lunes, marzo 23

El mapa del tiempo

Es sorprendente comprobar que diversas personas no relacionadas entre sí y distribuidas aleatoriamente por todo el mundo acaban adquiriendo los mismos intereses y gustos por determinados asuntos. Por ejemplo, hay una raza de gente fascinada con la Inglaterra del siglo XIX; en particular, la época victoriana. Por aquel entonces, Londres era el centro del mundo, el corazón del imperio; de sus clubs geográficos partían emocionantes expediciones con el objetivo de descubrir las fuentes del Nilo, cartogafiar el desierto de Gobi o encontrar civilizaciones perdidas; sus ejércitos, por otro lado, extendían el colonialismo (siempre execrable, pero no por ello menos novelesco) por los lugares más recónditos del planeta, luchando en sitios tan exóticos como Balaclava, Punjab o Bengala. Las personas que adoramos esa época –yo me cuento entre ellas-, sentimos fascinación por Jack el Destripador; no por ser un cruel asesino, sino por ser el primer asesino moderno y, sobre todo, por el mundo que le rodeaba, ese Londres imperial mezclado con la miseria de Whitechapel, luz y niebla fundiéndose en un estimulante claroscuro. Los de nuestra raza estamos también fascinados por la literatura de género, lo cual no es de extrañar, pues la mayor parte de los géneros actuales surgieron, o se perfeccionaron, en la Inglaterra de aquella época. Así pues, nuestro particular santoral está compuesto por nombres como Stevenson, Conan Doyle, Bram Stoker, H. G. Wells, Kipling, Wilkie Collins, Anthony Hope, A. E. W. Mason o, por supuesto, Julio Verne, que no era inglés, pero vivía ahí cerquita, en la Bretaña francesa. Y si nos referimos a las beatificaciones más recientes, también veneramos a Alan Moore, un inglés loco y genial. Pues bien, no conozco personalmente a Félix J. Palma –nos hemos limitado a intercambiar recientemente un par de correos electrónicos-, pero estoy convencido de que pertenece a esa misma raza.

Hará cosa de un mes, quedé a comer con Julián Díez y, en el transcurso de nuestra charla, le comenté que El mapa del tiempo, la última novela de Palma, ganadora del premio Ateneo de Sevilla, me parecía la mejor novela española de ciencia ficción. Confieso que, por aquel entonces, llevaba leído algo menos de la mitad del libro, así que ahora estoy en condiciones de corregir esa primera opinión. El mapa del tiempo es, en efecto, la mejor novela de ciencia ficción escrita en España (y que nadie se mosquee, porque tal aseveración afecta a mis propios relatos de cf); pero decir eso sería injusto, porque la novela de Palma es mucho más que una historia de ciencia ficción.

En el pasado, había leído varios relatos cortos suyos y sabía que Palma era un excelente escritor dotado de una brillantísima prosa. Eso último, precisamente, era lo que no me acababa de gustar: su prosa era magnífica, pero demasiado marcada; conforme la leía, “sentía” al escritor siempre presente, señalándome con el dedo la brillantez de sus imágenes. Me apresuro a aclarar que eso no era un defecto de Palma, sino una cuestión de gustos personales, pues nunca he negado que prefiero las prosas menos rotundas, más trasparentes. En cualquier caso, sabía que Palma era un magnífico escritor, así que cuando vi El mapa del tiempo en los anaqueles del Hipercor, no dudé ni un segundo en comprarla. Y descubrí que Palma había decidido aligerar su estilo, manteniendo la exquisita elegancia, pero liberándolo del peso de la pirotecnia verbal. Ahí caí rendido a sus pies; producía verdadero placer leerle, deslizarse por ese fraseo sinuoso en el que ahora ya no tropezaba con el menor obstáculo. Pero eso sólo era el principio, el envoltorio de un regalo mucho más jubiloso.

¿Qué es El mapa del tiempo? Resulta imposible comentar su argumento sin desvelar giros de la trama que deben permanecer ocultos, así que me limitaré a decir que la novela –ambientada en el Londres de finales del XIX- narra tres historias distintas entrelazadas por los viajes en el tiempo y la figura del escritor Herbert George Wells. En la primera historia presenciamos el drama de Andrew Harrington, el hombre que estaba enamorado de Mary Jane Kelly, la última víctima de Jack el Destripador. Se trata, pues, de una historia de amor fou, un amor imposible. La descripción que en esta parte del texto se realiza sobre el Londres victoriano es sencillamente apabullante. Y, por cierto, hay algo vital para quienes lean la novela: prestad atención a los detalles, porque uno de ellos os revelará que el mundo que estáis leyendo no se corresponde exactamente con el mundo real. La segunda historia también es de amor, un alambicado romance que demuestra con maestría que no hace falta viajar por el tiempo para crear paradojas temporales. La tercera y última historia, que comienza como un relato policíaco y acaba convirtiéndose en ciencia ficción, se ocupa de unir y explicar el conjunto, así como de atar todos los cabos sueltos.

En mi opinión, la mejor de las tres historias es la segunda, un delicioso mecanismo de relojería que se desenvuelve ante nuestros ojos con la suavidad de un pañuelo de seda, pero El mapa del tiempo no es un libro de relatos, sino una novela sólida y compacta, así que no tiene sentido juzgarla por partes. He leído en una entrevista con el autor, que a Palma se le ocurrió la idea para su novela cuando, tras releer La máquina del tiempo, se preguntó por el efecto que esta habría tenido entre los lectores de su época. En una sociedad que asistía asombrada al avance imparable de la ciencia y la tecnología, la posibilidad de una máquina capaz de transportarnos a través del tiempo debió de parecer no sólo posible, sino casi inminente. Pues bien, a partir de esa ingenua capacidad de asombro, Palma desarrolla su novela para hablarnos, no de las maravillas de la ciencia, sino de las maravillas de la literatura de género.

El mapa del tiempo es ciencia ficción, sí, pero también novela de aventuras, y folletín, y relato romántico, y policíaco, y humorístico, y fantástico... En realidad, El mapa del tiempo es una declaración de amor a la literatura popular. Lo que Palma consigue es que volvamos a contemplar las novelas de género con la ingenuidad y capacidad de asombro de cuando éramos niños, algo muy difícil de lograr. Para ello, Palma utiliza la ironía –toda la novela es un prodigio de sutil ironía-, pero no como factor distanciador, pues el texto desprende un inmenso cariño hacia lo que narra, sino como el eficaz salvoconducto para la supresión de la incredulidad que nos permitirá transitar por un universo que acaba resultando mágico. Por lo demás, los personajes están perfectamente dibujados, los diálogos son brillantes, las descripciones resultan evocadoras y la narrativa fluye con maestría (sus seiscientas y pico páginas se leen como un suspiro). En cuanto a las influencias, creo percibir con nitidez la del antes citado Alan Moore, tanto por su From Hell, como por su Liga de los Caballeros Extraordinarios.

El mapa del tiempo no es una novela perfecta, por supuesto -¿alguna lo es?-. La primera parte resulta un tanto morosa y la última historia es un poco confusa; no obstante, la morosidad, en el caso de un prosista tan elegante como Palma, puede ser incluso una virtud, y toda historia de viajes en el tiempo debe ser, forzosamente, algo confusa. Sea como fuere, los defectos resultan nimios y los hallazgos soberbios, así que sólo me resta darle las gracias a Félix J. Palma por haberme proporcionado una de las lecturas más divertidas, placenteras y estimulantes de los últimos tiempos.

Por último, amigos míos, si pertenecéis a la raza antes mencionada, no dejéis de leer El mapa del tiempo, porque es un libro escrito especialmente para vosotros. Y si no pertenecéis a esa raza, leedlo también, pues aparte de cualquier otra consideración, El mapa del tiempo es una excelente novela, magnífica literatura más allá de las etiquetas.

miércoles, marzo 18

La frase del mes


"El sida es una tragedia que no puede ser resuelta con el dinero ni a través de la distribución de preservativos que incluso agravan el problema".
Ioseph Alois Ratzinger, alias Benedicto XVI

Preguntas: ¿Cuántos seres humanos enfermarán y morirán por culpa de esta frase? ¿Cuántas mujeres serán infectadas al rechazar los hombres el uso del condón amparándose en la autoridad papal? ¿Cuántos niños nacerán con el VIH a causa de esta curiosa moralidad?

Ejercicio: Valora de cero a diez el grado de indignación que te produce el comentario.

