martes, mayo 29

¿Prohibido prohibir?

Hace poco, un amable merodeador de Babel se lamentaba de la tendencia de nuestra generación a prohibir. En realidad, bastante gente –casi todos progresistas, personas de izquierdas; aunque en cierto sentido, el económico, también muchos de derechas-, bastante gente, insisto, sostiene que no debería prohibirse nada, que prohibir es una actitud fascista. “Prohibido prohibir”, rezaba la consigna de mayo del 68.

Y, la verdad, es una idea que suena bien, sugerente, acariciadora. ¿A quién le gusta que le prohíban algo? De hecho, toda prohibición lleva implícita una invitación a infringirla. Si alguien dice: “prohibido comer bosta de vaca”, me entran unas ganas enormes de ponerme ciego a boñigas, y no por cuprofagia, sino por rebeldía. Y esto es así no tanto porque me impidan hacer algo (que a lo mejor ni siquiera deseo, como en el caso de la bosta), sino por el hecho de que alguien se arrogue el poder de decidir lo que puedo o no puedo hacer. Porque toda prohibición lleva implícito el concepto de “poder”; en caso contrario, ¿quién dictaría las prohibiciones y quién las impondría? El poder, por supuesto, adopte la forma que adopte. Y como siento un profundo recelo hacia el poder, reconozco que me resulta atractivo ese lema del prohibido prohibir. Sintoniza con mis fobias y mis filias.

Hasta que me paro a pensarlo con detenimiento y tropiezo con la cruda realidad. Vamos a ver, ¿prohibido prohibir... todo? ¿No deberían prohibirse el asesinato, el robo, la tortura, las violaciones o el maltrato infantil? O, descendiendo un peldaño en la escala de la gravedad, ¿deberían prohibirse las direcciones prohibidas, los semáforos, los ceda el paso y los stop? Y ya adentrándonos en lo más nimio, ¿qué pasa con los juegos? Todo juego tiene unas normas que incluyen restricciones. ¿Deberíamos olvidarnos de ellas y mover la reina como un caballo o aceptar pulpo como animal de compañía? Algo falla en eso del “prohibido prohibir”. De entrada, si suscribimos el principio humanista de que mi libertad acaba donde empieza la tuya, ahí nos topamos con un buen montón de restricciones “naturales”, por decirlo así. Prohibido agredirte, prohibido invadir tus propiedades, prohibido restringir tu derecho de expresión o, por ejemplo, prohibido hacerte un pijama de saliva sin tu consentimiento (en el caso de que seas Halle Berry).

La verdad –y aunque suene fachorra decir esto-, creo que las prohibiciones, además de inevitables, son imprescindibles para nuestro desarrollo como seres sociales. Incluso diría que son absolutamente necesarias para nuestro equilibrio psicológico (y si no el nuestro, al menos sí el de los demás). Ya sé que me pongo pesado contando anécdotas personales, pero como el blog es mío os jorobáis, así que os voy a contar no una, sino dos.

La primera sucedió hace, puf, no sé cuántos años; probablemente a mediados o finales de los setenta. Era invierno; seis amigos/as estábamos en un pueblo de la sierra de Madrid pasando el fin de semana. Una tarde, después de comer, salimos a dar un vuelta por el campo y allí, en medio de una pradera, nos encontramos con una más o menos joven madre que jugaba al balón con su hijo de seis o siete años de edad. Nos pusimos a hablar con ella y descubrimos que era periodista, que estaba separada y que era muy, pero que muy moderna y enrollada. En cuanto al niño, sólo adelantaré que se trataba de una criatura de aspecto angelical, lo cual demuestra que el rostro nunca es el espejo del alma. En fin, tras dar un paseo, invitamos a la madre a tomar un café en casa y allí nos dirigimos. Preparamos una cafetera, nos acomodamos los adultos en el salón, formando un corro con las sillas y los sillones, y seguimos charlando. Entre tanto, el niño se puso a jugar con el balón. La pregunta es: ¿cómo jugaba al balón? Pues giraba alrededor de nosotros y hacía rebotar su pelota contra nuestras cabezas. Algo muy molesto, creedme, pero la madre no decía nada. Y es que la madre era tan moderna, tan modernísima, que, según confesó orgullosa, seguía fielmente las enseñanzas educativas del Dr. Spock. No, no me refiero al orejudo de Star Trek, sino a Benjamín Spock, un pediatra norteamericano que a finales de los 40 escribió una serie de libros donde preconizaba que los niños debían ser educados sin ningún tipo de prohibiciones –lo que podrían traumatizarles-, permitiendo así el libre y armónico desarrollo de su naturaleza. En resumen: a aquel niño no le había reñido nunca nadie, siempre había hecho lo que le había salido de las narices.

Bueno, tras dar unas cuantas vueltas peloteando contra nuestros cráneos, aquella semilla del demonio decidió que mi cabeza, quizá por ser la más grande, era la más adecuada para convertirse en su frontón exclusivo y, a partir de aquel momento, comenzó a hacer rebotar la pelota, una y otra vez, contra mi nuca. Vale, era un balón de plástico y el niño no tenía mucha fuerza, pero ¿os imagináis lo irritante que puede ser un constante golpeteo contra la cabezota? Al cabo de unos minutos, me volví hacia el niño y, con gélida sonrisa, pero fingidamente dulce tono, le pedí por favor que dejara de darme pelotazos. Entonces, la madre intervino y me espetó: “No le hagas caso; enseguida se aburrirá y se pondrá a hacer otra cosa”.

Pero, ¿cómo no iba a hacerle caso si no paraba de aporrearme la mollera? Además, aquel monstruo, lejos de aburrirse, parecía infatigable, una mente obsesiva que había encontrado el objetivo de su existencia en el acto de arrearme pelotazos. Y así siguió un buen rato, pum-pum-pum-pum..., hasta que el azar y la balística unieron sus fuerzas para que la pelota, en uno de los rebotes, cayera en mi regazo en vez de volver a las manos del niño. Oh, santa Madona, qué satisfacción experimenté en aquel momento... Me volví hacia el niño, que tendía los bracitos, impaciente, exigiéndome la devolución de la pelota, y le sonreí con ternura. “Toma, guapo”, dije; y le lancé el balón. Se lo lancé con fuerza; es decir, con toda la fuerza que pude imprimirle al esférico sin que el gesto me delatase. Bastante fuerza, digamos.

La pelota, bendita sea, impactó vigorosamente contra la cara del niño, que se cayó de culo y rompió a berrear como un poseso. Me levanté inmediatamente, deshaciéndome en disculpas. “Pobrecito”, dije, secretamente orgulloso de mi puntería; “¡“la he tirado demasiado fuerte. ¿Te he hecho pupa?”. "¡SÍÍÍÍÍÍÍÍ!”, aulló el niño para mi íntima satisfacción. Afortunadamente, la madre creía tanto en la libertad de acción de su retoño como en su derecho a sufrir sin que ningún adulto le prestase particular atención, de modo que la cosa no pasó de ahí. Tras unos cuantos minutos de sonoros alaridos, el niño se sorbió los mocos, cogió su balón y se puso a jugar. Pero, atención amigos míos, aquel cachorro de Satanás continuó rebotando la pelota contra la cabeza de todos los presentes, salvo una: la mía.

Y es que yo, probablemente por primera vez en su existencia, había plantado una severa restricción frente a él. Un castigo, dirá alguien; pero no, no era un castigo porque no hubo reprimenda. Ni siquiera fue una lección, sino una advertencia. Aquel pelotazo quería decir: “Ojo, chaval, la cabeza de ese tipo grande y barbudo es tabú. Porque puede que tu madre sea un cordero contigo, y puede que el resto de la gente que hay aquí esté tan bien educada como para aguantarte en silencio, como a las almorranas, pero ese tipo grande y barbudo tiene los suficientemente pocos escrúpulos como para permitirse sacudirle un balonazo en los morros a un niño tan pequeño como tú sin que su conciencia vacile ni un segundo. Ya, ya sé que en el fondo no tienes la culpa; los responsables son tu madre y el Dr. Spock, pero consuélate pensando que este balonazo que acabas de recibir es la primera lección que te da la vida acerca de lo que puedes y no puedes hacer”. Sí, eso decía el pelotazo, y hay que reconocer que era un pelotazo de lo más locuaz.

La segunda anécdota ocurrió en 1983 y también tiene que ver con un niño. Resulta que un matrimonio venezolano, a quienes había conocido un par de años antes en Caracas, vino a Madrid de vacaciones. No importa cómo se llamaban; baste decir que ambos se dedicaban al mundo del espectáculo y que eran muy populares en su país; sobre todo él, un conocidísimo actor, presentador de TV y locutor. Además, estaban podridos de pasta. Por último, tenían un hijo de unos once o doce años que les acompañaba en sus vacaciones europeas. Ese niño, como descubriría poco después, era el ejemplo perfecto de hasta qué punto unos padres ricos pueden maleducar a su primogénito consintiéndoselo todo. Era un monstruo, pero el muy cabrón disimulaba; por lo menos al principio.

En fin, llegó la familia venezolana y nos fuimos a cenar con ellos; mi hermano, mi cuñada, mi mujer y yo. Durante la cena, el niño se portó razonablemente bien; supongo que estaba bajo los efectos del jet lag. Pero después de la cena decidimos ir a tomar una copa a no sé dónde; como había dos coches, el matrimonio fue con mis hermanos y su hijo con mi mujer y conmigo. Así que nos dirigimos los tres al aparcamiento, pagué, me dieron una ficha y nos montamos en el coche. Al llegar a la salida, el niño me dijo que quería echar la ficha en el aparato y yo, tan paternal como cándidamente, se la entregué. Él, sentado en el asiento trasero, bajó la ventanilla, sonrió malignamente... y arrojó la ficha cuan lejos pudo. Me quedé mirando el lugar de aquel oscuro aparcamiento por donde había desaparecido la ficha, tragué saliva, conté hasta cien y me recordé a mí mismo que el infanticidio está castigado con severas penas de cárcel. Luego, bajé del coche y me puse a buscar la ficha. Tardé mucho en encontrarla, mucho, mucho, mucho, pero finalmente di con ella. Cuando regresé al coche, el niño me pidió que le entregara otra vez la ficha, asegurándome que no la iba a tirar y que se limitaría a meterla en el aparato. Le expresé con claridad que ni jarto de vino pensaba darle otra vez la ficha, la eché personalmente en el cestito que había junto a la barrera y nos pusimos en marcha.

Yo debí de ser una de las escasas personas que había osado negarle algo a aquel pequeño villano y la cosa no pareció gustarle, porque entonces, de repente, se puso a darme guantazos en la cabeza (¿qué tendrá mi ilustre cráneo para cierto tipo de niños?). Atención: ya no estamos hablando de un niñito de seis o siete años, sino de un chaval preadolescente sin duda entrenado en sacudirle con entusiasmo a la servidumbre de su mansión caraqueña. Aquel hijo de puta, en resumen, me estaba arreando con todas sus fuerzas y me estaba haciendo verdadero daño. Le pedí que parara y él me respondió con una enérgica colleja. Le exigí que parara y él repitió la agresión. Entonces, recurrí a las amenazas: “Si vuelves a pegarme, paro el coche y te meto en un cubo de basura”, dije. ¿Qué hizo la alimaña? Levantó un pie y me propinó un patada en el cráneo, un contundente puntapié que lanzó mi cabeza hacia delante y me hizo ver las estrellas. Luego, después de las estrellas, lo vi todo rojo.

