domingo, agosto 5

¡Felices vacaciones!


            Queridos merodeadores: Ya sé que en los últimos tiempos he incumplido reiteradamente mi compromiso de publicar más o menos un post a la semana. También sé que si me fuera ahora de vacaciones y no apareciera por Babel durante quince días, ni os enteraríais, porque he pasado por periodos más largos de ausencia.

            Ya os he explicado que mi fractura de patita me retrasó y alteró mi ritmo trabajo. Después hice propósito de enmienda. Y luego lo incumplí, vale. Creo que a principios de septiembre terminaré lo que tengo entre manos y podré empuñar de nuevo, con mano firme, el timón de la Fraternidad.

            Entre tanto, me voy con Pepa al norte durante un par de semanas. Os deseo a todos un magnífico verano, felices vacaciones, buenas lecturas y estimulante compañía. ¡Un abrazo!

Malos



            Al contrario de lo que ocurre con los tontos, la gente mala no suele tener muchos problemas en reconocerse a sí misma como tal; o, al menos, en comportarse abiertamente y sin tapujos con maldad. Porque en el fondo, reconozcámoslo, nos fascinan los malvados. Todos conocemos el tópico de que a las chicas les gustan los chicos malos; y, por supuesto, me apresuro a aclarar que a los chicos también nos gustan las chicas malas. La maldad, aunque la rechacemos, fascina.

            Tomemos, por ejemplo, uno de los grandes hitos de la cultura popular contemporánea: Star Wars. ¿Cuál es su personaje más carismático? Darth Vader, el supermalo. Y entre los buenos, ¿cuál destaca? ¿El sinsorga de Luke Skywalker? Para nada; el siguiente en carisma es Han Solo, un bueno con su puntito canalla.

            Como escritor, soy consciente de que los personajes buenos suelen ser aburridos. ¿Qué interés tiene alguien que jamás quebranta las normas? Poquito, de modo que para darle vidilla a nuestros protagonistas, los enturbiamos un poco, les añadimos claroscuros. A fin de cuentas, si quieres animar uno de tus guisos no le echas azúcar, le añades pimienta. Recordemos por ejemplo la serie Perdidos. Había dos protas macizos: Jack (Mathew Fox) y Sawyer (Josh Holloway); ¿cuál era el favorito del público? Sawyer, el bueno/malote. Igual que el personaje favorito de The Walking Dead es Daryl (Norman Reedus), otro bueno/malo.

            Pero todo eso es ficción, ¿verdad? Estamos hablando de malos de diseño, malos interesantes, inteligentes y complejos, como Hannibal Lecter, Harry Lime (El tercer hombre), Milady de Winter, o Rupert de Hentzau (El prisionera de Zenda). Pero en la vida real las cosas son distintas.

            Yo diría que hay tres clases de maldad. La primera y más extendida es la maldad basada en el egoísmo. Consiste en ser malo para obtener algo a cambio, y se basa en ponerte a ti mismo por encima de cualquier otra cosa o persona. No solo es la maldad más común, sino que además nadie está libre de haberla ejercido en algún momento, con más o menos intensidad. Lo único bueno de esta forma de maldad es que resulta muy previsible. Su hermana pequeña se llama mezquindad.

            La segunda clase de maldad surge del fanatismo y se basa en adoptar ciegamente cualquier creencia que postule valores más grandes que la vida humana. Dios, patria, raza, honor, revolución… Steven Weinberg decía: “Con o sin religión, siempre habrá gente buena que haga cosas buenas, y gente mala haciendo cosas malas. Pero para que gente buena haga el mal, se necesita la religión". Y no sólo es religión, también puede ser política, o sexismo, o xenofobia. Con frecuencia se mezcla todo.

            La tercera y última categoría es la maldad gratuita, la maldad porque sí. Probablemente sea la forma más pura del mal, porque sale del interior más profundo de nuestro ser, del corazón (podrido, pero corazón). Básicamente consiste en disfrutar con el sufrimiento ajeno, sin ningún motivo más que el puro placer. Cuando hablamos de esto enseguida pensamos en sádicos y psicópatas; pero hay otro factor que con frecuencia desencadena esta clase de maldad: la estupidez.

            Lo dice el principio de Hanlon: “«No atribuyas a la maldad lo que puede ser explicado por la estupidez». Por su parte, Carlo M. Cipolla sostiene que el máximo grado de tontería se produce cuando alguien hace algo que daña a los demás y no solo no le proporciona ningún beneficio, sino que además le daña también a él. Estulticia y maldad, una mezcla explosiva.

Por ejemplo, pongamos el caso de Mario García. No os suena, pero seguro que lo conocéis: se trata de aquel jovencito que en Barcelona, mientras lo grababa un amigo, le dio una patada a una chica por detrás y la tiró al suelo, causándola un esguince que la tuvo dos meses y medio de baja. Y luego a colgar las imágenes en Internet, porque no veas tú qué risa. Sí, sí, una risa: al descerebrado de Mario la ha caído año y medio de cárcel y debe indemnizar a su víctima con 50.000 euros. Vamos, un descojone. Sin duda, en este incidente intervienen otros factores; Mario es un machista, y un violento, y un cobarde (¿por qué no eligió a un tío de su tamaño para la bromita?), pero sobre todo Mario es gilipollas.

