martes, abril 24

La zona oculta

Todos tenemos en nuestra personalidad, en nuestro pasado, en nuestra vida, un rincón oculto que jamás le mostramos a nadie. No tiene por qué ser algo horrible, ni humillante, ni siquiera particularmente vergonzoso; basta con que sea algo que no queremos que los demás sepan de nosotros. Las razones para esta ocultación son múltiples, infinitas, pero podemos estar seguros de que la ocultación existe, en todo el mundo, siempre. Por mucho que creas conocer a alguien, por mucha intimidad y confianza que haya habido entre vosotros, no te quepa la menor duda de que esa persona guarda en su interior un secreto que nunca te confesará... o quizá sí.

La historia que os voy a contar ocurrió a finales de los 70, no recuerdo con exactitud el año. Fui testigo de ella, al igual que Samael, un frecuente visitante de Babel, así que os aseguro que es cierta. Por aquella época, yo frecuentaba un bar (un pub en realidad) que estaba atendido por un camarero al que llamaremos Pedro (todos los nombres son falsos). Era un chaval muy joven –veinte o veintiún años a lo sumo-, delgado, rubio, con los ojos azules; un tipo muy guapete, vamos. Por otro lado, Samael tenía (y tiene, porque todavía vive) un padrino llamado Lucas, de unos cincuenta años por aquel entonces, que era propietario de una cafetería en el centro de Madrid a la que llamaremos La Concha. Un buen día, un banco le compró el negocio por unos cuantos millones, que Lucas invirtió posteriormente en bingos, forrándose en el proceso. Pero eso es otra historia. El caso es que Lucas vendió la cafetería y, para celebrar el último día que La Concha estaba abierta, decidió dar una fiesta.

Pues bien, esa noche Samael y yo nos pasamos por el pub donde trabajaba Pedro, que estaba muy cerca de La Concha, para tomar unas copas antes de ir a la fiesta. A eso de la una de la madrugada, Pedro cerró el pub; entonces, Samael y yo le invitamos a venir con nosotros al festejo y él aceptó, así que nos fuimos los tres a La Concha. El local, como siempre que las copas son gratis, estaba atestado de gente. Buscamos a Lucas por entre el gentío y lo encontramos charlando con una pareja amiga suya a quienes ni Samael, ni yo, ni por supuesto Pedro, conocíamos de nada.

Los llamaremos Pepe y Marisa. Eran un matrimonio de mediana edad, clase media, dos o tres hijos adolescentes y apariencia formal, la típica pareja pequeño burguesa que podemos encontrar cualquier domingo a la salida de misa o tomando el aperitivo en José Luis. Gente enteramente normal, incluso un poco anodina. Aunque aquella noche, en la fiesta, había un matiz un tanto discordante: Pepe estaba borracho... mejor dicho, tenía un pedo de mariscal general. Bueno, saludamos a Lucas, y Lucas nos presentó a sus amigos. Entonces sucedió. Mientras estrechaba, vacilante, la mano de Pedro, nuestro amigo camarero, Pepe musitó en tono etílico:

-Pero qué chico más guapo...

Un ramillete de confusas sonrisas floreció entre los presentes.

-Pero guapo, guapo, guapo... –insistió el turbio Pepe sin soltar la mano de Pedro.

Las sonrisas se tornaron nerviosas. Entonces, Pepe sonrió con picardía, se inclinó hacia el joven camarero y le propuso poniendo morritos:

-¿Por qué no me das un beso?...

Las sonrisas se congelaron. Pedro, tan desconcertado como alarmado, se apartó bruscamente de Pepe y se sitúo detrás de mí. Aquí conviene señalar que, como soy muy alto y muy grande, mucha gente, a lo largo de mi vida, ha decidido escogerme como parapeto, algo, por cierto, que no sé si acaba de gustarme del todo. En fin, el muy borracho Pepe no se amilanó ante la evidente negativa de Pedro, de modo que avanzó hacia él con los brazos extendidos, los labios prestos para el ósculo y diciendo:

-Anda, no seas tonto, dame un besito...

Pedro le esquivó interponiendo mi cuerpo entre él y el compulsivo besador. Pepe, sin cortarse un pelo, comenzó a perseguirle al tiempo que reclamaba un beso con dipsómana tenacidad. Y se pusieron a girar a mi alrededor.

Detengámonos un momento para examinar la situación con detalle. Ahí estaba yo, en medio de una cafetería atestada de gente, con una expresión en el rostro que oscilaba entre el asombro, la consternación y el desconcierto, mientras a mi alrededor daban vueltas un cuarentón libidinoso y un efebo asustado, el primero persiguiendo al segundo y el segundo huyendo del primero. Frente a mí, Lucas contemplaba la escena con los ojos como platos. A su lado, Marisa, la mujer de Pepe, lloraba a moco tendido. Creo que fue una de las situaciones más absurdas y ridículas que he vivido.

Finalmente, Lucas consiguió reaccionar; atrapó a su amigo y se lo llevó a un rincón discreto para intentar que se calmase. Confieso no recordar lo que hicimos nosotros a continuación. Supongo que, dado lo incómodo que era todo aquello, no tardaríamos mucho en largarnos de allí. Más tarde, supe que Pepe y Marisa se separaron. Según ella, durante los veintitantos años que duró su matrimonio, jamás había percibido el menor atisbo de las verdaderas inclinaciones sexuales de su marido.

Puede que el hecho que acabo de describir resulte cómico; a decir verdad, parece una escena sacada de un mal vodevil. Pero al mismo tiempo es dramático. Pensad en Pepe. En aquellos tiempos, la homosexualidad no era comprendida ni tolerada; de hecho, no había homosexuales, sino maricones. Además, Pepe había nacido en el seno de una clase social para quien la imagen de un hombre practicándole una fellatio a otro hombre, o de una mujer realizando un cunnilingus con otra mujer, constituían el colmo del vicio y de la depravación. Pero a Pepe, probablemente desde que era niño, le gustaban los hombres; su libido no se excitaba con las chicas de dieciocho años que tanto suelen excitar a los cuarentones, sino con jóvenes efebos como nuestro amigo Pedro. Sin embargo, Pepe no podía mostrar abiertamente su sexualidad, tenía que ocultarla, de modo que convirtió su vida privada y social en una farsa. Me lo imagino (no lo sé, sólo lo imagino), dando ocasional rienda suelta a sus verdaderos deseos en turbios servicios públicos que olían a mierda y orina, o en la oscuridad de sórdidas salas de cine X, o recurriendo a los servicios de algún chapero callejero, y me lo imagino volviendo luego a casa con su mujer y sus hijos, lleno de vergüenza y culpabilidad. Ahora pensad en Marisa. De repente, en unos segundos, el hombre al que supuestamente amaba, la persona con la que compartía su vida, se transformó en un perfecto desconocido, y además en alguien cuya naturaleza, probablemente, ella despreciaba.

La pregunta que siempre me ha rondado la cabeza es por qué Pepe escogió ese momento y ese lugar para sacar a la luz su zona oculta. Porque estaba muy borracho, ésa es la primera respuesta que se me viene a la cabeza. Pero, ¿era la primera vez que se emborrachaba? Lo dudo mucho; puede que el alcohol actuara como catalizador, pero creo que la decisión de mostrar sus verdaderas tendencias estaba tomada, aunque sólo fuera subconscientemente, desde hacía tiempo. Franco había muerto tres o cuatro años atrás y vientos de democracia y libertad comenzaban a soplar en España, así que Pepe debió de decirse: a la mierda todo, basta ya de fingir. Pero posiblemente no lograba reunir el valor necesario para dar el paso definitivo; hasta que una noche, desinhibido por los muchos whiskys trasegados, y ante la visión del bello efebo Pedro, Pepe debió de pensar que los hechos son más elocuentes que las palabras, y por eso se lanzó a ese insensato y público, pero también liberador, intento de besuqueo. En fin, no lo sé; sólo lo supongo.

La historia que acabo de contaros es un ejemplo entre muchos. Una tragicómica salida del armario, una zona oculta que repentinamente se despliega como un abanico ante los estupefactos ojos de los demás. Pero la mayor parte de las zonas ocultas permanecen ocultas para siempre jamás. Por eso, cuando mires a tu pareja, cuando estés con tus padres, o con tus hermanos, o con tus mas cercanos amigos, puedes estar seguro de que todos ellos ocultan algo, de que ninguno es exactamente como tú crees que es.

Lo cual, por supuesto, me incluye también a mí.

lunes, abril 16

Centenario




Siempre he pensado que es mejor no conocer a los creadores que uno admira: eso evita decepciones. Porque, aunque parezca extraño, no tiene por qué existir la menor relación entre la calidad de una obra artística y la calidad personal del artista que la crea. Y lo digo tanto en un sentido como en otro; he conocido a artistas malos o mediocres que, sin embargo, eran personas interesantísimas, y he conocido a artistas muy brillantes, pero absolutamente impresentables como seres humanos. Aunque, la verdad, suele darse más lo último que lo primero. En realidad, no deberíamos extrañarnos, pues, en contra de lo que solemos creer, las personas no somos entidades compactas y homogéneas, sino la suma de un conjunto de atributos que, en ocasiones, parecen absolutamente desconectados entre sí. Es decir, se puede ser un capullo al 90% y sin embargo poseer un 10% de genialidad.

Esto viene a cuento porque este año se celebra el centenario del nacimiento de Georges Remi, Hergé, el creador de Tintín. Pero, antes de nada, una confesión: soy un fan incondicional de los comics de Hergé, un tintinófilo extremo, un friki que no se deja tupé por mera imposición alopécica y que no usa pantalones bombachos porque aún conserva un mínimo de dignidad (y porque no hay dios que encuentre hoy en día un pantalón bombacho). Tengo, por supuesto, la colección completa de los álbumes de Tintín, incluyendo las distintas versiones de cada uno de ellos, y adquiero –aún más, leo- todo libro que trate sobre Hergé y su obra. Además, en mi casa hay diversos adornos relacionados con el universo Tintín. Dos pósters enmarcados: la portada de la primera versión de La isla negra y la portada de Siete bolas de cristal. Una reproducción del famoso cohete de Objetivo: la Luna. Cuatro carísimas y preciosas figuras de resina (una de ellas –Tintín con traje de astronauta- fue mi último regalo de Reyes). Una colección de pins con los personajes y, en fin, varios objetos más que reposan orgullosos sobre los estantes de las librerías de mi despacho.

Todo comenzó cuando, a los ocho o nueve años de edad, ingresé en el colegio San Alberto Magno. Como no tardé en descubrir, entre el alumnado existía una mafia, o club selecto, de seguidores de Tintín. La cosa consistía en intercambiar álbumes del personaje, pero para poder intercambiar hacía falta poseer al menos un álbum no leído por los demás; si no lo tenías, no te prestaban los suyos ni aunque se lo suplicases de rodillas (malditos egoístas). Así que me picó la curiosidad y logré agenciarme uno de los títulos de la colección; en concreto, Las joyas de la Castafiore. De ese modo ingresé en el club y tuve acceso a la mayor parte de los álbumes. Lo que me convirtió en un adicto y me hizo descubrir que no me bastaba con leer una vez cada título, así que a partir de aquel momento conseguí que mis familiares me fueran regalando –por cumpleaños, santos, Reyes, etc.- los distintos álbumes hasta tener la colección completa. ¿Cuántas veces habré releído los comics de Tintín? No lo sé, docenas... Y lo seguí haciendo hasta bien entrada mi primera juventud, y aún ahora, de vez en cuando, y aunque me los sé de memoria, releo alguno de mis títulos favoritos. Como podéis ver, soy un fanático.

