoncillos, yo difícilmente podría contener la risa, salvo que le viera en un escenario rodeado de Drag Queens. Pero si veo a ese tipo, vestido de idéntica manera, arrancando un secuoya con la fuerza de sus brazos, os juro que me lo tomaría muy en serio. Vamos que Superman podría llevar pololos rosa y nadie se cachondearía de él, con la posible excepción de Lex Luthor. Así pues, un tipo normal vestido de murciélago dando brincos por la ciudad me parece un espectáculo sencillamente grotesco.

No obstante, hay algo que redime a Batman: su galería de villanos. El Joker, El Pingüino, El Espantapájaros, El Acertijo, Dos Caras, la voluptuosa y sado-maso Catwoman... Todos ellos son figuras deliciosamente surrealistas y llenas de encanto. Dicen que el tamaño de un héroe se mide por la talla de sus enemigos, y en ese sentido Batman es un héroe enorme. Pero sólo en ese, porque, reconozcámoslo, Batman es un fascista, como se evidencia en el Dark Knight de Miller. O un loco; Moore sugiere que Batman y el Joker no son más que dos chiflados persiguiéndose mutuamente.

Así que tenemos un personaje que, o es un facha, o es un pirado. O un facha pirado que, además, va disfrazado de murciélago. ¿Eso mola? A mí, lo reconozco, no mucho. Pero, evidentemente, el personaje tiene tirón popular. Dejando aparte la famosa serie pop de TV, Batman fue, tras Superman, el segundo superhéroe en ser llevado al cine por todo lo alto. Tim Burton dirigió dos películas que eran un auténtico coñazo, aunque contaban con una excelente dirección de arte. Ah, vale, en la segunda Michelle Pfeiffer componía a una Catwoman de quitar el hipo que por si sola justificaba el precio pagado por la entrada. Joel Schumacher continuó la franquicia dirigiendo otros dos títulos que oscilaban entre la psicodelia barata y lo explícitamente hortera. Pura basura; aunque, eso sí, basura cara. Tan malas fueran estas dos películas, que la serie se dio por clausurada.

Pero en 2005 llegó el Batman Begins, de Christopher Nolan con un nuevo enfoque para el hombre murciélago, y tanto el público como la crítica acogieron el film con cierto entusiasmo. ¿Mi opinión? Me divirtió moderadamente la primera parte del metraje y me aburrí profundamente con la segunda mitad. Pese a todo, me pareció la mejor aproximación cinematográfica al personaje realizada hasta el momento. Lo sé, lo sé, más de uno intentará reivindicar la labor de Tim Burton; pero es inútil, al menos en lo que a mí respecta, pues creo que Burton es el director vivo más sobrevalorado y sólo le reconozco una buena película; el resto no me parecen más que excelentes ejercicios de dirección artística envolviendo al vacío absoluto.

Finalmente, este año se estrena el segundo Batman de Nolan, The Dark Knight, y a todo el mundo se le hace el culo Pepsicola. La crítica ha puesto la película por las nubes de forma casi unánime y en cuanto a los espectadores, baste decir que ya es el segundo film más taquillero de la historia. Todo dios ha hablado maravillas de este caballero oscuro e incluso se reclama un Oscar póstumo para Heath Ledger. En fin, ante tanta alabanza, y pese a que el anterior título no me había hecho mucho tilín, fui a ver la película hace una semana.

¿Mi opinión? Me divirtió moderadamente la primera mitad del film y me aburrí monstruosamente con la segunda. De hecho, me aburrí más que en el anterior título, porque la nueva entrega es aun más larga. Me apresuro a aclarar que hay al menos dos aspectos sobresalientes en el film. En primerísimo lugar, la actuación de Heath Ledger. Veréis, el Joker de Jack Nicholson era en el fondo un payaso simpaticote; pero el Joker de Ledger hace exactamente lo que debe hacer: acojona. ¿Que Ledger se pasa tres pueblos en su composición del personaje? Cierto, pero si hay un personaje que pide a gritos sobreactuación, ese es el Joker. En cualquier caso, la película alza el vuelo cada vez que aparece en escena Ledger y se hunde en el muermo cuando no está. El segundo aspecto sobresaliente es la actuación de Gary Oldman, que consigue dar una densidad insospechada a un personaje que, al menos sobre el papel, no la tiene. Añadiría también la secuencia inicial del robo al banco por el Joker y sus secuaces, realmente bien rodada.

Ahora bien, toda la película tiene un tono solemne, engolado, que a mí me toca bastante las narices. Es como si Nolan dijese: vale, es Batman, un loco disfrazado, es ridículo, pero fijaos en lo serio y trascendental que me pongo. Pues lo siento, toda esa trascendencia y gravedad se va a hacer puñetas en cuanto aparece Batman, un facha, un pirado vestido de fantoche. Sencillamente, no me lo puedo tomar en serio. O, más apropiadamente, por mucho que engole la voz, Nolan no consigue que me lo tome en serio. Pero eso no es lo peor de la película; lo realmente chungo es que la segunda mitad del metraje consiste en una serie acumulativa de clímax que, lejos de conducir a un tsunami de tensión, sólo consiguen que el espectador se desconecte y, como en mi caso, se aburra mortalmente. ¿Por qué va a importarme lo más mínimo que Maggie Gyllenhaal vuele o no por los aires? Su personaje no está desarrollado, sólo es una presencia sin demasiado interés. ¿O es que tengo que acordarme de la sosa de Katie Holmes para intentar sentir un poco de empatía? Por favor... ¿Y quién es Harvey Dent? Es Aaron Eckhart haciendo de fiscal, nada más. En cuanto a Bruce Wayne, sólo puedo decir que Chistian Bale se muestra igual de expresivo cuando lleva máscara que cuando no la lleva. Parece como si se hubiera tragado el palo de una escoba. Por lo demás, es una pena que actores tan portentosos como Michael Caine y Morgan Freeman estén en esta película tan absolutamente desaprovechados.

Pero vayamos al supuesto meollo trascendental de la cinta, la tenue frontera que separa el bien del mal. Como apunte no está mal, pero se queda en eso, en mero apunte sin desarrollar. Porque, vamos a ver, el Joker será un hijo de puta, pero al menos es un hijo de puta consciente, lúcido, mientras que Batman es un facha que se salta alegremente las leyes, practicando desde la tortura hasta el secuestro, y no parece enterarse. Qué queréis que os diga, personalmente me quedo con el Joker, que en resumidas cuentas es lo único estimulante y magistral de esta aburrida película (y también la actuación de Gary Oldman, vale).

