lunes, mayo 3

Madrid me mata

 


            De un tiempo a esta parte no me apetece escribir lo que quiero escribir en el blog. ¿Un contrasentido? Quizá. Pero también una consecuencia lógica de vivir en un mundo que cada vez está más loco. Por otro lado, la pandemia, y los diversos grados de reclusión a que nos ha obligado, ha reducido mi horizonte y ha hecho que centre la mirada en mi entorno más próximo, en la ciudad donde vivo. Y no me gusta lo que veo.

            Nací en Barcelona, pero soy madrileño. Aquí he residido siempre (salvo mi primer año de vida), aquí me he criado, este ha sido el escenario de los principales acontecimientos de mi existencia. Lo cual no significa que me sienta madrileño, en el sentido patriótico del término “sentir”. En realidad, me alegro de no sentirme de ninguna parte, de que mis raíces sea aéreas. Pero no cabe duda de que existe una ligazón sentimental con Madrid.

            El Madrid de mi infancia y adolescencia era poco más que un gran poblachón manchego, paleto, atrasado, sumido en la casposa mediocridad franquista. Pero también era una ciudad amable, abierta, un lugar en el que nadie se sentía forastero, porque todos lo éramos.

            Luego, a finales de los 70 y comienzos de los 80, la ciudad se sacudió las telarañas del provincianismo y hubo una explosión de optimismo y ansias de libertad. Eran los tiempos de Tierno Galván y la movida, tiempos en los que todo parecía posible. Al final, los estragos del caballo y demasiadas promesas incumplidas se lo llevaron todo por delante.

            En los 90, la ciudad comenzó a derechizarse, entre otras cosas por el empeño del PSOE en no presentar candidatos de fuste (la federación madrileña era una jaula de grillos). La ciudad/comunidad pasó a manos de personajes como Ruiz-Gallardón o el meapilas de Álvarez del Manzano.

            Con el cambio de milenio llegaron otros nombres, como Esperanza Aguirre, Ana Botella, Ignacio González, Cristina Cifuentes... Muchos de ellos han pasado por la cárcel o están encausados. Fueron tiempos de latrocinio y corrupción, de caraduras afines al poder, de chanchullos a destajo.

            Pero, ¿sabéis?, todo eso lo comprendo. Entendedme, no lo disculpo, pero entiendo el mecanismo que hay detrás. Un político tiene ganas de forrarse, carece de escrúpulo y roba a manos llenas. Vale, es altamente reprobable, pero fácilmente comprensible.

            Pero lo que está ocurriendo ahora se me escapa.

            Ayuso, una política que no para de decir sandeces, una señora que lo único que ha hecho en su vida es llevar las redes sociales de un perro, una presidenta incapaz de sacar adelante una sola ley o un presupuesto. Ayuso, que ha protagonizado la peor gestión de la pandemia, que gracias a su inoperancia ha causado miles de muertos en las residencias de ancianos, que cuando más falta hacía la unidad y la solidaridad, ella optaba por el enfrentamiento partidario. Ayuso, que miente con desparpajo, que no vacila en echar la culpa a los demás de sus propios errores, que no tiene el menor escrúpulo en hacer manitas con la ultraderecha. Ayuso, la iletrada, la inoperante, la trumpista.

            Esa Ayuso ha decidido malgastar nuestro tiempo y nuestro dinero en convocar unas elecciones innecesarias, solo para poder ocupar el poder (que no gobernar), con más comodidad. Un caprichito, vamos. Y lo va hacer agitando la bandera de la libertad. ¿Libertad para qué? Para tomar cañitas en una terracita. Parece un chiste del Mundo Today.

            Pues bien, hasta ahí lo entiendo; idiotas tóxicos los hay por todas partes. Pero lo que se me escapa, lo que me desconcierta, lo que me sume en la perplejidad y el desánimo, es que Ayuso, ese cúmulo de torpezas y tonterías, va a ganar por goleada. Y no lo entiendo; no entiendo en qué coño piensa la gente cuando va a votar o a no votar. Creo que nos hemos vuelto locos.

            ¿Veis?, por eso no quiero escribir esta clase de cosas, porque no sirven para nada, porque me deprimen y porque no son más que una muestra de mi ridícula ingenuidad.

            Mañana iré a votar e introduciré mi voto en la urna sabiendo que hago poco más que tirarlo a la papelera. Porque haga lo que haga, mis incomprensibles conciudadanos van a decidir que los presida una impresentable. Como rezaba una vieja revista, Madrid me mata.

viernes, abril 2

Días Internacionales

 


            Hoy es el Día Internacional del Libro Infantil y Juvenil. Es curioso eso de los días internacionales, porque hay tropecientos, más de 365, lo cual obliga a que haya días compartidos. Por ejemplo, hoy también es el Día Mundial de Concienciación sobre el Autismo. Algunos de esos días son extraños, como mañana, que se celebra el Día Mundial del Arcoíris. ¿A qué se refiere exactamente? ¿Al movimiento LGTBI? Pero el arcoíris es la bandera, no el nombre del movimiento. ¿Entonces? ¿Acaso el arcoíris está en peligro y yo no me he enterado?