Así pues, no es el propósito de esta entrada hacer una crítica objetiva de los comics de Tintín; ¿cómo ser ecuánime con lo que uno ama? Lo más ponderado que puedo decir de Hergé es que era un extraordinario dibujante, un magnífico narrador, un excelente diseñador gráfico y que creó un mundo propio habitado por una estimulante y variada galería de personajes. Y eso no es muy ponderado que digamos, ¿verdad? Pero no, no es de Hergé de quien quiero hablar, sino de Georges Remi. No del dibujante, sino de la persona.

No conocí personalmente a Georges Remi. Casi lo único que sabía acerca de su vida privada era que existía un borrón en su pasado: tras la Segunda Guerra Mundial, fue acusado de haber colaborado con los nazis durante la ocupación de Bélgica. No obstante, el motivo de esa acusación era que Remi había seguido publicando sus comics (Tintín, claro) en una revista controlada por los alemanes. Y, hombre, no está bien, pero no es lo mismo eso que gasear a treinta mil judíos. Así que le perdoné, igual que le perdoné a Borges haber prestado su apoyo moral a los militares golpistas. Un desliz lo tiene cualquiera... más o menos.

Pero hace unos años se publicó en España Hergé, de Pierre Assouline (Ediciones Destino Áncora y Delfín, 1997), una tan abultada como documentada biografía del dibujante belga. Y, tras leerla, Georges Remi se me cayó a los pies. No se trataba sólo de que hubiese colaborado con una revista filo-nazi; era un ultraconservador que, antes y durante la guerra, coqueteó abiertamente –aunque nunca llegó a militar- con el fascismo, un católico preconciliar (y no me refiero al Vaticano II, sino a Trento) y un hombre de moral anticuada y estricta, que, como todos los hombres de moral anticuada y estricta, acabó traicionándose a sí mismo. Pero no era sólo eso, no eran sólo sus ideas políticas y éticas. La imagen que brota de las páginas del libro de Assouline (y no se trata de una obra contraria a Hergé, ni mucho menos) es la de un hombre autoritario, intolerante, ególatra y egoísta, un hombre atormentado por sus contradicciones y, al mismo tiempo, inflexible en sus creencias. Es decir, exactamente la clase de persona con la que no me iría ni a tomar una caña al bar de la esquina. Así era el creador de mi querido Tintín.

Reconozco que al principio esto me desconcertó. ¿Cómo podía admirar tanto la obra creativa de (en mi opinión) semejante impresentable? Es cierto que, con el tiempo, las ideas de Remi fueron evolucionando, algo que queda patente en su obra, sobre todo en Tintín en el Tibet y en Las joyas de la Castafiore, pero estoy seguro de que siguió siendo hasta su muerte el mismo hombre autoritario, maniático, ególatra y egoísta de siempre. ¿Cómo conciliar esa imagen con mis adorados comics de Tintín? Bueno, el dilema no duró mucho, porque a Remi no llegué a conocerle y ya jamás le conoceré, pero su obra permanece. Y es la obra creativa lo que importa; el autor sólo es el medio (¿o el médium?) de que se valen las musas para manifestarse. En realidad, el creador, su naturaleza como ser humano, sus defectos y virtudes personales, importan un carajo.

No obstante, voy a confesar algo que en principio parece un contrasentido: Tintín, el personaje, nunca me ha gustado. Demasiado bueno, demasiado blando, demasiado asexuado. En el fondo, no es de extrañar que no me guste, pues Tintín no es más que la proyección ideal de su autor, un eterno boy scout ejemplo de rectitud y buenas costumbres. Un plasta, vamos. Y sólo le perdono porque alguien que tiene tan buenos e interesantes amigos y enemigos no puede ser del todo insulso. En efecto, no me interesa Tintín, pero adoro a todos los coprotagonistas y secundarios que le acompañan. Comenzando, claro está, por el capitán Haddock, el más querido personaje para cualquier tintinófilo de pro, ejemplo de dipsomanía y maestro del insulto surrealista. Pero también Silvestre Tornasol, Milú, Hernández y Fernández, Bianca Castafiore, Néstor, o el malvado Rastapopulos, o el pesadísimo Serafín Latón...

En el fondo, me pasa lo mismo con Tintín que con Hergé: no me gustan ellos, pero me encanta lo que hacen. Y ya que hablamos de gustos, os confesaré cuáles son mis historias favoritas de Tintín: El asunto Tornasol, Siete bolas de cristal y El templo del sol, El secreto del Unicornio y El tesoro de Rackham el Rojo, Tintín en el Tibet, Las joyas de la Castafiore, Stock de coque (precioso título, por cierto), El cetro de Ottokar, La oreja rota, Tintín en el país del oro negro y –aunque fue un álbum no muy bien recibido por la crítica- Vuelo 714 para Sidney. Éste es mi top ten de la tintinidad. Nunca me gustaron Tintín en el país de los soviets (pura demagogia fascista), ni Tintín en el Congo y Tintín en América (demasiado infantiles). Pero sobre todo, detesto Tintín y los Pícaros, que es una descorazonadora traición al espíritu de la serie.

Por cierto, leí hace poco que los herederos de Hergé y Spielberg se habían puesto finalmente de acuerdo para llevar las aventuras de Tintín a la gran pantalla con personajes de carne y hueso. La verdad es que no sé qué pensar al respecto... Tintín y su mundo funcionan de maravilla en comic, pero no pueden ser trasladados tal cual al cine. A comienzos de los sesenta, se rodaron dos películas sobre el personaje en imagen real: Tintín y el misterio del Toisón de Oro (Francia/Bélgica, 1961) y Tintín y las naranjas azules (Francia/España, 1964). Ambos filmes son malísimos por muchas razones, pero una de las cosas que demuestran es que los personajes deben ser reformulados para su adaptación cinematográfica. ¿Qué hará el viejo Steven con Tintín? Ya veremos.

Por último, una pregunta que nos permitirá saber cuántos auténticos tintinófilos hay entre los merodeadores de Babel: ¿Hernández y Fernández son exactamente iguales?

lunes, abril 9

Sugerencias

Creo que ya he hablado aquí más de una vez sobre la actual crisis del género fantástico (cuando digo “género fantástico” lo hago en su sentido más amplio; es decir, incluyendo la ciencia ficción y la mayor parte del terror). No se trata, me apresuro a aclararlo, de una crisis comercial, como demuestran las masivas ventas de Harry Potter & sucedáneos o Tolkien & sucedáneos, sino de una crisis creativa. Sencillamente, el fantástico que se produce actualmente resulta, salvo contadas excepciones, mediocre, repetitivo y aburrido. Además, el problema no es tanto la escasez de obras relevantes, sino la casi total ausencia de autores más o menos indiscutidos, de nuevos creadores que sirvan de referencia y marquen el camino. Es como si el género fantástico hubiera cambiado el I+D por el reciclado.

Quizá, no lo sé, se trate sólo de una crisis del fantástico anglosajón, y puede que en el resto del mundo se estén produciendo obras extraordinarias que algún día descubriremos con pasmo y alborozo, aunque no las tengo todas conmigo. Sea como fuere, y teniendo en cuenta las novedades que llegan a nuestro mercado editorial, los aficionados al género llevamos muchos años de capa caída. Concretamente, desde la década de los 80. ¿Las razones? Son muchas y no voy ni siquiera enumerarlas, porque no es tal el propósito de esta entrada. Si alguien quiere profundizar en el tema, le recomiendo Propuesta para una nueva caracterización de la ciencia ficción, el (masivo) artículo que Julián Díez ha publicado en la revista electrónica Hélice (si quieres leerlo, pincha AQUÍ).

La cuestión es, ¿qué podemos hacer los aficionados al fantástico cuando las novedades que nos llegan resultan tan insatisfactorias? Volver la vista atrás, por supuesto. De entrada, esperar como agua de mayo las nuevas obras de viejos autores que todavía no han sucumbido a la senilidad, como ocurre con Christopher Priest (lo malo es que no se me ocurren muchos más nombres que citar). En segundo y último lugar, ir a nuestra librería en busca de viejas novelas pendientes de leer. Por ejemplo, yo no he leído todo lo que ha escrito Ballard ni todo lo que escribió Dick, aunque, la verdad, no tengo excesivas ganas de leer las obras completa del lisérgico Philip K.

En fin, el fantástico se ha convertido para muchos de nosotros en un triste páramo. Por eso, cuando en mitad del desierto encontramos un oasis, resulta casi obligatorio correr la voz entre nuestros hermanos beduinos (creo que se me ha ido la olla con esta metáfora, pero estoy vago y la voy a dejar tal cual). Además, uno de los propósitos de este blog son las recomendaciones, sugerir que tal o cual libro vale la pena, intercambiar tesoros. Y hoy, amigos míos, tengo un par de recomendaciones que haceros.

La primera es El cura, de Thomas M. Disch (Berenice, 2007). Reconozcamos, de entrada, que esto es de nuevo volver la vista al pasado, porque Disch procede de la New Wave, allá por los lejanos 60, el momento en que la ciencia ficción alcanzó su máxima madurez. Además, El cura fue publicada en USA en 1994, así que nos llega con trece años de retraso. En cualquier caso, Disch (del que algún día hablaré largo y tendido) es uno de los mejores escritores fantásticos del siglo XX, y la aparición en nuestro mercado de una nueva novela suya siempre supone todo un acontecimiento (al menos entre quienes se enteran, que no somos muchos, me temo).

Yendo al grano, El cura es una excelente novela, aunque si eres un ferviente católico te recomiendo que no la leas, porque se trata de una de las más virulentas críticas a la Iglesia Católica que jamás me he echado a la cara. Y es virulenta no por una sobredosis de énfasis, sino precisamente por su sobriedad. Permitidme reproducir el texto de contraportada, y así me ahorro tener que contar el argumento con mis propias palabras, que es más trabajoso (ya os he dicho que hoy estoy vago): “Disch nos ofrece una potente y oscura novela endemoniadamente cómica. Una novela gótica como no se ha escrito otra. Patrick Bryce, un cura católico de una parroquia en Minneapolis, con un pasado pedófilo, mantiene su vicio en secreto hasta que es chantajeado. Para no ser delatado tiene que encabezar una campaña antiaborto, pedir perdón cara a cara a cada una de sus víctimas, leer y estar dispuesto a analizar el trabajo de un barroco escritor de ciencia ficción de culto, y debe llevar tatuado a Satanás en su pecho. Pero estas exigencias son el menor de sus problemas. Más terrible es su certeza de que las pesadillas que tiene, y en las que es un obispo del siglo XIII, no son sueños... Su único santuario para él y su doble, Silvano de Rochefort, es la Iglesia, llena de corrupción y escándalo en ambas eras. Las dos personalidades cruzarán un laberinto de horrores hacia sus propios destinos infernales”. En resumen, El cura es un duro alegato contra la hipocresía del catolicismo, un vigoroso thiller y un inteligente relato sobrenatural... o quizá no, porque el final de la novela, tan sutil como ambiguo, abre la puerta a dos interpretaciones radicalmente distintas. Os lo aconsejo: no dejéis de leerla.

El segundo tesoro que quiero compartir con vosotros me lo proporcionó, literalmente, mi buen amigo Julián Díez. Hace unas semanas, Julián tuvo la amabilidad de regalarme Puente de pájaros, de Barry Hughart (Bibliópolis, 2007). Reconozco que el obsequio me extrañó un poco. De entrada, el autor no me sonaba de nada; pero lo más inquietante era el subtítulo: “Una novela de la antigua china”. ¿Una novela de chinos?, pensé con desconfianza. Porque detesto cordialmente las chinerías escritas por autores occidentales; siempre me suenan falsas e impostadas. No obstante, la novela (otra mirada al pasado, pues apareció en 1984) había ganado el Premio Mundial de Fantasía ex aequo con Bosque Mitago, la obra maestra de Robert Holdstock. Además, Julián insistía en que era una novela excelente, y yo suelo coincidir con sus gustos, así que comencé a leerla...

