martes, enero 31

Palabras peligrosas

Una de esas estupideces que, a base de repetirse, acaban aceptándose como ciertas (ya lo dijo Goebbels: una mentira dicha cien veces es una verdad), es eso de que una imagen vale más que mil palabras. Vale más, ¿para qué? ¿En qué sentido es superior la imagen a la palabra? ¿Es más sugerente, más connotativa, más expresiva? No, ni mucho menos; a fin de cuentas, una imagen es algo externo, es “lo otro”, mientras que la palabra, al ser la herramienta que usamos para pensar, forma parte de nosotros, igual que un brazo o una pierna. La palabra es el miembro fantasmal que nos sirve para comprender la realidad. Aunque, eso sí, las imágenes son mucho más concretas que las palabras. Cuando dices “mesa”, estás refiriéndote a un espectro que va desde un pequeño escritorio hasta la Tabla Redonda, pero una foto de una mesa representa a esa mesa en concreto y no a otra. La imagen es específica, la palabra es difusa. Y eso, aunque parezca un contrasentido, concede un tremendo potencial a la palabra.
El idioma es un sistema simbólico que asocia ciertos sonidos a determinados objetos o acciones. Cuando estaba en la universidad y estudiaba lingüística como un burro, leí una definición sobre la diferencia entre signo y símbolo que me pareció muy atinada. El signo (por ejemplo, una señal de tráfico) es más pequeño que lo que representa, mientras que el símbolo (por ejemplo, una bandera) es más grande que el objeto representado. En ese sentido, hay palabras-signo, como “mesa”, y palabras-símbolo, como “patria”. Y aquí llegamos a las palabras peligrosas del título. Palabras grandes, demasiado grandes, aplastantemente grandes.
Soy humanista; lo soy en el sentido de considerar que el eje de la moral, de la ley, de la civilización y la cultura es el ser humano, y que no hay nada por encima de él, nada más grande, sagrado y valioso. Pero no todo el mundo piensa así, claro; una persona religiosa cree, lógicamente, que lo más sagrado es su dios. Es decir: dios es más grande que el ser humano. Y eso significa que, en nombre o por designios de la deidad de turno, se puede hacer cualquier cosa, desde buenas acciones, como cuidar enfermos en el tercer mundo, hasta atrocidades como la cruzada contra los albigenses. El problema es que, si revisamos la historia (y los periódicos), parece que a las divinidades les gusta más la sangre que la penicilina. Dios es como M, el jefe de James Bond: expende permisos para matar.
Pero hay más palabras grandes, claro, aunque –afortunadamente- no son muchas. También es cierto que varían según el tiempo y las distintas culturas, pero he encontrado cuatro que considero (con todos los matices) universales: “Dios”, “Patria”, “Raza” y “Pueblo”. Todas ellas reúnen dos características: son más grandes que el ser humano y, por tanto, sirven de coartada para matar, torturar y esclavizar, y son palabras extraordinariamente ambiguas. Pregunta qué es “dios” y obtendrás mil respuestas. La “patria” es algo indefinido que va más allá de la geografía, la demografía y la historia, una entelequia muy conveniente para trazar fronteras y fabricar tanques. “Raza” no es más que el intento de dar un barniz pseudocientífico a la vieja xenofobia. ¿Y qué es el “pueblo”? No se sabe muy bien, la verdad. No es Pepe ni Pepita, ni la suma de todos los pepes y pepitas, ni todos los pepes y pepitas que han sido, son y serán. “Pueblo” es una entidad abstracta, casi platónica; y también paradójica, pues en nombre del “pueblo” se puede someter -y si es necesario, masacrar- al pueblo.
Pero, entonces, ¿por qué esas palabras tan peligrosas siguen influyendo y movilizando a la gente? ¿Cuál es su atractivo? Bueno, ninguno si eres la víctima, claro, pero mucho si eres el verdugo. Todas esas palabras poseen una característica más: confortan y dan seguridad a quienes creen en ellas. ¿Acaso no tranquiliza venerar al único dios verdadero? Es como tener de tu parte al primo de Zumosol. ¿Y no es guay pertenecer a una raza superior? ¿O ser el pueblo elegido? ¿O vivir en el mejor país de la tierra?
Hay otras palabras, no tan grandes como las anteriores, pero también potencialmente peligrosas. Por ejemplo: “Honor”, “Civilización” y “Tradición”. En realidad, son palabras de dos caras, capaces de lo mejor y de lo peor. Qué duda cabe que “honor” es una palabra honorable. Pero demasiado honor, o un honor mal entendido, suele acabar en matanza. En cuanto a “civilización”, ¿qué pega puede ponérsele? Ninguna, salvo que te empeñes en que sólo tu civilización es civilizada. Y las tradiciones no están nada mal; nos enlazan con el pasado y dan profundidad a nuestra existencia. Pero el culto a la tradición puede justificar actividades tan aberrantes como tirar cabras por un campanario o torturar reses en una plaza.
Aunque, en realidad, el potencial de esas palabras grandes de segundo orden se despliega cuando se combinan con las palabras gordas de verdad. “Hay que defender el honor de la patria”, “Nuestro pueblo sostiene la antorcha de la civilización”, “Debemos preservar las tradiciones de nuestra raza”. Si te fijas, todas esas frases están pidiendo a gritos signos de admiración. Uno a cada lado, como columnas de Hércules.
Pero yo, no sé por qué, siempre he desconfiado de las admiraciones; creo que son los signos ortográficos que menos uso.

