viernes, marzo 9

Series

Ya es un tópico afirmar que estamos en la edad de oro de las series de TV. De las series anglosajonas y, sobre todo, norteamericanas, porque las españolas... en fin, mejor no hablar. Bueno, pues últimamente he tenido la oportunidad de revisar un buen puñado de series que están emitiéndose actualmente y he llegado a la conclusión de que la mayor parte siguen siendo entre malas, mediocres, bobas y/o vulgares. Pero también es verdad que cada vez surgen más series originales, atrevidas y estimulantes; y no sólo eso: además tienen éxito de audiencia, lo cual es bueno y malo a la vez

Me apresuro a aclarar que hay unas cuantas series, según dicen excelentes, que nunca he seguido y a las que, a estas alturas, me da una pereza enorme intentar incorporarme. No he visto Los Soprano, ni El ala oeste de la Casa Blanca, ni A dos metros bajo tierra, ni 24, y tampoco veo CSI Las Vegas –que según mi buen amigo Julián Díez es de lo mejor que hay ahora en la tele-, Alias o Battlestar Galactica. Así que vamos a hablar de las series que me tienen enganchado o, al menos, que me interesan lo suficiente como para seguirlas.

Perdidos, lo confieso, me tiene enganchado. Me fascina su argumento -un cruce entre La isla misteriosa y El Señor de las Moscas protagonizado por adultos-, me gusta el casting, la realización, el tono... aunque... Bueno, he aquí un ejemplo de lo que puede ser morir de éxito. La primera temporada fue un bombazo, así que había que ordeñar la vaca prolongando la serie más allá de lo razonable. Se acaba de estrenar la tercera temporada en USA y hay previstas otras cuatro. ¿Siete temporadas perdidos en una isla? Demasiado, me parece. Ya en la segunda temporada se notó una más que marcada tendencia a estirarlo y embrollarlo todo en exceso, así que supongo que la cosa va a ir a peor. Ya veremos.

Algo parecido sucede con Mujeres desesperadas. Ese culebrón posmoderno trufado de humor ofreció una brillantísima primera temporada cuya trama se centraba en las razones del suicidio de una vecina de las cuatro protagonistas. El hecho de que el relato estuviese narrado en off por la suicida (al estilo de El crepúsculo de los dioses) añadía originalidad y garra al asunto. Pero, solucionado el misterio, la serie, en su segunda temporada, y lo que llevo visto de la tercera, ha derivado a una sucesión de subtramas cada vez más retorcidas e improbables que acaban resultando demasiado artificiales. Es cierto que aún conserva el humor y la ironía, que algunas de las historias que se entrecruzan siguen ofreciendo cierta brillantez, que ahí dentro están mis adoradas Teri Hatcher y Felicity Huffman, pero me temo que Wisteria Lane se está convirtiendo a marchas forzadas en la calle más rara y disparatada del mundo.

Recientemente engullí de seguido la primera temporada de Prison Break y quedé automáticamente enganchado. En muchos sentidos, es una serie modélica, pero sobre todo lo es en su ritmo narrativo. No paran de suceder cosas, no hay un segundo de descanso, de modo que el relato fluye a tal velocidad –e intensidad- que, sencillamente, no te permite pensar en las múltiples trampas de la trama. Por lo demás, la serie asume sin complejos los estereotipos del género carcelario, ofreciendo, de paso, unas dosis de violencia y testosterona raras veces vistas en un producto televisivo. Ahora está en antena la segunda temporada, pero esperaré a verla toda seguida, como hice con la primera. De todas formas, los protagonistas ya se han fugado, así que una serie carcelaria –que era lo que me gustaba- se ha convertido en una versión de El fugitivo –que ya no me gusta tanto-. Además, están previstas cinco temporadas... De nuevo, demasiado.

Una serie más humilde, pero no por ello menos estimable, es Medium, una producción centrada en los avatares de Allison Dubois, una madre de familia que trabaja como... eso, medium, para el fiscal del distrito. Aparte de estar protagonizada por mi también muy amada Patricia Arquette , la serie ofrece un tratamiento inteligente del tema y amplias dosis de sentido del humor. Los guiones -aunque de calidad irregular, como en toda serie- suelen tener un buen nivel y, lo que no deja de resultar sorprendente, muchos capítulos se adentran en la experimentación narrativa, jugando, por ejemplo, con los efectos de sonido, la banda musical o el montaje.

Y llegamos a la que sigue siendo, sin lugar a dudas, mi serie favorita: House. En fin, ya he hablado muchas veces acerca de esta sorprendente muestra de lo inteligente que puede llegar a ser la tele, así que no me enrollaré mucho. Sólo una observación: House, más allá de ser un muy estimable entretenimiento, es una serie mucho más seria de lo que parece. ¿Por qué? Pues por su premisa de partida, un personaje que es por definición tan sincero como políticamente incorrecto, motivo por el cual en esta serie se dicen cosas y se tratan temas que no se dicen ni se tratan en ningún otro sitio. Un soplo de aire fresco.

Por cierto, últimamente he detectado a Hugh Laurie interpretando papeles entre secundarios y muy secundarios en varias películas, como El hombre de la máscara de hierro, la segunda parte de 101 Dálmatas o El vuelo del Fénix... y, la verdad, no destaca lo más mínimo. He ahí el caso evidente de un actor que andaba buscando, y finalmente ha encontrado, su personaje perfecto.

Por último, el gran éxito de la temporada en USA: Héroes. Sólo he visto los cuatro o cinco primeros capítulos, pero creo que es una serie correcta, hábil, sobria y razonablemente respetuosa con la inteligencia del espectador. No obstante, tampoco es muy original que digamos, pues en el fondo se limita a llevar a la (pequeña) pantalla lo que los comics de superhéroes post-Moore llevan haciendo un par de décadas. Sin embargo, Héroes es una demostración perfecta de hasta qué punto la ficción televisiva lleva hoy en día ventaja al cine de Hollywood. Me explicaré.

Como cualquier aficionado a los comics sabe, en el mundo de los superhéroes hay un antes y un después de Watchmen. Para los que no sepan de qué hablo, Watchmen es una novela gráfica dibujada por Dave Gibbons, donde su guionista, Alan Moore, desarrolla –entre otras cosas- una historia hiper-realista basada en el mito del superhéroe, diseccionándolo desde una perspectiva política, moral, simbólica y psicológica. Es decir, un tratamiento naturalista del superhéroe. El caso es que, a partir de ese momento (1987), los comics de “superhéroes realistas” proliferaron como hongos en un otoño lluvioso. Era el nuevo estilo, y aunque ahora parezca un tanto ajado, sigue vigente en el universo de las viñetas superheroicas.

Bueno, pues si le echamos un vistazo al cine producido por los grandes estudios, encontraremos superhéroes hasta en la sopa: Superman, Batman, X-Men, Hulk, Spiderman, Los 4 Fantásticos, Daredevil, El Motorista Fantasma, Hell Boy, Blade... Pero, si os fijáis, todos son superhéroes clásicos pre-Moore. De hecho, con la excepción de la excelente El Protegido, de Shyamalan, no se ha producido ninguna película basada en superhéroes naturalistas post-Watchmen. Pero sí una serie de TV: Héroes. Lo cual es otra prueba de que hoy en día la ficción televisiva (norteamericana) arriesga más que el cine comercial (norteamericano).

En fin, amigos míos, quién le iba a decir a un amante incondicional del cine clásico americano que iba a acabar recuperándolo en la tan denostada caja tonta...

Cosas veredes. Sancho, que non crederes.

sábado, marzo 3

Libros para Yepetta


Yepetta es una jovencísima merodeadora de Babel: tiene doce años…

Estoy seguro de que ahora más de uno habrá esbozado una sonrisa a medio camino entre la simpatía y la condescendencia, esa clase de sonrisa que los adultos jurásicos adoptamos cuando un niño interviene en nuestras reuniones de, eso, adultos jurásicos. Craso error, borrad esa sonrisa. Yepetta es una niña, sí, pero ser un niño no significa ser idiota, ni ser una medio-persona, no, qué va, qué va, ni mucho menos. De hecho, los niños superan a los adultos en muchos aspectos. Sus cerebros, por ejemplo, son infinitamente más versátiles que los nuestros, más “plásticos”, más moldeables. Su capacidad de asimilar y procesar experiencias e ideas nuevas nos deja, por comparación, a la altura de los fósiles. Son más rápidos que nosotros, más fuertes y adaptables; están hechos de futuro, así que podrán ser cualquier cosa que quieran ser, siempre que se lo propongan con la suficiente tenacidad. De modo que no os sintáis superiores a los niños, porque los niños, además, tienen magia, mientras que la mayor parte de nosotros, pobres adultos petrificados, perdimos la magia hace mucho, mucho tiempo (aunque, todo hay que decirlo, unos cuantos privilegiados hemos logrado conservar un poquito muy cerca del corazón y no muy lejos del cerebro). Qué envidia siento por Yepetta, qué envidia por sus mágicos doce años... Pese a que no todo es maravilloso a los doce años, lo sé, lo sé…

No conozco a Yepetta personalmente; un día se presentó aquí y me dijo que le había gustado mucho una de mis novelas. Sé que tiene doce años y que lleva una bitácora llamada El diario de Yepetta (que podéis visitar pinchando AQUÍ). Sé que le gusta mucho leer (y os pregunto: ¿alguna vez os ha vuelto a absorber tanto la lectura como cuando teníais doce años?), sé que le gusta mucho escribir (está escribiendo una novela) y sé que lo hace muy bien, porque eso se nota con sólo echarle un vistazo a su blog. También sé que tiene buenas amigas y que no se lleva nada bien con su profesor de literatura. (Por cierto, Yepetta, si ese profe no se da cuenta de lo especial que eres, entonces es un capullo que no merece tenerte como alumna).

Creo –no estoy del todo seguro- que Yepetta no estudia mucho, que está todo el día fantaseando, soñando despierta. Quizá me equivoque, pero es la impresión que he sacado leyendo algunas entradas de su blog. Si es así, me gustaría decirle a Yepetta dos cosas. En primer lugar que yo, a su edad, era igual que ella: un mal estudiante siempre en las nubes, leyendo a escondidazas, escribiendo relatos inacabados e imaginando realidades imposibles. Algunos de mis profesores pensaban que yo era un cabeza loca destinado al fracaso, pero los muy gilipollas se equivocaron, porque esas fantasías de mi infancia estimularon mi imaginación de adulto y eso me ha permitido hacer cosas, realizar actividades y trabajos, que ellos, los profes gili, ni siquiera podían imaginar. Pero también le diría a Yepetta que luego, unos años después, comprendí lo importante que es adquirir conocimientos. La cultura es el cimiento de nuestra personalidad, así que le sugeriría a Yepetta que procurara aprender cuántas más cosas mejor, pero no por estudiar, ni por las notas, sino por el inmenso placer de descubrir el mundo y la vida. Pero en fin, ¿quién soy yo para dar consejos? (NOTA: pues no, me equivoqué; Yepetta, según ella misma me ha aclarado, es una buena estudiante, así que olvidad lo que he dicho)

Y a lo que vamos, ¿por qué hablo de Yepetta? Pues porque la pobre Yepetta entró en este blog y, al poco, me puse a soltar rollazos políticos que no hicieron más que aburrirla, y con razón. Así que he decidido compensarla, y sólo se me ha ocurrido un modo: recomendarle algunos libros que me fascinaron durante mi infancia y adolescencia. Aunque, claro, la cosa no es sencilla; de entrada, Yepetta es una chica y yo un chico, pero es que además hace cuarenta y un años que no tengo doce años. ¿No serán recomendaciones de carroza? Seguro que sí; al menos algunas. Por ejemplo, lo primero que le recomendaría a Yepetta es que leyese Las aventuras de Guillermo, de Richmal Crompton; pero sé que a los chicos de ahora no les gusta Guillermo -quizá porque esa Inglaterra rural de los años 30 que describen sus relatos les suena mucho más extraña y ajena que, por ejemplo, la Tierra Media-, así que no se lo recomiendo. Pero sí podemos empezar con algunos clásicos.

