miércoles, septiembre 18

La Hora Zulú




            Durante el proceso de creación de una novela hay cuatro momentos clave, al menos según mi humilde experiencia. El primero se produce cuando por fin tienes clara la idea en la cabeza; todavía no has escrito nada, pero ya has ideado el argumento y los personajes. Y todo es perfecto en tu mente: eso es sobre lo que quieres escribir, no hay duda, porque es una idea cojonuda. En ese instante eres como un caballo de carreras en boxes, ansioso por salir a galopar.

            El segundo momento sobreviene cuando has escrito más o menos la mitad del libro y eres un mar de dudas. Ya has perdido el ímpetu inicial, ya no estás tan seguro de si merecía la pena escribir sobre eso, ya has perdido la perspectiva. Pero sigues adelante confiando en tus planes iniciales (aunque ahora dudes de ellos) y en tu profesionalidad. Ya no escribes con el corazón, pero sí con el cerebro.

            El tercer momento llega cuando has acabado de escribir la novela. Y tienes la insidiosa sospecha de que es el mayor fiasco de la historia de la literatura, una mierda sin precedentes, el peor texto jamás escrito. Ya no hay dudas: has fracasado César, asúmelo. Luego, poco a poco, la depresión se te pasa, porque siempre piensas lo mismo y, qué demonios, no todas tus novelas son una porquería.

            El último momento tiene lugar cuando la novela ya se ha publicado y llegan a casa los ejemplares que te corresponden. Ahí tienes en las manos tu texto convertido en un libro de verdad, con todo lo que tiene que tener un libro. Hace mucha ilusión, sobre todo al principio de tu carrera. Pero yo ahora lo veo con cierto derrotismo, porque tu historia está ahí, inamovible. La han publicado, hay miles de ejemplares distribuidos; ya no puedes cambiar nada. La suerte está echada.

            Bueno, pues así estoy yo ahora, contemplando un ejemplar de La Hora Zulú, que es la tercera parte de las Crónicas del Parásito, después de La estrategia del parásito y Manual de instrucciones para el fin del mundo. Acaba de publicarse y ya está en las librerías.
 
            Como he contado alguna vez, publiqué el primer libro en 2012. En él planteaba una amenaza que, en aquel momento, me pareció insoluble. El libro termina con un final abierto que conduce a un enlace de internet donde un video da a entender que no hay esperanza. También dejaba a los dos protagonistas en una situación lamentable.

            Pasaron los años y por algún motivo volví a pensar en la historia. ¿Realmente era una amenaza contra la que no se podía luchar? Si se me ocurría alguna solución debía partir de algo que ya apareciese en la primera novela, no de un deus ex machina sacado de la manga. Y se me ocurrió. Le propuse a Gabriel Brandariz, gerente editorial de SM, completar el primer título con otras dos novelas para componer una trilogía, y aceptó.

 
           Las Crónicas del Parásito son un tecno-thriller, o una obra de ciencia ficción ambientada en el presente. La trilogía cuenta una historia continuada, pero cada tomo hace hincapié en temas específicos. El primer título, La estrategia del parásito, trata sobre los peligros de Internet y sobre lo que podría ocurrir si alguien controlara la Red. El protagonista y narrador de la historia, un inocente universitario, las pasa canutas cuando alguien que no conoce decide por razones ignotas convertir su vida en un infierno utilizando todos los recursos de Internet. La acción abarca dos semanas y tiene lugar básicamente en Madrid.

 
 
            El segundo título, Manual de instrucciones para el fin del mundo, continua la historia y se centra en lo frágil, por compleja, que es nuestra sociedad. Al ser Miyazaki una amenaza mundial, el escenario se amplía y la acción se desarrolla en Inglaterra, España, Estados Unidos, Francia, Japón…

            El último título de la trilogía, La Hora Zulú, trata sobre la inteligencia artificial y sus consecuencias. Y concluye la historia con un final aparentemente feliz que en realidad es agridulce. Por cierto, la “Hora Zulú”, o Tiempo Universal Coordinado, es la medida temporal de referencia en el ejército cuando se trata de coordinar diversas operaciones simultáneas. Se corresponde con la hora del meridiano de  Greenwich. Como curiosidad, tanto en el anterior título como en este, mi mujer (Pepa) y yo aparecemos como personajes secundarios.

