jueves, enero 20

Magufos

 


            Magufo: Persona que propaga o promueve discursos contrarios al pensamiento crítico y a la ciencia, como pueden ser la homeopatía, la astrología, ufología o cualquier otra pseudo-ciencia que no pueda demostrar su validez.

La semana pasada, el gobierno australiano deportó, por fin, a Novak Djokovic. Me alegro. No cabe duda de que el serbio es un extraordinario tenista, el mejor del mundo; pero un perfecto imbécil en todo lo demás. Y me alegro de que lo hayan deportado porque, por una vez, se demuestra que la estupidez pasa factura.

            Veréis, si un viejo campesino de una zona remota, alguien que jamás fue a la escuela y apenas sabe leer, cree en duendes, brujas y demonios, lo comprendo. Ese hombre no tiene la culpa de su ignorancia; jamás tuvo los medios para superarla. Pero la ignorancia de los privilegiados me cabrea. Gente que, teniéndolo todo para poder amueblar bien su mente, le da por creer en gilipolleces.

            Tengo un amigo magufo. Es un tipo inteligente, racional, razonablemente culto, universitario y profesional de éxito. Alguien con evidente talento. Y, sin embargo, cree en la astrología, en las mancias, en la homeopatía y en toda suerte de teorías absurdas. Está en contra de los microondas, de las cocinas de inducción, del wifi, de los antibióticos y, por supuesto, de las vacunas. También duda de que los hombres llegaran a la Luna.

            Siempre me ha intrigado esa extraña dualidad; por un lado, una mente racional y razonable y, por otro, pensamiento mágico en estado puro. ¿Cómo es posible que una persona inteligente y cultivada crea en semejantes tonterías? Mi amigo no rehúye el debate y discutíamos con frecuencia (ya no lo hago; no sirve para nada). Y siempre acabábamos en el mismo punto. Él, en principio, debatía argumentado con razones; pero, dado lo absurdo de sus ideas, al final llegaba inevitablemente a un callejón sin salida en el que no encontraba argumentos lógicos para exponer. Entonces decía: “Bueno, pues es lo que creo y ya está”. Es decir: meras creencias, como la religión. Y contra eso no hay argumento posible. Crees lo que crees porque te sale de los huevos creerlo, punto final. Pues muy bien: ole tus huevos.

            Más tarde me enteré, con no poco asombro, que muchos magufos, quizá la mayoría, son gente con estudios superiores. Leí una explicación sobre este fenómeno: creer en algo que afirma ser la verdad en contra de las supuestas manipulaciones del Poder (poder político, farmacéutico, religioso, científico o lo que sea), otorga a quien lo dice un punto de superioridad sobre los demás. “Yo conozco una Verdad que los demás, pobres engañados, ignoráis”.

            Pero creo que hay otro factor. Estoy seguro, aunque no tengo datos, de que la mayor parte de los magufos universitarios provienen del campo de las humanidades (o, como se decía antes, “de letras”). Es decir, gente que apenas ha recibido formación científica. Siempre he pensado que en los colegios e institutos se debería impartir Filosofía de la Ciencia. No ciencia en sí misma, sino los mecanismos lógicos que sirven para hacer ciencia. Observación, búsqueda objetiva de pruebas, escepticismo, pensamiento crítico, etc. En general, esa forma de razonar vacuna en gran medida contra las creencias infundadas.

            Aunque no del todo. Conozco a una brillante ingeniera que cree en la homeopatía. Y hay científicos que creen en dios (aunque no muchos), así como médicos de carrera que practican pseudoterapias. Me asombra y me intriga esa dualidad. ¿Cómo un mismo cerebro puede albergar dos formas distintas, y opuestas, de percibir la realidad? ¿Cómo es posible que en la misma mente no interfieran la razón con el pensamiento mágico? Es como si en su cerebro hubiera compartimientos estancos. Quizá parte de la respuesta esté precisamente en la forma de percibir la realidad. ¿Qué es real y qué no lo es? A mi amigo magufo hay algo de mí que le desconcierta. No comprende cómo, siendo yo tan racional, escribo relatos de fantasía y cf. Yo le digo que eso no es real, sino ficción, pero él parece no distinguir entre lo uno y lo otro. Supongo que esa es parte de la clave.

