Queridos amigos, merodeadores todos: La Fraternidad de Babel se creó en diciembre de hace tres años y, desde el primer momento, incluí un relato navideño mío como forma de felicitaros las fiestas y haceros un pequeño obsequio. Por lo general, los relatos los escribía con cierta antelación, pero este año se me echaron las fechas encima y no tenía nada escrito ni pensado (las razones las encontraréis en la entrada anterior). A punto estuve de tirar la toalla, pero me jodía incumplir ese pequeño ritual, así que le di vueltas y más vueltas hasta que, anteayer, se me ocurrió una idea. Escribí el relato ayer y lo he corregido esta mañana, así que disculpadme si no está todo lo pulido que vosotros os merecéis.El relato se llama "Ensayo general" y en este momento carezco de la perspectiva necesaria para discernir si es bueno, malo o una mera chorrada simpática. Lo más probable es que sea esto último. En cualquier caso, no voy a engañaros: el regalo no es el relato; de hecho, el cuento es mío, tiene mi copyright y quién sabe si algún día lo publicaré en algún sitio. Está escrito por y para vosotros, pero me pertenece. No obstante, puede que cuando lo leáis vuestros labios dibujen una sonrisa; pues bien, esa sonrisa será mi regalo.
En definitiva, eso es lo que os deseo: un año lleno de sonrisas y que la palabra “lágrimas”, de tan poco utilizarla, acabe difuminándose en vuestra memoria. Felices fiestas, feliz año nuevo y un abrazo grande, grande, grande.
Ensayo general
by César Mallorquí
Los tres viajeros procedentes de oriente llevaban meses siguiendo a la estrella. Podemos llamarlos Melchor, Gaspar y Baltasar, aunque esos no eran sus auténticos nombres; en realidad, nadie sabe a ciencia cierta cómo se llamaban, pero la tradición ha querido denominarlos así y con eso deberá bastarnos. Además, probablemente sus verdaderos nombres eran tan difíciles de pronunciar como imposibles de transcribir a letra impresa. Melchor, Gaspar y Baltasar, con eso tenemos más que suficiente.
El viaje había sido largo, incómodo y lleno de peligros e incidentes; y lo peor de todo: nadie sabía cuándo iba a concluir. Llevaban tanto tiempo lejos de sus hogares que Gaspar y Baltasar comenzaban a preguntarse si no se habían precipitado un poco al hacer caso a Melchor cuando, meses atrás, les dijo:
—He tenido un sueño profético. He soñado que el hijo de Dios nacerá de una virgen y un carpintero en una gruta de un pequeño poblado. Debemos ir en su busca para postrarnos ante él, adorarle y colmarle de obsequios.
—Pero, ¿dónde nacerá exactamente? –preguntó Baltasar.
—Lo ignoro –respondió Melchor-; pero en mi sueño se me ha revelado el modo de encontrarlo. Todos hemos visto esa nueva estrella que surca, luminosa, el firmamento nocturno, ¿no es cierto? Pues bien, lo único que debemos hacer es seguirla.
—¿Seguir a una estrella? –musitó Gaspar, no del todo convencido.
Lo cierto es que se trataba de una idea peculiar, por no decir extravagante, pero Melchor era un sabio, igual que Gaspar y Baltasar, y no hay nada más sabio que hacer caso a los sabios, así que se aprovisionaron de víveres, se despidieron de sus familiares, amigos y criados, subieron a sus monturas y partieron en pos de la estrella. Al principio les pareció una buena idea –no todos los días nace el hijo de un dios-, pero después de tanto tiempo de infructuoso vagabundeo por tierras extrañas, siempre con las cabezas alzadas para contemplar el cielo, aparte de tortícolis, cualquier hijo de vecino acabaría sufriendo cierto desánimo. De modo que una tarde, mientras atravesaban un territorio más bien deprimente debido a su escasa feracidad, Gaspar, harto de aquel inútil periplo, preguntó con el ceño fruncido:
—¿Falta mucho, Melchor?
