martes, agosto 11

Hello

¿Hola?... Uno-dos, uno-dos, uno-dos... ¿Mesescucha?... ¿Hay alguien ahí?... Supongo que no, seguro que estáis todos fuera de vacaciones ahora que yo acabo de volver de las mías. Si es así, pasadlo de p. m., y si todavía estáis amarrados al duro banco, disfrutad de las ciudades vacías (siempre que no sean costeras), de la paz y del silencio.

Como decía en la entrada anterior, he pasado quince días viajando por el sur de Inglaterra junto con Pepa, mi mujer. Comenzamos en Canterbury, al sureste, y acabamos en Newquay, Cornualles, en el extremo suroeste. Una gozada. Pero tranquilos, no os voy a contar todo el viaje; me limitaré a una impresión general. Aunque, eso sí, en dos futuras entradas os hablaré del rey Arturo y de Stonehenge. Sólo por matar el tiempo en estos cálidos y perezosos días de agosto.

El caso es que había visitado Londres -una ciudad que me encanta- cuatro o cinco veces, pero no había salido de allí y tenía muchas ganas de conocer el resto del país, aunque la elevada cotización de la libra me había disuadido hasta ahora. ¿Qué esperaba de este viaje? Pues, la verdad, justo lo que he encontrado. Digamos que Inglaterra es muy, pero que muy inglesa. Imaginaos que vais a rodar una película sobre la isla y que metéis dentro todos los tópicos ingleses conocidos, desde las cabinas telefónicas rojas hasta los paisanos irónicos y algo excéntricos, pasando por los imperturbables bobbys de inverosímil casco, los campos delimitados por frondosos setos y las tabernas llamadas The Red Lyon. Pues bien, eso exactamente es Inglaterra a primera vista. Y a segunda, también. Por lo demás, se trata de un país bellísimo que respira historia y cultura por todas partes, y sus habitantes, al menos los que se han cruzado con nosotros, son educados y amables. No obstante, hay algunos aspectos que me gustaría comentar.

1. Clima. Quizá hayáis oído decir que en Inglaterra hace mal tiempo. Es mentira: hace un tiempo horrible. Pese a estar en la temporada más cálida, la temperatura nunca pasaba de 21 grados y las nubes se alternaban con los claros constantemente. De vez en cuando caía un chaparrón. Vamos, que tenías que llevar siempre una chaqueta a mano porque si no te pelabas de frío. No, no hemos pasado calor estas vacaciones...

2. Carreteras. Recuerdo que hace años los visitantes extranjeros comentaban lo malas que eran las carreteras españolas (es cierto, eran muy malas). Pues bien, ¿por qué nadie habla de lo malas que eran y son las carreteras inglesas? Entendedme: el firme suele estar en buen estado y las autopistas son buenas, como en todas partes, pero en cuanto sales de ellas te encuentras con una red viaria del siglo diecinueve. En primer lugar, las carreteras carecen de arcén. En segundo lugar, suelen estar emparedadas entre elevados setos y arboledas. En tercer lugar, son muy estrechas. En cuarto lugar, son mucho más estrechas de lo que os habéis imaginado al leer la frase anterior; haced un esfuerzo y evocad carreteras por las que en muchos tramos sólo cabe un coche y, a veces, ni eso. En quinto lugar, los ingleses (al menos los del sur) aparcan sus coches donde les sale de las narices; por ejemplo, en mitad de una curva de una carretera superestrecha. Si a eso le añadimos que los muy tunantes circulan por la izquierda, comprenderéis que deambular en coche por Inglaterra no es una labor especialmente grata (aunque, bien pensado, en gran parte de los caminos ingleses no se circula por la izquierda, por la sencilla razón de que no hay ni izquierda ni derecha, sino sólo un alarmante y reducido centro).

En mi opinión, esas carreteras se trazaron cuando en Inglaterra había pocos coches; si por el camino sólo circulaba el Bentley del marqués, ¿para qué ampliarlo? Luego, con el tiempo, las modernizaron, pero no demasiado. Donde antes había un camino de tierra se limitaron a echar asfalto por encima (y a poner rotondas, miles de rotondas), pero ni se les pasó por la cabeza ampliar el ancho y poner arcenes. Esas malditas carreteras son un buen ejemplo de la proverbial excentricidad inglesa.

3. Señalética. Con frecuencia se ha dicho también que las carreteras españolas cuentan con escasas señales informativas, pero os juro que comparándonos con los ingleses somos los campeones mundiales de la información vial. Y no es que no haya señales indicadoras de dirección en la isla, no señor; las hay, pero la máxima distancia que abarcan son unas veinte millas y los pueblos que señalan no siempre aparecen en los mapas. Si a eso le unimos que Inglaterra es un dédalo de carreteras estrechas comprenderéis lo necesario que es contar con un GPS para circular por allí. De no ser por el nuestro, Dios lo bendiga, Pepa y yo aún estaríamos perdidos en algún lugar no muy alejado de Canterbury.

4. Gastronomía. Hay quienes opinan que “gastronomía inglesa” es un oxímoron y, la verdad, no andan muy desencaminados. Sin embargo... Veréis, durante el viaje he encontrado restaurantes italianos, chinos, cubanos, indios, españoles, tex-mex, franceses, etc., pero ni uno de comida típica inglesa (salvo los omnipresentes fish & chips). Ni siquiera en las tabernas más típicamente británicas se podía encontrar pastel de riñones, tarta de anguila, cordero en salsa de menta o cualquiera de las porquerías que tanto abundan en la cocina británica. Eso no lo he visto en ninguna parte, así que sólo caben dos alternativas: o los ingleses ocultan su gastronomía a los extranjeros por vergüenza, o ni siquiera a los ingleses les gusta su cocina. En cualquier caso, y para ser fieles a la verdad, en Canterbury cenamos muy bien en un restaurante del chef Michael Caines (con “s” final, no es el actor) y en Bath encontramos un grill con una carne excelente, así como un restaurante de pescado que no estaba nada mal. Ah, en Cornwell encontré y me zampé un producto típico de la zona, el “tradicional pastel de carne cornuallés”, una especie de empanadillón relleno de estofado. La verdad es que estaba bueno.

Por lo demás, el viaje ha sido una experiencia maravillosa llena de momentos memorables, algunos de los cuales ya os comentaré en los próximos días. Si es que estáis ahí, claro.


jueves, julio 16

Feliz verano

Ya está, se acabó, me voy, me abro, me largo, ahueco el ala, desaparezco, me esfumo, cojo las de Villadiego, me piro, pongo pies en polvorosa, digo adiós, bye-bye, ciao, auf wiedersehen, sayonara baby, arrivederci, zài jiàn, agur, ma as-salaamah, adeu, mahaha dinn, farvel, g’is revido, au revoir, aloha käkou, namasté, slán agaibh, alweda, chikankama, proshyai, ealat dearvan, hamba kahle, shalom.

Todos esos palabros que acabo de escribir significan “adiós” en diferentes idiomas; porque, amigos míos, el próximo sábado dieciocho de julio, Pepa y yo partimos de vacaciones. Nos vamos a Inglaterra, a recorrer durante quince días el sur de la isla. Comenzaremos en Canterbury, luego nos trasladaremos a Bath y finalmente a Cornualles. Durante el trayecto realizaré una visita largo tiempo postergada y muy deseada: Stonehenge. Pero también recorreré el West Country; es decir, el territorio donde vivió, batalló y murió Arturo Pendragón: Tintagel, Glastonbury, South Cadbury... Si tenéis en cuenta que soy un pirado de la leyenda artúrica, comprenderéis lo mucho que me apetece este viaje. Ya os contaré. Ah, de paso que estoy allí buscaré un pueblo adecuado para ambientar en él una parte de mi nueva novela. De los viajes, como del cerdo, hay que aprovecharlo todo.

Cuando volvamos de Inglaterra, recogeremos a Óscar y Pablo, nuestros hijos, y nos largaremos una semana a la Costa Brava, para dedicarnos al dolce far niente, que traducido al cristiano significa “tumbarse a la Bartola”. A mediados de agosto estaremos de vuelta en el tórrido Madrid. Así pues, amigos míos, me despido de vosotros deseándoos que paséis un excitante, sensual, provechoso y apasionante verano.

Beannachd leat (adiós en gaélico)

jueves, julio 9

Verne

Supongo que vosotros, igual que yo, tenéis una serie de escritores, aquellos a los que leísteis durante vuestra infancia y primera juventud, cuyo recuerdo os resulta particularmente entrañable. Cada cual tendrá su lista particular y yo no os voy a enumerar la mía, pero sí parte de ella: Julio Verne, H. G. Wells, Robert Louis Stevenson, Mark Twain, Arthur Conan Doyle, Jack London, Alejandro Dumas, Emilio Salgari, James Oliver Curwood... en fin, los clásicos de la novela de aventuras. Pues bien, hace tiempo se me ocurrió (creo que lo mencioné en Babel) escribir una serie de novelas juveniles “al estilo de” esos autores.

Cuando digo “al estilo de” no me refiero a copiar la prosa de esos autores, sino a imitar y reproducir el espíritu de sus novelas o, al menos, de sus obras más conocidas. Si digo Stevenson, todos pensamos en aventuras marinas, piratas y tesoros; si menciono a Doyle, evocamos historias detectivescas en la Inglaterra victoriana o valles llenos de dinosaurios; citando a Dumas nos vienen a la cabeza relatos de capa y espada, y si hablamos de Curwood pensamos en animales salvajes y naturaleza. Cada uno de esos autores tiene un mundo propio y mi idea era explorar esos mundos con nuevas historias.

Pero, claro, hipotecar mi futuro comprometiéndome con una editorial a escribir un montón de novelas “al estilo de” se me antojaba deprimente, así que pensé en compartir la labor con otros. Le propuse la idea a varios escritores amigos y sólo les convenció a un par de ellos, así que archivé el proyecto en el limbo de las ideas inútiles y me olvidé del asunto. Aunque, la verdad, no me olvidé del todo, porque ese proyecto tenía una razón de ser: me apetecía escribir una novela “al estilo de” cierto autor en concreto: Julio Verne. No tenía ninguna historia en mente, sólo la evocación del mundo verniano, pero no dejaba de darle vueltas al asunto.

