lunes, junio 23

En la mente del escritor. Anexo: La imaginación (y 3)


 
            ¿Qué significa ser “adulto”? Recurro al diccionario de la RAE, y encuentro tres definiciones. A saber: 1. adj. Llegado a su mayor crecimiento o desarrollo. 2. adj. Llegado a cierto grado de perfección, cultivado, experimentado. 3. adj. Zool. Dicho de un animal: Que posee plena capacidad reproductora.

            Según la primera definición, nadie es adulto hasta que se muere, porque de un modo u otro no dejamos de desarrollarnos mientras vivimos. Según la tercera, se es adulto en torno a los doce años o así. Nada de eso nos vale. Pero la segunda definición da más pistas: durante la infancia somos seres incompletos, por hacer, y cuando alcanzamos un cierto e indefinido grado de desarrollo, nos convertimos en adultos.

            Bueno, en líneas generales eso es más o menos cierto, pero se corren dos riesgos: 1. Presuponer que la infancia es un periodo de transición que debe superarse en su totalidad. 2. Presuponer que, una vez alcanzado el estado adulto, ya no tienes que evolucionar más.

            De hecho, en gran medida todo el proceso educativo y de socialización se basa en matar al niño. A fin de cuentas, tildar de infantil a un adulto es un insulto. A la niñez se la contempla con condescendencia, como algo que si no nos inspirara ternura resultaría risible. Los adultos nos sentimos superiores a los niños, olvidando que los niños nos superan ampliamente en ciertos aspectos: por ejemplo, su capacidad de aprendizaje, su capacidad de adaptación y, como vimos, su creatividad.

            Por supuesto, hay características de la niñez que deben superarse: la inexperiencia, el egocentrismo, la ingenuidad, la irresponsabilidad, la impaciencia... Pero hay otros valores que no deberíamos perder: la curiosidad, la capacidad de asombro, la imaginación, la inocencia, el sentido lúdico...

            Sobre la curiosidad ya hablé antes; es el combustible de la creatividad. Por desgracia, muchos adultos pierden interés en los qués y los porqués de la vida; de hecho, pierden la curiosidad incluso antes de ser adultos, durante la adolescencia. En eso tiene gran parte de culpa el sistema de enseñanza, que convierte la adquisición de conocimientos en un aburrimiento, cuando debería ser todo lo contrario. Si las respuestas a nuestras preguntas son una lata, dejaremos de formular preguntas. También tiene su parte de culpa una visión demasiado pragmática de la existencia, que hace que nos centremos sólo en aquello que resulta útil y desdeñemos “lo que no sirve para nada”. Pero las semillas de lo nuevo, de lo revolucionario, de lo genial, suelen estar precisamente en lo que (ahora) no sirve para nada.

            ¿Puede recuperarse la curiosidad cuando ya se ha perdido? Sinceramente, no lo sé. Hay gente que parece refractaria a todo tipo de interés, gente que jamás se pregunta nada, gente aburrida y vacía. Me temo que esa clase de personas jamás serán creativas, porque su niño interior está muerto y más que muerto.

            La capacidad de asombro, por su parte, está íntimamente relacionada con la curiosidad. Las personas curiosas adoran las preguntas misteriosas y las respuestas asombrosas. Citando al viejo Einstein: “El que no posee el don de maravillarse ni de entusiasmarse más le valdría estar muerto, porque sus ojos están cerrados”.

            ¿Y qué decir de la inocencia? Inocencia para no dar por hecho nada, para contemplar el mundo como si lo vieras por primera vez, inocencia para creer que es posible lo imposible. Cuando un adulto pierde la inocencia, en realidad está perdiendo la posibilidad de cambiar las cosas aunque sólo sea un poquito, porque dejar atrás la inocencia significa aceptar que el mundo es como es y nunca cambiará. Pero la creatividad significa precisamente cambio, ¿no?

            ¿Se puede recobrar la inocencia? Puede que sí, pero hay que romper muchos esquemas mentales; quizá demasiados. ¿Y qué hacer para no perderla? Es difícil, porque la vida se empeña en endurecernos; creo que todo se centra en no dejar de soñar. O, dicho de otra forma, en conservar viva la esperanza. ¿Esperanza en que los sueños se cumplan? Quizá no, pero al menos sí en los propios sueños. Porque un sueño imposible es tan valioso, o más, que una realidad cumplida.

            Respecto a la imaginación, se trata evidentemente del motor de la creatividad. Y todos, todos, todos sin excepción, la tenemos. Lo que pasa es que algunos la usan y otros no. Pero no se pierde; es como un músculo que puede atrofiarse por desuso, pero sigue ahí. Hace tiempo, impartí durante dos años clases de creatividad publicitaria y comprobé algo asombroso: con el debido entrenamiento, cualquier persona, por poco imaginativa que parezca, puede desarrollar su creatividad.

            Eso de “entrenamiento” suena muy rígido, pero es que el asunto resulta muy parecido al entrenamiento físico: haces una serie de ejercicios periódicamente y te fortaleces, sean los músculos o sean las ideas. En cierto modo, imaginar es como volar; al principio da vértigo, y flotas muy pegado al suelo, pero poco a poco vas cogiendo confianza y vuelas cada vez más alto.

            Atención: estamos hablando de imaginación, no de creatividad. Como hemos visto, la creatividad es la imaginación dedicada a resolver un problema, pero ahora no hay problema que resolver. Se trata de fantasear sin propósito, de jugar con las ideas. Por ejemplo, cuando estoy obligado a pasar cierto tiempo en un lugar público (v. g., un aeropuerto), suelo hacer algo: me fijo en una persona, alguien desconocido que me llama la atención por algún motivo, y empiezo a inventarme una historia a su alrededor. Quién es, cómo se llama, en qué trabaja, dónde vive, si está casado, si tiene hijos, su ideología política... Pero no me quedo ahí (sería aburrido), sino que especulo con posibles amantes, secretos inconfesables, aficiones peculiares, todo tipo de detalles. No pretendo acertar, por supuesto; de hecho, seguro que no lo hago; pero mira, me lo paso tan ricamente imaginando. Es decir: jugando con la mente.

            Y ahí llegamos al punto clave: el sentido lúdico. Jugar consiste en realizar una tarea sin ningún propósito, salvo la satisfacción que produce esa tarea en sí misma. Hay personas a las que les encanta el juego (todo tipo de juegos), y personas que no. Hay gente tan aferrada a la realidad, tan pragmática, que no le ve sentido al juego. Porque no lo tiene, claro; pero esas personas jamás serán creativas. Y luego está el miedo; porque jugar supone un riesgo, ganar o perder, y ese riesgo es aún mayor cuando las reglas no están claras. Pero no solo es el temor a perder, sino el pánico a dejar de pisar suelo firme y adentrarte en un terreno inseguro. Y los juegos son inseguros por naturaleza, igual que lo es la creatividad.

            A los niños no les da miedo jugar; es lo que mejor hacen y lo que más les gusta. Más tarde, cuando se transforman en adultos, suelen cambiar sus juegos de niños por otra clase de juegos, juegos de adultos: por lo general, el sexo y la competición social. Pero esos no son verdaderos juegos, porque en ellos se entremezclan otros intereses que no tienen nada de lúdicos.

            El niño crea cuando juega, y juega cuando crea. Si queremos preservar al niño interior, debemos dejarle espacio para jugar y regalarle juguetes. Lo que nos gustaba en la infancia no tiene por qué dejar de gustarnos cuando crecemos. Algunas cosas sí, pero otras no. De pequeño me fascinaba King Kong y me sigue fascinando, leía tebeos y los sigo leyendo, me encantaban los libros y las películas de aventuras y me siguen encantando. De pequeño disfrutaba fantaseando con ideas fantásticas y de ciencia ficción, y lo sigo haciendo. Adoraba a Tintín y lo sigo adorando. Me gustaban los juegos de mesa y me siguen gustando. Coleccionaba chorradas y las sigo coleccionando. Me pasaba el día inventando historias... y ahora me gano la vida inventando historias.

