miércoles, octubre 31

martes, octubre 30

La carretera

Hay novelas que son un puñetazo en el estómago, novelas que te sacuden por dentro y te introducen en un mundo terrible donde no quieres estar, pero que al mismo tiempo te fascina, obligándote a seguir leyendo. A las pocas páginas, comienzas a advertir una extraña belleza en ese sombrío mundo que estás explorando, una belleza morbosa, retorcida, pero también extremada y paradójicamente pura. Poco después, ya eres incapaz de soltar el libro, aunque a veces te gustaría poder hacerlo. El norteamericano Cormac McCarthy es especialista en escribir esa clase de novelas, y La carretera es la última muestra de su talento.

Para muchos, la mayor demostración de genialidad sobreviene cuando con el menor número de elementos se obtienen los máximos resultados. Menos es más, dicen. Si esto es cierto, La carretera es una obra maestra (y si no es cierto, también). De entrada, el argumento no puede ser más sencillo: una catástrofe ha destruido la superficie de la Tierra, o al menos gran parte de ella. El autor no especifica en ningún momento de qué clase de catástrofe se trata ni cuáles son sus causas, pero los indicios que salpican el texto –tierras calcinadas, nubes constantes, progresiva bajada de las temperaturas- dejan claro que se trata de una deflagración nuclear. En este escenario -una Tierra desierta y devastada- se mueven los dos protagonistas de la novela, un padre y un hijo cuyos nombre nunca llegamos a conocer. Ambos se dirigen hacia el sur huyendo del hambre y del frío; para ello, siguen el trazado de una carretera abrumadoramente solitaria. El padre empuja un carrito de supermercado con sus escasas pertenencias; el niño, de no más de diez años, le sigue mansamente. No conocemos nada de su pasado, salvo el suicidio de la madre, ocurrido poco después del holocausto. El resto del relato se limita a narrar la peregrinación de los protagonistas a través de un paisaje alucinado, y sus esporádicos encuentros con otros supervivientes, hasta su llegada al mítico Sur. Pero en ese mundo destruido han muerto todas las plantas y todos los animales, de modo que sólo quedan dos fuentes de alimentación: las cada vez más escasas conservas anteriores al holocausto... y los seres humanos.

Nada hay altisonante en La carretera; todo está narrado con cierta distancia, sin el menor énfasis emocional. Sin embargo, el texto nos va introduciendo paulatinamente en un estado de profunda emotividad donde se mezclan la desazón, la empatía, el horror y, también, la ternura. El paisaje que discurre frente a los protagonistas, por ejemplo: campos quemados cubiertos de cenizas, árboles resecos como esqueletos, arroyos de agua emponzoñada, cielos sempiternamente cubiertos por nubes sucias. Todo es gris en La carretera, un gris monótono y abrumador que, más que un paisaje, es el reflejo de un estado de ánimo. Un infierno gris y helado, el horror en estado puro.

No hay ni rastro de énfasis en esta novela, es cierto; sin embargo, el texto no elude mostrarnos el horror, aunque nunca se recrea en él. Es como si contempláramos algo demasiado espantoso y apartáramos rápidamente la mirada, porque no queremos seguir viendo esa monstruosidad. Por ejemplo, el padre abre el corral de una casa supuestamente abandonada y descubre la clase de “ganado para carne” que allí está estabulado. La descripción de lo que ve es muy breve, apenas dos líneas; acto seguido cierra la puerta de golpe. Pero eso es aún peor, porque esas imágenes apenas entrevistas se clavan en la mente del lector como pernos ardientes.

Finalmente, padre e hijo llegan a la costa de un mar grisáceo y muerto, y sucede lo que el lector lleva páginas y páginas esperando -y temiendo- que suceda, y entonces sobreviene una sensación de angustia infinita, de tristeza abrumadora, y el lector piensa: “No me jodas, Cormac, viejo amigo, no me dejes así, no me obligues a cerrar el libro con este amargor en los labios”. Y entonces, McCarthy –nunca un autor ha sido tan piadoso con sus lectores- nos ofrece un inesperado atisbo de esperanza, un tenue rayo de luz en las tinieblas. Puede que sea una concesión; pero de ser así, jamás en mi vida he acogido con tanto entusiasmo la deferencia de un escritor para con sus lectores.

Este comentario no pretende ser una crítica, sino una entusiasta recomendación. La carretera es una espléndida novela que debe ser leída por cualquier amante de la literatura, una obra maestra sin fisuras, un clásico instantáneo. Como en gran parte de sus obras, McCarthy habla en realidad sobre la naturaleza del mal; pero en este caso ha llevado esa cuestión a un limite en el que el mal y el bien parecen carecer de sentido frente a alternativas más urgentes, como muerte y supervivencia, por ejemplo. Entonces, ¿hay circunstancias en las que la ética carece de significado? El autor no da respuesta a esta pregunta, pero quiero creer que mientras alguien, aunque sea un niño pequeño, sea capaz de pensar en términos morales, mal y bien seguirán significando algo.

La carretera es una novela dura, pero no difícil. De hecho, es un prodigio de narrativa y sobriedad. Leedla, vale la pena. Aunque si estáis deprimidos... bueno, la depresión no es el estado de ánimo más adecuado para afrontar un texto como éste, así que tomad Prozac. Pero leedla. Respecto al escritor, tanto La carretera (ganadora del Pulitzer 2007) como su otra obra maestra, Meridiano de sangre, merecen el Nobel para su autor. Pero McCarthy tiene muchos años y seguro que los próximos Nobel de literatura ya están asignados a despampanantes poetas congoleños o prodigiosos novelistas vietnamitas, dependiendo del continente que toque, de modo que no se lo darán. Una injusticia más de la academia sueca.

Epílogo dedicado a los lectores aficionados a la ciencia ficción

La carretera es una espléndida novela a secas, pero también es algo más: una novela de ciencia ficción. En efecto, las catástrofes planetarias forman parte indiscutible del acervo temático del género, y si no ahí está J. G. Ballard para dar fe de ello, o novelas tan relevantes como Limbo o Cántico a San Leibowitz. Digamos que es un tema clásico.

Por otro lado, suele comentar mi buen amigo Julián Díez que los actuales escritores anglosajones de ciencia ficción parecen creer que los temas se agotan en sí mismos, de modo que cuando se publica una novela sobre determinado tema, ese tema deja de ser válido salvo que se retuerza y complique a base de “nuevas ideas” ultrafantásticas y ultratecnológicas. Es decir, que los escritores anglosajones de ciencia ficción se han embarcado en una carrera a lo “más difícil todavía”, en la que cada novela ha de ser más retorcida y rara que la anterior. Lo cual, apunto yo, hace que la mayor parte de las novelas actuales del género sean, por un motivo u otro, absolutamente ilegibles.

Me imagino lo que diría un escritor actual de ciencia ficción si le propusieran escribir una novela con el argumento de La carretera. “¿Un relato post-atómico? Por favor, pero si ese tema ya era una antigualla cuando cayó el muro de Berlín”... Bueno, pues llega Cormac McCarthy, un autor que nada tiene que ver con el género, y, tomando un tema tan supuestamente manido como las historias post-atómicas, escribe la mejor novela de ciencia ficción de las últimas dos décadas, por lo menos. ¿Y cómo lo ha conseguido? Desde luego, no a base de estrafalarias ideas que nada tienen que ver con la realidad y los intereses de un ser humano normal, sino a base de sensibilidad, talento y buena literatura.

Todo un ejemplo a imitar que, me temo, nadie imitará.

miércoles, octubre 24

En la mente del escritor 5. Los personajes.

Cuando, a comienzos de los 90, volví a escribir, me obsesionaba la narrativa, y fue en ese aspecto de la técnica literaria en el que me volqué al principio. Pero pronto comprendí algo: poco importa lo bien que cuentes una historia si los personajes que la protagonizan no le interesan al lector. De hecho, un buen personaje puede arrastrar al lector tanto o más que una buena historia. Pero diseñar personajes no es fácil; en ese aspecto fallan no sólo los escritores noveles, sino también muchísimos profesionales. Si le echamos un vistazo a las novelas que pueblan las librerías, comprobaremos que la mayor parte de los personajes que en ellas aparecen son de cartón piedra, figuras sin personalidad, unidimensionales, “nombres a los que les suceden cosas”; en el mejor de los casos, estereotipos.

Pero antes de entrar en materia, siguiendo mi costumbre, voy a dar un pequeño rodeo. Creo que un novelista debe ser muy, pero que muy observador. A fin de cuentas, la novela es una imitación de la vida, de modo que el novelista tiene que conocer a fondo la materia con la que trabaja; es decir, el mundo real. Por eso, un escritor debe estar siempre atento a lo que sucede a su alrededor, observándolo todo, cuestionándoselo todo, preguntándose el por qué de todo. Y en ese “todo” están incluidas las personas. Un novelista tiene que conocer a la gente, debe saber cuáles son los mecanismos que mueven a los seres humanos. Y no estoy hablando de tortuosas teorías psicoanalíticas, sino de cuestiones mucho más simples y básicas.

A mí me fascinan las personas; por qué hacen lo que hacen, por qué no hacen lo que deben hacer, por qué se engañan, por qué engañan, por qué aman y por qué odian... Siempre hay una razón, aunque sea irracional. Los humanos actuamos siguiendo pautas; algunas son generales, otras son particulares, pero todas son perceptibles, explicables y casi siempre predecibles. Hay que fijarse en los detalles, claro, porque las personas solemos cambiar de careta según las circunstancias. Casi nadie se muestra tal cual es, hay que escarbar. Por mi parte, creo conocer bastante bien la naturaleza humana; esto puede ser una presunción sin fundamento, claro, pero existe un método casi científico para comprobarlo: hacer predicciones. Si puedes predecir el comportamiento de la gente (de gente que apenas conoces, por supuesto), eso quiere decir que no andas muy desencaminado. Y mi porcentaje de predicciones cumplidas es bastante alto, así que no debo de ser del todo malo en la tarea de escrutar a las personas. En cualquier caso, si no se conoce a la gente, o se tiene una imagen deformada de ella, es imposible crear personajes sólidos.

Y ahora al grano. He situado este post entre la estructura y la escritura, porque la creación de los personajes, en mi caso, se produce a caballo de ambas. En fin, tengo un argumento estructurado, de modo que ya debo saber cuáles son los personajes principales. Esos serán los primeros –y los únicos- que diseñaré antes de escribir. Para ello sigo dos métodos distintos. El primero, y el que menos uso, consiste en tomar como modelo a alguien real. Escojo a una persona que conozco bien y traslado todas sus características al personaje. Pero no lo dejo tal cual; de hecho, suelo cambiarlo mucho. Añado cosas, quito cosas, retuerzo otras, sumo o resto énfasis en determinados aspectos... todo depende de lo que quiera conseguir. Es importante, por cierto, que la persona que use como modelo tenga rasgos de carácter y personalidad muy acusados, pues eso facilita el diseño. Por mi experiencia, siguiendo este método se consiguen resultados consistentes, pero hay un problema: no siempre conoces a las personas adecuadas para servir de modelos a los personajes. A decir verdad, rara vez las conoces; y ésa es la razón por la cual utilizo tan poco este sistema.