Y ya no la pude soltar. Disfruté, señoras y señores, como un cerdo en un barrizal (otro símil poco afortunado que no corrijo por pura vaguearía). ¿Cómo definir Puente de pájaros? Divertida, caprichosa, chispeante, ingeniosa y, sorprendentemente, también poética. La novela –en realidad un relato picaresco- narra las peripecias del campesino Buey Número Diez y del sabio Li Kao en su búsqueda de la Gran Raíz de Ginseng, todo ello en medio de una China medieval absolutamente inventada. Porque el verdadero subtítulo de la novela es “A Novel of an Ancient China That Never Was”. Es decir: una novela de una antigua China que nunca existió.

Puente de pájaros, amigos míos, es una obra sencillamente deliciosa, un relato lleno de humor e imaginación que, en ocasiones, como cuando narra la historia que da nombre al título, se vuelve inesperadamente lírico, aunque jamás en un tono grave ni pretencioso, sino siempre de forma ligera, burbujeante y descaradamente divertida. Creednos –a mí y a Julián-: Puente de pájaros es una gozada que no os podéis perder.

Y, como ya os he dicho que me siento un tanto indolente, esto es todo por hoy, queridos merodeadores de Babel.

sábado, marzo 31

Bibliomanía

Entre la bibliofilia y la bibliomanía existe la misma diferencia que entre el apetito y la glotonería. Según la RAE, bibliofilia es la pasión por los libros, y especialmente por los raros y curiosos, mientras que bibliomanía es la pasión de tener muchos libros raros o los pertenecientes a tal o cual ramo, más por manía que para instruirse. Me temo que yo estoy a caballo entre ambos términos, pero más tirando hacia el lado bibliómano.

Me encantan los libros, me chiflan, me ponen, me fascinan e, incluso, ocasionalmente me obsesionan. Toda clase de libros, ficción y no ficción, y sin manías: me da igual bolsillo que cartoné, primeras ediciones o undécimas, encuadernación de lujo o tapas blandas cual septuagenario sin Viagra. No es que desdeñe los libros bonitos, y, puesto a elegir, prefiero una primera edición que la decimocuarta; pero lo que de verdad me importa es el contenido del libro. Esto suena bien, pero ahora empiezan los problemas.

Adquiero muchos más libros de los que puedo leer. Olvidémonos por el momento de la literatura y centrémonos en la no ficción. Soy adicto a los libros “peculiares”, cuando no abiertamente raros. Por ejemplo, y recurriendo sólo a los que tengo cerca mientras escribo esto, ahí veo el voluminoso tratado sobre los espejos de Jurgis Baltrusaitis, y más abajo Juego y artificio, de Alfredo Aracil, un ensayo sobre los autómatas del Renacimiento y la Ilustración, y un poco más allá, cerca de un tomo acerca de la medicina en la época romana, veo la deliciosa Guía de lugares imaginarios, y junto a ella Los jardines del sueño, de Kretzulesco-Quaranta... Bueno, supongo que os vais haciendo una idea. He leído completos muy pocos de esos libros peculiares, pero sí fragmentariamente y, desde luego, todos los he hojeado con deleite.

Luego tengo los libros de documentación y consulta. Diccionarios, decenas de diccionarios de todo tipo (¿qué corazón sensible rechazaría, por ejemplo, tener en su biblioteca el Diccionario ilustrado de los monstruos, de Izzi”?). Pero también manuales de supervivencia, historias de la moda, tratados de armas, libros sobre botánica, astronomía o aves, sobre esgrima, hipnosis, drogas, venenos, criptografía, ilusionismo, juegos, artes marciales, filatelia, demonología, insectos, antigüedades, arquitectura... en fin, un poco de todo. También compro libros que podríamos denominar de “potencial documentación”; es decir, obras que tratan sobre temas que, en principio, me importan un bledo, pero que quizá, por algún extraño motivo, un día puedan llegar a interesarme. Por ejemplo, un Tratado de castellología (antes de comprarlo ni siquiera sabía que existía la “castellología”) o una Historia de las diligencias en España. La verdad es que ambos títulos me han sido posteriormente de gran utilidad, pero sólo constituyen un par de excepciones entre los muchos libros que he comprado “por si acaso” y que jamás me servirán para nada.

Por otro lado, tengo las secciones temáticas. Cine, cómic, Historia –con un apartado especial dedicado, a la Historia Antigua, otro al Medioevo y otro a la II Guerra Mundial-, divulgación científica, arqueología bíblica, antropología, arte y diseño, literatura... sobre estos temas acostumbro a comprar muchos libros, sí señor. Y sobre decenas de temas más que son absolutamente aleatorios, por supuesto. Y luego está la ficción, claro... en fin, como decía hace tiempo un merodeador de Babel, ya no compro novelas, sino opciones de lectura.

Vamos, que adquiero muchos más libros de los que puedo llegar a leer, aunque no hiciera otra cosa que leer durante lo que me resta de vida. Lo cual se traduce en que, para desesperación de mi santa, tengo la casa atestada de libros. Una inmensa librería en el salón, dos grandes librerías en mi despacho, cuatro librerías medianas repartidas por los dormitorios de mis hijos y una pequeña librería en mi dormitorio. Todos los libros están, ay, distribuidos en dos filas por estante. Además, cuento con varias cajas atiborradas de libros en el trastero. ¿No es ésta una acumulación absurda? ¿A qué se debe esta estúpida manía?

Pues a tres motivos, amigos míos. En primer lugar, a que los nuevos títulos duran muy poco en las librerías. Al cabo de unos meses de ser editados, la mayor parte de los libros desaparece de los puntos de venta y no volverás a verlos jamás. Por eso, cada lanzamiento es una oportunidad única y, además, a tiempo limitado; así que en caso de duda, me lo compro. En segundo lugar, disfruto comprando libros; me encanta adquirir un nuevo ejemplar, leer la contraportada, hojearlo, olerlo, tocarlo... cada nuevo libro es un torbellino de sensaciones. Por último, y es triste confesar esto, en algún momento de mi infancia me torcí y acabé convirtiéndome en una urraca bibliómana.

Todo comenzó con la ciencia ficción. Debí de empezar a aficionarme a ella cuando tenía unos doce años. Mi padre había sido el impulsor y responsable de Futuro, la primera colección de cf en España, pero ése no fue el motivo. Mi hermano mayor, a quien podéis encontrar por aquí oculto bajo el alias de Big Brother, era aficionado a la ciencia ficción y compraba las colecciones de la época –los lejanos 60-. Nebulae, Vértice, Cenit, Más Allá... Un día me recomendó que leyera Los reyes de las estrellas, de Edmond Hamilton. La leí y me fascinó... En fin, es una novela malísima, pero yo sólo tenía doce o trece años. A partir de ese momento, comencé a recoger las novelas de ciencia ficción que mi hermano iba dejando tiradas por ahí y así me aficioné al género.

Pero, cuando tenía unos catorce o quince años, ocurrió algo fatal. Mi hermano, como hombre inteligente que es, no conserva los libros. Los lee (destrozándolos en el proceso), los amontona durante un tiempo y luego se deshace de ellos. Pues bien, una tarde vi a mi madre transportando una caja llena de libros de cf que le había dado mi hermano para que los tirase. Le salí al paso, me apoderé de la caja y me la llevé a mi habitación. Serían treinta o cuarenta libros, no más, pero mientras los contemplaba en silencio, una terrible idea germinó en mi cabezota: ¿y si iniciaba una colección de ciencia ficción? La verdad es que no poseo dotes de coleccionista; carezco de la paciencia, la disciplina, y la determinación necesarias. De hecho, creo recordar que jamás llegué a completar un álbum de cromos. Sin embargo, lo de la ciencia ficción me lo tomé muy en serio. Empecé a frecuentar la Cuesta de Moyano y cuanta librería de viejo se cruzaba en mi camino, y cada vez que iba a Barcelona me precipitaba al mercado de Sant Antoni en busca de títulos antiguos. Me convertí en un cazador-recolector de libros, y poco a poco mi colección de ciencia ficción creció y creció, y siguió creciendo hasta finales de los ochenta.

Y entonces se cruzó en mi camino La primera y la última humanidad, de Olaf Stapledon. O, mejor dicho, no se cruzó. Un amigo encontró una edición en español de los años treinta que yo ni siquiera sabía que existía... y me obsesioné con conseguir un ejemplar para mi colección. Lo busqué por todas partes, sufrí por que no lo encontraba, me desesperé, me obsesioné y, al cabo de unos meses, quizá un año, di con él. Y entonces comprendí algo: no lo iba a leer. Stapledon me aburre, no tenía la menor intención de leer La primera y la última humanidad. Me había vuelto loco buscando un libro que no pensaba leer... Así que, en un momento de lucidez, me dije: “se acabó esto de coleccionar ciencia ficción”. Y no sabéis el peso que me quité de encima.

En fin, supongo que así me convertí en un puñetero bibliómano. Pero volvamos al problema inicial: mi casa está llena de libros, ya no me caben en ningún lado, salvo que convenza a mis hijos acerca de las ventajas de una emancipación anticipada, aunque lo cierto es que, a juzgar por las ventosas que les han salido en los dedos, y el modo como las utilizan para adherirse férreamente a los muros, no les veo muy dispuestos a dejar el hogar paterno. Por otro lado, mi santa ha dejado meridianamente claro que sólo podré instalar librerías en el pasillo, la cocina y los baños pasando por encima de su cadáver. De modo que tengo un espacio limitado, una familia hostil y demasiados libros.

Pero, atención, todavía conservo mi vieja colección de ciencia ficción. Estoy hablando de unos 4.000 volúmenes, de lo cuales por lo menos 3.000 carecen por completo de interés. Pura literatura popular barata, basura de tercera clase. Podría quedarme sólo con los que me interesan realmente y deshacerme del resto, con lo que sacaría un dinerito y, lo más importante de todo, ganaría sitio para poder comprar y colocar más libros. Sólo de pensarlo se me hace la boca agua...

Pero no puedo, amigos míos, me resulta sencillamente imposible. La mera idea de deshacerme de tres cuartas partes de mi colección de ciencia ficción se me antoja tan éticamente reprobable como abandonar a mi anciana madre (si tuviese una anciana madre) en una gasolinera para irme a hacer turismo sexual a Tailandia. Se me parte el corazón. No puedo, no puedo... De modo que ahí seguirá mi vieja colección, ocupando un espacio que muy bien podría dedicar a otros fines, mientras títulos tan prestigiosos como Nipe el monstruo, Vikingo del espacio o Guerra Texas Israel acumulan melancólicamente polvo en un estante olvidado.

¿Y todo por qué? Porque los seres humanos nos creemos racionales, cuando lo que somos es básicamente emocionales. Y yo, en particular, además soy gilipollas.

miércoles, marzo 21

12

Una de las cosas que más satisfacción me producen es descubrir la respuesta a cuestiones que siempre me han intrigado, aunque debo advertir que muchas de esas cuestiones parecen –y probablemente sean- una soplapollez. Por ejemplo, el doce. ¿Por qué es un número tan mítico, tan esotérico, por qué aparece tantas veces relacionado con lo sagrado? Los doce signos del zodiaco, las doce tribus de Israel, los doce patriarcas, los doce apóstoles, los doce dioses del Olimpo, las doce piedras Rosacruces, los doce nudos y las doce columnas masónicas, los doce trabajos de Hércules, los doce chakras, las doce puertas de la Jerusalén Celeste, las doce estrellas del Apocalipsis, las doce Sibilas... en fin, hay muchos ejemplos. Esto en cuanto a lo sagrado, pero el doce también aparece en lo profano: la docena. ¿Por qué, si nuestro sistema numérico es decimal, utilizamos habitualmente una medida duodecimal? Está claro que el doce tiene una inmensa importancia, simbólica y práctica, desde épocas muy remotas; pero ¿por qué, qué razón última se esconde tras el doce?

