viernes, octubre 9

Manual de defensa contra Big Brothers

 

 

         


             Voy a hacerte una sencilla pregunta: ¿Crees que eres manipulable?

            Si la respuesta es NO... me enternece tu inocencia.

            Si la respuesta es SI, entonces tengo otra pregunta: ¿Crees que gran parte de tus convicciones más íntimas, de tus creencias, de tus decisiones, de lo que define tu esencia, es producto de la manipulación? Eso es más peliagudo, ¿verdad? Porque no se trata tan solo de haber comprado un producto que no necesitabas porque te encandiló su publicidad, sino de algo más profundo. ¿Acaso eres un pelele? No, no; no exageremos. No todo es producto de la manipulación. Hay que dejar un margen a la estupidez, otro tanto al mero azar y a veces cierto porcentaje al raciocinio.

            Una premisa: No solo todos somos manipulables; es que todos hemos sido manipulados.

            Ahora falta algo importante: definir qué entiendo por “manipular”. Pues lo que dice la RAE en su tercera acepción: tr. Intervenir con medios hábiles y, a veces, arteros, en la política, en el mercado, en la información, etc., con distorsión de la verdad o la justicia, y al servicio de intereses particulares. Pero lo expondré de forma más sencilla: Te manipulan cuando alguien -humano o corporativo- se mete en tu vida para intentar obtener algo de ti, sin que tú te des cuenta.

            Existen muchas formas de manipulación digamos que personal, privada, íntima. Nos manipulan durante la educación, en las relaciones paterno-filiales, en el amor, en el trabajo... Pero no voy a hablar de eso, sino de Manipulación Social. Y ahora otra pregunta oportuna: ¿Qué solvencia tiene César para hablar de ese asunto? Un dato de mi biografía: Durante una larga década trabajé en publicidad, que es una de las formas de manipulación social.

            Y ahora otra premisa: Todos somos manipulables y yo también. Pero yo algo menos que la mayoría de vosotros. ¿Porque soy muy listo? NO. Porque a causa de mi antiguo trabajo conozco las técnicas de manipulación social, y conocerlas me brinda cierta protección contra ellas. No total, pues como veremos, muchas de esas técnicas -las más insidiosas- son invisibles y a veces muy difíciles de detectar.

            Mi propósito: Ahora que, por primera vez en mucho tiempo, estoy libre de compromisos de trabajo y puedo escribir lo que me salga del bolo, tengo la intención de hacer una serie de entradas sobre cómo nos comen el coco. Creo que puede ser útil, porque si conocer esas técnicas me protege un poco a mí, conocerlas tú te protegerá también. Pero una advertencia: para que esto funcione, tendrás que hacer un puede que doloroso ejercicio de introspección. Y quizá descubras que algunas de tus ideas más íntimas, algunas de esas convicciones que consideras los pilares de tu personalidad, no son fruto de tu voluntad ni de tu raciocinio, sino que son ideas implantadas. Sinceramente, no creo que seas capaz de hacerlo; porque, como he dicho, puede ser doloroso. Es decir, no creo que lo que voy a escribir sirva para mucho. Pero, oye, por intentarlo...

            Volvamos al punto anterior: eres manipulable. No es una pregunta, no existen alternativas: lo eres, porque eres un ser humano y, como tal, gregario y social. Crees que tu vida está regida por la razón, pero te equivocas; está regida en su mayor parte por las emociones. Y si algo o alguien controla tus emociones, te controla a ti.

            En las encuestas sobre eficacia de la publicidad había dos preguntas que solían responderse siempre de la misma paradójica manera: 1. ¿Cree que la publicidad es eficaz? Y la mayoría contestaba que sí. 2. ¿Cree que la publicidad le afecta? Y la respuesta mayoritaria era no.

            ¿Por qué nos negamos a aceptar que somos manipulables? Pues porque que te manipulen te hace quedar como un tonto. Te sientes bobo, un muñeco, ridículo... Pero tú no eres así; no te han engañado, te han convencido, te han mostrado la VERDAD. Eso te dices, pero te engañas de dos formas a la vez: 1º: Eres manipulable, insisto. 2º: No eres tonto por ello; sencillamente, careces de las herramientas necesarias para defenderte. Por cierto: creer que no te pueden manipular hace más sencillo que te manipulen.

            En esta entrada no me voy a meter en explicaciones, porque no quiero convertirla en un tocho. Es un preludio, una introducción, una exposición de intenciones. Pero, ¿qué tal un caramelito para entender de qué hablo? ¿Sabéis lo que es el Framing? Una técnica de manipulación muy usada. Significa “encuadre” y consiste en presentar un mismo hecho desde un determinado marco interpretativo. Dicho de otra forma, el modo de formular una cuestión modifica la percepción que tenemos de ella. Un ejemplo: Cierto tratamiento médico obtiene excelentes resultados. Hay dos formas de presentarlos:

            A: El 90 % de los pacientes que siguieron el tratamiento han sobrevivido.

            B: El 10 % de los pacientes que siguieron el tratamiento han muerto.

            Las dos son ciertas. Pero la primera invita al optimismo, mientras que la segunda deja un sabor de boca negativo asociado con la muerte. Y ahora voy a poner otro ejemplo de Framing, que creo haber comentado ya en el blog, pero os jodéis y lo repito.

            Estamos en el Vaticano, en la antesala del despacho papal. Allí se encuentran dos sacerdotes, viejos amigos, uno dominico y el otro jesuita. Ambos van a tener audiencia con el papa y charlan mientras esperan. Se cuentan los motivos de la visita y el dominico dice:

            —Además, quiero preguntarle algo al santo padre. Como sabes, soy un fumador empedernido. Enciendo un cigarrillo con otro, no paro.

            —Te comprendo -dice el jesuita-; yo también tengo esa debilidad.

            —Pues lo que voy a preguntarle a su santidad es si puedo fumar mientras rezo.

            —Ah, qué buena idea. Ya me dirás qué te responde.

            El dominico entra en el despacho del papa y al cabo de un rato sale con cara muy seria.

            —¿Qué te ha dicho el santo padre sobre lo de fumar? -le pregunta el jesuita.

            —Que no -responde el dominico con aire abatido-; que no puedo fumar mientras rezo.

            —Ah, vaya; lo siento. De todas formas, se lo voy a preguntar yo también. Espérame aquí y luego vamos a tomar un café.

            El jesuita entra en el despacho papal y, tras la entrevista, sale con una sonrisa.

            —¿Qué te ha contestado el santo padre? -le pregunta el dominico.

            —Que sí, que puedo fumar.

            El dominico se queda a cuadros.

            —No lo entiendo -murmura, perplejo-. ¿A mí me dice que no, y a ti que sí? ¿Por qué?

            El jesuita le contempla con la clase de sonrisa de suficiencia que solo un jesuita puede poner. Y dice:

            —A ver, ¿qué le has preguntado tú?

            —Lo que te he dicho, que si podía fumar mientras rezo.

            —Claro -replica el taimado jesuita-. Pero yo le he preguntado si puedo rezar mientras fumo.

            Es decir, la forma en que formulas la pregunta condiciona la respuesta. Con estos dos ejemplos pretendo dejar claro algo: Probablemente piensas que manipular es que te mientan; y no siempre es así, se pude manipular con la verdad. De hecho, es lo más frecuente.

 

            Pues vale por hoy. Ahora unas dudas: ¿A alguien le interesa esto? ¿Todavía hay gente que merodee por aquí? ¿O le estoy escribiendo al vacío? ¿Vale hoy día un blog para algo? Ojalá podáis despejar las incertidumbres que me aquejan. Ciao.



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