miércoles, junio 26

Una luz en la oscuridad



            En cierta ocasión, hace mucho tiempo, me perdí en un bosque. Un grupo de amigos habíamos acampado en el pinar de Valsaín. A media tarde, me fui con uno de ellos (Samael, asiduo de Babel) a dar un paseo. Y nos perdimos. Estuvimos dando vueltas intentando orientarnos, pero, como enseñan los cuentos infantiles, los bosques son laberintos. Cuando el sol se puso, la angustia amaneció. Estábamos acojonados pensando que íbamos a pasar la noche al raso. Y entonces, cuando la oscuridad ya nos engullía, vimos a lo lejos el resplandor de un lumigas brillando a través de la tela azul de una tienda de campaña, la nuestra. ¿Os hacéis una idea del inmenso alivio que sentí al ver aquella luz en la oscuridad?

            Ahora imagina que estamos en la España de 1965, una España donde nunca pasa nada, gris, cerrada, paleta, una España con censura, meapilas, provinciana, tediosa, una España que era todo lo contrario al futuro, todo lo contrario a la modernidad. En las películas americanas ves imágenes de otra realidad, de un mundo dinámico y luminoso que nada tiene que ver con tu oscuro país. Eres un preadolescente de doce años con la cabeza llena de sueños, pero vives en una nación donde los sueños resultan sospechosos, cuando no directamente delictivos.

            Hace poco has descubierto la ciencia ficción y tu mente ha explotado como una nova. Lo que lees en esos libros es mil veces más dinámico y luminoso que nada de lo que hayas visto hasta entonces, más aún que las películas. Cuando vuelves del colegio te pones a leer, y sigues leyendo después de hacer los deberes, y lees antes de dormir, y lees después de que tu madre te haya obligado a apagar la luz, oculto bajo las sábanas con una linterna. Y es que, cuando dejas de leer y vuelves a la realidad, el mundo se te antoja tan tedioso, tan falto de imaginación… El destino te ha condenado a nacer en un país mediocre lleno de gente mediocre que acata sumisa las órdenes de un poder tiránico y mediocre. Además, te sientes un poquito solo, ya que sólo tú, aparte de un par de miembros de tu familia, conoces los secretos de la galaxia, sólo tú has viajado por el tiempo y el espacio.

            Y entonces, un buen día ves en la tele de tu país, esa rancia tele en blanco y negro, la TVE de toda la vida, ves, repito, una programa llamado Mañana puede ser verdad, dirigido por un desconocido Narciso Ibáñez Serrador, alias Chicho. Y te quedas boquiabierto, porque ese programa ¡es de ciencia ficción!  Incluso resulta que uno de sus capítulos está basado en un cuento de Ray Bradbury –El cohete- que tú has leído. Y ahí no acaba la cosa, porque al año siguiente Chicho Ibáñez Serrador estrenó otro programa, Historias para no dormir, dedicado al terror (y un poquito a la ciencia ficción).

            Ahora es difícil de entender, pero aquello era inaudito en la España de los 60, una España ultracatólica, con censura, pueblerina y con un gran recelo hacia la imaginación. Fue como si de repente se abriera una ventana en una habitación asfixiante. También fue una especie de señal, la premonición de que en este país las cosas podían cambiar. En lo que a mí respecta, supuso además la constatación de que yo no era un bicho raro, de que había otra gente, como Chicho, a la que le interesaban las mismas cosas que a mí.

            Luego vinieron dos películas: La residencia, terror clásico excelentemente realizado; y ¿Quién puede matar a un niño?, terror más moderno inspirado en Hitchcock (en Los pájaros). Ambas totalmente inusuales en aquella España sombría y aburrida. También vino, por supuesto, el Un, dos, tres, pero eso es otra historia.

            Hace veinte días, el pasado 7 de junio, Chicho murió. De él se han dicho muchas cosas, todas buenas; que fue un renovador de la TV, que hizo popular el terror, que fue un genio. Y es verdad; pero para mí fue algo distinto y aún más importante: fue una luz en la oscuridad. Y por eso, sólo tengo algo que decirle: gracias, muchísimas gracias.

lunes, junio 10

miércoles, junio 5

¿Vale la pena ser escritor?


 
            Con frecuencia, cuando voy a una librería y contemplo la inmensa cantidad de libros que se publican, me pregunto qué sentido tiene ser escritor. ¿De qué vale añadir un título más a los millones de títulos que ya se han impreso? Es como arrojar un vaso de agua al mar: no sirve para nada. Resulta descorazonador, os lo juro.

