miércoles, enero 31

Permanezcan atentos a la pantalla


Queridos merodeadores de Babel: una serie de problemas pasajeros me impiden atender debidamente La Fraternidad de Babel . Supongo que antes de una semana podré retomar el pulso de este blog. Disculpad las molestias

miércoles, enero 24

Too much polis

¿Demasiada política en Babel? Es posible; a fin de cuentas, éste no es un blog político, pero los últimos acontecimientos me impulsaron a hablar de esa clase de temas. Aunque, eso sí, he hablado de política desde dos puntos de vista distintos. Por un lado, el ciudadano Mallorquí, un “jodido rojo”, daba su opinión personal e ideológica sobre ETA o el PP; por otro, el ex-publicitario Mallorquí opinaba técnicamente de la comunicación del PP. Lo curioso del asunto es que algunos visitantes de Babel consideraron insultante que me atreviera a juzgar la estrategia de comunicación de su partido, como si señalar el menor error en la derecha fuera una muestra de ofensivo sectarismo. Por lo visto, para muchos el PP es perfecto y cualquiera que lo ponga en duda un hereje. Qué cosas…

Bueno, voy a darles una satisfacción a estos indignados visitantes. Como sabéis, los jueces están considerando aplicar prisión atenuada a Juan Ignacio De Juana Chaos, ya que su vida corre peligro a causa de la huelga de hambre que mantiene desde hace un par de meses. Mariano Rajoy le ha pedido a los jueces que valoren “qué ocurriría en España si todos los presos de ETA siguiesen su ejemplo e hicieran huelga de hambre”. Creo que tiene razón. La salud y la vida de De Juana no están en peligro a causa de una desgraciada enfermedad, sino porque él ha decidido voluntariamente ponerlas en riesgo para presionar al estado. Y el estado no puede aceptar esa presión. Si De Juana la palma… en fin, es un asesino y así, suicidándose, conseguiría cumplir el sueño de todo asesino: morir matando. Aunque, bien pensado, el sueño de los etarras es en realidad vivir matando. A los gudaris vascos les va más el tiro en la nuca que el atentado suicida. El fanatismo no está reñido con la cobardía.

Me estoy yendo por las ramas. Comentábamos al principio si no había últimamente demasiada política en La Fraternidad de Babel. Quizá sí, de modo que, por el momento, sólo avanzaré un paso más en ese sendero con un post acerca de la estrategia de comunicación del PSOE. Luego, volveremos a la literatura, el cine, los comics… en fin, las cosas verdaderamente importantes.

Pero antes, una pregunta: ¿por qué la política genera tantas pasiones? Creo que sólo otra actividad humana es capaz de producir arrebatos semejantes: la religión. ¿Por qué?... Aventuraré una respuesta: porque tanto la política como la religión son actividades que nos definen, que nos hacen pertenecer a un grupo u otro, actividades que incorporamos a nuestro esquema mental y pasan a formar parte de nuestra naturaleza. Por eso, cuando alguien critica una ideología, en realidad está criticando a la persona que la practica; y por eso, cuando yo juzgaba algo en teoría tan aséptico como la estrategia de comunicación del PP, algunos visitantes de Babel lo tomaron como una ofensa personal. Somos lo que pensamos, somos lo que creemos. Por eso, las ideologías que producen mayor grado de fanatismo son aquellas que mezclan religión y política, como el nazismo, el comunismo o el yihadismo.

En fin, sólo es una opinión.

jueves, enero 18

Propaganda bélica

A veces, doy vueltas en torno a una idea sin siquiera darme cuenta de que esa idea está ahí. Eso me ha sucedido en el post “Efecto boomerang”: todo lo que decía en ese texto giraba alrededor de un concepto que no supe identificar y que, por tanto, no mencioné. De hecho, me he dado cuenta gracias a un comentario depositado por Manu en el blog. Manu, que también es publicitario, señalaba entre otras cosas que ciertas formas de comunicación persuasiva utilizan los mensajes negativos y ofrecía como ejemplo la propaganda bélica.

Y tiene razón. La propaganda bélica emplea usualmente mensajes negativos destinados a machacar la imagen del enemigo. De hecho, tengo la prueba en mi mismo despacho, de una de cuyas paredes cuelga la reproducción de un cartel de la Guerra Civil. En él se ve el dibujo de una especie de demonio alado sobrevolando una ciudad en ruinas. Tiene un brazo levantado en el saludo fascista y el otro con la garra formando una esvástica; sus pechos son bombas. En grande, un texto reza: EL ÁNGEL DE LA PAZ DE LOS FASCISTAS!, y debajo, más pequeño: “Las Juventudes Libertarias lo sabrán destruir”. A un primer vistazo, la imagen no puede ser más negativa.

Pero esto ya lo había contemplado en mi entrada. He aquí parte de lo que le he respondido a Manu: “Si repasas mi post, verás que hago una excepción: la publicidad orientada a corregir o dirigir conductas. En este caso son muy útiles los mensajes negativos, porque no hay ningún producto o servicio que vender. El ejemplo más claro son los anuncios de la Dirección General de Tráfico”.

Para corregir o dirigir conductas hacen falta mensajes muy potentes, muy primarios. Odio, amor, miedo, asco... Lo bueno del asunto es que ninguno de estos mensajes puede interferir en la “venta de producto” porque no hay tal producto. O, mejor dicho, el producto es el propio mensaje. No obstante, la propaganda bélica se sirve también de mensajes hiperpositivos, como el enaltecimiento de la patria, los valores autóctonos, el heroísmo o la inexorabilidad de la victoria. Es decir, una de cal y otra de arena.

Entonces, mientras reflexionaba acerca de esto, me he dado cuenta de algo: la comunicación del PP encaja como un guante... en las técnicas de propaganda bélica. Estas técnicas están orientadas, básicamente, a satanizar al enemigo y ganarse la inquebrantable fidelidad de los amigos. No hay nada que una tanto como un enemigo común, y cuanto más monstruoso sea ese enemigo, más férrea será la unidad de tus filas, así que lo primero que hay que hacer es crear una imagen grotescamente monstruosa del enemigo (recordad mi cartel de la Guerra Civil). El enemigo es amigo de los terroristas, el enemigo es desleal, el enemigo es traidor, el enemigo es inepto y torpe, el enemigo violará a tus hijas y se ciscará en los principios más sagrados. El propósito de todo esto, claro está, es que los tuyos sientan un odio irracional hacia el enemigo. Pero no sólo odio, también temor; no mucho, pero sí un poquito. El enemigo es tonto y torpe, pero también pérfido y taimado, así que debes estar vigilante.

Una vez unidas tus filas frente a un enemigo abyecto, hay que proporcionarles ideales por los que luchar. La integridad de la patria, el honor, la religión o la seguridad de lo tuyos, por ejemplo. Luego, hay que encumbrar héroes que sirvan de ejemplo, caudillos que abanderen la lucha. Entre tanto, hay que magnificar cualquier victoria sobre el enemigo y negar toda victoria del enemigo sobre ti. En el caso de que la victoria enemiga sea innegable, hay que atribuirla a la traición del rival, que siempre actúa de forma artera, cobarde y desleal. Dicen que en toda guerra la primera víctima es la verdad, así que la propaganda bélica puede permitirse el lujo de mentir todo lo que le venga en gana, porque “los adeptos” están dispuestos a tragarse cualquier cosa si encaja en sus esquemas mentales.

No creo que los populares se hayan propuesto conscientemente emplear técnicas de propaganda bélica. Lo que creo es que, para resolver los problemas planteados por la pérdida del poder, los populares optaron por una estrategia de comunicación muy próxima a la propaganda bélica. A problemas similares, soluciones similares, supongo.

Tras la inesperada pérdida del poder, los populares se encontraron con dos serios problemas. En primer lugar, su base electoral (no me refiero a sus incondicionales, sino a todos sus votantes naturales) estaba desconcertada y desmoralizada, y no sólo por haber perdido, sino también porque muchos de ellos no compartían ni entendían las últimas actuaciones del gobierno, y muy en particular el asunto de la guerra de Irak. En segundo lugar, el líder natural de la derecha, Aznar, se había retirado a un segundo plano, dejando en su lugar a un delfín, Rajoy, que todavía no estaba consolidado. Así pues, la derecha se encontraba desmotivada y sin liderazgo. Solución: cerrar filas. Se sataniza al enemigo, se le acosa sin descanso desde todos los frentes mediáticos posibles, se niegan las propias derrotas o se atribuyen a la cobarde traición del rival, se hace apropiación de determinados valores (integridad nacional, seguridad, religión...) y se forja un líder intachable.

Vistas así las cosas, la estrategia de comunicación del PP cobra sentido. Sin duda, el propósito de fidelizar a sus bases se ha cumplido con creces, aunque no tanto el proyecto de convertir a Rajoy en un líder sólido (pero creo que esto último se debe a motivos que exceden los límites de la comunicación persuasiva). El problema que plantea esta estrategia es que no se puede vender un producto mediante propaganda bélica. Por el efecto boomerang, porque sólo fidelizas a quienes de antemano eran fieles, porque igual que cierras tus filas, cierras al tiempo las filas del contrario y porque –y esto es en el fondo lo más importante- objetivamente no existe ninguna guerra, salvo para quienes quieran verla. Supongo, aunque a estas alturas ya no estoy seguro de nada, que conforme se aproximen las elecciones, el PP rebajará su “crispación bélica” y adoptará estrategias de comunicación más positivas. La cuestión es si no ha ido ya demasiado lejos. Por otra parte, también puede ser que no cambie y siga con más de lo mismo. Ya veremos.

En cualquier caso, la pregunta es: ¿qué efecto tendrá a medio plazo esa propaganda bélica sobre la gente? Y me refiero tanto a los convencidos de un lado como a los convencidos del otro, aunque debo reconocer que me inquieta particularmente pensar que en uno de esos bandos está aglutinada la extrema derecha. ¿Hasta dónde puede tensarse la cuerda?

martes, enero 16

Contra el olvido

"Si usted no cede le pondrán bombas y si no le ponen bombas es porque ha cedido".
Mariano Rajoy

El hombre que ayer dijo esto es el mismo hombre de los hilillos de plastilina del Prestige, el mismo hombre que promovió y voto entre risas satisfechas la participación de España en la guerra de Irak, el mismo hombre que mintió a los españoles sobre la autoría del atentando del 11-M. Pero sobre todo, es el mismo hombre que formaba parte de un gobierno que negoció con ETA –o con el Movimiento de Liberación Vasco, según el caudillo Aznar- haciendo, a diferencia de lo ocurrido en esta ocasión, concesiones penitenciarias previas.

Ignoro cómo pueden los fieles seguidores y votantes del PP conciliar tales contradicciones, pero seguro que lo harán. A fin de cuentas, la derecha de este país ha logrado convertir la doble moral en una forma de expresión artística. Sencillamente: contra el rojo, todo vale. De acuerdo, no voy a intentar convencerles. Pero a los otros, a quienes no votáis al PP, o votáis ocasionalmente a un partido u otro, o decidís absteneros cuando las cosas no son perfectas, sólo os pido algo: no olvidéis todo esto.

sábado, enero 13

Id por mí

Siempre he sentido profunda admiración y respeto por los emigrantes. ¿Os imagináis lo que supone abandonarlo todo, tu país, tu ciudad, tu casa, tus amigos, tus parientes, incluso tus propios hijos, para ir a buscarte la vida a un lugar extraño, de costumbres diferentes, donde no conoces a nadie? Hay que tener mucho valor y estar muy desesperado para hacer algo así. Esa gente merece todo nuestro respeto, toda nuestra ayuda y comprensión.

En ocasiones, viajo por España dando charlas en colegios e institutos sobre mis novelas juveniles, y en todos los centros que visito encuentro entre el alumnado rostros y acentos del Nuevo Mundo o de África. Y siempre dedico una parte de mi charla a ensalzar su valentía y la de sus padres, y a decirles que, al menos por mi parte, son bienvenidos. Es lo menos que puedo hacer y creo que es necesario hacerlo, porque somos una especie muy chunga, somos monos malos, simios cabrones, y muchas veces nos mueve la xenofobia o la simple crueldad de maltratar al más débil. Y les llamamos sudacas, o moros de mierda, o negratas, y les despreciamos, o les damos palizas con bates de béisbol, o sencillamente les ignoramos.

