jueves, septiembre 10

Hasta siempre, Sra. Peel

Hoy ha muerto el amor de mi vida. No me refiero a Pepa; ella es el segundo amor de mi vida. Estoy hablando de Diana Rigg, la mujer que fue Emma Peel. Mi amor eterno. Ya hemos charlado en Babel de la vieja serie de TV Los Vengadores, y además ahora todo el mundo está hablando de ella. No obstante, voy a repetir aquí parte de lo que escribí en 2013. La serie Los Vengadores nació en 1961 producida por la ABC. Su protagonista, el Dr. Keel, jura vengar el asesinato de su novia a manos de un grupo de narcotraficantes, y para ello cuenta con la ayuda de un misterioso agente secreto llamado John Steed (interpretado por Patrick Macnee). Durante la segunda temporada (1962), Keel desaparece y Steed se hace con el protagonismo de la serie, acompañado por tres ocasionales colaboradores. Uno de ellos, una arrojada mujer llamada Cathy Gale (Honor Blackman), se convertirá en la pareja fija de Steed durante la siguiente temporada (1963). Qué yo sepa, estas tres primeras temporadas nunca se han emitido en España, así que no las he visto. En el 63, Honor Blackman abandonó la serie para convertirse en chica Bond (fue Pussy Galore en Goldfinger) y hubo que buscarle una sustituta: Emma Peel –la señora Peel-, interpretada por Diana Rigg, que coprotagonizó con Steed las dos siguientes temporadas. Y su presencia revolucionó la serie convirtiéndola en un producto de culto. Pero yo aún no lo sabía, porque la cuarta de temporada de Los Vengadores, emitida en Inglaterra entre 1964 y 1966, no llegó a España hasta 1968, cuando yo tenía quince años. Es difícil explicar de qué va la serie. Básicamente, se trata de las aventuras de dos agentes secretos británicos en los años 60. John Steed tenía unos cuarenta años, siempre vestía trajes con chaleco, usaba bombín y jamás se separaba de su paraguas. El clásico gentleman inglés. Por contra, su compañera, Emma Peel, era una mujer joven, guapa, elegante, inteligente y experta en artes marciales. De hecho, ella repartía bastante más leña que él. En realidad, el concepto era más amplio. No olvidemos que la serie se produjo en los 60, en plena eclosión de la contracultura, la liberación de la mujer, el pop y la psicodelia. Así que Steed representaba a la Inglaterra de siempre, y la señora Peel a la nueva Inglaterra, la de los Beatles y Mary Quant. Los Vengadores podría definirse con dos palabras: sofisticación e ironía. La serie, cuyos argumentos solían oscilar entre el espionaje, el pulp y la ciencia ficción, no se tomaba demasiado en serio a sí misma. Todo estaba contemplado a través del prisma de un humor que oscilaba entre lo más genuinamente british y lo abiertamente surrealista. Los diálogos eran ingeniosos, la situaciones delirantes y los argumentos muy imaginativos. Steed conducía un precioso Bentley de 1926 y la señora Peel modernos deportivos. Él vestía siempre impecables ternos clásicos y ella a la última moda (de los 60). Ambos eran extremadamente aficionados al champán francés. Todo muy sofisticado y muy pop. El éxito de la serie se debió a la señora Peel/Diana Rigg. Una mujer independiente, inteligente, con mucho sentido del humor, valiente, moderna. Una mujer que no estaba ahí para ser rescatada por el machote de turno, sino para rescatar a su querido Steed cuando era necesario. Una mujer fuerte, elegante y divertida. Creo que me enamoré de ella nada más ver el primer episodio. Diana Rigg era esbelta, elegante, guapa sin estridencias, pero no fue nada de eso lo que me enamoró. Fue su mirada. En sus ojos aleteaba una permanente ironía, como si en el fondo nada fuese del todo serio. Era una mirada inteligente, chispeante, la mirada de una mujer absolutamente segura de sí misma. Sólo he visto una mirada similar (aunque no idéntica): la de Lauren Bacall en Tener y no tener (una película de Hawks, como no podía ser de otra forma) cuando le dice a Bogart: “Si me necesitas silba. Porque sabes cómo silbar, ¿no Steve? Tan solo tienes que juntar los labios y ... soplar". En fin, que Diana Rigg ha sido el gran amor de mi vida. Alto ahí, diréis; eso no es amor, porque no te enamoraste de Diana Rigg, sino de Emma Peel, un personaje de ficción, un ser que no existe. Y yo respondo: ¿Acaso no se enamora uno siempre de alguien que en realidad no existe? Pero, insistiréis, eso no es amor, sino un calentón adolescente. Pues os equivocáis; jamás utilicé la imagen de Diana Rigg para mis fantasías masturbatorias. Habría sido como mancillarla y yo la respetaba demasiado. Lo único que quería es estar con ella, poder mirarla, quizá cogerla de la mano, zambullirme en sus burbujeantes ojos de chica lista y dura. Eso es amor; amor puro, total y entregado. Por lo demás, yo era consciente de varias cosas: 1 Diana Rigg era mucho mayor que yo; por aquel entonces ella tenía 29 años y yo 15. 2 Eso ya bastaba para ser un muro insalvable entre nosotros. 3 Pero es que, además, ella vivía en Londres y yo en Madrid, y ella sólo hablaba inglés y yo sólo español. Eso es lo que se llama un amor imposible. Y no sabéis hasta qué punto sufría al ser consciente de que jamás iba a estar ni siquiera medianamente cerca de Diana Rigg. Me dolía. Me dolía de verdad. Estoy seguro de que si mi querida Diana hubiera vivido en Madrid, yo me habría ganado, con justicia, una orden de alejamiento por acoso. Supongo que esto os parecerá una anécdota sin importancia, una chifladura de adolescente. Pero os equivocaréis, porque fue muy importante en mi vida, Veréis, Hace unos años, una periodista me preguntó una cosa en la que yo no había caído: ¿Por qué los personajes femeninos de mis novelas están cortados casi todos por el mismo patrón? Lo pensé y me di cuenta de que era verdad; la mayor parte de mis personajes femeninos son mujeres o chicas con mucho carácter, independientes, echadas p’alante, inteligentes y con sentido del humor. ¿Por qué? La respuesta que le di a la periodista fue sencilla: porque así son las mujeres que me gustan. De hecho, me casé con una mujer de esa clase. Ahora bien, ¿por qué me gustan ese tipo de mujeres? Pues por Emma Peel, claro. Diana Rigg definió para siempre mis gustos femeninos. ¿Os parece poco? Hay, por cierto, un malentendido acerca de Emma Peel: La gente se empeña en recordarla vestida de cuero. Y, en efecto, durante su primera temporada usaba esa vestimenta. Porque la había heredado de la anterior co-protagonista, Cathy Gale (Honor Blackman). Pero a Diana no le gustaba, y durante la segunda temporada sustituyó el cuero por minifaldas pop y, sobre todo, por unos ajustadísimos buzos de tela elástica. Ese tipo de prenda fue tan popular que pasó a llamarse “emmapeeler”. En fin, Diana Rigg ya no está y mi corazón se ha roto. Alzo mi copa de champán por ti, querida Diana; descansa en paz. Tú has muerto, pero Emma Peel vivirá para siempre.

