
Siempre he pensado que es mejor no conocer a los creadores que uno admira: eso evita decepciones. Porque, aunque parezca extraño, no tiene por qué existir la menor relación entre la calidad de una obra artística y la calidad personal del artista que la crea. Y lo digo tanto en un sentido como en otro; he conocido a artistas malos o mediocres que, sin embargo, eran personas interesantísimas, y he conocido a artistas muy brillantes, pero absolutamente impresentables como seres humanos. Aunque, la verdad, suele darse más lo último que lo primero. En realidad, no deberíamos extrañarnos, pues, en contra de lo que solemos creer, las personas no somos entidades compactas y homogéneas, sino la suma de un conjunto de atributos que, en ocasiones, parecen absolutamente desconectados entre sí. Es decir, se puede ser un capullo al 90% y sin embargo poseer un 10% de genialidad.
Esto viene a cuento porque este año se celebra el centenario del nacimiento de Georges Remi, Hergé, el creador de Tintín. Pero, antes de nada, una confesión: soy un fan incondicional de los comics de Hergé, un tintinófilo extremo, un friki que no se deja tupé por mera imposición alopécica y que no usa pantalones bombachos porque aún conserva un mínimo de dignidad (y porque no hay dios que encuentre hoy en día un pantalón bombacho). Tengo, por supuesto, la colección completa de los álbumes de Tintín, incluyendo las distintas versiones de cada uno de ellos, y adquiero –aún más, leo- todo libro que trate sobre Hergé y su obra. Además, en mi casa hay diversos adornos relacionados con el universo Tintín. Dos pósters enmarcados: la portada de la primera versión de La isla negra y la portada de Siete bolas de cristal. Una reproducción del famoso cohete de Objetivo: la Luna. Cuatro carísimas y preciosas figuras de resina (una de ellas –Tintín con traje de astronauta- fue mi último regalo de Reyes). Una colección de pins con los personajes y, en fin, varios objetos más que reposan orgullosos sobre los estantes de las librerías de mi despacho.
Todo comenzó cuando, a los ocho o nueve años de edad, ingresé en el colegio San Alberto Magno. Como no tardé en descubrir, entre el alumnado existía una mafia, o club selecto, de seguidores de Tintín. La cosa consistía en intercambiar álbumes del personaje, pero para poder intercambiar hacía falta poseer al menos un álbum no leído por los demás; si no lo tenías, no te prestaban los suyos ni aunque se lo suplicases de rodillas (malditos egoístas). Así que me picó la curiosidad y logré agenciarme uno de los títulos de la colección; en concreto, Las joyas de la Castafiore. De ese modo ingresé en el club y tuve acceso a la mayor parte de los álbumes. Lo que me convirtió en un adicto y me hizo descubrir que no me bastaba con leer una vez cada título, así que a partir de aquel momento conseguí que mis familiares me fueran regalando –por cumpleaños, santos, Reyes, etc.- los distintos álbumes hasta tener la colección completa. ¿Cuántas veces habré releído los comics de Tintín? No lo sé, docenas... Y lo seguí haciendo hasta bien entrada mi primera juventud, y aún ahora, de vez en cuando, y aunque me los sé de memoria, releo alguno de mis títulos favoritos. Como podéis ver, soy un fanático.
Así pues, no es el propósito de esta entrada hacer una crítica objetiva de los comics de Tintín; ¿cómo ser ecuánime con lo que uno ama? Lo más ponderado que puedo decir de Hergé es que era un extraordinario dibujante, un magnífico narrador, un excelente diseñador gráfico y que creó un mundo propio habitado por una estimulante y variada galería de personajes. Y eso no es muy ponderado que digamos, ¿verdad? Pero no, no es de Hergé de quien quiero hablar, sino de Georges Remi. No del dibujante, sino de la persona.
No conocí personalmente a Georges Remi. Casi lo único que sabía acerca de su vida privada era que existía un borrón en su pasado: tras la Segunda Guerra Mundial, fue acusado de haber colaborado con los nazis durante la ocupación de Bélgica. No obstante, el motivo de esa acusación era que Remi había seguido publicando sus comics (Tintín, claro) en una revista controlada por los alemanes. Y, hombre, no está bien, pero no es lo mismo eso que gasear a treinta mil judíos. Así que le perdoné, igual que le perdoné a Borges haber prestado su apoyo moral a los militares golpistas. Un desliz lo tiene cualquiera... más o menos.
