viernes, febrero 29

En contra

Siempre he pensado que nuestro sistema electoral (en realidad, los sistemas electorales de todo el mundo) es francamente mejorable. Una elección consiste en que te pregunten qué partido quieres que gobierne (el país, la autonomía, el ayuntamiento, lo que sea), así que tú eliges una papeleta de la formación política que más te guste, la metes en un sobre y la introduces en una urna. Luego, se cuentan las papeletas y el que más tenga gana. Es decir, se te pide una opción positiva, o que te abstengas, o que recurras a esa forma de NS/NC que es el voto en blanco. Pero, ¿qué sucede si miras a tu alrededor y no ves a nadie que te convenza lo suficiente como para concederle tu confianza? O bien, ¿y si el partido político que te hace vibrar es tan insignificante que votarle sería tirar tu papeleta a la basura? Cuando nos invitan a votar nos exigen un acto de amor (“sí, quiero al Partido XXX”), pero ¿qué ocurre si no estamos enamorados?

Bueno, si te encuentras en ese caso siempre puedes abstenerte, que es lo que hace mucha gente. No obstante, la abstención no te libra de responsabilidades ni de sufrir las consecuencias de tus actos (o “no actos”), pues puede suceder que gane el partido que más te repatea. Es decir, podrás pasar alegremente de las elecciones, pero no te libra ni dios de padecer los resultados de éstas.

Todo esto ocurre porque en unas elecciones se nos pide un acto de atracción, pero no se tiene en cuenta la repulsión. Se nos exige amor, dejando olvidado el odio (en términos metafóricos, claro), cuando el rechazo es una actitud por lo menos tan intensa y decisiva como la aceptación. Y es que muy bien puede ocurrir que no tengamos una idea clara de quién queremos que gane unas elecciones, pero estoy convencido de que todos, sin excepción, sabemos a quien no queremos ver ni de coña en el poder.

Por eso creo que sería muy conveniente incluir entre nuestras opciones electorales el voto negativo. Me explicaré. Al llegar a la urna tendríamos dos alternativas: emitir un voto positivo, que se sumaría a la formación política que hayamos elegido (es decir, la forma tradicional), o emitir un voto negativo, que se restaría de los votos obtenidos por el partido que nos caiga gordo. Por ejemplo, supongamos que le tenemos una tirria espantosa al PCI (Partido de los Casposos Intransigentes) y depositamos en la urna un voto negativo en su contra; en tal caso, si el PCI obtiene 615.321 votos positivos, al restarle el nuestro se quedaría en 615.320. ¿Está claro?

Bueno, puede que alguno piense que el resultado final sería el mismo, tanto con voto negativo como sin él, pero no es así. Sobre todo porque fomentaría la participación, pues mucha de la gente que usualmente se abstiene porque no tiene a quien votar, correría como loca a las urnas, pues lo que sí tiene es contra quien votar. Un buen amigo mío objeta que, si esto fuera así, un partido podría ganar las elecciones con votos negativos. Por ejemplo, el POTO (Partido Onanista Trempador Orgásmico) llegaría al poder con -17.328 votos, porque su inmediato rival, el PITO (Partido Independiente Tremendamente Obsceno) obtuvo -23.614 votos. Bueno, podría ser; ¿y qué? Alcanzar el poder con votos negativos sería una buena llamada de atención para nuestros políticos.

Ya sé que esta propuesta suena un poco a coña, pero si os paráis a pensarlo resulta mucho más lógica de lo que parece. Además, creo que votar en contra debe de dar más gustirrinin que votar favor. ¿Os imagináis introducir el voto en la urna al tiempo que masculláis un “que os jodan” entre dientes? Ah, cuan placentero es el lado oscuro de la fuerza...

Pero hoy por hoy no existe el voto negativo, de modo que sólo contamos con una manera de votar en contra: votando al enemigo de nuestro enemigo. No es perfecto, pero menos da una piedra.

miércoles, febrero 27

Campaña

Hace cuatro años, participé en la campaña electoral como asesor publicitario de cierta formación política. En esta ocasión, gracias al cielo, no. Por tanto, mi conocimiento sobre la actual campaña es muy limitado, como limitada, si he de ser sincero, es mi atención al evento. Porque la verdad, amigos míos, creo que las campañas publicitarias tienen escasísima incidencia en el voto. Es un caso claro de lo que podríamos llamar “publicidad pasiva”; es decir, si hago publicidad me quedo como estoy, pero si no la hago pierdo apoyos y mi imagen se desvanece. En Estados Unidos, donde los candidatos invierten cientos de millones en cada campaña, y donde hay muchísima más experiencia en marketing político, puede que la publicidad sea más efectiva, pero desde luego en España no. Así pues, los partidos han puesto en marcha su maquinaria de comunicación manejando unos presupuesto más bien exiguos.

Ahora bien, ¿qué es lo que pretenden comunicar los dos principales partidos? Pues cosas diferentes, cuando no opuestas. Veamos: como cualquier sociólogo sabe, España está ligeramente escorada hacia la izquierda. Si la derecha es 1 y la izquierda 10, los votantes españoles estamos estadísticamente ubicados en un 6. Esta situación se compensa con el hecho de que la izquierda tiene dos partidos parlamentarios mientras que la derecha sólo cuenta con uno que recibe todos los votos conservadores. Por otro lado, parte de los votantes de izquierda –la llamada “izquierda exquisita”- tiene cierta tendencia a la abstención. De hecho, se supone que una participación superior al 73% otorgaría la victoria al PSOE y una inferior al 70% sentaría en la Moncloa al PP.

La estrategia de los populares ha consistido en hacer durante toda la legislatura una oposición extremadamente dura y bronca, basada fundamentalmente en el terrorismo, con un doble objetivo: fidelizar a su electorado y mantenerlo en tensión, y dar la sensación de llevar la iniciativa parlamentaria. Debemos reconocer que, con la ayuda de los múltiples errores de comunicación del gobierno, los populares han conseguido ambos propósitos. No obstante, esta estrategia conlleva un doble problema: en primer lugar, al tiempo que se fideliza y tensiona al propio electorado, se moviliza al electorado contrario; en segundo lugar, una política bronca hace perder apoyos entre los votantes centristas, que por su propia naturaleza huyen del radicalismo.

Así pues, contando con la manifiesta fidelidad de voto de su electorado natural, el PP tiene que conseguir dos objetivos: que la “izquierda exquisita” se abstenga y tranquilizar a los votantes de centro. Para ello, los populares intentan ofrecer desde hace varios meses una imagen de moderación, abandonando (por el momento) la bronca dura, las deslegitimaciones y la algarabía callejera. Por otra parte, todos sus esfuerzos se centran en dibujar a su oponente, Zapatero, como un hombre insustancial y caprichoso en quien resultaría ridículo, incluso si se es de izquierdas, depositar la confianza. El primer objetivo, la moderación, es lógico y resultaba previsible; el segundo, el desdén hacia el oponente, es más discutible, sobre todo teniendo en cuenta las respectivas imágenes públicas de ambos rivales.

En cuanto al PSOE, es evidente que su política de comunicación ha sido nefasta durante la legislatura. Mejor dicho, no ha existido ninguna política de comunicación, lo cual es aún peor. La estrategia de centrar toda la voz del gobierno en Zapatero y María Teresa Fernández de la Vega ha desdibujado la imagen del gabinete; eso, unido a que la otra figura visible del PSOE era Pepe Blanco, un pésimo comunicador, no ha hecho ningún bien al conjunto de la comunicación gubernamental. Además, el hecho de haber tenido que mantenerse a la defensiva ante los constantes ataques del PP, ha impedido que el gobierno saque todo el partido posible a sus logros. No obstante, la principal seña de identidad de Zapatero, el talante, por muy tópico que ya les suene a muchos, sigue jugando a su favor. Es como un recordatorio subliminal: “Nosotros somos una izquierda moderada y ustedes una derecha radical”. Aunque, claro, ese mismo talante aleja del PSOE el voto de la izquierda más militante.

Por consiguiente (como decía González), los socialistas deben conseguir dos objetivos: movilizar a su electorado y hacerse con la mayoría de los votos centristas. Para conseguir lo primero, utilizan el estandarte de sus éxitos en política social y, sobre todo, utilizan el miedo del electorado de izquierdas a que la derecha dura patrocinada en la sombra por Aznar vuelva al poder. Para conseguir lo segundo, insisten en ofrecer una imagen de partido moderado y dialogante, frente a una derecha a la que presentan como radicalizada e intransigente.

Veamos ahora cómo lo están haciendo ambos partidos desde el punto de vista de la publicidad. Comencemos con los eslogan. El PP usa dos: “Con cabeza y corazón” y “Las ideas claras”. El primero, por decirlo con sencillez, me parece una bobada, la típica proposición vacía que tanto sirve para referirse a un político, un banco o una agencia matrimonial. Además, parece la lista de la compra de una casquería. El segundo claim es más normalito; incide sobre un supuesto “atributo del producto”, pero posee escaso poder de convocatoria.

El PSOE también usa dos eslogan: “Vota con todas tus fuerzas” y “Somos más”. Ambas frases, como se ve, inciden directamente sobre la participación del electorado de izquierdas. La primera se me antoja un juego de palabras no demasiado conseguido. La segunda es algo mejor, pues recuerda al votante potencial que forma parte de una mayoría sociológica, y tiene cierto poder de convocatoria, pero quizá resulte demasiado simple. En cualquier caso, estas elecciones no se ganarán ni perderán por los eslogan.

Respecto a la televisión, los spot del PP (sólo he visto dos) siguen también una doble estrategia. Uno ridiculiza a Zapatero parodiando su discurso optimista mientras embargan a un pobre familia de clase media, y otro muestra, en planos cortos e intimistas, a Rajoy reflexionando tranquilamente sobre la situación del país. La primera línea de comunicación, como dije antes, me parece equivocada; la segunda resulta lógica y su objetivo es potenciar la imagen de un Rajoy moderado.

Los spot del PSOE (he visto tres) están orientados, cómo no, a la participación de su electorado. Uno está dirigido a los más jóvenes y a los primeros votantes, otro a los ancianos y el último, en el que un votante socialista ayuda a su madre a votar el PP, refuerza la imagen de talante y honestidad política, así como incide, de nuevo, en la participación. Son anuncios amables, pero puede que demasiado ligths.

Quizá lo que más me ha sorprendido es la campaña de radio. Las cuñas del PP se dedican fundamentalmente a ridiculizar a Zapatero, lo cual, insisto una vez más, me parece un error que puede provocar exactamente el efecto contrario al que se pretende. Lo curioso es que las cuñas del PSOE son mucho más agresivas que las de los populares; se trata de unos anuncios de radio orientados a presentar al PP como una derecha extrema cuya eventual llegada al poder supondría una involución social. Parecen piezas más propias de la oposición que del partido gobernante, pero es probable que sean eficaces.

En cuanto a la publicidad exterior, vallas, carteles, banderolas, etc., la verdad es que es lo mismo de siempre, salvo la utilización de esas grandes vallas urbanas que cubren toda la fachada de un edificio. En Madrid he visto una del PP con un enorme retrato de Rajoy y otra del PSOE comparando la terna Zapatero-Fernández del Vega-Solbes con la terna Rajoy-Zaplana-Acebes. En realidad, la valla persigue mostrar la fotografía conjunta de estos tres últimos, pues hasta las elecciones no hay peor compañía para Rajoy que la de sus dos lugartenientes. Por no hablar de Aznar, claro; en el PP deben de estar haciendo rogativas para que al ex-presidente no se le ocurra salir a la palestra.

Un amable merodeador me preguntaba hace poco por el marketing viral aplicado a la campaña. Ante todo, veamos qué es el “marketing viral”. Según Wikipedia: “El marketing viral o la publicidad viral son términos empleados para referirse a las técnicas de marketing que intentan explotar redes sociales preexistentes para producir incrementos exponenciales en "conocimiento de marca", mediante procesos de autorreplicación viral análogos a la expansión de un virus informático. Se suele basar en el boca a boca mediante medios electrónicos; usa el efecto de "red social" creado por Internet y los modernos servicios de telefonía móvil para llegar a una gran cantidad de personas rápidamente”. El ejemplo más claro y conocido de esto lo encontramos en el videoclip “Amo a Laura”, que en realidad era una campaña encubierta de la MTV.

