A veces me preguntan de dónde saco
las ideas para mis relatos. Y yo respondo que de todas partes. De lo que veo,
de lo que leo, de lo que me sucede, de lo que sueño, de lo que me cuentan... En
realidad, la pregunta debería ser otra: ¿Cómo y por qué entre tantas ideas
escoges una en concreto? Ojo: cuando digo “idea” no hablo de un argumento, sino
de algo mucho más pequeño, poco más que un tema. Pues bien, cada idea plantea
una pregunta diferente. Lo que hago es escoger la pregunta que en ese momento
más me interesa.
Por ejemplo, hace ocho años, tras
una de mis múltiples lecturas sobre mi leyenda favorita, la del Rey Arturo,
reflexioné acerca del tema general de la leyenda y llegué a la conclusión de
que trata sobre la barbarie y la civilización, y sobre la difusa frontera entre
una y otra. Entonces surgió la pregunta: Si
la sociedad se derrumbase y cayera en la barbarie, ¿qué harías: intentar
mantener la civilización o convertirte en un bárbaro? Lo que me fascinó de
esa pregunta es que no tiene una respuesta sino muchas, y que incluso las
respuestas más antagónicas se sostienen sobre argumentos razonables.
Mi forma de intentar responder (o no
encontrar respuesta) a esas preguntas consiste en escribir ficción, así que
ideé un argumento y me puse a darle al teclado. Al cabo de un par de semanas, paré,
revisé lo que había escrito y llegué a la conclusión de que aquello era malo,
malo, malo. Esa no era la respuesta, así que dejé de escribirlo.
Entonces ideé otro argumento. No me
limité a corregir lo anterior, hice algo muy distinto. Y al poco volví a
pararme, volví a releer y volví a mandar a la mierda lo que llevaba escrito.
Dejé pasar un tiempo para reposar las
ideas. Al cabo de unos dos años, más o menos, volví a retomar el proyecto, desarrollé
un nuevo argumento distinto a los otros dos, y entonces la cosa funcionó.
Escribí la mitad de la novela y tuve que parar para atender otros compromisos
editoriales. Finalmente, hace unos meses, la acabé.
Pues bien, ayer estaba revisando el
contenido de un pendrive y encontré un archivo sin título (sólo ponía “novela”).
Tras abrirlo, descubrí que era un texto de casi treinta páginas. Lo leí y me
quedé perplejo: lo había escrito yo, pero ni recordaba haberlo hecho ni tenía
la menor idea de lo que era. Finalmente caí: se trataba de la primera versión
de la novela. ¡Pero no me acordaba de nada!
Y eso no es normal. Veréis, aunque
planifico mis novelas antes de escribirlas, apenas tomo notas, porque lo guardo
todo en la cabeza. Para otras cosas tengo memoria de pez de colores, pero a la
hora de escribir soy una máquina. He sido capaz de escribir una novela corta a
lo largo de casi 20 años, recordando cada detalle del argumento. Pero ese texto
se había esfumado de mi cabeza; tanto que al releerlo no encontraba nada
familiar en él. Nada me sonaba. Era como si lo hubiera escrito otra persona. Y
debía de haberlo trabajado bastante, porque los personajes empleaban una jerga
inventada.
¿Por qué lo olvidé? Supongo que al
descubrir que lo que había escrito no valía, me cabreé. Demonios, a buen ritmo
(en mi caso) 30 páginas son más de una semana de trabajo tirada a la basura.
Así que mi rencoroso cerebro debió de mandar a la mierda aquel texto inútil, no
dejando ni rastro de él en la memoria.
El caso es que en el pendrive había
otro archivo sin nombre: la segunda versión de la novela. Sólo ocho páginas.
Que tampoco recordaba haber escrito; aunque había cosas que me sonaban.
Vagamente.
Es curioso eso de leer textos
propios como si fueran ajenos. Da un poco de grima. Aunque al menos me permitió
averiguar en qué me había equivocado las dos primeras veces. ¿Recordáis la
pregunta? Si se derrumba la sociedad, ¿intentas conservar la civilización o te
sumes en la barbarie?
La primera versión presentaba un
futuro en el que la sociedad se derrumbó hace tiempo y la gente ha vuelto a una
vida tribal y nómada. El problema es que en ese contexto no hay nada que
conservar; en todo caso, se trataría de refundar la civilización, no de
mantenerla. Y no era eso lo que yo quería hacer. Otro problema era que el texto
parecía una mezcla entre Mad Max y La naranja mecánica. Es decir, más visto
que el TBO (qué frase hecha más añeja, pardiez).
La segunda versión se desarrollaba
en un futuro cercano en el que una minoría de privilegiados vive en ciudades
fortificadas, mientras que el resto de la población malvive en medio de la
barbarie. De nuevo no hay civilización alguna que mantener, porque ya existe la
civilización, aunque en manos de pocos. Eso sería un escenario situado antes
del colapso definitivo. No me extraña que abandonara ese argumento tan rápido,
porque no respondía a ninguna pregunta.
La versión definitiva, ambientada en
un futuro más cercano todavía, se sitúa en el momento en que la sociedad se
colapsa definitivamente. Es justo ahí cuando la pregunta es pertinente, porque
es en ese preciso momento cuando se plantea la cuestión. Aunque descarté por
completo los dos primeros argumentos, tomé algunos elementos de ellos, pero apenas
unos cuantos detalles. Incluso en los errores siempre hay algo aprovechable.
Por si alguno se pregunta cuál es la
respuesta a la pregunta, no le responderé que tendrá que aguardar a leerlo en
la novela, porque como decía antes, no hay respuesta correcta. La historia está
protagonizada por tres hermanos; cada uno de ellos representa una respuesta
distinta. Que el lector decida.
¿Qué haría yo si la civilización se
colapsase? Pues nada, porque dudo mucho que formara parte de los
supervivientes.