Pensamiento: Es una lástima que todavía no se haya inventado un preservativo verbal.

martes, marzo 17

El Coleccionista de Frases 27

"El secreto del éxito es la honestidad. Si puedes evitarla, está hecho".

Groucho Marx

lunes, marzo 16

El Coleccionista de Frases 26

"Hay un mundo mejor, pero es muy caro".

Anónimo

viernes, marzo 13

El Coleccionista de Frases 25

"Política es el arte de evitar que le gente se preocupe de lo que le atañe".

Paul Valèry

jueves, marzo 12

El Coleccionista de Frases 24

"Cuando un hombre se echa atrás, retrocede de verdad. Una mujer sólo retrocede para coger carrerilla".

Zsa Zsa Gabor

miércoles, marzo 11

El Coleccionista de Frases 23

"Un egoísta es una persona que piensa más en sí misma que en mí".

Ambrose Bierce

martes, marzo 10

El Coleccionista de Frases 22

"En los tiempos de La Fontaine los animales hablaban, hoy escriben".

Antonio Fogazzaro

lunes, marzo 9

Velocidad limitada por obras

Estimados amigos, merodeadores todos: un insidioso achuchón de trabajo me mantiene apartado de lo realmente importante. No, no estoy hablando de follar, sino de actualizar periódicamente este vuestro blog. No obstante, creo que de aquí a una semana me liberaré de las cadenas que me atan al duro banco del galeote y regresaré a Babel cual moderno Ben Hur dispuesto a llamar papá a Quinto Arrio, pilotar cuadrigas y darle matarile a Messala. Y si os parece forzada esta imagen, esperad a ver las que os depara el futuro.

En cualquier caso, y para distraernos durante la espera, a partir de hoy incluiré una entrada de El Coleccionista de Frases cada día (ya tenéis una en el post anterior). Puede que esto os decepcione un poco –porque es más sencillo rebatir las opiniones de un capullo como yo que las de notorios pensadores-, así que no olvidéis que el relato ultracorto es a la ficción lo que las frases al ensayo. Además, coleccionar frases brillantes es el mejor disfraz para simular que uno es culto.

El Coleccionista de Frases 21

“Los que escriben con claridad tienen lectores; los que escriben oscuramente tienen comentaristas”.

Albert Camus

miércoles, febrero 25

Care Bears

En alguna ocasiones –no muchas, es cierto- he utilizado esta tribuna para abriros mi corazón y mostraros alguna de las miserias que en él anidan. Supongo que esta suerte de estriptease me sirve a mí de catarsis y a vosotros... bueno, a vosotros no os sirve de nada, salvo para darle gustito a ese pequeño cotilla que todos llevamos dentro. En esta ocasión voy a desnudar de nuevo mi alma, aunque me temo que el resultado no va a conducir a ninguna catarsis, sino a la vergüenza. Mi vergüenza en estado puro y vuestra vergüenza ajena.

Durante una larga década, de 1981 a 1991, trabajé en agencias de publicidad como creativo. Supongo que la palabra “publicitario” (o “publicista”, como equivocadamente llaman a los publicitarios quienes no conocen el medio) evoca en vuestras mentes la imagen de un individuo rodeado de bellísimas modelos que se toca las narices mientras consume sofisticados cócteles en locales de moda y se pone ciego de farlopa esnifada en el WC mediante billetes de quinientos euros enrollados. Pues bien, ese estereotipo es tan falso como las tetas de Pamela Anderson, aunque no tan grande. Bueno, algo hay –o hubo- de cierto en lo de la farlopa, pero por lo demás, sólo puedo decir que en publicidad básicamente se trabaja mucho, muchísimo, demasiado. Os juro que jamás he currado tanto en mi vida como cuando trabajé en publicidad. Es cierto que los sueldos eran espléndidos y que se contaba con ciertas ventajas, como viajar en primera u hospedarte en hoteles de lujo, pero nada de eso suponía satisfacción alguna, porque cuando se trabaja en publicidad uno vende su alma y, lo que es peor, también su privacidad y su tiempo libre. Cuando uno trabaja en publicidad, todo es publicidad.

Y no os creáis que ese trabajo consiste sólo en pergeñar sutiles estrategias y desarrollar grandes campañas, no, ni mucho menos. La mayor parte de la labor de un creativo consiste en sacar adelante folletos, catálogos, sales folder, pequeñas inserciones... en fin, basurilla. Además, y esto es aún peor, al menos el ochenta por ciento del trabajo realizado por un creativo, por bueno que sea, no verá jamás la luz, morirá en el papel, será inútil. Algo muy frustrante, os lo juro.

Pero hay algo más. Hace unos meses me dio por recordar mi pasado publicitario y me di cuenta de que, después de dieciocho años alejado del medio, ya no quedaba absolutamente nada de mi trabajo. Los anuncios, por propia naturaleza, son productos con fecha de caducidad. Raro es el spot que se emite más de dos temporadas seguidas y las estrategias publicitarias, algo más duraderas, cambian conforme se alteran las circunstancias del mercado. Así pues, hoy ya no queda ni rastro, ni la más mínima huella, de los diez años de duro trabajo que dediqué a la publicidad. Es como si jamás hubiera pasado por allí.

Bueno, eso creía yo hasta que, hace unos días, vi un episodio de los Simpson en el que Lisa (o Bart, no recuerdo) tenía una pesadilla en la que se le aparecían todos los osos famosos de la ficción, desde Teddy Bear hasta Yogui, pasando por Winnie the Pooh. Entonces, de repente, apareció en pantalla uno de los Osos Amorosos y comprendí que estaba equivocado; ahí, delante de mis narices, se hallaba mi legado a la posteridad.

Me explicaré. Corría el año 1983 o 1984; yo era copy (redactor) en la agencia de publicidad Grey. Una de las cuentas que tenía asignadas era la de General Toys, un fabricante multinacional de juguetes entre cuyos productos se encontraban las figuritas y maquetas de Star Wars. Pues bien, un buen día me llegó un encargo; General Toys España iba a lanzar en nuestro país una colección de muñecos y accesorios llamados Care Bears. Se trataba de una serie de figuras con forma de oso de peluche; cada figura tenía asignado un símbolo diferente relacionado con su cometido, que siempre era una buena acción: ayudar a dormir, quitar el miedo, decir la verdad... En fin, unos juguetes vomitivamente cursis. Pues bien, mi trabajo consistía en encontrarles un nombre español. Como la palabra “care” no tiene una buena traducción literal a nuestro idioma, había que buscar un nombre pegadizo con connotaciones más o menos próximas a su significado original.

Como sin duda habéis adivinado, esa es precisamente la clase de trabajo-basurilla al que antes me refería. Dado que me pagaban precisamente por hacer esas gilipolleces, me puse a la labor y redacté una lista con posibles nombres alternativos. Sólo recuerdo uno, el que finalmente aceptó el cliente: Osos Amorosos. En fin, lo hice y me olvidé por completo del asunto.

Hasta que hace unos días vi el episodio de los Simpson y me di cuenta de que esas dos palabras, Osos Amorosos, eran todo lo que quedaba de una década de duro trabajo. ¿Os podéis hacer una idea de lo deprimente que es esto? Esa rima ridícula capaz de provocar rubor en un chaval de siete años no excesivamente espabilado. Y, además, la imagen que evoca ese nombre... Al menos yo, no puedo evitar imaginarme a un enorme oso pardo dándome lujuriosos lengüetazos mientras frota sus partes pudendas contra mi pierna (fracturándome la tibia de paso). Lo dicho: deprimente.

En fin, al menos me queda el consuelo de que en Hispanoamérica se les llama “Cariñositos” a esos bichos repelentes (vaya nombrecito también), de modo que mi vergüenza se circunscribe al entorno de nuestro país. No obstante, ya por siempre será una dolorosa carga para mí ser consciente de que, cuando yo muera, cuando mi nombre sea olvidado y mis novelas se conviertan en polvo, todavía habrá por ahí una absurdas figuras con aspecto de osos pederastas de cuyo nombre, Osos Amorosos, yo soy el autor. Y nadie lo sabrá.

Afortunadamente.

martes, febrero 17

Literatura Prospectiva

Una de las peculiaridades del mundillo de la ciencia ficción siempre ha sido la proliferación de fanzines. Por alguna razón que desconozco, los aficionados suelen ser extremadamente activos; no les basta con leer, quieren opinar, involucrarse en todas las facetas del género, así que se reúnen en tertulias, organizan convenciones, participan en foros y, como no podía ser de otra forma, editan revistas de aficionados.