El segundo método consiste en inventar el personaje “a pelo”. Pero, ¿cómo lo hago? Pues muy sencillo: lo primero es elegir un rasgo de carácter, nada más. Si os fijáis, casi todo el mundo tiene en su personalidad uno o dos rasgos básicos que sobresalen entre los demás. Hay gente básicamente antipática, o seria, o mentirosa, o risueña, o tonta, o fría, o aburrida, o altiva... en fin, existen muchísimas alternativas –incluso no tener ningún rasgo diferencial es un rasgo diferencial-. Bueno, elijo un rasgo básico que será la columna vertebral sobre la que construiré el personaje. Si me quedara ahí, habría construido un ser de cartón piedra, de modo que vamos a añadir cosas, vamos a poner carne en el esqueleto. Uno de los escasos consejos que me dio mi padre sobre la escritura fue que nadie es de una única manera, que las personas tenemos muchas facetas y, sobre todo, muchas contradicciones. Así que, para crear mi personaje, voy a añadirle a ese rasgo básico otro de índole contraria. Si es un hijo de puta, haré que sea encantador, o insulso, o distante (pero nunca “malo”), y si es una bella persona, incluiré alguna clase de mezquindad en su carácter. Luego añadiré debilidades y fortalezas, excentricidades, manías, etc. En principio, para diseñar un personaje mentalmente basta con manejar unos cuantos rasgos principales; no es necesario preverlo todo. Por lo general, imagino también su aspecto físico y su forma de vestir, así como el lugar donde vive y su entorno inmediato. Luego le pongo nombre; me cuesta muchísimo poner nombre a mis personajes, porque debe ser el nombre adecuado (no sé adecuado para qué, pero sí que ha de ser adecuado), de modo que suelo tirarme horas barajando alternativas. Algo que no debo olvidar es que los personajes no nacen con mi novela; tienen un pasado, así que esbozo una pequeña biografía de cada uno de ellos. Nada muy minucioso, por supuesto, pero si lo suficientemente amplio como para dimensionar al personaje. Resumiendo: el truco consiste en elegir un rasgo básico y trabajar a partir de él. Y añadir contradicciones; eso es importante, porque todos las tenemos y hacen que seamos más interesantes.

Bueno, pues ya tengo mentalmente diseñados tres o cuatro personajes. Pero aún no sé si van a funcionar; la única forma de comprobarlo es ponerse a escribir. Veréis, tengo un método para saber si un personaje está bien construido o no. Si debo pensar mucho sus diálogos y sus reacciones, el personaje está mal; por el contrario, si apenas tengo que pensarlas, está bien. La razón es sencilla: he construido un personaje con determinada personalidad, por tanto, todo lo que haga o diga debe ser acorde con esa personalidad. No puedo ni debo forzarle, es él quien debe reaccionar a su modo frente a los estímulos del argumento; por tanto, sus diálogos y reacciones surgirán de forma espontánea. Ese es el motivo por el que a veces los personajes se desmandan y hacen cosas que tú no tenían previsto que hicieran. Los personajes mal desarrollados, por su parte, avanzan a trancas y barrancas, se amustian, languidecen en el limbo de la indefinición. Es muy difícil arreglar un personaje averiado; lo sé por experiencia.

Conforme vaya escribiendo, necesitaré nuevos personajes que diseñaré según aparezcan. La mayor parte de ellos serán secundarios, de modo que no tendré por qué ser tan minucioso en su desarrollo. Pero a todos intentaré dotarles de personalidad propia; incluso en el caso de que sean simples presencias, les daré algún rasgo físico que los caracterice.

Ahora una pregunta importante: ¿cómo presento a los personajes, cómo le transmito al lector su personalidad? Hay un recurso que odio: que el narrador explique cómo son. Eso no sólo me parece hacer trampa, sino que además no sirve para nada, porque ya puedes explayarte describiendo la personalidad de un personaje, que si ese personaje es bidimensional, el lector, por mucho que le digas, lo acabará percibiendo así: plano e impersonal. Otro recurso que, si bien no odio, sí me hace desconfiar es “meterse en la cabeza del personaje”. Es decir: el narrador entra en el coco de un personaje y nos cuenta sus pensamientos, dudas, motivaciones, etc. En fin, a veces empleo este recurso, pero con mucha moderación; ir demasiado lejos por este camino de nuevo me parece hacer trampas.

Entonces, ¿cómo mostrar a los personajes? Yo diría que de forma naturalista. ¿Cómo conocemos a las personas reales?: oyendo lo que dicen, viéndolas reaccionar, escuchando lo que comentan los demás de ellas, interpretando sus actos... Bueno, pues así es como creo que el lector debe conocer a los personajes. Son estos los que han de manifestar su personalidad mediante la forma de hablar, a través de sus actitudes y hechos, o interactuando con el resto de los personajes. Un escritor cuyo nombre no recuerdo decía que todo diálogo debe contener dos informaciones distintas: una, el contenido del mensaje que se quiere transmitir; otra, una faceta de la personalidad del personaje que habla. En este sentido, las digresiones son muy útiles para definir a los personajes. Resumiendo de nuevo: intento que mis personajes adquieran vida propia y se muestren a sí mismos para que sea el lector quien los descubra e interprete.

Siempre procuro que mis personajes no sean evidentes. Por ejemplo, un antagonista no debe parecer “malo”. De hecho, la mayor parte de los hijos de puta que he conocido eran encantadores. Los “buenos” tampoco deben parecer “buenos”; hay muchísimas magníficas personas que son insoportables. Personajes evidentes son sinónimo de personajes aburridos. Por cierto, es más sencillo desarrollar un personaje “turbio” que uno enteramente positivo. Los “malos” tienen esquinas y recovecos que resultan muy gratificantes de explorar; por el contrario, los “buenos” son planos y lineales. Eso puede solucionarse de dos maneras: “enturbiando” al bueno o “complicándole”.

Acabo de releer lo que he escrito y tengo la sensación de que me faltan muchas cosas por decir. El problema es que no sé cómo decirlas. Gran parte de mi trabajo con los personajes es instintivo; no puedo estructurarlos igual que estructuro un argumento, así que realmente toman forma mientras escribo. Y ese “tomar forma” implica por mi parte adoptar decisiones que no surgen de la racionalidad, sino de la intuición. De hecho, sucede un curioso fenómeno: cuando escribo sobre un personaje, soy ese personaje. Por ejemplo: mi próxima novela, que aparecerá en febrero, está protagonizada y narrada en primera persona por una mujer llamada Carmen Hidalgo. Cuando leyeron el borrador, las editoras (dos mujeres) me comentaron lo mucho que les había sorprendido no encontrar ningún “rasgo masculino” en el texto; según ellas, la novela podía muy bien estar escrita por una mujer. Pero es que yo, mientras escribía, era Carmen Hidalgo, tenía su personalidad, me sentía una mujer... ¿Cómo explicar esto si ni yo mismo sé cómo lo hago?

En fin, amigos míos, en el siguiente post entraremos de lleno en la escritura. Nos vemos.

viernes, octubre 19

¿Es la vida buena narradora?

En un post anterior comentaba que las ideas para escribir un relato se encuentran en todas partes, en la gente, en las calles, en los periódicos..., es decir, en la vida. Sí, la vida misma nos proporciona toda suerte de ideas, incluso argumentos completos; pero, ¿son todos válidos como fuente de inspiración? Porque la vida, eso que llamamos realidad, cuenta con una gran ventaja: no necesita ser creíble, mientras que la literatura sí. Vamos a comprobarlo con un ejemplo. Anteayer, 17 de octubre, apareció una pequeña noticia en El País. La reproduzco fielmente:

Un matrimonio en crisis se divorcia al descubrir que eran amantes por Internet

Un hombre y una mujer que establecieron contacto por Internet y se enamoraron eran, en la vida real y sin saberlo, pareja. El matrimonio, de la ciudad serbia de Zenica, decidió conocerse después de intercambiar varios mensajes de correo electrónico y de las conversaciones que mantenían en el chat –en las que además se explicaban el uno al otro los problemas que tenían en su matrimonio-. Así, según informa el semanario serbio Zabavnik, descubrieron la verdadera identidad del otro. Inmediatamente decidieron divorciarse. EFE


Curioso, ¿verdad? Aparentemente, es un buen argumento para un relato corto; sin embargo, yo jamás lo escribiría. Porque todo parte de un hecho tan absolutamente azaroso, tan aleatorio, como es el que ese matrimonio se encuentre en Internet. Ignoro cuántos serbios chatean en la red; no creo que sean muchos, pero si el número suficiente como para hacer muy improbable que la pareja en cuestión coincida en mismo chat, a las mismas horas, y que se conozcan entre sí, charlen, intimen, etc. Es mucha casualidad. Y por eso nunca escribiría un relato basado en ese hecho real; porque no es literariamente creíble, porque no parece real, sino rebuscado y forzado, porque el cuento saldría endeble de raíz.

Lo dicho: la vida no precisa justificarse, no necesita parecer real. La literatura, por el contrario, sí. De hecho, si nos fijamos bien, gran parte de los sucesos que marcan nuestras vidas son producto del puro azar. A dios, por lo visto, le encanta jugar a los dados. La casualidad interviene constantemente en el mundo real, es un factor determinante; sin embargo, eso está vedado en literatura. Dicen que una novela no puede contener más de dos casualidades significativas en su argumento, porque si hay más, el lector rechaza el texto aduciendo que el autor ha hecho trampas. Por eso los escritores nos afanamos en que todo quede atado y bien atado en nuestras novelas, que cada acontecimiento tenga una justificación y un proceso; paradójicamente, lo hacemos para parecer realistas, cuando la realidad no es ni mucho menos así. Naturalmente –y ya es un tópico citarlo- hay autores, como el gran Paul Auster, cuyas ficciones se basan precisamente en la casualidad. No obstante, quizá compartáis conmigo la opinión de que muchas novelas de Auster –como El Palacio de la Luna o La música del azar-, pese a ser básicamente realistas, tienen cierto aire de fantasía, emanan un delicado e impreciso aroma a irrealidad. Hay una frase que quizá explique esto: lo más parecido a la magia que tenemos en este universo es el azar.

Pero volvamos a nuestra pareja serbia. La vida no sólo propone a veces unos argumentos de lo más traídos por los pelos, sino que además, en este caso, no sabe rematar la faena. Se divorcian... ¿Eso es todo? Pero, vamos a ver amigos míos: esas dos personas, huyendo de sus problemas matrimoniales, se refugian en chats buscando un alma gemela que los comprenda. Y los dos la hallan desafiando a las leyes de la probabilidad, se encuentran en medio del anonimato, simpatizan, intiman y se enamoran. Y si quedaron en verse, seguro que era para echar un polvo, no me digáis que no. Entonces, por favor, es evidente que están hechos el uno para el otro. ¿Cómo van a separarse esos dos imanes de distinta polaridad? En todo caso, deberían divorciarse y volverse a casar con sus nuevos amantes; es decir, con ellos mismos. O reconciliarse y jurarse mutuamente que jamás volverán a ver a sus amantes, lo que sería lo mismo que divorciarse. O matar a sus respectivas parejas con el objeto de fugarse con sus amantes (menudo chasco, ¿no?). O lo más sencillo: dejarlo todo como está; continúan con su matrimonio infeliz y siguen siendo adúlteros con ellos mismos. De vez en cuando quedan para echar un casquete en un motel y santas pascuas. Pero divorciarse y ahí se acaba todo...

Pues eso, que la vida debería trabajarse más los finales.

martes, octubre 16

En la mente del escritor 4. La estructura.

Al examinar lo ya escrito, y anticipar lo que voy a escribir ahora, advierto el típico error de perspectiva que sobreviene cuando se explican las cosas de forma ordenada. Según estos post, parece que yo, para escribir una novela, sigo paso a paso una especie de formulario preestablecido, y no es así. De hecho, en mi mente las cosas son mucho más caóticas. Lo normal es que, mientras trabajo una idea y construyo el argumento, busco al mismo tiempo el “motor”, diseño tramos de estructura, perfilo personajes y desarrollo subtramas. Hago varias cosas a la vez, sin seguir necesariamente los pasos de forma sistemática. De modo que no penséis que soy un robotito; la apariencia de orden mecánico se debe a la explicación.

Prosigamos pues. Hasta ahora, para desarrollar la novela he contado exclusivamente conmigo mismo. He imaginado una historia que a mí me gusta y que quiero escribir, y no he tenido en cuenta a nadie más. Pero ahora entra en escena un nuevo elemento: La Cosa. ¿Y quién o qué es La Cosa? Pues mi particular lector imaginario. No tiene sexo, no tiene edad, no es de ningún lugar, no es nada. Sólo un hipotético lector. Lo único importante es lo siguiente: yo conozco una historia de principio a final, pero La Cosa no la conoce en absoluto. Ahora le voy a contar esa historia a La Cosa. ¿Cómo se la cuento?