            El diez de abril es el Día Internacional de la Homeopatía. Un absoluto contrasentido, si nos paramos a pensarlo. No debería ser un día, sino un segundo. El Segundo Internacional de la Homeopatía. El 13 de abril es el Día Internacional del Beso. Supongo que este año lo habrán sustituido por el Día Internacional del Codazo. El 14 de abril es el Día Mundial de la Enfermedad de Chagas. Si estas celebraciones tienen como objetivo que la gente recuerde determinados asuntos, ese día es un absoluto fracaso, porque no tengo ni idea de qué es la enfermedad de Chagas.

            El 20 de abril es el Día Mundial de la Marihuana. Palabras mayores, amigos; ese día debería ser festivo y santo. El 25 de abril es el Día Mundial de los Pingüinos. Pues qué queréis que os diga, me parece muy injusto que haya un día del Pingüino, pero ningún día de Batman. El 26 de abril es el Día Internacional del Pene. ¡Sí señor! Ese sí que es un día necesario, porque el pene está en horas bajas. Al menos, el mío.

            En fin, el caso es que hoy, 2 de abril, es el día del libro infantil y juvenil, algo que me atañe directamente. ¿Qué puedo decir de la literatura juvenil? Pues que le guardo un profundo agradecimiento, porque me ha hecho uno de los mejores regalos que he recibido: poder ganarme la vida escribiendo. A cambio, procuro darle lo mejor de mí mismo. A veces lo consigo, a veces no, pero siempre lo intento. Aparte de eso, la literatura juvenil me ha dado muchas satisfacciones: premios, dinero, homenajes, más buenas críticas que palos, cierto reconocimiento y, sobre todo, lectores agradecidos, que son la sal de la tierra.

            Siempre he procurado que mis novelas juveniles puedan ser consumidas y apreciadas también por adultos. De hecho, ni siquiera creo que el juvenil sea un género, pero eso es otra historia. Sin embargo, lo que más me conmueve, lo que me hace creer que lo que hago vale la pena, es cuando un adolescente me dice que no le gustaba leer, pero que mi novela le ha encantado. Supongo que he contribuido a que algunos de mis lectores adolescentes aprendan a amar la literatura, y eso me llena de orgullo.

            En cuanto a la literatura infantil, tras una única incursión en el género (El hombre de arena), últimamente estoy volviendo a frecuentarlo; con la serie de Dan Diésel y con una novela que se publicará a final de año, La lectora de mentes. Ya veremos qué tal se me da.

            Por último, la LIJ me ha permitido conocer a un montón de magníficos profesionales, tanto de la edición como de la escritura. A ellos saludo desde aquí: Felicidades en nuestro día, amigos. Y un gran abrazo.

lunes, febrero 22

Dan Diésel

 


            No es lo mismo escribir novela juvenil que escribir novela infantil. No se parece en nada, creedme. De hecho, escribir infantil es mucho más difícil. Haciéndolo bien, claro. Siempre he pensado que escribir una mala novela infantil es sencillísimo; pero escribir una buena es muy complicado.

            Cuando empecé a escribir novelas juveniles no tuve que hacer ningún cambio en mi forma de trabajar. Escribía (y escribo) para jóvenes igual que para adultos. Esto lo digo muchas veces y nadie me cree, probablemente porque no entienden lo que quiero decir. Si mi protagonista tiene quince años, reflejaré el mundo y las vivencias de un adolescente, y el resultado sería diferente si el prota tuviera cincuenta. Pero la forma en que escribo, la técnica narrativa que empleo, es exactamente la misma.

            No sucede igual con la literatura infantil. Hay que adaptarse a un lector menos formado, más ingenuo, más alejado del mundo adulto. No puedo escribir para un niño de diez años igual que para un adolescente de catorce o un adulto de cuarenta. Hace 21 años, cuando mi hijo Pablo tenía nueve, me pidió que escribiera algo que él pudiera leer. Obedecí como el padre baboso que soy y escribí El hombre de arena, mi primera y durante mucho tiempo única novela infantil. Me costó un montón, me resultó dificilísimo. Normalmente, una novela mía la corrijo entre cuatro y seis veces. Esa tuve que corregirla catorce. No me quedó mal; tuvo buenas críticas, pero poco éxito de ventas. El caso es que me costó tanto trabajo que me dije: una y no más.

            Hasta que hace dos años y medio, charlando con el gran editor, y aún mejor amigo, Gabriel Brandariz, me hizo una sugerencia que me dejó perplejo. Resumiéndolo mucho, escribir una novela steampunk para niños. Me quedé pensativo: nunca se me había ocurrido nada semejante. Entonces comprendí cuál había sido mi error: En mi primera novela infantil había intentado ir yo al terreno de la literatura infantil, lo que me resultaba muy difícil, porque mi sensibilidad no encaja con la versión estándar del género. Lo que tenía que hacer era llevar la literatura infantil a mi terreno. Dicho y hecho; me puse a escribir frenéticamente y así surgió Dan Diésel.

