Hace poco, les recomendé a mi hijo Óscar y a su novia Bea (ambos de 21 años) tres películas clásicas: El Padrino I, El Padrino II y Al final de la escalera. De hecho, les dejé los DVD’s para que las vieran. Y las vieron. Y no les gustaron. Menuda plancha, pensé, porque yo les había hablado maravillas de esas películas; ¿acaso soy de una generación tan distinta?, me pregunté. Pues sí, me respondí; soy de una generación muy distinta, y no tanto por mis gustos como por mi acceso a esos gustos. Me explicaré.Digamos que yo empecé a ir solo (sin mis padres) al cine a partir de mediados de los 60. En aquella época existía la posibilidad de contemplar en pantalla grande no sólo películas recientes, sino también clásicos; sobre todo, es cierto, clásicos norteamericanos. Veréis, por aquel entonces había en Madrid –y supongo que en toda España- tres tipos de salas cinematográficas. Estaban los cines de estreno, que eran más o menos lo mismo que son ahora. Después teníamos los cines de reestreno, más baratos, donde se proyectaban las películas que hasta poco antes habían ocupado las carteleras de los cines de estreno. Y finalmente estaban los cines de barrio, de programa doble, donde podían proyectar literalmente cualquier cosa.
Yo, como todos los chavales de mi edad, solíamos acudir a los cines de barrio porque eran los más baratos (la entrada costaba entre 1’50 y cinco pesetas) y porque ponían dos películas seguidas. Es cierto que la programación solía ser horrible (recuerdo un pseudo Superman japonés que todavía me pone los pelos de punta), pero entre Santo, el enmascarado de plata, o Maciste el coloso, podía caerte Ciudadano Kane, La diligencia o King Kong. En aquellos cines de barrio no existía ningún criterio de programación; compraban paquetes a las distribuidoras y lo exhibían todo, sin orden ni concierto. Así pues, ir a uno de esos cines era como una ruleta rusa donde podías tragarte una infame serie Z inmediatamente seguida de una obra maestra. Eso sí, las copias siempre estaban en un estado infecto; pero éramos jóvenes y eso no nos importaba.
Luego teníamos la televisión, que era en blanco y negro, y su programación se nutría, sobre todo, de películas en blanco y negro. Ahí, en la caja tonta, vi lo mejor de John Ford, lo mejor de Capra, lo mejor de Hawks, lo mejor de Sturges, lo mejor de Walsh, gran parte de John Huston, casi todo Welles, casi todo Wilder, gran parte de Hitchcock, mucho de Wellman, mucho de Hathaway, mucho de Wyler... en fin, casi todo el cine clásico norteamericano. Y también bastante cine italiano y, en menor medida, francés. Y todo eso lo vi antes de cumplir los 18 años. Por ejemplo, ¿sabéis cuáles eran mis películas favoritas en 1966, cuando tenía trece años de edad?: King Kong, de 1933, Beau Geste, de 1939, y Los viajes de Sullivan, de 1941.
Y es que, por aquel entonces, para mí el cine no tenía fecha de caducidad, ni importaba lo más mínimo que fuera en color o en blanco y negro. Todo era cine; lo único importante era si me gustaba o no. Y disfrutaba igual con el sobrio y clásico estilo de Howard Hawks que con la más sincopada dirección de, por ejemplo, un Peckinpah. Estaba abierto a todo porque había “mamado” de todo.
Más tarde, la TV pública (la única que había) comenzó a emitir interesantísimos ciclos de cine. Recuerdo dos dedicados al western, otros dos al thriller, uno a la ciencia ficción, otro al neorrealismo italiano, u otros enteramente consagrados a Hitchcock, a Preston Sturges o a Billy Wilder. Pero no sólo la TV programaba ciclos; a finales de los 60 y comienzos de los 70, algunas salas cinematográficas exhibieron, y con cierto éxito, ciclos dedicados a determinados directores o géneros. Ciclos, por ejemplo, donde descubrí a ese genio insuperable que fue Buster Keaton, o donde contemplé la etapa inglesa de Hitchcock... De vez en cuando, además, se volvían a estrenar con todos los honores películas que habían tenido en su momento una gran acogida; por ejemplo, Lawrence de Arabia o 2001: Una odisea del espacio.
Pues bien, nada de eso existe ya. Los cines de barrio pasaron a mejor vida, la TV en abierto sólo emite películas en color y lo más recientes posible, se acabaron los ciclos, las salas cinematográficas no proyectan más que películas actuales, sean lo que sean. ¿Y qué pasa en los videoclubs? Pues sí, en algunos hay algo de cine clásico acumulando polvo en los estantes... Es decir, en una época en la que más que nunca se tiene acceso a la producción audiovisual y a la reproducción casera de la misma, las nuevas generaciones están más alejadas que nunca del cine clásico en su conjunto. O, dicho de otra forma, las nuevas generaciones son profundamente incultas en lo que respecta al séptimo arte.