Lo cierto es que cuando yo trabajaba en publicidad el marketing viral estaba en pañales, de modo que nunca lo he utilizado y desconozco su técnica. Por lo que sé, los partidos políticos están comenzando a emplearlo, sobre todo mediante el uso de videos y redes de blogs, pero ignoro hasta qué punto y cuál es su grado de eficacia. No obstante, es más que probable que el futuro de la publicidad discurra por ahí.

Por último, el mismo amable merodeador me solicitaba un pronóstico. Pues bien, creo que, salvo que suceda algo inesperado, ganará las elecciones el PSOE con bastante claridad, aunque no me atrevo a aventurar los porcentajes. En primer lugar, porque si analizamos las encuestas y pasamos de la intención directa de voto (que también está a favor de los socialistas, pero engaña mucho), veremos que las preferencias del electorado se inclinan sensiblemente hacia el lado progresista. Al mismo tiempo, puede detectarse cierto rechazo hacia el PP y su líder por sectores del electorado no necesariamente afines a los socialistas. En segundo lugar, los populares han fijado durante los últimos años una imagen de derecha dura que, por muy desmemoriado que sea el electorado, no lograrán quitarse de encima con unos pocos meses de moderación. Esa imagen radical aleja de ellos el voto de centro y moviliza al electorado contrario. En tercer lugar, Rajoy es un líder que no inspira confianza incluso en gran parte de su propio electorado. Su poder procede de una figura influyente, pero políticamente quemada (Aznar), y ha demostrado tener ciertas dificultades para gobernar su partido. Difícilmente alguien con una popularidad tan baja puede alcanzar el poder.

Existe, por último, una cuarta razón; pero me la reservo, amigos, para después de las elecciones. Los oráculos, como comprenderéis, debemos guardarnos algún que otro secreto, aunque sólo sea para parecer atractivamente misteriosos y gustarles a las chicas.

viernes, febrero 22

Victoria fría

Por lo general, no somos conscientes del momento histórico en que vivimos. La relativa brevedad de nuestras vidas y la lentitud con que se mueve la historia nos vuelve miopes e impiden que contemplemos el contexto que nos rodea en su integridad. Por otro lado, si pensamos en, por ejemplo, la revolución francesa, sabemos lo que hubo antes y también lo que vino después, pero si nos situamos en el “ahora”, conocemos el pasado inmediato, pero ignoramos lo que depara el futuro, de modo que nuestra visión es intrínsicamente incompleta. Por ejemplo, no somos conscientes de que vivimos tiempos de posguerra.

Lo que voy a comentar en este post no es ningún descubrimiento; de hecho, se trata de algo evidente que todos sabemos, aunque quizá no siempre tengamos presentes las implicaciones. Veréis... ¿Quién ganó la Segunda Guerra Mundial? ¿Los americanos? ¿Los aliados? No: los rusos. Ellos minaron al ejército alemán gracias a una numantina resistencia, ellos contraatacaron, ellos sitiaron Berlín y ellos fueron los primeros en entrar en la capital del Reich. Por supuesto, los yanquis ganaron la guerra del Pacífico, pero en cierto modo esa era otra guerra (japoneses y alemanes nunca llegaron realmente a colaborar bélicamente). El caso es que, al terminar la guerra, USA y Rusia se repartieron alegremente Europa (y el mundo). Así surgieron el imperio americano y el imperio soviético. Y comenzó otra guerra, sólo que muy distinta a cuantas antes había contemplado la humanidad.

Gore Vidal sostiene que la Guerra Fría fue un invento de la industria armamentística norteamericana, un conglomerado de empresas e intereses que, tras haberse forrado durante la guerra mundial, contemplaban cómo la paz ponía en riesgo sus beneficios. Sin duda, algo hay de esto, pero también estaban en juego el dominio geoestratégico del planeta y la confrontación entre dos visiones diametralmente opuestas de la economía, la política y la estructura social. La aparición de las bombas atómicas y el acopio de ellas que hicieron ambas potencias condujo a una situación nueva: dos imperios opuestos y mutuamente hostiles no podían enfrentarse bélicamente entre sí, pues tenían en su contra el MAD (Mutual Assured Destruction-“destrucción mutua asegurada”). Nadie podía ganar. Así pues, la guerra se desarrolló en otros frentes: el diplomático, el propagandístico y, sobre todo, el económico.

Hablemos un momento sobre el comunismo. La corriente romántica del siglo XIX y el declive de las religiones institucionales, devinieron, a comienzos del siglo XX, en dos formas distintas de “política redentorista” o “religión de estado”: el fascismo-nazismo y el comunismo. Ambos monstruos generaron terribles dictaduras y causaron millones de muertos, pero mientras que el comunismo se desarrolló en el extrarradio de Occidente, el fascismo-nazismo lo hizo en el mismo centro, de modo que era mucho más visible y, quizá por eso, fue el primero en caer. Durante mucho tiempo, la gente ignoraba qué sucedía tras el telón de acero y lo poco, y malo, que se sabía era desechado como propaganda capitalista. Pero lo cierto es que el comunismo no funcionaba ni social ni económicamente, que, pese a sus bonitas palabras, era una tiranía, que Stalin y Hitler eran lo mismo: despiadados dictadores.

Sin embargo, el comunismo tuvo una inesperada buena consecuencia: ante el temor de que los trabajadores occidentales, contagiados por el éxito de la revolución rusa, se alzaran contra sus patronos, el capitalismo salvaje se vio forzado a hacer concesiones y de ello surgieron los sindicatos o el estado del bienestar. Es decir, el comunismo era bueno para las clases trabajadoras siempre y cuando no se llevase a la práctica y se mantuviese a considerable distancia. Era una especie de toque de atención para la oligarquía: “cuidado, hay otra alternativa que puede devorarte”.

Quizá por eso, y porque supuestamente era una utopía puesta en práctica –el “paraíso proletario”-, y porque servía como espantajo contra la derecha, y porque aparentemente era una alternativa viable al capitalismo, y por las tan fraternales como falsas palabras propias del comunismo, por todo eso la izquierda mundial adoptó casi sin excepciones el marxismo como caballo de batalla e ideología básica.

Qué gran error, qué inmenso error... La invasión de Checoslovaquia por las fuerzas del Pacto de Varsovia, en 1968, hizo que las escamas se desprendieran de muchos ojos. Luego, se conoció la barbarie del estalinismo, el horror de la Revolución Cultural maoista, la locura infernal de los jemeres rojos. Pero, sobre todo, el sistema económico comunista no funcionaba; la economía de estado ni siquiera era capaz de garantizar la alimentación de sus ciudadanos y, de no ser por los cereales que, paradójicamente, le vendía USA, las hambrunas hubiesen recorrido el imperio soviético. Un imperio que estaba derrumbándose lentamente a causa de su ineficacia.

Pero algo aceleró ese derrumbe. Hoy ya sabemos lo que yo siempre había sospechado: Ronald Reagan y el papa Juan Pablo II se reunieron en repetidas ocasiones para planificar una estrategia conjunta destinada a socavar los cimientos de la Unión Soviética. Karol Wojtyla era polaco y profundamente anticomunista. La insurrección contra el sistema soviético brotó en Polonia de la mano del sindicato obrero católico Solidaridad. ¿Alguna relación entre lo uno y lo otro? Pues sí, sobre todo si tenemos en cuenta que el Vaticano financió a Solidaridad con 32 millones de dólares tramitados, probablemente, a través de Roberto Calvi.

Por otro lado, Reagan se sacó de la chistera un curioso plan: la famosa "guerra de las galaxias", un paraguas que cubriría todo el territorio USA y cuyo objetivo sería interceptar cualquier misil dirigido contra esa nación. De tener éxito tal iniciativa, el MAD se iría a hacer puñetas y la Unión Soviética quedaría inerme frente a los americanos. Así pues, los soviéticos sólo tenían dos alternativas: o desarrollar ellos también un paraguas nuclear, o ponerse a fabricar misiles como locos para derrotar al escudo americano por saturación (por ejemplo, de cada diez misiles lanzados sólo llegaría uno). El problema era que cualquiera de esas alternativas hundiría en la miseria a la precaria economía soviética. De modo que, como reza el dicho judío, los soviéticos decidieron que, ante dos alternativa, lo mejor era escoger la tercera: ya que no podían vencer a su enemigo, ¿por qué no aproximarse a él? Y así llegaron los tiempos de la perestroika y la glásnot, hasta que, finalmente, en 1991, el imperio soviético se disolvió.

Es decir, la guerra fría tuvo una victoria fría, y quien venció fue el sistema capitalista capitaneado por los poderes más conservadores de occidente (Reagan, Wojtyla, Thatcher...). Por eso vivimos tiempos de posguerra. ¿Y esto en qué nos afecta? Bueno, ahí tenéis, por ejemplo, la “revolución” neocon. Fue la derecha más dura quien venció al comunismo, así que a ella le pertenecen los despojos de la guerra. Entre tanto, la izquierda anda desorientada; se ha desprendido del marxismo, pero es incapaz de encontrar una alternativa a la economía de mercado o un modelo distinto al de la sociedad capitalista, de modo que prácticamente toda la izquierda europea ha derivado hacia más o menos tibias socialdemocracias. Es decir, todos los partidos políticos han virado a la derecha; tanto los progresistas como los conservadores.

Ahora bien, dado que el triunfante capitalismo se ha desembarazado del contrapeso que era el comunismo, ¿no resultará tentador dar marcha atrás en las concesiones hechas cuando el Imperio Soviético aún existía? La ley del mercado aplicada también a los seres humanos, darwinismo social, estados reducidos a lo mínimo y liberalismo económico a ultranza. Sálvese quien pueda.

El presente es producto del pasado y la “victoria fría” explica, al menos en parte, muchas de las cosas que están sucediendo en el mundo, desde la infame guerra de Irak hasta, ya en casa, la deprimente guerra de los obispos contra el gobierno socialista. Estamos asistiendo a una “revolución conservadora” (si es que a una contrarreforma se le puede llamar revolución) capitaneada por una derecha dura que triunfó frente al comunismo igual que San Jorge frente al dragón. Una derecha extremada cuyo lema “sin complejos” muchas veces podría interpretarse como “sin escrúpulos”. Pero ellos son los triunfadores, ¿no?

lunes, febrero 18

Indy


Dentro de mí hay un niño, el niño que fui hace tropecientos años, cuando tenía doce o trece. Durante toda mi vida he procurado que ese niño no muera, que siga ahí, que no se convierta en una sombra, en un mero recuerdo, y permanezca en mi interior formando parte de lo que soy. En realidad, no ha resultado difícil; de hecho, lo realmente complicado fue conseguir que brotara de mí una figura más o menos adulta, si es que alguna vez lo he conseguido. Pero es que ser adulto es tan aburrido...

El niño de mi interior se ocupa de muchas cosas; me hace leer y ver cine, me lleva de viaje a lugares lejanos, me cautiva con misterios y maravillas, maneja el timón de la barca de mis sueños, alimenta con abundante combustible mi capacidad de asombro, hace que me dedique a algo tan infantil como es contar mentiras por escrito... y me permite disfrutar de determinados entretenimientos con toda sencillez, sin restricciones, sin preguntas ni comeduras de coco. También tiene cosas malas, por supuesto, pero coño, a fin de cuentas sólo es un niño.

Cuando era pequeño, la película que mas me gustaba era King Kong, la primera (por entonces no había otra), la de Cooper y Schoedsack con Fay Wray, Robert Armstrong y Bruce Cabot como protagonistas. Adoraba esa película, me hacía soñar... A mediados de los sesenta, cuando yo tenía alrededor de doce años, había un curioso lugar cerca de mi casa, en Santa Bárbara. Se trata de un pequeño bulevar; en un extremo había un bar-kiosco llamado La Concha, y en el otro un templete que por un lado era un urinario público (donde, por cierto, se cometió un asesinato) y por el lado contrario una librería de segunda mano. En el escaparate de la librería estaba expuesta una novela en inglés: era el King Kong de Edgar Wallace y la portada ostentaba un maravilloso dibujo del gorila gigante. Yo me quedaba embelesado contemplando aquella portada, soñando despierto con islas de la calavera y bestias prehistóricas...