            Aunque claro, te sabes escritor, eres un “artista”, la gente te lee, te alaba, ganas premios, te invitan a participar en eventos, te llaman maestro, te suben a un altar. Y te sientes importante. Pero luego, cuando te quedas a solas y dejas de darle lustre al ego, comprendes que en realidad no has conseguido nada. No has hecho avanzar la literatura, no has creado nada realmente nuevo, lo que escribes no cambiará nada. Y te sientes un farsante, un impostor (incluso hay un síndrome al respecto).

            Pero a veces…

            Hace años, un padre se puso en contacto conmigo a través del blog. Me contó que su hijo Jordi, de 14 años, era autista y sólo le interesaba leer manuales de instrucciones y folletos. El buen hombre intentaba aficionarle a la literatura, así que compraba novelas juveniles y se las leía, pero Jordi no le prestaba atención. Un día, por pura casualidad, comenzó a leerle una novela mía, Las Lágrimas de Shiva. Al cabo de un rato paró y se fue al salón; y, al poco, apareció Jordí y, por primera vez en su vida, le dijo: “¿Puedes dejarme ese libro para acabar de leerlo?”.

            Huelga decir que me sentí orgulloso como un pavo. No, mejor que orgulloso: me sentí útil. Me sentí un mago. Había formulado un conjuro (mi novela) y había obrado un milagro.

            Hoy, años después, he vuelto a experimentar lo mismo. Tengo una “alerta Google” que me avisa cada vez que aparece mi nombre en Internet (en general para informarme de que alguien está pirateando mis libros), y esta mañana me ha llegado una. Es un reportaje de la revista electrónica Ideal, y trata sobre un joven andaluz, Ismail Fernández, que acaba de publicar un libro, “Mi amigo Inseparable” (editorial Alhulia). En realidad, el tema del reportaje es la superación personal, porque, a causa de complicaciones en el parto, Ismail padece parálisis cerebral y sólo puede utilizar la mano izquierda. Pues bien, un párrafo del texto dice lo siguiente:

            (Escribir ‘Mi amigo inseparable’) “ha sido un ejercicio de introspección”, afirma. También de revivir etapas con una fortísima carga emocional. Como la infancia. Cuando los niños, ignorantes –bendita ignorancia– e inocentes –bendita inocencia–, lo trataban como a uno más. Sus años más felices. Una percepción que fue cambiando cuando entraba en la adolescencia. «Me di cuenta de que, sin serlo, me veían como alguien diferente». Una 'diferencia', prejuicios para algunos, que acarrearon pérdida de amistades y de que hubiera incluso quien le acusara de que le aprobaran asignaturas en el instituto por compasión. Aquello le dolió. Pero lo superó. Salía menos que sus amigos, pero se divertía tanto como ellos gracias a lecturas que le marcaron, como 'Las lágrimas de Shiva', de César Mallorquí. (Si quieres leer el reportaje completo pincha aquí).

            ¿Qué puedo decir? Pues que por cosas como esta vale la pena ser escritor.
            Gracias, Ismail; hoy me has alegrado el día.

sábado, mayo 18

Otra vez elecciones, manda c*j*n*s



            Estoy contento de que hayan perdido las elecciones los que las han perdido, pero no me siento especialmente feliz por quienes las han ganado. Es decir, me alegro de que gobierne una opción progresista, pero desconfío de las personas que la encabezan. Sin duda, Pedro Sánchez ha protagonizado una proeza política: pasar del destierro, traicionado por los suyos, al trono. Eso daría para el argumento de una película de Hollywood. La moción de censura que derribó al rajoyato, los decretos sociales durante su escaso año de gobierno, el propósito de trasladar el cadáver de Franco… Me quito el sombrero, sin duda Sánchez es un maestro de la táctica, un prodigio de tenacidad. Pero todavía no he escuchado de sus labios una idea nueva ni una estrategia para mejorar el país y el paisanaje.

