miércoles, diciembre 14

Pesadilla en Brown


"Hay escritores cuyo talento reside en la prosa, la composición de personajes o la arquitectura narrativa. El talento de Fredric Brown (Cincinnati, 1906-1972), su descomunal talento, radicaba en el ingenio. No carecía de esas otras virtudes, ni mucho menos. Su prosa, de engañosa sencillez, posee tal grado de sobriedad y precisión que al leerlo sentimos que no sobran ni faltan palabras (algo, créanme, extremadamente difícil de lograr). En cuanto a los personajes, sus protagonistas jamás son los héroes de una pieza del pulp, sino seres humanos corrientes enfrentados a situaciones extraordinarias de las que no siempre logran salir airosos. Y respecto a la estructura narrativa, baste decir que sus relatos están construidos con precisión de relojero.
No obstante, lo que convierte a Brown en un escritor extraordinario es el ingenio. En sus cuentos siempre hay un final sorpresa, un giro inesperado, una última vuelta de tuerca que altera radicalmente el sentido del texto. Esos imprevisibles cambios de perspectiva generan tal placer intelectual que el lector llega a plantearse no ya que esas historias puedan ser reales, sino que deberían serlo, pues la vida ganaría mucho con ellas. De hecho, varios relatos de Brown han abandonado el reducto de lo literario para ingresar en la mitología moderna de las leyendas urbanas; por ejemplo, dos de sus «pesadillas», “Pesadilla en amarillo” y “Pesadilla en gris”, corren de boca en boca como si fueran historias verídicas.
Brown es, junto con Robert Sheckley, el máximo exponente del humorismo en la cf, aunque existen grandes diferencias entre ambos autores. Con frecuencia se los cataloga como escritores satíricos y, si bien esto es cierto en el caso de Sheckley, no lo es tanto en el de Brown. En realidad, las únicas obras enteramente satíricas de Brown son su primera novela de cf, Universo de locos (1949), y la tercera, Marciano, vete a casa (1955) (ambas, por cierto, parodias del propio género), pero el humor que preside el resto de su producción discurre por el camino de la ironía y la mordacidad.
El estilo de Brown es casi siempre realista (incluso hiperrealista, en la tradición del cuento fantástico posromántico), lo cual le permite proyectar una mirada corrosiva y crítica sobre la sociedad. En ese aspecto se detecta su doble condición de escritor de literatura fantástica y policíaca, pues con frecuencia el tono pesimista y desencantado de la gran novela negra americana impregna sus obras de cf. Brown tenía muy poca fe en la humanidad, como demuestran, por ejemplo, “Pi en el cielo” o “El centinela”.
Brown, resulta tópico afirmarlo, es el gran maestro del relato corto de cf; sin embargo, también escribió novelas. Veintitrés pertenecen al género policíaco y sólo cinco se enclavan en el campo de la cf, pero cuatro de ellas son excelentes. Aparte de las ya citadas, cabe destacar El ser mente (1961), un vigoroso cóctel de novela negra, cf y terror psicológico, y Por sendas estrelladas (1953), una visión desencantada y otoñal de la carrera espacial. Vagabundo del espacio (1957) es su obra menos lograda, pero este borrón no hace más que realzar la gran calidad del resto de sus trabajos.
Brown es, sin duda, uno de los grandes escritores de literatura fantástica de todos los tiempos; no obstante, es un autor olvidado (de hecho, su prestigio es mucho mayor en el campo de la novela negra que en el de la cf). Por desgracia, sus obras apenas han sido reeditadas, no sólo en España, sino también en Estados Unidos. Quizá este olvido obedezca a que se lo considera un advenedizo, un autor de novela negra que de vez en cuando se adentraba en el fantástico, aunque en mi opinión era exactamente lo contrario: un vocacional del fantástico que se ganaba mejor la vida con el policíaco. Creo que la razón reside en el carácter atípico de su obra: a Brown no le interesaban las sociedades futuras y le importaban un bledo la ciencia y la tecnología. En el fondo, era un moralista desengañado, un pesimista cuya visión escéptica de la vida lo llevaba a criticar, no sólo los aspectos más deshonrosos de la condición humana, sino también el carácter muchas veces infantiloide y masturbatorio de la cf, género al que podemos amar con locura, pero también odiar con idéntica intensidad.
No hace mucho, le oí comentar a José María Merino (quizá el mejor narrador español de literatura fantástica) que, mientras las antologías de Julio Cortázar podían adquirirse en cualquier librería, resultaba casi imposible encontrar los relatos de Brown, un autor, en su opinión, tan valioso como el argentino. Afortunadamente, las presentes recopilaciones de todos los relatos fantásticos de Fredric Brown reparan tal injusticia y, además, lo hacen acompañadas por un inesperado regalo. Como hemos visto, Brown era un reputado escritor policíaco, en cuyo haber figura la magistral La noche a través del espejo. Pues bien, el último relato del volumen anterior, “No mires atrás” (1947), es serie negra en estado puro. Quizá no sea el mejor policíaco de la historia (aunque está cerca de serlo), pero sin lugar a dudas sí es el más original y sorprendente.
Pergeñando una frase singularmente afortunada, Brown dijo en cierta ocasión que odiaba escribir, pero adoraba haber escrito. Estoy seguro de que, tras adentrarse en sus extraordinarios relatos, el lector también adorará que el genial autor de Cincinnati haya escrito; así que vuelvan la página, contengan el aliento y adéntrense en el mágico, cáustico e ingenioso universo Brown".