Hoy en día, cuando la palabra “carroza” se queda corta para describir lo que soy, King Kong sigue siendo una de mis películas favoritas. Qué le vamos a hacer, me chiflan la fantasía, los sueños, la aventura... Naturalmente, a mi yo adulto también le gustan otra clase de películas, pero está tan contaminado de mi yo niño que participa también de sus gustos, aunque con otra mirada. El caso es que hay cierto tipo de películas (y también novelas) que, siendo puros divertimentos, forman parte de mi canon particular: Beau Geste, El hombre que pudo ser rey, El malvado Zaroff, Horizontes perdidos, Los cañones de Navarone, Los vikingos, El halcón y la flecha, El temible burlón, El prisionero de Zenda, El mundo en sus manos... Sí, todas películas de aventuras, maravillosas y gloriosas películas de aventuras.

Y ahora voy a confesaros algo: la película que más me ha divertido jamás, la que más ha hecho vibrar al niño que llevo dentro, es En busca del Arca perdida. No digo que sea la mejor, ni la que más me ha gustado; sencillamente afirmo que es la que más me ha hecho disfrutar, de principio a fin, como un crío, la que me agarró por las solapas desde el primer plano, mandó a hacer puñetas mi sentido de la incredulidad, e hizo que me deslizara por una especie de montaña rusa en la que comenzabas con un terremoto y, a partir de ahí, el ajetreo iba en aumento. Dios santo, qué bien me lo pasé viendo En busca del Arca perdida; y eso que, cuando se estrenó, yo distaba mucho de ser un niño (debía de tener unos 28 tacos).

En fin, qué duda cabe de que Indiana Jones es un personaje de amalgama cuyo modelo son los héroes pulp de los seriales cinematográficos de los años 30 y 40. Su principal seña de identidad, su uniforme por así decirlo, es el sombrero tipo Stetson (en realidad, se trata del modelo Fedora de Herbert Johnson Hat Shop). Eso nos retrotrae a dos películas en concreto: El tesoro de Sierra Madre y, sobre todo, El secreto de los incas (1954), donde Charlton Heston encarnaba a un héroe de apariencia muy similar a nuestro Indy. Otro elemento distintivo es el látigo, cuyo antecedente más inmediato lo encontramos El Zorro. El resto -aventuras en países exóticos, fantasía desbordada, peripecias constantes, situaciones límite, rescates en el último segundo- forma parte de la tradición de la serie B de aventuras.

Lo que hicieron Lucas & Spielberg fue tomar todos esos elementos, reconstruirlos bajo el prisma del humor y tratarlos como si fueran una serie A (al menos en cuanto a presupuesto). Aunque hicieron mucho más, claro. La secuencia inicial de la película –la selva, la gruta, el ídolo de oro, las trampas, etc.- es un ejemplo de “creación instantánea” de un héroe. La cámara elude al principio mostrar el rostro del protagonista, al que siempre vemos de espaldas con su característico sombrero. Luego, somos testigos de su impasibilidad frente a cadáveres y arañas. Acto seguido, entra en la cueva, roba el ídolo y el mundo se derrumba a su alrededor. Le vemos utilizar el látigo para escapar de una serie de trampas que parecen sacadas de una película de Fu Manchú, cae en una encerrona, huye en medio de las nubes de polvo que él mismo desprende, monta en un hidroavión y ahí descubrimos que ese héroe de piedra, oh ironía, le tiene miedo a las serpientes.

Indiana Jones es un héroe que no se toma en serio a sí mismo y En busca del Arca perdida una cinta modélica en cuanto ritmo, aventura y diversión se refiere. Las otras dos películas me gustaron menos, lo reconozco. El templo maldito, con una espléndida secuencia inicial, acaba convirtiéndose en una película un tanto claustrofóbica y mucho menos conseguida que la primera. La última cruzada mejora notablemente con respecto a su antecesora (entre otras cosas por la presencia de Sean Connery), pero su final, de cartón piedra, parece un juego de rol. En cualquier caso, mejores o peores, las películas de Indiana Jones siempre estaban basadas en un dinamismo constante, en un “más difícil todavía” protagonizado por un héroe irónico, carismático y notablemente saltimbanqui.

La pregunta es: ¿podrá hacer lo mismo un Harrison Ford sesentón? Y no me refiero a las piruetas, que para eso están los especialistas, sino a transmitir ese aroma vital y optimista que era el sello de la serie. ¿Tiene sentido un Indiana Jones envejecido? Sinceramente, no lo sé; y la duda me tiene en ascuas mientras esperamos el estreno de El reino de la calavera de cristal (menudo nombrecito...), el cuarto capítulo de las aventuras de Indiana Jones. Entre tanto, pinchando AQUÍ podemos ver el trailer de la película. Es un trailer magnífico, desde luego, pero no despeja mis dudas. En cualquier caso, me encanta el plano donde vemos, arrojada contra un vehículo militar, la sombra de Indy poniéndose el sombrero. Sólo por eso, y por kilos de nostalgia, iré a ver la película, no lo dudéis.

lunes, febrero 11

Cuentos


Coincidiendo con la publicación de su antología de relatos Sauce ciego, mujer dormida, he leído la siguiente frase de Haruki Murakami: "Por decirlo rápido y mal: escribir novelas es, para mí, un desafío; escribir cuentos, un placer". Este comentario me ha hecho reflexionar y he llegado a la conclusión de que todos los escritores que conozco, con sólo una posible excepción, prefieren escribir cuentos antes que novelas. De hecho, lo confieso, a mí también me gusta más escribir relato corto que tochos largos, aunque apenas lo hago (luego veremos por qué).

¿Cuál es la razón de que los escritores prefieran escribir cuentos? Hay más de una. En primer lugar, tengo la sensación de que a la mayor parte de los escritores, aunque no lo confiesen, les pasa lo que a mí: odian escribir (es un trabajo, no lo olvidemos). Por tanto, les satisface más redactar un puñado de páginas que las trescientas (como mínimo) de una novela. Además, al igual que nos sucede a Fredric Brown y a mí, los escritores odian escribir, pero adoran haber escrito; eso significa que el cuento produce una autosatisfacción en el autor mucho más inmediata que una novela (sería algo así como la diferencia entre una aventura erótica y un noviazgo). Por otro lado, la complejidad técnica de una novela es mucho mayor que la de un cuento, lo cual significa que la preparación de una novela lleva mucho más tiempo. Sin embargo, la idea para un cuento puede ocurrírsete por la mañana y tener escrito el relato por la noche. Por último, es casi imposible escribir toda una novela con entusiasmo; la empiezas realmente exaltado, pero llega un momento en que el fuego se apaga y acabas terminando el texto a base de profesionalidad y paciencia. Un cuento, por el contrario, puede escribirse con entusiasmo de principio a fin, lo cual es muy gratificante.

Pero hay otra razón más que no tiene que ver con la relativa comodidad o autosatisfacción del escritor, sino con el resultado final: los cuentos pueden ser mucho más intensos y expresivos que las novelas. Me explicaré: una novela es la suma de diversos elementos, de distintas ideas, que no siempre están relacionados con el tema central del argumento. La novela tiene una naturaleza arbórea, tiene raíces, tronco, ramas y hojas; el texto avanza con altibajos en cuanto a interés e intensidad. Por eso, difícilmente recordamos entera una novela que leímos hace tiempo, por mucho que nos gustara; recordamos fragmentos, determinadas escenas, pero no todo.

El cuento, por el contrario, puede (y debe) centrarse en una única idea, en un único concepto, en una única expresividad. Todo el relato puede orientarse hacia un único fin, sea intelectual o emocional. Los cuentos, además, pueden librarse de las cadenas del argumento y enfocar aspectos que la narrativa larga normalmente ignora. El cuento es un fogonazo; o, mejor aún, un rayo láser donde toda la luz vibra en el mismo plano. Por eso, los relatos cortos pueden deslumbrarte con más intensidad que una novela.

De hecho, si me paro a recordar los textos que más huella han dejado en mí, descubro que la mayor parte de ellos son cuentos. Ninguna historia me ha producido tanta sensación de soledad y tristeza como Volverán las mansas lluvias, de Bradbury, ni tanto estremecimiento como Siete pisos, de Buzzati, ni tanta desolación como Un día perfecto para el pez plátano, de Salinger, ni tanto asombro como El centinela, de Clarke, ni tanta risa como Adiós a todos los gatos, de Woodehouse, ni tanto miedo como La zarpa de mono, de Jacobs, ni tanto vértigo como La biblioteca de Babel, de Borges, ni tanta extrañeza como Alpha Ralpha Boulevard, de Cordwainer Smith, ni tanta inquietud como Casa tomada, de Cortázar, ni tanta pesadumbre como Pesadilla en gris, de Brown, ni tanta fatalidad como Los asesinos, de Hemingway... Todos ellos son cuentos y, junto a otros muchos, están clavados en mi memoria de forma permanente y con más intensidad que la mayor parte de las novelas que he leído. Eso por no hablar de los cuentos de hadas; Caperucita roja, La bella durmiente, Blancanieves y los siete enanitos, La cenicienta, La bella y la bestia... todas estas historias no son sólo arquetipos de nuestra cultura, sino que forman parte de nuestro inconsciente colectivo.

Entonces, si tanto me gustan los relatos cortos, ¿por qué no escribo más? Porque me los comería con patatas, amigos míos. En España (al contrario que en los países anglosajones y latinoamericanos) apenas hay revistas que publiquen cuentos, y las antologías están unánimemente consideradas “veneno para las ventas”. ¿Por qué? Porque, en este país, a la gente no le gusta leer cuentos. ¿Y eso por qué? Pues, según la opinión más generalizada, porque al personal le cuesta mucho esfuerzo saltar de un relato a otro, cambiar de historias y personajes; prefiere tochos largos con los que puede familiarizarse durante semanas o meses. Ay, ese es el síndrome del lector inexperto, del lector perezoso cuya mente reacciona con lentitud a los cambios. Para colmo, en España el cuento se ha considerado tradicionalmente un “arte menor” con escasa presencia en nuestra tradición literaria, pese a nombres tan ilustres como Emilia Pardo Bazán, Ignacio Aldecoa o José María Merino.

Así pues, en este país de mis entretelas apenas se escriben relatos cortos, apenas se publican y apenas se leen. Guay: le hemos vuelto la espalda a todo un género literario; somos cojonudos los españolitos. Pero, claro, teniendo en cuenta el penoso historial de nuestra narrativa desde el siglo XVIII hasta nuestros días, tampoco es de extrañar.

miércoles, febrero 6

Francotiradores

Los comentarios recogidos en la anterior entrada no han hecho más que confirmar lo que pensaba desde el principio: ateos y agnósticos somos muy poco proclives al asociacionismo. Supongo que hemos llegado a nuestra posición religiosa (o, mejor dicho, no religiosa) siguiendo un camino básicamente personal, de modo que nos parece casi anti natura elevar la cuestión a categoría pública. Por otro lado, varios merodeadores arguyen que los tiempos están en contra de la iglesia católica, así que poco importa lo que hagan o digan los obispos, porque ya están derrotados. Ojalá tengan razón. Por todo ello, me parece muy difícil que prospere una plataforma laicista con suficiente peso. Los ATE/AGN somos francotiradores, no un ejército.

No obstante, lo cierto es que existe una campaña planificada en contra de la sociedad laica, y que esa campaña no está impulsada sólo por la jerarquía eclesiástica, sino también respaldada por la más reaccionaria derecha española, que, como todas las derechas de este país, forma parte del PP. De hecho, hoy por hoy lo dirige. Así pues, si los populares llegaran al poder, ¿qué harían en este terreno? Asignatura de religión para todos los escolares, eso seguro. Y múltiples prebendas para la iglesia, sobre todo en forma de subvenciones. Y, desde luego, acabar con toda forma de familia que no sea la que dios manda, es decir, la tradicional cristiana (adiós a los matrimonios homosexuales, eso ya lo ha anunciado Rajoy).

