La
política es el arte de impedir que la gente se meta en lo que sí le importa,
dijo el escritor Marco Aurelio Almazán. Y Edmond Thiaudière, por su parte,
comentó: La política es el arte de
disfrazar de interés general el interés particular.
Me gustaría creer que la política no
es siempre así, que existen políticos honestos. Y cuando digo “honestos” no me
refiero a que no roben –estoy casi seguro de que no todos los políticos lo
hacen-, sino a que pongan el bien del país y de sus habitantes por encima de
cualquier otra consideración. Puede que en el pasado los haya habido en España,
pero desde luego ahora no. De hecho, creo que el actual sistema de partidos ha
tomado una deriva que pone en peligro nuestra democracia y, lo que es peor, mi
salud gástrica.
Los partidos se han convertido en
empresas que no producen nada, salvo, en mayor o menor medida, poder. Por
tanto, un partido-empresa vale tanto como el poder que maneje; no solo poder
parlamentario, sino también el poder de su influencia social. Como toda
empresa, los partidos generan estructuras en las que pululan los grandes jefes,
los jefes, los jefecillos y los pringados. Y también generan unas normas
extraoficiales de funcionamiento interno que regulan, entre otras cosas, el
sistema de ascenso en la organización.
¿Qué hay que hacer para prosperar en
un partido político? Primero, estudia derecho. Después (o durante) afíliate a
las juventudes del partido. Participa mucho, ofrécete voluntario a todo,
procura conocer –y que te conozcan- el mayor número posible de líderes de la
formación. Porque necesitas un padrino. Así que te dedicas en cuerpo y alma a
lamer todos los culos importantes que se crucen en tu camino. Hasta que
encuentres un culo poderoso que considere agradable el masaje linguo-anal que
le practicas y te adopte.
Entonces ese culo poderoso te
promocionará. Primero, quizá una concejalía, después algún puesto intermedio en
el partido... Pero ojo, tienes que ser absolutamente fiel a tu culo protector.
Nada de tener ideas propias, porque tus ideas deben ser las suyas. Y nada de
brillar demasiado, no vaya a ser que le hagas sombra. Pero eso no debe
preocuparte, porque el culo importante se cuida muy mucho de adoptar a gente
mediocre que no pueda competir con él. Así que no le des más vueltas, porque no
debes esforzarte en parecer mediocre. Lo eres. Aunque, no te creas, eso es una
ventaja para tu carrera.
Ahora todo depende de si tu culo
protector sigue bien implantado en el partido. Por si acaso, tú vas a seguir
lamiendo todos los culos importantes que tengas a mano. Pero, ojo, ni se te
ocurra lamer los culos rivales de tu protector, porque eso pondría en
entredicho el valor más importante que tienes: la lealtad.
En el caso de que tu culo mecenas
prospere, tú prosperarás. Aunque, claro, tendrás que aprender algunas
habilidades, como poner zancadillas a los compañeros y propagar infundios sobre
ellos. Porque la tuya no es la única lengua que lame ese culo, tienes
competencia. Debes ser un buen trepa. Así que te abres paso a codazos y, si tu
culo padrino alcanza la presidencia del partido, cuenta con un buen cargo
interno. Y si alcanza la presidencia de gobierno, serás ministro o, cuando
menos, secretario de estado. A partir de ahí, el infinito es tu límite. ¡Y sin
haber dado un palo al agua en tu vida!
¿Pero qué pasa si tu culo protector
cae en desgracia? Debes ser ágil y buscar rápidamente otro culo importante que
lamer. Lo catastrófico sería que el poder interno cayera en algún culo rival de
tu protector, porque entonces tú quedarías señalado con la marca de Caín y
serías un paria. En tal caso, lo mejor que puedes hacer es quedarte en
hibernación y seguir lamiendo culos a la espera de tiempos mejores. En última
instancia, podrás dejar la política y ser contratado por algún bufete. Y
tranquilo: no te querrán para que trabajes (¿Trabajar?
