No soy un escritor rápido. Mi media
diaria está entre 1.200 y 1.800 palabras, con jornadas de trabajo de seis o
siete horas. Eso suponiendo que no haga falta mucha documentación, claro.
Tampoco es que sea muy lento, pero conozco a varios escritores/as que son más
rápidos que yo.
La razón de mi relativa lentitud
reside en cómo encaro la escritura. Muchos escritores escriben muy rápidamente
el primer borrador, sin excesivo cuidado, para luego corregirlo en profundidad.
Yo no; al contrario, procuro escribir el texto lo más acabado posible. Para
conseguirlo, vuelvo constantemente hacia atrás. Cada dos o tres páginas, me
detengo para leer lo que he escrito y corregirlo. Si un párrafo, o cualquier parte del texto,
no acaba de convencerme, vuelvo una y otra vez sobre él, haciendo cambios hasta
que me parezca correcto.
Es un poco maniático, lo reconozco.
Por ejemplo, a veces llego a una parte del texto para la que necesito una
documentación que no tengo a mano. No pasa nada, me digo; dejo esa parte en
stand by y sigo escribiendo. Ya completaré el texto que falta cuando acabe la
novela. Sí, eso me digo; pero ¡ja! Conforme escribo, ese hueco en el texto me
va pesando como una losa. Me pone de los nervios saber que lo que llevo escrito
está incompleto. De modo que un día ya no aguanto más, me pongo a buscar la
documentación que falta y cuando la encuentro escribo el jodido “hueco”. Solo
entonces me quedo tranquilo. Pero, a cambio, voy más lento.
Como es natural, cuando pongo el
punto final realizo tras imprescindibles correcciones: Una más superficial para
comprobar el ritmo, si los personajes están bien construidos, y si el argumento
avanza como yo deseo. Otra más detallada para pulir la prosa. Y la tercera en
voz alta, para ver si el texto fluye y los diálogos suenan naturales. No
obstante, cuando corrijo el borrador ya está muy acabado.
Pero no siempre soy lento. A veces
las circunstancias me obligan a correr, y entonces establezco records de
escritura personales. Me ha pasado tres veces. La primera fue hace mucho
tiempo; tanto, que no recuerdo de qué novela se trataba. Me quería presentar a
un premio y la fecha de entrega se me echaba encima. Escribí 5.500 palabras en
un día. Al día siguiente repasé el texto y me quedé horrorizado de lo mal
escrito que estaba. Tuve que corregirlo a fondo.
La segunda vez, allá por 2005,
también fue por un premio. La novela era “La caligrafía secreta” y de nuevo la
fecha de entrega se me echaba encima. Un día, batí mi récord anterior; escribí 5.900
palabras. Al día siguiente, cuando corregí el texto que había escrito, me llevé
una sorpresa: estaba bien, apenas había que tocar nada. Supongo que para
entonces ya era mejor escritor; o, al menos, con más oficio. “La caligrafía
secreta” no ganó el premio ni ha tenido especial éxito, pero la considero muy
importante en mi bibliografía.
Bueno, pues hace poco (once días
para ser exactos) volví a batir mi récord. Esta vez no a causa de un premio,
sino por un compromiso editorial. La novela se llama “Muerte en el internado” y
la publicará Alfaguara Juvenil a finales de junio. El caso es que hace dos
domingos me quedé hasta las cuatro y media de la madrugada aporreando el teclado
y escribí 6.300 palabras en una sesión de trabajo. Y al día siguiente apenas
tuve que corregir el texto. Es mi récord absoluto y ruego a Cthulhu que jamás
tenga que superarlo.
Esta última circunstancia de prisas
por motivos editoriales me ha servido, aparte de para batir récords absurdos,
para reencontrarme con un par de “sensaciones” que hacía tiempo que no
experimentaba. Una es el “estrés positivo”. ¿Sabéis lo que es? El estrés
negativo se produce cuando tienes uno o más problemas aparentemente
irresolubles, y te pones a dar vueltas sobre ellos intentando encontrar una
solución sin conseguirlo, como un hámster en una rueda. Por su parte, el estrés
positivo sobreviene cuando se te echan encima un montón de problemas urgentes,
pero, a diferencia del anterior caso, los vas solucionando. Te enfrentas a un
problema y lo resuelves, surge otro problema y vuelves a resolverlo, y luego
otro, y otro... En ambos casos se produce una aceleración interior, pero en el
primero es asfixiante, mientras que en el segundo resulta... liberadora. Es
como surfear; te sientes invencible y jubiloso; tanto que puedes llegar a
emborracharte de “poder”. Solo la kriptonita es capaz de dañarte. Hay gente que
se hace adicta a esta sensación. Yo la experimentaba con cierta frecuencia
cuando trabajaba en publicidad, un negocio en el que era usual enfrentarse a
problemas imposibles. Y volví a experimentarla hace un par de domingos.
La segunda “sensación” es el inmenso
placer que me produce trabajar de noche y de madrugada. Hace poco le oí decir a
un psicólogo que hay dos tipos de personas: las alondras y los búhos. Alondras
son aquellos que se despiertan temprano, con las pilas cargadas, y al caer la
noche se van a la cama. Disfrutan del día y descansan por las noches. Los
búhos, por el contrario, se despiertan lo más tarde posible, somnolientos y
cansados, y tardan en recuperar la energía. Cuando cae la noche, se sienten más
despiertos y activos, como si la oscuridad los estimulase.
Yo soy un búho de manual. Si por mí
fuese, si no estuviera casado ni tuviera obligaciones diurnas, escribiría de
noche y de madrugada, y dormiría por las mañanas. Es que me encanta estar en mi
despacho, con la casa silenciosa, las calles vacías y calladas, sin apenas
tráfico, rodeado por una burbuja de luz en medio de la oscuridad, escribiendo
en una paz total... Hacía tiempo que no lo sentía, y me chifla.
Y vosotros, ¿qué? Si soy escritores,
¿cuál es vuestro récord? Y si sois seres humanos, ¿o sentías alondras o búhos?

No hay comentarios:
Publicar un comentario