            Volviendo a Djokovic, creo que los magufos que más me cabrean son los antivacunas. Por varios motivos; en primer lugar por su obstinación pasándose por el forro las evidencias. Pero eso es común a todas las magufadas, claro. En segundo lugar, por ser un peligro para la comunidad, propiciando la transmisión de enfermedades y/o saturando los hospitales, como sucede ahora. En tercer lugar, lo peor de todo: su insolidaridad. Se permiten el lujo de no vacunarse porque están rodeados por gente que sí está vacunada y, por tanto, no transmite enfermedades. En cuarto lugar, porque al no vacunar a sus hijos, los exponen al peligro de enfermar. Eso ocurre también con los devotos de las pseudoterapias, que confían la salud de su familia a iluminados, o directamente farsantes, que “curan” a base de agua destilada, pastillitas de azúcar, legía, cristales, pases mágicos o sortilegios, a ser posible cuánticos. Esos magufos también me cabrean mucho.

            Es paradójico que esa gente proclame un discurso anti-científico, incluso tecnofóbico, aprovechándose al mismo tiempo de vivir en un mundo que les hace la vida más fácil precisamente gracias a la ciencia y la tecnología. Transmiten sus absurdas teorías usando el prodigio técnico de la informática. Se iluminan con LED’s, viajan en modernos vehículos, ven sus series favoritas (o documentales magufos) en planas pantallas de TV, juegan a prodigiosos videojuegos, se orientan con asombrosos navegadores, oyen la música que les gusta a través de pequeños auriculares inalámbricos, pagan usando sus móviles... Se benefician de la ciencia, para luego cagarse en ella.

            Aunque, claro, como hemos visto, también hay magufos que llevan demasiado lejos sus absurdas ideas y renuncian a algunos beneficios de la ciencia, como los que no se vacunan o recurren a terapias ridículas. Esos están tan abducidos por el pensamiento mágico que no vacilan en poner su salud en peligro. Como decía Cipolla, el mayor grado de estupidez se alcanza cuando alguien hace algo que daña a los demás y le daña a él mismo.

viernes, diciembre 24

El tradicional y entrañable cuento de Navidad

 


Ya estamos otra vez aquí, fieles a nuestra cita anual. Vale, reconozco que he desatendido el blog en los últimos tiempos. Por muchas razones, entre ellas por exceso de trabajo. Y también porque un par de posts se me atragantaron. Los tenía ahí, medio escritos. Pensaba que debía acabarlos y publicarlos, que era casi mi obligación, pero algo en mi interior se resistía. Sobre todo el segundo post; trataba de un tema muy emocional y personal, y me tocaba las narices escribir sobre el asunto. Eso me bloqueaba. Hasta que finalmente, no hace mucho, decidí que, en realidad, no estaba obligado a escribir nada, así que a la mierda: los dos textos inacabados a la papelera y santas pascuas. Pero seguía bajo la garra, ay, del exceso de trabajo.

            En fin, el caso es que puedo tirarme meses sin subir una entrada, pero hay una cita del todo ineludible: el cuento de Navidad. Y aquí, maldita sea mi estampa, surgió otro problema. Veréis, el año pasado colgué un cuento navideño, El poni, de humor negro. Pero tenía un fallo: era demasiado realista, describía una situación aterradoramente posible y, en definitiva, daba mal rollo. Eso me hicieron ver dos amables merodeadores, que ese cuento no era adecuado para un año tan nefasto como el 2020. Tenían razón. Me disculpé e hice una promesa: mi próximo cuento navideño (es decir, el de este año) sería todo lo contrario: puro buen rollo.

            Y ahí está el problema: tengo la mente podrida y la mayoría de las ideas que se me ocurren son gamberras. Eso, unido al apretón de trabajo (acabar una novela antes de las fiestas), que me impedía concentrarme en el cuento, empezó a angustiarme. Pasaban los días y no se me ocurría ninguna idea de buen rollo que valiera la pena. Al final, tuve que aceptar lo inevitable: aunque se me ocurriera algo, no tendría tiempo para escribirlo. Por primera vez iba a fallar en mi cita con el cuento navideño. Se me partió el corazón.

            Entonces ocurrió un milagro (de Navidad) Un buen día, me puse a buscar un archivo de Word y, de pronto, por pura casualidad, encontré otro llamado “El cerebro del profesor Vázquez”. ¿Qué demonios era eso? No tenía ni zorra idea. Lo abrí y comencé a leerlo. Era un cuento. Mío. Poco a poco, comencé a recordar cuándo y por qué escribí ese relato, aunque ni siquiera me acordaba de cómo acababa. Al terminar la lectura, los cielos se abrieron, sonó una música angélica y un rayo de luz divina incidió sobre mí. ¡Ahí lo tenía! Con unos poquitos arreglos, ese cuento de puro buen rollo era el relato de Navidad que estaba buscando. ¡¡Aleluya!!

            No es un cuento inédito, ya ha sido publicado en una antología. Pero se trataba de una edición restringida, hoy inencontrable, a la que no todo el mundo tenía acceso. Así que no es inédito, pero casi.