¿Qué es eso?), sino por tus contactos.
Vale, ¿adónde quiero ir a parar con
esto? Pues a que, en política, lo que se premia no es la inteligencia, ni el
conocimiento, ni las ideas, ni la capacidad de trabajo, sino la lealtad y la
mediocridad. En consecuencia, los partidos han generado un sistema que expulsa
a los mejores y promociona a los peores. Y por eso tenemos el panorama político
que tenemos.
Centrémonos en las tres primeras
fuerzas del parlamento. El líder de Vox, Santiago Abascal, se saltó la parte de
estudiar una carrera y entró en el PP con 18 añitos. Eligió el culo de
Esperanza Aguirre para lamer, y ella le premió con algunas mamandurrias. Pero
no debió de ver el panorama lo suficientemente abierto para sus ambiciones, así
que se cambió de partido y desembocó en una fuerza extraparlamentaria de
extrema derecha. Que la corrupción del PP y la inutilidad de Rajoy hicieron
posible que llegara al congreso. Siempre hay que contar con la suerte. Abascal
nunca ha estudiado, nunca ha trabajado y sus ideas son del pleistoceno. Pero
ahí lo tenéis.
¿Y qué decir de Pablo Casado? Estudió
Derecho en el ICADE durante los cursos 1999-2004, y sólo consiguió aprobar 12
asignaturas. Pero ya había entrado en las juventudes del PP, así que trasladó su expediente al centro privado
“Colegio Universitario Cardenal Cisneros” (afín al partido), y en tres añitos
más logró aprobar la carrera. Luego está lo del máster, claro. El caso es que
Casado no parece ser muy avispado que digamos. Un punto a su favor.
Comenzó su carrera política como
diputado de la Asamblea de Madrid, lamiéndole el culo a Esperanza Aguirre.
Luego, siempre en el mismo sector ideológico del partido, fue jefe de gabinete
de Aznar. Ese sí que era un culo suculento que lamer. En fin, resumiendo: Rajoy
dice ciao. Sáenz de Santamaría y
Cospedal, dos pesos pesados, compiten por el liderazgo. Casado es el tercero en
discordia; un mindundi al lado de ellas. Gana Sáenz de Santamaría. Pero
Cospedal, antes muerta que ver a su rival coronada, así que le cede los apoyos a
Casado y éste sale triunfante de carambola. La suerte, la suerte...
Casado fue un mal estudiante, nunca ha
trabajado en su vida y jamás ha expresado un idea medianamente original. Pero
ahí lo tenéis.
¿Y qué decir de Pedro Sánchez? Mira
por dónde, no estudió Derecho, sino Ciencias Económicas y Empresariales. Jamás
ha trabajado en el sector privado. Se afilió al PSOE en 1993, y ahí ha seguido
desde entonces. Lamió los culos de Trinidad Jiménez y de Pepe Blanco, y
prosperó en el partido hasta que, tras la marcha de Rubalcaba, alcanzó la
secretaría general. Pero se granjeó muchos enemigos, así que en 2016, tras un
motín de la Ejecutiva Federal, renunció a la presidencia y entregó su acta de
diputado. Luego, en 2017 anunció su candidatura y volvió a ser elegido
secretario general. El resto ya lo sabéis.
A mí Sánchez me recuerda a uno de
esos boxeadores rocosos que aguantan los golpes sin inmutarse, un fajador que,
por muchos uppercuts que reciba,
sigue en pie hasta derrotar a su adversario por puro cansancio y aburrimiento.
En eso es admirable, sin duda. Pero ¿brillantez?: cero. ¿Sentido de estado?:
cero. ¿Planes de futuro?: cero. Da la sensación de que su único propósito es
alcanzar el poder y mantenerse en él con uñas y dientes. ¿Para qué? Si lo sabe
no lo ha dicho.
Sánchez nunca ha trabajado, su única
experiencia ha sido el partido y jamás ha expresado una idea motivadora. Pero
ahí lo tenéis, presidiendo el país.
