lunes, junio 30

Zozobra


¿Qué sucede cuando una fuerza irresistible choca contra un objeto inamovible? Nada; se trata de una pregunta con trampa, porque en un mismo universo no puede haber a la vez fuerzas irresistibles y objetos inamovibles. O lo uno, o lo otro, y en este caso, amigos míos, nos ha tocado vivir en un universo de fuerzas irresistibles. Supernovas, agujeros negros, quasars, hornos nucleares en el corazón de las estrellas, galaxias que chocan... el mismísimo nacimiento del universo fue fruto de un irresistible Big Bang.

No obstante, en medio de ese huracán cósmico, había lugares donde imperaba el orden; o, al menos, el suficiente orden como para que surgiese la vida y evolucionase hasta la aparición de una especie inteligente. Me refiero al Sistema Solar y a la Tierra (lo aclaro, porque lo de “especie inteligente” podría sembrar alguna duda). El caso es que los seres humanos estamos habituados a vivir en un entorno más o menos ordenado y predecible. De hecho, nuestro equilibrio mental depende en gran medida de la exactitud con que se cumplen nuestras predicciones. Oprimimos un interruptor porque predecimos que, haciéndolo, se encenderá la luz. Conducimos un coche del punto A al punto B porque aventuramos: 1º que el coche va a funcionar; 2º que el punto B está donde se supone que está; y 3º, que completaremos el trayecto sin sufrir un accidente o ser alcanzados por un rayo. Conectamos la televisión presuponiendo que sintonizaremos el programa deseado, saltamos confiando en que la fuerza de la gravedad impedirá que salgamos despedidos hacia el espacio, escribimos correos electrónicos augurando que llegarán a su destino... A lo largo de la vida, vamos acumulando un bagaje de experiencia cuyo único fin es permitirnos conocer y predecir el comportamiento del mundo que nos rodea. Eso, la predictibilidad del universo local, nos conforta y estabiliza.

Porque, ¿qué pasaría si oprimiéramos el interruptor y no se encendiera la luz, si abriéramos el grifo y no saliera agua, si las cosas cambiaran de lugar espontáneamente, si lanzáramos al aire una piedra y la piedra nunca cayese? El orden del mundo se tambalearía y nuestra mente zozobraría igual que una barca en medio de una galerna. En gran medida, la locura no es más que la imposibilidad de realizar predicciones correctas.

Necesitamos orden para sentirnos seguros, pero cada vez hay menos orden al que agarrarse. Antes no era así; por el contrario, el orden de las cosas estaba tan claro que la palabra esquizofrenia ni siquiera se había inventado. Por ejemplo, la Tierra era plana y estaba sustentada sobre una inmensa tortuga. “¿Y sobre qué está sustentada la tortuga?”, le preguntó el discípulo al sabio. “Sobre otra tortuga”, respondió el sabio. “¿Y esa otra tortuga sobre qué se sustenta?”, insistió el discípulo. El sabio carraspeó, se rascó la axila y respondió: “Mira, de la tortuga para abajo, todo son tortugas”. ¡Genial! Eso es una respuesta tranquilizadora que permite predecir confortablemente el universo. Si haces un agujero lo suficientemente hondo, ¿qué encontrarás? Pues tortugas hasta aburrirte.

Sin embargo, este universo tan reconfortante se tambaleó cuando empezó a correr el rumor de que la Tierra era esférica. ¿Esférica? Entonces, ¿por qué diantres no se caen los que están abajo? Y ahí tienes a todos los habitantes del hemisferio sur, hechos un manojo de nervios ante la lógica posibilidad de que un buen día acaben precipitándose al vacío estelar, y desconcertados porque algo tan evidente no haya sucedido todavía.

En fin, esférica o no, la Tierra ocupaba el centro del universo y el firmamento giraba a nuestro alrededor desgranando la música de las esferas. Eso, ser el eje de la creación, quieras que no tonifica. Pero entonces apareció Copérnico y, zas, la Tierra dejó de ser el centro y se puso a girar en torno al Sol, como el resto de los planetas. Eso desanima a cualquiera, aunque al menos el Sol, nuestro Sol, era el centro del universo. Algo es algo. Pero la alegría duró poco, pues no tardó en descubrirse que nuestro maravilloso Sol era en realidad una birria de sol situado en la periferia de la Galaxia (algo así como vivir en Parla). Bien, vale, pero la Galaxia es el universo, ¿no? Pues no; nuestra galaxia sólo es una más entre los millones de galaxias que pueblan el verdadero universo.

Deprimente, ¿verdad? Pero al menos teníamos las férreas leyes de la mecánica newtoniana poniendo orden en el cosmos y haciendo que todo fuese tranquilizadoramente previsible. Entonces llega Einstein y nos dice que el tiempo es elástico y que el espacio tiene una simpática tendencia a curvarse. Ya no podemos ni preguntar la hora, porque si lo hacemos, nos responderán: “¿Qué hora es dónde y a qué velocidad?”. Bueno, al menos la velocidad de luz es una constante fija. Y siempre nos quedaba la sólida materia que nos rodea, lo que podíamos tocar y sentir... Hasta que aparecieron Planck y sus amigotes con la teoría cuántica, demostrándonos que la materia no está constituida por ordenadas pelotitas de diversos tamaños, sino que el micromundo es un lugar desconcertantemente parecido al País de las Maravillas de Alicia. Para colmo, el gamberro de Heisenberg va y se marca el Principio de Incertidumbre. De incertidumbre, tú; es decir, lo contrario a la certidumbre. Un principio que viene a decir: “no sólo no tienes ni idea, chaval, sino que nunca la vas a tener” (Gödel también dijo algo deprimentemente parecido). Incluso el mismo Universo, que antes lo era literalmente todo, ahora puede no ser más que un universo de mierda entre infinitos universos paralelos.

Vale, todo lo que antes era sólido se derrumba a nuestro alrededor. Pero siempre nos queda Dios, ¿no? Pues no. Aparte de que Nietzsche asegura que ha muerto, las evidencias nos dicen que, o bien Dios no existe, o bien juega de puta madre al escondite. En cualquier caso, no podemos contar con él. Entonces, ¿qué nos queda? ¿Acaso hay algo predecible y constante a lo que podamos agarraros? ¿El inmutable ciclo de las estaciones, quizá? Pues no, el puñetero cambio climático ha mandado el orden estacional a hacer puñetas, y si no que se lo pregunten a las cigüeñas.

No obstante, aún disponíamos de algo fijo e inalterable, un último baluarte del orden y de la previsibilidad al que podíamos aferrarnos para sentir que pisábamos terreno sólido. Pues bien, amigos míos, ese bastión ha caído.

Porque, vamos a ver, ¿quién en su sano juicio podría haber predicho que la Selección Española de Fútbol, en vez de caer derrotada en cuartos de final practicando un juego pesado y aburrido, iba a ganar la Eurocopa mediante un bellísimo juego de control y tiralíneas que recuerda a la mejor selección brasileña? ¿Es que nos hemos vuelto locos o qué?

Cosas así hacen que el suelo zozobre bajo nuestros pies.

sábado, junio 21

B.C.