Julio Verne. ¿Te gusta Perdidos, Yepetta? Pues las novelas de Verne 20.000 leguas de viaje submarino y, sobre todo, su continuación, La isla misteriosa, son un precedente directo de esa serie de TV. Y luego tenemos Viaje al centro de la Tierra, una de las mejores novelas de aventuras jamás escrita. A continuación podemos pasar a Arthur Conan Doyle, el creador de Sherlock Holmes; no dejes de leer El sabueso de Baskerville, y también El mundo perdido, que no es de Holmes, pero es una maravillosa aventura con dinosaurios (no la confundas con la novela del mismo título y tema escrita por Michael Crichton, que es muy mala). Otro autor que te recomiendo es Jack London; por lo menos La llamada de la selva y Colmillo Blanco. Y Kipling; El libro de la selva es una gozada. Mmm... De pequeño me gustaba mucho James Oliver Curwood. Nómadas del Norte, Kazán, perro lobo, El Oso... Pero creo que se ha quedado muy anticuadito, así que tampoco te lo recomiendo, Yepetta.

Pero sí te recomiendo a H. G. Wells: La guerra de los mundos, La máquina del tiempo y La isla del doctor Moreau... Y a Stevenson, por supuesto; La isla del tesoro y El extraño caso del dr. Jekill y mr. Hyde. Y a Mark Twain; Las aventuras de Tom Sawyer y Las aventuras de Huckleberry Finn, desde luego, pero también sus relatos cortos de humor. Son graciosísimos. El viento en los sauces, de Keneth Grahame, es un libro precioso que contiene algunas de las mejores descripciones de la naturaleza que he leído.

Esto en cuanto a los clásicos. A la hora de hablar de autores más modernos, tengo un problema, Yepetta: cuando tenía tu edad leía mucha ciencia ficción, así que podría recomendarte un montón de libros de ese género, pero no es cuestión de marearte, así que voy a sugerirte sólo los que creo que te gustarán. En primer lugar, Flores para Algernon, de Daniel Keyes. Es una historia muy hermosa, y muy triste, que te hará llorar cuando llegues al final (yo lloré como una Magdalena). También te gustará El Pueblo, de Zenna Anderson, una serie de relatos fantásticos llenos de magia y de humanidad. Otra maravillosa novela es Estación de Tránsito, de Cliford D. Simak; y del mismo autor: Ciudad, una antología de relatos que te encantará, sobre todo si te gustan los perros. Y una divertidísima novela sobre viajes en el tiempo: Puerta al verano, de Robert Heinlein.

Bueno, querida Yepetta, no quiero volverte loca proponiéndote un montón de títulos. Sólo añadiré tres más, y no para que los leas ahora, sino dentro de unos años. No sé cuántos, porque todo depende de tu madurez como lectora; ya lo decidirás tú misma cuando llegue el momento. El primer título es Crónicas marcianas, de Ray Bradbury, una antología de relatos llena de melancolía y poesía. El segundo título es El guardián entre el centeno, de J. D. Salinger, una extraordinaria novela que muestra, como ninguna otra, el espíritu de la adolescencia; así que cuando te sientas un poco adolescente, Yepetta, léela. Te gustará mucho, ya verás.

Y llegamos al último título, que no es un título, sino un autor: Jorge Luis Borges. Cuando cumplas, digamos, diecisiete años, Yepetta, lee Ficciones y El Aleph. Son dos antologías de relatos cortos y deberás leerlas muy despacio, con mucha atención, porque los escritores que hayas leído hasta entonces te habrán hecho soñar, pensar o sentir, pero Borges, sencillamente, te trasladará a otro universo, y esa es una experiencia que debe apreciarse con la edad y el estado de ánimo adecuados. Borges es pura magia.

Y esto... ¿es todo? No, claro que no. Sólo quería recomendarle a Yepetta un puñado de libros que me gustaron cuando tenía más o menos su edad, pero hay muchos más. En cualquier caso, estoy seguro de que los merodeadores de Babel sabrán corregir mis olvidos recomendándole nuevos y maravillosos títulos a la mágica Yepetta.
Post Data: Ayer, cuando colgué esta entrada, olvidé mencionar dos libros que tenía mucho interés en recomendarle a Yepetta. Afortunadamente, se trata de un error fácil de corregir. El primer título, Yepetta, es Los cristales soñadores, de Theodore Sturgeon. Se trata de una especie de cuento de hadas duro y cruel, pero al mismo tiempo maravilloso y tierno. Te gustará. Y te gustará muchísimo, estoy seguro, una novela llamada La mansión de las rosas, de Thomas Burnett Swann. Lo malo es que quizá te cueste un poco encontrarla, ya que se editó en 1981, pero seguro que das con ella en Internet. Vale la pena que la busques, Yepetta, porque te va a encantar; además, así podrás iniciarte en un deporte muy estimulante: la caza de libros.

viernes, febrero 23

La Fraternidad de Babel

Creé este blog sin ningún motivo, sólo porque era fácil y, supongo, para distraerme hurtándole unos minutos al trabajo. Era por la tarde; me acababa de llegar un mail de Care Santos anunciando el estreno de su blog y entré en él. Luego, cliqueé en el logotipo de Blogger y descubrí lo sencillo que era crear una bitácora, así que me puse a la tarea. Ni siquiera pensaba activarla; sólo lo hacía por relajar un rato las neuronas. Sin embargo, pronto surgió una pregunta: si eso llegara a ser un blog, ¿cómo se llamaría? De modo que redacté una lista de alternativas, aunque lamento no recordar ninguna de ellas, porque no tardé mucho en encontrar el nombre definitivo.

La Fraternidad de Babel.

Babel… ¿Por qué Babel? Es un mito que siempre me ha fascinado: la explicación legendaria de la multiplicación de las lenguas. Pero es mucho más que eso. Babel, su torre, fue el primer experimento de los humanos en la búsqueda del conocimiento. Nada más y nada menos que alcanzar el cielo y codearse con dios. Que al final el intento fracasase no le resta ni un ápice de grandeza, porque la idea era buena, pero Yavhé un tramposo ventajista. En cualquier caso, el proyecto de la Torre es el símbolo perfecto de lo que somos los seres humanos: animales curiosos y descarados que siempre estamos metiendo los hocicos donde nadie nos llama.

Pero Babel es, también, la versión mítica de Babilonia, la Gran Meretriz, la ciudad más dilatada de la Tierra. ¿Qué impresión pudo causarle a un rústico proto-hebreo de aquellos tiempos ver Babilonia por primera vez? Se quedaría de piedra, supongo, cuajado, niquelado, estupefacto. Multitudes fatigando las callejas y las inmensas avenidas, cientos, miles de edificios, jardines, palacios, monumentos y, presidiéndolo todo el Gran Zigurat. Pero también ídolos por doquier, prostitutas, ladrones, falsos profetas, vicio y perversión. Y, sobre todo, la mayor muestra de soberbia jamás vista, esa descomunal torre que parece asediar los cielos compitiendo con la gloria de Elohim. Quizá por eso, por tanto orgullo, el poderoso dios del desierto confundió las lenguas de quienes acudían a la ciudad desde todos los rincones del orbe conocido. Eso es también Babel: un lugar de encuentro, un crisol, un caos.

Y aún hay otra versión de Babel, la Biblioteca de Borges -mi escritor más admirado-, ese aleph de libros donde se encuentra todo lo que se ha escrito y todo lo que se va a escribir; de hecho, todo lo que podría y puede escribirse, el infinito. Una biblioteca en realidad inútil, porque lo incluye todo, en todas las lenguas que han sido, son y serán, lo verdadero y lo falso, lo que tiene significado y lo que no lo tiene. De nuevo el caos, aunque esta vez ordenado alfabéticamente.

Todo eso es Babel para mí, y por esa razón lo incorporé al nombre del blog, quizá porque pretendía, sin saberlo entonces, que este lugar fuese caótico, inútil y un tanto arrogante, pero al mismo tiempo un lugar de encuentro.

¿Por qué Fraternidad? O, mejor dicho, ¿qué clase de fraternidad? Veréis, no me siento identificado con los de mi misma clase social. A decir verdad, no me siento identificado con ninguna clase social, alta, media o baja, porque los intereses de la mayor parte de la gente, sea cual sea su condición, no suelen coincidir con los míos. Digamos que voy por libre, que soy más bien raro. Sin embargo, a lo largo del tiempo he ido encontrándome con gente que compartía conmigo, no sólo mis intereses, sino la forma de entender y apreciar eso que denominamos -sin saber muy bien de qué se trata- la cultura. Una visión lúdica del arte y de la vida, un decidido eclecticismo, amplitud de miras y mucha curiosidad. Es como una especie de club disperso, cada uno de su padre y de su madre, unos aquí y otros allá, pero todos capaces de conciliar un relato de Nabokov con un tebeo de El Hombre Enmascarado, un cuadro de Hopper con una ilustración de Moebius, o un ensayo de Cipolla con una novela gráfica de Alan Moore. Creo que en el fondo somos gente sin un camino marcado, sin método ni metas; funcionamos simplemente por estímulos, buscándolos siempre en cualquier parte. En el fondo, supongo que somos un poco (o un mucho) inmaduros; quizá no nos hemos librado del lastre de la infancia, aunque en realidad estamos convencidos de que la infancia no es un lastre, sino un tesoro digno de conservarse. Por eso adoramos que nos cuenten historias, la literatura de género, los tebeos, el cine, las series de televisión inteligentes… Nos encanta soñar, nos fascina que nos asombren. Desconfiamos del realismo, porque sabemos que la realidad es lo que inventan las personas que carecen de imaginación, así que tendemos a buscar los lados insólitos de la vida. Somos niños todavía sorprendidos por las maravillas del universo.

En fin, creo que, inconscientemente, pensaba en esa clase de gente –en esa clase de fraternidad- cuando decidí activar La Fraternidad de Babel. Y acerté. Pero también me equivoqué. Porque todo lo que he dicho en el párrafo anterior, ¿no es en el fondo una forma como otra cualquiera de elitismo? Puede que seamos especiales, distintos o simplemente raros, puede que estemos dotados de un discreto encanto excéntrico, pero no nos envanezcamos por ello, pues lo cierto es que la inmensa mayoría de las personas tienen algo, aunque sólo sea un diminuto fragmento de su personalidad, que las hace especiales. Y una cosa más, algo que he aprendido con el tiempo: lo más valioso que existe, lo más importante, no es la inteligencia, ni el ingenio, ni la cultura, sino la bondad. No hay nadie más especial que una persona buena.

De modo que esta fraternidad está dedicada a cualquiera que le apetezca pasar por aquí; no es un club selecto, ni un castillo, ni una torre de marfil. Como Babilonia, es un crisol, un punto de reunión donde pueden encontrarse las personas que hablan y no hablan el mismo idioma. Como la Biblioteca, es un caos, un laberinto, una inutilidad. Y, al igual que la Torre, es un fascinante fracaso. ¿Qué más se le puede pedir a algo tan insignificante?

La Fraternidad de Babel. Abierto para todos los públicos.

miércoles, febrero 7

Comunicación difusa

Como amenazaba hace unas semanas, voy a dar mi opinión acerca de los errores de comunicación del PSOE, aunque me temo que decepcionaré a alguna que otra susceptible alma dextrógira. Porque, en base a una curiosa y absurda teoría de la equidistancia, se supone que si critico al PP, debo decir exactamente lo mismo del PSOE (aunque, por lo visto, no al revés); el problema es que los errores de comunicación de los socialistas no sólo son distintos a los de la derecha, es que son casi contrarios. Veamos…

Supongo que imaginaréis que los dos grandes partidos políticos cuentan con sofisticados gabinetes de comunicación, y no es así. En lo que respecta al PSOE, que es el partido que mejor conozco, carece casi por completo de especialistas en la materia (salvo algún que otro sociólogo; personajes estos que, como lo saben todo, son nefastos a la hora de diseñar estrategias de comunicación). Las decisiones al respecto suelen ser tomadas de forma más o menos colegiada por personas que lo ignoran todo sobre publicidad, aunque la última palabra siempre la tiene el máximo jefe, que tampoco sabe nada de publicidad. Intervienen ocasionales asesores, por supuesto; de hecho, yo fui uno de ellos, y no os lo creeríais si os contara, por ejemplo, cómo surgió el gimmick “ZP”.