            Pues eso es todo. Si quieres conservar vivo y en buen estado a tu niño interior, no pierdas jamás la curiosidad, ni la inocencia, ni la capacidad de asombro, ejercita la imaginación constantemente, con cualquier tontería, y nunca dejes de jugar, conviértelo todo en un juego. Entonces serás una persona creativa.

            Pero, ¿creativa para qué? Pues no solo para escribir, ni para ejercitar cualquier forma de arte, ni para la ciencia. No hace falta ir tan lejos. La creatividad es estupenda para aplicarla a la vida diaria, pues hace que tu existencia sea más intensa, interesante y rica. ¿Sientes a veces que la vida se vuelve aburrida y monótona, que la relación con tu pareja ya no es como era antes, que ya nada te emociona? Pues claro, porque haces siempre las mismas cosas de la misma manera. Son los patrones y las pautas, que nos fosilizan. Para romperlos hay que cambiar, echarle un poco de imaginación, ser impredecibles e incluso un poquito excéntricos. La creatividad es la sal de la vida.

            Pero incluso en el Paraíso hay serpientes. Cuando no te limitas a ser creativo en tu vida cotidiana, sino que además realizas un trabajo creativo, corres riesgos. Una gran parte, quizá la mayoría, de los trabajadores creativos que he conocido, eran inestables. Yo mismo lo soy. Según varios estudios, el 80 % de los escritores tienen tendencia a la depresión. Y un 40 % de las personas creativas sufre, en mayor o menor grado, trastornos de tipo bipolar (una proporción veinte veces mayor que en la población general). En el caso de los artistas, el porcentaje se eleva al 60 %.

            Pepa, mi mujer, puede dar fe de hasta qué punto soy bipolar (aunque ella dice “géminis”). En un instante, y sin motivo aparente, puedo pasar del máximo optimismo a la más profunda negrura. Por fortuna, ninguna de las dos fases –la maniaca y la depresiva- me duran mucho; pero amigos, soy una montaña rusa. ¿Ese es el precio que debo pagar por dedicarme a lo que me dedico?

            Pues puede que sí. Si os fijáis, las dos etapas del proceso creativo se corresponden con las del trastorno bipolar. En la primera fase se busca obsesivamente (maniáticamente) una solución mediante el pensamiento divergente y, cuando llega, experimentamos una intensa exultación. Pero luego, tras la epifanía, debemos pasar al pensamiento convergente, que genera un estado mental más melancólico. Arriba y abajo.

            Ahora bien, ¿la gente desequilibrada ejecuta trabajaos creativos porque su bipolaridad les da una ventaja competitiva, o las personas que ejercen labores creativas acaban desarrollando bipolaridad a causa de su trabajo? En mi opinión, ambas cosas a la vez. Paraos a pensar en el acto creativo: Necesitas una idea, y la buscas de esa forma rara que es el pensamiento divergente. Pero suele tardar en llegar, y mientras la esperas notas una especie de comezón mental, una vaga ansiedad que te roe por dentro durante días. No es agradable. Y luego tienes una idea que en principio parece estupenda, pero cuando la pasas por la criba del pensamiento convergente descubres que no funciona. Decepción y depresión. Y cuando finalmente encuentras la idea adecuada, todavía queda un largo proceso de trabajo para el pensamiento convergente. Y en ningún momento tienes la menor seguridad en nada, sino una constante sucesión de dudas. ¿No es todo eso desequilibrante en sí mismo?

            Por supuesto, ese riesgo se refiere sólo al trabajo creativo; es decir, cuando te pagan por tener ideas, porque a las tensiones propias de la creatividad se unen las presiones laborales (por ejemplo, las fechas de entrega). La “creatividad por placer” carece de esas presiones y es mucho más relajada.

            Y ya para terminar (¡por fin!), un comentario: Eso del “niño interior” suena ñoño, por no decir abiertamente cursi, pero es la mejor forma que he encontrado de expresarlo. Con ello no quiero decir que debemos ser niños (no podemos serlo), pero sí que debemos conservar determinadas actitudes y valores de la infancia. Que ser demasiado adulto es tan malo como ser demasiado infantil.

            Dicen que la fuerza de la naturaleza más parecida a la magia es el azar. Ayer, mientras escribía esta entrada, recibí un correo electrónico. Era una “alerta google” avisándome de que algo relacionado conmigo había aparecido en una web. Miré qué era y me encontré con la digitalización hecha por el Ministerio de Educación y Cultura de un artículo mío llamado El juicio que apareció hace trece años en Cuadernos de Literatura Infantil y Juvenil.

            Lo desconcertante fue que no recordaba ni remotamente haber escrito ese artículo. De hecho, lo leí como si no conociese el texto. Fue raro, porque reconocía mi estilo y mis ideas, pero no me acordaba de nada. Horas después, comencé a recordar vagamente que sí, que lo escribí yo. Pero muy vagamente.

            El caso es que –y aquí interviene la magia, o el azar- ese artículo que no recuerdo haber escrito, El juicio (en realidad es un cuentito), trata precisamente sobre “el niño interior”. Qué cosas, ¿verdad? Si queréis echarle un vistazo, podéis hacerlo pinchando AQUÍ.

martes, junio 10

miércoles, junio 4

En la mente del escritor. Anexo: La imaginación (2)



            A nuestro cerebro se le da muy bien identificar pautas. En realidad, es un mecanismo de supervivencia; la naturaleza está llena de patrones, y saber verlos puede suponer la diferencia entre la vida y la muerte. Por ejemplo, si el cielo se nubla y empieza a tronar, eso significa que van a caer rayos, así que nos guarecemos. O bien, hemos advertido que los animales van a beber al río a determinada hora en determinado lugar, lo que nos facilita la caza. En nuestra vida diaria casi no hacemos otra cosa que olfatear y seguir pautas. Si digo o hago esto, pasará  esto otro; si surge tal problema lo solucionaré de tal forma; si veo ciertas señales es que va a ocurrir tal cosa. En realidad, identificar los patrones nos permite predecir el futuro, lo que sin duda es muy práctico.

            Pero, si nos paramos a pensarlo, eso de seguir pautas es justo todo lo contrario al acto creativo, que consiste precisamente en romper los patrones preexistentes e inventar otros nuevos. El problema es que, conforme vamos cumpliendo años, cada vez asumimos más patrones y eso nos lleva a actuar como si las cosas fueran de una única manera y no pudieran ser de otra. Al llenar nuestra mente de pautas es como si nos pusiéramos anteojeras. Poco a poco vamos adquiriendo “visión de túnel”, lo que nos hace contemplar las cosas desde un único y estrecho punto de vista. Perdemos visión general, perdemos agilidad mental, perdemos creatividad.

            ¿Quiénes son los seres más creativos? Los niños. En su mente todavía hay muy pocas pautas, pero las buscan instintivamente, así que se dedican a realizar sin ninguna clase de censura todo tipo de conexiones, muchas de ellas disparatadas. Es decir: creativas. En los niños, la circunvalación temporal superior funciona como una moto. Hay al respecto un experimento muy interesante.

            A un grupo de adultos se les mostró una serie de carteles con figuras abstractas y se les pidió que encontraran las similitudes de esas figuras con cosas reales –algo así como el test de Rorschach, pero con formas geométricas y sin psicología-. La media de semejanzas (nexos) que encontraron por figura fue de entre dos y tres. Luego, se realizó el mismo experimento con niños, y estos encontraron una media de entre siete y ocho similitudes por figura.

            Hasta ahí normal, y demuestra que los niños son más imaginativos que los adultos. Pero lo sorprendente del experimento vino después. Se cogió a otro grupo de adultos y se procedió de igual manera, pero con una variante: se les dijo previamente que intentaran pensar como niños. ¿Y sabéis qué?, no llegaron al número de respuestas de los niños, pero pasaron de las dos o tres de media, a cuatro o cinco.

            Lo cual demuestra que la creatividad es en gran medida una cuestión de actitud. Quizá ahora entendáis por qué mi lema en este blog es “Lo mejor de mí mismo está en el niño que fui”, y por qué insisto tanto en que debemos cuidar al niño que llevamos dentro. Él es el mago.