            Lo bueno ha sido que ahora conocemos la verdadera fuerza de Vox, que no ha sido tanta como nos temíamos. Aunque estremece comprobar que en España hay 2.676.950 personas que aún viven en el cuaternario, no me digáis que no. El peligro de Vox, ahora, es su capacidad de influencia siendo un partido bisagra que, cómo en Andalucía, resulte determinante para la gobernación de la derecha. Pero no creo que crezca mucho más; probablemente ha alcanzado su techo electoral. Pero, ojo, siendo como es; porque si cambia…

            Vox es un partido nostálgico del franquismo, un partido anclado en el pasado, un partido de cazadores y toreros, de señoritos a caballo y tonadilleras. Huele a rancio, no ofrece nada capaz de entusiasmar a nadie que no esté previamente dispuesto a entusiasmarse con esa clase de fantasías autoritarias añejas. Para que un partido de extrema derecha pueda crecer electoralmente, necesita que le voten personas que no son de ultraderecha. Para ello, ha de disfrazarse, prescindir de los rasgos fascistas clásicos y aparentar modernidad.

            El ejemplo más cercano es el Frente Nacional francés. Mientras estuvo liderado por Jean-Marie Le Pen fue un partido de ultraderecha de toda la vida, no escondía lo que era y tenía un limitado techo electoral. Pero luego llegó la hija, Marine Le Pen, y se puso a lavarle la cara al partido eliminando de su imagen los estilemas de la vieja ultraderecha. ¿Y qué pasó? Pues que Marine rompió el techo y compitió con Emmanuel Macron en la segunda vuelta de las presidenciales. El año pasado, Marine Le Pen siguió limpiando la imagen de su partido cambiándole el nombre, que ahora es Agrupación Nacional. Todo lo cual no significa que ya no sea la extrema derecha. Lo es, pero intenta no parecerlo.

            Así pues, mientras Vox siga pareciendo lo que es no habrá demasiados problemas. Pero el día en que veamos que sus actuales líderes de pandereta son sustituidos por otros más presentables, al menos en apariencia, y que el partido empieza a transformarse en otra cosa, ese día tendremos que preocuparnos de verdad.

            Podría hablar ahora de Casado, de Rivera y de Iglesias, pero no me apetece. Este grotesco guiñol en que se ha convertido la política española da mucha pereza.

            Pero se avecinan otras elecciones, amigos míos, y como vivo en Madrid voy a referirme exclusivamente a Madrid. El PP presenta como candidata a presidir la Comunidad a Isabel Díaz Ayuso. No la conocía ni dios, pero últimamente se ha hecho famosa por las gilipolleces que suelta. En su momento dijo que estaba «al lado de Vox, no enfrente», pero no son sus filiaciones políticas lo que me alarma, sino sus manifiestas carencias intelectuales. Esa mujer no está preparada ni para dirigir un puesto de castañas, así que una comunidad ni te cuento. Que el PP se atreva a proponer a semejante iletrada me parece un insulto a los ciudadanos. Creo que Díaz Ayuso junto con Suarez hijo son dos de los políticos más bobos que he visto.

            Imagino, o quiero imaginar, que no hay mucha gente dispuesta a votar a un partido que ha robado en la comunidad a manos llenas, y menos a una señora tan absolutamente inepta. Pero quién sabe, los votantes siempre me desconciertan. El caso es que existe la posibilidad de que esa inútil llegue a gobernar (mirad lo que pasó en Andalucía). Por tanto, vota. No contra el fascismo (aunque también), sino contra la estupidez.

            Y no te olvides de las elecciones europeas, porque es en Europa donde se va a definir nuestro futuro.

            Resumiendo: vota, coño; sobre todo si vives en Madrid.
 
 

viernes, abril 26

Contra la invasión Z, vota por favor.


 
            Hace tan solo un año no sabía a quién votar; ni siquiera si iba a votar. Los políticos españoles me parecían una panda de mediocres, y la política se había convertido en una especie de guiñol en el que primaba el insulto sobre la reflexión. Un año después, todo sigue igual, salvo por un detalle: ahora nos enfrentamos a una invasión de zombis.

            Son zombis muy peculiares: agitan banderas rojigualdas, montan a caballo, les encantan las armas, desprecian a las mujeres, odian a los homosexuales, son xenófobos, no tienen rivales, sino enemigos a batir, aman los toros y la caza, desprecian la cultura, la inteligencia y la modernidad. Son auténticos muertos vivientes, cadáveres putrefactos que han salido de sus tumbas con el propósito de hacerse una fricasé con nuestros cerebros.

            Por desgracia, no es nada nuevo. Viví los últimos años del franquismo y la transición, y por aquel lamentable entonces se escuchaban barbaridades muy similares a las que hoy dice Vox. Oír a Abascal es como volver a escuchar a Blas Piñar o a Sánchez Covisa. Es volver a un pasado tenebroso.

