Hoy se cumplen nueve años del
nacimiento de La Fraternidad de Babel.
¡Tachán!
Hay al menos dos comics en los que
una y otra vez, a lo largo del tiempo, se repite el origen del personaje
protagonista. Uno, el más conocido, es Batman, donde periódicamente se muestra
el asesinato a manos de un atracador de los padres del niño Bruce Wayne, hecho
que de mayor le llevará a convertirse en el Hombre Murciélago. El otro es The Phantom
(en España se llamó El Hombre Enmascarado), en el que con aún más frecuencia se
relataba cómo, en el siglo XVI, un barco inglés era atacado por los piratas singh y cómo el único superviviente, sir
Cristopher Standish, tras alcanzar a nado la costa, juraba sobre una calavera
dedicar su vida, y la de sus descendientes, a combatir el crimen,
convirtiéndose en el primer Fantasma, el Espíritu que Camina.
Bueno, pues yo no os voy a relatar,
una vez más, cómo hace nueve años, por la tarde mientras estaba currando, me
llegó un e-mail de Care Santos anunciando la creación de su blog, y cómo, por
pura procrastinación y sin pensarlo mucho, me dio la ventolera de crear mi
propia bitácora (vaya, digo que no lo voy a relatar y acabo de hacerlo...). Sin
embargo, os voy a contar otra cosa.
La semana pasada, buscando entre
papeles viejos, encontré una breve lista donde, nueve años atrás, apunté doce
alternativas para el nombre del blog. Lo cual demuestra que nunca tiro nada y
que, o bien tengo alma de urraca, o bien padezco el síndrome de Diógenes. En
esa lista hay tres nombres subrayados en rojo; supongo –porque lo he olvidado-
que eran los que más me gustaban. Así que este blog se podría haber llamado El Coleccionista de Sombras o El Club del Movimiento Perpetuo.
La primera opción me encanta, suena
bien, es sugerente. De hecho, podría ser un buen título para una novela. Pero
¿qué significa? Pues probablemente nada, o al menos nada que tenga que ver con
el contenido del blog. La segunda opción debió de estar a puntito de triunfar,
porque puse una referencia a ella en la entradilla de la bitácora. De hecho es
muy apropiada, porque la búsqueda del movimiento perpetuo es inútil (por
imposible), y el blog nació con el objetivo de dedicarse a las cosas inútiles.
La tercera opción subrayada es la
que finalmente triunfó, pero tenía a su vez tres alternativas: El Priorato de Babel, El Archivero de Babel y El Viajero de Babel. La primera
alternativa mola, la segunda es una caca y la tercera... La tercera se refiere
al origen del mito bíblico que más me gusta. Como sabéis, Babel es en realidad
Babilonia, y su famosa torre el Gran Zigurat. Bueno, pues yo me imagino a un
paleto hebreo llegando por primera vez a Babilonia y quedándose acojonado. El
zigurat (la construcción más grande que había visto en su vida) le pareció el
intento de los babilonios de alcanzar el cielo, y como en la cosmopolita Babilonia
había gente de muy diversas procedencias que hablaba distintos idiomas, a
nuestro pequeño judío debió de parecerle el castigo de dios: la confusión de
lenguas.
Pero al final acabó ganando La Fraternidad de Babel. ¿Por qué
Babel? Porque todos somos distintos, todos hablamos diferentes idiomas, aunque
sean el mismo idioma, pero todos tenemos cabida en este blog. Y también, no voy
a negarlo, por La biblioteca de Babel,
del gran Borges; un lugar donde está reunido todo lo que es verdadero, pero
también todo lo que es falso, y que, al ser imposible distinguir entre lo uno y
lo otro, se convierte en una biblioteca inútil.
Y aquí volvemos a la inutilidad que
define a este lugar. Algunos amables merodeadores han insistido en que Babel no
es inútil, en que sirve para algo. Bueno, quizá; para charlar, para debatir,
para pensar o, simplemente, como mera distracción. Pero, desde luego, para nada
práctico. Y me alegro, porque me encantan las cosas inútiles. Coño, pero si el
propio arte (cualquier arte, menos la arquitectura) es inútil; podríamos seguir
viviendo tan tranquilos sin arte. Aunque, eso sí, la vida sería mucho más
insípida.
A decir verdad, creo que Babel sólo
ha sido más o menos útil cuando he escrito sobre mi padre y sobre mi hermano
Eduardo. En el caso de mi padre, porque he aportado datos fidedignos sobre su
vida que luego otra gente ha utilizado para hablar de él. En cuanto a mi
hermano... porque creo que estaba obligado a contar su historia (aunque ya sé
que eso no es cierto, no estaba obligado a nada. Pero alguien tenía que hacerlo).
Probablemente esas entradas que le dediqué son las que más impacto han tenido.
Periódicamente, aún recibo comentarios de merodeadores al respecto.
Pero por lo demás, Babel carece de
toda utilidad práctica. Sólo soy yo en pleno acto de narcisismo, exponiendo
impúdicamente mis ideas, mi forma de escribir, mis historias. Eso es todo lo
que aporto: yo mismo. Y, sinceramente, me parece muy poca cosa. Pero
afortunadamente también estáis vosotros, los merodeadores, para equilibrar un
poco el asunto aportando talento e interés a mi torpe bla-bla-bla. Sois unos
ángeles, amigos míos. Pero no esos ángeles blandurrios y aburridos del
catecismo, sino los ángeles babilónicos, puro trueno y ferocidad.
Aunque, claro, también podemos
contemplar las cosas de otra manera. El año pasado, algunos merodeadores
comentaron que el nombre del blog les sonaba a sociedad secreta. Eso mola. Podríamos
constituir una sociedad secreta llamada La Fraternidad de Babel cuyo objetivo
sería no tener ningún objetivo. Podríamos crear un emblema, y ritos de
iniciación, y grados, y saludos secretos para reconocernos. Y lo mejor de todo:
no tendríamos que hacer nada. Sería la sociedad secreta más inútil de la
historia (y mira que hay sociedades secretas inútiles). Es más, puede que esa
sociedad secreta ya exista y nosotros pertenezcamos a ella, aunque es tan
secreta que no lo sabemos.
En fin, queridos míos, Babel cumple
nueve años. Y nosotros con él. ¡Feliz cumpleaños!