            Otro ejemplo: Sergio Soler, el youtuber que se puso a llamar caranchoa a un repartidor. Para descojonarse, ¿no es cierto? No solo se llevó una torta, sino que además ha tenido que pasar por el juzgado. Otro gilipollas.

            Ahora en plan exótico, Kanghua Ren, otro youtuber -este de origen chino- que vive en Barcelona. Rellenó una galleta Oreo con pasta de dientes, y le ofreció 20 euros a un vagabundo si se la comía. Vale, debe de ser un severo caso de aporofobia, porque no imagino qué clase de mente puede considerar eso gracioso; pero el amigo Ren se enfrenta a dos años de cárcel y a pagar 30.000 euros de indemnización, así que Ren es… (a coro) ¡gilipollas!

            Hace muy poco, un grupo de ingleses que estaban de despedida de soltero en Benidorm, le pagaron cien euros a un pobre si se tatuaba el nombre del novio en la frente. No contentos con realizar algo tan inhumano, pero que a ellos debía de parecerles divertidísimo, hicieron fotos que, cómo no, colgaron en Internet. Ahora intervendrá la justicia y acabarán siendo juzgados. ¿Por qué? Por gilipollas.

            Y por último, la famosa “manada”, los cinco hijos de puta que violaron en un portal a una chica de 18 años. No es fácil imaginar gente más repugnante; me asquean ellos, me asquean los whatsapps que mandaban, me asquean sus actos, me asquean esos vecinos suyos que aún los llaman “buenos chicos Lo que hicieron demuestra una total falta de respeto hacia la dignidad humana, una crueldad estremecedora, un machismo aberrante y, desde luego, una absoluta ausencia de empatía. De hecho, no me extrañaría que entre ellos hubiera algún psicópata. Pero creo que lo de esa gentuza va más allá del machismo, la psicopatía o la mera criminalidad. Grabaron la violación, escribieron mensajes alardeando de lo que habían hecho;  es decir, ellos mismos pusieron a la vista las pruebas de su delito. ¿Por qué lo hicieron? Pues eso, porque además de repugnantes son gilipollas.

            Pero la cosa no queda ahí. Tras ser juzgados y declarados culpables (ahora no pretendo evaluar esa sentencia), fueron puestos en libertad provisional a la espera de su apelación. Pues bien, uno de esos cabrones, Antonio Manuel Guerrero, lo primero que hizo tras salir de la cárcel fue solicitar el pasaporte (aunque se lo habían retirado). ¿Lo hizo para fugarse o porque se lió, como aduce? Da igual, en ambos casos está claro que ese violador es, sobre todo, un gilipollas.

            ¿Y qué me decís de su compañero en violaciones, Ángel Boza? El tío se ha chupado no sé cuántos meses de cárcel, sale en libertad provisional, y no se le ocurre otra cosa que robar unas gafas y agredir a los vigilantes que pretendían impedirlo. Es alucinante. No existe un premio mundial a la estupidez porque surgiría una paradoja (el concursante más idiota no ganaría; quedaría segundo, por idiota). Pero si existiese ese premio, no me cabe la menor duda de que Angelito Boza quedaría segundo.

            En resumen: Temed a la maldad; pero temed aún más a la estupidez.

domingo, julio 29

Recordando a J. C.


 
            Hola José Carlos, hermano mayor, Big Brother como firmabas aquí, en Babel. Hoy se cumplen cuatro años desde que te fuiste; parece mentira, porque recuerdo aquello, tu marcha, como si fuera ayer.

            Durante mucho tiempo, cada vez que sonaba mi teléfono por la mañana el primer pensamiento que me venía a la cabeza es que eras tú, porque solías llamarme alrededor del mediodía; pero un instante después la realidad se imponía, abofeteándome con la imposibilidad de que fueras tú, porque tú ya no estás. Eso ya no me sucede; pero todavía, cuando leo, veo u oigo algo interesante, pienso que tengo que contártelo. Y no, ya no puedo contarte nada. Qué pena.

            Al principio, no comprendemos en su entera dimensión lo que significa la pérdida de un ser querido. Asistimos a ello como una tragedia, porque lo es, y lloramos por la persona que hemos perdido y jamás volveremos a ver. Y no nos damos cuenta de que perdemos mucho más que un ser humano: perdemos su memoria, su archivo vital, sus más valiosos recuerdos. Recuerdos que a veces son antecedentes de los tuyos. De nuestra familia, la inicial, la que formaron papá y mamá, sólo quedo yo. Pero llegué muy tarde, casi catorce años después de que llegaras tú, así que hay un largo periodo de tiempo del que no he sido testigo. Antes te preguntaba a ti por cosas de nuestra familia; ahora no tengo a nadie a quien preguntarle. Peor aún; me he convertido en el último receptáculo de esa memoria, en el portador de la antorcha familiar. Y soy tan poco merecedor de ese cargo… Con tu pérdida, José Carlos, se perdieron también tus recuerdos, el tesoro de tu memoria, tus Rayos-C brillando, tu fabulosa puerta de Tannhäuser.