Pero hace unos años se publicó en España Hergé, de Pierre Assouline (Ediciones Destino Áncora y Delfín, 1997), una tan abultada como documentada biografía del dibujante belga. Y, tras leerla, Georges Remi se me cayó a los pies. No se trataba sólo de que hubiese colaborado con una revista filo-nazi; era un ultraconservador que, antes y durante la guerra, coqueteó abiertamente –aunque nunca llegó a militar- con el fascismo, un católico preconciliar (y no me refiero al Vaticano II, sino a Trento) y un hombre de moral anticuada y estricta, que, como todos los hombres de moral anticuada y estricta, acabó traicionándose a sí mismo. Pero no era sólo eso, no eran sólo sus ideas políticas y éticas. La imagen que brota de las páginas del libro de Assouline (y no se trata de una obra contraria a Hergé, ni mucho menos) es la de un hombre autoritario, intolerante, ególatra y egoísta, un hombre atormentado por sus contradicciones y, al mismo tiempo, inflexible en sus creencias. Es decir, exactamente la clase de persona con la que no me iría ni a tomar una caña al bar de la esquina. Así era el creador de mi querido Tintín.
Reconozco que al principio esto me desconcertó. ¿Cómo podía admirar tanto la obra creativa de (en mi opinión) semejante impresentable? Es cierto que, con el tiempo, las ideas de Remi fueron evolucionando, algo que queda patente en su obra, sobre todo en Tintín en el Tibet y en Las joyas de la Castafiore, pero estoy seguro de que siguió siendo hasta su muerte el mismo hombre autoritario, maniático, ególatra y egoísta de siempre. ¿Cómo conciliar esa imagen con mis adorados comics de Tintín? Bueno, el dilema no duró mucho, porque a Remi no llegué a conocerle y ya jamás le conoceré, pero su obra permanece. Y es la obra creativa lo que importa; el autor sólo es el medio (¿o el médium?) de que se valen las musas para manifestarse. En realidad, el creador, su naturaleza como ser humano, sus defectos y virtudes personales, importan un carajo.

No obstante, voy a confesar algo que en principio parece un contrasentido: Tintín, el personaje, nunca me ha gustado. Demasiado bueno, demasiado blando, demasiado asexuado. En el fondo, no es de extrañar que no me guste, pues Tintín no es más que la proyección ideal de su autor, un eterno boy scout ejemplo de rectitud y buenas costumbres. Un plasta, vamos. Y sólo le perdono porque alguien que tiene tan buenos e interesantes amigos y enemigos no puede ser del todo insulso. En efecto, no me interesa Tintín, pero adoro a todos los coprotagonistas y secundarios que le acompañan. Comenzando, claro está, por el capitán Haddock, el más querido personaje para cualquier tintinófilo de pro, ejemplo de dipsomanía y maestro del insulto surrealista. Pero también Silvestre Tornasol, Milú, Hernández y Fernández, Bianca Castafiore, Néstor, o el malvado Rastapopulos, o el pesadísimo Serafín Latón...
En el fondo, me pasa lo mismo con Tintín que con Hergé: no me gustan ellos, pero me encanta lo que hacen. Y ya que hablamos de gustos, os confesaré cuáles son mis historias favoritas de Tintín: El asunto Tornasol, Siete bolas de cristal y El templo del sol, El secreto del Unicornio y El tesoro de Rackham el Rojo, Tintín en el Tibet, Las joyas de la Castafiore, Stock de coque (precioso título, por cierto), El cetro de Ottokar, La oreja rota, Tintín en el país del oro negro y –aunque fue un álbum no muy bien recibido por la crítica- Vuelo 714 para Sidney. Éste es mi top ten de la tintinidad. Nunca me gustaron Tintín en el país de los soviets (pura demagogia fascista), ni Tintín en el Congo y Tintín en América (demasiado infantiles). Pero sobre todo, detesto Tintín y los Pícaros, que es una descorazonadora traición al espíritu de la serie.
Por cierto, leí hace poco que los herederos de Hergé y Spielberg se habían puesto finalmente de acuerdo para llevar las aventuras de Tintín a la gran pantalla con personajes de carne y hueso. La verdad es que no sé qué pensar al respecto... Tintín y su mundo funcionan de maravilla en comic, pero no pueden ser trasladados tal cual al cine. A comienzos de los sesenta, se rodaron dos películas sobre el personaje en imagen real: Tintín y el misterio del Toisón de Oro (Francia/Bélgica, 1961) y Tintín y las naranjas azules (Francia/España, 1964). Ambos filmes son malísimos por muchas razones, pero una de las cosas que demuestran es que los personajes deben ser reformulados para su adaptación cinematográfica. ¿Qué hará el viejo Steven con Tintín? Ya veremos.