Hace poco, todos lo sabéis, unos valientes gudaris, auténticos héroes del oprimido pueblo vasco, añadieron una piedra más a la construcción de la gloriosa patria euskalduna asesinando a dos pobres emigrantes ecuatorianos...

Un momento, ¿qué estoy diciendo? ¿También yo me he vuelto condescendiente? No, nada de “dos pobres emigrante ecuatorianos”. Esos descerebrados etarras de mierda, esos hijos de puta con la mente roída por el RH negativo, esos cromañones adictos al más estúpido nacionalismo étnico, asesinaron cobardemente a dos seres humanos, a dos personas con nombres y apellidos. Diego Armando Estacio, de 19 años, y Carlos Alonso Palate, de 35. El hecho de que ambos fueran emigrantes ecuatorianos no hace más que añadir miseria a la miseria moral de los malditos gilipollas que segaron sus vidas.

Qué asco y qué rabia...

Hoy, a las seis de la tarde, en la plaza de Colón, hay convocada en Madrid una manifestación bajo el lema “Por la paz, la vida, la libertad y contra el terrorismo”. Como sabéis, el PP se niega a participar, igual que (¡oh sorpresa!) la AVT.

Por desgracia, a causa de problemas que no viene al caso citar, yo no podré asistir. Y lo lamento infinitamente, me siento avergonzado e impotente por no sumarme a esa marcha. Así que os pido un favor: id por mí. Participad en la manifestación de Madrid contra el terrorismo, o en la de Bilbao, o en cualquier otra de cualquier otro punto de España. Hacedlo por Diego Armando y Carlos Alonso, y por escupir a la cara de quienes los asesinaron.

Pero hay más motivos para manifestarse. En la escala de la infamia, el primer lugar lo ocupan, sin duda, los asesinos, los monstruos cuya única forma de expresión es la muerte, el miedo y el dolor. Pero la miseria moral puede expresarse de muchas maneras y a muchos niveles, y unos cuantos grados por debajo de los criminales están los mentirosos, los manipuladores, los aprovechados, los insensibles, los que lo supeditan todo a sus propios intereses partidistas. Manifestarse hoy también es escupir a la cara de esos miserables.

Así que, por favor, acudid por mí a las manifestaciones, honrad la memoria de Diego Armando y Carlos Alonso, y escupid a quienes causaron su muerte y a quienes se aprovechan de ella.

Gracias.

NOTA: En el anterior post he encontrado un mensaje de “Felipe”, alguien a quien no conozco o, al menos, creo no conocer. Pero he descubierto que tiene un blog llamado 192 muertos-192 mentiras. Es un blog ideológico y, si queréis, un poco panfletario. Pero no mentiroso y, desde luego, documentado. Vale la pena echarle un vistazo. Si pincháis AQUÍ, encontraréis en el blog de Felipe más razones para manifestarse hoy.

jueves, enero 11

Efecto boomerang

Durante muchos años, más de una década, he sido publicitario; primero copy (redactor) y después Director Creativo. Sé, por tanto, algo de publicidad -no mucho, pero sí un poquito-, y si fuera asesor del Partido Popular (cosa que afortunadamente no soy) les diría que se están equivocando. Toda su comunicación pública es negativa, todo lo que dicen una y otra vez está orientado hacia la catástrofe. España se rompe, el estado se ha puesto de rodillas ante el terrorismo, Zapatero es un traidor, todo lo que hace el gobierno es equivocado... España va mal, en resumen. El propósito del PP, claro está, no es otro que socavar al gobierno y ganar la próximas elecciones, lo cual, en un estado democrático, resulta del todo lícito (aunque con matices). Lícito, sí; pero equivocado.

Veréis, en publicidad existe algo llamado “efecto boomerang”, un principio muy sencillo que viene a decir: si todo lo que dices es negativo, los mensajes que lances se volverán contra ti y tu imagen será negativa. En realidad, este principio adverso -que conocen todos los publicitarios (por eso apenas hay anuncios negativos, salvo los de la DGT)-, se cimenta en uno de los mecanismos básicos de la publicidad: la asociación de ideas. Nuestra mente tiende a relacionar los sucesos que ocurren contigua y simultáneamente. Por ejemplo, si nos presentan a una persona en el momento en que flota un mal olor en el ambiente, inconscientemente relacionaremos a esa persona con el mal olor, aunque no tengan nada que ver. Aplicado a la publicidad, y siendo muy primarios, si mostramos una lata de Coca Cola junto a una tía buena en pelotas obtendremos el siguiente resultado: cuando un hombre vea una Coca Cola, pensará en sexo, y cuando piense en sexo evocará la Coca Cola. Todo lo cual, huelga decirlo, es buenísimo para Coca Cola Inc., aunque no tanto para las tías buenas.

Pero, ¿qué pasaría si junto a la Coca Cola, en vez de una maciza, pusiéramos un cadáver destripado? Pues que asociaríamos la chispa de la vida con la muerte, lo cual no es nada bueno a la hora de vender refrescos. Pues bien, precisamente eso es lo que está haciendo la derecha cada día: poner la PP-Cola al lado de una larga sucesión de cadáveres destripados. Ya, ya sé que lo que hacen los populares es dirigir esos mensajes terribles contra otros, contra el gobierno, contra el PSOE, pero da igual. Por una parte, el emisor de un mensaje siempre es más visible y concreto que el destinatario de dicho mensaje (el primero es activo y el segundo pasivo), y por otra, de lo que estamos hablando es de asociación, de sucesos que se producen contigua y simultáneamente, y lo que encontramos una y otra vez en los medios de comunicación es a los mismos personajes –Zaplana, Aznar, Rajoy, Acebes, etc.- lanzando agoreros mensajes apocalípticos con fúnebre cara de preocupación. Entonces se produce el efecto boomerang y relacionamos todos esos mensajes negativos con quienes machaconamente los están emitiendo. A fin de cuentas, ¿quién suele ser el primero en pagar las malas noticias? El mensajero.

Lo más gracioso del asunto es que no se trata de la primera vez que la derecha comete este error de comunicación. Durante las elecciones de 1977, Alianza Popular basó su campaña electoral en mensajes negativos: “Contra la corrupción, AP”, “Contra el terrorismo, AP”, “Contra la injusticia, AP”, etcétera. ¿Qué pasó? Que la gente asoció corrupción, terrorismo e injusticia con el emisor de los mensajes y AP se llevó una sonora bofetada electoral. Este ejemplo de efecto boomerang fue tan notorio que el publicitario Pedro Sempere le dedicó hace años un interesante ensayo donde se analizaban todos los errores cometidos.

Y es que (salvo en los casos en que se pretende corregir conductas) la “comunicación persuasiva” ha de ser siempre positiva. Un buen publicitario vende ilusiones, no admoniciones. Eso es algo que sabe muy bien José Luis Rodríguez Zapatero. Si hacéis memoria, recordaréis que alcanzó la secretaría general del PSOE porque, mientras los otros candidatos se lamían las heridas, él lanzaba un discurso eminentemente optimista. También lo sabe, por cierto, el señor Gallardón, que maneja como nadie el discurso positivo y optimista.

Aunque generar “efecto boomerang” es el principal error de comunicación del PP, no es el único. Cuando menos, se equivoca en otros dos aspectos. En primer lugar, sobreactua demasiado. Sus mensajes son excesivamente exagerados, desmedidamente apocalípticos, superando así la credulidad del receptor. Esto es una variante de lo que en publicidad se conoce como “overpromise”; es decir, una promesa comercial que exagera, sobrepasando la realidad, el beneficio de un producto o servicio. En este caso se trataría de una serie de mensajes que exageran más allá de lo real los perjuicios creado por el rival político. El problema es que cuando el “grupo objetivo” percibe overpromise en la comunicación, deja de hacer caso a esa comunicación, se impermeabiliza y los mensajes no calan en él.

El tercer error es mentir. La mentira es veneno para la comunicación persuasiva. “¿Cómo?”, exclamará más de uno; “¡la publicidad siempre miente!”. Eso no es cierto; la publicidad exagera, la publicidad embauca, pero no miente. Porque si mientes y te pillan, tu “marca” se devalúa, tus mensajes pierden credibilidad y tu inversión publicitaria se va al garete. Y a la marca PP la han pillado ya en demasiadas mentiras, es una fuente de opinión poco fiable (como ocurrió, en su momento, con los últimos gobiernos de Felipe González, por cierto).

En fin, afortunadamente no soy asesor del PP y, por tanto, no puedo advertirles acerca de estos elementales errores. Y, aunque lo fuese y les advirtiese, no me harían ni puñetero caso, de modo que da igual. Con su pan se lo coman. Ahora bien, estoy seguro de que en el PSOE son conscientes de todo lo que he dicho y lo están utilizando, de forma silenciosa, contra el PP. O si no, ¿por qué creéis que se le da tanta cancha a, por ejemplo, Jiménez Losantos? Porque Jiménez Losantos es la mejor anti-propaganda que puede hacérsele a la derecha.

Por último, me gustaría comentar algo. Cuando era publicitario y me entrevistaban, solían preguntarme si la publicidad no era algo intrínsicamente perverso. A fin de cuentas, se trata de manipulación, ¿no? Yo solía responder que, en todo caso, lo perverso será el sistema capitalista de mercado, pues la publicidad no es más que una herramienta de marketing a su servicio. Y añadía que la publicidad es, de todas las formas de comunicación persuasiva, la más honesta, porque no se esconde. Cuando vemos un anuncio, sabemos que es publicidad pagada por una empresa para convencernos de algo, porque los anuncios tienen formatos “de anuncio” y aparecen en bloques destinados a los anuncios, así que al contemplarlos sabemos lo que son y podemos emplear ante ellos todo el sentido crítico que queramos o podamos. Sin embargo, existen otras formas de comunicación persuasiva que actúan de forma camuflada. Por ejemplo, las relaciones públicas. Porque cuando vemos a un personaje famoso a quien admiramos con los pies enfundamos en unas Nike y, para emularle inconscientemente, nos compramos unas Nike, no nos paramos a pensar que a ese tipo la casa Nike le ha pagado un pastón por ponerse sus zapatillas con el logo bien visible. O cuando leemos en nuestro periódico habitual un interesante artículo loando las virtudes del bífidus activo, ignoramos que no se trata de información objetiva, sino de un anuncio camuflado pagado por Danone. Esa clase de comunicación persuasiva siempre me ha parecido muy deshonesta. Pues bien, lo que hace el PP, mal o bien, con más o menos escrúpulos, es publicidad pura y dura, porque sabemos quién es el emisor y a qué intereses representa. Pero lo que hace la AVT, amigos míos, es pura, simple y deshonesta publicidad encubierta.

martes, enero 9

Cordwainer Smith (2)

El verdadero nombre de Cordwainer Smith era Paul Myron Anthony Linebarger, nacido el 11 de julio de 1913 en Milwakee. Linebarger nunca se dedicó profesionalmente a la literatura, pues su principal dedicación era la política y el ejército. De hecho, fue militar, estratega, asesor presidencial y espía. Era experto en asuntos del Lejano Oriente, escribió un renombrado manual de guerra psicológica y al morir ostentaba el cargo de teniente coronel de inteligencia. Era, además, un convencido anticomunista y participó activamente en la Guerra Fría. Por todo ello, algunos críticos le dieron la espalda a su obra, tildándole –a él, al autor- de reaccionario.

Y a lo mejor lo era, no lo dudo, pero ese conservadurismo no se refleja en su literatura. Muy al contrario, los relatos de Smith cuentan la historia de una revolución contra el poder establecido, y el proceso de liberación de una etnia esclava, el subpueblo. De hecho, los relatos de Smith giran en torno a dos polos opuestos; por una parte está la Instrumentalidad, una tiranía “benévola” y atrozmente manipuladora, y por otra el subpueblo, una raza de esclavos compuesta por animales dotados de inteligencia y humanizados mediante ingeniería genética. Pese a su voluntaria ambigüedad, Smith toma partido por el subpueblo, como demuestra el hecho de que el personaje más humano y mejor perfilado de cuantos aparecen en Los señores de la Instrumentalidad es G’Mell, una mujer gato que jugará un papel decisivo en la liberación de su gente. De hecho, Smith tenía el propósito de prolongar su universo literario narrando el final de la Instrumentalidad y el advenimiento de algo llamado Los Señores del Atardecer, pero por desgracia la muerte le impidió llevar adelante el proyecto.