Ahora unas nociones de comunicación persuasiva. La publicidad se basa en la unicidad del mensaje y en la repetición. Es decir, se debe transmitir un único mensaje (no dos, ni tres, ni cuatro: sólo uno) y con toda claridad, sin matices ni vaguedades. La base de esto es lo que en marketing se llama USP (Unique Selling Proposition), o Single Minded Proposition, un principio desarrollado por el publicitario Leo Burnett en el que se establece que la eficacia de un mensaje publicitario es inversamente proporcional al número de conceptos que deban transmitirse. Por otro lado, dicha eficacia dependerá también, y de forma directamente proporcional, del número de impactos sobre el grupo objetivo. Es decir, que no basta con una sola exposición al mensaje; cuantas más exposiciones, más firmemente se grabará el concepto en las mentes de los destinatarios.

Como podéis comprobar, los portavoces de la derecha son unos maestros en esto. Escasos mensajes expresados machaconamente con sencillez y contundencia. Ni un pero puedo ponerles en este sentido; lo hacen de puta madre.

Ahora bien, la USP –desarrollada a mediados de los sesenta- es un principio necesario para generar buena publicidad, pero hoy por hoy insuficiente. El mercado se ha sofisticado y existen muchos productos similares que no pueden venderse en función de una “propuesta de venta” diferencial y relevante. Entonces, ¿cómo conseguir que el consumidor elija un producto determinado frente a otros que son objetivamente idénticos? Pues aportando un valor añadido, un factor que recibe muchos nombres, pero que podríamos denominar “tono”, “carácter” o, quizá más apropiadamente, “estilo”. ¿Por qué preferimos comprar unas zapatillas Nike en vez de unas Adidas, si son igual de buenas? Porque el estilo que transmite Nike en su publicidad –sofisticado, urbano, de clase media-alta, cool- conecta más con nuestras aspiraciones que la propuesta de Adidas. Es decir, no sólo compramos unas zapatillas; también compramos una reafirmación de nosotros mismos. O, mejor dicho, de lo que nos gustaría ser.

Y ahora hablemos de los socialistas. Desde que se convirtió en Secretario General de su partido, y líder de la oposición, Zapatero optó por un estilo suave, tranquilo, educado, sin estridencias. En fin, lo que ha acabado denominándose “el talante”. Ese estilo le dio excelentes resultados, sobre todo enfrentándose a un líder tan bronco como era Aznar. Sencillamente, la mayor parte del electorado prefería el “estilo Zapatero” al “estilo Aznar”, y para comprobar esto basta con echarle un vistazo a los sucesivos resultados que las encuestas ofrecían y ofrecen acerca de la “valoración de líderes”. Pero el estilo no basta; hay que transmitir algún mensaje. Y ahí es donde se equivocan los socialistas, porque no aplican algo tan fundamental como la USP.

Desde su triunfo electoral, Zapatero optó por una línea de comunicación limitada, estableciendo que los secretarios de estado no hicieran declaraciones y restringiendo lo más posible las declaraciones de los ministros. De hecho, el Secretario de Estado de Comunicación, que tradicionalmente había actuado como portavoz del gobierno, cedió esa tarea a la Vicepresidenta. Así pues, los socialistas cuentan básicamente con tres portavoces habituales: Zapatero, María Teresa Fernández de la Vega y José Blanco (en calidad de Secretario de Organización del partido). Dejando aparte a Blanco, que no es precisamente un ejemplo de lo que debe ser un comunicador, Zapatero y Fernández de la Vega actúan de forma coordinada, sin que se perciban grandes diferencias –salvo las estrictamente personales, entre ellos. No son el tradicional tándem poli bueno/poli malo al estilo González-Guerra. Son poli bueno/poli mejor.

Ahora bien, ¿qué dicen? Ahí está el problema: no lo sabemos. El gobierno, y muy en particular el Presidente, suele transmitir mensajes muy generales expresados de forma excesivamente vaga. Es decir, todo lo contrario de lo que exigen las técnicas de comunicación persuasiva. Esta falta de concreción, esta carencia de mensaje central en el discurso de la izquierda, redunda en el desconcierto de los votantes.

La palabra “slogan” tiene su origen en la Escocia del siglo XIV, donde cada clan tenía un grito de guerra destinado a unir sus filas en medio de la batalla, fuera para solicitar ayuda o para iniciar un contraataque. A esos distintos gritos de guerra se les denominaba “slogans”. Pues bien, la carencia de slogans concretos y claros en la comunicación del PSOE provoca exactamente lo contrario de lo que un buen slogan hace: abre las filas en vez de cerrarlas, dispersa en vez de unificar.

En resumen: el PP maneja magistralmente la USP, pero se ha equivocado a la hora de elegir un “estilo”, pues su “carácter de marca” sólo convence a una parte de su electorado –la situada más a la derecha-, pero asusta a la cantera de votantes de centro. El PSOE, por el contrario, acertó de pleno eligiendo un carácter de marca –el “talante”- que concita la aprobación de la mayor parte del grupo objetivo, pero la “comunicación difusa” que practica impide generar la Single Minded Proposition necesaria para aglutinar y movilizar a los suyos. En este caso, como veis, no hay equidistancia, pero sí una curiosa simetría.

Y aquí, amigos míos, concluyen mis torpes comentarios sobre la comunicación de los dos principales partidos españoles. Durante un tiempo, y salvo incidentes inesperados, se acabó la política en Babel.

miércoles, enero 31

Permanezcan atentos a la pantalla


Queridos merodeadores de Babel: una serie de problemas pasajeros me impiden atender debidamente La Fraternidad de Babel . Supongo que antes de una semana podré retomar el pulso de este blog. Disculpad las molestias

miércoles, enero 24

Too much polis

¿Demasiada política en Babel? Es posible; a fin de cuentas, éste no es un blog político, pero los últimos acontecimientos me impulsaron a hablar de esa clase de temas. Aunque, eso sí, he hablado de política desde dos puntos de vista distintos. Por un lado, el ciudadano Mallorquí, un “jodido rojo”, daba su opinión personal e ideológica sobre ETA o el PP; por otro, el ex-publicitario Mallorquí opinaba técnicamente de la comunicación del PP. Lo curioso del asunto es que algunos visitantes de Babel consideraron insultante que me atreviera a juzgar la estrategia de comunicación de su partido, como si señalar el menor error en la derecha fuera una muestra de ofensivo sectarismo. Por lo visto, para muchos el PP es perfecto y cualquiera que lo ponga en duda un hereje. Qué cosas…

Bueno, voy a darles una satisfacción a estos indignados visitantes. Como sabéis, los jueces están considerando aplicar prisión atenuada a Juan Ignacio De Juana Chaos, ya que su vida corre peligro a causa de la huelga de hambre que mantiene desde hace un par de meses. Mariano Rajoy le ha pedido a los jueces que valoren “qué ocurriría en España si todos los presos de ETA siguiesen su ejemplo e hicieran huelga de hambre”. Creo que tiene razón. La salud y la vida de De Juana no están en peligro a causa de una desgraciada enfermedad, sino porque él ha decidido voluntariamente ponerlas en riesgo para presionar al estado. Y el estado no puede aceptar esa presión. Si De Juana la palma… en fin, es un asesino y así, suicidándose, conseguiría cumplir el sueño de todo asesino: morir matando. Aunque, bien pensado, el sueño de los etarras es en realidad vivir matando. A los gudaris vascos les va más el tiro en la nuca que el atentado suicida. El fanatismo no está reñido con la cobardía.

Me estoy yendo por las ramas. Comentábamos al principio si no había últimamente demasiada política en La Fraternidad de Babel. Quizá sí, de modo que, por el momento, sólo avanzaré un paso más en ese sendero con un post acerca de la estrategia de comunicación del PSOE. Luego, volveremos a la literatura, el cine, los comics… en fin, las cosas verdaderamente importantes.

Pero antes, una pregunta: ¿por qué la política genera tantas pasiones? Creo que sólo otra actividad humana es capaz de producir arrebatos semejantes: la religión. ¿Por qué?... Aventuraré una respuesta: porque tanto la política como la religión son actividades que nos definen, que nos hacen pertenecer a un grupo u otro, actividades que incorporamos a nuestro esquema mental y pasan a formar parte de nuestra naturaleza. Por eso, cuando alguien critica una ideología, en realidad está criticando a la persona que la practica; y por eso, cuando yo juzgaba algo en teoría tan aséptico como la estrategia de comunicación del PP, algunos visitantes de Babel lo tomaron como una ofensa personal. Somos lo que pensamos, somos lo que creemos. Por eso, las ideologías que producen mayor grado de fanatismo son aquellas que mezclan religión y política, como el nazismo, el comunismo o el yihadismo.

En fin, sólo es una opinión.

jueves, enero 18

Propaganda bélica

A veces, doy vueltas en torno a una idea sin siquiera darme cuenta de que esa idea está ahí. Eso me ha sucedido en el post “Efecto boomerang”: todo lo que decía en ese texto giraba alrededor de un concepto que no supe identificar y que, por tanto, no mencioné. De hecho, me he dado cuenta gracias a un comentario depositado por Manu en el blog. Manu, que también es publicitario, señalaba entre otras cosas que ciertas formas de comunicación persuasiva utilizan los mensajes negativos y ofrecía como ejemplo la propaganda bélica.

Y tiene razón. La propaganda bélica emplea usualmente mensajes negativos destinados a machacar la imagen del enemigo. De hecho, tengo la prueba en mi mismo despacho, de una de cuyas paredes cuelga la reproducción de un cartel de la Guerra Civil. En él se ve el dibujo de una especie de demonio alado sobrevolando una ciudad en ruinas. Tiene un brazo levantado en el saludo fascista y el otro con la garra formando una esvástica; sus pechos son bombas. En grande, un texto reza: EL ÁNGEL DE LA PAZ DE LOS FASCISTAS!, y debajo, más pequeño: “Las Juventudes Libertarias lo sabrán destruir”. A un primer vistazo, la imagen no puede ser más negativa.

Pero esto ya lo había contemplado en mi entrada. He aquí parte de lo que le he respondido a Manu: “Si repasas mi post, verás que hago una excepción: la publicidad orientada a corregir o dirigir conductas. En este caso son muy útiles los mensajes negativos, porque no hay ningún producto o servicio que vender. El ejemplo más claro son los anuncios de la Dirección General de Tráfico”.

Para corregir o dirigir conductas hacen falta mensajes muy potentes, muy primarios. Odio, amor, miedo, asco... Lo bueno del asunto es que ninguno de estos mensajes puede interferir en la “venta de producto” porque no hay tal producto. O, mejor dicho, el producto es el propio mensaje. No obstante, la propaganda bélica se sirve también de mensajes hiperpositivos, como el enaltecimiento de la patria, los valores autóctonos, el heroísmo o la inexorabilidad de la victoria. Es decir, una de cal y otra de arena.