Los fanzines han sido fundamentales para el desarrollo del género en España. Desde 1968 y durante catorce años, Nueva Dimensión (la única revista profesional de cf que se ha editado en nuestro país) aglutinó al conjunto de los aficionados y marcó las directrices del género. Al desaparecer, en 1982, dejó un vacío que ninguna otra publicación profesional llenó, pero que de algún modo se vio colmado gracias a las decenas de fanzines que se publicaban. Como por ejemplo Tránsito, Kandama, Anticipación, BEM, Núcleo Ubik, Cyberfantasy, Gigamesh, Solaris... en fin, hubo muchos. Esto tuvo una consecuencia curiosa: a comienzos de los 90, en uno de los peores momentos editoriales de la cf, nació la mejor generación de escritores españoles dedicados a ese género. Voy a citar tan sólo a los autores surgidos en esa época que, más o menos, han profesionalizado su actividad creativa más allá de las fronteras del género: Elia Barceló, Félix J. Palma, Juan Miguel Aguilera, Rafael Marín, Rodolfo Martínez, Javier Negrete, León Arsenal y, por qué no, un tal Mallorquí. Todos ellos comenzaron publicando en fanzines. Y hay más nombres, por supuesto; no pretendo ser exhaustivo.

Pues bien, no mucho después, conforme el uso de Internet se fue generalizando, los fanzines de toda la vida desaparecieron. Creo que el último que queda en papel es Barsoom, una publicación dedicada al pulp que periódicamente anida en mi buzón. Pero no desaparecieron realmente, claro; se convirtieron en revistas electrónicas. En realidad, la Red ha permitido realizar el sueño de los aficionados: que todos y cada uno de ellos puedan tener, mediante los blogs, su propia revista unipersonal.

Huelga decir que no todas esas publicaciones tienen interés. Tanto en la era del papel como en la del píxel, sólo unas pocas revistas ofrecían y ofrecen un mínimo de calidad. La mayor parte eran y son... un producto de aficionados, con todo el respeto que ello me merece, pero también con todas sus limitaciones. Por eso, creo que es importante hablar de aquellos fanzines que sobresalen de la media general.

Y ese es el motivo de esta entrada: anunciar la aparición de una nueva revista electrónica dedicada a la cf: Literatura Prospectiva (http://www.literaturaprospectiva.com/). Se trata de una iniciativa de la Asociación Xatafi, responsable también de Hélice (pincha aquí), otra interesantísima publicación electrónica dedicada a la cf desde el punto de vista de la crítica y el ensayo, así como de las antologías Paura y Artifex.

Sólo he tenido tiempo de echarle un vistazo, pero tiene muy buena pinta, así que os recomiendo encarecidamente que merodeéis por sus páginas. Vale la pena.

sábado, febrero 7

Goyas

El pasado domingo tuve el dudoso placer de presenciar por TV la ceremonia de los Premios Goya. Podría hablar de una gala larguísima, aburrida, totalmente carente de glamour, con un guión sonrojante y una presentadora, Carmen Machi, que viene a ser la versión actual –e infinitamente más sosa- de Florinda Chico. Sí, podría hablar de todo esto, pero ¿para qué? A fin de cuentas, la ceremonia de los Oscar tampoco es para tirar cohetes. No, lo que me cuestiono es la misma esencia de los Premios Goya, pues, lejos de ser la gran fiesta del cine español que pretende ser, no es más que la evidencia palpable de las infinitas carencias del cine español.

De entrada confesaré que sólo he visto cuatro de las películas que han recibido algún premio, pero nada más empezar la gala, ya sabía con absoluta certeza quiénes eran los ganadores de cinco de los Goyas. En primer lugar, el de mejor actor para Benicio del Toro y mejor actriz secundaria para Penélope Cruz. ¿Por qué? Porque ambos estaban presentes en la gala, y ninguno de los dos hubiese asistido sólo para poner cara de tonto mientras el premio se lo llevaba otro. También estaba claro que el premio al mejor guión adaptado se lo llevaría Los girasoles ciegos, porque es de Azcona, y Azcona murió recientemente. Igualmente claro estaba que el premio a la actriz revelación se lo llevaría Nerea Camacho, porque es una niña, y que el premio al actor revelación iba a ser para J. M. Montilla, porque es un discapacitado (y esto lo digo con independencia de la calidad de sus interpretaciones –no las he visto-, pero es que no podía ser de otra forma). En fin, todo de lo más rutinario.

El problema, amigos míos, es que el cine español es tan pobre, tan falto de recursos, tan poco imaginativo, tan coñazo, tan repetitivo, tan, en definitiva, mediocre, que hay muy poco donde elegir. Yo diría que existen más categorías de Goyas que películas que se los merezcan. Por ejemplo, entre las candidatas de este año estaban Vicky Cristina Barcelona y Che, el argentino, dos películas de producción española (al menos en parte), pero que no tienen nada de español. Luego estaban Los crímenes de Oxford y Sólo quiero caminar, dos thrillers. Por desgracia, en España no se nos da nada bien ese género. He visto Los crímenes de Oxford y me pareció aburrida y mediocre. No he visto Sólo quiero caminar, pero me han hablado fatal de ella; además, vi Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto, también de Díaz Yáñez, y me pareció simplemente ridícula. En cuanto a El truco del manco, no la he visto, pero me suena a neo-neorrealismo al estilo León de Aranoa.

Y luego tenemos Los girasoles ciegos, la fallida propuesta española para los Oscar, el film que contaba con mayor número de candidaturas. Lo he visto. ¿Que qué me parece? Me parece que es O.M.P.S.G.C.P. Es decir: Otra Maldita Película Sobre la Guerra Civil y la Posguerra. Correctamente hecha, bien interpretada, pero lo de siempre, más de lo mismo, todo tediosamente predecible. No he leído la novela de Alberto Méndez y puede que sea una maravilla, pero desde luego su autor no le echó mucha imaginación a la hora de desarrollar el argumento.

Sin lugar a dudas, el principal y más contundente acontecimiento español del siglo XX fue la Guerra Civil (ensayo de la guerra gorda que vendría a continuación). Entiendo, por tanto, que muchos creadores hayan vuelto su mirada hacia ella para usarla como escenario de sus ficciones (yo mismo lo hice en mi novela El coleccionista de sellos). Lo que ya no entiendo es por qué casi todas las obras centradas en la Guerra Civil aparecidas en España se parecen tanto entre sí. Es como si sólo hubiera una forma de contarlo, como si alguien hubiera establecido un patrón y nadie se atreviera a salirse de él. Las bicicletas son para el verano, La colmena, La lengua de las mariposas, Tiempo de silencio, Los girasoles ciegos... todo igual, todo repetitivo, la caspa, los pérfidos franquistas, los curas tridentinos, los rojos perseguidos y humillados... no digo yo que no sea real, pero joder, qué aburrido.

Y es que manda cojones que tenga que llegar un mexicano, Guillermo del Toro, para realizar una película sobre la Guerra Civil diferente. Porque esa pequeña obra maestra que es El laberinto del fauno resulta infinitamente más brillante, imaginativa y contundente que cualquier otra película sobre el mismo tema realizada por un español.

Pero si de verdad queremos apreciar a través de los Goya la realidad de nuestro cine, deberemos fijarnos en el Goya de Honor de este año: Jesús Franco (¡!). Vale, puede que el tipo nos caiga simpático, puede que a su modo sea una institución, puede que trabajara con Orson Welles, pero premiar a ese fabricante de truños es como darle el Príncipe de Asturias a Corín Tellado. ¿Os imagináis a Russ Meyer recogiendo un Oscar? En fin, penoso; pero eso es lo que tenemos.

Bueno, queda la cinta que ganó el Goya a la mejor película, Camino. No la he visto, pero me han hablado bien de ella y, por lo que sé, es una obra valiente y oportuna. Acepto que sea una buena película. Además, sería estadísticamente extraño que de todas las películas que se ruedan en España no sobresaliese alguna. En cualquier caso, el panorama general, año tras año, resulta deprimente.