            Antes de pasar a la parte práctica, una cuestión previa. Cómo hemos dicho, la creatividad consiste en conectar ideas apenas relacionadas entre sí; por tanto, cuántas más ideas (conocimientos) tengas en la cabeza, más posibilidades de realizar conexiones hay. Atención: jamás he conocido a ninguna persona creativa que no fuese muy curiosa. La curiosidad es el combustible básico de la creatividad.

            Supongamos que tenemos que resolver un problema creativo. Puede ser cualquier cosa, pero vamos a centrarnos en la labor literaria. ¿Qué clase de problema? Quizá un giro del argumento que no logramos desarrollar, o el devenir de cierto personaje, o un diálogo, o la forma de expresar una idea, o la idea en sí misma. En realidad da igual, porque el proceso es idéntico en todos los casos.

            Recordemos que la dificultad a la que nos enfrentamos es que la corteza prefrontal –el pensamiento convergente, nuestra mente consciente- no es buena estableciendo nexos entre ideas no evidentemente relacionadas. Eso lo hace la circunvalación temporal superior –el pensamiento divergente, nuestro inconsciente, la zona creativa-, pero no tenemos control directo sobre ella. Para empeorar las cosas, cuando la corteza funciona, inhibe a la circunvalación.

            Pues bien, lo primero que hago es estudiar conscientemente el problema, analizarlo, buscar información si la necesito, darle vueltas durante un buen rato intentando encontrar la respuesta mediante la lógica y el sentido común. Eso no servirá para encontrar la solución, porque todas las que obtenga serán vulgares y aburridas. Pero sirve para despertar a mi circunvalación, para avisarla de que debe ponerse a trabajar. Es como el cazador que le dice al perro: “Busca, Fido, busca”.

            Durante esta primera parte del proceso, suelo hacer algo: anoto todas las ideas (las que se me ocurran) que guarden alguna clase de relación con el problema y las distintas formas de contemplarlo (por ejemplo, si el problema estuviera relacionado con conejos, anotaría: madriguera, zanahorias, dibujos animados, abrigo de piel, amuleto, comida, Playboy, Alicia, zorros..., etc.). De nuevo no voy a obtener la solución –porque estoy empleando la corteza, que no es creativa-, pero eso me servirá para darle un marco de referencia a la circunvalación.

            Veréis, la gente supone que para crear artísticamente hace falta libertad absoluta, pero eso no es del todo cierto. Haced un experimento: sentaos frente a un procesador de textos y, sin ninguna idea previa, planteaos desarrollar el argumento de una novela sobre lo que sea, da igual el tema. ¿Sabéis lo que pasará? Os quedaréis bloqueados, porque demasiadas posibilidades es lo mismo que ninguna posibilidad. Vuestra mente necesita algo a lo que agarrarse, un punto focal del que partir. Por ejemplo, cuando me planteé escribir una novela “al estilo de Julio Verne” no tenía ni idea sobre el argumento, pero me puse una restricción: en la historia deberían intervenir un barco, una isla, un dirigible y un volcán. A partir de ahí surgió todo y sin esas restricciones no habría llegado a ninguna parte. De hecho, podría decirse que cuantas más limitaciones, más creatividad. Como en un concurso de saltos: cuanto más alto sea el obstáculo, más alto saltará el caballo (o más grande será la torta que se pegue, pero eso es otra cuestión).

            Pues bien, de lo que se trata en esa fase del proceso es de indicarle a la circunvalación cuál es el campo de juego. Le dices: “Este es el territorio que tienes que explorar”. ¿Cuánto debe durar esa sesión de trabajo? No más de una hora u hora y media. Y lo más importante: sin tensiones, sin preocuparse, con tranquilidad. Eso es fundamental, porque la presión es veneno para la creatividad. Además, ya sabes que durante esa primera fase, en la que estás empleando exclusivamente pensamiento convergente, no vas a conseguir ningún resultado, así que relájate.

            Tras esta primera fase, me olvido del asunto y dejo pasar un tiempo, más o menos 24 horas. Pero, atención: desde el mismo instante en que me he planteado el problema, mi circunvalación ha entrado en actividad, así que las soluciones pueden llegar en cualquier momento. Y digo “soluciones” en plural, porque la circunvalación te ofrecerá varias respuestas, pero ni todas adecuadas ni todas creativas.

            Transcurrido el plazo de inactividad, iniciaré una nueva sesión de trabajo, pero distinta a la anterior. Me encerraré en un lugar aislado, cómodo y tranquilo (mi despacho). Algunas personas escuchan música, pero yo prefiero el silencio. Por cierto, el color que más fomenta la creatividad es el azul (porque relaja, supongo).

            Me pongo a trabajar, pero lo que voy a hacer ahora no es buscar soluciones, sino simplemente jugar con las ideas. “Jugar”, ésa es la palabra clave. Recordad que es el niño quien crea, y que lo que más les gusta a los niños es jugar. Así que cogeré las ideas asociadas al problema y empezaré a fantasear con ellas, tranquilamente, relajado, por el puro placer de usar la imaginación. Y puede que obtenga algo, y puede que no. Esta sesión durará, como la anterior, entre hora y hora y media. Pasado ese tiempo, lo dejaré y descansaré un rato. Y luego iniciaré el proceso otra vez. ¿Con qué intervalo entre sesión y sesión? Pues eso depende del ritmo de cada cual; pero lo importante es que, cada vez que te sientes a trabajar, lo hagas con la actitud de un niño que va a jugar.

            Abundando en esa cuestión, quizá alguien suponga que el entorno de trabajo ha de estar libre de distracciones y ser lo más aséptico posible. Pues  no, todo lo contrario. La mesa de guionistas de la serie Breaking Bad estaba llena de rompecabezas y juguetitos, porque estos permitían relajarse y dejar la mente en automático. Mientras juegas con las manos, tu mente juega con las ideas. Una vez más, todo consiste en jugar. Echándole un rápido vistazo al entorno de mi despacho, veo un rompecabezas de Stonehenge, un juego de imanes, figuritas de Tintín, Watchmen, Terminator y dinosaurios..., un timbre de hotel, un giróscopo, un kazoo, robots de hojalata y un montón de cosas más.  Todo eso me ayuda a relajarme. Cuando me atasco o entro en bucle, interrumpo el trabajo y juego por Internet un par de partidas de backgammon o reversi. El secreto es no forzar, sino jugar.

            Bueno, pues repetimos el proceso antes descrito las veces que sean necesarias y tarde o temprano obtendremos la solución. Pero, ¿cómo? Pues de repente, en plan epifanía, cuando menos te lo esperes. De hecho, la solución llegará cuando tu mente esté absolutamente relajada. ¿Sabéis en qué momentos se me ocurren las mejores ideas? En general, cuando estoy de vacaciones o durante los fines de semana. Y en cuanto al día a día, las ideas suelen llegarme mientras hago la compra, o mientras cocino, o mientras conduzco. Si os fijáis, todas esas actividades se realizan en automático, lo que permite desconectar la corteza y darle libertad a la circunvalación. Otro momento muy creativo para mí es de noche, cuando estoy en la cama a punto de dormirme (porque de nuevo la corteza está desconectada). Ah, por supuesto, las ideas también llegan cuando estoy trabajando.

            En cierta ocasión, le preguntaron a un creativo publicitario de dónde salen las mejores ideas, y él respondió: “De las bromas”. En efecto, después de una sesión de trabajo, los creativos se relajan y empiezan a bromear y decir chorradas. Y ahí están las semillas de la creatividad, porque quizá una de esas chorradas, si le das la vuelta, se convierta en una idea genial. En el germen de casi todas las buenas ideas suele haber conceptos muy simples y aparentemente muy tontos.

            El humor es un catalizador estupendo de la creatividad. De entrada, porque nada hay que relaje tanto como la risa; pero es que, además, el humor se basa en lo inesperado, es justo lo contrario de las pautas, y eso en sí mismo es creación pura.

            Vale, ya se me ha ocurrido una buena idea. Ahora le cederé el turno a la corteza prefrontal -al pensamiento convergente- y ella se ocupará de desarrollar la idea. Pero, ¿y si hay otra mejor? Pues claro que la hay, siempre hay otra idea mejor. Así que seguiré buscándola hasta el último momento. Cuanto más tiempo dediques, mejor será la creatividad.