Entonces, mientras reflexionaba acerca de esto, me he dado cuenta de algo: la comunicación del PP encaja como un guante... en las técnicas de propaganda bélica. Estas técnicas están orientadas, básicamente, a satanizar al enemigo y ganarse la inquebrantable fidelidad de los amigos. No hay nada que una tanto como un enemigo común, y cuanto más monstruoso sea ese enemigo, más férrea será la unidad de tus filas, así que lo primero que hay que hacer es crear una imagen grotescamente monstruosa del enemigo (recordad mi cartel de la Guerra Civil). El enemigo es amigo de los terroristas, el enemigo es desleal, el enemigo es traidor, el enemigo es inepto y torpe, el enemigo violará a tus hijas y se ciscará en los principios más sagrados. El propósito de todo esto, claro está, es que los tuyos sientan un odio irracional hacia el enemigo. Pero no sólo odio, también temor; no mucho, pero sí un poquito. El enemigo es tonto y torpe, pero también pérfido y taimado, así que debes estar vigilante.

Una vez unidas tus filas frente a un enemigo abyecto, hay que proporcionarles ideales por los que luchar. La integridad de la patria, el honor, la religión o la seguridad de lo tuyos, por ejemplo. Luego, hay que encumbrar héroes que sirvan de ejemplo, caudillos que abanderen la lucha. Entre tanto, hay que magnificar cualquier victoria sobre el enemigo y negar toda victoria del enemigo sobre ti. En el caso de que la victoria enemiga sea innegable, hay que atribuirla a la traición del rival, que siempre actúa de forma artera, cobarde y desleal. Dicen que en toda guerra la primera víctima es la verdad, así que la propaganda bélica puede permitirse el lujo de mentir todo lo que le venga en gana, porque “los adeptos” están dispuestos a tragarse cualquier cosa si encaja en sus esquemas mentales.

No creo que los populares se hayan propuesto conscientemente emplear técnicas de propaganda bélica. Lo que creo es que, para resolver los problemas planteados por la pérdida del poder, los populares optaron por una estrategia de comunicación muy próxima a la propaganda bélica. A problemas similares, soluciones similares, supongo.

Tras la inesperada pérdida del poder, los populares se encontraron con dos serios problemas. En primer lugar, su base electoral (no me refiero a sus incondicionales, sino a todos sus votantes naturales) estaba desconcertada y desmoralizada, y no sólo por haber perdido, sino también porque muchos de ellos no compartían ni entendían las últimas actuaciones del gobierno, y muy en particular el asunto de la guerra de Irak. En segundo lugar, el líder natural de la derecha, Aznar, se había retirado a un segundo plano, dejando en su lugar a un delfín, Rajoy, que todavía no estaba consolidado. Así pues, la derecha se encontraba desmotivada y sin liderazgo. Solución: cerrar filas. Se sataniza al enemigo, se le acosa sin descanso desde todos los frentes mediáticos posibles, se niegan las propias derrotas o se atribuyen a la cobarde traición del rival, se hace apropiación de determinados valores (integridad nacional, seguridad, religión...) y se forja un líder intachable.

Vistas así las cosas, la estrategia de comunicación del PP cobra sentido. Sin duda, el propósito de fidelizar a sus bases se ha cumplido con creces, aunque no tanto el proyecto de convertir a Rajoy en un líder sólido (pero creo que esto último se debe a motivos que exceden los límites de la comunicación persuasiva). El problema que plantea esta estrategia es que no se puede vender un producto mediante propaganda bélica. Por el efecto boomerang, porque sólo fidelizas a quienes de antemano eran fieles, porque igual que cierras tus filas, cierras al tiempo las filas del contrario y porque –y esto es en el fondo lo más importante- objetivamente no existe ninguna guerra, salvo para quienes quieran verla. Supongo, aunque a estas alturas ya no estoy seguro de nada, que conforme se aproximen las elecciones, el PP rebajará su “crispación bélica” y adoptará estrategias de comunicación más positivas. La cuestión es si no ha ido ya demasiado lejos. Por otra parte, también puede ser que no cambie y siga con más de lo mismo. Ya veremos.

En cualquier caso, la pregunta es: ¿qué efecto tendrá a medio plazo esa propaganda bélica sobre la gente? Y me refiero tanto a los convencidos de un lado como a los convencidos del otro, aunque debo reconocer que me inquieta particularmente pensar que en uno de esos bandos está aglutinada la extrema derecha. ¿Hasta dónde puede tensarse la cuerda?

martes, enero 16

Contra el olvido

"Si usted no cede le pondrán bombas y si no le ponen bombas es porque ha cedido".
Mariano Rajoy

El hombre que ayer dijo esto es el mismo hombre de los hilillos de plastilina del Prestige, el mismo hombre que promovió y voto entre risas satisfechas la participación de España en la guerra de Irak, el mismo hombre que mintió a los españoles sobre la autoría del atentando del 11-M. Pero sobre todo, es el mismo hombre que formaba parte de un gobierno que negoció con ETA –o con el Movimiento de Liberación Vasco, según el caudillo Aznar- haciendo, a diferencia de lo ocurrido en esta ocasión, concesiones penitenciarias previas.

Ignoro cómo pueden los fieles seguidores y votantes del PP conciliar tales contradicciones, pero seguro que lo harán. A fin de cuentas, la derecha de este país ha logrado convertir la doble moral en una forma de expresión artística. Sencillamente: contra el rojo, todo vale. De acuerdo, no voy a intentar convencerles. Pero a los otros, a quienes no votáis al PP, o votáis ocasionalmente a un partido u otro, o decidís absteneros cuando las cosas no son perfectas, sólo os pido algo: no olvidéis todo esto.

sábado, enero 13

Id por mí

Siempre he sentido profunda admiración y respeto por los emigrantes. ¿Os imagináis lo que supone abandonarlo todo, tu país, tu ciudad, tu casa, tus amigos, tus parientes, incluso tus propios hijos, para ir a buscarte la vida a un lugar extraño, de costumbres diferentes, donde no conoces a nadie? Hay que tener mucho valor y estar muy desesperado para hacer algo así. Esa gente merece todo nuestro respeto, toda nuestra ayuda y comprensión.

En ocasiones, viajo por España dando charlas en colegios e institutos sobre mis novelas juveniles, y en todos los centros que visito encuentro entre el alumnado rostros y acentos del Nuevo Mundo o de África. Y siempre dedico una parte de mi charla a ensalzar su valentía y la de sus padres, y a decirles que, al menos por mi parte, son bienvenidos. Es lo menos que puedo hacer y creo que es necesario hacerlo, porque somos una especie muy chunga, somos monos malos, simios cabrones, y muchas veces nos mueve la xenofobia o la simple crueldad de maltratar al más débil. Y les llamamos sudacas, o moros de mierda, o negratas, y les despreciamos, o les damos palizas con bates de béisbol, o sencillamente les ignoramos.

Hace poco, todos lo sabéis, unos valientes gudaris, auténticos héroes del oprimido pueblo vasco, añadieron una piedra más a la construcción de la gloriosa patria euskalduna asesinando a dos pobres emigrantes ecuatorianos...

Un momento, ¿qué estoy diciendo? ¿También yo me he vuelto condescendiente? No, nada de “dos pobres emigrante ecuatorianos”. Esos descerebrados etarras de mierda, esos hijos de puta con la mente roída por el RH negativo, esos cromañones adictos al más estúpido nacionalismo étnico, asesinaron cobardemente a dos seres humanos, a dos personas con nombres y apellidos. Diego Armando Estacio, de 19 años, y Carlos Alonso Palate, de 35. El hecho de que ambos fueran emigrantes ecuatorianos no hace más que añadir miseria a la miseria moral de los malditos gilipollas que segaron sus vidas.

Qué asco y qué rabia...

Hoy, a las seis de la tarde, en la plaza de Colón, hay convocada en Madrid una manifestación bajo el lema “Por la paz, la vida, la libertad y contra el terrorismo”. Como sabéis, el PP se niega a participar, igual que (¡oh sorpresa!) la AVT.

Por desgracia, a causa de problemas que no viene al caso citar, yo no podré asistir. Y lo lamento infinitamente, me siento avergonzado e impotente por no sumarme a esa marcha. Así que os pido un favor: id por mí. Participad en la manifestación de Madrid contra el terrorismo, o en la de Bilbao, o en cualquier otra de cualquier otro punto de España. Hacedlo por Diego Armando y Carlos Alonso, y por escupir a la cara de quienes los asesinaron.

Pero hay más motivos para manifestarse. En la escala de la infamia, el primer lugar lo ocupan, sin duda, los asesinos, los monstruos cuya única forma de expresión es la muerte, el miedo y el dolor. Pero la miseria moral puede expresarse de muchas maneras y a muchos niveles, y unos cuantos grados por debajo de los criminales están los mentirosos, los manipuladores, los aprovechados, los insensibles, los que lo supeditan todo a sus propios intereses partidistas. Manifestarse hoy también es escupir a la cara de esos miserables.

Así que, por favor, acudid por mí a las manifestaciones, honrad la memoria de Diego Armando y Carlos Alonso, y escupid a quienes causaron su muerte y a quienes se aprovechan de ella.

Gracias.

NOTA: En el anterior post he encontrado un mensaje de “Felipe”, alguien a quien no conozco o, al menos, creo no conocer. Pero he descubierto que tiene un blog llamado 192 muertos-192 mentiras. Es un blog ideológico y, si queréis, un poco panfletario. Pero no mentiroso y, desde luego, documentado. Vale la pena echarle un vistazo. Si pincháis AQUÍ, encontraréis en el blog de Felipe más razones para manifestarse hoy.

jueves, enero 11

Efecto boomerang

Durante muchos años, más de una década, he sido publicitario; primero copy (redactor) y después Director Creativo. Sé, por tanto, algo de publicidad -no mucho, pero sí un poquito-, y si fuera asesor del Partido Popular (cosa que afortunadamente no soy) les diría que se están equivocando. Toda su comunicación pública es negativa, todo lo que dicen una y otra vez está orientado hacia la catástrofe. España se rompe, el estado se ha puesto de rodillas ante el terrorismo, Zapatero es un traidor, todo lo que hace el gobierno es equivocado... España va mal, en resumen. El propósito del PP, claro está, no es otro que socavar al gobierno y ganar la próximas elecciones, lo cual, en un estado democrático, resulta del todo lícito (aunque con matices). Lícito, sí; pero equivocado.

Veréis, en publicidad existe algo llamado “efecto boomerang”, un principio muy sencillo que viene a decir: si todo lo que dices es negativo, los mensajes que lances se volverán contra ti y tu imagen será negativa. En realidad, este principio adverso -que conocen todos los publicitarios (por eso apenas hay anuncios negativos, salvo los de la DGT)-, se cimenta en uno de los mecanismos básicos de la publicidad: la asociación de ideas. Nuestra mente tiende a relacionar los sucesos que ocurren contigua y simultáneamente. Por ejemplo, si nos presentan a una persona en el momento en que flota un mal olor en el ambiente, inconscientemente relacionaremos a esa persona con el mal olor, aunque no tengan nada que ver. Aplicado a la publicidad, y siendo muy primarios, si mostramos una lata de Coca Cola junto a una tía buena en pelotas obtendremos el siguiente resultado: cuando un hombre vea una Coca Cola, pensará en sexo, y cuando piense en sexo evocará la Coca Cola. Todo lo cual, huelga decirlo, es buenísimo para Coca Cola Inc., aunque no tanto para las tías buenas.

Pero, ¿qué pasaría si junto a la Coca Cola, en vez de una maciza, pusiéramos un cadáver destripado? Pues que asociaríamos la chispa de la vida con la muerte, lo cual no es nada bueno a la hora de vender refrescos. Pues bien, precisamente eso es lo que está haciendo la derecha cada día: poner la PP-Cola al lado de una larga sucesión de cadáveres destripados. Ya, ya sé que lo que hacen los populares es dirigir esos mensajes terribles contra otros, contra el gobierno, contra el PSOE, pero da igual. Por una parte, el emisor de un mensaje siempre es más visible y concreto que el destinatario de dicho mensaje (el primero es activo y el segundo pasivo), y por otra, de lo que estamos hablando es de asociación, de sucesos que se producen contigua y simultáneamente, y lo que encontramos una y otra vez en los medios de comunicación es a los mismos personajes –Zaplana, Aznar, Rajoy, Acebes, etc.- lanzando agoreros mensajes apocalípticos con fúnebre cara de preocupación. Entonces se produce el efecto boomerang y relacionamos todos esos mensajes negativos con quienes machaconamente los están emitiendo. A fin de cuentas, ¿quién suele ser el primero en pagar las malas noticias? El mensajero.