             El caso es que aquí estoy un año más, sentado en mi despacho la mañana del 24 de diciembre, escribiendo esto. Mi hijo “pequeño”, Pablo, ha vuelto de Barcelona para pasar las fiestas en casa. Óscar, el primogénito, ha pillado la covid y no podrá venir a cenar. Mecachis... Está bien, casi sin síntomas, pero tiene que guardar cuarentena. Esta noche le llevaremos la cena a su casa y luego contactaremos por Zoom.

            En fin, queridos merodeadores, un año más os deseo que paséis unas maravillosas fiestas. Feliz Solsticio, feliz Yule, feliz Sol Invictus, feliz Navidad. Y un año nuevo cargado de venturas, con mucho amor, mucha comida rica, muchos viajes, mucha amistad y muchos libros, cómics y películas. ¡Un gran abrazo!

            Y ahora os dejo con el tradicional cuento de Navidad. Se llama El cerebro del profesor Vázquez y comienza así:

            El día en que la muerte vino a visitarle, Julián Vázquez estaba paseando por su antiguo barrio; no el de su infancia, sino el barrio donde estaba el instituto en el que había impartido clases durante más de cuarenta años. Solía hacerlo, al menos una vez a la semana, desde que se jubiló; se levantaba temprano, se despedía de su mujer con un beso, cogía el autobús y se dirigía al viejo barrio. Una vez allí, desayunaba en el bar de Braulio, el establecimiento en el que había desayunado durante cuarenta y un años, café con leche y porras, las mejores de la ciudad. Braulio ya no estaba, se había jubilado, como él; ahora el establecimiento lo llevaba un sobrino suyo, pero las porras seguían siendo las mismas. Esa era una de las pocas cosas que aún perduraban en un mundo cada vez más cambiante, pensaba Julián (...)

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viernes, octubre 22

¿Carmen (no) Mola?

            Vomitivo. Estafa. Maniobra del heteropatriarcado. Insulto a la literatura. Ataque al feminismo. Tomadura de pelo. Asqueante. Desfachatez. Juego de mal gusto. Montaje oportunista. Usurpación...

Estos son algunos de los muchos epítetos que se han vertido al saberse que la escritora Carmen Mola, ganadora del último premio Planeta, era en realidad tres hombres, tres guionistas llamados Jorge Díaz, Agustín Martínez y Antonio Mercero. Vamos, que algunos se han mosqueado mucho.

            Aclararé de antemano que no he leído nada de Carmen Mola, porque lo que he oído sobre la trilogía de la novia gitana no es precisamente positivo, y tampoco leeré la obra que ha ganado el Planeta, porque no leo premios Planeta, así que no tengo, ni tendré, la menor idea de qué tal escriben Carmen Mola. Y, cómo lo que sí tengo es la sana costumbre de no opinar sobre lo que ignoro, dejaré de lado todo juicio literario.

            Básicamente, hay tres razones, entremezcladas, para las críticas: 1. Que es una maniobra de marketing ajena a la literatura. 2. Que sea una obra escrita por tres personas. 3. Que esas tres personas sean hombres “usurpando” un seudónimo femenino. Vale, voy a reflexionar un poco.

            Respecto al primer punto, el marketing... Por todos los dioses, ¿cómo puede alguien sospechar siquiera que el premio Planeta tiene algo que ver con el marketing? Sí, estoy siendo irónico. Todos sabemos que el Planeta es puro marketing, que el premio está dado de antemano y por encargo, que la calidad de la obra ganadora importa muy poco. ¿Nos va a sorprender eso ahora?

            Pero analicemos un poco en qué consiste ese marketing. Se trata del segundo premio literario mejor dotado económicamente del mundo (el primero es The Million’s Poet, otorgado en Abu Dhabi. No tenía ni idea, lo acabo de mirar). Para rentabilizar esa inversión, Planeta tiene que vender muuuuchos ejemplares de la obra ganadora. Así que lo primero que hace es pasar de las decisiones de un jurado que en este caso es meramente decorativo, y encargarle la novela que va a ganar a una figura mediática, o a un autor consagrado, o a un autor cuyas obras se vendan mucho. Este último caso es el de Carmen Mola, que entró como un cometa en el mundo de la novela negra y vende un porrón de ejemplares. Este ha sido el principal motivo para elegir a esa “autora” como ganadora del premio, no lo dudéis: que vende mucho.

            Pero en este caso había otro factor: Carmen Mola era un seudónimo y nadie sabía quién se ocultaba tras él. Así pues, darle el premio era  también desvelar un secreto, y eso tiene tela de morbo. Además, resultaba que Carmen Mola era en realidad tres hombres, y eso iba a generar mucha polémica. Es decir, mucha publicidad gratuita. Hay que reconocerlo: como maniobra de marketing es impecable.