Qué extrañas fuerzas bullen en España; fuerzas oscuras que huelen a naftalina y están en contra de todo lo que suene a progreso, tolerancia y modernidad. Es como si un sector de la sociedad se hubiera quedado atascado en los años 40 y quisiera que todos viviéramos en ese tiempo tenebroso de dictadores bajo palio y rígida moral tridentina. Existen todavía hoy, a comienzos del siglo XXI, personajes a los que les vendría como anillo al dedo un perfilado y rectilíneo bigotito fascista junto con un carné de Falange, personajes insólitos surgidos de lo más profundo de la caverna cuya simple existencia resulta anacrónica y grotesca, pero también inquietante, pues alguna de esa gente tiene proyección pública. Como por ejemplo Dimas Cuevas, candidato del PP al senado por Albacete.

El señor Cuevas es periodista y en los últimos años ha escrito artículos donde decía cosas como las siguientes: "Las bodas de lesbianas tendrán que incluir diversas variedades de tortillas [...] y los convites para homosexuales serán a base de perritos calientes y plátanos al horno". "Si la palmo antes de lo previsto, prohíbo que den a mis chiquillos en adopción a ningún matrimonio de gays, lesbianas o mediopensionistas. Sólo falta que los traigamos al mundo, los criemos y los eduquemos, para que luego acaben los pobres rodeados de cualquier cosa". "Sólo me cabe una duda: si los que se casan son dos machos (con perdón) y en el supuesto caso de que uno de los manchegos matrimoniados tenga la mano larga, ¿su pareja tendrá derecho a la protección de la nueva ley contra la violencia de género? Supongo que, siguiendo la Ley de Mahoma, sólo será así si el maltratado es el que toma...".

En el Cyrano de Bergerac de Rostand hay una escena en la que un personaje llama “narizotas” al protagonista. Acto seguido, Cyrano pronuncia uno de los monólogos más brillantes de la literatura universal, enumerando las múltiples formas ingeniosas de burlarse de una gran nariz y lamentando que su oponente hubiese escogido algo tan vulgar como “narizotas”. A Cyrano no le ofendía el insulto de su oponente, sino su tosquedad. Pues algo parecido me sucede a mí con el tal Cuevas: no me ofende tanto su homofobia como la deprimente zafiedad con que la expresa. Tortillas y bollos, plátanos y perritos calientes... ja, ja, ja, que ingenioso es este tipejo. Me río tanto que empiezo a sentir ganas de vomitar.

Bueno, amigos míos, aquí tenéis un ejemplo de la clase de personas que aspiran a imponernos su moral. Y no estoy hablando de cualquiera, sino de un futuro senador. Pero no hay que preocuparse, ¿verdad?... ¿O quizá sí?

jueves, enero 31

Incrédulos desorganizados


Más allá de las discusiones sobre matices filosóficos, ateos y agnósticos estamos de acuerdo en no aceptar las “verdades reveladas”. No creemos en libros sagrados, ni en profetas, ni en mesías: por tanto, tampoco aceptamos la moral subyacente a estas creencias. Con frecuencia, la gente religiosa suele considerar que los ateos (donde digo ateo digo también agnóstico) somos personas sin moral, lo cual no es cierto. El ateo se mantiene fiel a la única moral que puede aceptar: la humanista; es decir, aquella ética cuyo eje es el ser humano y no una ficticia, arbitraria y pintoresca divinidad. Y, si queréis mi opinión, la moral del ateo es más firme que la del religioso, pues éste decide portarse bien por temor a ofender a un dios que puede castigarle eternamente, mientras que el ateo opta por el bien a causa, exclusivamente, de sus principios; por respeto a sí mismo y a sus semejantes. Lo cual no quiere decir, claro, que los ateos sean buenos y los religiosos malos, ni viceversa; de todo hay en todas partes.

Conviene aclarar que con este post no pretendo debatir sobre las sutiles diferencias entre ateismo y agnosticismo, ni tengo la mentor intención de convencer a creyente alguno de nada. No, mi propósito es otro. Dejadme explicaros cómo entiendo yo el ateismo...

Mi infancia transcurrió en medio del nacional-catolicismo franquista, así que a los trece o catorce años me aparté de la religión, sobre todo para huir de aquel asfixiante mundo tridentino de sotanas y sacristía (estudiar en los Maristas también ayudó). Apartarme de lo religioso fue más una reacción que una reflexión, pero unos años después, a los 17 ó 18, leí Por qué no soy cristiano, de Russell y me convertí en agnóstico. Así me mantuve durante muchos años, ignorando altivamente la religión, hasta que a mediados de los ochenta, mi afición a la antropología me llevó a interesarme por el fenómeno religioso, sobre todo por el cristianismo. Leí mucho al respecto (entre otras obras, la Biblia, cosa que no han hecho el 99% de los católicos), reflexioné mucho y acabé convertido en un pacífico ateo contradictoriamente fascinado por la religión.

A mi modo de ver, un ateo (o agnóstico) es alguien racional y escéptico que exige (y se exige) pruebas par creer en algo. Hace poco, un amable merodeador comentaba que, a su modo de ver, la fe era mucho más profunda que la filosofía (que la razón). Ese comentario es una prueba del abismo que separa a creyentes de no creyentes; a mí la fe me parece extremadamente superficial. Creer en algo sin pruebas es fácil; basta con querer creértelo, y la historia demuestra que los seres humanos son capaces de creer en cualquier cosa, por absurda que sea. La razón, sin embargo, exige rigor y esfuerzo, y además se corre el riesgo de topar con respuestas que a uno no le gustan. Cuando hablo de razón no me refiero, por supuesto, al mecanicismo dieciochesco, sino a una lógica, muchas veces difusa, que tenga en cuenta la naturaleza profundamente emotiva del ser humano.

El ateo no acepta una moral dogmática basada en la revelación, sino una moral racional centrada en el ser humano; como decía antes, una moral humanista cuyo resumen sería la Declaración de los Derechos Humanos. El ateo es un librepensador que aboga por la libertad de expresión y niega que haya temas tabú o asuntos sagradamente intocables. El ateo respeta, no las creencias ajenas, sino el derecho de cualquiera a creer en lo que le venga en gana. Es cierto que los ateos tenemos cierta propensión, sobre todo durante la juventud, a discutir con los creyentes; al menos, yo lo hacía. Pero esos debates hueros acaban cansando y, con el tiempo, los ateos solemos renunciar a toda suerte de proselitismo. Si a la gente le da por creer en Yahvé, en Cristo o en el Becerro de Oro, es asunto suyo mientras que no den la murga. Fatigada tolerancia se le llama a eso.

Por lo demás, los ateos y agnósticos no nos organizamos, no interactuamos, no nos reunimos, no seguimos rituales ni tenemos órganos de expresión. Estamos dispersos, aquí y allá, incomunicados, como si no tuviéramos ningún objetivo en común.

Las religiones organizadas, sin embargo, no actúan así. Dado que las distintas iglesias se consideran en posesión de la Verdad Absoluta y del Bien Supremo, tienden a expandirse hasta ocupar todos los nichos sociales, todos los estamentos. Su pretensión es imponer sus creencias y su moral a todo el mundo, ser uno de los pilares básicos de la sociedad, y esto es algo que la historia ha demostrado y sigue demostrando. Salvo escasas excepciones, las religiones son expansivas. Afortunadamente, desde hace un par de siglos el laicismo comenzó a extenderse por occidente y la separación de iglesia y Estado devino en una explosión de desarrollo social, científico y cultural. Pero las religiones, en particular la católica, se resisten a perder el poder y la relevancia social que ostentaban antaño.

Hace poco hemos sabido que el Vaticano se propone “recuperar” a tres países de vieja tradición católica: Italia, Francia y España. Es decir, la guerra de los obispos contra el gobierno socialista, en alianza con la derecha más cavernícola, no es un asunto meramente local, sino fruto de una estrategia. Así pues, en los últimos años hemos visto cómo la iglesia católica, representada por la conferencia episcopal y su radio de cabecera, atacaba ferozmente al laicismo, al aborto, al divorcio, al matrimonio homosexual, a la asignatura de educación para la ciudadanía y a todo cuanto oliese a modernidad y tolerancia; al mismo tiempo, por supuesto, cobraba y cobra alegremente las inconstitucionales subvenciones que le apoquina el Estado; es decir, nosotros con nuestros impuestos. Paralelamente, desde sectores de la política y de la judicatura se han organizado auténticas cruzadas contra determinados avances sociales y científicos, como ha ocurrido con el acoso a las clínicas abortivas, la campaña contra la clonación terapéutica o la cruzada contra la sedación terminal, por el aquel de la eutanasia. La última ocurrencia de la conferencia episcopal ha sobrevenido hoy mismo al emitir un comunicado en el que se aconseja "a los católicos y los ciudadanos que quieran actuar responsablemente" que apoyen "con su voto" a aquellos partidos que no reconozcan "explícita ni implícitamente a una organización terrorista como interlocutor político".

¿Por qué hace esto la iglesia? Muy sencillo: porque puede, porque es una institución organizada que, pese a su cada vez más escasa influencia social, aún tiene capacidad para movilizar a cientos de miles de personas, así como para que sus opiniones sean recogidas y amplificadas por los medios de comunicación. Ese es su mayor poder: la organización.

Porque las estadísticas están en su contra. Es cierto que la mayoría de los españoles se declaran católicos (76 %); sin embargo, sólo un 27 % se declara practicante, lo que significa que aproximadamente un 49 % de la población está compuesto por no practicantes, católicos sui generis que no siguen las doctrinas de la iglesia y cuya religiosidad tiene más de costumbre que de auténtica fe. En cuanto a los descreídos, su número ronda el 20 %. Si la estadística la aplicamos a los menores de 30 años, los resultados son mucho más desfavorecedores para la iglesia, lo cual le augura un negro futuro.

Pero hoy por hoy, la capacidad de influir sobre alrededor de un 30 % de la población resulta un arma muy poderosa que la iglesia no se corta ni un instante en utilizar. No obstante, la voz de un 20 % de descreídos tiene un gran peso... o lo tendría si los descreídos tuviéramos voz. Pero no la tenemos.

Los ateos y agnósticos jamás nos hemos organizado; ¿para que íbamos a hacerlo? Las creencias unen, las no-creencias no. A fin de cuentas, los descreídos abogamos por una sociedad laica donde la religión pertenezca al ámbito privado y quede excluida del público, y eso es lo que se supone que tenemos, ¿no?... Pues, en fin, con el Estado subvencionando a la iglesia, o con la religión en la escuela pública, sinceramente lo dudo mucho. Pero eso no importa; lo realmente grave es que la iglesia católica ha iniciado una intensa campaña en contra del laicismo social. Y eso nos afecta a todos los no creyentes.

Y me da rabia, sí, cuando veo que los obispos llenan una plaza con defensores de la familia cristiana en contra de otras formas de matrimonio sin que ninguna voz, salvo la poco creíble de algunos partidos políticos, se alce en su contra. Me jode que la jerarquía católica exprese su ideología a través del altavoz de los medios de comunicación mientras los librepensadores permanecemos mudos. Me dan por culo aquellos que no paran de exigir respeto para sus absurdas creencias y son incapaces de respetar a los que no las comparten.

Entonces me pregunto: ¿no será el momento de organizarse? ¿No sería oportuna una plataforma nacional que agrupase a todos los ateos y agnósticos y permitiese hacer oír nuestra voz? No estoy hablando de luchar contra la religión, ni de anticlericalismo (que siempre ha sido la excusa victimista perfecta para los religiosos), sino de defender el laicismo.

Bueno, amigos míos, éste era el motivo de la mini-encuesta: conocer la ideología religiosa de los merodeadores de Babel. Ahora, comprobado que la inmensa mayoría sois no-creyentes (¡rojos, que sois todos unos rojos!), me interesaría mucho conocer vuestra opinión respecto a lo expresado en esta entrada. ¿La sociedad laica corre peligro? ¿Sería conveniente –o posible- organizarse?...