La gracia divina (la divinidad en concreto fue Thor, dios de la guerra) quiso que pocos metros por delante de nosotros hubiera un contenedor de basura. Paré el coche, abrí el contenedor y saqué al niño del vehículo. Tuve que sacarle a rastras, lo reconozco, y eludiendo las patadas que dirigía a mis partes nobles, pero yo era más fuerte, así que lo alcé del suelo, lo cogí por los tobillos y lo introduje cabeza abajo en el contenedor, dejándolo suspendido en el aire, con la cara muy próxima a las malolientes bolsas de basura que allí se amontonaban. Entonces le dije: “Escucha, comadreja: si vuelves a pegarme, a tocarme o tan siquiera a mirarme, te juro que te arranco los higadillos, te echo a un contenedor y nadie volverá a saber de ti”. Lo mantuve unos cuantos segundos más suspendido sobre la basura y luego lo devolví al interior del coche. El niño se encerró en un reconcentrado mutismo y no volvió a pegarme, ni a hablarme, ni a mirarme siquiera. Eso sí, nada más reencontrarse con sus padres, me señaló con un acusador dedo y les dijo: “¡Me ha metido en un cubo de basura!”. Yo me limité a sonreír con inocencia y respondí: “Estábamos jugando”. El caso es que, durante el resto de la estancia de los venezolanos, aquel engendro malcriado se mantuvo a una prudente y muy satisfactoria distancia de mí. Yo, de nuevo, era tabú.

Cuento estas dos anécdotas para ilustrar hasta qué punto la carencia de restricciones puede, durante el proceso de formación, crear monstruos. Ambos niños, cada uno a su manera, habían sido criados sin imposiciones, sin prohibiciones, de tal modo que su ego se expandía por todas partes, eran el centro del universo, podían hacer lo que les viniera en gana. Y no creáis que eso era así sólo porque se trataba de niños; con los adultos poco habituados a las restricciones sucede lo mismo. Lo que pasa es que un adulto no será tan directo (no me aporreará la cabeza, espero), actuará de forma más taimada y al final será mucho más hijo de puta que un niño. A fin de cuentas, un psicópata no es más que un ser humano sin limitaciones éticas, todo ego, un enorme YO.

Prohibido prohibir es una frase bonita, tentadora, pero sólo podría llevarse a cabo si fuéramos buenos. El problema es que no lo somos. Si permitimos que un ser humano se desarrolle en total libertad, sin recibir la menor imposición, sin que nadie le plantee prohibiciones ni límites, lo que obtenemos no es el buen salvaje de Rousseau, sino un mono egoísta y tocapelotas.

Por supuesto, eso no significa que haya que reglamentarlo todo. Debería prohibirse el menor número de cosas posible, aunque también es cierto que muchas cosas que hoy son enteramente legítimas deberían estar prohibidas. Adhiriéndome a una teoría de mi buen amigo Samael, lo ideal sería que evolucionásemos hacia el homo eticus. En ese caso no haría falta prohibir nada, porque nosotros mismos nos impondríamos nuestras propias restricciones. En realidad, lo hacemos habitualmente; si no violo a las mujeres no es porque la ley me lo prohíba, sino porque a mí, como a la mayor parte de los hombres, me repugna éticamente la idea de forzar a un ser humano. Pero no todas las personas somos iguales, no todos tenemos la misma moral. Además, en los extremos del arco ético la cosa está más o menos clara, pero en la zona central –ahí donde comienzan los balonazos y la collejas en el coco- todo es mucho más difuso.

viernes, mayo 18

Contra la tauromaquia

Voy a confesaros algo de lo que no me siento orgulloso: me gusta el boxeo. En efecto, disfruté en el pasado con la coreográfica elegancia de Muhammad Ali, o con la contundencia de George Foreman, o con la milimétrica precisión de “Sugar” Ray Leonard, o con el agresivo estilo de Julio César Chávez, o con el preciosismo técnico de Evander Holyfield... Si un amigo, hace años, me hubiera dicho: “pero cómo a alguien como tú puede gustarle algo tan brutal como el boxeo”, yo le hubiera respondido que el boxeo no es sólo brutalidad. No disfruto viendo a dos roqueños pegadores sacudiéndose leches, pero sí lo hago contemplando el combate entre un estilista y un buen pegador, o entre dos estilistas. Ahí hay estrategia, habilidad, inteligencia, esgrima; ahí, en el pugilismo técnico, hay arte. Eso es lo que hubiera dicho hace años, sí señor. Y, en parte, tendría razón. Pero sólo en parte.

Ahora, permitidme que os cuente algo que sucedió hace catorce o quince años. Estaba en casa, solo; conecté el televisor y encontré un combate de boxeo empezado. Creo que estaba en juego el título europeo de no recuerdo qué categoría; probablemente peso medio o supermedio. Tampoco recuerdo los nombres de los boxeadores, así que los llamaremos A y B (lo que sí recuerdo es que A era italiano). Bueno, debían de andar por el sexto o séptimo round y A le estaba propinando un severo castigo a B, quien, agazapado tras una cerrada guardia, se limitaba a responder con alguna que otra contra. Al acabar el round era evidente que lo había ganado A a los puntos. Se inició el siguiente round y las cosas siguieron igual; es decir, A golpeando a diestro y siniestro y B agazapado soltando ocasionales contras. De pronto, al cabo de un par de minutos, el árbitro detuvo el combate y decretó la victoria de B por KO técnico. Tongo, pensé yo (y los locutores que retransmitían la pelea); estaba claro que A iba ganando a los puntos y no daba la menor sensación de que sufriese lesión alguna. Un tongazo como la copa de un pino. Apagué la tele y así quedó la cosa.

Pero al día siguiente leí en el periódico una noticia que me estremeció. Poco después del combate, el boxeador A entró en coma y al cabo de una horas murió. Me sentí fatal. Había presenciado un homicidio retransmitido en directo y mi único pensamiento fue que el árbitro había hecho tongo. Un homicidio, sí; involuntario, por supuesto, pero causado directamente por un deporte-espectáculo al que yo era aficionado. Porque el boxeo profesional contempla entre sus opciones el Knock-Out; es decir, la pérdida de consciencia de uno de los púgiles causada por el impacto del cerebro contra las paredes internas del cráneo. Esos impactos pueden producir severas lesiones neurológicas, o incluso la muerte, como en el caso de A. Pero sin llegar a tanto, las secuelas del boxeo son tremendas. Recordé a Muhammad Ali temblando como un flan por el Parkinson causado por los golpes (probablemente por los golpes que le propinó Joe Frazier en sus tres combates). Recordé también a Paulino Uzcudun, campeón de Europa de los pesados en 1926 y 1933. Le conocí siendo yo un adolescente y él un enorme y robusto anciano. Un enorme y robusto anciano al que era casi imposible entender ni una palabra de lo que decía y que, durante los años anteriores a su muerte, no recordaba nada, ni siquiera sus días de gloria. Juguetes rotos, así los llamó Summers.

Ese día comprendí algo y tomé una decisión. Comprendí que ningún espectáculo justifica que sus protagonistas pongan en riesgo su vida o su salud. En cuanto a la decisión, me juré a mí mismo que jamás volvería a presenciar un combate de boxeo. Y lo he cumplido; desde entonces, no he visto ni un round, y, pese a que me sigue gustando el boxeo, estoy muy satisfecho de esa decisión. Digamos que me siento más consecuente conmigo mismo. De hecho, si en mi mano estuviese prohibiría el boxeo profesional; es decir, aquellos combates en que, con presencia de público, los púgiles reciben dinero por partirse la cara.

¿Por qué hablo de boxeo si el título del post va sobre tauromaquia? Porque quiero dejar claro que no basta con que a uno le guste una cosa para que esa cosa sea buena. Cuando veía combates (siempre por TV), sólo veía una parte del boxeo, el espectáculo, el arte del pugilismo, pero me negaba a ver lo que había detrás. Y lo que había detrás, amigos míos, era terrible. Puestas en una balanza la parte buena y la parte mala, pesaban mucho más los aspectos negativos del boxeo, de modo que, por un mínimo de coherencia ética, yo no podía formar parte de esa barbaridad, ni siquiera como espectador en la distancia.

Ahora hablemos de toros. No me gustan las corridas taurinas; nunca me gustaron y a estas alturas puedo aventurar que jamás me gustarán. De hecho, me ponen enfermo. Me parece una fiesta bárbara y cruel; me desagrada su estética, que evoca los peores tópicos de mi país, y no veo por ninguna parte ese arte que, al parecer, tanto hace disfrutar a los aficionados. Pero, ojo, no niego que ese arte exista. Yo soy incapaz de verlo, igual que otra gente es incapaz de ver ni una pizca de arte en el pugilismo, pero acepto que la tauromaquia sea un arte. No obstante, que algo pueda ser considerado artístico no implica necesariamente que sea bueno. Por ejemplo, muchas personas –entre ellas Sun Tzu- sostienen que la guerra es un arte, y convendréis conmigo que la guerra no es, desde ningún punto de vista, algo bueno ni, desde luego, deseable.

El caso es que, al igual que decía acerca del boxeo, si en mi mano estuviese prohibiría las corridas de toros. Y no porque me gusten o me disgusten (recordad que el boxeo me gusta), o porque sean o no un arte, sino por la ética implícita en el espectáculo. La tauromaquia es moralmente reprobable, y tengo dos razones distintas para afirmar esto.

En primer lugar, no debería permitirse ninguna diversión pública donde el peligro para la integridad física y la vida de quienes lo protagonizan forma parte consustancial del espectáculo. En realidad, es el mismo argumento que en el caso del boxeo, y contra él tanto los aficionados a los toros como al pugilismo suelen alegar dos objeciones. La primera, que los toreros (o los boxeadores) se dedican a lo que se dedican porque quieren. Nadie les obliga a torear (o pelear). Es cierto, pero también es verdad que son muchas las razones que pueden obligar a hacer barbaridades: la miseria, la ambición, la fama o, sin ir más lejos, las ganas de follar. Pero esto, en realidad, da igual, porque no basta con el libre consentimiento de los protagonistas para que un espectáculo sea lícito. En caso contrario, podríamos justificar, por ejemplo, las luchas de gladiadores. Si los que van a pelear a muerte lo hacen libremente (y no os quepa duda de que, si hay dinero de por medio, brotarían como hongos los candidatos a gladiador), ¿cuál es el problema? Pues que una sociedad civilizada no puede aceptar cierto tipo de prácticas, igual que no acepta el Free Fight, o Pelea Total sin reglas, una variedad de lucha que es ilegal en todas partes, pero que suele practicarse clandestinamente en algunos países del este de Europa. La segunda objeción que suele alegarse es que si el riesgo físico supusiera un impedimento, muchos otros espectáculos, aparte de los toros, deberían prohibirse. Por ejemplo, la Fórmula 1. Pero hay un punto de falacia en este ejemplo: en las carreras automovilísticas, el riesgo de los pilotos no forma parte consustancial del espectáculo. Lejos de ello, las medidas de seguridad han ido mejorando hasta tal punto que ya no recuerdo cuándo un piloto de Formula 1 ha resultado muerto o severamente lesionado en el curso de una competición. Pero, ¿qué pensaríamos si los organizadores de las carreras pusieran en los circuitos baches, zanjas y charcos de aceite para incrementar el riesgo? Nos parecería una barbaridad. Ahora bien, ¿por qué no se permite el afeitado de los toros? Porque la posibilidad de que el torero sea corneado forma parte de las reglas del toreo. Es decir, la eventual muerte del matador (o del banderillero, o de cualquier otro subalterno) no es un accidente, sino un lance más de la tauromaquia. Y eso es una barbaridad.