            Pasemos al segundo punto: una obra escrita a seis manos. Vale, en principio no suena bien, y no me extraña que eligieran un seudónimo. Pero, vamos a ver, ¿escribir entre tres está mal, y sin embargo escribir con otro autor, a cuatro manos, está bien? Os recuerdo que en Italia existe un colectivo de cinco escritores que escriben conjuntamente bajo el seudónimo Luther Blissett (eso antes; ahora el seudónimo es Wu Ming). Además, hay que tener en cuenta que el trio de escritores que ha ganado el Planeta son guionistas, es decir: profesionales acostumbrados a trabajar en equipo. Me atrevo a aventurar que La Bestia (título de la obra ganadora) tendrá un prosa funcional y estará muy centrada en la trama y en los trucos narrativos. Será, seguro, muy cinematográfica.

            Por último, la usurpación de lo femenino. Muchas voces se han alzado, indignadas, proclamando que esos tres heteropatriarcas escogieron un seudónimo femenino para aprovecharse de que ahora las autoras venden más. Curiosamente, son las mismas voces que se lamentan de que muchas escritoras tengan que adoptar un seudónimo masculino para poder vender su obra. Pues mira, o lo uno, o lo otro, pero las dos cosas a la vez no.

            Otros se quejan de que esos tres señoros (hay que ser despectivo, no lo olvidemos) no se han limitado a usar un seudónimo de mujer, sino que además se han inventado a una autora ficticia, con su biografía y su propia voz. Un engaño, sin duda, pero ¿tiene importancia? A mí me parece más bien un juego, y también una forma de estar en los medios, sin revelar sus auténticas identidades, y avivar así la ventas. He oído a alguno decir que, al escribir esos hombres con sobrenombre de mujer, le quitaban el puesto a alguna escritora mujer de verdad. Claro, porque hay un cupo cerrado de mujeres escritoras; cuando una entra, otra sale. Es una gilipollez tan grande que no vale la pena ni comentarlo.

            Por otra parte, este no es el primer caso en el que un escritor no solo usa un seudónimo, sino que además lo dota de una personalidad ficticia. Es lo que hizo, por ejemplo, el escritor Juan Eslava Galán al escribir cinco novelas con el nom de plume de Nicholas Wilcox, “graduado en Historia por la Universidad de Oxford, reportero freelance por medio mundo y amante de la escritura. Tras enviudar se recogió en un viejo molino junto al río Wye en Gales, aunque pasa largas temporadas en la sierra de Cazorla, como buen admirador de España”. Todo inventado.

            Pero es que Carmen Mola hizo algo más: hizo entrevistas a través de mail. Y eso es lo que ha enfurecido a mucha gente, aunque no acabo de entender por qué. En todo caso, habría que analizar lo que esos tres hombres dijeron en las entrevistas. He buscado en Internet y he encontrado una que realizaron para Esquire tras el éxito de La novia gitana. La he leído y no he encontrado en ella nada inconveniente. De hecho, ante la pregunta directa de si es una mujer, Carmen Mola responde: “Me lo reservo. Así os dejo que me analicéis y lleguéis a una conclusión”. Es decir, dejaba abierta la posibilidad de ser un hombre (o tres). Después de conocer la auténtica identidad de la “escritora”, la propia entrevistadora –Rosa Martí- reconoce que en aquella entrevista no había ninguna mentira. He encontrado otra entrevista, realizada en mayo de 2020 para Mujer Hoy, y de nuevo no he visto nada reprochable. En fin, dejo de buscar entrevistas. Si alguien conoce alguna en la que el trío de autores haya dicho alguna barbaridad, agradeceré que me ilumine.

            Creo que, en realidad, este escándalo tiene más de emocional que de racional. Es como cuando en un grupo de resistentes contra Skynet descubren que uno de ellos es un Terminator, solo que en este caso son tres y no matan. O sea, descubrir que uno de los nuestros es en realidad el enemigo. Y a mí, esa muralla alzada entre “los nuestros” y “los otros”, qué queréis que os diga, me entristece.

            Además, tengamos en cuenta que cuando esos tres autores escogieron un seudónimo para su primera novela conjunta, no los conocía ni dios, ni tenían pajolera idea de si iban a tener éxito o no (esperanzas, sí; seguridad, ninguna), y mucho menos de que en el futuro iban a ganar el Planeta. Así que por su parte dudo mucho que hubiera alguna artera maniobra de marketing. Entonces, ¿por qué se travistieron de mujer?