Veréis, creo que, junto con Richmal Crompton, Verne fue el primer escritor al que me hice adicto. Lo leí siendo muy joven, a los nueve o diez años, y no sólo me apasionó, sino que además contribuyó a forjar mi percepción de la realidad. De algún modo, tenía la impresión de que el mundo, más allá de España, era tal y como lo describía Verne, un universo lleno de calamares gigantes, volcanes, inmensas cavernas, globos aerostáticos, rayos verdes o islas misteriosas. A esa visión de las cosas se sumaron otros dos factores: por un lado, una colección de cromos de Nestlé llamada “Las maravillas del universo”; no la completé yo, sino alguno de mis hermanos mayores, pero de pequeño me pasaba horas contemplando aquellos cromos decididamente vernianos. Por otro lado, también me hice adicto a las historietas de Tintín, el comic más verniano que pueda concebirse (por mucho que Hergé asegurara no haberse inspirado nunca en Verne).

El caso es que Verne dejó una gran impronta en mí, e incluso ahora, cuando pienso en lugares remotos, o voy a ellos (como mi reciente viaje a Laponia), no puedo evitar evocar 20.000 leguas de viaje submarino, La esfinge de los hielos o Los hijos del capitán Grant. Así que no tiene nada de raro mi deseo de escribir un pastiche verniano, pero hay otra razón. Verne es de esos escritores que son mejores en el recuerdo que en la relectura. Su estilo está muy anticuado; al contrario que su rival Wells, Verne ha envejecido mal. He vuelto a echarle una hojeada a Viaje al centro de la Tierra y a la historia del capitán Nemo y, la verdad, el estilo impostado y un tanto grandilocuente resulta bastante desmotivador para el coñazo de adulto en que me he convertido. De pequeño no le daba importancia, pero ahora me echa un poco p’atrás, lo reconozco. Por tanto, si quiero volver a leer a Verne, eliminando lo que no me gusta y abundando en lo que me gusta, no me queda más remedio que escribir yo mismo la novela. Es decir, escribiré un pastiche de Verne para volver a leer a Verne. Absurdo, ¿verdad?

En cualquier caso, el universo verniano, el núcleo básico de su narrativa, sigue tan vivo ahora como hace cien años. Recientemente coordiné un especial de la Revista de Literatura dedicado al género de aventuras y le pedí a cada uno de los colaboradores que elaborara una lista con sus diez novelas de aventuras preferidas; pues bien, el autor más veces citado fue Julio Verne. Por otro lado, ¿acaso Perdidos no es una serie de TV absolutamente verniana, heredera directa de La isla misteriosa?

Como comentaba el otro día, tras finalizar El juego de los herejes me quedé un tanto agilipollado. Tenía previsto ponerme con la tercera entrega de Jaime Mercader, pero al posponerla para el año que viene, me encontré con que no tenía ningún argumento desarrollado. Durante algo más de un mes le he estado dando vueltas a tres ideas distintas; incluso comencé a escribir una, pero a las pocas líneas la abandoné (señal inequívoca de que la cosa no estaba madura). Al final, ha ganado el pastiche verniano; supongo que era lo que más me apetecía escribir. Estará ambientado en el periodo de entreguerras, en 1920, en Madrid, Inglaterra y los mares del norte; y, por supuesto, habrá volcanes, islas, globos y viajes al fin del mundo conocido. Ahora ando con la documentación previa y, a decir verdad, cada vez tengo más ganas de comenzar a escribir.

¿Ganas de trabajar? ¿Yo?

¿Estaré enfermo?...

jueves, julio 2

Pijos

Supongo que hay pijos en todas partes e imagino que los hay de todo tipo, dependiendo de su lugar de crianza. Por ejemplo, y limitándome a las “familias” que conozco personalmente, un pijo de Bilbao es en apariencia muy diferente a un pijo andaluz y no digamos ya a un pijo catalán. Sin embargo, son idénticos por dentro. Revista el plumaje que revista, todo pijo comparte una serie de valores que le identifican como especie única: clasismo, ideología muy conservadora, materialismo, tradicionalismo, filo-aristocracia, exclusivismo, ostentación, soberbia, incultura barnizada con una esmerada educación... No incluyo la riqueza, porque no hace falta ser rico para ser pijo; basta con admirar a los ricos e intentar simular que se es como ellos.

Como es lógico, los pijos que mejor conozco son los madrileños, una variedad única y en cierto modo el modelo para el resto de los pijos hispanos. Y los conozco, desgraciadamente, muy bien, pues por diversas razones siempre he tenido cierto contacto con ellos. Compañeros de colegio y universidad, por ejemplo, o algunos clientes de mi época publicitaria. Además, mi anterior casa, el 23 de la calle Españoleto, está justo en la frontera con el barrio de Salamanca, el ecosistema natural del pijo madrileño (ahora vivo en Aravaca, otra reserva de pijos). Y durante mucho tiempo frecuenté la cafetería del padrino de una gran amigo mío, La Concha, situada justo enfrente del palacete de los marqueses de V., un destartalado caserón donde convivían las tres ramas de la familia bajo el liderazgo de una tiránica abuela, la señora marquesa. Los vástagos de la familia V. -íntimos, por cierto, de Francis Franco- solían frecuentar La Concha, así que tuve el dudoso placer de verles en su salsa.

No los soporto, me cargan los pijos, lo reconozco; me irrita su mera presencia, su acento, su apariencia, todo. Estoy absolutamente en contra de sus valores, por supuesto, pero no sólo es eso; me desagrada lo que son, pero también lo que desde siempre han insistido en aparentar ser. Y es que una de las cosas más sorprendentes de los pijos madrileños es su inmutabilidad: no han cambiado desde hace al menos cuatro o cinco décadas, visten igual, hablan igual, frecuentan las mismas zonas... es como si el resto del mundo evolucionase mientras ellos permanecen inalterables, inmersos en una burbuja que cada vez tiene menos que ver con la realidad.

¿Y sabéis lo que más me molesta de los pijos? Su clasismo. Detesto el clasismo, porque la “clase social” no tiene nada que ver con la cultura, la educación, la ética o el trabajo, sino con el dinero. De modo que cuando alguien es clasista lo que está diciendo es: tengo más pasta que tú, así que soy mejor que tú. De un modo u otro, el razonamiento que se encuentra detrás de esa actitud es el siguiente: compitiendo en igualdad de condiciones, los mejores, los más hábiles e inteligentes, alcanzarán el éxito, mientras que los peores, los más tontos y torpes, quedarán relegados a las capas más bajas de la escala social. Por tanto, la posesión de riqueza es una muestra de superioridad. Puro darwinismo social, vamos. Lo que falla de este razonamiento, por supuesto, es el planteamiento inicial, porque no todos competimos en “igualdad de condiciones”. El factor básico para alcanzar el éxito social no es la inteligencia, ni la raza, ni el sexo, ni la formación académica, ni la tenacidad, sino la clase social a la que se pertenezca. Si has nacido en el seno de la clase alta, aunque seas un capullo integral, tienes muchas más posibilidades de tener éxito que un genio nacido en una familia de clase baja. Así pues, y aunque sea una perogrullada, tener dinero sólo dice de ti que perteneces a una determinada clase social, nada más.

¿A qué viene todo esto? Pues a que ya he oído en la radio un par de veces las declaraciones de un pija madrileña acerca de la crisis. La pija en cuestión se llama Carmen Lomana y sus ilustrativos comentarios aparecieron en un reportaje realizado para TVE. Veréis, a veces uno es tan lo que es, que acaba convirtiéndose en una caricatura de sí mismo. Eso le pasa a Carmen: es tan, tan, tan increíblemente pija, tan desmesuradamente pija, tan estereotipadamente pija que parece una actriz sobreactuada interpretando el papel de pija en un vodevil barato. En cuanto a lo que dice, es como el libreto de un mal autor de vodeviles baratos. ¿Y qué dice Carmen?

Antes, permitidme describir al personaje. Carmen luce una bien cortada melena teñida de rubio; tiene una bonita figura, unas bien torneadas piernas, y viste una blusa o un top negro, con un jersey amarillo sobre los hombros anudado al cuello (emblema pijo por antonomasia) y una elegante falda blanca y negra. A primera vista, Carmen parece guapa, pero cuando uno se fija bien puede ver la mano de un cirujano estético y cantidades industriales de botox que convierten su rostro en una tersa máscara inexpresiva. Puede tener cualquier edad entre los 40 y muchos y los 50 y tantos, aunque intenta desesperadamente aparentar 30. Carmen no solo parece la ilustración que en un diccionario podría acompañar a la palabra “pija” (incluso lleva un Rolex, no se puede ser más estereotipada), sino que además podría ser catedrática de dicción pija. ¿Sabéis cómo hablan los pijos madrileños? Hablan con acento nasal y bajando el tono al concluir las frases, como si se les cayeran las palabras, o como si les fatigara hacer algo tan prosaico como hablar. En ocasiones, cuando pretenden dar énfasis a su conversación, arrastran las vocales, pero variando la entonación arriba y abajo, como si introdujeran en sus palabras un cansado lamento. Por ejemplo, cuando Carmen dice la palabra “cash”, en realidad dice “caaash”, alargando mucho la a y pronunciándola en tres tonos diferentes (bajo-alto-bajo).

¿Y qué dice en definitiva Carmen? Pues, preguntada por la periodista acerca de hasta qué punto le afectaba la crisis, Carmen dice con acento ridículamente pijo:

“Mira, si no te afecta directamente, te afecta indirectamente. Porque el hecho de ver a amigos lo mal que lo están pasando, gente que se ha quedado sin trabajo, que tienen mucho patrimonio, pero no lo pueden vender, porque..., porque es un momento muy crítico, y no tienen dinero cash para ir al supermercado. Y eso lo estoy viendo... Pero lo peor... Porque el pobre de siempre, que ha estado pidiendo y tal, bueno, está acostumbrado. Lo peor es la pobreza de las personas que han tenido un trabajo, que viven bien, y de repente se encuentran que les embargan la casa, que no tienen paro... Hay unos dramas...”

¿Hace falta añadir algo a este monumento al clasismo y la perversión ética? ¿Acaso puedo concebir algún comentario que esté a la altura de las palabras de Carmen? Lo dudo mucho, así que mejor me callo. Sólo añadiré que Carmen, esa pija que parece la caricatura de una pija, es un ser absurdo. Ningún escritor crearía un personaje así, ningún director de cine sensato lo incluiría en una película, porque Carmen es grotesca, irreal, tan exagerada que, como personaje de ficción, nadie se lo creería.

Pero, en fin, la gran ventaja que tiene la realidad sobre la ficción es que no necesita ser verosímil.