            Hace unas semanas, vino tu familia a comer a casa, Teresa, Leonor, Ignacio y tus dos encantadoras nietas. Están todos bien, no te preocupes por ellos.

            Te echo de menos, hermano.

miércoles, julio 18

¿Sesgo (machista) lector?




            Entrar en Facebook es como cruzar el Cabo de Hornos: a poco que te descuides, te ves zarandeado por intensas corrientes, rugientes huracanes y pavorosos maelstroms. Por ejemplo, últimamente estoy viendo numerosos comentarios (con sus correspondientes debates) acerca del “sesgo machista lector”. Es decir, la tendencia (falócrata) a leer más autores que autoras. Algo que, por lo visto, está muy generalizado.

            Yo siempre he pensado que eso no era cierto en mi caso, que yo elegía los libros según mi preferencias, por temática, por recomendaciones, por prestigio o por lo que sea; por cualquier motivo, menos por el sexo de su autor. Pero objetar eso es hacer oposiciones a que se carcajeen de uno, porque el sesgo lector puede ser inconsciente.

            ¡Córcholis!, eso te deja desarmado… Yo puedo rendir cuentas de mi consciente, pero el hijoputa de mi Id va por libre, hace lo que le sale de las narices, de modo que a lo mejor sí que tengo un pequeño machista dentro interfiriendo en mis gustos lectores. Una conocida polemista de FB decía, más o menos, “Si compras más libros de hombres que de mujeres, háztelo mirar”. Vale, pues me lo hago mirar.

            Mi biblioteca es vasta; tengo muchos libros. Gran parte de ellos constituyen mi colección de ciencia ficción. La empecé con trece años y dejé de hacerla (de forma obsesiva) a los treinta y tantos años. Durante ese tiempo compraba todo lo que se publicaba o se había publicado. Todo. Como es lógico por la época, la mayor parte esa colección está compuesto por cf clásica. Y ya sabemos que la cf clásica está escrita muy mayoritariamente por hombres. Por tanto, de esa colección no puede deducirse un sesgo lector, aunque la mayoría de los autores sean machotes (recordad que lo compraba TODO).

            También suelo leer divulgación científica, y en ese género abundan los hombres, por la sencilla razón de que hay más hombres dedicándose a la ciencia y la tecnología. No es que no haya mujeres, que las hay (Natalie Angier, Sandra Blakeslee, la coreana Shin-Young Yoon o Susana Martínez-Conde, por ejemplo), pero la mayor parte son hombres. Luego de aquí tampoco se deduce nada.

            En cuanto a los libros restantes de mi biblioteca, siguen siendo muchos; demasiados para ponerme a diferenciar caracoles de ostras (según la censurada metáfora de “Espartaco”). No obstante, estoy razonablemente seguro de que hay muchos más autores que autoras. Por tanto el sesgo existe… ¿O no?

            Porque falta un dato muy importante, fundamental: ¿Cómo está compuesta la oferta editorial? Es decir: En España se publican más de 80.000 libros al año. Muchos son tesis doctorales, o libros de texto, o manuales, o cosas raras, es cierto; pero obviémoslo. ¿Cuántos de los títulos que se editan en este país están escritos por hombres y cuántos por mujeres? Por extraño que parezca, ese dato no figura en ninguna parte. Misterio. Pero es básico para determinar si hay, o no, un sesgo machista lector; y si existe, en qué medida puede cuantificarse. Me explicaré:

            Supongamos que se editaran anualmente un 50 % de libros de autores y otro 50 % de autoras. Si yo leyera sin prejuicios de género, lo lógico sería esperar que la mitad de los libros que comprase fueran de escritores y la otra mitad de escritoras. Si, por ejemplo, comprara sistemáticamente un 70 % de libros de tíos, ahí habría un evidente sesgo. Pero, ojo, sólo en el caso de que la oferta editorial fuese fifty-fifty (cosa que dudo).

            Ahora imaginemos que la oferta editorial está compuesta por un 66 % de autores y un 33 % de autoras. Como dije antes, no he encontrado el dato por ningún lado; incluso lo he preguntado en FB y nadie lo sabía. Pero tengo la intuición de que por ahí andará la cosa: dos tercios de hombres por un tercio de mujeres. Aunque da igual, supongamos que es así. En tal caso, un lector sin prejuicios de género tendería a comprar el doble de libros de hombres que de mujeres. Y no habría ningún sesgo machista, sino una compra acorde con la distribución de la oferta.

            Con esto no pretendo decir que no exista un sesgo machista lector, consciente o no. Lo que digo es que resulta imposible saberlo mientras ignoremos cómo se reparte la oferta editorial según el sexo del autor.

            Mi buen amigo Mariano Villarreal ha tenido la amabilidad de aportarme un dato referente sólo a la literatura fantástica y de cf:  durante el periodo 2005-2015, se publicaron un 25% de libros escritos por mujeres y un 65% por hombres; el resto mixto. Añade Mariano que en los últimos años debe de haberse incrementado el porcentaje de autoras, aunque ignora en qué medida. En cualquier caso, esos números se aproximan mucho a los dos tercios por uno que mencionaba antes.