            En conjunto, he pasado más de dos accidentados años escribiendo esta trilogía. ¿Ha valido la pena? No lo sé; eso tendrán que decidirlo los lectores. En lo que a mí respecta, ya está, se acabó; ya me he quitado esa historia de la cabeza. Ahora, a otra cosa.

lunes, septiembre 2

Nuevos inquisidores



            Alguien dijo que nunca, como ahora, los seres humanos hemos gozado de tanta libertad, y al mismo tiempo jamás hemos estado tan controlados. Somos un enorme hormiguero en el que cada hormiga tiene encima una lupa que la enfoca, pero que también puede concentrar la luz del Sol para churruscarla. Quizá lo más inquietante de todo es la multiplicidad de facetas en que se manifiesta ese control. Control económico, control cultural, control social, control laboral, control del comportamiento, control lúdico… o el más insidioso de todos, el control moral, porque acaba convirtiéndose en control del pensamiento.

            Quienes me conocen saben de mi afición al humor negro. De hecho, los merodeadores habituales del blog ya han visto alguna muestra de ello, como el cuento de Navidad Doña Julia y los pobres, uno de los relatos más bestias que he escrito. Confieso que en persona soy igual, pero aún más burro. De vez en cuando me gusta soltar alguna barbaridad que jamás pondría por escrito, porque por escrito no hay matices ni tonos, pero que al expresarla en persona puedo hacerlo de tal forma que queda patente que hablo en broma. En general, todo el mundo lo comprende y se ríe al tiempo que menea la cabeza dando a entender que soy un animal y un caso perdido. Pero últimamente me encuentro con personas -que me conocen, aunque no demasiado- que cuando suelto una burrada se me quedan mirando con horror, incapaces de dar ese giro, ese sutil twist, que convierte el drama en humor.

            Por ejemplo: Hace no mucho estábamos un grupo de gente hablando sobre la pederastia y yo conté un caso que se había dado en mi colegio, los Maristas de Chamberí. Comenté que, además, uno de los curas (“hermanos” en realidad) se dedicaba a tocarle el culo a todos los niños que pasaban por su lado durante el recreo. Luego, me quedé pensando y añadí que a mí nunca me había tocado el culo, lo cual me ponía un poquito celoso. Bueno, si en aquel momento le hubiese quitado su bebe a una madre para arrancarle el corazón a mordiscos, no habría despertado más consternación. Varios rostros se quedaron rígidos de espanto; una amiga me miró con pasmo y exclamó muy seria “PERO QUÉ BARBARIDAD”. Mentiría si dijese que aquello me afectó; estoy vacunado contra la gente que carece de sentido del humor. Pero sí me preocupó.

            Según parece, no se puede hacer humor sobre ningún tema “delicado”, sobre nada que pueda ofender a alguien. ¡Pero eso es un error! El humor debe ofender, el humor debe provocar, el humor debe percutir. ¿Sabéis por qué existe el humor? Pues porque nos vamos a morir. Sí, sí, lamento daros este disgusto, pero tarde o temprano todos la diñaremos. Por eso, porque es inevitable, cuando venga a visitarnos la Parca, sólo podemos hacer algo: reírnos de ella. El humor es un talismán que nos protege del horror y la locura. Cuando le condenaron a muerte, Pedro Muñoz Seca le dijo al tribunal: “Podéis quitármelo todo…, menos el miedo que ahora tengo”. Para eso sirve el humor: para convertir lo espantoso en grotesco.

            Sin embargo, ahora se supone que el humor ha de ser blanco, inofensivo, humor de ursulinas. Ay, por Dios, que no se ofenda nadie…Gracias a las redes sociales, el número de los censores, de los guardianes de la moral, de los inquisidores, se ha multiplicado exponencialmente, y ahí están siempre vigilantes, atentos al menor desliz ajeno para mostrar públicamente su desmesurada indignación. Porque, ojo, no basta con indignarse; hay que super-mega-ultra-indignarse. El que más se consterna es el que más mola.

