viernes, septiembre 8

El fin de los tiempos

 


            Mientras la escribo, cada novela se comporta de forma diferente. Cabría pensar que siendo yo siempre el mismo, mi trabajo debería desarrollarse siempre de forma similar; pero no es así. Cada novela parece tener vida propia y avanza, o no avanza, a su manera. Algunas novelas se escriben como un río manso, sin sobresaltos. Otras son torrentes de montaña que avanzan sorteando obstáculos, a veces remansándose, a veces precipitándose por cataratas. Hay novelas que se estancan y las hay que se resisten a nacer, o que forman meandros, o que se ramifican en multitud de afluentes.

            EL FIN DE LOS TIEMPOS (SM 2023), mi última y recién publicada novela, nació siguiendo, sucesivamente, tres cursos distintos. La primera idea me vino hace unos diez años, después de publicar La isla de Bowen. Aunque llamarlo “idea” es exagerado, porque lo único que me planteé fue que quería escribir sobre el fin de la civilización. Más concretamente, quería explorar la frontera entre el mundo civilizado y el mundo salvaje (podría decir “mundo natural”, pero “salvaje” describe mejor lo que pretendía hacer).

            Me puse a darle vueltas al asunto, desarrollé un argumento, diseñé unos personajes, comencé a escribir... y cuando llevaba más o menos treinta páginas, me detuve, hice examen de conciencia y me dije: “No, César, eso no es lo que quieres escribir”. Así que archivé el texto y comencé a buscar otro argumento. Tiempo después, desarrollé una nueva y completamente diferente historia y empecé a escribirla. Al cabo de unas cinco páginas, mi voz interior hizo sonar todas las alarmas: de nuevo había errado el camino. Otro textito archivado y otra vez a darle vueltas.

            Creo que ya he hablado de esto aquí, pero el caso es que hará uno o dos años, encontré el primer archivo, que estaba etiquetado con el muy impreciso título de “novela”, lo leí... y no tenía ni idea de qué era eso. Había olvidado por completo haberlo escrito. De hecho, ahora lo he vuelto a olvidar; no sé qué escribí. NOTA: Hice muy bien en abandonar ese texto.

            Pasó el tiempo, años, y yo seguía dándole vueltas a la historia –en realidad, el tema- que quería contar y que tanto se me resistía. Hasta que un buen día, no recuerdo cuándo, me di cuenta de cuál había sido mi error. En mis dos anteriores intentos había situado la historia muchos años después de que la civilización se hundiese. Pero si yo pretendía hablar de lo civilizado y lo salvaje, debía situar mi historia justo en el momento en que los últimos rastros de la civilización desaparecen. En cuanto comprendí eso, todo fue coser y cantar. Ideé un nuevo argumento, me puse a escribir y todo fluyó como un arroyo cantarín. Luego, ciertos avatares retrasaron dos o tres años la publicación de la novela, pero eso no viene al caso.

            ¿De qué va El fin de los tiempos? La acción se sitúa en España, en un futuro cercano. La civilización se ha derrumbado. No ha habido ningún gran apocalipsis, sino la progresiva degradación de una sociedad injusta en la que la desigualdad crecía al mismo ritmo que la miseria. Se produjo una inmensa crisis económica global, el Súper-Crack, que desencadenó algaradas y masacres. Hubo hambrunas, guerras civiles, se detonaron algunos artefactos nucleares (no muchos, afortunadamente). En ese contexto, se desató una pandemia, la Muerte Blanca, que diezmó a la humanidad. Y la civilización se fue a la mierda.

            La novela comienza en una zona residencial situada al oeste de una gran ciudad (que es Madrid, aunque nunca se dice en el texto). Esa zona está protegida por el ejército y en ella viven los civiles que trabajan para los militares. El resto de la ciudad está sumida en la barbarie. Un día, el destacamento del ejército recibe la orden de irse, dejando abandonados a su suerte a los civiles que viven con ellos. Todos saben que, en cuanto los militares no estén, bandas de saqueadores arrasarán la zona, así que deben irse. Justo ahí empieza la historia.