¿Os habéis fijado en que la vida tiene un “sabor” de fondo? Empleo la palabra “sabor” como metáfora, porque no existe ningún término para denominar a lo que me refiero; podría decir “tonalidad” o “sentimiento”, pero me parece más apropiado “sabor”, sobre todo en el sentido de “regusto”. Se trata de una sensación muy tenue, una especie de melodía mental absolutamente indefinible que nos acompaña en todo momento, como un suave sonido de fondo, una impresión que cambia con el tiempo y las circunstancias. Además, no siempre somos conscientes de ella; de hecho, cuantos más años tenemos, menos conscientes somos. Por ejemplo, ahora mismo, mientras escribo esto, no la percibo. Pero podría percibirla; bastaría con adoptar la actitud mental adecuada, aunque, al ser ésta básicamente contemplativa, tendría que dejar de escribir. Lo dejaremos para luego.

Ahora vamos a hacer un experimento. Recordad un episodio del pasado, uno relacionado con vuestra infancia; da igual que sea bueno o malo, significativo o banal; lo importante es que sea intenso. Vale, cerrad los ojos y concentraos en ese recuerdo... ¿No notáis la suave sensación que lo acompaña, no paladeáis su sabor? Pues a esa sensación me refiero. Si ahora evocarais otro recuerdo, uno de una época diferente, volveríais a notar una sensación de fondo, sólo que distinta. Cada momento tiene su sabor.

¿Qué es y de dónde procede esa sensación? Creo que de tres fuentes distintas. En primer lugar, de la percepción de nosotros mismos, el auto-reconocimiento de nuestro cuerpo y de nuestra mente. Esto me recuerda un chiste: Dos cincuentones se encuentran por la calle y uno dice: “Hombre, cuánto tiempo sin verte; ¿cómo estás?”. Y el otro responde: “Muy bien; pero si cuando tenía veinte años me hubiera despertado un día sintiéndome como me siento ahora, habría ido corriendo al hospital más cercano”. El caso es que nos percibimos a nosotros mismos constantemente; si tu cuerpo tiene buen tono, tu percepción mental también lo tendrá, y si tu cuerpo está, por ejemplo, cansado, ese cansancio impregnará tu mente. Hay un diálogo constante entre nuestro mundo emocional y nuestro cuerpo. Por ejemplo, estoy acatarrado, así que tengo una percepción “nublada” de mí mismo.

La segunda fuente es la percepción del mundo exterior. Mientras escribo esto, noto una determinada temperatura en la piel (calor, ya ha llegado el verano), noto una leve brisa procedente de la ventana, noto la luz (intensidad, inclinación, color...), debería notar olores (pero estoy acatarrado), noto el tacto de las teclas, del sillón, de la mesa y del suelo; percibo sonidos (una persiana enrollándose a lo lejos, un coche pasando por la calle, el tecleteo...) y veo lo que me rodea: me encuentro en mi despacho, un lugar que conozco tan bien que ni me fijo en él; pero ahí están los libros en sendas librerías, las decenas de objetos absurdos que pueblan las baldas, la desordenada mesa de cristal sobre la que trabajo, el gran póster de King Kong (sujetando a Fay Wray y machacando un biplano) que se alza frente a mí, la puerta abierta mostrando la fuga del pasillo...

Todas estas percepciones del mundo exterior afectan a mi estado de ánimo; a veces mucho (por ejemplo, durante una tormenta, que es un auténtico cóctel de sensaciones), y a veces, como ahora, poco. En ocasiones, algo nos produce un gran impacto emotivo-sensorial y esa impresión queda registrada indeleblemente en nuestro cerebro. Seguro que todos recordamos una luna maravillosa, o un firmamento estremecedor, o un atardecer deslumbrante, o una mañana especialmente luminosa. Todos esos momentos, todos esos factores, crean y modelan el “sabor” de fondo de nuestras vidas.

La tercera fuente es la imaginación. Es decir, la parte emocional que añadimos a nuestros recuerdos y sensaciones, sólo porque queremos que sea así, pues en realidad nos lo estamos inventando. Que estas impresiones tengan un origen falso no importa lo más mínimo, pues son tan intensas o más que las reales.

Por otro lado, lo cierto es que percibíamos mucho más el “sabor de fondo” de la vida cuando éramos niños, o muy jóvenes, que de adultos. Creo que eso tiene que ver con la forma en que percibimos el mundo y cómo cambia con el paso de los años. De pequeños, todo era nuevo; los primeros brotes de la primavera, la luz incidiendo sobre el aire polvoriento de una habitación cerrada, el frescor del agua cuando te zambulles, el olor de la hierba cortada, las personas, los paisajes, todo era nuevo para nosotros, porque lo vivíamos por primera vez, de modo que poníamos toda nuestra atención en percibir cada detalle de la vida. Así surge el “sabor”. Sin embargo, conforme envejecemos la vida pierde novedad y empezamos a dejar de prestar atención a las cosas importantes. Ya no nos fijamos en los brotes de la primavera, ni nos detenemos a contemplar cómo cambian las cosas a nuestro alrededor conforme la luz del sol declina. Dejamos de prestar atención a la vida, y el “sabor” se diluye hasta desaparecer.
Pero, por muy carrozas que seamos, podemos recobrar esas sensaciones. Basta con detenernos unos minutos y prestar atención a lo que nos rodea... Los trinos de un pájaro, el rumor de la brisa en los árboles, la textura de la luz... No pensar, sentir... Y poco a poco, como un suave bolero, el sabor de la vida va concretándose. Es distinto a lo que sentía hace treinta años, claro, pero está ahí y lo noto como una parte inseparable de mí mismo. En gran medida, sentirse vivo no consiste más que en prestar atención.

Pues bien, todo este rollo viene a cuento –si es que viene a cuento, cosa que dudo- porque ayer me di un inesperado atracón de “sabores” pasados. Veréis, a comienzos de los 70, Luis Gasca fundó la editorial Buru Lan, que estaba dedicada al comic. Lanzó varias series destinadas a recuperar lo mejor del comic clásico norteamericano (el Rip Kirby o el Flash Gordon de Alex Raymond, por ejemplo) y un par de excelentes revistas: El Globo y Zeppelin. Entre las series que publicó había dos –editadas en formato de libro de bolsillo- que yo (y mi buen amigo Samael) seguía con fidelidad: B.C. y Edad Media (The Wizard of Id). La primera estaba escrita y dibujada por Johnny Hart, y en la segunda el guión era de Hart y los dibujos de Brant Parker. En ambos casos se trataba de daily strips, tiras diarias de tres o cuatro viñetas, al estilo Peanuts.

Me encantaban B.C. y Edad Media. Su humor se basaba en el sarcasmo y el surrealismo, y también en los juegos de palabras, algo que lamentablemente se perdía con la traducción. B.C. era tanto el nombre de uno de los personajes como las iniciales de Before Christ, pues la serie versaba sobre un grupo de irónicos cavernícolas. Edad Media era lo mismo, sólo que trasladado a eso, la Edad Media. En realidad, ambas series eran un incisivo cachondeo sobre la naturaleza humana, una visión divertida, y bastante ácida, de la vida moderna y sus neurosis. Una pequeña obra maestra que no llegaba a la altura de Peanuts, su directo referente, pero que en muchas ocasiones bordeaba la genialidad. El caso es que, no sé muy bien por qué, asocio mis dieciocho y diecinueve años con esas dos series. Puede que sea porque al poco cerró Buru Lan y jamás volví a leer (ni siquiera ver) nada relacionado con B.C. y Edad Media. Ambas series aparecieron y desaparecieron en ese periodo de mi vida, quedando desde entonces íntimamente ligadas a él en mi recuerdo.

