viernes, octubre 31

Colegas

Hace uno años, en el 2003, Espasa publicó el Diccionario de Literatura Española de Jesús Bregante. Ese libro tenía una peculiaridad que nadie, salvo yo, advertí: en sus páginas aparecían por primera vez juntos dos escritores, padre e hijo. José Mallorquí y su vástago menor César Mallorquí; o sea, papá y yo. Recuerdo con absoluta nitidez el momento en que lo descubrí. Era diciembre, a última hora de la tarde; me encontraba en la librería del Corte Inglés de Castellana, vi la pila de diccionarios, cogí uno y busqué mi apellido. No me buscaba a mí, sino a mi padre (generalmente ignorado por esta clase de libros al ser un escritor dedicado a la literatura popular), pero de pronto, en la página 534, distinguí mi nombre, y justo debajo el nombre de mi padre. De repente, sentí una impresión muy extraña, como cuando un súbito cambio de perspectiva te hace contemplar lo que estás viendo de forma diferente.

Me di cuenta de que mi padre y yo éramos colegas. Si él viviese, podríamos sentarnos a charlar sobre nuestro común oficio mientras compartíamos unas Pepsi Colas. Parece una tontería, pero jamás lo había pensado. Y pensarlo me hizo sentir bien, me hizo sentirme más próximo a mi padre, porque comprendí que no sólo estábamos unidos por un común apellido y unos cuantos genes, sino también por un oficio y, ahora, por un diccionario. Me gustó ver nuestros nombre ahí, juntos, como dos amigos paseando por un campo de letras.

Ahora permitidme que os hable de la madrileña Cuesta de Moyano. En realidad, se llama Claudio Moyano y es una calle (en cuesta) que va desde Alfonso XII hasta el Paseo del Prado en su intersección con Atocha. Es un lugar muy hermoso, pues en su parte más alta está el parque del Retiro y la calle discurre entre el Jardín Botánico y el ajardinado recinto del antiguo Ministerio de Agricultura. También es un lugar muy entrañable, pues en la Cuesta de Moyano están, desde 1925, las 31 casetas de la “feria permanente del libro de ocasión”. Es uno de mis lugares preferidos de Madrid; allí, cuando era un chaval, iba todos los sábados, a la caza de viejos libros de ciencia ficción. Era una especie de ritual que mantuve durante toda mi adolescencia; los sábados por la mañana recorría las casetas de Moyano, buscando tesoros ocultos y enrollándome con los libreros amigos; luego, a primera hora de la tarde, justo después de comer, me iba a ver alguna película. Literatura y cine, mis dos amores de siempre; o dos de las facetas de mi monógama, o quizá monólatra, pasión por la narrativa.

Pues bien, hace unas semanas, la encantadora Miwok, fiel merodeadora de Babel, se fue a dar una vuelta por la Cuesta de Moyano y, en el tenderete de una de las casetas, vio algo que le llamó la atención. De hecho, no sólo lo vio, sino que lo fotografió y colgó la fotografía en su blog TEMPUS FUGIT (TRUSTNo1) . Yo he tomado prestada esa foto (gracias, Miwok); es la que aparece encabezando este post.

Ahí estamos otra vez mi padre y yo juntos, el uno al lado del otro, reposando en el limbo de las lecturas de segunda mano. Aunque en realidad quienes están ahí son nuestros hijos, Don César de Echagüe y Carmen Hidalgo; me encanta que se haya conocido. Parecen dos amigos nadando en un océano de libros.

Qué post más tonto, ¿verdad? Ni tiene gracia ni dice nada interesante. Creo que es un post dedicado a mí mismo; disculpad las molestias.

Son las once de la mañana y dentro de un rato Pepa y yo saldremos de viaje. Hace meses que teníamos previsto pasar este fin de semana en Estella, un maravilloso pueblo navarro cercano a Pamplona y a la sierra de Urbasa; el tiempo es de perros, no deja de llover, pero aún así iremos. Nos apetece ver, oler, sentir el otoño, aunque se haya disfrazado de invierno. Nuestro hijo Óscar está en Finlandia y nuestro hijo Pablo se fue ayer a Barcelona para darse un garbeo por el Salón del Manga. Espero que todos -incluidos vosotros- lo pasemos bien.

Ah, hoy es Halloween. Me encanta esta fiesta, por muy foránea que sea (es una tradición irlandesa, no yanqui); me gusta ver cómo se divierten los niños jugando con la muerte y el horror, me gustan las calabazas/calavera, me gusta esta especie de santoral gore. Pero ya he hablado otros años acerca de esto, así que me limitaré a desearos, amigos míos, un feliz y terrorífico Halloween.

Sed malos.

lunes, octubre 27

Ocasiones perdidas

Contemplad la imagen que levita por encima de estas líneas; ¿no os entran ganas de postraros ante ese tipo? ¿No le saludaríais agitando ramas de palma al cruzároslo por la calle? ¿Si le vierais caminar sobre las aguas no pensarías: “coño, es lo suyo”? En el caso de que tuvierais lepra, ¿no acudiríais a él antes que a quienes quieran que sean los médicos que se ocupan de la lepra? Si os poseyeran un par de demonios, ¿no pediríais hora en su consulta? Y, lo más importante, ¿no venderíais todo lo que tenéis para entregarle gozosos la pasta así obtenida con el fin de granjearos la salvación eterna? El que haya respondido negativamente a alguna de estas preguntas es un rojo y un ateazo indigno de escuchar MI PALABRA. Ah, fariseos, que sois todos unos fariseos...

El tipo de arriba soy yo. No sé cuántos años tenía cuando fui así inmortalizado en sales de plata, pero desde luego menos de veintidós (luego explicaré por qué). Probablemente veintiuno; quizá veinte. La foto me la hizo mi hermano, Big Brother, hace casi treinta y cinco años; creo que desde entonces no la había vuelto a ver. Pero el pasado viernes, mi hermano la encontró y me la mandó como archivo adjunto a un e-mail. Su texto decía: “Por si visto el éxito de tu blog decides crear una secta, ahí va una foto para banderines de enganche. BB”.

Coño, tiene toda la razón. Contemplad esa foto; olvidaos de la larga cabellera y de la barba, que eso es atrezzo fácilmente imitable, y fijaos en la mirada, en esa bobalicona expresión de bondad infinita, la vista perdida, los ojos claros y despejados, el rostro medio girado hacia el cielo, como esperando que las nubes se abran y un palomo baje de las alturas para posarse en mi hombro. Es el rostro de quien ha alcanzado la iluminación y la gracia; o de quien se ha fumado un canuto bien cargadito (conociéndome, apuesto doble contra sencillo por la segunda opción). Perece una de esas estampitas edulcoradas que las beatas usan como punto de lectura en sus misales. “San Bernardino de Antioquía, eremita y mártir. Tras pasar veinte años en el desierto a la pata coja sobre una columna, padeció suplicio por orden de Nerón al ser repetidamente sodomizado por una trouppe de osos germanos en las arenas del circo”. La foto reflejaría la expresión que se me puso cuando iba por el sexto oso.

Pero no, qué coño santos; hay que pensar a lo grande. Si os encontrarais de repente con un tipo como el de la foto, ¿no os entrarían ganas de hincaros de rodillas y exclamar: ¡Parusía, Parusía!? Vale, ya sé que no, porque sois unos moros y unos descreídos y no tenéis ni puta idea de lo que es la Parusía. La segunda venida de Cristo, eso es la Parusía. Y no podréis negar que el parecido con Jesús es notable, ¿eh? Joder, me falta el halo, y eso con un neón se suple fácilmente. En fin, ¿os podéis imaginar la pasta que podría haberle sacado a mi aspecto? Si Amparo Cuevas (ver foto), la vidente de El Escorial que chatea con la Virgen cada dos por tres, tiene seguidores con esa estampa de verdulera que se marca, yo podría haber arrastrado multitudes.

Pero la cagué; era joven y no supe valorar mis posibilidades. Me corté el pelo. Aunque tenía dos buenas razones para hacerlo.

Veréis, por aquel entonces yo vivía en el centro de Madrid, en el número 23 de la calle Españoleto. Allí, haciendo esquina con Zurbano, estaba (y sigue estando) la embajada de Suecia. Pues bien, corría el año 1975; en julio, el FRAP (Frente Revolucionario Antifascista y Patriota) se había cargado a un policía, de modo que todas las fuerzas de seguridad/represión se hallaban en estado de alerta y muy cabreadas. Entre las medidas que se tomaron estaba la de reforzar la seguridad de las embajadas, así que frente a la delegación diplomática de Suecia siempre había un par de grises (los polis de la época) y un coche patrulla camuflado. Y mi casa estaba muy cerca, casi enfrente, de esa embajada. Esto se traducía en que indefectiblemente, cada vez salía de casa o llegaba a ella, los policías que vigilaban la embajada sueca decidían pasar el rato encañonándome con sus armas, pidiéndome la documentación y mirándome con cara de estar deseando que una trouppe de oso nazis me sodomizara. Todos los días, sin excepción, aunque ya me hubieran pedido veinte veces el DNI, sólo por matar el tiempo y tocarme las pelotas. Una mañana, aparqué frente a mi casa y, justo cuando apagaba el motor, un poli histérico introdujo su metralleta por la ventanilla, me incrustó el cañón en la cabeza, por entre mis luengas guedejas, y me pidió a gritos el carné. Me dio un susto de muerte.

Y claudiqué; estaba harto de que me detuvieran; además, el día menos pensado se le iba a escapar un tiro a uno de esos descerebrados con uniforme. Esa misma tarde fui a la peluquería, me corté el pelo, me recorté la barba y se acabó: desde entonces, no volvieron a amenazarme con sus armas ni a exigirme el DNI, ni una sola vez más. Por eso sé que en la foto tengo menos de veintidós años; porque a esa edad dejé de ser un greñudo.

Supongo que pensaréis que fui un caguetas, que me sometí al sistema, que renuncié a mi aspecto hippy porque en realidad nunca fui un auténtico rebelde, que doblé la testuz y lamí las botas del tirano. Pues sí, tenéis razón; pero estaba hasta las narices de que me detuviera la poli, qué queréis que os diga. Además, tenía una buena excusa, la segunda razón para cortarme el pelo: me estaba quedando calvo (advertir entradas en la foto) y los cabellos largos aceleran la pérdida de pelo. Al final dio igual, porque me quedé calvo de todas formas, pero al menos eso me proporcionó un buen argumento para engañarme a mí mismo pensando que no me había vencido el sistema, sino la alopecia.

En cualquier caso, aquél fue el final de mi semejanza con Jesucristo y bloqueó toda posibilidad de que me hiciera rico como líder carismático de una secta. Ahora ya no me parezco ni remotamente al buen Jesús; en realidad, me parezco un poco a Buda, pero a un Buda cabreado, lo que no da mucho margen de juego religioso. Qué le vamos a hacer...