jueves, julio 23

Guillermo Brown


 
            El pasado domingo regresé del Festival Celsius, cambiando las frescas tierras asturianas por el horno madrileño (jesú, qué caló). Ha sido un Celsius extraño a causa del C-19. Pero ha sido, lo que basta y sobra para prorrumpir en una agradecida ovación en honor de Cristina, Jorge Iván, Diego y el resto de los organizadores. ¡Gracias, amigos/as!

            El caso es que presenté el tercer volumen de las Crónicas del parásito y, tras el acto, firmé unos cuantos ejemplares. Y ahí me reencontré con mi buen amigo y viejo merodeador Juan H. Qué, como el año pasado, me hizo un regalo (infinitas gracias, Juan, pero no lo hagas más, porque me creas mala conciencia). Me regaló un CD, The Chieftains 3, una antología de relatos policiacos de Fredric Brown y un ejemplar de Guillermo Brown en inglés, que es toda una curiosidad.
 
 

            Ya os he hablado de las historias de Guillermo, de Richmal Crompton. Esos libros han marcado mi vida como ningún otro lo ha hecho. Me convirtieron definitivamente en lector, forjaron mi sentido del humor, me enseñaron lo que es la rebeldía y son una de las principales influencias de lo que escribo. Comencé a leerlos cuando tenía unos nueve o diez años, porque los heredé de mis hermanos y porque en esa época, comienzos de los 60, Crompton y Blyton eran las dos autoras de literatura infantil más populares.

            Me apresuro a aclarar dos cosas: Yo era (y soy) fan absoluto de Guillermo, mientras que las historias de Blyton me parecían (y parecen) tontas y blandorras. Y, en segundo lugar, Guillermo es un niño de once años y sus historias fueron un éxito entre los niños. Sin embargo, pueden -y deben- ser disfrutadas por los adultos. De hecho, los primeros relatos estaban dirigidos a los lectores adultos, y son una divertidísima sátira de la sociedad inglesa.

            Los libros de Guillermo (son antologías de relatos) fueron publicados en España por Editorial Molino entre 1935 y 1970, hasta un total de 39 volúmenes. Hubo una reedición, la última, en 1999, que debió de ser un fracaso porque a los niños de ahora no les divierte Guillermo. Se lo leía a mis hijos cuando eran pequeños, y el único que se reía era yo. Incluso hubo un absurdo intento de adaptar sus historias a los tiempos actuales. ¿Por qué no le gusta Guillermo a los niños de hoy?

            Supongo que por diversos motivos, entre ellos que la sociedad inglesa de los años 30 debe de resultarles más extraña que Mordor. Pero leí una explicación muy convincente. La base de las historias de Guillermo puede resumirse en una frase: El enemigo natural de los niños son los adultos, especialmente los padres. Eso era cierto en los años 30, y en los 40, y en los 50, y en los 60, y en los 70..., pero a partir de los 80 la cosa empieza a cambiar. Los padres de ahora ya no son las figuras autoritarias y restrictivas de antaño. Más bien al contrario; los actuales progenitores son tolerantes y generosos, y más que padres ambicionan ser amigos de sus hijos. Rebelarse contra ellos sería tan absurdo como ponerle barricadas a Santa Claus. Por eso Guillermo resulta incomprensible para los niños de hoy.

            Pero volvamos al libro que me regaló el bueno de Juan H. En la foto de arriba podéis ver la portada. William, the dictator. Ojo, recordad que se trata de una sátira; a la señora Crompton jamás la acusaron de filonazi (al contrario de su colega Blyton). El libro se publicó en Inglaterra en 1938, y en España en 1962. Y ahí está la curiosidad: dado que en nuestro país “disfrutábamos” de una bonita dictadura, ese libro de Guillermo (el 22 de la serie española), apareció con otro título y otra portada.

            Aún no lo he comentado, pero otro de los alicientes de Guillermo son las maravillosas ilustraciones de Thomas Henry (autor de la portada de arriba). Pues bien, en la edición española el libro pasó de titularse William, the dictator, a llamarse Guillermo el luchador. Y la portada inglesa de Thomas Henry fue sustituida por otra de J. Correas. Comparando el contenido de ambas ediciones, vemos que la inglesa consta de diez relatos, mientras que en la española sólo hay nueve. Falta What’s in a Name?, que debe de ser el relato relacionado con los dictadores. Ya veis, amiguitos; así era la vida durante la oprobiosa.
 
 

            Lo más cabreante es que en las posteriores reediciones que se hicieron, ya en democracia, no se recuperó el título original, y el libro siguió llamándose Guillermo el luchador, sin la portada y el relato omitidos. Censura heredada se llama eso, y también escaso rigor editorial.

            Después de en Inglaterra, España fue el país de Europa donde más éxito tuvieron las historias de Guillermo, y creo que eso se debió en parte a la dictadura. Guillermo es el paradigma del rebelde, siempre enfrentado a la autoridad. De él dijo John Lennon: «Me sentí del todo identificado con su rebeldía, su audacia, su sentido del humor, los vuelos de su fantasía, su necesidad de ser siempre el jefe, pero tener siempre también compañeros, e incluso su preferencia por los pieles rojas sobre los vaqueros». No olvidemos que su pandilla de amigos se llama Los Proscritos.

            Los que nunca, oh infelices, habéis leído una historia de Guillermo, quizá penséis que son las típicas historias inocentonas de niños, a lo sumo al estilo de Daniel el Travieso. Nada más lejos de la realidad; en los relatos de Crompton no hay ni un ápice de sentimentalismo o ternura, nada de lo que habitualmente relacionamos con la infancia. Guillermo es sucio, torvo y malencarado, una fábrica ambulante de desastres. Nadie en su sano juicio querría tenerlo como hijo. Pero sí como amigo. ¡Floreat por siempre, Proscritos!

