jueves, octubre 6

Tamara & Putin, la pareja del momento.

 


            Tamara: El asunto es más o menos así: Había una vez una pija muy pija llamada Tamara que, aunque tenía 40 tacos, hablaba y se comportaba como una adolescente. Digo que era pija porque decía cosas de pija, las decía con acento de pija y, qué demonios, ella se calificaba a sí misma de pija. Pues bien, esa pija se enamoró de otro pijo nueve años menor que ella y ambos se prometieron. Pero antes de la boda sobrevino el desastre: aparecieron unos videos en los que se veía al pijo morreándose con otras muchachas. No es de extrañar, porque el joven pijo tenía un aspecto de golferas que echaba patrás. La boda se canceló y la pareja de pijos se separó. Fin de la historia. Una gilipollez, ¿verdad? Bueno, pues esa gilipollez ha hecho que, durante más de una semana, toda España esté pendiente de la pija.

            Me resulta asombrosa la fascinación del público por semejantes personajes. ¿Qué ha hecho en su vida Tamara? Nada que valga la pena, salvo aparecer en algunos programas de TV donde se mostraba como la pija que es. Y ser hija de famosos, que eso ayuda. ¿Por qué le interesa a la gente? Quiero pensar que por el morbo de comprobar que “los ricos también lloran”, pero me da que no. Esto se parece más a un patio de vecinos donde sobrevuelan los chismes. Antes, los cuernos se los ponían a la hija de la Paqui, y hoy se los ponen a una marquesa mediática. Aunque también puede ser por la fascinación que siempre han producido los freaks, los monstruos de feria. Desde hace tiempo, los medios han venido ofreciendo el lamentable espectáculo de personajes grotescos. Como lo fueron el padre Apeles, Rappel, Jesús Gil, Pocholo o Belén Esteban. Porque Tamara es el pijerío llevado al extremo, la grotesca caricatura de una pija.

            Aunque, en realidad, me temo que lo que gran parte del público siente hacia Tamara es una fascinación aspiracional. Les gustaría ser como ella. Y eso ya es más peliagudo. Porque Tamara es superconservadora y supercatólica. Sin ir más lejos, esto es lo que opinó hace poco sobre la diversidad sexual: “Estamos viviendo un momento muy complicado para la humanidad, hay tantos tipos distintos de sexualidades, hay tantos sitios distintos donde puedes ejercer el mal”. Luego, añadió que lo peor de todo es que esa diversidad sexual “se ve con normalidad”. ¿Es que echa de menos recurrir a la lapidación?

            Tamara es un pija, es superficial y es tóxica. Pero ¿tonta? Teniendo en cuenta el rédito que le saca a su tóxico y superficial pijerío, creo que no; o al menos no del todo. Los tontos somos nosotros. Y si no, aquí me tenéis a mí, perdiendo el tiempo en hablar de alguien sin interés.

            Putin: Que Putin es hijo de sí mismo (un hijo de Putin) lo sabemos todos. Bueno, todos no, como veremos. Así que no voy a perder el tiempo diciendo que es un psicópata formado en la escuela de la KGB, un iluminado imperialista y un asesino aficionado al polonio. No, de eso no voy a hablar.

            De lo que quiero hablar es de los viejos comunistas españoles. La verdad es que hay que tener mucha fe para seguir siendo comunista hoy. Porque seguir creyendo en el “paraíso socialista” después de los desmanes de Stalin, después del muro de Berlín, después de la invasión de Checoslovaquia y Afganistán, y sobre todo después de que la Unión Soviética se desmoronara por la ineficacia social y económica de su sistema... seguir siendo comunista contra toda esa evidencia requiere una fe a prueba de bombas.

            Cuando comenzó la invasión rusa de Ucrania, proliferaron en las RRSS los comentarios en contra, sin apenas oposición. Pero algunas respuestas se iban por peteneras: En vez de comentar la agresión rusa, enumeraban la lista de las atrocidades cometidas por occidente, y en particular por USA. Que son muchas, no lo niego. Pero un mal no anula a otro mal.

            En un pequeño debate en Facebook, un amigo nostálgico del comunismo hizo eso: citar todas las barbaridades cometidas por Estados Unidos. Como si eso le restara gravedad a lo que hacía Putin. Le respondí que vale, que sí, que todo eso era cierto. Pero que ahora el malo es Rusia. Mi amigo respondió algo que no entendí, porque se fue por los cerros de Úbeda. Como sin argumentos no hay debate, dejé de intervenir. Pero más tarde leí los comentarios que mi amigo intercambiaba con otro nostálgico del comunismo. “Desde que tengo memoria”, venía a decir, “todos los males del mundo han venido de occidente”. Y Rusia, claro, es tan santa como el Vaticano.

            Me pregunto si esos viejos nostálgicos se han enterado de que Rusia ya no es comunista, sino una oligarquía de tintes mafiosos y maneras fascistas. Supongo que sí, pero sus cerebros están sometidos a un reflejo pavloviano. Oyen “Rusia” y agitan jubilosos el rabo. Oyen “Occidente” y enseñan los colmillos.