Lo primero que debo determinar, pues afectará al resto de la escritura, es si voy a narrar en tercera persona o en primera. El narrador en tercera me permite una gran libertad, pues puedo narrar lo que me venga en gana (el famoso “narrador omnisciente”). Por el contrario, el narrador en primera persona tiene límites, pues sólo puede narrar aquello de lo que es testigo directo o lo que le refiere un tercero. Parecería lógico elegir siempre el narrador en tercera, por el aquel de la libertad; sin embargo la cosa no es tan sencilla. Narrar en primera persona, pese a sus limitaciones, facilita la proximidad con el lector; además, permite que el narrador tenga “tono”, personalidad, y hace posible que pueda comentar lo que sucede, emitir opiniones e incluso, si llega el caso, mentir. Por último, las propias limitaciones del narrador en primera pueden jugar a favor de mi estrategia narrativa. El ejemplo más claro es una novela policíaca: el lector se pega al narrador, que suele ser quien conduce la investigación, y le sigue hasta el final, ignorando por el camino lo que el narrador ignora y averiguando lo que él averigua.

Otro aspecto que debo determinar previamente es el punto de vista. Es decir, ¿desde la óptica de qué personaje abordo el relato? Si la narración es en primera persona, eso está claro. Pero si es en tercera, puedo elegir un personaje que sirva de referente al lector y de punto de vista del relato. O no. También puedo narrar desde los puntos de vista de varios personajes. O de ninguno en concreto, aunque entonces debo tener en cuenta que cuanto más avance en este sentido, más difícil será mantener la identificación del lector con el texto.

Bueno, ya he elegido el punto de vista y el narrador: utilizaré la tercera persona (aunque para el propósito de este post eso da en el fondo igual). ¿Qué hago ahora? Veréis, durante mi labor de investigación literaria en la Casa de Campo descubrí algo importante: toda novela (la inmensa mayoría al menos), está sustentada sobre una estructura invisible. Se trata de una especie de armazón del que el autor “cuelga” las distintas escenas del texto siguiendo un orden determinado por la propia estructura. Luego, al escribir y dotar de carne al esqueleto del argumento, la estructura se hace invisible a los ojos del lector. Pero está ahí, sustentándolo todo, y si se escarba lo suficiente en el texto no es difícil encontrarla. Como es lógico, no hay una sola clase de estructura, por supuesto, sino muchas alternativas, de modo que lo que voy a hacer ahora es elegir la estructura más adecuada para mi argumento.

Llegado este punto, prefiero abandonar la expresión “escritor de mapas” y sustituirla por “escritor de planos”, porque en mi opinión lo que voy a hacer ahora se parece mucho a construir un edificio. En efecto, ¿qué es lo que hace un arquitecto cuando le encargan una obra? Pues (y que me corrija BB si me equivoco) estudiar las características del terreno y, teniendo en cuenta las necesidades del proyecto (que variarán dependiendo de la función del edificio), diseñar unos planos que servirán de base (estructura invisible) para la construcción de la casa. Esos planos definen la apariencia estética del edificio, contemplan todas las fuerzas que actuarán sobre la estructura (visible), determinan la distribución interior, marcan por dónde se entra y por dónde se sale, los pasillos, el número de habitaciones, etc., amen de establecer una larga serie de estipulaciones técnicas que van desde la fontanería hasta la instalación eléctrica, pasando por diversos detalles que la ignorancia me impide enumerar. Pues algo parecido me propongo hacer yo: diseñar los planos de mi edificio-novela. Pero diseñarlos, ¿en función de qué?

Permitidme una pequeña digresión: ¿por qué alguien sigue leyendo una novela? No por qué lee, sino por qué, una vez iniciada una novela, sigue leyendo. Hay varias respuestas posibles (tampoco tantas, no os creáis), pero la más básica es esta: el lector sigue leyendo porque quiere saber qué va a pasar. Es decir, el texto ha logrado excitar la curiosidad del lector y le “impulsa” a proseguir con la lectura (ojo, aquí interviene otro factor muy importante, los personajes, del que hablaremos en el siguiente post).

Teniendo en cuenta lo anterior, y para comenzar a diseñar los planos, voy a emplear la herramienta básica de todo narrador: la “dosificación de la información”. Vamos a ver: yo conozco todo el argumento, pero de forma lineal: la historia, en mi mente, comienza por el principio y acaba por el final, sin más jeribeques. La Cosa (¿recordáis a mi hipotético lector?), por el contrario, no sabe nada de nada. Así pues, tengo que contarle la historia poco a poco, dándole la información gradualmente. Pero hay elementos argumentales muy importantes que puedo contar antes o después. O los puedo contar a medias. O contarlos con una apariencia falsa. Hay partes de la información que, si no se complementan con otras partes, parecen carecer de sentido, de modo que puedo crear desconcierto en el lector si muestro sólo fragmentos equívocos. Sea como sea, me reservaré una cuantas bazas en la bocamanga. Y aquí cabe citar lo que considero el único axioma literario universal: en narrativa, tan importante es lo que se cuenta como lo que no se cuenta. En resumen: como no se puede (ni se debe) contar todo a la vez, voy a dosificar la información con el objetivo de excitar la curiosidad del lector.

Comienzo a diseñar la estructura. ¿Por dónde empieza el relato? Stevenson, uno de los mejores narradores de todos los tiempos, decía: “No sé dónde debe comenzar una historia, pero desde luego no por el principio, ni sé dónde debe acabar, pero desde luego no por el final”. Otro escritor, cuyo nombre no recuerdo, daba el siguiente consejo: “Procura empezar tu historia lo más cerca posible del final”. Ambos consejos son sabios y ambos se refieren en realidad a la dosificación de la información. Imaginaos que vais al cine y llegáis cinco minutos después de comenzar la película: lo más probable es que no os resulte difícil retomar el hilo argumental y enteraros de qué va el asunto. Ahora bien, imaginaos que llegáis al cine cuando sólo faltan quince minutos para el final: no entenderéis nada. Bueno, pues voy a intentar que mi novela comience en un punto similar a ése; la historia ya ha empezado y el lector no sabe qué está pasando, de modo que quiere enterarse no sólo de lo que va a suceder, sino también de lo que ya ha sucedido. Es conveniente colocar algún “señuelo” al principio para estimular la atención del lector (a esto lo llamo “misterio” y, por razones de espacio, hablaré de ello más adelante). El caso es que ya tengo al lector sumido en cierta confusión... pero, atención, no debo pasarme, porque demasiado desconcierto al principio puede producir el efecto contrario al que busco; es decir, el distanciamiento del lector. Lo que debo conseguir es que el lector se sienta confuso al contemplar unos acontecimientos que no acaba de entender, pero que al mismo tiempo perciba que tras esos acontecimientos hay una lógica que él no puede captar en ese momento, pero quizá sí si continúa leyendo.

Pues bien, ahora divido mi mente en dos partes: por un lado está el viejo César y por otro La Cosa. César comienza a contar la historia por el principio que ha elegido y observa la reacción de La Cosa. Si es negativa, prueba otras alternativas. Si es positiva..., pues ya tenemos el punto de partida. Y ya puedo empezar a diseñar los planos, porque tengo la entrada. Y, junto con la entrada, vendrá implícita una parte de la estructura: el vestíbulo, las escaleras, los ascensores... Debo tener en cuenta que, para conformar la estructura, no cuenta sólo mi deseo de jugar con el lector; también está el argumento, que impone límites, y el “motor”, que tira de toda la trama en un determinado sentido. El caso es que, a partir de aquí, ampliaré la estructura poco a poco, dosificando la información, revelando parcialmente ciertos aspectos y oscureciendo otros, teniendo siempre en mente que debo mantener el interés del lector, lo cual significa ocultarle cosas. Me reservaré, pues, las bazas para exponerlas en los momentos adecuados, retorceré la estructura dentro de los límites posibles y finalmente, con la inestimable ayuda de La Cosa, tendré los planos terminados.

Aunque no completos, por supuesto. Si hacéis memoria, recordaréis que sólo he desarrollado alrededor el cincuenta por ciento del argumento, de modo que en los planos habrá amplias zonas sin tabicar. De eso me ocuparé durante la escritura. Por otro lado, me apresuro a aclarar que todo este procedimiento que he expuesto, con mayor o menor fortuna, vale para cualquier historia, sea de la temática o género que sea. Desde una novela policíaca hasta una historia de amor; lo único que hay que hacer es adaptar la estructura a las características del argumento. Pero siempre habrá que contar con la curiosidad del lector y aplicar el viejo método de la información dosificada. En cierto modo, un escritor es como un ilusionista, o como un trilero, que consigue que su público mire hacia donde él quiere que mire, y no vea lo que él no quiere que vea.

Bueno, ya tengo la estructura terminada. ¿Llega el momento de escribir? Pues sí, toca escribir; aunque antes, por razones de encaje, hablaremos sobre los personajes. Pero eso en el siguiente post.

viernes, octubre 12

¡Más banderas!


“Un hombre achispado, en una reunión de despedida, entonaría una melodía para animar su espíritu; un militar bebido ordenaría más galones de bebida y más banderas para acrecentar su gloria militar”.

Sabiduría china; cita y traducción de Lin Yutang para La importancia de vivir. Tomado de ¡...Más banderas!, de Evelyn Waugh, novela que recomiendo encarecidamente a todos los merodeadores de Babel.

“El patriotismo es el último refugio de los canallas”.
Samuel Jonhson

No comulgo con el nacionalismo; lo rechazo cordialmente, me deprime. Me parece una forma miope de ver la vida, un intransigente empeño en dividir al mundo en dos partes: nosotros y los demás; una voluntaria castración que impide sentir como propio todo aquello que esté allende de nuestras fronteras. ¿Por qué he de amar a mi región por encima de todas las cosas e infinitamente más que a cualquier otra región? ¿Porque he nacido allí? Es decir, que la lotería Darwin-Mendel decide, por puro azar, que yo nazca en determinado lugar y, a partir de ese momento debo centrar todo mi amor y limitar mi perspectiva a ese lugar, como si me pusieran anteojeras, como si careciera de criterio propio, como si la televisión no nos mostrara un mundo enorme y asombroso, como si no hubiera agencias de viaje.

Pero, ojo, cuando digo “nacionalismo” no me refiero sólo a los catalanes, los vascos o los gallegos, no, no, no. Me refiero también, y sobre todo, al nacionalismo español. ¿Amo a mi país? Pues..., no en especial. Hay cosas que me gustan de España y cosas de ella que odio profundamente. Me encantaría que mi país fuera tan socialmente avanzado como Holanda o los Países Nórdicos; me gustaría que tuviera una tradición cultural como la de Inglaterra o Francia; quisiera que España adquiriera unas cuantas dosis del pragmatismo norteamericano o de la disciplina alemana. Pero bueno, es lo que hay y es donde vivo; y sin lugar a dudas, existen países infinitamente peores (como por ejemplo, Cuba; seguro que alguien lo iba a decir, así que me adelanto).

El caso es que, cuando viajo por el extranjero y veo una bandera Española ondeando en algún lugar (generalmente un hotel), no se me encoge el corazón de orgullo ni me crece la picha a base de excitaciones patrias. Me la trae al pairo. Cuando estaba en la universidad y perdía el tiempo estudiando lingüística, en vez de periodismo, que es en lo que se suponía que me había matriculado, leí una frase muy interesante. Versa sobre la diferencia entre signo y símbolo: “Un signo siempre es menor que el objeto representado, y un símbolo siempre es mayor que lo que representa”. Ejemplo de signo: una señala de tráfico. Ejemplo de símbolo: una bandera.

En efecto, una bandera -la española, por ejemplo- simboliza más que al país y a sus habitantes. Simboliza su historia, su gloria, su herencia, su raza, sus creencias, su idiosincrasia, su futuro, sus tradiciones, su idioma, sus esperanzas, sus ideales, sus paradigmas, sus valores... Un momento, un momento, stop. La bandera simboliza tantas cosas que a la hora de la verdad no representa nada. Es un símbolo vacío, un globo hinchado, un logotipo envejecido, un hueco reclamo publicitario. Mejor paso de banderas.