Nota: Si quieres ver completa la entrevista de Carmen, pincha AQUÍ.

martes, junio 30

La Roja

Cuando era niño, viajé con mi familia por toda España. Nuestras vacaciones eran dilatadas y realizábamos largos periplos por aquellas terribles carreteras de la pos-posguerra con mi padre al volante; algo no exento de peligro, pues, aparte del lamentable estado del firme, mi padre era un conductor atroz (literalmente, le habían regalado el carnet de conducir). Durante nuestros viajes, solíamos visitar iglesias, castillos, monumentos, museos... Como yo era un crío, todo aquello me parecía más bien coñazo, pero hubo dos momentos que marcaron lo que podríamos llamar mi “despertar estético”. El primero se produjo en la catedral de Santiago; yo tenía trece años y, al ver el Pórtico de la Gloria, algo hizo “clic” en mi interior y me quedé embobado, fascinado, sobrecogido. Todavía hoy noto ese “clic” cada vez que contemplo los bellísimos rostros que esculpió el maestro Mateo.

El segundo momento se produjo uno o dos años más tarde, cuando visité con mi familia la Alhambra, La Roja. Es difícil explicar lo que sentí; fue como cruzar un puerta y adentrarme en un universo paralelo donde todo era armónico y apacible. Aquello era pura belleza; no, más que belleza: era una sensación casi mística de plenitud, un estado alterado de conciencia. Esa experiencia me enseñó que la magia existe y se llama arte.

Muchos años después, a comienzos de los 80, regresé a Granada con Pepa, la reina mora que hoy es mi mujer y entonces era mi chica. Estábamos recién enamorados y era primavera; el aroma de las flores que crecían en las faldas de Sabika, la colina sobre la que descansa La Roja, lo impregnaba todo. La combinación Alhambra+amor+primavera fue explosiva. A partir de entonces empecé a leer mucho sobre los reinos hispanoárabes y el arte islámico, sobre todo en lo referente a Granada. Pepa y yo regresamos en años posteriores otras tres veces a esas tierras y en cada ocasión fuimos a la Alhambra, pero no limitándonos a una simple visita, sino pasando el día allí, hasta que nos echaban. Llevábamos unos bocatas y unas botellas de agua y recorríamos durante horas todo el recinto, los palacios, las torres, los jardines; no mirando la Alhambra: sintiéndola.

El sábado pasado realizamos por primera vez la visita nocturna. Tiene limitaciones en cuanto a recorrido y tiempo de estancia, pero hay menos gente y me apetecía ver La Roja de noche. Hubo un pequeño detalle chungo: El Patio de los Leones es, en mi opinión, una de las obras arquitectónicas más hermosas de todos los tiempos. Se trata de una representación del paraíso islámico: los canales de agua que convergen en la fuente central representan los cuatro ríos del edén y las columnas un bosque de palmeras. La estructura del patio provoca que nunca estés totalmente “dentro” ni totalmente “fuera”, sino que todo sea una suave progresión en un sentido u otro.

Pues bien, resulta que se han llevado los doce leones de la fuente para su restauración, lo cual me parece muy bien. Pero, por algún motivo que no logro discernir, han montado una estructura de cristal y madera sobre la pila. La estructura es enorme y tiene excesiva madera, de modo que ocupa demasiado espacio, tiene demasiada masa, rompiendo así el equilibrio del recinto. Una cagada. A cambio, Pepa y yo estuvimos unos minutos totalmente solos en el Patio de los Arrayanes, sentados frente al estanque central. Todo un lujo. Además, en el Palacio de Calos V, justo al ladito, estaba actuando la Filarmónica de Londres y mientras estábamos allí escuchábamos una composición de Falla. Y luego otro lujo: pasear por el parador de San Francisco contemplando el Albaicín y escuchando los lejanos lamentos flamencos que nos llegaban desde el Sacromonte. Y un último lujo: dormirte en tu camita viendo a través de la ventana el Generalife.

La Alhambra es uno de los lugares más hermosos del planeta. En mi cómputo personal, lo sitúo a la misma altura que Saint Michel, Venecia, Uxmal, Chenonceaux o Compostela; pero hay una diferencia: todo en la Alhambra está concebido para el deleite de los sentidos. La frescura de los patios y el agua, el trinar de las aves, el murmullo de las fuentes, los juegos de luz y sombra, el aroma de las plantas, un trazado irregular que oculta sorpresas a la vuelta de cada esquina... Las grandes obras arquitectónicas son, en realidad, máquinas de producir sensaciones y sentimientos; hay edificios que invitan al recogimiento, algunos sobrecogen y otros te sosiegan. La función de la Alhambra es dar gustito.

El más noble de los propósitos, si queréis mi opinión.


jueves, junio 25

Posparto

Por primera vez desde el comienzo de Babel he empezado a escribir un par de post y los he abandonado a las pocas líneas. Hasta ahora, se me ocurría un tema, lo que fuese, y lo escribía de un tirón, pero en estos momentos me cuesta mucho darle al teclado. No es que no tenga cosas que decir, sino que no me apetece decirlas ahora, sea porque mi ánimo no es el adecuado, sea porque son demasiado largas y yo estoy demasiado aplatanado.

Por ejemplo, quiero hablaros de mi hermano Eduardo, fallecido hace ocho años. Veréis, un amigo (Oriol, el hijo de mis padrinos), me pidió las películas de súper-8 de mi familia. No estoy hablando de unos cuantos carretes, sino de varias horas de filmación realizadas sobre todo durante los años 60. Oriol es periodista y tiene la intención de realizar un reportaje audiovisual sobre mi padre, así que transfirió los súper-8 a DVD. La semana pasada me devolvió las películas y me entregó las copias electrónicas. La filmación más antigua es de finales de los 50 y la más moderna de 1971. Durante varios días, los diez DVD’s con el registro cinematográfico de mi familia permanecieron intocados sobre mi escritorio. No me atrevía a verlos.

En 1996, dejé la casa que había sido de mis padres y en la que vivía desde 1960, situada en el centro de Madrid, y me trasladé a Aravaca, en la periferia. Además de los problemas normales de una mudanza, tuve que empaquetar todo lo que había en un trastero abarrotado de cosas pertenecientes a mis padres y hermanos. Encontré, por ejemplo, las cartas que se habían intercambiado mis padres durante su noviazgo (y no me gustó lo que vi en ellas). Encontré fotos (miles de fotos), recuerdos, guiones, cuadros, libros, de todo... y también las viejas películas familiares. Una tarde, monté en el proyector una torta de película (varios carretes empalmados) y comencé a verla. Correspondían a unas vacaciones de la familia en Asturias a mediados de los 60. Ahí estaba yo, con doce o trece años, y mis hermanos, tan jóvenes, y... mis padres, de nuevo vivos en la pantalla después de tantos años muertos. Creo que no aguanté más de cinco minutos; al cabo de ese tiempo, las lágrimas me cegaban. Apagué el proyector, guardé la película y jamás volví a ver esas filmaciones. Luego el proyector se rompió y nunca reuní el valor suficiente para encargar un repicado de aquellos súper-8. Me limité a almacenarlos, como Pandora sin atreverse a abrir la caja.

Pero el sábado pasado cogí el primer DVD del montón, lo inserté en el ordenata y me dispuse a contemplar por primera vez en trece años las imágenes en movimiento de mi pasado. Lo primero que vi fue una antiquísima filmación de mis padrinos y de sus hijos, todos ellos afortunadamente aún vivos (ahí estaba el propio Oriol cuando era un mamoncete recién nacido). Pero ya en la segunda película apareció un muerto, mi hermano Eduardo. El carrete está fechado el 15 de noviembre de 1965; por aquel entonces, Eduardo tenía veintidós años. En realidad, quien más aparece en la filmación es María Pilar, la guapísima novia de Eduardo (y un lustro después su esposa), en algún punto de la Ciudad Universitaria; pero hay un momento en que María Pilar empuña el tomavistas y aparece mi hermano. Va vestido con chaqueta y corbata, tiene una sonrisa maliciosa y corre de un lado a otro, se agacha y se levanta para dificultar que su chica pueda encuadrarle. Está bromeando, es un joven feliz, enamorado, con un gran futuro por delante.

Treinta y seis años más tarde, el 17 de marzo de 2001, ese joven resplandeciente, convertido en un cincuentón derrotado por la vida, se suicidó.

Esta vez no he llorado, aunque sólo he visto el primer DVD. No obstante, contemplar esas imágenes de mi hermano me ha recordado uno de mis mayores fracasos como escritor. En 2001, tras su muerte, decidí que quería convertir la historia de Eduardo en una novela; hoy, ocho años después, sigo dándole vueltas sin ser capaz de llegar a ninguna parte. Sé la historia que quiero contar, pero no sé lo que quiero decir acerca de ella. Quizá estoy demasiado implicado emocionalmente y eso me confunde; pero, como dijo mi hermano mayor, Big Brother, si no estuviese implicado no querría contar esa historia.

En cualquier caso, es una historia interesante, el relato de un personaje contradictorio y desmesurado que dedicó su vida a la autodestrucción. Lo que pretendo no es escribir su biografía, sino una novela basada en él; no obstante, me gustaría contaros la verdadera historia de Eduardo Mallorquí, aquí, en Babel. Pero no ahora: tengo la depresión posparto.

Hace tres semanas acabé de corregir el manuscrito de mi última novela, El juego de los herejes, el segundo título protagonizado por Carmen Hidalgo. Aún le quedan un par de correcciones más, pero la obra está prácticamente acabada. Cuando termino una novela, invariablemente, lo que siento es un profunda depresión; estoy convencido de que se trata de lo peor que he escrito nunca. No un simple trabajo mediocre, sino un texto impublicable que los editores me tirarán a la cara en cuanto lo lean. Me siento fatal, me deprimo, me amustio. Esta vez me ha pasado lo mismo, como siempre.

Afortunadamente, Miryam, mi querida editora de Espasa, ya ha leído la novela y le ha encantado. Ayer me mandó el primer boceto de la portada y está muy bien. Todo guay. Pero sigo depre. Depre para escribir. Tenía previsto meterme ahora con una novela (la tercera de Jaime Mercader) que ya tengo totalmente diseñada en la cocorota, pero ha habido cambio de planes. Así que le estoy dando vueltas a tres argumentos distintos. Pero no escribo, y cuando estoy sin escribir más de un par de semanas seguidas comienzo a sentirme en falta, culpable. Y me deprimo aún más. Por eso me cuesta incluso escribir entradas para Babel. Soy una frágil recién parida con las hormonas descontroladas.