La respuesta más frecuente a esta cuestión es que el año comprende, más o menos, doce ciclos lunares. Por este motivo, los sacerdotes babilonios –grandes astrónomos- dividieron el año en doce meses (los primeros calendarios eran lunares) y la esfera celeste en doce casas zodiacales. De ahí a considerar sagrado el doce sólo hay un paso... pero esta respuesta no acaba de convencerme. La escritura, por ejemplo, aunque luego adquirió connotaciones sagradas, no fue un invento sacerdotal, sino de los burócratas sumerios, que necesitaban un método para registrar las transacciones comerciales. Es decir, su origen es práctico, no mágico. Y lógicamente cabe pensar lo mismo de los sistemas de numeración, aunque tenemos el problema de ignorar quien inventó el primero, pues hay ejemplos de primitivos métodos numéricos datados en el paleolítico e incluso quizá anteriores.

Pero volvamos a los babilonios. Utilizaban un sistema numérico sexagesimal; por eso ellos, que establecieron la forma de medir el tiempo que hoy seguimos usando, fijaron minutos de sesenta segundos y horas de sesenta minutos, y por eso dividieron la esfera celeste en 360 grados (6X60). Pero un sistema sexagesimal parece un tanto excesivo, demasiado complejo para su uso cotidiano, de modo que lo más probable es que ese sistema provenga de otro más sencillo. ¿Cuál? Hay diversas teorías al respecto, pero la más evidente es que los primitivos babilonios usaban un sistema duodecimal. A fin de cuentas, 60 es múltiplo de 12 (5X12=60), y fueron los babilonios quienes dividieron el día en 24 horas (12 de dia y 12 de noche) y el año, como dije antes, en doce meses.

Ahora bien, ¿por qué un sistema duodecimal? A lo largo de la historia, la mayor parte de los sistemas de numeración han estado basados en el cinco, el diez o el veinte. Y esto, como muchas otras medidas, está basado en peculiaridades del cuerpo humano; en concreto, nuestros dedos. Cinco dedos en una mano, diez en las dos y veinte si añadimos los pies. Porque desde épocas muy remotas, la gente ha utilizado los dedos para contar. Por eso a los números se los llama dígitos. En cualquier caso, el sistema más usado en el pasado y el presente es el decimal. Dos manitas; ése es el ábaco que nos ha otorgado mamá naturaleza.

¿En qué consiste básicamente un sistema de numeración? En dividir los números en grupos de n elementos. De diez en diez en el caso del decimal o de doce en doce en el caso del duodecimal. Pero, ¿cómo surge esto? Vamos a retroceder en el tiempo a épocas muy remotas; quizá al neolítico. Un tipo tiene un rebaño de ovejas; las lleva todos los días a pastar y al atardecer vuelve a encerrarlas en el corral. Pero, ¿están todas, no falta alguna? El pastor tiene un problema, porque todavía no se ha inventado ningún sistema de numeración, así que se sienta a pensar y finalmente encuentra la solución a partir de algo en lo que los seres humanos estamos particularmente bien dotados: la analogía simbólica. Se planta delante de la puerta del corral, comienza a encerrar al rebaño y, por cada oveja que pasa, baja un dedo de las manos. Una vez que los ha bajado todos, hace una muesca en un palo y vuelve a empezar. Cuando termina, compara las muescas con las del día anterior y así sabe si le faltan o no ovejas.

Nuestro buen pastor ha sentado, sin proponérselo, las bases para el sistema de numeración decimal. Pero no sólo ha hecho eso; también ha inventado un “registro de existencias” (los palos con muescas) y un sencillo método que permite contar cosas a quien no sabe contar (de hecho, él no sabe realmente contar).

Así pues, la forma en que ordenamos los números depende del método que empleaban nuestros más remotos antepasados para contar ovejas o lo que sea. Si usaban sólo una mano, la base seria cinco; si usaban las dos, el sistema sería decimal y si añadían los pies, vigesimal. Por cierto, el sistema de numeración vigesimal más conocido es el de los mayas, pero sin irnos tan lejos, podemos encontrar rastros de un arcaico sistema vigesimal en el idioma francés, donde, por ejemplo, 80 se llama quatre-vingts.

Entonces, ¿cómo podemos encajar el doce en todo esto? ¿Existe algún método para contar exactamente hasta doce usando los dedos? Pues sí, existe, y además basta con emplear una sola mano (un problema del primitivo “cómputo decimal” era que mantenía ocupadas las dos manos). Se trata de un antiquísimo método para contar basado no sólo en los dedos, sino en las articulaciones de los dedos. Es sencillo. Dejando aparte el pulgar, que vamos a utilizar como señalizador, los cuatro restantes dedos de una mano tienen cada uno de ellos tres articulaciones. Es decir, en total doce articulaciones. Si vamos a contar un rebaño, lo que hacemos es, cuando pasa la primera oveja, llevar el pulgar a la primera articulación del meñique; otra oveja y el pulgar se desplaza a la segunda articulación; otra más y saltamos a la tercera. Cuando pasa la cuarta oveja, cambiamos de dedo y ponemos el pulgar en la primera articulación del anular, y así sucesivamente hasta llegar a la última articulación del índice. Entonces hacemos la consabida muesca en el palo, que representa una docena exacta. Ahí tenemos el origen de nuestro mágico 12.

Es probable que, posteriormente, al coincidir esa cifra con el número de ciclos lunares anuales, el doce adquiriera carácter sagrado, pero su origen no es otro que una forma profana, práctica y cómoda de contar ovejas. Ya sé que esto, a más de uno, le parecerá una chorrada, y quizá lo sea, pero también es una demostración de que, tras cada mito, tras cada símbolo, se oculta una realidad distinta a la aparente. Y a mí me chifla averiguar esas realidades escondidas y enterradas por el paso del tiempo. En cierto modo, es como la labor de un detective; pero es que, si nos paramos a pensarlo, el trabajo de un arqueólogo o un antropólogo tiene mucho de detectivesco.

Ah, un último detalle. Está claro que gran parte de lo que he dicho en este post es puramente especulativo, pues no tenemos ningún registro de cómo surgieron los sistemas duodecimales. Pero no me negaréis, amigos míos, que si non è vero è ben trovato.

viernes, marzo 9

Series

Ya es un tópico afirmar que estamos en la edad de oro de las series de TV. De las series anglosajonas y, sobre todo, norteamericanas, porque las españolas... en fin, mejor no hablar. Bueno, pues últimamente he tenido la oportunidad de revisar un buen puñado de series que están emitiéndose actualmente y he llegado a la conclusión de que la mayor parte siguen siendo entre malas, mediocres, bobas y/o vulgares. Pero también es verdad que cada vez surgen más series originales, atrevidas y estimulantes; y no sólo eso: además tienen éxito de audiencia, lo cual es bueno y malo a la vez

Me apresuro a aclarar que hay unas cuantas series, según dicen excelentes, que nunca he seguido y a las que, a estas alturas, me da una pereza enorme intentar incorporarme. No he visto Los Soprano, ni El ala oeste de la Casa Blanca, ni A dos metros bajo tierra, ni 24, y tampoco veo CSI Las Vegas –que según mi buen amigo Julián Díez es de lo mejor que hay ahora en la tele-, Alias o Battlestar Galactica. Así que vamos a hablar de las series que me tienen enganchado o, al menos, que me interesan lo suficiente como para seguirlas.

Perdidos, lo confieso, me tiene enganchado. Me fascina su argumento -un cruce entre La isla misteriosa y El Señor de las Moscas protagonizado por adultos-, me gusta el casting, la realización, el tono... aunque... Bueno, he aquí un ejemplo de lo que puede ser morir de éxito. La primera temporada fue un bombazo, así que había que ordeñar la vaca prolongando la serie más allá de lo razonable. Se acaba de estrenar la tercera temporada en USA y hay previstas otras cuatro. ¿Siete temporadas perdidos en una isla? Demasiado, me parece. Ya en la segunda temporada se notó una más que marcada tendencia a estirarlo y embrollarlo todo en exceso, así que supongo que la cosa va a ir a peor. Ya veremos.

Algo parecido sucede con Mujeres desesperadas. Ese culebrón posmoderno trufado de humor ofreció una brillantísima primera temporada cuya trama se centraba en las razones del suicidio de una vecina de las cuatro protagonistas. El hecho de que el relato estuviese narrado en off por la suicida (al estilo de El crepúsculo de los dioses) añadía originalidad y garra al asunto. Pero, solucionado el misterio, la serie, en su segunda temporada, y lo que llevo visto de la tercera, ha derivado a una sucesión de subtramas cada vez más retorcidas e improbables que acaban resultando demasiado artificiales. Es cierto que aún conserva el humor y la ironía, que algunas de las historias que se entrecruzan siguen ofreciendo cierta brillantez, que ahí dentro están mis adoradas Teri Hatcher y Felicity Huffman, pero me temo que Wisteria Lane se está convirtiendo a marchas forzadas en la calle más rara y disparatada del mundo.

Recientemente engullí de seguido la primera temporada de Prison Break y quedé automáticamente enganchado. En muchos sentidos, es una serie modélica, pero sobre todo lo es en su ritmo narrativo. No paran de suceder cosas, no hay un segundo de descanso, de modo que el relato fluye a tal velocidad –e intensidad- que, sencillamente, no te permite pensar en las múltiples trampas de la trama. Por lo demás, la serie asume sin complejos los estereotipos del género carcelario, ofreciendo, de paso, unas dosis de violencia y testosterona raras veces vistas en un producto televisivo. Ahora está en antena la segunda temporada, pero esperaré a verla toda seguida, como hice con la primera. De todas formas, los protagonistas ya se han fugado, así que una serie carcelaria –que era lo que me gustaba- se ha convertido en una versión de El fugitivo –que ya no me gusta tanto-. Además, están previstas cinco temporadas... De nuevo, demasiado.

Una serie más humilde, pero no por ello menos estimable, es Medium, una producción centrada en los avatares de Allison Dubois, una madre de familia que trabaja como... eso, medium, para el fiscal del distrito. Aparte de estar protagonizada por mi también muy amada Patricia Arquette , la serie ofrece un tratamiento inteligente del tema y amplias dosis de sentido del humor. Los guiones -aunque de calidad irregular, como en toda serie- suelen tener un buen nivel y, lo que no deja de resultar sorprendente, muchos capítulos se adentran en la experimentación narrativa, jugando, por ejemplo, con los efectos de sonido, la banda musical o el montaje.

Y llegamos a la que sigue siendo, sin lugar a dudas, mi serie favorita: House. En fin, ya he hablado muchas veces acerca de esta sorprendente muestra de lo inteligente que puede llegar a ser la tele, así que no me enrollaré mucho. Sólo una observación: House, más allá de ser un muy estimable entretenimiento, es una serie mucho más seria de lo que parece. ¿Por qué? Pues por su premisa de partida, un personaje que es por definición tan sincero como políticamente incorrecto, motivo por el cual en esta serie se dicen cosas y se tratan temas que no se dicen ni se tratan en ningún otro sitio. Un soplo de aire fresco.

Por cierto, últimamente he detectado a Hugh Laurie interpretando papeles entre secundarios y muy secundarios en varias películas, como El hombre de la máscara de hierro, la segunda parte de 101 Dálmatas o El vuelo del Fénix... y, la verdad, no destaca lo más mínimo. He ahí el caso evidente de un actor que andaba buscando, y finalmente ha encontrado, su personaje perfecto.