            Lo primero que hice fue renunciar al steampunk. No es que tenga nada contra ese género, pero me cansa un poco el siglo XIX. Decidí adscribirme al diéselpunk. ¿Y eso qué yes?, os preguntaréis. Ambos géneros forman parte del retrofuturismo, que presenta el futuro (y la ciencia ficción) tal y como se concebía en el pasado. El steampunk se enclava en la segunda mitad del siglo XIX y maneja una tecnología futurista basada en el motor de vapor.

            El diéselpunk, por su parte, abarca un ámbito temporal que va de la primera guerra mundial al final de la segunda, y contempla una tecnología futurista basada en el motor diésel. Por otro lado, el diéselpunk coincide en el tiempo con la época pulp, con sus historias fantasiosas y coloristas, sus héroes imposibles y sus pérfidos villanos. En algunas de sus temáticas –pero no en todas, ni mucho menos-, el diéselpunk es indistinguible del neo-pulp.

            A mí, del pulp me gusta todo, menos leerlo. Voy a centrarme en dos personajes pulp: La Sombra y Doc Savage (antecedentes directos de los actuales superhéroes). En abstracto, me parecen muy atractivos. ¿Ingenuos? Sí. ¿Absurdos? Claro. ¿Irreales? Sin duda. ¿Infantiles? Por supuesto. Pero con el potencial de ofrecer, a poco que se suspenda la incredulidad, toneladas de diversión e imaginación loca.


            Por desgracia, todo se queda en promesa. No es que esas historias estén torpemente escritas, que lo están; es que son aburridísimas, repetitivas y muy escasamente imaginativas. Tenemos a un misterioso vigilante enmascarado como La Sombra y, a la hora de la verdad, lo único que hace es acabar con una banda de criminales tras otra, siempre lo mismo. Doc Savage es algo más imaginativo, pero igualmente repetitivo; se desaprovechan totalmente las posibilidades del personaje. Y no es de extrañar, porque sus autores eran escritores mercenarios que escribían a pocos centavos por palabra, sin tiempo para elaborar con más cuidado sus obras. Pero se puede hacer mucho mejor. Indiana Jones es un personaje cien por cien pulp, pero sus creadores le dieron forma a base de imaginación y sentido del humor, y rodaron una de las películas más divertidas de la historia.

            Volvamos a Dan Diésel. ¿Quién es? Daniel Álvarez es un niño de doce años que, en 1932, vive con su padre viudo en un pueblo de Huesca. Un día, su padre, Samuel, muere y Daniel queda bajo la tutela de su desconocido tío Marc. Carmen Fortuna, la secretaria de su tío, va a buscarle al pueblo y lo conduce a la residencia de Marc en Madrid. Allí conoce a los colaboradores de su tío: la ya citada Carmen, el matrimonio formado por Emma y Abraham Cruz, y la hija de ambos, Gabriela, de doce años.

            Todo parece normal al principio, pero pronto empiezan a suceder cosas extrañas. Hasta que un día sufren el ataque de un robot gigante; ataque que concluye cuando Marc elimina al engendro con un arma futurista. Daniel se queda conmocionado, no entiende nada. Entonces su tío y Carmen le revelan la verdad: Ni él, ni su padre, ni su tío se apellidan Álvarez, sino Diésel. Ninguno de ellos pertenece a este universo, sino a un universo paralelo llamado Terra Prima. Su padre fue asesinado y a Daniel quiere secuestrarlo un misterioso villano. Acto seguido, emplean un Portal –una máquina para viajar entre universos- y se trasladan a Terra Prima.

            ¿Qué es Terra Prima? Una Tierra paralela muy similar a la nuestra en 1932, pero con sensibles diferencias. Hay robots, inmensos dirigibles, mochilas-cohete, vigilantes enmascarados, piratas aéreos. En Terra Prima hay una isla poblada por dinosaurios, hay neandertales, hay civilizaciones perdidas, hay gorilas gigantes, hay gente con poderes sobrehumanos, hay una sociedad secreta –llamada Sentinel- dedicada a investigar sucesos extraordinarios, y su tío Marc es un agente de Sentinel apodado Lizard... Básicamente, Terra Prima es el mundo de la aventura pulp. O diéselpunk.

            Se trata de una serie de novelas. Están ilustradas por Pablo Broseta y cada una incluye ocho páginas de cómic. En marzo aparecerá el primer título, “El misterio del Artefacto C”, y a comienzos de verano el segundo: “En poder de Khan”. Ahora estoy escribiendo el tercero y el cuarto, para 2022.

            Son novelas para niños, por supuesto; pero intento escribirlas de tal forma que un adulto pueda encontrar algo de diversión en ellas. Y si el adulto es un poco friki, mejor que mejor. Al menos, yo me estoy divirtiendo mucho escribiéndolas. Espero no ser el único.