Por último, una pregunta que nos permitirá saber cuántos auténticos tintinófilos hay entre los merodeadores de Babel: ¿Hernández y Fernández son exactamente iguales?
Esto viene a cuento porque este año se celebra el centenario del nacimiento de Georges Remi, Hergé, el creador de Tintín. Pero, antes de nada, una confesión: soy un fan incondicional de los comics de Hergé, un tintinófilo extremo, un friki que no se deja tupé por mera imposición alopécica y que no usa pantalones bombachos porque aún conserva un mínimo de dignidad (y porque no hay dios que encuentre hoy en día un pantalón bombacho). Tengo, por supuesto, la colección completa de los álbumes de Tintín, incluyendo las distintas versiones de cada uno de ellos, y adquiero –aún más, leo- todo libro que trate sobre Hergé y su obra. Además, en mi casa hay diversos adornos relacionados con el universo Tintín. Dos pósters enmarcados: la portada de la primera versión de La isla negra y la portada de Siete bolas de cristal. Una reproducción del famoso cohete de Objetivo: la Luna. Cuatro carísimas y preciosas figuras de resina (una de ellas –Tintín con traje de astronauta- fue mi último regalo de Reyes). Una colección de pins con los personajes y, en fin, varios objetos más que reposan orgullosos sobre los estantes de las librerías de mi despacho.Todo comenzó cuando, a los ocho o nueve años de edad, ingresé en el colegio San Alberto Magno. Como no tardé en descubrir, entre el alumnado existía una mafia, o club selecto, de seguidores de Tintín. La cosa consistía en intercambiar álbumes del personaje, pero para poder intercambiar hacía falta poseer al menos un álbum no leído por los demás; si no lo tenías, no te prestaban los suyos ni aunque se lo suplicases de rodillas (malditos egoístas). Así que me picó la curiosidad y logré agenciarme uno de los títulos de la colección; en concreto, Las joyas de la Castafiore. De ese modo ingresé en el club y tuve acceso a la mayor parte de los álbumes. Lo que me convirtió en un adicto y me hizo descubrir que no me bastaba con leer una vez cada título, así que a partir de aquel momento conseguí que mis familiares me fueran regalando –por cumpleaños, santos, Reyes, etc.- los distintos álbumes hasta tener la colección completa. ¿Cuántas veces habré releído los comics de Tintín? No lo sé, docenas... Y lo seguí haciendo hasta bien entrada mi primera juventud, y aún ahora, de vez en cuando, y aunque me los sé de memoria, releo alguno de mis títulos favoritos. Como podéis ver, soy un fanático.
Así pues, no es el propósito de esta entrada hacer una crítica objetiva de los comics de Tintín; ¿cómo ser ecuánime con lo que uno ama? Lo más ponderado que puedo decir de Hergé es que era un extraordinario dibujante, un magnífico narrador, un excelente diseñador gráfico y que creó un mundo propio habitado por una estimulante y variada galería de personajes. Y eso no es muy ponderado que digamos, ¿verdad? Pero no, no es de Hergé de quien quiero hablar, sino de Georges Remi. No del dibujante, sino de la persona.
No conocí personalmente a Georges Remi. Casi lo único que sabía acerca de su vida privada era que existía un borrón en su pasado: tras la Segunda Guerra Mundial, fue acusado de haber colaborado con los nazis durante la ocupación de Bélgica. No obstante, el motivo de esa acusación era que Remi había seguido publicando sus comics (Tintín, claro) en una revista controlada por los alemanes. Y, hombre, no está bien, pero no es lo mismo eso que gasear a treinta mil judíos. Así que le perdoné, igual que le perdoné a Borges haber prestado su apoyo moral a los militares golpistas. Un desliz lo tiene cualquiera... más o menos.
