martes, agosto 11

Vacaciones de película

 


          Puede ser que mi avanzada edad me esté afectando a la  cabeza; o puede que mi cabeza sea defectuosa de fábrica, pero lo que me ha pasado con este post es para internarme. Me explico: Hace unas semanas escribí una larga entrada sobre los libros que han sido importantes en mi vida. No los que considero mejores, sino aquellos que me han afectado íntimamente, o que me han aportado algo valioso, o que por la razón que sea me han gustado muchísimo. Como decía, lo escribí. Con estas manitas y mucho amol.

          Y al día siguiente, cuando lo estaba corrigiendo, descubrí por pura casualidad que hace años ya había escrito y subido al blog ese mismo post. Exactamente igual, idéntico… bueno, no del todo; en mi nueva lista había libros que desaparecían en comparación con la anterior, y otros nuevos aparecían. La memoria es voluble. Pero vamos, el 90 % era lo mismo.

          Me cabreé como un mono y tiré la entrada a la basura. Odio realizar esfuerzos, pero si además son inútiles me pongo como King Kong cuando le quitan la chica. Pasado un tiempo, tras dejar de desear subirme al Empire State y destruir Nueva York, reuní la entereza necesaria para escribir otro post. No exactamente un tema distinto, sino un enfoque diferente: en vez de libros, películas. Las películas que han sido importantes en mi vida. Eso no lo había escrito antes, ¿verdad?

          Pues bien, cuando iba por la mitad, hice no sé qué gilipollez y borré el texto. No un poquito: mucho. Lo envié a una Zona Fantasma inaccesible para seres humanos convencionales. Esta vez mi cabreo adquirió tintes apocalípticos. A la mierda el blog, me dije. Y me sumí en la indolencia.

          Pero ahora, superado el incidente, reúno las fuerzas necesarias para hablaros de las películas que fueron importantes para mí. De momento, dejemos de lado los dibujos animados. Empecemos por la infancia… y aquí hay que aclarar algo: cuando yo era pequeño solo había dos canales de TV, y por esos canales solo se emitían películas antiguas. Así que lo que veía de pequeño, aparte de cuando iba al cine, era básicamente cine clásico, sobre todo el norteamericano. Además, por entonces había unos cines llamados “de sesión continua”, que programaban dos películas y las pasaban, una detrás de otra, en bucle. Eran cines baratos y su programación caótica: podían proyectar, por ejemplo, una de Godzilla junto a Ciudadano Kane sencillamente porque eran películas viejas y baratas que compraban por paquetes.

          Bueno, pues estas eran mis tres películas favoritas cuando era un niño, allá por comienzos de los 60: Beau Geste (William Welman, 1939), Los viajes de Sullivan (Preston Sturges, 1941) y, sobre todo, King Kong (Merian C. Cooper, Ernest B. Schoedsack, 1933). Una de aventuras clásicas, una comedia y aventuras fantásticas.

          La verdad es que tenía buen gusto cuando era pequeño, porque las tres son obras maestras. Pero las importantes para mí eran la primera y la tercera. Beau Geste tiene, probablemente, el comienzo más misterioso de la historia del cine. En realidad, comienza por el final y le sigue un largo flash back… que empieza con otro misterio distinto. Es una maravillosa muestra de cómo usar el misterio en la narrativa. Recuerdo que me llamaba la atención la modernidad (para una peli del 39) de esa estructura, hasta que descubrí que la novela de P. C. Wren en que se basa el film tiene la misma estructura. En fin, la historia está trufada de un romanticismo hoy pasado de moda, así como de clasismo y, qué demonios, es un canto al colonialismo. Pero el relato es tan potente, los misterios tan seductores, que no tardas en olvidarte de todo eso y acompañar a los hermanos Geste en su exótica aventura. Aunque en su momento no me di cuenta, esta película fue para mí una lección de cómo se cuenta bien una historia.

          Sobre King Kong he hablado muchas veces aquí. Porque me fascina. En mi despacho tengo un enorme cartel de esta película. Reconozcámoslo: todo es absurdo aquí, comenzando porque un muro destinado a contener a Kong tenga una puerta... del tamaño de Kong. Y sin embargo, es una obra maestra, pura poesía. Los surrealistas la adoraban, porque es como un sueño. Yo la adoro porque es la esencia de la aventura y contiene algunas de las imágenes más icónicas de la historia. La homenajeé en mi novela La isla de Bowen

          (NOTA: No os lo vais a creer, pero ha vuelto a pasar. Interrumpí la escritura en los puntos suspensivos del párrafo anterior; comí y volví a escribir a última hora de la tarde. Interrumpí la labor. Al día siguiente quise proseguir, pero lo que escribí la tarde anterior, sencillamente, había desaparecido. ¡Maldición! Una de dos: o una fuerza siniestra no quiere, por la razón que sea, que yo acabe esta entrada. O bien me he vuelto gagá y ahora me armo la picha un lío con el Word. Me ha costado varios días sentarme de nuevo a escribir este literalmente maldito post. ¡Odio volver a escribir lo que ya he escrito! Así que voy a escribir otra cosa)