La segunda razón que me lleva a abominar de la tauromaquia es que se trata de un espectáculo que consiste, básicamente, en la tortura y muerte de un animal. No, no, dirá alguien; se trata de la noble lucha del hombre contra la bestia, del arte de esquivar la muerte con valentía y elegancia... Vale, sí, el arte de la tauromaquia; aunque yo no lo vea, ya lo he aceptado de partida. Pero todos esos soberbios capotazos, todas esos pases de muleta tan artísticos como la catedral de Burgos, todas esas posturas gallardas, todo el colorido de la fiesta, todo en la tauromaquia tiene como foco la tortura y muerte de un animal.

Permitidme que os describa lo que le sucede a un toro desde el momento que sale al coso. El animal pasa de un lugar oscuro a un círculo de arena iluminado por un sol que le ciega momentáneamente. Sólo percibe una intensa algarabía humana a su alrededor. Cuando recupera la visión, distingue una figura que le cita en la distancia. Embiste, pero un capote desvía su acometida. Tras varios mareantes capotazos, un hombre montado a caballo entra en el coso. El toro embiste, impacta contra el costado derecho de la montura, y se encuentra con una puya de diez centímetros clavándose en su carne, rompiendo fibras, tendones, arterias, y dejando un boquete por el que escapa la sangre a borbotones. Tras varios puyazos, algunos de los cuales pueden superar los cuarenta centímetros de extensión, el toro se aleja del picador. Tiene el morrillo lacerado por la pica; una arteria lanza un intermitente chorro de sangre. Siente un dolor terrible. Otro hombre entra en el coso, esta vez sin caballo ni capote. El animal embiste, pero el hombre le esquiva y le clava en la carne dos banderillas, dos arpones, ocho centímetros de acero. Luego, otro par. La banderillas, cuando el toro se mueve, se bambolean de un lado a otro, desgarrando la carne del animal y provocándole un dolor muy intenso. Además, los arpones seccionan músculos, tendones y nervios, impidiéndole al toro levantar la cabeza. Tras la faena, con el animal debilitado por la pérdida de sangre y el dolor, llega la hora de matar. Muchas veces, la espada perfora un pulmón; por eso el toro vomita sangre. Si el animal cae, sufrirá una dolorosa agonía hasta que el puntillero lo remate. Si le quedan fuerzas para seguir acometiendo, recibirá más espadazos; con suerte, alguno le seccionará la médula, acabando rápidamente con su agonía. Eso es lo que les sucede anualmente a unas treinta mil reses en esta nuestra España.

Ah, olvidaba hablar de los caballos de los picadores. Antes iban a cuerpo descubierto, pero quedaba feo ver sus intestinos desparramándose sobre la arena, así que les pusieron peto. El peto protege de las cornadas perforantes, pero 650 kilos de embestida bastan y sobran para romperle las costillas al caballo y reventarle los órganos internos. Por cierto, para evitar los relinchos de terror, que podrían molestar al público, muchas veces se le seccionan al caballo las cuerdas antes de salir a la plaza.

Eso es lo que realmente ocurre en los cosos, por mucho que lo disfracemos de oro, grana y arte. Creo que una de las condiciones –no la mayor, pero tampoco la más pequeña- para considerar civilizada a una sociedad, es el respeto a los animales. Debemos matar para vivir, somos el máximo predador que ha pisado la faz de la Tierra; y lo somos gracias a nuestra prodigiosa mente. Pero esa misma mente nos dota también de sensibilidad y empatía, por lo que deberíamos matar inflingiendo el menor dolor posible. Y desde luego no deberíamos regocijarnos con un espectáculo basado en la tortura de animales. Permitidme que reproduzca parte de un artículo publicado por Jesús Torbado en El Mundo (13-5-90):

“Pero la práctica de la tauromaquia no es repugnante sólo por ese legalizado desprecio hacia las vidas ajenas, por la alegría ante ese agónico sufrimiento de los toros, sino por la propia posición del hombre frente al espectáculo. La satisfacción ante la tortura ajena coloca al ser humano en una posición muy comprometida ante sí mismo y sus supuestos valores morales”.

Y más adelante concluye:

“El espectáculo taurino no es más que la síntesis oficializada de todas las aberraciones y tropelías que se cometen con los animales sólo porque no saben defenderse mejor y porque nosotros hemos decidido que somos superiores. Por experiencia larga sé que toda argumentación antitaurina es inútil y que trae mas odios y rencores que manifestarse contra cualquier otra de las muchas barbaridades que a diario nos rodean. Pero, desgraciadamente, los toros no saben escribir ni contar sus sufrimientos. Tampoco muchos hombres son capaces de comprender que el gozo por el dolor ajeno es lo que menos ennoblece su ensoberbecida identidad humana”.

Mi experiencia también me dicta que es inútil intentar razonar con los aficionados a la tauromaquia. Ellos sólo ven el arte, la fiesta y el espectáculo, y se niegan a ver todo lo demás. Para ellos, la sangre de los toros no es más que un colorista adorno, pero esa sangre es sinónimo de dolor y muerte. Para ellos, cuanto más en peligro ponga su vida el torero, mejor será la faena, pero ninguna vida debería arriesgarse por un motivo tan nimio como la diversión ajena.

Así pues, este comentario que acabo de escribir no servirá para nada, ya que sólo convencerá a quienes estaban previamente convencidos. No obstante, cuantas más voces se alcen en contra de ese bárbaro espectáculo, antes conseguiremos erradicar la tauromaquia de nuestra (in)cultura nacional. Ojalá sea pronto.

martes, mayo 8

El Rincón del Odio


El amor está sobrevalorado. Pero tiene muy buena prensa, qué le vamos a hacer; le dedican poemas y canciones, hay un día de los enamorados, forma parte de los mejores deseos, como ese paz y amor del 68, o la santísima trinidad del salud, dinero y amor. Hay miles, quizá millones, de novelas y películas dedicadas a enaltecer el amor, como si esta pasión fuera la fuerza que rige nuestro mundo. Y no es así, ni mucho menos. En primer lugar, el amor puede ser una fuerza extraordinariamente destructiva, porque todo depende de lo que ames y cómo lo ames. Por ejemplo, ¿no creéis que gran parte de los “crímenes de género” son en realidad crímenes de amor? Eso no es amor, dirá alguno. Pero sí, sí que lo es: amor torcido, amor en mal estado, amor obsesivo y posesivo, pero amor en cualquier caso. En segundo lugar, el amor es una fuerza caprichosa y voluble, una pasión que se consume a sí misma, un sentimiento ambiguo que muchas veces se confunde con el deseo, el agradecimiento o la seguridad. En efecto, el amor dista mucho de ser la brújula rectora del mundo; ahora bien, su reverso oscuro, el odio... ésa sí que es una fuerza en la que puedes confiar.

Sin lugar a dudas, el odio es el sentimiento más poderoso que podemos experimentar, la pasión más arrebatadora, constante y fiel. Y por si alguien lo duda, vamos a compararlo con su “lado luminoso”. El amor, como las rosas, necesita ser cuidado día a día, abonado, podado, desparasitado y regado, mientras que el odio, como los cactus, crece por sí solo, sin precisar la menor atención. Quizá por eso es tan infrecuente el amor eterno y tan cotidiano el odio infinito. Para consumar el amor, es necesaria la colaboración de la persona amada, pero el odio no precisa en absoluto la aquiescencia de la persona odiada. Más bien al contrario. El amor, tras los primeros meses de pasión, comienza a menguar, o cuando menos a transformarse en otra cosa más serena, mientras que el odio crece y se robustece día a día, siempre igual, aunque cada vez más grande. El amor es excluyente; cuando te enamoras, todo se centra en la persona amada y el resto del mundo se desvanece. Sin embargo, puedes odiar a cuantas personas te venga en gana y a todas con idéntica pasión. Incluso se puede odiar a naciones enteras. El odio es mucho más democrático que el amor. Por último –aunque podría seguir aportando argumentos-, el amor es voluble; hoy adoras a una persona, pero dentro de un tiempo puedes dejar de amarla y enamorarte de otra. Por el contrario, el odio es absolutamente fiel; cuando odias, odias para siempre. De hecho, el amor es reversible; la persona a la que hoy amas puede convertirse con el tiempo en el más furibundo objeto de tu odio –y si no, pregúntale a un abogado matrimonialista-. Sin embargo, el odio es inmutable; nadie se enamora de su peor enemigo.

Supongo que a estas alturas ya habrá quedado claro que lo que rige nuestras vidas, el motor del universo, es el odio, y no esa paparrucha del amor. De hecho, somos una especie particularmente bien dotada para el odio, lo cual nos ha situado por merecimiento propio en la cúspide de la pirámide trófica. Ahora bien, puede que alguien se pregunte: si este capullo piensa así, ¿por qué no se pone un casco de Darth Vader y va por ahí dando rienda suelta al lado oscuro de la fuerza? Pues porque hay algo en lo que amor y odio son idénticos: ninguno sale gratis. Si amas u odias deberás pagar un precio, y el odio está por las nubes.

Nada es perfecto, amigos míos, ni siquiera el odio. Veréis, si odiamos a una persona tenemos dos opciones: hacer algo al respecto o no hacerlo. Si optamos por hacer algo –es decir, si intentamos perjudicar al ser odiado-, deberemos invertir en el proceso tal cantidad de esfuerzo, constancia y dedicación que, sencillamente, no vale la pena. Demasiado trabajo. Por otro lado, si optamos por no hacer nada –que es lo más frecuente- nos zambulliremos de cabeza en el estanque de la frustración. Es como ansiar ser millonario y no emplear más método para conseguirlo que jugar a la Primitiva; sí, puede que te toque, pero lo más probable es que no. Y sí, puede que a tu ser odiado le atropelle un día un coche, pero también puede ser que le toque a él la lotería, lo cual te provocaría un severo ardor de estómago. En resumen: odiar sale demasiado caro, así que el odio, como el champagne, hay que reservarlo para las ocasiones especiales. No sé, una invasión extraterrestre, un ataque de zombis caníbales o las canciones de Celine Dion.

Ahora bien, existe una clase de odio, el abstracto, al que podemos entregarnos sin pagar peaje. Se trata de odiar cosas lejanas y ajenas a ti, pero que por algún motivo te molestan. Es un odio intelectual que no demanda acción y que no frustra por omisión, un odio sereno y mesurado, un odio platónico. Es mi odio favorito. Tanto es así, que he decidido crear una nueva sección en este vuestro blog: El rincón del odio. Aquí traeré a las personas, organizaciones o cosas que odio abstractamente con toda mi alma y las mostraré al mundo para su escarnio y befa.

Ahora vamos a proceder a la inauguración de este nuevo apartado de La Fraternidad de Babel. Para ello, he solicitado la presencia de la señorita Betty Page, ese bombón que podéis admirar a la derecha. He tenido que utilizar una máquina del tiempo para traerla, porque la señorita Page está muerta y, aunque no lo estuviese, ahora sería una anciana de 84 años. Quedémonos pues con el esplendor de su juventud, y lo siento chicas, pero soy un heterosexual militante –un auténtico semental, si vamos a eso- y me niego a que inaugure mi sección un garañón adicto a los anabolizantes. Otra vez será.