            Evidentemente, carece de sentido comparar a Tamara con Putin. No se parecen en nada, no tienen nada en común, salvo estar de actualidad. Aunque, espera,  ahora que lo pienso, sí que comparten algo: su odio a los homosexuales. No, si al final van a hacer buena pareja...

jueves, septiembre 1

Ofensas

 


            Un sabio refrán reza: “No ofende quien quiere, sino quien puede”. Es cierto; solo unas cuantas personas, las más próximas a mí, pueden herirme con palabras, porque me importa su opinión. Pero lo que me diga un desconocido, sencillamente me la trae al pairo. La mayor parte de la gente (casi ocho mil millones de personas) pueden insultarme, ponerme a parir o despreciarme, da igual: me resbala. Tampoco las ideas me ofenden, por muy monstruosas que sean. Pueden abochornarme, indignarme o darme vergüenza ajena; pero ¿ofenderme, como si fueran un agravio personal? De eso nada.

            En realidad, lo de las ofensas suena un poco decimonónico, de cuando el honor era lo más importante y se lavaba junto a la tapia de un convento, a sable o pistola. Un concepto de otros tiempos. Y, sin embargo, rabiosamente actual. De hecho, hay toda una generación a la que, si bien despectivamente, llaman los ofendiditos. Y es cierto: hoy en día no se puede abrir la boca, o pulsar el teclado, sin ofender a alguien.

            El otro día, en el programa de TV Real Time With Bill Maher, una ex-alumna de la universidad de Nueva York comentaba que en la parte trasera de su carné de estudiante había un teléfono de urgencia para denunciar ofensas. ¡De urgencia! Te ofenden y es como si te dispararan y necesitaras auxilio inmediato. Resulta entre ridículo y estremecedor.

            Vale, es cierto que mi libertad termina donde empieza la tuya. Pero ojo, donde empieza tu libertad, no tu susceptibilidad. La pregunta es ¿por qué sucede? Los nuevos censores socavan hasta tal punto la libertad de expresión que, para ser ofensivo, basta con discrepar aunque solo sea mínimamente del dogma políticamente correcto. ¿Cómo hemos llegado a esto?

            Siempre he pensado que las relaciones humanas se rigen por principios similares a los económicos. Por ejemplo, el valor de un producto depende de la relación entre la demanda y la oferta. Si el producto es muy demandado y hay pocas unidades, sube de precio. Y al revés: si es menos demandado y hay muchas unidades, el precio baja.

            Pues bien, con los hijos sucede lo mismo. Hace no mucho, pongamos que cuando yo era pequeño, la gente tenía un montón de hijos. Por ejemplo, la familia de Pepa, mi mujer, son ocho hermanos, y no se trataba de ninguna excepción. En 1960, el índice de natalidad era de 2,86. Actualmente es de 1’19; es decir, que cada pareja tiene una media de un hijo y un quinto de otro, muy por debajo de la tasa de reposición.

            El caso es que si, por ejemplo, tienes seis hijos, inconscientemente el valor de cada hijo disminuye. Si se muere uno es una tragedia, pero oye, te quedan cinco más. Ya, esto puede parecer una burrada, lo sé; pero no olvidemos que antiguamente se tenían muchos hijos porque más o menos la mitad la diñaban, y los supervivientes eran necesarios para cuidar a los padres en su vejez.

            Ahora supongamos que solo tienes uno o dos hijos. Si es uno y muere, la pérdida te destrozará. Si son dos y uno la palma, te destrozará igualmente y, además, volcarás todo tu afecto en el que queda y lo sobreprotegerás. Es decir, que cuando tienes pocos, el valor de cada hijo se multiplica. Es una cuestión numérica: en un caso tienes que repartir tu amor, tu atención, tu tiempo, tu dinero y tu esfuerzo entre seis, y en el otro solo entre uno o dos. Es evidente que en el segundo caso los hijos reciben más que en el primero. Conocéis el paradigma del hijo único, ¿verdad?, el típico niño consentido y mimado. Pues en cierto modo (y con frecuencia literalmente), ahora todos los niños se han convertido en hijos únicos.

            Y en esas estamos. Mi generación y las siguientes hemos tenido muy escasos hijos, de modo que los sobrevaloramos y los sobreprotegemos. Los mimamos y los malcriamos. Los debilitamos en definitiva. Muchos padres han educado a sus hijos intentando mantenerlos en capullos de algodón, libres de todo daño físico y emocional. Por ejemplo, los cuentos tradicionales, transformados para que el lobo no sea malo, o la mamá de Bambi no muera, o Hansel y Gretel no acaben en un horno. No vaya a ser que el niño se traumatice.

            En las pruebas deportivas de los coles, todos ganan medallas; desde el que llega primero a la meta hasta el que tropezó con sus propios pies a los dos metros de la salida. Porque nadie quiere frustraciones. Si el niño hace un dibujito, será el dibujo más hermoso del mundo, aunque en realidad sea una birria que ofende a la vista. Nada de animarlo a esforzarse más, no se vaya a cansar. Y, sobre todo, es vital huir del conflicto. Si el chico se porta mal, cualquier cosa antes que regañarlo. Adiós, problemas. Hola, síndrome del emperador.