            Lo que sigue, una vez que hayamos optado definitivamente por una solución, es trabajo racional, y ya lo conté en la serie En la mente del escritor. El sistema de trabajo creativo que acabo de describir lo desarrollé mucho antes conocer las razones científicas que expuse en la primera parte. ¿Soy un genio? Me temo que no, porque todos los que se dedican a cualquier clase de trabajo creativo han desarrollado, con matices, el mismo proceso. Aprendizaje por prueba y error. Luistarrafeta, un amable merodeador de Babel, me dejó el enlace a una conferencia sobre creatividad impartida por John Cleese, miembro de Monty Python, (podéis verla pinchando AQUÍ). Si le echáis una ojeada (es muy divertida), comprobaréis hasta qué punto coincide lo que dice él y lo que digo yo.

            Vaya, pero qué larga ha salido esta entrada... En el próximo y último capítulo hablaremos sobre cómo salvarle la vida a nuestro niño interior y sobre los peligros del trabajo creativo. Hasta entonces.

miércoles, mayo 28

En la mente del escritor. Anexo: La imaginación (1)



La serie de posts En la mente del escritor (aparecida en Babel entre el 27/9 y el 17/12 de 2007) constaba de diez entradas donde explicaba paso a paso mi método de trabajo literario. Han  transcurrido casi siete años desde entonces, pero nada ha cambiado, sigo haciendo lo mismo. No obstante, durante ese tiempo he continuado reflexionando sobre el proceso creativo y he profundizado un poco en algunos aspectos que no toqué entonces. Y uno de los temas de los que no hablé es quizá el más básico de todos: la imaginación, la creatividad.

            Pero, vamos a ver, se supone que una persona es imaginativa o no lo es, y eso no se puede cambiar, ¿verdad? Pues no, no es del todo cierto. Puede ser que estemos genéticamente predispuestos para tener mayor o menor capacidad de imaginar, no lo sé, pero todos tenemos cierto grado de imaginación. Otra cosa es que sepamos usarla, claro. Y, por supuesto, la imaginación aumenta conforme se ejercita.

            Vale, ¿qué es la imaginación? Según la cuarta definición de la RAE: “Facilidad para formar nuevas ideas, nuevos proyectos, etc.”. ¿Y de dónde salen esas nuevas  ideas? ¿De la nada? No, nada sale de la nada. Vamos a aproximarnos a esto desde otro punto de vista. ¿Qué es la creatividad? Hay muchas definiciones, como por ejemplo: “La creatividad es el proceso de presentar un problema a la mente y luego originar o inventar una solución según líneas nuevas o no convencionales”.

            Ahí hay dos conceptos importantes: “Problema” y “Solución Nueva”. De hecho, podríamos definir creatividad como la capacidad de resolver problemas. Pero, atención, me refiero a cualquier clase de problemas, desde enhebrar una aguja hasta construir una nave espacial, pasando por escribir una novela, que es de lo que se trata aquí. Ahora bien, no es cuestión sólo de resolver un problema, sino de hacerlo de un modo nuevo y original.

            Lo ilustraré con un viejo chiste: El presidente de una empresa va a contratar a un nuevo ejecutivo y tiene tres candidatos con currículos muy similares. Para poder elegir a la persona más creativa, les propone un problema. Le da a cada uno un barómetro y les pide que, con ayuda de ese aparato, averigüen la altura del edificio donde está la empresa. Al cabo de unos días, cuando vuelven los candidatos; los tres han encontrado la respuesta correcta: el edificio mide 74’5 metros. De acuerdo, dice el presidente; ¿cómo han llegado a esa conclusión?

            El primer candidato responde: Medí la presión atmosférica a nivel de calle y luego en la azotea. Así, mediante una sencilla fórmula matemática, calculé la altura.

            El segundo candidato dice: Subí a la azotea, tiré el barómetro a la calle y, con ayuda de un cronómetro, medí cuánto tardaba en llegar al suelo. Luego, aplicando matemáticas elementales, calculé la altura.

            Finalmente, el tercer candidato responde: Busqué al arquitecto que había realizado la obra y le propuse que, si me decía cuánto media la casa, le regalaba el barómetro.

            ¿Cuál os parece la solución más creativa? La respuesta del primer candidato es la más evidente. Resuelve el problema usando el barómetro como lo que es: un aparato para medir la presión atmosférica. La solución es correcta, pero no hay nada de creatividad en el proceso. El segundo candidato, sin embargo, es más original. El barómetro no solo es un aparato para medir la presión de la atmósfera, sino también un objeto con masa y, por tanto, sujeto a las leyes de la gravedad. El proceso para obtener la solución se ha desviado un poco de la línea lógica convencional.

            El tercer candidato, por su parte, es quien da el salto más grande. El barómetro no sólo es un aparato con una función concreta, ni un objeto atado a las leyes de la física. Es algo valioso que puede utilizarse como intercambio para conseguir información. Dado que su respuesta es la menos evidente, la más sencilla y la más precisa, podemos asegurar que también es la más creativa.

            Antes he comentado que las nuevas ideas no salen de la nada. Entonces, ¿de dónde salen? Pues de encontrar relaciones inesperadas entre conceptos alejados entre sí. Cuanto más alejados estén los conceptos, mayor es la creatividad. Así que cuando hablamos de “ideas creativas”, en realidad estamos hablando de nuevos nexos entre ideas preexistentes. Como dijo Steve Jobs: "La creatividad consiste simplemente en conectar cosas".  

            ¿Está claro? La creatividad se basa en encontrar nuevas relaciones entre conceptos separados; nexos que tengan sentido y que sirvan para solucionar un problema. Perfecto, pero ¿cómo se generan esas relaciones?

 
            Veréis, nuestra mente consciente –la que estoy empleando yo para escribir este post y vosotros para leerlo- sólo sabe ir pasito a pasito. “A” va seguida por “B”, a “B” le sigue “C”, y luego “D”, etc. El pensamiento consciente es lógico, es inductivo, es deductivo, es analítico, es perfecto para los silogismos. Puede tomar una línea de pensamiento y seguirla hasta el final, encontrando todas sus fortalezas y debilidades. Pero lo que no puede hacer de ninguna manera es saltar de una línea de pensamiento a otras. Nuestro consciente no está preparado para eso, no sirve para saltar. No es creativo. Este tipo de actividad mental se llama pensamiento convergente, y está situada en la corteza prefrontal del cerebro.

            Supongo que todos habéis tenido en algún momento ideas creativas. Si es así, sabréis que éstas no llegan como resultado de un proceso de razonamiento, sino que aparecen de repente, como surgidas de la nada. Son una epifanía; estabas pensando en cualquier otra cosa –o en nada- y de repente, como un  flash, la solución al problema destella en tu cabeza. Es el efecto eureka, lo que suele llamarse inspiración.

 
            ¿Magia? Lo parece, pero no. Resulta que en el cerebro tenemos algo llamado “circunvalación temporal superior”. Esta región del hemisferio derecho se dedica conectar informaciones muy vagamente relacionadas entre sí. Propone nexos, es lo único que hace, aunque no somos conscientes de su proceso de trabajo, sino sólo de sus resultados. Evidentemente, no todos los nexos son apropiados, así que existe un sistema de filtrado. Cuando un nuevo nexo supera todos los filtros, entonces aflora a nuestro consciente como una epifanía. Esta clase de actividad mental se llama pensamiento divergente.

            (Nota: Estoy simplificando muchísimo. En cualquier actividad mental intervienen varias regiones del cerebro, pero para no liarnos lo dejaremos así).

            Pues bien, para realizar un trabajo creativo hace falta emplear los dos tipos de pensamiento, el convergente y el divergente. La razón es sencilla: Para activar la circunvalación temporal superior, hace falta poner en funcionamiento primero la corteza prefrontal. Es decir, hay que indicarle a la circunvalación que se está buscando la solución a un problema y proporcionarle los datos necesarios para resolverlo.