Mañana nos vamos Pepa y yo a Granada. ¿Sabéis que en la Alhambra, dentro del recinto monumental, hay un hotel, el Parador de San Francisco, situado en lo que era un antiguo convento del siglo XV? Tiene 36 habitaciones y está siempre lleno (hay que hacer las reservas con meses de antelación). El año pasado, Pepa y yo cumplimos nuestras bodas de plata y decidimos celebrarlo pasando unos días en el Parador de San Francisco; conseguimos reservas para este fin de semana. Así que mañana partiremos para Granada y pasaré un par de días en la bochornosamente cara suite del Parador, en medio de los jardines de la Alhambra, con una mujer maravillosa a mi lado.

Y si así no se me quita la depre posparto, es que soy total y definitivamente gilipollas.

martes, junio 16

Atrapados en nosotros mismos

A partir de cierta edad, digamos los cuarenta, la realidad se impone. Antes, una persona es lo que es y todo lo que pude llegar a ser, pero cuando se llega a la jodida mediana edad las posibilidades de cambiar se reducen drásticamente y uno es justo lo que ha conseguido ser. No digo que no pueda haber cambios –sin ir más lejos, puede tocarte la Primitiva-, pero en algún momento, entre los 30 y los 40, se produce una especie de fosilización de la personalidad y uno, en el interior, se queda ahí para siempre, sin otros cambios que una progresiva radicalización de los rasgos más acusados del carácter. Digamos que, a partir de los 40, uno es una foto bastante exacta de lo que va a ser en el futuro, pero no necesariamente de lo que fue en el pasado. La niñez, la juventud, es cambio constante, un periodo en el que cualquier cosa puede pasar, una especie de estado cuántico que dura hasta que, a lo largo de los años, se toman decisiones (y suceden cosas) que acaban colapsando la función de onda. Y, entonces, de entre un universo de posibles alternativas, sólo queda una realidad, probablemente inmutable.

Salvo aquellos que seáis demasiado jóvenes (suponiendo que las palabras “demasiado” y “joven” puedan ir juntas), ¿no os sentís un poco extraños cuando os encontráis con un amigo al que no veíais desde el colegio? Una vez, cuando yo tenía treinta y muchos años, me encontré con Luis, un compañero de los Maristas. Habíamos sido muy amigos, pero no nos veíamos desde el bachillerato. Luis, el Luis que yo recordaba, era un adolescente alocado y juerguista, un divertido gamberrete que no se tomaba nada en serio. El Luis que me encontré veinte años después era un señor muy serio, médico cardiólogo, propietario de una clínica, un tipo sensato y respetable a quien confiaría sin dudar la salud de mi corazón, pero con el que, en principio, jamás me iría a tomar unas copas. Al tío le había ido muy bien en la vida, y me alegro, pero no tenía absolutamente nada que ver con el Luis que yo conocí; era como tener delante a un conocido desconocido, como ver una imagen doble, lo que había sido mi amigo y lo que en aquel momento era.

A Luis le fue bien, pero a Fote, en mi opinión, no. Fote y yo fuimos muy amigos cuando teníamos 17 o 18 años; nos corrimos juergas y compartimos litronas y los primeros canutos. Fote era un tipo tranquilo, una muy buena persona que, cuando tenía 19 o 20, decidió irse de España para no hacer la mili, desertó (corrían los últimos tiempos del franquismo). Vivió durante varios años en Francia y le perdí la pista; no volví a verle hasta finales de los 80. Fote se había hecho adepto a la macrobiótica, estaba delgadísimo y había cambiado radicalmente; ahora, todo para él giraba en torno a los “siete principios universales, el ying y el yang y toda esa mística alimentaria. Me resultó muy difícil hablar con él; fue como esa película, La invasión de los ladrones de cuerpos, donde las personas son sustituidas por seres idénticos a ellas, pero sin alma.

De vez en cuando me han invitado a reuniones de viejos amigos, gente a la que no veía desde hacía veintitantos años. Sólo asistí a una, la primera, y me deprimí mucho. ¿Cómo no me va a deprimir encontrarme con mi primera novia -a quien siempre recordaré como una bonita pelirroja de 17 años- convertida en toda una madre de familia? Pero lo peor fue contemplar a todos aquellos antiguos amigos, recordar cómo eran y lo que querían llegar a ser, y ver en qué se habían convertido finalmente. Tantos sueños rotos, tantas esperanzas fracasadas, tantas renuncias… A fin de cuentas, eso es madurar, ¿no?; renunciar a los sueños juveniles y aceptar la cruda realidad: ya nunca serás cantante, ya nunca harás la revolución, ya nunca tendrás un bufete, ya nunca triunfarás en el cine, ya nunca escribirás, ya nunca serás “importante”, ya nunca pintarás una obra maestra, ya nunca serás un as del deporte… Muy pocos de mis amigos han alcanzado las metas de su juventud. Da igual si les ha ido bien o mal, la cuestión es que la mayoría, por no decir todos, se han convertido en algo distinto a lo que querían ser.

A mí me sucede lo mismo, por supuesto, igual que les sucede a aquellos viejos amigos con los que he mantenido la relación; pero una cosa es seguir día a día el lento proceso de destrucción de los sueños y otra muy distinta encontrártelo de repente, viéndote obligado a dar un salto de dos o tres décadas entre la persona que fue y la que ahora es. Por eso me deprimen las reuniones de viejos amigos, antiguos alumnos o lo que sea, porque lo único que veo es un paisaje lleno de ruinas.

Supongo que pensaréis que este más bien sombrío comentario se debe a mi reciente cumpleaños, pero no es así. La mayoría de las personas acabamos descubriendo que siempre hay que pagar un precio, que no podemos tenerlo todo, que es imposible no renunciar a los sueños, aunque sólo sea para abrazar otros distintos. Y aprendemos a aceptarnos a nosotros mismos, a intentar ser felices con lo que tenemos y no desgraciados por lo que podríamos haber tenido. Aprendemos que estamos atrapados dentro de nosotros mismos y que jamás podremos huir de esa prisión, así que mejor será convertirla en un lugar al menos confortable.

Pero hay gente que no puede hacerlo, que le resulta imposible aceptar lo que es; personas que en su juventud esperaban mucho de sí mismas y que, tras fracasar en todo lo que han intentado, o no atreverse a intentar lo que de verdad querían, son incapaces de reconoce su realidad, sea ésta la que sea. Son personas que intentan proyectar hacia el exterior su imagen ideal de sí mismas, personas que pretenden saberlo todo, personas que a base de mentir y mentirse, pese a no engañar a nadie, terminan por creerse sus propias fantasías. Son patéticos y serían dignos de lástima si no fuese porque, además de lamentables, suelen ser unos pesados egocéntricos aquejados de narcisismo. Están, como estamos todos, atrapados en sí mismos, pero no lo saben; lejos de ello, sin permitirse aceptar ni por un instante su vulgaridad, creen vivir en un palacio y no paran de molestar a los demás con su boba y pretenciosa perorata llena de soterradas frustraciones e insidiosos rencores.

Tengo un vecino que, además de ser así, es tonto del culo, exactamente la clase de persona a la que se le podría aplicar el texto de una pegatina que vi en USA: “Jesucristo te ama. Todos los demás pensamos que eres gilipollas”.

miércoles, junio 10

Un clavo más en el ataúd


Cum-ple-aaaaaños feliz,

cum-ple-aaaaaños feliz,

me deseeeo a mí mismo

cumpleaños feliz...

martes, junio 9

Deudas pendientes


Hay asuntos, injusticias, que uno nunca olvida; no tienen por qué ser grandes atropellos, de esos que salen en los periódicos; basta con que produzcan la suficiente indignación para que se te queden grabados en la memoria y perduren a lo largo de los años, como una de esas antiguas contusiones que, sin llegar a doler, te molestan cuando va a cambiar el tiempo. Hace poco, debatiendo en Internet, salió el tema de El Quijote y eso me ha traído a la memoria una vieja deuda pendiente.

Veréis, cuando estudiaba COU (el equivalente a PREU o a 2º del actual bachillerato) tenía un profesor de literatura muy, pero que muy pedante. Aquel tipejo (nótese el afecto que le profeso), cuyo nombre he olvidado, debía de tener cerca de cuarenta años y era bajito, calvo, algo regordete y tosco; es decir, su aspecto de gañán era exactamente lo opuesto a su refinado espíritu de lector culto y exquisito. También era homosexual, aunque eso, en principio, no viene al caso. La cuestión es que yo no le caía nada bien al jodido cabrón. ¿Por qué? No estoy seguro; creo que, en parte, se debía a que yo era hijo de José Mallorquí, un escritor popular que para él debía de ser pura escoria, basura que ensuciaba el buen nombre de la literatura. Pero también podía deberse a que yo era mucho más alto. O a que yo era el que mejor escribía de la clase. Él tenía un alumno favorito, un atildado jovencito también homosexual, a quien siempre recurría como ejemplo de buen estudiante. El chaval era tan exquisito como el profesor, igual de afectado, y siempre era el que mejor lo hacía todo... salvo una cosa: escribir. Ahí el mejor era yo, y eso le jodía al puñetero profe. Por cierto, si señalo el tema de la homosexualidad es para dejar claro la intensidad y cualidad del afecto que el educador profesaba hacia el educando.

Un día, no sé por qué, el profesor me preguntó en clase cuál era mi poeta favorito. Yo le respondí que Antonio Machado y aquel pedazo de capullo, admirador confeso de Lorca, se dedicó a cachondearse públicamente de mí por la vulgaridad de mi gusto. Recuerdo que citó la famosa metáfora “por donde traza el Duero su curva de ballesta”, tildándola de simplista y facilona, sobre todo al compararla con las complejas imágenes de Lorca. En fin, eso deja claro qué clase de persona era el puñetero profe; un educador no debe guiarse por sus gustos personales y mucho menos hacer burla y escarnio público de las preferencias literarias de sus alumnos. Pero él era así: pedante, despectivo y sobrado.

En otra ocasión, estando en clase, el profesor me formuló la siguiente pregunta: ¿Qué pretendía Cervantes al escribir El Quijote? Tras meditarlo un instante, respondí: “Realizar una sátira sobre las novelas de caballerías”. Oh, amigos míos, con cuánto cachondeo acogió mi respuesta. ¿La mejor novela de todos los tiempos sólo pretendía ser una sátira? ¿Es que yo era así de simple o me lo hacía? Tras unos minutos de despectivas burlas, el profesor le trasladó la pregunta a su “protegido”, que, como era de esperar, ofreció la contestación convencionalmente académica que el educador esperaba.