Del tipo de la foto sólo queda eso, una fotografía. Y una profunda melancolía, la nostalgia de lo que se fue para no volver jamás. Y perplejidad: no recordaba tener esa mirada de gilipollas.

lunes, octubre 20

Futuro

Mi hijo mayor, Óscar (21 tacos, 1’88 de estatura, ojos azules; todo un bellezón, como su padre), está cursando el 4º curso de la carrera (ADE) en Finlandia gracias a una beca Erasmus. Vive en un piso para estudiantes de Jyvaskyla, una ciudad universitaria situada más o menos en el centro del país. Se lo está pasando de puta madre, el muy cabrón; la verdad es que me da envidia. Imaginaos un barrio residencial enteramente ocupado por estudiantes de toda Europa, todos de entre veinte y veintitrés años de edad, todos con el sistema endocrino a pleno rendimiento y todos con entusiastas ganas de juerga... No hace falta mucha imaginación para vislumbrar los resultados. Según me cuenta Óscar, siempre hay una fiesta en algún sitio, todos los días menos, al parecer, los miércoles y los domingos. El único error que cometió mi hijo fue irse allí con su novia Bea; y no lo digo por Bea, que es un encanto, sino porque su presencia le impide a Óscar poner a prueba el sistema endocrino practicando una suerte de panespermia europea (joder, qué rebuscado soy a veces diciendo las cosas).

Bueno, a lo que iba: hablábamos por teléfono con Óscar frecuentemente; pero, no sé por qué, el coste de las llamadas a móvil se reparte entre el llamado y el que llama. El caso es que mi hijo, que prefiere dejarse los euros en birras antes que en charlar con sus padres, nos sugirió que abriéramos una cuenta de Skype, y así no sólo podríamos hablar a través de Internet, sino también vernos. En fin, abrí la cuenta, compré una cámara web y un micrófono, los instalé y, junto con Pepa, disfrutamos de una videoconferencia con Óscar y Bea; el sonido desastroso, la imagen terrible, pero videoconferencia al fin y al cabo. Y eso me condujo en dos sentidos opuestos a la vez: hacia mi pasado y hacia el futuro.

Cuando tenía trece o catorce años (allá por mediados de los 60), yo era un pirado de la ciencia ficción, lo cual, inevitablemente, me conducía a pensar en cómo sería el siglo XXI, esa mítica cifra que, en el imaginario cienciaficcionesco de aquel entonces, trazaba la frontera del futuro. El tema me interesaba porque ese era un futuro que, razonablemente, yo iba a vivir; es decir, sería testigo de gran parte de las cosas que leía en mis queridas novelas de ciencia ficción. ¿Sabéis cómo me imaginaba ese futuro (es decir, nuestro ahora)? Pues contemplaba dos alternativas:

Alternativa 1- A comienzos del siglo XXI habría una estación orbital (con forma de rueda, por supuesto; eso ni se discutía), habría bases permanentes en la Luna, en Marte y, quizá, en alguna de las lunas de Júpiter, y los vuelos espaciales serían un asunto cotidiano. Tendríamos robots domésticos, se habría desarrollado la inteligencia artificial y viajaríamos en aviones supersónicos o en trenes ultrarrápidos suspendidos magnéticamente. Reconozco que nunca tuve claro lo de los coches voladores; bastante torpe es la gente desplazándose en dos dimensiones como para añadirles una más. En fin, las casas serían inteligentes, tendríamos aceras rodantes, habríamos contactado con seres extraterrestres, existirían mutantes con poderes psíquicos y, por supuesto, todo el mundo poseería videoteléfonos.

Alternativa 2- Mucho más sencilla: habría una guerra nuclear y la tecnología del siglo XXI sería la tecnología del sílex.

A decir verdad, a mediados de los 60, en plena Guerra Fría, la hipótesis más probable parecía la segunda; yo creo que contábamos con ello; la pregunta no era si iba a suceder, sino cuándo iba a suceder. Lo reconozco: pertenezco a una generación en el fondo frustrada por no haber sufrido una hecatombe nuclear.

Ahora vamos a revisar lo que queda de la Alternativa 1. Como una vez dijo Miquel Barceló (el editor), lo que ningún autor de ciencia ficción, ni nadie, pudo prever es que llegáramos a la Luna y, acto seguido, el programa espacial se interrumpiera, limitándose a colocar satélites en órbita y a mandar pequeñas sondas a los planetas del Sistema Solar. Ni bases lunares, ni bases en Marte, y de las lunas de Júpiter para qué hablar. En realidad, no hay naves espaciales, sino esa especie de chapuceros autobuses orbitales que son los transbordadores, y las cápsulas rusas de siempre. Y pronto ni eso; en 2010 se dejarán de usar los transbordadores, y los vehículos que los sustituirán no estarán listos hasta, con suerte, cuatro años más tarde. Así que Estados Unidos dejará de ser una potencia espacial y tendrá que alquilar cohetes rusos. ¿Quién podía imaginarse algo semejante en los años 60? Eso sí, tenemos una estación espacial; aunque en realidad se trata de una especie de deprimente mecano modular, semejante a una chabola si lo comparamos con la enorme y elegantísima rueda espacial (véase 2001) que uno esperaba.

Los únicos robots que hay son los industriales, pero no se parecen en nada a esos simpáticos (o terribles) artefactos, antropomorfos o no, que supuestamente nos harían la vida más sencilla (o más complicada, depende) bajo el mandato de las tres leyes de Asimov. No, todavía no hay nada parecido a un robot doméstico. Y aún estamos lejos de desarrollar la inteligencia artificial (¡no hay ningún HAL 9000 que pueda matarnos!). Y el único extraterrestre con el que hemos contactado es Michael Jackson, aunque la comunicación no ha sido posible. Las casas no se han vuelto inteligentes, sino carísimas; ya no hay aviones de pasajeros supersónicos y nunca fueron rentables; sólo encontraremos aceras rodantes en los aeropuertos. Y ni rastro de mutantes psíquicos desde que José María Aznar abandonó la política activa. Lo de los coches voladores, como era de prever, no ha prosperado lo más mínimo. Eso sí, ya tenemos videoteléfonos; están en los ordenadores y en los móviles, pero casi nadie los utiliza, porque funcionan como el culo y porque, reconozcámoslo, nadie tiene demasiado interés en verle la carota a su interlocutor.

En fin, cuando yo era un chaval pensaba que habría llegado al futuro en el momento que hubiera videoteléfonos disponibles. Pues bien, ya los hay y son una mierda que no sirve para nada. Genial; al final, el porvenir ha sido una estafa. Y yo que me imaginaba a mí mismo, con mi edad, cubierto de pieles en medio de un paisaje apocalíptico y cazando ratas mutantes a pedradas ; o bien de vacaciones en Marte con mi familia. Pero no; el mítico siglo XXI ha resultado ser una versión confusa del XX con remiendos de papel de plata. El nuestro es un futuro peor que malo; es cutre y mediocre, es un futuro de andar por casa.

Pero tenemos Internet. Y es curioso, porque ningún autor de ciencia ficción había previsto nada semejante; salvo, según Barceló, Murray Leinster en su relato Un lógico llamado Joe (1946), donde al parecer describe algo parecido a la Red o, cuando menos, a los ordenadores personales (no recuerdo el relato). Pero sí, Internet es lo único realmente asombroso de esta mierda de futuro que nos ha tocado vivir. No obstante, ¿cuáles son, con diferencia, los lugares más visitados de Internet? Premio: las páginas pornográficas. Es decir, la humanidad recibe un inesperado regalo tecnológico, un prodigio que cambiará el mundo, ¿y para qué lo utiliza fundamentalmente? Para hacerse pajas. Supongo que eso dice algo acerca de nuestra especie; por ejemplo, que no estamos tan lejos como creemos de aquellos primates del pleistoceno que pasaban el día encaramados a una rama, haciéndose pajas para matar el tiempo hasta que llegase el neolítico.

Sin duda, esos pitecantropus hubieran imaginado con agrado un futuro donde Internet pudiera facilitarles la práctica de su principal afición. Bueno, pues eso es lo que tenemos.

sábado, octubre 11

Imágenes y palabras

Supongo que no mucha gente sabe cómo funciona el Departamento Creativo de una agencia de publicidad. Se trata de una estructura muy poco piramidal que está coordinada por un Director Creativo y, quizá, por uno o más Directores Creativos Asociados. Por debajo hay varios grupos de trabajo cuyo número depende del tamaño de la agencia. El grupo de trabajo básico está compuesto por un Redactor (o Copy), que se ocupa de los textos, y un Director de Arte, que se ocupa de la imagen. En teoría, este tándem funciona de la siguiente manera: reciben por parte del Departamento de Cuentas los datos necesarios (briefing) para hacer un anuncio (supongamos que de prensa). Ambos creativos intercambian ideas (pelotean) y, finalmente, eligen una o dos posibilidades y las desarrollan. El Redactor se ocupará de escribir los textos (titular, cuerpo de texto, eslogan) y el Director de Arte de realizar los bocetos. Luego, discuten la creatividad con el grupo de cuentas y, por último, se presenta al cliente y se cruzan los dedos. Aunque la labor de los grupos creativos no acaba aquí, claro, pues luego queda toda la fase de producción, pero eso ahora no viene al caso.

He definido ese modo de trabajo como “teórico”, porque la realidad suele ser más compleja y confusa. Con frecuencia los redactores sugieren imágenes y los directores de arte textos, a veces todo se hace conjuntamente, o hay aportaciones externas, o todo lo hace uno, o incluso nadie hace nada. Cada grupo es un mundo. Pero, antes de seguir, vamos a aclarar algo: durante la fase de intercambio de ideas, de peloteo, no se busca encontrar anuncios completos, sino las ideas-germen de esos anuncios, lo que suele llamarse el “concepto creativo”. Voy a poner el ejemplo de un viejo y brillante anuncio de 1991 (no es mío, sino de Toni Guasch y su equipo). Un grupo creativo recibe el encargo de desarrollar un spot de TV para el Volkswagen Golf GTI, un coche muy potente y rápido. Se ponen a darle vueltas al asunto, pelotean ideas y, de pronto, a alguien se le ocurre lo siguiente: “A ti (consumidor) siempre te ha gustado llegar el primero a los sitios, como demuestra el hecho de que el espermatozoide que te engendró fue el primero en alcanzar el óvulo, de modo que tu coche es el Golf GTI”. Ya está, esa bobada es el concepto creativo que contiene el germen de un gran spot. Por supuesto, luego hay que darle forma, y gran parte de la brillantez dependerá precisamente de la forma que se escoja; pero el concepto básico está enteramente contenido en la anterior frase entrecomillada (si queréis ver el anuncio terminado, pinchad AQUÍ).

Los mejores anuncios son aquellos que parten de un gran concepto creativo; de hecho, aquellos anuncios que son sólo pura imagen, sin concepto, se denominan “ejecucionales” y suelen ser contemplados con cierto desdén por los publicitarios. Pues bien, por lo general los redactores son mejores conceptualizadores que los directores de arte. Por supuesto, hay montones de excepciones, muchos directores de arte que conceptualizan de maravilla y muchos redactores torpes a la hora de buscar ideas; pero estadísticamente, los redactores producen más y mejores conceptos que los directores de arte. ¿Por qué?