Lo más gracioso del asunto es que no se trata de la primera vez que la derecha comete este error de comunicación. Durante las elecciones de 1977, Alianza Popular basó su campaña electoral en mensajes negativos: “Contra la corrupción, AP”, “Contra el terrorismo, AP”, “Contra la injusticia, AP”, etcétera. ¿Qué pasó? Que la gente asoció corrupción, terrorismo e injusticia con el emisor de los mensajes y AP se llevó una sonora bofetada electoral. Este ejemplo de efecto boomerang fue tan notorio que el publicitario Pedro Sempere le dedicó hace años un interesante ensayo donde se analizaban todos los errores cometidos.

Y es que (salvo en los casos en que se pretende corregir conductas) la “comunicación persuasiva” ha de ser siempre positiva. Un buen publicitario vende ilusiones, no admoniciones. Eso es algo que sabe muy bien José Luis Rodríguez Zapatero. Si hacéis memoria, recordaréis que alcanzó la secretaría general del PSOE porque, mientras los otros candidatos se lamían las heridas, él lanzaba un discurso eminentemente optimista. También lo sabe, por cierto, el señor Gallardón, que maneja como nadie el discurso positivo y optimista.

Aunque generar “efecto boomerang” es el principal error de comunicación del PP, no es el único. Cuando menos, se equivoca en otros dos aspectos. En primer lugar, sobreactua demasiado. Sus mensajes son excesivamente exagerados, desmedidamente apocalípticos, superando así la credulidad del receptor. Esto es una variante de lo que en publicidad se conoce como “overpromise”; es decir, una promesa comercial que exagera, sobrepasando la realidad, el beneficio de un producto o servicio. En este caso se trataría de una serie de mensajes que exageran más allá de lo real los perjuicios creado por el rival político. El problema es que cuando el “grupo objetivo” percibe overpromise en la comunicación, deja de hacer caso a esa comunicación, se impermeabiliza y los mensajes no calan en él.

El tercer error es mentir. La mentira es veneno para la comunicación persuasiva. “¿Cómo?”, exclamará más de uno; “¡la publicidad siempre miente!”. Eso no es cierto; la publicidad exagera, la publicidad embauca, pero no miente. Porque si mientes y te pillan, tu “marca” se devalúa, tus mensajes pierden credibilidad y tu inversión publicitaria se va al garete. Y a la marca PP la han pillado ya en demasiadas mentiras, es una fuente de opinión poco fiable (como ocurrió, en su momento, con los últimos gobiernos de Felipe González, por cierto).

En fin, afortunadamente no soy asesor del PP y, por tanto, no puedo advertirles acerca de estos elementales errores. Y, aunque lo fuese y les advirtiese, no me harían ni puñetero caso, de modo que da igual. Con su pan se lo coman. Ahora bien, estoy seguro de que en el PSOE son conscientes de todo lo que he dicho y lo están utilizando, de forma silenciosa, contra el PP. O si no, ¿por qué creéis que se le da tanta cancha a, por ejemplo, Jiménez Losantos? Porque Jiménez Losantos es la mejor anti-propaganda que puede hacérsele a la derecha.

Por último, me gustaría comentar algo. Cuando era publicitario y me entrevistaban, solían preguntarme si la publicidad no era algo intrínsicamente perverso. A fin de cuentas, se trata de manipulación, ¿no? Yo solía responder que, en todo caso, lo perverso será el sistema capitalista de mercado, pues la publicidad no es más que una herramienta de marketing a su servicio. Y añadía que la publicidad es, de todas las formas de comunicación persuasiva, la más honesta, porque no se esconde. Cuando vemos un anuncio, sabemos que es publicidad pagada por una empresa para convencernos de algo, porque los anuncios tienen formatos “de anuncio” y aparecen en bloques destinados a los anuncios, así que al contemplarlos sabemos lo que son y podemos emplear ante ellos todo el sentido crítico que queramos o podamos. Sin embargo, existen otras formas de comunicación persuasiva que actúan de forma camuflada. Por ejemplo, las relaciones públicas. Porque cuando vemos a un personaje famoso a quien admiramos con los pies enfundamos en unas Nike y, para emularle inconscientemente, nos compramos unas Nike, no nos paramos a pensar que a ese tipo la casa Nike le ha pagado un pastón por ponerse sus zapatillas con el logo bien visible. O cuando leemos en nuestro periódico habitual un interesante artículo loando las virtudes del bífidus activo, ignoramos que no se trata de información objetiva, sino de un anuncio camuflado pagado por Danone. Esa clase de comunicación persuasiva siempre me ha parecido muy deshonesta. Pues bien, lo que hace el PP, mal o bien, con más o menos escrúpulos, es publicidad pura y dura, porque sabemos quién es el emisor y a qué intereses representa. Pero lo que hace la AVT, amigos míos, es pura, simple y deshonesta publicidad encubierta.

martes, enero 9

Cordwainer Smith (2)

El verdadero nombre de Cordwainer Smith era Paul Myron Anthony Linebarger, nacido el 11 de julio de 1913 en Milwakee. Linebarger nunca se dedicó profesionalmente a la literatura, pues su principal dedicación era la política y el ejército. De hecho, fue militar, estratega, asesor presidencial y espía. Era experto en asuntos del Lejano Oriente, escribió un renombrado manual de guerra psicológica y al morir ostentaba el cargo de teniente coronel de inteligencia. Era, además, un convencido anticomunista y participó activamente en la Guerra Fría. Por todo ello, algunos críticos le dieron la espalda a su obra, tildándole –a él, al autor- de reaccionario.

Y a lo mejor lo era, no lo dudo, pero ese conservadurismo no se refleja en su literatura. Muy al contrario, los relatos de Smith cuentan la historia de una revolución contra el poder establecido, y el proceso de liberación de una etnia esclava, el subpueblo. De hecho, los relatos de Smith giran en torno a dos polos opuestos; por una parte está la Instrumentalidad, una tiranía “benévola” y atrozmente manipuladora, y por otra el subpueblo, una raza de esclavos compuesta por animales dotados de inteligencia y humanizados mediante ingeniería genética. Pese a su voluntaria ambigüedad, Smith toma partido por el subpueblo, como demuestra el hecho de que el personaje más humano y mejor perfilado de cuantos aparecen en Los señores de la Instrumentalidad es G’Mell, una mujer gato que jugará un papel decisivo en la liberación de su gente. De hecho, Smith tenía el propósito de prolongar su universo literario narrando el final de la Instrumentalidad y el advenimiento de algo llamado Los Señores del Atardecer, pero por desgracia la muerte le impidió llevar adelante el proyecto.

La obra de Smith resulta, en cualquier caso, demasiado compleja para intentar sintetizarla aquí, pues abarca aspectos religiosos, políticos, morales y, sobre todo, simbólicos; demasiados puntos de vista para estas breves líneas. Si nos centramos en los criterios literarios, creo que Smith fue un más que notable escritor dotado de un estilo muy personal, vagamente surrealista, intensamente simbólico y sugestivamente poético. Dicen que una de las más interesantes aportaciones de Smith fue incorporar técnicas orientales de escritura a sus relatos. Desconozco por completo la literatura oriental, así que no puedo decir nada al respecto, salvo recomendar a quienes estén interesados en Smith y su obra el excelente ensayo que le dedicó Pablo Capanna: El señor de la tarde. Conjeturas sobre Cordwainer Smith (Editorial Sudamericana, 1984).

Conozco a muchos lectores habituales de ciencia ficción que no les gusta la obra de Cordwainer Smith (entre ellos mi buen amigo Julián Díez; nadie es perfecto). Por un lado, sus relatos se apartan radicalmente del modelo tradicional del género. No hay vueltas de tuerca, ni asombrosas especulaciones científico-tecnológicas, ni, si vamos a eso, mucho argumento. Por otro lado, la materia base de su ficción es demasiado exótica incluso para quienes más familiarizados están con el exotismo. ¿Qué sucede entonces cuando un lector no acostumbrado al fantástico se enfrenta a la obra de Smith? No tengo ni idea, porque jamás he hecho la prueba. En el fondo, supongo que le sucederá lo mismo que a un adicto al género: o queda fascinado o sale huyendo. Smith no provoca respuestas tibias.

Lo cual nos conduce a mi pequeño experimento. Volví a leer Alpha Ralpha Boulevard y, como esperaba, la extraña sensación que experimenté hace treinta y tantos años no se repitió. Sobre todo, porque ahora conozco el conjunto de la obra de Smith, y muchos de los elementos del relato que, en su momento, me parecieron desconcertantes, ahora puedo encajarlos en una estructura más amplia y coherente. No obstante, hay que reconocer que Alpha Ralpha Boulevard es un cuento condenadamente raro, quizá el más extraño de todos los escritos por Smith. Básicamente, se trata de una trágica historia de amor, pero el alcance del relato es más amplio y su tono va cambiando progresivamente, deslizándose de lo ligero y festivo hacia lo abiertamente inquietante. El comienzo de la historia resulta casi humorístico: en un futuro inconcebiblemente lejano, tras algo llamado El Redescubrimiento del Hombre –que básicamente consiste en resucitar las culturas antiguas-, un hombre –Pablo- y una mujer –Virginia- se conocen tras ser “programados” para convertirse en franceses. Una idea absurda y juguetona que se vuelve vagamente inquietante cuando descubrimos que también se les ha programado para amarse con locura. Virginia desea averiguar cuál es el futuro de su amor, así que le pide a Pablo que visite con ella el Abba-dingo, un ordenador meteorológico defectuoso, situado al final del Alpha Ralpha Boulevard, que realiza oráculos absurdos. El relato pasa entonces a describir el peregrinaje de la pareja mientras, acompañados por un siniestro e impredecible personaje llamado Macht, remontan una rampa olvidada y ruinosa en dirección a la cúspide de Terrapuerto. Este periplo está jalonado por una serie de encuentros e incidentes aparentemente surrealistas, así como por una sucesión de símbolos oscuros que aportan al relato un tono progresivamente inquietante. Finalmente, llegan al Abba-dingo y cada uno de ellos recibe una profecía. La de Virginia dice: “Amarás a Pablo toda la vida”. La de Pablo reza: “Amarás a Virginia veintiún minutos más”. Por último, tras iniciar el camino de regreso en medio de un dantesco huracán, las profecías se cumplen.

Alpha Ralpha Boulevard comienza como una broma, se desarrolla en un tono gradualmente onírico y acaba convirtiéndose en una sutil pesadilla. Algunos visitantes de Babel han comentado su tono surrealista, comparándolo incluso a “leer” un cuadro de Dalí, pero no se trata sólo de surrealismo, porque lo que cuenta Smith es coherente, tiene significado, aunque no sepamos interpretarlo. Y eso nos inquieta, igual que nos inquietan los cambios de tono que se van produciendo en la narración, o la psicología de los personajes, que actúan siguiendo pautas sutilmente distintas a las nuestras. Y luego está la profecía del Abba-dingo; creo que son las dos líneas de texto más turbadoras que he leído jamás. En resumen, ¿qué hace de Alpha Ralpha Boulevard un relato tan perturbador? La extrañeza en estado puro.