Aunque a lo mejor algunos afean mi actitud. Hoy es nuestra Fiesta Nacional y el Día del Pilar; vaya papelón para alguien como yo, que no es aragonés, creyente ni patriota (¿no sería mejor quedarse todo el día en la cama?). Al menos soy hispano y hoy también es el´Día de la Hispanidad (sea eso lo que signifique). Bueno, all parecer, seré algo así como un traidor si mañana no salgo a las calles orgulloso de mi país como un pavo y ondeando entusiastamente una bandera de España (coño). ¿Y si me disfrazo? ¿Y si voy vestido de Capitán España (coño)? No sé, el uniforme ceñido delataría a mi tripa en todo su esplendor, aunque cabría ocultarla con el escudo (si es lo suficientemente grande). Por otro lado, dada la estrechez del uniforme, y con ayuda de un par de calcetines enrollados, podría marcar un paquete glorioso. Además, la fama; ya veo la serie de comics: “Las fantásticas aventuras del Capitán España (coño) y Marianin”... Pero, bien pensado, no; el rojo y el amarillo son muy chillones (una horterada en comparación con el rojo y azul de Superman). Definitivamente paso de símbolos patrios.

Así que, mientras algunos gritan exigiendo más banderas, yo esperaré tranquilamente a que llegue el dos de febrero, Día de la Marmota. Al menos esa es una fiesta clara y nada simbólica.

Por mi parte, la única bandera que estoy dispuesto a respetar y asumir es la que aparece ilustrando este post. Se trata de la Bandera de la Tierra diseñada por John Cadle, y representa el Sol, la Tierra y la Luna (gracias a Jorge por proporcionármela). Las banderas siguen mosqueándome, pero al menos ésta representa a nuestro planeta, la única patria que considero mía.

miércoles, octubre 10

¡Feliz cumpleaños, Miwok!

Miwok, una encantadora y asidua visitante de Babel, cumple años hoy. ¡Felicidades, reina mora!

martes, octubre 9

En la mente del escritor 3. El argumento.

Algunos amables merodeadores se han referido a esta serie de entradas como si fuera un cursillo de literatura y eso es un error. Un error que quizá yo haya propiciado en parte, porque de vez en cuando me sale un tonillo didáctico que da asco. Pero esto no es un taller de escritura, ni mucho menos; no estoy dictaminando cómo se deben hacer las cosas, sino exponiendo cómo las hago yo. Me limito a relatar mi experiencia personal, que no tiene por qué ser la buena y, desde luego, no es la única. De hecho, estoy seguro de que un escritor puede hacer exactamente todo lo contrario de lo que yo digo y, sin embargo, escribir una obra maestra. La literatura no tiene reglas, ésa es parte de su grandeza, de modo que podemos reinventarla constantemente. Y si alguien confunde estos escritos con un cursillo, corre el riesgo de entender mis palabras como fórmulas literarias, y seguir fórmulas es el camino perfecto para ser un escritor mediocre. Así que nada de normas y preceptos. A mi modo de ver, la cosa debería ser así: yo os cuento mi experiencia y vosotros, si os apetece, meditáis sobre ella y llegáis a vuestras propias conclusiones, que no tienen por qué ser las mías. Lo importante es que, sean cuales sean, interioricéis esas conclusiones, porque la buena literatura sale muy de dentro, no del consciente, sino del corazón y de las tripas. ¿De acuerdo? Bueno, sigamos adelante.

Con una afortunada frase, Javier Marías dijo en cierta ocasión: “Hay dos clases de escritores: los que emplean mapas y los que usan brújula”. Es decir: hay escritores que planifican sus novelas antes de escribir (hacen mapas) y otros que, partiendo de una idea muy difusa (y orientándose mediante una metafórica brújula), van creando el argumento conforme escriben, sin tener claro siquiera adónde quieren llegar. Marías se confiesa escritor de brújula, y yo me declaro escritor de mapas. Pero atención, no podéis haceros una idea de hasta que punto soy un escritor de mapas (aunque yo prefiero decir “de planos”). Lo cual no significa que escribir con brújula sea malo; en realidad, lo que significa es que yo soy incapaz de hacerlo. En efecto, si me pongo a escribir un simple relato corto sin tenerlo todo muy, pero que muy claro, me siento perdido, divago, me angustio y no llego a ninguna parte. Y no digamos ya una novela; eso ni me lo planteo. Pero insisto: no puedo ni quiero afirmar que un método sea mejor que el otro. Yo os voy a hablar de la escritura con mapas, porque es mi sistema, pero no puedo deciros nada sobre la escritura con brújula, sencillamente porque no sé escribir así.

Bien, el primer paso en mi proceso de planificación es desarrollar un argumento. Ya tengo una idea-eje, pero suele ser algo muy pequeño, muy vago, así que debo empezar a darle cuerpo construyendo pieza a pieza una historia que se amolde y corra paralela a esa idea central. Para hacer esto utilizo una simple pregunta: “¿Qué pasa si...?”. Es decir, imagino una alternativa argumental y me pregunto “¿Qué pasa si sucede esto?”; luego, desarrollo esa alternativa en mi dura cabezota y veo adónde me conduce. Si me lleva a un lugar prometedor, sigo ampliando esa alternativa mediante el uso constante de la preguntita de marras. Si me conduce a un lugar equivocado, o al que yo no quiero ir, que es lo más usual, descarto la alternativa y pruebo con otra. Y así una y otra vez hasta que obtengo un “argumento básico”.

O no lo obtengo, claro. Según mi forma de trabajar, constantemente estoy intentando desarrollar argumentos para diversas ideas que me rondan la cabeza. En ocasiones (raras, por desgracia), el argumento llega enseguida, pero por lo general tengo que currármelo, a veces durante años. Y a veces no lo consigo; así, de memoria, llevo casi diez años dándole vueltas a dos ideas que me resultan muy atractivas, y todavía no he llegado a ninguna parte. Podría aducir que esas ideas son equivocadas, pero no hay ideas equivocadas, sino escritores incompetentes.

Bueno, según comentábamos, he ido probando alternativas argumentales hasta obtener un “argumento básico”. ¿Y qué es para mí un “argumento básico”? Sencillo: un principio y un final. Si tengo eso, ya tengo la novela. Pero me temo que el trabajo no se acaba ahí. Veréis (me voy a poner cursi), un relato corto, un cuento, es como una flor: su tallo crece en un solo sentido. Pero una novela es como un árbol que, a partir del tronco, se expande en ramas y hojas. En el post anterior, Arcadio citaba el siguiente párrafo de Vargas Llosa: "La poesía puede ser un género intensivo, desprovisto de hojarasca, la novela no, ésta poseerá siempre digresiones, tiempos muertos, porque es extensiva, se desenvuelve en un tiempo y finge ser historia, y ello implica material informativo relacionador, conexivo, inevitable". Donde el escritor peruano dice “poesía” podría decirse también “cuento”.

De modo que a partir del argumento básico, y siempre siguiendo el método “¿qué pasa si...?”, desarrollo (mentalmente) las partes más importantes de la historia, alguna que otra subtrama, alguna que otra peripecia y los personajes principales (tema éste, los personajes, sobre el que hablaré en otro post). Ahora bien, teniendo en cuenta que el número de posibilidades que manejo es, si no infinito, sí enorme, ¿cómo sé si estoy eligiendo las mejores alternativas posibles? Pues, simplemente, no lo sé ni puedo saberlo. De hecho, ahí interviene la intuición del artista, porque el talento de un escritor reside no tanto en responder adecuadamente las preguntas que se autoplantea, como en formular las preguntas adecuadas. ¿Y cómo se plantean las preguntas adecuadas? Ay, si yo lo supiese...

Un punto importante: ¿desarrollo toda, toda, toda la trama? ¡No, gensanta, qué pereza! Desarrollo sólo lo fundamental para la historia y algunos aspectos colaterales. Por lo general, yo diría que me basta con imaginar alrededor del 40 ó el 50 por ciento del argumento. El resto vendrá casi por sí sólo; ya veréis por qué.

En fin, ya tengo un argumento bastante desarrollado; ¿he acabado la fase de preparación? Pues no, ni mucho menos. Ahora tengo que buscar el “motor” de la trama. ¿Y qué demonios es ese “motor”?... Pues el elemento argumental que hace avanzar la acción e impulsa a los personajes a actuar en determinado sentido. Por ejemplo, en La isla del tesoro, de Stevenson, el “motor” del relato es el tesoro enterrado, pues es el factor que “tira” de todos los hilos de la trama. Si os fijáis, observaréis que el tesoro en sí mismo no es realmente importante, pues no interactúa con el resto de los elementos de la trama. En realidad, no es más que una excusa para mover el argumento, un objetivo en el que confluyen todas las líneas narrativas, pero que en el fondo resulta irrelevante. Así pues, el “motor” puede ser un mero pretexto. O no. Recurriendo a otro ejemplo, en Crónica de una muerte anunciada, de García Márquez, el “motor” de la historia es el asesinato de Santiago Nasar, pero en este caso el “motor” no es un simple pretexto, sino un aspecto fundamental del argumento. Por cierto, Alfred Hitchcock llamaba MacGuffin a lo que yo llamo “motor”, con la diferencia de que para él, el MacGuffin siempre era una excusa, mientras que, como hemos visto, nuestro motorcito puede serlo o no. Aunque en el fondo, eso da igual; lo importante es que tire con fuerza.

Habíamos quedado en que el siguiente paso era buscar el “motor” de la novela. Porque sin “motor” no hay movimiento (menuda perogrullada) y la narrativa es eso: movimiento, cambio. Bien, lo cierto es que la mayoría de los argumentos –según mi experiencia- ya llevan incorporados su propio “motor” (probablemente porque hemos construido la trama en torno al “motor”, lo que no deja de ser lógico), de modo que no habrá que buscar nada. Pero no siempre ocurre así; a veces, tienes un argumento completo al 95%, y resulta que el cinco por ciento que te falta es precisamente el “motor”. Es decir: tienes los planteamientos básicos de la trama, los personajes, las situaciones, pero necesitas algo que lo dinamice todo. También puede ocurrir que el “motor” implícito en el argumento no sea lo suficientemente potente. O que necesites más de un motor en el relato... Pero no nos metamos en vericuetos. ¿Recordáis lo que os contaba en el primer post de la serie? De jovenzuelo no conseguía terminar ninguna novela, porque los textos que escribía se me “desmayaban” entre las manos a las pocas páginas. Pues bien, en la mayor parte de los casos, eso sucedía porque las historias que pretendía contar carecían de “motor” o tenían motores tan débiles que no es de extrañar que el relato entrara en coma al poco de comenzar.

Bueno, pacientes merodeadores, ya tengo la idea, el argumento, el “motor”, algunas subtramas, algunos personajes... ¿Me pongo a escribir? Pues todavía no, qué le vamos a hacer. Ahora sale de escena el “César loco fantaseador” y entra el “César estratega”, porque aún falta un paso previo al acto de escribir: diseñar la estructura del relato.

Pero eso, amigos míos, lo vamos a dejar para la próxima entrega de tan apasionante serie. Ciao.

miércoles, octubre 3

En la mente del escritor 2. La idea.

Quizá la pregunta más vulgar que se le puede hacer a un escritor es: ¿De dónde sacas las ideas? Y, como es lógico, una pregunta tan tópica merece una respuesta no menos tópica: De todas partes.

Antes de proseguir, conviene aclarar un par de puntos. En esta serie de posts voy a referirme en todo momento, y salvo que diga lo contrario, al proceso que sigo para escribir una novela. Así que nada de relatos cortos: novela. En segundo lugar: ¿qué entiendo yo por “idea”? La idea es el germen de la novela, la semilla. Puede ser cualquier cosa: una imagen, un nombre, un tema, un objeto, una persona, una noticia, un sueño, una anécdota, el párrafo de un libro... Lo que sea, pero seguramente reunirá dos condiciones: 1ª, será algo todavía muy pequeño y difuso; 2ª, por las razones que sean, esa idea te interesará, te atraerá como escritor (y como ser humano, claro; a veces, los escritores parecemos humanos).