            En resumen: se educa a los niños preparándolos para un mundo que no existe, un mundo sin tensiones ni conflictos. Pero las cosas no son así. En el mundo real siempre hay algún momento en el que se tiene que tragar mierda. Siempre hay frustraciones, líos e injusticias. Siempre hay que esforzarse, porque en la vida nada es fácil. Por eso, cuando los niños criados en burbujas crecen, se encuentran con una realidad muchas veces hostil para la que no están preparados. Y se frustran. Y, como tienen la piel muy delicada, se ofenden a la primera de cambio.

            En fin, no digo que todos los llamados millennials sean así, porque odio las generalizaciones y porque además sería mentira, pero muchos de ellos sí corresponden a ese patrón. Y son muy ruidosos.

viernes, julio 29

Para toda la humanidad

 


            En cierta ocasión, durante una charla suya, el llorado Miquel Barceló dijo algo que me llamó la atención, porque, pese a ser evidente, nunca había caído en ello: Lo más asombroso de la carrera espacial no fue el alunizaje, sino que después, y durante más de medio siglo, ningún humano volviera a ir más allá de la órbita baja de la Tierra.

            Yo tenía dieciséis años recién cumplidos cuando el Apolo 11 se posó en el Mar de la Tranquilidad. ¿Os imagináis lo que supuso para mí contemplar las borrosas imágenes en blanco y negro del primer humano en pisar otro cuerpo celeste? No, no tenéis ni idea, porque la mayoría de vosotros no vivió aquello. Además, perdéis de vista que yo era un pirado de la ciencia ficción. Fue un éxtasis para mí, una epifanía, una arrebato. Yo, que tanto había leído sobre el futuro, ¡estaba viviendo el futuro!

            Y qué felices me las prometía, amigos míos. Ahora la Luna, me decía; mañana Marte, y pasado las estrellas. Imaginaba vuelos espaciales comerciales, majestuosas estaciones orbitales, bases en el sistema solar, videotélefonos, coches voladores... Bueno, eso no; los coches voladores siempre me parecieron una mala idea. El caso es que imaginaba un futuro del estilo de 2001: Una odisea del espacio. Ahí iba a vivir yo.

            Luego, poco a poco, la cruda realidad me fue pasando por encima. La carrera espacial concluyó. A fin de cuentas, ya había un ganador. El programa Apolo se canceló. Los gigantescos cohetes Saturno V dejaron de fabricarse. Llegaron los transbordadores espaciales, pero eran poco más que autobuses con alas solo capaces de alcanzar órbitas bajas. Además, eran una chapuza. Y ahora los norteamericanos ni siquiera pueden ir a la Estación Espacial por sus propios medios, y tienen que comprarle pasajes a los rusos o a Space X.

            Fue un proceso lento, pero en algún momento quedó claro que mis sueños se habían ido al garete. Yo esperaba que el futuro me trajera una utopía espacial, y lo que al final me ha traído es una especie de distopía en la que la humanidad vive hipnotizada por unos pequeños artilugios rectangulares. Aunque, hay que reconocérselo, en esos artilugios van incluidos los videoteléfonos, algo que nadie imaginó jamás.

            Alto ahí, diréis; siempre te quedan las misiones no tripuladas. Es verdad; pensar que ahora mismo hay un par de rovers deambulando por Marte me emociona un poco. Pero no es lo mismo,

            Pues bien, más o menos de eso va la serie de televisión Para toda la humanidad, que se emite en AppleTV. Se trata de una ucronía en toda la regla. Su punto Jonbar, es decir, el acontecimiento que quiebra la realidad histórica, consiste en que, en 1969, los rusos llegaron primero a la Luna, adelantándose por unos meses a los norteamericanos. Lo cual hace que la carrera espacial se prolongue durante las siguientes décadas.

            La trama se centra en el personal de la NASA, sobre todo en los y las astronautas. La primera temporada comienza con el alunizaje ruso, continúa con el alunizaje yanqui, y sigue con el entrenamiento de un grupo de mujeres astronautas y el establecimiento de la primera base lunar. La segunda temporada, ambientada en los 70, narra la ampliación de la base y los conflictos con los rusos. La tercera temporada (cuyo último capítulo se emite hoy) se ambienta en los 90 y describe la carrera para llegar a Marte entre americanos, rusos y una empresa privada. Todo ello, por supuesto, aderezado con la relaciones y conflictos entre los protagonistas.

            ¿Es Para toda la humanidad una obra maestra? No, dista mucho de serlo. ¿Es una gran serie? Probablemente tampoco, aunque a veces se aproxime. Sencillamente es una buena serie de ciencia ficción, respetuosa con la inteligencia del espectador. Lo que ya es mucho, creedme.

            En la serie, aparte del devenir de la carrera espacial, hay otros dos temas predominantes. En primer lugar, el feminismo. De hecho, siendo una obra coral, la mayor parte de sus personajes importantes son mujeres. De entre las que destaco a Molly Cobb, interpretada por  Sonya Walger, una astronauta con más cojones que todos sus compañeros masculinos juntos. El segundo tema recurrente es el de la homosexualidad en el seno de una sociedad absolutamente intolerante.