Bueno, la señorita Page, tan desvestida como podéis verla en la foto, coge una botella de Moët Chandon (qué menos), la estrella contra la nueva sección y dice...

Betty Page: Queda inaugurado El Rincón del Odio.

APLAUSOS

Y ahora, en el día de estreno de este entrañable apartado donde se cuece la bilis, la mala baba y el justo rencor, nuestro primer invitado es... ¡Scarlett Johansson!

Apellido: Johansson. Nombre: Scarlett. Nacionalidad: estadounidense (hija de un danés y una polaca). Profesión: ¿actriz?

Motivos para el odio: Vale, lo confieso, me enterneció en Lost in Traslation; pero es que por aquel entonces todavía no la había visto demasiado. Y no me molestó en La joven de la perla, porque su papel no pasaba de ser iconográfico y estático, y eso, poner siempre la misma cara, es algo que ella sabe hacer perfectamente. Pero luego... ay, Santa Madona, como he llegado a odiarla, cuánto detesto a esa insoportable criatura. ¿Los motivos de mi odio? Son muchos, pero intentaré resumirlos.

1. Es una pésima actriz incapaz de transmitir la menor emoción y ni un ápice de verosimilitud a sus actuaciones. Sólo sabe adoptar dos expresiones, y una de ellas, estar con la boca cerrada, apenas la utiliza. Su intento de remedar al clásico personaje neurótico de Woody Allen en Scoop resulta particularmente patético y decididamente irritante. Si viéndola en esa película no te entran ganas de estamparle un rodaballo en la cara... es porque no tienes un rodaballo a mano.

2. Está siempre con la boca abierta y los morritos para fuera, como dudando entre hacerte una fellatio o atrapar una mosca en el aire. No sé lo que pensaréis vosotros, pero al verla con esa cara de bobalicona siento el irresistible impulso de correr a la pescadería más cercana para adquirir un rodaballo.

3. No para de trabajar la condenada. Ahora, cuando vas a ver una peli, te preguntan: ¿quién actúa, aparte de Scarlett Johansson? Está en todas partes, y no sólo en el cine, sino también en la publicidad; esa chica no es una actriz: es una plaga.

4. Dicen que es la mujer más deseada del mundo, la que tiene el cuerpo más bonito. Ayayayayay... Santa Halle Berry los perdone, porque están ciegos... ¿La mujer más bella del mundo esa caraboba, enana, rechonchilla y culona? Vale, la chica se merece un par de achuchones en un pajar, no lo niego; pero de ahí a considerarla lo más de lo más hay un largo paso. En fin, se me ocurren un montón de actrices infinitamente más atractivas que ella, pero para qué enumerarlas. Incluso el rodaballo me resulta más atractivo. Lo que pasa es que la señorita Escarlata es muy jovencita y, de algún modo, sabe sacar al pederasta acomplejado que se esconde en el corazón de cualquier cuarentón o cincuentón de mi calaña. Pero a mí, amigos míos, me deja frío. Aunque, bien pensado, creo que podría excitarme fustigando su (enorme) trasero con un látigo de siete colas. Pero no sería sexo, sino un mero ajuste de cuentas.

Condena: Hallándola culpable de los cargos presentados por el ministerio fiscal, se condena a la señorita Scarlett Johansson a mantener la boca cerrada durante el resto de su vida y no volver a participar en una película hasta que tenga la edad adecuada para interpretar papeles de abuela. Puede que en ese lejano futuro haya aprendido a actuar; y si no... bueno, para entonces ya estaré criando malvas, así que no importa.

domingo, mayo 6

La caligrafía secreta


Desde el principio, me propuse mantener separados este blog y mi trabajo como escritor, pero hoy voy a hacer una excepción. Acaba de editarse mi última novela, La caligrafía secreta, un thriller con toques de fantasía ambientado en la Revolución Francesa. Me gusta cómo ha quedado la portada, con ese inquietante ojo en PPP (Primerísimo Primer Plano), así que os la enseño. Como podéis ver, éste no es un libro para hojear: es un libro que te ojea.

martes, mayo 1

La zona oscura


El pasado martes hablábamos sobre nuestras zonas ocultas, aquellos aspectos de nosotros mismos que guardamos en secreto por los motivos que sean. Ponía el ejemplo de Pepe, un homosexual reprimido que, en plena borrachera y delante de su mujer, salió del armario para perseguir a un efebo. Pero eso, en realidad, no tiene nada de malo. En fin, supongo que para su mujer y sus hijos fue un shock, pero creo que para él supuso una liberación. En cualquier caso, no hay nada reprochable en ser homosexual. De hecho, la mayor parte de nuestras zonas ocultas son más o menos inocentes, pequeños pecados que en realidad sólo tienen importancia para nosotros mismos. Pero podemos ir más allá, porque en los sótanos de nuestra realidad existe una zona oscura donde suceden cosas terribles. Por lo general, no la vemos, pero a veces, como esos monstruos de serie B que abandonan ocasionalmente su guarida para merendarse a una pareja que está achuchándose en un coche, podemos vislumbrar un tentáculo de tinieblas que nos deja helado el corazón.

Vivimos en una burbuja. Aunque será mejor que personalice: vivo en una burbuja. En mi mundo, los padres aman a sus hijos; la gente, salvo en raras ocasiones, no se pega; los matrimonios se quieren o, cuando menos, se toleran. En mi mundo no se sodomiza a niños, ni se viola a mujeres, ni se mata, ni se torturan animales. En lo que a mí respecta, detesto la violencia. Pese a que soy grande y fuerte, me ponen enfermo las agresiones físicas; y no sólo practicarlas o, claro está, sufrirlas, sino simplemente contemplarlas. La última vez que me peleé con alguien a puñetazos tenía dieciséis años y estábamos en el patio del colegio. Respeto, quiero y admiro a mi mujer; y a ella, no sé por qué, le pasa lo mismo conmigo. Me encantan los niños; no hay nada que me enternezca más que un chavalín de tres o cuatro años, cuando empieza a hablar. Y, desde luego, jamás un niño o una niña ha despertado en mí el menor atisbo de excitación sexual. No concibo pegar a una mujer (salvo que ella me arreé a mí primero, claro); a las mujeres me gusta acariciarlas, no maltratarlas; para mí, el sexo ha de ser suave, y enérgico también, pero nunca violento. Me gustan los animales; os juro que soy incapaz de aplastar a una hormiga voluntariamente. Y quizá por eso, porque me gustan los animales, quiero con locura a mis hijos y haría cualquier cosa, hasta morir, por ellos. Pero ése es mi mundo, una burbuja que sólo representa una pequeña parte de la realidad. Porque por debajo existe un oscuro y frío sótano.

Yo debía de ser muy niño la primera vez que vislumbré un atisbo de la zona oscura. Escuché una noticia en la radio: la policía y los bomberos habían entrado en el piso de una anciana donde ésta había acumulado toneladas de basura. Y eso es lo que encontraron: mierda, ratas, gusanos e insectos, todo ello en medio de un hedor indescriptible. Y allí vivía esa mujer, en un infierno de suciedad. ¿Cómo era posible?... Luego supe que lo que le pasaba a esa anciana era una enfermedad mental conocida como Síndrome de Diógenes. Pero, pese a que todas las enfermedades, y en particular la mentales, son tenebrosas, no es a eso a lo que me refiero. No obstante, el Síndrome de Diógenes afecta a personas muy mayores y su desencadenante básico es la soledad. Y eso, la soledad, sí que es una zona oscura donde brotan monstruos. Pero yo estoy hablando de otra cosa, de un sótano que se encuentra en nuestro propio edificio y al que nunca bajamos porque nos da miedo lo que podamos encontrar en él

En las últimas semanas he leído, o visto, u oído, tres noticias que me han provocado escalofríos. Y digo que sólo tres, porque las periódicas muertes de mujeres a manos de sus parejas, o la detección de redes de pornografía infantil, son noticias tan frecuentes que ya he perdido la capacidad de horrorizarme con ellas. Me llenan de indignación, pero no me hacen temblar.

La primera noticia la conocemos todos: la masacre en la politécnica de Virginia. Recuerdo lo mucho que me impresionó hace años un suceso similar, la matanza de Columbine. Nunca he podido borrar de mi memoria esas imágenes de las cámaras de seguridad que mostraban a dos jóvenes disparando indiscriminadamente contra sus compañeros. Tanto es así que escribí una novela sobre el tema, La compañía de las moscas, donde intentaba explicar, y explicarme, lo que en el fondo es inexplicable. Ocho años después de Columbine, un joven estudiante de 23 años, el surcoreano Cho Seung-Hui, se ha llevado por delante a 31 compañeros antes de suicidarse (por cierto, ambos hechos han sucedido en abril; el primero el día 20, aniversario del nacimiento de Hitler, y el segundo el 17).

Sin duda, el horror de esta noticia se centra en la matanza en sí, en esa repentina explosión de violencia irracional y absurda, pero ¿qué hay detrás? Es evidente que Cho Seung-Hui albergaba en su interior una zona oculta y tenebrosa; en algún momento, abrió una habitación de su mente y la llenó de rabia, ira y frustración. ¿Durante cuánto tiempo vivió en ese infierno de odio sordo antes de dar rienda suelta a sus ansias de destrucción y autodestrucción? Ahí está la zona oscura, un rincón torcido y letal que nadie supo ver; lo otro, la masacre, no es más que la consecuencia de esto. Pero, ¿cómo se puede llegar tan lejos? Y, sobre todo, ¿por qué?

Cabe responder que Cho Seung-Hui estaba loco, como la anciana del Síndrome de Diógenes, pero eso nos llevaría a intentar definir la locura. Tendemos a pensar que todo aquel que hace algo que nosotros seríamos incapaces de hacer es un loco (o un héroe, depende), pero el asunto no es tan sencillo. Los límites extremos de la locura y la cordura están claros; lo confuso es la zona intermedia. En las películas americanas de juicios, el baremo de la enajenación lo define la capacidad de distinguir entre el bien y el mal, pero de nuevo esto me parece simplista. ¿Qué bien y qué mal, cómo se definen estos valores? ¿Acaso los terroristas que se inmolaron estrellando aviones contra las Torres Gemelas no albergaban el íntimo convencimiento de actuar siguiendo los dictados del bien absoluto? ¿Estaban locos por ello? ¿Cho Seung-Hui estaba loco cuando descargó su furia contra el mundo y contra sí mismo? No lo sé. En ocasiones, las zonas oscuras se parecen mucho a la locura, pero no son lo mismo. Además, no hace falta recurrir a la locura para sacar al monstruo que llevamos dentro.

La segunda noticia que me impactó fue la reseña de un juicio por infanticidio. Hace dos años, un matrimonio estaba en casa cuando su hijo, de tres meses de edad, comenzó a llorar. El padre, exasperado por los lloros que le impedían leer el periódico, se levantó y le propinó dos tortazos al bebé. El niño, como es natural, se puso a llorar más fuerte aún. Entonces, el padre lo agarró y lo estampó dos veces contra la pared, causándole la muerte inmediata por traumatismo craneal.

No sé más. Ignoro la clase social a la que pertenecía el asesino; no sé si estaba ciego de drogas, con el mono o borracho perdido. Pero da igual. ¿Cómo se puede golpear a un bebé de tres meses, a tu hijo, contra una pared hasta destrozarle el cerebro?... No lo sé; a mí me resulta inimaginable. ¿Un momentáneo acceso de locura? Quizá, pero también puede ser que ese hombre albergara en su interior una zona oscura donde moraba una bestia incapaz de controlar su violencia.