Y yo me callé, amigos míos; sólo era un inseguro adolescente, y él mi profesor, así que punto en boca y a aguantar el chaparrón; pero la indignación germinó en mi interior y fue creciendo conforme los años me restaban juventud e inseguridad. Por desgracia, concluido el COU, jamás volví a ver a mi profesor, así que nunca he podido decirle a la cara lo que pensaba de él y de sus preguntitas. Pero ha llegado el momento de saldar la deuda.

Escasamente estimado profesor, sea cual sea tu nombre: sé que lo más probable es que jamás leas estas líneas, incluso es probable que la hayas diñado, pero cabe la posibilidad de que sí las lea alguno de mis condiscípulos de aquel entonces, alguno de los alumnos que escucharon y padecieron tus despectivas burlas de intelectual de pacotilla. Ha transcurrido mucho tiempo, he crecido, he madurado, se me considera una persona más o menos culta. De hecho, soy escritor; ya, ya sé que en tu opinión escribo basura, noveluchas populares que sólo merecen desprecio, pero lo cierto es que estoy más cerca de la literatura de lo que tú jamás has estado. Pues bien, insoportable intelectualillo, transcurridos los años, desde la perspectiva que otorga el tiempo, me reafirmo en que mi respuesta era correcta. Creo que Cervantes pretendía básicamente escribir una sátira de las novelas de caballerías, porque es lo que finalmente escribió. ¿Que El Quijote es más que una sátira? Por supuesto, pero es imposible determinar hasta que punto Cervantes pretendía ir más lejos, ni en qué medida ese plus literario se produjo antes o durante el proceso de escritura de la novela. Cualquier cosa que se afirme a este respecto no es más que pura especulación, porque, entre tú y yo, pedante de mierda, nadie, absolutamente nadie, salvo el difunto interfecto, sabe a ciencia cierta qué cojones tenía Cervantes en la cabeza cuando comenzó a escribir su gran novela. Tu pregunta, tontolculo, era una soplapollez.

Ah, se me olvidaba: casi cuarenta años después me sigue gustando Antonio Machado. ¿Pasa algo, gilipollas?

Joder, qué a gusto me he quedado...

viernes, junio 5

Asómbrame

Ayer, leyendo un debate en Prospectiva, encontré un comentario que me llamó la atención. El comentarista, al parecer un merodeador más o menos talludito, decía que él solía leer siete u ocho libros a la vez y que la inmensa mayor parte de ellos eran ensayos. Luego, se preguntaba si ese menor peso de la ficción en sus lecturas no tendría que ver con la edad. Pues bien, lo que me llamó la atención es que a mí me sucede exactamente lo mismo.

Acabo de revisar la pila de libros que se amontona sobre y a los pies de mi mesilla de noche y éste es el resultado: en estos momentos estoy leyendo cinco ensayos -o non-fiction, como dicen los anglosajones- y una novela (Déjame entrar, de John Ajvide Lindqvist). La verdad es que nunca he leído más de una novela a la vez; si intentaba compaginar dos, por ejemplo, siempre había una que me interesaba más y acababa monopolizando la lectura. Lo que sí he hecho es leer casi exclusivamente novelas (o antologías de relatos cortos), una tras otra, intercalando algún que otro ocasional ensayo. Sin embargo, con el paso del tiempo, el porcentaje de no ficción ha ido incrementándose hasta llegar a superar con creces el peso de la ficción. ¿Por qué?

Hace tiempo, escuché una historia –casi seguro apócrifa- con la que me sentí identificado. Un día, Alejandro Magno fue en busca de un gran filósofo (no recuerdo cuál) y, tras expresarle la admiración que le profesaba, dijo que le pidiese cualquier cosa, lo que quisiera, pues él se lo concedería. Tras meditar unos segundos, el filósofo respondió: “Asómbrame”.

¿Hay algo más maravilloso que el asombro? Es como si en tu mente se abrieran nuevos recintos, como si una parte de ti naciera otra vez y volvieras a ser niño, como si te hicieran un regalo magnífico e inesperado. Adoro asombrarme, es una de las sensaciones más totales y gratificantes que pueden experimentarse, casi una experiencia mística; en realidad, es lo que nos mantiene vivos, impidiéndonos caer en el coma de la monotonía. Cuando era un niño pequeño, el descubrimiento de la realidad me asombraba; ver el mar por primera vez, contemplar el infinito pasmo del firmamento, o simplemente perderte en el universo de polvo que flota en un rayo de luz. Luego, descubrí que la ficción también podía causar asombro y en grandes cantidades. Y me asombraban los tebeos de Superman, y más tarde descubrí el pirotécnico asombro de la ciencia ficción, y un buen día tropecé con Borges. ¿Recordáis lo asombroso que es leer a Borges por primera vez? Más o menos al mismo tiempo, García Márquez me demostró que, en literatura, el asombro no tenía por qué ser sólo intelectual, sino también estético. Y un nuevo mundo de ficción asombrosa se abrió ante mí.

Pasó el tiempo, se sucedieron muchísimas lecturas, miles de ficciones, y poco a poco fueron aumentando los ensayos. La divulgación científica siempre estuvo allí; mi amor a la ciencia ficción hizo que me interesara por la ciencia, así que siempre he consumido esa clase de no ficción. Luego me interesé por la historia, lo que me condujo a la antropología. Un artículo de Marvin Harris sobre el cristianismo me presentó la religión desde una perspectiva distinta, arrojándome de lleno a la arqueología bíblica. Y a la arqueología en general. Y llegó la filosofía. Y el arte. Y la psicología. Y la política... En fin, de todo un poco, como buen diletante que soy. El caso es que encontraba toneladas de asombro en esos ensayos; y sigo encontrándolas, como por ejemplo cuando leo algún libro de Michio Kaiku o de Richard Dawkins.

Sin embargo, cada vez me cuesta más asombrarme con la literatura, cada vez me resulta más difícil encontrar una novela que me muestre las cosas como nunca antes las había visto. No es que no ocurra nunca, por supuesto; sigue sucediendo, pero con mucha menor frecuencia que antes. Sigo leyendo novelas, sí, pero incluso cuando me gustan, no puedo evitar decirme: “está bien, pero... me suena conocido”. Es como, si por haber leído demasiado ficción, al final las cosas comenzaran a repetirse, como si ya me supiera los trucos, como si transitara por un camino muchas veces recorrido. No siempre, insisto; sólo la mayor parte de las veces.

Así pues, ¿las ficciones que se publican ahora han perdido la capacidad de asombrar? ¿Los clásicos se han deslucido con el paso de los años? ¿Cualquier tiempo pasado fue mejor? No, para nada; el que ha cambiado soy yo. Me he fosilizado. Soy un niño al que cada vez le cuesta más encontrar cuentos que le dejen con la boca abierta, de modo que vuelve la mirada hacia la realidad, porque la realidad es una fuente inagotable de motivos de asombro. Soy un adicto al pasmo que cada vez necesita dosis más altas para colocarse. Soy un trilobite.

Soy, reconozcámoslo, un pasajero al final de la línea, porque uno empieza a morir cuando comienza a perder la capacidad de asombro.

Cachis la...

viernes, mayo 29

Descreídos

El otro día compré un libro llamado Dios no existe (Debate, 2009), de Christopher Hitchens. El título no deja lugar a dudas: se trata de un libro sobre ateismo; de hecho, es una recopilación de textos ateos de diversos autores, desde Lucrecio hasta Salman Rushdie, pasando por Mark Twain o Ian McEwan. El año anterior, la misma editorial había publicado otra obra del mismo autor, Dios no es bueno (Debate, 2008), un alegato acerca de lo perjuicios causados por la religión a lo largo de la historia. Ese mismo año se editó La Biblia del ateo (Seix Barral 2008), de Joan Konner, una antología de máximas ateas. Un año antes, apareció El espejismo de Dios (Espasa, 2007), un vigoroso ensayo ateo escrito por Richard Dawkins. Otro año atrás, se publicó Tratado de ateología (Anagrama, 2006), de Michel Onfray. Y tres años antes se editó Por qué no soy musulmán (Ediciones del Bronce 2003), de Ibn Warraq, un ejercicio de ateismo orientado contra el Islam.

Paralelamente, han aparecido otros dos libros que, si bien no se centran en el ateismo, atacan las creencias pseudocientíficas y supersticiosas tan en boga en nuestro tiempo: Por qué creemos en cosas raras (Alba 2008), de Michael Shermer, y Los nuevos charlatanes (Ares y Mares 2008), de Damian Thompson. Ambos títulos critican, sobre todo, la pseudomística de baratillo de la New Age, las falsas medicinas como la homeopatía o la reflexoterapia, lo paranormal, las experiencias cercanas a la muerte, las abducciones OVNI y todas esas chaladuras, pero también dedican muchas páginas a combatir ciertos aspectos de la religión, como el furibundo ataque integrista contra el darwinismo basado en la impostura del “diseño inteligente”.

Yo diría que, en los últimos seis años, se han editado en nuestro país más libros sobre ateismo que durante el resto de nuestra democracia (antes, durante el franquismo, sencillamente estaban prohibidos). ¿Por qué este repentino interés por el pensamiento ateo? O, mejor aún, ¿por qué de repente los ateos se dedican a defender públicamente sus ideas? En realidad, es extraño, pues los ateos suelen ser poco dados al proselitismo. Todo ateo, generalmente en la juventud, ha pasado por un periodo durante el cual discutía con cualquier religioso que se le ponía delante. No obstante, el ateo pronto descubre que esas discusiones son inútiles, no conducen a nada y acaban resultando tediosas, así que el ateo decide callarse y no discutir salvo que le toquen mucho las narices. Además, el ateo sabe que los vientos de la historia le son favorables; las sociedades occidentales son cada vez más laicas, el peso de la religión cada vez es menor, así que basta con sentarse tranquilamente y confiar en que el proceso siga su curso.

El problema es que las religiones (particularmente las diversas ramas del cristianismo) también han advertido su decadencia y han decidido pasar al contraataque. Es evidente que los estamentos religiosos, aliados con los sectores políticos más conservadores –sean los neo-con de Bush o el PP de Aznar-, iniciaron una ofensiva en toda la regla para ocupar más nichos de poder en la sociedad. Y no me voy a molestar en ofrecer ejemplos, porque podéis encontrarlos en todos los medios de comunicación. Así pues, el despertar de los ateos, que no sólo puede constatarse por la proliferación de libros sobre el tema, sino también por acciones públicas como la de los autobuses con el lema “probablemente dios no existe”, no es en realidad un ataque contra la religión, sino una defensa del laicismo ante la ofensiva teísta.