Pero ayer fui a Elektra, una tienda de cómics, para comprarle un regalo a un amigo y, de paso, para agenciarme el Lost Girls de Moore y Gebbie, cuando de pronto vi algo inesperado: El libro de oro de B.C., una antología publicada por Astiberri Ediciones con motivo del cincuenta aniversario de la serie. Huelga decir que lo compré y, después de treinta y seis largos años, volví a disfrutar de los sarcásticos cavernícolas de Johnny Hart. Fue como reencontrarme con un viejo amigo, aunque descubrí con tristeza que Mr. Hart había muerto hacía un año, en abril de 2007, poco antes de que el libro fuera publicado en inglés.

La cuestión es que, mientras leía una tras otra las tiras que aparecen en el libro –algunas las conocía, otras no-, percibía con toda nitidez el “sabor mental” de mis dieciocho y diecinueve años. No puede describirse, claro; no hay palabras adecuadas ni en este ni en ningún otro idioma, pero aun así voy a intentar explicar cómo es ese sabor:

Una brisa templada, el sol describiendo hileras al pasar a través de una persiana, un Bloody Mary, olor a lavanda, un cielo azul sin nubes, tacto a hierba fresca, sabor a vainilla, tintineo de cristales, espuma de cerveza, tierra mojada tras la tormenta, cabellos lacios acariciándome las mejillas, eternidad.

A eso “sabe” mi primera juventud, aunque imagino que la suma de sensaciones del párrafo anterior sólo tiene sentido para mí. Era, en cualquier caso, una sensación sumamente agradable, pura vitalidad y optimismo. No duró mucho; poco después mi vida cambió y el sabor se volvió más amargo. Quizá por eso lo valoro tanto, quizá por eso El libro de oro de B.C. me ha devuelto tan nítidamente el recuerdo de ese sabor, quizá por eso he decidido escribir esta entrada tan poco interesante.

Hoy es el día del solsticio de verano, un día que sabe a Sol, a piedra y a historias antiguas.

Feliz solsticio, amigos míos, y mil perdones por aburriros con mis pajas mentales.

lunes, junio 16

Adiós, cine clásico

Hace poco, les recomendé a mi hijo Óscar y a su novia Bea (ambos de 21 años) tres películas clásicas: El Padrino I, El Padrino II y Al final de la escalera. De hecho, les dejé los DVD’s para que las vieran. Y las vieron. Y no les gustaron. Menuda plancha, pensé, porque yo les había hablado maravillas de esas películas; ¿acaso soy de una generación tan distinta?, me pregunté. Pues sí, me respondí; soy de una generación muy distinta, y no tanto por mis gustos como por mi acceso a esos gustos. Me explicaré.

Digamos que yo empecé a ir solo (sin mis padres) al cine a partir de mediados de los 60. En aquella época existía la posibilidad de contemplar en pantalla grande no sólo películas recientes, sino también clásicos; sobre todo, es cierto, clásicos norteamericanos. Veréis, por aquel entonces había en Madrid –y supongo que en toda España- tres tipos de salas cinematográficas. Estaban los cines de estreno, que eran más o menos lo mismo que son ahora. Después teníamos los cines de reestreno, más baratos, donde se proyectaban las películas que hasta poco antes habían ocupado las carteleras de los cines de estreno. Y finalmente estaban los cines de barrio, de programa doble, donde podían proyectar literalmente cualquier cosa.

Yo, como todos los chavales de mi edad, solíamos acudir a los cines de barrio porque eran los más baratos (la entrada costaba entre 1’50 y cinco pesetas) y porque ponían dos películas seguidas. Es cierto que la programación solía ser horrible (recuerdo un pseudo Superman japonés que todavía me pone los pelos de punta), pero entre Santo, el enmascarado de plata, o Maciste el coloso, podía caerte Ciudadano Kane, La diligencia o King Kong. En aquellos cines de barrio no existía ningún criterio de programación; compraban paquetes a las distribuidoras y lo exhibían todo, sin orden ni concierto. Así pues, ir a uno de esos cines era como una ruleta rusa donde podías tragarte una infame serie Z inmediatamente seguida de una obra maestra. Eso sí, las copias siempre estaban en un estado infecto; pero éramos jóvenes y eso no nos importaba.

Luego teníamos la televisión, que era en blanco y negro, y su programación se nutría, sobre todo, de películas en blanco y negro. Ahí, en la caja tonta, vi lo mejor de John Ford, lo mejor de Capra, lo mejor de Hawks, lo mejor de Sturges, lo mejor de Walsh, gran parte de John Huston, casi todo Welles, casi todo Wilder, gran parte de Hitchcock, mucho de Wellman, mucho de Hathaway, mucho de Wyler... en fin, casi todo el cine clásico norteamericano. Y también bastante cine italiano y, en menor medida, francés. Y todo eso lo vi antes de cumplir los 18 años. Por ejemplo, ¿sabéis cuáles eran mis películas favoritas en 1966, cuando tenía trece años de edad?: King Kong, de 1933, Beau Geste, de 1939, y Los viajes de Sullivan, de 1941.

Y es que, por aquel entonces, para mí el cine no tenía fecha de caducidad, ni importaba lo más mínimo que fuera en color o en blanco y negro. Todo era cine; lo único importante era si me gustaba o no. Y disfrutaba igual con el sobrio y clásico estilo de Howard Hawks que con la más sincopada dirección de, por ejemplo, un Peckinpah. Estaba abierto a todo porque había “mamado” de todo.

Más tarde, la TV pública (la única que había) comenzó a emitir interesantísimos ciclos de cine. Recuerdo dos dedicados al western, otros dos al thriller, uno a la ciencia ficción, otro al neorrealismo italiano, u otros enteramente consagrados a Hitchcock, a Preston Sturges o a Billy Wilder. Pero no sólo la TV programaba ciclos; a finales de los 60 y comienzos de los 70, algunas salas cinematográficas exhibieron, y con cierto éxito, ciclos dedicados a determinados directores o géneros. Ciclos, por ejemplo, donde descubrí a ese genio insuperable que fue Buster Keaton, o donde contemplé la etapa inglesa de Hitchcock... De vez en cuando, además, se volvían a estrenar con todos los honores películas que habían tenido en su momento una gran acogida; por ejemplo, Lawrence de Arabia o 2001: Una odisea del espacio.

Pues bien, nada de eso existe ya. Los cines de barrio pasaron a mejor vida, la TV en abierto sólo emite películas en color y lo más recientes posible, se acabaron los ciclos, las salas cinematográficas no proyectan más que películas actuales, sean lo que sean. ¿Y qué pasa en los videoclubs? Pues sí, en algunos hay algo de cine clásico acumulando polvo en los estantes... Es decir, en una época en la que más que nunca se tiene acceso a la producción audiovisual y a la reproducción casera de la misma, las nuevas generaciones están más alejadas que nunca del cine clásico en su conjunto. O, dicho de otra forma, las nuevas generaciones son profundamente incultas en lo que respecta al séptimo arte.