            Esto es importante: Poseemos control sobre la corteza prefrontal; podemos conectarla y desconectarla a voluntad, e indicarle el camino a seguir. Pero no tenemos un control directo sobre la circunvalación temporal superior, no hay ningún botón on/off que pulsar. Todo lo que podemos hacer es sugerirle que se ponga en marcha. Es como ir de caza con un perro; le dices al chucho que busque, y éste se pone a olfatear perdices, conejos o lo que sea. Pero lo hace a su aire, sin que tú controles sus movimientos, y puede ser que encuentre algo o no, que tarde más o que tarde menos, o que lo que encuentre no sea la pieza que buscabas, o que sea una mejor. Nada de eso está en tu mano decidirlo; es cosa del perro.

            Vale, supongamos que la circunvalación nos da un resultado, que de repente una idea creativa aparece en nuestra cabeza. Hay que tener en cuenta que esa idea creativa suele ser algo muy básico, sin desarrollar. Digamos que el pensamiento divergente nos proporciona diamantes en bruto; pero la tarea de tallarlos le corresponde al pensamiento convergente. Porque eso es lo que se le da bien a la corteza prefrontal: coger una línea de pensamiento (la que le ha proporcionado la circunvalación) y desarrollarla de forma coherente.

            De modo que para hacer un trabajo creativo debemos usar las dos regiones del cerebro simultáneamente. Pero hay un pequeño problema: cuando la corteza prefrontal está en funcionamiento, inhibe las funciones de la circunvalación temporal superior. Si pensamos convergentemente, dejamos de pensar divergentemente. Es decir, que cuanto más nos esforcemos conscientemente en ser creativos, menos posibilidades tendremos de serlo. Paradójico, ¿verdad? Y muy tocapelotas. Pero hay formas de sortear ese maldito escollo.

            Perdonad si he sido demasiado teórico, pero para poder manejar la imaginación es básico saber cómo funciona. En la segunda parte de esta entrada hablaremos de los aspectos prácticos de la creatividad; y de los peligros, que los hay. Y me refiero a peligros reales, a los riesgos personales que asumen quienes se dedican a trabajos creativos. Puede que ser una “persona creativa” suene estupendo; pero siempre hay que pagar un precio.

            De todo eso hablaremos la semana que viene.

martes, mayo 20

Macho Alfa


 
            La verdad es que no sabía si iba a votar en las elecciones del próximo domingo. Y si votaba, ignoraba a quién; a alguna agrupación rara, supongo, como el PACMA (Partido Animalista Contra el Maltrato Animal) o algo así. Pero he cambiado de idea. Mejor dicho: las palabras de un ilustre político me han sacado del error. El prócer en cuestión es Miguel Arias Cañete, pero vamos a llamarle Cañete a secas, el Cañete de toda la vida, el Cañete que hablaba en contra de los emigrantes y a favor de la manteca colorá.
 
 
            Supongo que ya conocéis esas declaraciones suyas sobre el debate con Elena Valenciano, efectuadas durante una entrevista en Antena 3, pero vamos a reproducirlas.

Primero dijo: “No creo que haya tenido un resultado de 10, pero anoche no era yo. Si soy yo mismo, me temo”. Luego repitió “Si soy yo mismo, me temo” y añadió: “porque entraría a matar. El debate entre un hombre y una mujer es muy complicado, porque si haces un abuso de superioridad intelectual, o lo que sea, parece que eres un machista que está acorralado a una mujer indefensa”.

            Bien, es posible, casi seguro, que el bueno de Cañete no considere que ese comentario sea machista. Pues bien, amigo Cañete, puesto que sin duda lees La Fraternidad de Babel (porque, dada tu superioridad intelectual, seguro que te sientes atraído por textos tan superiormente intelectuales como los míos), te invito a hacer un experimento mental. Sustituye “mujer” por “negro” y lee lo que resulta:

“El debate entre un blanco y un negro es muy complicado, porque si haces un abuso de superioridad intelectual, o lo que sea, parece que eres un racista que está acorralado a un negro indefenso”.

            Suena  racista, ¿verdad? Y mucho. Bueno, pues cuando lo aplicas a las mujeres, igual. No igual de racista, claro, sino igual de vergonzoso, repugnante y casposo, pero en plan macho ibérico. Qué asco me das, Cañete. Tanto, que no voy a seguir hablándote. Paso de ti.

            En fin, amigos míos, está claro que Cañete es un pedazo de machista. De hecho, no es la primera vez que lo demuestra; en 2000, siendo ministro de agricultura, dijo: "El regadío hay que utilizarlo como a las mujeres, con mucho cuidado, que le pueden perder a uno". Así que a las mujeres hay que “utilizarlas”, ¿eh? Pero con precaución, porque son pérfidas y pueden segar la hierba bajo nuestros pies de macho...

Me pregunto si esa fobia a lo femenino no será fruto de algún trauma infantil. Porque estoy seguro de que a Cañete, en el colegio, le llamaban “Coñete” -es inevitable- y puede que eso le traumatizase. Pero no debería preocuparse, porque es mejor ser un coño que un polla. Perdón, rectifico: es mucho mejor ser un coñete que un gilipollas. Que es lo que es.

            Porque que Cañete sea un misógino es malo, pero no lo peor. Vamos a ver, por lo visto nuestro Macho Alfa perdió el debate frente a Valenciano. Yo no lo vi (tengo mejores cosas que hacer, como por ejemplo pensar en las musarañas), pero hasta los medios de la derecha reconocen que Don Cipote Poderoso estuvo como el culo de mal. Bueno, pues prestad atención a la primera parte de sus declaraciones: “Anoche no era yo. Si soy yo mismo, me temo” (eso último lo repitió otra vez).

            ¿Sabéis a qué me suena? A esos bravucones que se meten en una pelea, les ponen morados a tortas y, cuando les separan, dicen: “¡Porque me han sujetado, que si no le mato!”. Fanfarronadas, excusas de mal perdedor. Y, sobre todo, la evidencia de un ego hipertrofiado que rezuma vanidad por cada poro y que no se sustenta en nada.

            Además, ¿por qué teme Cañete ser él mismo? Se me ocurren dos respuestas. Una la suya, que va en plan Clark Kent-Superman. Clark es consciente de que si, ante una provocación, se lía a guantazos, lo puede poner todo perdido de masa encefálica ajena, así que se contiene. Pues Cañete igual, pero no por bondad, sino por estética. Él se imagina una pelea entre Arnold Schwarzenegger y Peter Dinklage (el actor que interpreta al enano Tyrion en Juego de Tronos), siendo Cañete Schwarzenegger, y Dinklage cualquier humano inferior, como por ejemplo una mujer indefensa. Entonces cae en la cuenta de que, aunque Schwarzenegger tenga razón, la gente se va a poner de parte del pobre Dinklage, así que se contiene. Astuta maniobra que pone en evidencia una notoria superioridad intelectual.

            Ésa es su respuesta; ahora va la mía. Cañete teme ser él mismo, porque entonces demuestra lo que en realidad es: aparte de machista y clasista, un perfecto, rotundo y meridiano imbécil. Un zafio y un bocazas. Un tonto presuntuoso. Un globo hinchado.

            Para colmo de males, a Cañete no le ha salido de sus supercojones rectificar. Nada de pedir perdón, que eso es de mariquitas y de mujeres indefensas. Los de su secta, digo partido, le disculpan achacando el desliz al cansancio. ¿Al cansancio? ¿Desde cuándo el cansancio hace decir cosas que no se piensan? En todo caso, el cansancio te hace bajar la guardia y ser sincero. Por si  acaso, y por primera vez en la historia de la política, el partido ha decidido que Cañete no conceda entrevistas en el tramo final de la campaña. No vaya a ocurrir que abra la bocaza y vuelva a ser “él mismo”.

            Sinceramente, no comprendo que ninguna mujer con un mínimo de dignidad, ni ningún hombre con un mínimo sentido de la igualdad, puedan votar a esa caricatura de macho ibérico. No comprendo que ninguna persona que respete la inteligencia pueda votar a ese gilipollas.