            Los protagonistas son tres hermanos, Álex, Tomás y Sara, de 16, 12 y 8 años de edad, respectivamente. El día en que los militares se van, abandonan la ciudad junto con sus padres, para dirigirse caminando a un pueblo situado a 300 km de distancia, donde quizá encuentren refugio. La primera parte de la novela, narrada por Tomás, cuenta lo que sucede durante ese viaje a través de un territorio sumido en el salvajismo.

            La segunda parte, narrada en tercera persona, transcurre once años después, cuando los protagonistas ya son adultos, y cuenta un segundo viaje, esta vez de búsqueda. Aunque los protagonistas tienen diferentes motivos para realizarlo: redención, amor, lealtad, compañerismo, curiosidad e incluso venganza. Hay una tercera parte, muy breve, que cierra la novela desde el punto de vista de Sara.

            ¿El fin de los tiempos es una novela posapocalíptica? Bueno, no ha habido un apocalipsis concreto, sino varios, pero a efectos prácticos sí que lo es. Por tanto, asume las constantes del género (algunos me han dicho que la portada recuerda a The Last of Us). También es una novela de aventuras que describe dos viajes llenos de peligro. Y por último, es una novela moral. No en el sentido de que tenga una moralina, sino porque propone varios dilemas éticos.

            El primero de ellos: Si la sociedad se hundiese, ¿qué harías: intentar mantener la civilización o sumarte a la barbarie? Cada uno de los tres hermanos ofrece una respuesta diferente a esa cuestión. La novela no toma partido; es el lector quien debe hacerlo (si le apetece, claro).

            Por otra parte, durante el relato, los protagonistas –es decir, los buenos- hacen cosas terribles. Ahí la cuestión es: y si no las hicieran, ¿qué? ¿Y cuál sería la alternativa? Y algo más: Si te comportas igual que los malos, ¿qué derecho tienes a considerarte bueno? Otro dilema: ¿Es lícito que la autodefensa, y la protección de los tuyos, anulen la piedad? En circunstancias extremas, ¿es legítimo ser egoísta? ¿Hay otra opción?

            Pero existe un punto de vista alternativo para encajar genéricamente la novela: es un western. En realidad, gran parte de los relatos posapocalípticos tienen la estructura, e incluso el escenario, del western (fijaos en las películas de Mad Max), y sin duda mi novela es un relato de frontera, la que existe entre lo civilizado y lo salvaje, como en el western. Para colmo, en la segunda parte los protagonistas viajan a caballo. De modo que sí, puede considerarse un western. Pero eso, en realidad, ¿qué más da?

            En la novela también hay una emisora misteriosa, Radio Libre Apocalipsis, que emite música de los 70; y un locutor, el Hombre Lobo, que es una especie de narrador del fin del mundo. Además, existe (o no) un mítico reino perdido donde se preservan los mejores valores de la humanidad.

            Como decía antes, El fin de los tiempos propone una serie de dilemas morales. Cada uno de los tres hermanos que protagonizan el relato ofrece una respuesta diferente. Tomás, el mediano, no soporta el mundo donde vive e intenta mantener su integridad moral. Sara, la pequeña, se suma sin atisbo de dudas a la barbarie, porque está segura de que es la única forma de sobrevivir. Tal y como ella misma dice: “Soy hija del caos, me crié en el caos, soy el caos”. En cuanto al mayor, Álex, es pragmático. Su postura vendría a ser: Si no hay más alternativa que la barbarie, adelante con ella; pero intentemos entretanto ser lo más civilizados posible.

            ¿Cuál es mi opinión personal? Creo que los tres hermanos tienen poderosas razones para defender sus posturas. Simpatizo con Tomás, porque es un idealista; pero su estrategia de supervivencia deja mucho que desear. En cuanto a Sara, sus motivaciones son sencillas, claras y muy realistas, pero jamás podría ser como ella. Respecto a Álex, se ha adatado, sobrevive y ayuda a sobrevivir a los demás, así que supongo que su postura es la más racional.

            Pero todo esto es teórico, claro, porque si llegara el fin de la civilización, supongo que yo tardaría unos cinco minutos en estar muerto. Mi historia no sería un novela, sino un microrrelato.