            Otro buen amigo, León Arsenal, me ha enviado una información de El País donde se consignan los diez libros más vendidos en España en 2017: Siete de ellos están escritos por mujeres.

            De modo que ¿existe realmente un sesgo machista entre los lectores? ¿O hay un sesgo editorial?  ¿O ambas cosas? ¿O ninguna? ¿O intervienen otros factores que no he considerado? Faltan datos, amigos/as míos/as; faltan datos. Yo, por mi parte, seguiré leyendo lo que me apetezca sin preocuparme del sexo del autor o autora. Salvo, claro está, que realmente haya un jodido enano machista en mi interior mirándole los genitales a cualquier libro que esté a mi alcance. Lo cual, si me permitís la opinión, sería una tarea muy gilipollas.

viernes, junio 22

Tontos



            Nadie, pero absolutamente nadie, reconoce ser tonto. Con frecuencia he encontrado a personas que admiten abiertamente que son torpes con las manos, o físicamente débiles, o malas para las matemáticas, o cualquier otro defecto que se os ocurra. ¿Pero que son tontos?... eso ni de coña. Nadie te dice: “Perdona que no hable mucho, pero es que soy idiota y no tengo nada interesante que decir”. No, más bien todo lo contrario.

            Porque esa es otra; cuanto más tonta es una persona, más inteligente se cree. Eso hasta tiene nombre: el efecto Dunning-Kruger. Básicamente consiste en “un sesgo cognitivo que lleva a los individuos con escasa habilidad a sentirse superiores a otras personas más preparadas”. Lo cual se traduce en que “cuanto más incompetente sea una persona en un área en particular, menos cualificada estará para evaluar la habilidad de otras personas en esa área y, del mismo modo, para evaluar su propia habilidad”. Si esto ocurre no es -sólo- por vanidad, sino porque los tontos carecen de la información y de la pericia necesarias para autoevaluarse.

            Existen dos clases de ignorancia. La de primer tipo se produce cuando sabes que ignoras algo. Por ejemplo, yo sé que existe la mecánica cuántica, pero no tengo ni zorra idea de en qué consiste. La segunda clase de ignorancia, o ignorancia profunda, sobreviene cuando ni siquiera sabes que ignoras algo. Un ejemplo: hasta hace poco se creía que la expansión del universo se veía frenada por la gravedad. Pero recientemente se ha descubierto que, por el contrario, la expansión se está acelerando. Lo cual puede significar que existe una quinta fuerza en la naturaleza. Que no sabemos lo que es; pero antes ni siquiera sabíamos que existía. Eso es ignorancia profunda. Pues bien, los tontos poseen tan escasa información que creen que lo que conocen es todo lo que hay que conocer. De modo que se consideran a sí mismos sencillamente geniales. O, dicho de otra forma: cuanto menos sabes, más crees saber. Y viceversa.

            Pero hay otro aspecto que viene a enturbiar el asunto: la inteligencia se manifiesta de diversas formas; hay varios tipos de inteligencia. Alguien puede ser muy brillante en algún aspecto y un perfecto mastuerzo en todo lo demás. O al revés. Como es lógico, tendemos a mostrarle al mundo nuestra mejor cara, así que solemos exponer nuestras habilidades intelectuales y ocultar, en lo posible, nuestras carencias. Por eso hay escritores que siempre van por la vida de literatos, pintores para los que todo es estética, o ingenieros que sólo ven números. Si alguien destaca en algo, se envuelve en ello. Y así disimula que, en el fondo, es muy probable que sea idiota.

            En lo que he escrito hasta ahora resulta fácil detectar un torticero uso de la tercera persona. Vengo a decir: “La gente es tonta y no se da cuenta”. Pero cuando digo u oigo decir eso, me viene a la cabeza el texto de unas vallas publicitarias situadas en las autopistas de entrada a Londres: “No estás en un atasco. Eres parte del atasco”. Porque, teniendo en cuenta el efecto Dunning-Kruger, ¿cómo sé que yo no soy tonto? ¿Cómo lo sabéis vosotros?

            Si examino mi vida, me abruma la cantidad de tonterías que he cometido. Desde que era niño hasta ahora; no he parado de hacer el tonto. De hecho, no sé ni cómo he podido llegar a mi avanzada edad con una situación personal más o menos acomodada. Lo más lógico sería que estuviese recogiendo cartones (y recogiéndolos mal). Vale, puede ser un error de perspectiva; sólo tengo en cuenta los fallos y no los aciertos. Pero, aun así, creo que en mi trayectoria vital hay cierto sesgo de estupidez. Y no, no voy a poner ejemplos; tampoco es cuestión de avergonzarme.

            Pero, claro, algunas cosas las hago bien; hay actividades en las que sobresalgo de la media. Y en eso me refugio; de esa manera engaño a la gente haciéndola creer que soy más listo de lo que en realidad soy. Pero, ¿qué pasa con los demás aspectos de mi personalidad?