            El casting es excelente y todos los actores encajan en sus roles con solvencia. De entre ellos, aparte de Sonya Walger, quiero destacar a     

Joel Kinnaman, un actor al que siempre me agrada ver. Por cierto, probablemente es el actor con mejor planta del panorama actual. Le pones un traje de gala del ejército colonial inglés, y el tío queda de un gallardo que alucinas. Por lo demás, la puesta en escena está muy cuidada y los efectos especiales, sin pretender ser apabullantes, son más que correctos.

            No todo es bueno, por supuesto. En gran medida, esta serie es un folletín, lo cual no es malo (¿acaso no lo son la mayoría de las series?). Pero a veces, por fortuna escasas, se aproxima peligrosamente al culebrón. Aparte de eso, el devenir de ciertos personajes resulta forzado, y algunos tópicos huelen un poco a naftalina. Por ejemplo, los rusos soviéticos son los taimados hijos de puta de siempre. No obstante, lo bueno predomina sobre lo malo.

            En cualquier caso, ¿sabéis lo que más me gusta de Para toda la humanidad? El intenso aroma a ciencia ficción clásica de toda la vida que desprende. Viéndola, no puedo evitar evocar a Robert Heinlein, o a Arthur Clarke, o a Fredric Brown. Es refrescante, como volver al pasado. Aunque, bien pensado, de eso va precisamente la serie: de volver al pasado para corregirlo.

            En fin, que os la recomiendo. Ya sé que muy pocos están suscritos a AppleTV (aunque tiene contenidos de gran calidad), pero tengo entendido que la plataforma ha puesto la primera temporada en abierto. Es decir, que os bajáis la aplicación y podéis verla gratis, sin necesidad de suscribiros.

            Besos.

domingo, junio 12

La edad, el curro, el spam y Babel

 


            El pasado viernes, 10 de junio, fue mi cumpleaños. Habitualmente suelo poner una imagen con la onomatopeya “¡ARGHHH!”, pero este año no lo he hecho. Tampoco celebré el pasado 9 de diciembre el décimo sexto aniversario de Babel. ¿Por qué?

            Pues porque la última entrada la colgué hace casi cuatro meses. En los últimos años, mis aportaciones al blog se han ido espaciando cada vez más. Y no acabo de hacerme una idea del motivo.

            Creo que todo empezó cuando me rompí la cadera. Por algún motivo, quizá por la forzada inmovilidad, me puse a escribir ficción como un loco. Había decidido probar con la literatura infantil y estaba desarrollando la serie de Dan Diésel. Eso le quitaba tiempo al blog. Luego llegó la pandemia, y lo que le quitaba fueron las ganas a mí. Y ahora...

            Ahora, amigos míos, ¡estoy metido en cuatro proyectos literarios a la vez! Bueno, en realidad solo dos están en activo; pero los otros dos se encuentran ahí, agazapados a la espera de saltar sobre mí como fieras salvajes.

            Eso es lo malo de ser un artesano autónomo: solo tienes dos manos, un cerebro (en mi caso medio) y un puñado de horas al día. Das de ti lo que puedes dar, que no es mucho. A eso hay que sumarle que estoy en un momento... digamos que peculiar en mi carrera como escritor. No sabría definirlo, porque en realidad no tengo claro lo que es, pero sí sé que algo ha cambiado. Para bien, me apresuro a aclarar. Lo cual no impide que me sienta raro.

            Ah, hay algo más. Desde hace un tiempo, el blog se está llenando de spam. Veinte o treinta al día. He intentado activar el captcha, pero no funciona. Así que no me ha quedado más remedio que activar la moderación de comentarios, lo cual me obliga a eliminar el spam acumulado con frecuencia. Un coñazo. De hecho, creo que esto es lo que más me retiene a la hora de seguir con el blog.

            Volviendo al tema de la edad, acabo de cumplir 69 años, una cifra sicalíptica y deprimente a partes iguales. Una cifra que, cuando la alcanzas, ya no puedes practicarla. Una cifra de mierda. Si cabía algún resquicio de duda, ya se ha cerrado: soy un jodido viejo. Vale, no soy un viejo como eran los viejos de mis años mozos, o como algunos viejos que conozco ahora. Soy un viejo de otro estilo. Pero viejo.

            Es cierto que intento mantener mi mente lo más joven posible. Y me consta que lo consigo en cierta medida. Pero, ¿hasta cuándo? ¿Cuánto tardaré en fosilizarme? Espero diñarla antes de que eso suceda.

            En fin, no sé qué va a ser del blog. Le tengo mucho cariño a la Fraternidad de Babel y no me gusta verlo agonizar. Quizá sea mejor matarlo definitivamente. O quizá aún pueda prestarle primeros auxilios y reanimarlo.

            Ya veremos.

lunes, febrero 21

Crímenes y ficción

 


            No siempre es fácil diferenciar de forma absoluta el bien del mal. Por ejemplo, los perpetradores de la matanza del 11S en Nueva York, o del 11M en Madrid, son monstruos ante nuestros ojos, pero héroes para algunos islamistas. A los ejecutores de ETA unos los consideraban asesinos, y otros luchadores por la libertad. ¿Y qué decir de la guerra, que es el epítome del mal, y sin embargo con frecuencia se le añaden adjetivos como “justa” o “santa”?