Es posible que la tercera noticia también la conozcáis. Un matrimonio con dos hijos, un chico de 11 años y una chica de 13 ó 14, ambos deficientes mentales. En el mismo edificio vivía un septuagenario pedófilo que solía llevarse niños del barrio a su piso para mostrarles películas porno y abusar de ellos bajo amenazas. Dicho anciano, por cierto, había sido repetidamente denunciado por los vecinos sin que las autoridades actuasen, pero eso es otra historia. El caso es que el pedófilo y los padres de los niños subnormales llegaron a un acuerdo: a cambio de dinero, montarían delante de él números porno con sus hijos. El niño con la niña, los padres con los niños o todos a la vez en plan orgía, mientras el pedófilo se la cascaba o hacía lo que sea que hagan los septuagenarios para excitarse.

Soy novelista. Parte de mi trabajo consiste en crear personajes, y para ello tengo que meterme en la mente de los demás, pensar como piensan personas que nada tienes que ver conmigo. Pero con esos padres –si es que a esos miserables se les puede llamar padres- tiro la toalla. Soy incapaz de meterme en su piel, me resulta imposible simular que pienso como ellos. En cuanto al septuagenario pedófilo, ni siquiera lo intento. Pero los padres, ¿cómo pudieron hacer eso con sus hijos, un par de pobres disminuidos psíquicos? ¿Cómo lograban levantarse cada día y mirarse al espejo sin vomitar? ¿Cómo eran capaces de salir a la calle, relacionarse con la gente o tomarse unas cañas en el bar de la esquina sin que el peso de la culpa los abrumase? ¿Qué excusas se daban para hacer lo que hacían, si es que se daban alguna? Y sobre todo, ¿cómo es posible creer que vale la pena vivir en un mundo tan sórdido como el que habían creado?

Creo que de las tres noticias que he comentado la que más me sobrecoge es esta última. Las otras dos tratan de personas arrastradas por la violencia, por desmesurados arrebatos de ira incontenible. Pero a esos padres no les movía ninguna pasión avasalladora, ni siquiera cabe preguntarse si estaban locos, porque no lo estaban. Hicieron lo que hicieron... ¿por dinero? Qué zona tan oscura, amigos míos, qué sima de tinieblas.

Las zonas tenebrosas se extienden por los sótanos de nuestro mundo. Están ahí siempre, pero por lo general no las vemos, salvo ocasionalmente, cuando saltan a los medios de comunicación convertidas en crónica de sucesos. Entonces, nos horrorizamos y luego nos confortamos pensando que nada semejante tiene cabida en nuestro mundo, que nunca haríamos algo así, porque esas cosas las hacen los monstruos y nosotros somos humanos. Pero nos equivocamos; los zarcillos de las tinieblas no brotan de un lugar ajeno a la humanidad, sino que forman parte de nuestra naturaleza. Somos seres de luz y oscuridad, y el hecho de que una prevalezca sobre la otra, o viceversa, no depende muchas veces de nosotros, sino de las circunstancias y de la suerte.

En la entrada anterior, algunos merodeadores de Babel hablaban sobre las zonas oscuras que quizá, sin nosotros saberlo, se oculten en nuestro interior. Nunca conoceremos del todo a los demás y nunca nos conoceremos a nosotros mismos, ésa fue la conclusión. Y es cierto, no nos conocemos, porque para intentar saber quiénes somos nos basamos en la experiencia acumulada, en lo que hemos hecho en el pasado y en lo que hacemos ahora, pero ignoramos por completo lo que somos capaces de hacer, porque para saberlo hay que llegar al límite, verse inmerso en situaciones extremas, algo que, afortunadamente, a la mayor parte de nosotros nunca le ha ocurrido. Pero si las circunstancias cambiaran, si tu vida se torciera de forma radical, si la ilusoria seguridad en la que crees estar instalado se derrumbara de repente, ¿hasta dónde podrías llegar?

martes, abril 24

La zona oculta

Todos tenemos en nuestra personalidad, en nuestro pasado, en nuestra vida, un rincón oculto que jamás le mostramos a nadie. No tiene por qué ser algo horrible, ni humillante, ni siquiera particularmente vergonzoso; basta con que sea algo que no queremos que los demás sepan de nosotros. Las razones para esta ocultación son múltiples, infinitas, pero podemos estar seguros de que la ocultación existe, en todo el mundo, siempre. Por mucho que creas conocer a alguien, por mucha intimidad y confianza que haya habido entre vosotros, no te quepa la menor duda de que esa persona guarda en su interior un secreto que nunca te confesará... o quizá sí.

La historia que os voy a contar ocurrió a finales de los 70, no recuerdo con exactitud el año. Fui testigo de ella, al igual que Samael, un frecuente visitante de Babel, así que os aseguro que es cierta. Por aquella época, yo frecuentaba un bar (un pub en realidad) que estaba atendido por un camarero al que llamaremos Pedro (todos los nombres son falsos). Era un chaval muy joven –veinte o veintiún años a lo sumo-, delgado, rubio, con los ojos azules; un tipo muy guapete, vamos. Por otro lado, Samael tenía (y tiene, porque todavía vive) un padrino llamado Lucas, de unos cincuenta años por aquel entonces, que era propietario de una cafetería en el centro de Madrid a la que llamaremos La Concha. Un buen día, un banco le compró el negocio por unos cuantos millones, que Lucas invirtió posteriormente en bingos, forrándose en el proceso. Pero eso es otra historia. El caso es que Lucas vendió la cafetería y, para celebrar el último día que La Concha estaba abierta, decidió dar una fiesta.

Pues bien, esa noche Samael y yo nos pasamos por el pub donde trabajaba Pedro, que estaba muy cerca de La Concha, para tomar unas copas antes de ir a la fiesta. A eso de la una de la madrugada, Pedro cerró el pub; entonces, Samael y yo le invitamos a venir con nosotros al festejo y él aceptó, así que nos fuimos los tres a La Concha. El local, como siempre que las copas son gratis, estaba atestado de gente. Buscamos a Lucas por entre el gentío y lo encontramos charlando con una pareja amiga suya a quienes ni Samael, ni yo, ni por supuesto Pedro, conocíamos de nada.

Los llamaremos Pepe y Marisa. Eran un matrimonio de mediana edad, clase media, dos o tres hijos adolescentes y apariencia formal, la típica pareja pequeño burguesa que podemos encontrar cualquier domingo a la salida de misa o tomando el aperitivo en José Luis. Gente enteramente normal, incluso un poco anodina. Aunque aquella noche, en la fiesta, había un matiz un tanto discordante: Pepe estaba borracho... mejor dicho, tenía un pedo de mariscal general. Bueno, saludamos a Lucas, y Lucas nos presentó a sus amigos. Entonces sucedió. Mientras estrechaba, vacilante, la mano de Pedro, nuestro amigo camarero, Pepe musitó en tono etílico:

-Pero qué chico más guapo...

Un ramillete de confusas sonrisas floreció entre los presentes.

-Pero guapo, guapo, guapo... –insistió el turbio Pepe sin soltar la mano de Pedro.

Las sonrisas se tornaron nerviosas. Entonces, Pepe sonrió con picardía, se inclinó hacia el joven camarero y le propuso poniendo morritos:

-¿Por qué no me das un beso?...

Las sonrisas se congelaron. Pedro, tan desconcertado como alarmado, se apartó bruscamente de Pepe y se sitúo detrás de mí. Aquí conviene señalar que, como soy muy alto y muy grande, mucha gente, a lo largo de mi vida, ha decidido escogerme como parapeto, algo, por cierto, que no sé si acaba de gustarme del todo. En fin, el muy borracho Pepe no se amilanó ante la evidente negativa de Pedro, de modo que avanzó hacia él con los brazos extendidos, los labios prestos para el ósculo y diciendo:

-Anda, no seas tonto, dame un besito...

Pedro le esquivó interponiendo mi cuerpo entre él y el compulsivo besador. Pepe, sin cortarse un pelo, comenzó a perseguirle al tiempo que reclamaba un beso con dipsómana tenacidad. Y se pusieron a girar a mi alrededor.

Detengámonos un momento para examinar la situación con detalle. Ahí estaba yo, en medio de una cafetería atestada de gente, con una expresión en el rostro que oscilaba entre el asombro, la consternación y el desconcierto, mientras a mi alrededor daban vueltas un cuarentón libidinoso y un efebo asustado, el primero persiguiendo al segundo y el segundo huyendo del primero. Frente a mí, Lucas contemplaba la escena con los ojos como platos. A su lado, Marisa, la mujer de Pepe, lloraba a moco tendido. Creo que fue una de las situaciones más absurdas y ridículas que he vivido.

Finalmente, Lucas consiguió reaccionar; atrapó a su amigo y se lo llevó a un rincón discreto para intentar que se calmase. Confieso no recordar lo que hicimos nosotros a continuación. Supongo que, dado lo incómodo que era todo aquello, no tardaríamos mucho en largarnos de allí. Más tarde, supe que Pepe y Marisa se separaron. Según ella, durante los veintitantos años que duró su matrimonio, jamás había percibido el menor atisbo de las verdaderas inclinaciones sexuales de su marido.

Puede que el hecho que acabo de describir resulte cómico; a decir verdad, parece una escena sacada de un mal vodevil. Pero al mismo tiempo es dramático. Pensad en Pepe. En aquellos tiempos, la homosexualidad no era comprendida ni tolerada; de hecho, no había homosexuales, sino maricones. Además, Pepe había nacido en el seno de una clase social para quien la imagen de un hombre practicándole una fellatio a otro hombre, o de una mujer realizando un cunnilingus con otra mujer, constituían el colmo del vicio y de la depravación. Pero a Pepe, probablemente desde que era niño, le gustaban los hombres; su libido no se excitaba con las chicas de dieciocho años que tanto suelen excitar a los cuarentones, sino con jóvenes efebos como nuestro amigo Pedro. Sin embargo, Pepe no podía mostrar abiertamente su sexualidad, tenía que ocultarla, de modo que convirtió su vida privada y social en una farsa. Me lo imagino (no lo sé, sólo lo imagino), dando ocasional rienda suelta a sus verdaderos deseos en turbios servicios públicos que olían a mierda y orina, o en la oscuridad de sórdidas salas de cine X, o recurriendo a los servicios de algún chapero callejero, y me lo imagino volviendo luego a casa con su mujer y sus hijos, lleno de vergüenza y culpabilidad. Ahora pensad en Marisa. De repente, en unos segundos, el hombre al que supuestamente amaba, la persona con la que compartía su vida, se transformó en un perfecto desconocido, y además en alguien cuya naturaleza, probablemente, ella despreciaba.

La pregunta que siempre me ha rondado la cabeza es por qué Pepe escogió ese momento y ese lugar para sacar a la luz su zona oculta. Porque estaba muy borracho, ésa es la primera respuesta que se me viene a la cabeza. Pero, ¿era la primera vez que se emborrachaba? Lo dudo mucho; puede que el alcohol actuara como catalizador, pero creo que la decisión de mostrar sus verdaderas tendencias estaba tomada, aunque sólo fuera subconscientemente, desde hacía tiempo. Franco había muerto tres o cuatro años atrás y vientos de democracia y libertad comenzaban a soplar en España, así que Pepe debió de decirse: a la mierda todo, basta ya de fingir. Pero posiblemente no lograba reunir el valor necesario para dar el paso definitivo; hasta que una noche, desinhibido por los muchos whiskys trasegados, y ante la visión del bello efebo Pedro, Pepe debió de pensar que los hechos son más elocuentes que las palabras, y por eso se lanzó a ese insensato y público, pero también liberador, intento de besuqueo. En fin, no lo sé; sólo lo supongo.