            Aceptemos el modelo de las “inteligencias múltiples”. Hay quienes las cifran en doce o más, pero me ceñiré al modelo clásico de Gardner, que las circunscribe a ocho. Voy a puntuarme en cada una de ellas del cero al diez.

            1. Inteligencia lógica. Seré generoso y me endosaré un 7.
            2. Inteligencia lingüística. Presuntuosamente me pondré un 8.
            3. Inteligencia corporal. Es decir, habilidades cinestésicas como los bailarines o los atletas. Como tengo dos pies izquierdos, voy a ponerme un 2.
            4. Inteligencia musical. Un 1, porque el cero queda feo.
            5. Inteligencia espacial. Un 6 pelado.
            6. Inteligencia naturalista. La capacidad de entender y moverte por la naturaleza. Me pondré un 2, porque al menos puedo distinguir un pato de una trucha.
            7. Inteligencia interpersonal. La capacidad de entender a las personas y empatizar con ellas. Aquí la cosa es compleja, porque puedo entender a la gente, incluso empatizar; pero no siempre me comporto en consecuencia. Me pondré un receloso 6.
            8. Inteligencia Intrapersonal. El conocimiento de uno mismo. Un 6 y voy que ardo.

            La nota media que obtengo es de 4’7. Eso significa que soy un tonto “fronterizo”. O, dicho de otra forma, que tengo la suficiente inteligencia para ser consciente de las tonterías que hago, pero no la necesaria para evitar cometerlas. Todo un drama. Sin embargo, eso podría ser una consecuencia del efecto Dunning-Kruger, porque también funciona al revés. Es decir, que las personas medianamente listas e informadas saben lo suficiente como para darse cuenta de que hay muchas cosas que ignoran, y se infravaloran. Así que a lo mejor no soy tan tonto como creo… Aunque alguien dijo que la verdadera inteligencia consiste en dominar el temperamento, y en eso soy un desastre.

            En el fondo, ¿no hemos sido todos bobos en alguna ocasión? ¿No lo somos en ciertos aspectos de nuestra vida? Igual que existen varias formas de inteligencia, existen diversos tipos de tontería; y sería presuntuoso negar que alguna de esas variantes nos afecta. Seamos sinceros; mirémonos a un espejo y reconozcamos que, en mayor o menor medida, la estupidez forma parte de nuestra naturaleza.

            Supongo que la mejor forma de sobrellevar la certeza de la propia tontería consiste en encontrar algo, en uno mismo, que la compense. Yo no me tengo en gran estima. Creo que hay muchas cosas en mí manifiestamente mejorables, y que poseo una insidiosa propensión a hacer el capullo. Sin embargo, hay dos características mías que me gustan lo suficiente como para compensar, al menos en lo que a mí respecta, mis múltiples carencias: la imaginación y el sentido del humor. Con eso me basta para ir tirando.

            ¿Y vosotros? ¿Sois muy listos? Seguro que sí; pero recordad que cuanto mejor os valoréis, más probable es que estéis siendo víctimas del efecto Dunning-Kruger.

lunes, mayo 7

The ultimate trip. 50 años



            El dos de abril de 1968, cuando la película se estrenó en USA, yo tenía quince años y era un pirado de la ciencia ficción. Desde hacía tiempo se venía oyendo hablar del nuevo proyecto que Stanley Kubrick se traía entre manos: una superproducción de ciencia ficción. Además, colaboraba con él Arthur C. Clarke, uno de los escritores del género más prestigiosos. Decir que yo estaba ansioso por ver la película se quedaría tan corto como que Noé hubiera decidido comprarse un paraguas en vez de construir un arca.

            Para empeorar las cosas, mi hermano José Carlos vio la película en Londres antes de que llegara a España y me convirtió en el ser más envidioso del planeta. Me trajo un lujosamente editado programa de mano con fotos a todo color; yo lo miraba embobado, lo acariciaba, lo olía, incluso creo que le di algún lengüetazo. Aún conservo ese programa.

            Y, finalmente, el diecisiete de octubre de ese mismo año, 2001: Una odisea del espacio se estrenó en Madrid. En el cine Albéniz, que había sido adaptado al formato Cinerama y tenía una inmensa pantalla, muy apropiada para los 70 mm de la película. Fui a verla con mi padre a la sesión matinal del domingo.

            ¿Cómo describir la experiencia? Hasta entonces, los efectos especiales más sofisticados que había visto eran, no sé, quizá los de Planeta prohibido; que resultaban entrañables, pero cantaban mucho. Sin embargo, lo que estaba viendo parecía real. Eso que tantas veces había imaginado durante mis lecturas de ciencia ficción, estaba sucediendo ahora ante mis alucinados ojos. Y esa asombrosa mezcla de imágenes y música; la majestuosa obertura de Así hablaba Zaratustra,  de  Richard Strauss, los enigmáticos sonidos de Ligeti… para muchos, hoy nos resulta imposible escuchar el Bello Danubio Azul sin evocar la danza entre la nave espacial de la PanAm y la estación orbital en forma de rueda.
            Recuerdo que, cuando acabó la película, me levanté y me quedé mirando a mi padre con una tonta sonrisa en los labios, incapaz de decir nada. Me sentía flotando en una nube, absolutamente feliz. Había sido la experiencia cinematográfica más potente de mi existencia. Volví a ver la película en el cine otras seis veces.