Óscar y Bea son un par de jóvenes inteligentes y sensibles; entonces, ¿por qué no les gustaron dos obras maestras indiscutibles como El Padrino I y II? Pues porque no están habituados a ese tipo de narrativa. Ellos han nacido en el seno de la cultura MTV, donde el ritmo de las imágenes es pura histeria visual, una cultura donde todo es más rápido que el pensamiento. Están acostumbrados a directores como Tony Scott y su cámara epiléptica o Baz Luhrmann (a-ver-cuántos-planos-me-caben-en-diez-segundos-de-montaje). En el cine que conocen no suele haber puesta en escena, sino una especie de malabarismo del montaje que por lo general sólo sirve para ocultar los errores y las carencias de directores que, precisamente, lo ignoran todo sobre la puesta en escena. Así pues, no es de extrañar que les parezca lento y aburrido el cadencioso clasicismo de Coppola, ni que les haga bostezar una película tan sobrecogedora como Al final de la escalera, pues para percibir su extraordinaria calidad hace falta verla con calma, empapándose poco a poco de su malsano ambiente.

Mi hijo Óscar, por ejemplo, se niega a ver películas en blanco y negro, o anteriores a digamos los años 90. En realidad, carece de cultura cinematográfica. Pero no es su culpa... La verdad es que es culpa mía; debería haberle mostrado en su momento la maravilla del cine clásico, pero no lo hice. Porque no caí en ello. A mí nadie, ningún adulto, me abrió las puertas de ese cine; pero es que no hacía falta, pues el cine clásico “estaba en el aire”. El problema es que hoy ya no está en ninguna parte, salvo en remotos canales digitales que nadie, salvo los dinosaurios, visitan.

Alto, ¿no será eso? ¿No será que estoy hablando como el maldito carroza que soy? Pues no, amigos míos, lo niego: el cine clásico es clásico porque es intemporal y puede gustar a cualquiera en cualquier momento. Además, en cierta ocasión tuve la oportunidad de demostrarlo. Hace cuatro o cinco años, tuve que dar una charla en el colegio de mis hijos sobre el humor. Ilustrando la charla debía llevar la escena de alguna película, pero ¿cuál? ¿Qué fragmento de comedia podía gustarle a chavales de tercero y cuarto de la ESO? Tomé una decisión arriesgada; di la charla, que trataba sobre todo acerca del humor en literatura, y luego, cuando acabé, les dije que iba a poner en el video una secuencia de una película en blanco y negro producida en 1935. Como era de esperar, todo el mundo protestó. Les dije que, si al cabo de un par de minutos se aburrían, la quitaba. Y conecté el vídeo.

Era la secuencia del camarote de Una noche en la ópera, de los hermanos Marx. Al principio, los chavales cuchicheaban, distraídos; al poco, comenzaron las carcajadas y a los tres minutos tuve que subir el sonido porque el estruendo de las risas hacía inaudibles los diálogos. Cuando acabó la secuencia y corté la película, todos insistieron en verla completa. Les había encantado. Esos chicos detestaban el blanco y negro, lo desconocían todo acerca de los ochenta o noventa primeros años de la historia del cine, y la anticuada dirección de Sam Wood les parecía marciana, pero el talento de los hermanos Marx está más allá del tiempo y de las modas, así que les conquistó por completo. Eso es lo bueno del cine clásico: no hace falta explicarlo, basta con verlo de la forma adecuada.

En resumen: hoy en día, las nuevas generaciones están totalmente alejadas del cine clásico. Lo desdeñan, no porque no les guste o pueda gustarles, sino porque no lo conocen. Me parece injusto; injusto para ellos, porque al no poner a su alcance ese maravilloso patrimonio artístico, se les priva de un inmenso placer. A veces me pregunto por qué, si en los colegios se estudia literatura, no se estudia también cinematografía. Acto seguido me respondo, claro, que sería una auténtica cagada conseguir que a los chavales se les exigiese aprender de memoria las películas de John Ford o la historia del expresionismo alemán. No, esa no es la solución. Pero, ¿por qué no hacer algo mucho más sencillo, barato y, a la larga, eficiente? ¿Por qué no incluir en el plan de estudios una sesión semanal de cine? Cada semana, los alumnos de todos los colegios e institutos de España estarían obligados a ver en el aula una película clásica. En total, unas 35 películas al año. Sólo verlas, sin trabajos ni deberes adicionales. Bien elegidas, esas 35 películas podrían crear entre los chavales verdadera afición por el cine clásico; o cuando menos, quitarles el miedo a verlo. ¿No os parece?

Estoy casi convencido de que ningún político merodea por Babel, pero si por ventura pasara por aquí alguno con acceso a la ministra de educación de turno (últimamente suelen ser mujeres), le agradecería que le pasara la sugerencia. Aunque, bueno, quién sabe, quizá Mercedes Cabrera sea adicta a este blog... En tal caso, Mercedes, guapa, ¿por qué no te lanzas y te pones de lleno con eso de la película clásica semanal? Di que es idea tuya; quedarás bien, saldrás en los papeles y en la tele, y no te costará un duro. Además, aunque ya sé que eso no importa mucho, probablemente sería una medida eficaz...

Alto, un momento... ¿no oís algo así como un eco?... De repente, no sé por qué, me ha dado la sensación de estar hablando solo...

martes, junio 10

55

Hoy, diez de junio, es mi cumpleaños. Cincuenta y cinco tacos. Maldición. “La juventud es una enfermedad que se pasa con el tiempo”; no sé quién dijo eso, pero no me cabe duda de que era un imbécil. ¿Tiene algo de bueno envejecer? Pues no, nada. Ah, sí, la experiencia... Lo que pasa es que tener experiencia sólo significa que has dispuesto de más tiempo para hacer gilipolleces. No, envejecer es una cagada se mire como se mire, sobre todo cuando tu cerebro se empeña en ser más joven que tu cuerpo. Aunque supongo que lo contrario sería peor... En fin, qué le vamos a hacer.

Pues no resignarme, eso es lo que voy a hacer. De acuerdo, mi organismo y mi DNI pueden empañarse en acumular años como avaros, allá ellos si les gusta; pero mi pertinaz falta de madurez seguirá anclada en unos estupendos y eternos catorce años de edad. Me niego a madurar, amigos míos, me niego a ser el añoso, aburrido y convencional adulto que el calendario y la sociedad insisten que debo ser. Por eso, si algún día leéis algo escrito por mí, por ejemplo en este blog, y pensáis: “mira, éste es el típico texto que escribiría un cincuentón”, decídmelo, porque iré al veterinario más cercano para que me ponga una inyección que acabe de una vez por todas con mi patética existencia. No hay nada peor que morirte por dentro antes de que la muerte te alcance.

Por lo demás, mi bella y hermosa ama y señora me ha regalado una Nikon D300 y un zoom 19/200. Y mis hijos unas preciosas camisetas. Tengo una familia cojonuda. Y también tengo un montón de buenos amigos que me han felicitado por teléfono o por correo electrónico. Además, me he comprado seis libros en Crisol (justo lo que me hacía falta: más libros) y he comido en Sanxenxo, un excelente restaurante gallego. Acabo de soplar las velas y de tomarme un pedacito de tarta. Ha sido un buen día.

Y ahora, para despedirme, reproduciré el texto que mi buena amiga Almudena me ha mandado:

"El cincuenta y cinco (55) es el número natural que sigue al 54 y precede al 56.

Representación de 55:

Numeración romana: LV
Numeración china: 五十五

Propiedades matemáticas:

Es un número compuesto, que tiene los siguientes factores propios: 1, 5 y 11. Como la suma de sus factores es 17 < 55, se trata de un número deficiente.
Es el décimo término de la sucesión de Fibonacci, después de 34 y antes de 89.

