martes, enero 29

¿Maestro?




            Una de las palabras más bonitas del español es “maestro”. Lo es porque hace referencia a uno de los trabajos más importantes y honorables que existen. El oficio de enseñar, proyectar luz en la oscuridad, transmitir sabiduría. No hay palabras para describir la deuda que tenemos con los maestros.

            Pero “maestro” tiene otros significados. Según la RAE, en su primera acepción: Adj. Dicho de una persona o de una obra: De mérito relevante entre las de su clase. Es decir, un/a maestro/tra es una persona que realiza una labor de forma sensiblemente mejor que sus colegas. Por ejemplo, y sin pasar de la B, el Bosco fue un maestro de la pintura, Bach de la música, o Borges de la literatura.

            Digo esto porque de un tiempo a esta parte algunas simpáticas personas tienen la amabilidad de referirse a mí, directa o indirectamente, como “maestro” (cabe suponer que maestro en la escritura, porque la danza no se me da del todo bien). Vale, ante todo: “Gracias”. Y a continuación: “Pero no me lo merezco”.

            Dicen que quien rechaza un halago es porque quiere oírlo dos veces. No es el caso, creedme. Porque el hecho de que me llamen maestro me genera unos cuantos problemillas. El primero de ellos: que despierta mi latente síndrome del impostor.

            En el fondo de mi ser, albergo la sospecha de que soy un bluf. Tengo la sensación de que todos los éxitos y reconocimientos que he conseguido como escritor se deben a la suerte o, aún peor, a haber conseguido engañar a un montón de gente. Es decir: no me merezco lo que tengo. En fin, procuro no pensar mucho en ello; pero cuando me llaman maestro el síndrome despierta cual Godzilla y empieza a corroerme por dentro.

            El segundo problemilla tiene que ver con el ego. Detesto a la gente vanidosa, así que toda la vida he luchado por mantener mi ego estable, procurando evitar que se hunda, pero sobre todo impidiendo que se hinche. Si de verdad creyese que soy un maestro, ¿en qué clase de gilipollas me convertiría?

            Por último, estoy convencido de que aquellos que me llaman maestro lo hacen por deferencia, no porque piensen que soy un auténtico maestro de la literatura. Es una muestra de amabilidad, y como tal la agradezco de todo corazón, en serio. Pero también es una señal. Hace diez años nadie me llamaba maestro. Ahora sí. ¿Qué ha cambiado? Sencillo: mi edad. Mucho me temo que me llaman maestro por la simple y deprimente razón de que soy viejo. Así que me lo tomaré como un piropo inmerecido y una muestra de respeto a mis canas. Gracias de nuevo. Pero no soy un maestro.

            Siempre me he considerado, en cuanto a calidad, un escritor de clase media. No soy un estilista de la prosa (ni quiero serlo); no he abierto nuevos caminos en la literatura; no he abordado grandes y profundos temas.  Soy un escritor de género (o más bien de géneros) cuya máxima ambición es narrar historias lo mejor posible. Nunca he pretendido ser un artista, pero sí un buen artesano.

            Mi estilo literario es, en general, clásico; lo cual significa que copio a un montón de autores mejores que yo. Aunque, eso sí, aportando mi toque personal, esa huella particular que, para bien o para mal, hace diferente lo que escribo. Así que, ya veis, no soy un maestro, sino un alumno.

            En un país  donde lo que siempre ha primado ha sido la literatura realista, a mí el realismo a palo seco tiende a aburrirme. Creo, como reza la atinada frase, que la realidad es lo que inventan las personas que tienen poca imaginación. Prefiero los sueños, porque sin sueños la vida sería un coñazo. Y soñar no está bien visto en este país de gente adusta y sombría. Nada de eso me da puntos para alcanzar la maestría, más bien al contrario.

            Pero es que, además, aunque pudiera no querría ser un maestro. ¡Por Júpiter, qué responsabilidad! Me sentiría obligado a ir por el mundo con aire circunspecto, las manos entrelazadas a la espalda y diciendo “hum…” y “mmm…” en tono severo. Acabaría tomándome en serio a mí mismo, y no concibo mayor pecado para alguien que le gusta soñar y se dedica a la ficción.

            En 1950, durante la caza de brujas de McCarthy, tuvo lugar una reunión de la junta del Sindicato de Directores de Estados Unidos, cuyo objetivo era dirimir si se expulsaba a Joseph L. Mankiewicz por negarse a colaborar con el inquisitorial  Comité de Actividades Antiamericanas, y confeccionar una lista negra de directores. El principal impulsor de ambas medidas era Cecil B. De Mille. En un momento del debate, John Ford pidió la palabra y, antes de poner a parir a De Mille, se presentó a sí mismo de la siguiente manera: “Me llamo John Ford y hago películas del oeste”.

            Por aquel entonces, Ford era el director más respetado de Hollywood. Quizá sea el mejor realizador de la historia del cine. Si alguien merecía ser tildado de maestro, era él. Sin embargo, a la hora de presentarse, Ford se limitó a decir “hago películas del oeste”. Bravo, esa es la actitud. Por mi parte, y sin pretender ni remotamente equiparar mi pobre talento al suyo, me gustaría presentarme diciendo: “Me llamo César Mallorquí y cuento historias”. Pero, ¿maestro?... Qué va.

            Así que, si algún día me llamáis “maestro”, sé que lo haréis por amabilidad y responderé al halago con una sonrisa, intentando olvidar que en el fondo me estáis llamando “viejo”. Cabrones, que sois unos cabrones. Pero encantadores, eso sí.

miércoles, enero 2

Diez maneras de sacar de sus casillas a un escritor.


 
            Por lo general, tenemos una imagen mental según la cual los escritores son personas sosegadas, sabias y amablemente intelectuales. Es falso, por supuesto; hay toda clase de escritores, desde los adorables hasta los asesinables, y aquí me tenéis a mí como malhumorado ejemplo. Porque, por si no os habíais dado cuenta, los escritores somos seres humanos… Si nos pincháis, ¿no sangramos? ¿No nos reímos si nos hacen cosquillas? ¿Si nos envenenáis no morimos?, y todo ese rollo que se marcó el viejo Will.