            Sin duda, los efectos especiales de 2001 son excelentes; tanto que todavía hoy, medio siglo después, resultan convincentes. Probablemente sean todo lo lejos que se puede llegar con la técnica clásica de trucaje caché/contra-caché. Pero los actuales efectos digitales pueden ir mucho más lejos, de modo que si solo fuera por eso, por los efectos, la película no sería tan recordada y admirada. En 2001 hay mucho más.

            Kubrick era un megalómano perfeccionista que con cada proyecto se proponía hacer la mejor película jamás filmada del género al que perteneciese. Así que, con la idea de hacer la mejor película de ciencia ficción del mundo, comenzó a buscar material literario en que basarse. No es extraño que acabara fijándose en Clarke, porque era un escritor más interesado por los aspectos intelectuales y filosóficos del género que por las meras aventuras futuristas. Concretamente, el relato que llamó la atención de Kubrick fue El Centinela (1948). Podéis encontrarlo en internet; vale la pena. El relato, escrito con prosa funcional (Clarke nunca fue un estilista), nos sumerge en la esencia numiosa del universo, en su profundo misterio, en lo inefable. Es una historia que no ofrece respuestas, pero plantea una pregunta de esas que, de puro inquietante, jamás se olvidan.

            El cuento es estupendo, pero su argumento no da para una película. En 2001 sólo ocupa el segundo segmento, llamado TMA-1 (Anomalía Magnética de Tycho Nº 1). Las otras tres partes -El amanecer de la humanidad, Misión a Júpiter, Júpiter y más allá del infinito- fueron creadas conjuntamente por Clarke y Kubrick. De hecho, Clarke escribió la novela al tiempo que desarrollaba el guion (por eso los finales de película y novela son distintos). No obstante, aunque la película toma el argumento de El Centinela como germen, las ideas que subyacen detrás del film proceden de otra historia de Clarke, la novela El fin de la infancia (1953).
            2001 tuvo en general malas críticas en su estreno. Se la tildó de incomprensible, pretenciosa, hermética y vacía. Tampoco fue un éxito inmediato. Pero eran los 60, la psicodelia, y de repente las salas de cine comenzaron a llenarse de hippys fumetas. Entonces se diseñó una nueva campaña publicitaria que anunciaba la película así: 2001: A Space Odissey. The ultimate trip. Huelga decir que ese “trip”, que significa “viaje”, se refiere más bien a un “acid trip”, viaje de LSD. Y la película se convirtió en un exitazo lisérgico.

            Como el propio Kubrick afirmaba, 2001 es básicamente una experiencia sensorial (sólo 40 de sus 143 minutos de duración contiene diálogos). También es cierto que la historia no está narrada de forma convencional. Martin Scorsese decía que era una superproducción y una película experimental al mismo tiempo. Sin embargo, nunca he comprendido por qué tanta gente se empeña en no entenderla, porque en el fondo es una historia sencilla.
            Vale, el hecho de que comience en un pasado remoto, cuando ni siquiera éramos humanos, puede despistar. Pero lo que ocurre está claro. Una civilización extraterrestre nos vigila y nos tutela. Los alienígenas envían a la Tierra un artefacto con forma de monolito (cuyas proporciones son 1-4-9, el cuadrado de los tres primeros números). El objetivo de ese artefacto es hacer evolucionar a un grupo de simios. En efecto, mientras juguetea con un hueso de tapir, uno de los prehumanos –llamado Moonwatcher en la novela- se lo queda mirando, pensativo. Ese robusto hueso puede ser una ventaja… Poco después, los miembros de ese grupo, armados con huesos, se enfrentan a otro grupo que les había arrebatado un manantial y los vencen, porque Moonwatcher mata al líder rival golpeándolo con el hueso. Ese hueso es la primera herramienta, y también el primer arma. Moonwatcher, exultante, lanza el hueso al aire. La cámara lo sigue en su acenso y, zas, corta a la imagen de un satélite artificial, en la elipsis más larga de la historia del cine.

            Aparentemente, esa elipsis nos muestra lo mucho que ha avanzado la humanidad al cabo de millones de años; pero un pequeño detalle lo desmiente: ese satélite es en realidad una estación orbital de lanzamiento de misiles nucleares. Un arma, igual que el hueso. Lo que la elipsis dice es que éticamente no hemos avanzado nada.

            En el siguiente tramo del film, la humanidad ha establecido bases en la Luna y ha encontrado, enterrado, un artefacto alienígena: otro monolito. Cuando unos astronautas se acercan a él y el sol lo ilumina, el monolito comienza a lanzar una señal. En realidad, se trata de un centinela. Cuando la humanidad haya logrado alcanzar el satélite de su planeta y encuentre el monolito, éste emitirá una señal… ¿de alerta?... ¿de alarma? Pero no sólo es eso, sino también un camino, porque la señal está orientada hacia Júpiter.