¿Es The Dark Knight, en mi opinión, un mal film? No, es un film mediocre, con algunos aciertos y numerosos fallos. Lo que no me explico, lo que no logro entender por mucho que lo intente, es a qué se debe el desmesurado éxito crítico y comercial de la película. Supongo que hay algo que se me escapa, sin duda debo de estar equivocado, pero los bostezos que amenazaban con desencajarme la mandíbula mientras veía la segunda parte del film eran totalmente sinceros, os lo juro.

Para mi gusto, la mejor película de superhéroes que he visto es Spiderman 2, seguida a cierta distancia por X Men 2. El resto me parecen entre mediocres, malas y horrendas. Y es que, a mi modo de ver, el medio natural de los superhéroes es el comic, y su traslación al cine no acaba de cuajar. Aunque, claro, en esto también puedo estar equivocado. Esperemos a ver qué pasa con el Watchmen de Zack Snyder, aunque desde ya me atrevo a aventurar que, aunque sea una buena película, será una mala película, en el sentido de que forzosamente traicionará al comic original de Moore y Gibbons.

Ya veremos.

domingo, septiembre 7

El coleccionista de frases 18

"Un escritor es alguien para quien la escritura resulta más difícil que para cualquier otro"

Thomas Mann

lunes, septiembre 1

Leonor en ocho clics

Las aficiones de mi padre se manifestaban siempre de forma acumulativa. En primer lugar, era coleccionista; sobre todo de sellos, pero también de latas de cerveza, de botellines, de vitolas de puros, de los triangulitos de papel que hay en los quesos en porciones, de armas de fuego, de monedas... El coleccionismo es una actividad acumulativa por naturaleza y él coleccionaba colecciones. Pero no sólo era eso; a mi padre le gustaban los relojes y tenía docenas, o fumaba en pipa y tenía muchísimas pipas, o escribía a máquina y tenía varias máquinas de escribir, tanto eléctricas como manuales, igual que había cinco televisiones en su casa, un montón de radios y varios tocadiscos, así como amplias colecciones de música country y tangos. No sólo acumulaba lo que le gustaba, sino también lo que no le gustaba; por ejemplo, en un armario de su despacho tenía montones de cajetillas de cigarrillos de todo tipo (turco, egipcio, inglés, americano..), aunque no fumaba cigarrillos, y cajas llenas de bebidas alcohólicas, pese a que era totalmente abstemio.

Una de las principales aficiones de mi padre era la fotografía. Al principio, cuando vivía en Barcelona, su producción fotográfica era más o menos cuidada. Conservo fotos realizadas por él que no están nada mal, imágenes en blanco y negro con el tema bien elegido, la composición y la luz muy cuidadas, y una conseguida intención estética. Sin embargo, al llegar a Madrid el impulso de acumular se impuso y empezó a almacenar cantidades ingentes de A) máquinas de fotografiar y B) fotografías. Tenía Olimpus, Hasselblad, Nikon, Rollei, Mamiya, Bronica y algunas marcas más que no recuerdo, y con ellas hacía cientos, miles de fotografías, sin ton ni son, tan sólo por darle gusto al dedo. Nuestra casa estaba llena de álbumes fotográficos y nuestro trastero de cajas con negativos.

En su afán acumulativo, mi padre regalaba cámaras a toda su familia. Yo tuve una pequeña Olimpus y una Mamiya de 4X4, y tanto mi madre como mi hermano Eduardo contaron con sus respectivos aparatos. Pero donde realmente fructificaron las sales de plata sembradas por mi padre fue en mi hermano mayor, Big Brother. BB es arquitecto, lo cual implica una actitud –y una aptitud- estética, pero además se convirtió en un pirado de la fotografía. Llegó a tener un excelente equipo fotográfico (muy amplio, pero sin llegar a las excéntricas acumulaciones paternas,) y se montó un laboratorio que nada tenía que envidiar al de un profesional. Desgraciadamente, la llegada de la fotografía digital mandó todo eso al limbo de lo inútil, pero mi hermano ya está proveyéndose de un nuevo equipo. En cualquier caso, BB ha llegado a ser un excelente fotógrafo aficionado; y digo “aficionado” porque el muy gilipollas nunca ha querido hacer nada con sus magníficas fotografías.

En cuanto a mí, soy aficionado a la fotografía, pero sé que mi mente está más orientada a la palabra que a la imagen, de modo que nunca pasaré de ser un fotógrafo mediocre. En ocasiones consigo alguna foto notable, pero por lo general carezco de ese sexto sentido que permite arrancar belleza de la realidad que nos rodea.

Ahora permitidme hablar de Leonor, mi única sobrina carnal, la hija de Big Brother. Ante todo, diré que mi hermano es trece años y medio mayor que yo, de modo que su única hija anda ya por la treintena mediada, más o menos. Leonor estudió ADE (o algo así) y trabaja en publicidad; es inteligente, muy buena en su trabajo y una excelente persona. Como es natural, la quiero mucho. Pero siempre había pensado que le faltaba algo; entendedme: a tenor de su personalidad y su brillante cerebro, había algo que fallaba en su estructura, un elemento que debía estar, pero yo no lo veía. Dándole vueltas, he llegado a la conclusión de que lo que echaba de menos era “creatividad”. Una mujer tan brillante e inteligente como ella debía tener forzosamente la necesidad de expresarse, de sacar al exterior lo que bullía en su complejo interior. Sin embargo, no era así; o eso creía yo, estúpido de mí.

El otro día, Leonor me mandó un mail con una selección de fotografías hechas por ella. Yo no sabía que era aficionada a la fotografía, jamás había visto ni una de sus fotos, de modo que abrí el archivo con curiosidad... y me quedé con la boca abierta, patidifuso, pasmado, sorprendido y estupefacto, todo a la vez. Aquellas fotografías eran excelentes, tan buenas como las de su padre, una colección de brillantes imágenes que denotan una enorme sensibilidad para la composición y un abrumador sentido estético. ¿Me estoy pasando? ¿Ya está el tío baboso cantando las virtudes de su sobrinita? Juzgadlo vosotros mismos. Tanto la fotografía que encabeza este post como las siete que vienen a continuación son by Leonor Mallorquí.


Y si queréis ver más ejemplos, no tenéis más que pinchar AQUÍ con el ratón.

En fin, amigos míos, ¿qué queréis que os diga? A mi sobrina no le faltaba nada, ni mucho menos; el ignorante era yo, que no la conocía lo suficiente. Leonor tiene mucho que decir, grandes o pequeñas cosas que expresar, y lo hace a través de sus hermosas fotos. Esa es la creatividad que yo no veía y que acabo de encontrar, el pequeño factor mágico que, a mis ojos, la convierte en un poquito más Mallorquí, en el mejor sentido de la palabra. Así que Leo, querida, perdóname por no conocerte todo lo que debería, y muchas gracias por esos fragmentos de belleza que me has regalado.

jueves, agosto 28

Noche de agosto en Madrid

Hace muchos, muchos años, cuando yo era un niño, un adolescente o un alocado jovenzuelo, Madrid era una ciudad amable. En realidad, Madrid era un pueblo grandote, un pueblo lleno de pueblerinos emigrados de otros pueblos, un pueblo con aires de pueblo, olor a pueblo y ritmos de pueblo. ¿Me he pasado con lo de “olor a pueblo”? Pues no, porque en todos los barrios de Madrid había vaquerías; es decir, tiendas donde se vendía leche recién ordeñada de las tres o cuatro vacas que había en la parte trasera del establecimiento. De modo que ibas por el centro de la ciudad y era enteramente normal percibir olor a vaca y estiércol.

