lunes, mayo 11

Récords

 


            No soy un escritor rápido. Mi media diaria está entre 1.200 y 1.800 palabras, con jornadas de trabajo de seis o siete horas. Eso suponiendo que no haga falta mucha documentación, claro. Tampoco es que sea muy lento, pero conozco a varios escritores/as que son más rápidos que yo.

            La razón de mi relativa lentitud reside en cómo encaro la escritura. Muchos escritores escriben muy rápidamente el primer borrador, sin excesivo cuidado, para luego corregirlo en profundidad. Yo no; al contrario, procuro escribir el texto lo más acabado posible. Para conseguirlo, vuelvo constantemente hacia atrás. Cada dos o tres páginas, me detengo para leer lo que he escrito y corregirlo.  Si un párrafo, o cualquier parte del texto, no acaba de convencerme, vuelvo una y otra vez sobre él, haciendo cambios hasta que me parezca correcto.

            Es un poco maniático, lo reconozco. Por ejemplo, a veces llego a una parte del texto para la que necesito una documentación que no tengo a mano. No pasa nada, me digo; dejo esa parte en stand by y sigo escribiendo. Ya completaré el texto que falta cuando acabe la novela. Sí, eso me digo; pero ¡ja! Conforme escribo, ese hueco en el texto me va pesando como una losa. Me pone de los nervios saber que lo que llevo escrito está incompleto. De modo que un día ya no aguanto más, me pongo a buscar la documentación que falta y cuando la encuentro escribo el jodido “hueco”. Solo entonces me quedo tranquilo. Pero, a cambio, voy más lento.

            Como es natural, cuando pongo el punto final realizo tras imprescindibles correcciones: Una más superficial para comprobar el ritmo, si los personajes están bien construidos, y si el argumento avanza como yo deseo. Otra más detallada para pulir la prosa. Y la tercera en voz alta, para ver si el texto fluye y los diálogos suenan naturales. No obstante, cuando corrijo el borrador ya está muy acabado.

            Pero no siempre soy lento. A veces las circunstancias me obligan a correr, y entonces establezco records de escritura personales. Me ha pasado tres veces. La primera fue hace mucho tiempo; tanto, que no recuerdo de qué novela se trataba. Me quería presentar a un premio y la fecha de entrega se me echaba encima. Escribí 5.500 palabras en un día. Al día siguiente repasé el texto y me quedé horrorizado de lo mal escrito que estaba. Tuve que corregirlo a fondo.

            La segunda vez, allá por 2005, también fue por un premio. La novela era “La caligrafía secreta” y de nuevo la fecha de entrega se me echaba encima. Un día, batí mi récord anterior; escribí 5.900 palabras. Al día siguiente, cuando corregí el texto que había escrito, me llevé una sorpresa: estaba bien, apenas había que tocar nada. Supongo que para entonces ya era mejor escritor; o, al menos, con más oficio. “La caligrafía secreta” no ganó el premio ni ha tenido especial éxito, pero la considero muy importante en mi bibliografía.

            Bueno, pues hace poco (once días para ser exactos) volví a batir mi récord. Esta vez no a causa de un premio, sino por un compromiso editorial. La novela se llama “Muerte en el internado” y la publicará Alfaguara Juvenil a finales de junio. El caso es que hace dos domingos me quedé hasta las cuatro y media de la madrugada aporreando el teclado y escribí 6.300 palabras en una sesión de trabajo. Y al día siguiente apenas tuve que corregir el texto. Es mi récord absoluto y ruego a Cthulhu que jamás tenga que superarlo.

            Esta última circunstancia de prisas por motivos editoriales me ha servido, aparte de para batir récords absurdos, para reencontrarme con un par de “sensaciones” que hacía tiempo que no experimentaba. Una es el “estrés positivo”. ¿Sabéis lo que es? El estrés negativo se produce cuando tienes uno o más problemas aparentemente irresolubles, y te pones a dar vueltas sobre ellos intentando encontrar una solución sin conseguirlo, como un hámster en una rueda. Por su parte, el estrés positivo sobreviene cuando se te echan encima un montón de problemas urgentes, pero, a diferencia del anterior caso, los vas solucionando. Te enfrentas a un problema y lo resuelves, surge otro problema y vuelves a resolverlo, y luego otro, y otro... En ambos casos se produce una aceleración interior, pero en el primero es asfixiante, mientras que en el segundo resulta... liberadora. Es como surfear; te sientes invencible y jubiloso; tanto que puedes llegar a emborracharte de “poder”. Solo la kriptonita es capaz de dañarte. Hay gente que se hace adicta a esta sensación. Yo la experimentaba con cierta frecuencia cuando trabajaba en publicidad, un negocio en el que era usual enfrentarse a problemas imposibles. Y volví a experimentarla hace un par de domingos.

            La segunda “sensación” es el inmenso placer que me produce trabajar de noche y de madrugada. Hace poco le oí decir a un psicólogo que hay dos tipos de personas: las alondras y los búhos. Alondras son aquellos que se despiertan temprano, con las pilas cargadas, y al caer la noche se van a la cama. Disfrutan del día y descansan por las noches. Los búhos, por el contrario, se despiertan lo más tarde posible, somnolientos y cansados, y tardan en recuperar la energía. Cuando cae la noche, se sienten más despiertos y activos, como si la oscuridad los estimulase.

            Yo soy un búho de manual. Si por mí fuese, si no estuviera casado ni tuviera obligaciones diurnas, escribiría de noche y de madrugada, y dormiría por las mañanas. Es que me encanta estar en mi despacho, con la casa silenciosa, las calles vacías y calladas, sin apenas tráfico, rodeado por una burbuja de luz en medio de la oscuridad, escribiendo en una paz total... Hacía tiempo que no lo sentía, y me chifla.

            Y vosotros, ¿qué? Si soy escritores, ¿cuál es vuestro récord? Y si sois seres humanos, ¿o sentías alondras o búhos?