            Yo no escribo con seudónimo, pero en ocasiones los uso: cuando me presento a premios literarios. Y la mayoría de las veces escojo nombres de mujer. La razón es sencilla; el seudónimo se usa para ocultar la auténtica identidad del autor. ¿Y qué mejor ocultación que fingir ser de otro sexo/género? La cosa funciona así: Cuando lees un manuscrito firmado por una mujer, racionalmente sabes que puede tratarse de un hombre; pero tu inconsciente se queda con ese nombre femenino y tiende a aceptar que el autor es, en efecto, mujer. Y si es una mujer, no puede ser César Mallorquí, ¿verdad?

            Además, ¿qué tiene de llamativo una mujer escribiendo novela negra? Muchas autoras lo hacen, supongo que no hace falta citar nombres. No es ninguna novedad, ni un argumento de venta; una mujer que se estrena escribiendo policíaco solo es una más entre muchas. Sinceramente, creo que esos tres guionistas eligieron el sobrenombre de Carmen Mola únicamente para intentar ocultar mejor sus identidades.

            Releo lo que he escrito y lamentaría que alguien lo interpretara como una defensa de Carmen Mola y los verdaderos autores. En absoluto; como ya he dicho, ni los conozco a ellos ni conozco su obra. En realidad, este post es un humilde alegato contra los ofendidos por Carmen Mola. Porque estoy harto de tanta ofensa vacía, de tanta piel fina, de tanta corrección política, de tanta censura, de tanto blanco y negro sin matices, de tanto dogma indiscutible, de tanta inquisición moral, de tantas, en definitiva, paparruchas (qué graciosa palabra; hacía mucho que no la usaba).

            Pero, bueno, ese es mi problema. Una paparrucha, sin duda.

miércoles, agosto 25

El monstruo de al lado

 


            Reconozcámoslo: no conocemos a la gente. No tenemos ni idea de quiénes son realmente nuestros vecinos, pero es que tampoco conocemos del todo a nuestros familiares y amigos. Sencillamente, no sabemos lo que late en el interior de los cerebros de los demás. Todos tenemos secretos. Por eso, cuando detienen a un asesino en serie, sus vecinos suelen decir que parecía un hombre encantador. Porque nadie conoce a nadie.

            De lo que voy a hablar hoy ya hablé hace once años, en una entrada llamada “Padre X”, pero es que la actualidad ha resucitado el tema. Además, entonces oculté la identidad del monstruo llamándole, eso, Padre X, porque lo que sabía de él me había llegado por terceros, eran rumores, y no quería arrojar fango sobre el apellido de alguien sin contar con pruebas. Pues bien, ahora las pruebas han salido a la luz pública.

            Cuando yo estaba a la mitad de lo que entonces se llamaba bachillerato (seis cursos), mis padres me cambiaron del colegio seglar San Alberto Magno, al colegio religioso Maristas de Chamberí. No me gustó, pero da igual. Los “curas” de ese centro no era en realidad curas, sino hermanos, porque no habían hecho todos los votos, o algo así, y no podían decir misa. Durante mi estancia en los Maristas, se rumoreaba entre los alumnos lo tocones que eran algunos hermanos. Uno de ellos, cuando vigilaba durante el recreo, no perdía ocasión de palmearle el trasero a cuanto niño se cruzara en su camino. Reconozco que yo nunca fui objeto de tocamientos, porque siempre he sido alto y, cuando entré en ese colegio, ya debía de rondar el metro ochenta. Demasiado grande para excitar a los pedófilos. El caso es que había rumores de “curas” sobones, pero yo, entonces, nunca oí mencionar al Padre X, hasta que un día... Voy a reproducir lo que escribí hace once años:

Hasta que un día hubo un alboroto en el colegio. Gritos, idas y venidas, nerviosismo entre las filas maristas. Nadie nos aclaró nada, por supuesto, pero pronto se corrió la voz: el padre de un alumno había llegado hecho una furia porque el cura se había propasado con su hijo. Nótese que digo cura sin comillas y en singular, porque en el colegio, como los “hermanos” no podían decir misa, había un sacerdote permanente, llamémosle Padre X, un cura de treinta y tantos años de edad que tenía licencia doble cero para impartir toda clase de sacramentos. Y también, por lo visto, para cepillarse a los alumnos”.

            Eso debió de ocurrir hacia 1970, si mal no recuerdo. En fin, rumores, yo no había sido testigo. Sin embargo, algo de cierto debía de haber en ellos, porque a raíz de ese incidente, el Padre X desapareció del centro y no volví a verlo (aunque, por lo visto, luego volvió)

            Hace unas semanas, aparecieron en los periódicos noticias sobre casos de pederastia en los Maristas de Chamberí. Lo leí con interés, es natural, y me sorprendió que no se mencionara al Padre X. Hasta que, a primeros de este agosto, salieron a la luz la identidad de este sacerdote y sus fechorías. El Padre X era, en realidad, el padre Cesáreo. Cesáreo Gabaráin. Ahí arriba podéis ver su foto, aunque cuando lo conocí era más joven.