(Nota: no me gusta contar estas anécdotas jurásicas porque me hacen consciente de lo alarmantemente talludito que soy. Y también, por cierto, provocan mi asombro al evocar el sombrío y casposo mundo donde nací)

Cuando digo que Madrid era una ciudad amable, quiero decir que había un tráfico moderado, que la gente era simpática, que el ritmo de vida era apacible, que las calles invitaban al paseo. Así era once meses al año, pero al llegar agosto la amable villa se convertía en un páramo. La gente, igual que ahora, huía en masa del atroz calor de la ciudad; sólo se quedaban cuatro pringados, lo cual se traducía en que todo cerraba. Era una odisea encontrar una farmacia abierta, o una tienda de comestibles, o un simple bar; ni siquiera se estrenaban películas. La verdad es que Madrid se convertía en un remanso de paz, pero también en un ominoso desierto. La cosa era un poco aburrida, si queréis que os diga la verdad.

Madrid, hoy, es un caos, una ciudad histérica y agresiva donde todo el mundo va como si llevara una guindilla insertada en el recto. El tráfico parece una invasión de mecánicos y cabreados extraterrestres, las personas son bordes a la primera de cambio, todo va rápido, nadie pasea. Una mierda de ciudad, para seos sincero. Hasta que llega agosto. Porque al llegar ese mes, Madrid, igual que antaño, se vacía. Pero no tanto como antes, de modo que sigue habiendo tiendas abiertas y no tienes que encasquetarte un salacot para buscar un bote de aspirinas. Y, al mismo tiempo, apenas hay tráfico, puedes aparcar donde quieras, el ritmo es más lento, la gente es más agradable y todo invita al tranquilo paseo (menos el calor, por supuesto). De hecho, Madrid en agosto se convierte en la ciudad perfecta.

Veréis, si entráis en Madrid por el sur o por el este, os haréis una idea bastante aproximada de la realidad: la ciudad está en medio de un secarral y tiene unos alrededores horribles. Si entráis por el norte, la cosa mejora un poco, pero conforme os acerquéis a Madrid tropezaréis con un Dédalo de autovías salpicado de polígonos industriales y parques empresariales. Ahora bien, si entráis por el noroeste la cosa cambia mucho. Vais por la A-VI en medio de feraces urbanizaciones y lujosas zonas residenciales y, de repente, os encontráis con la ciudad, a lo lejos, elevándose sobre un mar de verdor. Esa es, sin duda, la entrada más mentirosa de Madrid, pues esa explosión vegetal se debe a que ahí están las dos mayores zonas verdes de la ciudad: los montes del Pardo y la Casa de Campo. Y su segundo jardín público, el Parque del Oeste, así como los jardines del Palacio Real y de la Cuesta de la Vega. El noroeste de la ciudad siempre me ha gustado.

De todas formas, decir “noroeste de la ciudad” es ser poco preciso. En realidad, me refiero al arco comprendido entre el Viaducto de Segovia y la Moncloa. El viaducto es eso, un viaducto que salva el desnivel de la calle Bailén sobre la calle Segovia. Antes era el lugar preferido de los suicidas madrileños, pues sus 22 metros de altura garantizan un eficaz espachurramiento, pero hace unos años el ayuntamiento puso unas mamparas de cristal protegiendo la barandilla para evitar los vuelos en picado. El viaducto no es especialmente bonito en sí mismo, pero me encanta su entorno, las callejas que lo rodean y las pequeñas zonas ajardinadas que hay en sus costados. Muy cerca está la Calle Mayor, la más antigua de Madrid, y justo al lado contrario, partiendo de la (espantosa) catedral de la Almudena, se encuentra la Cuesta de la Vega, uno de mis lugares favoritos. Es una sinuosa y pronunciada bajada que lleva desde la calle Bailén hasta la Ronda de Segovia; su trazado es árabe (cerca, en los Jardines del Emir Mohamed I, se conservan -muy mal- restos de la primitiva muralla) y está cubierta de pequeños jardines. Las vistas sobre la Casa de Campo son impresionantes y en verano no suele haber mucha gente. Un poco más allá se encuentra uno de los escasos lugares castizos que le quedan a Madrid: la Vistillas, unos jardines así llamados por sus vistas sobre la Ribera del Manzanares, el Parque del Moro y el Palacio Real. Allí, a mediados de agosto, se celebran las famosas fiestas de La Paloma.

Si seguimos hacia la Moncloa, justo al lado de la Cuesta de la Vega y de la Almudena, tenemos el Palacio Real y sus jardines . Allí, junto al patio de armas del palacio, pueden contemplarse los mejores atardeceres de Madrid (y Madrid, al estar a casi 700 m. de altura, tiene unos atardeceres preciosos). Continuando hacia el norte por la calle Ferraz está el Parque de la Montaña. Se llama así, porque en ese lugar estuvo el Cuartel de la Montaña, que en julio del 36 se alzó en armas contra la República y fue literalmente arrasado. Tan arrasado, que ya no queda ni rastro de él, salvo un horrible monumento fascista que Arias Navarro –a la sazón alcalde de la villa- erigió en 1972. Dejando aparte esto, el parque es un bonito jardín (en realidad, una prolongación del Parque del Oeste) que contiene una de las mayores curiosidades de la ciudad: el Templo de Debod, un santuario egipcio de 2.200 años de antigüedad. Egipto se lo regaló a España en 1.968 por su colaboración en el salvamento de los tesoros artísticos que iban a ser anegados por la presa de Asuán. Es un lugar muy mágico, aunque suele haber mucha gente, incluso en verano; entre otras cosas, porque allí, al atardecer, se celebran conciertos al aire libre.