Quizá todo se deba a que el cine, igual que la novela, es un arte narrativa, y en España tenemos una tradición narrativa muy pobre. Ah, vale, vale, el Siglo de Oro; en aquella época nuestro país producía sin duda la mejor narrativa de Occidente. Pero llegó el siglo XVIII, que fue un páramo en lo que a novela se refiere, igual que la mayor parte del XIX. A finales de ese siglo y comienzos del XX la narrativa parece resucitar, pero se trata, salvo honrosas excepciones, de una narrativa anclada casi exclusivamente en el realismo, pero no en su sentido amplio, sino en un realismo corto de miras, pacato, un realismo de alpargata y caspa, un realismo que se arrastra por el suelo sin atreverse jamás a alzar la cabeza. Posteriormente, tras los estragos de la posguerra, la clase literaria española le da la espalda a la narrativa y se vuelca en otros aspectos de la novela: el compromiso, el estilo, la voz., la disertación... ¿Exagero? Pues comparad nuestra novelística de los últimos cien años con la de cualquier país de nuestro entorno y llorad. Y si nos centramos en la literatura de género, la cosa es aún peor. Pero es que, como dije hace tiempo en otra entrada, resulta muy difícil que se produzca alta literatura si se carece de una buena literatura de género.

Sea como fuere, carecemos de tradición narrativa y eso se refleja en nuestro cine. Aunque puede que las cosas estén comenzando a cambiar y, sorprendentemente (o no), lo hacen desde el cine de género; en concreto, el cine de terror. Quizá la ruta la marcó Amenabar (nuestro mejor narrador cinematográfico), debutando con thriller, siguiendo con una de ciencia ficción y consiguiendo el éxito internacional con una de miedo. En cualquier caso, ahí están Jaume Balagueró, Paco Plaza, Juan Antonio Bayona, Nacho Vigalondo, Juan Carlos Fresnadillo... Os parecerán mejores o peores, pero todos ellos narran con solvencia y, sobre todo, se atreven a salirse de los rígidos patrones de nuestro cine haciendo cosas diferentes (por cierto, el antecedente de todos ellos fue Chicho Ibáñez Serrador).

Por último, para completar esta pesimista visión de nuestra cinematografía, os voy a decir quién es en mi opinión el mejor director español vivo, nuestro único cineasta absolutamente genial (dejando aparte a Berlanga, que ya está muy viejecito): Víctor Erice. Y ahí le tenéis, malgastando su extraordinario talento en publicidad y sin haber podido rodar más que dos películas, cinco cortos y un documental.

En fin, así nos va.

lunes, enero 26

Escepticismo


Ya he hablado aquí en más de una ocasión acerca de las series de TV que me tienen enganchado (House, Medium, Perdidos, Mad Men, Mujeres Desesperadas...), pero siempre me he referido a series de ficción y resulta que hay un programa de no-ficción que me tiene igualmente enganchado. Me refiero a Mythbusters (Cazadores de mitos), una serie del canal Discovery.

El esquema del programa es sencillo: existen un montón de creencias populares que se tienen por ciertas, pero que nunca han sido demostradas. Un grupo de personas (los mythbusters) ponen a prueba esos mitos para averiguar si son verdad o mentira. Los conductores de la serie son dos expertos en efectos especiales cinematográficos: Jamie Hyneman y Adam Savage. Me apresuro a aclarar que “efectos especiales” no son la manipulación de imágenes por ordenador ni la truca tradicional (a eso se le llama “optical effects”), sino todos aquellos efectos que se producen de forma física y real (y controlada, claro) en el rodaje, como la lluvia, la niebla, las explosiones, los disparos, los chorros de sangre, los choques, los incendios etcétera. El escenario del programa es, precisamente, M5 Industries, la empresa de efectos especiales propiedad de Hyneman, y hay otros tres colaboradores: Tory Belleci (especialista en modelismo), Kari Byron (pintora y escultora) y Grant Imahara (experto en animatrónica).

Los mythbusters toman un mito popular (por ejemplo: los elefantes temen a los ratones), lo reproducen y comprueban si es falso o verdadero. Gracias a este programa he averiguado que se puede romper una copa de cristal con la voz, que un tanque de gasolina no explota cuando se le dispara o que nadie puede morir asfixiado por sus propios pedos (sic). En fin, el programa está llevado con mucho sentido del humor, la forma de reproducir los mitos suele ser ingeniosa y los temas resultan de lo más interesante, sobre todo si eres de los que disfrutan –como yo- enterándote de gilipolleces curiosas. Pero, aparte de todo esto, creo que Mythbusters merece reconocimiento porque en el fondo se trata de una eficaz divulgación popular del método científico.

La serie no trata sobre ciencia y ninguno de sus presentadores es científico, pero los sistemas que emplean para poner a prueba los mitos siguen, con cierto rigor, los principios de observación, inducción y experimentación propios del método científico. En resumen, el programa viene a decir: no te creas lo que te cuentan sólo porque te fías de quien lo cuenta, ni porque te suene bien, ni porque te apetezca creértelo: se escéptico y ponlo a prueba.

Precisamente, y enlazando con lo anterior, ahora estoy leyendo Por qué creemos en cosas raras (Alba 2008), de Michael Shermer, fundador de la Skeptics Society y de la revista Skeptic. El libro, que lleva el subtítulo “Pseudociencia, superstición y otras confusiones de nuestro tiempo”, analiza mediante el uso de la razón y el método científico diversas creencias populares, desde los fenómenos paranormales hasta las pseudomedicinas, pasando por toda suerte de rarezas, pero sobre todo se centra en las razones por las que las personas –incluso personas inteligentes- se empeñan en creer auténticas chorradas. La explicación de Shermer es compleja y demasiado larga para exponerla en esta entrada (quizá lo haga en otro momento), pero voy a aventurar una respuesta parcial.

En una ocasión, mientras debatía con una persona creyente en cierta clase de pseudomedicina, le expuse una serie de razones por las que esa creencia suya era irracional y mostré mi extrañeza ante el hecho de que no supiese nada acerca de las cuestiones que le planteaba. Esa persona me contestó diciendo más o menos: “Como comprenderás, no me obsesiono en buscar argumentos en contra de la medicina en que creo”. Se trate de alguien con estudios universitarios, alguien que ha recibido una educación superior a la media, y sin embargo consideraba que su respuesta era, no ya lógica, sino evidente, cuando a mí se me antoja una de las muestras de irracionalidad más grandes que jamás he oído. Esa persona había decidido creer en una pseudomedicina, sin razones objetivas, sin argumentos, y luego se había informado al respecto leyendo sólo los argumentos a favor, pero no los en contra, porque no le interesaba poner a prueba sus creencias, sino sólo confirmarlas.

Es decir, todo se reduce a desear creer en algo, el famoso I want to believe del agente Mulder. Pero, ¿por qué? Creo que la razón estriba en lo más profundo de nuestra naturaleza. Los seres humanos nos caracterizamos por buscar esquemas en lo que nos rodea, por encontrar pautas que ordenen el mundo y nuestro lugar en él. Pero la vida no siempre ofrece pautas reconocibles, así que ¿qué hacemos cuando no encontramos esquemas que nos valgan? Nos los inventamos, porque eso nos tranquiliza.

Pondré un ejemplo. Cuando juego al póker suelo realizar una serie de pequeños ritos que sólo cabe calificar de supersticiosos: ordeno las fichas de determinada manera, miro las cartas de cierta forma... sé que nada de eso servirá para atraer la suerte, pero si no lo hago me siento incómodo. Lo que sucede es que al jugar al póker me zambullo en el mecanismo más aleatorio que existe, pues está regido por el azar, de modo que no hay ninguna pauta. Así pues, yo establezco una serie de pautas irracionales y repetitivas que crean en mi mente una apariencia de orden y me dan seguridad. La necesidad de que el mundo esté ordenado se encuentra en el fondo de todas las creencias irracionales, desde la religión hasta la pseudomedicina, pasando por la superstición, los ovnis o la conspiromanía.

No obstante, aunque en el seno de nuestro cerebro exista un “procesador de pensamiento mágico”, podemos educar nuestra mente para someter las creencias a la criba del pensamiento racional. Es decir, podemos aprender a practicar el escepticismo (que, etimológicamente significa “mirar, observar”). Y para ese proceso de educación y aprendizaje vienen de maravilla programas como Mythbusters o libros como Por qué creemos en cosas raras. Y, para acabar, permitidme reproducir los pensamientos de dos hombres que dedicaron sus vidas a divulgar el método científico y sus logros. Ambas citas aparecen en el libro de Shermer.

