lunes, febrero 10

Cine y literatura


           .
           El arte más popular del siglo XX y de lo que llevamos del XXI es el cine, entendiendo “cine” como cualquier narración audiovisual (lo que incluye las series de TV). Si yo os preguntara cuál es la forma narrativa más parecida al cine, algunos diríais que el teatro, ya que comparten elementos básicos como los actores y la puesta en escena. Otros, con mucha razón, responderíais: el cómic. Pero vamos a dejar de lado, por hoy, las viñetas.

            Cine y teatro se parecen, pero difieren en, al menos, dos aspectos sustanciales: 1. El teatro se basa en la palabra y el cine en la imagen. 2. En el teatro, el espectador sólo tiene un punto de vista, mientras que en el cine el director controla el punto de vista del espectador a su antojo. Parece poca cosa, pero eso redunda en que la gramática y la sintaxis de cine y teatro sean completamente distintas.

            Lo cierto es que, desde un criterio narrativo, lo que más se parece al cine es la novela. Pero demonios, diréis, en la novela las palabras pesan aún más que en el teatro. ¡Son todo palabras! Cierto, pero gran parte de las palabras de una novela están destinadas a generar imágenes en el cerebro del lector. Una descripción puede ofrecer una prosa exquisita, pero lo importante es la imagen que crea. Y junto con la imagen, la emoción. Igual que el cine.

            Por otro lado, el cineasta disfruta de una libertad narrativa absoluta, pues controla el punto de vista, el tiempo y el espacio. Exactamente igual que el escritor; de hecho, este aún más, porque no está limitado por cuestiones técnicas ni por el presupuesto. Si queréis una prueba de que la narrativa del cine y novela se parecen mucho, pensad en cuántas película están basadas en novelas y cuántas en obras de teatro.

            En efecto, ambas narrativas, la literaria y la cinematográfica, se parecen, aunque no son idénticas. Hay cosas que el cine hace mejor que la novela –por ejemplo la acción-, y cosas que la novela hace mejor que el cine –por ejemplo la introspección-. Siendo así, y conviviendo ambos géneros durante más de un siglo, es lógico que la literatura haya influido en el cine, y que el cine haya influido en la literatura. Eso puede detectarse con facilidad en escritores como Juan Marsé, Ian McEwan, Cabrera Infante, Paul Auster o Manuel Puig.

            Pecaría de osadía si intentara escribir un profundo ensayo sobre la influencia del cine en la novela, porque carezco de los conocimientos necesarios y, además, ya hay decenas de esos ensayos. Voy a escribir sobre algo que conozco mucho mejor: sobre mí. Me encanta el cine, me gusta muchísimo. En mi ranking de artes narrativas, sitúo primero a la literatura, en segundo lugar, pero muy, muy cerca, al cine, y en tercer lugar al cómic. Como es lógico, el cine ha influido en lo que escribo; primero inconscientemente y después con alegre deliberación.

            El cine forma parte de nuestras vidas y de nuestra forma de entender y narrar la realidad. De niños, aprendemos a hablar escuchando a los demás, y del mismo modo aprendemos a interpretar el lenguaje de las imágenes en las diversas pantallas. No nos damos cuenta de ello, pero muchas veces pensamos de forma cinematográfica. Eso, en un escritor, se transmite a su obra sin que se dé cuenta. Al cabo de un tiempo descubrí que me pasaba a mí: en mi obra había mucho cine. Quizá sea un defecto, una sucia hibridación, no lo sé y, a decir verdad, me importa un bledo. Lo que sí sé es que es mi forma de escribir y no puedo dejar de ser yo mismo, así que comencé a utilizar conscientemente ciertos recursos del cine en mis novelas. En esta entrada y en la siguiente comentaré algunos ejemplos, por si pueden ser útiles a alguien.

            El narrador. Hay varios tipos de narradores en tercera persona, pero me centraré en dos: El Narrador Omnisciente, que lo ve y lo sabe todo, incluyendo los pensamientos y sentimientos de los personajes. Y por otro lado, el Narrador Objetivo, o Narrador Cámara, que sólo cuenta lo que ve y lo que oye, y no se mete en la cabeza de los personajes.

            Cuando leo una novela en la que el narrador cuenta los pensamientos de un personaje siempre pienso que el escritor está haciendo trampa. ¿Por qué? Pues porque en la vida real eso no sucede; sabemos lo que piensa alguien porque nos lo dice, o porque lo intuimos, pero no porque una vocecita nos lo susurre al oído. Y en el cine ocurre lo mismo: queda fatal un primer plano del actor y una voz en off recitando sus pensamientos.

            Pero, claro, la literatura tiene sus propias armas, y es lícito que un narrador omnisciente lo haga. Es más, confieso que yo lo hago -aunque lo menos posible-, porque resulta práctico. No obstante, me siento un poquito tramposo. Así que en general tiendo a usar el narrador-cámara. Más adelante me extenderé sobre esto.

            Ahora bien, ¿cuándo se empezó a usar esta clase de narrador? Hace no mucho pregunté en Facebook si alguien conocía alguna novela anterior al siglo XX que utilizase el narrador-objetivo. Nadie supo responderme, y a mí desde luego no me viene a la cabeza ninguna. Así que me atrevo a aventurar que el narrador-objetivo surgió por influencia del cine.

            El tempo. Tanto en el cine como en la literatura, el autor maneja el ritmo y el tiempo a su antojo y, además, de forma parecida. Por ejemplo, cuando escribo una escena de acción utilizo párrafos y frases más cortas, con descripciones someras, casi a brochazos, sin detenerme en detalles. De ese modo pretendo transmitir al lector una sensación de velocidad y vértigo. En una película sucede igual: en las secuencias de acción los planos son más cortos y el montaje más picado.