Con una apacible sonrisa, Melchor declaró:
—Ya estamos muy cerca. Supongo que, igual que yo, habréis advertido que, conforme pasaban los días, el brillo de la estrella ha ido aumentando. –Señaló el cielo-. Fijaos, ahora incluso de día es visible, lo cual sin duda significa que estamos muy próximos a nuestra meta.
Tenía razón; la estrella brillaba en el cielo diurno como un jirón de luz desprendido del Sol. Los tres viajeros, animados en su propósito por aquel resplandor sobrenatural, prosiguieron su marcha, tan casados como decididos a alcanzar su meta cuanto antes. Horas más tarde, al anochecer, se toparon con un grupo de pastores, leñadores y cazadores que caminaban entonando cánticos de gloria y bendición.
—¿Adónde os dirigís? –les preguntó Baltasar cuando llegaron a su altura.
—A adorar al hijo de Dios, que está pronto a nacer –respondió un pastor.
—Unos ángeles se nos aparecieron –terció un leñador- y nos comunicaron la buena nueva.
—Le llevamos regalos –concluyó un cazador, mostrando las piezas que había cobrado.
Los tres viajeros intercambiaron miradas de júbilo.
—¿Dónde se halla el niño? –preguntó Melchor con el rostro arrebolado.
—No muy lejos –respondió un buhonero-. Seguid este camino, nobles señores, y deteneos en el primer poblado que encontréis. Allí, en una covacha, daréis con el divino infante.
Los viajeros de oriente, estimulados por tan tonificantes noticias, reemprendieron la marcha con renovado optimismo. No tardó en caer la noche, pero la luz de la estrella era tan brillante que iluminaba el paisaje con más intensidad que una luna llena, así que los tres jinetes siguieron camino adelante sin detenerse a descansar, hasta que, una hora después de la medianoche, llegaron a un humilde poblado, apenas un puñado de casas de adobe y paja. No tuvieron que buscar mucho; al oeste de la aldea, cerca de una misérrima posada, había una peñas a cuyo pie se abría la entrada de una cueva. En torno a ella se congregaban, expectantes, grupos de pastores y lugareños; un milagroso haz de luz incidía sobre la gruta y el dulce cántico de un coro de ángeles resonaba en las alturas. La estrella resplandecía como un nuevo sol en el firmamento.
Los viajeros desmontaron de sus cabalgaduras, las amarraron a un árbol cercano y, abriéndose paso por entre el gentío, entraron en la cueva. Y ahí los encontraron, frente a una hoguera: el carpintero de pie, apoyado en un cayado, y la virgen a su lado, sentada, meciendo la rústica cuna de madera que había confeccionado su esposo. Al instante, los tres viajeros se postraron en el suelo y, tras unos minutos de alabanzas, depositaron al pie de la cuna los regalos que habían traído consigo: oro, incienso y mirra. Luego, casi sin atreverse a alzar la cabeza, Melchor preguntó con timidez:
—¿Podemos ver al niño?
La virgen sonrió bondadosamente y asintió. Los tres viajeros se incorporaron y unieron las cabezas para contemplar al recién nacido que dormía en la cuna. Era bellísimo, con la piel de un intenso verde esmeralda y las escamas brillantes y lustrosas como un mosaico sagrado. De pronto, el niño -a quien podemos llamar Jesús, aunque ese no era su verdadero nombre- abrió los ojos y fijó sus rasgadas pupilas de saurio en los rostros de los recién llegados. Sus fauces perfilaron una sonrisa, mostrando la doble sierra de sus dientes, y alzó una zarpa al tiempo que agitaba en el aire sus tres garritas, como si quisiera atrapar una mariposa invisible.
—¡Ohhhhh...! –exclamó Melchor, agitando su larga y escamosa cola de izquierda a derecha.
—¡Ahhhhh...! –susurró Gaspar, agitando su larga y escamosa cola de derecha a izquierda.
—¡Mmmm...! –murmuró Baltasar, agitando su larga y escamosa cola de arriba abajo.