Y, pegadito al Templo de Debod, comienza el Parque del Oeste. Veréis, el parque más famoso de Madrid es El Retiro, y con razón, porque es una maravilla. Pero está lleno de gente, sobre todo los fines de semana. El Parque del Oeste es mucho menos conocido y, por tanto, está menos frecuentado. Pero, antes de seguir, una pequeña digresión:

En el Retiro existe lo que posiblemente sea la única estatua del mundo dedicada al demonio: el Ángel Caído. Pues bien, Álvarez del Manzano, anterior alcalde de Madrid, era un meapilas de cuidado, y eso de que hubiera una estatua de Satanás le reconcomía por dentro, de modo que hizo una suscripción popular para sufragar una estatua de la virgen con el objetivo de colocarla en el Retiro como celestial desagravio. Afortunadamente, Patrimonio Nacional le dijo que eso de modificar el parque no era buena idea y le negó el permiso. Entonces, el beatorro alcalde se encontró con una estatua de la virgen sin ubicación, de modo que la puso en el Parque del Oeste. Bajando por el paseo de Camoens puede verse a la izquierda; afortunadamente está bastante oculta, porque es un espanto.

Volviendo al Parque del Oeste, reconozco que siento debilidad por él. Se trata de un jardín de estilo inglés, con grandes extensiones de hierba; el terreno tiene muchos desniveles, así que forma colinas y diminutos valles recorridos por senderos sinuosos. Hay una hermosa rosaleda, una ruta botánica, instalaciones deportivas, un observatorio de aves y un teleférico que conduce a la Casa de Campo, pero lo mejor es perdersepor el parque y pasear sin rumbo fijo, disfrutando de la tranquilidad.

En fin, esa es la zona de mi ciudad que más me gusta. Es agradable contemplar el atardecer junto al Palacio Real, y luego cruzar a la acera de enfrente para tomar un helado en Palazzo, o unas cañas en la vieja taberna El Anciano Rey de los Vinos. Después podemos dirigirnos al cercano Paseo de la Florida, junto al Manzanares, al lado de la Ermita de San Antonio de la Florida (la de los frescos de Goya), y cenar en Casa Mingo, una sidrería fundada en 1888 donde sirven los mejores pollos asados de la ciudad. Por último, no es mala idea dirigirse a la calle Rosales; allí, a la vera del Parque del Oeste, hay varias terrazas, de las de toda la vida, viejos quioscos flanqueados por largas filas de mesas y sillas donde puede tomarse horchata, granizado de limón o leche merengada.

Madrid en agosto, de noche, me recuerda a un cuadro de Edward Hooper; soledad y calidez al mismo tiempo, el ritmo lento de un blues en la madrugada, anónimos paseantes que se cruzan como barcos bajo las estrellas.

Por desgracia, agosto está a punto de concluir y dentro de poco Madrid volverá a ser una ciudad neurótica sin pizca de poesía. Qué pena.

lunes, agosto 25

Chapeau

He logrado resistirme a la tentación de escribir sobre la Olimpiada, pero ahora que ha acabado me voy a permitir un espero que breve comentario. Como todo el mundo sabe, los deportistas de élite norteamericanos suelen ser bastante antipáticos; supongo que se consideran a si mismos los superhombres & supermujeres del imperio y han acabado dominando como nadie el arte de mirar por encima del hombro al resto del mundo. En particular, los baloncestistas yanquis se llevan la palma de la antipatía, pues además de ser superhombres, están forrados de pasta y saben que su liga es la mejor del mundo, todo lo cual los convierte en auténticos monumentos a la vanidad y al desdén. El ejemplo perfecto es Kobe Bryan, un extraordinario jugador que no sólo es despectivamente borde con el mundo en general, sino también con sus propios compañeros.

Durante mucho, mucho tiempo, el baloncesto norteamericano estaba a años luz del baloncesto de los demás países. Tan superior era, que para ganar les bastaba con mandar selecciones universitarias a las competiciones internacionales. Sencillamente, arrasaban. Pero los tiempos cambian, y poco a poco el baloncesto fue sofisticándose en los demás países. En los Juegos Olímpicos de Seúl 88, Rusia, comandada por un espléndido Sabonis, derrotó a los cándidos universitarios de USA en semifinales. Cuatro años después, en Barcelona 92, los yanquis presentaros su famoso Dream Team, un equipo plagado de estrellas de la NBA que, como es natural, arrasó. A partir de entonces, quedó claro que ya no bastaba con mandar a un puñado de críos larguiruchos para subir al podio; había que seleccionar jugadores de la NBA. Eso hicieron, y USA ganó el oro tanto en Atlanta 96 como en Sidney 2000, pero cada vez les costaba más trabajo, cada vez subía más el nivel del resto de las selecciones.

Y llegó Atenas 2004. Los yanquis presentaron un supuesto nuevo Dream Team formado por jugadores de la NBA. Muy buenos, desde luego, pero no los mejores o, al menos, no todos los mejores. Argentina los derrotó en semifinales y el todopoderoso basket USA tuvo que conformarse con el bronce. De lo que sucedió en los Mundiales no voy a hablar, porque está en la dulce memoria de todos.

Heridos en su orgullo, los yanquis han presentado en Pekín 2008 un auténtico Dream Team formado por los mejores jugadores de la NBA. Un excelente equipo, muy, pero que muy motivado, que durante el torneo ha vapuleado sin piedad a todos sus contrincantes... hasta llegar a la final. También vapuleó a España, es cierto, pero permitidme una opinión: ese partido de la primera fase no tenía ninguna importancia, pues ambos equipos estaban ya clasificados, de modo que España se guardó muy mucho de mostrar su mejor arma frente a los yanquis: la defensa. En ese partido, si hacéis memoria, España jugó con una defensa muy débil, centrándose en el ataque, algo sin duda suicida frente a un equipo como el americano (es jugarles con sus mismas armas, siendo ellos muy superiores en este aspecto).

Pero llegó la final, amigos míos, y se acabó el garbeo de los yanquis. La selección española –que no estaba ni mucho menos tan fina como en los Mundiales-, plantó cara a los petulantes “superhombres” y jugó uno de los mejores partidos que he presenciado en mi vida, con una defensa en zona que volvió literalmente locos a los rivales. Salvo durante el primer cuarto, España estuvo por detrás en el marcador, pero siempre cerca, echándole el aliento en el cogote a esos gigantones adictos a los esteroides (a escasos minutos del final, USA ganaba sólo por dos puntos). Al final, los yanquis ganaron por 118-107, pero tuvieron que sudar la camiseta. Aunque... no quiero ser chauvinista, pero durante todo el torneo, los árbitros parecían aplicar las normas NBA a los yanquis y las normas FIBA a los demás equipos, lo cual es evidentemente injusto. Vale, los yanquis están acostumbrados al paso extra de salida y a defensas más contundentes; pues juguemos con la normativa NBA, pero todos igual. Sinceramente, si los árbitros hubiesen pitado todos los pasos y personales que cometieron los yanquis, no estoy seguro de quién habría ganado.