            Tras el fallido golpe de estado del 81, la extrema derecha parecía haber desaparecido del mapa. Tanto es así que muchos idiotas, como yo mismo, nos olvidamos de su existencia. Pero estaban allí, agazapados en las cavernas del PP. Y ahora que el partido de la derecha única se desploma, los zombis salen de sus sepulcros.

            Pero el problema no es tanto Vox como el contagio reaccionario que Vox ha supuesto. Pablo Casado ha visto cómo el PP que ha heredado se desangra con votos que huyen a la ultraderecha, así que se ha ultraderichazado, dispuesto a pactar con Abascal o con el mismísimo Belcebú, si eso le permite salvar su cuello político, que está en juego si no logra gobernar como sea. Lo que a mí me resulta incomprensible es la actitud de Rivera, aliándose con la derecha extrema y dispuesto a cerrar los ojos y aceptar un pacto con los zombis. Así que el centro-derecha no existe. Tal es el grado de la derechización, que incluso la Falange se ha radicalizado (aún más), y tilda a Vox de derechita cobarde, afirmando que “No es más que el PP vestido de verde”.

            El caso es que si este bloque de la derecha obtiene más escaños que la izquierda, los zombis gobernarán. Así que no se trata tanto de partidos políticos considerados de forma individual, sino de dos formas distintas y antagónicas de encarar el futuro: el conservadurismo reaccionario o el progresismo humanista. Lo de siempre, vamos: la derecha y la izquierda. ¿Qué preferís vosotros?

            Pedro Sánchez me parece un mediocre (como el resto de los políticos, no es ninguna excepción). Pero prefiero un mediocre socialdemócrata a un cavernícola de extrema derecha. Pablo Iglesias tiene más talla intelectual, pero con excesiva frecuencia le ciega la vanidad y una ambición sin límites. No me cae bien, y rechazo muchas de sus ideas; pero si fuese necesario, pasado mañana le votaría. Porque, insisto, ya no es cuestión de partidos, sino de ideas, de ética y de libertades.

            Para que los más frikis me entiendan: El trifachito es Saurón, Saruman y los orcos, mientras que el bloque de izquierda es Gandalf y Frodo. La traslación al universo de Star Wars podéis hacerla vosotros mismos.

            Pasado mañana votaré al PSOE, y espero que PODEMOS obtenga también un buen resultado. Para ello, es fundamental que la mayor parte de quienes nos consideramos progresistas votemos. Porque todos los votantes de derecha votarán, esos no fallan. Por eso necesitamos una gran participación. Por eso cada voto es vital.

            Por favor, vota. Por las mujeres, por los derechos de los homosexuales, por las libertades, por la cultura, por ti mismo. Y, por supuesto, contra la intolerancia, contra la xenofobia, contra el patriotismo de opereta, contra la estupidez, contra el machismo, contra el oscurantismo. Vota por lo que quieras, pero vota, coño.
 
 

jueves, marzo 14

Manual de instrucciones para el fin del mundo



 
            Escribí La estrategia del parásito en 2011. Fue un proceso extraño; yo llevaba meses escribiendo La isla de Bowen y, cuando iba más o menos por la mitad de la obra, recibí una llamada de Elsa Aguiar, la entonces directora editorial de SM. Me pidió una novela destinada a leerse en IPhone y vinculada de algún modo a Internet. Le dije que le contestaría en una semana; si para entonces se me ocurría algún argumento, aceptaría. Y se me ocurrió.

            Interrumpí lo que tenía entre manos y escribí la novela muy rápido para poder cumplir la fecha de entrega. Luego, lo del IPhone se torció y La estrategia del parásito acabó publicándose en papel al año siguiente. Elsa había enfermado y para esa edición colaboré por primera vez con Gabriel Brandariz, por entonces editor y hoy Gerente de la editorial. Fue un caso de amor a primera vista; ambos descubrimos que, pese a la diferencia de edades (Gabriel es insultantemente joven), ambos estábamos igual de locos y nos gustaban las mismas cosas.

            Cualquiera que conozca mi obra sabe que mis protagonistas casi nunca son héroes de acción, sino personas normales que se ven envueltas en circunstancias extraordinarias. Me parece mucho más interesante ver cómo se desenvuelve ante el peligro alguien como tú o como yo, que asistir al reparto de mamporros de un gañán con exceso de testosterona. En La estrategia del parásito llevé lejos eso del héroe que no lo es.
 