Otra cuestión es, y ya centrándonos en España, cómo se plantea la iglesia católica esa ofensiva. Algunas de las cosas que hace las entiendo; no las comparto, pero las entiendo; sin embargo, otras... no sé, es como si hablaran y actuaran seres de otro planeta, o de otro tiempo. Por ejemplo, nuestro ínclito cardenal Antonio Cañizares ha declarado recientemente: "No es comparable lo que haya podido pasar en unos cuantos colegios" -en relación con los abusos a menores cometidos en escuelas católicas irlandesas entre los años 50 y 80- "con los millones de vidas destruidas por el aborto".

No pretendo iniciar un debate sobre el aborto; es un tema delicado y, en realidad, a nadie le gusta la idea de abortar, aunque algunos pensemos que es un derecho inalienable de la mujer. No obstante, no es lo mismo un aborto que un asesinato, igual que no es lo mismo partir por la mitad una semilla que talar un árbol. Incluso los propios antiabortistas aceptan implícitamente que no es lo mismo. De hecho, cuando una mujer sufre un aborto natural, es un disgusto, sí, una desilusión, pero nadie organiza un funeral ni se viste de luto. Y en el caso de los abortos provocados, muy pocos antiabortistas se atreven a pedir que las mujeres que han abortado sean castigadas con penas similares a las de los asesinos.

Pero el señor Cañizares ve las cosas de otra forma. Para él, la destrucción de embriones es un pecado horrible, pues no solo es asesinato, sino que además las víctimas son pobres seres inocentes e indefensos. Por el contrario, abusar sexualmente de unos cuantos miles de niños... en fin, nadie ha muerto, ¿verdad? El señor Cañizares sostiene que interrumpir el desarrollo de un organismo no consciente, un puñado de células en proceso de formación, es mucho más grave que destruir moral y psicológicamente a un niño. ¿Esa es la clase de ética que pretende vendernos la jerarquía católica? Así les va.

Pero vamos a suponer que el señor Cañizares tiene razón; aceptemos que el aborto es el crimen más execrable que pueda cometerse, una atrocidad por la cual las mujeres que abortan y los médicos que las asisten deberían arder en la hoguera. Vale, la pregunta es: ¿le resta eso ni un ápice de gravedad al delito de abusar sexualmente de un menor? Ya que hay abortos, ¿barra libre y monaguillos para todos?

A veces, los comentarios de algunos religiosos hacen más en pro del ateismo que todos los libros del mundo.

jueves, mayo 21

Buenas malas novelas


Un amable merodeador de Babel, Arturo Villarrubia, sugería llevar el juego de la anterior entrada al terreno literario; es decir, confeccionar una lista de buenos malos libros, de novelas que reconocemos como bodrios, pero que por algún motivo nos gustan. Me pareció buena idea, así que me puse a redactar una lista y... cuando sólo había anotado cuatro títulos me quedé paralizado, inmerso en un mar de dudas. No sabía si las obras que había elegido eran malas o buenas, no lograba encontrar baremos adecuados. Lo que era fácil aplicado al cine resultaba jodidamente trabajoso referido a la literatura. Pero, ¿por qué?

De entrada, no es lo mismo una novela que una película. Y eso que se parecen mucho, no os creáis que no; la narrativa es, en líneas generales, similar, tienen importantes elementos comunes (argumento y personajes, sin ir más lejos), y lo uno se puede convertir en lo otro (y lo otro en lo uno) sin demasiada dificultad, como demuestran las innumerables obras literarias adaptadas a la gran pantalla. Pero hay una diferencia básica: una novela es producto del trabajo de una única persona, el escritor, mientras que una película es fruto de un colectivo. Es decir, puede que una película tenga un argumento soso y una dirección plana, pero a lo mejor contiene una interpretación de quitar el hipo, o la fotografía es la pera, o la música maravillosa... Hay gran cantidad de elementos que influyen en la percepción de un film, y algunos de ellos pueden ser tan poderosos como para cambiar la apreciación acerca del conjunto.

Sin embargo, el escritor es omnipresente; él crea el argumento, diseña los personajes, les da voz, pone las luces, construye los decorados, lo hace todo: por tanto, si el escritor es un maula, eso afectará a todos los aspectos de la novela. O no, porque un escritor puede, por ejemplo, construir magníficos argumentos y ser flojo en el diseño de personajes, o ser brillante con los diálogos y un tarugo con las descripciones, o tener una prosa bellísima pero ni idea de narrar. En efecto, una novela puede gustarte (o disgustarte) sólo en parte; de hecho, sucede con frecuencia. Ahora bien, ¿cómo pondero esos elementos para evaluar la calidad global, teniendo en cuenta que debe tratarse de un texto que considero malo pero que al mismo tiempo me gusta los suficiente como para leerlo? Porque, ojo, una película se ve en un par de horas, pero una novela requiere mucho más tiempo; vale, no tenemos inconveniente en perder ciento veinte minutos en una nadería, pero ¿y veinticuatro horas?

Hay cosas que no le perdono a un texto escrito, pero sí podría eventualmente aceptar de una película. Por ejemplo, los personajes. Soy incapaz de leer novelas con personajes planos y/o inconsistentes, sencillamente me desconecto; sin embargo, una película con malos personajes puede ofrecerme un espectáculo visual trepidante a cambio. ¿Qué puede ofrecerme una novela para compensar unos caracteres mal compuestos? ¿Un gran argumento? Una trama sin personajes no me interesa. Entonces, ¿la prosa? Pues mira, ese es quizá el baremo más usado para juzgar la calidad de un texto. Así pues, podríamos confeccionar una lista de buenas malas novelas escogiendo textos escritos con una prosa digamos que meramente funcional, pero muy bien narrados, con personajes sólidos y argumentos imaginativos. Lo que pasa es que, si hacemos eso, la lista puede acabar siendo inmensa. Además, no creo que la prosa sea el elemento sine qua non para determinar la calidad de un libro. En mi opinión, tratándose de novela el factor clave es la técnica narrativa, aunque ni siquiera eso puede considerarse una norma general, pues hay verdaderas obras maestras con muy poquita narrativa dentro.

En cierta ocasión, mi buena amiga y gran escritora Care Santos me comentó que estaba leyendo los cuentos de Robert Bloch. Ella no tenía por aquel entonces mucha experiencia con la literatura de género –en concreto, no conocía a ese escritor- y, comentando la calidad de esos relatos, recuerdo que dijo: “no sé si son comida basura o maravillosas delicatessen, pero me encantan”. Y es que, según el punto de vista que se escoja, un mismo texto puede ser un bodrio o una pequeña obra maestra. Si encima nos movemos en la nebulosa zona de los buenos-malos la cuestión se vuelve aún más compleja.

Pero hay algo más: creo que, de algún modo, le exigimos menos al cine que a la literatura. Parece como si al cine, al ser un espectáculo, se le permitiera ser entretenido sin poner en duda su calidad, mientras que calificar a una novela de entretenida es ponerla automáticamente bajo sospecha. Diríase que el cine es un arte menor que, por tanto, puede consumirse con cierta ligereza, mientras que la literatura es un arte sublime que requiere para su consumo adoptar una expresión adusta y proveerse de grandes dosis de tenacidad. Por ejemplo, muchos intelectuales no tienen ningún reparo en reconocer que adoran el cine clásico de Hollywood y confiesan que les encantan los western de John Ford. Pues bien, ¿cuántos de esos intelectuales admiradores de Ford han leído aunque sólo sea una novela del oeste? Y quien dice western, dice thriller, ciencia ficción o cualquier otro género. De hecho, nadie tiene nada contra el cine de género, pero la literatura de género sigue levantando suspicacias en los círculos académicos.

A todo esto debe añadirse que, mientras que sí veo más de una vez las mismas películas, rara vez releo una novela. Por tanto, hay novelas que leí cuando era muy joven y me encantaron, pero que quizá ahora me pareciesen un pestiño, así que no puedo fiarme mucho de mi memoria ni de la huella que esas novelas dejaron en ella. En resumen, que no he podido confeccionar una lista de buenas malas novelas, así que comentaré brevemente los escasos títulos que había barajado.

En primer lugar, no una novela, sino un escritor: Keith Laumer. Se trata de un autor de ciencia ficción de segunda fila que acabó sus días literalmente como un cencerro. Hace mucho tiempo, leí varias obras suyas: El largo crepúsculo, La jaula infinita, Catástrofe planetaria, Un resto de memoria, Mundos de Imperio y puede que alguna otra que ahora no recuerdo. Casi todas son muy parecidas; sus protagonistas suelen ser superhombres amnésicos, o mesías oscuros, que van descubriendo poco a poco sus extraordinarios poderes, así como que forman parte de alguna confusa conspiración a escala cósmica. En fin, cuando leía esas novelas sabía con certeza que eran malas, pero había algo en ellas que me divertía profundamente. Vamos, que me están entrando ganas de releer alguna...

Otro candidato para la lista: Dune, de Frank Herbert. Sé que por decir esto más de uno me va a poner a parir, pero es lo que pienso, amigos míos. Herbert era un famoso escritor de ciencia ficción, pero un pésimo escritor. Era muy malo, de verdad, tenía una prosa espantosa, utilizaba recursos baratos, carecía de sentido del ritmo, no tenía ni idea de componer personajes y sus argumentos eran delirantes o, simplemente, aburridos. Pero en cierta ocasión escribió una novela, tan mal escrita como todas las otras, aunque con un argumento resultón (algo así como una novela “de Ruritania” en ambiente futurista). La cosa, muy larga, tenia toques místicos, un mundo y una mitología más o menos coherentes y un protagonista en plan “emperador de todas las cosas”. Lo llamó Dune, lo publicó y tuvo un éxito del copón bendito. En fin, la novela es tan mala como todas las suyas (luego se multiplicó en una inacabable serie aún más espantosa), pero también es divertida, tiene su punto, lo suficiente como para hacer olvidar lo mal escrita que está. Una buena mala novela, vamos.

En tercer lugar, otro autor; mejor dicho, dos autores: Douglas Preston y Lincoln Child. Esta pareja escribe género de terror, thrillers más o menos sobrenaturales, algún que otro tecnothriller e incluso novelas de aventuras. Son novelas absolutamente carentes de cualquier pretensión, simples entretenimientos, a veces malos sin paliativos; pero ocasionalmente consiguen pergeñar relatos muy divertidos que respetan la inteligencia del lector. Novelas como The Relic, Los asesinatos de Manhattan o la serie protagonizada por el agente Pendergast son ideales para pasar un buen rato sin grandes complicaciones.