Características: 55 es el número atómico del cesio".

Y 55 son los besos que os mando a todos y cada uno de vosotros

miércoles, junio 4

En la mente de House

Hace mucho que no hablo del viejo Gregory House. Eso no se debe a que mi devoción hacia la serie haya menguado con el paso del tiempo, ni mucho menos; lejos de ello, sigo considerando a House una de las series más inteligentes de la historia de la televisión. Y, quizá –junto con los buenos años de Los Simpson-, la más provocadora. La verdad es que si no he hablado del ácido doctor es porque no tenía nada nuevo que decir. Pero hoy sí.

Hay muchas formas de juzgar la calidad de una serie de TV; por ejemplo, evaluando el nivel medio de los episodios a lo largo del tiempo. En ese sentido, yo diría que House se merece un aprobado alto, incluso un notable. Los críticos con la serie (siempre hay infieles) objetan que se trata de una formula repetida capítulo a capítulo: llega un enfermo con síntomas rarísimos, House se equivoca dos o tres veces con el diagnóstico y finalmente, en un rapto de inspiración, da con la solución. Y es cierto, la mayor parte de los episodios encajan en ese esquema. Pero eso, a los adictos a la serie, no nos importa, porque sabemos que esa fórmula no es más que el marco general donde se desarrolla lo verdaderamente interesante. Por supuesto, hay episodios –afortunadamente escasos- que sólo son fórmula, y esos resultan sin duda los peores, pero en general la brillantez de la serie se encuentra en la periferia del caso clínico, en lo que sucede alrededor de la “enfermedad-McGuffin”. Cargarte la serie, por repetitiva, sin tener en cuenta esto, sería como restarle importancia a la pintura porque la inmensa mayor parte de los cuadros son rectangulares.

Pero hay otra forma de juzgar la calidad de una serie: no por su nivel medio, sino por las cumbres que llega a alcanzar. Y ahí House gana por goleada, porque los buenos episodios de la serie pueden ser muy, muy buenos, incluso magistrales. El ejemplo más claro de esto es el penúltimo capítulo de la primera temporada, Tres historias (premio Emmy 20005 al mejor guión), un relato complejo y sutil narrado con la precisión de un mecanismo de relojería. Una obra maestra del arte audiovisual; y, creedme, no exagero. Pues bien, hasta ahora esa era la más alta cima alcanzada por nuestro buen/mal doctor; y puede que siga siéndolo, pero le acaba de surgir un serio competidor en el doble capítulo (final de la cuarta temporada) que ayer emitió Cuatro.

Se trata del capítulo llamado La cabeza de House y su continuación El corazón de Wilson. En esta historia, House sufre un accidente de autobús y, a causa de un golpe en la cabeza, pierde la memoria de sus últimas horas; sólo recuerda que entre los pasajeros del autobús distinguió a uno con síntomas de una enfermedad mortal, pero no sabe quién es. Así pues, ambos capítulos son una especie de viaje al interior de la mente de House donde se mezclan sueños, alucinaciones y recuerdos, tanto reales como falsos, una narración casi abstracta que en ocasiones me recordó a los mejores momentos no musicales del All That Jazz de Bob Fosse. Pero no solo es eso, sino también un bien orquestado y comedido drama que concluye con una de las secuencias más emotivas que jamás he visto en la pequeña pantalla.

Así pues, tanto si sois o no seguidores de la serie, os recomiendo encarecidamente que veáis esos dos episodios, porque sin duda forman parte de lo mejor de la historia de la TV. Y por si alguien siente aún alguna reticencia, adelantaré dos cosas: En primer lugar, que por primera vez se ve a Gregory House derramando una lágrima. Sólo una, es cierto, y en unas circunstancias más bien chungas, pero aun así resulta un espectáculo de lo más inusual. En segundo lugar, en este doble episodio la doctora Lisa Cuddy realiza un streeptease en toda la regla (aunque no todo lo completo que a uno le gustaría) que, pese a su naturaleza onírica y freudiana, resulta de lo más estimulante y pone de relieve -¡y cómo!- la extraordinaria forma física y los envidiables cuarenta y tantos años de la actriz Lisa Edelstein.

En fin, hacedme caso y, si no los habéis visto, conseguid como sea La cabeza de House y El corazón de Wilson. No os arrepentiréis.

lunes, junio 2

Hola de nuevo, Dr. Jones

Ayer vi Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal (IJ4 en lo sucesivo), lo cual es una muestra más de que me estoy haciendo viejo. Porque hace unos años la hubiese visto el día de su estreno, o al día siguiente, pero la semana pasada pensé que habría mucha gente, mucho lío, y me dio una pereza enorme. Así que lo dicho, me estoy haciendo viejo, igual que el dr. Jones, igual que Spielberg... ¿igual que Lucas? No, Lucas se volvió viejo hace muchos, muchos años (justo desde el momento en que descubrió que vender figuritas articuladas era mucho más rentable que hacer películas). En fin, el tiempo no pasa en balde, ni siquiera para las leyendas (me refiero a Jones, no a mí).

De entrada, una confesión: a Indiana Jones estoy dispuesto a perdonárselo casi todo. En primer lugar, porque disfruté tanto con En busca del arca perdida, me lo he pasado tan bien viéndola (todas y cada una de las múltiples veces que la he visto), que cualquier cosa relacionada con ella –por ejemplo, sus secuelas- me sabe a gloria bendita. En segundo lugar, porque Indiana Jones es, junto con James Bond, el máximo héroe creado por el cine, el más popular, el que más profundamente se ha incrustado en la mitología moderna. Y si no, decidme: ¿quién puede hacerle sombra a Indy? ¿El Ben Gates de La búsqueda o el Rick O’Connell de La momia? Bah, meras copias de nuestro arqueólogo. ¿El Neo de Matrix? Un burdo fantoche vestido de sado-maso fashion. ¿Spiderman, Batman, Lobezno o cualquiera de los múltiples superhéroes que vuelan y brincan por nuestras pantallas? No, su popularidad procede el comic, no del cine, y ninguno de ellos tiene la rotunda personalidad de Indiana.

Reconozcámoslo, amigos, únicamente James Bond está a la altura del dr. Jones, pero con una diferencia: sólo hay dos buenas películas de Bond: Casino Royal y Desde Rusia con amor, y no pasan de ser eso: buenas películas de género; el resto son entre mediocres y muy malas. Sin embargo, Indiana Jones nació con una obra maestra del cine de aventuras: En busca del arca perdida. Así pues, amigos míos, no soy objetivo al hablar de este personaje; me cae demasiado bien. Entonces, ¿qué me ha parecido IJ4? Que es la peor de la tetralogía, pero, aún así, me lo he pasado bomba viéndola.

De entrada una pregunta: ¿Hacía falta tanto tiempo para escribir un guión así? La trama argumental de las películas de Indiana Jones nunca ha sido demasiado compleja, pero en el caso de IJ4 se vuelve casi esquemática, un mero pretexto para pasar de una escena de acción a otra. De hecho, carece casi por completo del espíritu de búsqueda épica que impregnaba los argumentos de En busca del arca perdida y La última cruzada. La verdad es que la trama de IJ4 puede resumirse en dos escasamente interesantes líneas.