¿Y yo voy a consentir sin hacer nada que semejante tipejo gane las elecciones y nos represente en Europa? Ni de coña. Poco puedo hacer, pero lo haré. Básicamente escribir esta entrada y votar. ¿Votar a quién? A quien más daño le haga.

            Mi aproximación a la política no es partidista; ni siquiera es estrictamente política. En realidad, tiene que ver con la ética, con mi concepción del bien y el mal. Y hay, al respecto, una famosa frase de Edmund Burke que suelo recordar: Para que el mal triunfe, basta con que las personas buenas no hagan nada.

jueves, mayo 15

MI BIBLIOTECA (2.6): EL BIBLIÓMANO BIPOLAR


 
            Hace unas semanas, mi buena amiga Elena Rius, creadora del magnífico blog Notas para lectores curiosos, me pidió que escribiera un artículo describiendo mi biblioteca. Era para su bitácora, donde tiene una especie de sección informal en la que distintos blogueros hablan de eso, de sus bibliotecas y de la relación que mantienen con ellas.

            Es imposible negarle algo a una dama tan encantadora y, además, colaborar con un blog tan excelente como el suyo es un honor, así que, aunque con cierta demora, escribí el artículo y se lo mandé. Y ahora ya está publicado, de modo que si queréis saber algo más sobre este vuestro seguro servidor, podéis hacerlo pinchando AQUÍ.

lunes, mayo 12

Macondo


 
            Desde que murió Gabriel García Márquez no he parado de leer artículos de gente –escritores por lo general- que, al parecer, le conocían mejor que su propia madre. ¿Pero tantos íntimos amigos tenía Gabo? Lo dudo mucho; cuando un genio muere, todo el mundo le pone en un pedestal y, ya de paso, algunos se suben también a ese pedestal. Porque si te colocas al lado de un ser luminoso, puede que algunos crean que tú también emites luz.

            Yo no conocí a GGM. El pasado febrero, eso sí, cuando estuve en Cartagena de Indias, tuve la oportunidad de ver su casa. O, mejor dicho, de ver la elevada valla que oculta su casa. ¿Basta con eso para considerarme su amigo del alma? Pa mí que no. Pero aun así forma parte de mi vida.

            La primera persona que me habló de él fue mi gran amigo José María Moreno. Debió de ser hacia 1966 (teníamos 13 o 14 años); aún no se había publicado Cien años de soledad, así que a GGM no le conocía nadie. Estábamos en una librería; José Mari me enseñó una novela –creo que La hojarasca- y me comentó que ese autor colombiano era muy bueno. Poco después, el mundo entero dijo lo mismo.

            Leí Cien años de soledad unos dos años después de su publicación, cuando yo tenía 16 o 17 primaveras. La había comprado mi hermano Eduardo, pero no había conseguido acabarla; de hecho, abominaba de ella, echaba pestes (mi hermano era muy especialito en sus gustos literarios). Yo la leí en tres días, de forma compulsiva (que es la mejor forma de leerla, de un tirón, porque si no resulta fácil liarse).

            Decir que me gustó sería quedarse corto. Me deslumbró, me dejó con la boca abierta. Así que, acto seguido, leí todo lo que GGM había escrito antes. Y siguió deslumbrándome. Y luego, en el 72, apareció la antología de relatos La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada, y mi boca continuó abierta.

            Pero en 1975 se publicó El otoño del patriarca... y no pude con ella, la dejé a la mitad. Aquél no era mi García Márquez. Pero volvió a serlo seis años después con Crónica de una muerte anunciada. Y luego, en el 85, llegó El amor en los tiempos del cólera. Que me gustó, sí, pero... pero no podía quitarme de la cabeza que estaba leyendo un culebrón. Un culebrón maravillosamente escrito, pero un culebrón de tomo y lomo.

            Cien años de soledad iba de lo local a lo universal; Macondo no es un pueblecito de Colombia, sino el mundo entero. En comparación, El amor en los tiempos del cólera se me antojaba pequeño. No malo, por supuesto, pero sí muy inferior a la gran novela de GGM, la que le dio el Nobel.

            Todo lo que escribió después, El general en su laberinto, Del amor y otros demonios, Noticias de un secuestro, Memorias de mis putas tristes..., me defraudó. En el mejor de los casos, me parecían imitaciones de sí mismo.

            Dicen que, para cabrear a Gabo, bastaba con sacar a colación Cien años de soledad. Estaba hasta las narices de esa novela, la odiaba, e insistía en que El amor en los tiempos del cólera era mejor. Se equivocaba, pero es lógico; resulta duro reconocer que tu mejor obra ya la has escrito, y que nunca conseguirás igualarla. Lo mismo le ocurrió a Joseph Heller con Trampa 22; nunca volvió a escribir nada igual de bueno y eso le atormentó toda la vida. A GGM le fue mejor, porque ganó el Nobel, pero creo que en el fondo era consciente de que lo mejor de sí mismo estaba en el pasado. Por eso nunca hablaba de Macondo.

            Cien años de soledad es una de las novelas que más me han gustado en mi vida, quizá la que más. Por eso, hará cosa de diez u once años, decidí releerla. Compré una nueva edición, la de Mondadori –para no dañar la antigua, la primera, la de Editorial Sudamericana-, y... y no me atreví. ¿Y si no siento lo mismo que la primera vez?, me pregunté. Pues claro que no lo vas a sentir, imbécil, me contesté. El libro es el mismo, pero tú no.

            Creo que hay cosas muy valiosas que es mejor dejarlas donde están, en la memoria, porque son frágiles y pueden romperse al menor descuido. Mi recuerdo de Cien años de soledad es tan hermoso que jamás lo pondría en peligro. Y no debo olvidar que parte de ese recuerdo es la novela de García Márquez, pero otra parte es el César de 17 años. La primera puedo recuperarla, pero la segunda no. Así que no releeré Cien años de soledad.

            Además, el otro día dije algo sin pensarlo mucho, pero creo que con acierto: No deberíamos releer lo que nos ha gustado, sino lo que no nos ha gustado, porque quizá ahora nos guste. Por tanto, supongo que lo que debería releer es El otoño del patriarca, que no me gustó ni un pelo en su momento.

            Aparte de muchas otras cosas, los españoles tenemos una inmensa deuda con García Márquez y los narradores hispanoamericanos (Borges, Vargas Llosa, Rulfo, Cortázar, Fuentes, Carpentier, Onetti, Sabato, Asturias, etc.). Ellos devolvieron el idioma español a lo más alto de la narrativa mundial.

            Pensadlo: Después del Siglo de Oro, hasta, digamos, mediados del siglo XX, ¿cuantos grandes novelistas españoles ha habido? Me refiero a novelistas de repercusión y reconocimiento mundial. ¿Os sobran, para contarlos, los dedos de una mano? ¿Os sobra incluso la mano? Desgraciadamente, los últimos siglos de narrativa española han sido un erial.

            Hasta que llegaron los escritores del otro lado del charco y devolvieron nuestra lengua al cuadro de honor de la literatura mundial. Sólo por eso deberíamos estarles infinitamente agradecidos.

 


            NOTA: Aunque no tiene nada que ver con el tema que nos ocupa, salvo que se trata de literatura, voy a recomendaros un libro. A fin de cuentas, si de algo valen los blogs es para eso, para recomendar cosas buenas que podrían pasar inadvertidas.

            La editorial Reino de Cordelia acaba de reeditar La noche a través del espejo (Night of the Jabberwock, 1951), de mi adorado, admirado y nunca suficientemente alabado Fredric Brown. Como sabéis, Brown fue un escritor que alternaba la ciencia ficción y la fantasía (sobre todo en la modalidad de relato corto), con el policíaco. La noche a través del espejo pertenece a ese último género, aunque de una manera muy peculiar. Es una novela realista que “sabe” a fantasía. ¿De qué va? Os transcribo el texto de contraportada:

            Considerada la obra cumbre de Fredric Brown, La noche a través del espejo, recrea la alocada estructura de Alicia en el país de las maravillas, y Alicia a través del espejo, en un relato policíaco desconcertante, que se va complicando conforme avanza la acción. Todo un alarde de ingenio, imaginación y sentido del humor. El protagonista, Doc Stoeger, es un editor de un semanario local en una pequeña ciudad, harto de no haber publicado una sola exclusiva en veintitrés años. La visita de un extraño personaje que, como él, también ama la literatura de Lewis Carroll, lo atrapa de un cadena de sucesos extraños, casi surrealistas, que pondrán en peligro sus vidas. Un final tan inesperado como sorprendente cierra una novela negra perfecta y extraña, rebosante de ingenio, que trasciende los límites del género negro y se ha ido convirtiendo con el tiempo en uno de los clásicos de la novela norteamericana del siglo XX.