            Aunque, en realidad, no lo conocí mucho. Por aquel entonces, la maligna influencia de Bertrand Russell me había convertido en un agnóstico y, si podía evitarlo, no iba a misa ni loco. No recuerdo haber hablado con él, y desde luego nunca en privado. Sabía que tocaba el órgano -me refiero al instrumento musical- y poco más (luego me he enterado de que también era un prolífico compositor de canciones litúrgicas, y que incluso obtuvo un disco de oro). Pero jamás se me pasó por la imaginación que fuera un pederasta, un monstruoso depredador sexual. No voy a transcribir aquí las atrocidades que cometió con niños pequeños. Si queréis más información, pinchad AQUÍ.

            Muy chungo lo del padre Cesáreo, ¿verdad? Pero para mí lo peor no es eso. Cuando se produjo el incidente que acabo de relatar, el monstruo desapareció del colegio. Yo me fui de los Maristas al año siguiente, para hacer COU en otro centro, así que no me enteré de que el tal Cesáreo había vuelto, para seguir magreando a niños, como demuestran las posteriores denuncias. Es decir, las autoridades eclesiásticas, aún a sabiendas de la clase de persona que era Cesáreo y de lo que hacía, le devolvieron a su puesto. Como meter a un zorro en un gallinero.

            De hecho, Cesáreo permaneció como capellán de los Maristas de Chamberi hasta 1978, cuando una nueva denuncia obligó a su expulsión del centro. ¿Fue castigado? Ay, que me descojono... Cesáreo fue trasladado a otro colegio, esta vez salesiano, el San Fernando de Madrid. Dos meses después de esa última denuncia, Juan Pablo II le otorgó el título honorífico de Prelado de Su Santidad, una distinción que solo se concede a sacerdotes de especial relevancia. Cuando el Papa vino a España en 1982 y se celebró un masivo encuentro con los jóvenes en el Santiago Bernabeu, ¿quién dirigía la orquesta? Exacto, Cesáreo. Eso es lo que más me cabrea del asunto: la cantidad de hijos de puta que lo encubrieron, permitiéndole seguir con sus desmanes.

            Cesáreo Gabaráin murió en 1991, a los 54 años de edad. Nunca pagó por sus delitos y ya jamás pagará; pero, al menos, que se sepa la clase de monstruo que era.

viernes, julio 23

Sobre patrias, frikis y Celsius

 


            Lo bueno de ser un despatriado –en el sentido de que tu identidad no esté ligada al azar del lugar donde naciste-, es que puedes elegir tus propias patrias. Nací en Barcelona, viví un año allí, el primero de mi existencia, y luego mi familia se trasladó a Madrid. No es extraño que no me “sienta” catalán; me gusta Barcelona, pero Barcelona no me define. Pero tampoco me “siento” madrileño, porque no sé lo que significa “sentirse” de un lugar (y menos si ese lugar es Madrid, la ciudad de los forasteros). Tampoco me siento español, porque de nuevo ignoro en qué consiste eso. Quizá me sienta un poquito europeo (por compartir una cultura), pero también norteamericano, y argentino, y colombiano, y de todos aquellos lugares que me han marcado de algún modo.

            Por tanto, ya que soy un alma libre, me permito el lujo de sentirme de todos los lugares donde me siento bien. Digamos que en lo que a patriotismo se refiere, no practico la monogamia, sino el poliamor. Cuando estoy, por ejemplo, en Granada, siento que estoy en casa. Y también me siento en mi hogar estando en Santander, en Galicia, en Navarra, en la Bretaña Francesa, en el Great Glen escocés, en San Francisco, en Venecia, en Noruega... Todos aquellos lugares donde estoy a gusto son mi patria.

            Pero hay un lugar y un momento que ocupan un puesto preferente en mi corazón: Avilés durante la semana del Festival Celsius 232.

            Por si alguien no lo sabe, Celsius 232 es un festival dedicado a la ciencia ficción, a la fantasía, al terror y a todos esos géneros que, cuando confiesas que te gustan, la gente seria te mira con una circunspecta ceja alzada. ¿Por qué se llama así? Celsius es una escala de temperatura, la usual, la que usamos cuando el termómetro proclama que hay 40 grados en el exterior y se nos funden las suelas de los zapatos. Pues bien, 232 grados Celsius equivalen a 451 grados Fahrenheit (otra escala), la temperatura a la que arde el papel. Y Fahrenheit 451 es el título de una famosa novela distópica de Ray Bradbury.