 

viernes, julio 3

Fracasos en un pendrive



            A veces me preguntan de dónde saco las ideas para mis relatos. Y yo respondo que de todas partes. De lo que veo, de lo que leo, de lo que me sucede, de lo que sueño, de lo que me cuentan... En realidad, la pregunta debería ser otra: ¿Cómo y por qué entre tantas ideas escoges una en concreto? Ojo: cuando digo “idea” no hablo de un argumento, sino de algo mucho más pequeño, poco más que un tema. Pues bien, cada idea plantea una pregunta diferente. Lo que hago es escoger la pregunta que en ese momento más me interesa.

            Por ejemplo, hace ocho años, tras una de mis múltiples lecturas sobre mi leyenda favorita, la del Rey Arturo, reflexioné acerca del tema general de la leyenda y llegué a la conclusión de que trata sobre la barbarie y la civilización, y sobre la difusa frontera entre una y otra. Entonces surgió la pregunta: Si la sociedad se derrumbase y cayera en la barbarie, ¿qué harías: intentar mantener la civilización o convertirte en un bárbaro? Lo que me fascinó de esa pregunta es que no tiene una respuesta sino muchas, y que incluso las respuestas más antagónicas se sostienen sobre argumentos razonables.

            Mi forma de intentar responder (o no encontrar respuesta) a esas preguntas consiste en escribir ficción, así que ideé un argumento y me puse a darle al teclado. Al cabo de un par de semanas, paré, revisé lo que había escrito y llegué a la conclusión de que aquello era malo, malo, malo. Esa no era la respuesta, así que dejé de escribirlo.

            Entonces ideé otro argumento. No me limité a corregir lo anterior, hice algo muy distinto. Y al poco volví a pararme, volví a releer y volví a mandar a la mierda lo que llevaba escrito.

            Dejé pasar un tiempo para reposar las ideas. Al cabo de unos dos años, más o menos, volví a retomar el proyecto, desarrollé un nuevo argumento distinto a los otros dos, y entonces la cosa funcionó. Escribí la mitad de la novela y tuve que parar para atender otros compromisos editoriales. Finalmente, hace unos meses, la acabé.

            Pues bien, ayer estaba revisando el contenido de un pendrive y encontré un archivo sin título (sólo ponía “novela”). Tras abrirlo, descubrí que era un texto de casi treinta páginas. Lo leí y me quedé perplejo: lo había escrito yo, pero ni recordaba haberlo hecho ni tenía la menor idea de lo que era. Finalmente caí: se trataba de la primera versión de la novela. ¡Pero no me acordaba de nada!

            Y eso no es normal. Veréis, aunque planifico mis novelas antes de escribirlas, apenas tomo notas, porque lo guardo todo en la cabeza. Para otras cosas tengo memoria de pez de colores, pero a la hora de escribir soy una máquina. He sido capaz de escribir una novela corta a lo largo de casi 20 años, recordando cada detalle del argumento. Pero ese texto se había esfumado de mi cabeza; tanto que al releerlo no encontraba nada familiar en él. Nada me sonaba. Era como si lo hubiera escrito otra persona. Y debía de haberlo trabajado bastante, porque los personajes empleaban una jerga inventada.

            ¿Por qué lo olvidé? Supongo que al descubrir que lo que había escrito no valía, me cabreé. Demonios, a buen ritmo (en mi caso) 30 páginas son más de una semana de trabajo tirada a la basura. Así que mi rencoroso cerebro debió de mandar a la mierda aquel texto inútil, no dejando ni rastro de él en la memoria.

            El caso es que en el pendrive había otro archivo sin nombre: la segunda versión de la novela. Sólo ocho páginas. Que tampoco recordaba haber escrito; aunque había cosas que me sonaban. Vagamente.

            Es curioso eso de leer textos propios como si fueran ajenos. Da un poco de grima. Aunque al menos me permitió averiguar en qué me había equivocado las dos primeras veces. ¿Recordáis la pregunta? Si se derrumba la sociedad, ¿intentas conservar la civilización o te sumes en la barbarie?

            La primera versión presentaba un futuro en el que la sociedad se derrumbó hace tiempo y la gente ha vuelto a una vida tribal y nómada. El problema es que en ese contexto no hay nada que conservar; en todo caso, se trataría de refundar la civilización, no de mantenerla. Y no era eso lo que yo quería hacer. Otro problema era que el texto parecía una mezcla entre Mad Max y La naranja mecánica. Es decir, más visto que el TBO (qué frase hecha más añeja, pardiez).

            La segunda versión se desarrollaba en un futuro cercano en el que una minoría de privilegiados vive en ciudades fortificadas, mientras que el resto de la población malvive en medio de la barbarie. De nuevo no hay civilización alguna que mantener, porque ya existe la civilización, aunque en manos de pocos. Eso sería un escenario situado antes del colapso definitivo. No me extraña que abandonara ese argumento tan rápido, porque no respondía a ninguna pregunta.

            La versión definitiva, ambientada en un futuro más cercano todavía, se sitúa en el momento en que la sociedad se colapsa definitivamente. Es justo ahí cuando la pregunta es pertinente, porque es en ese preciso momento cuando se plantea la cuestión. Aunque descarté por completo los dos primeros argumentos, tomé algunos elementos de ellos, pero apenas unos cuantos detalles. Incluso en los errores siempre hay algo aprovechable.

            Por si alguno se pregunta cuál es la respuesta a la pregunta, no le responderé que tendrá que aguardar a leerlo en la novela, porque como decía antes, no hay respuesta correcta. La historia está protagonizada por tres hermanos; cada uno de ellos representa una respuesta distinta. Que el lector decida.

            ¿Qué haría yo si la civilización se colapsase? Pues nada, porque dudo mucho que formara parte de los supervivientes.

martes, junio 23

Videoteléfonos


 
Como viejo fan que soy de la ciencia ficción, cuando era adolescente, allá por los lejanos 60/70, me preguntaba qué artefactos futuristas iba a conocer yo a lo largo de mi vida. Pensaba que la aparición de esos artefactos sería la señal de que ya vivía en el futuro (en un futuro de cf). Por ejemplo, esperaba llegar a ver estaciones orbitales, coches aéreos, robots androides, inteligencia artificial, holografía, aceras rodantes, vehículos sin conductor, antigravedad, bases lunares... Huelga decir que la mayor parte de esas esperanzas se han visto frustradas. Hay una estación orbital, pero es una cochambre comparada con lo que esperaba. Los hologramas son rudimentarios. No hay androides funcionales. Las IA’s son más bien tontas. Aceras rodantes sólo en los aeropuertos. La antigravedad ni olerla. Los vehículos autónomos están en proceso de prueba. ¿Coches voladores? Ya hay bastantes accidentes circulando en dos dimensiones, como para añadir una tercera. Y a la Luna ni siquiera hemos vuelto. En fin, que el futuro ya no es lo que era.