Por último, el gran éxito de la temporada en USA: Héroes. Sólo he visto los cuatro o cinco primeros capítulos, pero creo que es una serie correcta, hábil, sobria y razonablemente respetuosa con la inteligencia del espectador. No obstante, tampoco es muy original que digamos, pues en el fondo se limita a llevar a la (pequeña) pantalla lo que los comics de superhéroes post-Moore llevan haciendo un par de décadas. Sin embargo, Héroes es una demostración perfecta de hasta qué punto la ficción televisiva lleva hoy en día ventaja al cine de Hollywood. Me explicaré.

Como cualquier aficionado a los comics sabe, en el mundo de los superhéroes hay un antes y un después de Watchmen. Para los que no sepan de qué hablo, Watchmen es una novela gráfica dibujada por Dave Gibbons, donde su guionista, Alan Moore, desarrolla –entre otras cosas- una historia hiper-realista basada en el mito del superhéroe, diseccionándolo desde una perspectiva política, moral, simbólica y psicológica. Es decir, un tratamiento naturalista del superhéroe. El caso es que, a partir de ese momento (1987), los comics de “superhéroes realistas” proliferaron como hongos en un otoño lluvioso. Era el nuevo estilo, y aunque ahora parezca un tanto ajado, sigue vigente en el universo de las viñetas superheroicas.

Bueno, pues si le echamos un vistazo al cine producido por los grandes estudios, encontraremos superhéroes hasta en la sopa: Superman, Batman, X-Men, Hulk, Spiderman, Los 4 Fantásticos, Daredevil, El Motorista Fantasma, Hell Boy, Blade... Pero, si os fijáis, todos son superhéroes clásicos pre-Moore. De hecho, con la excepción de la excelente El Protegido, de Shyamalan, no se ha producido ninguna película basada en superhéroes naturalistas post-Watchmen. Pero sí una serie de TV: Héroes. Lo cual es otra prueba de que hoy en día la ficción televisiva (norteamericana) arriesga más que el cine comercial (norteamericano).

En fin, amigos míos, quién le iba a decir a un amante incondicional del cine clásico americano que iba a acabar recuperándolo en la tan denostada caja tonta...

Cosas veredes. Sancho, que non crederes.

sábado, marzo 3

Libros para Yepetta


Yepetta es una jovencísima merodeadora de Babel: tiene doce años…

Estoy seguro de que ahora más de uno habrá esbozado una sonrisa a medio camino entre la simpatía y la condescendencia, esa clase de sonrisa que los adultos jurásicos adoptamos cuando un niño interviene en nuestras reuniones de, eso, adultos jurásicos. Craso error, borrad esa sonrisa. Yepetta es una niña, sí, pero ser un niño no significa ser idiota, ni ser una medio-persona, no, qué va, qué va, ni mucho menos. De hecho, los niños superan a los adultos en muchos aspectos. Sus cerebros, por ejemplo, son infinitamente más versátiles que los nuestros, más “plásticos”, más moldeables. Su capacidad de asimilar y procesar experiencias e ideas nuevas nos deja, por comparación, a la altura de los fósiles. Son más rápidos que nosotros, más fuertes y adaptables; están hechos de futuro, así que podrán ser cualquier cosa que quieran ser, siempre que se lo propongan con la suficiente tenacidad. De modo que no os sintáis superiores a los niños, porque los niños, además, tienen magia, mientras que la mayor parte de nosotros, pobres adultos petrificados, perdimos la magia hace mucho, mucho tiempo (aunque, todo hay que decirlo, unos cuantos privilegiados hemos logrado conservar un poquito muy cerca del corazón y no muy lejos del cerebro). Qué envidia siento por Yepetta, qué envidia por sus mágicos doce años... Pese a que no todo es maravilloso a los doce años, lo sé, lo sé…

No conozco a Yepetta personalmente; un día se presentó aquí y me dijo que le había gustado mucho una de mis novelas. Sé que tiene doce años y que lleva una bitácora llamada El diario de Yepetta (que podéis visitar pinchando AQUÍ). Sé que le gusta mucho leer (y os pregunto: ¿alguna vez os ha vuelto a absorber tanto la lectura como cuando teníais doce años?), sé que le gusta mucho escribir (está escribiendo una novela) y sé que lo hace muy bien, porque eso se nota con sólo echarle un vistazo a su blog. También sé que tiene buenas amigas y que no se lleva nada bien con su profesor de literatura. (Por cierto, Yepetta, si ese profe no se da cuenta de lo especial que eres, entonces es un capullo que no merece tenerte como alumna).

Creo –no estoy del todo seguro- que Yepetta no estudia mucho, que está todo el día fantaseando, soñando despierta. Quizá me equivoque, pero es la impresión que he sacado leyendo algunas entradas de su blog. Si es así, me gustaría decirle a Yepetta dos cosas. En primer lugar que yo, a su edad, era igual que ella: un mal estudiante siempre en las nubes, leyendo a escondidazas, escribiendo relatos inacabados e imaginando realidades imposibles. Algunos de mis profesores pensaban que yo era un cabeza loca destinado al fracaso, pero los muy gilipollas se equivocaron, porque esas fantasías de mi infancia estimularon mi imaginación de adulto y eso me ha permitido hacer cosas, realizar actividades y trabajos, que ellos, los profes gili, ni siquiera podían imaginar. Pero también le diría a Yepetta que luego, unos años después, comprendí lo importante que es adquirir conocimientos. La cultura es el cimiento de nuestra personalidad, así que le sugeriría a Yepetta que procurara aprender cuántas más cosas mejor, pero no por estudiar, ni por las notas, sino por el inmenso placer de descubrir el mundo y la vida. Pero en fin, ¿quién soy yo para dar consejos? (NOTA: pues no, me equivoqué; Yepetta, según ella misma me ha aclarado, es una buena estudiante, así que olvidad lo que he dicho)

Y a lo que vamos, ¿por qué hablo de Yepetta? Pues porque la pobre Yepetta entró en este blog y, al poco, me puse a soltar rollazos políticos que no hicieron más que aburrirla, y con razón. Así que he decidido compensarla, y sólo se me ha ocurrido un modo: recomendarle algunos libros que me fascinaron durante mi infancia y adolescencia. Aunque, claro, la cosa no es sencilla; de entrada, Yepetta es una chica y yo un chico, pero es que además hace cuarenta y un años que no tengo doce años. ¿No serán recomendaciones de carroza? Seguro que sí; al menos algunas. Por ejemplo, lo primero que le recomendaría a Yepetta es que leyese Las aventuras de Guillermo, de Richmal Crompton; pero sé que a los chicos de ahora no les gusta Guillermo -quizá porque esa Inglaterra rural de los años 30 que describen sus relatos les suena mucho más extraña y ajena que, por ejemplo, la Tierra Media-, así que no se lo recomiendo. Pero sí podemos empezar con algunos clásicos.

Julio Verne. ¿Te gusta Perdidos, Yepetta? Pues las novelas de Verne 20.000 leguas de viaje submarino y, sobre todo, su continuación, La isla misteriosa, son un precedente directo de esa serie de TV. Y luego tenemos Viaje al centro de la Tierra, una de las mejores novelas de aventuras jamás escrita. A continuación podemos pasar a Arthur Conan Doyle, el creador de Sherlock Holmes; no dejes de leer El sabueso de Baskerville, y también El mundo perdido, que no es de Holmes, pero es una maravillosa aventura con dinosaurios (no la confundas con la novela del mismo título y tema escrita por Michael Crichton, que es muy mala). Otro autor que te recomiendo es Jack London; por lo menos La llamada de la selva y Colmillo Blanco. Y Kipling; El libro de la selva es una gozada. Mmm... De pequeño me gustaba mucho James Oliver Curwood. Nómadas del Norte, Kazán, perro lobo, El Oso... Pero creo que se ha quedado muy anticuadito, así que tampoco te lo recomiendo, Yepetta.

Pero sí te recomiendo a H. G. Wells: La guerra de los mundos, La máquina del tiempo y La isla del doctor Moreau... Y a Stevenson, por supuesto; La isla del tesoro y El extraño caso del dr. Jekill y mr. Hyde. Y a Mark Twain; Las aventuras de Tom Sawyer y Las aventuras de Huckleberry Finn, desde luego, pero también sus relatos cortos de humor. Son graciosísimos. El viento en los sauces, de Keneth Grahame, es un libro precioso que contiene algunas de las mejores descripciones de la naturaleza que he leído.

Esto en cuanto a los clásicos. A la hora de hablar de autores más modernos, tengo un problema, Yepetta: cuando tenía tu edad leía mucha ciencia ficción, así que podría recomendarte un montón de libros de ese género, pero no es cuestión de marearte, así que voy a sugerirte sólo los que creo que te gustarán. En primer lugar, Flores para Algernon, de Daniel Keyes. Es una historia muy hermosa, y muy triste, que te hará llorar cuando llegues al final (yo lloré como una Magdalena). También te gustará El Pueblo, de Zenna Anderson, una serie de relatos fantásticos llenos de magia y de humanidad. Otra maravillosa novela es Estación de Tránsito, de Cliford D. Simak; y del mismo autor: Ciudad, una antología de relatos que te encantará, sobre todo si te gustan los perros. Y una divertidísima novela sobre viajes en el tiempo: Puerta al verano, de Robert Heinlein.

Bueno, querida Yepetta, no quiero volverte loca proponiéndote un montón de títulos. Sólo añadiré tres más, y no para que los leas ahora, sino dentro de unos años. No sé cuántos, porque todo depende de tu madurez como lectora; ya lo decidirás tú misma cuando llegue el momento. El primer título es Crónicas marcianas, de Ray Bradbury, una antología de relatos llena de melancolía y poesía. El segundo título es El guardián entre el centeno, de J. D. Salinger, una extraordinaria novela que muestra, como ninguna otra, el espíritu de la adolescencia; así que cuando te sientas un poco adolescente, Yepetta, léela. Te gustará mucho, ya verás.

Y llegamos al último título, que no es un título, sino un autor: Jorge Luis Borges. Cuando cumplas, digamos, diecisiete años, Yepetta, lee Ficciones y El Aleph. Son dos antologías de relatos cortos y deberás leerlas muy despacio, con mucha atención, porque los escritores que hayas leído hasta entonces te habrán hecho soñar, pensar o sentir, pero Borges, sencillamente, te trasladará a otro universo, y esa es una experiencia que debe apreciarse con la edad y el estado de ánimo adecuados. Borges es pura magia.

Y esto... ¿es todo? No, claro que no. Sólo quería recomendarle a Yepetta un puñado de libros que me gustaron cuando tenía más o menos su edad, pero hay muchos más. En cualquier caso, estoy seguro de que los merodeadores de Babel sabrán corregir mis olvidos recomendándole nuevos y maravillosos títulos a la mágica Yepetta.
Post Data: Ayer, cuando colgué esta entrada, olvidé mencionar dos libros que tenía mucho interés en recomendarle a Yepetta. Afortunadamente, se trata de un error fácil de corregir. El primer título, Yepetta, es Los cristales soñadores, de Theodore Sturgeon. Se trata de una especie de cuento de hadas duro y cruel, pero al mismo tiempo maravilloso y tierno. Te gustará. Y te gustará muchísimo, estoy seguro, una novela llamada La mansión de las rosas, de Thomas Burnett Swann. Lo malo es que quizá te cueste un poco encontrarla, ya que se editó en 1981, pero seguro que das con ella en Internet. Vale la pena que la busques, Yepetta, porque te va a encantar; además, así podrás iniciarte en un deporte muy estimulante: la caza de libros.

viernes, febrero 23

La Fraternidad de Babel

Creé este blog sin ningún motivo, sólo porque era fácil y, supongo, para distraerme hurtándole unos minutos al trabajo. Era por la tarde; me acababa de llegar un mail de Care Santos anunciando el estreno de su blog y entré en él. Luego, cliqueé en el logotipo de Blogger y descubrí lo sencillo que era crear una bitácora, así que me puse a la tarea. Ni siquiera pensaba activarla; sólo lo hacía por relajar un rato las neuronas. Sin embargo, pronto surgió una pregunta: si eso llegara a ser un blog, ¿cómo se llamaría? De modo que redacté una lista de alternativas, aunque lamento no recordar ninguna de ellas, porque no tardé mucho en encontrar el nombre definitivo.