Conforme iba escribiendo este texto, me he reafirmado en la idea de que resulta imposible analizar, o tan siquiera describir, el universo literario de Smith en estos post. Es demasiado sofisticado y complejo. En realidad, Smith escribió una única historia dividida en fragmentos; es decir, en una serie de relatos interconectados que nos aportan pistas para comprender el mundo de la Instrumentalidad, pero que nunca ofrecen una explicación definitiva. Son relatos abiertos, ambiguos muchas veces, oscuros siempre. Y no basta con leer unos cuantos para entender el sentido de la obra; hay que leerlos todos y, aún así, sólo llegaremos a percibir una débil imagen del conjunto. Por otro lado, y ésta es una de las características de la gran literatura, son relatos a los que podemos volver una y otra vez, pues en cada relectura encontraremos nuevos matices e inesperadas implicaciones. En este sentido, la obra de Smith es un calidoscopio.

No obstante, aún aceptando la sofisticación de la obra de Smith y su calidad literaria, podemos –debemos- preguntarnos: ¿es relevante? ¿Todo ese universo tan extraño y complejo no será en el fondo un artificio vacío que nada tiene que ver con nuestra realidad e intereses? En el prólogo de su libro Space Lords, Cordwainer Smith respondió a esta cuestión de la siguiente manera:

“Esto es ciencia ficción, por supuesto. Pero viene de tu propio tiempo, de tu propio mundo, incluso de tu propia mente.
Todo lo que yo hago es manejar los símbolos.
La magia y la belleza vendrán de tu propio pasado, lector, de tu presente, de tus esperanzas y de tus experiencias.
Esto que lees puede parecerte extraño, pero en realidad está tan cerca de ti como tus propios dedos”.

domingo, diciembre 31

2007

Faltan dos horas y media para que el 2007 se estrene en nuestros calendarios y dentro de poco me iré a cenar con mi familia, pero aún tengo tiempo para pedirle algo al gran dios cuántico del azar:
Que se cumplan todos vuestros deseos y que siempre tengáis un deseo que cumplir.
¡FELIZ AÑO NUEVO!

sábado, diciembre 30

Maldito año viejo

Cualquiera que, como yo, ame el juego, sabe que las rachas de suerte existen. No le encuentro explicación, ignoro qué extrañas fuerzas las provocan, pero son reales. De hecho, creo que la suerte, el azar, es lo más parecido a lo sobrenatural que hay en este universo. Por ejemplo, el póquer; hay veces que sabes que vas a ganar siempre. Y ganas. Mano tras mano, las cartas fluyen a tu favor, como si la más poderosa e ignota fuerza del universo estuviese de tu lado. En otras ocasiones, notas que vas a perder hagas lo que hagas. Ya puedes tener una escalera de color, da igual; si el destino ha decidido que pierdes, perderás. Porque las rachas de suerte existen y somos juguetes en sus manos.

Pues bien, este año, desde la primavera, soy víctima de una siniestra racha de mala suerte. Y no es algo que me afecte sólo a mí, sino que también influye en la gente que me rodea. A decir verdad, parece afectar al mundo entero. No vale la pena que os cuente mis problemas, pero sí me gustaría comentar lo asquerosamente desagradable que ha sido este día. Hoy, al despertarme y conectar la radio, me he encontrado con dos noticias terribles: la ejecución de Sadam Husein y la bomba de ETA en Barajas.

Sadam fue un tirano y un genocida, un hijo de puta que merecía padecer todo el peso de la ley, pero no la muerte. Nadie la merece, ni siquiera un ser tan abyecto como Sadam. En mi código moral, la vida humana es sagrada y no hay mayor crimen que atentar contra ella. Y de entre todos los crímenes posibles, el más execrable es la pena de muerte, porque es un asesinato que se comete en nombre de la ley y de la civilización, y que, al llevarse a cabo, denigra la justicia y mancha de barbarie lo poco que tenemos de civilizados. Además, ¿de qué valdrá la muerte de Sadam? ¿Servirá para que los republicanos recuperen el apoyo de los fanáticos integristas cristianos yanquis, que estaban muy cabreados, no por la guerra, sino por no ganarla? Puede ser, pero también valdrá para que mueran más inocentes, víctimas del principio de acción-reacción. Además, si Sadam merecía la muerte por ser un genocida, ¿qué se merecen los líderes mundiales que apoyaron y promovieron en las Azores la segunda guerra de Irak, causando así la muerte y el dolor de cientos de miles de hombres, mujeres y niños? En fin, es inútil plantearse esto, porque nadie los va a juzgar jamás.

En cuanto a la bomba de ETA, ¿qué puedo deciros que no se haya dicho ya? Aunque mientras escribo esto todavía no se ha confirmado, es muy posible que dos personas, dos humildes emigrantes ecuatorianos, hayan muerto a causa de la profunda estupidez de un grupo de tarados con la mente –si es que a eso que tienen en el cráneo puede llamársele mente- envenenada por unas ideas tan pueriles y pequeñas que moverían a la risa, de no ser porque la brutalidad que generan nos desliza hacia el llanto. ¿Así es la patria que desean, así es la raza a la que dicen pertenecer? A veces pienso que al País Vasco le sobra una uve.

Bueno, amigos míos, hoy pensaba escribir y colgar aquí la segunda parte del post dedicado a Cordwainer Smith, pero no me apetece. Lo dejaremos para después de Nochevieja. Hay años malditos; éste es uno de ellos. Por fortuna, ya falta poco para que termine.

miércoles, diciembre 27

El regalo (relato navideño)


Queridos amigos, aquí tenéis mi regalo de Navidad. Se trata de un relato escrito para, por y durante estas fechas, exclusivamente dedicado a los merodeadores de Babel. Espero que no os disguste demasiado. Felices fiestas.


Le echaron del último bar a las nueve y media de la noche. Vamos a cerrar, dijo el camarero. ¿Puedo tomar otro antes de irme?, preguntó Emilio, apurando de un trago los restos de su gin tonic. El camarero negó con la cabeza. Es tarde, dijo; me esperan en casa, compréndalo. Emilio pagó la consumición, se puso el abrigo y se dirigió a la salida. El camarero se despidió de él deseándole felices fiestas. Emilio no respondió.
La noche le saludó con una caricia helada. Introdujo las manos en los bolsillos del abrigo y miró a izquierda y derecha; decenas de guirnaldas tejían un dosel de luz sobre la avenida, pero los establecimientos públicos permanecían cerrados y oscuros. Había poco tráfico y los escasos peatones que recorrían las aceras lo hacían con prisa y cierto aire avergonzado, como si estar en la calle esa noche resultara de algún modo sospechoso. Es lo que tiene la Nochebuena, pensó Emilio: toque de queda.
Encendió un cigarrillo y echó a andar sin rumbo fijo, huyendo sin darse cuenta de la iluminación navideña y adentrándose en el oscuro anonimato del dédalo de callejuelas que se extendía más allá de la avenida. No quería volver a su casa; allí no sólo no le esperaba nadie, sino que ni siquiera se había molestado en preparar una cena. Y, lo que aún era peor, no tenía ginebra, ni tónica, ni hielo, ni limón. Ni un vaso limpio, si vamos a eso. No es que Emilio fuera un alcohólico, ni mucho menos; en la bebida buscaba el sabor, y puede que también el rito, no el aturdimiento. Nunca bebía antes de la puesta de sol y jamás tomaba más de tres copas. Pero aquella noche sólo llevaba dos, y la última había sido un gin tonic tristemente elaborado, en vaso largo, la tónica caliente y un par de hielos que se derritieron nada más zambullirse en el combinado. Un asco. Mientras caminaba dando taciturnas caladas al cigarrillo, Emilio reflexionó sobre el gin tonic perfecto. En copa grande, escarchada, aromatizada en el filo con limón; tres cubos de hielo a veinte grados bajo cero, ginebra Sapphire, tónica Schweppes y una corteza de limón flotando entre las burbujas.
Dos cigarrillos más tarde, tras adentrarse en una calle estrecha, solitaria y mal iluminada, poco después de que la campana de una lejana iglesia sonaran diez veces, Emilio lo vio. Allí estaba, las luces encendidas distinguiéndose a través de los cristales esmerilados de la puerta, con un letrero de neón encima del dintel dibujando en la oscuridad dos palabras de luz violeta: Pub Erebus. Un bar abierto, un inesperado oasis en el desierto de la Nochebuena.
Emilio cruzó la calle y entró en el local. Lo primero que percibió fue la música, no un villancico, no aburridas melodías ambientales, no el último cantante hortera surgido de la televisión. Música de órgano, quizá una fuga de Bach, quizá no. Simultáneamente notó el olor, un penetrante aroma a incienso que durante un instante le hizo recordar las misas del gallo de su infancia. Finalmente, al cruzar una cortina de terciopelo escarlata, vio el interior del local, un pub inglés con madera por todas parte, butacas con almohadones, mesas bajas, grabados en las paredes y suelo ajedrezado. El bar estaba desierto, salvo por el barman que, vestido con un smoking negro, permanecía tras la barra con los brazos cruzados a la espalda, el pelo brillante de fijador y una tenue sonrisa en los labios.
¿Un camarero de smoking?... Emilio se preguntó dónde se había metido y, durante un instante, consideró la posibilidad de irse, pero sabía que no iba a encontrar otro local abierto, de modo que se quitó el abrigo y tomó asiento en uno de los taburetes que se alineaban frente a la barra.
—Buenas noches, señor Atienza –le saludó el barman con una templada voz de barítono.
Emilio alzó una ceja.
—¿Nos conocemos? –preguntó.
—Por supuesto, señor –respondió el camarero-; le estaba esperando. De hecho, he abierto el establecimiento exclusivamente para usted.
Emilio le contempló con el ceño fruncido. No conocía de nada a aquel hombre, aunque... sí, había algo vagamente familiar en él.
—¿Quién es usted?
La sonrisa del camarero se amplió.
—Ya lo sabe, señor Atienza, aunque quizá le cueste reconocerlo. Dígame, ¿a qué huele?
—A incienso.
—¿Y por debajo del incienso? ¿No percibe otro olor?
Emilio alzó un poco la cabeza e inspiró por la nariz. En efecto, más allá del dulzón aroma del incienso flotaba un olor áspero e irritante. Olía levemente a azufre. Entonces recordó el nombre del establecimiento, Erebus, la puerta del infierno, y supo con entera certeza quién, por increíble que pareciese, era aquel extraño camarero vestido de smoking. Lo único que le sorprendió fue no sorprenderse.
—¿Es usted el diablo? –dijo, más en tono afirmativo que de pregunta.
El camarero hizo una apenas insinuada reverencia.
—Ése es uno de los nombres por los que se me conoce, pero tengo muchos. El Maligno, Luzbel, Satanás, el Príncipe de las Tinieblas, el Enemigo, Astaroth... Aunque, personalmente, prefiero considerarme la Oposición.
Emilio alzó las cejas.
—Entonces, ¿he muerto y estoy en el infierno? –preguntó.
El camarero rió suavemente.
—No, señor Atienza, usted sigue vivo y esto no es el infierno, sino una pequeña sucursal.
—Que usted ha abierto exclusivamente para mí, ¿no?
—Así es, señor.
—¿Por qué? ¿Quiere comprarme el alma o algo así?
El camarero volvió a reír.
—No, no, no, de ninguna manera –dijo-. Hace mucho que no compramos almas; de hecho, mi empresa tiene tantos clientes que ya no sabemos dónde meterlos. Además, hoy es el cumpleaños de mi rival y en estas fechas solemos cerrar para dar descanso al personal.
—¿Quiere decir que en Navidad no hay mal en el mundo? –preguntó Emilio con escepticismo.
—Yo no he dicho eso, señor. Los seres humanos no necesitan mi ayuda para hacer el mal. –Se inclinó hacia Emilio y añadió en tono confidencial-: A decir verdad, creo que si yo me retirase las cosas seguirían exactamente igual. O quizá peor, pues al menos yo introduzco cierto orden en el caos.
Emilio dejó escapar un suspiro.
—Disculpe, pero no lo entiendo -dijo-; si no estoy muerto, ni le interesa mi alma, y además es su día de descanso, ¿qué quiere de mí?
—La pregunta no es ésa, señor Atienza –replicó el camarero-. En realidad, la cuestión es qué desea usted de mí. –Unió las manos y entrecruzó los dedos, como un catedrático a punto de dictar una lección magistral-. Permítame explicárselo –prosiguió-. Como he señalado antes, hoy es el cumpleaños de mi rival. Por otro lado, el hecho de que seamos adversarios no significa renunciar a la cortesía, de modo que cada año, al llegar esta noche, le hago un regalo. El problema es que mi oponente es tan... magnánimo, tan desprendido, que no quiere nada para él, así que el único modo de agradarle es ayudar a una de sus criaturas. Por eso, cada vez que llega esta noche elijo a una persona, la más desgraciada de entre toda la humanidad, y le concedo un deseo.
Sobrevino un silencio.
—¿Y hoy me ha elegido a mí? –preguntó Emilio en tono neutro.
—Así es, señor.
—Yo no soy la persona más desgraciada del mundo.
El camarero se encogió de hombros.
—Quizá no –repuso-, aunque deberá reconocer que tiene muchos motivos para serlo. Permítame refrescarle la memoria. Hace tres años y medio, su mujer le abandonó para irse con quien usted consideraba su mejor amigo.
—Y lo era –replicó Emilio-; me hizo el gran favor de llevarse a esa bruja.
—Vamos, señor Atienza, no es necesario fingir; aquello le partió el corazón. Luego, un año más tarde, le despidieron de su trabajo y no ha vuelto a encontrar otro.
—Tampoco lo busco.
—Ahora no, pero durante un tiempo lo intentó en vano. Y ahora el dinero que tenía ahorrado se está acabando, así que no podrá pagar la hipoteca, perderá la casa y se verá en la calle. Sus padres murieron hace años, su único hermano no le dirige la palabra, carece de amigos... Permítame exponerlo con crudeza, señor Atienza: está usted completamente solo, nadie va a ayudarle.
Emilio contuvo el aliento y luego lo exhaló lentamente.
—Sigo pensando –dijo- que no soy el hombre más desgraciado del mundo. Seguro que hay por ahí un montón de negros, o palestinos, o lo que puñetas sea, que están más jodidos que yo.
—Por supuesto, señor; así es. Pero ninguno está tan vacío. A ellos les queda la fe, por irracional que sea, o la engañosa esperanza de que las cosas van a cambiar, o el amor, o el odio... Pero usted no tiene nada dentro, ninguna emoción, ningún sentimiento. Está vacío, y eso es terrible. Por eso le he elegido.
Emilio se frotó los ojos con el índice y el pulgar.
—Y va a concederme un deseo –dijo en voz baja.
—Así es, lo que usted quiera.
—A cambio de nada.
—Es un regalo, ya se lo he dicho.
—¿Y no tiene trampa? ¿No será uno de esos pactos diabólicos que luego resultan un desastre?
—Es que no hay ningún pacto, señor. Usted me pide algo, yo se lo concedo y lo que suceda después no tendrá nada que ver conmigo. –El camarero dudó un instante e hizo un gesto de aquiescencia-. Aunque sí, hay una pequeña trampa, por llamarlo así. Verá, usted puede pedir un deseo altruista, la paz en el mundo o el fin del hambre, por ejemplo, o solicitar un deseo egoísta, como dinero, poder o la vida eterna. Si escoge lo primero, demostrará ser una buena persona, y si elige lo segundo..., bueno, sólo habrá descendido un escalón más hacia la perdición de su alma. Reconozco que siento curiosidad por conocer su elección.
Emilio se llevó un cigarrillo a los labios, pero antes de encenderlo preguntó:
—¿Puedo pedir cualquier cosa?
—Lo que se le antoje. De todas formas, y como muestra de buena voluntad, voy a permitirme ayudarle un poco. Dentro de dieciocho meses, desarrollará usted un tumor maligno que acabará matándole. Si su deseo consistiera en una cura definitiva del cáncer, no sólo se libraría de esa muerte, sino que se haría rico con la patente, salvaría multitud de vidas y sería aclamado como un héroe por sus semejantes. Como ve, esa alternativa cubre la mayor parte de las expectativas posibles. Aunque sólo es una sugerencia, por supuesto.
Emilio encendió el cigarrillo, perdió la mirada y fumó pausadamente mientras reflexionaba. Un par de minutos más tarde, alzó la cabeza y se quedó mirando fijamente al camarero.
—¿Ya lo ha decidido? –preguntó éste.
—Sí.
—Muy bien, señor. ¿Qué desea?
Emilio dio una calada y respondió:
—Un gin tonic.
El camarero esbozó una leve sonrisa.
—¿Con corteza de lima o de limón verde?
—De limón, por supuesto.
—Enseguida, señor –repuso el Príncipe de las Tinieblas.
Y comenzó a preparar el combinado.