Pero había un artefacto en el que tenía puestas muchas esperanzas, porque era el que más viable se me antojaba: el videoteléfono. Y lo curioso es que no existe como tal, no hay ningún cacharro que se llame así. Lo que si hay son unos pequeños teléfonos portátiles que hacen muchas más cosas que un simple teléfono; entre ellas, videollamadas. Y resulta que, sin teléfono siquiera, mi ordenador también las puede hacer.

Pero yo no lo utilizaba. ¿Para qué demonios hace falta ver el careto de tu interlocutor? Así que, como no lo utilizaba, no era consciente de ello. Hasta que ha llegado el Covid-19, encerrándonos a todos en casa. Y entonces he empezado a hacer videollamadas como un loco. Para hablar con los amigos, para celebrar reuniones de trabajo, para celebrar partys virtuales o para tener charlas con mis lectores.

La semana pasada tuve un encuentro a través de Zoom con jóvenes de Perú que habían leído los dos primeros tomos de las Crónicas del parásito (foto de arriba). Paraos a pensarlo: me reuní con unas sesenta personas y charlé con ellas viéndonos las caras ¡a casi 10.000 kilómetros de distancia! Entonces me acordé del Dr. Floyd hablando con su hija por videoteléfono desde la estación orbital (en 2001: Una odisea del espacio), y pensé que era lo mismo. Bueno, faltaba la estación orbital y el cohete de la PanAm (de hecho, falta incluso la PanAm), pero aparte de esos pequeños detalles, era lo mismo.

Así que, sin darme cuenta, resulta que ya vivo en el futuro.

miércoles, junio 10

jueves, abril 16

Pensamientos de un escritor confinado



            Siempre me he esforzado en decirle a todo aquel que quisiera escucharme que lo que yo hago, escribir, es un trabajo como cualquier otro. Y es verdad, es un trabajo. Y es mentira: no es como cualquier otro. Es raro.

* * *

            Dadas las características de mi trabajo (encierro y soledad), supongo que estoy mejor preparado que la mayoría para soportar con entereza el confinamiento. Y lo estoy. La única pega es que no tengo ni puñetera idea del día en que vivo. Si me dicen que hoy es jueves, me lo creo. Ah, pues sí, resulta que es jueves...

* * *

            Me temo que tengo un pequeño problema. La semana pasada acabé la última novela que tenía programada, el segundo tomo de una bilogía infantil diéselpunk. Ahora estoy corrigiendo una novela que concluí a mediados del año pasado. La cuestión es que no tengo nada preparado para iniciar una nueva novela. Ningún argumento, ningún tema, nada de nada.

            Entonces me he dado cuenta de algo: las ideas de la mayor parte de mis novelas surgieron estando de viaje. Y no sé yo si ir del despacho a la terraza puede considerarse viajar.

* * *

            Últimamente sueño mucho. O, mejor dicho, recuerdo mucho mis sueños. Quizá sea por el confinamiento, no lo sé; el caso es que mis noches se han convertido en el Netflix de Morfeo. Eso podría tener un lado positivo, porque algunas de mis ideas literarias han surgido de sueños. Pero resulta que estoy teniendo sueños muy poco interesantes. Por ejemplo, la otra noche soñé que iba a una tienda a comprar una pieza de recambio para una Vespa (que no tengo). Había más clientes, así que tuve que hacer cola (¡soñar con hacer cola!, hay que ser idiota). Cuando llegó mi turno resulta que había olvidado el nombre de la pieza y tuve que telefonear a un amigo para preguntarle. ¿De verdad alguien cree que vale la pena soñar con semejante estupidez? Joder, qué despilfarro de capital onírico.

* * *

            Mis sueños tienen un patrón repetitivo (no solo ahora, sino desde hace años). Suelo soñar que deambulo por ciudades que, o bien conozco (como Madrid) pero son totalmente distintas a como son en realidad; o bien no conozco pero tienen un aspecto cochambroso; o bien conozco, o no, pero van cambiando conforme me desplazo por ellas, de modo que si intento hacer el camino a la inversa el paisaje urbano que encuentro es completamente diferente al que había visto antes. Vale, está muy bien eso de los paseos, pero un poquito de variedad, por favor.

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            Varias asociaciones promulgaron un parón de 48 horas de los profesionales de la cultura para los días 10 y 11 de abril, por la falta de medidas específicas por parte del ministerio para el sector. No voy a entrar en la justicia o no de esas demandas, pero os juro que es la huelga más estúpida que me he echado a la cara (de hecho, se desconvocó). Por amor de Cthulhu, en las actuales circunstancias ¿quién demonios se iba a enterar de si los profesionales de la cultura paran o no? Me suena a eso que hacen los niños de amenazarte con no respirar si no les das lo que quieren.

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            Más de una vez lo he dicho: la educación es una necesidad, la información también, pero la cultura artística es un lujo. Y enseguida se me echan encima diciéndome cosas como “Para mí leer es como respirar”, o “La vida sin música no tiene sentido”, y otros tópicos semejantes. Vamos a ver, la vida sin arte sería mucho más triste, insípida y aburrida, sin duda, pero seguiría siendo vida. El arte, tal y como hoy lo entendemos, surge cuando aparece una amplia burguesía dispuesta a consumirlo. Porque el arte es un lujo de las sociedades prósperas.

            Alto ahí, me diréis; hasta las sociedades más primitivas tienen formas artísticas. Pues sí, pero los miembros de esas culturas no consideran que eso que hacen sea arte en el sentido que nosotros lo entendemos, sino más bien algo relacionado con lo sagrado, lo identitario o incluso lo erótico. En la actual civilización occidental, los profesionales de la cultura somos, aunque no lo sepamos, trabajadores del lujo (lujo democratizado, pero lujo a fin de cuentas), así que no nos extrañemos si, en caso de crisis, estemos de los últimos en la fila de las prioridades. Gajes del oficio, amiguitos. Y ya sé que no estáis de acuerdo conmigo, no hace falta que os apresuréis a apilar los troncos de la hoguera donde merezco arder.

* * *

            Al disponer de más tiempo de lo usual, visito con más frecuencia Facebook. Allí formo parte de varios grupos de escritores, algunos de ellos dedicados sobre todo a los aspirantes a escritor. Me resulta conmovedora la inocencia y la ilusión de eso noveles, lo despistados que están, los mitos y estereotipos que manejan. Con el tiempo aprenderán, seguro.

