Por lo general, no somos conscientes del momento histórico en que vivimos. La relativa brevedad de nuestras vidas y la lentitud con que se mueve la historia nos vuelve miopes e impiden que contemplemos el contexto que nos rodea en su integridad. Por otro lado, si pensamos en, por ejemplo, la revolución francesa, sabemos lo que hubo antes y también lo que vino después, pero si nos situamos en el “ahora”, conocemos el pasado inmediato, pero ignoramos lo que depara el futuro, de modo que nuestra visión es intrínsicamente incompleta. Por ejemplo, no somos conscientes de que vivimos tiempos de posguerra.Lo que voy a comentar en este post no es ningún descubrimiento; de hecho, se trata de algo evidente que todos sabemos, aunque quizá no siempre tengamos presentes las implicaciones. Veréis... ¿Quién ganó la Segunda Guerra Mundial? ¿Los americanos? ¿Los aliados? No: los rusos. Ellos minaron al ejército alemán gracias a una numantina resistencia, ellos contraatacaron, ellos sitiaron Berlín y ellos fueron los primeros en entrar en la capital del Reich. Por supuesto, los yanquis ganaron la guerra del Pacífico, pero en cierto modo esa era otra guerra (japoneses y alemanes nunca llegaron realmente a colaborar bélicamente). El caso es que, al terminar la guerra, USA y Rusia se repartieron alegremente Europa (y el mundo). Así surgieron el imperio americano y el imperio soviético. Y comenzó otra guerra, sólo que muy distinta a cuantas antes había contemplado la humanidad.
Gore Vidal sostiene que la Guerra Fría fue un invento de la industria armamentística norteamericana, un conglomerado de empresas e intereses que, tras haberse forrado durante la guerra mundial, contemplaban cómo la paz ponía en riesgo sus beneficios. Sin duda, algo hay de esto, pero también estaban en juego el dominio geoestratégico del planeta y la confrontación entre dos visiones diametralmente opuestas de la economía, la política y la estructura social. La aparición de las bombas atómicas y el acopio de ellas que hicieron ambas potencias condujo a una situación nueva: dos imperios opuestos y mutuamente hostiles no podían enfrentarse bélicamente entre sí, pues tenían en su contra el MAD (Mutual Assured Destruction-“destrucción mutua asegurada”). Nadie podía ganar. Así pues, la guerra se desarrolló en otros frentes: el diplomático, el propagandístico y, sobre todo, el económico.
Hablemos un momento sobre el comunismo. La corriente romántica del siglo XIX y el declive de las religiones institucionales, devinieron, a comienzos del siglo XX, en dos formas distintas de “política redentorista” o “religión de estado”: el fascismo-nazismo y el comunismo. Ambos monstruos generaron terribles dictaduras y causaron millones de muertos, pero mientras que el comunismo se desarrolló en el extrarradio de Occidente, el fascismo-nazismo lo hizo en el mismo centro, de modo que era mucho más visible y, quizá por eso, fue el primero en caer. Durante mucho tiempo, la gente ignoraba qué sucedía tras el telón de acero y lo poco, y malo, que se sabía era desechado como propaganda capitalista. Pero lo cierto es que el comunismo no funcionaba ni social ni económicamente, que, pese a sus bonitas palabras, era una tiranía, que Stalin y Hitler eran lo mismo: despiadados dictadores.
Sin embargo, el comunismo tuvo una inesperada buena consecuencia: ante el temor de que los trabajadores occidentales, contagiados por el éxito de la revolución rusa, se alzaran contra sus patronos, el capitalismo salvaje se vio forzado a hacer concesiones y de ello surgieron los sindicatos o el estado del bienestar. Es decir, el comunismo era bueno para las clases trabajadoras siempre y cuando no se llevase a la práctica y se mantuviese a considerable distancia. Era una especie de toque de atención para la oligarquía: “cuidado, hay otra alternativa que puede devorarte”.
Quizá por eso, y porque supuestamente era una utopía puesta en práctica –el “paraíso proletario”-, y porque servía como espantajo contra la derecha, y porque aparentemente era una alternativa viable al capitalismo, y por las tan fraternales como falsas palabras propias del comunismo, por todo eso la izquierda mundial adoptó casi sin excepciones el marxismo como caballo de batalla e ideología básica.