La Fraternidad de Babel.

Babel… ¿Por qué Babel? Es un mito que siempre me ha fascinado: la explicación legendaria de la multiplicación de las lenguas. Pero es mucho más que eso. Babel, su torre, fue el primer experimento de los humanos en la búsqueda del conocimiento. Nada más y nada menos que alcanzar el cielo y codearse con dios. Que al final el intento fracasase no le resta ni un ápice de grandeza, porque la idea era buena, pero Yavhé un tramposo ventajista. En cualquier caso, el proyecto de la Torre es el símbolo perfecto de lo que somos los seres humanos: animales curiosos y descarados que siempre estamos metiendo los hocicos donde nadie nos llama.

Pero Babel es, también, la versión mítica de Babilonia, la Gran Meretriz, la ciudad más dilatada de la Tierra. ¿Qué impresión pudo causarle a un rústico proto-hebreo de aquellos tiempos ver Babilonia por primera vez? Se quedaría de piedra, supongo, cuajado, niquelado, estupefacto. Multitudes fatigando las callejas y las inmensas avenidas, cientos, miles de edificios, jardines, palacios, monumentos y, presidiéndolo todo el Gran Zigurat. Pero también ídolos por doquier, prostitutas, ladrones, falsos profetas, vicio y perversión. Y, sobre todo, la mayor muestra de soberbia jamás vista, esa descomunal torre que parece asediar los cielos compitiendo con la gloria de Elohim. Quizá por eso, por tanto orgullo, el poderoso dios del desierto confundió las lenguas de quienes acudían a la ciudad desde todos los rincones del orbe conocido. Eso es también Babel: un lugar de encuentro, un crisol, un caos.

Y aún hay otra versión de Babel, la Biblioteca de Borges -mi escritor más admirado-, ese aleph de libros donde se encuentra todo lo que se ha escrito y todo lo que se va a escribir; de hecho, todo lo que podría y puede escribirse, el infinito. Una biblioteca en realidad inútil, porque lo incluye todo, en todas las lenguas que han sido, son y serán, lo verdadero y lo falso, lo que tiene significado y lo que no lo tiene. De nuevo el caos, aunque esta vez ordenado alfabéticamente.

Todo eso es Babel para mí, y por esa razón lo incorporé al nombre del blog, quizá porque pretendía, sin saberlo entonces, que este lugar fuese caótico, inútil y un tanto arrogante, pero al mismo tiempo un lugar de encuentro.

¿Por qué Fraternidad? O, mejor dicho, ¿qué clase de fraternidad? Veréis, no me siento identificado con los de mi misma clase social. A decir verdad, no me siento identificado con ninguna clase social, alta, media o baja, porque los intereses de la mayor parte de la gente, sea cual sea su condición, no suelen coincidir con los míos. Digamos que voy por libre, que soy más bien raro. Sin embargo, a lo largo del tiempo he ido encontrándome con gente que compartía conmigo, no sólo mis intereses, sino la forma de entender y apreciar eso que denominamos -sin saber muy bien de qué se trata- la cultura. Una visión lúdica del arte y de la vida, un decidido eclecticismo, amplitud de miras y mucha curiosidad. Es como una especie de club disperso, cada uno de su padre y de su madre, unos aquí y otros allá, pero todos capaces de conciliar un relato de Nabokov con un tebeo de El Hombre Enmascarado, un cuadro de Hopper con una ilustración de Moebius, o un ensayo de Cipolla con una novela gráfica de Alan Moore. Creo que en el fondo somos gente sin un camino marcado, sin método ni metas; funcionamos simplemente por estímulos, buscándolos siempre en cualquier parte. En el fondo, supongo que somos un poco (o un mucho) inmaduros; quizá no nos hemos librado del lastre de la infancia, aunque en realidad estamos convencidos de que la infancia no es un lastre, sino un tesoro digno de conservarse. Por eso adoramos que nos cuenten historias, la literatura de género, los tebeos, el cine, las series de televisión inteligentes… Nos encanta soñar, nos fascina que nos asombren. Desconfiamos del realismo, porque sabemos que la realidad es lo que inventan las personas que carecen de imaginación, así que tendemos a buscar los lados insólitos de la vida. Somos niños todavía sorprendidos por las maravillas del universo.

En fin, creo que, inconscientemente, pensaba en esa clase de gente –en esa clase de fraternidad- cuando decidí activar La Fraternidad de Babel. Y acerté. Pero también me equivoqué. Porque todo lo que he dicho en el párrafo anterior, ¿no es en el fondo una forma como otra cualquiera de elitismo? Puede que seamos especiales, distintos o simplemente raros, puede que estemos dotados de un discreto encanto excéntrico, pero no nos envanezcamos por ello, pues lo cierto es que la inmensa mayoría de las personas tienen algo, aunque sólo sea un diminuto fragmento de su personalidad, que las hace especiales. Y una cosa más, algo que he aprendido con el tiempo: lo más valioso que existe, lo más importante, no es la inteligencia, ni el ingenio, ni la cultura, sino la bondad. No hay nadie más especial que una persona buena.

De modo que esta fraternidad está dedicada a cualquiera que le apetezca pasar por aquí; no es un club selecto, ni un castillo, ni una torre de marfil. Como Babilonia, es un crisol, un punto de reunión donde pueden encontrarse las personas que hablan y no hablan el mismo idioma. Como la Biblioteca, es un caos, un laberinto, una inutilidad. Y, al igual que la Torre, es un fascinante fracaso. ¿Qué más se le puede pedir a algo tan insignificante?

La Fraternidad de Babel. Abierto para todos los públicos.

miércoles, febrero 7

Comunicación difusa

Como amenazaba hace unas semanas, voy a dar mi opinión acerca de los errores de comunicación del PSOE, aunque me temo que decepcionaré a alguna que otra susceptible alma dextrógira. Porque, en base a una curiosa y absurda teoría de la equidistancia, se supone que si critico al PP, debo decir exactamente lo mismo del PSOE (aunque, por lo visto, no al revés); el problema es que los errores de comunicación de los socialistas no sólo son distintos a los de la derecha, es que son casi contrarios. Veamos…

Supongo que imaginaréis que los dos grandes partidos políticos cuentan con sofisticados gabinetes de comunicación, y no es así. En lo que respecta al PSOE, que es el partido que mejor conozco, carece casi por completo de especialistas en la materia (salvo algún que otro sociólogo; personajes estos que, como lo saben todo, son nefastos a la hora de diseñar estrategias de comunicación). Las decisiones al respecto suelen ser tomadas de forma más o menos colegiada por personas que lo ignoran todo sobre publicidad, aunque la última palabra siempre la tiene el máximo jefe, que tampoco sabe nada de publicidad. Intervienen ocasionales asesores, por supuesto; de hecho, yo fui uno de ellos, y no os lo creeríais si os contara, por ejemplo, cómo surgió el gimmick “ZP”.

Ahora unas nociones de comunicación persuasiva. La publicidad se basa en la unicidad del mensaje y en la repetición. Es decir, se debe transmitir un único mensaje (no dos, ni tres, ni cuatro: sólo uno) y con toda claridad, sin matices ni vaguedades. La base de esto es lo que en marketing se llama USP (Unique Selling Proposition), o Single Minded Proposition, un principio desarrollado por el publicitario Leo Burnett en el que se establece que la eficacia de un mensaje publicitario es inversamente proporcional al número de conceptos que deban transmitirse. Por otro lado, dicha eficacia dependerá también, y de forma directamente proporcional, del número de impactos sobre el grupo objetivo. Es decir, que no basta con una sola exposición al mensaje; cuantas más exposiciones, más firmemente se grabará el concepto en las mentes de los destinatarios.

Como podéis comprobar, los portavoces de la derecha son unos maestros en esto. Escasos mensajes expresados machaconamente con sencillez y contundencia. Ni un pero puedo ponerles en este sentido; lo hacen de puta madre.

Ahora bien, la USP –desarrollada a mediados de los sesenta- es un principio necesario para generar buena publicidad, pero hoy por hoy insuficiente. El mercado se ha sofisticado y existen muchos productos similares que no pueden venderse en función de una “propuesta de venta” diferencial y relevante. Entonces, ¿cómo conseguir que el consumidor elija un producto determinado frente a otros que son objetivamente idénticos? Pues aportando un valor añadido, un factor que recibe muchos nombres, pero que podríamos denominar “tono”, “carácter” o, quizá más apropiadamente, “estilo”. ¿Por qué preferimos comprar unas zapatillas Nike en vez de unas Adidas, si son igual de buenas? Porque el estilo que transmite Nike en su publicidad –sofisticado, urbano, de clase media-alta, cool- conecta más con nuestras aspiraciones que la propuesta de Adidas. Es decir, no sólo compramos unas zapatillas; también compramos una reafirmación de nosotros mismos. O, mejor dicho, de lo que nos gustaría ser.

Y ahora hablemos de los socialistas. Desde que se convirtió en Secretario General de su partido, y líder de la oposición, Zapatero optó por un estilo suave, tranquilo, educado, sin estridencias. En fin, lo que ha acabado denominándose “el talante”. Ese estilo le dio excelentes resultados, sobre todo enfrentándose a un líder tan bronco como era Aznar. Sencillamente, la mayor parte del electorado prefería el “estilo Zapatero” al “estilo Aznar”, y para comprobar esto basta con echarle un vistazo a los sucesivos resultados que las encuestas ofrecían y ofrecen acerca de la “valoración de líderes”. Pero el estilo no basta; hay que transmitir algún mensaje. Y ahí es donde se equivocan los socialistas, porque no aplican algo tan fundamental como la USP.

Desde su triunfo electoral, Zapatero optó por una línea de comunicación limitada, estableciendo que los secretarios de estado no hicieran declaraciones y restringiendo lo más posible las declaraciones de los ministros. De hecho, el Secretario de Estado de Comunicación, que tradicionalmente había actuado como portavoz del gobierno, cedió esa tarea a la Vicepresidenta. Así pues, los socialistas cuentan básicamente con tres portavoces habituales: Zapatero, María Teresa Fernández de la Vega y José Blanco (en calidad de Secretario de Organización del partido). Dejando aparte a Blanco, que no es precisamente un ejemplo de lo que debe ser un comunicador, Zapatero y Fernández de la Vega actúan de forma coordinada, sin que se perciban grandes diferencias –salvo las estrictamente personales, entre ellos. No son el tradicional tándem poli bueno/poli malo al estilo González-Guerra. Son poli bueno/poli mejor.

Ahora bien, ¿qué dicen? Ahí está el problema: no lo sabemos. El gobierno, y muy en particular el Presidente, suele transmitir mensajes muy generales expresados de forma excesivamente vaga. Es decir, todo lo contrario de lo que exigen las técnicas de comunicación persuasiva. Esta falta de concreción, esta carencia de mensaje central en el discurso de la izquierda, redunda en el desconcierto de los votantes.

La palabra “slogan” tiene su origen en la Escocia del siglo XIV, donde cada clan tenía un grito de guerra destinado a unir sus filas en medio de la batalla, fuera para solicitar ayuda o para iniciar un contraataque. A esos distintos gritos de guerra se les denominaba “slogans”. Pues bien, la carencia de slogans concretos y claros en la comunicación del PSOE provoca exactamente lo contrario de lo que un buen slogan hace: abre las filas en vez de cerrarlas, dispersa en vez de unificar.