Así son nuestros principales
líderes. Es para echarse a llorar, aunque será mejor que ahorremos lágrimas
para nuestro último ejemplo: Isabel Díaz Ayuso. Estudió periodismo y se afilió
al PP en 2005, cuando Casado presidía las nuevas generaciones. Alfredo Prada,
consejero de justicia e interior de Madrid, la llevó a su departamento de
prensa. Allí conoció a Esperanza Aguirre, y se puso a lamerle el culo con
entusiasmo (ese culo parecía una rampa de lanzamiento). Aguirre, en
agradecimiento a la muchacha, le confió una tarea importante: gestionar la
cuenta de Twitter de su perro Pecas. Creo que fue entonces cuando Ayuso alcanzó
su nivel de incompetencia.
Después de eso, Ayuso ocupó algunos
carguitos en la asamblea de Madrid. Pero como previamente le había hecho un
trabajo fino al ojete de Casado, este la nombró candidata a la presidencia de
la Comunidad de Madrid. Ayuso obtuvo el peor resultado del PP en la capital,
pero aliada con la extrema derecha y los bobos de Ciudadanos, alcanzó la
presidencia. Carece de formación y experiencia de gestión, es inculta, inepta y
con muy escasas luces; no ha trabajado en su vida, no ha hecho nada que valga
la pena reseñar. No está preparada para presidir ni una junta de vecinos. Es,
sencillamente, tonta e inútil. Pero ahí la tenéis, hecha una reinona,
conduciendo con mano firme el rumbo de la comunidad hacia una debacle
pandémica. Ayuso es el mejor ejemplo de hasta qué punto puede ser perverso
nuestro sistema de partidos.
Podemos y Ciudadanos son partidos
demasiado recientes para aplicarles el proceso que he descrito. Pablo Iglesias
es un hombre preparado y, además, ha trabajado (¡!). El problema es que su ego
no cabría ni en el hangar que la NASA emplea para guardar sus cohetes. Él fue
el principal artífice del fulgurante crecimiento de su partido. Y él es el responsable
de su declive electoral. Demasiado vanidoso y demasiado egocéntrico; un hombre
cegado por su propia inteligencia. En cuanto a Ciudadanos, baste decir que Albert
Rivera ganó merecidamente el premio al político más tonto de la historia de la
democracia española. Y mira que tenía competencia. Respecto a los demás
partidos... en fin, no nos pongamos pesados.
Así son nuestros líderes, amigos;
una panda de mediocres e ineptos cegados por la ambición. Con semejantes
mimbres, no es de extrañar que el Congreso se haya convertido en el bochornoso
espectáculo que es ahora. Una especie de guiñol en el que ¿nuestros
representantes? vociferan y se insultan con un ímpetu digno de mejor causa.
¿Os imagináis si nos comportáramos
como ellos en nuestra vida privada? Salgo de casa, me encuentro con el vecino
del segundo y el hombre me saluda: Buenos días, César. Y yo le respondo: Buenos
días tu puta madre, vecino felón, traidor, irresponsable, incapaz y desleal.
Sería raro, grotesco y grosero, ¿verdad? Cualquiera en su sano juicio
reprobaría ese comportamiento. Pues, entonces, ¿por qué lo aceptamos en el
ámbito político?
No es de extrañar que los españoles
consideremos que el segundo mayor problema del país sea la clase política. Lo
es. Una panda de irresponsables que denigra las instituciones y abona el
terreno para los populismos. Nos están conduciendo al desastre, y nosotros los
seguimos como tiernos corderitos camino del matadero.
Ya no leo la sección política de los
periódicos (salvo los titulares), ni la veo en los telediarios, ni la escucho
en la radio. La política, que antes me interesaba y luego me indignaba, ahora
lo único que hace es provocarme bochorno y sopor. Aunque, vale, tampoco hago
nada para remediarlo; salvo escribir este texto, que no es un post, sino una
pataleta.