Voy a aventurar una respuesta. Los redactores trabajan con las palabras, y las palabras son símbolos, abstracciones que representan conceptos. Por el contrario, los directores de arte trabajan con imágenes, y las imágenes son siempre concretas. Una imagen es lo que es y se presta a un número limitado de interpretaciones; sin embargo, las palabras, con su polisemia, con sus valores denotativos y connotativos, con su lógica difusa que tiende a la metáfora, las palabras, insisto, ofrecen un amplio abanico de interpretaciones. Son como arcilla, una materia informe y abstracta que, debidamente manipulada, permite obtener figuras concretas. Así pues, los cerebros de los redactores y los directores de arte se orientan en sentidos distintos; unos están conformados para trabajar con símbolos lingüísticos, con abstracciones, y otros para trabajar con imágenes concretas. Ahora bien, dado que la base del proceso creativo es la conceptualización, una actividad abstracta, parece lógico pensar que la realizarán con más acierto aquellos cerebros que estén mejor “cableados” para realizar procesos abstractos; es decir, los de los redactores. Me apresuro a insistir en que estoy hablando de una tendencia, de una generalización; ya sé que hay múltiples excepciones.

¿A qué viene todo esto? Pues a que el sábado pasado fui a Arte 9 para comprar un par de cómics: el tercer tomo del Lost Girls de Alan Moore, y Wanted de Mark Millar. Mientras regresaba a casa con mis dos álbumes en una bolsa, caí en la cuenta de que no había ido a buscar las obras de Melinda Gebbie y J.G. Jones, los dibujantes, sino las obras de Moore y Millar, los guionistas. Entonces recordé que la “revolución” del cómic anglosajón que había tenido lugar en los 80 y 90 fue fruto precisamente de los guionistas (de guionistas británicos, por cierto).

Y es curioso, porque durante muchísimo tiempo los dibujantes fueron las estrellas de los tebeos. Vale, sí, había unos cuantos guionistas reputados, como por ejemplo Lee Falk, René Goscinny, Stan Lee o Germán Oesterheld; y también había magníficos dibujantes-guionistas, como Hergé, Will Eisner, Charles Schulz, Hugo Pratt o Hal Foster. Pero los astros indiscutibles eran los dibujantes: Alex Raymond, Jack Kirby, Steve Ditko, Neal Adams, John Buscema, Giraud-Moebius, John Romita, Jim Steranko, Joe Kubert, José Luis García López, Curt Swan, Bernie Wrightson, Milo Manara, Uderzo, John Byrne, Richard Corben... la lista es inmensa.

Digamos que en los tebeos primaba más la imagen que el guión. En Francia, por ejemplo, el mundo del cómic estuvo mucho tiempo liderado por la revista Pilote, dirigida por el genial guionista René Goscinny. A finales de los 70, un grupo de dibujantes criados a los pechos de Goscinny se rebelaron contra el padre, formaron un grupo llamado Humanoides Asociados y fundaron la revista Metal Hurlant, una publicación orientada hacia el cómic más puramente gráfico. El ejemplo perfecto de esto es la serie Arzak, de Moebius, una sucesión de maravillosas ilustraciones al servicio de una historia que ni dios sabe qué significa, si es que significa algo. Los Humanoides Asociados gozaron de un éxito tan enorme como breve, pues la gente se cansó pronto de leer cómics esteticistas con escaso sentido y menos interés. Y es que el cómic y la ilustración se parecen, pero no son lo mismo.

Durante los 80, la industria del cómic atravesó una época de vacas flacas, sobre todo en USA. Entonces, a finales de la década, se inició el desembarco de guionistas británicos en Norteamérica: Alan Moore, Neil Gaiman, Jamie Delano, Grant Morrison, Garth Ennis o, el nuevo chico del año, Mark Millar. Todos ellos, capitaneados por los dos primeros, revolucionaron el dormido mundo del cómic norteamericano, creando obras más complejas y profundas dotadas de una vigorosa narrativa.

El ejemplo perfecto lo encontramos en Alan Moore. Todo el mundo lo sabe: es una maniaco obsesivo, un pirado que detalla con tanta minuciosidad sus guiones que prácticamente no deja margen de libertad a sus dibujantes. Centrémonos en Watchmen. Si hojeáis casi cualquier cómic de superhéroes actual, comprobaréis que el viñetado de las páginas suele adoptar esquemas muy barrocos que huyen de la simetría y la homogeneidad. Cada página posee un diseño gráfico diferente, lo que dota al conjunto de una gran brillantez visual. Por el contrario, Watchmen utiliza usualmente el formato de nueve viñetas por página, y cuando las viñetas son mayores (o menores), siguen las proporciones de la viñeta básica, como si ésta fuera un módulo. Además, el 95% de las páginas ofrecen composiciones simétricas y lo dibujos jamás rompen las líneas de corte. Es decir, visualmente Watchmen es tan clásico como, por ejemplo, un cómic de Tintín. Porque prima el guión sobre la imagen; no hay alardes gráficos, sino alardes narrativos.

Y ahora vamos a saltar de los cómics a la televisión. Ya resulta tópico afirmar que vivimos una edad de oro de las series, pero es un tópico cierto. ¿La prueba?: Los Soprano, Deadwood, House, Mujeres Desesperadas, Roma, Héroes, Perdidos, Medium, Prison Break, Dexter, Generation Kill, A dos metros bajo tierra y un largo etcétera. Este repentino subidón de calidad se debe, en mi opinión, a dos factores. En primer lugar, se ha prescindido de ese estúpido (y falso) cliché del “lenguaje televisivo” para asumir plenamente el lenguaje y las técnicas cinematográficas. En segundo lugar, se ha producido un profundo cambio en el esquema jerárquico de las producciones.

Veréis, durante el proceso de realización de una obra audiovisual existen tradicionalmente unas jerarquías y unos territorios perfectamente establecidos. Fuera del plató, en todo lo que rodea a la preproducción y la posproducción, manda el Productor; pero en el plató, durante el rodaje, el dios indiscutible es el Director. Hay numerosas excepciones, por supuesto. Algunos productores mandan siempre, en todas partes, como fue el caso de Selznick; hay directores que extienden su poder hasta abarcar la producción, como Hitchcock o Kubrick; y hay casos en los que no manda ni el productor ni el director, sino el actor, la estrella, como ocurre con el dianético Tom Cruise. Pero lo que nunca, jamás de los jamases, había ocurrido es que los guionistas tuvieran ni un ápice de poder. Sencillamente, eran las putas de la industria; hacían lo que se les pedía (y de la forma que se les pedía) y luego desaparecían de escena.

Pues bien, resulta que en la mayor parte de esas series que nos encantan, quien ahora manda es el guionista. Esa es la revolución capitaneada por la HBO: darle poder y libertad a los guionistas. Con ello, se consiguen dos cosas; por un lado, atraer a los escritores con talento, que quizá pudieran obtener más pasta del cine, pero que optan por la libertad y el control sobre su trabajo que les brinda la TV, y por otro mejorar la calidad del producto, dándole un nivel mucho más adulto, mimando las tramas y los personajes, densificando la narrativa. Y todo eso se ha conseguido primando el concepto creativo sobre lo visual (pero sin despreciar lo visual, por supuesto; simplemente, es una inversión de jerarquías).

Sin duda, el siglo XX ha sido el siglo de las imágenes, el siglo del cine, del cómic, de la televisión, de la publicidad masiva. Humberto Eco lo consideraba una nueva Edad Media, en el sentido de que las masas habían adoptado una especie de analfabetismo funcional y se regían por el imperio de la imagen. Las estrellas de cine son la nueva mitología, adoramos a personajes como Gisele Bundchen, Kate Moss o Naomi Cambell, que sólo son rostros y cuerpos, imágenes; el sueño de todo hijo de vecino es hacerse famoso apareciendo en televisión (convirtiéndose, pues, en imagen). Hay asesores de imagen, pero no asesores intelectuales. Triunfa el diseño, la cosmética y la cirugía estética. Una imagen vale más que mil palabras (tópico éste tan falso como estúpido).

La MTV nos habituó a ráfagas de imágenes sin sentido; color, música, ruido y movimiento, nada más. Hollywood acabó convirtiéndose en una fábrica de ¡pum-crash-boom! orientada a un público de 12 años, o edad mental similar. La sociedad no sólo adoptó la estética publicitaria, sino también su lenguaje y su discurso. Pero quién sabe, puede que un sector del público haya acabado harto de tanto rollo visual vacío. El cómic y la TV (o al menos parte de ellos) indican que algo está cambiando.

Estamos saturados de imágenes; quizá ha llegado el momento de las ideas.

martes, septiembre 30

La mujer del César

No, con el título de ahí arriba no me refiero a Pepa, mi ama y señora, sino a ese viejo dicho que reza: “La mujer del César no sólo ha de ser honrada, sino que además debe parecerlo”. Aunque no nos engañemos, lo cierto es que no tiene por qué ser honrada; basta y sobra con que lo parezca. En nuestra sociedad (y en todas, me temo) la imagen no solo prevalece sobre la realidad, sino que se convierte en la única realidad accesible. ¿Por qué? No se me ocurre más que una respuesta: porque los seres humanos somos gilipollas. Sólo percibimos lo que parece evidente, lo que está claro sin tener que darle muchas vueltas, lo que se explica a sí mismo, y rara vez nos cuestionamos esa realidad aparente, porque hacerlo, en cierto modo, sería como cuestionarnos a nosotros mismos o, cuando menos, poner en entredicho el suelo que pisamos. Además, tampoco tenemos capacidad para ir mucho más lejos. Esto me recuerda una frase que debería incluir en el coleccionista de idems: “La religión existe porque los seres humanos somos inteligentes, pero no demasiado”. Bueno, pues lo mismo puede decirse, no solo de la religión, sino acerca de todos los aspectos de la vida. Siempre nos quedamos inevitablemente cortos.

Somos gilipollas, sí, y además lo sospechamos. Vale, desde un punto de vista personal todos nos consideramos más listos que el hambre, todos tenemos un alto concepto de nosotros mismos; pero debe de existir una zona en nuestro cerebro, dedicada al cómputo de datos, que nos susurra: “mira, chaval, teniendo en cuenta la cantidad de soplapolleces que has hecho y dicho en el pasado, lo más probable estadísticamente es que en este mismo instante estés haciendo o diciendo una soplapollez”. Esto no se lo reconocemos ante nadie, por supuesto, pero la vocecita está ahí, haciéndonos dudar de nuestra capacidad para interpretar el mundo. No lo formulamos de una forma coherente, ni siquiera articulada, pero en el fondo desconfiamos seriamente de nosotros mismos, y nos tememos que, en cualquier momento, los demás acaben por darse cuenta de que somos un bluf y nos digan con una ceja levantada: “Coño, César, ahora que caigo eres un capullo integral”. Y eso no lo podemos aceptar, claro, de modo que tenemos que esforzarnos en mantener íntegra la farsa de nuestra propia imagen. Para ello, no hay nada como jugar a lo seguro; es decir, aceptar lo que acepta la mayoría y no cuestionar jamás lo que parece evidente.