Pero hace unos años se publicó en España Hergé, de Pierre Assouline (Ediciones Destino Áncora y Delfín, 1997), una tan abultada como documentada biografía del dibujante belga. Y, tras leerla, Georges Remi se me cayó a los pies. No se trataba sólo de que hubiese colaborado con una revista filo-nazi; era un ultraconservador que, antes y durante la guerra, coqueteó abiertamente –aunque nunca llegó a militar- con el fascismo, un católico preconciliar (y no me refiero al Vaticano II, sino a Trento) y un hombre de moral anticuada y estricta, que, como todos los hombres de moral anticuada y estricta, acabó traicionándose a sí mismo. Pero no era sólo eso, no eran sólo sus ideas políticas y éticas. La imagen que brota de las páginas del libro de Assouline (y no se trata de una obra contraria a Hergé, ni mucho menos) es la de un hombre autoritario, intolerante, ególatra y egoísta, un hombre atormentado por sus contradicciones y, al mismo tiempo, inflexible en sus creencias. Es decir, exactamente la clase de persona con la que no me iría ni a tomar una caña al bar de la esquina. Así era el creador de mi querido Tintín.
Reconozco que al principio esto me desconcertó. ¿Cómo podía admirar tanto la obra creativa de (en mi opinión) semejante impresentable? Es cierto que, con el tiempo, las ideas de Remi fueron evolucionando, algo que queda patente en su obra, sobre todo en Tintín en el Tibet y en Las joyas de la Castafiore, pero estoy seguro de que siguió siendo hasta su muerte el mismo hombre autoritario, maniático, ególatra y egoísta de siempre. ¿Cómo conciliar esa imagen con mis adorados comics de Tintín? Bueno, el dilema no duró mucho, porque a Remi no llegué a conocerle y ya jamás le conoceré, pero su obra permanece. Y es la obra creativa lo que importa; el autor sólo es el medio (¿o el médium?) de que se valen las musas para manifestarse. En realidad, el creador, su naturaleza como ser humano, sus defectos y virtudes personales, importan un carajo.

No obstante, voy a confesar algo que en principio parece un contrasentido: Tintín, el personaje, nunca me ha gustado. Demasiado bueno, demasiado blando, demasiado asexuado. En el fondo, no es de extrañar que no me guste, pues Tintín no es más que la proyección ideal de su autor, un eterno boy scout ejemplo de rectitud y buenas costumbres. Un plasta, vamos. Y sólo le perdono porque alguien que tiene tan buenos e interesantes amigos y enemigos no puede ser del todo insulso. En efecto, no me interesa Tintín, pero adoro a todos los coprotagonistas y secundarios que le acompañan. Comenzando, claro está, por el capitán Haddock, el más querido personaje para cualquier tintinófilo de pro, ejemplo de dipsomanía y maestro del insulto surrealista. Pero también Silvestre Tornasol, Milú, Hernández y Fernández, Bianca Castafiore, Néstor, o el malvado Rastapopulos, o el pesadísimo Serafín Latón...
En el fondo, me pasa lo mismo con Tintín que con Hergé: no me gustan ellos, pero me encanta lo que hacen. Y ya que hablamos de gustos, os confesaré cuáles son mis historias favoritas de Tintín: El asunto Tornasol, Siete bolas de cristal y El templo del sol, El secreto del Unicornio y El tesoro de Rackham el Rojo, Tintín en el Tibet, Las joyas de la Castafiore, Stock de coque (precioso título, por cierto), El cetro de Ottokar, La oreja rota, Tintín en el país del oro negro y –aunque fue un álbum no muy bien recibido por la crítica- Vuelo 714 para Sidney. Éste es mi top ten de la tintinidad. Nunca me gustaron Tintín en el país de los soviets (pura demagogia fascista), ni Tintín en el Congo y Tintín en América (demasiado infantiles). Pero sobre todo, detesto Tintín y los Pícaros, que es una descorazonadora traición al espíritu de la serie.
Por cierto, leí hace poco que los herederos de Hergé y Spielberg se habían puesto finalmente de acuerdo para llevar las aventuras de Tintín a la gran pantalla con personajes de carne y hueso. La verdad es que no sé qué pensar al respecto... Tintín y su mundo funcionan de maravilla en comic, pero no pueden ser trasladados tal cual al cine. A comienzos de los sesenta, se rodaron dos películas sobre el personaje en imagen real: Tintín y el misterio del Toisón de Oro (Francia/Bélgica, 1961) y Tintín y las naranjas azules (Francia/España, 1964). Ambos filmes son malísimos por muchas razones, pero una de las cosas que demuestran es que los personajes deben ser reformulados para su adaptación cinematográfica. ¿Qué hará el viejo Steven con Tintín? Ya veremos.
Por último, una pregunta que nos permitirá saber cuántos auténticos tintinófilos hay entre los merodeadores de Babel: ¿Hernández y Fernández son exactamente iguales?