            Pero da igual, imaginemos un escritor ideal, tranquilo, reflexivo, moderado, un encantador escritor de peluche. ¿Queréis sacarlo de sus casillas? ¿Queréis verlo bramar en medio de un acceso de ira? ¿Queréis que eche espuma por la boca? Pues estáis de suerte, porque os voy a proporcionar la receta infalible para tocarle los pelendengues a cualquier escritor. En realidad, se trata de diez frases que, una vez pronunciadas, son torpedos bajo la línea de flotación del literato que las oiga, por templado que sea.

            1. Pues a mí se me ocurren muchas historias. Ya verás, te voy a contar unas cuantas… Normalmente, quien te dice eso es un extraño que te acaban de presentar. O un cuñado. Y el escenario de tamaña amenaza suele ser un restaurante o el comedor de una casa. Si eres escritor y alguien te dice eso, dispones de varias opciones: a) Coge un encendedor y, disimuladamente, préndele fuego al mantel. Entonces, con la excusa de buscar un extintor, echa a correr y huye como un conejo. b) Fingir un ataque al corazón también suele funcionar, pero luego tendrás que dar muchas explicaciones en el hospital. c) Si todo falla, dale un puñetazo en la nariz.

            2. He escrito una novela de 600 páginas y he pensado que no te importaría leerla, y corregirla, y darme unos consejos… Claro, claro; porque no tengo nada mejor que hacer. Y luego te la chupo, ¿no? Por lo general, quien te dice eso es un perfecto desconocido que contacta contigo por mail o messenger. Cuando me recupero del asombro que me produce esa propuesta, le recuerdo al remitente del mensaje que hay profesionales de la edición que, por un módico precio, le prestarán esos servicios que a mí me solicita gratis.

            3. He leído tu novela y está muy bien, pero ¿te importaría decirme qué pasa después? ¿Que qué pasa después?... ¿Que qué pasa después?... ¡No pasa nada! ¡Ni antes! ¡Ni durante, porque todo eso me lo he inventado!

            4. ¿Y a ti eso de la literatura te da para vivir? (pronunciando “eso de la literatura” como si se estuviera hablando de un saco de mierda). Lo mejor es no perder los nervios y responder: “No, pero me saco un sobresueldo prostituyendo a menores”.

            5. Cuéntanos algo acerca de tu vida bohemia. Esto me pasó a mí. Tras dar una charla en no recuerdo qué instituto, en el turno de preguntas, la profesora me pidió que les hablara a sus alumnos de mi vida bohemia. Le dije que mi vida no era nada bohemia, que estaba casado y tenía dos hijos, le conté mi oficinesco horario de trabajo, pero nada, la buena mujer siguió convencida de que mi vida oscilaba entre la absenta y las prostitutas. Ahora me arrepiento; debería haberme inventado algo horrible…

            6. Yo tengo un montón de ideas. Te las cuento, las escribes y vamos a medias. Claro, porque esa mierda de idea que se te ha ocurrido tiene el mismo peso que los muchos meses que se tarda en escribirla. Porque el tratamiento, la composición de personajes o la estructura narrativa no tienen ninguna importancia al lado de la gilipollez que se te ha pasado por la cabeza en un momento de distracción. Además, yo soy medio tonto y no se me ocurre nada, pero lo que me sobra es tiempo para escribir… Lo habéis pillado, ¿no?; lo mejor es el sarcasmo.

            7. ¿Por qué el protagonista se llama Fermín? O ¿por qué el coche que sale es un Citroën?, o ¿por qué el mayordomo es calvo?, o por qué lo que sea. Veréis, queridos niños, no todo lo que aparece en un relato tiene que tener una razón. Por ejemplo, pequeñines, muchas de las cosas que hay en mis novelas son así, sencillamente, ¡porque me sale de los güevos!

            8. Y, aparte de escribir, ¿tienes algún trabajo de verdad? Se pueden buscar respuestas ingeniosas, pero no vale la pena; mucho mejor un buen puñetazo en la nariz.

            9. ¿Por qué en tus novelas no aparecen transexuales? (Lo que, traducido, significa: eres un nauseabundo representante del heteropatriarcado). Tampoco aparecen chinos, ni hermafroditas, ni albanokosovares, ni mendigos hindúes, ni albinos, ni ingenieros de telecomunicaciones, ni guerrilleros revolucionarios, ni islamistas, así que, además de machista, debo de ser xenófobo, clasista, retrógrado, islamófobo y elitista. ¿Valdría de algo decir que mis novelas son simples relatos, no catálogos de las diversas variantes de la especie humana? ¿Valdría de algo objetar que no conozco personalmente a ningún transexual, que si quisiera escribir sobre ellos debería documentarme antes en profundidad, y que no le encuentro ningún sentido a todo ese esfuerzo si el argumento no lo precisa? No, no valdría de nada; así que a Parla, ya sabéis para qué.

            10. ¿Qué pretendes decir con tu novela? O sea, que después de muchos meses de planificar la novela, después de muchos meses de escribirla, después de revisarla, corregirla y editarla, vas tú, lees la novela ¿y no sabes lo que he pretendido decir? Ahora sí; traedme la cicuta, por favor…

lunes, diciembre 24

El tradicional y entrañable cuento navideño de Babel

 

Queridos merodeadores, como sabéis, este es un día muy especial en el blog. La Nochebuena, el día que cuelgo el cuento de Navidad en Babel. Supongo que es una tontería, pero es importante para mí, me hace feliz, me siento más unido a vosotros, aunque no os conozca en persona. Se ha convertido en un rito, igual que el árbol de Navidad o los villancicos. El 24 de diciembre por la mañana voy a mi despacho, me siento frente al ordenador y escribo un post como este.

Pero este año no va a ser así. De entrada, ahora, cuando escribo esto, no es el 24, sino el 23. Y no estoy en mi despacho, sino en la cama de un hospital. Y no escribo en el ordenador, sino en un IPad. Y no lo colgaré yo en el blog, sino que lo hará Pepa, mi mujer.