            Ojalá esto afectara sólo al humor, pero va mucho más allá. Últimamente se han producido ciertos hechos que considero preocupantes (y que son los que me han movido a escribir esta entrada). A saber:

            1. En Estados Unidos existe el premio "John W Campbell" a los mejores autores noveles. Campbell fue un famoso editor de ciencia ficción que influyó decididamente en el género a través de su revista Astounding Stories. Pues bien, la ganadora de este año dijo al recibir el premio que Campbell fue un fascista. A raíz de esa declaración se montó tal revuelo que han decidido cambiarle el nombre al premio y pasar a denominarlo “Astounding”.

            Vale, Campbell era, en lo personal, un fascista y un racista, además de un chiflado que se creía las teorías más absurdas (fue el primero en publicar “Dianética”, de Ron Hubbard, antecedente directo de la cienciología). Pero es innegable la gran influencia que tuvo, aunque sólo sea por descubrir y promover a autores como Isaac Asimov, Clifford D. Simak, Robert Heinlein o Theodore Sturgeon. El premio homenajeaba al editor, no a la persona. Pero en estos tiempos de corrección política ambos aspectos son indistinguibles.

            2. “La Casa de la Moneda británica ha vetado un homenaje a Enid Blyton, la autora de “Los cinco” o “Torres de Malory”, por miedo a una reacción violenta contra sus ideas”. Al parecer, la señora Blyton era racista, sexista, homófoba y posiblemente filonazi.

            Pero nada de eso se refleja en su obra; o, al menos, no más que en la obra de cualquier otro escritor de su época. A mí nunca me gustó Blyton; yo era fan del Guillermo Brown de Richmal Crompton, así que sus personajes, esos niños tan buenos y formales, me parecían unos blandorros. Pero Enid Blyton inició en la lectura a (literalmente) millones de niños, y eso a mi modo de ver se merece un homenaje. Porque a quien se reconoce es a la escritora, no a la persona. Por cierto, ¿no llama la atención eso de “reacción violenta”?

            3. En la presente edición del festival de cine de Venecia, la presidenta del jurado, Lucrecia Martel, se ha negado a asistir a la proyección de la última película de Roman Polanski, porque se niega a aplaudir a un violador.

            Polanski violó a una menor en 1977. Huyó de la justicia, pero merece ser castigado por su delito, con absoluta independencia de su calidad como artista. Pero al mismo tiempo es un magnífico director, y su obra merece ser juzgada por sí misma, y no por la calidad moral de su autor. En este caso, me parece muy bien que la señora Martel se niegue a ver las películas de Polanski, pero creo que también debería haberse negado a formar parte del jurado. Digamos que su imparcialidad está en entredicho.

            Podría seguir citando hechos similares, pero sería aburrido. Los nuevos inquisidores, igual que los antiguos, lo ven todo en blanco y negro, sin gama de grises. Son incapaces de separar al autor de su obra; y, lo que es aún peor, también son incapaces de juzgar una obra teniendo en cuenta el contexto social y cultural del momento en que fue creada. En cuanto a libertad de expresión y de pensamiento, estamos retrocediendo. Hoy en día, filmar una obra maestra como El hombre tranquilo, de John Ford sería imposible; igual que lo sería publicar por primera vez Las aventuras de Huckleberry Finn, de Twain, o Lolita, de Nabokov.

            Pues bien, ante tanto inquisidor, sólo cabe rendirse; así que voy a colaborar mediante la delación. He aquí unos cuantos objetivos para la furia censora: Aristóteles odiaba a las mujeres; Pablo Picasso y John Lennon las maltrataban; tanto Gustave Flaubert como Charles Lutwidge Dodgson (alias Lewis Carroll) eran pedófilos; igual que Charles Chaplin, que se pirraba por las menores de edad; Karl Marx dejó embarazada a su sirvienta y pasó de ella; Roald Dahl era antisemita; Virginia Woolf era una clasista que, en sus diarios, consideraba que la clase trabajadora es inherentemente estúpida… Hay más nombres, pero de momento basta.