Otra pregunta: ¿Está Harrison Ford para esos trotes? Pues sí y no, qué queréis que os diga. Hay que reconocer que, para los 65 tacos que tiene, Ford se conserva en una envidiable forma física, algo que se percibe en su lenguaje corporal y en su agilidad. Pero su rostro ha envejecido, ha perdido frescura; ya no vemos en él esa expresión de jubilosa insensatez que caracterizaba al personaje. Aunque bien pensado, eso es lógico; han transcurrido casi veinte años desde La última cruzada, el dr. Jones ha cambiado, se ha vuelto más sensato, menos impetuoso (dobla cuidadosamente las camisas para hacer el equipaje). En este sentido, resulta lógica la evolución del personaje, pues nos encontramos ante un héroe más cansado, un héroe crepuscular. No obstante, eso entra en contradicción con el espíritu hipervitalista que presidía la serie, y esa contradicción se nota en el resultado final.

En cuanto al tema de la película, también aquí hay un cambio: después de tres films centrados en temas mágico-religiosos (es decir, pura fantasía), IJ4 cambia de género y se enmarca dentro de la ciencia ficción. ¿Algún problema? No, para nada; de nuevo parece una decisión lógica. Porque Indiana Jones no es más que la actualización de los héroes pulp de los años treinta, y sus escenarios –Arabia, la India colonial, la selva- son propios de la literatura popular de aquellos tiempos. Sin embargo, IJ4 se desarrolla en los años cincuenta, una época en la que el pulp ya ha desaparecido y lo que se lleva son los platillos volantes y las películas de ciencia ficción de serie B, así que nuestro aventurero favorito no hace más que adaptarse a sus tiempos. Sin embargo... Veréis, los McGuffins de la primera y tercera entregas de la serie tenían empaque. No cabe duda de que encontrar el Arca de la Alianza mola, y de que todo gran héroe que se precie debe buscar el Grial; pero, ¿qué demonios son las piedras Shankara? Y lo mismo puede decirse de las calaveras de cristal: no sé lo que son, ni me interesa particularmente saberlo.

Respecto a los antagonistas, la dimensión de un héroe se mide por la grandeza de sus rivales, e Indiana Jones ha contado con los enemigos más pérfidos que puedan imaginarse: los nazis. ¿Cómo olvidarnos del sádico y grimoso mayor Toth, de En busca del arca perdida, o de la bella y traicionera Elsa Schneider de La última cruzada? Y no sólo los nazis, por supuesto; Rene Belloq –el reverso oscuro de Indy- fue un enemigo atractivo y elegante, ¿y qué decir de Mola-Ram, el demoníaco sacerdote de Kali? Pues que un tipo capaz de arrancarte el corazón es, sin duda, un rival digno de tenerse en cuenta. Sin embargo, los malos de IJ4, reconozcámoslo, no están a la altura. En esta ocasión se trata de pérfidos rusos soviéticos, comandados por la no menos pérfida coronel Irina Spalko, interpretada por la casi siempre magnífica Cate Blanchett. El problema es que Irina Spalko no pasa de ser un fantoche sin personalidad, la caricatura de la caricatura de una comunista. La verdad es que se trata de una antagonista de cartón piedra a la que el guión no saca el menor jugo.

Entonces, ¿me estoy cargando la película? No, qué va, ni mucho menos. De entrada, las primeras secuencias del film –lo que va desde el comienzo hasta que Indy sale del frigorífico- es Indiana Jones en estado puro, un salir de un lío para meterse en otro peor, una auténtica gozada. Después, todo el metraje está impregnado del mismo sentido del humor de siempre, de la chispeante auto-ironía que es marca de fábrica de la serie. Y las escenas de acción son estupendas, y las persecuciones trepidantes, y las peleas divertidísimas, y Shia LaBeuf da el tipo en su papel de –supongo que a estas alturas no revelo ningún secreto- hijo de Indy, y es una auténtico placer reencontrarse con Marion Ravenwood, la mejor “chica Jones” de la historia, y las autorreferencias son comedidas y encantadoras, y el ritmo no decae en ningún momento, y... vamos, que me lo pasé de puta madre viendo la película. Porque puede que ésta sea la más floja de la serie, puede que ya no tenga tanta magia, puede que resulte un tanto crepuscular, pero, parafraseando el viejo eslogan de un conocido brandy español: un poco de Indiana Jones es mucho.

Una cosa más antes de terminar. En la última secuencia de la película, Shia LaBeouf recoge el sombrero de Indiana, que ha caído a sus pies, y hace amago de ponérselo, pero Indy pasa a su lado, se lo quita y, mirándole como si le dijese “esto es mío”, se lo pone y se va. Fin. A mi modo de ver, esto puede significar tres cosas: 1. Que sólo hay un Indiana Jones, Harrison Ford, jamás habrá otro y con IJ4 se acabó el personaje. 2. Que Harrison Ford rodará otra película más de Indiana Jones. 3. Que por ahora no, pero más adelante Shia LaBeouf heredará el sombrero y el látigo.

La segunda opción me parecería terrible, pues un Indy septuagenario se me antoja un tanto deprimente. La tercera ni me la imagino. ¿Un pseudo Indiana Jones en los años sesenta y setenta? Suena fatal. En cuanto a la primera... ¿sólo Harrison Ford puede interpretar a Indy? Pues no sé qué decir; a fin de cuentas, todo el mundo pensaba que nadie podría sustituir a Sean Connery en el papel de James Bond, y ahí tenéis a Daniel Craig mojándole la oreja. Pero Indy es especial, claro... No obstante, hay un momento durante la película en que se comentan muy de pasada las actividades de Indiana durante la guerra, y eso me parece de lo más atractivo. ¿Qué hizo Indiana Jones durante la Segunda Guerra Mundial? No lo sé, pero me encantaría saberlo. O, mejor dicho, contemplarlo.

lunes, mayo 26

Maldito tiempo

El tiempo es un maldito delincuente, un ladrón que te lo roba todo y un asesino en serie que al final acaba matándote. Me cae mal el tiempo, no hay forma de dialogar con él; no puedes pedirle que se calme, que se detenga un poco, porque te ignorará, igual que es inútil rogarle que dé marcha atrás, porque has olvidado algo en el pasado y quieres recuperarlo, pues no hay retorno posible, sino un avance implacable, como una apisonadora sin conductor, como un ciego Jungernaut. Mala gente el tiempo, mala gente...

El viernes pasado, por la tarde, tuvo lugar la ceremonia de graduación de Pablo, mi hijo menor, el segundogénito, que acaba de terminar el bachillerato (con excelentes notas, por cierto) y ahora está preparando la Selectividad. La ceremonia, en el colegio, con sus discursos, sus vídeos, sus fotos y su lanzamiento al aire de birretes, transcurrió normalmente, fue un acto como otros muchos, con la diferencia de que mi hijo se encontraba ahí. Sus compañeros, a quienes conozco desde que eran niños, estaban irreconocibles; ellos con pinta de tiarrones de pelo en pecho y ellas... coño, ellas, esas niñas a quienes vi por primera vez cuando no levantaban ni cuatro palmos del suelo, ¡incluso estaban buenas! Cosas así hacen que el mundo se tambaleé bajo tus pies. Me sentí triste el viernes, sí, muy triste.

Lo mismo me pasó hace tres años, cuando se graduó Óscar, mi hijo mayor; pero entonces aún me quedaba Pablo en edad escolar. Ya no; dentro de poco, tendré dos hijos universitarios y no quedará ni rastro de los niños que fueron. En julio, Pablo cumplirá 18 años y tendré viviendo en casa a dos okupas mayores de edad, pero no a mis niños, no; esos niños se han ido para siempre. En cierto modo me siento como si hubieran derruido una parte de mi vida para edificar en ella qué se yo, algo distinto en cualquier caso.