Es vuestro turno.

miércoles, enero 23

El juego de Caín


Supongo que a estas alturas del mes ya debe de estar distribuida, o acabando de distribuirse, mi última obra: El juego de Caín (Espasa 2008). Se trata de una novela para adultos (perfectamente degustable por los jóvenes, why not?), un thriller ambientado en el Madrid actual y protagonizado por una peculiar detective privado llamada Carmen Hidalgo. Cuando comencé a escribirla me propuse que la protagonista fuera una mezcla entre Sam Spade y una maruja almodovariana; tal mezcla es imposible, claro, pero el resultado final me pareció tan estimulante que consideré la posibilidad de iniciar una serie basada en el personaje. Y eso pensaba proponerle a Espasa cuando entregué el manuscrito; pero no tuve tiempo, pues fueron las propias (y encantadoras) editoras de Espasa quienes me lo propusieron a mí. De modo que firmé un contrato no sólo por El juego de Caín, sino también por una futura novela protagonizada por el mismo personaje que aparecerá el año que viene.

Así pues, aquí tenéis a mi última hija, Carmen Hidalgo; si algún día, por azar o por necesidad, os cruzáis con ella, no dejéis de contarme qué os ha parecido.

martes, enero 22

Resultados

Debo reconocer, queridos amigos, que me han sorprendido un poco los resultados de la miniencuesta. Esperaba encontrarme, no lo niego, con abundancia de librepensadores (qué palabra más bonita), pues la mayor parte de la gente que me rodea lo es; pero ni loco hubiera imaginado topar con tal número de descreídos. De todas formas, sospecho que los CRE y los CAT se han visto amedrentados por tanto sin-fe y muchos no se han atrevido a dejar constancia expresa de sus creencias. En fin, es sólo una intuición. Sea cómo sea, los resultados son estos:

Ateos: 48’6 %
Agnósticos: 27’6 %
Creyentes (no cat.): 15’7 %
Católicos: 4 %
NS/NC: 4 %

Es decir, entre ateos y agnósticos hay un 76’2 % de merodeadores (confesos) sin dios. Qué cosas… Pero muy bien para mis turbios propósitos.

¿Y a qué viene todo esto? Paciencia, amigos míos, paciencia…

martes, enero 8

Miniencuesta

Queridos amigos: como habéis podido comprobar, diciembre ha sido en Babel un mes de buenos sentimientos, paz y concordia. Vale, la culpa la han tenido las navidades, que me han transformado en un babosete. Pero eso se acabó. Finito. Kaput. House está de nuevo en pantalla y su ácida personalidad me llena de malos sentimientos. Así que exorcizo al espíritu navideño que me ha poseído y vuelvo a ser el viejo cabrón de siempre.

¿Sabéis hasta dónde estoy de la derecha extrema pepera? Hasta los yarboclos (véase La naranja mecánica). ¿Y sabéis hasta dónde estoy de la iglesia católica española? Pues sí, hasta los perenguendengues. El cuerpo me pide guerra, pero paciencia... ya llegará el momento de hablar sobre todo eso.

En fin, a lo que vamos. Este mes de enero voy a estar un tanto disperso, de modo que no sé qué ni cuántos caminos de babel exploraremos. Pero hay un tema del que hace tiempo que no hablamos: la religión. Así pues, os voy a pedir un favor a todos los merodeadores que paséis por aquí: dejad un comentario especificando cuál es vuestra inclinación religiosa. Para ello, debéis encuadraros en una de estas cinco alternativas:

CAT: Católico. Es decir, seguidor de las doctrinas de la Iglesia Católica (seguidor de verdad, no simplemente bautizado)

CRE: Creyente. Seguidor de cualquier otra religión o, simplemente, creyente en la existencia de una entidad divina.

AGN: Agnóstico. Niega la posibilidad de determinar o no la existencia de dios a través del entendimiento, por lo que considera a dios una hipótesis indemostrable.

ATE: Ateo. Niega la existencia de dios por considerar a éste una hipótesis indemostrada, indemostrable e insuficiente.

NS/NC: No sabe, no contesta. No tiene ninguna opinión formada al respecto.

En fin, lo que os pido es que dejéis un mensaje especificando lo que sois. No es necesario que deis ninguna explicación (salvo que lo consideréis necesario); basta con que pongáis “CAT”, “CRE”, “AGN”, “ATE” o “NS/NC”. Por favor, contribuid a esta mini encuesta todos los que paséis por aquí, aunque seáis merodeadores habitualmente silenciosos (y si queréis recurrir al anonimato, ningún problema). Gracias.

sábado, enero 5

Noche de Reyes


Para mucha gente, ésta es la noche más mágica del año. Aún recuerdo lo nervioso que me ponía cuando era pequeño... Como es natural, mi familia no podía poner los regalos hasta que me durmiese. Una vez, tendría yo ocho o nueve años, estaba tan de los nervios que no podía dormirme; entonces, uno de mis hermanos me dio un libro para que lo leyese y me entrara sueño. Pero el libro en cuestión era Groucho y yo, de Groucho Marx, y en vez de dormirme hizo todo lo contrario: engancharme y, por tanto, desvelarme. Eso es lo malo de ser bibliófago desde muy pequeño.

Amigos míos, os deseo la noche más mágica del mundo y que mañana los Reyes os traigan de todo; particularmente aquello que no os atrevisteis a pedir.

lunes, diciembre 31

Feliz, feliz, feliz año nuevo


Todo el mundo tiene un pasado y yo no iba a ser menos. Mi padre tenía una curiosa costumbre: confeccionaba sus propias felicitaciones de Navidad utilizando fotos que él mismo hacía. Creo que esa práctica comenzó unos años después de que llegáramos a Madrid: es decir, allá por la segunda mitad de los cincuenta. Dado que por aquel entonces yo era un adorable arrapiezo, es normal que mi imagen fuera la que más veces aparecía en esas felicitaciones, aunque también hicieron acto de presencia mis hermanos y otros animales.

La imagen que hay encima de este texto es la felicitación que realizó mi padre para las navidades de 1965, hace la espasmódica friolera de cuarenta y dos años. Por aquella fecha ya se habían producido cuatro películas de James Bond: el Doctor No, Desde Rusia con amor, Goldfinger y Operación Trueno, aunque el texto de la tarjeta hace referencia a la segunda, de 1963. Bien, el caso es que dada mi corta edad (12 años) y el natural ascendente que los progenitores tienen sobre sus hijos, mi padre me convenció de que posara de tal guisa, para solaz de cuantos recibieran la felicitación. Quizá fue la última vez que posé para ese propósito, no estoy seguro; supongo que poco después me convertí en un adolescente granujiento y mi carrera de galán juvenil se fue a hacer gárgaras.

Puede que algún que otro malintencionado merodeador de Babel, al comparar la imagen del mofletudo chavalín de la foto con la de Sean Connery, sienta la tentación de esbozar una sonrisa preñada de sorna o, aún peor, de dejar algún comentario particularmente hiriente al respecto. En tal caso, debo reconocer que, en efecto, el James Bond de la foto es más falso que el orgasmo de una meretriz; sin embargo, y ésta es una advertencia importante, la pistola es una auténtica Luger Parabellum de 9 mm. Lista –palabrita del niño Jesús- para ser disparada.

Pero, en fin, vamos a lo importante. 2007 ha sido un año muy peculiar en mi vida, pues ha contenido lo mejor y lo peor. Me han pasado cosas muy malas, es cierto; pero también es verdad que me han ocurrido otras muy buenas. Entre ellas, entre las chachis, he descubierto que tengo más y mejores amigos de lo que creía. Supongo que soy como los perros: con el tiempo se nos acaba cogiendo cariño. También he descubierto lo sólido y cálido que es el afecto de quienes yo ya sabía que me querían. Quizá por eso, por haber recibido tanto amor -pese a lo raro y borde que soy-, he acabado por volverme tan navideño. En cierto modo me siento como James Stewart en ¡Qué bello es vivir! Este año también es el de la gestación de un nuevo personaje que, espero, muy pronto conoceréis: Carmen Hidalgo. Nacerá el próximo enero.

Y este año que agoniza es también el año durante el que he comprendido finalmente lo mucho que hace por mí La Fraternidad de Babel. Y eso que estuve a punto de cerrarla... Pero no lo hice y, en un momento terrible, escuché vuestras voces electrónicas y vuestras voces fueron un bálsamo. La Fraternidad de Babel no es importante por lo que yo doy, sino por lo que recibo. Os recibo a vosotros, aquí, en mi pixelada casa, y hablamos largo y tendido sobre todo tipo de temas. Sois un maravilloso grupo de amigos fantasmales; a algunos, os conozco en persona; de otros sólo sé sus nombres y lo que ellos me cuentan de sí mismos; y hay otros, finalmente, que son auténticos fantasmas, merodeadores literales, pues pasan por aquí y no suelen decir nada. Pero todos, absolutamente todos, sois un lujazo, un regalo, la sal de la vida,

Por eso, amigos míos, viejos jamelgos, amables merodeadores, os deseo lo mejor para el año que viene. Os deseo que se cumplan todos vuestros deseos, y que siempre tengáis un deseo que cumplir; os deseo paz, amor y sexo bueno y abundante, os deseo silencio y soledad para que podáis disfrutar de vuestra propia compañía, y os deseo la mejor compañía para cuando os canséis de la soledad; os deseo que no se os caiga el pelo ni los senos, os deseo buenas ideas y malas tentaciones, os deseo muchas, muchas, muchas lecturas, y que todos los libros que leáis sean apasionantes; os deseo dinero, al menos el suficiente para que no tengáis que pensar nunca en él; os deseo pecados divertidos y algún que otro vicio inconfesable, o deseo salud, salud a raudales, que vuestra máxima aproximación al mundo médico sea tomar una aspirina; os deseo viajes, países exóticos, vivencias nuevas; os deseo respeto, y honor, y calma; os deseo mentiras bonitas y verdades que parezcan mentiras; os deseo magia, ingenuidad e inocencia; os deseo misterio y asombro, luz y oscuridad.

Os deseo, amigos míos, que viváis cada minuto como si fuera el último, os deseo que tratéis a quienes os quieren como si fuera la última vez que vais a verles, os deseo que disfrutéis cada instante como lo que realmente es: algo único e irrepetible.

Os deseo besos y caricias.

Os deseo felicidad.

Toda la del mundo.

Para siempre.

lunes, diciembre 24

Piel de carbón (Cuento de Navidad)


Regresaba cada año, a finales del otoño, y se instalaba en la misma esquina, con el mismo brasero, el mismo tenderete para protegerse del viento y, creo yo, el mismo abrigo de lana negra. Se llama Lorenza, aunque la gente del barrio la conocía por Lula -mejor dicho: doña Lula- y era una mujer pequeña, de cabellos grises recogidos bajo un pañuelo bruno, rostro arrugado y la tez oscura, como si su piel estuviera en trance de mimetizarse con el carbón del brasero.

Nadie sabía con certeza su edad, ni dónde vivía, ni a qué se dedicaba durante la primavera y el verano; ignorábamos dónde había nacido, si estaba casada, si tenía hijos o familia, no sabíamos nada de ella, salvo que, como un ave migratoria inversa, regresaba puntualmente cada año atraída por los primeros fríos. Y nosotros, yo en particular, nos enterábamos de su regreso antes de verla, cuando al salir al patio para jugar al fútbol o comer un bocadillo percibíamos en el aire un aroma nuevo y viejo a la vez, olor a carbón quemado y a castaña asada.

No era una mujer simpática, ni siquiera medianamente agradable; lejos de ello, solía mostrarse adusta y distante, como si su clientela fuese un tedioso fastidio que sólo aguantaba porque era una parte consustancial a su trabajo. Yo la conocía desde que era niño, pues su tenderete estaba situado en la esquina de las calles Santa Engracia con Rafael Calvo, muy cerca del colegio, y a mí me encantaban las castañas asadas; tanto es así, que al menos tres o cuatro veces a la semana, pasadas las seis de la tarde, cuando salía de clase, me acercaba a su puesto y le compraba una docena de castañas envueltas en un cucurucho de papel de periódico; luego, las guardaba en un bolsillo del abrigo y regresaba a casa paseando taciturnamente mientras masticaba con aire de experto connaisseur aquellos deliciosos frutos secos y el calor que irradiaban me caldeaba las manos.