Qué le vamos a hacer.

Para los que no lo sepan, el pasado día 20, durante una cena de escritores en un restaurante, tropecé con un escalón que no había visto, me caí y me rompí la cabeza del fémur derecho. El día 22, me operaron. Estoy bien y en dos o tres días saldré del hospital. Pero también estoy un poco deprimido, espero que me perdonéis el bajón...
 
¡Pero, pero, pero!... eso lo escribí ayer. Y hoy, 24 de diciembre, ¡el traumatólogo me ha dado el alta!
¡Estoy en casa, en mi despacho! Ha sido el mejor regalo de Navidad de mi vida. No me pongo a dar saltos de alegría porque ya no me quedan más caderas que romperme. Iban a ser las peores Navidades de mi vida, pero al final ha resultado que van a ser las mejores. ¡¡Yuppy!!
 
Voy a decir una cursilada: amo La Fraternidad de Babel; este blog, que comenzó hace 13 años casi por casualidad, se ha convertido en parte de mi vida. Y otra moñez, ésta para los merodeadores más veteranos: os quiero. Cada vez que leo vuestros nombres en los comentarios se me alegra el corazón. Gracias por seguir merodeando por aquí.

Os deseo a todos que paséis unas fiestas fabulosas, llenas de alegría y un poquito de nostalgia. Recordad cuando erais niños, recordad la inocente felicidad de estas fechas. Volved a ser niños. Os merecéis lo mejor. Felices fiestas, amigos míos, feliz Navidad, feliz Solsticio, feliz año nuevo.

Este año, el cuento de Navidad se llama “El visitante de medianoche”. Y comienza así:
 
Horas antes de que un extraño irrumpiera en su hogar amparado en la oscuridad de la noche, Matías Folch había pasado la Nochebuena cenando solo en la quietud de su pisito de soltero. (...) 
 
Si queréis seguir leyendo, pinchad AQUÍ
 
 

 
   

 

miércoles, diciembre 12

El oficio de escribir y VI


 
            Supongamos que dominas todos los aspectos de la escritura que hemos contemplado en las cinco entradas anteriores. Narras vigorosamente, con una prosa primorosa, y escribes unos textos imaginativos llenos de personajes atractivos y tramas ingeniosamente desarrolladas. Y quieres ser escritor profesional. ¿Qué hacer?

            En primer lugar, una reflexión: Calcula cuánto dinero necesitas al año para vivir. Ten en cuenta que como escritor vas a recibir un 10 % del precio de cada ejemplar vendido, restándole previamente el IVA. Ahora calcula cuántos ejemplares tienes que vender anualmente para conseguir el dinero que necesitas.

            Hace poco, leí –no recuerdo dónde- unos datos que no están contrastados, pero que indican más o menos por dónde van los tiros. Según esa difusa fuente, antes de la crisis en España vivían de la escritura unos 2.000 escritores. Ahora, tras la crisis, quedan alrededor de 500. Si tenemos en cuenta que entre primera y segunda división habrá unos 1.500 futbolista que viven del deporte, tienes más posibilidades de ganarte la vida jugando al fútbol que escribiendo. Aunque puede que tu dribling no sea muy fino, o que falles en el juego aéreo, así que vas a insistir en eso de escribir. Vale.

            El camino es largo e incierto, y hay pocos atajos. Aunque, claro, siempre puede ser que tu primera novela sea un éxito sin precedentes, que vendas cientos de miles de ejemplares en todo el mundo y te conviertas instantáneamente en un escritor de culto. También es posible que te toque la lotería; y comprar un billete es mucho más rápido y relajado que escribir una novela.

            Cuando volví a escribir a principios de los 90, me propuse tres metas consecutivas: 1 Aprender a narrar, 2 publicar profesionalmente y 3 vender (porque para vivir de la escritura tienes que vender muchos ejemplares, qué le vamos a hacer). Tardé unos siete años entre la primera meta y empezar a acariciar la tercera, y más de diez en poder considerarme plenamente un escritor profesional. De no ser por el apoyo de mi querida Pepa, habría sido imposible.

            Es un proceso lento. Al principio no te conoce ni dios, y vas publicando donde buenamente puedes (yo empecé en fanzines y revistas semi-profesionales de ciencia ficción y fantasía). Poco a poco te vas dando a conocer, vas ganando lectores. Pero tan despacio… Así que elegí uno de los escasos atajos que hay en este oficio.

            Los premios. Gracias a ellos se puede pasar de ser un autor desconocido a que tu nombre empiece a sonar entre los editores y los lectores. Además, algunos premios están muy bien dotados económicamente. Digamos que son una especie de acelerador de tu carrera. Durante los diez primeros años gané cinco premios de relato, tres de novela corta y cinco de novela juvenil. Sin duda, eso me lanzó como escritor. Por consiguiente, la pregunta lógica es:

            ¿Cómo ganar premios literarios? Ay, si yo lo supiese... He tenido suerte; he ganado más o menos el 60 % de todos los concursos a los que me he presentado. No está mal, pero queda un lamentable 40 % de fracasos, así que evidentemente no tengo la fórmula del éxito, quizá porque no existe. Está claro que la calidad del texto importa, igual que su originalidad, y también la comercialidad y la oportunidad. Pero hay otros muchos factores que se nos escapan de las manos, entre ellos el puro azar.

            Pero, alto, ¿los premios no están trucados? Algunos sí, algunos no. Si te presentas al Planeta ya te digo yo que no vas a ganar. Pero hay muchos otros premios “legales”; infórmate antes de presentarte. Y yo te recomiendo que te presentes, porque, aunque no ganes, tienes la seguridad de que tu novela va a ser leída por un lector profesional que redactará un informe sobre ella. Y puede que a la editorial le interese publicarla. Así contraté yo mi primera novela juvenil.