          Otra influencia importante fueron los Hermanos Marx. Me partía y me parto la caja con sus películas. Mi favorita: Sopa de ganso (Leo McCarey, 1933). Cuando era niño me chiflaba Julio Verne y me encantaban algunas de las películas basadas en sus obras. En particular, 20.000 leguas de viaje submarino (Richard Fleischer, 1954), Viaje al centro de la Tierra (Henry Levin, 1959), Los hijos del capitán Grant (Robert Stevenson, 1962)  y La vuelta al mundo en 80 días (Michael Anderson, 1956). La sopa mental de los libros de Verne mezclados con las películas basadas en ellos, aderezada con otras influencias, cristalizó en mi antes citada novela La isla de Bowen. Ah, hay algo que escribí y desapareció que debo mencionar: Cuando era muy pequeño vi en televisión Drácula, la de Browning y Lugosi de 1931. Y me acojonó tanto que durante los siguientes días me costaba dormir. Mi hermano Eduardo me dio un pequeño crucifijo para que lo colocara debajo de la almohada y protegerme así de los vampiros. Y como ningún chupasangres me clavó los colmillos, está claro que la cruz funcionó. El caso es que desde entonces me caen mal lo vampiros. No me gustan las pelis de vampiros. Que les den a los vampiros.

          Y como este post se está alargando más de lo aconsejable, vamos directamente a la peli que más me ha impactado, la que me voló la cabeza. Estamos en octubre de 1968, tengo 15 años, soy un pirado de la ciencia ficción, han estrenado la película que más ganas he tenido de ver en mi corta vida, pero estoy castigado por algún motivo que no recuerdo. Un domingo por la mañana, mi padre me preguntó: “¿Quieres que vayamos a ver 2001? Pero que no se entere tu madre”. Claro que quería, era lo que más deseaba del mundo. Fuimos al cine Albéniz de Madrid (si mal no recuerdo, el único que tenía pantalla de Cinerama, perfecta para los 70mm de la cinta), y vimos la película. Fue una epifanía, un orgasmo cósmico; al encenderse las luces, me quedé mirando a mi padre y lo único que pude decir fue; “Alucinante…” Hay películas que me han gustado tanto como 2001 (ninguna más), pero es con diferencia la que más me ha impresionado.

          Mención aparte merece El apartamento, de Billy Wilder (1960). Una maravillosa historia de amor, y una jubilosa historia de redención personal. El personaje que interpreta Jack Lemmon, C. C. Baxter es un oficinista mediocre y miserable que intenta prosperar en el trabajo prestándole su apartamento a los jefes para que vayan ahí con sus amantes. Pero está enamorado de la ascensorista del edificio donde se encuentra su oficina, la señorita Kubelik (yo también me enamoré de Shirley MacLaine), que resulta ser la amante del gran jefe. Hacia el final, Baxter, ese hombrecillo mezquino, se redime simplemente entregando una llave. Madre del amor hermoso, qué lección de narrativa. Y el final-final, convirtiendo una partida de cartas en la metáfora de un coito (¿Homenajeó Buñuel ese recurso en Viridiana (1961)?). Una maravilla.

          Con tanto “accidente” esto está durando demasiado. Van a quedarse muchas películas en el tintero (¿En el tintero? ¿Dónde interviene la tinta aquí?). Solo un poquito más: Quizá por influencia de mi padre, adoro el western. Crecí inmerso en su mitología, admirando películas clásicas como El Dorado, Winchester 73, Raíces profundas o La diligencia (paso de seguir poniendo director y año; los buscáis vosotros). Pero al mismo tiempo me chiflan películas que tratan sobre el lado oscuro del mito y desmontan su épica; títulos como El hombre que mató a Liberty Valance o Sin perdón. Vamos, que me gusta el western desde todos los puntos de vista (menos el espagueti-western; lo detesto).

          Y ya está, no se me vaya a borrar todo. Como decía, me dejo muchas películas. Otro día hablaré de ellas. Quizá. Yo me voy de vacaciones pasado mañana, primero a ver el eclipse en Aragón y luego al fresquito cántabro.

          ¡Felices vacaciones!

 

lunes, mayo 11

Récords

 


            No soy un escritor rápido. Mi media diaria está entre 1.200 y 1.800 palabras, con jornadas de trabajo de seis o siete horas. Eso suponiendo que no haga falta mucha documentación, claro. Tampoco es que sea muy lento, pero conozco a varios escritores/as que son más rápidos que yo.

            La razón de mi relativa lentitud reside en cómo encaro la escritura. Muchos escritores escriben muy rápidamente el primer borrador, sin excesivo cuidado, para luego corregirlo en profundidad. Yo no; al contrario, procuro escribir el texto lo más acabado posible. Para conseguirlo, vuelvo constantemente hacia atrás. Cada dos o tres páginas, me detengo para leer lo que he escrito y corregirlo.  Si un párrafo, o cualquier parte del texto, no acaba de convencerme, vuelvo una y otra vez sobre él, haciendo cambios hasta que me parezca correcto.