De modo que durante unos ocho años, de mediados de otoño a mediados de invierno, yo visitaba casi a diario el puesto de doña Lula; sin embargo ella jamás pareció prestarme la menor atención, nunca dio muestras de reconocerme, ni me brindó un trato diferente al de los compradores esporádicos, salvo en un aspecto: me convertí en uno de sus “clientes preferentes”. Lo sé porque doña Lula obsequiaba a sus mejores clientes con docenas de catorce. Dos castañas de regalo, decía en voz baja, que si fuera sólo una sumarían trece y ese número es de mal fario. Pero, creo yo, ese obsequio no obedecía al afecto ni a la deferencia, sino a una suerte de marketing rudimentario cuyo único objetivo eran las ventas. No, doña Lula no era nada simpática, bien lo sabe cualquiera que la conoció.

La ultima vez que le compré castañas yo debía de tener 17 ó 18 años; fue a últimos de invierno, fin de la temporada, de modo que al día siguiente, cuando volví a pasar por la esquina, descubrí que el tenderete había desaparecido. Luego, acabé el colegio, fui a la universidad, empecé a trabajar, me casé, tuve hijos y durante veinte largos años no volví a pensar en doña Lula. Hasta que cierta Nochebuena la casualidad me trajo de nuevo su recuerdo.

Aquella tarde, pasadas las seis, Pepa, mi mujer, descubrió que habíamos olvidado comprar piñones, un ingrediente al parecer fundamental para el relleno del asado que íbamos a cenar. Así pues, cogí el coche y me dirigí a un Opencor cercano a casa, pero la mala suerte, o el destino, quiso que los piñones se hubieran agotado allí. ¿Qué hacer? Era tarde y todas las tiendas debían de estar cerradas, salvo los grandes almacenes; pero me horrorizaba la idea de adentrarme en un gran almacén repleto de olvidadizos de última hora, como yo. Entonces recordé algo: cerca de la casa de mis padres había una pequeña tienda de ultramarinos que solía permanecer abierta hasta muy tarde, incluso en festivo. Si es que seguía abierta.

Me dirigí allí circulando por unas calles tan desiertas, tan vacías de tráfico, que recordaban a esas películas post-holocausto en las que sólo queda un hombre vivo. El sol ya se había puesto cuando llegué a la tienda que, afortunadamente, estaba abierta y seguía tal cual yo la recordaba, con la única diferencia de que su anterior propietario, un asturiano que jamás se quitaba la boina, había sido sustituido por un matrimonio de sonrientes chinos. Compré cuatro bolsas de piñones, monté de nuevo en el coche e inicié el camino de regreso a casa. Entonces, mientras circulaba por la calle Santa Engracia, percibí un aroma que me retrotrajo en el tiempo: olor a carbón y a castañas asadas. Y unos instantes después, al aproximarme a la calle Rafael Calvo, lo vi, ahí estaba, igual que siempre, el puesto de castañas de doña Lula.

Frené en seco y el vehículo se detuvo unos cuantos metros más allá de la esquina donde estaba instalado el tenderete. No podía ser, pensé; había transcurrido demasiado tiempo, aquella mujer debía de estar muerta, o jubilada, o lo que fuese, cualquier cosa menos vendiendo castañas. Sin duda, el puesto lo regentaba otra persona. Bajé del coche y me aproximé lentamente al tenderete. Había un cliente comprando, una mujer gorda de mediana edad, así que no pude ver nada hasta que llegué a su altura y miré por encima de su hombro...

Al otro lado del brasero, parapetada tras unos cartones que la protegían del viento, sentada en una silla plegable de aluminio y plástico, una anciana introducía castañas en un cucurucho de papel de periódico. Era doña Lula. Más vieja, más menuda y arrugada, con los mechones de pelo que se entreveían bajo el pañuelo convertidos en jirones de nieve. Pero era ella, no cabía duda; incluso el abrigo de lana negra parecía el mismo.

Sentí que el corazón me daba un vuelco y, a la vez, me vi trasladado a un tiempo tan remoto que casi se me antojaba legendario, el tiempo de mi niñez, de mi adolescencia, el tiempo de la magia que se fue. Era increíble; doña Lula estaba allí, como siempre.

La mujer gorda depositó unas monedas en la mano tendida de la anciana y comenzó a alejarse mientras pelaba una castaña. Entonces me quedé mirando a doña Lula sin saber qué decir, al tiempo que una estúpida idea me cruzaba por la mente: ¿me reconocería? ¿Recordaría doña Lula al chaval que durante tantos años fue su más fiel cliente? ¿Sabría ver en mí al niño que fui? Durante unos instantes me sentí ingrávido, como si fuera a producirse uno de esos milagros que tanto proliferan en los cuentos de Navidad. Sin dejar de mirar a la anciana, sonreí y contuve el aliento. El frío aire del anochecer pareció caldearse durante un segundo y crepitar de electricidad.

Entonces, doña Lula me miró fijamente, frunció el ceño y masculló:

-¿Quiere algo o se va a quedar ahí como un pasmarote?

Su voz, cascada y tan hosca como siempre, me devolvió a la realidad. Carraspeé, cambié el peso del cuerpo de un pie a otro y le pedí una docena de castañas. Doña Lula gruñó algo entre dientes y, con ayuda de una enorme espumadera de hierro, comenzó a introducir las castañas en un cucurucho. Mientras lo hacía me fijé en sus manos; la piel, surcada de arrugas y pliegues, no tenía el tono amarillento habitual de los viejos; era puro tizne, cuero negro, piel de carbón.

Doña Lula cerró el cucurucho y me lo entregó. Pagué y antes de irme le dirigí una última mirada, pero la anciana ya había apartado la vista y, totalmente ajena a mi presencia, se había puesto a confeccionar cucuruchos con hojas de periódico. Guardé las castañas en un bolsillo del chaquetón y regresé al coche. Mientras conducía notaba un vago hálito de decepción hormigueándome en la boca del estómago. Doña Lula no me había reconocido. Pero, ¿cómo iba a hacerlo?, me dije. Habían transcurrido dos décadas y yo había cambiado mucho. Además, sólo fui uno más entre los incontables niños que en algún momento le compraron castañas. En cualquier caso, me había hecho ilusión reencontrarme con aquella figura perdida de mi infancia; además, el calor que notaba en el bolsillo derecho del chaquetón, allí donde guardaba el cucurucho de castañas, irradiaba promesas de un próximo festival de nostalgia proustiana.

Llegué a casa, dejé el chaquetón en el despacho y fui a la cocina, donde encontré a Pepa luchando con el relleno de un capón tan grande como un caniche. Le entregué los piñones y, tras prometerle que volvería en cinco minutos para ayudarla, regresé al despacho y me encerré en él. Sabía que Pepa intentaría disuadirme de comer castañas, aduciendo que me quitarían el hambre para la cena; y probablemente mi siempre sabia mujer tendría razón, pero yo necesitaba en aquellos momentos estar solo conmigo mismo para refocilarme unos minutos en el vil recuerdo del pasado.

Cogí el cucurucho, me senté en un sillón, frente al escritorio, rasgué el papel y extendí las castañas sobre el tablero de madera. Aún estaban calientes y su aroma me inundó de melancolía. Cogí una de las castañas y, lentamente, le quité la cáscara. Me la llevé a la boca y me dispuse recobrar el viejo sabor de antaño... Entonces advertí algo extraño.

Contemplé las castañas que yacían desperdigadas sobre el escritorio y luego volví la mirada hacia la que sostenía entre los dedos. ¿No había demasiadas? Me incliné sobre la mesa y las conté cuidadosamente; acto seguido, mientras una tonta sonrisa se dibujaba en mis labios, las volví a contar. No había doce, sino catorce. Una docena de catorce. Después de todo, doña Lula no olvidaba a sus clientes preferentes...

Noté cómo los ojos se me humedecían y me recliné contra el respaldo del sillón, con la castaña pelada todavía sujeta entre los dedos. Puede que con los años acabemos volviéndonos sentimentales, puede que el tópico influjo de la Navidad se adueñara de mí, sumergiéndome de repente en una especie de película de Frank Capra, lo ignoro. Lo único que sé es que las castañas de doña Lula -vieja arpía, distante y hosca-, que durante mi niñez tantas veces auyentaron el frío de mis manos, aquella Nochebuena me calentaron el corazón.

viernes, diciembre 21

Navidad

Cuando era pequeño me encantaba la Navidad. Me gustaban los villancicos, las luces de colores en las calles, los escaparates refulgentes de espumillón, los anuncios de El Almendro y de las muñecas Famosa, los belenes y los árboles de Navidad, el olor a pino y a musgo... Sí, ese era, y es, el olor de la Navidad para mí; a pino y a musgo.

De hecho, tenía mi propio ritual para estas fiestas. Todo comenzaba a primeros de diciembre, cuando aparecían en los quiosco los extraordinarios de Navidad de Pulgarcito y Tío Vivo; dios, cómo hacía durar esos tebeos, leyendo y releyendo las historietas de Zipe y Zape, de Carpanta, de Mortadelo y Filemón o de Anacleto. Luego, comprábamos el pino -en el patio de alguna iglesia o en la Escuela de Montes- e instalábamos el belén, con su río de papel de plata y sus montañas de corcho. En mi antigua calle, Españoleto, había una sastrería en cuyo pequeño escaparate instalaban un peculiar nacimiento: el niño Jesús era más grande que María, José el buey y el burro juntos. En cierto modo, aquello me parecía lógico; si Jesús era hijo de dios, resultaba normal que viniese al mundo en plan super-bebé, un recién nacido gigante que podía defenderse a leches, a lo Suarcenaguer, de los sicarios de Herodes. Me lo imaginaba cruzando los campos de Galilea con los brazos extendidos hacia delante, mezcla de zombi y King Kong, aplastando cabañas bajo sus pies y poniendo en fuga al ejército romano.

En mi casa no se respiraba un ambiente religioso. Ni anti-religioso; sencillamente era un tema que se obviaba. Nunca he sabido si mis padres tenían alguna creencia o no; desde luego si la tenían era una creencia que carecía de prácticas y ritos. No obstante, las fiestas de Navidad en mi casa se celebraban a lo grande; sobre todo el día de Reyes, cuando me cubrían literalmente de regalos. Eso era felicidad en estado puro. U otra forma de felicidad: yo tumbado en el suelo, al pie del árbol, leyendo un tebeo de Zarpa de Acero y comiendo turrón de chocolate Suchard. Pura magia.

Años después, mis padres murieron y mis hermanos se casaron, mi pequeña familia se disgregó. Y la magia de la Navidad se fue. Uno crece, se hace adulto e inicia un plan sistemático para dejar de pasarlo bien. Ya no me bastaba para ser feliz comer turrón de chocolate y leer Zarpa de Acero. Guay, menudo avance... Y pasó más tiempo, y la Navidad no sólo dejó de gustarme, sino que empezó a molestarme. Oh, maldita sea, qué época de despilfarro y manipulación, de consumismo, borracheras, entripadas y falsos buenos deseos. Durante mucho tiempo trabajé en lugares situados cerca de El Corte Inglés de Castellana, de modo que estas fiestas se traducían para mí en fenomenales atascos y terribles mareas humanas. Me volví muy adulto, muy serio y distante, y comencé a mirar la Navidad por encima del hombro, con una mezcla de suficiencia y desagrado. ¿Magia? ¿Quién quiere magia?

Yo, yo quería magia, pero no lo sabía.

Entonces llegaron mi hijos; primero Óscar y tres años después Pablo. Y la Navidad, poco a poco, fue cobrando de nuevo significado. Porque estas fiestas son para los niños, y sólo se comprenden plenamente si eres un niño, o si tienes niños a los que quieres colmar de magia. Su ilusión, la de Óscar y Pablo, era mi ilusión, su hechizo de Navidad el mío. Por las mañanas, cuando los llevaba al colegio, concursábamos sobre quién veía más adornos de Navidad. Les compraba calendarios de adviento, les leía cuentos navideños, poníamos juntos el árbol y el belén (un belén descreído sin niño Jesús ni sagrada familia), y allí, en el belén, les permitía poner dinosaurios de plástico en las montañas, un caganer con barretina junto al río o una figurita de Superman en el portal. Los Reyes Magos y sus pajes se iban acercando mágicamente, cada día, a su meta bajo la estrella de plata. Juntos, mis hijos y yo, realizábamos cada año una peregrinación a Toys “R” Us para confeccionar las cartas a los magos de oriente. Y el día de Reyes... bueno, ahí tiraba la casa por la ventana, y no sólo por la cantidad de regalos –que también-, sino por el montaje. Llenaba el salón de globos de colores, ponía guirnaldas de un lado a otro e inventaba juegos que consistían en descubrir obsequios ocultos.