 
            Se trata de un thriller. Óscar Herrero, el protagonista de la novela, es un estudiante de periodismo de 22 años, un tío de Burgos enteramente normal. Un día lee en el periódico que un antiguo compañero de colegio, Mario Rocafort, ha muerto en un accidente de moto. Óscar no mantenía ninguna relación con Mario, así que se sorprende mucho cuando, poco después, recibe una carta que su ex-compañero le envió justo antes de morir, acompañada de un pendrive. En la misiva, Mario le pide que, si no tiene noticias suyas en una semana, intente localiza a un profesor de la faculta de informática llamado Figuerola y le entregue el pendrive. También le da una serie de instrucciones sobre las precauciones que debe tomar para examinar el pendrive. Óscar descubre que Figuerola ha desaparecido, y entonces mete la pata al incumplir una de las instrucciones de Mario. A partir de ahí, su vida se convierte en una pesadilla.

            Imaginaos que alguien o algo (denominado “Miyazaki”) controla Internet y todo lo que está directa o indirectamente conectado a la Red. Y ahora imaginaos que ese misterioso ente decide putearos usando todo su poder. Eso es lo que le pasa a Óscar. De repente, se ve obligado a huir y esconderse, porque la policía le busca acusado de asesinato y unos sicarios quieren matarle. Y ni siquiera sabe por qué. Durante su huida, Óscar mete la pata varias veces (como la meteríamos todos en su lugar). Esas torpezas, esa fragilidad del protagonista, para mí lo hacen más interesante, aunque no todo el mundo estuvo de acuerdo.

            Recuerdo que un chico escribió en su blog una reseña de la novela. Le había gustado mucho, pero añadió que no soportaba al protagonista. “¡ES TONTO! ¡TONTO! ¡TONTO!”, escribió. Ya, lo es; pero ponte tú en su lugar.

            La novela tiene una peculiaridad: su final está en una página de Internet. Y es un final abierto. (Por cierto, algunos lectores confesaron que se habían llevado un susto de muerte al ver ese final) Aunque, si te paras a pensarlo, no lo es tanto. El poder al que se enfrentan los personajes es tan desmesurado que resulta imposible enfrentarse a él. Punto final. O, al menos, eso creía yo entonces.

            Como siempre ocurre cuando publico una novela, procedí a olvidarme de ella. Pero años después, por algún motivo que no recuerdo, volví a pensar en su argumento. ¿Realmente el problema que había planteado no tenía solución? Me puse a darle vueltas. No podía sacarme un as de la manga ni recurrir a un tramposo deus ex machina; tenía que ser algo que ya estuviese en la primera novela…Y lo encontré. Además, era una solución que, si lo pensabas bien, contenía un problema aún mayor y casi filosófico. Eso me gustaba.

            Le propuse a Gabriel convertir La estrategia del parásito en un trilogía y, como está loco, aceptó. Así que escribí dos novelas más. Y la primera de ellas, llamada Manual de instrucciones para el fin del mundo, ya está en las librerías, junto con una renovada reedición de La estrategia... La trilogía, llamada Crónicas del parásito, se completará con la tercera entrega, La hora Zulú, que aparecerá en septiembre.

            La primera novela era voluntariamente claustrofóbica. Se centraba en dos personajes (Óscar y Judit, la ex de Mario) durante menos de dos semanas. Pero Miyazaki supone un peligro mundial, así que en Manual de instrucciones para el fin del mundo he ampliado la mirada; se introducen nuevos personajes y la acción se desarrolla en más escenarios, aparte de España: Estados Unidos, Inglaterra, Francia y Japón. El argumento de esta segunda novela se centra en la formación de un pequeño y extravagante grupo de personas que se unen para hacer frente a la amenaza de Miyazaki. También retoma a los principales personajes de la anterior novela. Lo cual permite que Óscar, después de casi un año huyendo, aprenda y deje de hacer tantas tonterías. Y, por cierto, como su nombre indica, la novela habla de un simpático sistema para acabar con la humanidad.

            Ah, y una curiosidad: Los tres títulos de Crónicas del Parásito son en parte un juego metaliterario en el que la ficción se confunde con la realidad. Pues bien, en las novelas segunda y tercera aparecen dos personajes peculiares. Uno es un escritor llamado César Mallorquí, y el otro su mujer, María José Álvarez, Pepa. Soy mi propio personaje, lo cual significa que soy mi propio padre. De tal astilla, tal palo.