viernes, diciembre 22

Yule

Hoy a las 00:22 hora solar ha tenido lugar el momento del solsticio de invierno. Esta noche es la más larga del año. El solsticio de invierno ha venido celebrándose desde el neolítico; y lo seguimos haciendo, aunque ahora lo llamamos Navidad. Por tanto, la del solsticio es la fiesta más antigua de la humanidad, y por eso me gusta, porque me hace sentir imbricado en algo muy remoto. Si queréis saber algo más sobre lo que pienso del solsticio, os sugiero que le echéis un vistazo a lo que decía hace un año en este mismo blog. Los celtas, una cultura que me fascina (algún día os explicaré por qué), llamaban a esta festividad Yule. De modo que, amigos míos, os deseo de todo corazón que paséis unas maravillosas y felices fiestas de Yule. En cuanto a las chicas que frecuentáis La Fraternidad de Babel atraídas por mi viril y magnética personalidad de galán maduro, quiero recordaros que una de las antiquísimas costumbres del solsticio consiste en colgar sobre la puerta de entrada una rama de muérdago y besar a la persona (del sexo opuesto) que pase bajo ella. Pues bien, ¿sabéis qué planta aparece en la fotografía que acompaña a este post? Viscum album, muérdago. Así que ya sabéis: un beso (con lengua) para todas.

Feliz solsticio, amigos :)

lunes, diciembre 18

Cordwainer Smith (1)

Como amenazaba en una entrada anterior, tengo el propósito de exponer aquí mi particular canon de la ciencia ficción; es decir, qué libros y autores considero básicos para adentrarse en el género. Me apresuro a aclarar que lo voy a hacer desde mi único y exclusivo punto de vista, escogiendo no lo bueno, sino lo que me gusta, lo cual significa que dejaré fuera a autores excelentes por la sencilla razón de que no son de mi agrado. Por ejemplo, no hablaré de Ursula K. Le Guin, pese a ser una magnífica escritora, porque me aburre profundamente. Nadie es perfecto, ni siquiera moi. Tampoco hablaré de aquellas obras y autores que todo el mundo conoce; por tanto, no diremos nada de Huxley, Orwell o Burgess.

De entrada, comenzaré por los “autores canónicos”, no por las obras. Esto significa que hablaré primero de aquellos autores cuya producción literaria posee en general un sensible peso específico, dejando para más adelante a los autores que, como Dan Simmons y su Hyperion, sólo cuentan con una novela magistral. De modo que, sin más dilaciones, adelantaré ahora mi personal lista de autores magistrales de ciencia ficción. Ésta es:

Ray Bradbury, Alfred Bester, Clifford D. Simak, Theodore Sturgeon, Philip K. Dick, J. G. Ballard, Robert Sheckley, Fredric Brown, Cordwainer Smith, Roger Zelazny, Thomas M. Disch, Robert Silverberg, Christopher Priest, Ian Watson y William Gibson.

Como veréis, todos son anglosajones; pero es que la ciencia ficción, hasta hace muy poco, era básicamente anglosajona. Cierto es que podría haber incluido, por ejemplo, al polaco Stanislaw Lem, pero es que Lem no es santo de mi devoción, qué le vamos a hacer. También es posible que me haya dejado a alguno en el tintero (¿o debería decir en el cartucho de toner?); no hay que preocuparse, ya aparecerá. Ojo: esta lista es sólo de autores, no de obras, así que faltan nombres como, por ejemplo, Walter M. Miller o Daniel Keyes, de quienes sólo conozco una obra –eso sí, magistral- por cabeza. De ellos hablaremos más adelante.

Bueno, vamos a comenzar esto realizando un pequeño, aunque interesante, experimento; luego os lo explicaré. El primer autor elegido es Cordwainer Smith, un escritor norteamericano que, si no sois aficionados a la cf (ciencia ficción), jamás habréis oído mencionar. Y si sois aficionados, lo más probable es que nunca le hayáis leído. Sin embargo se trata, en mi opinión, de uno de los genios de la literatura del siglo XX. Hace unos años publiqué en la revista Gigamesh un artículo (que podéis leer completo si pincháis AQUÍ) pomposamente llamado “Anteproyecto para un canon de la ciencia ficción”. Una parte del texto estaba dedicada a Smith. La reproduzco tal cual:

"Cordwainer Smith, Los Señores de la Instrumentalidad. Paul Myron Anthony Linebarger, que es como realmente se llamaba Smith, ha sido una de las figuras más atípicas de la cf. Publicó en el seno del fandom, pero jamás formó parte de él. Nunca gozó de la fama de un Asimov o un Clarke, ni del prestigio de un Ballard o un Bradbury, y sin embargo su obra es una de las más complejas, hermosas y fascinantes que ha dado el género. Actualmente, no son muchos los aficionados a la cf que conozcan y aprecien sus relatos, pero su influencia es patente en muchos escritores, algunos tan meritorios como Gene Wolfe, cuyo Libro del Sol Nuevo guarda una estrecha relación con la obra de Smith.
La práctica totalidad de las historias de Cordwainer Smith se desarrolla en un universo coherente y homogéneo, lo que permite afirmar que el autor escribió eso que suele llamarse una «Historia del Futuro». Sin embargo, no se trata de una creación milimétricamente trazada, con mapas y esquemas, procurando rellenar huecos, al estilo de tantos otros autores. Muy al contrario, los relatos de Smith sólo muestran retazos de un universo más grande, fragmentos de una civilización inconcebiblemente vasta y compleja, y todo ello, además, a lo largo de varios milenios. Sin embargo, al leerlos, uno tiene la impresión de que lo que el autor se calla afecta de forma determinante a lo que cuenta, como si hubiera una estructura invisible que el lector sólo puede intuir.
Hay un curioso rasgo de estilo en Smith. Normalmente, los relatos ambientados en el mañana se cuentan como si fueran el presente de un futuro más o menos lejano. Smith, por el contrario, describe el futuro remoto como si fueran historias de un pasado inusitadamente distante, muchas veces legendario. Y esto no deja de ser lógico: se trata de una Historia del Futuro, y la Historia siempre se ha escrito desde el presente, mirando hacia el pasado.
Con frecuencia se ha acusado a Smith de ambigüedad (incluso de fascismo). ¿Quiénes son los Señores de la Instrumentalidad? A veces actúan de forma positiva, son héroes; pero en ocasiones se muestran maquiavélicos y odiosos, son malvados. Sea como fuere, siempre son manipuladores. Y, en cuanto a la Instrumentalidad, ¿qué es? ¿Una aristocracia? ¿O una tecnocracia, como su nombre da a entender? ¿O quizá una teocracia? Desde luego, no es una democracia. Smith era ambiguo, en efecto: exponía los hechos, esbozaba sutiles problemas morales, pero nunca tomaba partido, jamás juzgaba los actos de sus personajes. Esa tarea se la dejaba al lector.
Los Señores de la Instrumentalidad es un inmenso fresco, voluntariamente incompleto, que narra los próximos quince milenios de la historia de la humanidad. Pero a Smith le interesaba muy poco describir con minuciosidad de notario esa sociedad futura, o su tecnología, o su sistema político. Lo que pretendía, y consiguió, fue transmitirnos el «sabor» del futuro, su textura, la exótica psicología de quienes nos sucederán en el tiempo. Ése ha sido quizá su mayor logro literario: convertir la extrañeza en arte. Se pueden leer una y mil veces los relatos de Smith, y cuanto más se lean, más consciente seremos de que hay algo que se nos escapa, de que tras ese universo existe una lógica, un sentido, que jamás podremos comprender del todo, igual que a un cromañón le resultaría imposible entendernos a nosotros y a nuestra cultura del siglo XXI.
Sin embargo, pese a la decidida extrañeza de sus relatos, el lector presiente que cuentan algo que nos concierne a todos, pues en el fondo hablan de ética, de lo que significa ser humano, del sentido de nuestra cultura, de religión, del precio que hay que pagar por la libertad...
Creo sinceramente que ningún escritor, en la historia de la literatura occidental, ha llegado más lejos que Smith. Puede que otros hayan abierto caminos más perfectos, veredas más hermosas, pero estoy seguro de que nadie ha estado jamás en un lugar tan distante, extraño, otoñal y poético como es el universo creado por Cordwainer Smith. Ése es su billete de entrada al canon
".