            Los crímenes cometidos en nombre del islam o de la patria vasca (solo son ejemplos) nos resultan horribles a quienes no comulgamos con sus ideas. Sin embargo, esas barbaridades, pese al horror que nos provocan, tiene una faceta vagamente consoladora: podemos comprenderlas. Entiendo lo que es el fanatismo religioso y entiendo lo que es el nacionalismo étnico; deploro sus crímenes, pero puedo comprender por qué lo hacen, aunque ni lo justifico ni lo acepto.

            Sin embargo, existe una clase de maldad que no tiene explicación. Un mal gratuito, absurdo, ante el que nos sentimos inermes, porque si no puede ser explicado, tampoco puede ser prevenido. Es un mal que brota de golpe, inesperadamente, en cualquier lugar y cualquier momento, protagonizado por quien menos esperamos. Eso hace que el suelo se hunda bajo nuestros pies y nos deja perplejos y horrorizados. Es como si de pronto hubiera una ruptura en la lógica del universo.

            Un buen ejemplo de esto es la famosa matanza del instituto Columbine, en Colorado, cuando dos alumnos de 18 y 17 años, Eric Harris y Dylan Klebold, provocaron una masacre en la que murieron doce alumnos y un profesor, y hubo veinticuatro heridos. ¿Por qué lo hicieron? No había ningún motivo aparente, y como ambos se suicidaron, jamás podremos saberlo. Aunque, ¿qué razón podría justificar tamaña monstruosidad? Vi fragmentos de los videos captados por las cámaras de seguridad. En ellos se veía a Harris y Klebold armados hasta los dientes y sonriendo de oreja a oreja. Estaban matando a gente y era el mejor día de sus vidas. Recuerdo que tuve la certeza de que estaba contemplando el mal en estado puro.

            Los seres humanos somos muy buenos estableciendo relaciones de causalidad. Si truena, probablemente va a llover; si sigo esas huellas encontraré animales que cazar; si hago esto, sucederá eso otro... Es algo que se nos da muy bien, porque favorece nuestra supervivencia como especie. De hecho, se nos da tan bien que a veces encontramos causalidades donde no las hay. Cuando sucede un fenómeno inexplicable, nuestra mente se pone como loca a buscar una explicación; y como no la encuentra, se la inventa.

            Volviendo a Columbine, una revelación: resulta que Harris y Klebold eran aficionados al Doom, un videojuego en el que se matan monstruos en primera persona. ¡Y ya está, ahí tenemos la ansiada explicación! La culpa de la matanza de Columbine la tienen los videojuegos.

            Y no es el único caso. ¿Os acordáis de José Rabadán, el Asesino de la Katana, que mató a sus padres y a su hermana con eso, una katana? Pues resulta que Rabadán era muy aficionado al Final Fantasy VIII, así que de nuevo la culpa del crimen recae en los videojuegos.

            Pero no son esos los únicos juegos demoniacos. Ahí tenemos a Javier Rosado y Félix Martínez Reséndiz, los dos jóvenes (de 21 y 16 años, respectivamente) que cometieron el llamado crimen del juego de rol. Rosado había inventado un juego de rol llamado Razas que consistía, básicamente, en salir de noche para matar a alguien. Y eso hicieron: Durante la madrugada del 30 de abril de 1994, salieron de cacería y acuchillaron hasta la muerte a Carlos Moreno, un pobre hombre que estaba esperando el autobús.

            Como era de esperar, pronto quedó claro que la culpa de ese espeluznante asesinato era de los juegos de rol. El periodista (?) Rafael Torres publicó en El Mundo un artículo llamado Una necrosis similar en el que afirmaba que los juegos de rol provocaban «necrosis fulminantes en los tejidos de la cabeza y del corazón, aparte de desprecio por la realidad e ignorancia”. Añadía que también fomentaban la psicopatía. El hecho de que el propio Rosado, ejecutor e inductor del crimen, afirmara que le importaban un bledo los juegos de rol y que el único al que había jugado era el creado por él, no tenía importancia. No permitas que la realidad te estropee un mal artículo y una explicación absurda.

            La cuestión es: ¿cuántos jugadores de videojuegos y rol han cometido espantosos crímenes? Estamos hablando de cientos de millones de jóvenes y, sin embargo, los casos criminales se pueden contar con los dedos de las manos. Si lo contemplas en perspectiva, no se percibe la menor relación de causa y efecto entre la práctica de esos juego y la criminalidad.

            Por desgracia, esa tendencia a las respuestas simples ante cuestiones complejas reaparece cada vez que algún joven comete un crimen horrible. Supongo que todos conocéis el reciente caso del quinceañero de Elche que ha matado con una escopeta a sus padres y a su hermano pequeño. Pone los pelos de punta y nos deja preguntándonos cómo es posible. Pero no hay que darle demasiadas vueltas, porque avispados reporteros ya han encontrado la explicación. En un artículo aparecido el pasado 14 de febrero en El Mundo (otra vez El Mundo), el periodista Luis Alemany informaba de que el parricida de Elche había leído, siguiendo el plan lector de su instituto, la novela La edad de la ira, de Nando López, una historia centrada en la investigación del asesinato de una familia cometido por el hijo adolescente. El periodista no afirma expresamente que esa sea la causa del crimen, pero oye, ahí lo deja.