Entonces, de repente, la tierra comenzó a temblar con creciente violencia y a lo lejos sonaron unos gritos de terror. Un terremoto sacudía los cimientos mismos de la creación. Olvidándose del niño, los tres viajeros abandonaron la cueva a toda prisa y contemplaron atónitos el dantesco espectáculo que se desarrollaba en el exterior. Bajo una luz tan intensa como la del mediodía, los lugareños huían despavoridos mientras grandes brechas se abrían en el suelo a causa del seísmo. Las monturas, tres usualmente apacibles protoceratops, bramaban y se encabritaban, navajeando el aire con sus prominentes crestas óseas. Un creciente estruendo resonaba en los cielos. Los tres viajeros alzaron la mirada simultáneamente y lo que vieron les encogió el corazón y les robó el aliento: la estrella ocupaba ahora casi la totalidad del cielo y parecía precipitarse hacia ellos rodeada por una túnica de llamas.
—Pero qué demonios... –comenzó a decir Gaspar.
Desgraciadamente, no pudo acabar la frase, pues en ese instante el mundo estalló a su alrededor.
* * *
En el cielo reinaba la consternación y el desconcierto. Jesús, sentado a la diestra de su padre, con la mirada perdida y los ojos vidriosos, era incapaz de hablar, de moverse, de reaccionar. Puede que fuese una divinidad, pero recibir en la cabeza el impacto de una roca del tamaño de la isla de Manhattan, lanzada a treinta y cinco kilómetros por segundo, es algo que puede traumatizar hasta al espíritu más puro. Dios contempló el rostro ausente de su hijo, miró luego hacia la Tierra, que poco a poco iba perdiendo su color blanquiazul para transformarse en una sucia esfera grisácea, y se incorporó en toda su majestad.
—¿Quién se ocupaba de controlar la estrella? –preguntó con voz tonante y expresión severa.
Los ángeles agitaron sus alas con nerviosismo, los serafines cesaron de entonar alabanzas, los tronos dejaron de contabilizar el karma de las almas. Tras unos segundos de ominoso silencio, el arcángel Gabriel avanzó unos pasos con la cabeza gacha y las alas mustias.
—Yo me ocupaba de la estrella, oh todopoderoso –respondió con voz trémula.
Dios le miró con una ceja arqueada.
—Bien, Gabriel –dijo en tono alarmantemente calmado-. ¿Qué te pedí que hicieras?
—Que indicara con una estrella el lugar donde nacería vuestro hijo, oh magnánimo.
—¿Y tú qué has hecho?
—Lo que me pedisteis, oh esplendoroso; señalé con una estrella el lugar del nacimiento.
—¡Claro que lo hiciste! –bramó Dios en medio de un centelleo de relámpagos-. ¡Arrojándosela a mi hijo a la cabeza!
Gabriel se encogió sobre sí mismo.
—A decir verdad –musitó-, no era una estrella, oh sapientísimo, sino un asteroide de mediano tamaño.
—Ah, entonces me tranquilizas –repuso Dios en tono sarcástico-. Si sólo era un asteroide pequeñito no hay más que hablar. –Se volvió hacia la corte celestial y demandó-: A ver, ¿quién tiene la lista de daños?
El arcángel Uriel se adelantó con un cuaderno entre las manos.
—Yo la tengo, oh inefable –dijo. Luego, tras echarle un vistazo al cuaderno, declaró-: El asteroide tenía un diámetro de diez kilómetros y al chocar contra la Tierra liberó una energía de cien millones de megatones. El impacto ha lanzado a la atmósfera cincuenta mil millones de toneladas de polvo que, unidas al humo de los incendios y las erupciones volcánicas, bloquearán la luz solar durante meses, acabando con la vegetación y...
—Abrevia, Uriel –le interrumpió Dios-. ¿Cuántos velocirraptores sapiens han sobrevivido?
—Ese cómputo es sencillo, oh ubicuo: cero. No ha quedado ni uno.
—Ah, fantástico –dijo Dios, comenzando a pasear de un lado a otro con las manos entrelazadas a las espalda-; nos tiramos no quiero ni pensar cuántos millones de años para crear una especie inteligente y Gabriel se la carga de un asteroidazo. Qué bonito.
