Hace
unos meses, comentaba aquí que las personas, cuando viajamos a otros países, lo
hacemos rodeados por una burbuja de nuestra propia cultura. Es decir, aunque estemos
en un entorno completamente distinto, seguimos comportándonos y pensando como
si estuviéramos en nuestro país. Ahora añado que incluso quedándonos en España,
seguimos envueltos en otra burbuja, la de nuestra clase social, nuestra
educación y nuestro ambiente más inmediato. Yo, por ejemplo, no represento a lo
que hoy es España, sino, en todo caso, a los madrileños de clase media, con
estudios universitarios, profesión liberal, un estilo de vida acomodado, alto
nivel cultural... Y mis conocidos y amigos más o menos lo mismo.
Instintivamente, doy por hecho que,
en general, los puntales básicos de mi estilo de vida son comunes a la mayor
parte de mis conciudadanos. Todos tenemos casa, todos tenemos familia, todos
nos alimentamos, todos nos protegemos de las inclemencias del tiempo de forma
parecida, todos tenemos acceso a la sanidad y la educación... Sé que no es
cierto; leo la prensa, escucho la radio, veo la TV, y estoy al tanto de que
mucha gente en mi propio país carece de lo que yo considero básico. Pero una
cosa es saberlo intelectualmente, y otra cosa es sentirlo de forma concreta
siendo testigo directo.
Por ejemplo, si leo que el tsunami
del Índico causó más de trescientos mil muerto me horrorizo. Pero me horrorizo
de forma abstracta, porque en realidad no puedo imaginarme a tal cantidad de
gente ahogándose. Esas muertes no se convierten para mí en una experiencia,
sino en un dato. Ahora bien, si estoy en la playa y veo que alguien, una sola
persona, se ahoga, el choque emocional será mucho más intenso. Porque esa
muerte no será un dato más en la estadística de los fallecidos por ahogamiento,
sino una experiencia vital próxima a mí. Una cosa es saberlo y otra vivirlo.
Como sabéis, en España estamos
padeciendo los rigores de dos olas de frío, una polar y otra siberiana. En
realidad, no tiene nada de extraordinario; estamos en invierno, ¿no? En Madrid
llevamos un par de semanas con una rasca del carajo. Ahora mismo (son las
10:30) hay tres grados de temperatura en el exterior y está muy nublado. Mucho
frío. Pero estoy en mi despacho, calentito...
Pues bien, el pasado martes se
estropeó la caldera que nos proporciona agua caliente y calefacción. Me
desperté con la casa helada y tuve que ducharme con un agua que me hizo pensar
en morsas y pingüinos. Llamé al servicio de reparaciones y se comprometieron a
venir por la tarde. En total, la calefacción estuvo sin funcionar desde las
siete de la mañana (cuando debería haberse conectado automáticamente) hasta que
la repararon a eso de las seis de la tarde.
Entre tanto, yo me puse a intentar
trabajar, sentadito frente a mi escritorio como un buen niño. Llevaba
pantalones de pana y un jersey bien gordo, pero al poco rato tuve que ponerme
una manta sobre las piernas, porque me estaba quedando pajarito. Pero, ay
amigos, no podía ponerme guantes (intenta pulsar un teclado con guantes y verás
qué risa), así que las manos no solo se me estaban quedando heladas, sino que
además empezaron a ponerse rígidas y a agarrotarse. Imposible trabajar así.
Hacía tiempo que no pasaba tanto frío. A mediodía decidí salir a hacer algunos
recados, porque así podría disfrutar de la calefacción del coche. Pero regresé
a casa a la hora de comer y de nuevo me sentí como disidente soviético de
vacaciones en un gulag siberiano. Sólo fueron once horas, pero coño, qué frío
pasé.
Y mientras estaba ahí, tiritando,
pensé que mucha gente de mi propia ciudad iba a pasar todo el invierno en las
mismas condiciones que yo en esos momentos. Personas que tienen casa, incluso
trabajo o pensiones, pero que carecen del dinero necesario para poder
permitirse el lujo de encender la calefacción. A eso lo llaman pobreza
energética, como si ponerle nombre a las monstruosidades las hiciera más
llevaderas. Mejor decir “pobreza energética” que “puta miseria”, supongo. Es
más cool y nos deja más tranquilos.
Últimamente se están produciendo en
Madrid más incendios de lo normal. Mucha gente que no puede pagar la
calefacción se calienta con braseros, estufas o, qué sé yo, haciendo una
hoguera en un cubo. Entonces una chispa salta, la casa se incendia, los
inquilinos mueren. Pero ¿qué importa? Sólo son estadísticas. He comprobado en
Internet que también hay más muertes por intoxicación de monóxido de carbono, a
causa de la mala combustión de braseros y estufas. Joder, tengo la sensación de
haber vuelto a mi niñez, a finales de los 50, cuando esas cosas eran más
habituales. O a lo mejor es que estamos regresando a Dickens...
El martes pasado, mientras
experimentaba los mismos rigores climáticos que un pobre energético, no dejaba
de preguntarme cómo consentimos ese estado de cosas. Estamos empezando a
aceptar como normal lo que sencillamente es inasumible. Cada día se hace más
ancha la brecha entre los que les sobra de todo y los que no tienen nada, ni
siquiera derecho a calentarse. Recuerdo que, cuando existía la Unión Soviética,
en occidente se mostraban imágenes de colas interminables en Moscú para
intentar adquirir algún producto básico, y a eso se le llamaba con sarcasmo el “Paraíso
comunista”. Pues bien, esto que nos rodea es el rutilante “Paraíso neoliberal”.
Cuando pienso en estas cosas,
¿sabéis lo que siento? Frío. Mucho frío. Y rabia, mucha rabia. ¿Cuánta gente
tendrá que morirse congelada, o quemada, o asfixiada, hasta que reaccionemos?
¿O es que hace tanto frío que se nos ha congelado el corazón?