            Por una vez, los editores no han exagerado demasiado. Leedla; es un consejo de amigo.


martes, mayo 6

Floreat Etona



Últimamente he andado un poquito ocupado, lo cual me ha mantenido alejado de las desérticas, pero no por ello menos hermosas, tierras de Babel. Disculpad la ausencia, queridos merodeadores, pero ya estoy aquí otra vez.

            La culpa la tiene el Premio Nacional; desde que me lo dieron, no he parado de recibir invitaciones a dar charlas y todas esas zarandajas. Por ejemplo, este puente del 1 de mayo he estado en Londres dando una conferencia en el Instituto Cervantes. Pero eso no es lo importante, sino lo que vino después. Porque también me invitaron a cenar en el Eton College, y luego a impartir una charla a los alumnos de español en la biblioteca de Historia. Todavía estoy alucinando.

            Eton es el colegio más famoso de Inglaterra y, probablemente, del mundo. Y también uno de los más elitistas, tanto en lo material –cada curso cuesta unas 30.000 libras-, como en lo intelectual, pues sólo aceptan a alumnos casi superdotados (o superinfluyentes, me temo). Allí han estudiado cantidad de empresarios y políticos –como por ejemplo el príncipe Carlos y sus hijos, o 19 primeros ministros-, pero no demasiados escritores, la verdad. Los más conocidos: James Barrie, George Orwell e Ian Fleming; Peter Pan, el Gran Hermano y James Bond.

            Eton, fundado en 1440, se encuentra a 37 kilómetros de Londres, cerca del castillo de Windsor. Es un colegio de secundaria, así que sus alumnos cuentan entre los 13 y los 18 años de edad. Actualmente hay casi 1.300 estudiantes, todos internos y todos varones.

            Fuimos allí la bibliotecaria del Cervantes y su hija, mi mujer, mi hijo Pablo y yo. Al llegar, nos encontramos con un pueblo de apariencia medieval, pero a partir de un punto, que no estaba marcado por ninguna frontera, ya no era un pueblo, sino los terrenos y las instalaciones de Eton, que se extendían hasta donde alcanzaba la vista. Es un lugar hermoso que respira antigüedad y serenidad por los cuatro costados.

            Nos recibieron dos estudiantes de último curso. Ambos vestían traje y corbata, pero Eton tiene su propio uniforme: un frac con chaleco, falso cuello, corbata blanca y pantalones a rayas (ver foto). Y no es creáis que se trata de algo folclórico que se ponen sólo ocasionalmente; aunque nuestros cicerones vestían normal, casi todos los alumnos con los que nos cruzamos llevaban el uniforme.
 
 
            Por cierto, ese uniforme está sujeto a una serie de reglas y tradiciones. Los alumnos “de base” llevan el chaleco negro con botones negros de pasta. Los jefes de cada “casa” usan chaleco gris. Los alumnos que sobresalen especialmente y son miembros de la Sociedad Eton (se les llama Pop) pueden usar chalecos con los colores y adornos que les vengan en gana. Además, para premiar la excelencia se otorgan botones de plata, de uno en uno y según estrictos criterios (este año sólo se entregarán 26 botones de plata). Uno de los alumnos de español tenía de plata todos los botones de su chaleco, así que debía de ser un geniecillo el tío.

            Eton está lleno de viejas tradiciones; incluso tienen un argot propio incomprensible para quienes no sean old etonians, que es como se les llama a los alumnos de Eton. Antiguamente, los estudiantes recién llegados ejercían como criados de los veteranos, pero eso ya no se hace. Y los castigos físicos, mediante fusta, también estaban a la orden del día. De hecho, no se suprimieron hasta 1984. La “disciplina inglesa”, ya sabéis. Ahora los castigos consisten en copiar versos en latín.

            Nuestros dos alumnos cicerones nos guiaron por la parte monumental de Eton, que es una maravilla. Entre otras cosas nos enseñaron el aula más antigua de Inglaterra, conservada exactamente tal y como era en 1440 (por supuesto, ya no se usa). Fue impresionante.

            Una  vez acabada la visita, nos dirigimos a la “casa” donde íbamos a cenar. Porque en Eton los alumnos se agrupan por “casas”. Hay 26 en total; la que nos acogía contaba con 25 alumnos, aunque a la cena sólo asistieron cuatro, además del profesor de inglés, responsable de la casa (headmaster). ¿Os suena esto a Harry Potter? No me extraña, porque Eton es como el Colegio Hogwarts, pero sin varitas mágicas.

            Para cenar, nos sirvieron pollo con bacon y patatas, y pastel de no sé qué. Estaba bueno. Acto seguido, nos dirigimos a la Biblioteca de Historia, donde me aguardaban los restantes alumnos de español y Marçel, el profesor, un catalán muy agradable. Di una charla sobre la influencia de los escritores ingleses en La isla de Bowen (aunque primero les hablé de Guillermo Brown, mi primer referente como lector y escritor), hubo un turno de preguntas y, finalmente, tras despedirnos, regresamos a Londres. Todo el mundo fue muy amable.

            Siempre me ha maravillado lo ingleses que son los ingleses; es el pueblo más sí mismo que conozco. Cuando veo películas como Lo que queda del día, o series de televisión como Downton Abbey, o leo novelas como Regreso a Howards End, me pregunto si eso que muestran es o ha sido alguna vez cierto. Parece tan estereotipado, tan cliché, que es más fácil atribuirlo a la ficción que a la vida real. Pero es real, los ingleses fueron y son así, al menos en parte. Y Eton es la quintaesencia de lo inglés.

            Lo confieso: me gustan los ingleses, me gusta Inglaterra, me gustan las islas británicas. Me gusta su literatura, su música, su arte, su cultura, su sentido del humor, su extravagante amor a las tradiciones... Y también hay cosas que me desagradan de ellos, en especial su clasismo y su elitismo.

            Eton es un espléndido colegio, vaya eso por delante. Sus resultados académico son impresionantes y posee unas instalaciones de quitar el hipo. Pero esas extrañas tradiciones, tan complejas y arcaicas, tan exclusivistas que incluso tienen dos deportes propios (como el quidditch; ya sabéis en qué se inspiró la señora Rowling): el fieldgame, una especie de rugby mezclado con fútbol, y el wall game, que es una melé incomprensible en cuyos partidos se marcan con suerte uno o dos goles al año. En cierto modo, Eton parece más una sociedad secreta elitista que un colegio.

            Eton me fascinó, pero también me desagradó; y, curiosamente, por las mismas razones. Las tradiciones, el culto a la excelencia, el aura intemporal, todo eso me gusta desde un punto de vista romántico y estético, pero su significado profundo va en contra de todas mis convicciones.

            El escritor Nick Fraser dijo en su libro The Importance Of Being Eton: “Eton es una institución que crea hombres arrogantes, que se creen con derecho a unos privilegios que no merecen”. Probablemente es cierto. Desde luego, no cabe duda de que Eton es lo más pijo que uno pueda concebir, pero en plan inglés. Y también es un celacanto, un fósil viviente, lo que queda de una época que ya casi no existe. Por fortuna.

            No obstante, una de las características de Eton es la importancia que le concede a los debates. Allí, ningún alumno será reprendido jamás por expresar sus opiniones, sean las que sean, sino en todo caso por no encontrar argumentos lo suficientemente sólidos para defenderlas. Y creo que es precisamente eso, la libertad de pensamiento y de expresión, lo que hizo grande a Inglaterra.

Nota: El título de esta entrada es el lema de Eton en latín, y significa “Que Eton florezca”.