La obra de Smith resulta, en cualquier caso, demasiado compleja para intentar sintetizarla aquí, pues abarca aspectos religiosos, políticos, morales y, sobre todo, simbólicos; demasiados puntos de vista para estas breves líneas. Si nos centramos en los criterios literarios, creo que Smith fue un más que notable escritor dotado de un estilo muy personal, vagamente surrealista, intensamente simbólico y sugestivamente poético. Dicen que una de las más interesantes aportaciones de Smith fue incorporar técnicas orientales de escritura a sus relatos. Desconozco por completo la literatura oriental, así que no puedo decir nada al respecto, salvo recomendar a quienes estén interesados en Smith y su obra el excelente ensayo que le dedicó Pablo Capanna: El señor de la tarde. Conjeturas sobre Cordwainer Smith (Editorial Sudamericana, 1984).

Conozco a muchos lectores habituales de ciencia ficción que no les gusta la obra de Cordwainer Smith (entre ellos mi buen amigo Julián Díez; nadie es perfecto). Por un lado, sus relatos se apartan radicalmente del modelo tradicional del género. No hay vueltas de tuerca, ni asombrosas especulaciones científico-tecnológicas, ni, si vamos a eso, mucho argumento. Por otro lado, la materia base de su ficción es demasiado exótica incluso para quienes más familiarizados están con el exotismo. ¿Qué sucede entonces cuando un lector no acostumbrado al fantástico se enfrenta a la obra de Smith? No tengo ni idea, porque jamás he hecho la prueba. En el fondo, supongo que le sucederá lo mismo que a un adicto al género: o queda fascinado o sale huyendo. Smith no provoca respuestas tibias.

Lo cual nos conduce a mi pequeño experimento. Volví a leer Alpha Ralpha Boulevard y, como esperaba, la extraña sensación que experimenté hace treinta y tantos años no se repitió. Sobre todo, porque ahora conozco el conjunto de la obra de Smith, y muchos de los elementos del relato que, en su momento, me parecieron desconcertantes, ahora puedo encajarlos en una estructura más amplia y coherente. No obstante, hay que reconocer que Alpha Ralpha Boulevard es un cuento condenadamente raro, quizá el más extraño de todos los escritos por Smith. Básicamente, se trata de una trágica historia de amor, pero el alcance del relato es más amplio y su tono va cambiando progresivamente, deslizándose de lo ligero y festivo hacia lo abiertamente inquietante. El comienzo de la historia resulta casi humorístico: en un futuro inconcebiblemente lejano, tras algo llamado El Redescubrimiento del Hombre –que básicamente consiste en resucitar las culturas antiguas-, un hombre –Pablo- y una mujer –Virginia- se conocen tras ser “programados” para convertirse en franceses. Una idea absurda y juguetona que se vuelve vagamente inquietante cuando descubrimos que también se les ha programado para amarse con locura. Virginia desea averiguar cuál es el futuro de su amor, así que le pide a Pablo que visite con ella el Abba-dingo, un ordenador meteorológico defectuoso, situado al final del Alpha Ralpha Boulevard, que realiza oráculos absurdos. El relato pasa entonces a describir el peregrinaje de la pareja mientras, acompañados por un siniestro e impredecible personaje llamado Macht, remontan una rampa olvidada y ruinosa en dirección a la cúspide de Terrapuerto. Este periplo está jalonado por una serie de encuentros e incidentes aparentemente surrealistas, así como por una sucesión de símbolos oscuros que aportan al relato un tono progresivamente inquietante. Finalmente, llegan al Abba-dingo y cada uno de ellos recibe una profecía. La de Virginia dice: “Amarás a Pablo toda la vida”. La de Pablo reza: “Amarás a Virginia veintiún minutos más”. Por último, tras iniciar el camino de regreso en medio de un dantesco huracán, las profecías se cumplen.

Alpha Ralpha Boulevard comienza como una broma, se desarrolla en un tono gradualmente onírico y acaba convirtiéndose en una sutil pesadilla. Algunos visitantes de Babel han comentado su tono surrealista, comparándolo incluso a “leer” un cuadro de Dalí, pero no se trata sólo de surrealismo, porque lo que cuenta Smith es coherente, tiene significado, aunque no sepamos interpretarlo. Y eso nos inquieta, igual que nos inquietan los cambios de tono que se van produciendo en la narración, o la psicología de los personajes, que actúan siguiendo pautas sutilmente distintas a las nuestras. Y luego está la profecía del Abba-dingo; creo que son las dos líneas de texto más turbadoras que he leído jamás. En resumen, ¿qué hace de Alpha Ralpha Boulevard un relato tan perturbador? La extrañeza en estado puro.

Conforme iba escribiendo este texto, me he reafirmado en la idea de que resulta imposible analizar, o tan siquiera describir, el universo literario de Smith en estos post. Es demasiado sofisticado y complejo. En realidad, Smith escribió una única historia dividida en fragmentos; es decir, en una serie de relatos interconectados que nos aportan pistas para comprender el mundo de la Instrumentalidad, pero que nunca ofrecen una explicación definitiva. Son relatos abiertos, ambiguos muchas veces, oscuros siempre. Y no basta con leer unos cuantos para entender el sentido de la obra; hay que leerlos todos y, aún así, sólo llegaremos a percibir una débil imagen del conjunto. Por otro lado, y ésta es una de las características de la gran literatura, son relatos a los que podemos volver una y otra vez, pues en cada relectura encontraremos nuevos matices e inesperadas implicaciones. En este sentido, la obra de Smith es un calidoscopio.

No obstante, aún aceptando la sofisticación de la obra de Smith y su calidad literaria, podemos –debemos- preguntarnos: ¿es relevante? ¿Todo ese universo tan extraño y complejo no será en el fondo un artificio vacío que nada tiene que ver con nuestra realidad e intereses? En el prólogo de su libro Space Lords, Cordwainer Smith respondió a esta cuestión de la siguiente manera:

“Esto es ciencia ficción, por supuesto. Pero viene de tu propio tiempo, de tu propio mundo, incluso de tu propia mente.
Todo lo que yo hago es manejar los símbolos.
La magia y la belleza vendrán de tu propio pasado, lector, de tu presente, de tus esperanzas y de tus experiencias.
Esto que lees puede parecerte extraño, pero en realidad está tan cerca de ti como tus propios dedos”.

domingo, diciembre 31

2007

Faltan dos horas y media para que el 2007 se estrene en nuestros calendarios y dentro de poco me iré a cenar con mi familia, pero aún tengo tiempo para pedirle algo al gran dios cuántico del azar:
Que se cumplan todos vuestros deseos y que siempre tengáis un deseo que cumplir.
¡FELIZ AÑO NUEVO!

sábado, diciembre 30

Maldito año viejo

Cualquiera que, como yo, ame el juego, sabe que las rachas de suerte existen. No le encuentro explicación, ignoro qué extrañas fuerzas las provocan, pero son reales. De hecho, creo que la suerte, el azar, es lo más parecido a lo sobrenatural que hay en este universo. Por ejemplo, el póquer; hay veces que sabes que vas a ganar siempre. Y ganas. Mano tras mano, las cartas fluyen a tu favor, como si la más poderosa e ignota fuerza del universo estuviese de tu lado. En otras ocasiones, notas que vas a perder hagas lo que hagas. Ya puedes tener una escalera de color, da igual; si el destino ha decidido que pierdes, perderás. Porque las rachas de suerte existen y somos juguetes en sus manos.

Pues bien, este año, desde la primavera, soy víctima de una siniestra racha de mala suerte. Y no es algo que me afecte sólo a mí, sino que también influye en la gente que me rodea. A decir verdad, parece afectar al mundo entero. No vale la pena que os cuente mis problemas, pero sí me gustaría comentar lo asquerosamente desagradable que ha sido este día. Hoy, al despertarme y conectar la radio, me he encontrado con dos noticias terribles: la ejecución de Sadam Husein y la bomba de ETA en Barajas.

Sadam fue un tirano y un genocida, un hijo de puta que merecía padecer todo el peso de la ley, pero no la muerte. Nadie la merece, ni siquiera un ser tan abyecto como Sadam. En mi código moral, la vida humana es sagrada y no hay mayor crimen que atentar contra ella. Y de entre todos los crímenes posibles, el más execrable es la pena de muerte, porque es un asesinato que se comete en nombre de la ley y de la civilización, y que, al llevarse a cabo, denigra la justicia y mancha de barbarie lo poco que tenemos de civilizados. Además, ¿de qué valdrá la muerte de Sadam? ¿Servirá para que los republicanos recuperen el apoyo de los fanáticos integristas cristianos yanquis, que estaban muy cabreados, no por la guerra, sino por no ganarla? Puede ser, pero también valdrá para que mueran más inocentes, víctimas del principio de acción-reacción. Además, si Sadam merecía la muerte por ser un genocida, ¿qué se merecen los líderes mundiales que apoyaron y promovieron en las Azores la segunda guerra de Irak, causando así la muerte y el dolor de cientos de miles de hombres, mujeres y niños? En fin, es inútil plantearse esto, porque nadie los va a juzgar jamás.

En cuanto a la bomba de ETA, ¿qué puedo deciros que no se haya dicho ya? Aunque mientras escribo esto todavía no se ha confirmado, es muy posible que dos personas, dos humildes emigrantes ecuatorianos, hayan muerto a causa de la profunda estupidez de un grupo de tarados con la mente –si es que a eso que tienen en el cráneo puede llamársele mente- envenenada por unas ideas tan pueriles y pequeñas que moverían a la risa, de no ser porque la brutalidad que generan nos desliza hacia el llanto. ¿Así es la patria que desean, así es la raza a la que dicen pertenecer? A veces pienso que al País Vasco le sobra una uve.

Bueno, amigos míos, hoy pensaba escribir y colgar aquí la segunda parte del post dedicado a Cordwainer Smith, pero no me apetece. Lo dejaremos para después de Nochevieja. Hay años malditos; éste es uno de ellos. Por fortuna, ya falta poco para que termine.

miércoles, diciembre 27

El regalo (relato navideño)


Queridos amigos, aquí tenéis mi regalo de Navidad. Se trata de un relato escrito para, por y durante estas fechas, exclusivamente dedicado a los merodeadores de Babel. Espero que no os disguste demasiado. Felices fiestas.