Vamos a imaginar un caso práctico. Supongamos que estamos en una reunión de trabajo en la que se pide a los participantes que valoren y den su opinión sobre algo, un asunto importante que tiene equilibrados sus pros y sus contras. Bien, los tontolculo totales dirán la primera chorrada que se les ocurra y se quedarán tan panchos. Pero, en contra de lo que podría pensarse, tampoco hay tantos tontolculo totales en el mundo. Por supuesto, hay muchos más que genios, pero no son la mayoría; en realidad, la mayor parte de los humanos nos movemos en las grises franjas de la mediocridad. Entonces, ¿qué hacemos los mediocres en el caso de esa hipotética reunión de trabajo? Pues decir unas cuantas vaguedades que no comprometan a nada y esperar a ver qué rumbo toma la mayoría. Entonces, cuando la mayoría de los participantes perfilen una respuesta concreta, nos sumaremos a ella con entusiasmo. Porque si resulta ser la respuesta correcta, yo formaré parte de los victoriosos, y si es incorrecta, no la habré cagado yo, sino que la habremos cagado mancomunadamente la liga de los mediocres, con lo cual la responsabilidad se diluye. Claro está que podría enfrentarme a la mayoría y dar mi propia respuesta, en cuyo caso, si acertara, me convertiría en el héroe. Pero, conociéndome como me conozco, ¿cómo cojones voy a fiarme de mí?

El mecanismo que acabo de exponer no es una mera teoría, sino el fruto de haber participado en centenares de reuniones de trabajo en mi época de publicitario. De hecho, al comienzo de mi carrera tuve una jefa –directora del Departamento Creativo de una prestigiosa agencia multinacional-, que actuaba exactamente así. Era una pésima creativa y no tenía ni zorra idea de publicidad, aunque al mismo tiempo era una brillantísima relaciones públicas dedicada en cuerpo y alma a promocionarse a sí misma. El caso es que, a la hora de decidir la creatividad para una campaña importante, reunía al departamento, escuchaba la opinión de todos y finalmente decidía lo que decidía la mayoría. Jamás mostró el menor indicio de poseer criterio propio, pero eso no le supuso un obstáculo a la hora de desarrollar una exitosa carrera profesional. Más bien al contrario.

Pero no creamos que esto se circunscribe al mundo del trabajo, pues en realidad afecta a todos los aspectos de la vida. Por ejemplo, a la cultura. ¿Cómo valoramos la calidad de un producto artístico? ¿Basándonos exclusivamente en si nos gusta o no? De ninguna manera; eso es arriesgadísimo. Supongamos que leo una novela de un autor desconocido recién aparecida en el mercado y me gusta un huevo. ¿Eso indica que se trata de un buen libro? Para nada; la zona cerebral de cómputo de datos me recuerda la cantidad de veces que me han gustado auténticas chorradas –o no me han gustado obras maestras-, y eso me hace dudar. Para tomar una postura con respecto a ese libro, o cualquier otro, necesito baremos distintos. En primer lugar, su acogida entre los lectores y/o la crítica (es decir, la opinión mayoritaria). En segundo lugar, la reputación del autor; si es un escritor consagrado, el libro será bueno (porque la mayoría así lo dicta). Por último, la apariencia: ¿el libro parece serio? Porque si no lo parece, no puede ser bueno, claro.

Ese último punto es el responsable de que géneros literarios completos hayan sido arrojados al cubo de la basura. Comenzando por el humor. El humor, por naturaleza, no puede adoptar el tono típicamente grave y engolado que se le supone a la “literatura trascendente”; el humor es burbujeante, ligero y sospechosamente divertido. Eso último nos perturba mucho: si el libro me ha divertido, a mí que soy un idiota, hay que recelar. En el fondo, sospechamos que la “alta literatura” se alcanza como el cielo: mediante el martirio. Si el libro se me cae de las manos, buena señal; si me aburre monstruosamente, debo de estar frente a una obra maestra. Desde esta perspectiva, resulta evidente que el humor es indigno, porque no dice cosas “importantes”; y si las dice, no lo hace en tono “importante”.

Personalmente creo que el humor es uno de los géneros más complejos, y que algunas de las mejores disecciones de la naturaleza humana se encuentran en obras humorísticas. Ahora bien, teniendo en cuenta que probablemente soy un tontolculo total, esta opinión carece de importancia. No obstante, el criterio mayoritario incurre con frecuencia en flagrantes contradicciones. Al parecer, el humor es un género menor, pero... ¿cuáles son las dos novelas clásicas más aclamadas, las que están consideradas gérmenes de la novelística moderna? 1. El Quijote. 2. La vida y las opiniones del caballero Tristram Shandy. Mmmm... vaya, resulta que las dos son novelas de humor, menudo conflicto. De hecho, El Quijote estuvo considerado durante casi dos siglos una obra menor (opinión que su autor compartía). Era un best seller, era divertido y daba risa, por tanto no podía ser del todo bueno. En cualquier caso, ahora es un clásico y eso, ser un clásico, nos proporciona el apoyo de sucesivas generaciones de opiniones mayoritarias, lo que nos permite afirmar sin rubor que se trata de una obra maestra, aunque no la hayamos leído. De modo que no lo leemos. ¿Para qué, si ya sabemos que nos va a gustar aunque no nos guste?

Igual suerte que el humor corren otros géneros. El thriller, la ciencia ficción o el terror son poco serios, porque no engolan la voz, porque no parecen importantes y, sobre todo, porque con frecuencia producen obras divertidas, y eso es una señal muy mala. En cuanto a la fantasía, podemos decir que se encuentra bajo permanente sospecha. Hay demasiados clásicos fantásticos como para echar el género a la basura, pero, qué demonios, la fantasía habla de cosas que no existen. Y ahí está la clave: lo fantástico trata sobre cosas irreales, pero la irrealidad no es seria, sino infantil. Por contra, la realidad si que es seria y, cuanto más real, mejor. Somos adultos y tenemos los pies en el suelo, ¿no? Pues entonces agarrémonos con fuerza al realismo, que si bien no nos da la menor garantía de calidad, al menos nos permite pisar un terreno menos resbaladizo. Podría señalarse, por supuesto, que con frecuencia esos géneros despreciados emplean sus recursos para analizar la realidad con tanta o más eficacia que el realismo, pero sería inútil; si lo hacen, no lo parece. Y ya sabemos que las cosas son lo que parecen a primera vista, no lo que, escarbando un poquito, son en realidad.

No obstante, amigos míos, todo esto funciona en ambos sentidos. Para que nos tomemos en serio algo, ese algo tiene que parecer serio; por consiguiente, nos tomaremos en serio cosas que no son serias en lo absoluto, pero lo parecen. Basta con engolar la voz, con mostrarse grave y circunspecto, con tratar temas trascendentales o, al menos, en tono trascendental, con emplear un estilo afectado y pedante; todo eso, si se hace bien, basta y sobra para que cualquier chorrada parezca una obra maestra. Y si lo parece, lo es.

Me mojaré poniendo un ejemplo: la película El Piano, de Jane Campion. Se trata de un film técnicamente impecable, con una excelente fotografía de Stuart Dryburgh, una dirección de arte soberbia, magníficas interpretaciones y una música preciosa. Guay. El único problema es que nada de lo que sucede en esa película posee la menor coherencia, el más mínimo sentido. De entrada tenemos a una mujer, Holly Hunter, que parece muda, pero no es que sea muda, sino que por alguna razón no especificada ha decidido no hablar. No ha sido por un trauma; sencillamente, la buena señora fue y dijo un día: “me callo”, y no volvió a pronunciar palabra, ni siquiera para hablar con su hija (¿qué culpa tendrá la pobre niña de las extrañas manías de su madre?). Pero ojo, no es que renuncie a expresarse, pues emplea el lenguaje de signos; se limita a no hablar, una actitud cuya consecuencia inmediata es complicarse mucho la vida a sí misma y tocarle las narices a cuantos no conocen el lenguaje de signos. Muy lógico. Ah, pero es que la mujer ha renunciado a la voz, pero se expresa mediante la música que interpreta con su piano. Muy poético. Vale, supongo que todo eso es una metáfora cuyo significado concreto se me escapa, aunque suena vagamente pseudofeminista; en cualquier caso es una metáfora tan forzada, tan ridícula en el fondo, que la señora Campion tendría que habérselo pensado dos veces antes de emplearla.

En fin, podría pasar horas hablando de todos los absurdos que hay en esa película, pero me limitaré a citar uno que los resume todos. Holly Hunter llega a Nueva Zelanda para casarse con Sam Neill, un granjero tosco y aparentemente bonachón. Junto con el equipaje, la Hunter se trae su piano; unos braceros lo están descargando en la playa, para subirlo después a un carro. Entonces, de repente, se pone a llover y los peones, como si la lluvia fuese para ellos algo mortal, deciden no cargar el piano, dejarlo abandonado en la playa y largarse echando leches. No parece una actitud muy lógica que digamos, pero vale. Ahora bien, ¿dónde dejan el piano? Lo natural sería ponerlo lejos del agua, quizá debajo de unas palmeras... pues no, lo dejan en la orilla; ya son ganas de joder. Pero, ¿por qué hacen eso, por qué se comportan de una forma tan extraña? Por un excelente motivo: para que la directora nos regale poco después unos preciosos y poéticos planos de las olas del mar lamiendo las patas del piano. Qué estético, qué forzado, qué vacío. Pero coño, cómo da el pego.

Cito esta película porque es el mejor ejemplo que se me ocurre de un producto cultural absolutamente hueco cuya apariencia, seria y trascendente, le hace parecer una obra maestra a ojos de la mayoría. Se trata de una obra tan astuta que, lo reconozco, logró engañarme mientras la veía; aunque al poco, en cuanto reflexioné sobre lo que en realidad había visto, me di cuenta de que la señora Campion estaba vendiéndome como si fuera un diamante lo que sólo era una cuenta de cristal. Ah, por cierto: seguro que algún que otro merodeador querrá discutirme mi opinión sobre El Piano. Pues es inútil, lo siento; a quien se proponga hacerlo, le sugiero que vuelva a ver la película sin fijarse en su envoltura externa y prestando mucha atención a la coherencia interna. Luego, si quiere, hablamos.

Para terminar, que esto ya es más largo que un discurso de Fidel, me gustaría señalar lo más triste de todo. Antes di a entender que sólo los tontolculo totales se atreven a expresar opiniones distintas a las de la mayoría, y eso evidentemente es falso. También los genios van contra corriente (y gracias a eso el mundo avanza poquito a poco). El problema, la deprimente cuestión, es que muchas veces, a nosotros, los mediocres, nos resulta imposible diferenciar al genio del tontolculo total. Y así vamos.

lunes, septiembre 22

Otoño


Hoy, a las 15:44 hora solar, tendrá lugar el equinoccio de otoño y el día y la noche durarán exactamente lo mismo. Os regalo la imagen de una amanita muscaria -a la sazón en estas fechas-, que era con lo que se colocaba la gente en la antigüedad.

miércoles, septiembre 17

El ascensor

No soy un tipo musical. Difícilmente podría serlo, pues me crié en una casa cuya banda sonora estaba compuesta básicamente por tangos, country y, ocasionalmente, la Orquesta Mantovani; si esto no socava las neuronas destinadas al solfeo, nada puede hacerlo. En mi caso las aniquiló, de modo que, no sólo tengo un oído terrible, sino que además nunca he sido especialmente aficionado a la música. De hecho, hoy en día sostengo que la música es el arte más intrusivo que existe, una manifestación creativa que puede llegar a tocar las narices profundamente. Pero de eso hablaré en otra ocasión.