Nota 2: Algunos personajes de ficción estudiaron en Eton. Por ejemplo Allan Quatermein, James Bond o el Capitán Garfio.
 
 

lunes, abril 14

Eostre



            Hace un momento estaba escribiendo una entrada que era un auténtico coñazo. Quería que fuese un texto corto, porque no tengo mucho tiempo para escribirlo, así que me he puesto a contar lo que hice la semana pasada –dar unas charlas en Vitoria-, como en esos  blogs donde las adolescentes cuentan qué desayunaron, qué ropa se pusieron o con quién charlaron. ¿A quién le interesa? A mí no, desde luego, así que he tirado a la papelera lo que había escrito.

            Últimamente tengo la sensación de que Babel se está apartando un poco de su línea; y es un tanto desconcertante, porque este blog nunca ha tenido ninguna línea. Pero, no sé... Creo que deberíamos hablar más de literatura, de cine, de cómic, de series... Y tengo que escribir la segunda parte de la entrada sobre Stonehenge y la llanura de Salisbury. Escribí la primera hace no sé cuántos años, y siempre se me olvida continuarla. Un amable merodeador me invita a que repase las series de TV de mi infancia y juventud, y lo haré, aunque sea como asomarse al abismo del tiempo.

            ¿Y qué tal ampliar un poco “En la mente del escritor”? También me gustaría comentar lo loco que está Alan Moore, y lo bueno que es True Detective, y lo fascinante que es el ilusionismo...

            Aunque en realidad este post sólo es un pretexto para desearos que paséis una estupenda Semana Santa. ¿Sabéis que, cuando yo era niño y su excremencía aún vivía, los cines sólo podían proyectar películas religiosas (Ben Hur, La túnica sagrada, Barrabas, Rey de reyes, Los diez mandamientos, etc.)? De igual modo, las radios sólo podían emitir música clásica y las discotecas cerraban. Eso sí que era una Semana Santa como dios manda, coño. Aburrida hasta la médula.

            Pero como muchos de vosotros sois unos paganazos, siempre podéis celebrar las festividades del comienzo de la primavera, como las dedicadas a  Eostre, Cibeles, Astarté, Freya o Deméter. Todas son diosas de la fertilidad, así que ya sabéis.

            En fin, lo dicho: Feliz Semana Santa. O feliz Eostre, que por cierto es el origen del nombre de la Pascua en inglés: Easter

martes, abril 8

¡Corre, Espe, corre!


 
 
            Supongo que ya conocéis el incidente de Esperanza Aguirre con la policía municipal. El pasado jueves, la lideresa del PP madrileño aparcó en el carril bus de la Gran Vía, junto a la plaza de Callao, y se bajó del coche para sacar dinero de un cajero. Al cabo de un rato aparecieron dos agentes de movilidad y le pidieron la documentación para ponerle una multa. Al parecer, la lideresa no tenía los papeles del coche. Entre tanto, la gente que pasaba por ahí comenzó a hacer fotos con sus móviles, y Espe se puso nerviosa, así que antes de que se acabaran las formalidades de la denuncia, se montó en su coche, arrancó y emprendió la huida, derribando al salir la moto de uno de los agentes. Estos fueron tras ella, iniciando una persecución a la que se sumó un coche patrulla. Le dieron el alto, pero la lideresa les ignoró y prosiguió la fuga hasta entrar en el garaje de su casa. Los agentes llamaron a la puerta, pero la lideresa pasó de ellos y mandó a sus escoltas para que intentaran solucionar el asunto. Según cuentan los policías, doña Espe mostró en todo momento una actitud chulesca y prepotente, con frases como: “¿Qué, multita y bronquita?”.

            Para quienes no conozcan la Villa y Corte, una aclaración: Madrid es un caos circulatorio, todo el mundo aparca donde le sale de las narices, en los carriles bus, en doble fila o en los pasos cebra, da igual. Pero, veréis, la Gran Vía es una de las principales arterias de la ciudad, una de las calles con más tráfico; y no solo de coches, sino también de autobuses, sobre todo a la altura de Callao. Así que a nadie se le pasa por la cabeza aparcar en la Gran Vía. A nadie menos a Espe.

            Este incidente no es más que una variante del famoso “¡No sabe usted con quién está hablando!”, pero con el castizo desparpajo habitual de la lideresa. No os perdáis las declaraciones que la inefable Espe ha hecho posteriormente al respecto; la retratan a la perfección.

            Podría decirse que el comportamiento de esa señora (?) es el típico de alguien que se considera intocable, de alguien tan acostumbrado al poder que se cree con licencia para hacer lo que le venga en gana, de alguien que está por encima del bien y del mal. Podría decirse que Espe se ha comportado como lo que siempre ha sido: una bocazas maleducada y prepotente. Podría decirse que Espe tenía antes, cuando presidía la comunidad, consejeros y asesores de imagen que atemperaban su verborrea autoritaria y despótica, pero que ahora, al carecer de esa ayuda, la dicharachera Espe se abandona a los excesos. Sí, podría decirse todo eso, porque es verdad. Pero creo que, en última instancia, la razón de su comportamiento es más profunda.

            Esperanza Aguirre es, en esencia, una señorona de derechas del barrio de Salamanca. Ya, ya sé que vive en un palacete de Malasaña, pero da igual: su ecosistema natural es el barrio de Salamanca.

            (De nuevo para los que no conozcan Madrid: el barrio de Salamanca es donde vive –o vivía- gran parte del pijerío de la ciudad, una zona muy cara, con muchas tiendas de lujo, y muy, pero que muy de derechas. De hecho, al menos antes se la conocía como “zona nacional” -¿o nazional?-).

            Pues bien, permitidme que os cuente una anécdota personal:

            Hace años, yo vivía en barrio de Chamberí, que está separado del barrio de Salamanca por el Paseo de la Castellana. Mi casa estaba situada a cuatro manzanas de la Castellana, así que se encontraba en la zona de influencia de Salamanca; era una zona noble, por así decirlo. Muy cerca de mi casa se encontraba la parroquia del barrio, San Fermín de los Navarros, que probablemente sea la parroquia más facha y rancia de Madrid. Y en la acera de enfrente había, hay, un quiosco de prensa.

            Un domingo, a eso de la una y media, fui allí para comprar el periódico. Pero resulta que acababa de terminar la misa, así que había una nutrida cola de gente frente al quiosco. Me sumé a la cola y me dispuse a esperar mi turno. Entonces, al poco, llegó una mujer de unos setenta años, emperifollada con un abrigo de pieles, y me dio un empujón para ponerse en primera fila. Me volví hacia ella y le dije: “Perdone, pero hay gente esperando”. Ella, con altivez, me espetó: “Es que soy una señora”. Y yo le contesté: “Pues demuéstrelo”.

            Reconozco que estoy íntimamente orgulloso de mi respuesta. La presunta señora se quedó cortada, cerró la boca y aguardó la cola. Pero el caso es que esa mujer se creía con derecho a todo, a pasar por delante de cualquiera, no por ser una anciana, ni por ser una señora, sino por pertenecer a una casta superior. Así son las señoronas (y los señorones) del barrio de Salamanca, prepotentes, altivas y maleducadas. Como Espe.

            El caso es que el incidente tiene su gracia. Esa imagen de la expresidenta embistiendo a una moto y huyendo de la policía recuerda a los Keystone Cops, o a los Autos locos. Para ser slapstick sólo le falta un tartazo en la cara.

            Lo que ya no resulta tan gracioso es lo que sucederá después. Nada.

            Y lo que no tiene ni pizca de gracia es que sus votantes la seguirán votando haga lo que haga. No deja de maravillarme la gente de derechas de toda la vida, con esa tenacidad suya a la hora de votar a sus líderes inquebrantablemente. Aunque les pillaran celebrando misas negras o violando a niños, les votarían.

            Pero bueno, a fin de cuentas su incidente de tráfico no es lo peor que ha hecho Esperanza Aguirre. Ella fue la persona que llegó al poder mediante una maniobra antidemocrática, la lideresa que intentó cargarse la sanidad pública madrileña, la que dio cobijo y poder a un montón de corruptos. Y la siguieron votando. Como dios manda.