Le echaron del último bar a las nueve y media de la noche. Vamos a cerrar, dijo el camarero. ¿Puedo tomar otro antes de irme?, preguntó Emilio, apurando de un trago los restos de su gin tonic. El camarero negó con la cabeza. Es tarde, dijo; me esperan en casa, compréndalo. Emilio pagó la consumición, se puso el abrigo y se dirigió a la salida. El camarero se despidió de él deseándole felices fiestas. Emilio no respondió.
La noche le saludó con una caricia helada. Introdujo las manos en los bolsillos del abrigo y miró a izquierda y derecha; decenas de guirnaldas tejían un dosel de luz sobre la avenida, pero los establecimientos públicos permanecían cerrados y oscuros. Había poco tráfico y los escasos peatones que recorrían las aceras lo hacían con prisa y cierto aire avergonzado, como si estar en la calle esa noche resultara de algún modo sospechoso. Es lo que tiene la Nochebuena, pensó Emilio: toque de queda.
Encendió un cigarrillo y echó a andar sin rumbo fijo, huyendo sin darse cuenta de la iluminación navideña y adentrándose en el oscuro anonimato del dédalo de callejuelas que se extendía más allá de la avenida. No quería volver a su casa; allí no sólo no le esperaba nadie, sino que ni siquiera se había molestado en preparar una cena. Y, lo que aún era peor, no tenía ginebra, ni tónica, ni hielo, ni limón. Ni un vaso limpio, si vamos a eso. No es que Emilio fuera un alcohólico, ni mucho menos; en la bebida buscaba el sabor, y puede que también el rito, no el aturdimiento. Nunca bebía antes de la puesta de sol y jamás tomaba más de tres copas. Pero aquella noche sólo llevaba dos, y la última había sido un gin tonic tristemente elaborado, en vaso largo, la tónica caliente y un par de hielos que se derritieron nada más zambullirse en el combinado. Un asco. Mientras caminaba dando taciturnas caladas al cigarrillo, Emilio reflexionó sobre el gin tonic perfecto. En copa grande, escarchada, aromatizada en el filo con limón; tres cubos de hielo a veinte grados bajo cero, ginebra Sapphire, tónica Schweppes y una corteza de limón flotando entre las burbujas.
Dos cigarrillos más tarde, tras adentrarse en una calle estrecha, solitaria y mal iluminada, poco después de que la campana de una lejana iglesia sonaran diez veces, Emilio lo vio. Allí estaba, las luces encendidas distinguiéndose a través de los cristales esmerilados de la puerta, con un letrero de neón encima del dintel dibujando en la oscuridad dos palabras de luz violeta: Pub Erebus. Un bar abierto, un inesperado oasis en el desierto de la Nochebuena.
Emilio cruzó la calle y entró en el local. Lo primero que percibió fue la música, no un villancico, no aburridas melodías ambientales, no el último cantante hortera surgido de la televisión. Música de órgano, quizá una fuga de Bach, quizá no. Simultáneamente notó el olor, un penetrante aroma a incienso que durante un instante le hizo recordar las misas del gallo de su infancia. Finalmente, al cruzar una cortina de terciopelo escarlata, vio el interior del local, un pub inglés con madera por todas parte, butacas con almohadones, mesas bajas, grabados en las paredes y suelo ajedrezado. El bar estaba desierto, salvo por el barman que, vestido con un smoking negro, permanecía tras la barra con los brazos cruzados a la espalda, el pelo brillante de fijador y una tenue sonrisa en los labios.
¿Un camarero de smoking?... Emilio se preguntó dónde se había metido y, durante un instante, consideró la posibilidad de irse, pero sabía que no iba a encontrar otro local abierto, de modo que se quitó el abrigo y tomó asiento en uno de los taburetes que se alineaban frente a la barra.
—Buenas noches, señor Atienza –le saludó el barman con una templada voz de barítono.
Emilio alzó una ceja.
—¿Nos conocemos? –preguntó.
—Por supuesto, señor –respondió el camarero-; le estaba esperando. De hecho, he abierto el establecimiento exclusivamente para usted.
Emilio le contempló con el ceño fruncido. No conocía de nada a aquel hombre, aunque... sí, había algo vagamente familiar en él.
—¿Quién es usted?
La sonrisa del camarero se amplió.
—Ya lo sabe, señor Atienza, aunque quizá le cueste reconocerlo. Dígame, ¿a qué huele?
—A incienso.
—¿Y por debajo del incienso? ¿No percibe otro olor?
Emilio alzó un poco la cabeza e inspiró por la nariz. En efecto, más allá del dulzón aroma del incienso flotaba un olor áspero e irritante. Olía levemente a azufre. Entonces recordó el nombre del establecimiento, Erebus, la puerta del infierno, y supo con entera certeza quién, por increíble que pareciese, era aquel extraño camarero vestido de smoking. Lo único que le sorprendió fue no sorprenderse.
—¿Es usted el diablo? –dijo, más en tono afirmativo que de pregunta.
El camarero hizo una apenas insinuada reverencia.
—Ése es uno de los nombres por los que se me conoce, pero tengo muchos. El Maligno, Luzbel, Satanás, el Príncipe de las Tinieblas, el Enemigo, Astaroth... Aunque, personalmente, prefiero considerarme la Oposición.
Emilio alzó las cejas.
—Entonces, ¿he muerto y estoy en el infierno? –preguntó.
El camarero rió suavemente.
—No, señor Atienza, usted sigue vivo y esto no es el infierno, sino una pequeña sucursal.
—Que usted ha abierto exclusivamente para mí, ¿no?
—Así es, señor.
—¿Por qué? ¿Quiere comprarme el alma o algo así?
El camarero volvió a reír.
—No, no, no, de ninguna manera –dijo-. Hace mucho que no compramos almas; de hecho, mi empresa tiene tantos clientes que ya no sabemos dónde meterlos. Además, hoy es el cumpleaños de mi rival y en estas fechas solemos cerrar para dar descanso al personal.
—¿Quiere decir que en Navidad no hay mal en el mundo? –preguntó Emilio con escepticismo.
—Yo no he dicho eso, señor. Los seres humanos no necesitan mi ayuda para hacer el mal. –Se inclinó hacia Emilio y añadió en tono confidencial-: A decir verdad, creo que si yo me retirase las cosas seguirían exactamente igual. O quizá peor, pues al menos yo introduzco cierto orden en el caos.
Emilio dejó escapar un suspiro.
—Disculpe, pero no lo entiendo -dijo-; si no estoy muerto, ni le interesa mi alma, y además es su día de descanso, ¿qué quiere de mí?
—La pregunta no es ésa, señor Atienza –replicó el camarero-. En realidad, la cuestión es qué desea usted de mí. –Unió las manos y entrecruzó los dedos, como un catedrático a punto de dictar una lección magistral-. Permítame explicárselo –prosiguió-. Como he señalado antes, hoy es el cumpleaños de mi rival. Por otro lado, el hecho de que seamos adversarios no significa renunciar a la cortesía, de modo que cada año, al llegar esta noche, le hago un regalo. El problema es que mi oponente es tan... magnánimo, tan desprendido, que no quiere nada para él, así que el único modo de agradarle es ayudar a una de sus criaturas. Por eso, cada vez que llega esta noche elijo a una persona, la más desgraciada de entre toda la humanidad, y le concedo un deseo.
Sobrevino un silencio.
—¿Y hoy me ha elegido a mí? –preguntó Emilio en tono neutro.
—Así es, señor.
—Yo no soy la persona más desgraciada del mundo.
El camarero se encogió de hombros.
—Quizá no –repuso-, aunque deberá reconocer que tiene muchos motivos para serlo. Permítame refrescarle la memoria. Hace tres años y medio, su mujer le abandonó para irse con quien usted consideraba su mejor amigo.
—Y lo era –replicó Emilio-; me hizo el gran favor de llevarse a esa bruja.
—Vamos, señor Atienza, no es necesario fingir; aquello le partió el corazón. Luego, un año más tarde, le despidieron de su trabajo y no ha vuelto a encontrar otro.
—Tampoco lo busco.
—Ahora no, pero durante un tiempo lo intentó en vano. Y ahora el dinero que tenía ahorrado se está acabando, así que no podrá pagar la hipoteca, perderá la casa y se verá en la calle. Sus padres murieron hace años, su único hermano no le dirige la palabra, carece de amigos... Permítame exponerlo con crudeza, señor Atienza: está usted completamente solo, nadie va a ayudarle.
Emilio contuvo el aliento y luego lo exhaló lentamente.
—Sigo pensando –dijo- que no soy el hombre más desgraciado del mundo. Seguro que hay por ahí un montón de negros, o palestinos, o lo que puñetas sea, que están más jodidos que yo.
—Por supuesto, señor; así es. Pero ninguno está tan vacío. A ellos les queda la fe, por irracional que sea, o la engañosa esperanza de que las cosas van a cambiar, o el amor, o el odio... Pero usted no tiene nada dentro, ninguna emoción, ningún sentimiento. Está vacío, y eso es terrible. Por eso le he elegido.
Emilio se frotó los ojos con el índice y el pulgar.
—Y va a concederme un deseo –dijo en voz baja.
—Así es, lo que usted quiera.
—A cambio de nada.
—Es un regalo, ya se lo he dicho.
—¿Y no tiene trampa? ¿No será uno de esos pactos diabólicos que luego resultan un desastre?
—Es que no hay ningún pacto, señor. Usted me pide algo, yo se lo concedo y lo que suceda después no tendrá nada que ver conmigo. –El camarero dudó un instante e hizo un gesto de aquiescencia-. Aunque sí, hay una pequeña trampa, por llamarlo así. Verá, usted puede pedir un deseo altruista, la paz en el mundo o el fin del hambre, por ejemplo, o solicitar un deseo egoísta, como dinero, poder o la vida eterna. Si escoge lo primero, demostrará ser una buena persona, y si elige lo segundo..., bueno, sólo habrá descendido un escalón más hacia la perdición de su alma. Reconozco que siento curiosidad por conocer su elección.
Emilio se llevó un cigarrillo a los labios, pero antes de encenderlo preguntó:
—¿Puedo pedir cualquier cosa?
—Lo que se le antoje. De todas formas, y como muestra de buena voluntad, voy a permitirme ayudarle un poco. Dentro de dieciocho meses, desarrollará usted un tumor maligno que acabará matándole. Si su deseo consistiera en una cura definitiva del cáncer, no sólo se libraría de esa muerte, sino que se haría rico con la patente, salvaría multitud de vidas y sería aclamado como un héroe por sus semejantes. Como ve, esa alternativa cubre la mayor parte de las expectativas posibles. Aunque sólo es una sugerencia, por supuesto.
Emilio encendió el cigarrillo, perdió la mirada y fumó pausadamente mientras reflexionaba. Un par de minutos más tarde, alzó la cabeza y se quedó mirando fijamente al camarero.
—¿Ya lo ha decidido? –preguntó éste.
—Sí.
—Muy bien, señor. ¿Qué desea?
Emilio dio una calada y respondió:
—Un gin tonic.
El camarero esbozó una leve sonrisa.
—¿Con corteza de lima o de limón verde?
—De limón, por supuesto.
—Enseguida, señor –repuso el Príncipe de las Tinieblas.
Y comenzó a preparar el combinado.

viernes, diciembre 22

Yule

Hoy a las 00:22 hora solar ha tenido lugar el momento del solsticio de invierno. Esta noche es la más larga del año. El solsticio de invierno ha venido celebrándose desde el neolítico; y lo seguimos haciendo, aunque ahora lo llamamos Navidad. Por tanto, la del solsticio es la fiesta más antigua de la humanidad, y por eso me gusta, porque me hace sentir imbricado en algo muy remoto. Si queréis saber algo más sobre lo que pienso del solsticio, os sugiero que le echéis un vistazo a lo que decía hace un año en este mismo blog. Los celtas, una cultura que me fascina (algún día os explicaré por qué), llamaban a esta festividad Yule. De modo que, amigos míos, os deseo de todo corazón que paséis unas maravillosas y felices fiestas de Yule. En cuanto a las chicas que frecuentáis La Fraternidad de Babel atraídas por mi viril y magnética personalidad de galán maduro, quiero recordaros que una de las antiquísimas costumbres del solsticio consiste en colgar sobre la puerta de entrada una rama de muérdago y besar a la persona (del sexo opuesto) que pase bajo ella. Pues bien, ¿sabéis qué planta aparece en la fotografía que acompaña a este post? Viscum album, muérdago. Así que ya sabéis: un beso (con lengua) para todas.

Feliz solsticio, amigos :)

lunes, diciembre 18

Cordwainer Smith (1)

Como amenazaba en una entrada anterior, tengo el propósito de exponer aquí mi particular canon de la ciencia ficción; es decir, qué libros y autores considero básicos para adentrarse en el género. Me apresuro a aclarar que lo voy a hacer desde mi único y exclusivo punto de vista, escogiendo no lo bueno, sino lo que me gusta, lo cual significa que dejaré fuera a autores excelentes por la sencilla razón de que no son de mi agrado. Por ejemplo, no hablaré de Ursula K. Le Guin, pese a ser una magnífica escritora, porque me aburre profundamente. Nadie es perfecto, ni siquiera moi. Tampoco hablaré de aquellas obras y autores que todo el mundo conoce; por tanto, no diremos nada de Huxley, Orwell o Burgess.

De entrada, comenzaré por los “autores canónicos”, no por las obras. Esto significa que hablaré primero de aquellos autores cuya producción literaria posee en general un sensible peso específico, dejando para más adelante a los autores que, como Dan Simmons y su Hyperion, sólo cuentan con una novela magistral. De modo que, sin más dilaciones, adelantaré ahora mi personal lista de autores magistrales de ciencia ficción. Ésta es:

Ray Bradbury, Alfred Bester, Clifford D. Simak, Theodore Sturgeon, Philip K. Dick, J. G. Ballard, Robert Sheckley, Fredric Brown, Cordwainer Smith, Roger Zelazny, Thomas M. Disch, Robert Silverberg, Christopher Priest, Ian Watson y William Gibson.