            ¡Adelante, bravos inquisidores, aún quedan muchas gargantas que cercenar!

viernes, agosto 9

Felices vacaciones


 
            Cuando era pequeño, en mi casa se compraba el Selecciones del Reader’s Digest, la traducción española de una revista norteamericana de bolsillo que reunía artículos de todo tipo aparecidos en otras publicaciones, además de secciones fijas como Mi personaje inolvidable, Citas citables o Enriquezca su vocabulario. Durante varios años, en los 60, el primer número de verano de la revista incluía un reportaje publicitario de Nescafé, que consistía en varias páginas consecutivas de combinados de verano hechos con eso, con Nescafé, incluyendo la receta y un bodegón fotográfico de cada alternativa. En los diferentes bodegones se veían las bebidas en entornos veraniegos, algunos de ellos iluminados de la misma manera: como si encima hubiera un sombrajo de estera y el sol dibujase líneas de luz y de sombra.

            Por algún motivo, cuando era un niño me quedaba extasiado mirando esas fotografías. Para mí, eran la esencia del verano. Eran el verano. Y desde entonces, y aún ahora, cuando pienso en el verano evoco aquellas fotos. Siempre me ha sorprendido cómo los recuerdos de la infancia, por nimios que sean, no solo se nos quedan marcados a fuego, sino que además conforman el modo en que vemos la realidad. Supongo que cuando eres niño el mundo es nuevo para ti, y cada experiencia se inscribe con tinta indeleble en la memoria.

            Otro aspecto mágico de la infancia es la percepción del tiempo. De niño, los veranos eran eternos. Sin embargo, ahora tengo la sensación de que hace nada estaba en junio, celebrando mi maldito cumpleaños, y zas, ya estamos en agosto. Y casi ni me he enterado de lo que ha pasado entre medias. Joder, cuántas cosas perdemos al dejar atrás la infancia. La vida es una comida en la que el postre se sirve al principio.

            Y no es que mis vacaciones actuales sean desdeñables, ni mucho menos. Pepa y yo, y durante un tiempo nuestros dos okupas, hemos hecho viajes maravillosos a lugares extraordinarios. Pero, coño, qué poco duran ahora.

            En fin, queridos merodeadores, mañana sábado Pepa y yo nos vamos un par de semanas al sur de Francia y luego a Suances, en nuestra querida Cantabria. Os deseo que paséis un verano maravilloso.

            ¡Felices vacaciones!
 

 

 

 

 

 

 

           

jueves, julio 25

Gracias Juan


 
            El viernes pasado presenté en el Celsius mi novela Manual de instrucciones para el fin del mundo. Cuando acabó la presentación, una chica me condujo a la mesa de firmas. Nada más salir de la carpa, se acercó a mí un hombre acompañado por una niña pequeña (o un niño, no recuerdo). Se presentó diciéndome que era un merodeador de Babel llamado Juan y que tenía un regalo para mí. Me entregó un paquete y lo desenvolví; contenía dos libros y un DVD. Mejor dicho: dos libros muy especiales y un DVD aún más especial.

            Le di las gracias, pero justo entonces la chica de la organización me urgió para que fuera a la mesa de firmas, porque ya había una cola de gente esperándome, así que me despedí apresuradamente de Juan, agradeciéndole de nuevo el detalle que había tenido conmigo.

            Más tarde, cuando acabé de firmar ejemplares de mis libros, tuve tiempo de examinar con detenimiento lo especial que era el obsequio que había recibido. Entonces busqué a Juan para hablar con él, pero no lo encontré.

            En la foto podéis ver el regalo que me hizo; permitidme ahora explicaros por qué es tan especial. Comencemos por el libro Borges y la ciencia ficción. Cualquiera que me conozca, o siga mi blog, conoce la admiración que siento por Borges y sabe que soy un pirado de la ciencia ficción. Sin duda es un título muy apropiado para mí.