            El tercer segmento del film narra el viaje de la nave Discovery hacia Júpiter en busca del lugar de destino de la señal alienígena. Aquí tiene lugar el conocido incidente con la IA llamada HAL 9000. Esta parte del film la entiende todo el mundo, así que la pasaré por alto. La nave se aproxima a Júpiter con un único astronauta vivo: Bowman. Allí, flotando en el espacio, encuentra un inmenso monolito. Bowman, a bordo de una capsula, sale de la nave, se acerca al monolito y lo atraviesa. En realidad se trata de una puerta estelar.

            Acto seguido tiene lugar el “viaje estelar”, una sucesión de imágenes psicodélicas que describen un viaje a velocidad ¿hiperlumínica? Está bien, pero constituye el (para mí) casi único defecto del film: dura demasiado.
            Y llegamos al último capítulo de la película; la parte, supongo, que más confusión crea. Al principio, Kubrick y Clarke tenían previsto mostrar a los extraterrestres, pero no tardaron en desechar la idea. El objetivo de 2001, igual que el de El Centinela, es enfrentarnos al inmenso misterio del universo, a lo desconocido. Por eso, mostrar a los alienígenas habría sido demasiado concreto, y con seguridad decepcionante y anticlimático. Los extraterrestres son entidades abstractas representadas por el monolito.


            Tras el “viaje estelar”, Bowman aparece en una lujosa habitación blanca, algo así como la suite de un hotel. Está decorada de forma clásica y tiene un aspecto vagamente irreal. Asistimos a una serie de saltos en el tiempo que nos muestran el progresivo envejecimiento de Bowman. ¿Qué es ese lugar creado por los alienígenas? ¿Una cárcel, un zoológico…? No, es una incubadora.

            Finalmente vemos a un Bowman muy anciano agonizando en la cama. De repente, el monolito aparece ante él y Bowman tiende la mano, como si quisiera tocarlo… Ahora Bowman es igual que Moonwatcher, el prehumano del principio.  El monolito, las inteligencias que nos tutelan, van a ayudarle a dar el siguiente paso en la escala de la evolución.

            Por corte se pasa a un plano general de la Tierra. Poco a poco, aparece un feto flotando en el espacio en su bolsa de líquido amniótico. Es Bowman; ha trascendido a su naturaleza humana, ha evolucionado y es el inicio de una nueva humanidad. Y eso es todo. Bueno, realmente no lo es; pero así se desarrolla el argumento básico de la película.

            Se han cumplido cincuenta años desde el estreno de 2001, por eso he escrito esta entrada. Siempre he dicho que si todas las películas de ciencia ficción fueran iglesias, 2001 sería una catedral; por eso no descarto escribir alguna que otra entrada sobre ella. Y no, no es una advertencia; es una amenaza.

            Besitos

miércoles, marzo 21

Apología del lector ingenuo

 
 
            ¿Qué percibe la gente cuando lee una novela? ¿Hasta dónde llega su mirada? ¿Cuánto escarba en el texto para encontrar los mecanismos que lo hacen funcionar? Por fortuna, la mayor parte de los lectores no hacen eso. Y digo por fortuna porque la magia de un libro consiste en hacerte olvidar que estás leyendo y meterte de lleno en la historia y los personajes.

            De hecho, uno de los inconvenientes de ser escritor es que en gran medida te estropea el placer de la lectura. Me ocurre a mí y a muchos de mis colegas: te pones a leer una novela, llegas a un punto en el que encuentras un recurso técnico interesante, te detienes, lo analizas y te lo guardas en la memoria (para fusilarlo, claro). O lo contrario; encuentras una torpeza y también te detienes en ella. O ni acierto ni torpeza, sino simplemente que tú lo harías de otra forma. O a lo mejor captas la estructura interna del relato y todo se vuelve previsible. En fin, que esa no es forma de leer. Digamos que para disfrutar de la lectura hacen falta ciertas dosis de voluntaria o involuntaria ingenuidad. Es como asistir a un espectáculo de prestidigitación; el mago y tú sabéis que lo que sucede en el escenario son trucos. El mago utilizará su talento para ocultar la técnica de los trucos, y tú, si quieres disfrutar del espectáculo, será mejor que no sepas cómo los hace.

            Tuve un encuentro en un club de lectura para hablar de mi antología Trece Monos. En el transcurso de la charla, comenté que cierto relato (no recuerdo cuál) me había supuesto algún problema técnico. Entonces, uno de los participantes, un hombre de mediana edad, dijo: “¿Cómo que técnico?”. Respondí: “Sí, en cuanto a la técnica narrativa”. Y él, más o menos, replicó: “¿Pero qué técnica narrativa? Se te ocurre una historia, la escribes y ya está”.

            Me quedé perplejo. Aquel hombre era un lector empedernido, sin embargo jamás había advertido la existencia de recursos técnicos en la narrativa, pese a que, sin duda, los había visto utilizar durante sus lecturas. Es más, muchos escritores noveles –y algún que otro ilustre veterano-, parecen ignorar los rudimentos de las técnicas narrativas y escriben limitándose a contar una historia desde el principio hasta el final. Justo al contrario de lo que recomendaba Stevenson: “No sé por dónde debe comenzar un relato, pero desde luego no por el principio; ni sé por dónde debe acabar, pero desde luego no por el final”.