Como veréis, todos son anglosajones; pero es que la ciencia ficción, hasta hace muy poco, era básicamente anglosajona. Cierto es que podría haber incluido, por ejemplo, al polaco Stanislaw Lem, pero es que Lem no es santo de mi devoción, qué le vamos a hacer. También es posible que me haya dejado a alguno en el tintero (¿o debería decir en el cartucho de toner?); no hay que preocuparse, ya aparecerá. Ojo: esta lista es sólo de autores, no de obras, así que faltan nombres como, por ejemplo, Walter M. Miller o Daniel Keyes, de quienes sólo conozco una obra –eso sí, magistral- por cabeza. De ellos hablaremos más adelante.

Bueno, vamos a comenzar esto realizando un pequeño, aunque interesante, experimento; luego os lo explicaré. El primer autor elegido es Cordwainer Smith, un escritor norteamericano que, si no sois aficionados a la cf (ciencia ficción), jamás habréis oído mencionar. Y si sois aficionados, lo más probable es que nunca le hayáis leído. Sin embargo se trata, en mi opinión, de uno de los genios de la literatura del siglo XX. Hace unos años publiqué en la revista Gigamesh un artículo (que podéis leer completo si pincháis AQUÍ) pomposamente llamado “Anteproyecto para un canon de la ciencia ficción”. Una parte del texto estaba dedicada a Smith. La reproduzco tal cual:

"Cordwainer Smith, Los Señores de la Instrumentalidad. Paul Myron Anthony Linebarger, que es como realmente se llamaba Smith, ha sido una de las figuras más atípicas de la cf. Publicó en el seno del fandom, pero jamás formó parte de él. Nunca gozó de la fama de un Asimov o un Clarke, ni del prestigio de un Ballard o un Bradbury, y sin embargo su obra es una de las más complejas, hermosas y fascinantes que ha dado el género. Actualmente, no son muchos los aficionados a la cf que conozcan y aprecien sus relatos, pero su influencia es patente en muchos escritores, algunos tan meritorios como Gene Wolfe, cuyo Libro del Sol Nuevo guarda una estrecha relación con la obra de Smith.
La práctica totalidad de las historias de Cordwainer Smith se desarrolla en un universo coherente y homogéneo, lo que permite afirmar que el autor escribió eso que suele llamarse una «Historia del Futuro». Sin embargo, no se trata de una creación milimétricamente trazada, con mapas y esquemas, procurando rellenar huecos, al estilo de tantos otros autores. Muy al contrario, los relatos de Smith sólo muestran retazos de un universo más grande, fragmentos de una civilización inconcebiblemente vasta y compleja, y todo ello, además, a lo largo de varios milenios. Sin embargo, al leerlos, uno tiene la impresión de que lo que el autor se calla afecta de forma determinante a lo que cuenta, como si hubiera una estructura invisible que el lector sólo puede intuir.
Hay un curioso rasgo de estilo en Smith. Normalmente, los relatos ambientados en el mañana se cuentan como si fueran el presente de un futuro más o menos lejano. Smith, por el contrario, describe el futuro remoto como si fueran historias de un pasado inusitadamente distante, muchas veces legendario. Y esto no deja de ser lógico: se trata de una Historia del Futuro, y la Historia siempre se ha escrito desde el presente, mirando hacia el pasado.
Con frecuencia se ha acusado a Smith de ambigüedad (incluso de fascismo). ¿Quiénes son los Señores de la Instrumentalidad? A veces actúan de forma positiva, son héroes; pero en ocasiones se muestran maquiavélicos y odiosos, son malvados. Sea como fuere, siempre son manipuladores. Y, en cuanto a la Instrumentalidad, ¿qué es? ¿Una aristocracia? ¿O una tecnocracia, como su nombre da a entender? ¿O quizá una teocracia? Desde luego, no es una democracia. Smith era ambiguo, en efecto: exponía los hechos, esbozaba sutiles problemas morales, pero nunca tomaba partido, jamás juzgaba los actos de sus personajes. Esa tarea se la dejaba al lector.
Los Señores de la Instrumentalidad es un inmenso fresco, voluntariamente incompleto, que narra los próximos quince milenios de la historia de la humanidad. Pero a Smith le interesaba muy poco describir con minuciosidad de notario esa sociedad futura, o su tecnología, o su sistema político. Lo que pretendía, y consiguió, fue transmitirnos el «sabor» del futuro, su textura, la exótica psicología de quienes nos sucederán en el tiempo. Ése ha sido quizá su mayor logro literario: convertir la extrañeza en arte. Se pueden leer una y mil veces los relatos de Smith, y cuanto más se lean, más consciente seremos de que hay algo que se nos escapa, de que tras ese universo existe una lógica, un sentido, que jamás podremos comprender del todo, igual que a un cromañón le resultaría imposible entendernos a nosotros y a nuestra cultura del siglo XXI.
Sin embargo, pese a la decidida extrañeza de sus relatos, el lector presiente que cuentan algo que nos concierne a todos, pues en el fondo hablan de ética, de lo que significa ser humano, del sentido de nuestra cultura, de religión, del precio que hay que pagar por la libertad...
Creo sinceramente que ningún escritor, en la historia de la literatura occidental, ha llegado más lejos que Smith. Puede que otros hayan abierto caminos más perfectos, veredas más hermosas, pero estoy seguro de que nadie ha estado jamás en un lugar tan distante, extraño, otoñal y poético como es el universo creado por Cordwainer Smith. Ése es su billete de entrada al canon
".

Reconozco que cuando leí por primera vez algunos de sus relatos, no me gustaron. Yo era muy joven y se trataba de historias diametralmente diferentes a la cf que solía frecuentar por aquellos tiempos. Si mal no recuerdo, los primeros relatos de Smith que me llamaron la atención fueron La balada de G-Mell y Alpha Ralpha Boulevard. Sobre todo este último, ya hablaremos largo y tendido de él. La obra de Smith, sin nombre, pero generalmente conocida como The Instrumentality of Mankind, está compuesta por aproximadamente treinta relatos y una novela. De entrada, llaman la atención los poéticos, extraños y evocadores títulos de las historias. He aquí algunos ejemplos: Piensa azul, cuenta hasta dos, La dama muerta de Clown Town, El crimen y la gloria del comandante Suzdal, El juego de la rata y el dragón, Dorada era la nave... ¡oh!, ¡oh!, ¡oh!, La dama que llevó El Alma o El coronel volvió de la nada. Bonitos, ¿verdad?

Los relatos de Smith provocan una paulatina fascinación. El primero que lees te desconcierta. El segundo también, aunque ya empiezas a intuir la presencia de esa estructura oculta que antes comentaba. Poco a poco, conforme vas leyendo más relatos, tu mente empieza a ensamblar un puzzle cuya imagen no acabas de entender y que sabes que jamás acabarás, pero que sin embargo actúa sobre ti como un hipnótico mandala. ¿Cómo podría definir esto?... ¿Sentido de la extrañeza? Sí, extrañeza es la palabra. Veréis, desde que Voltaire llevó a un habitante de Sirio a dar un garbeo por nuestro sistema solar en Micromegas, uno de los retos que ha planteado la cf es crear un extraterrestre verosímil, no tanto en lo que respecta a su fisiología como en lo referente a su psicología. ¿Cómo concebir una mente no humana? Resulta muy difícil, casi imposible, porque no tenemos nada en qué basarnos, no hay referentes. De hecho, creo que el único autor que lo ha logrado es Cordwainer Smith, aunque paradójicamente sus extraterrestres no son tales, sino seres humanos de un futuro tan remoto que su psicología ha dejado de ser del todo humana. No hay nada más exótico en la historia de la cf que los personajes de Smith.

Pero bueno, ya hablaremos más sobre el autor en la segunda entrega de este apasionante post (y la historia es fascinante, os lo aseguro). Ahora vamos a centrarnos en el experimento que antes anunciaba. Primero, retrocedamos al pasado. Estamos en 1970. Tengo 17 años, es sábado y estoy en mi casa. Acabo de comer y me siento en el salón con el número 3 de la revista Minotauro. Lo hojeo y tropiezo con un relato cuyo título me llama la atención: Alpha Ralpha Boulevard. Su autor, Cordwainer Smith, no me suena de nada, pero comienzo a leerlo. Media hora más tarde, concluido el relato, cierro la revista y la dejo sobre la mesa. Estoy conmocionado. Ese cuento me ha provocado una sensación que, sencillamente, no puedo definir, porque nunca antes había experimentado nada semejante. Es una sensación muy intensa, casi física, no exactamente desagradable, pero desde luego en ningún caso agradable. No se trata, por otro lado, de una sensación intelectual, no es la parte racional de mi cerebro reaccionando a los conceptos que aparecen en el texto, es algo mucho más primario, casi reptiliano. Porque no he entendido el cuento; sé que significa algo, que describe algo, pero ignoro qué significa y qué describe. De algún modo ese relato es una ventana abierta a un universo absolutamente ajeno a mi experiencia personal.

Nunca jamás, ni antes ni después, un relato de ficción me ha impactado tan intensamente. De hecho, Alpha Ralpha Boulevard me provocó miedo, porque no creía que una ficción pudiera suscitar sensaciones tan intensas, inquietantes y exóticas. Era como si de repente el papel impreso hubiese adquirido vida propia, como si descubriese de pronto que la literatura posee la insospechada capacidad de penetrar en mi cerebro como un berbiquí. Más tarde, cuando conocí un poco mejor la obra de Smith, desarrollé una teoría al respecto: la sensación que había experimentado al leer Alpha Ralpha Boulevard era una reacción casi inmunológica ante la extrañeza en grado sumo. Creo que si de pronto viera ante mí a un extraterrestre, sentiría algo muy parecido: atracción y repulsión al mismo tiempo, todo ello aderezado de incomprensión e inquietud.

No obstante, lo que acabo de describir es una experiencia subjetiva cuyas causas podían estar tanto en el texto como en mí mismo. En cualquier caso, aquello sirvió para interesarme en Cordwainer Smith, de modo que a partir de aquel momento comencé a leer todos los relatos suyos, dispersos en diversas antologías, que pude encontrar. Y sí, descubrí una y otra vez esa sensación de extrañeza en sus historias, aunque nunca tan intensamente como en Alpha Ralpha Boulevard. Muchos años después, en 1991, Miquel Barceló publicó en su colección Nova la antología completa de Los señores de la Instrumentalidad dividida en cuatro volúmenes, así que releí de nuevo todas las historia de Smith. Salvo una: Alpha Ralpha Boulevard. Y no lo hice por dos motivos; porque temía volver a sentir lo que experimenté durante su primera lectura y porque temía no volver a sentirlo.

Y pasó el tiempo, no sé exactamente cuánto, aunque supongo que debió de suceder alrededor del 95 o el 96. Ocurrió en el transcurso de un acto público, lamento no recordar tampoco cuál. Estábamos charlando sobre Smith un grupo de amigos entre los que se encontraba el escritor Javier Negrete y, de pronto, Javier comentó la extraña e intensísima sensación que le había provocado leer Alpha Ralpha Boulevard. ¡Así que no era yo solo, no era imaginación mía! Ese relato tenía la extraordinaria propiedad de generar una reacción insólitamente exótica en el lector, o al menos en algunos de los lectores. Entonces decidí volverlo a leer, aunque de nuevo dilaté el momento.

Hasta hoy. Ése es el experimento del que hablaba: releer Alpha Ralpha Boulevard y ver qué pasa. Así pues, antes de que acabe el año leeré el relato y escribiré la segunda parte de este post, donde hablaremos un poco más de Cordwainer Smith y os contaré los resultados del experimento. Sé, por supuesto, que no volveré a sentir lo mismo que sentí hace 36 años, porque entonces me cogió de sorpresa y ahora estoy sobre aviso, porque ahora conozco la obra de Smith y entonces no, y porque no voy a poder releer el cuento con la “mente limpia”, sino analizándolo, que no es una buena forma de leer. De todas formas, buscaré aunque sólo sea un eco de la exótica sensación que experimenté en aquellos lejanos tiempos e intentaré explicarme qué la produce.