No obstante, pese a mi autismo musical, hubo una época en mi vida, los últimos años de mi adolescencia y mi primera juventud, en que la música jugó un papel importante para mí. Como es natural, dada la tosquedad armónica que me es inherente, mis gustos musicales eran limitados y abarcaban un ámbito tan cerrado como cuestionable. En realidad, esos gustos musicales respondían sobre todo a un estilo de vida; veréis, por aquel entonces yo era un pseudo-hippy de cabellos largos y aficiones lisérgicas, así que la música que me molaba oscilaba entre las dulces baladas y la psicodelia. En el primer apartado, mi cantante favorito era Cat Stevens; en el segundo, mi grupo era Pink Floyd. Si tenemos en cuenta que Syd Barrett, el primer líder de Pink Floyd, se volvió loco, y que Cat Stevens se convirtió al islamismo y ahora se llama Yusuf Islam, está claro que siento debilidad por los chiflados. Pero eso es otra cuestión.

Dejando aparte a Cat Stevens, que hoy en día está tan demodé como los caramelos de violetas (aunque compuso dos o tres de las mejores canciones de la historia del pop), mi auténtica pasión era Pink Floyd y el rock sinfónico en general. Al ese grupo le seguían muy de cerca Emerson, Lake & Palmer, dos de cuyos álbumes –Cuadros de una Exposición y Trilogy- escuchaba machaconamente una y otra vez. Y también Yes, y Jethro Tull, y King Crimsom, y el primer Mike Oldfield, y Deep Purple, y las obras conceptuales de Moody Blues, y el primigenio, pero no menos excelso, In-A-Gadda-Da-Vida, de Iron Butterfly. Eso, junto con el folk, constituía el grueso de mi background musical por aquel entonces.

Pero sobre todo, por encima de cualquier otro grupo, mi amor eterno era para Pink Floyd. Y es curioso, porque justo es reconocer que por lo menos la mitad de sus temas son inaudibles e incluso pueden llegar a provocar severos dolores de cabeza. Reconozcámoslo: no hay dios que escuche completos sus álbumes Meddle, Animals o A Saucerful of Secrets. Sin embargo, incluso en sus discos más abstrusos, siempre encontraba uno o dos temas que me hacían vibrar. Por ejemplo, en su álbum doble Ummagumma las tres primeras caras son terribles, no hay quien se las trague; pero la cuarta cara... en fin, es toda un experiencia en la que se incluye una de las canciones más hermosas jamás escritas: Grantchester Meadows. Aún hoy, si escucho ese tema y cierro los ojos, me veo trasladado a un lugar tranquilo y pacífico que probablemente sea mi paraíso particular.

En realidad, mi desmesurado amor por Pink Floyd se circunscribía básicamente a cuatro álbumes: Atom Heart Mother, The Dark Side of the Moon, Wish You Were Here y el muy posterior The Wall. La verdad es que no paraba de escucharlos (junto con la cuarta cara de Ummagumma), sobre todo cuando las circunstancia eran propicias. ¿Sabéis cómo llamaban en España a Pink Floyd durante mis psicodélicos años mozos? “El ascensor”. Porque ayudaba a “subir”, y el que tenga oídos para entender, que entienda.



Ah, virgen del amor hermoso, cuántos canutos habré compartido escuchando Wish You Were Here, Money o If, cuántas reuniones de pirados sumidos en el estupor, cuántos viajes espaciales por el interior de nuestros cerebros al ritmo de Eclipse... Mi viejo amigo Samael estuvo allí, subiendo en el ascensor, y estoy seguro de que dejará un comentario en este post. Él también ama a Pink Floyd.

Mi fascinación por el grupo era tan grande que abarcaba incluso a los nombres de sus componentes: Syd Barret, David Gilmour, Roger Waters, Richard Wright y Nick Mason. En particular, los apellidos Gilmour y Waters (firmantes de la mayor parte de los temas) se me antojaban etéreos, inmateriales, como si no pertenecieran a personas, sino a entidades abstractas. Por desgracia, con el tiempo el grupo fue perdiendo fuelle creativo y sus miembros acabaron por dispersarse. Los tres álbumes que publicaron después de The Wall fueron a cual más decepcionante y finalmente, en 1995, Pink Floyd concluyó oficialmente su andadura, aunque en 2005 dieron un concierto extraordinario en Londres. Por cierto, sus actuaciones en directo eran famosas por su originalidad y espectacularidad; yo pasé gran parte de mi juventud lamentado no poder asistir a alguno de sus conciertos, pero al final lo conseguí. En 1988 actuaron en el Vicente Calderón y yo, cómo no, estuve allí; lo cierto es que ni Pink Floyd ni éste vuestro seguro servidor éramos los mismos, pero fue una gozada.

El rock sinfónico fue perdiendo popularidad hasta amustiarse definitivamente a finales de los 70. Sus excesos fueron muchos y el género lo acabó pagando. No obstante, resucitó en Europa a mediados de los 90 con grupos como Metallica, Therion o Scorpions. Pero los reyes indiscutibles del rock sinfónico fueron y serán siempre Pink Floyd. Y esto es así por, cuando menos, dos motivos. En primer lugar, porque el grupo, hasta más o menos el 75, cambió muchas veces de estilo, innovando constantemente. Eso les llevó a cometer enormes errores, pero también a pergeñar no menos grandes aciertos. En cualquier caso, ellos experimentaron, si no con todo, sí con casi todo (y me refiero a la música, no a las sustancias tóxicas ilegales, aunque también).

En segundo lugar, ninguna otra banda de rock suena como Pink Floyd. Hay algo mágico en el sonido del grupo, una cualidad inmaterial, cristalina, sobrenaturalmente pura. Es como si su música estuviera hecha de agua, como si fuera el fluido que la sonoridad de su nombre evoca. En fin, como ya he dicho al comienzo, soy un ignorante musical, un analfabeto del pentagrama, pero me vais a permitir una opinión. Creo que, en gran medida, la magia del sonido Pink Floyd se debe a los teclados de Richard Wright, el miembro más discreto del grupo.

Pues bien, Richard Wright murió hace dos días en Londres, a los 65 años de edad, víctima de un fulgurante cáncer. Sé positivamente que esto forma parte de una confabulación mundial para demoler los restos de mi juventud, que no es más que un jalón en el camino que conduce a la nada; sé que lo que se ha ido ya jamás volverá, y que tarde o temprano, igual que desapareció Pink Floyd, igual que se ha ido Wright, yo acabaré no siendo más que un cada vez más vago recuerdo en las mentes de quienes me conocieron. Sé que cada segundo que pasa, te roba algo. Pero no importa, porque cada vez que escucho Grantchester Meadows –y acabo de hacerlo-, vuelvo a ser el ingenuo joven de cabellos largos y ojos llenos de estrellas que fui hace ya tanto tiempo.
Nota: En la foto de arriba, Wright es el saltarín de la derecha. El de la foto de abajo soy yo.



martes, septiembre 16

El coleccionista de frases 19

"En el mundo actual se está invirtiendo cinco veces más en medicamentos para la virilidad masculina y silicona para mujeres, que en la cura del Alzheimer. De aquí en algunos años tendremos viejas de tetas grandes y viejos con el pene duro, pero ninguno de ellos recordará para qué sirven".

Dr. Drauzio Varella (Amablemente donada por Samael)

miércoles, septiembre 10

El caballero espeso

No tengo nada contra los relatos de superhéroes; de hecho, leía muchos comics de ese género cuando era un chaval o un pizpireto jovenzuelo. No obstante, reconozcamos que hay algo intrínsicamente ingenuo y un tanto ridículo en la figura del superhéroe: su inconsistencia. No son creíbles; y no me refiero a que no nos podamos tragar que alguien vuele, tenga superfuerza o proyecte rayos por los ojos, no, eso es lo de menos; lo increíble es que alguien se enfunde un traje extravagante y se ponga a luchar contra el mal en solitario y de forma anónima, sencillamente porque sí. Que lo haga a base de puñetazos, o cualquier otra forma de fuerza bruta, no hace más que añadir tosquedad a la ingenuidad.

Vale, podemos recurrir a la suspensión de la incredulidad, aceptar la figura del superhéroe sin más preguntas y disfrutar de las historias. Lo malo es que, con el tiempo, aquellas historias de superhéroes acabaron resultándome cada vez más grotescas y repetitivas, así que dejé de leer ese tipo de comics durante mucho tiempo. Concretamente hasta que, a finales de los 80, comencé a oír hablar maravillas de un tebeo de superhéroes llamado Watchmen. Lo compré, lo leí y me quedé de piedra pómez. porque Mr. Moore había conseguido conducir al género por sendas nunca antes transitadas. No voy a enrollarme ahora con Watchmen; quizá lo haga en otra ocasión. Me limitaré a señalar que Alan Moore hizo en ese tebeo lo mismo que Nikos Kazantzakis en La última tentación de Cristo: llevar hasta sus últimas consecuencias, de forma realista, una idea absurda.

Tras la alucinada lectura de Watchmen, me puse a buscar más comics de superhéroes “de la nueva hornada”, y me encontré con obras tan excelentes como Batman año 1, Dark Knight o el Daredevil: Born Again, todas de Miller. O el Miracleman del propio Moore. O Astro City, de Kurt Busiek, una serie con grandes hallazgos de la que se ha hablado muy poco. O la Doom Patrol de Grant Morrison, puro surrealismo. También encontré un montón de malas imitaciones, pero eso es otra cuestión.