10 comentarios:

Felideus dijo...

Para no caer en ambigüedades léxicas, te lo digo en francés: “chapeau” (realmente no sé si escribe así, mi francés es una mierda...).

Álex Vidal dijo...

Un artículo muy bonito, César, vaya que sí. Ah, si los políticos (y los que nos dejamos caer en su dialéctica) dedicasen más a las necesidades concretas y no a las abstracciones, quizá una palabra símbolo como pobreza estaría tan olvidada como deberían estar patria, nación, civilización y dios.

cristian dijo...

Las palabras que más me gustan son las risas. Las sonrisas, todavía más.
Las palabras pueden servir para intentar explicar lo que hay tras una sonrisa o mirar de hacer que surjan. No es fácil lograrlo. Lo fácil es utilizar las palabras para herir y hacer llorar. La mar de fácil.

Anónimo dijo...

me a gustau mucho, tiíto. pero ai alguna cosa en la k no estoi de acuerdo. pa empezar, es verdad k la palabra i el pensamiento van a la par, es verdad k la palabra es la herramienta gracias a la k accedemos al otro i por la k nos damos a conocer a los demás, pero no me puedes decir k no ves su limitación. kant lo avanzó pero ya más adelante si k nos metimos en nosotros mismos asta casi ahogarnos. wittgenstein sonaba desesperado al, tras haber comprobado que el lenguaje nos es insuficiente para la comunicación que él llamaba "a nivel ético", tener que concluir que, por tanto, nunca podremos conocer(nos)lo más importante (pues sí que reconocía que los juicios "éticos" eran los verdaderamente importantes). sin embargo, yo kiero pensar que se adivinaba en él una esperanza de comunicación (no verbal) que nos permitiese salir de nuestra cárcel. aki ya cada cual puede contar su propio cuento (acceder a un nivel de consciencia que permita la comunicación "iluminada", recibir la gracia divina....; yo no voi a contar el cuento propio, pero supongo k sabes por dónde creo k van los tiros). De todas formas, creo k es innegable que el lenguaje gestual es mucho más poderoso que el verbal. es cierto que me dirás que es más ambiguo i menos riguroso pero puede que lo sea precisamente porque se sale de las categorías racionales para introducirnos en la tierra de la intuición (que muchos han considerado la vía de alcanzar los "primeros principios"). no me regañes, tío.
otra cosa: la humanidad tb es una palabra "grande" que, junto con patria, pueblo, nación o raza, ha servido para dar consuelo metafísico al hombre (por su finitud), ¿no crees? :P tb es una palabra guay tiíto, así que tb es un recurso de aquél que necesita de algo superior. es verdad, sin embargo, que no somete al hombre, sino que lo realza.
eres mu lúcido tío, por eso hasta ahora no he sabido qué comentar, pero que sepas que te sigo y que me encanta leerte. muaaaa
la reina mora

César dijo...