            El mito del malvado editor. Con frecuencia oigo echar pestes de los editores (y las editoriales) por parte de gente que jamás ha tratado con un editor (o una editorial). Por supuesto, hay malos editores, igual que hay malos escritores; pero la mayor parte son buenos profesionales que, no lo olvides, están de tu parte. Piensa que un editor tiene tanto interés como tú en que tu novela tenga éxito, porque si tú triunfas, él triunfa. Ahora bien, si tus libros no venden, acabará pasando de ti. Porque el mundo editorial es un negocio, no una ONG. Por eso se publican mierdas firmadas (que no escritas) por youtubers o famosos de TV: porque dan pasta. Pero eso a ti ni te va ni te viene; ni siquiera es culpa del editor, sino de la gente que consume esas porquerías. Cuando un editor trabaja en tu libro, no dudes que está comprometido con él. En lo que a mí respecta, he tenido y mantengo excelentes relaciones con todos mis editores (salvo con uno, que encima era amigo mío). He desarrollado una buena amistad con varios; ellos confían en mí y yo confío en ellos. Pobrecitos; bastante tienen con soportarme…

            Procesos de trabajo. Para escribir profesionalmente hay que escribir con constancia, diariamente. Yo sigo un horario de oficina: de 09:30 a 13:00 y de 18:00 a 21:00, de lunes a viernes, y los viernes sólo por la mañana. Semana inglesa. Pero soy un escritor lento (alrededor de 1.500 palabras al día); supongo que a otros más rápidos puede bastarles con media jornada.

            Lo que me permite ganarme la vida escribiendo es la literatura juvenil. En ese sector editorial disfruto por fortuna de cierto prestigio, lo que me permite ir por libre. No acepto encargos, ni presento proyectos, ni hago sinopsis; escribo la novela que me sale de las narices y se la presento a una editorial, porque sé que me la van a publicar. Para proyectos más complejos –como la trilogía que acabo de concluir-, me limito a una charla previa con el editor, pero casi sin decirle de qué va el asunto. Eso es porque me siento ridículo cada vez que cuento un argumento. La trama en sí misma no tiene importancia; lo fundamental es el tratamiento, y eso sólo se percibe cuando el texto está escrito.

            Por último nos queda la promoción de la obra. En eso soy malísimo; no voy a ferias, ni a firmas de libros, ni hago presentaciones, y doy las menos charlas posibles. Me aburre todo eso. Pero me equivoco, hago mal. No sigáis mi torpe ejemplo y promocionad en lo posible vuestras obras.

            Contratos. Cuando una editorial quiere publicar tu novela, el contrato que te entrega no es un ultimátum, sino un objeto de debate. Como es lógico, la editorial te ofrecerá unas condiciones muy beneficiosas para ella, pero tú puedes discutirlas y quitar, cambiar o añadir cláusulas. Examina con mucha atención el contrato que te ofrecen y, si no tienes demasiada experiencia, consúltalo con algún amigo escritor o en algún grupo de FB. Recuerda: Todo lo que no esté contemplado por escrito en el contrato, no existe.

            Supongo que a estas alturas huelga decirlo, pero si te obligan a vender x número de ejemplares en la presentación del libro, es una estafa. Y la coedición también lo es.

            Conclusiones. Si habéis leído los seis capítulos de esta serie de posts supongo que comprenderéis por qué cuando me piden un consejo para dedicarse a la escritura siempre digo lo mismo: paciencia. Se tarda mucho en aprender a escribir decentemente, se tarda mucho en aprender a narrar con soltura, se tarda mucho en madurar como persona, se tarda mucho en hacerte un nombre y se tarda mucho en acumular la obra necesaria. Además, el camino está sembrado de fracasos, frustraciones e inseguridades. Para colmo, si no tienes suerte puede que lo hagas todo bien y aun así no llegar a ninguna parte. El camino no solo es largo, sino también cruel y con frecuencia injusto.

            No obstante, si lo consigues, si llegas a ganarte la vida con la escritura… En lo que a mí respecta, es el mejor trabajo que he tenido jamás; si no hubiera que escribir casi ni lo llamaría trabajo, pero nada es perfecto. Cada vez que lo pienso doy gracias a los dioses por haberme permitido llegar hasta donde estoy (que tampoco es una cima elevadísima, pero es mi colinita). He tenido mucha suerte, aunque también lo he sudado. Es de las poquísimas cosas de las que me enorgullezco.

            He escrito estas entradas para intentar orientar a los aspirantes a escritor que están comenzando a adentrarse en la selva editorial. He enumerado los temas fundamentales, pero apenas los he rozado. Si a alguien le interesa entrar más a fondo en las técnicas del oficio, entre septiembre y diciembre de 2007 escribí en este blog diez entradas llamadas “En la mente del escritor”, donde explico con detalle no cómo se debe escribir, sino cómo escribo yo.

            En fin, amigos, aquí se acaba la matraca que os he dado. Espero haber sido de alguna utilidad.
 
 

Babel 13


 
            Cielo santo, qué desastre. Hace tres días, el nueve de diciembre, Babel cumplió trece añitos de vida, y por primera vez desde que existe el blog lo olvidé. En fin, acababa de volver de México, estaba medio tonto y se me fue el santo al cielo. Me disculpo.

            Trece años…Cómo pasa el tiempo.

            Me gustaría daros las gracias a todos los que merodeáis por Babel desde el principio (si es que queda alguno), y a los que llegasteis más tarde, y también a los que abandonasteis el blog en algún momento de la singladura (¿Por qué os fuisteis, cabrones? ¿En qué os fallé? ¿Qué tienen los blogs que ahora seguís que no tenga yo?) (sollozos)

            Se aproximan las fiestas, ya huele a pino, a musgo y a corcho, una marea de espumillón y luces de colores inunda la ciudad. El año pasado colgué el cuento de Navidad días antes de Nochebuena, y ese cambio no os gustó; a mí tampoco, así que este año colgaré el cuento el mismo veinticuatro, como siempre. Se llama El visitante de medianoche.