En cualquier caso, da igual. Ganaron los yanquis y probablemente sea justo, pues son un gran equipo. Pero ya no pueden seguir pavoneándose como antaño. Para ganar deben seleccionar sus mejores jugadores, sus estrellas, y ni aún así lo tendrán fácil. Los yanquis se han llevado el oro, en efecto, pero más vale que borren esa sonrisa suficiente de la boca, porque, permitidme un pareado, se les ha encogido tanto el ojete que no cabía ni un cacahuete. En cuanto a la selección española, chapeau, por supuesto.

Una cosa más. Estados Unidos es el imperio, vale; pero me toca las narices la prepotencia que demuestran. Entendedme, no soy antiamericano, ni mucho menos. Hay muchísimas cosas de los americanos que me gustan y sé que su cultura forma parte inseparable de mi cultura (el cine, por ejemplo). Admiro gran cantidad de valores consustanciales a USA, la capacidad de innovación, el pragmatismo, el sentido de la libertad y de la independencia, pero al mismo tiempo me tocan las narices sus defectos. Las grandes naciones, como los grandes hombres, tienen grandes virtudes y grandes defectos, y uno de los grandes pecados de los yanquis es su desmesurado ombliguismo. Para ellos, sólo hay un país de verdad en el mundo: USA; el resto de los estados son poco más que parques temáticos a su servicio.

Así pues, Estados Unidos, en su imaginario, debe estar siempre por delante de los demás, y sus ciudadanos deben ser mejores que los del resto del mundo. A ellos les corresponden los grandes récords; y, en particular, la velocidad. Los yanquis adoran las marcas, los superlativos; sobre todo, les chifla el título de “hombre más rápido del planeta”. ¿Concebís algo más americano? Ése es el motivo de que USA haya dominado tradicionalmente las carreras de velocidad. Hasta que en esta olimpiada los jamaicanos, capitaneados por ese extraterrestre llamado Usain Bolt, no sólo le han sobado el morrillo a los yanquis, tanto en las pruebas masculinas como femeninas, sino que además han pulverizado todos los récords.

Llamadme mezquino si queréis, pero encuentro muy satisfactorio que un diminuto país lleno de descendientes de esclavos humille al gigante americano. A fin de cuentas, si Goliat se hubiese cargado a David, nadie se hubiese molestado en contar la historia. ¿Un coloso vapuleando a un chaval?... eso no es noticia. Pero el pequeño David se cargó al enorme Goliat, y eso es lo que en el fondo todo el mundo deseaba. Yo creo que incluso los filisteos se alegraron de que alguien le bajara los humos a aquel chulo culturista.

Y es que no hay nada más tonificante que ver cómo, de vez en cuando, alguien le da una colleja al matón del barrio.

martes, agosto 19

Soy una especie en extinción

Pensaba escribir sobre otra cosa, pero el azar ha determinado que esta mañana tropezara con una información tan inquietante que me siento obligado a divulgarla cuanto antes. Veréis, mi apellido tiene ventajas e inconvenientes. De entrada, es un apellido poco común, lo cual resulta útil a la hora de reservar mesa e identificarte en los restaurantes. Además, se le relaciona inmediatamente con el Mallorquí más famoso, mi padre, y eso me ha granjeado las automáticas simpatías de muchos desconocidos.

Anécdota: hace tiempo, estaba yo en el aeropuerto de Barajas sacándome la tarjeta de embarque en clase turista para un vuelo a Barcelona. El empleado de Iberia que me atendía –un caballero de unos cincuenta años- realizó todos los trámites, pero antes de entregarme la tarjeta se fijó en el apellido que figuraba en el billete. “¿Es usted pariente de José Mallorquí?”, me preguntó. Le respondí que era su hijo y el buen hombre estuvo un rato hablando maravillas de mi padre. Entonces se detuvo un momento, rompió la tarjeta de embarque que acababa de imprimir e hizo una nueva, pero esta vez de primera clase. “No puedo consentir que un hijo de José Mallorquí viaje en turista”, dijo al tiempo que me entregaba la tarjeta.

El problema de mi apellido es su, al parecer, confusa ortografía. Con frecuencia lo escriben “Mallorquín”, o “Mayorquín”, o “Mayorquí”, o incluso “Marroquí”. Una lata, vamos; hasta tal punto que, cuando me preguntan cómo me llamo, suelo responder, todo seguido y sin respirar: “Mallorquícondoselesyacabadoenilatina”. En cualquier caso, estoy razonablemente contento con mi apellido. Según me contó mi padre, es judío y su origen se encuentra en una familia valenciana que tenía una barca con la que realizaba frecuentes viajes comerciales a Mallorca. Sus vecinos, en vez de molerlos a palos –como solía hacerse con los judíos en el pasado -, les llamaban “los mallorquí”, los de Mallorca. Ignoro si esta historia es cierta o no; indudablemente es un apellido judío, pero no estoy seguro de lo de la barca, entre otras cosas porque no hay ni un puñetero Mallorquí en Valencia. Sea como fuere, jamás me había preocupado particularmente por mi apellido. Hasta hoy.

Veréis, esta mañana, mientras escribía la segunda novela de Carmen Hidalgo, se me ha ocurrido comprobar el origen del apellido de uno de los personajes (“Zayat”, en concreto). Lo he buscado con ayuda de Google y he acabado en kindo.com, una página que ofrece información genealógica. Y también la posibilidad de averiguar al instante cuánta gente con un determinado apellido hay en España. Una tentación demasiado grande para dejarla correr, de modo que he tecleado “mallorquí” y he pulsado enter. ¿Sabéis la respuesta? En total, hay 226 personas así apellidadas en nuestro país. 135 en Gerona, 56 en Barcelona, 20 en Tarragona y 6 en Madrid (ya, faltan nueve; supongo que no estarán localizadas).

¡226 personas, vaya miseria! Con eso no llenas ni un cine de barrio, es deprimente. Si un día los López (hay casi 900.000) se cabrean con los Mallorquí, nos corren a gorrazos. ¿Pero qué demonios le pasaba a esa familia de barqueros valencianos? ¿No les gustaba follar o es que seguían un severo plan de control de la natalidad? ¿O quizá los Mallorquí somos un grupo de inadaptados incapaces de hacer carrera en el viejo juego de Darwin? Joder, me siento una especie en peligro de extinción. Peor aún, porque se habla mucho de los linces, pero aún quedan 1.200 ejemplares, una multitud en comparación con los Mallorquí. ¿Y qué me decís de los tigres? Los ecologistas se rasgan las vestiduras llorando por los tigres, pero quedan unos 6.000 ejemplares; es decir, 26’5 veces más que ejemplares de Mallorquí. ¿Y los gorilas de montaña? Todo el mundo va por ahí diciendo: ay que nos quedamos sin gorilas de montaña, ay que penita más grande que la diñan los gorilas, pero joder, quedan 700 ejemplares, el triple que especímenes Mallorquí. Pongamos las cosas en su sitio: cuando te dan envidia hasta los gorilas de montaña, es que algo marcha condenadamente mal.