            Pasemos ahora al segundo libro: La estatua del terror, una novela policiaca de Fredric Brown. Bueno, aquí ya hay que conocerme bastante bien para saber que soy un entregado fan de Mr. Brown, como escritor de CF y como escritor noir. Además, tengo todas las obras de CF suyas, y muchas policiacas; pero esta en concreto no la tenía, ni en edición española, ni en edición latinoamericana. Ni siquiera sabía que existía. Pero ahora, gracias a Juan, ya es mía.

            Ahora bien, lo que de verdad me ha dejado turulato es la película en DVD, El hombre de mimbre, de Robyn Hardy (1973). Se trata de un clásico del cine de terror, vertiente “paganismo en la actualidad”. Hacía muchísimo tiempo que quería verla, pero no la encontraba por ninguna parte. Cuatro o cinco años atrás, haciendo zapping, di con ella por casualidad en no recuerdo que canal de TV. Por desgracia, estaba empezada, así que nunca la he visto entera.

            ¿Cómo sabía eso Juan? Yo no recordaba haberlo comentado en el blog… pero estaba equivocado. Nunca lo dije en un post, pero sí en la respuesta a un comentario del propio Juan. El comentario correspondía a una entrada en la que hablaba del Hombre Verde que había visto en una iglesia prerrománica de Navarra. Reproduzco parcialmente su comentario y mi respuesta:

            Juan H: (…) Por cierto, ¿tiene que ver algo lo del hombre verde con "el hombre de mimbre"? Es una peli y un libro pero no los he visto ni leído.

            César: (…) Los "hombres de mimbre" y los Hombres Verdes sólo están relacionados por su origen celta; por lo demás, no tienen nada que ver. Un hombre de mimbre (Wicker Man) es un artefacto para hacer sacrificios humanos. Se trata de una figura humana hecha de eso, de mimbre, en cuyo interior encerraban a la víctima y luego le prendían fuego (qué simpáticos, ¿verdad?). La película, llamada "The Wicker Man", es una producción inglesa de 1973, dirigida por Robin Hardy. Tanía muchas ganas de verla y la pillé por casualidad en la tele hace bien poco, aunque ya empezada. Pero no hay ninguna novela con ese nombre. En realidad, la película está "inspirada" en una novela de David Pinner llamada "Ritual", que se editó hace poquísimo en España. Ah, en 2006 se hizo un remake norteamericano de la peli inglesa. Lo protagoniza Nicholas Cage y es una caca.

            Estos comentarios pertenecen a un post de octubre de 2015, hace casi cuatro años. Y Juan lo ha recordado, y se ha tomado la molestia de comprar el DVD para mí y entregármelo en el Celsius. Es impresionante. Permitidme ahora que le hable directamente a Juan:

            Querido Juan H:

            Recordaba tu nick, igual que recuerdo los nicks de los más asiduos merodeadores de Babel, pero no te conocía en persona. En el Celsius nos vimos durante unos instantes y de forma apresurada. Luego te busqué, pero no te encontré. Lo lamento, me habría gustado agradecerte el detalle como se merecía. Otra vez será.

            Como es lógico, agradezco que me hagan un regalo, sea lo que sea. Pero es que tu regalo no es un obsequio normal: es algo muy pensado, muy orientado a los gustos de la persona que va a recibirlo; es decir, yo. Es un regalo de corazón. No quiero ponerme cursi, Juan, pero no me queda más remedio que reconocer que me has conmovido. Y debería enfadarme contigo, porque estás quebrando mi imagen de viejo gruñón e insensible, y uno tiene una reputación que mantener.

            Leeré los libros que me has regalado, y este fin de semana introduciré el DVD en el reproductor, me tumbaré en un sofá y veré tranquilamente, por primera vez de forma íntegra, una película que llevo décadas queriendo ver. Gracias a ti. Eres un tío cojonudo.