            Eso es todo, amigos. Feliz cumpleaños con retraso.

martes, noviembre 20

El oficio de escribir V



            Todo lo que hemos comentado hasta ahora en esta serie de posts no es más que la base técnica de la escritura, la carpintería narrativa, la tramoya del oficio. Puede aprenderse; de hecho, todo aspirante a escritor debe aprenderlo. Sin embargo, aunque es necesario, no es suficiente. Se puede dominar la técnica y, pese a ello, escribir textos insatisfactorios, vacíos, sin alma. Eso se debe a que en la escritura intervienen factores que están más allá de la técnica.

            Paraos a pensarlo, ¿qué es una novela? Vale, una historia, unos personajes, un texto; pero, más allá de eso, ¿qué es en esencia? Hace unos años, Elia Barceló y yo debatíamos sobre algunos aspectos de la narrativa. Elia se preguntaba quién era el narrador en tercera persona. Es decir, tenemos a los personajes, que está claro quiénes son, pero ¿y el narrador, quién es? En fin, una pregunta casi metafísica; tras reflexionar durante unos segundos, respondí: “En realidad, los personajes no están ahí. El narrador describe sus acciones y reproduce sus diálogos, pero el único que habla es el narrador. Una novela es todo narrador. ¿Y quién es el narrador? El que narra, el que escribe, el autor. Tú”.

            ¿Entendéis? Una novela es su autor. O, más bien, una especie de “destilado” del autor. Todo lo que hay en una novela, desde el tema hasta la trama, pasando por los diálogos o los personajes, ha estado previamente en la cabeza del escritor, ha surgido de ahí. Es como si cogiéramos un cerebro, lo exprimiéramos y surgiera un texto (al menos, así me siento yo cuando escribo). Una novela es zumo de neuronas.

            Lo cual significa que, inevitablemente, en una novela se deslizan numerosas facetas de la personalidad de su autor. Es más, esas facetas son lo que le proporcionan “alma” al texto, lo que lo convierten en algo vivo. ¿A qué me refiero en concreto?

            “Inteligencia”. ¿Qué escribirá un escritor tonto? Tonterías. Pero, a fin de cuentas, la inteligencia es necesaria para cualquier tarea que emprendamos, así que no hay que darle más vueltas.

            “Imaginación”. Es decir, la capacidad de fantasear. Cabría suponer que cualquier aspirante a escritor ha de ser, por definición, imaginativo; pero quizá deberíamos formularnos una pregunta: ¿Hasta qué punto lo que escribo es original, o una mera copia de lo que me gusta leer?

            “Creatividad”. ¿Pero no es lo mismo que lo anterior? Pues no; la creatividad es la imaginación aplicada a obtener una respuesta original para un problema concreto. Es decir, podemos sentarnos en un sillón y dejar volar la imaginación fantaseando libremente. Ahí no hay creatividad. Pero si fantaseamos para lograr un objetivo, el que sea, sí que la hay. Ese proceso es un trabajo conjunto de la parte imaginativa del cerebro y la parte racional.

            “Cultura”. La creatividad no es sacar ideas de la nada. De la nada, nada surge. Más bien se trata de asociar ideas y conceptos aparentemente muy separados entre sí, o bien contemplarlos desde un punto de vista diferente. Por tanto, cuantos más conocimientos tengas en el coco, más asociaciones podrás hacer y más ricas y variadas serán. Un escritor debe tener un buen bagaje cultural; lo cual, claro, no significa que sea un erudito. Yo suelo decir que soy un océano de sabiduría con un dedo de profundidad. Sé muy poco de muchas cosas.

            “Sensibilidad”. La capacidad de ponerse en la piel de los demás; la capacidad de percibir la belleza; la capacidad de encontrar la poesía.

            “Intereses”. Esto está íntimamente relacionado con la cultura. Cuantas más cosas te interesen, mejor. Siempre he sostenido que para ser un escritor hay que ser primero muy curioso.

            “Sentido del humor”. Supongo que esto no es fundamental; más de un gran escritor carece por completo de sentido del humor. Sin embargo, para mí es muy importante. No me refiero sólo a los relatos humorísticos, sino a cualquier relato, incluso los más dramáticos. Un toque de humor puede ser un eficaz contrapunto, y también un magnífico “lubricante” para que la trama fluya. Pero lo dicho: es opcional.

            “Capacidad de autocrítica”. Un escritor debe ser el más duro juez de su propia obra. Debe dudar siempre de lo que hace.

            “Sentido de la observación”. Es decir, la capacidad de percibir el mundo que te rodea y sus múltiples detalles. La literatura es una imitación de la realidad, de modo que debes fijarte bien en cómo es la realidad, aunque sea para subvertirla. Un escritor debe ser un minucioso observador, sobre todo del comportamiento humano. Un mirón, vamos.

            “Sentido del ritmo”. Creo –al menos eso me dicen- que mis novelas tienen buen ritmo narrativo. Pero no sé cómo demonios lo hago. Es algo intuitivo; sencillamente “siento” si lo que escribo tiene ritmo o no. Ya sé que hay alguna “normas” sobre el asunto (lo de los valles y las crestas, ya sabéis), pero he visto demasiadas excepciones como para tomármelas en serio.

            “Inspiración”. ¿Pero existe eso? Pues sí, aunque no es lo que suele creerse. ¿Alguna vez, mientras no hacías ni pensabas nada, de repente se te ha ocurrido una gran idea, o la solución a un problema que te acuciaba? Es el “efecto eureka”, el acto básico de inspiración. Pero, ¿de dónde salen esa gran idea o esa solución? ¿La musa que te susurra al oído? ¿Magia? Para nada. Hay una parte del cerebro que, sin que te des cuenta, se dedica a buscar ideas y asociaciones, y de vez en cuando permite que algunas de sus conclusiones afloren a tu consciente. No es que sea una parte del cerebro muy brillante, porque la mayor parte de las cosas que se le ocurren son chorradas. Pero de vez en cuando da en el clavo. Y cuando lo hace parece un milagro.