            Pues bien, hace tiempo estaba yo escribiendo una escena de acción y lo hacía de la forma que he descrito: frases y párrafos cortos. Pero era una escena bastante larga; cuando la terminé y la releí tuve la sensación de que aquello quedaba... digamos que monótono. De algún modo, la sensación de velocidad se iba perdiendo conforme avanzaba la lectura, y el texto se desinflaba progresivamente y quedaba más bien sosote.

            Entonces se me ocurrió algo: Más o menos a mitad de la escena, dejé de escribir corto y empecé a utilizar frases incluso más largas de lo que en mí es usual, y párrafos más abultados, deteniéndome en detalles, sensaciones y descripciones. Luego, volví a  la prosa rápida. De este modo, alterando el tempo del relato, contraponiendo lentitud y velocidad, le daba un respiro al lector y conseguía mantener en él la sensación de vértigo hasta el final del texto.

            ¿Qué había hecho? Pues una cámara lenta, como en las películas de Sam Peckinpah.

            Bueno, basta por hoy. En la próxima entrada seguiré hablando de cine y literatura; y, tranquilos, prometo con una mano sobre el Necronomicón que sólo habrá una entrada más acerca de este tema.

sábado, enero 18

Sensitivity readers



            Supongo que una de las señales de estar envejeciendo se produce cuando empiezas a sospechar que muchos de los que te rodean se han vuelto marcianos. Como en La invasión de los ladrones de cuerpos: de pronto, unas vainas extraterrestres convierten a la gente normal en gente rara. En realidad, lo que pasa es que los tiempos cambian y las personas también, y tú sigues atrapado en los esquemas del pasado. O no; a lo mejor la gente se está amarcianando de verdad.

            Por ejemplo, no entiendo la fijación de la gente con los móviles (aunque muchos de mi generación también han caído en su hechizo). Tampoco entiendo que alguien considere buena idea hacerse una foto de la polla -o del chichi- y enviarla. O que muchos se lancen a exhibir su intimidad en las redes sociales. Pero una de las cosas que más me desconciertan y asustan son los “sensitivity readers”.

            ¿Y eso qué es?, pensaréis más de uno. Pues veréis, en el mundillo de la escritura existe algo llamado “lectores cero” o “lectores beta”. Se trata de lectores expertos, por decirlo así, a los que entregas el manuscrito de tu novela antes de su publicación para que te señalen errores narrativos y/o te sugieran cambios y correcciones. Es una forma de poner a prueba tu texto y tiene lógica. Escribir es un trabajo largo y solitario, y es fácil perder la perspectiva. Viene bien contar con una mirada fresca y objetiva.

            Pues bien, los sensitivity readers son lectores cero que, en vez de centrarse en los aspectos literarios, lo que hacen es buscar en tu texto cualquier cosa que pueda ofender la sensibilidad de alguien, aunque sea de forma muy, pero que muy remota. Para eliminarlo, claro.

            Por ejemplo, un amigo escritor (hablo en masculino, pero podría ser una mujer) me contó que había enviado el manuscrito de su última novela a una sensitivity reader. Le mostré mi sorpresa, pero mi amigo objetó que, perteneciendo como pertenece al colectivo LGTBI, gran parte de sus lectores poseen una fina susceptibilidad. Luego me contó uno de los cambios que le había sugerido su sensitivity reader. Había descrito a uno de sus personajes como “mulato”, y eso es ofensivo, porque mulato viene etimológicamente de mula. (¡¡¡¡)

            Vamos a ver, ¿cuántos saben que mulato viene de mula? Vale, si te paras a pensarlo es lógico; pero ¿por qué pararse a pensarlo? Si alguien me dice que Pepe es mulato, no creo que me esté diciendo que Pepe es una bestia irracional, híbrida y tozuda; lo que pienso es que Pepe tiene la piel de color café con leche. Demonios, el significado de las palabras no se define por su etimología, sino por su semántica.

            Aquí voy a permitirme un breve inciso. Sin duda, “coñazo” es una expresión ofensiva para las mujeres, ¿verdad? Sobre todo si pensamos que algo aburrido es un coñazo, mientras que algo divertido es cojonudo. ¡Oh, cielo santo, qué horrible micromachismo! Pues no, porque se trata de una falsa etimología. Coñazo no viene del órgano genital femenino, sino del latín conatus, que significa esfuerzo. Y es que no creo que haya ningún varón heterosexual en su sano juicio que considere aburrido un coño, por grande que sea, teniendo en cuenta, además, la expresión “pasarlo teta” (por grande que sea).

            Volviendo al asunto de los lectores sensibilitos, veo un problema (en realidad, varios) a la hora de recurrir a ellos. Supongamos que escribes una novela más inocente que el chiste de una monja, se la entregas a un sensitivity reader y, al cabo de un tiempo, el tipo te devuelve el texto sin ningún cambio. “Felicidades”, te dice; “no hay nada en su obra que ofenda a nadie”. Le pagarías, pero sintiéndote un poco frustrado al soltarle la pasta a alguien por no hacer nada. Probablemente no volverías a recurrir a él. Eso lo sabe el sensitivity reader, así que se esforzará en encontrar la mayor cantidad de “ofensas” que pueda en tu texto. Existan o no.

            Podría ser que un término en apariencia tan inocente como “mulato” sea en realidad escandaloso. O que tu protagonista esté comiendo cordero asado en la página 78 (¡qué pensarán los veganos, cielo santo!). O que no haya ningún personaje LGTBI. O que menciones el cuento de Blancanieves y los siete enanitos, porque no se debe decir enano, sino “persona de talla baja” (así que el cuento debería llamarse “Blancanieves y las siete personas de talla baja”). O lo que sea, da igual. Si buscas ofensas, las encontrarás.