Me da la impresión de que lo que hace falta es un equilibrio exquisito entre dos necesidades contrapuestas: un análisis escrupulosamente escéptico de todas las hipótesis que se nos presenten y, al mismo tiempo, una enorme disposición a aceptar ideas nuevas. Si sólo se es escéptico, ninguna idea nueva calará, uno nunca aprende nada nuevo y se convierte en un viejo malhumorado convencido de que la estupidez gobierna el mundo. (Y encontrará, por supuesto, muchos datos que lo avalen.)
Por otra parte, si el pensamiento es virgen hasta la simpleza y no se tiene una pizca de sentido escéptico, no se pueden distinguir las ideas útiles de las inútiles. Si para uno todas las ideas tienen el mismo valor, está perdido, porque entonces, a mi entender, ninguna idea vale nada”.
Carl Sagan
El descrédito de una fe sólo se hace en interés de un modelo de explicación alternativo y no como un mero ejercicio de nihilismo. Ese modelo alternativo es el propio racionalismo, que, vinculado a la honradez moral, se convierte en la herramienta para el bien más potente que nuestro planeta haya conocido”.
Stephen Jay Gould.

Amén.

lunes, enero 19

Adiós, número 6


Vale, vale, ya lo sé; estos últimos días he desatendido Babel, lo siento. Digamos que me he tomado un descansito después de las fiestas, pero ya estoy aquí otra vez, en plena forma y dispuesto a enrollarme con lo primero que se me pase por la cabeza. Desgraciadamente, y como viene siendo usual en los últimos tiempos de este blog, lo que ahora se me pasa por la cabeza es una muerte, la del actor Patrick McGoohan.

Hace unos días, consideraba la posibilidad de escribir una entrada acerca de los iconos culturales que han marcado a mi generación y sin duda uno de esos iconos fue Mr. McGoohan. En primer lugar, porque en los 60 protagonizó la serie de TV Danger Man (1960-1962, 1964-1968), donde interpretaba a John Drake, un espía de la OTAN. La serie tuvo un enorme éxito, igual que su continuación Secret Agent (1965-1966). Gracias al personaje de Drake, McGoohan llegó a ser una de las mayores estrellas de la televisión mundial, pero era un hombre inteligente, culto y con inquietudes, y estaba hasta la coronilla de interpretar a un sucedáneo de James Bond (un sucedáneo que superaba a su modelo en muchos sentidos, por cierto), así que decidió dejar la serie. Con el objetivo de retenerle, los productores le dieron carta blanca para llevar adelante el proyecto que le saliese de las narices y así surgió una de las series más míticas de la TV: El Prisionero.

El Prisionero (1967) fue ideado, impulsado, producido y parcialmente escrito y dirigido por McGoohan. La idea de partida es la siguiente: un agente secreto de quien nunca conocemos el nombre (aunque probablemente sea John Drake) decide presentar su dimisión, pero al regresar a casa es narcotizado con un gas y secuestrado. Cuando recobra el conocimiento, se encuentra en La Villa, un pueblecito costero con apariencia de agradable zona vacacional y un estilizado aire años veinte, que en realidad es una sofisticadísima cárcel donde se encierra a personas que ocultan ciertos secretos para logra su confesión. Allí nadie tiene nombre, sino un número. McGoohan es el número 6 y quien dirige La Villa es el número 2; existe un misterioso número 1 cuya identidad no se revela hasta el último capítulo (o no).

Cada uno de los 17 capítulos que componen la serie sigue el mismo esquema: el número 2 intenta, por diversos medios, que McGoohan confiese los motivos de su dimisión; si no lo consigue, es destituido y se nombra a un nuevo número 2; así que, como el número 6 jamás confiesa, en la serie aparecen 17 números 2 distintos. Por otro lado, McGoohan intenta escapar y/o averiguar quién controla realmente La Villa, quién es el número 1. Todo ello se resuelve (?) en un capítulo final que es un puro festival de psicodelia sesentera.

El prisionero apareció en DVD y tuve el placer de revisitarla hace un par de años. Nostalgia aparte, la serie sigue siendo brillantísima, con argumentos sólidos, diálogos inteligentes y una estimulante mezcla de thriller, antiutopía y ciencia ficción. Por otro lado, zambulléndonos sin complejos en la nostalgia, El prisionero se emparenta en mi memoria con otra serie inglesa de culto, mi serie favorita de todos los tiempos: Los vengadores.

En fin, tras concluir el rodaje de El prisionero, McGoohan abandonó la TV para dedicarse de lleno al cine, donde debutó con Estación polar Cebra (1968). Nunca fue una estrella cinematográfica; creo que jamás le dieron un papel protagonista, pero se convirtió en un magnífico actor de reparto, entre cuyas actuaciones yo destacaría al odioso alcaide de Fuga de Alcatraz (1979) y al no menos odioso Eduardo I de Braveheart (1995).

En cualquier caso, para mi generación Patrick McGoohan siempre será el irónico número 6 de El prisionero, y su lema la frase que aparecía al final de la presentación de cada capítulo: “¡No soy un número, soy un hombre libre!”.

Patrick McGoohan, 19 de marzo de 1928 (Nueva York) – 13 de enero de 2009 (Los Ángeles). Descanse en paz.

Y a ver si deja de morirse la gente, que esto empieza a parecerse a un obituario.


martes, enero 6

Noche de magos

Es tarde, ya de madrugada. Los regalos están puestos al pie del árbol, todos envueltos en papeles de colores. El salón está lleno de globos. Hace años, mis hijos estarían dormidos a estas horas, pero ya son mayores, así que ahí los tengo, en sus habitaciones, colgados de Internet. Ahora, ellos también nos regalan algo. Me encanta esta noche, siempre me ha gustado. Noche de Reyes, noche de magos.

Espero que el canoso, el pelirrojo y el negro os traigan muchos obsequios, sobre todo de esos que no sirven para nada, pero siempre habéis deseado tener.

Y ahora shhhhhh... a dormir.

Feliz noche.

lunes, diciembre 29

Feliz año nuevo

Debo reconocer que la Nochevieja siempre se me ha antojado una de las fiestas más tontas, sólo superada por el resacoso Año Nuevo. Celebramos que la Tierra ha dado una vuelta completa en torno al Sol, y lo celebramos con desmesura, como si en el fondo temiéramos que el planeta se iba a parar antes de completar su recorrido. Es una apoteosis del calendario, lo cual ya es una bobada, pero es que además celebramos un calendario desacertado, pues Dionisio el Exiguo se equivocó al menos en cuatro años al fijar la fecha del nacimiento de Cristo (que, paradójicamente, debió de nacer entre el cuatro y el seis antes de Cristo y, desde luego, en ningún caso en invierno).

Pero es que, además, es una fiesta frustrante. Cuando yo era un jovencito alocado, me pasaba los días previos al fin de año buscando alguna fiesta a la que asistir. En vano; nadie daba fiestas. Un año –diciembre de 1971-, mi padre se fue de vacaciones a Londres con mi hermano mayor y me quedé solo. Como era joven e inexperto, decidí dar un fiesta en casa. Creo que fue la única fiesta que se celebró esa Nochevieja en Madrid, porque la casa se llenó de gente, en su mayor parte desconocidos. Yo acababa de romper con mi novia y estaba borracho antes de que llegara el primer invitado, así que no me importó mucho. Pero jamás se me volvió a pasar por la mente dar otra fiesta de Nochevieja. A partir de entonces, vagué como un alma en pena en pos de festejos tan tirados que incluso me aceptasen a mí. A veces lo conseguía, a veces no. La reunión más divertida que recuerdo fue en un chalé de gente desconocida donde me tiré toda la noche jugando al póker con desconocidos. No recuerdo si gané o perdí, pero estuvo muy bien.

Ahora las nocheviejas las paso en San Sebastián, con mi familia política, y ya no tengo que buscar ninguna fiesta, lo cual es un descanso. Me sigue pareciendo una conmemoración de lo más gilipollas, pero es lo que hay; al menos en San Sebastián lanzan fuegos artificiales para celebrar el nuevo año, lo que da cierto colorido al asunto. Por cierto, dado que está prohibido vender fuegos artificiales a particulares, supongo que allí todo el mundo debe de tener su proveedor secreto, una especie de camello de cohetería.