            ¡Repámpanos, menudo poder el de la literatura! Teniendo en cuenta los muchos lectores de la novela, supongo que no tardaremos en ver amontonarse en las morgues los cadáveres de familias asesinadas por adolescentes. Así que no solo el rol y los videojuegos son herramientas del diablo, sino también las novelas. Y esta idea no es nueva. ¿Sabéis qué tienen en común Mark David Chapman –el asesino de John Lennon-,  John Hinckley Jr, -que disparó contra Ronald Reagan-, y Robert John Bardó –acosador y asesino de la actriz Rebecca Schaeffer-? Pues que todos ellos eran fans de El guardián entre el centeno, de J. D. Salinger. Vale, esa novela es lectura obligatoria en miles de institutos norteamericanos, la han leído millones de adolescentes. Tantos que, estadísticamente, no es de extrañar que también haya pasado por las manos de futuros asesinos. Pero las mentes simples no vacilan en afirmar que es un libro demoniaco que impulsa al asesinato.

            Nada nuevo bajo el sol. En 1954, el nefasto psiquiatra Fredric Wertham publicó el libro Seduction of the Innocent, donde culpaba a los cómics de pervertir las mentes infantiles y fomentar la delincuencia juvenil. A raíz del impacto de ese ensayo, se creó la Comics Code Authority, un organismo destinado a cuidar la moral de los jóvenes que no era más que pura y dura censura. Por cierto, la CCA todavía existe, aunque ya casi nadie le hace caso.

            Podríamos hablar, también, de la satánica música rock, que ha pervertido a varias generaciones de jóvenes (¡Charles Mason quería ser estrella del rock!), pero dejémoslo aquí. Lo que me asombra es la fe que mucha gente tiene sobre el poder de la ficción, como si lo irreal pudiera materializarse en cuanto te descuidas un instante. O quizá no sea eso; puede que se trate más bien de la poca fe que tiene algunos adultos en la capacidad de los jóvenes para discernir entre lo real y lo ficticio.

            Y no es así; la inmensa mayor parte de los niños y jóvenes distinguen con claridad entre la realidad y la ficción. Aunque siempre hay excepciones, claro. Recuerdo el caso de un niño que se tiró desde un balcón con una capa creyendo que era Batman. Pero no tuvo en cuenta tres cosas: 1. Batman no existe. 2. Aunque existiese, él no era Batman. 3. Batman no vuela. Así que el chaval se mató, básicamente, por gilipollas. Pero es eso: una excepción.

            A veces, el mal aparece ante nuestros ojos como un relámpago, sin saber por qué. Es un horror inexplicable, así que no nos inventemos explicaciones, sobre todo si haciéndolo satanizamos a una de las más nobles creaciones humanas: la ficción.

            Nota: En la foto, Klebold y Harris, los asesinos de Columbine.

miércoles, febrero 2

Sobre escritura, magia, trabajo y otras contradicciones

 

            A veces, es difícil creer algo sin creer, a la vez, lo contrario. Eso es lo que me pasa a mí con la escritura: la amo y la odio simultáneamente. Cuando me preguntan qué es lo que más y lo que menos me gusta de ser escritor, suelo contestar que lo que más me gusta es imaginar, y lo que menos escribir. O sea, que lo que más me desagrada de escribir es escribir.

            Pero no es del todo cierto. A veces, cuando escribo, navego a favor de la corriente, pero en otras ocasiones tropiezo con remolinos, rápidos y escollos que me obligan a luchar para seguir adelante. Eso es lo que odio: pelearme contra el texto que estoy escribiendo. Además, me suele ocurrir en tramos poco relevantes del manuscrito. De repente, me enredo con un párrafo de mierda, en el que nadie se va a fijar, pero que no acaba de quedarme bien. Y me puedo tirar una hora intentando arreglar algo que en el fondo no tiene tanta importancia. Aunque, claro, ese párrafo en concreto no es importante; pero el conjunto de todos los párrafos similares sí que lo es.

            Sin embargo, en otras ocasiones la escritura transcurre por aguas tranquilas, y todo va bien. Entonces sucede un fenómeno que siempre me asombra: Estoy escribiendo y, de repente, se me ocurre una idea. No ideas grandes, de esas que afectan a todo el libro, sino ideas pequeñas relacionadas con lo que estoy escribiendo en ese momento. Un diálogo, una forma distinta de expresarse, un mini-gag, una figura retórica, cualquier cosa. No es algo que busque conscientemente, sino algo que aparece sin más, como surgido de la nada. Ya, ya, no surge de la nada, sino que es parte de un proceso interno del cerebro. Pero parece magia y me encanta cuando sucede. De modo que el acto de escribir me disgusta y me gusta casi simultáneamente. No obstante, tengo la sensación de que abundan más las aguas turbulentas que las mansas.