            Seguro que hay más factores, como los gustos y las vivencias, pero creo que estos son los principales. El caso es que nada de lo que acabo de enumerar puede aprenderse; aunque sí cultivarse a lo largo de la vida. La imaginación, la creatividad, la inspiración y la sensibilidad son músculos que crecen conforme se ejercitan; la cultura se adquiere poco a poco; los intereses, el humor, la observación y la autocrítica se practican hasta automatizarse… Y lo del ritmo ya os he dicho que ni idea.

            Todos estos factores son determinantes para la creación literaria, pero no están ahí sólo para escribir. En realidad, forman parte de tu vida. Por ejemplo, si eres una persona creativa, no lo serás sólo cuando te sientas al teclado, sino en todos los aspectos de tu existencia. Estamos hablando de los hábitos y actitudes que una persona ha cultivado a lo largo del tiempo; pero no para escribir, sino porque forman parte de su estilo de vida. Luego le serán muy útiles si decide escribir; pero están ahí antes de la escritura (o quizá desarrollándose al mismo tiempo).

            Así pues, es posible que domines la técnica narrativa, que lo hagas todo bien, y a pesar de ello que tu novela no convenza. Porque quizá lo que hay en tu interior, eso que luego se destila en el texto, no resulte suficientemente atractivo. Suena duro, lo sé; es como si al juzgar tu texto te juzgaran a ti. Además, parece una sentencia definitiva: dado que el problema de tu escritura eres tú mismo, y tú no puedes ser otra persona, aparentemente no hay salida. Me apresuro a aseguraros que eso es falso.

            Dicen, y creo que es cierto, que para escribir novela hace falta cierto grado de madurez. Las diferentes personas, por supuesto, alcanzarán esa madurez en distintos momentos de su vida; unos antes y otros más tarde. Puede que a los veintitantos no estés preparado para ser novelista; pero quizá unos años después sí. Cuando a los veintisiete años abandoné la escritura, carecía de la madurez necesaria para ser escritor; no tenía nada interesante ni atractivo que ofrecer. Tuve que esperar una larga década para encontrarme con mi yo escritor. Retrasado que es uno. No obstante, tengo la intuición de que, a veces, no escribir puede ser bueno. Vale, para ser escritor hay que escribir mucho; pero si llegas a un punto en que tienes problemas con la escritura, un aparente callejón sin salida, creo que puede ser positivo dejar de escribir durante una larga temporada, años. Una especie de reseteado.

            Por todo esto, cuando alguien me pide consejo para dedicarse a escribir, lo primero que recomiendo siempre es: paciencia. Porque el camino que hay que recorrer para ser escritor es largo y no admite atajos.

            En la próxima y espero que última entrada hablaremos sobre algunos aspectos de la escritura profesional.

miércoles, noviembre 14

El oficio de escribir IV



            ¿Cómo van a interesarte las cosas que ocurren en una novela si no te interesan los personajes a quienes les ocurren? Había experimentado ya con la creación de personajes en mis novelas El coleccionista de sellos y La casa del doctor Pétalo; pero cuando escribí mi primera juvenil, obsesionado como estaba con la estructura, me olvidé de trabajar los personajes. Un error.

            Así que mi nueva obsesión fue el diseño de personajes. En mi siguiente novela, El último trabajo del sr. Luna, presté especial atención a uno de los personajes, Doña Flor, intentando dotarlo de la mayor humanidad posible. Y en la siguiente, La cruz de El Dorado, me propuse que todos los personajes, incluso los más secundarios, fueran especiales y tuvieran caracteres muy marcados.

            “Dime lo que dices y te diré quién eres”. El diseño de personajes es uno de los puntos débiles más usuales entre los escritores novatos y entre no pocos escritores profesionales. Esto no es un curso de escritura, así que no me voy a meter en cómo se construye un personaje. Baste señalar que hace falta un montón de observación previa del género humano. Pero sí voy a comentar cómo se transmite la personalidad de los personajes.

            Es un error hacer que el narrador “explique” al personaje. Y lo es porque si el personaje no transmite su personalidad, explicarlo no sirve para nada. ¿Y cómo la transmite? En mi opinión, de tres maneras: 1. Por lo que otros personajes comentan acerca de él. 2. Por lo que hace. 3. Por lo que dice y cómo lo dice. Esto último es muy importante. Todo diálogo debe contemplar a la vez dos objetivos: comunicar algo y definir al personaje. Lo cual nos lleva al siguiente punto.

            “Dialoguemos”. Algunos escritores desconfían de los diálogos y los utilizan lo menos posible. Como García Márquez, que decía: “El diálogo en lengua castellana resulta falso”. Sin embargo, otros escritores, como Manuel Puig, llegan a escribir novelas que son todo diálogo.

            En realidad, el escritor colombiano tenía razón: los diálogos de las novelas siempre son falsos. En la vida real no hablamos así; lo hacemos con errores de sintaxis y repeticiones, de forma atropellada, con cortes bruscos o dejando frases sin terminar. Si en una novela transcribiéramos diálogos reales, quedaría horrible.

            Así que, en efecto, los diálogos literarios son falsos. Pero, y ahí está el problema, deben sonar naturales. Para ello hace falta entrenar el oído. Por otro lado, no hay nada más triste que una novela donde todos los personajes hablan igual. Como decía en el punto anterior, los diálogos deben reflejar retazos de la personalidad del personaje. Para ello, el escritor debe interiorizar al personaje, convertirse en él, hablar como él. Yo sé que he construido mal un personaje cuando me cuesta escribir sus diálogos. Eso significa que lo he diseñado mal y no puedo interiorizarlo. Si estuviera bien diseñado, los diálogos surgirían con naturalidad.

            Sólo un apunte más: A los lectores, en general, les gustan los diálogos.

            “Descríbemelo, por favor”. Pero a los lectores, en general, no les gustan las descripciones. Es cierto que hay auténticos genios de la descripción, como Proust; pero, reconozcámoslo, todos hemos leído alguna vez en diagonal cuando un autor se pone estupendo describiendo algo. No obstante, las descripciones son necesarias y minimizarlas es un error. La cuestión es cómo hacerlas sin ponernos coñazo.