            Pero en realidad, todo eso es secundario. Lo realmente terrible es que los sensitivity readers son una forma de censura. En el fondo es lo mismo que durante el franquismo: Escribías una novela y, antes de publicarla, tenías que presentarla al tribunal de la censura, que solía estar formado por militares, curas y falangistas. Luego te devolvían el texto, prohibiéndote su publicación, o lleno de tachaduras. “Esto no lo puedes decir por que ofende a la moral”, o porque es un agravio a la patria, o porque no concuerda con los principios del Movimiento, o cualquier chorrada similar. Igualito lo uno que lo otro.

            Ah no, objetaréis; hay una diferencia sustancial: Durante el franquismo, la censura era obligatoria, mientras que ahora recurrir a un sensitivity reader es voluntario. Y tendréis toda la razón: Ahora la censura es distinta... pero aún más chunga. Porque no hay peor censura que la autocensura.

            Cuando la censura es obligatoria, el autor busca triquiñuelas para sortearla. Un ejemplo de esto es el final de la película Viridiana, de Luis Buñuel. En el guion, el film terminaba con Viridiana (Silvia Pinal) entrando en el dormitorio de su primo Jorge (Paco Rabal) y cerrando la puerta, sugiriendo que iban a echar un casquete. Eso se lo cargó la censura, así que Buñuel sustituyó esa escena por otra en la que Jorge, su criada Ramona y Viridiana se ponen a jugar al tute, dando a entender un ménage à trois. Un final mucho más “perverso” que el inicialmente previsto.

            Pero cuando el censor eres tú mismo, ¿cómo sortearlo? Cuando recurres a un sensitivity reader estás aceptando que ese profesional posee una visión sobre ciertos aspectos morales superior a la tuya, así que aceptarás sus dictámenes con la misma disposición que Moisés las tablas de la ley. Y poco a poco comenzarás a escribir muy atento a no ofender a nadie, a no pisar ningún callo, y revisarás cada palabra con microscopio, no vaya a ser que contengan alguna inconveniencia, real o imaginaria. Y luego te plantearás sobre qué temas debes escribir, no vayan a ser demasiado conflictivos, o sobre cómo escribir incluyendo a todas las minorías posibles... ¿Y dónde queda la libertad del creador?, me pregunto. ¿Qué pasa con el derecho a expresar lo que uno piensa sin tapujos?

            ¿Que puedo ofender a alguien? Por supuesto; pero es que en cuanto abres la boca hay mil candidatos a ofenderse. Mi libertad acaba donde empieza la libertad de los demás. Pero, ojo, la libertad, no su susceptibilidad. ¿Proclamo el derecho a ofender? No, proclamo mi derecho a la libre expresión, y mi total oposición a cualquier forma de censura, sea ajena o propia. Ahora que lo pienso, creo que ni una sola de mis novelas y relatos habría quedado indemne si los hubiera hecho revisar por un sensitivity reader. Suerte que no lo hice.

            Al final de la película Regreso al futuro, el protagonista le pregunta a su amigo, el científico Emmett Brown: “Un momento Doc. ¿Qué nos ocurre en el futuro?¿Nos volvemos gilipollas o algo parecido?”

            Marty McFly no podía ni imaginarse lo acertado que estaba.



martes, diciembre 24

El clásico y enternecedor cuento navideño de Babel



            Aquí estoy, merodeadores, haciendo lo mismo que el año pasado, y el otro, y el otro... Eso es todo un rito, ¿no? Nuestra cita anual, tan ineludible como grata. Estoy en mi despacho, tomando un café con leche y un zumo de naranja. Desde mi ventana se divisa la vista que podéis ver en la foto de arriba. La casa está en relativo silencio; Pepa se ha ido a hacer las últimas compras y oigo a mi hijo Pablo deambular. Óscar ya se ha independizado, pero vendrá a comer y se quedará hoy y mañana. ¿Sabéis lo que más echo de menos? Las risas de mis hijos cuando eran pequeños. Vale, Óscar y Pablo siguen aquí y los adoro, pero los muy cabrones se han convertido en algo distinto.

Permitidme que os transcriba un párrafo de mi próxima novela: “¿Sabes?, los hijos sois como mariposas al revés. Al principio, las mariposas son orugas llenas de pelos que luego se transforman en lindos bichitos voladores. Pero con los hijos ocurre lo contrario: nacéis siendo mariposas, preciosos y encantadores, y luego, poco a poco, os convertís en orugas”. Pues eso, que ahora tengo dos orugas. Dos orugas que, cuando eran mariposas, me devolvieron el cariño hacia la Navidad.

            Ya he contado aquí, hace tiempo, mi relación con la Navidad. Me quedé huérfano del todo a los 19 años, cuando mi padre decidió quitarse de en medio por el expeditivo método de pegarse un tiro. Eso ocurrió en noviembre del 72. Aquellas navidades fueron horribles. A partir de entonces, y durante varios años, pasé la Nochebuena en casa de mi hermano José Carlos y su familia; pero de algún modo me sentía desvinculado de aquello. De niño adoraba la Navidad, era mi celebración favorita; pero cuando murieron mis padres y mi hermano Eduardo (con quien vivía) se precipitó al alcoholismo, esa fiesta familiar perdió todo significado para mí. Peor que eso: la Navidad se convirtió en un sarcasmo, en un recordatorio de lo que había tenido cuando era un niño, para serme arrebatado nada más cruzar el umbral de mi primera juventud. Empecé a odiar la Navidad.