Por último, El Padrino, de Mario Puzo. Y aquí se me desmontó el tenderete, porque no estoy nada seguro de que El Padrino sea una mala novela. La verdad es que no sé lo que es; igual se trata de un clásico contemporáneo, vete tú a saber. O bazofia populachera, depende del punto de vista. ¿Veis como no es fácil?

jueves, mayo 14

Mis malas películas favoritas

Hace tiempo, oí decir que Casablanca era la mejor mala película de la historia del cine y, si te paras a pensarlo, es verdad. La película de Curtiz es un cúmulo de topicazos sentimentaloides, con un Marruecos de guardarropía, diálogos imposibles y personajes de una pieza. De hecho, cuentan que el rodaje fue un caos donde nadie estaba muy seguro de saber de qué iba el asunto y el guión se improvisaba día a día. Y sin embargo, por una prodigiosa conjunción de factores, ahí tenemos una película inmortal con, quizá, el mejor final de la historia del cine (junto con el de El tercer hombre, me apresuro a afirmar).

No es Casablanca, por supuesto, el único caso de buena mala película. Ahí tenemos, por ejemplo, todos los films de los Hermanos Marx; el más cuidado de ellos, Una noche en la ópera, no pasa de mediocre y el resto son, cinematográficamente hablando, entre malos y muy malos. Pero, ¿eso qué importa? ¿Qué más da que la historia sea idiota, el guión inexistente y la dirección plana? El verdadero espectáculo son Groucho, Harpo y Chico, ellos impregnan de genialidad cada fotograma de sus películas y todo lo demás pasa a un segundo plano. O, ya en plan trash, podemos citar las películas hongkonesas de Bruce Lee. Son los films más cutres que he visto, pero a mí me fascinan. En cuanto aparece Lee toda la mugre se desvanece, y cuando se pone a repartir estopa suenan las campanas de gloria.

Aunque, claro, eso de Bruce Lee puede que sea una aberración exclusivamente mía. Porque todos, lo confesemos o no, tenemos unas cuantas buenas malas películas en nuestro altarcito particular dedicado al dios del mal gusto. Aunque, cuidado, no se trata de películas generalmente tildadas de bodrios que a nosotros nos parezcan buenas; no, son películas que nosotros mismos reconocemos como malas, pero que, por algún motivo, nos gustan.

Esto viene a cuento porque la semana pasada pillé en uno de los canales digitales una de mis malas películas favoritas; estaba empezada y ya la había visto dos o tres veces, pero me quedé viéndola hasta el final. Se trata de Velocidad terminal (Deran Serafian, 1994), protagonizada por Charlie Sheen y Natassia Kinski. Podríamos definir esta película como un Hitchcock macarra; de hecho, comienza de forma casi idéntica a Vértigo, sólo que en plan paracaidismo. Es la típica historia de hombre inocente que, por azar, se ve implicado en una conspiración que amenaza una y otra vez su vida. En este caso, la trama va de un rollo de espionaje escasamente original, está narrada de forma plana y contiene todos los tópicos imaginables. Pero hay algo en ella que me gusta. Puede que sea porque las secuencias aéreas están bien rodadas y resultan emocionantes, o porque la Kinski está jartá de buena, o porque Sheen me cae bien (es un actor limitado, pero capaz de burlarse de sí mismo), o porque es una producción sin pretensiones, o por su sentido del humor, o porque James Gandolfini aparece en un papelito secundario... no lo sé, pero, pese a lo mala que es, siempre me quedo mirándola.

Tras ver una vez más Velocidad terminal, me pregunté si había otras malas películas que me gustasen y, en pocos minutos, encontré cinco. Seguro que hay más, pero mi memoria es un desastre; en cualquier caso, permitidme compartir con vosotros mis vergüenzas. Por ejemplo, tenemos una exótica película llamada Hechizo letal (Cast a deadly spell, Martin Campbell 1991). Su argumento transcurre en 1948, en un Nueva York alternativo donde todo el mundo practica la magia menos el protagonista, un detective al estilo Marlowe llamado Lovecraft. Nuestro hombre recibe el encargo de buscar un libro misterioso (el Necronomicon, cómo no) y tendrá que enfrentarse a Primigenios, zombis, sucubos y todo tipo de monstruosidades. Vamos, un cruce entre los Mitos de Chtulhu y El Halcón Maltés. En realidad, se trata de una película producida para TV, pero como quedó resultona, decidieron proyectarla en cines, aunque en España se distribuyó directamente en video. El caso es que el acabado final es más bien cutre y los efectos especiales de barraca de feria (lo cual, por otro lado, le brinda cierto encanto). Pero Fred Ward está muy bien en su papel de detective cínico y duro, la idea es atractiva y el guión, aunque no saca todo el partido posible a sus planteamientos, está dotado de un juguetón sentido del humor. Una simpática buena mala película en definitiva.

Algo raro debe de pasarme con Martin Campbell, porque hay otra película suya en mi lista de malas-buenas: Límite vertical (2000). El asunto va de alpinismo: dos hermanos escaladores, chico y chica, están enemistados a causa de la muerte de su padre en un accidente de montaña (la hermana culpa al hermano). El chico deja de escalar, pero la chica sigue haciéndolo y, tiempo después, dirige una expedición para coronar el K2, la segunda montaña más alta del planeta. Hay un accidente y la chica queda atrapada, entonces su hermano organiza una cordada para rescatarla. En fin, la película es un cóctel de tópicos lleno de insensateces y escenas absurdas. Y sin embargo, tiene algo, un no sé qué, que la salva de la quema; quizá sea su curioso punto de vista sobre el alpinismo. Veréis, cuando se piensa en el Himalaya y en la escalada, lo que a uno le viene a la cabeza es soledad y silencio; pues bien, nada más lejos de la realidad. Tal y como muestra Campbell, durante la época de escalada las principales montañas del Himalaya están hasta arriba de alpinistas; una comunidad de pirados que viven por encima de los cuatro mil metros de altura. Puede que sea esa inusual visión del alpinismo lo que le presta cierto atractivo a la cinta, o las espectaculares escenas de escalada, o algún que otro personaje atractivo, como el escalador-zen que interpreta Scott Glenn, o la presencia de ese bomboncito llamadoIzabella Scorupco... o a lo mejor la peli es una mierda absoluta y yo me he vuelto tonto.

La siguiente película de mi lista es Temblores (Ron Underwood, 1989). Un pequeño pueblo de Nevada, situado en medio del desierto, se ve acosado por unos monstruosos gusanos gigantes. La verdad es que no estoy nada seguro de incluir esta película en la lista; porque si bien no cabe duda de que se trata de una serie B (al estilo de las de los 50), ya es más dudoso que sea una mala película. Lo cierto es que tanto el guión como la realización saben sacar partido a la premisa de partida (si no puedes fiarte del suelo que pisas, no puedes fiarte de nada), los efectos especiales son muy apañados para el presupuesto que se manejaba, la cinta está presidida por un tonificante sentido del humor y son más que notables las interpretaciones de Kevin Bacon y Fred Ward. Así que, después de todo, quizá no sea una mala cinta. Examinando las críticas que he encontrado en Internet, he podido comprobar que la opinión está dividida: algunos la consideran una bobada y otros un clásico menor. Todo lo que puedo decir al respecto es que a mí me parece muy divertida.

Bueno, si con la anterior película tenía dudas sobre su calidad, en lo que respecta a la que voy a citar ahora no albergo ninguna, porque, amigos míos, se trata nada más y nada menos que de una peli de ¡Jean Claude Van Damme! Me refiero a Blanco humano (John Woo 1993). De entrada, aclararé que, de todos los musculitos reparteleches que han pululado por el cine internacional, hay dos que no soporto: Segal y Van Damme. Me sacan de quicio con esa rígida inexpresividad achulada suya. No obstante, en el caso de Blanco humano... Veréis, la película es tan insensata que se inspira en un clásico indiscutible del cine fantástico, nada más y nada menos que en El malvado Zaroff (Ernest B. Schoedsack & Irving Pichel, 1932). La cosa va de un grupo que organiza cacerías humanas para millonarios; las piezas son ex-soldados vagabundos. Un día, la hija de uno de esos vagabundos comienza a buscar a su desaparecido padre, contrata a Van Damme, y la “ambición belga”, repartiendo bofetadas a diestro y siniestro, acaba con la organización. Como veis, una bobada de argumento nada original. Sin embargo, el director es John Woo, un realizador muy torpe a la hora de elegir los proyectos en que se embarca, pero un maestro de las secuencias de acción. Así que las secuencias de acción de la película están excelentemente coreografiadas (cabe destacar la casi surrealista pelea en el almacén del Mardi Grass). Por otro lado, jamás antes había ofrecido Jean Claude Van Damme un aspecto tan decididamente macarra, lo cual es muy apropiado, pues el belga siempre ha sido precisamente eso, un macarra. Además, la ambientación en los pantanos de Nueva Orleans confiere a la cinta un tono adecuadamente malsano. Y Lance Henriksen compone un excelente villano. Y Yancy Butler tiene unos ojos preciosos...

Y por fin llegamos al último título de esta breve lista: Warlock, el brujo (Steve Miner, 1989). Debo confesar que sólo la he visto una vez cuando la pasaron por TV, así que no la recuerdo muy bien. El argumento narra la historia de un brujo que, condenado a la hoguera en el siglo XVII, reaparece en Los Ángeles del siglo XX dispuesto a vengarse; para ello, busca los tres fragmentos de un grimorio capaz de destruir la Tierra. Pero le sigue a través del tiempo un cazador de brujos medieval que finalmente acabará con él gracias a la ayuda de una chica hechizada por Warlock. Se trata de una serie B muy serie B, pero rodada con inteligencia y sentido del humor. Julian Sands compone un correcto malvado, los efectos especiales están manejados con sobriedad e ingenio y está dirigida con ritmo y convicción. Pero una de las cosas que más me llamaron la atención de esta película es la clase de brujería que muestra; no se emplea alta magia al estilo del Necronomicon, ni un rollo altisonante inventado para la ocasión; por el contrario, los personajes usan conjuros y hechizos extraídos del folclore popular (por ejemplo, si cortas con un cuchillo de plata la huella de la pisada de alguien, le dejarás cojo), lo cual confiere a la cinta un divertido tono entre ingenuo y rural. De nuevo las críticas de Internet se muestran divididas y de nuevo me limito a afirmar que a mí me divirtió.