Con todo esto quiero decir que no tengo nada contra los superhéroes. De hecho, escribí una novela –La compañía de las moscas-, donde jugaba de forma tangencial con la idea de superhéroe. Su protagonista es Daniel, un chaval de quince años superdotado intelectualmente que intenta encontrar su lugar en la vida buscando el modo de marcar la diferencia entre el bien y el mal. Cuando diseñé a Daniel me propuse crear un personaje que fuera absolutamente bueno y, al tiempo, interesante; creo que lo conseguí. Daniel es un ángel, pero un ángel muy complicado. Daniel intenta hacer el bien a pequeña escala rodeándose de gente que necesita alguna clase de ayuda moral. Es una especie de diminuto superhéroe que vuela por Internet oculto por el nick de Mr. Cristal. Por otro lado, Daniel dibuja (para él, sin enseñárselas a nadie) unas tiras cómicas protagonizadas por una pareja de superhéroes: Mr. Cristal, un niño que puede volverse invisible, y el Profesor Furia, un tipo vestido con toga y birrete que emite rayos de pura mala leche. Y es que Daniel, pese a su superior inteligencia, adora los tebeos de superhéroes. Permitidme que transcriba aquí un diálogo de la novela:

— ¿Te gustan los tebeos de superhéroes?
— Me encantan.
— Vaya, no dejas de sorprenderme –Julián arqueó una ceja-. Creí que tú sólo leías a Joyce, Dostoievski, Rilke y cosas por el estilo.
— Pero también comics.
— ¿De vigilantes enmascarados? Vamos, Daniel, eso es basura.
— ¿Ha leído usted alguno, señor Echevarria?
— No necesito leerlos para saber de que no hay nada más absurdo que un tipo musculoso con antifaz y los calzoncillos por fuera de los leotardos.
— Sí, es absurdo –aceptó Daniel-. Por eso los comics de superhéroes son mejores que la vida.
Julián hizo un gesto de extrañeza.
— ¿Qué quieres decir?...
— Los superhéroes –le explicó Daniel-, sólo tienen sentido porque existen los supervillanos. Un hombre de acero con rayos X en los ojos sería una pasada si se limitase a detener navajeros y carteristas. Pero no, el archienemigo de Superman es Lex Luthor, un supervillano.
— Ya; ¿y qué?
— Que eso mismo sucede con los demás superhéroes: todos se enfrentan a supervillanos. El mayor enemigo de Batman es el Jocker; el de Daredevil, Kingpin; el de Spiderman, el Duende Verde; el de la Patrulla X, Magneto; el del Capitán Marvel...
— Vale, vale; creo que lo he captado. Hay superhéroes y hay supervillanos.
— Los superhéroes defienden el bien frente al mal –prosiguió el muchacho-; protegen a la gente incluso poniendo en riesgo su propia vida, y lo hacen sin obtener ningún beneficio, simplemente porque creen que deben hacerlo. Generalmente triunfan, pero incluso cuando no es así, hay, no sé..., hay grandeza en su derrota. Por ejemplo, el Duende Verde (que en realidad se llama Norman Osborn) mató a Gwen Stacey, la novia de Peter Parker. La tiró desde un puente y Spiderman no pudo hacer nada por salvarla, pero al menos el hombre araña estaba allí para llorar su muerte.
— Conmovedor. ¿Y qué?...
— Bueno, ¿no se ha dado usted cuenta?
— ¿De qué?
— De que en la vida real no existen superhéroes –concluyó Daniel-; pero sí supervillanos. Hitler lo era, como Mussolini, Franco o Stalin. Y también Pol Pot y Ariel Saharon y Milosevic y Ben Laden y... En fin, todos supervillanos. Pero ningún superhéroe se enfrentó a ellos.
— Bueno, hubo algunos héroes de carne y hueso que les plantaron cara –objetó Julián, pensativo.
— Sí, pero ¿qué pueden hacer las personas normales para acabar con los supervillanos? Muy poca cosa; para eso hacen falta superhéroes. Y no existen, salvo en los tebeos. Por eso los comics son mejores que la vida: porque en los comics el mal y el bien están equilibrados, y en la vida real no.

En efecto, creo que del fango de los superhéroes pueden surgir insospechadas obras maestras, y no sólo en lo que respecta a los cómics, sino también a la mismísima literatura. Tigre, tigre..., de Alfred Bester, y El señor de la luz, de Roger Zelazny, son dos excelentes novelas de ciencia ficción con elementos extraídos directamente del mundo de los superhéroes. Es decir, con material de derribo también puede hacerse arte. Por cierto, Bester, en los inicios de su carrera como escritor, fue guionista de Batman (entre 1942 y 1947). Y esto nos conduce a donde yo quería llegar: a Batman. Vale, diréis, ¿era necesario tanto rodeo para eso? Pues probablemente no, pero no olvidemos que, por desgracia, una de las señas de identidad de este blog son los largos rodeos.

Suele decirse que Batman es un superhéroe más creíble porque no posee poderes sobrehumanos, pero a mí me produce exactamente el efecto contrario. Vamos a ver, si un tipo decide ponerse unas mallas azules, calzoncillos rojos por encima de las mallas y botas y capa a juego con los calzoncillos, yo difícilmente podría contener la risa, salvo que le viera en un escenario rodeado de Drag Queens. Pero si veo a ese tipo, vestido de idéntica manera, arrancando un secuoya con la fuerza de sus brazos, os juro que me lo tomaría muy en serio. Vamos que Superman podría llevar pololos rosa y nadie se cachondearía de él, con la posible excepción de Lex Luthor. Así pues, un tipo normal vestido de murciélago dando brincos por la ciudad me parece un espectáculo sencillamente grotesco.

No obstante, hay algo que redime a Batman: su galería de villanos. El Joker, El Pingüino, El Espantapájaros, El Acertijo, Dos Caras, la voluptuosa y sado-maso Catwoman... Todos ellos son figuras deliciosamente surrealistas y llenas de encanto. Dicen que el tamaño de un héroe se mide por la talla de sus enemigos, y en ese sentido Batman es un héroe enorme. Pero sólo en ese, porque, reconozcámoslo, Batman es un fascista, como se evidencia en el Dark Knight de Miller. O un loco; Moore sugiere que Batman y el Joker no son más que dos chiflados persiguiéndose mutuamente.

Así que tenemos un personaje que, o es un facha, o es un pirado. O un facha pirado que, además, va disfrazado de murciélago. ¿Eso mola? A mí, lo reconozco, no mucho. Pero, evidentemente, el personaje tiene tirón popular. Dejando aparte la famosa serie pop de TV, Batman fue, tras Superman, el segundo superhéroe en ser llevado al cine por todo lo alto. Tim Burton dirigió dos películas que eran un auténtico coñazo, aunque contaban con una excelente dirección de arte. Ah, vale, en la segunda Michelle Pfeiffer componía a una Catwoman de quitar el hipo que por si sola justificaba el precio pagado por la entrada. Joel Schumacher continuó la franquicia dirigiendo otros dos títulos que oscilaban entre la psicodelia barata y lo explícitamente hortera. Pura basura; aunque, eso sí, basura cara. Tan malas fueran estas dos películas, que la serie se dio por clausurada.

Pero en 2005 llegó el Batman Begins, de Christopher Nolan con un nuevo enfoque para el hombre murciélago, y tanto el público como la crítica acogieron el film con cierto entusiasmo. ¿Mi opinión? Me divirtió moderadamente la primera parte del metraje y me aburrí profundamente con la segunda mitad. Pese a todo, me pareció la mejor aproximación cinematográfica al personaje realizada hasta el momento. Lo sé, lo sé, más de uno intentará reivindicar la labor de Tim Burton; pero es inútil, al menos en lo que a mí respecta, pues creo que Burton es el director vivo más sobrevalorado y sólo le reconozco una buena película; el resto no me parecen más que excelentes ejercicios de dirección artística envolviendo al vacío absoluto.

Finalmente, este año se estrena el segundo Batman de Nolan, The Dark Knight, y a todo el mundo se le hace el culo Pepsicola. La crítica ha puesto la película por las nubes de forma casi unánime y en cuanto a los espectadores, baste decir que ya es el segundo film más taquillero de la historia. Todo dios ha hablado maravillas de este caballero oscuro e incluso se reclama un Oscar póstumo para Heath Ledger. En fin, ante tanta alabanza, y pese a que el anterior título no me había hecho mucho tilín, fui a ver la película hace una semana.

¿Mi opinión? Me divirtió moderadamente la primera mitad del film y me aburrí monstruosamente con la segunda. De hecho, me aburrí más que en el anterior título, porque la nueva entrega es aun más larga. Me apresuro a aclarar que hay al menos dos aspectos sobresalientes en el film. En primerísimo lugar, la actuación de Heath Ledger. Veréis, el Joker de Jack Nicholson era en el fondo un payaso simpaticote; pero el Joker de Ledger hace exactamente lo que debe hacer: acojona. ¿Que Ledger se pasa tres pueblos en su composición del personaje? Cierto, pero si hay un personaje que pide a gritos sobreactuación, ese es el Joker. En cualquier caso, la película alza el vuelo cada vez que aparece en escena Ledger y se hunde en el muermo cuando no está. El segundo aspecto sobresaliente es la actuación de Gary Oldman, que consigue dar una densidad insospechada a un personaje que, al menos sobre el papel, no la tiene. Añadiría también la secuencia inicial del robo al banco por el Joker y sus secuaces, realmente bien rodada.

Ahora bien, toda la película tiene un tono solemne, engolado, que a mí me toca bastante las narices. Es como si Nolan dijese: vale, es Batman, un loco disfrazado, es ridículo, pero fijaos en lo serio y trascendental que me pongo. Pues lo siento, toda esa trascendencia y gravedad se va a hacer puñetas en cuanto aparece Batman, un facha, un pirado vestido de fantoche. Sencillamente, no me lo puedo tomar en serio. O, más apropiadamente, por mucho que engole la voz, Nolan no consigue que me lo tome en serio. Pero eso no es lo peor de la película; lo realmente chungo es que la segunda mitad del metraje consiste en una serie acumulativa de clímax que, lejos de conducir a un tsunami de tensión, sólo consiguen que el espectador se desconecte y, como en mi caso, se aburra mortalmente. ¿Por qué va a importarme lo más mínimo que Maggie Gyllenhaal vuele o no por los aires? Su personaje no está desarrollado, sólo es una presencia sin demasiado interés. ¿O es que tengo que acordarme de la sosa de Katie Holmes para intentar sentir un poco de empatía? Por favor... ¿Y quién es Harvey Dent? Es Aaron Eckhart haciendo de fiscal, nada más. En cuanto a Bruce Wayne, sólo puedo decir que Chistian Bale se muestra igual de expresivo cuando lleva máscara que cuando no la lleva. Parece como si se hubiera tragado el palo de una escoba. Por lo demás, es una pena que actores tan portentosos como Michael Caine y Morgan Freeman estén en esta película tan absolutamente desaprovechados.

Pero vayamos al supuesto meollo trascendental de la cinta, la tenue frontera que separa el bien del mal. Como apunte no está mal, pero se queda en eso, en mero apunte sin desarrollar. Porque, vamos a ver, el Joker será un hijo de puta, pero al menos es un hijo de puta consciente, lúcido, mientras que Batman es un facha que se salta alegremente las leyes, practicando desde la tortura hasta el secuestro, y no parece enterarse. Qué queréis que os diga, personalmente me quedo con el Joker, que en resumidas cuentas es lo único estimulante y magistral de esta aburrida película (y también la actuación de Gary Oldman, vale).

¿Es The Dark Knight, en mi opinión, un mal film? No, es un film mediocre, con algunos aciertos y numerosos fallos. Lo que no me explico, lo que no logro entender por mucho que lo intente, es a qué se debe el desmesurado éxito crítico y comercial de la película. Supongo que hay algo que se me escapa, sin duda debo de estar equivocado, pero los bostezos que amenazaban con desencajarme la mandíbula mientras veía la segunda parte del film eran totalmente sinceros, os lo juro.