            Pero hay algo que me cabrea mucho: Las editoriales (?) de coedición; es decir, las supuestas editoriales que cobran al autor por publicar su libro. Según ellos, se comprometen a corregir, maquetar, imprimir, distribuir y publicitar la obra; pero a la hora de la verdad, se limitan a aplicarle al texto un corrector automático, a maquetarlo de cualquier manera, imprimen poquísimos ejemplares, lo distribuyen en un par de librerías de barrio y, con suerte, insertarán dos anuncios en alguna rede social. Son un puñetero timo. Y lo mismo puede decirse de esas editoriales (?) que no cobran por editar, pero que exigen por contrato vender un mínimo de ejemplares (50 o 70) en la presentación del libro. Y, si no se consigue, el autor debe comprar personalmente los ejemplares que falten para cubrir el cupo. Timo también.

            Me indignan esos cabrones que ganan dinero abusando de la ilusión y la ingenuidad de la gente, engañándolos con promesas vacías y mentiras. Son buitres, ratas, miserables que emponzoñan una actividad tan noble como la escritura y la edición. Vamos, que me ponen de muy mala leche.

            Más de una vez he dicho, dirigiéndome a los noveles, que publicar un libro de esa manera no sirve para nada más que para perder pasta, que hacerlo así no tiene ningún mérito. Que cuando publicas un libro con una editorial “normal” ya puedes sentirte orgulloso, porque eso significa que tu texto ha sido valorado y ha pasado por varios filtros. Aunque no vendas nada, da igual; te has puesto a prueba y has dado un paso adelante. Y si tanta prisa tienes por publicar, recurre a la autopublicación. Te resultará más barato. Pero, claro, no me hacen caso. O sí, la verdad es que no lo sé.

* * *

            Como todos vosotros, me estoy dando atracones de series. He visto, por ejemplo, la tercera temporada de Ozark. Creo que ya os he hablado de esta serie de Netflix; y si no lo he hecho, lo hago ahora: durante sus dos primeras temporadas, Ozark ha demostrado ser una serie muy, pero que muy buena. Un thriller excelente.

            Pero con la tercera temporada ha dado un paso adelante y se ha convertido en una serie magistral, la mejor de Netflix y, probablemente, una de las mejores series dramáticas en emisión, si no la mejor. No voy a contaros el argumento, ni a hacer spoilers; sólo os diré algo: el final de la tercera temporada es... bueno, sencillamente te deja sin aliento, petrificado, preguntándote si realmente has visto lo que has visto, y con una imagen en la cabeza que tardará tiempo en borrarse.

            Hacedme caso: ved Ozark. Y esto se lo recomiendo especialmente a los escritores, aficionados o profesionales, porque Ozark es todo un manual sobre cómo desarrollar tramas y diseñar personajes. De nada.

miércoles, abril 1

Materia oscura



            Hoy os traigo un regalo, un relato. Hace poco, un anónimo merodeador me comentó que, en estos tiempos de encierro, sería de agradecer que subiera a la red algo escrito por mí. El comienzo de una de mis nuevas novelas, un cuento, lo que fuese.

            Muchos escritores han puesto gratis alguna de sus novelas a disposición de quienes quieran leerlas. Me parece estupendo, aunque no voy a hacerlo yo. Por muchos motivos; tantos que me da pereza enumerarlos. Pero un cuento sí. Para explicarlo con sencillez: mis novelas son trabajo; mis cuentos son devoción. Así que mejor ofrecer un fruto de mi amor (por la cf y la fantasía) que un fruto de mi sudor.

            El relato se llama Materia oscura y ganó el premio Domingo Santos de 1993. Luego, en 1995, formó parte de mi antología El Círculo de Jericó. Algunos de los cuentos de esa antología se han reeditado varias veces, como El rebaño o La pared de hielo, pero este, que yo sepa, no ha vuelto a aparecer desde entonces. Sin embargo, a mí me gusta y la tribu de los pchapchá forma parte de mi mitología personal. Espero que a vosotros también os guste.

            Si quieres leerlo, pincha AQUÍ

jueves, marzo 19

Reflexiones en el Año del Virus


 
            Dicen que en chino “crisis” significa “oportunidad”, pero no es cierto. En mandarín, crisis se escribe wei ji; wei significa peligro y ji, que es polisémico, viene a significar “punto crítico”. Oportunidad se dice jihui. Pero da igual; esta crisis y su consiguiente encierro es una ocasión perfecta para encontrarnos con nosotros mismos, mirar lo que tenemos dentro y reflexionar.

            Con frecuencia, las circunstancias adversas nos ponen frente a un espejo. Cuando todo va bien, es fácil fingir y simular que somos lo que no somos, poner cara de foto y meter la tripa para salir guapos. Es frente a las desgracias cuando mostramos nuestro verdadero rostro. La crisis del coronavirus es una oportunidad para descubrirnos.

            Por ejemplo, el confinamiento. Llevamos creo que seis días encerrados en casa. Muchas personas ya están que se suben por las paredes. Sin embargo, yo he descubierto que no noto gran diferencia entre estar confinado y no estarlo. Y no solo en cuanto a mis sentimientos y emociones, sino también en lo que respecta a mis actividades: hago básicamente lo mismo que hacía antes.

            Bueno, es normal; soy escritor y, pase lo que pase, me tiro al menos ocho horas al día encerrado en mi despacho, sin ver a nadie, cero compañía. A veces he pensado que vivo demasiado dentro de mí mismo, ensimismado en realidades irreales, y que eso no es bueno. Pero, ¿sabéis qué?: lo terrible es que me da igual. Porque cuando creas en tu mente una realidad ficticia, esa realidad es segura, fiable, controlada. En ella hay un dios que impone orden. Y además se da la circunstancia de que ese dios eres tú, mira qué bien.

            Con frecuencia me preguntan si no siento demasiada soledad al pasar tantas horas al día sin compañía. Y yo siempre respondo lo mismo: Es que no estoy solo; me acompañan mis personajes. Ya, ya, suena a chorrada de escritor, a hacer literatura con la literatura, pero al menos en mi caso es totalmente cierto. No puedo evitar tener la sensación de que el profesor Zarco de La isla de Bowen, o Alejo Zarza de La mansión Dax, o Jaime Mercader de La Cruz de El Dorado son viejos conocidos con los que he compartido muchas y gratas experiencias. En cierto modo son tan amigos míos como mis auténticos amigos. Incluso más, porque los conozco mejor.