Así pues, las ideas se encuentran en todas partes. En tu familia, en tu círculo de amigos, en tu barrio, en el periódico... o se te pueden ocurrir a ti sin tener muy claro de dónde proceden (pero de algún sitio vienen, no lo dudes). De hecho, en general las ideas no se buscan: se encuentran. Ahora bien, una vez que tengo la idea, ¿qué hago con ella? Pues intentar averiguar cuál es su tamaño, alcance y posibilidades. Hay ideas que parecen muy prometedoras, muy brillantes, pero que luego resultan no ser válidas para cimentar una novela. Otras, sin embargo, son aparentemente más sosas y limitadas, pero al escarbar en ellas descubres inesperadas posibilidades. Pero lo mejor es poner un par de ejemplos.

Yo, como imagino que la mayor parte de los escritores, tengo un “cuaderno de ideas” en el que anoto, pues eso, todas las ideas que encuentro o se me ocurren. Digo “anoto” y eso no es del todo cierto, pues entre las páginas de mi cuaderno hay noticias recortadas, fotos, servilletas de papel pintarrajeadas, dibujos... hasta (me sonrojo) un trozo de papel higiénico anotado (eso sí, sin usar). Bien, ahora voy a coger el cuaderno de marras y buscaré una idea que nos sirva de muestra... Vale, ésta puede servir; la voy a reproducir tal cual la anoté en su momento: “Banco de tiempo. Un banco en donde uno puede ingresar tiempo. Existen cheques de días, horas o minutos, y se pueden solicitar créditos, préstamos e hipotecas de tiempo”.

Ahora vamos a darle unas cuantas vueltas a esta idea. De entrada, pertenece al género fantástico, eso está claro. Ahora bien, ¿cuán grande es? La idea, un banco de tiempo, abre interesantes expectativas. ¿Qué pasa cuando alguien se arruina? ¿Hay millonarios de tiempo? ¿Qué hace el banco con los beneficios? ¿Existen ladrones de tiempo?... Sí, las posibilidades son sugestivas, pero hay algo que no acaba de convencerme del todo. Eso de un “banco de tiempo” resulta un poquito... burlón, irónico quizá, en cualquier caso no del todo serio. Y puede también que un poquito artificial. Creo que el concepto no soportaría el andamiaje de una novela; al final resultaría endeble. Quizá una novela corta, o puede que una novela de humor. Porque me temo que si intentara estirar esa idea, se le saltarían los pespuntes. Me parece que es más adecuada para un cuento; en unas 40 o 50 páginas se le puede exprimir el jugo y ocultar sus defectos. Sí, un cuento.

O sea, que la idea parecía prometedora, pero no me sirve para un texto largo. Si estuviera buscando el tema básico para una novela, descartaría esta idea y probaría con otra. Vamos a hacerlo.

La siguiente idea es una palabra: Taltavull. En realidad, se trata de un apellido. Veréis, hace años vi un anuncio en el periódico (publicidad pagada) donde se decía que iba a haber una reunión de todos los que se apellidan Taltavull en no recuerdo qué local de congresos de Madrid. Por lo visto, se trata de un apellido tan antiguo como poco frecuente, pues todos los que lo ostentan están de un modo u otro emparentados, aunque dispersos por toda España. Bueno, vamos a olvidarnos del hecho real y reduzcámoslo a la simple idea: alguien organiza un congreso para reunir a todos los que tengan determinado apellido. La pregunta es: ¿por qué? ¿Por qué esa persona organiza un congreso, que es algo que es caro y laborioso? ¿Qué busca?

¿Veis?, la segunda idea parece más vaga que la primera; sin embargo, la segunda puede sustentar no una novela, sino muchas. Porque en cuanto os pongáis a responder a ese “¿por qué?” que planteo en el párrafo anterior, descubriréis que cada respuesta conduce a un argumento distinto. De entrada, la idea en sí no pertenece a ningún género, de modo que eso lo decidiremos nosotros. Además, es una idea muy amplia que puede abarcar desde una historia de amor hasta un relato de terror. Es también una idea consistente, sin grietas. Por último, es una idea poco usual y un tanto intrigante que, por sí misma, puede capturar la atención del lector. Hace años, desarrollé todo un argumento basado en esta idea; por razones que no vienen al caso, no escribí la novela, pero mientras barajaba opciones argumentales me sorprendió la cantidad de alternativas diferentes (e interesantes) que brotaban de esa peculiar reunión familiar.

Permitidme comentar otra idea “difusa”, pero sugerente. Se trata, también, de un anuncio aparecido en la prensa hace unos años. En realidad, es un simple módulo de El País (creo que la edición del País Vasco) de 6X5 cm. El texto dice así: “C.H.R.I. Centro Histórico busca documentos, fotos u objetos relacionados CON ACCIDENTE DE AVIÓN ALEMÁN ocurrido en la playa de San Sebastián el 8 de mayo de 1945. Contacto: J. de Schutter, 5, rue du Sec Arembault 59800 Lille (Francia)”. Ante todo, tengamos en cuenta unas cuantas cosas. El accidente se produjo al final de la 2ª Guerra Mundial en Europa, justo al día siguiente de la capitulación alemana. Por otro lado, la persona de contacto tiene apellido alemán, pero su dirección es francesa. Además, Lille se encuentra al norte de Francia, en la frontera con Bélgica, cerca del Paso de Calais. Vale, esos son los hechos; ahora, las preguntas: ¿qué o quién iba en ese avión? y sobre todo ¿por qué, cincuenta y tantos años después de los hechos, alguien o algo se interesa por ese accidente? Nunca he intentado desarrollar un argumento basado en esta idea, pero estoy seguro de que ahí hay una buena historia. En principio, el tema no se decanta hacia ningún género en concreto, aunque parece que se inclina hacia el thriller. Pero también podría ser una historia de amor, o bélica, o de intrigas familiares. Es una idea razonablemente amplia.

Muy bien, amigos míos, ya he elegido una idea que será la simiente de mi novela. ¿Qué hago ahora? Asegurarme de que esa idea me interesa y atrae lo suficiente para trabajar en ella. Tened en cuenta que escribir una novela lleva meses, incluso años; es decir, mucho tiempo trabajando en lo mismo. Si el tema, la idea, no me interesa lo suficiente, acabaré escribiendo a desgana y al final haré una mierda; o un texto correcto, pero sin alma. Escribir una novela requiere toda la energía que se pueda acumular y gran parte de esa energía provendrá de mi pasión por el argumento. Así que la idea debe interesarme mucho o, mejor, entusiasmarme.

A veces me equivoco, es cierto. En un par de ocasiones he desarrollado argumentos completos y luego, tras escribir las primeras páginas, he descubierto que no tenía las menores ganas de seguir. Así que dejé aparcadas ambas historias. Aparcadas, porque el hecho de que no me entusiasmaran entonces no significa necesariamente que los argumentos o las ideas fuesen malos, sino que esos no eran los momentos oportunos para escribirlos. Porque no siempre apetece escribir las mismas cosas, igual que no siempre apetece leer la misma clase de libros. Cada momento, cada circunstancia, cada estado de ánimo conduce a historias distintas. Eso conviene tenerlo en cuenta.

Bueno, ya tengo en mis manos una pequeña, rutilante y prometedora idea. ¿Cuál es el siguiente paso? Pues exprimirla para sacar de ella las historias que contiene. O, dicho de otra forma: crear un argumento. Pero de eso, fraternos merodeadores, hablaremos en la siguiente entrega
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jueves, septiembre 27

En la mente del escritor. ¿Por qué escribir?

Hace unas semanas, me paré a pensar y descubrí, no sin cierta sorpresa, que jamás en mi vida me había propuesto ser escritor profesional. De hecho, cuando estaba a punto de acabar el bachillerato y debía plantearme un futuro académico-profesional, reduje las alternativas a cuatro posibilidades entre las que no se contaba ni remotamente la literatura: Periodismo, Publicidad, Biología y Arquitectura Técnica. La última opción (bien rara, si os paráis a pensarlo) la incluí por insistencia de mi hermano mayor –arquitecto a la sazón-, pero la verdad es que jamás me vi como aparejador. Y lo de la biología, porque me interesaba –e interesa-, nada más. Al final opté por el Periodismo (un mal día lo tiene cualquiera). Pero lo curioso del asunto es que ni remotamente me planteé la escritura como profesión.

Y digo que es curioso, porque en realidad lo tenía todo a favor para elegir esa opción. Mi padre, José Mallorquí, no sólo era escritor profesional, sino que además se ganaba muy bien la vida con su trabajo. Pero es que además, a mí me gustaba escribir. Lo hacía desde muy pequeño y, permitidme la falta de humildad, lo hacía bien. Aún conservo algunos escritos breves de cuando yo tenía doce o trece años y, la verdad, dejando aparte el infantilismo de los temas y el tratamiento, el manejo de la prosa es sorprendentemente maduro para un niño.

Pero es que a mí siempre me resultó fácil redactar bien (ojo: digo redactar, no escribir). Era como un don, como una facultad innata... lo que pasa es que no creo en dones ni facultades innatas. Pienso, mas bien, que se debe a otras circunstancias. En primer lugar, desde muy pequeño fui un lector compulsivo (en una casa llena de libros). En segundo lugar, en mi familia reinaba un ambiente de respeto y amor hacia la cultura, así como de decidida pasión por la literatura y el cine. En tercer y último lugar... Veréis, yo, el más pequeño de la familia, nací diez años después de mi siguiente hermano; soy, por tanto, fruto de un Ogino mal calculado o de un calentón de mi padres. Eso significa que crecí entre adultos, unos adultos cultos que hablaban con gran corrección. Y todo eso modeló mi cerebro en su momento de mayor plasticidad. Volveremos a esto.

Bien, además de lo dicho publiqué mi primer relato cuando tenía 15 años y a los 17 ingresé en el plantel de colaboradores de La Codorniz. O sea, que la cosa discurría en el sentido correcto para sumergirme en el océano de las letras. Pero no, ni siquiera me lo planteé. ¿Por qué? Por dos motivos: Primero, porque en mi familia existía el acuerdo tácito de que el heredero profesional de mi padre, el destinado a recoger la antorcha de la literatura en la siguiente generación, era mi hermano Eduardo. En cuanto a mí, dado lo inesperado de mi llegada al mundo, creo que nadie se había molestado en hacer muchos planes (de hecho, tengo la sensación de que mi familia tardó muchos años en sacudirse de encima la sorpresa de mi nacimiento). En cualquier caso, el puesto de escritor de segunda generación ya estaba ocupado, y dos Mallorquí escritores me parecía excesivo. El segundo y más importante motivo era... que algo fallaba. Podía escribir relatos cortos con cierta destreza, pero fracasaba al intentar una narración larga y no digamos una novela.

Estudié Periodismo, trabajé un tiempo como guionista de radio, luego fui periodista free lance (horriblemente pagado) durante unos años y, entre tanto, escribía, por pura afición, intentando pergeñar una novela. Pero no podía. Comenzaba a escribir y el texto se iba desinflando poco a poco, con cada página, hasta quedar reducido a nada. No sé cuántas novelas comencé por esa época... bueno, sí: las mismas que no acabé. Finalmente, a los 26 tacos, sufrí una crisis existencial y decidí darle la vuelta a mi vida. Hice la mili (no porque quisiera, sino porque los militares insistían en gozar de mi compañía) y cuando recuperé la condición de civil rompí con el periodismo y entré en el rutilante mundo de la publicidad.

También rompí con la escritura. Sabía redactar, pero no narrar, así que a la mierda. Durante la larga década en que me dediqué a la publicidad no escribí ni un sólo cuento, ni una línea, nada. ¿Y sabéis lo más curioso?: no lo echaba de menos. Supongo que estaba frustrado. Pero hay algo que sí continuaba haciendo: inventar historias. Cuando tenía que matar el tiempo, antes de una reunión, durante un aburrido rodaje o en las esperas de los aeropuertos, me distraía desarrollando mentalmente argumentos. De hecho, llegué a construir un par de novelas sólo en mi cabezota (si las hubiera escrito, la habría cagado).