            Es un poco maniático, lo reconozco. Por ejemplo, a veces llego a una parte del texto para la que necesito una documentación que no tengo a mano. No pasa nada, me digo; dejo esa parte en stand by y sigo escribiendo. Ya completaré el texto que falta cuando acabe la novela. Sí, eso me digo; pero ¡ja! Conforme escribo, ese hueco en el texto me va pesando como una losa. Me pone de los nervios saber que lo que llevo escrito está incompleto. De modo que un día ya no aguanto más, me pongo a buscar la documentación que falta y cuando la encuentro escribo el jodido “hueco”. Solo entonces me quedo tranquilo. Pero, a cambio, voy más lento.

            Como es natural, cuando pongo el punto final realizo tras imprescindibles correcciones: Una más superficial para comprobar el ritmo, si los personajes están bien construidos, y si el argumento avanza como yo deseo. Otra más detallada para pulir la prosa. Y la tercera en voz alta, para ver si el texto fluye y los diálogos suenan naturales. No obstante, cuando corrijo el borrador ya está muy acabado.

            Pero no siempre soy lento. A veces las circunstancias me obligan a correr, y entonces establezco records de escritura personales. Me ha pasado tres veces. La primera fue hace mucho tiempo; tanto, que no recuerdo de qué novela se trataba. Me quería presentar a un premio y la fecha de entrega se me echaba encima. Escribí 5.500 palabras en un día. Al día siguiente repasé el texto y me quedé horrorizado de lo mal escrito que estaba. Tuve que corregirlo a fondo.

            La segunda vez, allá por 2005, también fue por un premio. La novela era “La caligrafía secreta” y de nuevo la fecha de entrega se me echaba encima. Un día, batí mi récord anterior; escribí 5.900 palabras. Al día siguiente, cuando corregí el texto que había escrito, me llevé una sorpresa: estaba bien, apenas había que tocar nada. Supongo que para entonces ya era mejor escritor; o, al menos, con más oficio. “La caligrafía secreta” no ganó el premio ni ha tenido especial éxito, pero la considero muy importante en mi bibliografía.

            Bueno, pues hace poco (once días para ser exactos) volví a batir mi récord. Esta vez no a causa de un premio, sino por un compromiso editorial. La novela se llama “Muerte en el internado” y la publicará Alfaguara Juvenil a finales de junio. El caso es que hace dos domingos me quedé hasta las cuatro y media de la madrugada aporreando el teclado y escribí 6.300 palabras en una sesión de trabajo. Y al día siguiente apenas tuve que corregir el texto. Es mi récord absoluto y ruego a Cthulhu que jamás tenga que superarlo.

            Esta última circunstancia de prisas por motivos editoriales me ha servido, aparte de para batir récords absurdos, para reencontrarme con un par de “sensaciones” que hacía tiempo que no experimentaba. Una es el “estrés positivo”. ¿Sabéis lo que es? El estrés negativo se produce cuando tienes uno o más problemas aparentemente irresolubles, y te pones a dar vueltas sobre ellos intentando encontrar una solución sin conseguirlo, como un hámster en una rueda. Por su parte, el estrés positivo sobreviene cuando se te echan encima un montón de problemas urgentes, pero, a diferencia del anterior caso, los vas solucionando. Te enfrentas a un problema y lo resuelves, surge otro problema y vuelves a resolverlo, y luego otro, y otro... En ambos casos se produce una aceleración interior, pero en el primero es asfixiante, mientras que en el segundo resulta... liberadora. Es como surfear; te sientes invencible y jubiloso; tanto que puedes llegar a emborracharte de “poder”. Solo la kriptonita es capaz de dañarte. Hay gente que se hace adicta a esta sensación. Yo la experimentaba con cierta frecuencia cuando trabajaba en publicidad, un negocio en el que era usual enfrentarse a problemas imposibles. Y volví a experimentarla hace un par de domingos.

            La segunda “sensación” es el inmenso placer que me produce trabajar de noche y de madrugada. Hace poco le oí decir a un psicólogo que hay dos tipos de personas: las alondras y los búhos. Alondras son aquellos que se despiertan temprano, con las pilas cargadas, y al caer la noche se van a la cama. Disfrutan del día y descansan por las noches. Los búhos, por el contrario, se despiertan lo más tarde posible, somnolientos y cansados, y tardan en recuperar la energía. Cuando cae la noche, se sienten más despiertos y activos, como si la oscuridad los estimulase.

            Yo soy un búho de manual. Si por mí fuese, si no estuviera casado ni tuviera obligaciones diurnas, escribiría de noche y de madrugada, y dormiría por las mañanas. Es que me encanta estar en mi despacho, con la casa silenciosa, las calles vacías y calladas, sin apenas tráfico, rodeado por una burbuja de luz en medio de la oscuridad, escribiendo en una paz total... Hacía tiempo que no lo sentía, y me chifla.

            Y vosotros, ¿qué? Si sois escritores, ¿cuál es vuestro récord? Y si sois seres humanos, ¿os sentís alondras o búhos?

           


viernes, abril 24

La IA y yo

 


            Le puse nombre a mi primer GPS, un viejo Tom Tom; se llamaba Adelaida. Desde entonces, todos los navegadores que he tenido se han llamado así, Adelaida. Como un alma transmigrando de cuerpo en cuerpo. No suelo ponerle nombre propio a las cosas; supongo que lo hice porque esa cosa me hablaba. Es más: guiaba mis pasos. ¿Cómo no ponerle nombre a una “mujer” tan amable y servicial? Qué menos.