            Pues bien, la más patriótica de mi patrias, ese lugar donde me siento en casa más que en mi propia casa, es Avilés en julio, es el Celsius. Y os voy a explicar por qué. ¿Qué es una patria? Un territorio, una población, un idioma común, una cultura, una historia compartida, un folclore.

El territorio del Celsius (el inmaterial, no el físico) es la CF, la fantasía y el terror. La población, huelga decirlo, está compuesta por los frikis. En cuanto al idioma común, todos en el Celsius me entienden si digo que algo está en Mordor (por su lejanía), o que cierto título es un fix-up, o que la vida es dickiana, o que alguien parece un BEM, o si digo jauntear, terraformación, cuarenta y dos, Nyarlathotep, ansible, psicohistoria, hiperespacio, phaser o punto Jonbar.

Respecto a la cultura, todos (o casi todos) hemos visitado la Biblioteca Galáctica de Trantor, o nos hemos chiflado leyendo el Necronomicón de  Abdul Alhazred, o hemos consultado los archivos de La Comarca. Ya sin metáforas: todos hemos leído (o conocemos) los mismos libros, todos hemos visto las mismas películas y consumido los mismos cómics.

            Como ocurre en toda patria, no solo hay una cultura común, sino también diversas culturas locales. Tenemos los tolkinianos, los cyber, los juegotronistas, los steampunk, los conanófilos, los hard, los trekkies, los warsies... En cuanto a la historia compartida, para unos comenzó en 1818, cuando Mary Shelley publicó Frankenstein. Para otros, el comienzo se sitúa en 1858, con la publicación de Phantastes por George MacDonald. Por último, otros fijan el inicio a mediados del XIX, cuando Poe publicaba sus relatos macabros. En realidad, esos comienzos están entrelazados, cuentan con una prehistoria y componen una historia común a todos los frikis. Y, para finalizar, el folclore. ¿De verdad hace falta que os hable del folclore friki? Nah, todos lo conocéis.


            Recapitulando: solo hay un lugar en el mundo donde todo eso se concentre: en el Celsius de Avilés. Ahí están mis hermanos y hermanas, ahí están mis compatriotas, ahí está mi verdadera patria.

            Pero el Celsius es más que eso. Supongo que os habéis fijado en que no he hablado de gastronomía, porque (afortunadamente) no hay gastronomía friki. Pero en el Celsius hay gastronomía asturiana, ahí es nada. Tan rica, tan rotunda, tan variada. Variada, sí, porque consiste en mucho más y mejor que cachopos. ¿Y el clima? Ahora que mi termómetro madrileño marca 31 grados (Celsius, por supuesto), no sabéis cuánto echo de menos tener que ponerme una chaquetita al caer la tarde.

            Y la gente, sobre todo la gente. Las presentaciones, las charlas, las mesas redondas, todo eso es abundante y está muy bien, pero lo mejor de todo es encontrarte con viejos amigos, o conocer a otros nuevos con los que, aunque jamás os hayáis visto, tenéis mucho en común. El alma del Celsius está en las terracitas.

            Vale, ¿y qué pasa si no eres friki? No hay problema. No conocerás el idioma, ni la historia, ni la cultura, pero lo mismo te pasa cuando visitas otros países. Puedes venir al Celsius como turista y echarnos cacahuetes. Los frikis somos muy agradecidos y estamos dispuestos a hacer graciosas cabriolas y simpáticas monerías con tal de conseguir un poco de maní. No, en serio; no hace falta ser friki para disfrutar del Celsius. Porque nosotros, los frikis, somos gente interesante, gente que ama la literatura y el cine, gente culta con mente abierta. Pepa, mi mujer, no es en absoluto friki; y sin embargo, cada año está deseando acudir al festival. Olvidaos del estereotipo del gordo virgen con camiseta de Star Wars; que también los hay, por supuesto. El resto, creedme, parecemos personas normales. Aunque, gracias a Cthulhu, no lo somos; al contrarios, somos rotunda, encantadora y orgullosamente más divertidos que los normales.

            Supongo que ha quedado claro que Celsius 232 es una patria. Entonces, sin duda os preguntaréis ¿quién gobierna ese territorio? Pues un triunvirato: la poderosa Cristina Macía, el incombustible Jorge Iván Argiz y el prodigioso Diego García (capaz de hacer juegos malabares con los idiomas). Ellos son el cerebro y el alma del festival, sus directores. Solo tengo tres cosas que decirles: gracias, gracias y gracias. Sois la sal de la vida. Y también, por supuesto, mi agradecimiento para todos aquellos que colaboran desinteresadamente para hacer posible el festival.

            Y ya está. Si después de leer esto no os han entrado unas ganas enormes de visitar el Celsius del año que viene, no merecéis merodear por este blog. Pero no os voy a echar, tranquilos.