            En fin, queridos merodeadores, Manual de instrucciones para el fin del mundo ya está en las librerías. Y también la bonita reedición de La estrategia del parásito. ¿Qué hacéis ahí parados? ¡Corred a comprarlas, insensatos!

sábado, marzo 2

Políticos




            El domingo 1 de octubre de 2017, fecha del célebre referéndum catalán (que por lo visto era de mentirijillas), Pepa y yo estábamos en Barcelona. En realidad, saliendo de Barcelona, pues habíamos pasado el fin de semana allí y regresábamos en coche a Madrid. Salimos temprano, así que no fuimos testigos de ningún incidente; pero pasamos por delante de cientos, miles de banderas esteladas. La ciudad estaba llena de ellas.

            Recuerdo que por el camino comenté con Pepa que lo que más me jodía del nacionalismo catalán era que, por el principio de acción/reacción, azuzaría al nacionalismo español. Madre mía, cómo me jode a veces tener razón. Cuando llegamos a casa nos encontramos con que nuestra calle estaba plagada de banderas españolas. El jueves, cuando salimos, sólo habría un par, pero al cabo de tres días se habían multiplicado como una plaga. Creo que nuestra terraza era la única en la que no ondeaba un trapo.

Detesto el nacionalismo; me parece un sentimiento cuasi-religioso, paleto, miope y destructivo (sólo hay que recordar las monstruosas consecuencias del nacionalismo en el siglo XX). Pues bien, ¿que no quieres caldo? Toma dos tazas. Al efervescente resurgimiento del cavernario nacionalismo catalán le ha seguido el no menos espumoso alzamiento del cavernario nacionalismo español.

            Ahora es el momento de citar a Samuel Johnson (y a  Kirk Douglas, y a Kubrick): “El patriotismo es el último refugio de los canallas”. Porque el patriotismo es un eficaz medio de control social, que los canallas catalanes (esa derecha burguesa que se hinchó a robar mientras estaba en el gobierno) y los canallas del resto de España (esa derecha de Barrio de Salamanca que se puso ciega a robar cuando gobernaba), utilizan para tapar sus trapos sucios. Y mientras tanto, el pueblo, esos catalanes que son “buena gente”, o los otros que son “españoles de bien”, entran al trapo como becerros y bailan al son que les tocan, sin pararse un segundo a pensar. Supongo que el pensamiento está sobrevalorado. Mejor embestir.

            Pues bien, como era de prever, gran parte de la sociedad española se ha volcado a la derecha, porque es la derecha quien siempre ha preservado las esencias del nacionalismo español. Lo que pasa es que las cosas no han ido como yo pensaba (sino mucho peor).

            De hecho, soy famoso por lo errado de mis previsiones políticas. No doy ni una. Por ejemplo, siempre había pensado que el hecho de que, tras el derrumbe de la UCD, sólo hubiera un partido que aglutinara a toda la derecha, desde el centro hasta el extremo diestro, era una anomalía democrática. Así que, cuando entró en escena Ciudadanos, creí que el asunto se iba a solucionar; el PP se quedaría en la derecha extrema y Ciudadanos en el centro derecha. Por fin una derecha civilizada, pensé tontamente…

            Porque me había olvidado de Vox. Ahí estaban los trogloditas, agazapados, sin que nadie les prestara atención. Y de pronto, zas, los tienes  delante de tus narices, mostrando orgullosos su patriótica estampa de señoritos a caballo. Qué miedo me dan, madre mía; qué miedo y qué asco. Y qué dejà vu tan siniestro.

            Pero lo que ha pasado después me ha dejado aún más turulato. Pensaba yo que los distintos partidos conservadores buscarían, cada uno, su propio nicho en el espacio de la derecha, pero qué va. Vox se ha quedado en lo que es: extrema derecha. Pero el PP, por razones que luego intentaré explicar, se ha corrido tanto a la diestra que resulta difícil diferenciarlo de los del diccionario. Y Ciudadanos, hala, también ha girado hacia el extremo. Y ahí tienes a los tres, peleando por el voto jurásico.