Qué gran error, qué inmenso error... La invasión de Checoslovaquia por las fuerzas del Pacto de Varsovia, en 1968, hizo que las escamas se desprendieran de muchos ojos. Luego, se conoció la barbarie del estalinismo, el horror de la Revolución Cultural maoista, la locura infernal de los jemeres rojos. Pero, sobre todo, el sistema económico comunista no funcionaba; la economía de estado ni siquiera era capaz de garantizar la alimentación de sus ciudadanos y, de no ser por los cereales que, paradójicamente, le vendía USA, las hambrunas hubiesen recorrido el imperio soviético. Un imperio que estaba derrumbándose lentamente a causa de su ineficacia.
Pero algo aceleró ese derrumbe. Hoy ya sabemos lo que yo siempre había sospechado: Ronald Reagan y el papa Juan Pablo II se reunieron en repetidas ocasiones para planificar una estrategia conjunta destinada a socavar los cimientos de la Unión Soviética. Karol Wojtyla era polaco y profundamente anticomunista. La insurrección contra el sistema soviético brotó en Polonia de la mano del sindicato obrero católico Solidaridad. ¿Alguna relación entre lo uno y lo otro? Pues sí, sobre todo si tenemos en cuenta que el Vaticano financió a Solidaridad con 32 millones de dólares tramitados, probablemente, a través de Roberto Calvi.
Por otro lado, Reagan se sacó de la chistera un curioso plan: la famosa "guerra de las galaxias", un paraguas que cubriría todo el territorio USA y cuyo objetivo sería interceptar cualquier misil dirigido contra esa nación. De tener éxito tal iniciativa, el MAD se iría a hacer puñetas y la Unión Soviética quedaría inerme frente a los americanos. Así pues, los soviéticos sólo tenían dos alternativas: o desarrollar ellos también un paraguas nuclear, o ponerse a fabricar misiles como locos para derrotar al escudo americano por saturación (por ejemplo, de cada diez misiles lanzados sólo llegaría uno). El problema era que cualquiera de esas alternativas hundiría en la miseria a la precaria economía soviética. De modo que, como reza el dicho judío, los soviéticos decidieron que, ante dos alternativa, lo mejor era escoger la tercera: ya que no podían vencer a su enemigo, ¿por qué no aproximarse a él? Y así llegaron los tiempos de la perestroika y la glásnot, hasta que, finalmente, en 1991, el imperio soviético se disolvió.
Es decir, la guerra fría tuvo una victoria fría, y quien venció fue el sistema capitalista capitaneado por los poderes más conservadores de occidente (Reagan, Wojtyla, Thatcher...). Por eso vivimos tiempos de posguerra. ¿Y esto en qué nos afecta? Bueno, ahí tenéis, por ejemplo, la “revolución” neocon. Fue la derecha más dura quien venció al comunismo, así que a ella le pertenecen los despojos de la guerra. Entre tanto, la izquierda anda desorientada; se ha desprendido del marxismo, pero es incapaz de encontrar una alternativa a la economía de mercado o un modelo distinto al de la sociedad capitalista, de modo que prácticamente toda la izquierda europea ha derivado hacia más o menos tibias socialdemocracias. Es decir, todos los partidos políticos han virado a la derecha; tanto los progresistas como los conservadores.
Ahora bien, dado que el triunfante capitalismo se ha desembarazado del contrapeso que era el comunismo, ¿no resultará tentador dar marcha atrás en las concesiones hechas cuando el Imperio Soviético aún existía? La ley del mercado aplicada también a los seres humanos, darwinismo social, estados reducidos a lo mínimo y liberalismo económico a ultranza. Sálvese quien pueda.
El presente es producto del pasado y la “victoria fría” explica, al menos en parte, muchas de las cosas que están sucediendo en el mundo, desde la infame guerra de Irak hasta, ya en casa, la deprimente guerra de los obispos contra el gobierno socialista. Estamos asistiendo a una “revolución conservadora” (si es que a una contrarreforma se le puede llamar revolución) capitaneada por una derecha dura que triunfó frente al comunismo igual que San Jorge frente al dragón. Una derecha extremada cuyo lema “sin complejos” muchas veces podría interpretarse como “sin escrúpulos”. Pero ellos son los triunfadores, ¿no?


