Pues bien, pasó el tiempo, sufrí otra crisis vital y abandoné (más o menos) la publicidad. Entré en contacto con una cadena de TV y, tras colaborar en un par de programas horribles, me planteé escribir un guión piloto para una miniserie. Y lo escribí. Y el resultado, cómo no, fue una mierda. Porque no sabía narrar, de modo que tenía que aprender. Durante la primavera del 91 elegí un puñado de libros que me habían enganchado, novelas que en mi opinión estaban particularmente bien narradas. Cada día, a lo largo de dos o tres semanas, cogía uno de los libros, me iba en moto a la Casa de Campo (un inmenso parque/finca situado al oeste de Madrid), me sentaba a la sombra de un árbol y procedía a destripar el libro, buscando las herramientas, los trucos, las estrategias que utilizaba el autor. Y finalmente lo comprendí. Supe en qué me equivocaba y qué tenía que hacer para corregirlo. En realidad, era tremendamente sencillo, tan lógico y evidente que resultaba fácil no verlo. Pero al final lo vi; más vale tarde que nunca.

Lo primero que hice fue corregir el guión. Apenas tuve que escribir nada nuevo; bastó con cambiar el orden de varias secuencias. Quedó bien y le gustó a mucha gente, pero, ay, la miniserie no salió adelante. Entonces comencé a practicar mis recién adquiridas habilidades narrativas escribiendo relatos. De ciencia ficción y fantasía, los géneros que mejor conocía. Gané unos cuantos premios, obtuve cierto reconocimiento en el pequeño mundo del fantástico español y consolidé un estilo. Y también me quedó claro que escribiendo fantástico no me iba a jalar un rosco.

Entonces se cruzó en mi camino la literatura juvenil. Vi el anuncio de un premio literario, escribí una novela y gané. Además, esa novela se convirtió en un pequeño best seller. Mi segunda novela juvenil también se vendió bien, gané varios premios más... y descubrí que podía vivir de la literatura o, al menos, de esa parte de la literatura. Así me convertí en escritor profesional.

Bueno, ya os he contado mi vida. Si queda alguien despierto quizá se pregunte qué tiene esto que ver con las razones por las que escribo. Paciencia y anfetas, pronto llegaremos a eso.

Cuando le preguntan a un escritor por qué escribe, suele obtenerse una respuesta literaria. Por ejemplo: “...donde los sueños se acaban empieza el torrente de palabras que definen mi existencia, mi esencia son líneas de emociones contenidas que toman cuerpo en frases que puede que nunca sean leídas...”; o: “Escribo para conocer y conocerme para vivir y transgredir, y porque a veces sólo nos queda La Palabra” (frases reales sacadas de Internet). En fin, basura retórica que no significa nada. Existe una mística en torno a la literatura, un misticismo hueco y engolado que, lejos de aclarar las cosas, las emborrona. ¿Por qué escribes? En el fondo, la respuesta es “porque me gusta”. Pero eso tampoco aclara nada, ¿verdad? Una de las respuestas más honestas que conozco es: “Escribo para que me quieran”. Exacto; yo diría incluso que es una razón universal. Todos los escritores escribimos para que nos quieran (véase el post dedicado a la vanidad). Pero hay más respuestas posibles. Escribo para follar. Escribo para matar el tiempo. Escribo porque lo del solfeo es muy difícil. Escribo por la pasta. Escribo para sentirme diferente. Escribo porque es más barato que el psicoanálisis. Escribo por la fama... Hay multitud de respuestas, pero todas muy generales. Por otro lado, cada escritor tendrá su razón íntima para escribir, aunque no sea consciente de ella. Así pues, la cuestión en concreto es ¿por qué escribo yo?

La primera razón es la más común de todas. Siempre he sido un lector entusiasta, y como a todos los lectores que desarrollan un poco la imaginación, empezaron a ocurrírseme historias. De ahí a escribirlas sólo hay un paso. Dado que tenia facilidad para redactar, escribir se convirtió en una afición. Una afición de la que podría haber prescindido perfectamente, ojo. Me siento mucho más lector que escritor.

La segunda causa tiene que ver con mi formación. Veréis, es casi imposible que una persona llegue a ser Gran Maestro de ajedrez si no ha empezado a jugar antes de los ocho o nueve años. Esto es así porque durante la primera infancia el cerebro posee una gran plasticidad, de modo que adapta su conexiones, su “programación básica”, a las tareas que realiza en ese periodo. Pues bien, dado el entorno donde me formé, creo que mi cerebro se configuró en torno a los patrones verbales. A fin de cuentas, todo lo que he hecho hasta ahora, periodismo, publicidad, guiones, todo tiene que ver con el lenguaje.

¿Qué quiero decir con esto? Pues que escribo porque es lo que mejor sé hacer. Y cuando uno hace lo que se le da bien, experimenta cierto grado de satisfacción. Pero, ¿eso es todo? ¿Hago lo que hago simplemente porque lo sé hacer? Pues en gran medida sí, aunque hay algo más. Suele afirmarse que lo fundamental para ser escritor es tener algo que decir y, la verdad, no sé muy bien qué significa eso de “tener algo que decir”. ¿Un mensaje para el mundo? Yo no tengo ningún mensaje que transmitirle a la humanidad y si lo tuviera sería algo así como paz y amor, o algún tópico semejante. De hecho, como decía Billy Wilder, cuando tengo que mandar un mensaje voy a la oficina de telégrafos (aunque hoy sería mejor mandar un SMS).

No, no tengo nada concreto que decir. Pero tengo muchas historias que contar y quizá, sólo quizá, esas historias acaben diciéndole algo a alguien. No tengo un gran mensaje que dejar para la posteridad, es cierto, no me siento un mesías; pero tengo un punto de vista, una forma de ver las cosas que es mía y sólo mía (como las huellas dactilares), y tengo además la presunción de que ese punto de vista puede interesarle a los demás (aunque sólo sea para rebatirlo). Si no, ¿por qué iba a mantener este blog? De modo que eso es lo que ofrezco: historias contadas desde mi particular punto de vista, narradas con mi estilo y dotadas de las estética que he elegido. Eso es lo que ofrezco y eso es lo que hago, porque es lo que sé hacer.

La tercera razón es la más prosaica de todas. Escribo por dinero. Mucha gente sostiene que eso, escribir por pasta, es una especie de corrupción del arte; yo, por el contrario, lo considero un poderosísimo incentivo.

Y llegamos a la cuarta y última razón. El azar. Al mirar hacia atrás advierto que, si algunas cosas hubiesen sido diferentes en el pasado, hoy probablemente no escribiría. De modo que escribo por casualidad. Aunque supongo que esto puede aplicarse a cualquier faceta de la vida.

Y ya está, amigos míos; menudo coñazo os acabo de soltar. No os preocupéis, las siguientes entregas serán más cortas y, espero, más amenas. Para celebrar la paciencia que habéis derrochado, vosotros los que escribís, ¿por qué no me contáis vuestras razones para escribir? Pero no me hagáis literatura, ¿eh?, ni os pongáis místicos. Limitaos a ser sinceros.

miércoles, septiembre 26

Las torres del olvido

Por lo visto estamos en época de reediciones. Ediciones B acaba de lanzar Las torres del olvido (1987), del australiano George Turner. Se trata de una antiutopía; quizá de la última gran antiutopía que se ha publicado... (¿Cómo, que alguien no sabe lo que es una antiutopía? Sencillo: utopía=sociedad guay, antiutopía=sociedad chunga). Pero también es un juego literario -una novela dentro de otra novela- y un brillante estudio de personajes. El escenario de Las torres del olvido refleja el colapso de la sociedad capitalista, una sociedad en putrefacción que divide a sus ciudadanos en dos castas: los supra y los infra; es decir, los que tienen trabajo y los que no lo tienen. En ese contexto, asistimos a la decadencia y caida de la familia Conway, que pierde su condición de supra y desciende rápidamente por la escala social hasta sumergirse de lleno en los verticales ghettos de los infra, donde reina el óxido, la pobreza y la violencia.

En fin, no me voy a poner a hacer la crítica de la novela, porque esto sólo es una recomendación. Me limitaré a señalar que Las torres del olvido es una excelente novela muy recomendable para todo aquel que disfrute con los textos que hacen pensar, y muy en especial para aquellos que creen que no les gusta la ciencia ficción.

domingo, septiembre 23

Equinoccio de otoño


Hoy, a las 9:51 hora solar, el Sol ha entrado en Libra, dando paso al otoño. Por tanto, y con dos días de retraso sobre la fecha usual, hoy es el equinoccio de otoño, cuando el día y la noche duran lo mismo. Antiguamente, en este tiempo se celebraba la segunda fiesta de la cosecha -dedicada al dios Mabon-, cuyo nombre celta era Mea'n Fo'mhair.


Al otro lado del océano, en la ciudad maya de Chichén Itzá, tiene lugar en estas fechas un curioso fenómeno. Durante el atardecer, al incidir el sol sobre la Pirámide de Kuculkán (en la foto), se produce un sorprendente juego de luces y sombras: los rayos de sol que van iluminando el lado norte de la pirámide simulan el descenso de la serpiente emplumada.

miércoles, septiembre 19

Escritores y otros sinónimos de vanidad

Lo que nos hace tan insoportable la vanidad ajena es que hiere la nuestra.
La Rochefoucauld

Vanitas vanitatis et omnia vanitas.

Hace poco he firmado un contrato con una nueva editorial. Nueva para mí, me apresuro a aclarar, porque la editorial en cuestión lleva muchos años en activo. El caso es que no conocía a las editoras ni ellas me conocían a mí. Bueno, pues después de nuestro primer encuentro descubrí que a las editoras les había sorprendido que yo... fuese una persona normal. Y no es la primera vez que me pasa algo así, ni mucho menos; por ejemplo, durante una cena de entrega de no sé qué premios, y ante un comentario mío que no recuerdo, uno de los comensales exclamó: “¡No me lo puedo creer: un escritor humilde!”.

Un momento, un momento, diréis mosqueados; ¿es que César se nos va a poner ahora en plan qué sencillito soy, que modesto, soy el San Francisco de Asís de las letras? No, tranquilos, ya sé que la humildad, muchas veces, no es más que una trabajada forma de soberbia, y además no voy a hablar de mí, sino de mis colegas, los escritores.

Conozco a bastantes escritores; no muchos, porque no me gusta frecuentar los círculos literarios, pero si los suficientes como para poder hacerme una idea. En general son gente excelente, absolutamente normal, personas agradables, sensatas e inteligentes, y tan sólo unos pocos enarbolan egos que incluso para Borges resultarían excesivos. Pero ésa no es la proporción normal. La mayor parte de los escritores que conozco, y que además son amigos míos, se dedican a la literatura de género y, para colmo de males, al fantástico, lo cual ya pone un poco de sordina a la soberbia. Aunque a veces no mucha, todo hay que decirlo. Pero entre el resto de los escritores, los que venden porque venden, los que no venden por que son demasiado exquisitos, los que ni siquiera consiguen publicar porque están adelantados a su tiempo, entre el resto de los escritores, amigos míos, la vanidad se extiende como una plaga de topillos.

O dicho de otra forma: el número de escritores insoportables es, cuando menos, abundante. Supongo que sucede lo mismo con el resto de las artes, pero como sobre todo conozco escritores, nos ceñiremos a este gremio. Aunque... bueno, trabajé en publicidad, que no es un arte, ya lo sé, pero emplea herramientas del arte. Era creativo, copy (de copywriter), y pronto descubrí que los creativos publicitarios eran monstruos de vanidad. No todos, claro; sólo la mayoría. ¿Y por qué?, me preguntaba yo, si lo único que hacíamos es vender detergentes...