Así recuperé el cariño hacia la Navidad, y sólo espero haberles aportado a mis hijos al menos la misma magia que me hizo soñar en mi niñez. Pero ahora, de repente, los muy cabrones han crecido. Óscar tiene 20 tacos y Pablo 17, se han vuelto mayores y ya no les gusta la Navidad. Los muy idiotas se sienten adultos y contemplan con suficiencia lo que antes les encantaba. Así pues, ese par de merluzos me ha dejado con el culo al aire, lleno de sentimiento navideño y sin nadie en quien volcarlo. Entonces, ¿qué debo hacer ahora? ¿Volver a detestar la Navidad y esperar a tener nietos para sentirme navideño de nuevo? No, gracias. Estoy harto de ser tan listo y suficiente, tan distante y aburrido.

Como rezaba el famoso póster de Fox Mulder: I want to believe. Quiero creer en Papá Noel y en los Reyes Magos, quiero creer en la paz y en los buenos sentimientos, quiero creer en la magia, quiero creer que las personas, aunque sólo sea durante unos días, podemos ser mejores, quiero creer en los duendes y en los ángeles, quiero creer en que Melchor, Gaspar y Baltasar se mueven solos recorriendo el belén, quiero creer que puedo volver a ser un niño...

¿Pero en qué narices vas a creer tú, jodido ateo?, dice una voz interior. ¿Acaso piensas celebrar el nacimiento de Jesucristo, un dios en el que no crees? Pues sí, por qué no; celebraré el nacimiento de Cristo, y el de Mitra, y el de Dionisos, y el de Osiris, y el de Apolo, y el de Baal... Todos ellos son dioses solares que nacieron en estas fechas y murieron para después resucitar, igual que el Sol morirá mañana para volver a nacer al día siguiente. ¿Lo simplificamos? Voy a celebrar el solsticio de invierno, probablemente la fiesta más antigua de la humanidad.

Ah sí –prosigue la voz interior-, vas a celebrar una fiesta cuyo simbolismo la gente ha olvidado. Una fiesta materialista basada en el consumo alocado, una fiesta durante la cual aumenta la violencia familiar, una fiesta hipócrita, una fiesta de borracheras y de masas, una fiesta que es puro mercantilismo.

Pues sí, todo eso es cierto, pero... ¿No hay nada más? Creo, o quiero creer, que por debajo de todo eso late, todo lo débilmente que queráis, el deseo de ser mejores, aunque sólo sea durante unos días. Un deseo inducido por la propaganda, vale; un deseo que tiene más de sentimentalismo que de sentimiento, de acuerdo; un deseo vacío de contenido, no lo voy a negar. Pero, con todo, creo que es bonito que las personas nos unamos, aunque sea brevemente, en la aspiración de ser mejores seres humanos. ¿Y sabéis qué? En general, durante un corto espacio de tiempo, lo conseguimos. Prueba de ello es la fiesta de Reyes, porque toda ella consiste en una hermosa mentira. Hacemos regalos a los seres que más queremos y permanecemos ocultos, atribuyéndole el mérito de esos obsequios a unas entidades inexistentes. ¿No es eso puro altruismo? Si actuáramos así todo el año, si hiciéramos el bien sin esperar recompensa alguna, ¿no seríamos realmente mejores personas?

Vale, en estas fechas jugamos a ser buenos; sólo es un juego, pero ¿no os parece un hermoso juego? A mí sí, y por eso he guardado la suficiencia en el cajón de los objetos inútiles. Voy a ser jodidamente navideño, qué carajo. Por ejemplo, el año pasado escribí un cuento de Navidad escéptico y distanciado... porque no me sentía bien, estaba a disgusto conmigo mismo. Pero este año os obsequiaré –si es que un relato mío puede considerarse un obsequio- con un cuento absolutamente navideño, una de esas historias sentimentales que, si funcionan, nos dan un pellizquito en el corazón.

Mañana, a las 6:08 de la madrugada (hora solar), se producirá el momento del solsticio de invierno y tendrá lugar la noche más larga del año. Y yo lo celebraré como un niño.

Feliz solsticio, amigos míos.

lunes, diciembre 17

En la mente del escritor 10. La corrección.

Por lo general, comienzo a escribir mis novelas con un gran entusiasmo que poco a poco va decreciendo hasta desembocar, mediado el texto, en una crisis de angustia en la que me lo cuestiono todo. ¿Es realmente interesante el argumento? ¿Está bien el texto que llevo escrito? ¿Tiene ritmo? ¿Son atractivos los personajes?... Normalmente, la respuesta que doy a todas estas preguntas es NO, pero como se trata de una crisis existencial no hago mucho caso. Superado el bache, continuo escribiendo, pero ya sin demasiado entusiasmo, por pura profesionalidad. Más de uno podría aventurar que ese cambio de actitud afecta a la calidad del texto, y es cierto: en general, están mejor escritas las partes hechas con profesionalidad que las regidas por el entusiasmo.

Bien, el caso es que concluyo el primer borrador de la novela sintiendo hacia el texto cierto resquemor. Se trata de un borrador muy acabado, pero todavía está por pulir. Hay que corregirlo. ¿Cuándo? Ésa es una buena pregunta, porque la experiencia me ha enseñado que cuanto más tiempo transcurra entre el fin de la escritura y la corrección, mejor. Es lógico: cuando concluyo el primer borrador estoy todavía tan metido en la historia y el proceso narrativo que carezco de perspectiva, de modo que muchos errores se me pueden pasar por alto. Necesito olvidarme del texto, refrescar la cabezota y adquirir un poquito de objetividad. ¿Cuánto tiempo lleva esto? Pues yo diría que lo ideal son entre tres y seis meses... Pero eso, ay, normalmente es imposible. De modo que, como mínimo, un mes, aunque muchas veces las presiones editoriales son tan fuertes (y mi retraso al escribir tan grande) que ni siquiera dispongo de ese tiempo. Pero, en fin, digamos que un mes es un tiempo razonable.

La primera corrección la realizo directamente sobre el texto en pantalla. Antes lo imprimía, pero aquí hago muchos cambios, de modo que me resulta más cómodo poder acceder directamente a Word. Para realizar esta corrección releo el texto de corrido, intentando determinar si tiene el ritmo adecuado, si el texto “fluye” correctamente. Por lo general, en esta fase no añado nada; más bien elimino. Antes solía cargarme en torno al 15 % del texto; ahora sólo echo a la papelera alrededor de un 5 %. Hasta yo aprendo. En fin, digamos que esta primera corrección la hago a grosso modo, sin fijarme mucho en los detalles, porque lo que me interesa aquí es ajustar lo más posible el texto a la estructura y comprobar el ritmo.

La segunda corrección también la llevo a cabo sobre el texto en pantalla y procuro realizarla como mínimo una semana después de la primera. El objetivo de esta corrección es repasar la prosa, cuidar el estilo, eliminar los errores tipográficos/ortográficos y mimar la sintaxis. Esta corrección es, por tanto, mucho más minuciosa que la primera. Y aquí es fácil caer en una trampa. Veréis, estoy trabajando con un material que no sólo he escrito, sino que además ya he leído varias veces. Por eso, mientras lo estoy releyendo, puede ocurrir en muchas ocasiones que mis ojos paseen por las líneas de texto sin leerlas realmente, porque lo que estoy haciendo sin darme cuenta es recordarlas. Por mucho empeño que ponga en evitarlo, eso sucede más veces de lo que yo mismo imagino. Pero hay un truco para remediarlo.

Para realizar la tercera corrección, ahora sí, imprimo el texto y lo releo sobre el papel. Pero esta relectura tiene una peculiaridad: la realizo en voz alta. Con ello consigo dos cosas: en primer lugar, evitar la “trampa del recuerdo”, pues para declamar el texto tengo forzosamente que leerlo de verdad; en segundo lugar, la sonoridad de las palabras me permite evaluar con mayor certeza la “fluidez del texto” y las posibles deficiencias sintácticas, así como la naturalidad de los diálogos.

Bien, tres es el mínimo número de correcciones que realizo sobre el borrador de una novela, pero normalmente hago una o dos más intentando pulir todos los detalles. Huelga decir que, a estas alturas, no queda en mí el más mínimo rastro de objetividad, de modo que las últimas correcciones las realizo por puro sentido común, pero sin pizca de instinto. Dicen que una novela se escribe con el corazón y se corrige con la cabeza. En fin, ¿cuándo podemos considerar que una novela está acabada? Respuesta: nunca. Porque también dicen que una novela no se termina, se abandona. Es cierto: podríamos estar corrigiéndola indefinidamente. Pero no es plan, ¿verdad?

El caso es que ya tengo un texto corregido que yo, a estas alturas, después de escribirlo y releerlo un huevo de veces, odio profundamente. Necesito un punto de vista objetivo, así que se lo doy a leer a alguien; por lo general, a mi mujer o a alguna de mis queridas editoras. Puede que alguna de estas amables personas haga comentarios respecto al texto y puede que yo siga su consejo, en cuyo caso ésas serían las últimas correcciones antes de enviar el borrador a la editorial. Pero, ¿será ésta, realmente, la última corrección?

Ni de coña. En la editorial le darán el texto a un corrector que encontrará un montón de errores que a mí se me han pasado por alto. Y me enviarán de nuevo el texto para que le de el visto bueno a las correcciones del corrector y añada alguna corrección de mi cosecha. Yo devolveré el texto y, al poco, me mandarán las galeradas, para que las revise y corrija, si es necesario. Les devolveré las galeradas y es muy posible que, pasados unos días, la editorial me mande unas segundas galeradas... Pero, en fin, para ese momento yo ya me habré colgado metafóricamente de un árbol.

Bueno, pues ya está: la editorial publicará la novela y la distribuirá. Fin de la historia. Aunque, antes de terminar, os daré tres consejos: 1. Existen unos signos internacionales de corrección que facilitan mucho la tarea, así que os recomiendo que los uséis al corregir las galeradas; podéis encontrarlos en Internet. 2. No os enamoréis de vuestro texto. Es probable que descubráis que algunas partes de lo que habéis escrito están muy bien, pero no aportan nada a la novela y rompen el ritmo. Por mucho que os gusten, que no vacile vuestra mano a la hora de eliminarlas. 3. Introducid en el contrato con la editorial una cláusula según la cual debáis dar vuestra aprobación a la portada y a los textos de contraportada.

Y, ahora que me doy cuenta, queda un tema sobre el que no hemos hablado: el título. Titular una novela es todo un arte para el que, lo reconozco, no estoy dotado. Ignoro por qué, pues mi experiencia como publicitario debería ayudarme, pero soy de lo más mediocre a la hora de titular. De hecho, no hay entre todas mis novelas un solo título que me parezca medianamente brillante. Seguro que vosotros lo hacéis mejor que yo, así que me callo.

En fin, amigos míos, se acabó la serie. Supongo que me he olvidado de un montón de cosas; por ejemplo, cómo publicar o cómo redactar contratos de edición, pero eso son actividades extra-literarias que no vienen al caso. Hace unas semanas, mi hermano, Big Brother, me preguntó hasta qué punto lo que había escrito en esta serie era una descripción real de mi forma de trabajar o, por el contrario, una racionalización de lo que en el fondo es algo más intuitivo. Casualmente, mientras he ido escribiendo estos articulillos me encontraba (y me encuentro) en pleno proceso (mental) de planificación de mi próxima novela, lo cual me permite evaluar en tiempo presente el equilibrio entre la teoría y la práctica. Así pues, contestando a BB, puedo asegurar que todo lo que he descrito compone, en efecto, la suma de procesos que llevo a cabo antes, durante y después de la escritura. Lo que sucede es que ese conjunto de técnicas lo he interiorizado hace tiempo, de modo que mi forma de aplicarlas se parece mucho a una actividad intuitiva. No sigo ordenadamente los pasos, muchas veces ni siquiera pienso en ellos de forma consciente, pero completo el proceso de cabo a rabo, eso os lo aseguro.