Si miráis las dos imágenes (una arriba y otra abajo) que acompañan a este post, veréis pasar instantáneamente tres lustros. Eso mismo es lo que siento, que todo ha pasado como un suspiro, como una nube arrastrada por la brisa que, cuando adviertes lo hermosa que es, ya se ha esfumado. En la imagen de arriba aparece Pablo con tres o cuatro años de edad; en la de abajo (la foto es muy mala, no la hice yo) vemos a Pablo el viernes pasado, durante la graduación, con su metro noventa y seis de altura, su barba y su pelo en el pecho, todo un mocetón. La hermosa mujer que le acompaña es su madre, para quien el tiempo no transcurre; o, mejor dicho, transcurre al revés.

Mirad a ese niño de ojos azules que está arriba del texto; era travieso como un demonio, un hijoputa de tomo y lomo, pero también el niño más encantador del mundo. Solía acercarse a mí con los brazos abiertos y me plantaba enormes besos de ventosa, besos llenos de babas, besos que hacían muac al comenzar y smuac al despegarse. Dios santo, cuánto tiempo hace que nadie me besa así... Y lo echo tanto de menos, añoro tanto a esos niños, a Óscar y a Pablo, que se me rompe al corazón al pensar que jamás volveré a verlos.

Ah, sí, claro; no los he perdido, están ahí, son ellos; muy cambiados, pero ellos. Y quiero a esos dos okupas, claro que sí, con todo mi corazón. Y me lleno de orgullo cuando les veo tan adultos, cuando les veo crecer y convertirse en hombres. Me gustan mis dos okupas, son tipos majos, buenos e interesantes. Pero no son mis niños. Esos ya se han ido y la graduación del viernes se encargó de recordármelo. Supongo que soy un baboso padre de mierda más, supongo que lo que siento es tan tópico que da hasta vergüenza expresarlo, supongo que soy tediosamente vulgar. Pero es lo que siento, amigos míos, y no puedo evitar que las lágrimas se asomen a mis ojos al contemplar cómo lo más hermoso de mi pasado se difumina. Debo de estar haciéndome viejo.

El tiempo te quita cosas, diréis, pero también te da otras nuevas, y es cierto. No obstante, lo que el tiempo te quita, te lo quita para siempre, y lo que te da no te lo da en realidad, sólo te lo presta. Así que lo mejor que podemos hacer es disfrutar de ese préstamo mientras dure. De todas formas, en estos momentos no puedo evitar recordar una bella y melancólica estrofa de Omar Khayam:

Dices que cada nueva mañana nos trae mil rosas;
sí, pero ¿dónde están los pétalos de la rosa de ayer?



viernes, mayo 16

Bibliofobia

A veces, lo reconozco, siento la tentación de calzarme un uniforme de las SS y ponerme a quemar libros (también me entran ganas de invadir Polonia, pero eso es otra cuestión). Sí, sí, sí, una buena hoguera formada por cientos, miles de tomos, una falla de papel impreso, me parece en ocasiones el destino ideal para mi biblioteca. Y, entre todos esos libros que me gustaría ver ardiendo figuran, en primer lugar, los que he escrito yo. Ah, santo dios de los ágrafos, cómo me gustaría ser Guy Montag (el bombero pirómano de Fahrenheit 451).

Siendo éste un blog, como ocurre en otros blogs hermanos, donde los libros se consideran objetos sagrados, como si en vez de pasta de papel sus hojas estuvieran hechos con pasta de hostias consagradas, y siendo como soy escritor, supongo que suena extraña tanta belicosidad contra la producción editorial, pero es que, amigos míos, hay amores que matan. Permitidme explicároslo.

En mi casa almaceno aproximadamente 15.000 libros. Tan solo en mi despacho, que es una estancia más bien reducida, tengo cerca de 4.000. Es decir, vivo rodeado de libros; y, por lo general, me gusta. Pero no siempre. Veréis, si me dijeran que tengo que abandonar mi casa llevándome sólo los objetos que aprecio profundamente, creo que podría meterlos todos en una caja no muy grande y todavía sobraría sitio. Descontando, claro, los libros, porque para llevármelos necesitaría docenas de cajones. ¿Sabéis cuánto pesan 15.000 libros? Yo tampoco, pero realizando un cálculo conservador, conjeturo que deben de pesar entre siete y ocho toneladas. Eso por no mencionar los metros cúbicos que ocupan (no lo menciono porque no tengo ni puta idea de cómo calcularlo).

Cuando realizo cálculos como éste, me invade una gran fatiga; de pronto, me imagino a mí mismo como un patético penitente que va arrastrando por la vida una enorme saca con ocho toneladas de libros dentro. Y me siento atrapado, agobiado, harto de esa grasa sobrante que son mis libros. Entonces empiezo a pensar en lo agradable que sería rociarlos de gasolina y prenderles fuego. Sería una liberación. Pero no lo hago, claro; entre otras cosas, porque, aparte de los libros, quemaría mi casa y quizá a mi familia. Bueno, es cierto, podría llevarlos a un descampado e incinerarlos allí, pero ¿sabéis lo que es trasladar ocho toneladas de libros? Yo sí, lo hice una vez y me juré a mi mismo no volver a hacerlo nunca, ni siquiera para convertirlos en justo pasto de las llamas.

En fin, tampoco quiero dar una falsa impresión de mí mismo: por lo general, estoy muy a gusto con mis libros; me encanta estar rodeado de ellos y, en ocasiones, incluso los leo. A decir verdad, la piromanía biblofóbica sólo se apodera de mí en las siguientes ocasiones: 1. Cuando tengo que trasladar libros, como por ejemplo en el caso de una mudanza. 2. Cuando constato por enésima vez que ya no me caben más libros. 3. Cuando me pongo a arreglar las librerías para ver si consigo que quepan más libros de lo que físicamente es posible. 4. Cuando busco un libro en concreto y no lo encuentro. 5. Cuando descubro que he comprado el mismo libro dos veces. 6. Cuando, intentando coger un libro situado en una balda alta, consigo que un montón de dolorosos volúmenes caigan encima de mi dura, pero no invulnerable, cabezota. 7. Cuando los libros se desplazan súbita y espontáneamente en el espacio-tiempo.

Supongo que los seis primeros puntos no necesitan explicación, pero imagino que el séptimo requiere un comentario aclaratorio. Para ello, nada mejor que un ejemplo. Hace años, estaba yo trabajando en mi despacho cuando me entraron unas tremendas ganas de hacer de vientre, como decía mi abuela, o de realizar el tránsito intestinal, como dicen Danone y José Coronado. Dado que uno de los mejores lugares del mundo para dedicarse a la lectura es sentadito en la taza del váter, cogí el libro que estaba leyendo y me lo llevé al cuarto de baño. Hice lo que tenía que hacer, leí unos minutitos más, salí del baño y regresé al despacho. Pero, cuando llegué allí, el libro ya no estaba, había desaparecido. Lo busqué en el WC, en el despacho, en el pasillo, por toda la casa, y nada, el libro se había esfumado. Pero, ¿cómo era posible? Yo había tenido el libro en mis manos todo el tiempo, era absurdo que se hubiese perdido... Pues bien, apareció al día siguiente; estaba dentro de la nevera.