Basta con visitar los blogs de ciertos escritores para comprobar hasta qué punto puede un ego expandirse por el ciberespacio. Yo, yo, yo, yo, yo, yo, yo, yo, yo, yo, yo, yo, yo, io, je, i, ich... Sólo hay algo más sagrado que yo: mi obra. Y en persona la cosa no es muy diferente; engolan la voz, hablan con gran seriedad, con gravedad, diría yo, y también con cierta parsimonia, alzan una ceja con frecuencia, suelen repetir las cosas dos veces (una para los demás, otra para oírse ellos), usan palabras cultas y sintaxis rebuscadas, y sobre todo, de un modo u otro, consiguen que la conversación gire una y otra vez sobre ellos mismos y/o su obra.

Para ser justos, hay que reconocer que la culpa no es del todo suya. La gente, lectora o no, siente una curiosa fascinación por los escritores (y por los artistas en general); es como si los “creadores” estuvieran dotados de un toque mágico que los convierte en semidivinos. De modo que se dirigen a ellos con admiración (a veces veneración) y toda suerte de loas y parabienes. Es difícil sustraerse a tanta coba y alabanza. Es muy sencillo dejarse llevar por esa corriente de lisonjas y permitir que te masajeen el ego, el único órgano, junto con el clítoris y el pene, que crece conforme lo acarician (la única diferencia es que el ego no tiene límites). Y al final, lo más sencillo del mundo es acabar creyéndote que todo eso es verdad.

Ahora bien, ¿por qué creo que yo soy ajeno a la casi norma? Porque uno aprende a hostias y, hace muchos, muchos años, yo también me hinché de vanidad, como un estúpido pavo en celo, y acabé pegándome una bofetada de tomo y lomo. Pero aprendí la lección. En mi interior hay un ego salvaje que está convencido de que soy el tío más cojonudo del mundo, el más inteligente, el mejor escritor, de modo que debo tener a raya a ese monstruo, fustigarle día a día, mantenerlo encerrado, impedir que se expanda y tome el control (vamos, algo así como el ciclo reproductivo de Alien). Porque la vanidad es una lente distorsionante que te impide distinguir lo real de lo irreal. La vanidad te hace débil, porque te oculta tus defectos y actúa como una lupa de aumento sobre los defectos de los demás. La vanidad te conduce a oír sólo lo que quieres oír y no escuchar lo que te molesta escuchar. La vanidad te hace presa fácil de los manipuladores, porque no hay nada más fácil que manipular a un vanidoso. La vanidad rara vez es un motor, y sí casi siempre un lastre. No obstante, he de reconocer que a muchos escritores les va bien con su vanidad rampante; la gente no sólo les permite ese rasgo, sino que de un modo u otro parece esperarlo, incluso exigirlo. Y quién sabe, quizá tengan razón; el problema es que a mí no me gusta la gente vanidosa.

¿Y por qué todo esto? Porque cuando creé La Fraternidad de Babel, y para combatir mi propia vanidad, me prometí a mí mismo no hablar de mi faceta de escritor. Pero con el tiempo me he dado cuenta de que no tiene sentido, de que siendo esto una bitácora personal no puede excluir una labor que consume diez horas o más de mi tiempo cada día. Así que en un futuro cercano hablaré de la escritura y de cómo la entiendo.

¿Os parece bien, hermanos merodeadores? ¿Hermano Sol? ¿Hermana Luna?...

lunes, septiembre 17

Super sub

Ayer, la selección española de baloncesto perdió la final del campeonato de Europa frente a Rusia. Por un punto. Fue el peor partido que he visto jugar a nuestros jugadores. La defensa estuvo bien (España tiene una de las mejores defensas del mundo), pero el ataque fue un desastre, al igual que los lanzamientos de tiros libres. En particular, Gasol tuvo un día nefasto, no en defensa (cogió un montón de rebotes), sino en las acciones ofensivas. El último lanzamiento del partido fue suyo; si hubiera entrado, España habría ganado. Pero no entró. Los rusos no jugaron especialmente bien (como sí lo hicieron los griegos el día anterior); de hecho, sus mejores hombres se cargaron rápidamente de personales, muchas de ellas absurdas. No, no ganó la selección rusa; perdió la selección española. Y los políticos que acudieron en masa al Palacio de los Deportes se quedaron sin la foto que ansiaban. Qué pena.

Así que España es subcampeona de Europa de baloncesto. Pero también es Campeona del Mundo. Y una de las mejores selecciones actuales, probablemente la mejor. Por tanto, los hombres de Pepu son algo así como super-subcampeones de Europa. Un aplauso para ellos.

miércoles, septiembre 12

Universo de locos y otras novelas de marcianos

Ya que estamos hablando de reediciones, no quiero dejar de comentar que acaba de aparecer Universo de locos y otros novelas de marcianos, el tercer tomo de la ciencia ficción completa de Fredric Brown (Gigamesh, 2007). De Brown ya hemos hablado mucho en Babel, así que no añadiré nada más, salvo que lo adoro. En cuanto al contenido, el presente volumen incluye las tres primeras novelas de cf de Brown: Universo de locos, Las estrellas desafiantes y ¡Marcianos, largo de aquí! La primera y la tercera están consideradas clásicos de la cf. ¿Queréis un breve comentario de cada una de ellas?... Interpretaré el silencio como un sí.

Universo de locos (1949).- ¿Qué pasaría si de pronto te vieras trasladado a un universo paralelo surgido de la mente de un fanático de la ciencia ficción? Una feroz sátira del género que refleja la profunda inquietud que le provocaban los fans de la cf a Brown.

Las estrellas desafiaantes (1953 También conocida como Project Jupiter y, en español, como Por sendas estrelladas).- Hace mucho que leí esta novela y no la recuerdo muy bien. Se trata de una visión otoñal y melancólica de los viajes especiales, una obra muy diferente al resto de su producción. En su momento me gustó, pero hace tanto tiempo...

¡Marcianos, largo de aquí! (1955 También conocida en español como ¡Marciano, vete a casa! y Marcianos, Go Home).- Imaginaos que los marcianos se lanzan a la conquista de la Tierra, pero, lejos de ser los feroces alienígenas de Wells, resultan ser unos inmateriales hombrecillos verdes absolutamente tocapelotas. Otra sátira del género, una novela tan absolutamente divertida que resulta imposible dejar de leerla.

Y todo esto, tres novelas -dos de ellas al menos obras maestras- y un magnífico prólogo de William Tenn, por tan sólo dieciséis euros de nada. No dejéis de comprarlo, o de robarlo, o de pedírselo prestado a vuestro primo friki. Os encantará.

lunes, septiembre 10

Sentido de la maravilla

Los anglosajones denominan sense of wonder al efecto de asombro que producen en el lector ciertos relatos de fantasía y, sobre todo, ciencia ficción (cf). Para algunos, el sentido de la maravilla es una característica sine qua non de la buena cf. Para otros, no es más que una muestra del infantilismo que afecta a gran parte del género. Y, hay que reconocerlo, durante la infancia se es mucho más proclive al asombro que en la madurez. Por ejemplo, recuerdo que cuando tenía 13 o 14 años me maravilló hasta las cachas Los reyes de la estrellas, de Edmond Halmiton, una novela muy mala que leída hoy no me provocaría más que bostezos. Conforme crecemos, vamos perdiendo la inocencia, nos volvemos escépticos, la constante lectura hace que no valga cualquier cosa para asombrarnos. Además, hay magníficas novelas de cf que carecen de sentido de la maravilla. Así que de condición sine qua non, nada.

No obstante, lo reconozco, a mí me encantan que me asombren. Puede que sea una muestra de infantilismo, o una característica humana, me da igual. Disfruto maravillándome. Y hay varias novelas de cf que han conseguido, tras la infancia, colmarme de sentido de la maravilla. Por ejemplo, El hombre en el laberinto, de Silverberg, con esa inconcebible y mortal construcción alienígena abandonada. O Naufragio en tiempo real, de Vernor Vinge, donde la percepción del tiempo llega a ser abrumadora. O Visitantes milagrosos y Embajada alienígena, de Ian Watson, en las que el autor juega con ideas tan exóticas como asombrosas. Eso por no hablar de los relatos cortos, que nos llevaría mucho tiempo. Me limitaré a citar uno: El centinela, de Arthur C. Clarke. Se trata de la narración que dio origen a la película 2001: una odisea del espacio, y no sólo es uno de los mejores cuentos de la historia de la cf, sino uno de los mejores relatos cortos, de cualquier género, jamás escritos. En unas breves páginas, Clarke consigue transmitirle al lector todo el misterio del universo. Sense of wonder en estado puro.

Esto viene a cuento porque acaba de reeditarse una de las novelas que más sentido de la maravilla derrochan: A vuestros cuerpos dispersos, de Philip J. Farmer (La Factoría de Ideas, colección Solaris Ficción nº 97). Pero antes de comentar el libro, permitidme hablar un poco de su autor.

De entrada, debo confesar que Farmer (North Terre Aute, Indiana, 1918) quizá sea el escritor de cf que mejor me cae. No el que más me gusta, ojo, sino el que me resulta más simpático. Esto es así por varios motivos. En primer lugar, desde el principio de su carrera Farmer mostró una decidida vocación iconoclasta al introducir en sus relatos un tema que hasta entonces era tabú (o casi) en la cf: el sexo. Obras como Carne (1960), Los amantes (1961), Dare (1964) o la antología Relaciones extrañas (1960), que hoy, todo sea dicho, no causarían ningún escándalo, fueron en su momento un revulsivo en el por aquel entonces pudoroso mundo de la cf. Más tarde, Farmer llevaría esta temática a su limite lógico al publicar la novela de fantasía pornográfica La imagen de la bestia (1968).

Aparte del sexo, la religión es otra temática omnipresente en la obra de Farmer, y siempre, por supuesto, de forma heterodoxa. Muchas de sus historias se adentran en las mitologías paganas (sobre todo en los cultos de la fertilidad, como no podía ser de otra forma), pero también en el monoteísmo, como ocurre en Jesus on Mars (1979). En otros títulos, como los que componen la serie World of Tiers, los seres humanos se comportan como dioses capaces de crear universos, o se encuentran en entornos propios de las mitologías y creencias religiosas, como en Mundo Infierno (1964) o en la serie de El Mundo del Río, de la que luego hablaré.

Además de esto, Farmer muestra un divertido afán metaliterario al introducir en muchas de sus novelas personajes, ambientes y lugares procedentes de la obra de otros escritores, generalmente relacionados con la literatura pulp. Así, Farmer ha escrito varias novelas de Tarzán y Doc Savage (sí, los dos juntos), sólo que disfrazados –por el aquel de los royalties- bajo los nombres de Lord Grandrith y Doc Caliban (también escribió sendas biografías del Hombre Mono y del Hombre de Bronce). Igualmente, pergeñó pastiches de Sherlock Holmes, Phileas Phog, Moby Dick o King Kong. Y ya en el colmo de lo metaliterario, publicó una novela, Venus en la concha (1975), bajo el seudónimo de Kilgore Trout, que es el nombre de un personaje que aparece en casi todas las obras de Kurt Vonnegut, un ficticio escritor de ciencia ficción que, a su vez, es el trasunto del propio Vonnegut.

A más a más, como dicen (o decimos, aunque yo no lo digo) los catalanes, Farmer no es realmente un escritor de cf, sino un escritor de fantasía que disfraza sus fantasías de cf. Lo cual no tiene nada de malo. Pero, sobre todo, Farmer es un escritor de aventuras, pues la inmensa mayor parte de su obra se ciñe a ese género. Aventura fantástica, sí, pero sobre todo aventura.

Como veis, amigos míos, todo eso suena muy bien, muy divertido, muy simpático, muy original, pero... Farmer tiene una infortunada tendencia a prolongar sus novelas en series de decreciente calidad. El tratamiento que da a sus temas favoritos –el sexo y la religión- es superficial. Sus pastiches, por repetitivos, cansan. Sus relatos de aventuras son en realidad una sucesión de peripecias unidas por un hilo argumental tan débil que el conjunto acaba resultando más bien aburrido. En resumen: Farmer es un escritor simpático, pero mediocre.