Reconozco que cuando leí por primera vez algunos de sus relatos, no me gustaron. Yo era muy joven y se trataba de historias diametralmente diferentes a la cf que solía frecuentar por aquellos tiempos. Si mal no recuerdo, los primeros relatos de Smith que me llamaron la atención fueron La balada de G-Mell y Alpha Ralpha Boulevard. Sobre todo este último, ya hablaremos largo y tendido de él. La obra de Smith, sin nombre, pero generalmente conocida como The Instrumentality of Mankind, está compuesta por aproximadamente treinta relatos y una novela. De entrada, llaman la atención los poéticos, extraños y evocadores títulos de las historias. He aquí algunos ejemplos: Piensa azul, cuenta hasta dos, La dama muerta de Clown Town, El crimen y la gloria del comandante Suzdal, El juego de la rata y el dragón, Dorada era la nave... ¡oh!, ¡oh!, ¡oh!, La dama que llevó El Alma o El coronel volvió de la nada. Bonitos, ¿verdad?

Los relatos de Smith provocan una paulatina fascinación. El primero que lees te desconcierta. El segundo también, aunque ya empiezas a intuir la presencia de esa estructura oculta que antes comentaba. Poco a poco, conforme vas leyendo más relatos, tu mente empieza a ensamblar un puzzle cuya imagen no acabas de entender y que sabes que jamás acabarás, pero que sin embargo actúa sobre ti como un hipnótico mandala. ¿Cómo podría definir esto?... ¿Sentido de la extrañeza? Sí, extrañeza es la palabra. Veréis, desde que Voltaire llevó a un habitante de Sirio a dar un garbeo por nuestro sistema solar en Micromegas, uno de los retos que ha planteado la cf es crear un extraterrestre verosímil, no tanto en lo que respecta a su fisiología como en lo referente a su psicología. ¿Cómo concebir una mente no humana? Resulta muy difícil, casi imposible, porque no tenemos nada en qué basarnos, no hay referentes. De hecho, creo que el único autor que lo ha logrado es Cordwainer Smith, aunque paradójicamente sus extraterrestres no son tales, sino seres humanos de un futuro tan remoto que su psicología ha dejado de ser del todo humana. No hay nada más exótico en la historia de la cf que los personajes de Smith.

Pero bueno, ya hablaremos más sobre el autor en la segunda entrega de este apasionante post (y la historia es fascinante, os lo aseguro). Ahora vamos a centrarnos en el experimento que antes anunciaba. Primero, retrocedamos al pasado. Estamos en 1970. Tengo 17 años, es sábado y estoy en mi casa. Acabo de comer y me siento en el salón con el número 3 de la revista Minotauro. Lo hojeo y tropiezo con un relato cuyo título me llama la atención: Alpha Ralpha Boulevard. Su autor, Cordwainer Smith, no me suena de nada, pero comienzo a leerlo. Media hora más tarde, concluido el relato, cierro la revista y la dejo sobre la mesa. Estoy conmocionado. Ese cuento me ha provocado una sensación que, sencillamente, no puedo definir, porque nunca antes había experimentado nada semejante. Es una sensación muy intensa, casi física, no exactamente desagradable, pero desde luego en ningún caso agradable. No se trata, por otro lado, de una sensación intelectual, no es la parte racional de mi cerebro reaccionando a los conceptos que aparecen en el texto, es algo mucho más primario, casi reptiliano. Porque no he entendido el cuento; sé que significa algo, que describe algo, pero ignoro qué significa y qué describe. De algún modo ese relato es una ventana abierta a un universo absolutamente ajeno a mi experiencia personal.

Nunca jamás, ni antes ni después, un relato de ficción me ha impactado tan intensamente. De hecho, Alpha Ralpha Boulevard me provocó miedo, porque no creía que una ficción pudiera suscitar sensaciones tan intensas, inquietantes y exóticas. Era como si de repente el papel impreso hubiese adquirido vida propia, como si descubriese de pronto que la literatura posee la insospechada capacidad de penetrar en mi cerebro como un berbiquí. Más tarde, cuando conocí un poco mejor la obra de Smith, desarrollé una teoría al respecto: la sensación que había experimentado al leer Alpha Ralpha Boulevard era una reacción casi inmunológica ante la extrañeza en grado sumo. Creo que si de pronto viera ante mí a un extraterrestre, sentiría algo muy parecido: atracción y repulsión al mismo tiempo, todo ello aderezado de incomprensión e inquietud.

No obstante, lo que acabo de describir es una experiencia subjetiva cuyas causas podían estar tanto en el texto como en mí mismo. En cualquier caso, aquello sirvió para interesarme en Cordwainer Smith, de modo que a partir de aquel momento comencé a leer todos los relatos suyos, dispersos en diversas antologías, que pude encontrar. Y sí, descubrí una y otra vez esa sensación de extrañeza en sus historias, aunque nunca tan intensamente como en Alpha Ralpha Boulevard. Muchos años después, en 1991, Miquel Barceló publicó en su colección Nova la antología completa de Los señores de la Instrumentalidad dividida en cuatro volúmenes, así que releí de nuevo todas las historia de Smith. Salvo una: Alpha Ralpha Boulevard. Y no lo hice por dos motivos; porque temía volver a sentir lo que experimenté durante su primera lectura y porque temía no volver a sentirlo.

Y pasó el tiempo, no sé exactamente cuánto, aunque supongo que debió de suceder alrededor del 95 o el 96. Ocurrió en el transcurso de un acto público, lamento no recordar tampoco cuál. Estábamos charlando sobre Smith un grupo de amigos entre los que se encontraba el escritor Javier Negrete y, de pronto, Javier comentó la extraña e intensísima sensación que le había provocado leer Alpha Ralpha Boulevard. ¡Así que no era yo solo, no era imaginación mía! Ese relato tenía la extraordinaria propiedad de generar una reacción insólitamente exótica en el lector, o al menos en algunos de los lectores. Entonces decidí volverlo a leer, aunque de nuevo dilaté el momento.

Hasta hoy. Ése es el experimento del que hablaba: releer Alpha Ralpha Boulevard y ver qué pasa. Así pues, antes de que acabe el año leeré el relato y escribiré la segunda parte de este post, donde hablaremos un poco más de Cordwainer Smith y os contaré los resultados del experimento. Sé, por supuesto, que no volveré a sentir lo mismo que sentí hace 36 años, porque entonces me cogió de sorpresa y ahora estoy sobre aviso, porque ahora conozco la obra de Smith y entonces no, y porque no voy a poder releer el cuento con la “mente limpia”, sino analizándolo, que no es una buena forma de leer. De todas formas, buscaré aunque sólo sea un eco de la exótica sensación que experimenté en aquellos lejanos tiempos e intentaré explicarme qué la produce.

Lamento, por otro lado, que este experimento sea incompleto. Lo ideal sería que los ilustres visitantes de Babel pudieran leer también Alpha Ralpha Boulevard y luego contar sus reacciones, pero no he encontrado el texto en Internet y la idea de transcribirlo personalmente me produce sarpullidos. Si alguien, más hábil que yo en el ciberespacio, lo consigue localizar, le agradeceré que lo haga saber aquí. En cualquier caso, supongo que algunos de vosotros ya habéis leído el relato, o lo tenéis en casa y podéis leerlo; ni que decir tiene que vuestros comentarios serían muy valiosos.

Vaya, me siento como una cobaya a punto de ser inoculada con un virus...

domingo, diciembre 17

Fuerzas irresistibles

¿Qué ocurre cuando una fuerza irresistible tropieza con un objeto inamovible? Esta pregunta tiene trampa, porque en un mismo universo no pueden existir fuerzas irresistibles y objetos inamovibles. O lo uno, o lo otro, pero no las dos cosas a la vez.

Así pues, ¿en qué clase de universo vivimos? En un jodido universo de fuerzas irresistibles, amigos míos, en una realidad regida por el deprimente segundo principio de la termodinámica, la puta entropía diciéndote cada día al oído: nada permanece, todo tiene un final. Es como estar en medio de un terremoto; ¿dónde te metes, dónde vas a plantar los pies si es el mismo suelo que te sustenta lo que se mueve? Vivir es ver cómo el mundo que conoces se convierte en ruinas, vivir es permitir que el tiempo te robe poco a poco lo que más quieres, hasta que te lo quita todo. Y no estoy hablando de grandes catástrofes, sino de la rutina cotidiana. ¿Queréis un ejemplo? Mis hijos, Óscar y Pablo. Una vez tuvieron cuatro, cinco, seis años, y yo adoraba a esos niños, los abrazaba, los besaba, jugaba con ellos, les leía cuentos para que se durmiesen, a veces me los quedaba mirando maravillado de su mera existencia... pero esos niños ya no están. Óscar tiene 19 años, conduce, sale con una chica, va a la universidad; Pablo tiene dieciséis y es más alto que yo. Sigo queriéndoles, por supuesto, pero ya no son esos niños, porque a ellos se los llevó una fuerza irresistible. O la entropía, da igual.

Hoy por ejemplo. Después de comer me he tumbado en el sofá del salón para leer El País y, al llegar a la página 63, me he encontrado con algo que me ha hecho exclamar un “¡hostias!” de sorpresa y consternación. Una necrológica: el actor Enrique Arredondo murió ayer. ¿Y quién era Enrique Arredondo? Puede que le conozcáis por la serie de TV Periodistas, donde interpretaba al director del periódico. Nunca fue un actor muy popular, entre otras cosas porque trabajaba mucho en teatro y, además, en Barcelona, pero era un buen actor de carácter. La cuestión es que yo le conocí y le traté en otra época, una de las peores de mi vida.

Me quedé del todo huérfano cuando tenía 19 años. Durante un tiempo viví con mi hermano Eduardo, que era 10 años mayor que yo y estaba haciendo oposiciones a alcoholismo. Así que mi vida se transformó en una locura de alcohol, juergas, noches en blanco y, supongo, autodestrucción. Por aquel entonces, mi hermano Eduardo, aparte de borracho, era crítico teatral y conocía a un montón de actores; entre ellos Enrique y su mujer, Carmen Fortuny. Venían mucho por casa, y nosotros por la suya, hasta que un lío de cuernos, reales o ficticios, con el que yo no tuve nada que ver, condujo a un prolongado desafecto entre mi hermano y Enrique. Y dejé de verle. De hecho, creo que llevaba más de 25 años sin encontrarme con él. Por otro lado, y aunque me caía bien, nunca fue un gran amigo mío, entre otras cosas porque era una generación mayor que yo. Sin embargo, al ver su muerte anunciada en el periódico, he sentido una profunda tristeza. Y no tanto por él como por mí, porque su muerte ha matado de alguna manera una parte de mi pasado de la que no me siento orgulloso, pero que forma parte de mí, aunque ahora con una mutilación. El tiempo es el mayor asesino en serie.

Adiós Enrique, remoto compañero de farras y borracheras. Descansa en paz.