            ¿Por qué no suelen percibirse esos recursos técnicos? En primer lugar, porque son evidentes. No estamos hablando de nada complicado; una vez que los conoces, te parecen sencillísimos y, eso, evidentes. Lo que pasa es que con frecuencia lo más evidente es lo primero que se pierde de vista.

            En segundo lugar, porque no hay sólo una técnica, sino muchas. Existe un buen número de recursos distintos para conseguir el mismo efecto, y además pueden combinarse entre sí. Supongo que si todo se escribiera siempre igual, hasta el más torpe acabaría pillándole el truco.

            En tercer lugar, porque muchas veces son invisibles. En las escasas ocasiones en que he impartido algún taller de escritura, suelo comenzar diciendo: “Cuando narras, tan importante es lo que cuentas como lo que te callas”. Es la piedra angular de la narrativa: la dosificación de la información. De hecho, lo que suele tirar de una trama es precisamente lo que no cuentas. Y no hay nada tan invisible como lo que no está.

            Por último, porque muchos recursos se ocultan a sí mismos, ya que su objetivo es desviar tu atención hacia donde el autor desee. Es como el ampuloso gesto de un prestidigitador, cuyo objetivo es hacer que mires a su mano derecha y no te fijes en lo que hace con la izquierda. Pondré un ejemplo: la prolepsis. La prolepsis es un recurso narrativo que consiste en interrumpir la línea temporal de la narración para darle a conocer al lector un hecho del futuro.

            Quizá el más conocido empleo de este recurso sea el comienzo de Crónica de una muerte anunciada, de García Márquez: “El día en que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5.30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo”. Teniendo en cuenta que la novela acaba precisamente con la muerte de Nasar, lo que está haciendo el autor es revelar desde el principio el final del libro. En cierto modo, parece un contrasentido; si el lector ya sabe lo que va a pasar, ¿por qué va a seguir leyendo? Pero no es así, sino todo lo contrario. De entrada, el autor da un toque de atención: Se va a cometer un asesinato. Eso capta el interés del lector. Luego, el autor extiende un dedo y te dice: de entre todos los personajes, fíjate en este, porque va a morir. A partir de ese momento, lo que tira del lector es averiguar cómo y por qué va a morir. Es decir, el autor señala con el dedo (prolepsis) y tú, cuando alguien hace eso, no miras el dedo, sino hacia donde señala. Por ese motivo, porque se oculta a sí mismo, el recurso no se percibe. (A García Márquez debía de gustarle la prolepsis, porque también la emplea al comienzo de Cien años de soledad)

            Hay muchos más ejemplos, pero da igual. Lo que yo me pregunto es si saber todo eso te convierte en mejor lector. En teoría podría decirse que sí, ¿no es cierto? A fin de cuentas, se trata de un conocimiento más profundo del texto literario, una mirada más adulta. Ya, pero no me convence. Creo que los escritores, los teóricos de la literatura, los críticos literarios, son (somos), por lo general, pésimos lectores. Imaginaos un maravilloso deportivo, un Ferrari 812. Llega un tipo, se monta y lo conduce, disfrutando de su potencia y velocidad. Luego llega otro tipo, que es mecánico, levanta el capó y examina el motor, maravillándose de su mecánica. Sin duda, el mecánico sabe más de coches, pero, demonios, un deportivo no está para eso, sino para conducirlo. ¿Entendéis?

            En mi opinión, la buena lectura exige ingenuidad. El hecho literario es un pacto: yo juego a contarte mentiras y tú juegas a creértelas. ¿Alguna vez habéis llorado leyendo un libro? Yo sí. ¿Y por qué lloramos, si sabemos que lo que estamos leyendo es mentira? Pues porque hemos hecho un pacto de suspensión de la incredulidad, nos dejamos manipular por el texto y, mientras leemos, lo que leemos es real.

            Entonces, ¿los mejores lectores serían los niños y adolescentes? En cuanto a disfrute lector, no me cabe la menor duda de que sí. Luego, con el tiempo y las muchas lecturas, te vas resabiando, le ves las tripas al texto y pillas los trucos. Te sientes más maduro, sí, más listo; pero también más alejado del puro disfrute. O quizá no, puede que hayas conservado la inocencia y aún te enfrentes a la lectura con los ojos maravillados de un niño. Si es así, bendito seas.

            Aunque, claro, también están esos autores que dominan tanto su oficio –el oficio de narrar-, que te agarran por las solapas al principio del libro y no te sueltan hasta llegar al final; o, aún mejor, hasta mucho después de llegar al final. Narradores tan hábiles que te cogen a ti, un lector con más conchas que un galápago, y te hipnotizan para que no veas la técnica, los trucos, los recursos, hasta que sólo queda una historia y unos personajes que te fascinan y arrastran. En el fondo, lo que demuestran esos escritores es que son más listos que tú; ellos son los maestros, y tú el alumno ingenuo. Me parece estupendo, me encanta esa clase de ingenuidad.