            Mucho después, y durante más de ocho años, trabajé en dos agencias de publicidad situadas al ladito mismo de El Corte Inglés del paseo de la Castellana. Y eso, al llegar la Navidad, era un horror. La zona se llenaba de gente, a la hora de comer todo estaba abarrotado, al salir de currar me encontraba con abrumadores atascos... Terminé de odiar la Navidad.

            Además, lo confieso, era cool despreciar estas fiestas. Yo era publicitario, tenía un trabajo sofisticado e infrecuente, era culto, moderno, de izquierdas. Casi resultaba obligado contemplar con desdén unas fiestas tan tradicionales. Así que miraba con suficiencia a los que manifestaban espíritu navideño. Pobres idiotas, pensaba, cuando el único idiota era yo.

            Luego me casé con Pepa, que es muy navideña. Nuestro hogar volvió a adornarse al llegar estas fechas y pasábamos las fiestas en la casa de mis suegros, en San Sebastián. Una familia muy navideña, pero tumultuosa (mi mujer tiene siete hermanos). Yo nunca había pasado las navidades con tanta gente, me sentía cohibido. Además, mi familia siempre fue rara, de modos que las navidades de mi infancia fueron maravillosas, pero algo raritas. Y mi familia política era muy tradicional, así que yo sentía que no encajaba, que aquello no iba conmigo. Seguía siendo muy escéptico respecto a la Navidad.

            Pero, amigos míos, llegó el momento en que Pepa y yo tuvimos hijos, y entonces todo cambió. Mis navidades de niño habían sido maravillosas, de modo que haría lo humanamente posible para que lo fueran también para Óscar y Pablo, nuestros retoños. Les montaba un Belén en el salón, con sus montañas de corcho, sus praderas de musgo y su río de papel Albal; todo muy tradicional (salvo por un detalle: en el portal ponía a Superman en vez de al niño Jesús). Los llevábamos a la Plaza Mayor, y a ver las luces de la ciudad, y al Cortilandia. La víspera de Reyes Pepa iba con ellos a la cabalgata, mientras yo me quedaba en casa envolviendo regalos. Y el día de Reyes (mi fiesta favorita), el salón amanecía lleno de globos y con un mogollón de regalos. Y cuando los habían desenvuelto todos, aún quedaban más regalos, pero escondidos; para encontrarlos debían resolver una serie de pruebas, como una especie de gincana.

            Estoy seguro de que mis hijos han tenido unas navidades felices; y, gracias a ellos, recuperé el espíritu navideño, como un moderno señor Scrooge. Me volvieron a encantar estas fiestas, y así sigo. Aunque, claro, no siendo creyente lo que para mí significa la Navidad es algo distinto a lo usual. Estas fiestas, con diferentes nombres y diferentes ritos, se vienen celebrando desde la noche de los tiempos, probablemente a partir del neolítico, cuando la humanidad comenzó a mirar las estrellas buscando sentido a la existencia. Son las fiestas del Solsticio de Invierno, del Sol Invictis, de la Deuorius Riuri, del  Hogmanay escocés, del Karachun eslavo, de la Brumalia helenística, de la Makara Sankranti hindú, de la Modresnach germánica, del Meán Geimhridh céltico, de la Rozhnitsa rusa, de la Saturnalia romana, del Yule vikingo... Me estoy poniendo pesado; lo que quiero decir es que desde hace milenios, en todo el mundo se han celebrado en estas fechas fiestas cuyo objetivo era celebrar la muerte y resurrección del Sol. Por tanto, al celebrar la Navidad me siento vinculado a toda la gente que hizo lo mismo desde tiempos remotos y a la que lo seguirá haciendo en el mañana. Para eso sirven los ritos: para enlazarte con el pasado y el futuro.

            En Babel sólo hay un rito: el cuento de Navidad. Y, como bien sabéis, esos cuentos pueden ser de dos clases: A) Tradicionales (buen rollo) B) Gamberros (mal rollo + humor). En el post anterior ya os conté que el cuento de este año se llama Las sonrisas de los niños, y os planteaba si era del tipo A o del B. En realidad era una pregunta estúpida. ¿De verdad creéis que podría escribir un cuento blanco como la leche sobre la inocente felicidad de los niños en tan señaladas fechas? ¿Yo? ¿En serio? Además, si lo hiciera jamás lo titularía así.

            Queridos merodeadores, os deseo que estas fiestas disfrutéis como cerdos en un lodazal, si me permitís la fina metáfora. Comed, bebed y reíd; sobre todo eso, reíd mucho, porque la risa es el conjuro que os hace invulnerables, sabios y poderosos. Feliz Navidad, feliz Solsticio, feliz año nuevo, y un festival de besos y abrazos.

            Ahora el cuento; espero que os guste. Comienza así:

 

Las sonrisas de los niños
By César Mallorquí

 
            Si quisiéramos precisar cuándo y dónde comenzaron los insólitos sucesos de la Navidad de 2019, deberíamos retroceder seis meses en el tiempo, al diez de junio de ese mismo año, y trasladarnos a la sala de juntas de la compañía Wonderful Toys Ltd, con sede en Nueva York.

            La reunión extraordinaria del consejo de administración de la empresa había sido fijada para las siete y media de la tarde, cuando todos los empleados se habían marchado ya y las oficinas estaban desiertas. En la sala de juntas había una larga mesa rectangular; la cabecera estaba ocupada por John Roberts Jr, presidente de la compañía, y a ambos lados, tres a tres, se sentaban los seis consejeros. En el otro extremo de la mesa había un sillón vacío. Tras un carraspeo, Roberts tomó la palabra:

            --Señoras, señores, acabamos de recibir el informe de resultados del último semestre. -Hizo una pausa y añadió-: Para resumirles la situación: estamos al borde de la ruina. (...)