Para mi gusto, la mejor película de superhéroes que he visto es Spiderman 2, seguida a cierta distancia por X Men 2. El resto me parecen entre mediocres, malas y horrendas. Y es que, a mi modo de ver, el medio natural de los superhéroes es el comic, y su traslación al cine no acaba de cuajar. Aunque, claro, en esto también puedo estar equivocado. Esperemos a ver qué pasa con el Watchmen de Zack Snyder, aunque desde ya me atrevo a aventurar que, aunque sea una buena película, será una mala película, en el sentido de que forzosamente traicionará al comic original de Moore y Gibbons.

Ya veremos.

domingo, septiembre 7

El coleccionista de frases 18

"Un escritor es alguien para quien la escritura resulta más difícil que para cualquier otro"

Thomas Mann

lunes, septiembre 1

Leonor en ocho clics

Las aficiones de mi padre se manifestaban siempre de forma acumulativa. En primer lugar, era coleccionista; sobre todo de sellos, pero también de latas de cerveza, de botellines, de vitolas de puros, de los triangulitos de papel que hay en los quesos en porciones, de armas de fuego, de monedas... El coleccionismo es una actividad acumulativa por naturaleza y él coleccionaba colecciones. Pero no sólo era eso; a mi padre le gustaban los relojes y tenía docenas, o fumaba en pipa y tenía muchísimas pipas, o escribía a máquina y tenía varias máquinas de escribir, tanto eléctricas como manuales, igual que había cinco televisiones en su casa, un montón de radios y varios tocadiscos, así como amplias colecciones de música country y tangos. No sólo acumulaba lo que le gustaba, sino también lo que no le gustaba; por ejemplo, en un armario de su despacho tenía montones de cajetillas de cigarrillos de todo tipo (turco, egipcio, inglés, americano..), aunque no fumaba cigarrillos, y cajas llenas de bebidas alcohólicas, pese a que era totalmente abstemio.

Una de las principales aficiones de mi padre era la fotografía. Al principio, cuando vivía en Barcelona, su producción fotográfica era más o menos cuidada. Conservo fotos realizadas por él que no están nada mal, imágenes en blanco y negro con el tema bien elegido, la composición y la luz muy cuidadas, y una conseguida intención estética. Sin embargo, al llegar a Madrid el impulso de acumular se impuso y empezó a almacenar cantidades ingentes de A) máquinas de fotografiar y B) fotografías. Tenía Olimpus, Hasselblad, Nikon, Rollei, Mamiya, Bronica y algunas marcas más que no recuerdo, y con ellas hacía cientos, miles de fotografías, sin ton ni son, tan sólo por darle gusto al dedo. Nuestra casa estaba llena de álbumes fotográficos y nuestro trastero de cajas con negativos.

En su afán acumulativo, mi padre regalaba cámaras a toda su familia. Yo tuve una pequeña Olimpus y una Mamiya de 4X4, y tanto mi madre como mi hermano Eduardo contaron con sus respectivos aparatos. Pero donde realmente fructificaron las sales de plata sembradas por mi padre fue en mi hermano mayor, Big Brother. BB es arquitecto, lo cual implica una actitud –y una aptitud- estética, pero además se convirtió en un pirado de la fotografía. Llegó a tener un excelente equipo fotográfico (muy amplio, pero sin llegar a las excéntricas acumulaciones paternas,) y se montó un laboratorio que nada tenía que envidiar al de un profesional. Desgraciadamente, la llegada de la fotografía digital mandó todo eso al limbo de lo inútil, pero mi hermano ya está proveyéndose de un nuevo equipo. En cualquier caso, BB ha llegado a ser un excelente fotógrafo aficionado; y digo “aficionado” porque el muy gilipollas nunca ha querido hacer nada con sus magníficas fotografías.

En cuanto a mí, soy aficionado a la fotografía, pero sé que mi mente está más orientada a la palabra que a la imagen, de modo que nunca pasaré de ser un fotógrafo mediocre. En ocasiones consigo alguna foto notable, pero por lo general carezco de ese sexto sentido que permite arrancar belleza de la realidad que nos rodea.

Ahora permitidme hablar de Leonor, mi única sobrina carnal, la hija de Big Brother. Ante todo, diré que mi hermano es trece años y medio mayor que yo, de modo que su única hija anda ya por la treintena mediada, más o menos. Leonor estudió ADE (o algo así) y trabaja en publicidad; es inteligente, muy buena en su trabajo y una excelente persona. Como es natural, la quiero mucho. Pero siempre había pensado que le faltaba algo; entendedme: a tenor de su personalidad y su brillante cerebro, había algo que fallaba en su estructura, un elemento que debía estar, pero yo no lo veía. Dándole vueltas, he llegado a la conclusión de que lo que echaba de menos era “creatividad”. Una mujer tan brillante e inteligente como ella debía tener forzosamente la necesidad de expresarse, de sacar al exterior lo que bullía en su complejo interior. Sin embargo, no era así; o eso creía yo, estúpido de mí.

El otro día, Leonor me mandó un mail con una selección de fotografías hechas por ella. Yo no sabía que era aficionada a la fotografía, jamás había visto ni una de sus fotos, de modo que abrí el archivo con curiosidad... y me quedé con la boca abierta, patidifuso, pasmado, sorprendido y estupefacto, todo a la vez. Aquellas fotografías eran excelentes, tan buenas como las de su padre, una colección de brillantes imágenes que denotan una enorme sensibilidad para la composición y un abrumador sentido estético. ¿Me estoy pasando? ¿Ya está el tío baboso cantando las virtudes de su sobrinita? Juzgadlo vosotros mismos. Tanto la fotografía que encabeza este post como las siete que vienen a continuación son by Leonor Mallorquí.


Y si queréis ver más ejemplos, no tenéis más que pinchar AQUÍ con el ratón.

En fin, amigos míos, ¿qué queréis que os diga? A mi sobrina no le faltaba nada, ni mucho menos; el ignorante era yo, que no la conocía lo suficiente. Leonor tiene mucho que decir, grandes o pequeñas cosas que expresar, y lo hace a través de sus hermosas fotos. Esa es la creatividad que yo no veía y que acabo de encontrar, el pequeño factor mágico que, a mis ojos, la convierte en un poquito más Mallorquí, en el mejor sentido de la palabra. Así que Leo, querida, perdóname por no conocerte todo lo que debería, y muchas gracias por esos fragmentos de belleza que me has regalado.

jueves, agosto 28

Noche de agosto en Madrid

Hace muchos, muchos años, cuando yo era un niño, un adolescente o un alocado jovenzuelo, Madrid era una ciudad amable. En realidad, Madrid era un pueblo grandote, un pueblo lleno de pueblerinos emigrados de otros pueblos, un pueblo con aires de pueblo, olor a pueblo y ritmos de pueblo. ¿Me he pasado con lo de “olor a pueblo”? Pues no, porque en todos los barrios de Madrid había vaquerías; es decir, tiendas donde se vendía leche recién ordeñada de las tres o cuatro vacas que había en la parte trasera del establecimiento. De modo que ibas por el centro de la ciudad y era enteramente normal percibir olor a vaca y estiércol.

(Nota: no me gusta contar estas anécdotas jurásicas porque me hacen consciente de lo alarmantemente talludito que soy. Y también, por cierto, provocan mi asombro al evocar el sombrío y casposo mundo donde nací)

Cuando digo que Madrid era una ciudad amable, quiero decir que había un tráfico moderado, que la gente era simpática, que el ritmo de vida era apacible, que las calles invitaban al paseo. Así era once meses al año, pero al llegar agosto la amable villa se convertía en un páramo. La gente, igual que ahora, huía en masa del atroz calor de la ciudad; sólo se quedaban cuatro pringados, lo cual se traducía en que todo cerraba. Era una odisea encontrar una farmacia abierta, o una tienda de comestibles, o un simple bar; ni siquiera se estrenaban películas. La verdad es que Madrid se convertía en un remanso de paz, pero también en un ominoso desierto. La cosa era un poco aburrida, si queréis que os diga la verdad.

Madrid, hoy, es un caos, una ciudad histérica y agresiva donde todo el mundo va como si llevara una guindilla insertada en el recto. El tráfico parece una invasión de mecánicos y cabreados extraterrestres, las personas son bordes a la primera de cambio, todo va rápido, nadie pasea. Una mierda de ciudad, para seos sincero. Hasta que llega agosto. Porque al llegar ese mes, Madrid, igual que antaño, se vacía. Pero no tanto como antes, de modo que sigue habiendo tiendas abiertas y no tienes que encasquetarte un salacot para buscar un bote de aspirinas. Y, al mismo tiempo, apenas hay tráfico, puedes aparcar donde quieras, el ritmo es más lento, la gente es más agradable y todo invita al tranquilo paseo (menos el calor, por supuesto). De hecho, Madrid en agosto se convierte en la ciudad perfecta.

Veréis, si entráis en Madrid por el sur o por el este, os haréis una idea bastante aproximada de la realidad: la ciudad está en medio de un secarral y tiene unos alrededores horribles. Si entráis por el norte, la cosa mejora un poco, pero conforme os acerquéis a Madrid tropezaréis con un Dédalo de autovías salpicado de polígonos industriales y parques empresariales. Ahora bien, si entráis por el noroeste la cosa cambia mucho. Vais por la A-VI en medio de feraces urbanizaciones y lujosas zonas residenciales y, de repente, os encontráis con la ciudad, a lo lejos, elevándose sobre un mar de verdor. Esa es, sin duda, la entrada más mentirosa de Madrid, pues esa explosión vegetal se debe a que ahí están las dos mayores zonas verdes de la ciudad: los montes del Pardo y la Casa de Campo. Y su segundo jardín público, el Parque del Oeste, así como los jardines del Palacio Real y de la Cuesta de la Vega. El noroeste de la ciudad siempre me ha gustado.

De todas formas, decir “noroeste de la ciudad” es ser poco preciso. En realidad, me refiero al arco comprendido entre el Viaducto de Segovia y la Moncloa. El viaducto es eso, un viaducto que salva el desnivel de la calle Bailén sobre la calle Segovia. Antes era el lugar preferido de los suicidas madrileños, pues sus 22 metros de altura garantizan un eficaz espachurramiento, pero hace unos años el ayuntamiento puso unas mamparas de cristal protegiendo la barandilla para evitar los vuelos en picado. El viaducto no es especialmente bonito en sí mismo, pero me encanta su entorno, las callejas que lo rodean y las pequeñas zonas ajardinadas que hay en sus costados. Muy cerca está la Calle Mayor, la más antigua de Madrid, y justo al lado contrario, partiendo de la (espantosa) catedral de la Almudena, se encuentra la Cuesta de la Vega, uno de mis lugares favoritos. Es una sinuosa y pronunciada bajada que lleva desde la calle Bailén hasta la Ronda de Segovia; su trazado es árabe (cerca, en los Jardines del Emir Mohamed I, se conservan -muy mal- restos de la primitiva muralla) y está cubierta de pequeños jardines. Las vistas sobre la Casa de Campo son impresionantes y en verano no suele haber mucha gente. Un poco más allá se encuentra uno de los escasos lugares castizos que le quedan a Madrid: la Vistillas, unos jardines así llamados por sus vistas sobre la Ribera del Manzanares, el Parque del Moro y el Palacio Real. Allí, a mediados de agosto, se celebran las famosas fiestas de La Paloma.