En resumen: el PP maneja magistralmente la USP, pero se ha equivocado a la hora de elegir un “estilo”, pues su “carácter de marca” sólo convence a una parte de su electorado –la situada más a la derecha-, pero asusta a la cantera de votantes de centro. El PSOE, por el contrario, acertó de pleno eligiendo un carácter de marca –el “talante”- que concita la aprobación de la mayor parte del grupo objetivo, pero la “comunicación difusa” que practica impide generar la Single Minded Proposition necesaria para aglutinar y movilizar a los suyos. En este caso, como veis, no hay equidistancia, pero sí una curiosa simetría.

Y aquí, amigos míos, concluyen mis torpes comentarios sobre la comunicación de los dos principales partidos españoles. Durante un tiempo, y salvo incidentes inesperados, se acabó la política en Babel.

miércoles, enero 31

Permanezcan atentos a la pantalla


Queridos merodeadores de Babel: una serie de problemas pasajeros me impiden atender debidamente La Fraternidad de Babel . Supongo que antes de una semana podré retomar el pulso de este blog. Disculpad las molestias

miércoles, enero 24

Too much polis

¿Demasiada política en Babel? Es posible; a fin de cuentas, éste no es un blog político, pero los últimos acontecimientos me impulsaron a hablar de esa clase de temas. Aunque, eso sí, he hablado de política desde dos puntos de vista distintos. Por un lado, el ciudadano Mallorquí, un “jodido rojo”, daba su opinión personal e ideológica sobre ETA o el PP; por otro, el ex-publicitario Mallorquí opinaba técnicamente de la comunicación del PP. Lo curioso del asunto es que algunos visitantes de Babel consideraron insultante que me atreviera a juzgar la estrategia de comunicación de su partido, como si señalar el menor error en la derecha fuera una muestra de ofensivo sectarismo. Por lo visto, para muchos el PP es perfecto y cualquiera que lo ponga en duda un hereje. Qué cosas…

Bueno, voy a darles una satisfacción a estos indignados visitantes. Como sabéis, los jueces están considerando aplicar prisión atenuada a Juan Ignacio De Juana Chaos, ya que su vida corre peligro a causa de la huelga de hambre que mantiene desde hace un par de meses. Mariano Rajoy le ha pedido a los jueces que valoren “qué ocurriría en España si todos los presos de ETA siguiesen su ejemplo e hicieran huelga de hambre”. Creo que tiene razón. La salud y la vida de De Juana no están en peligro a causa de una desgraciada enfermedad, sino porque él ha decidido voluntariamente ponerlas en riesgo para presionar al estado. Y el estado no puede aceptar esa presión. Si De Juana la palma… en fin, es un asesino y así, suicidándose, conseguiría cumplir el sueño de todo asesino: morir matando. Aunque, bien pensado, el sueño de los etarras es en realidad vivir matando. A los gudaris vascos les va más el tiro en la nuca que el atentado suicida. El fanatismo no está reñido con la cobardía.

Me estoy yendo por las ramas. Comentábamos al principio si no había últimamente demasiada política en La Fraternidad de Babel. Quizá sí, de modo que, por el momento, sólo avanzaré un paso más en ese sendero con un post acerca de la estrategia de comunicación del PSOE. Luego, volveremos a la literatura, el cine, los comics… en fin, las cosas verdaderamente importantes.

Pero antes, una pregunta: ¿por qué la política genera tantas pasiones? Creo que sólo otra actividad humana es capaz de producir arrebatos semejantes: la religión. ¿Por qué?... Aventuraré una respuesta: porque tanto la política como la religión son actividades que nos definen, que nos hacen pertenecer a un grupo u otro, actividades que incorporamos a nuestro esquema mental y pasan a formar parte de nuestra naturaleza. Por eso, cuando alguien critica una ideología, en realidad está criticando a la persona que la practica; y por eso, cuando yo juzgaba algo en teoría tan aséptico como la estrategia de comunicación del PP, algunos visitantes de Babel lo tomaron como una ofensa personal. Somos lo que pensamos, somos lo que creemos. Por eso, las ideologías que producen mayor grado de fanatismo son aquellas que mezclan religión y política, como el nazismo, el comunismo o el yihadismo.

En fin, sólo es una opinión.

jueves, enero 18

Propaganda bélica

A veces, doy vueltas en torno a una idea sin siquiera darme cuenta de que esa idea está ahí. Eso me ha sucedido en el post “Efecto boomerang”: todo lo que decía en ese texto giraba alrededor de un concepto que no supe identificar y que, por tanto, no mencioné. De hecho, me he dado cuenta gracias a un comentario depositado por Manu en el blog. Manu, que también es publicitario, señalaba entre otras cosas que ciertas formas de comunicación persuasiva utilizan los mensajes negativos y ofrecía como ejemplo la propaganda bélica.

Y tiene razón. La propaganda bélica emplea usualmente mensajes negativos destinados a machacar la imagen del enemigo. De hecho, tengo la prueba en mi mismo despacho, de una de cuyas paredes cuelga la reproducción de un cartel de la Guerra Civil. En él se ve el dibujo de una especie de demonio alado sobrevolando una ciudad en ruinas. Tiene un brazo levantado en el saludo fascista y el otro con la garra formando una esvástica; sus pechos son bombas. En grande, un texto reza: EL ÁNGEL DE LA PAZ DE LOS FASCISTAS!, y debajo, más pequeño: “Las Juventudes Libertarias lo sabrán destruir”. A un primer vistazo, la imagen no puede ser más negativa.

Pero esto ya lo había contemplado en mi entrada. He aquí parte de lo que le he respondido a Manu: “Si repasas mi post, verás que hago una excepción: la publicidad orientada a corregir o dirigir conductas. En este caso son muy útiles los mensajes negativos, porque no hay ningún producto o servicio que vender. El ejemplo más claro son los anuncios de la Dirección General de Tráfico”.

Para corregir o dirigir conductas hacen falta mensajes muy potentes, muy primarios. Odio, amor, miedo, asco... Lo bueno del asunto es que ninguno de estos mensajes puede interferir en la “venta de producto” porque no hay tal producto. O, mejor dicho, el producto es el propio mensaje. No obstante, la propaganda bélica se sirve también de mensajes hiperpositivos, como el enaltecimiento de la patria, los valores autóctonos, el heroísmo o la inexorabilidad de la victoria. Es decir, una de cal y otra de arena.

Entonces, mientras reflexionaba acerca de esto, me he dado cuenta de algo: la comunicación del PP encaja como un guante... en las técnicas de propaganda bélica. Estas técnicas están orientadas, básicamente, a satanizar al enemigo y ganarse la inquebrantable fidelidad de los amigos. No hay nada que una tanto como un enemigo común, y cuanto más monstruoso sea ese enemigo, más férrea será la unidad de tus filas, así que lo primero que hay que hacer es crear una imagen grotescamente monstruosa del enemigo (recordad mi cartel de la Guerra Civil). El enemigo es amigo de los terroristas, el enemigo es desleal, el enemigo es traidor, el enemigo es inepto y torpe, el enemigo violará a tus hijas y se ciscará en los principios más sagrados. El propósito de todo esto, claro está, es que los tuyos sientan un odio irracional hacia el enemigo. Pero no sólo odio, también temor; no mucho, pero sí un poquito. El enemigo es tonto y torpe, pero también pérfido y taimado, así que debes estar vigilante.

Una vez unidas tus filas frente a un enemigo abyecto, hay que proporcionarles ideales por los que luchar. La integridad de la patria, el honor, la religión o la seguridad de lo tuyos, por ejemplo. Luego, hay que encumbrar héroes que sirvan de ejemplo, caudillos que abanderen la lucha. Entre tanto, hay que magnificar cualquier victoria sobre el enemigo y negar toda victoria del enemigo sobre ti. En el caso de que la victoria enemiga sea innegable, hay que atribuirla a la traición del rival, que siempre actúa de forma artera, cobarde y desleal. Dicen que en toda guerra la primera víctima es la verdad, así que la propaganda bélica puede permitirse el lujo de mentir todo lo que le venga en gana, porque “los adeptos” están dispuestos a tragarse cualquier cosa si encaja en sus esquemas mentales.

No creo que los populares se hayan propuesto conscientemente emplear técnicas de propaganda bélica. Lo que creo es que, para resolver los problemas planteados por la pérdida del poder, los populares optaron por una estrategia de comunicación muy próxima a la propaganda bélica. A problemas similares, soluciones similares, supongo.

Tras la inesperada pérdida del poder, los populares se encontraron con dos serios problemas. En primer lugar, su base electoral (no me refiero a sus incondicionales, sino a todos sus votantes naturales) estaba desconcertada y desmoralizada, y no sólo por haber perdido, sino también porque muchos de ellos no compartían ni entendían las últimas actuaciones del gobierno, y muy en particular el asunto de la guerra de Irak. En segundo lugar, el líder natural de la derecha, Aznar, se había retirado a un segundo plano, dejando en su lugar a un delfín, Rajoy, que todavía no estaba consolidado. Así pues, la derecha se encontraba desmotivada y sin liderazgo. Solución: cerrar filas. Se sataniza al enemigo, se le acosa sin descanso desde todos los frentes mediáticos posibles, se niegan las propias derrotas o se atribuyen a la cobarde traición del rival, se hace apropiación de determinados valores (integridad nacional, seguridad, religión...) y se forja un líder intachable.

Vistas así las cosas, la estrategia de comunicación del PP cobra sentido. Sin duda, el propósito de fidelizar a sus bases se ha cumplido con creces, aunque no tanto el proyecto de convertir a Rajoy en un líder sólido (pero creo que esto último se debe a motivos que exceden los límites de la comunicación persuasiva). El problema que plantea esta estrategia es que no se puede vender un producto mediante propaganda bélica. Por el efecto boomerang, porque sólo fidelizas a quienes de antemano eran fieles, porque igual que cierras tus filas, cierras al tiempo las filas del contrario y porque –y esto es en el fondo lo más importante- objetivamente no existe ninguna guerra, salvo para quienes quieran verla. Supongo, aunque a estas alturas ya no estoy seguro de nada, que conforme se aproximen las elecciones, el PP rebajará su “crispación bélica” y adoptará estrategias de comunicación más positivas. La cuestión es si no ha ido ya demasiado lejos. Por otra parte, también puede ser que no cambie y siga con más de lo mismo. Ya veremos.

En cualquier caso, la pregunta es: ¿qué efecto tendrá a medio plazo esa propaganda bélica sobre la gente? Y me refiero tanto a los convencidos de un lado como a los convencidos del otro, aunque debo reconocer que me inquieta particularmente pensar que en uno de esos bandos está aglutinada la extrema derecha. ¿Hasta dónde puede tensarse la cuerda?

martes, enero 16

Contra el olvido

"Si usted no cede le pondrán bombas y si no le ponen bombas es porque ha cedido".
Mariano Rajoy

El hombre que ayer dijo esto es el mismo hombre de los hilillos de plastilina del Prestige, el mismo hombre que promovió y voto entre risas satisfechas la participación de España en la guerra de Irak, el mismo hombre que mintió a los españoles sobre la autoría del atentando del 11-M. Pero sobre todo, es el mismo hombre que formaba parte de un gobierno que negoció con ETA –o con el Movimiento de Liberación Vasco, según el caudillo Aznar- haciendo, a diferencia de lo ocurrido en esta ocasión, concesiones penitenciarias previas.

Ignoro cómo pueden los fieles seguidores y votantes del PP conciliar tales contradicciones, pero seguro que lo harán. A fin de cuentas, la derecha de este país ha logrado convertir la doble moral en una forma de expresión artística. Sencillamente: contra el rojo, todo vale. De acuerdo, no voy a intentar convencerles. Pero a los otros, a quienes no votáis al PP, o votáis ocasionalmente a un partido u otro, o decidís absteneros cuando las cosas no son perfectas, sólo os pido algo: no olvidéis todo esto.

sábado, enero 13

Id por mí

Siempre he sentido profunda admiración y respeto por los emigrantes. ¿Os imagináis lo que supone abandonarlo todo, tu país, tu ciudad, tu casa, tus amigos, tus parientes, incluso tus propios hijos, para ir a buscarte la vida a un lugar extraño, de costumbres diferentes, donde no conoces a nadie? Hay que tener mucho valor y estar muy desesperado para hacer algo así. Esa gente merece todo nuestro respeto, toda nuestra ayuda y comprensión.