            Sin embargo, a ChatGPT ni le pongo ni voy a ponerle nombre. Y no porque no me preste valiosos servicios, que lo hace y con creces, sino porque hacerlo, singularizarlo con un nombre, me parece peligroso. Mis conversaciones con Adelaida son limitadas, no dan para mucho; sin embargo, puedo charlar con ChatGPT literalmente de cualquier cosa que se me ocurra, y de otras muchas que no se me ocurren. Además, es abrumadoramente amable, diligente y emprendedor. Me trata mejor que cualquier ser humano. Todo lo que le digo le parece bien, alaba cada una de las preguntas que le hago, cada comentario mío se le antoja atinadísimo, y los temas que propongo apasionantes. Estoy seguro de que si ChatGPT tuviera boca, me la chuparía (lástima que no tenga boca). Esto es así porque lo han programado para agradarme, para darme la razón en todo, para hacerme sentir listo. Y que así, dándome coba, yo siga usándolo cada vez más

            Cuando descubrí lo lista que se había vuelto la IA –hace no más de cinco o seis meses-, fue como si la santísima trinidad se me hubiera aparecido. Ahí tenía un asistente fabuloso, sobre todo para reunir documentación. Ya sé que a veces se equivoca –aunque cada vez menos-, pero tienes la opción de comprobar sus fuentes. No sabéis cuanto tiempo se puede llegar a perder obteniendo la documentación necesaria para escribir cierta clase de novelas (por ejemplo, las históricas). O lo último que he escrito, Muerte en el internado; la acabé hace cinco días. Transcurre en un internado de élite británico situado en Escocia. Para poder escribirla necesitaba, entre otras cosas, averiguar cómo funcionan esos internados. Horarios, títulos del staff, periodos de vacaciones, asignaturas, tutorías, práctica deportivas, etc. Sinceramente, yo no sabría por dónde empezar a buscar esa información. La acabaría encontrando, seguro; pero me llevaría horas de búsqueda. Sin embargo, con ChatGPT lo tuve todo en un minuto.

            ¿Cuál es el problema entonces? Pues que Alan Turing se equivocó con su test. El “test de Turing” determina si una máquina puede exhibir un comportamiento inteligente indistinguible del humano mediante una conversación de texto. Se supera si un juez humano no distingue entre la máquina y una persona real. Según eso, ya hay IAs con inteligencia similar a la humana. Pero no es así; ChatGPT y sus hermanas son excelentes imitaciones de inteligencia que funcionan con patrones predeterminados. Y uno de esos patrones es agradarte, generarte adicción.

            La primera vez que me di cuenta del peligro fue cuando vi que Pepa, mi adorada esposa, le daba las gracias a la IA. Poco después, yo mismo le pedí algo por favor a ChatGPT. Esa imitación de inteligencia es tan perfecta, genera tal confusión entre lo real y lo ficticio, que ríete tú de Philip K. Dick. Hace poco, un tipo se suicidó animado por la IA. Hay gente que se hace novio/a de su IA; otros la convierten en su mejor amigo/a, los hay que consultan con la IA todas sus decisiones vitales... No sé, me da que hay algo perverso en todo eso.

            Y, ojo, no tendría nada contra charlar con una auténtica IA, con una máquina dotada de inteligencia similar a la humana. De hecho, me encantaría hacerme amiguete de un robot (sobre todo si tiene boca). Esa sería una IA Rolex; la que tenemos ahora es utilísima, pero un Trolex a la hora de intimar con ella.

            Yo la sigo usando para trabajar, pero es muy pesada. Si le pido una información y le digo que es para una novela, ChatGPT me proporciona la información, y además, sugerencias de cómo usarla, diálogos, giros argumentales, caracterización de los personajes... Yo no le hago ni caso, ese es mi trabajo, no el suyo, y le digo que me dé los datos y se meta las sugerencias por su binario culo.

            En lo que a mí respecta, ChatGPT me parece un asistente utilísimo para mi trabajo, pero en lo que se refiere al apartado emocional, me quedo con Adelaida.

lunes, marzo 9

Pennywise lives!

 


            ¿Se convertirá USA en una superpotencia fascista? Pues todo depende de lo que ocurra con las elecciones de medio mandato que se celebrarán en noviembre. En ellas se elige a todos los miembros de la Cámara de Representantes y a una tercera parte del Senado. La cuestión es que, atendiendo a las encuestas, los republicanos perderían la mayoría en el Congreso y quizá también el Senado. Eso sería muy chungo para Trump. No porque hasta ahora haya demostrado el menor respeto hacia el Congreso –se lo ha pasado por el forro cuantas veces ha querido-, sino porque los congresistas tienen la llave del dinero y podrían bloquear de facto todas las iniciativas de Trump que requieran financiación. Además, claro, controlarían la actividad legislativa. Es decir, perder la mayoría en el Congreso convertiría sus dos últimos años de presidencia en una nadería.

            Eso, claro, a Trump le preocupa. Para evitarlo, solo tiene dos opciones: o impedir la celebración de las elecciones, o amañarlas. Si cualquiera de ambas cosas sucede (con éxito), EEUU estará a punto de convertirse en una dictadura fascista. Si por el contrario los demócratas se hacen con la mayoría en el congreso, el peligro que supone Trump quedará muy mitigado.