            Yo tengo un sistema que llamo “naturalista”, porque intenta reproducir lo que hacemos en la realidad. Consiste en no describirlo todo de un tirón, sino por partes que vas intercalando en medio de una acción o, sobre todo, de una conversación. Pondré un ejemplo: vamos a entrar en un despacho que no conocemos para hablar con un amigo. Entramos en el despacho y lo primero que percibimos es una impresión general del lugar: ¿Es amplio o pequeño? ¿Oscuro o luminoso? ¿De estilo clásico o moderno? ¿Muy decorado o poco? ¿Lujoso o modesto? ¿Algún detalle sobresale? Todo eso lo observamos mientras caminamos hacia el escritorio. Saludamos a nuestro amigo, nos sentamos frente a él y comenzamos a charlar. Y mientras hablamos, paseamos la vista por el despacho y nos fijamos que ese cuadro de ahí es una copia de Modigliani, o que sobre la mesa descansa la foto de una mujer. ¿Comprendéis? Al fragmentarla, la descripción no se hace pesada. Pero bueno, ese es mi método, que no tiene por qué ser el mejor.

            Sin embargo, las descripciones no solo sirven para describir. También se utilizan para crear ambientes y provocar emociones. Y eso se consigue con la prosa.

            “Seamos prosaicos al estilo latino”. Me sorprenden esos autores que sólo manejan un tipo de prosa, escriban el relato que escriban. En mi opinión, cada historia exige su propia prosa, porque la prosa definirá el tono del relato. Yo manejo habitualmente al menos tres estilos distintos de prosa, aunque todos ellos comparten algo que luego comentaré.

            La prosa puede ser como os dé la gana: barroca, minimalista, laberíntica, funcional, colorista, elegante... lo que más os guste. Pero siempre ha de ser expresiva, capaz de despertar emociones. Y debe fluir con la suavidad de un mecanismo bien engrasado. Eso, que la prosa fluya sin sobresaltos, que cada línea enlace con la siguiente con naturalidad, que los párrafos se engarcen entre sí como cuentas de un collar, todo eso es muy importante para mí. Hace que el lector se sienta cómodo leyendo, incluso que se olvide de que está leyendo.

            En lo que a mí respecta, sea cual sea el estilo que emplee, mi objetivo es que la prosa se note lo menos posible, que sea transparente, de tal forma que en la mente del lector sólo quede la historia y los personajes. Empleo figuras retóricas, pero nunca como alarde estilístico, sino por su funcionalidad y con moderación. Pero esa es mi opción, que por supuesto no tiene por qué ser la mejor, ni siquiera buena.

            Cuando era un alocado y melenudo jovenzuelo realizaba un ejercicio que me vino muy bien. Escogía a una serie de autores de prosa muy marcada; por ejemplo, García Márquez, Borges, Delibes, Lezama Lima, Cela, Carpentier… Elegía a uno de ellos, leía fragmentos de alguna de sus obras y luego escribía un breve texto intentando imitar su prosa. Era divertido.

            “Vale, ¿y qué?”. Todo lo que he citado hasta ahora son técnicas narrativas. Creo que cualquier aspirante a escritor profesional (o escritor a secas) debe conocerlas, porque, precisamente por ser técnicas, se pueden aprender. Pero, ojo, no se trata sólo de entenderlas, ni siquiera de asimilarlas, sino más bien de interiorizarlas de tal manera que funcionen de forma automática (más o menos como aprender a conducir). Y eso, amigo mío, requiere tiempo, mucho tiempo. Por eso, cuando un aspirante a escritor me pide consejo, siempre le digo lo mismo: paciencia. Porque escribir es uno de los trabajos que más paciencia requieren.

            El caso es que son técnicas, la carpintería del oficio. Pero en la escritura intervienen otros factores que no se pueden aprender. Cultivar sí; aprender no. Y, probablemente, son los factores más importantes.

            Hablaremos de ellos en la próxima entrega de esta apasionante serie.

 
            Nota: Cuando tenía catorce años aprendí a escribir a máquina en una Underwood muy parecida a la de la foto. Ya era una máquina muy vieja por aquel entonces; la heredé de mi padre. Aún la conservo.

lunes, noviembre 5

El oficio de escribir III



            A finales de los años 70 decidí dejar de escribir, porque era incapaz de desarrollar una novela. Aunque entonces no lo sabía, el problema era que no tenía ni pajolera idea de narrar. Creía que sí, pero no. No fue una decisión dramática, porque por entonces escribir sólo era una afición, así que me centré en mi trabajo (publicidad) y no escribí nada durante una larga década.

            A comienzos de los 90 volví a escribir, pero con un objetivo prioritario: aprender a narrar. Escogí unas cuantas novelas, muy distintas entre sí, de diversos autores. Todas tenían una peculiaridad: me habían enganchado más que otros libros, me habían mantenido pegado a sus páginas de forma obsesiva. ¿Cómo lo habían logrado esos autores? Decidí averiguarlo.

            Cogía un par de libros, me montaba en la Vespa, me iba a la Casa de Campo (un parque/bosque contiguo a Madrid), buscaba un lugar solitario, me sentaba a la sombra de un árbol y me ponía a destripar los libros. Descubrí muchas cosas. La primera de ellas que esas novelas, todas, tenían una estructura invisible. Me sentí como Pablo camino de Damasco. Vi la luz. Me di cuenta de que gran parte de la capacidad de enganche de un texto se encuentra en su estructura. Me obsesioné con eso.

            ¿Pero qué demonios es la estructura narrativa? Tienes una historia que contar. Vale, antes de darle al teclado debes decidir varias cosas: ¿Desde qué punto de vista vas a escribirla? ¿Con qué tono? ¿Con qué ritmo? ¿Qué clase de narrador vas a utilizar? ¿Cómo empieza y cómo acaba? ¿Qué cuentas y qué ocultas? ¿En qué orden lo cuentas? ¿Tiempo lineal o tiempo alterado? ¿Dónde vas a encajar el o los clímax? ¿Una única línea narrativa o historias paralelas?... Y algunas cuestiones más, aunque creo que esas son las principales. Bueno, pues todo eso conforma la ESTRUCTURA NARRATIVA.