Lamento, por otro lado, que este experimento sea incompleto. Lo ideal sería que los ilustres visitantes de Babel pudieran leer también Alpha Ralpha Boulevard y luego contar sus reacciones, pero no he encontrado el texto en Internet y la idea de transcribirlo personalmente me produce sarpullidos. Si alguien, más hábil que yo en el ciberespacio, lo consigue localizar, le agradeceré que lo haga saber aquí. En cualquier caso, supongo que algunos de vosotros ya habéis leído el relato, o lo tenéis en casa y podéis leerlo; ni que decir tiene que vuestros comentarios serían muy valiosos.

Vaya, me siento como una cobaya a punto de ser inoculada con un virus...

domingo, diciembre 17

Fuerzas irresistibles

¿Qué ocurre cuando una fuerza irresistible tropieza con un objeto inamovible? Esta pregunta tiene trampa, porque en un mismo universo no pueden existir fuerzas irresistibles y objetos inamovibles. O lo uno, o lo otro, pero no las dos cosas a la vez.

Así pues, ¿en qué clase de universo vivimos? En un jodido universo de fuerzas irresistibles, amigos míos, en una realidad regida por el deprimente segundo principio de la termodinámica, la puta entropía diciéndote cada día al oído: nada permanece, todo tiene un final. Es como estar en medio de un terremoto; ¿dónde te metes, dónde vas a plantar los pies si es el mismo suelo que te sustenta lo que se mueve? Vivir es ver cómo el mundo que conoces se convierte en ruinas, vivir es permitir que el tiempo te robe poco a poco lo que más quieres, hasta que te lo quita todo. Y no estoy hablando de grandes catástrofes, sino de la rutina cotidiana. ¿Queréis un ejemplo? Mis hijos, Óscar y Pablo. Una vez tuvieron cuatro, cinco, seis años, y yo adoraba a esos niños, los abrazaba, los besaba, jugaba con ellos, les leía cuentos para que se durmiesen, a veces me los quedaba mirando maravillado de su mera existencia... pero esos niños ya no están. Óscar tiene 19 años, conduce, sale con una chica, va a la universidad; Pablo tiene dieciséis y es más alto que yo. Sigo queriéndoles, por supuesto, pero ya no son esos niños, porque a ellos se los llevó una fuerza irresistible. O la entropía, da igual.

Hoy por ejemplo. Después de comer me he tumbado en el sofá del salón para leer El País y, al llegar a la página 63, me he encontrado con algo que me ha hecho exclamar un “¡hostias!” de sorpresa y consternación. Una necrológica: el actor Enrique Arredondo murió ayer. ¿Y quién era Enrique Arredondo? Puede que le conozcáis por la serie de TV Periodistas, donde interpretaba al director del periódico. Nunca fue un actor muy popular, entre otras cosas porque trabajaba mucho en teatro y, además, en Barcelona, pero era un buen actor de carácter. La cuestión es que yo le conocí y le traté en otra época, una de las peores de mi vida.

Me quedé del todo huérfano cuando tenía 19 años. Durante un tiempo viví con mi hermano Eduardo, que era 10 años mayor que yo y estaba haciendo oposiciones a alcoholismo. Así que mi vida se transformó en una locura de alcohol, juergas, noches en blanco y, supongo, autodestrucción. Por aquel entonces, mi hermano Eduardo, aparte de borracho, era crítico teatral y conocía a un montón de actores; entre ellos Enrique y su mujer, Carmen Fortuny. Venían mucho por casa, y nosotros por la suya, hasta que un lío de cuernos, reales o ficticios, con el que yo no tuve nada que ver, condujo a un prolongado desafecto entre mi hermano y Enrique. Y dejé de verle. De hecho, creo que llevaba más de 25 años sin encontrarme con él. Por otro lado, y aunque me caía bien, nunca fue un gran amigo mío, entre otras cosas porque era una generación mayor que yo. Sin embargo, al ver su muerte anunciada en el periódico, he sentido una profunda tristeza. Y no tanto por él como por mí, porque su muerte ha matado de alguna manera una parte de mi pasado de la que no me siento orgulloso, pero que forma parte de mí, aunque ahora con una mutilación. El tiempo es el mayor asesino en serie.

Adiós Enrique, remoto compañero de farras y borracheras. Descansa en paz.

martes, diciembre 12

Exhibición de obsequios

Queridos amigos, los obsequios han colmado el buzón de Babel y mi dicha a partes iguales. Gracias a todos los que habéis tenido el detalle de mandarme un idem, y en cuanto a los que no lo habéis hecho... bueno, estamos en fechas navideñas y es tiempo para el perdón, ¿verdad? Pues no, ni de coña. ¡Malditos seáis con un ataque de caspa todos aquellos que no me habéis regalado nada! Es broma; no os lo merecéis, pero os perdono.

Bueno, al grano, que esta entrada va a ser la más larga de todo el blog. “M” –creo que es el jefe de James Bond- ha enviado un excelente relato corto. Gracias M.

VOCES AL OTRO LADO
Matías Candeira

Llevo imitando, desde hace algún tiempo, la voz de mi padre. Ahora llego a pronunciarlo todo con ese arrastre metálico de sus eses; como un fantasma, o un espía al otro lado de un teléfono sospechosamente intervenido. Sus eses, bajo mi paladar, moviéndose despacio en mi boca. Dios mío, a veces me cuesta diferenciarlas de mi propia voz. Si me lo pide el cuerpo, en mitad de la noche llamo con su acento del sur a los teléfonos eróticos. Les digo a esas mujeres que se quiten la ropa. Les ordeno que se toquen todo el cuerpo para mí; que me describan, lentamente, su forma de hacerlo. O puedo llegar —y nadie sabe lo terrible que es, nadie lo sabe— a emular su tono de tenor en la ducha. Canto sus óperas, sus malditas óperas, hasta la última nota que me queda en el cuerpo. Pero lo peor es que a veces no puedo remediarlo, y marco el número de sus antiguos amigos. Algunos llegan a balbucear, como si tuvieran vidrios dentro de la piel, y la mayoría de las veces no tardan en colgar el teléfono.Madre es la única que siempre se queda respirando un buen rato al otro lado de la línea. —¿Cómo has podido? —dice.Y sé que nunca llegará a perdonarme.

Llamero, uno de los más veteranos visitantes de Babel, me ha mandado un par de obsequios. El primero es un ultracorto de su cosecha:

HOMENAJE A MONTERROSO.

Y cuando despertó, seguía roncando.

El segundo son una frases sacadas de "El siglo XI en primera persona", las memorias del último Rey árabe de Granada, destronado en 1090 y de nombre Abd-Alláh. Gracias, Llamero.

-- A un hombre le preguntaban una vez: "De dónde viene todo eso que sabes? Y contestó: De un espíritu abierto y de una lengua preguntona".
-- Dijo un sabio: "Las gentes viven para comer, y nosotros comemos para vivir".
-- Decía Galeno: "Más espero del enfermo que desea algo que del sano que nada desea".
-- A quien le gusta disfrutar de las delicias del mundo debe aprovechar cuantas facilidades encuentre para satisfacer su apetito, porque quien arrebata a la Suerte una hora de placer, eso se encuentra, y quien la deja para más adelante, eso se pierde, ya que le hombre es efímero e hijo del instante.

Gatopardo ha contribuido con un relato, “Elegía al Pintor Benjamín Palencia”, que no reproduzco aquí por ser demasiado largo, pero que podéis encontrar en los comentarios de la entrada del 4 de diciembre, “Los planes de Babel”. También me ha mandado un poema navideño (?) . Gracias, Gatopardo.

ODA A LA ALEGRÍA EN NAVIDAD

¿Y a mí qué cojón me importa
lo que usted siente y opina?
Cuéntele a su vecina
ese pastiche de almorta.

¿Está usted muy deprimido?
Beba anís en cantidad.
Pero tenga usted piedad:
Reprímase su gemido

¿Ha leído usted a Benet?
¿Le gusta mucho Strawinsky?
Pues le falta la Lewinsky
para hacer de Caganet

¿Es de derechas o izquierda,
nuclear o ecologista?
Pues quítese de mi vista
Lo mejor es que se pierda

¿Le duele este perro mundo?
¿Le maltrata el universo?
Pues escríbalo en un verso
y jódase, Segismundo

Si le deprime el futuro,
si no le encuentra razón
coja usted un buen tazón
y llénelo de cianuro

Joan aporta un hermoso poema. Gracias, Joan.

“Óbito”

Donde el cero ya no es el número y nunca es el tiempo.
Donde nada constituye la esencia de todo.
Donde voy a llorar.
Donde no vivo.
Allí es donde vivo yo.

Ya no me sirven los amigos.
Ya no oigo las risas.
Ya me mata la angustia de mi pecho, de mi corazón, de mi alma.
Ya no siento.

Porque me hundo en mi propia miseria.
Porque me ahogo en mis sollozos.
Porque nadie viene a rescatarme.
Porque descubro que, quizás, esa es mi auténtica realidad.

Por eso me vuelvo etéreo.
Por eso nadie me ve.
Por eso desaparezco.
Por eso no vivo, muero.


Jorge Camacho también nos ofrece un poema; mas corto, pero no menos hermoso. Gracias, Jorge.

"Vestigios"

Tábula rasa.
Bajo la inerme cera
tercos rasguños
como sombra de runas
en la vieja madera.

Elena me envía una colección de insultos poco usuales. Son muchos, así que voy a escoger mis favoritos. Gracias, Elena.

Badulaque, botarate, ganapán, mogrollo, perillán, pisaverde, zampabollos y zoquete.

Isabel ha contribuido con un relato y un poema. No le gustaría que aparecieran aquí, así que no aparecen, pero sí le gustaría que yo los leyera. Ya los he leído y me encantan. Gracias, Isabel.

Mazarbul me envía unas cuantas sugerencias para que todos puedan participar en el blog y yo sólo tenga que coordinarlo. Son unas ideas cojonudas, pero... me temo que me daría más trabajo la labor de coordinación que seguir escribiendo yo solo. También manda un poema sobre el cambio de año:

Llora el viejo al ver
La última flecha del
Arquero.

Y giran los astros ciegos a los avatares de seres
Que se esfuerzan por nombrarlos o los observan en la
Lejanía de la noche oscura y cegadora,
Dotándolos de inmaculados signos y formas de propósitos
Contenidos, como si la luz que llegara no fuera ya extinta.

Pero conforta pensar que su brillo obedece a delicadas
Filigranas de dioses mayores y menores que suspiran por indicar
El camino sin final de la vida.
Señales divinas que equilibran los desastres.

¿Sueña el viejo que ya es un niño que recién sale
al nuevo mundo de formas y colores, o es el niño quién piensa
en lo que atrás deja?

No pienses en el andar, que la mujer de Lot murió
Al observar la luz y el estruendo que tras de sí dejaban
Los ángeles de Señor. Piensa más bien en la juventud del retoño que
Anualmente te acompaña. Ciñe tu arco y eleva tus plegarias llenas de vida.
No te detengas en el bosque mientras cazas, que la presa brinca
En la lejanía con pies ligeros. Vuela sobre ti mismo y observa sin sentir
La claridad tachonada a la luz de la reina de la noche.

Pues la trampa del anciano es que vistas sus sayos y mortaja y
Te tiendas.
Y pierdas el sentido de tu existencia para que vistas tu propia
Sombra.

Añade Mazarbul a su contribución un par de curiosidades, de las que reproduzco una que produce cierto vértigo. Gracias, Mazarbul.