            Floreat Celsius!

 

Nota: En la foto de arriba estoy yo con Jorge Iván Argiz presentando la serie de Dan Diésel. Y en la de en medio, yo con los cosplayers de Manlima.

           

domingo, junio 27

Fosilización mental

 


            Si quisiera escribir sobre las ventajas de envejecer, el post terminaría aquí: cero ventajas. Dicen que la edad trae la sabiduría, pero es una gilipollez; si a los 30 eras idiota, seguirás siendo idiota con 70, y morirás siendo idiota. Se habla también de la importancia de la experiencia; y sí, no lo niego, evidentemente cuantos más años tienes, más experiencia acumulas. Pero el valor de la experiencia no reside en su volumen, sino en cómo la procesas. Todos conocemos gente con un amplio historial en meter la pata, una experiencia que les ha permitido meter la pata mejor y más rápido. Además, muchas veces la experiencia es aquello que obtenemos cuando ya no lo necesitamos.

            Hace tiempo leí que, interiormente, todos nos detenemos en los 30 años. Es decir que, por muy viejos que seamos, la imagen que tenemos de nosotros mismos es la que teníamos a los 30 tacos. Creo que es verdad, porque cada vez que me veo en el espejo, no puedo evitar preguntarme quién es ese viejo cabrón que tengo delante. Es más, a veces recibo solicitudes de amistad en Facebook, miro la foto y pienso: “Bah, un viejo”. Y luego consulto su biografía y descubro que el muy cabrón es más joven que yo.

            No creo que haga falta explicar todos los desmanes que la edad comete con el cuerpo. Pierdes fuerza, pierdes resistencia, pierdes salud, pierdes atractivo y no ganas una puta mierda, salvo peso y arrugas. Todo malo. Pero, ¿qué pasa con la mente? No sufre, en principio, desgaste físico, pero puede ser víctima de algo igual de grave: la fosilización.

            Cuando nacemos, no tenemos ninguna imagen prefijada del mundo. Nuestro cerebro es una tabula rasa. Durante la niñez, mediante la educación, se nos van suministrando principios y normas cuyo significado, en resumen, vendría a ser: “El mundo, la realidad, es así. Y punto”. Pero el cerebro de un niño es tremendamente plástico, moldeable, adaptable, y pese al esfuerzo de los adultos en maniatarlo, es capaz de forjar nuevas asociaciones e ideas.

            Pero pasa el tiempo, nos hacemos adultos y llega un momento en que aceptamos de tal modo las normas y principios que nos han imbuido, que nos convencemos de que la realidad es así, en efecto, y no tiene sentido, no ya cambiarla, sino simplemente contemplarla desde un punto de vista distinto. Eso es la fosilización y, si os paráis a pensarlo, es exactamente lo contrario de la creatividad. Veneno para la imaginación.

            A mí me sucede algo con frecuencia. Por ejemplo, estoy elaborando mentalmente el argumento de un relato corto (verbigracia, el cuento de Navidad). Tengo una idea que, en principio, me gusta; pero le falta algo, un giro, una vuelta de tuerca. Y no se me ocurre nada. Pasan los días y, por muchas vueltas que le doy, sigo sin encontrar lo que me falta. ¿Me desespero? No, porque eso me ha pasado muchas veces y SÉ que al final, más pronto o más tarde, se me ocurrirá algo. Y, en efecto, hasta ahora ha sido así.

            Pero, ¿y si deja de ocurrir?

            Otra cosa: Mientras estoy escribiendo una novela, suelen ocurrírseme muchas ideas. Un diálogo más o menos ingenioso, una situación divertida, una frase brillante, una reflexión atinada, un giro de la trama... Son pequeñas ideas que voy añadiendo al texto conforme surgen. Insisto: no las busco, aparecen.

            Pero, ¿y si dejan de aparecer?

            Cuando pienso en eso, me estremezco. Porque no es algo que quizá ocurra, sino algo que va a ocurrir inevitablemente. Aunque hay gente que nació ya vieja, en otras personas (ignoro la proporción) envejece antes el cuerpo que la cabeza. Supongo que la mente de los individuos que realizan una actividad intelectual tarda más en envejecer y degradarse, igual que envejece mejor el cuerpo de alguien habituado al ejercicio físico.

            Pero, haga lo que haga, llegará un momento en que mi cerebro se fosilice y ya está, se acabaron las ideas. Aunque, claro, siempre cabe la posibilidad de que me muera antes de que ese momento llegue. Qué suerte, ¿verdad?; morirte antes de que el cerebro se declare en bancarrota. Una juerga.

            Ay, qué mal me sienta cumplir años...