            Cuando era muy pequeño, como muchos niños, tenía un amigo invisible. El mejor amigo de mi hermano Eduardo –diez años mayor que yo- se llamaba Fernando Catalá, de modo que yo llamaba a mi amigo invisible “mi Catalá”. Bueno, cosas de niños. Como digo, cuando era un crío tenía un amigo invisible; pero ha pasado el tiempo, he madurado, mis dos pies están bien plantados en el suelo y ya no tengo un amigo invisible. ¡Tengo cientos!

            Como decía al principio, esta crisis es una buena oportunidad para mirarnos al espejo y ver lo que somos. Pues bien, resulta que soy un solitario, que vivo en mundos irreales, que me relaciono con personas imaginarias y que no noto mucha diferencia entre mi cotidianidad y estar encerrado en casa por una epidemia mundial. O en la cárcel, si la celda fuera suficientemente amplia. En base a esto, la cuestión es: ¿Pero qué clase de mierda de vida tengo?

            Mi segunda reflexión trata sobre los sueños y las esperanzas. Como sabéis, soy un gran aficionado a la ciencia ficción y, cuando era jovenzuelo, soñaba con las maravillas que nos depararía el futuro. Imaginaba un mañana con viajes espaciales, con coches voladores, con serviciales robots, con contactos con los extraterrestres, con inusitados poderes psíquicos, con amistosas inteligencias artificiales, con viajes en el tiempo, con esferas Dyson, con aceras rodantes, con antigravedad, con cyborgs... Pues bien, de entre todos los múltiples temas y subgéneros de la ciencia ficción, ¿nos tenía que tocar precisamente una distopía catastrofista? Sólo puedo sacar una conclusión: Dios existe.

            Y se llama Murphy.

domingo, marzo 1

Hasta siempre, querido padrino




            El jueves me telefoneó Emma para decirme que su padre había muerto el día anterior. La noticia me ha roto el corazón. Su padre era Josep María Gispert, mi padrino. Sólo han pasado tres días desde que lo sé y ya le echo de menos, ya me rompo de nostalgia.

            No ha sido una tragedia, sino ley de vida, ley de muerte. Josep María tenía noventa y tres años. Se valía enteramente por sí mismo, su mente estaba intacta y su salud, con los lógicos achaques, era buena. Murió con rapidez, plácidamente, sin enterarse, rodeado por sus seres queridos. En realidad, es un final envidiable. Pero, como todo final, tan triste...

            Cuando colgué el teléfono, me vinieron a la cabeza muchas cosas y me han seguido viniendo durante el fin de semana. Es lo que tiene la muerte: atrae los recuerdos como un imán. Hace unos años, contemplando una vieja película familiar de 8mm., vi la siguiente escena: Yo tenía dos o tres años, estaba tumbado en el suelo. Mi padrino, de rodillas a mi lado, cogía con una mano mi dos manos y con la otra mis dos pies. Luego, me alzaba en el aire súbitamente y yo me echaba a reír. Entonces, de repente, lo recordé. Recordé la presión de sus manos en las mías y en mis pies, y la sensación rara en el estómago por la súbita aceleración. Creo que es mi recuerdo más antiguo.

            Cuando era muy pequeño, mis padrinos, al llegar la Semana Santa, me regalaban una mona de pascua, un dulce típico catalán que, tradicionalmente, se hace con bizcocho, aunque las que ellos me traían eran de chocolate. Muchos años después, hará unos doce, bromeando con Josep María le eché en cara que ya no era un buen padrino, porque no me regalaba monas. Era una broma, por supuesto, pero desde entonces, mi querido Josep María, empezó a enviarme de nuevo (vivía en Barcelona) monas de pascua, ahora de las tradicionales, roscos de bizcocho con huevos duros incrustados. Y además, sabedor de mi afición a Tintín, también incluía figuras de resina de los personajes de Herge. Y así ha sido hasta ahora mismo, hasta la pascua pasada. Este año será el primero que no la reciba...

            ¿Qué os puedo contar de Josep María? Era un hombre bueno, generoso, dotado de un chispeante sentido del humor. Catalán hasta la médula, amante de la arquitectura, aficionado a la fotografía, fumador de pipa, look de galán del cine clásico. Una bellísima persona, un ser humano insustituible. Su mujer, mi querida madrina María Luisa, se fue hace ya casi tres años, aunque su mente, sumida en el olvido, se había marchado mucho antes. Ahora se ha ido él y de nuevo me siento huérfano. Más huérfano que nunca y ya para siempre.

            La vida -eso lo comprendemos con el tiempo- es un constante decir adiós. Pues bien, creedme, ya estoy cansado de tanta despedida.

            Hasta siempre, Josep María. Nunca te olvidaré.

            P.S.: Justo cuando iba a colgar este post me ha vuelto a llamar Emma para decirme que el viernes se celebrará en Barcelona una misa en memoria de Josep María. Él era muy religioso; yo no, pero por supuesto que asistiré. También me ha dicho que mi padrino dejó algo para mí. ¿Una mona de pascua? No lo sé, pero ahora estoy llorando como un niño...

            NOTA: La foto de arriba está tomada por mi padre el 20 de abril de 1956, en nuestro piso de Madrid en la calle Modesto Lafuente. Abajo podéis ver un pequeño mono de peluche que venía incluido en una de las monas de pascua que me enviaba mi padrino. Lo tengo en mi despacho; era gracioso, ahora es entrañable.

lunes, febrero 10

Cine y literatura


           .
           El arte más popular del siglo XX y de lo que llevamos del XXI es el cine, entendiendo “cine” como cualquier narración audiovisual (lo que incluye las series de TV). Si yo os preguntara cuál es la forma narrativa más parecida al cine, algunos diríais que el teatro, ya que comparten elementos básicos como los actores y la puesta en escena. Otros, con mucha razón, responderíais: el cómic. Pero vamos a dejar de lado, por hoy, las viñetas.

            Cine y teatro se parecen, pero difieren en, al menos, dos aspectos sustanciales: 1. El teatro se basa en la palabra y el cine en la imagen. 2. En el teatro, el espectador sólo tiene un punto de vista, mientras que en el cine el director controla el punto de vista del espectador a su antojo. Parece poca cosa, pero eso redunda en que la gramática y la sintaxis de cine y teatro sean completamente distintas.

            Lo cierto es que, desde un criterio narrativo, lo que más se parece al cine es la novela. Pero demonios, diréis, en la novela las palabras pesan aún más que en el teatro. ¡Son todo palabras! Cierto, pero gran parte de las palabras de una novela están destinadas a generar imágenes en el cerebro del lector. Una descripción puede ofrecer una prosa exquisita, pero lo importante es la imagen que crea. Y junto con la imagen, la emoción. Igual que el cine.