            Descubrirlo me alucinó. Me di cuenta de que al controlar la estructura podía hacer cosas que antes me estaban vedadas. Y algo aún más importante: controlando la estructura podía controlar (manipular) al lector. Fue un éxtasis. A partir de ese momento y durante varios años me puse a experimentar obsesivamente con la estructura. Por ejemplo, uno de mis primeros cuentos largos (50 pag.) allá por comienzos de los 90: La pared de hielo.

            Quería presentarme a un concurso de relatos de ciencia ficción y se me había ocurrido una historia, pero tenía un problema. El reglamento del concurso exigía un máximo de cincuenta páginas, y mi historia necesitaba por lo menos el doble. Contada linealmente, claro. Porque si la contaba así tendría que hacer unas elipsis brutales para poder adaptarme a la extensión requerida y al final quedaría un relato esquemático, como si sólo fuera un esbozo. Pero ¿y si no lo contaba linealmente?

            Lo narré en primera persona y comencé por el final de la historia. Las tres primeras páginas son un “flujo de conciencia” donde los pensamientos del narrador van de un lado a otro de forma desordenada. El lector se encuentra con un texto caótico en apariencia. Sin embargo, todo lo que se dice en esas primeras páginas es en realidad coherente, pero está presentado con desorden, por eso parece incomprensible. Y el lector de algún modo se da cuenta; advierte que hay alguna lógica en ese caos y quiere saber qué es. Por eso sigue leyendo. A partir de ahí, el narrador comienza a contar la historia, pero lo hace mediante una serie de flash backs alternados con fragmentos de su presente (que sigue pareciendo absurdo), hasta llegar a un final donde  todo cobra sentido.

            Al hacerlo de esa manera, las elipsis siguen estando ahí, pero disimuladas por los saltos temporales y por el enigmático presente  del narrador, que tira del relato y azuza el interés del lector. Pero lo más importante de todo es que, contada de esa manera, no solo se resolvía el problema de la extensión, sino que además la historia resultaba mucho más interesante. Ese es el poder de la estructura narrativa.

            Más adelante, seguí haciendo experimentos con la estructura. Por ejemplo, en mi novela El coleccionista de sellos me planteé el reto de contar la misma historia tres veces consecutivas, variando sólo el contexto del relato. Creo que ese proceso de experimentación culminó con mi novela La Mansión Dax, donde me propuse lo aparentemente más sencillo: contar una historia con una estructura totalmente lineal (prácticamente comienza con el nacimiento del narrador), y aun así hacerla interesante. Para ello, claro, tuve que recurrir a otra clase de “trucos”.

            Un inciso: para poder diseñar la estructura narrativa, evidentemente hay que conocer previamente la historia. Lo que significa ser “escritor de mapas”. De hecho, en su momento fracasé en el intento de escribir una novela porque intentaba hacerlo con brújula. Cuando comprendí el poder de la estructura, me convertí al instante en un entusiasta escritor de mapas. ¿Cómo manejan la estructura los escritores de brújula? Ni idea.

            Pero, ¿qué tiene esto que ver con ser o no un escritor profesional? Pues lo que ya hemos dicho: un escritor profesional debe ganarse al lector. Y a un lector se le gana despertando y manteniendo su interés en el texto. ¿Recuerdas la anterior entrada, cuando preguntaba por qué un lector sigue leyendo? La estructura es una valiosa herramienta para capturar la atención del lector.

            ¿Y a ti qué narices te interesa, querido lector? La primera cuestión es por dónde comenzar a contar la historia. ¿Por el principio? ¡Vade retro, Satanás! En la mayor parte de los casos, eso es un error. Hay que empezar la narración por el punto de la historia que más curiosidad despierte, que suele estar situado en algún lugar entre la mitad de la trama y el final. Piensa que dispones de entre, digamos, diez y cincuenta páginas para ganarte al lector.

            Quizá la forma más primaria de generar interés es el cliffhanger, que puede traducirse como “colgando del acantilado”. Consiste en dejar a alguno de los personajes principales en una situación de peligro al final de cada capítulo, obligando al lector a seguir leyendo para saber qué pasa. Ha sido muy utilizado en los folletines y las películas de episodios. Pero, en fin, es un recurso tan manido que conviene no abusar de él.

            Creo que la forma más sencilla de estructurar un relato para generar interés son las historias paralelas. Dos historias distintas con protagonistas diferentes que se van narrando más o menos alternativamente hasta acabar confluyendo en algún punto de la trama. El truco está en terminar cada tramo de las diferentes historias en un punto de interés. No necesariamente una situación de riesgo, sino cualquier circunstancia que despierte la curiosidad. Así, el lector experimentará un pelín de frustración por no saber ya lo que quiere saber, y se pondrá a leer la otra historia rápidamente para recuperar la trama anterior. Pero la otra historia también se interrumpe en un punto de interés y… bueno, ya me entendéis.

            Sólo son un par de ejemplos sencillos de cómo generar interés con la estructura. En general, los dos principales factores con los que se juega para atrapar al lector son el suspense y el misterio. Y con esto no me refiero sólo a los thrillers, sino a cualquier género. Lo único que variará serán las causas del suspense y la naturaleza de los misterios.

            Los escritores profesionales de ficción suelen ser escritores que cuentan historias. Y para contar bien una historia hay que dominar las herramientas de la narrativa. Las que acabo de esbozar y muchas otras; p’orque con la estructura no basta, ni mucho menos.

            En mi primera novela juvenil, el texto más largo que había escrito por entonces (300 pag.), recurrí a las historias paralelas. Estaba bien estructurado –no es de extrañar, porque eso me obsesionaba- y era un eficaz pasapáginas. Pero tenía un defecto: los personajes.

            Hablaremos de eso en la siguiente entrega.