
No hay nada que me entusiasme más que los misterios, los secretos que se agazapan detrás de las apariencias cotidianas, de modo que me puse a leer compulsivamente sobre el cristianismo; en particular acerca de sus primeros siglos, antes de que Constantino lo declarara religión oficial del imperio. Fue apasionante; de hecho, no he dejado de leer acerca del tema. En estos tiempos de conspiranoia, afirmar que todo los que nos han contado acerca de la religión más extendida en el mundo es mentira, que existió y existe una conspiración para ocultar la verdad, suena a tópico manido y sensacionalista. Pero así es: nos han engañado y nos siguen engañando.
¿Queréis algunos ejemplos? No existe la menor prueba histórica de que Jesucristo haya sido un personaje real. De hecho, su biografía es sospechosamente similar a las biografías de otros dioses anteriores, como Horus o Mitra. No obstante, me apresuro a aclarar que la mayor parte de los investigadores (y, con humildad, yo también) creen que Jesús sí existió realmente. Ahora bien -y esto es otro ejemplo-, partiendo de la base de su existencia, Jesucristo jamás fue cristiano, al menos como entendemos ahora ese término. Jesús no sólo nunca pretendió ser dios, sino que esa idea le hubiera parecido absurda y herética. Vale, Jesús no era dios; entonces ¿qué era? La pregunta nos conduce de lleno al misterio, pues los evangelios proponen cuando menos cuatro aspectos distintos del mismo personaje, y varios de esos aspectos no encajan entre sí. Son muchos los enigmas que plantea el cristianismo primitivo, en efecto, y entre ellos destaca el del segundo personaje más misterioso de los evangelios (después de Jesús).
Hace ocho o nueve años decidí escribir una novela sobre el tema. A fin de cuentas, la labor de investigación ya estaba hecha... Redacté unas treinta páginas y me detuve. Algo no me acababa de convencer en la historia que había imaginado. Creo que era demasiado... efectista, sí. De modo que dejé el proyecto en el congelador y me dediqué a otros asuntos. Luego apareció El código Da Vinci y abandoné definitivamente el proyecto, porque la novela de Brown y mi futura novela coincidían en un par de aspectos: ambas estaban relacionadas con la iglesia primitiva y ambas tenían que ver con el enigma de Rennes-le-Château.
Pasó el tiempo y, a comienzos de 2008, empecé a buscar un argumento para la segunda novela de Carmen Hidalgo. Entonces recordé aquella novela frustrada. La trama que había imaginado no me valía para nada, pero ¿y la idea central? Al principio me pareció una insensatez; ¿qué tenía que ver Carmen Hidalgo, una humilde detective madrileña, con un misterio histórico de proporciones globales? Absolutamente nada. Entonces me di cuenta de que en eso precisamente estaba la gracia.
Las novelas de “misterio histórico” (todo un género ya en sí mismo) suelen narrar tremebundas historias donde intervienen sociedades secretas, poderes ocultos, grandes organizaciones, conspiraciones seculares y todas esas zarandajas. De hecho, el primer argumento que diseñé iba por esos cauces; es decir, era efectista y sensacionalista. Ahora bien, ¿y si trasladaba todo eso a un ámbito más cotidiano, al mundo un poco de andar por casa de Carmen Hidalgo? ¿Y si no hubiese ninguna conspiración, sino sólo personas, gente que sabe algo que no debería saber y otra gente que persigue ese algo por uno de los motivos más humanos que existen, la codicia? ¿Podría funcionar? Entonces me acordé de El halcón maltés, de Hammet, y me di cuenta de que sí, podría funcionar.
Por otro lado, la mayor parte de las novelas de “misterio histórico” relacionadas con el cristianismo suelen recurrir a elementos puramente fantasiosos: los hijos de Jesús y la Magdalena, los templarios, los albigenses, el grial, los illuminati... Y no es necesario; de hecho, ese recurso al sensacionalismo degrada un tema que en sí mismo es apasionante. Si se quieren encontrar buenos misterios e inquietantes conjuras no hace falta recurrir a teorías absurdas y baratas; basta con echarle un vistazo a la historia del cristianismo. El enigma básico de El juego de los herejes, lo que mueve la acción (el MacGuffin de Hitchcock), proviene únicamente de las fuentes canónicas cristianas. Todo aparece en los evangelios; lo único que hace falta es saber verlo. Es más, estoy convencido de que la tesis de la novela es, al menos parcialmente, cierta.
En el siglo primero de nuestra era hubo un hombre cuya simple existencia ponía en entredicho algunos de los dogmas de la recién nacida secta cristiana. Ese hombre no podía ser abiertamente atacado, pues, pese a haber muerto, gozaba de gran prestigio entre los primeros cristianos. Así pues, durante un par de siglos su figura fue sometida a una paulatina deformación, hasta convertirla en prácticamente nada. ¿Por qué ese hombre, incluso el mero recuerdo de lo que realmente fue, era tan peligroso? Ése es el eje central de El juego de los herejes, el motor que tira de la acción de la novela.
Pero eso, supongo, sólo es un pretexto. Un MacGuffin, ya lo he dicho antes. Lo importante –si es que algo tiene importancia en mi novela-, son los personajes, la narrativa, el humor... en fin, lo puramente literario. Al respecto, sólo puedo decir algo: he intentado hacerlo lo mejor posible. Espero no haberme equivocado demasiado.
Y aquí se acaba el rollo autopromocional. Confío en que todos compréis la novela, que se la regaléis a familiares y amigos, y que la recomendéis a propios y extraños por todos los medios que estén a vuestro alcance, incluyendo pancartas, manifestaciones multitudinarias e inscripciones en los WC públicos. En el peor de los casos, no me tiréis tomates podridos.
Por último, si alguien no tiene nada que hacer y quiere matar el tiempo leyendo el comienzo de El juego de los herejes, no tiene más que pinchar AQUÍ.