La historia que acabo de contaros es un ejemplo entre muchos. Una tragicómica salida del armario, una zona oculta que repentinamente se despliega como un abanico ante los estupefactos ojos de los demás. Pero la mayor parte de las zonas ocultas permanecen ocultas para siempre jamás. Por eso, cuando mires a tu pareja, cuando estés con tus padres, o con tus hermanos, o con tus mas cercanos amigos, puedes estar seguro de que todos ellos ocultan algo, de que ninguno es exactamente como tú crees que es.

Lo cual, por supuesto, me incluye también a mí.

lunes, abril 16

Centenario




Siempre he pensado que es mejor no conocer a los creadores que uno admira: eso evita decepciones. Porque, aunque parezca extraño, no tiene por qué existir la menor relación entre la calidad de una obra artística y la calidad personal del artista que la crea. Y lo digo tanto en un sentido como en otro; he conocido a artistas malos o mediocres que, sin embargo, eran personas interesantísimas, y he conocido a artistas muy brillantes, pero absolutamente impresentables como seres humanos. Aunque, la verdad, suele darse más lo último que lo primero. En realidad, no deberíamos extrañarnos, pues, en contra de lo que solemos creer, las personas no somos entidades compactas y homogéneas, sino la suma de un conjunto de atributos que, en ocasiones, parecen absolutamente desconectados entre sí. Es decir, se puede ser un capullo al 90% y sin embargo poseer un 10% de genialidad.

Esto viene a cuento porque este año se celebra el centenario del nacimiento de Georges Remi, Hergé, el creador de Tintín. Pero, antes de nada, una confesión: soy un fan incondicional de los comics de Hergé, un tintinófilo extremo, un friki que no se deja tupé por mera imposición alopécica y que no usa pantalones bombachos porque aún conserva un mínimo de dignidad (y porque no hay dios que encuentre hoy en día un pantalón bombacho). Tengo, por supuesto, la colección completa de los álbumes de Tintín, incluyendo las distintas versiones de cada uno de ellos, y adquiero –aún más, leo- todo libro que trate sobre Hergé y su obra. Además, en mi casa hay diversos adornos relacionados con el universo Tintín. Dos pósters enmarcados: la portada de la primera versión de La isla negra y la portada de Siete bolas de cristal. Una reproducción del famoso cohete de Objetivo: la Luna. Cuatro carísimas y preciosas figuras de resina (una de ellas –Tintín con traje de astronauta- fue mi último regalo de Reyes). Una colección de pins con los personajes y, en fin, varios objetos más que reposan orgullosos sobre los estantes de las librerías de mi despacho.

Todo comenzó cuando, a los ocho o nueve años de edad, ingresé en el colegio San Alberto Magno. Como no tardé en descubrir, entre el alumnado existía una mafia, o club selecto, de seguidores de Tintín. La cosa consistía en intercambiar álbumes del personaje, pero para poder intercambiar hacía falta poseer al menos un álbum no leído por los demás; si no lo tenías, no te prestaban los suyos ni aunque se lo suplicases de rodillas (malditos egoístas). Así que me picó la curiosidad y logré agenciarme uno de los títulos de la colección; en concreto, Las joyas de la Castafiore. De ese modo ingresé en el club y tuve acceso a la mayor parte de los álbumes. Lo que me convirtió en un adicto y me hizo descubrir que no me bastaba con leer una vez cada título, así que a partir de aquel momento conseguí que mis familiares me fueran regalando –por cumpleaños, santos, Reyes, etc.- los distintos álbumes hasta tener la colección completa. ¿Cuántas veces habré releído los comics de Tintín? No lo sé, docenas... Y lo seguí haciendo hasta bien entrada mi primera juventud, y aún ahora, de vez en cuando, y aunque me los sé de memoria, releo alguno de mis títulos favoritos. Como podéis ver, soy un fanático.

Así pues, no es el propósito de esta entrada hacer una crítica objetiva de los comics de Tintín; ¿cómo ser ecuánime con lo que uno ama? Lo más ponderado que puedo decir de Hergé es que era un extraordinario dibujante, un magnífico narrador, un excelente diseñador gráfico y que creó un mundo propio habitado por una estimulante y variada galería de personajes. Y eso no es muy ponderado que digamos, ¿verdad? Pero no, no es de Hergé de quien quiero hablar, sino de Georges Remi. No del dibujante, sino de la persona.

No conocí personalmente a Georges Remi. Casi lo único que sabía acerca de su vida privada era que existía un borrón en su pasado: tras la Segunda Guerra Mundial, fue acusado de haber colaborado con los nazis durante la ocupación de Bélgica. No obstante, el motivo de esa acusación era que Remi había seguido publicando sus comics (Tintín, claro) en una revista controlada por los alemanes. Y, hombre, no está bien, pero no es lo mismo eso que gasear a treinta mil judíos. Así que le perdoné, igual que le perdoné a Borges haber prestado su apoyo moral a los militares golpistas. Un desliz lo tiene cualquiera... más o menos.

Pero hace unos años se publicó en España Hergé, de Pierre Assouline (Ediciones Destino Áncora y Delfín, 1997), una tan abultada como documentada biografía del dibujante belga. Y, tras leerla, Georges Remi se me cayó a los pies. No se trataba sólo de que hubiese colaborado con una revista filo-nazi; era un ultraconservador que, antes y durante la guerra, coqueteó abiertamente –aunque nunca llegó a militar- con el fascismo, un católico preconciliar (y no me refiero al Vaticano II, sino a Trento) y un hombre de moral anticuada y estricta, que, como todos los hombres de moral anticuada y estricta, acabó traicionándose a sí mismo. Pero no era sólo eso, no eran sólo sus ideas políticas y éticas. La imagen que brota de las páginas del libro de Assouline (y no se trata de una obra contraria a Hergé, ni mucho menos) es la de un hombre autoritario, intolerante, ególatra y egoísta, un hombre atormentado por sus contradicciones y, al mismo tiempo, inflexible en sus creencias. Es decir, exactamente la clase de persona con la que no me iría ni a tomar una caña al bar de la esquina. Así era el creador de mi querido Tintín.

Reconozco que al principio esto me desconcertó. ¿Cómo podía admirar tanto la obra creativa de (en mi opinión) semejante impresentable? Es cierto que, con el tiempo, las ideas de Remi fueron evolucionando, algo que queda patente en su obra, sobre todo en Tintín en el Tibet y en Las joyas de la Castafiore, pero estoy seguro de que siguió siendo hasta su muerte el mismo hombre autoritario, maniático, ególatra y egoísta de siempre. ¿Cómo conciliar esa imagen con mis adorados comics de Tintín? Bueno, el dilema no duró mucho, porque a Remi no llegué a conocerle y ya jamás le conoceré, pero su obra permanece. Y es la obra creativa lo que importa; el autor sólo es el medio (¿o el médium?) de que se valen las musas para manifestarse. En realidad, el creador, su naturaleza como ser humano, sus defectos y virtudes personales, importan un carajo.

No obstante, voy a confesar algo que en principio parece un contrasentido: Tintín, el personaje, nunca me ha gustado. Demasiado bueno, demasiado blando, demasiado asexuado. En el fondo, no es de extrañar que no me guste, pues Tintín no es más que la proyección ideal de su autor, un eterno boy scout ejemplo de rectitud y buenas costumbres. Un plasta, vamos. Y sólo le perdono porque alguien que tiene tan buenos e interesantes amigos y enemigos no puede ser del todo insulso. En efecto, no me interesa Tintín, pero adoro a todos los coprotagonistas y secundarios que le acompañan. Comenzando, claro está, por el capitán Haddock, el más querido personaje para cualquier tintinófilo de pro, ejemplo de dipsomanía y maestro del insulto surrealista. Pero también Silvestre Tornasol, Milú, Hernández y Fernández, Bianca Castafiore, Néstor, o el malvado Rastapopulos, o el pesadísimo Serafín Latón...

En el fondo, me pasa lo mismo con Tintín que con Hergé: no me gustan ellos, pero me encanta lo que hacen. Y ya que hablamos de gustos, os confesaré cuáles son mis historias favoritas de Tintín: El asunto Tornasol, Siete bolas de cristal y El templo del sol, El secreto del Unicornio y El tesoro de Rackham el Rojo, Tintín en el Tibet, Las joyas de la Castafiore, Stock de coque (precioso título, por cierto), El cetro de Ottokar, La oreja rota, Tintín en el país del oro negro y –aunque fue un álbum no muy bien recibido por la crítica- Vuelo 714 para Sidney. Éste es mi top ten de la tintinidad. Nunca me gustaron Tintín en el país de los soviets (pura demagogia fascista), ni Tintín en el Congo y Tintín en América (demasiado infantiles). Pero sobre todo, detesto Tintín y los Pícaros, que es una descorazonadora traición al espíritu de la serie.

Por cierto, leí hace poco que los herederos de Hergé y Spielberg se habían puesto finalmente de acuerdo para llevar las aventuras de Tintín a la gran pantalla con personajes de carne y hueso. La verdad es que no sé qué pensar al respecto... Tintín y su mundo funcionan de maravilla en comic, pero no pueden ser trasladados tal cual al cine. A comienzos de los sesenta, se rodaron dos películas sobre el personaje en imagen real: Tintín y el misterio del Toisón de Oro (Francia/Bélgica, 1961) y Tintín y las naranjas azules (Francia/España, 1964). Ambos filmes son malísimos por muchas razones, pero una de las cosas que demuestran es que los personajes deben ser reformulados para su adaptación cinematográfica. ¿Qué hará el viejo Steven con Tintín? Ya veremos.

Por último, una pregunta que nos permitirá saber cuántos auténticos tintinófilos hay entre los merodeadores de Babel: ¿Hernández y Fernández son exactamente iguales?

lunes, abril 9

Sugerencias

Creo que ya he hablado aquí más de una vez sobre la actual crisis del género fantástico (cuando digo “género fantástico” lo hago en su sentido más amplio; es decir, incluyendo la ciencia ficción y la mayor parte del terror). No se trata, me apresuro a aclararlo, de una crisis comercial, como demuestran las masivas ventas de Harry Potter & sucedáneos o Tolkien & sucedáneos, sino de una crisis creativa. Sencillamente, el fantástico que se produce actualmente resulta, salvo contadas excepciones, mediocre, repetitivo y aburrido. Además, el problema no es tanto la escasez de obras relevantes, sino la casi total ausencia de autores más o menos indiscutidos, de nuevos creadores que sirvan de referencia y marquen el camino. Es como si el género fantástico hubiera cambiado el I+D por el reciclado.