Bueno, pues se acabó la lista. ¿Alguna sugerencia?

jueves, mayo 7

El resto es silencio

Quizá no lo sepáis –lo cual significaría que no seguís con atención este vuestro blog, pues ya hemos hablado de ello otras veces-, pero a comienzos de los años 90 surgió la mejor y más amplia generación de escritores españoles de fantasía y ciencia ficción. Empleo el término “generación” no porque esos autores tuvieran una edad similar (algunos eran insultantemente jóvenes y otros, como yo, galanes maduros), sino en el sentido de que todos nos pusimos a escribir cf & fantasía durante esa década.

Hay algunos aspectos curiosos en esa generación. En primer lugar, todos –creo que sin excepción- velamos nuestras primeras armas literarias en el entorno del fandom. Para los no iniciados, aclararé que fandom es una contracción de fanatic kingdom, el “reino de los aficionados”; o una caterva de frikis, según el punto de vista. De hecho, por aquel entonces no existía ninguna publicación profesional y la mayor parte de nuestros primeros escritos aparecieron en fanzines y ediciones semiprofesionales. En segundo lugar, esa generación protagonizó una pequeña revolución en el panorama del fantástico español. Hasta entonces, los escasos escritores españoles dedicados al género, salvo honorables excepciones, se dedicaban a copiar los modelos anglosajones con mayor o menor fortuna; pero la generación de los 90 –no sin cierto debate interno- optó por desprenderse de los arquetipos foráneos y, respetando la tradición del género, buscar una voz propia, un punto de vista distinto. Es decir, el nuestro: español o, quizá más apropiadamente, europeo. Por último, gran parte de los autores de los 90, que comenzaron escribiendo relatos de muy pura cf y fantasía, han ido apartándose poco a poco del “núcleo duro”, derivando hacia temáticas mestizas y géneros afines (histórico, thriller, juvenil, aventuras, etc.)

Uno de esos autores de los 90 es Rodolfo Martínez. Se trata de un excelente narrador, con una dilatada producción -entre la que cabe destacar su tetralogía dedicada a Sherlock Holmes- y ganador de numerosos premios, como por ejemplo el Minotauro (para visitar su blog Escrito en el agua pinchad AQUÍ). Pues bien, aparte de todo eso, Rodolfo Martínez –Rudy para los amigos- es un aficionado al género muy activo, como demuestra, por ejemplo, su pertinaz colaboración con la Semana Negra de Gijón. Pues bien, entre sus múltiples actividades, Rudy ha encontrado tiempo para promover un sitio de Internet llamado El resto es silencio. Se trata de una página personal donde va incluyendo poco a poco sus relatos favoritos de otros escritores españoles dedicados al fantástico. Algo así como una antología on line en constante ampliación (en el momento de escribir estas líneas hay nueve cuentos). La verdad es que me parece una iniciativa de lo más interesante y una buena oportunidad para disfrutar (y de forma gratuita, oiga) de algunas joyas autóctonas de nuestro género favorito. Si queréis visitar El resto es silencio pinchad AQUÍ.

Ah, por pura amabilidad Rudy ha escogido uno de mis relatos. Pero no os inquietéis; el resto de los seleccionados son buenos escritores.

lunes, mayo 4

La conspiración del cerdo

El verano pasado compré un libro muy divertido, La sociedad de la mentira (Zenith 2008), cuyo subtítulo reza: “La guía definitiva para conocer todas las teorías de la conspiración”. Por supuesto, eso es exagerado, no están todas las teóricas conspiraciones, porque la conspiromanía, catalizada por Internet, posee una capacidad infinita para ver maquinaciones secretas en todas partes. El libro es divertido, una lectura de WC perfecta, no porque arroje luz alguna sobre el entramado oculto de la sociedad, sino porque muestra la cantidad de insensateces que puede inventarse la gente, y la capacidad de la gente para creerse insensateces, cuanto más gordas mejor. Tengo un amigo, por ejemplo, conspirólogo de pro, para el que cualquier atentado terrorista es siempre fruto de un plan secreto del gobierno. Oyéndole, se diría que jamás ha habido terrorista alguno que actuase por iniciativa propia.

¿Por qué cree la gente en todas esas chorradas? En el fondo, es lógico. La gente considera que el poder miente, y lo considera porque es verdad: el poder –cualquier clase de poder- miente. De ahí a pensar que si miente en equis temas, por qué no va a mentir siempre, sólo hay un paso. Si a eso le añadimos unas buenas dosis de paranoia (la perturbación mental de nuestra época), obtenemos conspiromanía en estado puro. Además, no hay nada más sencillo que defender una conspiración, aunque sea careciendo de la menor prueba, porque precisamente la falta de pruebas demuestra que la conspiración existe y se mantiene con éxito en secreto. Un argumento similar serviría para defender la existencia de hombres invisibles. ¿Acaso los ves? No, luego existen.

Lo sorprendente es que las teorías de la conspiración no proliferan sólo en los sectores menos cultos de la población, sino en todas las capas sociales. Por ejemplo, la publicidad subliminal; dado que me dediqué durante muchos años a la publicidad, no era infrecuente que alguien, en algún momento, me sacase a colación el tema de la publicidad subliminal, ante lo que yo siempre respondía: “la publicidad subliminal no existe”. Y siempre me lo rebatían, aportando multitud de casos que demostraban la realidad de esa perversa técnica de persuasión oculta. De nada valía que les dijese que en toda mi vida como publicitario jamás había visto un anuncio subliminal, ni que, aunque la publicidad subliminal funcionase (que no lo hace), resultaría inútil, pues sería incapaz de generar algo tan básico como el recuerdo (y la imagen) de marca. Daba igual, la publicidad subliminal existe, precisamente porque, como ocurre con los hombres invisibles, no la vemos.

Y sin embargo, la publicidad subliminal es un mito. El término lo creó en 1957 James Vicary, un asesor publicitario cuya empresa estaba a punto de irse a la bancarrota. Para intentar reflotar el negocio, Vicary se inventó los resultados de un supuesto experimento. Según él, durante la proyección de una película había intercalado de vez en cuando un fotograma con la imagen de una Coca-cola (según otras versiones con el mensaje “tienes sed, bebe Coca-cola”, y según otras no se trataba de Coca-cola, sino de palomitas). El cine funciona a 24 fotogramas por segundo y un solo fotograma aislado no puede ser percibido conscientemente. Pero, siempre según Vicary, sí puede percibirlo nuestro subconsciente, y los resultados de su inexistente experimento demostraban que la venta de Coca-cola en el bar del cine se había incrementado en un 18% (un 58% en la versión de las palomitas). Es decir, que emitiendo mensajes por debajo de los límites de la percepción humana, esos mensajes se infiltrarán en nuestro subconsciente obligándonos a hacer algo que, de otro modo, no habríamos hecho. Algo así como si esos mensajes fueran virus informáticos y nosotros ordenadores con patas.

Una bonita (aunque quizá un tanto simplista) teoría, que por fortuna es totalmente falsa. En 1962, el mismo Vicary confesó en una entrevista para Advertising Age que se lo había inventado todo, que nunca hubo tal experimento, que la publicidad subliminal era un cuento. Pues bien, eso es algo que sabe cualquier publicitario, y sin embargo no solo me he encontrado a un montón de personas cultas (incluyendo a algún que otro psicólogo) dispuestas a defender a capa y espada la existencia de la publicidad subliminal, sino que además la Ley General de Publicidad la prohíbe, lo que es igual de absurdo que prohibir caminar por la calle siendo invisible.

Volviendo a las conspiraciones en general, aclararé mi punto de vista. Creo que existen conspiraciones secretas de tamaño reducido; muchas, un huevo. Creo, igualmente, que existen conspiraciones secretas de tamaño medio, pero también creo que esas conspiraciones acaban conociéndose siempre y, por tanto, dejando de ser secretas. Ahora bien, lo que no creo en absoluto es en las conspiraciones a nivel global, no creo que nadie, ninguna persona ni ningún grupo, dirija en secreto los destinos de la humanidad. Y no lo creo por dos motivos. En primer lugar, porque resulta evidente que la humanidad, la civilización, es un caballo desbocado sin jinete alguno que lo guíe. En segundo lugar, porque los seres humanos somos falibles por naturaleza. La seguridad de un secreto es inversamente proporcional al número de personas que lo conocen; entonces, ¿podría existir una gran conspiración oculta a nivel mundial, en la que estén implicadas cientos de personas, sin que nadie la cague o se vaya de la lengua? Ni de coña, no me lo creo.

O, al menos, eso pensaba hasta ahora. Veréis, me parece muy extraño eso de la fiebre del cerdo (o como la llamen ahora); al principio, se nos pusieron a todos de corbata, parecía que se avecinaba una nueva peste negra, pero luego, conforme pasaban los días, nos hemos ido enterando de que los índices de mortalidad de esta gripe son inferiores a los de una gripe normal. Sin embargo, los periódicos, la radio, los telediarios, en todas partes se aireaba la palabra “pandemia” como si fuese el nombre del quinto jinete del Apocalipsis. Pero, coño, pandemias de gripe las hay todos los años, y cada año esa enfermedad se lleva por delante (según la OMS) a entre millón y millón y medio de personas en todo el mundo, sin que, a causa de ello, a nadie le dé por salir a la calle con traje de buzo para prevenir la infección.

Y antes de la gripe del cerdo fue la gripe del pollo, que nos hizo estremecer de miedo ante la mera visión de una gallina, y antes aún la enfermedad de las vacas locas... Por cierto, podríamos escoger otros animales para bautizar a las epidemias que supuestamente nos van a masacrar. La viruela del tigre estaría bien, o la neumonía del águila imperial, o incluso el sarampión del ornitorrinco, que tiene su punto exótico, pero vacas locas, pollos, cerdos... Joder, pillas eso y no solo enfermas, sino que además quedas como un patán; porque, vamos a ver, te dicen que alguien se ha muerto de la gripe del cerdo y, de algún modo, piensas que se lo merecía. A saber lo que habría hecho con el cerdo.

Volviendo por segunda vez al tema conspiratorio, durante toda la Guerra Fría nos acojonaron con la amenaza de una catástrofe nuclear, luego nos acojonaron y acojonan con el terrorismo, acto seguido, nos acojonan con sucesivas pandemias de enfermedades con nombre granjero, actualmente está muy de moda el acojonamiento por una crisis que ríete tú de la del 29... ¿Acaso va a tener razón Michael Moore cuando sostiene que a los gobiernos les interesas tener a sus ciudadanos constantemente atemorizados por asuntos que en realidad no son los que de verdad deberían atemorizarle? ¿Existe una conspiración mundial del miedo? Da miedo sólo de pensarlo, ¿verdad? A veces, tengo la sensación de vivir en una novela de Philip K. Dick.