No obstante, como es natural, tiene obras mejores y peores. Y sin duda la mejor de sus novelas, quizá la única totalmente gratificante, es A vuestros cuerpos dispersos (1971), título que ganó el premio Hugo de 1972. Me limitaré a esbozar su argumento: De repente, todos los seres humanos que han vivido, viven y vivirán en la Tierra resucitan a la vez -desnudos, jóvenes y sanos- en un desierto planeta surcado por un inmenso río. Allí no hay nada, salvo unos artefactos en forma de seta que proveen de alimentos a los humanos. Imaginadlo: 36.000 millones de desconcertadas personas desperdigadas a lo largo de un descomunal río. Allí están todos los seres anónimos que han poblado la Tierra desde la edad de piedra, y también todos los personajes históricos conocidos, desde Nemer, el primer faraón, a Stalin, pasando por Jack el Destripador. Mientras los humanos comienzan a organizarse formando distintos grupos, surgen las preguntas: ¿quién o quiénes han resucitado a la humanidad? Y, sobre todo, ¿por qué? El protagonista del relato, Sir Richard Francis Burton -el explorador inglés que a mediados del siglo XIX rastreó las fuentes del Nilo-, parte en busca de las fuentes del nuevo y misterioso río, acompañado, entre otros personajes, por Alicia Liddell (que, siendo niña, sirvió de modelos para Alicia en el País de las Maravillas), y enfrentado al antagonista de la historia, un irritante Hermann Göering.

A vuestros cuerpos dispersos no es una novela profunda, ni literaria, pero sí es un divertidísimo relato de aventuras que derrocha por los cuatro costados el sentido de la maravilla del que antes hablábamos. Os lo recomiendo encarecidamente, igual que os recomiendo que no leáis los siguientes cinco libros que componen la serie Riverworld, pues su calidad es decreciente (en progresión geométrica) y su interés nulo. Pero la primera novela, ésa que hoy reedita La Factoría de Ideas, es una pequeña obra maestra que vale la pena descubrir.

NOTA: A vuestros cuerpos dispersos se publicó por primera vez en España en octubre de 1973, como conmemoración del número 50 de la revista Nueva Dimensión y acompañada por una magníficas ilustraciones de Virgil Finlay. La novela tuvo un éxito tan extraordinario (entre el reducido fandom de la época, todo hay que decirlo), que a partir de ese momento, y durante casi una década, todas las editoriales de cf se mataban por publicar obras de Farmer. Pero no era para tanto: A vuestros cuerpos dispersos resultó ser una espléndida joya única perdida en medio de un muestrario de bisutería.

lunes, septiembre 3

Felicidad

¿Habéis pensado alguna vez que el tiempo tiene tres estados, como la materia? Supongo que no, porque es una idea bastante rara, pero, al menos como metáfora, resulta sugerente. Veamos: el pasado es sólido, inmutable, está congelado. El futuro, por el contrario, es gaseoso, carece de forma y sólo se define cuando, tras pasar por el presente, se convierte en pasado. En cuanto al presente, es líquido, fluye constantemente y, al igual que un arroyo, no podemos detenerlo, pues el agua (los segundos, los minutos, las horas) se escapa por entre nuestros dedos. Objetaréis, supongo, que un líquido tampoco tiene forma, mientras que el presente sí la tiene. Pero, ¿estamos seguros de eso? De hecho, ¿podemos percibir el presente? Imaginemos un suceso, el que sea; por ejemplo: suena el teléfono. En ese momento suceden dos cosas: en primer lugar que nuestro sistema sensorial transmite al cerebro la información de que el teléfono está sonando, lo cual requiere tiempo. Unos milisegundos, sí, muy poco, pero tiempo al fin y al cabo. En segundo lugar, nuestro cerebro procesa la información, lo cual de nuevo es muy rápido, pero no instantáneo: consume tiempo. Por tanto, cuando escuchamos el timbrazo no estamos percibiendo el presente, sino un pasado muy cercano. El presente es inaprensible por naturaleza, porque carece de dimensiones; es un punto que se desplaza constantemente a la velocidad de un segundo por segundo, una especie de onda que solamente existe porque fluye como un líquido.

¿Y qué tiene esto que ver con la felicidad que aparece en el título?, os preguntaréis, confusos, si es que os preguntáis algo cuando leéis las chorradas que escribo. Pues poca cosa, salvo que creo que la felicidad no es ni puede ser un estado permanente, sino puntual, una emoción relacionada con el presente y, por tanto, líquida, burbujeante e inaprensible.

Según el diccionario de la RAE, felicidad es: 1. Estado de ánimo que se complace en la posesión de un bien. // 2. Satisfacción, gusto, contento. // 3. Suerte feliz. La verdad es que no me convencen mucho estas definiciones; se aproximan, pero no dan en el centro de la diana, quizá porque no hay ningún centro de la diana. Con frecuencia se confunde la felicidad con el confort, o con el bienestar, o con el placer, o con estar satisfecho o contento, pero nada de eso es verdadera felicidad. La felicidad es un estado integral, una sensación tan intensa de plenitud que aparta al resto del universo de nuestro objetivo y nos hace fijar la atención en un sólo punto (un punto, ¿veis?), centrando la realidad única y exclusivamente en la fuente de nuestra felicidad. Pero la felicidad es una sensación muy intensa, tanto como el dolor; por eso la felicidad puede hacernos llorar, por eso la felicidad nos agota emocional y físicamente. Y por eso, amen de otros motivos, la felicidad no puede ser un estado permanente, sino un arrebato puntual.

Creo que el periodo más largo de felicidad que puede experimentar el ser humano es el enamoramiento. Según los psicólogos, este periodo dura entre seis meses y un año, lo cual sin duda es un récord absoluto en el campo de la felicidad humana. Y vaya si somos felices cuando descubrimos que la persona que amamos nos ama también a nosotros. Nos sentimos flotar, todo es bonito, no paramos de pensar en la persona amada, rompemos a follar como descosidos, el mundo adquiere un nuevo nombre, de mujer o de hombre (o de oveja, si eres un poco vicioso). La cuestión es: ¿por qué somos tan felices cuando nos enamoramos? Según la neurología y la endocrinología, durante el enamoramiento se liberan en nuestro organismo una serie de sustancias entre las que se encuentran de forma preferente la serotonina y la melatonina, cuyos efectos son antidepresivos y provocan nerviosismo, exaltación y alegría, al tiempo que estimulan la actividad sexual, cardiovascular y digestiva. Para completar el cóctel, las glándulas suprarrenales se ponen a fabricar como locas adrenalina.

En una hipotética carrera para elegir al humano más feliz del mundo, los enamorados quedarían inmediatamente descalificados por dopaje, de no ser porque tengo la impresión de que toda forma de felicidad está relacionada con la producción de endorfinas. Somos química, amigos; aunque, eso sí, una química cojonuda. Por cierto, ¿sabéis por qué todo enamoramiento tiene fecha de extinción? Porque nuestro organismo, como ocurre con el organismo de cualquier yonqui, va haciéndose resistente a las drogas que él mismo produce hasta que sus efectos desaparecen.

En cualquier caso, un año de felicidad parece una cantidad de tiempo que excede con mucho lo momentáneo. Eso es cierto, pero no del todo. Si recordáis los efectos de las endorfinas que he citado, uno de ellos es la estimulación de la actividad sexual. De hecho, todo se centra en eso: el enamoramiento nos conmina –más de lo que ya nos conminamos nosotros mismos- a follar. Es, de hecho, un darwiniano mecanismo orientado hacia la reproducción de la especie. Por tanto, la felicidad erótica tiene algo de mecanicista, una especie de determinismo que le resta “pureza”... Pero es felicidad de cualquier forma, objetaréis con razón. Lo que pasa –y aquí está mi segunda objeción-, es que durante el enamoramiento no todo es felicidad, no nos pasamos el día dando botes, no es un estado constante, sino sinusoidal. Crestas y valles, ya sabéis. De hecho, hay momentos de suma infelicidad durante el enamoramiento, como por ejemplo cuando nos separamos, aunque sólo sea temporalmente, de la persona amada. Y, es curioso, en esos momento resulta muy recomendable comer chocolate, porque el chocolate es rico en feniletilamina, una sustancia que, como la metadona, ayuda a paliar el mono de endorfinas.

En fin, resulta del todo encomiable que la naturaleza ponga tanto empeño en que follemos, pero hay que reconocer que su insistencia acaba resultando un tanto monotemática (y, en mi caso al menos, escasamente eficaz). Hablemos pues de la felicidad no erótica. A mi modo de ver, reviste dos formas: la “expansiva” y la “estática”. Voy a poner un par de ejemplos de mi propia cosecha para explicarme.

Cuando tenía quince años envié un relato corto a una revista. Una mañana de verano, cuatro o cinco meses después, cuando ya estaba convencido de que habían rechazado el cuento, fui al kiosco, hojeé la revista... y ahí estaba mi relato, el primero que me publicaban. Volví a casa dando (literalmente) saltos, tan feliz que me sentía a punto de echar a volar. Eso es felicidad expansiva, una emoción que brota de repente, como un géiser, tan intensa que tienes que sacarla fuera de ti para que no te abrase. Lo que pasa es que esta forma de felicidad está muy relacionada con la novedad y acaba agotándose en sí misma. El siguiente relato que me publicaron me hizo feliz, pero ya no di botes, y mi última novela editada... bueno, supongo que algo feliz me habrá hecho, pero una mierdecita en comparación con aquel primer relato.

Otro ejemplo. Cuanto tenía quince o dieciséis años, mi cama estaba situada frente a una ventana doble. Una noche de primavera me dormí habiendo olvidado echar las cortinas. Entonces, a eso de las cuatro de la madrugada, algo me despertó de repente; era una luz. Abrí los ojos y ahí estaba: una luna llena enorme brillaba en medio de la ventana, inundando mi dormitorio de una claridad intensamente lechosa. Me levanté de la cama y abrí la ventana; hacía fresco, pero era agradable. Olía a primavera. Por aquel entonces, mis padres no me dejaban fumar, pero, qué demonios, mis padres estaban dormidos, así que encendí un cigarrillo y fumé lentamente mientras contemplaba la luna. Y el tiempo que duró aquel pitillo fue uno de los más felices de mi existencia. Sin ningún motivo, no sé por qué sucedió, pero me sentía en sintonía con todo lo que me rodeaba, sentía que todo era correcto y que yo formaba parte de ese todo. No era una felicidad exultante, sino tranquila y mansa, la clase de felicidad que llamo “estática” o, quizá mejor, “contemplativa”. Acabé el pitillo, cerré la ventana, me acosté y, mientras volvía a dormirme, la sensación fue desvaneciéndose poco a poco. Posteriormente he vivido experiencias similares, estados de plenitud que se desencadenan por un paisaje, una persona, una luz, un olor, un sonido o, en ocasiones, incluso un libro. Supongo que todos hemos experimentado algo semejante.

En cualquier caso, sea cual sea la forma que adopte la felicidad, siempre es un estado pasajero y generalmente fugaz. No podemos prolongarlo, pues pertenece al líquido reino del presente, ni repetirlo, ya que su advenimiento no depende de nuestra voluntad, pero sí podemos almacenarlo en nuestra memoria como un tesoro. Supongo que a eso se refería Roy Batty en su famoso monólogo de Blade Runner: “He visto cosas que vosotros no creeríais. Atacar naves en llamas más allá del hombro de Orión. He visto rayos C brillar en la oscuridad, cerca de la Puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia...”

Hace años, Rosa Montero escribió un artículo hablando sobre una luna que le hizo feliz a ella en su juventud, y aventuraba que todo el mundo tiene una luna atesorada en su memoria. En mi caso así es, ya os lo he contado: compartí un pitillo con la luna llena. Pero, ¿cuántas lunas se han desvanecido sin dejar rastro? ¿Cuántos momentos de felicidad se han perdido y se perderán en el tiempo, cómo lágrimas en la lluvia?