—Pues eso no es todo, oh perfectísimo –prosiguió Uriel-. A causa del invierno nuclear, se extinguirán la práctica totalidad de los dinosaurios, y los pocos que queden acabarán a la larga por convertirse en pájaros.
—No pretendo decir “ya os lo dije”, oh sublime –terció el arcángel Baraquiel, asesor creativo-; no obstante, ya os dije que el modelo de sangre fría es eficaz, simple y robusto, sí, pero demasiado sensible a los cambios del ecosistema y...
—Bueno, basta ya –le interrumpió Dios-. Todo eso contádselo a Darwin cuando llegue el momento. –Se volvió hacia el tembloroso Gabriel y le espetó-: Así que, según tú, señalar un lugar y causar una extinción masiva viene a ser la misma cosa, ¿no? ¿Te importaría explicarme por qué demonios te pareció una buena idea lanzar esa roca contra mi planeta?
Gabriel tragó saliva antes de responder.
—Vos deseabais que la estrella marcara el lugar del nacimiento, oh excelso –musitó-. Pero si dejaba la estrella muy alta en los cielos... en fin, pensé que sería complejo para los mortales trazar la perpendicular sobre la esfera terrestre. Cuanto más cerca la situase, más fácil sería señalar con precisión el lugar, así que la dejé caer sobre el punto exacto...
—Es decir, sobre la cabeza de mi hijo –replicó Dios con los brazos en jarras-. ¿Y no se te pasó por la mente que haciendo eso te lo cargarías?
—Claro que lo pensé, oh alfa y omega, pero creí haberos entendido que deseabais que muriese...
—¡Sí, dentro de 33 años clavado en una cruz –bramó Dios-, pero no a la media hora de nacer pulverizado por un asteroide!
Un silencio sepulcral se abatió sobre el cielo; ni siquiera los querubines, por lo usual bulliciosos y traviesos, se atrevían a moverse. Dios respiró hondo y contó mentalmente hasta diez millones; tenía que controlar su mal genio, se dijo.
—Bien, vale, de acuerdo –murmuró en tono sosegado-; lo hecho, hecho está y no hay que darle más vueltas. A fin de cuentas, las cosas no suelen salir bien a la primera. Vamos a tomarnos esto como un ensayo general, pero la siguiente vez que lo intentemos quiero que todo salga perfecto. –Se volvió hacia Gabriel-. Tú volverás a ocuparte de la estrella, pero antes tendrás una charla larga y tendida acerca de la gravedad con sir Isaac Newton. ¿Me has entendido?
—Sí, oh sursum corda –repuso el arcángel postrándose a sus pies.
Dios se ladeó el halo, se mesó la barba y sonrió bonachonamente.
—Bueno –dijo-, hoy es Navidad, así que vámonos todos a casa. Pero dentro de sesenta y cinco millones de años volveremos a reunirnos aquí y lo intentaremos de nuevo. –Echó a andar hacia la salida y agregó-: A ver si con los mamíferos tenemos más suerte.
El viaje había sido largo, incómodo y lleno de peligros e incidentes; y lo peor de todo: nadie sabía cuándo iba a concluir. Llevaban tanto tiempo lejos de sus hogares que Gaspar y Baltasar comenzaban a preguntarse si no se habían precipitado un poco al hacer caso a Melchor cuando, meses atrás, les dijo:
—He tenido un sueño profético. He soñado que el hijo de Dios nacerá de una virgen y un carpintero en una gruta de un pequeño poblado. Debemos ir en su busca para postrarnos ante él, adorarle y colmarle de obsequios.
—Pero, ¿dónde nacerá exactamente? –preguntó Baltasar.
—Lo ignoro –respondió Melchor-; pero en mi sueño se me ha revelado el modo de encontrarlo. Todos hemos visto esa nueva estrella que surca, luminosa, el firmamento nocturno, ¿no es cierto? Pues bien, lo único que debemos hacer es seguirla.
—¿Seguir a una estrella? –musitó Gaspar, no del todo convencido.