Y yo me pregunto: ¿es que nadie va a hacer nada? Vamos a ver, circunscribámonos a los Mallorquí locales; es decir, los de Madrid. En total hay seis. Mi hermano (Big Brother), mi sobrina, mis dos hijos y yo. Queda por ahí un Mallorquí suelto al que no tengo el gusto de conocer (pero está claro que o es una mujer, o no se ha reproducido). Bien, mi hermano tuvo una hija y no repitió la jugada. Ahora, sinceramente, le veo un poco mayor para cargar sobre sus espaldas un plan extensivo de salvación de la especie. En todo caso, podríamos clonarlo, aunque no sé si vale la pena. Mi sobrina Leonor ha tenido dos hijas, de modo que a la siguiente generación se perderá el apellido. Mis dos hijos son voluntariosos, pero quizá aún demasiado jóvenes. Así pues, sólo quedo yo, the last semental. Ahora sólo faltan las numerosas hembras que necesito para aparearme y salvar la especie.

Chicas, no lo dudéis, es por una buena causa. Si estáis en edad fértil, venid a mi y tened cachorros conmigo; yo reconoceré a los vástagos y el apellido Mallorquí se salvará. Creo que con doscientas o trescientas hembras será suficiente, aunque si queremos ir a por los López harán falta unos cuantos centenares más.

¿Cómo, que yo también estoy bastante añoso?... Vale, puede que sí, pero contempladme como a un viejo gorila de lomo plateado: las canas me escarchan el vello corporal, pero sigo siendo el macho alfa, regio, sereno, imponente, con todo el encanto de un galán maduro. Además, no es momento de ponerse tiquismiquis: los Mallorquí vamos a desaparecer, y aún no he visto a un puñetero naturalista preocuparse por el asunto. ¿Os podéis creer que ni siquiera me han anillado todavía?

Así pues, esto no es un post, sino una llamada de auxilio. Si no hacemos algo y rápido, los Mallorquí acabaremos ingresando en el club de los mamuts, los dientes de sable y los dodos.

Aunque vete tú a saber; a lo mejor nos lo merecemos.

lunes, agosto 11

Petit tour française


Estas vacaciones, mi tercer largo viaje por Francia, han corroborado dos cosas sobre el país vecino. En primer lugar, que Francia es una tierra bellísima llena de historia (de historia muy bien conservada, añado), y en segundo lugar, que los franceses son extremadamente amables. Mejor dicho: los franceses son, en general, gente muy educada, algo que deberíamos imitar los españoles. Una tercera cuestión sería que las francesas son muy guapas y tienen mucho estilo.

Hacía tiempo que tenía ganas de conoce la Occitania. En esa región se desarrolló durante el siglo XII una cultura sorprendentemente avanzada para le época, una sociedad más igualitaria y justa donde floreció el arte y el pensamiento intelectual. También desarrolló (y amparó) la gran herejía de occidente, el catarismo, razón por la cual, a principios del siglo XIII, el papa Inocencio III montó una cruzada contra los cátaros que durante más de cuarenta años cubrió de sangre y fuego las tierras occitanas, hasta acabar con la herejía y, de paso, con los nobles que la apoyaron y la sofisticada cultura que habían creado. Las ciudades fueron saqueadas y las tierras pasaron a ser propiedad de los mucho más toscos nobles franceses de la época. Otro bello sueño de libertad hecho trizas con dolor y muerte gracias a la Iglesia Católica. Como símbolo de todo esto, tras destruir la ciudad de Albi –un gran centro de catarismo- y cargarse a todos los herejes, el papado mandó construir una catedral que representara el poder de la Iglesia. La catedral –muy bella, es cierto- tiene el voluntario aspecto de una fortaleza, como prueba de que la fuerza de la Iglesia no se basaba sólo en la oración, sino también, y sobre todo, en las armas.

Por desgracia, la historia de los cátaros ha sido pasto de los ocultistas durante tanto tiempo que ha acabado por tergiversarse hasta resultar casi irreconocible. Hoy en día, si hablas de los cátaros (o de los templarios) pareces un friki; pero la auténtica historia de los cátaros (y de los templarios) es lo suficientemente apasionante como para no necesitar absurdos añadidos esotéricos y mágicos. En particular, resulta grotesca la supuesta vinculación entre los cátaros y el Grial; pero también es fascinante, porque esa falacia se ha sumado a lo que yo considero que es hoy en día la más difundida leyenda de occidente. De eso hablaremos en otra entrada.

Hay lugares que respiran historia por todas partes, tierras donde el pasado se mezcla con el presente, como si el tiempo formara allí una laguna. Uno de esos lugares es, sin duda, el Languedoc, una región eminentemente rural y agrícola, probablemente una de las menos ricas de Francia. De hecho, en el resto del país se considera a esta zona bastante paleta, y su idioma, la “lengua de oc” (“oc” significa “sí”), que se parece muchísimo al catalán, es despectivamente denominado “patois” por los franceses. En la Occitania hay muchas villas muy hermosas; Toulouse lo es, igual que Foix, Pamiers, Mirepoix, Albi o Ambialet. Carcassonne, sin embargo, me decepcionó un poco; la ciudadela medieval es una auténtica maravilla... pero sólo por fuera, porque su interior (totalmente reconstruido a finales del XIX) no es más que una sucesión de braserías y tiendas orientadas al turismo. Un bajonazo, vamos. Rennes-les-Bains, un pueblecito encajonado entre dos montañas y el río Sals, es una estación termal deliciosamente decimonónica y decadente. Y muy cerca de allí se encuentra el famoso pueblo de Rennes-le-Château, pero de él hablaré en otra entrada.

Pueblos muy hermosos, sí, pero no se trata sólo de eso: todo el Languedoc está plagado de restos históricos, de modo que vas por cualquier carretera y te encuentras con innumerables fortalezas, castillos, abadías, iglesias o viejas mansiones salpicando el paisaje. Como el tristemente célebre Montsegur, o el Château D’Arques, o Saint Hilaire, o Quéribus, o Château Di Negre... Por desgracia, reservamos el último día en Occitania para visitar la Gascuña. Suena bien, ¿verdad? Dumas, D’Artagnan, los tres mosqueteros, uno espera grandes cosas de un sitio como ése, ¿no es cierto? Pues no, no lo es. La Gascuña es una aburrida sucesión de viñedos salpicados por pueblos más bien sosos. Si os fijáis en la foto situada junto a estas líneas, distinguiréis la torre de una iglesia y los tejados de unas casas; es el pueblo de Lupiac, el lugar donde nació el auténtico D’Artagnan, Charles de Batz-Castelmore, conde de Artagnan, el personaje que sirvió de inspiración a Dumas para su novela. Pues bien, quizá os preguntéis por qué hice la foto desde tan lejos. La respuesta es sencilla: porque Lupiac es una mierda de pueblo donde no queda la menor huella del famoso mosquetero. Dicen que allí hay un Centre D’Artagnan con audiovisuales sobre el personaje; si existe, y aunque el pueblo es muy pequeño, fuimos incapaces de encontrarlo. Auch, la capital de la Gascuña, no está mal; la Cathédrale de Sainte-Marie es interesante, con una asombrosa sillería del coro, pero el resto de la región... en fin, lo mejor que puede hacerse en ella es tomarse un armagnac. Ah, por cierto, el plato típico del Languedoc es la cassolulet, una especie de fabada hecha con cerdo y oca. Es deliciosa; pese a su contundencia y el calor reinante, me zampé una.