No sé si conocéis a Arthur Ganson, un escultor cinético cuyas obras son mitad máquinas mitad objetos de arte realizados con los más variopintops materiales: desde muñecos y objetos cotidianos, a patatas fritas, alambres, cemento, etc.... Pues este señor, basándose en la mecánica clásica ha inventado una suerte de escultura móvil de ruedas dentadas accionadas por un motorcito. Es una máquina que se basa en conceptos ya manejados por Vitruvio y Herón de Alejandría para crear un artefacto capaz de contar mediante ruedas de medición, poleas, etc...Vamos, el mismo sistema que utilizamos en un podómetro de atletismo para medir la distancia recorrida. Pero el Sr. Ganson da una vuelta de tuerca más a este concepto (nunca mejor aplicado lo de vuelta de tuerca por cierto), y crea una máquina que denomina: "Maquina para la Eternidad". ¿Y qué tiene esta máquina de especial?: pues veréis: lleva los conceptos clásicos al absurdo, de modo que dispone doce ruedas dentadas (se encuentra en el Museo de la Técnica de Suiza). La primera de ella da una vuelta completa en 15 segundos. La segunda, aplicando una reducción mecánica, 12,5 minutos. Y así durante las doce ruedas. La gracia de todo es que la última rueda tarda exactamente 2,32 billones de años!!!!!!!!! Es decir, una 169 veces la edad actual de nuestro universo. En fin, una escultura para el infinito.

Mrs Vane me envía una curiosa versión fotográfica de la Torre de Babel (podéis verla a la izquierda) y una canción que no me ha llegado porque pesaba demasiado. También me ha mandado la receta de un pastel de chocolate, para que sea yo quien pese demasiado. Gracias, Mrs Vane.

GÂTEAU AU CHOCOLAT
Ingredientes para un pastel de 24 cm de diámetro

6 huevos
250 gramos de mantequilla
2 bolsitas de azúcar vainillada
3 cucharadas soperas de Maicena
250 gramos de azúcar
½ cucharadita de levadura
250 gramos de chocolate para fundir
125 gramos de chocolate para cubrir
100 gramos de almendras molidas
100 gramos de azúcar glass

Preparación: 15 minutos
Cocción: 30 minutos

Las yemas se mezclan con el azúcar y se baten bien. Poner el chocolate para fundir en una cacerola con 2 cucharadas soperas de agua para fundirlo al baño maría. Incorporar al chocolate fundido las yemas con el azúcar vainillada y remover suavemente. Añadir las almendras molidas mezcladas con la Maicena y 200 gramos de mantequilla muy blanda (como una crema), pero sin fundir y por último, tres claras de huevo montadas y con una pizca de sal. Mezclar la masa con cuidado para que no se bajen las claras. Verter la mezcla en el molde engrasado. Hay que tratar de que el molde quede lleno con la masa hasta las ¾ partes de su totalidad. Introducirlo en el horno previamente precalentado y cocer durante 25 ó 30 minutos. El pastel debe cocerse rápidamente para conservar la parte central cremosa. Dejar enfriar en el molde. Una vez frío desmoldar. Para la cobertura de chocolate, fundir el chocolate al baño maría con una cucharada sopera de agua y el resto de mantequilla. Añadir el azúcar glass tamizada, por cucharadas para obtener una papilla espesa. Cubrir el pastel con la papilla de chocolate con la ayuda de una espátula.

Sfer me ha regalado una deliciosa perla bibliográfica. También me ha enviado la portada del libro en cuestión, pero, por arcanas razones informáticas, no he podido colgarla aquí. Reproduzco sus palabras:

No sé si es escalofriante o tronchante (o alguna otra cosa, siempre y cuando acabe en -ante), pero es cierto, verídico, existe: un cuento infantil que narra las aventuras del niño Juanito, que luego llegó a ser rey de todos los españoles. Lo encontré un día en mi ex-biblioteca (he cambiado de destino en estos últimos meses), repasando la estantería de los cuentos para niños de 7 a 10 años. Se titula "El rey también fue niño" y lo perpetró un tal Alejandro Capuano Tomey. Que los monárquicos me perdonen, pero envié el libro directamente al almacén antes de que pudiera causar algún tipo de daño psicológico entre nuestros más jóvenes usuarios...

Carmen me manda una aportación argumental para mi serie de novelas “Las asombrosas memorias de Jaime Mercader”.

Se trata de un personaje para tus próximas entregas de las aventuras de Little Jim. Un amor imposible. Se llama Rosaura y es la única hija de un rico hacendado. Es alta, morena, tiene los ojos de un verde aguamarina,... Una belleza incomparable y la leyenda de una piel de seda. Habla por los codos. Y tiene un don que atrapará a Jaime Mercader: su habilidad con las cartas. Se jugarán su amor en una partida de póker: el que gana elige. Una mujer y cuatro hombres. ¿Perderá Little Jim este amor imposible?

Pues verás, Carmen, si has leído las novelas de Jaime Mercader, sabrás que en ellas las cosas no son... mmm... demasiado románticas. De todas formas, te adelantaré algo: en la tercera novela de la serie (que debería estar escribiendo ahora en vez de dedicarme al blog), aparecerá en efecto el gran amor de Jaime, aunque será un romance digamos que peculiar (de hecho, Jaime huirá de la chica como un conejo asustado). Ella no se llamará Rosaura (disculpa, pero ese nombre no acaba de gustarme), sino Guadalupe, y será nieta de un rico hacendado, en eso has acertado. No tendrá los ojos verdes, sino negros, ni hablará por los codos; lo que sí que tendrá es un carácter endiablado. Me gusta tu sugerencia de que las cartas intervengan en el romance; no sé cómo, pero ya se me ocurrirá. Aunque, por supuesto, ni ella, ni nadie (con la posible excepción de su padre, don Fernando Mercader), juega mejor al póquer que Little Jim. Gracias por tu regalo, Carmen.

Juaki Revuelta nos obsequia con un delicioso poema dedicado a Babel. Gracias, Juaki.

A veces caemos en las tinieblas, pues éstas son Legión y campan a sus anchas entre nosotros: el náufrago de la oscuridad que tiene la suerte de ver el horizonte de Babel escapa de sus garras.
A veces hace frío, un aliento helado y cortante que baja por las cordilleras de Ignorancia y corta la piel de los que se niegan a abundar en ella: aquellos que se cubren con Babel de algún modo escapan de sus falacias.
A veces el firmamento estalla en una cacofonía de colores deslavazados, en la época en que la estación de la Demagogia alcanza su esplendor: es entonces cuando el iluminado alza los legajos de Babel, y encuentra sosiego.
Felicidades, por nada y por todo, por contribuir, quizá, a que algunos momentos del día sean más coherentes que otros, y por recordar, algo que no es fácil en estos días, las viejas palabras del esclavo: Memento Mori.


Alex Vidal, haciendo honor a su condición de físico, contribuye con un excelente microensayo que une física y filosofía. Gracias, Alex.

Puntos de fuga y flechas del tiempo:
Tomas el tren, como siempre lleno, así que buscas un sitio (evidentemente de pie) donde no estés muy apretado, te aferras a la barra del techo y, para evitar cruces de miradas molestas, buscas un punto de fuga. Miras hacia el lado por el que has subido al tren, de manera que el sentido del movimiento es hacia la izquierda; hacia tu derecha van quedando la estación de partida y todas por las que vayas pasando.
Justo frente a ti hay una divisoria entre dos ventanas. Así que, al buscar un punto de fuga, tienes dos opciones: la ventana a tu izquierda y la de tu derecha. ¿Por cual dejas vagar la mirada? Yo, siempre a la de la izquierda, la del futuro. La de la derecha no me merece demasiada atención, ya que pertenece al reino de la experiencia y el recuerdo. Lo más excitante está aún por venir.

Javier Albizu me envía cuatro inspiradas aportaciones, pero por razones de espacio sólo reproduzco una. Gracias, Javier.

¿Porque?
¿Porque continuas ahí, cuando te he dado la espalda?
¿Porque son tus brazos los que me acogen, cuando me rechazan los de aquella cuya compañía ansío?
¿Porque eres unos días dolor, y otros alivio?
¿Porque no puedo olvidarte aún rodeado de aquellos a los que quiero?
¿Porque no me dejas vivir?
¿Porque no me dejas ser feliz?
¿Porque te necesito tanto?
¿Porque te odio de esta manera?
¿Porque?
Dime porque
Dímelo, soledad

Y para finalizar, Leoncio López contribuye con un ultracorto que define un estado de ánimo y una climatología moral. Gracias, viejo jamelgo.

“Llovía, tú me odiabas y los bares habían cerrado”.

Y ya está; como dicen en los Looney Tunes, esto es todo, amigos. Gracias por vuestros regalos, pero sobre todo, gracias por frecuentar Babel.

Un viril apretón de manos para ellos y un pulposo abrazo (con velados aunque claramente lascivos toqueteos incluidos) para ellas.

lunes, diciembre 11

Un miserable menos

Disculpad que interrumpa los festejos del aniversario, pero una noticia requiere nuestra atención. Ayer, el miserable dictador Augusto Pinochet la diñó. No creo en la existencia de un cielo-paraíso al que van los buenos después de morir, lo cual, os lo aseguro, jamás me ha preocupado lo más mínimo. Sin embargo, ahora lamento no creer tampoco en el infierno.

Como la mayor parte de los españoles, escuché por primera vez ese ridículo apellido, Pinochet, el 11 de septiembre de 1973, cuando el macabro general de las gafas oscuras encabezó un golpe militar en Chile. Yo, entonces, tenía veinte años y recuerdo vagamente que escuché la noticia en mi casa, por la radio, pero poco más. Ocho años después, trabajé con Patricio Guzmán, el (por aquel entonces exiliado) cineasta chileno autor del documental La batalla de Chile. Compartíamos despacho en una agencia de publicidad norteamericana -que, por cierto, estaba pegada a la embajada rusa- y Patricio me habló largo y tendido acerca de su país y de la feroz represión que siguió al golpe. Muchas de las historias que me contó, dignas del mejor relato de terror, todavía me ponen los pelos de punta.

La barbarie siempre se traduce en lo mismo, en dolor, en muerte, en miseria, pero puede revestir muchas formas y, aunque todas son execrables, algunas nos repugnan más que otras. Hitler no fue el mayor asesino de la historia; en número de muertos le aventajan, al menos, Stalin y Mao. Sin embargo, la industrialización del genocidio que llevaron a cabo los nazis nos resulta, por su mecánica frialdad, particularmente odiosa y horrible. En aquellos infinitos asesinatos no había ni siquiera odio; sólo burocracia.

Pinochet no batió ningún record; entre él y su amigo Videla asesinaron a unas cuarenta o cincuenta mil personas; una minucia en comparación con las proezas de los grandes genocidas. Aunque, ¿hay alguna diferencia de catadura moral entre matar fríamente a una persona y matar a miles? ¿La cantidad afecta a la cualidad? No lo sé, pero creo que se es un asesino cuando se mata, y no se es más asesino por matar mucho. Hitler era un fanático iluminado, como quizá también lo fuera Mussolini; Stalin era un psicópata; Franco era un mediocre ávido de poder; Mao era..., bueno, los orientales siempre han sido un tanto extraños para nosotros, así que no sé qué era exactamente Mao (aparte de un hijo de puta). ¿Y qué era Pinochet?... Un ladrón. Al final, todo se reducía a eso: mató y torturó a miles de seres humanos con el único objetivo de forrarse el riñón y engordar sus cuentas secretas con el dinero robado al pueblo chileno. No puede haber motivo más mezquino para convertirse en asesino múltiple: la codicia, la rapiña, el choriceo. Qué vulgaridad y qué asco...

Sin embargo, pese a su miseria moral, Pinochet nos has dejado algo interesante. Una foto, la que acompaña a esta entrada. Miradla: fijaos en los dos tipos que están inmediatamente detrás del dictador, los bigotes, el rictus de mala leche en las bocas, los cabellos repeinados con fijador, la expresión de cabreo, los uniformes... Fijaos ahora en Pinochet: los brazos cruzados en actitud retadora, los labios curvados hacia abajo en un gesto que no es seriedad, sino anti-sonrisa, los ojos agazapados tras unas gafas de sol, la gorra de plato, destinada a hacer parecer más alto al enano moral que la lleva, colocada milimétricamente sobre las rodillas, como un niño muerto... El mesías de guardarropía y sus apóstoles. Parece un pantocrátor del mal. Y eso es lo que nos ilustra esa foto: lo peor del ser humano, lo más bajo y repugnante de nuestra condición. De no ser tan siniestra, resultaría ridícula, porque ese tipo sentado que tanto se esfuerza en parecer duro y fuerte no era un psicópata, ni un iluminado, sino, sencillamente, un miserable chorizo. Hay asesinos que dan miedo; él sólo da asco.

