
¡Feliz Halloween, amigos!
Un enclave tutelado por César Mallorquí, el Abominable Hombre de las Letras, en colaboración con la Sociedad de Amigos del Movimiento Perpetuo. Si no te interesa la literatura, el cine, el comic, los enigmas, el juego y, en general, las cosas inútiles, aparta tus sucias manos de este blog.
Hay novelas que son un puñetazo en el estómago, novelas que te sacuden por dentro y te introducen en un mundo terrible donde no quieres estar, pero que al mismo tiempo te fascina, obligándote a seguir leyendo. A las pocas páginas, comienzas a advertir una extraña belleza en ese sombrío mundo que estás explorando, una belleza morbosa, retorcida, pero también extremada y paradójicamente pura. Poco después, ya eres incapaz de soltar el libro, aunque a veces te gustaría poder hacerlo. El norteamericano Cormac McCarthy es especialista en escribir esa clase de novelas, y La carretera es la última muestra de su talento.
Cuando, a comienzos de los 90, volví a escribir, me obsesionaba la narrativa, y fue en ese aspecto de la técnica literaria en el que me volqué al principio. Pero pronto comprendí algo: poco importa lo bien que cuentes una historia si los personajes que la protagonizan no le interesan al lector. De hecho, un buen personaje puede arrastrar al lector tanto o más que una buena historia. Pero diseñar personajes no es fácil; en ese aspecto fallan no sólo los escritores noveles, sino también muchísimos profesionales. Si le echamos un vistazo a las novelas que pueblan las librerías, comprobaremos que la mayor parte de los personajes que en ellas aparecen son de cartón piedra, figuras sin personalidad, unidimensionales, “nombres a los que les suceden cosas”; en el mejor de los casos, estereotipos.
En un post anterior comentaba que las ideas para escribir un relato se encuentran en todas partes, en la gente, en las calles, en los periódicos..., es decir, en la vida. Sí, la vida misma nos proporciona toda suerte de ideas, incluso argumentos completos; pero, ¿son todos válidos como fuente de inspiración? Porque la vida, eso que llamamos realidad, cuenta con una gran ventaja: no necesita ser creíble, mientras que la literatura sí. Vamos a comprobarlo con un ejemplo. Anteayer, 17 de octubre, apareció una pequeña noticia en El País. La reproduzco fielmente:
Al examinar lo ya escrito, y anticipar lo que voy a escribir ahora, advierto el típico error de perspectiva que sobreviene cuando se explican las cosas de forma ordenada. Según estos post, parece que yo, para escribir una novela, sigo paso a paso una especie de formulario preestablecido, y no es así. De hecho, en mi mente las cosas son mucho más caóticas. Lo normal es que, mientras trabajo una idea y construyo el argumento, busco al mismo tiempo el “motor”, diseño tramos de estructura, perfilo personajes y desarrollo subtramas. Hago varias cosas a la vez, sin seguir necesariamente los pasos de forma sistemática. De modo que no penséis que soy un robotito; la apariencia de orden mecánico se debe a la explicación.
Algunos amables merodeadores se han referido a esta serie de entradas como si fuera un cursillo de literatura y eso es un error. Un error que quizá yo haya propiciado en parte, porque de vez en cuando me sale un tonillo didáctico que da asco. Pero esto no es un taller de escritura, ni mucho menos; no estoy dictaminando cómo se deben hacer las cosas, sino exponiendo cómo las hago yo. Me limito a relatar mi experiencia personal, que no tiene por qué ser la buena y, desde luego, no es la única. De hecho, estoy seguro de que un escritor puede hacer exactamente todo lo contrario de lo que yo digo y, sin embargo, escribir una obra maestra. La literatura no tiene reglas, ésa es parte de su grandeza, de modo que podemos reinventarla constantemente. Y si alguien confunde estos escritos con un cursillo, corre el riesgo de entender mis palabras como fórmulas literarias, y seguir fórmulas es el camino perfecto para ser un escritor mediocre. Así que nada de normas y preceptos. A mi modo de ver, la cosa debería ser así: yo os cuento mi experiencia y vosotros, si os apetece, meditáis sobre ella y llegáis a vuestras propias conclusiones, que no tienen por qué ser las mías. Lo importante es que, sean cuales sean, interioricéis esas conclusiones, porque la buena literatura sale muy de dentro, no del consciente, sino del corazón y de las tripas. ¿De acuerdo? Bueno, sigamos adelante.