Lo cierto es que se trataba de una idea peculiar, por no decir extravagante, pero Melchor era un sabio, igual que Gaspar y Baltasar, y no hay nada más sabio que hacer caso a los sabios, así que se aprovisionaron de víveres, se despidieron de sus familiares, amigos y criados, subieron a sus monturas y partieron en pos de la estrella. Al principio les pareció una buena idea –no todos los días nace el hijo de un dios-, pero después de tanto tiempo de infructuoso vagabundeo por tierras extrañas, siempre con las cabezas alzadas para contemplar el cielo, aparte de tortícolis, cualquier hijo de vecino acabaría sufriendo cierto desánimo. De modo que una tarde, mientras atravesaban un territorio más bien deprimente debido a su escasa feracidad, Gaspar, harto de aquel inútil periplo, preguntó con el ceño fruncido:
—¿Falta mucho, Melchor?
Con una apacible sonrisa, Melchor declaró:
—Ya estamos muy cerca. Supongo que, igual que yo, habréis advertido que, conforme pasaban los días, el brillo de la estrella ha ido aumentando. –Señaló el cielo-. Fijaos, ahora incluso de día es visible, lo cual sin duda significa que estamos muy próximos a nuestra meta.
Tenía razón; la estrella brillaba en el cielo diurno como un jirón de luz desprendido del Sol. Los tres viajeros, animados en su propósito por aquel resplandor sobrenatural, prosiguieron su marcha, tan casados como decididos a alcanzar su meta cuanto antes. Horas más tarde, al anochecer, se toparon con un grupo de pastores, leñadores y cazadores que caminaban entonando cánticos de gloria y bendición.
—¿Adónde os dirigís? –les preguntó Baltasar cuando llegaron a su altura.
—A adorar al hijo de Dios, que está pronto a nacer –respondió un pastor.
—Unos ángeles se nos aparecieron –terció un leñador- y nos comunicaron la buena nueva.
—Le llevamos regalos –concluyó un cazador, mostrando las piezas que había cobrado.
Los tres viajeros intercambiaron miradas de júbilo.
—¿Dónde se halla el niño? –preguntó Melchor con el rostro arrebolado.
—No muy lejos –respondió un buhonero-. Seguid este camino, nobles señores, y deteneos en el primer poblado que encontréis. Allí, en una covacha, daréis con el divino infante.
Los viajeros de oriente, estimulados por tan tonificantes noticias, reemprendieron la marcha con renovado optimismo. No tardó en caer la noche, pero la luz de la estrella era tan brillante que iluminaba el paisaje con más intensidad que una luna llena, así que los tres jinetes siguieron camino adelante sin detenerse a descansar, hasta que, una hora después de la medianoche, llegaron a un humilde poblado, apenas un puñado de casas de adobe y paja. No tuvieron que buscar mucho; al oeste de la aldea, cerca de una misérrima posada, había una peñas a cuyo pie se abría la entrada de una cueva. En torno a ella se congregaban, expectantes, grupos de pastores y lugareños; un milagroso haz de luz incidía sobre la gruta y el dulce cántico de un coro de ángeles resonaba en las alturas. La estrella resplandecía como un nuevo sol en el firmamento.
Los viajeros desmontaron de sus cabalgaduras, las amarraron a un árbol cercano y, abriéndose paso por entre el gentío, entraron en la cueva. Y ahí los encontraron, frente a una hoguera: el carpintero de pie, apoyado en un cayado, y la virgen a su lado, sentada, meciendo la rústica cuna de madera que había confeccionado su esposo. Al instante, los tres viajeros se postraron en el suelo y, tras unos minutos de alabanzas, depositaron al pie de la cuna los regalos que habían traído consigo: oro, incienso y mirra. Luego, casi sin atreverse a alzar la cabeza, Melchor preguntó con timidez:
—¿Podemos ver al niño?