            Un abrazo, amigo mío. Y mil gracias otra vez.

lunes, julio 22

Floreat Celsius


 
            Como todos los años, salvo cuando me da por romperme una pierna, la semana pasada disfruté, junto con Pepa y nuestro hijo Pablo, del Festival Celsius 232. Se trata, como sabéis, de un festival de fantasía, ciencia ficción y terror que se celebra en Avilés. Su nombre se debe a que 232 grados Celsius equivalen a 451 grados Fahrenheit. Y si sigues sin entenderlo, ¿qué haces merodeando por Babel? Es broma, es broma; me encanta que deambules por este humilde blog. El nombre del festival hace referencia a la famosa novela de Bradbury.

            El Celsius se celebra en la plaza Domingo Álvarez Acebal, en dos entornos: una carpa situada en la plaza y el salón de actos de la vecina Escuela de Artes y oficios. Participan un montón de autores, tanto españoles como extranjeros. Hay presentaciones de libros, charlas, mesas redondas, talleres, exhibiciones, firmas de libros, fiestas de disfraces, cine al aire libre, cosplayers como el que podéis ver en la foto.

 


            Nota: Si os llama la atención mi camisa, si tenéis que guiñar los ojos para contemplarla, eso es porque vivís en un mundo gris, oscuro y deprimente, mientras que yo vivo en un universo en technicolor lleno de luz y alegría. Fijaos en la cara de mala leche que tengo en la foto y pensadlo bien antes de decir nada. Es un aviso.

            Además, hay un montón de tenderetes de venta de libros o de bisutería. El festival dura cuatro días, de martes a sábado y la entrada es libre y gratuita. Pero lo mejor de todo es que, en un radio de doscientos metros como mucho, hay un montón de terrazas, bares y restaurantes. Y todo lleno de frikis. ¿Sabéis lo que significa eso? Pues que toda la gente que te rodea ama la literatura, el cine y los cómics. Porque los frikis, salvo algún que otro caso enfermizo, son grandes lectores, gente interesada en la cultura, gente progresista, gente muy, pero que muy interesante.

            No negaré que quizá lo que más me gusta del Celsius es encontrarme con buenos amigos, personas a las que sólo veo una o dos veces al año, como Susana, Sergi, Ricard, Teresa, Pablo, Elia, Sofía, Rudy, José Antonio, Gabriella, Jesús, Ana, Víctor (que no se llama Víctor, ya lo sé), Ian, David (mi ex-negro), Maite, Pep, Javier y muchos otros que, por tener memoria de pez de colores, ahora no recuerdo. Y, por supuesto, también me encanta conocer a estupenda gente nueva.

            Este año he presentado en el festival mi novela Manual de instrucciones para el fin del mundo, la segunda parte de la Trilogía del Parásito. Y, además, sin sospecharlo lo más mínimo, me he llevado una gran y hermosa sorpresa. Este año, los directores del festival han otorgado unos premios especiales a aquellas personas que, por las razones que sea, consideren valiosas para el Celsius. Y Jorge Iván Argiz ¡me lo ha otorgado a mí! Podéis ver el galardón en la foto de arriba, con su preciosa cabecita de Cthulhu. No creo merecerlo, pero gracias de todo corazón.

            Y gracias a todos los que colaboran con el festival, en especial a sus tres organizadores: Cristina Macía, Jorge Iván Argiz y Diego García Cruz. Sin ellos, sin su increíble esfuerzo, este festival sería imposible. Por cierto, Diego es traductor profesional, y verle traducir es un espectáculo en sí mismo, algo así como ver a un gran ilusionista o a un magnífico malabarista. También quiero darle las gracias a un merodeador de Babel llamado Juan, pero eso lo haré en la siguiente entrada.