            Si quieres seguir leyendo, pincha AQUÍ.
 
 

           

lunes, diciembre 9

Babel 14


 
            Catorce años ya, amigos míos, cuantísimo tiempo. Dicen que los hijos son termómetros que no solo ponen en evidencia tu progresivo envejecimiento, sino que además lo aceleran, los muy cabrones. Y es cierto; mis hijos tienen ya mi misma edad. Bueno, pues igual ocurre con los blogs. Si cierro los ojos, puedo evocar con nitidez la tarde del 9 de diciembre de 2005 en que, sólo por procrastinar, diseñé un blog y lo llamé La Fraternidad de Babel. Y cómo luego, ya puestos, lo colgué en la Red. Parece que fue ayer, pero qué coño; fue hace catorce larguísimos años.

            Y han sucedido tantas cosas desde entonces... Algunas buenas, otras malas y también pésimas, como la pérdida de Big Brother. No os hacéis una idea de cuánto le echo de menos. Pero también han ocurrido cosas buenísimas, como ganar el Premio Nacional o el Cervantes Chico. En conjunto, el balance es positivo, así que no me quejo.

            Aunque vosotros sí que tenéis motivos para quejaros. Durante los primeros años mantuve más o menos una periodicidad de una entrada semanal, con altibajos. Pero estos últimos tiempos se ha reducido a menos de la mitad, unos dos posts al mes. Eso no significa que me haya cansado de Babel, qué va. Lo que pasa es que durante los últimos cuatro o cinco años mi cuerpo se cabreó conmigo. Primero fue el repunte de una enfermedad, luego resbalé en una ducha y me rompí la pierna izquierda. El pasado diciembre, tropecé con un escalón y me rompí la cadera derecha. Todo eso se tradujo en que mi ritmo de escritura se fue a hacer gárgaras con tachuelas, en lo que respecta al blog y en lo que atañe a mi trabajo como novelista. Escribí muy poco, demonios.

            Sorprendentemente, la rotura de cadera (mucho más llevadera que la fractura de pierna; si tenéis que romperos algo os aconsejo esta opción) disparó un resorte en mi maltrecho cerebro y me puse a escribir de forma casi compulsiva. Tanto es así, que en los últimos once meses he terminado tres novelas, dos de las cuales se publicarán el año que viene. Eso le ha robado tiempo al blog, lo siento; pero comprendedme, la obligación va por delante de la devoción, mal que nos pese.

            Una de esas tres novelas es El círculo escarlata, la segunda parte de Las Lágrimas de Shiva, ya os hablé de ella. Otra es una historia ambientada en un futuro cercano tras el colapso de la civilización. Y la tercera es mi segunda incursión en el género infantil, pero a mi manera. Una novela de aventuras ambientada en 1932, pero en un universo paralelo dieselpunk (Terra Prima). Es la primera de dos novelas con el título genérico de Las extraordinarias aventuras de Dan Rider y Le Lizard. Ahora voy a ponerme a escribir la segunda. Os hablaré más adelante del asunto.

            Dentro de quince días tendrá lugar la Gran (y única) Tradición de la Fraternidad, el cuento navideño. Ya está casi acabado; se llamará Las sonrisas de los niños. Como sabéis los más veteranos, suelo escribir dos clases de cuentos de Navidad. Por un lado los que podríamos llamar “tradicionales”, que encajan en los esquemas usuales de esas fechas (buen rollo, vamos), y por otro los, digámoslo así, “gamberros”. Un ejemplo de la primera clase sería La historia del indiano (2017), y de la segunda Doña Julia y los pobres (2016). No hay ningún orden en esto, no elijo de un tipo un año y del otro el siguiente; se me ocurre una idea y puede ser de cualquiera de las dos clases, aleatoriamente; aunque reconozco que tienden a ocurrírseme más las gamberras. Pero eso es por mi mente enferma.

            ¿Qué creéis que será Las sonrisas de los niños, tradicional o gamberro? Seguro que acertáis, el título lo dice todo, siempre y cuando tengáis en cuenta mi afición a la ironía.

            En fin, hoy es el cumpleaños de La Fraternidad de Babel. Cerrad los ojos... bueno, no los cerréis porque entonces no podréis seguir leyendo. Cerrad los ojos metafóricamente e imaginad que estamos en un viejo café. La barra es de madera y mármol, las paredes están adornadas con espejos y apliques, el suelo es ajedrezado. Hay un gran ventanal de vidrios emplomados que da a la calle. Fuera anochece, llueve y hace frío, pero el interior es cálido. En el centro del local se extiende un pequeño archipiélago de mesas. Ahora estamos sentados a una de ellas, chalando en voz baja. Alzamos nuestras copas y brindamos por el aniversario del blog.

            Feliz cumpleaños, merodeadores.

lunes, noviembre 11

Pues resulta que eras tonto, Albert


 
            Reconozco, Albert, que cuando tu partido dio el salto a la política nacional lo acogí con  esperanza. No porque te fuera a votar, jamás lo haría, sino porque pensaba que Ciudadanos venía a corregir una irregularidad del parlamentarismo español. Por aquel entonces Vox sólo era un diccionario, así que en la derecha española había un partido único, el PP, que reunía todas las sensibilidades, desde la extrema diestra hasta el centro. Eso no era lógico; de modo que muchos pensamos que Ciudadanos vendría ocupar el nicho del centro-derecha, un partido conservador moderno, reformista, europeo, que ofreciera un discurso moderado frente al estilo ultramontano del PP.