Quizá, no lo sé, se trate sólo de una crisis del fantástico anglosajón, y puede que en el resto del mundo se estén produciendo obras extraordinarias que algún día descubriremos con pasmo y alborozo, aunque no las tengo todas conmigo. Sea como fuere, y teniendo en cuenta las novedades que llegan a nuestro mercado editorial, los aficionados al género llevamos muchos años de capa caída. Concretamente, desde la década de los 80. ¿Las razones? Son muchas y no voy ni siquiera enumerarlas, porque no es tal el propósito de esta entrada. Si alguien quiere profundizar en el tema, le recomiendo Propuesta para una nueva caracterización de la ciencia ficción, el (masivo) artículo que Julián Díez ha publicado en la revista electrónica Hélice (si quieres leerlo, pincha AQUÍ).

La cuestión es, ¿qué podemos hacer los aficionados al fantástico cuando las novedades que nos llegan resultan tan insatisfactorias? Volver la vista atrás, por supuesto. De entrada, esperar como agua de mayo las nuevas obras de viejos autores que todavía no han sucumbido a la senilidad, como ocurre con Christopher Priest (lo malo es que no se me ocurren muchos más nombres que citar). En segundo y último lugar, ir a nuestra librería en busca de viejas novelas pendientes de leer. Por ejemplo, yo no he leído todo lo que ha escrito Ballard ni todo lo que escribió Dick, aunque, la verdad, no tengo excesivas ganas de leer las obras completa del lisérgico Philip K.

En fin, el fantástico se ha convertido para muchos de nosotros en un triste páramo. Por eso, cuando en mitad del desierto encontramos un oasis, resulta casi obligatorio correr la voz entre nuestros hermanos beduinos (creo que se me ha ido la olla con esta metáfora, pero estoy vago y la voy a dejar tal cual). Además, uno de los propósitos de este blog son las recomendaciones, sugerir que tal o cual libro vale la pena, intercambiar tesoros. Y hoy, amigos míos, tengo un par de recomendaciones que haceros.

La primera es El cura, de Thomas M. Disch (Berenice, 2007). Reconozcamos, de entrada, que esto es de nuevo volver la vista al pasado, porque Disch procede de la New Wave, allá por los lejanos 60, el momento en que la ciencia ficción alcanzó su máxima madurez. Además, El cura fue publicada en USA en 1994, así que nos llega con trece años de retraso. En cualquier caso, Disch (del que algún día hablaré largo y tendido) es uno de los mejores escritores fantásticos del siglo XX, y la aparición en nuestro mercado de una nueva novela suya siempre supone todo un acontecimiento (al menos entre quienes se enteran, que no somos muchos, me temo).

Yendo al grano, El cura es una excelente novela, aunque si eres un ferviente católico te recomiendo que no la leas, porque se trata de una de las más virulentas críticas a la Iglesia Católica que jamás me he echado a la cara. Y es virulenta no por una sobredosis de énfasis, sino precisamente por su sobriedad. Permitidme reproducir el texto de contraportada, y así me ahorro tener que contar el argumento con mis propias palabras, que es más trabajoso (ya os he dicho que hoy estoy vago): “Disch nos ofrece una potente y oscura novela endemoniadamente cómica. Una novela gótica como no se ha escrito otra. Patrick Bryce, un cura católico de una parroquia en Minneapolis, con un pasado pedófilo, mantiene su vicio en secreto hasta que es chantajeado. Para no ser delatado tiene que encabezar una campaña antiaborto, pedir perdón cara a cara a cada una de sus víctimas, leer y estar dispuesto a analizar el trabajo de un barroco escritor de ciencia ficción de culto, y debe llevar tatuado a Satanás en su pecho. Pero estas exigencias son el menor de sus problemas. Más terrible es su certeza de que las pesadillas que tiene, y en las que es un obispo del siglo XIII, no son sueños... Su único santuario para él y su doble, Silvano de Rochefort, es la Iglesia, llena de corrupción y escándalo en ambas eras. Las dos personalidades cruzarán un laberinto de horrores hacia sus propios destinos infernales”. En resumen, El cura es un duro alegato contra la hipocresía del catolicismo, un vigoroso thiller y un inteligente relato sobrenatural... o quizá no, porque el final de la novela, tan sutil como ambiguo, abre la puerta a dos interpretaciones radicalmente distintas. Os lo aconsejo: no dejéis de leerla.

El segundo tesoro que quiero compartir con vosotros me lo proporcionó, literalmente, mi buen amigo Julián Díez. Hace unas semanas, Julián tuvo la amabilidad de regalarme Puente de pájaros, de Barry Hughart (Bibliópolis, 2007). Reconozco que el obsequio me extrañó un poco. De entrada, el autor no me sonaba de nada; pero lo más inquietante era el subtítulo: “Una novela de la antigua china”. ¿Una novela de chinos?, pensé con desconfianza. Porque detesto cordialmente las chinerías escritas por autores occidentales; siempre me suenan falsas e impostadas. No obstante, la novela (otra mirada al pasado, pues apareció en 1984) había ganado el Premio Mundial de Fantasía ex aequo con Bosque Mitago, la obra maestra de Robert Holdstock. Además, Julián insistía en que era una novela excelente, y yo suelo coincidir con sus gustos, así que comencé a leerla...

Y ya no la pude soltar. Disfruté, señoras y señores, como un cerdo en un barrizal (otro símil poco afortunado que no corrijo por pura vaguearía). ¿Cómo definir Puente de pájaros? Divertida, caprichosa, chispeante, ingeniosa y, sorprendentemente, también poética. La novela –en realidad un relato picaresco- narra las peripecias del campesino Buey Número Diez y del sabio Li Kao en su búsqueda de la Gran Raíz de Ginseng, todo ello en medio de una China medieval absolutamente inventada. Porque el verdadero subtítulo de la novela es “A Novel of an Ancient China That Never Was”. Es decir: una novela de una antigua China que nunca existió.

Puente de pájaros, amigos míos, es una obra sencillamente deliciosa, un relato lleno de humor e imaginación que, en ocasiones, como cuando narra la historia que da nombre al título, se vuelve inesperadamente lírico, aunque jamás en un tono grave ni pretencioso, sino siempre de forma ligera, burbujeante y descaradamente divertida. Creednos –a mí y a Julián-: Puente de pájaros es una gozada que no os podéis perder.

Y, como ya os he dicho que me siento un tanto indolente, esto es todo por hoy, queridos merodeadores de Babel.

sábado, marzo 31

Bibliomanía

Entre la bibliofilia y la bibliomanía existe la misma diferencia que entre el apetito y la glotonería. Según la RAE, bibliofilia es la pasión por los libros, y especialmente por los raros y curiosos, mientras que bibliomanía es la pasión de tener muchos libros raros o los pertenecientes a tal o cual ramo, más por manía que para instruirse. Me temo que yo estoy a caballo entre ambos términos, pero más tirando hacia el lado bibliómano.

Me encantan los libros, me chiflan, me ponen, me fascinan e, incluso, ocasionalmente me obsesionan. Toda clase de libros, ficción y no ficción, y sin manías: me da igual bolsillo que cartoné, primeras ediciones o undécimas, encuadernación de lujo o tapas blandas cual septuagenario sin Viagra. No es que desdeñe los libros bonitos, y, puesto a elegir, prefiero una primera edición que la decimocuarta; pero lo que de verdad me importa es el contenido del libro. Esto suena bien, pero ahora empiezan los problemas.

Adquiero muchos más libros de los que puedo leer. Olvidémonos por el momento de la literatura y centrémonos en la no ficción. Soy adicto a los libros “peculiares”, cuando no abiertamente raros. Por ejemplo, y recurriendo sólo a los que tengo cerca mientras escribo esto, ahí veo el voluminoso tratado sobre los espejos de Jurgis Baltrusaitis, y más abajo Juego y artificio, de Alfredo Aracil, un ensayo sobre los autómatas del Renacimiento y la Ilustración, y un poco más allá, cerca de un tomo acerca de la medicina en la época romana, veo la deliciosa Guía de lugares imaginarios, y junto a ella Los jardines del sueño, de Kretzulesco-Quaranta... Bueno, supongo que os vais haciendo una idea. He leído completos muy pocos de esos libros peculiares, pero sí fragmentariamente y, desde luego, todos los he hojeado con deleite.

Luego tengo los libros de documentación y consulta. Diccionarios, decenas de diccionarios de todo tipo (¿qué corazón sensible rechazaría, por ejemplo, tener en su biblioteca el Diccionario ilustrado de los monstruos, de Izzi”?). Pero también manuales de supervivencia, historias de la moda, tratados de armas, libros sobre botánica, astronomía o aves, sobre esgrima, hipnosis, drogas, venenos, criptografía, ilusionismo, juegos, artes marciales, filatelia, demonología, insectos, antigüedades, arquitectura... en fin, un poco de todo. También compro libros que podríamos denominar de “potencial documentación”; es decir, obras que tratan sobre temas que, en principio, me importan un bledo, pero que quizá, por algún extraño motivo, un día puedan llegar a interesarme. Por ejemplo, un Tratado de castellología (antes de comprarlo ni siquiera sabía que existía la “castellología”) o una Historia de las diligencias en España. La verdad es que ambos títulos me han sido posteriormente de gran utilidad, pero sólo constituyen un par de excepciones entre los muchos libros que he comprado “por si acaso” y que jamás me servirán para nada.

Por otro lado, tengo las secciones temáticas. Cine, cómic, Historia –con un apartado especial dedicado, a la Historia Antigua, otro al Medioevo y otro a la II Guerra Mundial-, divulgación científica, arqueología bíblica, antropología, arte y diseño, literatura... sobre estos temas acostumbro a comprar muchos libros, sí señor. Y sobre decenas de temas más que son absolutamente aleatorios, por supuesto. Y luego está la ficción, claro... en fin, como decía hace tiempo un merodeador de Babel, ya no compro novelas, sino opciones de lectura.

Vamos, que adquiero muchos más libros de los que puedo llegar a leer, aunque no hiciera otra cosa que leer durante lo que me resta de vida. Lo cual se traduce en que, para desesperación de mi santa, tengo la casa atestada de libros. Una inmensa librería en el salón, dos grandes librerías en mi despacho, cuatro librerías medianas repartidas por los dormitorios de mis hijos y una pequeña librería en mi dormitorio. Todos los libros están, ay, distribuidos en dos filas por estante. Además, cuento con varias cajas atiborradas de libros en el trastero. ¿No es ésta una acumulación absurda? ¿A qué se debe esta estúpida manía?

Pues a tres motivos, amigos míos. En primer lugar, a que los nuevos títulos duran muy poco en las librerías. Al cabo de unos meses de ser editados, la mayor parte de los libros desaparece de los puntos de venta y no volverás a verlos jamás. Por eso, cada lanzamiento es una oportunidad única y, además, a tiempo limitado; así que en caso de duda, me lo compro. En segundo lugar, disfruto comprando libros; me encanta adquirir un nuevo ejemplar, leer la contraportada, hojearlo, olerlo, tocarlo... cada nuevo libro es un torbellino de sensaciones. Por último, y es triste confesar esto, en algún momento de mi infancia me torcí y acabé convirtiéndome en una urraca bibliómana.

Todo comenzó con la ciencia ficción. Debí de empezar a aficionarme a ella cuando tenía unos doce años. Mi padre había sido el impulsor y responsable de Futuro, la primera colección de cf en España, pero ése no fue el motivo. Mi hermano mayor, a quien podéis encontrar por aquí oculto bajo el alias de Big Brother, era aficionado a la ciencia ficción y compraba las colecciones de la época –los lejanos 60-. Nebulae, Vértice, Cenit, Más Allá... Un día me recomendó que leyera Los reyes de las estrellas, de Edmond Hamilton. La leí y me fascinó... En fin, es una novela malísima, pero yo sólo tenía doce o trece años. A partir de ese momento, comencé a recoger las novelas de ciencia ficción que mi hermano iba dejando tiradas por ahí y así me aficioné al género.