            En fin, amigos míos, el Celsius ya ha pasado, pero me quedan un montón de bonitos recuerdos. Si sois un poquito frikis (sólo un poquito, mi mujer ni siquiera lo es y se lo pasa bomba), sí sois un poquito frikis, insisto, no lo dudéis un instante y visitad el próximo Celsius. El único problema es que volveréis con unos cuantos kilos de más, porque en Asturias se come mucho y de maravilla. Todo lo demás será pura fiesta. Y, qué demonios, comer y beber demasiado también.

miércoles, junio 26

Una luz en la oscuridad



            En cierta ocasión, hace mucho tiempo, me perdí en un bosque. Un grupo de amigos habíamos acampado en el pinar de Valsaín. A media tarde, me fui con uno de ellos (Samael, asiduo de Babel) a dar un paseo. Y nos perdimos. Estuvimos dando vueltas intentando orientarnos, pero, como enseñan los cuentos infantiles, los bosques son laberintos. Cuando el sol se puso, la angustia amaneció. Estábamos acojonados pensando que íbamos a pasar la noche al raso. Y entonces, cuando la oscuridad ya nos engullía, vimos a lo lejos el resplandor de un lumigas brillando a través de la tela azul de una tienda de campaña, la nuestra. ¿Os hacéis una idea del inmenso alivio que sentí al ver aquella luz en la oscuridad?

            Ahora imagina que estamos en la España de 1965, una España donde nunca pasa nada, gris, cerrada, paleta, una España con censura, meapilas, provinciana, tediosa, una España que era todo lo contrario al futuro, todo lo contrario a la modernidad. En las películas americanas ves imágenes de otra realidad, de un mundo dinámico y luminoso que nada tiene que ver con tu oscuro país. Eres un preadolescente de doce años con la cabeza llena de sueños, pero vives en una nación donde los sueños resultan sospechosos, cuando no directamente delictivos.

            Hace poco has descubierto la ciencia ficción y tu mente ha explotado como una nova. Lo que lees en esos libros es mil veces más dinámico y luminoso que nada de lo que hayas visto hasta entonces, más aún que las películas. Cuando vuelves del colegio te pones a leer, y sigues leyendo después de hacer los deberes, y lees antes de dormir, y lees después de que tu madre te haya obligado a apagar la luz, oculto bajo las sábanas con una linterna. Y es que, cuando dejas de leer y vuelves a la realidad, el mundo se te antoja tan tedioso, tan falto de imaginación… El destino te ha condenado a nacer en un país mediocre lleno de gente mediocre que acata sumisa las órdenes de un poder tiránico y mediocre. Además, te sientes un poquito solo, ya que sólo tú, aparte de un par de miembros de tu familia, conoces los secretos de la galaxia, sólo tú has viajado por el tiempo y el espacio.

            Y entonces, un buen día ves en la tele de tu país, esa rancia tele en blanco y negro, la TVE de toda la vida, ves, repito, una programa llamado Mañana puede ser verdad, dirigido por un desconocido Narciso Ibáñez Serrador, alias Chicho. Y te quedas boquiabierto, porque ese programa ¡es de ciencia ficción!  Incluso resulta que uno de sus capítulos está basado en un cuento de Ray Bradbury –El cohete- que tú has leído. Y ahí no acaba la cosa, porque al año siguiente Chicho Ibáñez Serrador estrenó otro programa, Historias para no dormir, dedicado al terror (y un poquito a la ciencia ficción).

            Ahora es difícil de entender, pero aquello era inaudito en la España de los 60, una España ultracatólica, con censura, pueblerina y con un gran recelo hacia la imaginación. Fue como si de repente se abriera una ventana en una habitación asfixiante. También fue una especie de señal, la premonición de que en este país las cosas podían cambiar. En lo que a mí respecta, supuso además la constatación de que yo no era un bicho raro, de que había otra gente, como Chicho, a la que le interesaban las mismas cosas que a mí.

            Luego vinieron dos películas: La residencia, terror clásico excelentemente realizado; y ¿Quién puede matar a un niño?, terror más moderno inspirado en Hitchcock (en Los pájaros). Ambas totalmente inusuales en aquella España sombría y aburrida. También vino, por supuesto, el Un, dos, tres, pero eso es otra historia.

            Hace veinte días, el pasado 7 de junio, Chicho murió. De él se han dicho muchas cosas, todas buenas; que fue un renovador de la TV, que hizo popular el terror, que fue un genio. Y es verdad; pero para mí fue algo distinto y aún más importante: fue una luz en la oscuridad. Y por eso, sólo tengo algo que decirle: gracias, muchísimas gracias.

lunes, junio 10