Pepa y yo abandonamos la Occitania para dirigirnos a la Provenza justo el día en que todos los franceses habían decidido salir de vacaciones, con el resultado de que tropezamos con varios atascos memorables. La Provenza es una región bellísima, pero tiene el defecto de ser una de las más solicitadas zonas de vacaciones de Francia. Eso se tradujo en lo mucho que nos costó encontrar alojamiento allí; finalmente, habíamos conseguido un hotel a las afueras de Marsella.

A primera vista, Marsella es una ciudad feísima. Pero si uno se detiene para echar un segundo vistazo, tendrá la oportunidad de ver plenamente confirmada su primera impresión. Además, es un caos, pues la ciudad está construida en las faldas de las colinas que rodean la bahía, de modo que toda aspiración de urbanismo racional quedó abandonada desde que se construyó la primera casa. De hecho, Marsella (la segunda población más grande del país) es la ciudad francesa menos francesa que conozco. Parece una confusa mezcla de lo francés, lo italiano, lo español y lo argelino, y eso, pese a lo fea que es, le da cierto encanto. No sé, uno espera ver pasar por ahí a Alain Delon persiguiendo a –o siendo perseguido por- la mafia marsellesa. Es, por decirlo así, una ciudad canalla. Y además, tiene el peculiar honor de ser la patria mundial de la bullabesa, quizá la mejor sopa de pescado del mundo. Os recomiendo el restaurante Chez Fonfon, situado en un diminuto (y nada fácil de encontrar) puerto de pescadores; su bullabesa es, según dicen, la mejor de la ciudad. Pepa y yo nos tomamos dos; pero no seguidas, ¿eh?, sino en diferentes días.

En Avignon, que es una ciudad bellísima, se estaba celebrando su famoso Festival de Teatro con más de setenta obras en cartelera. Dada la competencia, los actores salían a las calles disfrazados para repartir publicidad de las salas donde actuaban; era divertido y muy colorista. En Arles hay un enorme circo romano bastante bien conservado; en él tenían lugar combates de gladiadores y ahora, para continuar la barbarie, se celebran corridas de toros. También se encuentra en Arles los Alyscamps, un cementerio romano que, en época medieval, se convirtió en un famoso camposanto. Es un lugar tremendamente sugerente y romántico; y, como es poco conocido, apenas hay turistas.
El famoso Pont D'Avignon

Los Alyscamps

Pepa en los Alyscamps

La Camarga, situada al oeste de Marsella, es un hermoso parque natural donde el delta del Ródano forma innumerables lagunas e islotes. Al suroeste se encuentra la villa de Stes-Maries de la Mer, donde hay una curiosa iglesia románica, Nuestra Señora del Mar. Juanmi, un buen amigo y asiduo merodeador de Babel, me recomendó que la visitase, pues allí, en la cripta, está Santa Sara –Sara la Kali-, patrona de los gitanos. Anualmente tiene lugar una famosa peregrinación romaní. Además, la tradición dice que en ese lugar desembarcó –entre otras santas- María Magdalena. De esto hablaremos en un futuro post (el mismo que tratará sobre Rennes-le-Château y la nueva gran leyenda).

El Luberon es un extenso valle lleno de pueblos bellísimos; Gordes, Roussillon, Apt, Bonnieux... Lo malo es que también es el lugar donde los parisinos buscan su “casa campestre”, así que decir que está lleno de gente sería quedarse tan corto como afirmar que la bomba de Hiroshima fue un petardo. Resultaba un auténtico problema aparcar en los pueblos, y no me refiero sólo al casco urbano, sino hasta en los alrededores. No obstante, allí me llevé una sorpresa: en el cementerio parroquial de Lourmarin está enterrado Albert Camus. En fin, siempre he pensado que los franceses son únicos cuidando y conservando su patrimonio artístico y cultural, pero desde luego eso no puede aplicarse en este caso, porque la tumba de Camus está completamente abandonada.


El cementerio de Lourmarin



Aunque la tumaba está señalizada, no es fácil de encontrar



A la derecha la tumba de Camus y a la izquierda la de su esposa Francine Faure.
Como veis, la meleza lo invade todo


La lápida está prácticamente borrada


En fin, amigos míos, tras dos semanas de periplo francés, fuimos a Gerona, recogimos a nuestros hijos en el aeropuerto y nos tiramos otra semanita en un Hotel-spa cercano a Platja d’Aro tocándonos las narices guapamente. El único problema –porque siempre hay un problema- es que la mitad de las habitaciones del hotel estaban ocupadas por rusos. Rusos nuevos ricos. Algún día, cuando reúna el suficiente número de adjetivos, hablaré de ellos.

En resumen: Pepa y yo nos lo hemos pasado estupendamente recorriendo el sur de Francia. En lo que a mí respecta, me ha gustado más el Languedoc; la Provenza es preciosa, sí, pero hay demasiado turismo. Sea como fuere, ya tengo programado nuestro siguiente periplo francés: el Perigord. ¿Cuándo? Chi lo sa... (no muy tarde, en cualquier caso)

Pues ya está, amigos míos; se acabó el rollo. Espero que, aparte de daros la paliza, también os haya dado un poquito de envidia.

Pérfido que es uno.


lunes, agosto 4

Feliz cumpleaños, Pepa

Sí...

Sí...

Probando...

Uno-dos, uno-dos...

¿Mesescucha?...

Cuatro de agosto, amigos míos, plena temporada estival, todo dios de vacaciones. Mientras escribo esto me parece oír esa clase de eco que se produce en los locales vacíos mientras un deprimido, pero voluntarioso, orador desgrana su discurso. ¿Hay alguien ahí o está todo el mundo fuera? En fin, volví el sábado de vacaciones y me he encontrado con el mejor Madrid posible; es decir, un Madrid vacío. Pero bueno, ya hablaremos más adelante de mi viaje y de las delicias de una ciudad casi sin ciudadanos, porque ahora lo importante es otra cosa.