            Siempre he pensado que los líderes políticos actúan en base a sus propios intereses. No los de sus conciudadanos, ni los de su partido: los suyos personales como individuos. De todos los líderes que van a competir en las elecciones, quien más se la juega es Pablo Casado. A Vox para triunfar le basta con entrar en el Parlamento, cosa que ocurrirá seguro, de modo que Abascal tan tranquilo. Ciudadanos incrementará con seguridad sus escaños; aunque Rivera no llegue a gobernar, nadie de su partido le discutirá el liderazgo. El PSOE será, según todos los indicios, el partido más votado; gobierne o no, Pedro Sánchez no temerá que sieguen la hierba bajo sus pies.

En cuanto a Podemos, todo augura que se pegará un señor batacazo, pero como Iglesias ya ha eliminado toda la competencia interna y ha hecho del partido su cortijo, no tendrá problemas.

            Lo de Casado es distinto. De entrada, no está consolidado como líder del PP, y muchos en su partido están esperando y deseando que se la pegue. En segundo lugar, está en un partido herido por la corrupción y los escándalos. Por último, tiene una hemorragia de votos que se van a Ciudadanos y, sobre todo, hacia Vox (de hecho, Vox es un destilado del PP). Va a perder escaños por un tubo. La única oportunidad que tiene Casado de salvar la cabeza es que los tres partidos de la derecha consigan la mayoría mediante una alianza y que el PP quede por delante de Ciudadanos, de forma que pueda gobernar. Cualquier otra opción, kaput.

            Si intentáis poneros en su piel (ya sé que es difícil, pero encasquetarse un chaleco acolchado ayuda a conseguirlo), os daréis cuenta de que Casado está haciendo lo único que puede hacer. La mayor pérdida de votos del PP es hacia Vox, de modo que para intentar recuperar a esos votantes, Casado se ha escorado radicalmente hacia la derecha (que probablemente sea lo que le mole, pero da igual). Además, así le será más fácil negociar una posible alianza con esos machotes a caballo.

            Lo que ya no entiendo es el comportamiento de Ciudadanos. Su nicho natural es el centro-derecha; ¿qué gana Rivera yéndose a la caverna? Vale, por lo visto tenía una fuga de votos hacia Vox; pero cabe suponer que si se va demasiado a la derecha perderá votos en beneficio del PSOE. Por otro lado, Ciudadanos nació como reacción frente al nacionalismo catalán. Su principal seña de identidad es el nacionalismo español. Así que ahí tienes a Rivera, Casado y Abascal, compitiendo a ver quién la tiene más grande (la bandera, la bandera). Aunque creo que, en el fondo, se trata de algo más primario. Hubo un momento en que las encuestas daban como ganador a Ciudadanos; Rivera ya se veía en el trono. Y de pronto va Pedro Sánchez y organiza una moción de censura. Y lo que es peor: la gana. Y las aspiraciones de Rivera, su rápido ascenso al poder, se esfuman. No sé, creo que es como un niño al que le enseñan un juguete para, acto seguido, quitárselo. Tiene una pataleta.

            ¿Y qué pasa con la izquierda? Creo que Pablo Iglesias es un hombre talentoso que, cegado por la vanidad y la ambición, no ha parado de meter la pata hasta dejar su partido hecho una ruina. Podemos se pegará un batacazo en las generales, aunque probablemente menor de lo que auguran las encuestas (al menos, eso espero). Respecto a esto, puedo alardear de una de mis escasísimas predicciones políticas acertadas. Cuando Podemos estaba en la cresta de la ola, auguré que acabaría deshinchándose hasta ocupar el nicho natural de la izquierda extrema (que antes pertenecía a IU); es decir, en torno al 10 o al 15 %

            En cuanto al PSOE, creo que Pedro Sánchez es un mediocre. Pero también me parecen mediocres el resto de los políticos españoles. Además, Sánchez es un mediocre, sí, pero no un sociópata. Como sí lo es algún que otro líder del bloque de la derecha.

            Hace años, juré que no volvería a hablar de política en el blog, porque me indignaba demasiado. Pero lo acabo de incumplir, y lo volveré a hacer en las próximas semanas. Pasé mis primeros 22 años de vida en el seno de una dictadura fascista; no quiero volver a nada que me recuerde a aquello. Y últimamente, amigos míos, llega a mi delicada nariz un tufo facha de lo más alarmante.

            Cuando la utopía queda lejos, y la distopía se aproxima, lo que hay que hacer es apostar por el mal menor. No es emocionante, pero sí muy práctico.