La virgen sonrió bondadosamente y asintió. Los tres viajeros se incorporaron y unieron las cabezas para contemplar al recién nacido que dormía en la cuna. Era bellísimo, con la piel de un intenso verde esmeralda y las escamas brillantes y lustrosas como un mosaico sagrado. De pronto, el niño -a quien podemos llamar Jesús, aunque ese no era su verdadero nombre- abrió los ojos y fijó sus rasgadas pupilas de saurio en los rostros de los recién llegados. Sus fauces perfilaron una sonrisa, mostrando la doble sierra de sus dientes, y alzó una zarpa al tiempo que agitaba en el aire sus tres garritas, como si quisiera atrapar una mariposa invisible.
—¡Ohhhhh...! –exclamó Melchor, agitando su larga y escamosa cola de izquierda a derecha.
—¡Ahhhhh...! –susurró Gaspar, agitando su larga y escamosa cola de derecha a izquierda.
—¡Mmmm...! –murmuró Baltasar, agitando su larga y escamosa cola de arriba abajo.
Entonces, de repente, la tierra comenzó a temblar con creciente violencia y a lo lejos sonaron unos gritos de terror. Un terremoto sacudía los cimientos mismos de la creación. Olvidándose del niño, los tres viajeros abandonaron la cueva a toda prisa y contemplaron atónitos el dantesco espectáculo que se desarrollaba en el exterior. Bajo una luz tan intensa como la del mediodía, los lugareños huían despavoridos mientras grandes brechas se abrían en el suelo a causa del seísmo. Las monturas, tres usualmente apacibles protoceratops, bramaban y se encabritaban, navajeando el aire con sus prominentes crestas óseas. Un creciente estruendo resonaba en los cielos. Los tres viajeros alzaron la mirada simultáneamente y lo que vieron les encogió el corazón y les robó el aliento: la estrella ocupaba ahora casi la totalidad del cielo y parecía precipitarse hacia ellos rodeada por una túnica de llamas.
—Pero qué demonios... –comenzó a decir Gaspar.
Desgraciadamente, no pudo acabar la frase, pues en ese instante el mundo estalló a su alrededor.
* * *
En el cielo reinaba la consternación y el desconcierto. Jesús, sentado a la diestra de su padre, con la mirada perdida y los ojos vidriosos, era incapaz de hablar, de moverse, de reaccionar. Puede que fuese una divinidad, pero recibir en la cabeza el impacto de una roca del tamaño de la isla de Manhattan, lanzada a treinta y cinco kilómetros por segundo, es algo que puede traumatizar hasta al espíritu más puro. Dios contempló el rostro ausente de su hijo, miró luego hacia la Tierra, que poco a poco iba perdiendo su color blanquiazul para transformarse en una sucia esfera grisácea, y se incorporó en toda su majestad.
—¿Quién se ocupaba de controlar la estrella? –preguntó con voz tonante y expresión severa.
Los ángeles agitaron sus alas con nerviosismo, los serafines cesaron de entonar alabanzas, los tronos dejaron de contabilizar el karma de las almas. Tras unos segundos de ominoso silencio, el arcángel Gabriel avanzó unos pasos con la cabeza gacha y las alas mustias.
—Yo me ocupaba de la estrella, oh todopoderoso –respondió con voz trémula.
Dios le miró con una ceja arqueada.
—Bien, Gabriel –dijo en tono alarmantemente calmado-. ¿Qué te pedí que hicieras?
—Que indicara con una estrella el lugar donde nacería vuestro hijo, oh magnánimo.
—¿Y tú qué has hecho?
—Lo que me pedisteis, oh esplendoroso; señalé con una estrella el lugar del nacimiento.
—¡Claro que lo hiciste! –bramó Dios en medio de un centelleo de relámpagos-. ¡Arrojándosela a mi hijo a la cabeza!
Gabriel se encogió sobre sí mismo.
—A decir verdad –musitó-, no era una estrella, oh sapientísimo, sino un asteroide de mediano tamaño.
—Ah, entonces me tranquilizas –repuso Dios en tono sarcástico-. Si sólo era un asteroide pequeñito no hay más que hablar. –Se volvió hacia la corte celestial y demandó-: A ver, ¿quién tiene la lista de daños?