Si seguimos hacia la Moncloa, justo al lado de la Cuesta de la Vega y de la Almudena, tenemos el Palacio Real y sus jardines . Allí, junto al patio de armas del palacio, pueden contemplarse los mejores atardeceres de Madrid (y Madrid, al estar a casi 700 m. de altura, tiene unos atardeceres preciosos). Continuando hacia el norte por la calle Ferraz está el Parque de la Montaña. Se llama así, porque en ese lugar estuvo el Cuartel de la Montaña, que en julio del 36 se alzó en armas contra la República y fue literalmente arrasado. Tan arrasado, que ya no queda ni rastro de él, salvo un horrible monumento fascista que Arias Navarro –a la sazón alcalde de la villa- erigió en 1972. Dejando aparte esto, el parque es un bonito jardín (en realidad, una prolongación del Parque del Oeste) que contiene una de las mayores curiosidades de la ciudad: el Templo de Debod, un santuario egipcio de 2.200 años de antigüedad. Egipto se lo regaló a España en 1.968 por su colaboración en el salvamento de los tesoros artísticos que iban a ser anegados por la presa de Asuán. Es un lugar muy mágico, aunque suele haber mucha gente, incluso en verano; entre otras cosas, porque allí, al atardecer, se celebran conciertos al aire libre.

Y, pegadito al Templo de Debod, comienza el Parque del Oeste. Veréis, el parque más famoso de Madrid es El Retiro, y con razón, porque es una maravilla. Pero está lleno de gente, sobre todo los fines de semana. El Parque del Oeste es mucho menos conocido y, por tanto, está menos frecuentado. Pero, antes de seguir, una pequeña digresión:

En el Retiro existe lo que posiblemente sea la única estatua del mundo dedicada al demonio: el Ángel Caído. Pues bien, Álvarez del Manzano, anterior alcalde de Madrid, era un meapilas de cuidado, y eso de que hubiera una estatua de Satanás le reconcomía por dentro, de modo que hizo una suscripción popular para sufragar una estatua de la virgen con el objetivo de colocarla en el Retiro como celestial desagravio. Afortunadamente, Patrimonio Nacional le dijo que eso de modificar el parque no era buena idea y le negó el permiso. Entonces, el beatorro alcalde se encontró con una estatua de la virgen sin ubicación, de modo que la puso en el Parque del Oeste. Bajando por el paseo de Camoens puede verse a la izquierda; afortunadamente está bastante oculta, porque es un espanto.

Volviendo al Parque del Oeste, reconozco que siento debilidad por él. Se trata de un jardín de estilo inglés, con grandes extensiones de hierba; el terreno tiene muchos desniveles, así que forma colinas y diminutos valles recorridos por senderos sinuosos. Hay una hermosa rosaleda, una ruta botánica, instalaciones deportivas, un observatorio de aves y un teleférico que conduce a la Casa de Campo, pero lo mejor es perdersepor el parque y pasear sin rumbo fijo, disfrutando de la tranquilidad.

En fin, esa es la zona de mi ciudad que más me gusta. Es agradable contemplar el atardecer junto al Palacio Real, y luego cruzar a la acera de enfrente para tomar un helado en Palazzo, o unas cañas en la vieja taberna El Anciano Rey de los Vinos. Después podemos dirigirnos al cercano Paseo de la Florida, junto al Manzanares, al lado de la Ermita de San Antonio de la Florida (la de los frescos de Goya), y cenar en Casa Mingo, una sidrería fundada en 1888 donde sirven los mejores pollos asados de la ciudad. Por último, no es mala idea dirigirse a la calle Rosales; allí, a la vera del Parque del Oeste, hay varias terrazas, de las de toda la vida, viejos quioscos flanqueados por largas filas de mesas y sillas donde puede tomarse horchata, granizado de limón o leche merengada.

Madrid en agosto, de noche, me recuerda a un cuadro de Edward Hooper; soledad y calidez al mismo tiempo, el ritmo lento de un blues en la madrugada, anónimos paseantes que se cruzan como barcos bajo las estrellas.

Por desgracia, agosto está a punto de concluir y dentro de poco Madrid volverá a ser una ciudad neurótica sin pizca de poesía. Qué pena.

lunes, agosto 25

Chapeau

He logrado resistirme a la tentación de escribir sobre la Olimpiada, pero ahora que ha acabado me voy a permitir un espero que breve comentario. Como todo el mundo sabe, los deportistas de élite norteamericanos suelen ser bastante antipáticos; supongo que se consideran a si mismos los superhombres & supermujeres del imperio y han acabado dominando como nadie el arte de mirar por encima del hombro al resto del mundo. En particular, los baloncestistas yanquis se llevan la palma de la antipatía, pues además de ser superhombres, están forrados de pasta y saben que su liga es la mejor del mundo, todo lo cual los convierte en auténticos monumentos a la vanidad y al desdén. El ejemplo perfecto es Kobe Bryan, un extraordinario jugador que no sólo es despectivamente borde con el mundo en general, sino también con sus propios compañeros.

Durante mucho, mucho tiempo, el baloncesto norteamericano estaba a años luz del baloncesto de los demás países. Tan superior era, que para ganar les bastaba con mandar selecciones universitarias a las competiciones internacionales. Sencillamente, arrasaban. Pero los tiempos cambian, y poco a poco el baloncesto fue sofisticándose en los demás países. En los Juegos Olímpicos de Seúl 88, Rusia, comandada por un espléndido Sabonis, derrotó a los cándidos universitarios de USA en semifinales. Cuatro años después, en Barcelona 92, los yanquis presentaros su famoso Dream Team, un equipo plagado de estrellas de la NBA que, como es natural, arrasó. A partir de entonces, quedó claro que ya no bastaba con mandar a un puñado de críos larguiruchos para subir al podio; había que seleccionar jugadores de la NBA. Eso hicieron, y USA ganó el oro tanto en Atlanta 96 como en Sidney 2000, pero cada vez les costaba más trabajo, cada vez subía más el nivel del resto de las selecciones.

Y llegó Atenas 2004. Los yanquis presentaron un supuesto nuevo Dream Team formado por jugadores de la NBA. Muy buenos, desde luego, pero no los mejores o, al menos, no todos los mejores. Argentina los derrotó en semifinales y el todopoderoso basket USA tuvo que conformarse con el bronce. De lo que sucedió en los Mundiales no voy a hablar, porque está en la dulce memoria de todos.

Heridos en su orgullo, los yanquis han presentado en Pekín 2008 un auténtico Dream Team formado por los mejores jugadores de la NBA. Un excelente equipo, muy, pero que muy motivado, que durante el torneo ha vapuleado sin piedad a todos sus contrincantes... hasta llegar a la final. También vapuleó a España, es cierto, pero permitidme una opinión: ese partido de la primera fase no tenía ninguna importancia, pues ambos equipos estaban ya clasificados, de modo que España se guardó muy mucho de mostrar su mejor arma frente a los yanquis: la defensa. En ese partido, si hacéis memoria, España jugó con una defensa muy débil, centrándose en el ataque, algo sin duda suicida frente a un equipo como el americano (es jugarles con sus mismas armas, siendo ellos muy superiores en este aspecto).

Pero llegó la final, amigos míos, y se acabó el garbeo de los yanquis. La selección española –que no estaba ni mucho menos tan fina como en los Mundiales-, plantó cara a los petulantes “superhombres” y jugó uno de los mejores partidos que he presenciado en mi vida, con una defensa en zona que volvió literalmente locos a los rivales. Salvo durante el primer cuarto, España estuvo por detrás en el marcador, pero siempre cerca, echándole el aliento en el cogote a esos gigantones adictos a los esteroides (a escasos minutos del final, USA ganaba sólo por dos puntos). Al final, los yanquis ganaron por 118-107, pero tuvieron que sudar la camiseta. Aunque... no quiero ser chauvinista, pero durante todo el torneo, los árbitros parecían aplicar las normas NBA a los yanquis y las normas FIBA a los demás equipos, lo cual es evidentemente injusto. Vale, los yanquis están acostumbrados al paso extra de salida y a defensas más contundentes; pues juguemos con la normativa NBA, pero todos igual. Sinceramente, si los árbitros hubiesen pitado todos los pasos y personales que cometieron los yanquis, no estoy seguro de quién habría ganado.

En cualquier caso, da igual. Ganaron los yanquis y probablemente sea justo, pues son un gran equipo. Pero ya no pueden seguir pavoneándose como antaño. Para ganar deben seleccionar sus mejores jugadores, sus estrellas, y ni aún así lo tendrán fácil. Los yanquis se han llevado el oro, en efecto, pero más vale que borren esa sonrisa suficiente de la boca, porque, permitidme un pareado, se les ha encogido tanto el ojete que no cabía ni un cacahuete. En cuanto a la selección española, chapeau, por supuesto.

Una cosa más. Estados Unidos es el imperio, vale; pero me toca las narices la prepotencia que demuestran. Entendedme, no soy antiamericano, ni mucho menos. Hay muchísimas cosas de los americanos que me gustan y sé que su cultura forma parte inseparable de mi cultura (el cine, por ejemplo). Admiro gran cantidad de valores consustanciales a USA, la capacidad de innovación, el pragmatismo, el sentido de la libertad y de la independencia, pero al mismo tiempo me tocan las narices sus defectos. Las grandes naciones, como los grandes hombres, tienen grandes virtudes y grandes defectos, y uno de los grandes pecados de los yanquis es su desmesurado ombliguismo. Para ellos, sólo hay un país de verdad en el mundo: USA; el resto de los estados son poco más que parques temáticos a su servicio.

Así pues, Estados Unidos, en su imaginario, debe estar siempre por delante de los demás, y sus ciudadanos deben ser mejores que los del resto del mundo. A ellos les corresponden los grandes récords; y, en particular, la velocidad. Los yanquis adoran las marcas, los superlativos; sobre todo, les chifla el título de “hombre más rápido del planeta”. ¿Concebís algo más americano? Ése es el motivo de que USA haya dominado tradicionalmente las carreras de velocidad. Hasta que en esta olimpiada los jamaicanos, capitaneados por ese extraterrestre llamado Usain Bolt, no sólo le han sobado el morrillo a los yanquis, tanto en las pruebas masculinas como femeninas, sino que además han pulverizado todos los récords.

Llamadme mezquino si queréis, pero encuentro muy satisfactorio que un diminuto país lleno de descendientes de esclavos humille al gigante americano. A fin de cuentas, si Goliat se hubiese cargado a David, nadie se hubiese molestado en contar la historia. ¿Un coloso vapuleando a un chaval?... eso no es noticia. Pero el pequeño David se cargó al enorme Goliat, y eso es lo que en el fondo todo el mundo deseaba. Yo creo que incluso los filisteos se alegraron de que alguien le bajara los humos a aquel chulo culturista.

Y es que no hay nada más tonificante que ver cómo, de vez en cuando, alguien le da una colleja al matón del barrio.