            Ahora bien, ¿qué pasaría si sucediera lo primero y EEUU tuviera un gobierno autoritario? Pues de entrada, que el resto del mundo se encontraría encajonado entre dos grandes potencia, USA y China. Y ninguna de las dos sería democrática. En Europa, la extrema derecha, dopada por el apoyo del gigante americano, crecería hasta alcanzar el gobierno de diversos países. Ya lo tenemos en Italia y Hungría; luego caerían Francia, Alemania... ¿Y España? Claro que sí, pronto hablaríamos de viva vox. ¿Sobreviviría la Unión Europea a esa oleada de nacionalismo? Difícilmente.

            ¿Y qué pasaría en el resto del mundo? ¿Qué ocurriría, por ejemplo, en Inglaterra, un país históricamente obstinado en llevar la contraria? Bueno, en el anterior post comentaba que nos encontramos en un momento histórico de ciencia ficción. ¿Os imagináis cuántas distopías podrían escribirse a partir del contexto sociopolítico que acabo de esbozar? Seguro que ya se está escribiendo alguna.

            Pero, ¿sabéis?, en realidad no creo que suceda, al menos de ese modo. En primer lugar, porque pese al bigotito que le puse en la anterior entrada, Trump tiene poco que ver con Hitler. Adolfo era un iluminado, un mesías, mientras que Donald solo es un narcisista sin escrúpulos ávido de enriquecerse. Adolfo tenía su propia y letal doctrina sociopolítica, mientras que Donald solo es un anarco-capitalista tosco y primitivo. Adolfo tenía un plan, siniestro, pero perfectamente estructurado, mientras que Donald va improvisando. Y quizá lo más importante: Adolfo tenía 50 años cuando comenzó la Segunda Guerra Mundial, mientras que Donald tiene 78.

            Aparte del autoritarismo, la adicción a la mentira y la psicopatía, Hitler y Trump solo tienen en común los apellidos, ambos germánicos y ambos dotados de rotunda sonoridad. Más aún la del norteamericano, que solo tiene una sílaba, frente a las dos del alemán. Y eso del apellido puede que tenga más importancia de lo que pensamos. Siguiendo con el mesías ario, su padre, Alois, no se apellidaba Hitler, sino Schicklgruber. ¿Hubiese sido igual el Tercer Reich si Alois no se hubiera cambiado el apellido? Pues a ver, ¿qué tal os suena “Heil Schicklgruber”? ¿Se podría conquistar Polonia con un grito de guerra tan ridículo?

            Volvamos a Trump. Lo que este grotesco y siniestro personaje implica no es que haya una conspiración de extrema derecha a punto de conquistar el mundo. Siempre he pensado que los conspiranoicos lo son por afán de seguridad, por la necesidad de creer que alguien controla el mundo, aunque sean los malvados. Sin embargo, lo que Trump demuestra es que en nuestro planeta no hay nadie al timón.

            Vivimos en un mundo tan azaroso, que hasta un payaso sociópata puede comandar el ejército más poderoso que han visto los tiempos. Y así nos va.

viernes, enero 30

Heil, Trump!

 


            Un dicho oriental dice: “Cuando Dios quiere castigar a las personas, las hace vivir en tiempos interesantes”. Pues debemos de haber sido muy malos, porque anda que no son interesantes los tiempos. Interesantes en especial para los que somos aficionados a la ciencia ficción, porque ahora mismo, delante de nuestros ojos, estamos contemplando la forja de una distopía.

            Y no una distopía cualquiera, qué va, sino la transformación de Estados Unidos, el país más poderoso del planeta, en un estado fascista.

            ¿Fascista? Un momento, ese término se ha empleado tanto y tan alegremente que ya casi no significa nada. A cualquier cosa que suene un poco derechosa se la tilda de fascista. De hecho, habrá quien diga que Estados Unidos ya era un país fascista. Pero no, USA podría ser mil cosas chungas -era un imperio, con todo lo malo que tienen los imperios-, pero no era fascista en el sentido literal de la palabra. Yo me estoy refiriendo a un fascismo similar al que surgió en Europa durante la primera mitad del siglo XX y acabó provocando la Segunda Guerra Mundial.

            Así pues, mi tesis es que Estados Unidos es hoy una nación protofascista. Es decir, en proceso de convertirse en fascista. Para demostrarlo, voy a enumerar los elemento básicos que componen el fascismo y a compararlos con la situación actual del país:

1. Ultranacionalismo

  • La nación se presenta como superior a las demás.
  • Se exalta la identidad nacional, cultural o racial.
  • Rechazo de influencias extranjeras.

Aquí basta con recordar el lema “Make America Great Again”. MAGA.


2. Autoritarismo

  • Rechazo de la democracia liberal.
  • Concentración del poder en un líder fuerte.
  • Eliminación o control de la oposición política.

Trump cumple los tres puntos de sobra.


3. Culto al líder

  • El líder es presentado como carismático, infalible y salvador.
  • Se fomenta la obediencia personal.
  • Propaganda centrada en su figura.

Aquí no hace falta decir nada.