            Por otro lado, el cineasta disfruta de una libertad narrativa absoluta, pues controla el punto de vista, el tiempo y el espacio. Exactamente igual que el escritor; de hecho, este aún más, porque no está limitado por cuestiones técnicas ni por el presupuesto. Si queréis una prueba de que la narrativa del cine y novela se parecen mucho, pensad en cuántas película están basadas en novelas y cuántas en obras de teatro.

            En efecto, ambas narrativas, la literaria y la cinematográfica, se parecen, aunque no son idénticas. Hay cosas que el cine hace mejor que la novela –por ejemplo la acción-, y cosas que la novela hace mejor que el cine –por ejemplo la introspección-. Siendo así, y conviviendo ambos géneros durante más de un siglo, es lógico que la literatura haya influido en el cine, y que el cine haya influido en la literatura. Eso puede detectarse con facilidad en escritores como Juan Marsé, Ian McEwan, Cabrera Infante, Paul Auster o Manuel Puig.

            Pecaría de osadía si intentara escribir un profundo ensayo sobre la influencia del cine en la novela, porque carezco de los conocimientos necesarios y, además, ya hay decenas de esos ensayos. Voy a escribir sobre algo que conozco mucho mejor: sobre mí. Me encanta el cine, me gusta muchísimo. En mi ranking de artes narrativas, sitúo primero a la literatura, en segundo lugar, pero muy, muy cerca, al cine, y en tercer lugar al cómic. Como es lógico, el cine ha influido en lo que escribo; primero inconscientemente y después con alegre deliberación.

            El cine forma parte de nuestras vidas y de nuestra forma de entender y narrar la realidad. De niños, aprendemos a hablar escuchando a los demás, y del mismo modo aprendemos a interpretar el lenguaje de las imágenes en las diversas pantallas. No nos damos cuenta de ello, pero muchas veces pensamos de forma cinematográfica. Eso, en un escritor, se transmite a su obra sin que se dé cuenta. Al cabo de un tiempo descubrí que me pasaba a mí: en mi obra había mucho cine. Quizá sea un defecto, una sucia hibridación, no lo sé y, a decir verdad, me importa un bledo. Lo que sí sé es que es mi forma de escribir y no puedo dejar de ser yo mismo, así que comencé a utilizar conscientemente ciertos recursos del cine en mis novelas. En esta entrada y en la siguiente comentaré algunos ejemplos, por si pueden ser útiles a alguien.

            El narrador. Hay varios tipos de narradores en tercera persona, pero me centraré en dos: El Narrador Omnisciente, que lo ve y lo sabe todo, incluyendo los pensamientos y sentimientos de los personajes. Y por otro lado, el Narrador Objetivo, o Narrador Cámara, que sólo cuenta lo que ve y lo que oye, y no se mete en la cabeza de los personajes.

            Cuando leo una novela en la que el narrador cuenta los pensamientos de un personaje siempre pienso que el escritor está haciendo trampa. ¿Por qué? Pues porque en la vida real eso no sucede; sabemos lo que piensa alguien porque nos lo dice, o porque lo intuimos, pero no porque una vocecita nos lo susurre al oído. Y en el cine ocurre lo mismo: queda fatal un primer plano del actor y una voz en off recitando sus pensamientos.

            Pero, claro, la literatura tiene sus propias armas, y es lícito que un narrador omnisciente lo haga. Es más, confieso que yo lo hago -aunque lo menos posible-, porque resulta práctico. No obstante, me siento un poquito tramposo. Así que en general tiendo a usar el narrador-cámara. Más adelante me extenderé sobre esto.

            Ahora bien, ¿cuándo se empezó a usar esta clase de narrador? Hace no mucho pregunté en Facebook si alguien conocía alguna novela anterior al siglo XX que utilizase el narrador-objetivo. Nadie supo responderme, y a mí desde luego no me viene a la cabeza ninguna. Así que me atrevo a aventurar que el narrador-objetivo surgió por influencia del cine.

            El tempo. Tanto en el cine como en la literatura, el autor maneja el ritmo y el tiempo a su antojo y, además, de forma parecida. Por ejemplo, cuando escribo una escena de acción utilizo párrafos y frases más cortas, con descripciones someras, casi a brochazos, sin detenerme en detalles. De ese modo pretendo transmitir al lector una sensación de velocidad y vértigo. En una película sucede igual: en las secuencias de acción los planos son más cortos y el montaje más picado.

            Pues bien, hace tiempo estaba yo escribiendo una escena de acción y lo hacía de la forma que he descrito: frases y párrafos cortos. Pero era una escena bastante larga; cuando la terminé y la releí tuve la sensación de que aquello quedaba... digamos que monótono. De algún modo, la sensación de velocidad se iba perdiendo conforme avanzaba la lectura, y el texto se desinflaba progresivamente y quedaba más bien sosote.

            Entonces se me ocurrió algo: Más o menos a mitad de la escena, dejé de escribir corto y empecé a utilizar frases incluso más largas de lo que en mí es usual, y párrafos más abultados, deteniéndome en detalles, sensaciones y descripciones. Luego, volví a  la prosa rápida. De este modo, alterando el tempo del relato, contraponiendo lentitud y velocidad, le daba un respiro al lector y conseguía mantener en él la sensación de vértigo hasta el final del texto.

            ¿Qué había hecho? Pues una cámara lenta, como en las películas de Sam Peckinpah.

            Bueno, basta por hoy. En la próxima entrada seguiré hablando de cine y literatura; y, tranquilos, prometo con una mano sobre el Necronomicón que sólo habrá una entrada más acerca de este tema.

sábado, enero 18

Sensitivity readers



            Supongo que una de las señales de estar envejeciendo se produce cuando empiezas a sospechar que muchos de los que te rodean se han vuelto marcianos. Como en La invasión de los ladrones de cuerpos: de pronto, unas vainas extraterrestres convierten a la gente normal en gente rara. En realidad, lo que pasa es que los tiempos cambian y las personas también, y tú sigues atrapado en los esquemas del pasado. O no; a lo mejor la gente se está amarcianando de verdad.

            Por ejemplo, no entiendo la fijación de la gente con los móviles (aunque muchos de mi generación también han caído en su hechizo). Tampoco entiendo que alguien considere buena idea hacerse una foto de la polla -o del chichi- y enviarla. O que muchos se lancen a exhibir su intimidad en las redes sociales. Pero una de las cosas que más me desconciertan y asustan son los “sensitivity readers”.