¡Eh, "anonimus" es mi sobrina! (¿estoy utilizando admiraciones?) Se llama Laura y es preciosa, tanto por dentro como por fuera. Además, es condenadamente lista la tía; sólo hay que leerla. Así que mucho ojo, ¿eh? No os metáis con ella, ni siquiera por las sucesivas patadas que le pega al idioma con ese dialecto motorola que se gasta.
Bueno, Laura, reina del serrallo, ¿qué te contesto? Me has dejado apabullado con tamaño alarde de erudición. Vayamos por partes.
1. Por supuesto, Kant, Wittgenstein y tú tenéis toda la razón: el idioma tiene límites, es ambiguo. Lo que yo señalo es que esa ambigüedad del lenguaje puede convertirse en un arma, pues permite generar símbolos muy poderosos. También permite que exista la poesía, si vamos a eso.
2. Por supuesto que el idioma no nos permite conocer nuestra esencia ni la esencia de los demás. Pero es que esa clase de conocimiento resulta imposible, como demuestra el teorema de Gödel.
3. Ignoro si el lenguaje gestual permite un grado mayor de conocimiento que el verbal. Desde luego, si es así, los de la ONCE lo tienen jodido. Pero yo no me refería a eso. Pensamos con palabras, no con gestos; por eso las palabras forman parte de nosotros. En cierto modo, son como virus que nos infectan de pequeños y se quedan para siempre en nuestro interior. Oye, en algún momento tengo que hablar de esto: de los MEMES.
4. Sí, tienes toda la razón: "humanismo" también es una palabra grande. La única que vale la pena, la única positiva. ¿Y sabes por qué? Porque es grande, pero no más que el ser humano. Tiene justo la altura del hombre (y de la mujer), como un traje a la medida. No se puede matar en nombre del humanismo, porque su dogma se basa y resume en una simple idea: toda vida humana, incluso la del más indigno, es sagrada.
5.En los aspectos metafísicos de tu comentario no entro. Ya sabes que ahí nunca nos pondremos de acuerdo, así que, ¿pa qué discutir?
En fin, reina mora, que me ha alegrado mucho leerte. Pero no seas capulla, coño, y dime algo de vez en cuando, que me encanta hablar contigo.
Y ahora los demás.
Felideus: gracias.
Alex: tienes toda la razón del mundo.
Cristian: por desgracia, las palabras son como las cucharillas de café: hay cien formas de convertirlas en armas.

R. Mármol dijo...

Una muy buena reflexión sobre el poder de las palabras. Poco o nada tengo que añadir salvo felicitarte por esta entrada y por el blog en general, que sigo desde hace unos días y de momento cada entrada ha sido cada vez mejor que la anterior.

También, ya aprovecho para preguntar si no te importaría que pusiera un link a esta entrada y a tu blog desde el mío. De momento sería sólo desde una entrada con un par de enlaces (hasta que actualice la sección de enlaces). Lo dejo en borrador hasta saber tu opinión.

mazarbul dijo...

Totalmente de acuerdo con el personal. Fijaos que muchas veces entre los políticos tiene más revuelo una palabra o frase que una bomba en los bajos o un misil aniquilando un edificio y al personal que allí vive. Lo último es terrible, pero que me acusen de esto o lo otro,es !Inadmisible!.
Creo que hay un libro de Vance que se llama Los lenguajes del Pao que va sobre una sociedad (es sf) que ha eliminado algunos conceptos (guerra, etc...) y viene al hilo del tema. No se si alguno la ha leído. Yo la tengo en la pila aún.

César dijo...

Esto es un blog muy liberal en sus costumbres, Marmol; puedes hacer con él lo que quieras. Y gracias por tus comentarios.

Anónimo dijo...

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Anónimo dijo...

Me gusta leerle.
No niego la existencia de religiones que mantengan su afirmación: dios es más grande que el ser humano. No conozco todas las religiones, ni la manera en que son conocidas. Pero, la religión cristiana niega contundentemente tal afirmación. Léase Mt. 25, 31 y ss.
¿Y la praxis histórica? la misma que la de los humanístas de "café y chupito", una cosa es hablar o escribir y otra actuar o vivir. Grandes luces y grandes sombras (tremendas oscuridades), esperemos que venza la luz.
Lo de la penicilina, la sangre, M... es aplicable al ser humano, al fin y al cabo, él es el sujeto de la historia que utiliza a dios como excusa.
Se me cuide amigo, y siga escribiendo.