En ocasiones, viajo por España dando charlas en colegios e institutos sobre mis novelas juveniles, y en todos los centros que visito encuentro entre el alumnado rostros y acentos del Nuevo Mundo o de África. Y siempre dedico una parte de mi charla a ensalzar su valentía y la de sus padres, y a decirles que, al menos por mi parte, son bienvenidos. Es lo menos que puedo hacer y creo que es necesario hacerlo, porque somos una especie muy chunga, somos monos malos, simios cabrones, y muchas veces nos mueve la xenofobia o la simple crueldad de maltratar al más débil. Y les llamamos sudacas, o moros de mierda, o negratas, y les despreciamos, o les damos palizas con bates de béisbol, o sencillamente les ignoramos.

Hace poco, todos lo sabéis, unos valientes gudaris, auténticos héroes del oprimido pueblo vasco, añadieron una piedra más a la construcción de la gloriosa patria euskalduna asesinando a dos pobres emigrantes ecuatorianos...

Un momento, ¿qué estoy diciendo? ¿También yo me he vuelto condescendiente? No, nada de “dos pobres emigrante ecuatorianos”. Esos descerebrados etarras de mierda, esos hijos de puta con la mente roída por el RH negativo, esos cromañones adictos al más estúpido nacionalismo étnico, asesinaron cobardemente a dos seres humanos, a dos personas con nombres y apellidos. Diego Armando Estacio, de 19 años, y Carlos Alonso Palate, de 35. El hecho de que ambos fueran emigrantes ecuatorianos no hace más que añadir miseria a la miseria moral de los malditos gilipollas que segaron sus vidas.

Qué asco y qué rabia...

Hoy, a las seis de la tarde, en la plaza de Colón, hay convocada en Madrid una manifestación bajo el lema “Por la paz, la vida, la libertad y contra el terrorismo”. Como sabéis, el PP se niega a participar, igual que (¡oh sorpresa!) la AVT.

Por desgracia, a causa de problemas que no viene al caso citar, yo no podré asistir. Y lo lamento infinitamente, me siento avergonzado e impotente por no sumarme a esa marcha. Así que os pido un favor: id por mí. Participad en la manifestación de Madrid contra el terrorismo, o en la de Bilbao, o en cualquier otra de cualquier otro punto de España. Hacedlo por Diego Armando y Carlos Alonso, y por escupir a la cara de quienes los asesinaron.

Pero hay más motivos para manifestarse. En la escala de la infamia, el primer lugar lo ocupan, sin duda, los asesinos, los monstruos cuya única forma de expresión es la muerte, el miedo y el dolor. Pero la miseria moral puede expresarse de muchas maneras y a muchos niveles, y unos cuantos grados por debajo de los criminales están los mentirosos, los manipuladores, los aprovechados, los insensibles, los que lo supeditan todo a sus propios intereses partidistas. Manifestarse hoy también es escupir a la cara de esos miserables.

Así que, por favor, acudid por mí a las manifestaciones, honrad la memoria de Diego Armando y Carlos Alonso, y escupid a quienes causaron su muerte y a quienes se aprovechan de ella.

Gracias.

NOTA: En el anterior post he encontrado un mensaje de “Felipe”, alguien a quien no conozco o, al menos, creo no conocer. Pero he descubierto que tiene un blog llamado 192 muertos-192 mentiras. Es un blog ideológico y, si queréis, un poco panfletario. Pero no mentiroso y, desde luego, documentado. Vale la pena echarle un vistazo. Si pincháis AQUÍ, encontraréis en el blog de Felipe más razones para manifestarse hoy.

jueves, enero 11

Efecto boomerang

Durante muchos años, más de una década, he sido publicitario; primero copy (redactor) y después Director Creativo. Sé, por tanto, algo de publicidad -no mucho, pero sí un poquito-, y si fuera asesor del Partido Popular (cosa que afortunadamente no soy) les diría que se están equivocando. Toda su comunicación pública es negativa, todo lo que dicen una y otra vez está orientado hacia la catástrofe. España se rompe, el estado se ha puesto de rodillas ante el terrorismo, Zapatero es un traidor, todo lo que hace el gobierno es equivocado... España va mal, en resumen. El propósito del PP, claro está, no es otro que socavar al gobierno y ganar la próximas elecciones, lo cual, en un estado democrático, resulta del todo lícito (aunque con matices). Lícito, sí; pero equivocado.

Veréis, en publicidad existe algo llamado “efecto boomerang”, un principio muy sencillo que viene a decir: si todo lo que dices es negativo, los mensajes que lances se volverán contra ti y tu imagen será negativa. En realidad, este principio adverso -que conocen todos los publicitarios (por eso apenas hay anuncios negativos, salvo los de la DGT)-, se cimenta en uno de los mecanismos básicos de la publicidad: la asociación de ideas. Nuestra mente tiende a relacionar los sucesos que ocurren contigua y simultáneamente. Por ejemplo, si nos presentan a una persona en el momento en que flota un mal olor en el ambiente, inconscientemente relacionaremos a esa persona con el mal olor, aunque no tengan nada que ver. Aplicado a la publicidad, y siendo muy primarios, si mostramos una lata de Coca Cola junto a una tía buena en pelotas obtendremos el siguiente resultado: cuando un hombre vea una Coca Cola, pensará en sexo, y cuando piense en sexo evocará la Coca Cola. Todo lo cual, huelga decirlo, es buenísimo para Coca Cola Inc., aunque no tanto para las tías buenas.

Pero, ¿qué pasaría si junto a la Coca Cola, en vez de una maciza, pusiéramos un cadáver destripado? Pues que asociaríamos la chispa de la vida con la muerte, lo cual no es nada bueno a la hora de vender refrescos. Pues bien, precisamente eso es lo que está haciendo la derecha cada día: poner la PP-Cola al lado de una larga sucesión de cadáveres destripados. Ya, ya sé que lo que hacen los populares es dirigir esos mensajes terribles contra otros, contra el gobierno, contra el PSOE, pero da igual. Por una parte, el emisor de un mensaje siempre es más visible y concreto que el destinatario de dicho mensaje (el primero es activo y el segundo pasivo), y por otra, de lo que estamos hablando es de asociación, de sucesos que se producen contigua y simultáneamente, y lo que encontramos una y otra vez en los medios de comunicación es a los mismos personajes –Zaplana, Aznar, Rajoy, Acebes, etc.- lanzando agoreros mensajes apocalípticos con fúnebre cara de preocupación. Entonces se produce el efecto boomerang y relacionamos todos esos mensajes negativos con quienes machaconamente los están emitiendo. A fin de cuentas, ¿quién suele ser el primero en pagar las malas noticias? El mensajero.

Lo más gracioso del asunto es que no se trata de la primera vez que la derecha comete este error de comunicación. Durante las elecciones de 1977, Alianza Popular basó su campaña electoral en mensajes negativos: “Contra la corrupción, AP”, “Contra el terrorismo, AP”, “Contra la injusticia, AP”, etcétera. ¿Qué pasó? Que la gente asoció corrupción, terrorismo e injusticia con el emisor de los mensajes y AP se llevó una sonora bofetada electoral. Este ejemplo de efecto boomerang fue tan notorio que el publicitario Pedro Sempere le dedicó hace años un interesante ensayo donde se analizaban todos los errores cometidos.

Y es que (salvo en los casos en que se pretende corregir conductas) la “comunicación persuasiva” ha de ser siempre positiva. Un buen publicitario vende ilusiones, no admoniciones. Eso es algo que sabe muy bien José Luis Rodríguez Zapatero. Si hacéis memoria, recordaréis que alcanzó la secretaría general del PSOE porque, mientras los otros candidatos se lamían las heridas, él lanzaba un discurso eminentemente optimista. También lo sabe, por cierto, el señor Gallardón, que maneja como nadie el discurso positivo y optimista.

Aunque generar “efecto boomerang” es el principal error de comunicación del PP, no es el único. Cuando menos, se equivoca en otros dos aspectos. En primer lugar, sobreactua demasiado. Sus mensajes son excesivamente exagerados, desmedidamente apocalípticos, superando así la credulidad del receptor. Esto es una variante de lo que en publicidad se conoce como “overpromise”; es decir, una promesa comercial que exagera, sobrepasando la realidad, el beneficio de un producto o servicio. En este caso se trataría de una serie de mensajes que exageran más allá de lo real los perjuicios creado por el rival político. El problema es que cuando el “grupo objetivo” percibe overpromise en la comunicación, deja de hacer caso a esa comunicación, se impermeabiliza y los mensajes no calan en él.

El tercer error es mentir. La mentira es veneno para la comunicación persuasiva. “¿Cómo?”, exclamará más de uno; “¡la publicidad siempre miente!”. Eso no es cierto; la publicidad exagera, la publicidad embauca, pero no miente. Porque si mientes y te pillan, tu “marca” se devalúa, tus mensajes pierden credibilidad y tu inversión publicitaria se va al garete. Y a la marca PP la han pillado ya en demasiadas mentiras, es una fuente de opinión poco fiable (como ocurrió, en su momento, con los últimos gobiernos de Felipe González, por cierto).

En fin, afortunadamente no soy asesor del PP y, por tanto, no puedo advertirles acerca de estos elementales errores. Y, aunque lo fuese y les advirtiese, no me harían ni puñetero caso, de modo que da igual. Con su pan se lo coman. Ahora bien, estoy seguro de que en el PSOE son conscientes de todo lo que he dicho y lo están utilizando, de forma silenciosa, contra el PP. O si no, ¿por qué creéis que se le da tanta cancha a, por ejemplo, Jiménez Losantos? Porque Jiménez Losantos es la mejor anti-propaganda que puede hacérsele a la derecha.

Por último, me gustaría comentar algo. Cuando era publicitario y me entrevistaban, solían preguntarme si la publicidad no era algo intrínsicamente perverso. A fin de cuentas, se trata de manipulación, ¿no? Yo solía responder que, en todo caso, lo perverso será el sistema capitalista de mercado, pues la publicidad no es más que una herramienta de marketing a su servicio. Y añadía que la publicidad es, de todas las formas de comunicación persuasiva, la más honesta, porque no se esconde. Cuando vemos un anuncio, sabemos que es publicidad pagada por una empresa para convencernos de algo, porque los anuncios tienen formatos “de anuncio” y aparecen en bloques destinados a los anuncios, así que al contemplarlos sabemos lo que son y podemos emplear ante ellos todo el sentido crítico que queramos o podamos. Sin embargo, existen otras formas de comunicación persuasiva que actúan de forma camuflada. Por ejemplo, las relaciones públicas. Porque cuando vemos a un personaje famoso a quien admiramos con los pies enfundamos en unas Nike y, para emularle inconscientemente, nos compramos unas Nike, no nos paramos a pensar que a ese tipo la casa Nike le ha pagado un pastón por ponerse sus zapatillas con el logo bien visible. O cuando leemos en nuestro periódico habitual un interesante artículo loando las virtudes del bífidus activo, ignoramos que no se trata de información objetiva, sino de un anuncio camuflado pagado por Danone. Esa clase de comunicación persuasiva siempre me ha parecido muy deshonesta. Pues bien, lo que hace el PP, mal o bien, con más o menos escrúpulos, es publicidad pura y dura, porque sabemos quién es el emisor y a qué intereses representa. Pero lo que hace la AVT, amigos míos, es pura, simple y deshonesta publicidad encubierta.