lunes, marzo 9

Pennywise lives!

 


            ¿Se convertirá USA en una superpotencia fascista? Pues todo depende de lo que ocurra con las elecciones de medio mandato que se celebrarán en noviembre. En ellas se elige a todos los miembros de la Cámara de Representantes y a una tercera parte del Senado. La cuestión es que, atendiendo a las encuestas, los republicanos perderían la mayoría en el Congreso y quizá también el Senado. Eso sería muy chungo para Trump. No porque hasta ahora haya demostrado el menor respeto hacia el Congreso –se lo ha pasado por el forro cuantas veces ha querido-, sino porque los congresistas tienen la llave del dinero y podrían bloquear de facto todas las iniciativas de Trump que requieran financiación. Además, claro, controlarían la actividad legislativa. Es decir, perder la mayoría en el Congreso convertiría sus dos últimos años de presidencia en una nadería.

            Eso, claro, a Trump le preocupa. Para evitarlo, solo tiene dos opciones: o impedir la celebración de las elecciones, o amañarlas. Si cualquiera de ambas cosas sucede (con éxito), EEUU estará a punto de convertirse en una dictadura fascista. Si por el contrario los demócratas se hacen con la mayoría en el congreso, el peligro que supone Trump quedará muy mitigado.

            Ahora bien, ¿qué pasaría si sucediera lo primero y EEUU tuviera un gobierno autoritario? Pues de entrada, que el resto del mundo se encontraría encajonado entre dos grandes potencia, USA y China. Y ninguna de las dos sería democrática. En Europa, la extrema derecha, dopada por el apoyo del gigante americano, crecería hasta alcanzar el gobierno de diversos países. Ya lo tenemos en Italia y Hungría; luego caerían Francia, Alemania... ¿Y España? Claro que sí, pronto hablaríamos de viva vox. ¿Sobreviviría la Unión Europea a esa oleada de nacionalismo? Difícilmente.

            ¿Y qué pasaría en el resto del mundo? ¿Qué ocurriría, por ejemplo, en Inglaterra, un país históricamente obstinado en llevar la contraria? Bueno, en el anterior post comentaba que nos encontramos en un momento histórico de ciencia ficción. ¿Os imagináis cuántas distopías podrían escribirse a partir del contexto sociopolítico que acabo de esbozar? Seguro que ya se está escribiendo alguna.

            Pero, ¿sabéis?, en realidad no creo que suceda, al menos de ese modo. En primer lugar, porque pese al bigotito que le puse en la anterior entrada, Trump tiene poco que ver con Hitler. Adolfo era un iluminado, un mesías, mientras que Donald solo es un narcisista sin escrúpulos ávido de enriquecerse. Adolfo tenía su propia y letal doctrina sociopolítica, mientras que Donald solo es un anarco-capitalista tosco y primitivo. Adolfo tenía un plan, siniestro, pero perfectamente estructurado, mientras que Donald va improvisando. Y quizá lo más importante: Adolfo tenía 50 años cuando comenzó la Segunda Guerra Mundial, mientras que Donald tiene 78.

            Aparte del autoritarismo, la adicción a la mentira y la psicopatía, Hitler y Trump solo tienen en común los apellidos, ambos germánicos y ambos dotados de rotunda sonoridad. Más aún la del norteamericano, que solo tiene una sílaba, frente a las dos del alemán. Y eso del apellido puede que tenga más importancia de lo que pensamos. Siguiendo con el mesías ario, su padre, Alois, no se apellidaba Hitler, sino Schicklgruber. ¿Hubiese sido igual el Tercer Reich si Alois no se hubiera cambiado el apellido? Pues a ver, ¿qué tal os suena “Heil Schicklgruber”? ¿Se podría conquistar Polonia con un grito de guerra tan ridículo?

            Volvamos a Trump. Lo que este grotesco y siniestro personaje implica no es que haya una conspiración de extrema derecha a punto de conquistar el mundo. Siempre he pensado que los conspiranoicos lo son por afán de seguridad, por la necesidad de creer que alguien controla el mundo, aunque sean los malvados. Sin embargo, lo que Trump demuestra es que en nuestro planeta no hay nadie al timón.

            Vivimos en un mundo tan azaroso, que hasta un payaso sociópata puede comandar el ejército más poderoso que han visto los tiempos. Y así nos va.