En fin, conspicuos merodeadores (qué dos palabras más bonitas, pardiez), mañana cogeremos el coche Pepa, Óscar, Pablo y yo y nos iremos a Donosti. Volveremos el dos de enero, si el gran F.S.M. quiere. Así pues:

¡Feliz 2009!

miércoles, diciembre 24

Un relato navideño: "Ensayo general"

Queridos amigos, merodeadores todos: La Fraternidad de Babel se creó en diciembre de hace tres años y, desde el primer momento, incluí un relato navideño mío como forma de felicitaros las fiestas y haceros un pequeño obsequio. Por lo general, los relatos los escribía con cierta antelación, pero este año se me echaron las fechas encima y no tenía nada escrito ni pensado (las razones las encontraréis en la entrada anterior). A punto estuve de tirar la toalla, pero me jodía incumplir ese pequeño ritual, así que le di vueltas y más vueltas hasta que, anteayer, se me ocurrió una idea. Escribí el relato ayer y lo he corregido esta mañana, así que disculpadme si no está todo lo pulido que vosotros os merecéis.

El relato se llama "Ensayo general" y en este momento carezco de la perspectiva necesaria para discernir si es bueno, malo o una mera chorrada simpática. Lo más probable es que sea esto último. En cualquier caso, no voy a engañaros: el regalo no es el relato; de hecho, el cuento es mío, tiene mi copyright y quién sabe si algún día lo publicaré en algún sitio. Está escrito por y para vosotros, pero me pertenece. No obstante, puede que cuando lo leáis vuestros labios dibujen una sonrisa; pues bien, esa sonrisa será mi regalo.

En definitiva, eso es lo que os deseo: un año lleno de sonrisas y que la palabra “lágrimas”, de tan poco utilizarla, acabe difuminándose en vuestra memoria. Felices fiestas, feliz año nuevo y un abrazo grande, grande, grande.


Ensayo general
by César Mallorquí
Los tres viajeros procedentes de oriente llevaban meses siguiendo a la estrella. Podemos llamarlos Melchor, Gaspar y Baltasar, aunque esos no eran sus auténticos nombres; en realidad, nadie sabe a ciencia cierta cómo se llamaban, pero la tradición ha querido denominarlos así y con eso deberá bastarnos. Además, probablemente sus verdaderos nombres eran tan difíciles de pronunciar como imposibles de transcribir a letra impresa. Melchor, Gaspar y Baltasar, con eso tenemos más que suficiente.
El viaje había sido largo, incómodo y lleno de peligros e incidentes; y lo peor de todo: nadie sabía cuándo iba a concluir. Llevaban tanto tiempo lejos de sus hogares que Gaspar y Baltasar comenzaban a preguntarse si no se habían precipitado un poco al hacer caso a Melchor cuando, meses atrás, les dijo:
—He tenido un sueño profético. He soñado que el hijo de Dios nacerá de una virgen y un carpintero en una gruta de un pequeño poblado. Debemos ir en su busca para postrarnos ante él, adorarle y colmarle de obsequios.
—Pero, ¿dónde nacerá exactamente? –preguntó Baltasar.
—Lo ignoro –respondió Melchor-; pero en mi sueño se me ha revelado el modo de encontrarlo. Todos hemos visto esa nueva estrella que surca, luminosa, el firmamento nocturno, ¿no es cierto? Pues bien, lo único que debemos hacer es seguirla.
—¿Seguir a una estrella? –musitó Gaspar, no del todo convencido.
Lo cierto es que se trataba de una idea peculiar, por no decir extravagante, pero Melchor era un sabio, igual que Gaspar y Baltasar, y no hay nada más sabio que hacer caso a los sabios, así que se aprovisionaron de víveres, se despidieron de sus familiares, amigos y criados, subieron a sus monturas y partieron en pos de la estrella. Al principio les pareció una buena idea –no todos los días nace el hijo de un dios-, pero después de tanto tiempo de infructuoso vagabundeo por tierras extrañas, siempre con las cabezas alzadas para contemplar el cielo, aparte de tortícolis, cualquier hijo de vecino acabaría sufriendo cierto desánimo. De modo que una tarde, mientras atravesaban un territorio más bien deprimente debido a su escasa feracidad, Gaspar, harto de aquel inútil periplo, preguntó con el ceño fruncido:
—¿Falta mucho, Melchor?
Con una apacible sonrisa, Melchor declaró:
—Ya estamos muy cerca. Supongo que, igual que yo, habréis advertido que, conforme pasaban los días, el brillo de la estrella ha ido aumentando. –Señaló el cielo-. Fijaos, ahora incluso de día es visible, lo cual sin duda significa que estamos muy próximos a nuestra meta.
Tenía razón; la estrella brillaba en el cielo diurno como un jirón de luz desprendido del Sol. Los tres viajeros, animados en su propósito por aquel resplandor sobrenatural, prosiguieron su marcha, tan casados como decididos a alcanzar su meta cuanto antes. Horas más tarde, al anochecer, se toparon con un grupo de pastores, leñadores y cazadores que caminaban entonando cánticos de gloria y bendición.
—¿Adónde os dirigís? –les preguntó Baltasar cuando llegaron a su altura.
—A adorar al hijo de Dios, que está pronto a nacer –respondió un pastor.
—Unos ángeles se nos aparecieron –terció un leñador- y nos comunicaron la buena nueva.
—Le llevamos regalos –concluyó un cazador, mostrando las piezas que había cobrado.
Los tres viajeros intercambiaron miradas de júbilo.
—¿Dónde se halla el niño? –preguntó Melchor con el rostro arrebolado.
—No muy lejos –respondió un buhonero-. Seguid este camino, nobles señores, y deteneos en el primer poblado que encontréis. Allí, en una covacha, daréis con el divino infante.
Los viajeros de oriente, estimulados por tan tonificantes noticias, reemprendieron la marcha con renovado optimismo. No tardó en caer la noche, pero la luz de la estrella era tan brillante que iluminaba el paisaje con más intensidad que una luna llena, así que los tres jinetes siguieron camino adelante sin detenerse a descansar, hasta que, una hora después de la medianoche, llegaron a un humilde poblado, apenas un puñado de casas de adobe y paja. No tuvieron que buscar mucho; al oeste de la aldea, cerca de una misérrima posada, había una peñas a cuyo pie se abría la entrada de una cueva. En torno a ella se congregaban, expectantes, grupos de pastores y lugareños; un milagroso haz de luz incidía sobre la gruta y el dulce cántico de un coro de ángeles resonaba en las alturas. La estrella resplandecía como un nuevo sol en el firmamento.
Los viajeros desmontaron de sus cabalgaduras, las amarraron a un árbol cercano y, abriéndose paso por entre el gentío, entraron en la cueva. Y ahí los encontraron, frente a una hoguera: el carpintero de pie, apoyado en un cayado, y la virgen a su lado, sentada, meciendo la rústica cuna de madera que había confeccionado su esposo. Al instante, los tres viajeros se postraron en el suelo y, tras unos minutos de alabanzas, depositaron al pie de la cuna los regalos que habían traído consigo: oro, incienso y mirra. Luego, casi sin atreverse a alzar la cabeza, Melchor preguntó con timidez:
—¿Podemos ver al niño?
La virgen sonrió bondadosamente y asintió. Los tres viajeros se incorporaron y unieron las cabezas para contemplar al recién nacido que dormía en la cuna. Era bellísimo, con la piel de un intenso verde esmeralda y las escamas brillantes y lustrosas como un mosaico sagrado. De pronto, el niño -a quien podemos llamar Jesús, aunque ese no era su verdadero nombre- abrió los ojos y fijó sus rasgadas pupilas de saurio en los rostros de los recién llegados. Sus fauces perfilaron una sonrisa, mostrando la doble sierra de sus dientes, y alzó una zarpa al tiempo que agitaba en el aire sus tres garritas, como si quisiera atrapar una mariposa invisible.
—¡Ohhhhh...! –exclamó Melchor, agitando su larga y escamosa cola de izquierda a derecha.
—¡Ahhhhh...! –susurró Gaspar, agitando su larga y escamosa cola de derecha a izquierda.
—¡Mmmm...! –murmuró Baltasar, agitando su larga y escamosa cola de arriba abajo.
Entonces, de repente, la tierra comenzó a temblar con creciente violencia y a lo lejos sonaron unos gritos de terror. Un terremoto sacudía los cimientos mismos de la creación. Olvidándose del niño, los tres viajeros abandonaron la cueva a toda prisa y contemplaron atónitos el dantesco espectáculo que se desarrollaba en el exterior. Bajo una luz tan intensa como la del mediodía, los lugareños huían despavoridos mientras grandes brechas se abrían en el suelo a causa del seísmo. Las monturas, tres usualmente apacibles protoceratops, bramaban y se encabritaban, navajeando el aire con sus prominentes crestas óseas. Un creciente estruendo resonaba en los cielos. Los tres viajeros alzaron la mirada simultáneamente y lo que vieron les encogió el corazón y les robó el aliento: la estrella ocupaba ahora casi la totalidad del cielo y parecía precipitarse hacia ellos rodeada por una túnica de llamas.
—Pero qué demonios... –comenzó a decir Gaspar.
Desgraciadamente, no pudo acabar la frase, pues en ese instante el mundo estalló a su alrededor.