            Pero se produjo la moción de censura y algo se torció en tu interior, Albert. De repente, pusiste en cuarentena al PSOE, te echaste en brazos del PP, y Casado se convirtió en tu socio preferente, tu amiguito del alma, el único del mundo con el que formarías gobierno. Tras las generales, podrías haberte aliado con el PSOE para formar un gobierno con mayoría absoluta, tendrías varios ministerios y probablemente serías vicepresidente. Pero no, en vez de eso seguiste con terquedad tu suicida estrategia de abandonar el centro y volcarte a la derecha. Y esa foto de la plaza de Colón... ¿Pero cómo se te ocurrió aparecer ahí?

            Verás, nadie se explicaba lo que estabas haciendo. Se suponía que Ciudadanos era el adalid de la regeneración política, pero en la Comunidad de Madrid, por ejemplo, mantuviste en el poder al PP, un partido que lleva décadas gobernando y que, bajo el amparo de Esperanza Aguirre, se había hartado de robar, estaba corrupto hasta la médula. Y encima, presidido por la iletrada Díaz Ayuso y sustentado por la ultraderecha. Y eso, a cambio de migajas. Se suponía que Ciudadanos vendría a ser la bisagra entre los bloques de izquierda y de derecha, y de repente te sumaste con entusiasmo al bloque de derechas. El PP era tu principal competidor, un PP en su peor momento electoral, y tú te convertiste en su muleta, dándole aire. Y eso a cambio de nada. Pesos pesados de tu partido comenzaron a abandonarlo, en desacuerdo con tu viraje ideológico y con tu estrategia de lemming. Todo el mundo (aparte de tus amaestradas huestes) decía que eso conduciría al desastre, y las encuestas lo ratificaban; pero tú continuaste obcecadamente con un plan que parecía fruto de un  sueño de pipa.

            En lo que a mí respecta, le daba vueltas y más vueltas intentando comprender por qué te comportabas así, y no lo conseguía. Me decía: o este tío es un genio, y nadie le comprende, o es un imbécil.

            Según Carlo M. Cipolla en su célebre ensayo Allegro ma non troppo, el mayor grado de estupidez se alcanza cuando alguien hace algo que daña a los demás y le daña a él mismo. Pues bien, Albert, ahí lo tienes: tu incomprensible estrategia ha hundido a tu partido, ha dañado al país, y a ti, sencillamente, te ha expulsado de la política, porque acabas de dimitir. Has protagonizado la mayor debacle de un partido desde los tiempos de la UCD.

            En consecuencia, Albert, sólo cabe una conclusión: eres tonto.

            Pero no te avergüences demasiado, porque, aunque tu estupidez ha alcanzado cimas difícilmente igualables, no estás solo. Ahí tienes a Pedro Sánchez y Pablo Iglesias, dos egos inflados compitiendo a  ver quién la tiene más grande. Su incapacidad para el acuerdo ha provocado unas nuevas elecciones, que les han dañado a ellos, ha dañado al país y ha permitido el ascenso de la ultraderecha. Son, según Cipolla, un par de imbéciles. ¿Y qué decir de Pablo Casado? Al pactar alegremente con la ultraderecha, en Andalucía, Madrid o Murcia, ha conseguido blanquear a Vox y fortalecer a su principal contrincante de la derecha, que le pisa los talones y al mismo tiempo, tras la debacle de Ciudadanos, es su único posible aliado. Otro tonto. En cuanto a Errejón... Me suena, ¿quién es Errejón? Al final va a tener razón mi amigo Samael y el único partido sensato de este país es el PNV.

            En fin, Albert, sólo eres el más tonto entre los tontos, pero no estás solo. Además, siempre puedes contar con la compañía de tu perro Lucas. Aunque no era él quien olía a leche, sino tú: a leche, a castaña, a torta, a hostia, a chufa, a galleta y a otras cosas que se tragan a costa de los dientes.

            En cuanto al resto de los políticos de este país -me refiero en particular a los de izquierda y centro-izquierda-, ya habéis demostrado sobradamente lo estúpidos y lo dañinos que podéis ser. ¿Por qué no probáis la sensatez, aunque sólo sea por variar? Fijaos bien: ahí está Vox con 52 diputados, la tercera fuerza de la cámara. ¿Os imagináis un gobierno del PP y Vox? Me estremezco sólo de pensarlo. Así que poneos de acuerdo y formad un gobierno lo más estable posible. Porque si la volvéis a cagar... bueno, tomad nota de lo que le ha pasado a Albert.

            Y no me toquéis más las narices. La Fraternidad de Babel existe para tratar temas importantes, como el cómic, el cine o la literatura, y no para perder el tiempo con gilipolleces políticas. Así que portaos bien o juro que me hago vasco.

jueves, octubre 31

Feliz Noche de Ánimas


 
            Otra vez Halloween, mi fiesta pagana favorita. Cada año, al llegar esta fecha, escribo un post explicando por qué me gusta, cuál es su origen, qué significa o cómo llegó a España, así que no me voy a repetir. Si a alguien le interesa, puede buscarlo en los Archivos de Babel.

            Uno de los errores más frecuentes respecto a esta celebración consiste en afirmar que Halloween es una fiesta yanqui. Pero, como todos sabemos, en realidad procede de las islas británicas y surgió en la Edad Media. No obstante, el Halloween que hoy conocemos ha adoptado algunos elementos norteamericanos. Pero ¿cuáles son originales y cuáles adquiridos en USA?

            Como bien sabéis, Halloween procede del antiguo festival de Samhain, una fiesta que marcaba el final de la cosecha y el fin de año celta (su significado en gaélico es “fin del verano”). Era una festividad dedicada a la muerte, pues se decía que la noche del 31 de octubre al 1 de noviembre, el más allá y el más acá se conectaban, de forma que los muertos deambulaban entre los vivos. Por desgracia, no tenemos mucha idea de cómo se celebraba el Samhain.