Augusto Pinochet: 25 de noviembre de 1915-10 de diciembre de 2006. Arda su alma en el infierno por toda la eternidad.

viernes, diciembre 8

Cumpleaños


Desde que La Fraternidad de Babel brotó de la nada electrónica, la Tierra ha recorrido 942 millones de kilómetros danzando alrededor del Sol. Yo, más modestamente, me he limitado a escribir 161 entradas; una cada seis millones de kilómetros, aproximadamente. Un año es mucho tiempo para un proyecto que jamás me planteé comenzar, y una eternidad si tenemos en cuenta que el proyecto en cuestión no sirve para nada. Pero aquí estamos. ¿Cuál es mi excusa para mantener este blog? No la tengo, pero tranquilos, sigo buscándola. ¿Continuaremos adelante? Por lo menos hasta después de Reyes, sí. Luego, ya veremos.

Por lo demás, sólo puedo deciros algo: gracias por acompañarme durante la travesía.

We came into the world like brother and brother:
And now let’s go hand in hand, not one before another.
William Shakespeare, Comedy of errors.

martes, diciembre 5

El cepillo de Babel


Este humilde fraile se siente celestialmente dichoso ante la caritativa acogida que ha tenido su petición de regalos con motivo del primer aniversario de La Fraternidad de Babel, así que vamos a hacer las cosas bien. Los feligreses que deseéis enviarme, el próximo día 9, algún obsequio, deberéis remitirlo a la siguiente dirección de correo electrónico:

fraternidad_babel@yahoo.es

Dos días después, para disfrute de propios y extraños, colgaré todos los regalos en un post y entonaré una loa de agradecimiento a aquellas almas generosas que hayan tenido a bien enriquecerme con sus donativos, cual si ellos fueran constructores y yo concejal de urbanismo. Los que no me envíen regalo alguno, sencillamente, serán maldecidos para toda la eternidad con los fuegos del infierno.

No quiero despedirme sin antes recordaros que todo aquel que me colme de obsequios recibirá una rutilante indulgencia plenaria, que dejará su alma niquelada de puro limpia, así como un descuento de dos padrenuestros y tres avemarías en sus veinte próximas confesiones.

Ite, missa est.

Nota: acabo de comprobar que algún perezoso no se ha molestado en leer la entrada anterior y me pregunta acerca de la clase de regalos que podéis enviarme. Ahí van unas cuantas sugerencias: frases para mi colección, curiosidades, datos estrafalarios, microrrelatos, palabras que os gusten, versos, apellidos bonitos, leyendas, sueños, anécdotas, conocimientos inútiles... en fin, esa clase de cosas.

lunes, diciembre 4

Los planes de Babel

Para bien o para mal, este blog existe gracias/por culpa a/de Care Santos. Hace un año, Care envió un mail anunciando a sus amigos la creación de su blog El aprendizaje de la soledad; entré en él y descubrí que con Blogger se podía crear un blog tan fácilmente que hasta un analfabeto informático como yo podía hacerlo sin problemas; así que mi indolente cerebro (véase el post anterior) decidió ponerse a fabricar un blog en vez de trabajar, como era su deber. De ese modo nació La Fraternidad de Babel. Jamás había frecuentado los blogs ajenos, jamás me había planteado tener uno propio; ni siquiera sabía para qué servía un blog, y sigo sin saberlo, si vamos a eso. Pero, por una u otra razón, he seguido adelante. A veces, las entradas son fáciles de escribir; otras, como por ejemplo los top ten, requieren más trabajo. En cualquier caso, administrar un blog supone dedicarle tiempo. Tengo, por otra parte, planes para el futuro; el primero de todos –y a petición de un visitante del blog- es redactar mi particular “canon de la ciencia ficción”. Hace mucho que le estoy dando vueltas, pero no me decido a escribirlo, pues sé que me va a llevar más tiempo del conveniente. Porque, y ése es el problema, yo soy escritor, lo que quiere decir que me paso el día entero escribiendo: para publicar, para cobrar derechos de autor, para que mis jóvenes lectoras se enamoren de mí... no, esto último es broma; el (supuesto) amor de la mayor parte de mis jóvenes lectoras podría conducirme directamente a la cárcel. El caso es que escribir este blog le resta tiempo a mi trabajo.

Y esto nos devuelve a mi amiga Care. Si visitáis su blog, veréis que en la última entrada, Care anuncia que lo mantendrá cerrado hasta el 1 de febrero, porque está escribiendo una novela que la tiene absorbida y quiere dedicarle toda su atención. Ya sé que soy un imitón, pero debería hacer lo mismo. Por diversas razones que no vienen al caso, mis proyectos laborales se han visto sensiblemente retrasados. Dos de ellos, en concreto, requieren el cien por cien de mi dedicación. Así que debería aparcar durante unos meses La Fraternidad de Babel, pero... me da pena hacerlo. No obstante, se me ha ocurrido una opción intermedia, aunque no sé si va a funcionar, porque no depende de mí, sino de vosotros. Se trata de que me ayudéis a escribir el blog... mejor dicho, de que lo escribáis casi por entero. Pero ya os lo explicaré más adelante. De momento, vamos a hacer una pequeña prueba:

El próximo sábado, 9 de diciembre, La Fraternidad de Babel cumple un año de vida. Y quiero que me regaléis algo. Lo digo en serio: quiero regalos. ¿Qué clase de regalos? Pues muy sencillo: frases para mi colección, curiosidades, datos estrafalarios, microrrelatos, palabras que os gusten, versos, apellidos bonitos, leyendas, sueños... en fin, poned en marcha vuestros perezosos cerebros y dejad un regalo en el blog. Porque, ¿alguna vez, aunque sea por casualidad, habéis pasado unos minutos agradables leyendo La Fraternidad de Babel? Pues ha sido gratis, coño; me debéis algo. Venga, darme argo, quillos, que triste es pedir, pero más triste aún es robar.

Lo diré por última vez: ¡QUIERO REGALOS!

De modo que, si no queréis ateneros a las consecuencias, ya sabéis...

jueves, noviembre 30

Mi cerebro y yo


Reconozcámoslo: mi cerebro es un vago, un indolente órgano que aspira a la desconexión o, a lo sumo, al bajo rendimiento. Si le dejara a su aire, se pasaría el día leyendo, viendo películas, jugando, fantaseando o tocándose las meninges, pero el trabajo no entraría siquiera entre sus planes más remotos. Por otro lado, mi cerebro tiene algo muy claro: escribir es trabajar. Imaginar un argumento y/o unos personajes no lo es; eso entra dentro de “fantasear”. Diseñar (mentalmente) la arquitectura narrativa de una novela tampoco es trabajo para él, porque eso es “jugar”. Pero sentarse frente al ordenador y comenzar a teclear una historia... ah, amigos míos, eso es harina de otro costal, trabajo puro y duro, justo lo que más odia mi cerebro. Y es que sucede algo curioso: según suele decir la gente, mis novelas se leen con facilidad, razón por la cual se da por hecho que están escritas con idéntica facilidad. Pues no, ni mucho menos, para nada; al gilipollas de mi cerebro le cuesta un huevo escribir. La prosa que produce, sencilla y cristalina, casi invisible, es fruto de una constante lucha con las palabras, de una permanente labor de prueba, corrección, síntesis y retoque, de un, en definitiva, profundo esfuerzo. Y eso a mi cerebro no le gusta ni un pelo. Así que, si puede, se escaquea. De modo que tengo que obligarle a asumir sus responsabilidades, aunque no siempre es fácil. Veamos cómo es el proceso.

1. Me levanto a las ocho menos cuarto de la mañana. Me ducho, me visto, me preparo un café con leche y me lo llevo al despacho. Conecto el ordenador y, mientras se enciende, escucho la radio y me tomo el café. Durante todo este proceso mi cerebro está sobando a pierna suelta.

2. A las nueve menos cuarto de la mañana o así dejo de oír la radio y zarandeo a mi cerebro para que se despierte. Cinco minutos más tarde, vuelvo a zarandearle, porque no hay dios que le despierte, y así sigo durante un buen rato.

3. Conecto el procesador de textos y abro el archivo en que estoy trabajando. Mi cerebro lo contempla con extrañeza, como si fuera la primera vez en su vida que ve un procesador de textos, y me dice: ¿no deberíamos echar un vistazo al correo electrónico?

4. Ya he revisado antes el Outlook, bajando y, acto seguido, deshaciéndome de un huevo de spam, pero vuelvo a conectarlo. Mas spam, más papelera de reciclaje. Ya está, le digo a mi cerebro; y éste me responde: ¿por qué no echamos un vistazo a tu blog y a los blogs de los amigos?

5. Me doy un garbeo por los blogs habituales y, después, desconecto el Explorer. Bueno, a trabajar, le digo a mi cerebro. Y mi cerebro, arrinconado, mira en derredor y responde: ¿te has fijado en cómo está de desordenado el escritorio? Deberíamos ordenarlo...

6. Ordeno un poco mi mesa de trabajo. Por desgracia, durante el proceso mi cerebro ha encontrado un recorte de periódico donde viene la dirección de una página web en la que un pirado se dedica a contar películas en sólo minuto y medio. Mi cerebro opina que es imprescindible visitar inmediatamente esa página, así que la visitamos.

7. La página en cuestión es una chorrada. Salimos de ella y vuelvo a poner en pantalla el procesador de textos. A trabajar, exclamo posando los dedos sobre el teclado. Mi cerebro, alarmado ante la inminencia de verse obligado a realizar una labor productiva, contempla la librería que está a mi derecha y se centra en uno de los libros. Mira, me dice, es el “Manual de inquisidores”, de fray Nicolás Eymeric; ¿a que no recordabas haberlo comprado?

8. En efecto, no recuerdo haberlo comprado. Lo cojo y lo hojeo; al cabo de unos minutos, me pregunto a mí mismo por qué narices compré ese libro y lo vuelvo a dejar en su lugar. A trabajar, digo, colocando el meñique izquierdo sobre la A y el derecho sobre la Ñ. Mi cerebro pregunta: ¿No deberíamos mirar otra vez el correo electrónico?

9. No, respondo.

10. ¿Y los blogs?, insiste él.

11. Tampoco. A trabajar.

12. Mi cerebro está entre la espada y la pared. Vale, claudica, pero primero vamos a corregir un poco lo que escribimos ayer.

13. Lo dice porque, para él, corregir casi no es trabajar. De modo que corregimos las páginas que habíamos escrito el día anterior, tarea que nos lleva unos quince o veinte minutos. Cuando acabamos, bebo un sorbo de agua y, colocando por enésima vez los dedos sobre el teclado, le exijo a mi cerebro que se ponga a producir nuevo texto.

14. Aterrorizado ante la inminencia del trabajo, mi cerebro opta por una salida desesperada. ¿Y si nos hacemos una paja?, propone.

15. No quiero hacerme una paja, respondo. A trabajar.

16. Mira que las pajas relajan mucho, eh..., insiste él.

17. No quiero relajarme. A trabajar.

18. ¿Y si miramos el correo?...

19. No. A trabajar.

20. ¿Y los blogs?...

En fin, el caso es que en algún momento consigo que mi cerebro se ponga a escribir. Sufre, llora, se lamenta, gimotea, incluso llega a darme pena el jodido cabrón, pero con individuos como él hay que mostrarse inflexible, así que no dejo de espolearle hasta que produce un mínimo de cuatro nuevas páginas, aunque por lo general son siete u ocho. Entonces, mi cerebro contempla el trabajo realizado, saca pecho y ¡se siente orgulloso! Porque, parafraseando a Brown, mi cerebro odia escribir, pero adora haber escrito. Y todas las tardes, a última hora, el muy cínico sopesa lo que hemos producido durante el día y se siente ufano como un pavo, obscenamente satisfecho de sí mismo, como si sólo él fuera responsable de esa labor, cuando todos sabemos que, si por él fuese, se pasaría el día con el encefalograma plano y haciéndose pajas.

Así que no os dejéis engañar, amigos míos; si algún día leéis una de mis novelas, tened presente que quien la ha escrito es, en efecto, mi cerebro, pero el auténtico responsable soy yo. Como en la hípica: quien corre es el caballo, pero es el jockey quien le hace correr .