            Pero no es esa la única contradicción que tengo respecto a la escritura. Siempre me he esforzado en quitarle mística al hecho de ser escritor. Nada de palabras rimbombantes, nada de dones innatos, nada de mitología literaria. En mi opinión, un escritor es un profesional que ha tenido que aprender su oficio y practicarlo hasta adquirir cierto grado de solvencia. Un profesional, como los ebanistas, los plateros o los sastres.

            No obstante, reconozco que a veces me veo a mí mismo como un mago. Voy a poner un ejemplo: Hace años, publiqué un relato llamado Cuento de verano en la antología de diversos autores Bleak House Inn (Fábulas de Albión, 2012). Es un relato humorístico, una sátira sobre el Cuento de Navidad de Dickens. Tiempo después, leí en la web de la editorial una serie de comentarios de los lectores. Uno de ellos lo había escrito una mujer y hablaba de mi relato. Decía que ella llevaba varios años en paro y estaba pasando una profunda depresión. Y que Cuento de verano había conseguido hacerla reír por primera vez en mucho tiempo. Concluía dándome las gracias.

            Me sentí... como un mago bueno. Había creado un sortilegio de palabras y había conseguido llevar la alegría a una mujer triste, aunque solo fuera durante unos minutos. Qué bonito, ¿verdad? Esa es una de las virtudes de la literatura: el consuelo. El caso es que empecé a verme como alguien dotado de poderes sobrenaturales. Según manejaba los conjuros (las palabras), podía hacer que la gente se riera, o que llorara, o que se asuste, o que se interesara, o que se enamorase, o que se inquietara, o que se confundiera... ¿Cómo no iba a sentirme un mago con semejantes poderes?

            Por fortuna, mi contradicción acudió presurosa al rescate y me dijo: “Qué mago ni que hostias; lo que eres es un profesional que maneja con más o menos soltura las técnicas necesarias para manipular los estados de ánimo del lector”. Luego, mi contradicción me recordó que mi “poder” no afecta igual a todo el mundo, y que mientras a esa lectora le había hecho reír, a otro lector mi cuento le parecía un mal chiste alargado. Supongo que para eso sirven las contradicciones: para ponerte en tu lugar.

            ¿Y cuál es mi lugar? Pues supongo que ser un profesional de la magia. Es decir, un ilusionista. A fin de cuentas, es lo que hago: crear ilusiones. Y me gusta ser eso. Me parece más interesante un prestidigitador de pacotilla, pero hábil, que un verdadero mago, todopoderoso, solemne... y aburrido. Además, no existen los magos de verdad, sino solo los que creen serlo.

            Todo esto viene a cuento (aunque realmente no viene a cuento de nada), por algo que me ha pasado hace poco. Acabé a finales de año una novela que tenía comprometida y me dije: mereces un descanso, chaval. Así que me he tirado todo enero sin escribir nada, salvo un relato corto que me habían pedido. Pasaron las semanas y comencé a sentir una comezón interna, un sutil desasosiego, un indefinible malestar que me sobrecogía cual damisela victoriana. ¿Qué me pasaba? Tenía necesidad de escribir. Si no pulsaba el teclado, me sentía incompleto, vacío. Pero no tenía ninguna idea en la cabeza, ningún argumento mínimamente esbozado. Entonces, la semana pasada improvisé el comienzo de una historia y me puse a escribirla sin tener nada claro, con brújula. Pero yo no sé escribir con brújula, de modo que en el fondo de mi ser sabía que lo que estaba escribiendo no servía para nada.

            ¿Por qué hice eso? Antes de recurrir a la psiquiatría, reflexioné sobre el asunto. De jovenzuelo, trabajé tres o cuatro años como periodista. Luego, trabajé una larga década como publicitario. Y no me quedaron las menores ganas de redactar más noticias o más anuncios. Pero llevo más de treinta años trabajando como escritor. Es mucho tiempo; tanto, que la escritura se ha convertido en parte consustancial de lo que soy. Como una posesión demoniaca. O como una adicción.

            Y eso nos conduce a mi tercera contradicción: Siempre he considerado la escritura un trabajo, y el trabajo un castigo (la Biblia me da la razón). ¿Y ahora resulta que me gusta trabajar? No se puede caer más bajo.


jueves, enero 20

Magufos

 


            Magufo: Persona que propaga o promueve discursos contrarios al pensamiento crítico y a la ciencia, como pueden ser la homeopatía, la astrología, ufología o cualquier otra pseudo-ciencia que no pueda demostrar su validez.

La semana pasada, el gobierno australiano deportó, por fin, a Novak Djokovic. Me alegro. No cabe duda de que el serbio es un extraordinario tenista, el mejor del mundo; pero un perfecto imbécil en todo lo demás. Y me alegro de que lo hayan deportado porque, por una vez, se demuestra que la estupidez pasa factura.

            Veréis, si un viejo campesino de una zona remota, alguien que jamás fue a la escuela y apenas sabe leer, cree en duendes, brujas y demonios, lo comprendo. Ese hombre no tiene la culpa de su ignorancia; jamás tuvo los medios para superarla. Pero la ignorancia de los privilegiados me cabrea. Gente que, teniéndolo todo para poder amueblar bien su mente, le da por creer en gilipolleces.