4. Glorificación y uso de la violencia

  • La violencia se ve como medio legítimo para lograr objetivos.
  • Idealización de la guerra, la disciplina y la fuerza.
  • Estética marcial (uniformes, desfiles, símbolos).

Recordemos a los Camisas Negras de Mussolini y los Camisas Pardas de Hitler. Los fascismos se caracterizan por crear milicias de matones para hostigar a los disidentes y atemorizar a la población. Trump tiene al ICE.


5. Antiliberalismo y anticomunismo

  • Rechazo de la democracia parlamentaria y el pluralismo político.
  • Hostilidad abierta al socialismo y al comunismo.

Es proverbial el desprecio de Trump hacia el parlamentarismo, y para él todo lo que no sea extrema derecha es socialismo.


6. Control de la sociedad

  • Propaganda masiva
  • Censura
  • Educación ideologizada
  • Represión de disidentes

Gran parte de la popularidad de Trump proviene de ser protagonista de un programa de TV. Quizá por eso tiene muy clara la necesidad de controlar la opinión pública a través de los medios de comunicación. Y aquí tenemos que preguntarnos qué poderes están detrás de Trump. En gran medida, los megamillonario de Silicon Valley, los amos de las “nuevas tecnologías”. Hitler tenía la radio; Trump tiene internet.


7. Populismo nacional

  • División del mundo entre: “el pueblo verdadero” y “los enemigos internos” (intelectuales, minorías, opositores)
  • Uso del miedo y el resentimiento social.

Hitler convirtió en enemigos malignos a los judios. Trump ha hecho lo mismo con los emigrantes. “¡Cuidado con los extranjeros, sobre todo si hablan español, porque quieren sustituirnos, follarse a nuestras mujeres y comerse a nuestros perros y gatos!”. Por otro lado, no cabe duda de que la imperfecta democracia USA ha dejado en la cuneta a mucha gente incumpliendo sus promesas de trabajo y prosperidad. Trump ha aprovechado ese descontento, ese resentimiento, para auparse al poder.


8. Economía dirigida (pero no socialista)

  • Propiedad privada permitida, pero subordinada al Estado.
  • Colaboración entre Estado y grandes empresas.
  • Supresión de sindicatos independientes.

Aquí Trump se aleja del modelo clásico fascista, Porque Trump es, básicamente, un multimillonario anarco-capitalista. En teoría, a él le gustaría un estado reducido a la mínima expresión, un estado homeopático, en un contexto de economía desregularizada en el que las empresas compiten a muerte sin ataduras ni sindicatos. Pero, por otro lado, lo que Trump quiere de verdad es convertirse en dictador. Lo que entra un poco en contradicción con lo anterior. Pero Trump nunca ha pensado mucho las cosas.


9. Rechazo del pensamiento crítico

  • Desprecio por la razón, el debate y la ciencia si contradicen la ideología.
  • Uso de mitos, símbolos y emociones.

Está claro el desprecio que Trump siente hacia la ciencia; basta con tener en cuenta que ha puesto a un antivacunas al frente de la salud del país. En cuanto a los mitos, Trump es el campeón de las mentiras. ¿Y emociones? Eso es lo único que ofrece Trump: básicamente odio, resentimiento e ira.


10. Estética y simbología

  • Símbolos simples y poderosos
  • Gestos ritualizados
  • Marchas, banderas, uniformes
  • Mensajes visuales muy fuertes

Aquí Trump también se sale de la norma –quizá porque la norma está un tanto anticuada-. Trump no necesita desfiles, ni marchas con antorchas, ni escenarios faraónicos. Trump no necesita crear espectáculo, porque él es el espectáculo.

            Bueno, pues creo haber demostrado mi tesis: Estados Unidos está en trance de convertirse en una nación fascista gobernada por un líder autoritario carente de moral que ha convertido el narcisismo en una de las bellas artes. ¿Ocurrirá? ¿Surgirá un contrapoder capaz de frenar a Trump? Y si ocurre, ¿cómo nos afectará a nosotros?

            Al principio de este post decía que estamos contemplando el nacimiento de una distopía. Un tema de ciencia ficción. Y como yo soy un friki de la ciencia ficción, seguiremos hablando de este asunto en la próxima entrada.

 


miércoles, diciembre 24

El tradicional cuento navideño de Babel

 


            La Tierra ha vuelto a completar otra vuelta en ese tiovivo cósmico llamado Sistema Solar, viajando a una velocidad de 107.000 km por hora, que ya son prisas. Y todo para volver al mismo lugar en que estábamos. Es decir, a hoy. Vale, ya sé, la vuelta realmente se completa dentro de una semana, pero en el calendario de Babel, el año termina y comienza hoy, cuando subo al blog nuestro Tradicional Cuento Navideño.

            Igual que hace 365 días, aquí estoy, en mi despacho. Un poco más tarde de lo usual, porque he tenido que ocuparme de guardar unas compras y, qué demonios, me he levantado tarde. Pero aquí estoy, fiel a nuestra cita. A lo lejos escucho a Pepa hablando por teléfono; nuestro hijo Pablo volvió ayer de Barcelona, y Óscar, el mayor, vendrá esta noche a cenar con su encantadora esposa Bea. Mañana también comeremos juntos los cinco.

