Ya es un tópico afirmar que estamos en la edad de oro de las series de TV. De las series anglosajonas y, sobre todo, norteamericanas, porque las españolas... en fin, mejor no hablar. Bueno, pues últimamente he tenido la oportunidad de revisar un buen puñado de series que están emitiéndose actualmente y he llegado a la conclusión de que la mayor parte siguen siendo entre malas, mediocres, bobas y/o vulgares. Pero también es verdad que cada vez surgen más series originales, atrevidas y estimulantes; y no sólo eso: además tienen éxito de audiencia, lo cual es bueno y malo a la vezMe apresuro a aclarar que hay unas cuantas series, según dicen excelentes, que nunca he seguido y a las que, a estas alturas, me da una pereza enorme intentar incorporarme. No he visto Los Soprano, ni El ala oeste de la Casa Blanca, ni A dos metros bajo tierra, ni 24, y tampoco veo CSI Las Vegas –que según mi buen amigo Julián Díez es de lo mejor que hay ahora en la tele-, Alias o Battlestar Galactica. Así que vamos a hablar de las series que me tienen enganchado o, al menos, que me interesan lo suficiente como para seguirlas.
Perdidos, lo confieso, me tiene enganchado. Me fascina su argumento -un cruce entre La isla misteriosa y El Señor de las Moscas protagonizado por adultos-, me gusta el casting, la realización, el tono... aunque... Bueno, he aquí un ejemplo de lo que puede ser morir de éxito. La primera temporada fue un bombazo, así que había que ordeñar la vaca prolongando la serie más allá de lo razonable. Se acaba de estrenar la tercera temporada en USA y hay previstas otras cuatro. ¿Siete temporadas perdidos en una isla? Demasiado, me parece. Ya en la segunda temporada se notó una más que marcada tendencia a estirarlo y embrollarlo todo en exceso, así que supongo que la cosa va a ir a peor. Ya veremos.
Algo parecido sucede con Mujeres desesperadas. Ese culebrón posmoderno trufado de humor ofreció una brillantísima primera temporada cuya trama se centraba en las razones del suicidio de una vecina de las cuatro protagonistas. El hecho de que el relato estuviese narrado en off por la suicida (al estilo de El crepúsculo de los dioses) añadía originalidad y garra al asunto. Pero, solucionado el misterio, la serie, en su segunda temporada, y lo que llevo visto de la tercera, ha derivado a una sucesión de subtramas cada vez más retorcidas e improbables que acaban resultando demasiado artificiales. Es cierto que aún conserva el humor y la ironía, que algunas de las historias que se entrecruzan siguen ofreciendo cierta brillantez, que ahí dentro están mis adoradas Teri Hatcher y Felicity Huffman, pero me temo que Wisteria Lane se está convirtiendo a marchas forzadas en la calle más rara y disparatada del mundo.
Recientemente engullí de seguido la primera temporada de Prison Break y quedé automáticamente enganchado. En muchos sentidos, es una serie modélica, pero sobre todo lo es en su ritmo narrativo. No paran de suceder cosas, no hay un segundo de descanso, de modo que el relato fluye a tal velocidad –e intensidad- que, sencillamente, no te permite pensar en las múltiples trampas de la trama. Por lo demás, la serie asume sin complejos los estereotipos del género carcelario, ofreciendo, de paso, unas dosis de violencia y testosterona raras veces vistas en un producto televisivo. Ahora está en antena la segunda temporada, pero esperaré a verla toda seguida, como hice con la primera. De todas formas, los protagonistas ya se han fugado, así que una serie carcelaria –que era lo que me gustaba- se ha convertido en una versión de El fugitivo –que ya no me gusta tanto-. Además, están previstas cinco temporadas... De nuevo, demasiado.
Una serie más humilde, pero no por ello menos estimable, es Medium, una producción centrada en los avatares de Allison Dubois, una madre de familia que trabaja como... eso, medium, para el fiscal del distrito. Aparte de estar protagonizada por mi también muy amada Patricia Arquette , la serie ofrece un tratamiento inteligente del tema y amplias dosis de sentido del humor. Los guiones -aunque de calidad irregular, como en toda serie- suelen tener un buen nivel y, lo que no deja de resultar sorprendente, muchos capítulos se adentran en la experimentación narrativa, jugando, por ejemplo, con los efectos de sonido, la banda musical o el montaje.
Y llegamos a la que sigue siendo, sin lugar a dudas, mi serie favorita: House. En fin, ya he hablado muchas veces acerca de esta sorprendente muestra de lo inteligente que puede llegar a ser la tele, así que no me enrollaré mucho. Sólo una observación: House, más allá de ser un muy estimable entretenimiento, es una serie mucho más seria de lo que parece. ¿Por qué? Pues por su premisa de partida, un personaje que es por definición tan sincero como políticamente incorrecto, motivo por el cual en esta serie se dicen cosas y se tratan temas que no se dicen ni se tratan en ningún otro sitio. Un soplo de aire fresco.
Por cierto, últimamente he detectado a Hugh Laurie interpretando papeles entre secundarios y muy secundarios en varias películas, como El hombre de la máscara de hierro, la segunda parte de 101 Dálmatas o El vuelo del Fénix... y, la verdad, no destaca lo más mínimo. He ahí el caso evidente de un actor que andaba buscando, y finalmente ha encontrado, su personaje perfecto.
Por último, el gran éxito de la temporada en USA: Héroes. Sólo he visto los cuatro o cinco primeros capítulos, pero creo que es una serie correcta, hábil, sobria y razonablemente respetuosa con la inteligencia del espectador. No obstante, tampoco es muy original que digamos, pues en el fondo se limita a llevar a la (pequeña) pantalla lo que los comics de superhéroes post-Moore llevan haciendo un par de décadas. Sin embargo, Héroes es una demostración perfecta de hasta qué punto la ficción televisiva lleva hoy en día ventaja al cine de Hollywood. Me explicaré.
Como cualquier aficionado a los comics sabe, en el mundo de los superhéroes hay un antes y un después de Watchmen. Para los que no sepan de qué hablo, Watchmen es una novela gráfica dibujada por Dave Gibbons, donde su guionista, Alan Moore, desarrolla –entre otras cosas- una historia hiper-realista basada en el mito del superhéroe, diseccionándolo desde una perspectiva política, moral, simbólica y psicológica. Es decir, un tratamiento naturalista del superhéroe. El caso es que, a partir de ese momento (1987), los comics de “superhéroes realistas” proliferaron como hongos en un otoño lluvioso. Era el nuevo estilo, y aunque ahora parezca un tanto ajado, sigue vigente en el universo de las viñetas superheroicas.
Bueno, pues si le echamos un vistazo al cine producido por los grandes estudios, encontraremos superhéroes hasta en la sopa: Superman, Batman, X-Men, Hulk, Spiderman, Los 4 Fantásticos, Daredevil, El Motorista Fantasma, Hell Boy, Blade... Pero, si os fijáis, todos son superhéroes clásicos pre-Moore. De hecho, con la excepción de la excelente El Protegido, de Shyamalan, no se ha producido ninguna película basada en superhéroes naturalistas post-Watchmen. Pero sí una serie de TV: Héroes. Lo cual es otra prueba de que hoy en día la ficción televisiva (norteamericana) arriesga más que el cine comercial (norteamericano).
En fin, amigos míos, quién le iba a decir a un amante incondicional del cine clásico americano que iba a acabar recuperándolo en la tan denostada caja tonta...
Cosas veredes. Sancho, que non crederes.