Quizá la pregunta más vulgar que se le puede hacer a un escritor es: ¿De dónde sacas las ideas? Y, como es lógico, una pregunta tan tópica merece una respuesta no menos tópica: De todas partes.
Hace unas semanas, me paré a pensar y descubrí, no sin cierta sorpresa, que jamás en mi vida me había propuesto ser escritor profesional. De hecho, cuando estaba a punto de acabar el bachillerato y debía plantearme un futuro académico-profesional, reduje las alternativas a cuatro posibilidades entre las que no se contaba ni remotamente la literatura: Periodismo, Publicidad, Biología y Arquitectura Técnica. La última opción (bien rara, si os paráis a pensarlo) la incluí por insistencia de mi hermano mayor –arquitecto a la sazón-, pero la verdad es que jamás me vi como aparejador. Y lo de la biología, porque me interesaba –e interesa-, nada más. Al final opté por el Periodismo (un mal día lo tiene cualquiera). Pero lo curioso del asunto es que ni remotamente me planteé la escritura como profesión.
Por lo visto estamos en época de reediciones. Ediciones B acaba de lanzar Las torres del olvido (1987), del australiano George Turner. Se trata de una antiutopía; quizá de la última gran antiutopía que se ha publicado... (¿Cómo, que alguien no sabe lo que es una antiutopía? Sencillo: utopía=sociedad guay, antiutopía=sociedad chunga). Pero también es un juego literario -una novela dentro de otra novela- y un brillante estudio de personajes. El escenario de Las torres del olvido refleja el colapso de la sociedad capitalista, una sociedad en putrefacción que divide a sus ciudadanos en dos castas: los supra y los infra; es decir, los que tienen trabajo y los que no lo tienen. En ese contexto, asistimos a la decadencia y caida de la familia Conway, que pierde su condición de supra y desciende rápidamente por la escala social hasta sumergirse de lleno en los verticales ghettos de los infra, donde reina el óxido, la pobreza y la violencia.
Lo que nos hace tan insoportable la vanidad ajena es que hiere la nuestra.
Ayer, la selección española de baloncesto perdió la final del campeonato de Europa frente a Rusia. Por un punto. Fue el peor partido que he visto jugar a nuestros jugadores. La defensa estuvo bien (España tiene una de las mejores defensas del mundo), pero el ataque fue un desastre, al igual que los lanzamientos de tiros libres. En particular, Gasol tuvo un día nefasto, no en defensa (cogió un montón de rebotes), sino en las acciones ofensivas. El último lanzamiento del partido fue suyo; si hubiera entrado, España habría ganado. Pero no entró. Los rusos no jugaron especialmente bien (como sí lo hicieron los griegos el día anterior); de hecho, sus mejores hombres se cargaron rápidamente de personales, muchas de ellas absurdas. No, no ganó la selección rusa; perdió la selección española. Y los políticos que acudieron en masa al Palacio de los Deportes se quedaron sin la foto que ansiaban. Qué pena.
Ya que estamos hablando de reediciones, no quiero dejar de comentar que acaba de aparecer Universo de locos y otros novelas de marcianos, el tercer tomo de la ciencia ficción completa de Fredric Brown (Gigamesh, 2007). De Brown ya hemos hablado mucho en Babel, así que no añadiré nada más, salvo que lo adoro. En cuanto al contenido, el presente volumen incluye las tres primeras novelas de cf de Brown: Universo de locos, Las estrellas desafiantes y ¡Marcianos, largo de aquí! La primera y la tercera están consideradas clásicos de la cf. ¿Queréis un breve comentario de cada una de ellas?... Interpretaré el silencio como un sí.