            Tengo un amigo magufo. Es un tipo inteligente, racional, razonablemente culto, universitario y profesional de éxito. Alguien con evidente talento. Y, sin embargo, cree en la astrología, en las mancias, en la homeopatía y en toda suerte de teorías absurdas. Está en contra de los microondas, de las cocinas de inducción, del wifi, de los antibióticos y, por supuesto, de las vacunas. También duda de que los hombres llegaran a la Luna.

            Siempre me ha intrigado esa extraña dualidad; por un lado, una mente racional y razonable y, por otro, pensamiento mágico en estado puro. ¿Cómo es posible que una persona inteligente y cultivada crea en semejantes tonterías? Mi amigo no rehúye el debate y discutíamos con frecuencia (ya no lo hago; no sirve para nada). Y siempre acabábamos en el mismo punto. Él, en principio, debatía argumentado con razones; pero, dado lo absurdo de sus ideas, al final llegaba inevitablemente a un callejón sin salida en el que no encontraba argumentos lógicos para exponer. Entonces decía: “Bueno, pues es lo que creo y ya está”. Es decir: meras creencias, como la religión. Y contra eso no hay argumento posible. Crees lo que crees porque te sale de los huevos creerlo, punto final. Pues muy bien: ole tus huevos.

            Más tarde me enteré, con no poco asombro, que muchos magufos, quizá la mayoría, son gente con estudios superiores. Leí una explicación sobre este fenómeno: creer en algo que afirma ser la verdad en contra de las supuestas manipulaciones del Poder (poder político, farmacéutico, religioso, científico o lo que sea), otorga a quien lo dice un punto de superioridad sobre los demás. “Yo conozco una Verdad que los demás, pobres engañados, ignoráis”.

            Pero creo que hay otro factor. Estoy seguro, aunque no tengo datos, de que la mayor parte de los magufos universitarios provienen del campo de las humanidades (o, como se decía antes, “de letras”). Es decir, gente que apenas ha recibido formación científica. Siempre he pensado que en los colegios e institutos se debería impartir Filosofía de la Ciencia. No ciencia en sí misma, sino los mecanismos lógicos que sirven para hacer ciencia. Observación, búsqueda objetiva de pruebas, escepticismo, pensamiento crítico, etc. En general, esa forma de razonar vacuna en gran medida contra las creencias infundadas.

            Aunque no del todo. Conozco a una brillante ingeniera que cree en la homeopatía. Y hay científicos que creen en dios (aunque no muchos), así como médicos de carrera que practican pseudoterapias. Me asombra y me intriga esa dualidad. ¿Cómo un mismo cerebro puede albergar dos formas distintas, y opuestas, de percibir la realidad? ¿Cómo es posible que en la misma mente no interfieran la razón con el pensamiento mágico? Es como si en su cerebro hubiera compartimientos estancos. Quizá parte de la respuesta esté precisamente en la forma de percibir la realidad. ¿Qué es real y qué no lo es? A mi amigo magufo hay algo de mí que le desconcierta. No comprende cómo, siendo yo tan racional, escribo relatos de fantasía y cf. Yo le digo que eso no es real, sino ficción, pero él parece no distinguir entre lo uno y lo otro. Supongo que esa es parte de la clave.

            Volviendo a Djokovic, creo que los magufos que más me cabrean son los antivacunas. Por varios motivos; en primer lugar por su obstinación pasándose por el forro las evidencias. Pero eso es común a todas las magufadas, claro. En segundo lugar, por ser un peligro para la comunidad, propiciando la transmisión de enfermedades y/o saturando los hospitales, como sucede ahora. En tercer lugar, lo peor de todo: su insolidaridad. Se permiten el lujo de no vacunarse porque están rodeados por gente que sí está vacunada y, por tanto, no transmite enfermedades. En cuarto lugar, porque al no vacunar a sus hijos, los exponen al peligro de enfermar. Eso ocurre también con los devotos de las pseudoterapias, que confían la salud de su familia a iluminados, o directamente farsantes, que “curan” a base de agua destilada, pastillitas de azúcar, legía, cristales, pases mágicos o sortilegios, a ser posible cuánticos. Esos magufos también me cabrean mucho.

            Es paradójico que esa gente proclame un discurso anti-científico, incluso tecnofóbico, aprovechándose al mismo tiempo de vivir en un mundo que les hace la vida más fácil precisamente gracias a la ciencia y la tecnología. Transmiten sus absurdas teorías usando el prodigio técnico de la informática. Se iluminan con LED’s, viajan en modernos vehículos, ven sus series favoritas (o documentales magufos) en planas pantallas de TV, juegan a prodigiosos videojuegos, se orientan con asombrosos navegadores, oyen la música que les gusta a través de pequeños auriculares inalámbricos, pagan usando sus móviles... Se benefician de la ciencia, para luego cagarse en ella.

            Aunque, claro, como hemos visto, también hay magufos que llevan demasiado lejos sus absurdas ideas y renuncian a algunos beneficios de la ciencia, como los que no se vacunan o recurren a terapias ridículas. Esos están tan abducidos por el pensamiento mágico que no vacilan en poner su salud en peligro. Como decía Cipolla, el mayor grado de estupidez se alcanza cuando alguien hace algo que daña a los demás y le daña a él mismo.