            ¿Sabéis lo que echo mucho de menos hoy? Escuchar las voces de mis hijos cuando eran pequeños. Añoro tanto a esos niños... Pero, atención, una novedad: el próximo verano nacerá la cuarta generación de Mallorquí. Óscar y Bea me harán abuelo. Y de nuevo habrá una sabandija correteando por casa (así llamaba, y llamo, a mis hijos: sabandijas; y también ratas de cloaca, zarigüeyas o malditos roedores) (en broma, claro) (pero a veces en serio). ¿Me deprime ser abuelo? Ya lo parezco, así que me la suda. Bienvenido seas, nuevo Mallorquí; me ocuparé personalmente de mimarte, regalarte y consentirte, hasta que tus padres me pongan una orden de alejamiento.

            He hecho una pausa para confeccionar con Pablo el menú de nuestra comida de hoy. Vamos a encargarla a un chino, así que cero curro.

            ¡Diantres! La pausa ha sido más larga de lo que esperaba y ya son las 17:54. Qué vergüenza. Al grano, que ya es tarde.

            Como sabéis, mis cuentos navideños oscilan entre lo gamberro y el buen rollo. Este año toca buen rollo. El cuento se llama “Muerte Dulce” y trata sobre el último día de vida de un anciano triste y solitario. ¿Que dónde está el buen rollo? Tendréis que leerlo para descubrirlo. Espero que os guste.

            Queridos merodeadores, os deseo una muy, pero que muy feliz Navidad. Que Santa y los Reyes os colmen de regalos, que comáis cosas ricas hasta reventar y que disfrutéis de la mejor compañía posible. O si no, de la familia.

Un millón de besos.

            El relato de este año comienza así:

 

            La mañana del día de su muerte, la mañana de la Nochebuena, Andrés salió a dar un paseo, como acostumbraba hacer. Todo el mundo pensaba que Andrés Sousa era un hombre triste. Y lo era; su corazón estaba lleno de melancolía y abatimiento. También era un hombre solitario, reservado y callado, de modo que solo unos pocos conocían las causas de su tristeza.

            Tenía setenta y dos años de edad y durante casi tres décadas había trabajado como aparejador en una constructora, hasta que la empresa realizó un ajuste de personal y le invitaron a jubilarse anticipadamente. Viudo desde hacía mucho, apenas contaba con amigos. En el pasado los tuvo y, cuando sobrevino la tragedia, muchos intentaron ayudarlo, aunque solo fuera acompañándolo en su dolor. Pero Andrés no buscaba compañía, la rehuía poniendo excusas, así que con el tiempo los amigos dejaron de llamar, hasta que solo le quedó Matías, su fiel amigo de la infancia” (...)

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jueves, noviembre 20

Franco, los grises y las tetas universitarias

 


            Si uno vive lo suficiente –y yo estoy en ese empeño-, verá que, al cabo de un tiempo, las mismas gilipolleces se repiten con distintos gilipollas. O sea, que la gilipollez es cíclica. Prueba de ello es el periódico resurgimiento de los pantalones campana o del cine en 3D. Lo chungo, claro, sobreviene cuando las gilipolleces no son chorrada, sino desastres.

            Esto viene a cuento a causa de la creciente popularidad de Franco y el fascismo entre los jóvenes, sobre todo los varones menores de 30 años. Básicamente, dicen que Franco salvó a España del desastre (aunque no queda nada claro qué desastre era ese), que la democracia ha fracasado y que durante el franquismo se vivía mejor que ahora.

            Pues bien, yo viví 22 años bajo el yugo del nacional-catolicismo de Franco y puedo aseguraros, queridos niños, QUE NI DE COÑA SE VIVÍA MEJOR ENTONCES. Aquel era un mundo en blanco y negro, triste, inculto, cruel y mediocre hasta decir basta. A eso conduce el puto fascismo, y eso es lo que era Franco: un triste, inculto, cruel y mediocre dictador con las manos manchadas de sangre y el alma podrida de corrupción. Un sanguinario hombrecillo con voz ridícula, que se mantuvo en el poder a base de miedo y violencia, condenando al país a un retraso frente al resto de Europa que solo la democracia ha conseguido menguar.

            Si sabéis leer entre líneas, os daréis cuenta de que no me caía demasiado bien ese forúnculo hediondo que gobernó España durante 40 años de opresión. En fin, podría daros un sinfín de datos y razones para sustentar mis palabras, pero creo que es mejor contaros una simple anécdota personal. OJO: Si eres un joven de menos de 30 años (como la mayor parte de mis lectores) presta atención a lo que voy a contar y luego reflexiona sobre en qué clase de sociedad puede ocurrir algo semejante.

            Mi historia tuvo lugar en 1974, creo recordar que a finales de otoño o comienzos de invierno, y el escenario fue la Ciudad Universitaria, que está situada a las afueras de Madrid, junto a la Autovía de la Coruña (A-6). Por aquel entonces yo estudiaba periodismo en la Facultad de Ciencias de la Información. Pues bien, aunque yo iba al turno de mañana, tuve que acercarme una tarde a la facultad para solucionar no sé qué trámite en la secretaría. Allí me encontré por casualidad con Emma (nombre ficticio), una compañera de clase que iba a hacer lo mismo que yo. Emma era joven -19 o 20 años-, muy bonita, muy dulce, muy amable. Una chica encantadora.