Los anglosajones denominan sense of wonder al efecto de asombro que producen en el lector ciertos relatos de fantasía y, sobre todo, ciencia ficción (cf). Para algunos, el sentido de la maravilla es una característica sine qua non de la buena cf. Para otros, no es más que una muestra del infantilismo que afecta a gran parte del género. Y, hay que reconocerlo, durante la infancia se es mucho más proclive al asombro que en la madurez. Por ejemplo, recuerdo que cuando tenía 13 o 14 años me maravilló hasta las cachas Los reyes de la estrellas, de Edmond Halmiton, una novela muy mala que leída hoy no me provocaría más que bostezos. Conforme crecemos, vamos perdiendo la inocencia, nos volvemos escépticos, la constante lectura hace que no valga cualquier cosa para asombrarnos. Además, hay magníficas novelas de cf que carecen de sentido de la maravilla. Así que de condición sine qua non, nada.
tabú (o casi) en la cf: el sexo. Obras como Carne (1960), Los amantes (1961), Dare (1964) o la antología Relaciones extrañas (1960), que hoy, todo sea dicho, no causarían ningún escándalo, fueron en su momento un revulsivo en el por aquel entonces pudoroso mundo de la cf. Más tarde, Farmer llevaría esta temática a su limite lógico al publicar la novela de fantasía pornográfica La imagen de la bestia (1968).
No obstante, como es natural, tiene obras mejores y peores. Y sin duda la mejor de sus novelas, quizá la única totalmente gratificante, es A vuestros cuerpos dispersos (1971), título que ganó el premio Hugo de 1972. Me limitaré a esbozar su argumento: De repente, todos los seres humanos que han vivido, viven y vivirán en la Tierra resucitan a la vez -desnudos, jóvenes y sanos- en un desierto planeta surcado por un inmenso río. Allí no hay nada, salvo unos artefactos en forma de seta que proveen de alimentos a los humanos. Imaginadlo: 36.000 millones de desconcertadas personas desperdigadas a lo largo de un descomunal río. Allí están todos los seres anónimos que han poblado la Tierra desde la edad de piedra, y también todos los personajes históricos conocidos, desde Nemer, el primer faraón, a Stalin, pasando por Jack el Destripador. Mientras los humanos comienzan a organizarse formando distintos grupos, surgen las preguntas: ¿quién o quiénes han resucitado a la humanidad? Y, sobre todo, ¿por qué? El protagonista del relato, Sir Richard Francis Burton -el explorador inglés que a mediados del siglo XIX rastreó las fuentes del Nilo-, parte en busca de las fuentes del nuevo y misterioso río, acompañado, entre otros personajes, por Alicia Liddell (que, siendo niña, sirvió de modelos para Alicia en el País de las Maravillas), y enfrentado al antagonista de la historia, un irritante Hermann Göering.
¿Habéis pensado alguna vez que el tiempo tiene tres estados, como la materia? Supongo que no, porque es una idea bastante rara, pero, al menos como metáfora, resulta sugerente. Veamos: el pasado es sólido, inmutable, está congelado. El futuro, por el contrario, es gaseoso, carece de forma y sólo se define cuando, tras pasar por el presente, se convierte en pasado. En cuanto al presente, es líquido, fluye constantemente y, al igual que un arroyo, no podemos detenerlo, pues el agua (los segundos, los minutos, las horas) se escapa por entre nuestros dedos. Objetaréis, supongo, que un líquido tampoco tiene forma, mientras que el presente sí la tiene. Pero, ¿estamos seguros de eso? De hecho, ¿podemos percibir el presente? Imaginemos un suceso, el que sea; por ejemplo: suena el teléfono. En ese momento suceden dos cosas: en primer lugar que nuestro sistema sensorial transmite al cerebro la información de que el teléfono está sonando, lo cual requiere tiempo. Unos milisegundos, sí, muy poco, pero tiempo al fin y al cabo. En segundo lugar, nuestro cerebro procesa la información, lo cual de nuevo es muy rápido, pero no instantáneo: consume tiempo. Por tanto, cuando escuchamos el timbrazo no estamos percibiendo el presente, sino un pasado muy cercano. El presente es inaprensible por naturaleza, porque carece de dimensiones; es un punto que se desplaza constantemente a la velocidad de un segundo por segundo, una especie de onda que solamente existe porque fluye como un líquido.