* * *

En el cielo reinaba la consternación y el desconcierto. Jesús, sentado a la diestra de su padre, con la mirada perdida y los ojos vidriosos, era incapaz de hablar, de moverse, de reaccionar. Puede que fuese una divinidad, pero recibir en la cabeza el impacto de una roca del tamaño de la isla de Manhattan, lanzada a treinta y cinco kilómetros por segundo, es algo que puede traumatizar hasta al espíritu más puro. Dios contempló el rostro ausente de su hijo, miró luego hacia la Tierra, que poco a poco iba perdiendo su color blanquiazul para transformarse en una sucia esfera grisácea, y se incorporó en toda su majestad.
—¿Quién se ocupaba de controlar la estrella? –preguntó con voz tonante y expresión severa.
Los ángeles agitaron sus alas con nerviosismo, los serafines cesaron de entonar alabanzas, los tronos dejaron de contabilizar el karma de las almas. Tras unos segundos de ominoso silencio, el arcángel Gabriel avanzó unos pasos con la cabeza gacha y las alas mustias.
—Yo me ocupaba de la estrella, oh todopoderoso –respondió con voz trémula.
Dios le miró con una ceja arqueada.
—Bien, Gabriel –dijo en tono alarmantemente calmado-. ¿Qué te pedí que hicieras?
—Que indicara con una estrella el lugar donde nacería vuestro hijo, oh magnánimo.
—¿Y tú qué has hecho?
—Lo que me pedisteis, oh esplendoroso; señalé con una estrella el lugar del nacimiento.
—¡Claro que lo hiciste! –bramó Dios en medio de un centelleo de relámpagos-. ¡Arrojándosela a mi hijo a la cabeza!
Gabriel se encogió sobre sí mismo.
—A decir verdad –musitó-, no era una estrella, oh sapientísimo, sino un asteroide de mediano tamaño.
—Ah, entonces me tranquilizas –repuso Dios en tono sarcástico-. Si sólo era un asteroide pequeñito no hay más que hablar. –Se volvió hacia la corte celestial y demandó-: A ver, ¿quién tiene la lista de daños?
El arcángel Uriel se adelantó con un cuaderno entre las manos.
—Yo la tengo, oh inefable –dijo. Luego, tras echarle un vistazo al cuaderno, declaró-: El asteroide tenía un diámetro de diez kilómetros y al chocar contra la Tierra liberó una energía de cien millones de megatones. El impacto ha lanzado a la atmósfera cincuenta mil millones de toneladas de polvo que, unidas al humo de los incendios y las erupciones volcánicas, bloquearán la luz solar durante meses, acabando con la vegetación y...
—Abrevia, Uriel –le interrumpió Dios-. ¿Cuántos velocirraptores sapiens han sobrevivido?
—Ese cómputo es sencillo, oh ubicuo: cero. No ha quedado ni uno.
—Ah, fantástico –dijo Dios, comenzando a pasear de un lado a otro con las manos entrelazadas a las espalda-; nos tiramos no quiero ni pensar cuántos millones de años para crear una especie inteligente y Gabriel se la carga de un asteroidazo. Qué bonito.
—Pues eso no es todo, oh perfectísimo –prosiguió Uriel-. A causa del invierno nuclear, se extinguirán la práctica totalidad de los dinosaurios, y los pocos que queden acabarán a la larga por convertirse en pájaros.
—No pretendo decir “ya os lo dije”, oh sublime –terció el arcángel Baraquiel, asesor creativo-; no obstante, ya os dije que el modelo de sangre fría es eficaz, simple y robusto, sí, pero demasiado sensible a los cambios del ecosistema y...
—Bueno, basta ya –le interrumpió Dios-. Todo eso contádselo a Darwin cuando llegue el momento. –Se volvió hacia el tembloroso Gabriel y le espetó-: Así que, según tú, señalar un lugar y causar una extinción masiva viene a ser la misma cosa, ¿no? ¿Te importaría explicarme por qué demonios te pareció una buena idea lanzar esa roca contra mi planeta?
Gabriel tragó saliva antes de responder.
—Vos deseabais que la estrella marcara el lugar del nacimiento, oh excelso –musitó-. Pero si dejaba la estrella muy alta en los cielos... en fin, pensé que sería complejo para los mortales trazar la perpendicular sobre la esfera terrestre. Cuanto más cerca la situase, más fácil sería señalar con precisión el lugar, así que la dejé caer sobre el punto exacto...
—Es decir, sobre la cabeza de mi hijo –replicó Dios con los brazos en jarras-. ¿Y no se te pasó por la mente que haciendo eso te lo cargarías?
—Claro que lo pensé, oh alfa y omega, pero creí haberos entendido que deseabais que muriese...
—¡Sí, dentro de 33 años clavado en una cruz –bramó Dios-, pero no a la media hora de nacer pulverizado por un asteroide!
Un silencio sepulcral se abatió sobre el cielo; ni siquiera los querubines, por lo usual bulliciosos y traviesos, se atrevían a moverse. Dios respiró hondo y contó mentalmente hasta diez millones; tenía que controlar su mal genio, se dijo.
—Bien, vale, de acuerdo –murmuró en tono sosegado-; lo hecho, hecho está y no hay que darle más vueltas. A fin de cuentas, las cosas no suelen salir bien a la primera. Vamos a tomarnos esto como un ensayo general, pero la siguiente vez que lo intentemos quiero que todo salga perfecto. –Se volvió hacia Gabriel-. Tú volverás a ocuparte de la estrella, pero antes tendrás una charla larga y tendida acerca de la gravedad con sir Isaac Newton. ¿Me has entendido?
—Sí, oh sursum corda –repuso el arcángel postrándose a sus pies.
Dios se ladeó el halo, se mesó la barba y sonrió bonachonamente.
—Bueno –dijo-, hoy es Navidad, así que vámonos todos a casa. Pero dentro de sesenta y cinco millones de años volveremos a reunirnos aquí y lo intentaremos de nuevo. –Echó a andar hacia la salida y agregó-: A ver si con los mamíferos tenemos más suerte.


sábado, diciembre 20

Atropellado por la Navidad

Aunque se supone que un blog es algo así como un diario personal colgado en la Red, no suelo relatar aquí los avatares de mi vida cotidiana, entre otras cosas porque mi vida cotidiana es muy poco interesante. Si lo hiciese, las entradas serían más o menos así:

“Me despierto a las ocho menos cuarto, me ducho, me visto, me preparo un café y me lo llevo al despacho. Enciendo el ordenador; mientras me tomo el café y escucho la radio, reviso el correo y me doy un garbeo por mis sitios habituales de Internet. A eso de las nueve y media reviso lo que he escrito el día anterior y luego me pongo a escribir. Sigo escribiendo hasta las 14:00. Preparo la comida y como. Me quedo en el salón leyendo hasta las cuatro y media o las cinco, regreso al despacho y sigo escribiendo hasta las nueve y media de la noche. Ceno algo (fruta o queso por lo general), veo la tele si es que hay algo que ver y, a las doce, me voy a la cama. Leo hasta la una o una y media de la madrugada y me duermo”.

Por supuesto, hay variaciones sobre este esquema, pero mi ritual cotidiano básico es ese. Un coñazo, vamos. Un coñazo para vosotros, no para mí, porque mientras escribo viajo a lugares lejanos, conozco a gente interesante, corro aventuras y me entero de cosas que desconocía. El problema es que todo eso ocurre en mi mente, un lugar en el que por ahora, y salvo posesiones demoníacas, sólo vivo yo. De modo que, ¿cómo voy a convertir Babel en un diario? Sería un espanto.

No obstante, los últimos dos años han sido diferentes, me han sucedido cosas que quizá merecían ser contadas. Pero no quise contarlas, no podía hacerlo. Ya lo haré, me dije, lo contaré todo cuando ocurra X, si es que ocurre. Pues bien, X ocurrió. El pasado mes de septiembre, para ser precisos. Y no conté nada. Ya lo haré en Navidad, pensé; a fin de cuentas, mi historia tiene cierto aire navideño, aunque sólo sea por las emociones que trae aparejadas y por un final más o menos feliz. Pues bien, llegan las navidades y no os cuento nada, me callo, soy una tumba. Porque no puedo. Materialmente, no puedo.