            ¿Y eso qué es?, pensaréis más de uno. Pues veréis, en el mundillo de la escritura existe algo llamado “lectores cero” o “lectores beta”. Se trata de lectores expertos, por decirlo así, a los que entregas el manuscrito de tu novela antes de su publicación para que te señalen errores narrativos y/o te sugieran cambios y correcciones. Es una forma de poner a prueba tu texto y tiene lógica. Escribir es un trabajo largo y solitario, y es fácil perder la perspectiva. Viene bien contar con una mirada fresca y objetiva.

            Pues bien, los sensitivity readers son lectores cero que, en vez de centrarse en los aspectos literarios, lo que hacen es buscar en tu texto cualquier cosa que pueda ofender la sensibilidad de alguien, aunque sea de forma muy, pero que muy remota. Para eliminarlo, claro.

            Por ejemplo, un amigo escritor (hablo en masculino, pero podría ser una mujer) me contó que había enviado el manuscrito de su última novela a una sensitivity reader. Le mostré mi sorpresa, pero mi amigo objetó que, perteneciendo como pertenece al colectivo LGTBI, gran parte de sus lectores poseen una fina susceptibilidad. Luego me contó uno de los cambios que le había sugerido su sensitivity reader. Había descrito a uno de sus personajes como “mulato”, y eso es ofensivo, porque mulato viene etimológicamente de mula. (¡¡¡¡)

            Vamos a ver, ¿cuántos saben que mulato viene de mula? Vale, si te paras a pensarlo es lógico; pero ¿por qué pararse a pensarlo? Si alguien me dice que Pepe es mulato, no creo que me esté diciendo que Pepe es una bestia irracional, híbrida y tozuda; lo que pienso es que Pepe tiene la piel de color café con leche. Demonios, el significado de las palabras no se define por su etimología, sino por su semántica.

            Aquí voy a permitirme un breve inciso. Sin duda, “coñazo” es una expresión ofensiva para las mujeres, ¿verdad? Sobre todo si pensamos que algo aburrido es un coñazo, mientras que algo divertido es cojonudo. ¡Oh, cielo santo, qué horrible micromachismo! Pues no, porque se trata de una falsa etimología. Coñazo no viene del órgano genital femenino, sino del latín conatus, que significa esfuerzo. Y es que no creo que haya ningún varón heterosexual en su sano juicio que considere aburrido un coño, por grande que sea, teniendo en cuenta, además, la expresión “pasarlo teta” (por grande que sea).

            Volviendo al asunto de los lectores sensibilitos, veo un problema (en realidad, varios) a la hora de recurrir a ellos. Supongamos que escribes una novela más inocente que el chiste de una monja, se la entregas a un sensitivity reader y, al cabo de un tiempo, el tipo te devuelve el texto sin ningún cambio. “Felicidades”, te dice; “no hay nada en su obra que ofenda a nadie”. Le pagarías, pero sintiéndote un poco frustrado al soltarle la pasta a alguien por no hacer nada. Probablemente no volverías a recurrir a él. Eso lo sabe el sensitivity reader, así que se esforzará en encontrar la mayor cantidad de “ofensas” que pueda en tu texto. Existan o no.

            Podría ser que un término en apariencia tan inocente como “mulato” sea en realidad escandaloso. O que tu protagonista esté comiendo cordero asado en la página 78 (¡qué pensarán los veganos, cielo santo!). O que no haya ningún personaje LGTBI. O que menciones el cuento de Blancanieves y los siete enanitos, porque no se debe decir enano, sino “persona de talla baja” (así que el cuento debería llamarse “Blancanieves y las siete personas de talla baja”). O lo que sea, da igual. Si buscas ofensas, las encontrarás.

            Pero en realidad, todo eso es secundario. Lo realmente terrible es que los sensitivity readers son una forma de censura. En el fondo es lo mismo que durante el franquismo: Escribías una novela y, antes de publicarla, tenías que presentarla al tribunal de la censura, que solía estar formado por militares, curas y falangistas. Luego te devolvían el texto, prohibiéndote su publicación, o lleno de tachaduras. “Esto no lo puedes decir por que ofende a la moral”, o porque es un agravio a la patria, o porque no concuerda con los principios del Movimiento, o cualquier chorrada similar. Igualito lo uno que lo otro.

            Ah no, objetaréis; hay una diferencia sustancial: Durante el franquismo, la censura era obligatoria, mientras que ahora recurrir a un sensitivity reader es voluntario. Y tendréis toda la razón: Ahora la censura es distinta... pero aún más chunga. Porque no hay peor censura que la autocensura.

            Cuando la censura es obligatoria, el autor busca triquiñuelas para sortearla. Un ejemplo de esto es el final de la película Viridiana, de Luis Buñuel. En el guion, el film terminaba con Viridiana (Silvia Pinal) entrando en el dormitorio de su primo Jorge (Paco Rabal) y cerrando la puerta, sugiriendo que iban a echar un casquete. Eso se lo cargó la censura, así que Buñuel sustituyó esa escena por otra en la que Jorge, su criada Ramona y Viridiana se ponen a jugar al tute, dando a entender un ménage à trois. Un final mucho más “perverso” que el inicialmente previsto.

            Pero cuando el censor eres tú mismo, ¿cómo sortearlo? Cuando recurres a un sensitivity reader estás aceptando que ese profesional posee una visión sobre ciertos aspectos morales superior a la tuya, así que aceptarás sus dictámenes con la misma disposición que Moisés las tablas de la ley. Y poco a poco comenzarás a escribir muy atento a no ofender a nadie, a no pisar ningún callo, y revisarás cada palabra con microscopio, no vaya a ser que contengan alguna inconveniencia, real o imaginaria. Y luego te plantearás sobre qué temas debes escribir, no vayan a ser demasiado conflictivos, o sobre cómo escribir incluyendo a todas las minorías posibles... ¿Y dónde queda la libertad del creador?, me pregunto. ¿Qué pasa con el derecho a expresar lo que uno piensa sin tapujos?

            ¿Que puedo ofender a alguien? Por supuesto; pero es que en cuanto abres la boca hay mil candidatos a ofenderse. Mi libertad acaba donde empieza la libertad de los demás. Pero, ojo, la libertad, no su susceptibilidad. ¿Proclamo el derecho a ofender? No, proclamo mi derecho a la libre expresión, y mi total oposición a cualquier forma de censura, sea ajena o propia. Ahora que lo pienso, creo que ni una sola de mis novelas y relatos habría quedado indemne si los hubiera hecho revisar por un sensitivity reader. Suerte que no lo hice.

            Al final de la película Regreso al futuro, el protagonista le pregunta a su amigo, el científico Emmett Brown: “Un momento Doc. ¿Qué nos ocurre en el futuro?¿Nos volvemos gilipollas o algo parecido?”

            Marty McFly no podía ni imaginarse lo acertado que estaba.