Porque hoy, amigos míos, merodeadores todos, es cuatro de agosto, y el cuatro de agosto es la fecha del cumpleaños de Pepa, mi reina, mi diosa, mi ama y señora, mi mujer. ¿Que cuántos años cumple? Por favor, las obras de arte –y Pepa lo es- no tienen edad. En cualquier caso, ahí arriba tenéis su imagen tomada este verano en la ciudad francesa de Arles.

Así pues, Pepa querida, si lees esto, sólo te diré una cosa: cada año que cumples sólo se nota porque te sirve para perfeccionar aún más lo que ya parecía perfecto.

¡Feliz cumpleaños, reina mora!

(Y un cariñoso hola-hola para todos los demás)

viernes, julio 11

Cerrado hasta el 4 de agosto

Se acaba la temporada, amigos míos; Babel se toma unos días de descanso y Fray César de Baskerville también. Como sabéis los que hayáis leído la entrada “Vacaciones”, me voy con Pepa, mi mujer, al sur de Francia; una semana al Languedoc y otra semana a la Provenza. Luego, nos reuniremos con Óscar y Pablo, nuestros hijos, en Gerona y pasaremos juntos otra semana en la Costa Brava.

Aún no he decidido los libros que me voy a llevar; de hecho, sólo tengo claros tres títulos: Spin, de Robert Wilson (Ómicron, 2008); me la regaló Julián Díez por mi cumpleaños y, según asegura, es una de las mejores novelas de ciencia ficción de la última década. Hace siglos que no leo cf, así que le daré una oportunidad. La segunda novela es Los hombres que no amaban a las mujeres, de Stieg Larsson (Destino, 2008). Según todas las críticas, se trata de un excelente y renovador thriller. El tercer libro es un ensayo, Universos paralelos, de Michio Kaku (Atalanta, 2008); lo estoy leyendo desde hace un mes y voy por la mitad, pero es que eso de la cosmología hay que tomárselo con calma. Supongo que me llevaré dos o tres libros más; nunca lo leo todo, pero me gusta tener dónde elegir.

Salgo mañana y regresaré el cuatro de agosto, justo cuando la mayor parte de vosotros inicie sus vacaciones, así que me temo que Babel será un lugar solitario el mes que viene. En cualquier caso, os deseo a todos que vuestras vacaciones estén llenas de estímulos, sorpresas y felicidad. Pero antes de despedirme, quiero ofreceros una pequeña curiosidad, sobre todo a aquellos que hayáis leído mi novela La Catedral. Como decía en una entrada anterior, durante el verano de 1999 fui con mi familia a recorrer la Bretaña francesa. Por aquel entonces, estaba escribiendo La Catedral, así que utilicé aquel viaje para documentarme. La novela, ambientada en el siglo XIII, comienza en Estella (Navarra), y cuenta cómo Telmo Yáñez, un joven aprendiz de cantero, debe abandonar esa localidad para dirigirse a Kerloc’h, un pueblo costero de Bretaña -que por aquel entonces era una de las regiones más remotas y aisladas de la cristiandad- con el propósito de participar en la construcción de una misteriosa catedral.

Pues bien, justo antes de salir de viaje escribí toda la parte del relato que se desarrolla en España. Conozco bien Estella y todo el camino hasta Roncesvalles, así que no tuve mayores problemas. No obstante, debía elegir un lugar en Bretaña donde ambientar el resto de la novela. Cogí un mapa y me puse a buscar. Decidí situar la novela en la península de Crozon, el punto más occidental de Francia, un lugar que, como el Finisterre español, fue punto de destino de peregrinaciones prehistóricas, un centro de culto pagano. Esto era importante, porque al final de la novela allí se celebraría un ritual pagano. Vale, en Crozon pues; pero ¿dónde exactamente? Se trata de una zona muy despoblada y quería un pueblo de origen bretón; el único que encontré fue Kerloc’h (“ker”, en bretón, significa “villa”; el 90% de los pueblos bretones comienzan por “ker”, para desesperación del viajero). En fin, Kerloc’h sonaba bien, pero sólo era un nombre en un mapa, puede que el terreno no fuese adecuado para la acción. Eso sólo lo sabría cuando lo viese.

Iniciamos el viaje, recorrimos la costa atlántica de Francia, nos adentramos en Bretaña, dejamos atrás Morbihan y, al cabo de unos días, llegamos a Finisterre, a la península de Crozon. Se trata de un parque natural, de modo que hay muy pocas construcciones por la zona. Recuerdo que, la primera vez, pasé de largo Kerloc’h; el pueblo es muy pequeño y está oculto por una arboleda. Tuve que retroceder y, sí, ahí estaban la playa y el pueblo de Kerloc’h. Además, el lugar era perfecto para ambientar la historia de Telmo Yáñez. Permitidme que reproduzca un fragmento de la novela, justo cuando Telmo y sus compañeros de viaje Eric, Gunnar y Loki, llegan a su destino:

Era un bahía muy ancha que parecía estrechar entre sus brazos a un mar tranquilo e intensamente azul. A la izquierda, en la cima de unos acantilados, se alzaba una fortaleza muy antigua, con grandes muros de negro basalto. En lo alto de la torre ondeaba una bandera blanca con la roja silueta de un águila.
(...) Al pie de los acantilados había una playa de arena dorada que, conforme se extendía hacia la derecha, acababa convirtiéndose en un pedregal batido por las olas. A unos quinientos pasos de la orilla, en el otro extremo de la bahía, situado sobre la falda de una colina, se alzaba un poblado en el que reinaba una intensa actividad.
Al instante tuve la certeza de que aquel lugar era nuestro destino. Y lo supe porque, un poco más allá de la aldea, en una verde franja de tierra que penetraba en el mar encaramada sobre unos acantilados, se alzaba la construcción más extraordinaria que jamás he contemplado. Era un templo, una catedral. La catedral de Kerloc'h
”.

Pues bien, estando en Crozon tomé unas fotos para documentarme. Éstas son dos de ellas:

Aquí tenemos el lado sur de la bahía visto desde Kerloc’h. Tenéis que imaginaros una antiquísima fortaleza negra sobre el promontorio, al borde del acantilado.

Éste es el lado norte de la bahía visto desde la supuesta fortaleza. Si os fijáis, a la derecha se ven algunas casas del pueblo. En el extremo izquierdo, cerca del acantilado, se alzaría la catedral de Kerloc’h, grande, con arbotantes a los lados y una inmensa torre semejante al aguijón de un alacrán.

Bueno, amigos míos, pues éste es el escenario de mi novela La Catedral. Ya sé que esto es una chorrada que no le interesa a nadie, pero me apetecía recordar aquel maravilloso viaje.

¡Felices vacaciones!