            Pero algo sabemos: Duraba tres días. Se encendían grandes hogueras. Se vaciaban nabos y ponían dentro velas, convirtiéndolos en lamparillas. Como se creía que los muertos llegarían con hambre y podrían devorar a los vivos, se dejaba comida fuera de casa para que los muertos se saciaran y no se merendaran a nadie. Y poco más. (También se realizaban actividades adivinatorias, pero se ignora en qué consistían)

            Así pues, los disfraces de fantasmas, zombis y monstruos provienen de la tradición original. El resto de los disfraces (brujas, hombres lobo, Frankenstein, etc) no son más que una extensión del concepto básico de muerte y terror.

            La costumbre de regalar alimentos (golosinas, galletas, pasteles...) también procede de la tradición original (se dejaba comida a los muertos). Sabemos que en el primitivo All Hallows' Eve (de donde deriva el término Halloween), los chavales iban de puerta en puerta (pero sin disfraces) pidiendo dulces. Esa idea de dar alimentos a los muertos, aparte de curiosa, se trasladó sibilinamente al cristianismo protestante. Por ejemplo, las soul cakes, galletas de almas, el dulce típico del Día de Todos los Santos en Inglaterra. Por cada una que te comas, salvas un alma del purgatorio. En la católica España tenemos los huesos de santo -un dulce muy gore-, los buñuelos o los panellets. Y en muchas partes, castañas asadas.
 
 
            Con las calabazas encontramos la primera injerencia yanqui (aunque no tanto). Al parecer, cuando los emigrantes irlandeses llevaron a América la fiesta de Halloween, se encontraron con que había pocos nabos, pero muchas calabazas (a fin de cuentas, esta es la época de su cosecha). Además, qué demonios, mola mucho más una calabaza tallada con forma de rostro monstruoso que un nabo-lamparilla. Por otro lado, la calabaza se relaciona con la leyenda irlandesa de  Jack-o’-lantern, que acabó mezclándose con Halloween.

            La segunda injerencia yanqui es el “truco o trato”, trick-or-treat. En realidad, debería traducirse como “travesura o dulce”. Es decir: o me das golosinas o te puteo. Esta tradición surgió en Estados Unidos y procede de la cara más fea y salvaje de Halloween. A finales del XIX y principios del XX, se convirtió en una fiesta extraordinariamente popular que consistía, básicamente, en que los chavales hacían travesuras. Pero sucedió que niños de los barrios pobres iban a los barrios ricos y, en un ejercicio de lucha de clases, montaban tales pifostios que las travesuras se convirtieron en un vandalismo que iba desde romper ventanas a pedradas hasta descarrilar tranvías o provocar incendios. Como era imposible erradicar Halloween, y como no quedaba bien organizar redadas policiales para detener a niños pequeños, alguien tuvo una gran idea: el soborno, o el auto-chantaje.
 

            En el fondo es lo mismo que sucedía cuando los vikingos sitiaban una ciudad amurallada. Las autoridades salían y le decían al Olaf de turno: Si no nos masacráis, torturáis y violáis, os daremos cuantiosos tesoros. A principios de los años treinta, al llegar Halloween, una panda de golfillos iba con afán destructivo a un barrio lujoso y se encontraba a las amas de casa en las puertas de sus viviendas, dispuestas a llenarles los bolsillos de golosinas a cambio de que no les destrozaran las ventanas ni les tiraran huevos. Los chavales, más hambrientos de dulces que de justicia social, aceptaban encantados. Luego la costumbre se generalizó y de ahí vino lo de truco o trato.

            Aunque Halloween procede de las islas británicas, el Samhain se celebraba en otras partes de Europa, incluyendo la España celta. Por eso, en nuestro país hay muchas viejas tradiciones que recogen todos los elementos de Halloween, menos el trick-or-treat. Por ejemplo, considerar la noche del 31 al 1 como “noche de brujas” o “noche de ánimas” (es la noche en que la Santa Compaña deambula por Galicia). O el tallado de calabazas y nabos para convertirlos en linternas. O los niños pidiendo dulces o castañas. O los disfraces.

            De hecho, a tenor de los últimos acontecimientos en Cataluña, me he planteado una cuestión: ¿No será que los CDR están celebrando un largo Halloween? Pensadlo: Salen por la noche; van disfrazados con máscaras y capuchas; encienden hogueras, como en Samhain; hacen travesuras... La única diferencia es que, en lugar de “truco o trato”, dicen “independencia o barricadas”, pero en el fondo es lo mismo. Así que propongo una idea: que la policía, en vez de darles porrazos, les den chucherías. Igual así se calman.

            Queridos amigos, os deseo un atroz y terrorífico Halloween.
 
 

lunes, octubre 7

¿Se puede enseñar a escribir?



            Mi experiencia en ayudar a otros a escribir ha sido limitada, pero muy intensa. He hecho de todo, desde darles dinero para vivir a los aspirantes a escritores, hasta proporcionarles argumentos y corregir sus escritos, y hasta ahora me ha parecido siempre trabajo perdido. Aquellos a quienes Dios o la naturaleza destinaron a ser escritores encuentran solos sus respuestas, y a los que tienen que preguntar es imposible ayudarlos. No son más que personas que quieren ser escritores”. Esto lo escribió Raymond Chandler el 27 de diciembre de 1946 en una carta dirigida a la señora de Robert J. Hogan (del libro Chandler por sí mismo, Debate 1990)

            He impartido muy pocos talleres de escritura, y todos muy breves, así que tengo escasa experiencia en el asunto. Hace poco, leí un artículo sobre lo que debe hacer un aspirante para convertirse en escritor, y uno de los puntos incidía en la necesidad de formarse acudiendo a una escuela de escritores. El articulista razonaba que, si para ser médico, arquitecto o abogado hace falta estudiar en un centro de formación, ¿por qué no va a ocurrir lo mismo con la escritura? Pero yo nunca he asistido a ningún curso, soy autodidacta. De nuevo confieso mi inexperiencia.