            Cuando acabamos nuestro papeleo cometimos un error: en vez de coger un autobús para volver a la ciudad, decidimos ir andando. A fin de cuentas, solo eran un par de kilómetros en línea recta por la amplia y bonita Avenida Complutense. Ya había anochecido. Emma y yo caminábamos charlando tranquilamente y llegamos a la plaza del Cardenal Cisneros, una glorieta situada a medio camino. Allí había una pareja de grises, como llamábamos entonces a los policías a causa del color de sus uniformes.

            Los dos grises nos pararon y nos pidieron la documentación. Era lo normal: si tenías el pelo largo, como yo lo tenía entonces, y pinta de universitario, no era infrecuente que te detuvieran sin más motivo que tu aspecto. Después de examinar nuestros documentos, registraron mi morral y su bolso. Hasta ahí, también normal; estábamos en una dictadura y la policía le preocupaba que pudiéramos llevar panfletos. No los llevábamos. Lo siguiente que sucedió ya no fue tan normal.

            Uno de los policías anunció que nos iban a cachear. El primero fui yo; mientras uno de los grises vigilaba con una mano en la culata de la pistola que llevaba al cinto, el otro me sometió a un cacheo muy leve, apenas quince segundos de rutinario toqueteo. Entonces llegó el turno de Emma, y ahí el asqueroso poli se esmeró. Con baboso deleite, comenzó a sobarle todo el cuerpo, deteniéndose en ciertas zonas, como la entrepierna, las nalgas o, sobre todo, los senos. Aquel hijo de puta no la estaba cacheando, le estaba metiendo mano.

            Sentí que la sangre me hervía, pero el otro policía tenía los ojos clavados en mí, con una mirada que venía a decir “como te muevas un pelo o protestes, te pego un tiro, rojo de mierda”. En fin, tuve la oportunidad de ser un héroe y la desaproveché. Emma tampoco se atrevió a protestar. Finalmente, después de dos o tres minutos de magreo, nos dejaron ir.

            Seguimos nuestro camino. Emma se echó a llorar y, aunque intenté consolarla, no conseguí que se calmase. Estaba conmocionada. Llegamos a la calle Princesa. Le sugerí que se tomara un coñac, o algo así, para tranquilizarse; pero Emma me dijo que no, que quería irse a casa. La acompañé a la parada de autobuses, aguardamos a que llegara el suyo y nos despedimos.

            Pero yo sí que necesitaba un copazo. Estaba en La Moncloa, una zona llena de bares frecuentados por estudiantes. Me dirigí a uno al que solía ir: Los Porrones. Allí me encontré con unos amigos y les conté lo que nos había pasado. Entonces descubrí que en ese mismo bar había varias chicas a las que les había sucedido lo mismo. Por lo visto, esos dos grises se dedicaban a parar y sobar a cada chica mona que se cruzaba en su camino. Uno vigilaba y el otro metía mano, y luego se iban turnando. ¿A cuántas chicas agredieron sexualmente esos dos hijos de puta? Teniendo en cuenta la cantidad de estudiantes que circulaban por ahí, a docenas. Y, ¿sabéis qué?, no pasaba nada.

            Claro, quizá alguien pueda pensar que fue una excepción, una agresión provocada solo por aquellos dos rijoso grises, y no por toda la institución policial. Y es cierto, que yo sepa no era algo que acostumbraran a hacer los polis de entonces. Pero hay algo que no era excepcional, sino cotidiano: Si Emma y/o yo nos hubiéramos resistido a la agresión de aquellos cabrones, nos habrían llevado a comisaría detenidos. A mí me habrían dado una mano de hostias, y a ella probablemente la habrían violado. Y si Emma y yo no nos hubiésemos resistido, pero hubiéramos ido a una comisaría para denunciar la agresión... Ah, entonces nos habrían detenido a nosotros, habríamos pasado la noche encerrados, la denuncia no prosperaría y no sería de extrañar que nos lleváramos alguna que otra bofetada. Eso es lo que ocurría en la oprobiosa dictadura franquista. El poder no estaba sujeto a ningún contrapoder, de modo que los poderosos y sus lacayos podían hacer lo que les diese la gana. Qué paraíso aquel, ¿verdad? Y lo era, sin duda, pero solo para los poderosos y su perros.

            Hace cincuenta años, cuando Franco moría a las 4 y veinte de la madrugada, yo estaba en mi casa, jugando a las cartas con unos amigos. Sobre las cinco apareció mi amigo Tuto y nos dijo que había oído en la radio que Franco la había diñado. Seguimos jugando. Esa noche, evidentemente, me acosté muy tarde. Al medio día me despertó mi gran amigo Tito López con una botella de champán y dos copas. Brindamos celebrando la muerte del dictador. Aquella noche organizamos una pantagruélica cena para un grupo de amigos y volvimos a brindar. Por fin comenzábamos a percibir una lucecita al final del túnel del terror franquista.

            ¿Y ahora una panda de ignorantes gilipollas afirma que aquellos fueron los buenos tiempos? ¿Que es a eso a lo que debemos volver? Amos no me jodas...