Y ya está, amigos míos, se acabó En la mente del escritor. Repitiendo lo que ya he dicho muchas veces desde que empecé, estas diez entradas no son un curso de escritura, sino la simple exposición de mi particular método de trabajo. Espero que mi experiencia le sirva de algo a los escritores noveles, aunque sólo sea para evitarles caer en mis errores, y también confío en que esta serie haya satisfecho la curiosidad de los amantes de la literatura que suelen frecuentar este blog (es decir: todos, si no me equivoco). Por último, quiero daros las gracias a cuantos merodeadores de Babel habéis contribuido con vuestros siempre interesantes comentarios. Si algo bueno tiene La Fraternidad de Babel, sois vosotros.

martes, diciembre 11

En la mente del escritor 9. La escritura (IV)

Seguimos con los diferentes procesos que llevo a cabo mientras escribo. Para no estirar demasiado la serie, he reunido los que faltaban en esta entrada. Adelante pues.

El misterio

Siempre he pensado que en el corazón de la literatura, o de cualquier otra forma de arte, se encuentra el misterio. En su forma más simple, podemos entender el misterio como aquello que desconocemos y queremos conocer. En su vertiente más compleja, el misterio sería aquello que desconocemos y no podemos conocer; es decir, lo numinoso, lo hermético, lo inabarcable e indescifrable, Si nos centramos en la primera interpretación, y la aplicamos a la literatura, llegamos inevitablemente a la “dosificación de la información”, de la que ya hemos hablado.

Y, en efecto, “el misterio”, podría estar incluido en ese apartado, pero hay una diferencia: la “dosificación de la información” la empleaba, en principio, para conformar la estructura del relato, mientras que el misterio lo aplico durante la escritura y sin que afecte para nada a la estructura. Tal y como yo lo planteo aquí, se trata de un aspecto colateral y no esencial. Pero, como me parece que estoy siendo misterioso, voy a poner un ejemplo sacado de mi última novela, La caligrafía secreta.

En esta novela hay varios “misterios estructurales” que actúan como motores de la narración: ¿Quién ha cometido ciertos crímenes? ¿Dónde está Lafitte, el calígrafo desaparecido? ¿Qué es el códice Bensalem? ¿Quién ha robado dicho códice y dónde se encuentra? Bien, digamos que estos son los misterios mayores a cuya resolución está orientado el relato. Pero también hay misterios menores. El protagonista, Lázaro Aguirre, debe cruzar Francia poco antes de que estalle la revolución; los caminos están tomados por el ejército, pero, cada vez que llega a un control, don Lázaro muestra un documento y los soldados parecen ponerse a sus órdenes. Mariana, su sobrina, le pregunta varias veces qué es ese documento, pero don Lázaro, por un motivo u otro, retrasa la respuesta. Es decir, he convertido ese documento en un pequeño misterio que, cuando se resuelve, da pie a otro misterio: ¿quién es realmente don Lázaro? Y de nuevo retraso la explicación de este nuevo misterio... ¿Está clara la idea? Siempre que puedo, y si no resulta inoportuno o forzado, intento crear pequeños misterios que ayudan a mantener la tensión del relato y la atención del lector.

Los diálogos

Los diálogos deben sonar naturales, pero nunca serán reales. Porque las personas, en la realidad, hablamos fatal. Y no me refiero sólo a la gente normal, sino a cualquier persona, incluyendo a los más cultos. Juntad a diez académicos de la lengua, haced que hablen entre ellos mientras grabáis su conversación y luego reproducid por escrito el diálogo. ¿Qué obtendréis? Un montón de errores sintácticos, vacilaciones, repeticiones... en fin, un desastre. Por tanto, hay que escribir los diálogos no de forma realista, sino de forma naturalista; es decir, procurando que suenen auténticos, aunque no lo sean.

Las personas solemos hablar empleando frases cortas y muy pocas oraciones subordinadas, con una sintaxis, por tanto, sencilla. De modo que así diseño mis diálogos, aunque, eso sí, eliminando las repeticiones, las deficiencias estructurales y, en general, todos los errores del habla habitual. Pero no todo el mundo habla igual; no es lo mismo el diálogo de un catedrático vallisoletano que el de un labrador gallego, así que procuro prestar mucha atención a la forma de expresarse de la gente, a las frases hechas, a las expresiones comunes o a los modismos. Hay que tener mucho cuidado con el argot, porque lo que hoy es de uso habitual, mañana puede estar totalmente demodé. Por ejemplo, el apelativo “tío”, que comenzó a utilizarse en los 70, parece firmemente instalado en el habla habitual (de hecho, está en el diccionario de la RAE), pero ¿podemos decir lo mismo de “tronco” como sinónimo de “amigo”? Me parece que no y lo mismo deben pensar los académicos, porque no está en el diccionario. Es decir, aventuro que “tío” se quedará y que “tronco” acabará desapareciendo. Por eso, hay que tener mucho cuidado con el uso del argot, si no queremos que el léxico de nuestros textos acabe envejeciendo prematuramente.

Un aspecto que tengo siempre presente, y del que ya hemos hablado, es que los diálogos, aparte de la información que transmiten, dicen mucho acerca del personaje que los pronuncia. Es decir, los diálogos forman parte del proceso de construcción de los personajes.

Las descripciones

Hace poco leí un artículo donde se hablaba de mí como escritor y de mi obra. En determinado punto, el autor decía que soy un escritor muy visual, y poco después comentaba que mis descripciones son escasas y parcas. ¿No es eso un contrasentido? ¿Cómo puedo ser muy visual empleando pocas descripciones? Pues por varios motivos, pero sobre todo porque mis descripciones no son tan parcas como el crítico supone; lo que pasa es que están distribuidas de una forma distinta.

De entrada, no tiene sentido describir hoy igual que se describía hace cien años. Los lectores decimonónicos apenas conocían nada del mundo, pues su experiencia vital se circunscribía a su entorno inmediato. Por eso, si una novela hablaba de, por ejemplo, un desierto, el narrador tenía que describir minuciosamente ese desierto. Por el contrario, los lectores contemporáneos poseen una imagen muy precisa del mundo gracias al cine y la televisión, de modo que ya saben lo que es un desierto. Por eso, si tengo que describir un desierto no hace falta que sea minucioso; bastará con especificar si es de piedra o arena, si hay algún rastro de vegetación o no lo hay, y poco más. El bagaje del lector le permitirá hacerse una imagen nítida del desierto en cuestión sin necesidad de que yo, como narrador, me ponga pesado.

Por otro lado, mis descripciones siguen un sistema que podríamos llamar “naturalista”, en la medida en que se aproximan a la forma natural de percibir el entorno. Pongamos un ejemplo: un personaje entra en un despacho, que no conoce, donde le espera una persona a quien tampoco conoce. La técnica usual describiría primero el despacho de forma pormenorizada, luego a la persona que aguarda en él y finalmente reproduciría la conversación entre ambos personajes.

Pero eso es totalmente artificial. En la realidad, yo entro en el despacho y obtengo una primera impresión muy general de dicha estancia: dimensiones, estilo de la decoración, color de la pintura, olores si los hay y quizá algún detalle particularmente llamativo. Luego, me aproximo a la persona que aguarda tras el escritorio y me fijo en ella con cierta atención, pues ella es el motivo de que yo esté allí. Me siento y comenzamos a conversar; y mientras hablamos voy percibiendo más detalles del despacho y de la persona.

Bueno, pues yo procuro que mis descripciones sigan ese esquema. Primero una visión muy general del conjunto, que servirá de marco al lector, y luego, conforme se desarrolla la conversación (o la acción) voy intercalando pequeños aportes que, todos juntos, conformarán la descripción completa. Esto evita esos “chorizos” descriptivos que por lo general rompen el ritmo narrativo, pero hace algo más: al estar la descripción (la visualización) distribuida por toda la escena, el lector acaba teniendo la sensación de que, más que leerla, ha visto esa escena. Por eso soy un “escritor visual”.

Como es natural, hay excepciones. Si lo que tengo que describir es totalmente nuevo para el lector (algo que sucede muy frecuentemente en la literatura fantástica), entonces la descripción deberá ser especialmente minuciosa. Pero, a fin de cuentas, esto no deja de ser “naturalista”, pues si voy andando por un bosque y de pronto me encuentro con una estructura alienígena de un kilómetro de altura, o con la inmensa torre de un viejo mago, lo primero que hago después de frotarme los ojos es examinar con suma atención ese inesperado objeto. Lo cual, trasladado a la literatura, se convertiría en un largo e inevitable chorizo descriptivo.

Supongo que alguien comentará que la descripción literaria es un arte en sí misma, y no le faltará razón. Ahí está Proust para demostrarlo. Pero esto no es un curso de escritura, sino el torpe relato de cómo escribo yo, y para mí la descripción es un medio, no un fin en sí misma. Hay muchas formas de afrontar las descripciones, pero, para bien o para mal, la que acabo de relatar es la mía.

Ritmo

El ritmo es básico para cualquier relato. Puede ser lento, o rápido, o como te venga en gana, pero la narración debe tener ritmo, y si no lo tiene tu historia se va a la mierda. Es algo fundamental. Entonces, ¿cómo medir el ritmo? Bueno, pues... en fin... Bien, tenemos la típica estructura sinusoidal de crestas seguidas de valles. Por ejemplo, a escenas significativas, intensas e importantes, le seguirán las malditas escenas de transición de las que hablaba hace no mucho; a una conversación le seguirá una escena de acción o descriptiva, y así sucesivamente. Es decir, arriba y abajo, arriba y abajo, etc. Pero, ¿sabéis?, nada de eso vale una mierda. En realidad, se pueden hacer todo tipo de combinaciones más allá del simplista esquema sinusoidal, porque eso del ritmo depende de otros factores. ¿Y qué factores son esos? Voy a ser sincero: ni puta idea. Es más: ni ganas de tenerla.

Veréis, yo sé que, en general, mis novelas tienen buen ritmo; el problema es que no sé por qué. Es algo puramente intuitivo: releo uno de mis textos y sé si tiene ritmo o no lo tiene, sé dónde están los altibajos y sé cómo corregirlos. Pero no sé por qué. Y como, según dicen, si algo funciona no lo toques, no quiero darle muchas vueltas al asunto.

Así pues, seré sincero y diré que el ritmo es importantísimo, vital, para la narrativa, pero no puedo ni quiero racionalizarlo.

El humor

Supongo que esto, el humor, es uno de mis toques personales. En todas mis novelas (salvo en La Mansión Dax), en todos mis relatos, hay toques de humor. Incluso en los más serios y dramáticos. ¿Por qué? Porque en la vida real siempre hay humor, incluso en las situaciones más terribles. De hecho, el humor es el mecanismo que empleamos para defendernos del horror. Además, el humor es un excelente contrapunto que sirve para dar dimensión y relieve a otras emociones.

La primera vez que advertí la importancia del humor en un contexto dramático fue viendo la vieja película de Raoul Walsh Gentleman Jim, protagonizada por Errol Flynn y Alexis Smith. En esa película, un biopic que narra la historia del boxeador James Corbett, hay una secuencia en la que Errol Flynn se dispone a confesarle su amor a Alexis Smith. Están en la cubierta de un trasatlántico, de noche, solos, mientras en el navío tiene lugar una fiesta. Alguien, un bromista anónimo, lanza sobre ellos, sin que se den cuenta, una nube de pimienta, así que ambos empiezan a estornudar. ¿Os lo imagináis?: un hombre y una mujer intentan confesarse su mutuo amor en medio de una imparable sucesión de estornudos. La secuencia resulta inesperadamente cómica, pero al mismo tiempo establece con toda claridad los lazos entre Flynn y Smith. Es un excelente contrapunto.

Pero bueno, esto del humor es algo muy personal y no hay que darle particular importancia. Yo lo uso, eso es todo.

Y ya está, amigos míos, hemos llegado al final de “la escritura”. Es muy posible que me haya dejado cosas en el tóner de la impresora; si es así, hacédmelo saber. Ahora sólo queda el capítulo final: la corrección. Pero eso, en la próxima entrada.