            Básicamente, lo que dice Chandler es que no se puede enseñar a escribir. Eso es algo que me he preguntado yo muchas veces: ¿se puede? Mentiría si dijese que lo tengo claro. No lo sé, dudo; en parte sí, en parte no. Creo que no existe una respuesta concreta a esa pregunta, sino respuestas parciales. De hecho, como veremos, en otra carta Chandler aclara lo que quiere decir.

            Hay algo de la frase de Chandler con lo que no estoy de acuerdo: no creo que haya ningún factor natural -por ejemplo genético- que determine quién puede ser escritor y quién no. No creo que la escritura sea un don natural. A escribir se aprende. Pero ¿se puede enseñar?

            Todo lo que se necesita saber sobre la técnica narrativa está en las novelas. Coge un puñado de buenos títulos, léelos, analízalos, destrípalos, y ahí encontrarás todas las respuestas. Pero hay un problema: esas técnicas son invisibles. Por ejemplo, la estructura; está ahí, pero no de forma evidente, hay que inferirla. Eso por no mencionar que muchas veces lo más importante de un texto no es lo que dice, sino lo que oculta. Por tanto, la dificultad radica en saber qué y dónde tienes que buscar.

            Así pues, parece lógico pensar que una escuela de escritura puede facilitarte esa labor, señalando en qué debes fijarte. Correcto, pero ahí veo otro problema. Suelo decir que las técnicas narrativas no solo hay que conocerlas y entenderlas, sino también interiorizarlas y automatizarlas hasta que formen parte de ti. Hace muchos años, cuando me dedicaba a destripar libros para desentrañar sus secretos y, por fin, logré hacerlo, experimenté una sensación de plenitud indescriptible; fue una epifanía. Al encontrar por mí mismo las respuestas, éstas se me grabaron de forma indeleble.

            ¿Ocurre lo mismo si te ayudan, si te señalan el camino y te lo facilitan? No lo sé, pero intuyo que no. Aunque, por otro lado, supongo que al practicar una y otra vez las técnicas aprendidas acaban interiorizándose. O no (al menos no de la forma correcta), porque hay un riesgo: En ocasiones, las escuelas de escritura enseñan fórmulas. O bien algunos alumnos se quedan solo con las fórmulas. Hace muchos años (no sé ahora), había en USA un famoso taller de escritura de ciencia ficción y fantasía, el Clarion. Muchos escritores, luego más o menos profesionales, acudieron a él. ¿Y sabéis qué?; eso dio como resultado un montón de escritores que escribían igual, de la misma insulsa manera. Eran textos hechos con plantilla. Aunque, claro, eso no sucedió con todos los alumnos; algunos encontraron su propia voz. Lo cual significa que hay algo más en la escritura, aparte de lo que puede enseñarte una escuela o un taller.

            En una carta del siete de marzo de 1947, dirigida a la misma señora de antes, Chandler dice: “A la larga, por poco que hables de ello o pienses en ello, lo más perdurable de la escritura es el estilo (…) La clase de estilo a la que me refiero es una proyección de la personalidad, y tienes que tener una personalidad para poder proyectarla (…) En una generación de escritores “hechos”, yo sigo diciendo que el escritor no se hace. El estilo no se consigue preocupándose por el estilo. Por mucho que se pula o se corrija, no se alterará de manera apreciable el sabor de lo que uno escribe. Es el resultado de la calidad de su emoción y su percepción; es la capacidad de transferir éstas al papel lo que convierte a uno en escritor”.

            Este párrafo aclara lo que Chandler decía antes, y yo estoy básicamente de acuerdo con él. Creo que un taller puede, sin duda, ayudar a mejorar la escritura y la narrativa. Creo además que eso es importante, porque aprender a escribir correctamente, aunque jamás te dediques a la escritura, tiene muchos beneficios. En contra de la creencia popular, escribir no consiste solo en ejercer la fantasía y la intuición; también hay que emplear, y mucho, el sentido común, la lógica. Aprender a escribir te enseña a razonar y te ayuda a ordenar la mente.

            Ahora bien, escribir de forma creativa, escribir profesionalmente, es muy distinto. Ahí lo que vendes es tu forma particular de contar historias, vendes tu personalidad, lo que llevas dentro. Y eso se cultiva a lo largo de toda una vida, no se puede aprender.

            En resumen, creo que asistir a un taller de escritura puede ser positivo; no solo por las enseñanzas y consejos que recibas, sino también, y sobre todo, porque así obtendrás puntos de vista objetivos que juzguen lo que escribes. También creo, por otro lado, que eso lo puedes conseguir por tus propios medios, sin más ayuda que los benditos libros. Pero en cualquier caso, sobre todo si te inscribes en un taller, huye como de la peste de las fórmulas y las plantillas. Cuando te pongan ejemplos ilustrando diferentes técnicas narrativas, no te quedes con los ejemplos, sino con los mecanismos que hay detrás. Eso es lo que debes aprender: los engranajes de la ficción.

            Pero cada escritor es un mundo distinto y sigue caminos diferentes; lo que es bueno para uno puede ser nefasto para otro. El único consejo que puedo dar es que hay que ser honesto con uno mismo y con los lectores, y considerarte siempre un aprendiz. Porque eso es lo que somos todos: aprendices. El día en que ya creas no tener nada que aprender… ay, amigo, entonces estarás muerto.