El arcángel Uriel se adelantó con un cuaderno entre las manos.
—Yo la tengo, oh inefable –dijo. Luego, tras echarle un vistazo al cuaderno, declaró-: El asteroide tenía un diámetro de diez kilómetros y al chocar contra la Tierra liberó una energía de cien millones de megatones. El impacto ha lanzado a la atmósfera cincuenta mil millones de toneladas de polvo que, unidas al humo de los incendios y las erupciones volcánicas, bloquearán la luz solar durante meses, acabando con la vegetación y...
—Abrevia, Uriel –le interrumpió Dios-. ¿Cuántos velocirraptores sapiens han sobrevivido?
—Ese cómputo es sencillo, oh ubicuo: cero. No ha quedado ni uno.
—Ah, fantástico –dijo Dios, comenzando a pasear de un lado a otro con las manos entrelazadas a las espalda-; nos tiramos no quiero ni pensar cuántos millones de años para crear una especie inteligente y Gabriel se la carga de un asteroidazo. Qué bonito.
—Pues eso no es todo, oh perfectísimo –prosiguió Uriel-. A causa del invierno nuclear, se extinguirán la práctica totalidad de los dinosaurios, y los pocos que queden acabarán a la larga por convertirse en pájaros.
—No pretendo decir “ya os lo dije”, oh sublime –terció el arcángel Baraquiel, asesor creativo-; no obstante, ya os dije que el modelo de sangre fría es eficaz, simple y robusto, sí, pero demasiado sensible a los cambios del ecosistema y...
—Bueno, basta ya –le interrumpió Dios-. Todo eso contádselo a Darwin cuando llegue el momento. –Se volvió hacia el tembloroso Gabriel y le espetó-: Así que, según tú, señalar un lugar y causar una extinción masiva viene a ser la misma cosa, ¿no? ¿Te importaría explicarme por qué demonios te pareció una buena idea lanzar esa roca contra mi planeta?
Gabriel tragó saliva antes de responder.
—Vos deseabais que la estrella marcara el lugar del nacimiento, oh excelso –musitó-. Pero si dejaba la estrella muy alta en los cielos... en fin, pensé que sería complejo para los mortales trazar la perpendicular sobre la esfera terrestre. Cuanto más cerca la situase, más fácil sería señalar con precisión el lugar, así que la dejé caer sobre el punto exacto...
—Es decir, sobre la cabeza de mi hijo –replicó Dios con los brazos en jarras-. ¿Y no se te pasó por la mente que haciendo eso te lo cargarías?
—Claro que lo pensé, oh alfa y omega, pero creí haberos entendido que deseabais que muriese...
—¡Sí, dentro de 33 años clavado en una cruz –bramó Dios-, pero no a la media hora de nacer pulverizado por un asteroide!
Un silencio sepulcral se abatió sobre el cielo; ni siquiera los querubines, por lo usual bulliciosos y traviesos, se atrevían a moverse. Dios respiró hondo y contó mentalmente hasta diez millones; tenía que controlar su mal genio, se dijo.
—Bien, vale, de acuerdo –murmuró en tono sosegado-; lo hecho, hecho está y no hay que darle más vueltas. A fin de cuentas, las cosas no suelen salir bien a la primera. Vamos a tomarnos esto como un ensayo general, pero la siguiente vez que lo intentemos quiero que todo salga perfecto. –Se volvió hacia Gabriel-. Tú volverás a ocuparte de la estrella, pero antes tendrás una charla larga y tendida acerca de la gravedad con sir Isaac Newton. ¿Me has entendido?
—Sí, oh sursum corda –repuso el arcángel postrándose a sus pies.
Dios se ladeó el halo, se mesó la barba y sonrió bonachonamente.
—Bueno –dijo-, hoy es Navidad, así que vámonos todos a casa. Pero dentro de sesenta y cinco millones de años volveremos a reunirnos aquí y lo intentaremos de nuevo. –Echó a andar hacia la salida y agregó-: A ver si con los mamíferos tenemos más suerte.