Pero, cuando tenía unos catorce o quince años, ocurrió algo fatal. Mi hermano, como hombre inteligente que es, no conserva los libros. Los lee (destrozándolos en el proceso), los amontona durante un tiempo y luego se deshace de ellos. Pues bien, una tarde vi a mi madre transportando una caja llena de libros de cf que le había dado mi hermano para que los tirase. Le salí al paso, me apoderé de la caja y me la llevé a mi habitación. Serían treinta o cuarenta libros, no más, pero mientras los contemplaba en silencio, una terrible idea germinó en mi cabezota: ¿y si iniciaba una colección de ciencia ficción? La verdad es que no poseo dotes de coleccionista; carezco de la paciencia, la disciplina, y la determinación necesarias. De hecho, creo recordar que jamás llegué a completar un álbum de cromos. Sin embargo, lo de la ciencia ficción me lo tomé muy en serio. Empecé a frecuentar la Cuesta de Moyano y cuanta librería de viejo se cruzaba en mi camino, y cada vez que iba a Barcelona me precipitaba al mercado de Sant Antoni en busca de títulos antiguos. Me convertí en un cazador-recolector de libros, y poco a poco mi colección de ciencia ficción creció y creció, y siguió creciendo hasta finales de los ochenta.

Y entonces se cruzó en mi camino La primera y la última humanidad, de Olaf Stapledon. O, mejor dicho, no se cruzó. Un amigo encontró una edición en español de los años treinta que yo ni siquiera sabía que existía... y me obsesioné con conseguir un ejemplar para mi colección. Lo busqué por todas partes, sufrí por que no lo encontraba, me desesperé, me obsesioné y, al cabo de unos meses, quizá un año, di con él. Y entonces comprendí algo: no lo iba a leer. Stapledon me aburre, no tenía la menor intención de leer La primera y la última humanidad. Me había vuelto loco buscando un libro que no pensaba leer... Así que, en un momento de lucidez, me dije: “se acabó esto de coleccionar ciencia ficción”. Y no sabéis el peso que me quité de encima.

En fin, supongo que así me convertí en un puñetero bibliómano. Pero volvamos al problema inicial: mi casa está llena de libros, ya no me caben en ningún lado, salvo que convenza a mis hijos acerca de las ventajas de una emancipación anticipada, aunque lo cierto es que, a juzgar por las ventosas que les han salido en los dedos, y el modo como las utilizan para adherirse férreamente a los muros, no les veo muy dispuestos a dejar el hogar paterno. Por otro lado, mi santa ha dejado meridianamente claro que sólo podré instalar librerías en el pasillo, la cocina y los baños pasando por encima de su cadáver. De modo que tengo un espacio limitado, una familia hostil y demasiados libros.

Pero, atención, todavía conservo mi vieja colección de ciencia ficción. Estoy hablando de unos 4.000 volúmenes, de lo cuales por lo menos 3.000 carecen por completo de interés. Pura literatura popular barata, basura de tercera clase. Podría quedarme sólo con los que me interesan realmente y deshacerme del resto, con lo que sacaría un dinerito y, lo más importante de todo, ganaría sitio para poder comprar y colocar más libros. Sólo de pensarlo se me hace la boca agua...

Pero no puedo, amigos míos, me resulta sencillamente imposible. La mera idea de deshacerme de tres cuartas partes de mi colección de ciencia ficción se me antoja tan éticamente reprobable como abandonar a mi anciana madre (si tuviese una anciana madre) en una gasolinera para irme a hacer turismo sexual a Tailandia. Se me parte el corazón. No puedo, no puedo... De modo que ahí seguirá mi vieja colección, ocupando un espacio que muy bien podría dedicar a otros fines, mientras títulos tan prestigiosos como Nipe el monstruo, Vikingo del espacio o Guerra Texas Israel acumulan melancólicamente polvo en un estante olvidado.

¿Y todo por qué? Porque los seres humanos nos creemos racionales, cuando lo que somos es básicamente emocionales. Y yo, en particular, además soy gilipollas.

miércoles, marzo 21

12

Una de las cosas que más satisfacción me producen es descubrir la respuesta a cuestiones que siempre me han intrigado, aunque debo advertir que muchas de esas cuestiones parecen –y probablemente sean- una soplapollez. Por ejemplo, el doce. ¿Por qué es un número tan mítico, tan esotérico, por qué aparece tantas veces relacionado con lo sagrado? Los doce signos del zodiaco, las doce tribus de Israel, los doce patriarcas, los doce apóstoles, los doce dioses del Olimpo, las doce piedras Rosacruces, los doce nudos y las doce columnas masónicas, los doce trabajos de Hércules, los doce chakras, las doce puertas de la Jerusalén Celeste, las doce estrellas del Apocalipsis, las doce Sibilas... en fin, hay muchos ejemplos. Esto en cuanto a lo sagrado, pero el doce también aparece en lo profano: la docena. ¿Por qué, si nuestro sistema numérico es decimal, utilizamos habitualmente una medida duodecimal? Está claro que el doce tiene una inmensa importancia, simbólica y práctica, desde épocas muy remotas; pero ¿por qué, qué razón última se esconde tras el doce?

La respuesta más frecuente a esta cuestión es que el año comprende, más o menos, doce ciclos lunares. Por este motivo, los sacerdotes babilonios –grandes astrónomos- dividieron el año en doce meses (los primeros calendarios eran lunares) y la esfera celeste en doce casas zodiacales. De ahí a considerar sagrado el doce sólo hay un paso... pero esta respuesta no acaba de convencerme. La escritura, por ejemplo, aunque luego adquirió connotaciones sagradas, no fue un invento sacerdotal, sino de los burócratas sumerios, que necesitaban un método para registrar las transacciones comerciales. Es decir, su origen es práctico, no mágico. Y lógicamente cabe pensar lo mismo de los sistemas de numeración, aunque tenemos el problema de ignorar quien inventó el primero, pues hay ejemplos de primitivos métodos numéricos datados en el paleolítico e incluso quizá anteriores.

Pero volvamos a los babilonios. Utilizaban un sistema numérico sexagesimal; por eso ellos, que establecieron la forma de medir el tiempo que hoy seguimos usando, fijaron minutos de sesenta segundos y horas de sesenta minutos, y por eso dividieron la esfera celeste en 360 grados (6X60). Pero un sistema sexagesimal parece un tanto excesivo, demasiado complejo para su uso cotidiano, de modo que lo más probable es que ese sistema provenga de otro más sencillo. ¿Cuál? Hay diversas teorías al respecto, pero la más evidente es que los primitivos babilonios usaban un sistema duodecimal. A fin de cuentas, 60 es múltiplo de 12 (5X12=60), y fueron los babilonios quienes dividieron el día en 24 horas (12 de dia y 12 de noche) y el año, como dije antes, en doce meses.

Ahora bien, ¿por qué un sistema duodecimal? A lo largo de la historia, la mayor parte de los sistemas de numeración han estado basados en el cinco, el diez o el veinte. Y esto, como muchas otras medidas, está basado en peculiaridades del cuerpo humano; en concreto, nuestros dedos. Cinco dedos en una mano, diez en las dos y veinte si añadimos los pies. Porque desde épocas muy remotas, la gente ha utilizado los dedos para contar. Por eso a los números se los llama dígitos. En cualquier caso, el sistema más usado en el pasado y el presente es el decimal. Dos manitas; ése es el ábaco que nos ha otorgado mamá naturaleza.

¿En qué consiste básicamente un sistema de numeración? En dividir los números en grupos de n elementos. De diez en diez en el caso del decimal o de doce en doce en el caso del duodecimal. Pero, ¿cómo surge esto? Vamos a retroceder en el tiempo a épocas muy remotas; quizá al neolítico. Un tipo tiene un rebaño de ovejas; las lleva todos los días a pastar y al atardecer vuelve a encerrarlas en el corral. Pero, ¿están todas, no falta alguna? El pastor tiene un problema, porque todavía no se ha inventado ningún sistema de numeración, así que se sienta a pensar y finalmente encuentra la solución a partir de algo en lo que los seres humanos estamos particularmente bien dotados: la analogía simbólica. Se planta delante de la puerta del corral, comienza a encerrar al rebaño y, por cada oveja que pasa, baja un dedo de las manos. Una vez que los ha bajado todos, hace una muesca en un palo y vuelve a empezar. Cuando termina, compara las muescas con las del día anterior y así sabe si le faltan o no ovejas.

Nuestro buen pastor ha sentado, sin proponérselo, las bases para el sistema de numeración decimal. Pero no sólo ha hecho eso; también ha inventado un “registro de existencias” (los palos con muescas) y un sencillo método que permite contar cosas a quien no sabe contar (de hecho, él no sabe realmente contar).

Así pues, la forma en que ordenamos los números depende del método que empleaban nuestros más remotos antepasados para contar ovejas o lo que sea. Si usaban sólo una mano, la base seria cinco; si usaban las dos, el sistema sería decimal y si añadían los pies, vigesimal. Por cierto, el sistema de numeración vigesimal más conocido es el de los mayas, pero sin irnos tan lejos, podemos encontrar rastros de un arcaico sistema vigesimal en el idioma francés, donde, por ejemplo, 80 se llama quatre-vingts.

Entonces, ¿cómo podemos encajar el doce en todo esto? ¿Existe algún método para contar exactamente hasta doce usando los dedos? Pues sí, existe, y además basta con emplear una sola mano (un problema del primitivo “cómputo decimal” era que mantenía ocupadas las dos manos). Se trata de un antiquísimo método para contar basado no sólo en los dedos, sino en las articulaciones de los dedos. Es sencillo. Dejando aparte el pulgar, que vamos a utilizar como señalizador, los cuatro restantes dedos de una mano tienen cada uno de ellos tres articulaciones. Es decir, en total doce articulaciones. Si vamos a contar un rebaño, lo que hacemos es, cuando pasa la primera oveja, llevar el pulgar a la primera articulación del meñique; otra oveja y el pulgar se desplaza a la segunda articulación; otra más y saltamos a la tercera. Cuando pasa la cuarta oveja, cambiamos de dedo y ponemos el pulgar en la primera articulación del anular, y así sucesivamente hasta llegar a la última articulación del índice. Entonces hacemos la consabida muesca en el palo, que representa una docena exacta. Ahí tenemos el origen de nuestro mágico 12.

Es probable que, posteriormente, al coincidir esa cifra con el número de ciclos lunares anuales, el doce adquiriera carácter sagrado, pero su origen no es otro que una forma profana, práctica y cómoda de contar ovejas. Ya sé que esto, a más de uno, le parecerá una chorrada, y quizá lo sea, pero también es una demostración de que, tras cada mito, tras cada símbolo, se oculta una realidad distinta a la aparente. Y a mí me chifla averiguar esas realidades escondidas y enterradas por el paso del tiempo. En cierto modo, es como la labor de un detective; pero es que, si nos paramos a pensarlo, el trabajo de un arqueólogo o un antropólogo tiene mucho de detectivesco.

Ah, un último detalle. Está claro que gran parte de lo que he dicho en este post es puramente especulativo, pues no tenemos ningún registro de cómo surgieron los sistemas duodecimales. Pero no me negaréis, amigos míos, que si non è vero è ben trovato.