Veréis, a mediados del año pasado firmé con Espasa un contrato para la publicación de mi novela El juego de Caín en el que me comprometía a escribir una segunda novela basada en el mismo personaje, Carmen Hidalgo. La fecha de entrega era septiembre de este año. Durante la segunda mitad de 2007 intenté escribir la tercera entrega de la serie Little Jim (Jaime Mercader), pero apenas pude redactar cincuenta páginas; ya os explicaré por qué. Bien; en diciembre tenía listo todo el argumento de mi nueva novela sobre Carmen Hidalgo. Mi propósito era comenzar a escribirla en febrero. Pero en enero sucedió algo horrible: se me ocurrió una idea que mejoraba el argumento de la novela. Pero eso significaba cambiar la mayor parte de la trama que ya tenía pensada, así que no pude ponerme a escribir hasta marzo. Y también sucedió otra maldita cosa: al remodelar el argumento, el tamaño de la novela se me escapó de las manos. Mi nueva idea mejoraba la trama, entre otras cosas porque la complicaba, pero eso se traducía en una mayor extensión.

Septiembre pasó, y octubre, y noviembre, y aquí estoy, a comienzos del último tercio de diciembre; llevo cien páginas más de lo previsto y todavía no he acabado la maldita novela de los cojones. Sí, ya sé ve luz al fondo del túnel, ya tengo claros los pasos que he de dar para llegar al final, pero aún queda trabajo. Por eso ahora sólo escribo un post a la semana, por eso no puedo contaros la historia que quiero contaros, porque para hacerlo necesito tiempo y sosiego, y dejar de pensar de una vez por todas en Carmen Hidalgo.

Y por eso estamos a 20 de diciembre y todavía no se me ha ocurrido ningún argumento para el tradicional cuento de Navidad de La Fraternidad de Babel. ¡ARGGGGGG! No se me ha ocurrido, porque no he tenido tiempo de pensar en ello. SIGH...

Bueno, me quedan cuatro días, quizá se me ocurra algo. El año pasado os contaba que me había vuelto muy navideño, en el sentido pagano de la palabra. Mañana es el solsticio de invierno, mi día favorito, mi noche preferida, y no estoy preparado. Maldita novela... ¿Quién dijo que ser escritor tiene algo de bueno?

Hoy, a las 19:45, vuelve mi hijo Óscar de Finlandia, donde está estudiando 4º de Empresariales gracias a una beca Erasmus. Hace cuatro meses que no nos vemos y estoy deseando darle un abrazo. Esta noche cenaremos con él en Tapelia, porque le apetecía zamparse una paella. Mañana iremos al Asian Gallery.

Mi nueva novela de Carmen Hidalgo (El juego de los herejes, por ahora) transcurre en diciembre. De hecho, lo que estoy escribiendo en este momento pasa el 20 de diciembre; es decir, hoy. El tiempo real y el tiempo de ficción coinciden; es algo así como un equinoccio en el solsticio. Espero acabar a mediados de enero. Entonces os contaré mi historia y sabréis por qué estuve a punto de cerrar La Fraternidad de Babel, y cómo el blog me ayudó a seguir adelante. Es una historia de amor, amistad, decadencia y muerte, una historia de lágrimas, pero también de alegría y resurrección.

Mientras tanto, debo pensar en mi novela y en el cuento navideño de las narices. Help! ¡No se me ocurre nada! En fin, me fumaré un canuto y confiaré en que mi mente se deslice por la senda de la inspiración.

Son las 13.25 del 20 de diciembre. Este año tengo la sensación de que me ha atropellado la Navidad.

domingo, diciembre 14

Bettie

El 16 de diciembre de 2005, la duodécima entrada de este blog estaba dedicada a ella, aunque había un error: yo la llamaba Betty, pero en realidad se llamaba Bettie (un error muy frecuente, por cierto). Hace tres años decía:

“En España no es muy conocida, así que te sorprenderá saber que hay más fotografías de Betty Page que de Marilyn Monroe. Pero en el fondo es normal, porque Betty -en realidad Bettie Mae Page- no era actriz, sino pin-up, una modelo fotográfica. Betty nació en 1923, en Tennessee, estudió sociología y trabajó como profesora. Y no quiero ni imaginarme la sobrecarga hormonal que debió de provocar entre sus alumnos. Luego, intentó conseguir un contrato en Hollywood, pero tuvo que conformarse con posar para fotógrafos; era una chees cake, como las llamaban por aquel entonces. A principios de los 50, conoció a los hermanos Klaw, especialistas en fotografía erótica y fetichista, y comenzó a colaborar con ellos, convirtiéndose en la reina del bondage. En 1955, apareció en las páginas centrales de Playboy y, justo entonces, un tsunami de puritanismo -uno más de los muchos que han asolado USA, en este caso abanderado por el senador Kefauver- se llevó por delante su existosa carrera de star erótica. Y Betty desapareció de la faz de la tierra, se disolvió en la nada; pero, desde entonces, su leyenda no ha hecho más que crecer”.

El pasado día 11, Bettie falleció a los 85 años de edad. Nadie sabe exactamente lo que fue de su vida desde que, hace medio siglo, cuando contaba treinta y cuatro espléndidos años, se retiró de la vida pública. Dicen que se convirtió en cristiana renacida (como Bush; eso debe de ser una epidemia), arrepentida de su pasada vida pecaminosa. Dudo que sea cierto esto último; en primer lugar, porque su vida no fue demasiado pecaminosa. Nunca hizo porno y sus fotos y películas eróticas resultan hoy de una inocencia enternecedora. Tampoco hubo escándalos en su vida privada, salvo un supuesto romance con la fotógrafa Bunny Yeager (autora de la foto que preside esta entrada); de hecho, tras retirarse volvió a contraer matrimonio con su primer marido. Pero no es sólo que no tuviera nada de lo que arrepentirse, sino que además, creo que Bettie, la cristiana renacida, estaba tremendamente orgullosa de la mujer que fue y de la fama que adquirió con el tiempo. Prueba de ellos es que en los últimos años, cuando asistía a convenciones celebradas en su honor, rogaba que nadie la fotografiase, pues quería que la gente conservara en la memoria sólo el esplendor de su juventud. La foto que acompaña a este párrafo es la más reciente que he encontrado en Internet. Supongo que cuando se la hicieron debía de tener cincuenta o sesenta y tantos años, pero sigue percibiéndose su belleza, su encantadora sonrisa y su simpatía. Y aquel flequillo imposible sigue estando ahí; estoy seguro de que murió con él.

En mi opinión, Bettie fue una de las mujeres más bellas que jamás han sido fotografiadas y poseía un cuerpo escultural, pero la clave de su éxito residía en otra cosa: su simpatía y su inocencia. Bettie podía estar desnuda, o empaquetada en una compleja red bondage de nudos, o azotándole el trasero a una rubia oxigenada, pero hiciera lo que hiciese, parecía completamente inocente, lo más lejano a la procacidad que uno pueda imaginar, como si aquello no fuera más que una broma. Resulta agradable contemplar a Bettie; uno la ve y automáticamente se convence de que esa chica, ese bombón, no es sólo un objeto sexual, sino una persona simpática, buena y encantadora.

Vale, lo reconozco, siento debilidad por Bettie Page; es más, voy a confesaros algo: cuando la miro no pienso en lo fantástico que hubiera sido echarle un polvo, sino en lo maravilloso que hubiera sido enamorarme de ella. Creo que mi querida Bettie es uno de los mejores motivos imaginables para inventar la máquina del tiempo.

Ahora dicen que Bettie ha muerto, pero no es cierto; murió la cristiana renacida, pero la reina de los nudos y los azotes existirá para siempre en miles de fotografías y unas cuantas malas películas que se convierten en sublimes única y exclusivamente porque ella está ahí. Como pequeño homenaje, tres igualmente pequeños cortos de 8 mm, realizados por los Klaw, que he encontrado en YouTube. Si pincháis AQUÍ, veréis a Bettie bailando en Teasearama; si pincháis ACÁ, la veréis en B. P. dances to the Seeds; y si pincháis ACULLÁ, os la encontraréis en una fantasía oriental a la que la palabra kitsch le sienta como un guante.

Bettie Mae Page 1923-2008. Fue bella y simpática. Descanse en paz.