Óscar y Bea son un par de jóvenes inteligentes y sensibles; entonces, ¿por qué no les gustaron dos obras maestras indiscutibles como El Padrino I y II? Pues porque no están habituados a ese tipo de narrativa. Ellos han nacido en el seno de la cultura MTV, donde el ritmo de las imágenes es pura histeria visual, una cultura donde todo es más rápido que el pensamiento. Están acostumbrados a directores como Tony Scott y su cámara epiléptica o Baz Luhrmann (a-ver-cuántos-planos-me-caben-en-diez-segundos-de-montaje). En el cine que conocen no suele haber puesta en escena, sino una especie de malabarismo del montaje que por lo general sólo sirve para ocultar los errores y las carencias de directores que, precisamente, lo ignoran todo sobre la puesta en escena. Así pues, no es de extrañar que les parezca lento y aburrido el cadencioso clasicismo de Coppola, ni que les haga bostezar una película tan sobrecogedora como Al final de la escalera, pues para percibir su extraordinaria calidad hace falta verla con calma, empapándose poco a poco de su malsano ambiente.
Mi hijo Óscar, por ejemplo, se niega a ver películas en blanco y negro, o anteriores a digamos los años 90. En realidad, carece de cultura cinematográfica. Pero no es su culpa... La verdad es que es culpa mía; debería haberle mostrado en su momento la maravilla del cine clásico, pero no lo hice. Porque no caí en ello. A mí nadie, ningún adulto, me abrió las puertas de ese cine; pero es que no hacía falta, pues el cine clásico “estaba en el aire”. El problema es que hoy ya no está en ninguna parte, salvo en remotos canales digitales que nadie, salvo los dinosaurios, visitan.
Alto, ¿no será eso? ¿No será que estoy hablando como el maldito carroza que soy? Pues no, amigos míos, lo niego: el cine clásico es clásico porque es intemporal y puede gustar a cualquiera en cualquier momento. Además, en cierta ocasión tuve la oportunidad de demostrarlo. Hace cuatro o cinco años, tuve que dar una charla en el colegio de mis hijos sobre el humor. Ilustrando la charla debía llevar la escena de alguna película, pero ¿cuál? ¿Qué fragmento de comedia podía gustarle a chavales de tercero y cuarto de la ESO? Tomé una decisión arriesgada; di la charla, que trataba sobre todo acerca del humor en literatura, y luego, cuando acabé, les dije que iba a poner en el video una secuencia de una película en blanco y negro producida en 1935. Como era de esperar, todo el mundo protestó. Les dije que, si al cabo de un par de minutos se aburrían, la quitaba. Y conecté el vídeo.
Era la secuencia del camarote de Una noche en la ópera, de los hermanos Marx. Al principio, los chavales cuchicheaban, distraídos; al poco, comenzaron las carcajadas y a los tres minutos tuve que subir el sonido porque el estruendo de las risas hacía inaudibles los diálogos. Cuando acabó la secuencia y corté la película, todos insistieron en verla completa. Les había encantado. Esos chicos detestaban el blanco y negro, lo desconocían todo acerca de los ochenta o noventa primeros años de la historia del cine, y la anticuada dirección de Sam Wood les parecía marciana, pero el talento de los hermanos Marx está más allá del tiempo y de las modas, así que les conquistó por completo. Eso es lo bueno del cine clásico: no hace falta explicarlo, basta con verlo de la forma adecuada.
En resumen: hoy en día, las nuevas generaciones están totalmente alejadas del cine clásico. Lo desdeñan, no porque no les guste o pueda gustarles, sino porque no lo conocen. Me parece injusto; injusto para ellos, porque al no poner a su alcance ese maravilloso patrimonio artístico, se les priva de un inmenso placer. A veces me pregunto por qué, si en los colegios se estudia literatura, no se estudia también cinematografía. Acto seguido me respondo, claro, que sería una auténtica cagada conseguir que a los chavales se les exigiese aprender de memoria las películas de John Ford o la historia del expresionismo alemán. No, esa no es la solución. Pero, ¿por qué no hacer algo mucho más sencillo, barato y, a la larga, eficiente? ¿Por qué no incluir en el plan de estudios una sesión semanal de cine? Cada semana, los alumnos de todos los colegios e institutos de España estarían obligados a ver en el aula una película clásica. En total, unas 35 películas al año. Sólo verlas, sin trabajos ni deberes adicionales. Bien elegidas, esas 35 películas podrían crear entre los chavales verdadera afición por el cine clásico; o cuando menos, quitarles el miedo a verlo. ¿No os parece?
Estoy casi convencido de que ningún político merodea por Babel, pero si por ventura pasara por aquí alguno con acceso a la ministra de educación de turno (últimamente suelen ser mujeres), le agradecería que le pasara la sugerencia. Aunque, bueno, quién sabe, quizá Mercedes Cabrera sea adicta a este blog... En tal caso, Mercedes, guapa, ¿por qué no te lanzas y te pones de lleno con eso de la película clásica semanal? Di que es idea tuya; quedarás bien, saldrás en los papeles y en la tele, y no te costará un duro. Además, aunque ya sé que eso no importa mucho, probablemente sería una medida eficaz...
Alto, un momento... ¿no oís algo así como un eco?... De repente, no sé por qué, me ha dado la sensación de estar hablando solo...