Este suceso sólo tiene dos explicaciones posibles. La primera es que, después de salir del cuarto de baño, en vez de ir directo al despacho, pasé por la cocina, abrí la nevera para beber algo, dejé el libro en una balda del frigorífico y luego me olvidé por completo de todo el episodio. La segunda consiste en que, al regresar por el pasillo con el libro, pasé cerca de una distorsión espacio-temporal (¿quizá un micro-agujero de gusano?) que absorbió mi libro y lo precipitó instantáneamente al interior de la nevera. Sin lugar a dudas, la explicación más razonable es la segunda.

Bueno, amigos míos, ha vuelto a suceder. El otro día, hará cosa de un mes, compré en el Hipercor un libro sobre la Santa Alianza. Lo necesitaba, y necesito, como documentación para la novela que estoy escribiendo, así que me puse muy contento al encontrarlo. En fin, el caso es que lo compré, fui a casa y lo dejé en una balda situada a la derecha de mi escritorio, donde está la documentación que manejo en cada momento. Hasta ahí, todo correcto. Pero el lunes pasado se me ocurrió buscarlo para consultar una cosa y... sí, ya no estaba allí. Desde entonces, lo he buscado por todas partes (también en la nevera) y nada, no está. Pero es absurdo; desde que lo dejé en su baldita no lo he vuelto a coger, ni siquiera le he dedicado un segundo de mis pensamientos. Entonces, ¿por qué no está? Pues evidentemente porque la puñetera distorsión espacio-temporal lo ha absorbido y vete tú a saber dónde habrá ido a parar. Puede que esté en Ganímedes, o en Alpha Centauri, o en una dimensión paralela, no lo sé; lo único seguro es que estará en el sitio más recóndito e inaccesible, el que más me toque las narices.

Hace un par de años me sucedió algo parecido. Compré un tratado de caligrafía como documentación para una novela, y desapareció. Lo busqué como un loco, y nada, no estaba, se lo había tragado la singularidad. Así que me compré otro tratado de caligrafía. ¿Y qué paso? Que nada más comprarlo, apareció el tratado perdido, ahí, detrás de unos libros, en un lugar donde yo jamás lo puse. Y me encontré con dos libros iguales. Porque la distorsión espacio-temporal de la que estamos hablando no solo tiene un peculiar sentido del humor, sino además mucha mala leche.

Así pues –y me dirijo sobre todo a ti, maldita singularidad-, no pienso volver a comprar el libro. Buscaré la información en otra parte y, si no la encuentro, me la inventaré; lo que sea, cualquier cosa antes de permitir que un estúpido agujero de gusano tocapelotas se cachondee de mí.

Y algún día, sí, reuniré el valor suficiente, compraré una lata de gasolina y mis libros arderán en una pira ilustrada que iluminará el mundo con un mensaje: desconfía de los libros, son pesados, polvorientos, volubles y, en cuanto les quitas el ojo de encima, desaparecen. Ese día, cuando mis libros sean pasto de las llamas, habré roto las cadenas que me esclavizaban y seré el Espartaco de los iletrados.

Así que hacedme caso, amigos míos, y quemad vuestro libros. No son de fiar.

jueves, mayo 8

Hiyab

El domingo pasado leí en el periódico un reportaje sobre dos chicas árabes (o de origen árabe) que viven en España. Una, llamada Mariam, lleva habitualmente hiyab, el pañuelo con el que se cubren el cabello las mujeres musulmanas; la otra, llamada Aya, no. Ambas, según afirman, tomaron la decisión de llevarlo o no voluntariamente. El reportaje se centraba básicamente en la peripecia de Mariam, una diplomada en óptica a la que le costó muchísimo encontrar trabajo precisamente por llevar el hiyab. Supongo que el artículo pretendía hacer hincapié en lo intolerante que es nuestra sociedad, pero ¿eso es cierto? ¿Se trata de un flagrante caso de intolerancia?

La ropa, la vestimenta que usamos, no es neutra, habla de nosotros. No es lo mismo llevar un traje de Armani que llevar unos vaqueros y una chaqueta de pana, ni son lo mismo unos zapatos Camper que unos Castellano; cada prenda dice algo distinto de quien la lleva. De hecho, la ropa sirve muchas veces para definirnos e identificarnos. Si vemos por la calle a un tipo rapado, con ropa paramilitar y botas Doc Martens, sabemos que es un skin head; si va de negro, con alzacuellos, es un cura; si va de verde, con galones y gorra, se trata de un militar; si lleva un polo Lacoste, pantalones de pinzas y un pullover de Paul & Shark sobre los hombros, es un pijo. La ropa habla, dice cosas y, sobre todo, las dice públicamente, para que los demás nos enteremos. La ropa es una proclamación; a veces de algo insignificante y en ocasiones de algo sustancial.

Entonces, ¿qué dice el hiyab de una mujer joven, educada y de clase media que ha elegido voluntariamente llevarlo? A mi modo de ver, dice lo siguiente: “Soy profundamente musulmana; tan religiosa soy y tan convencida estoy de mis creencias, que modifico mi aspecto llevando puesta una muestra externa y bien visible de mi fe para que todo el mundo lo sepa”. Probablemente dice más cosas, pero basta con esto.

Antes de seguir, una aclaración: creo que todo el mundo es libre de ir vestido como le de la gana, aunque pondría como excepciones el velo, el burka o cualquier otra prenda que oculte el rostro, pues en nuestra cultura es muy importante la identificación por los rasgos faciales. Pero, por lo demás, que cada cual vista como le salga de las napias. Además, habiendo afirmado que la ropa habla, defender la libertad de vestimenta es lo mismo que defender la libertad de expresión. Ahora bien, igual que uno debe asumir las consecuencias de lo que dice verbalmente, también debe asumir las consecuencias de lo que su ropa dice visualmente.

Mariam buscaba trabajo en una óptica; es decir, un trabajo de cara al público. Los dueños de las ópticas no la contrataban porque pensaban que el hiyab podría ahuyentar a los clientes. Bien, seré sincero: yo tampoco la contrataría, y no sólo porque pudiera espantar a la clientela, sino porque no querría tener en mi establecimiento una muestra ostentosa de ninguna religión. Un momento, dirá alguien: ¿qué pasaría si la chica, en vez del hiyab, llevara al cuello un crucifijo? ¿Te impediría eso contratarla? Respuesta: no. Igual que no tendría ningún inconveniente si, en vez del hiyab, Mariam llevara media luna de oro colgando de una cadenita. Porque ni el crucifijo ni la media luna modifican el aspecto de quien los lleva, no son “muestras ostentosas”. Incluso pueden ser meros adornos. Pero un hiyab no se presta a confusión: es lo que es y significa lo que significa. Por otro lado, tampoco contrataría a nadie que se empeñara en venir a trabajar con un capirote de nazareno, ni me gustaría tener como dependienta de mi óptica a una monja vestida de monja. La verdad, no tengo el menor interés en mezclar fe con dioptrías.

De hecho, alguien que lleva de forma cotidiana y muy visible una muestra evidente de su fe –aunque ello le cause problemas-, tiene que ser forzosamente una persona muy religiosa, una persona cuya vida y comportamiento están marcados por sus creencias. Y yo desconfío de esa clase de personas, las veo demasiado próximas al fanatismo. Me inquietan. Prefiero a la gente con mayor predisposición a la duda.

Pero volvamos al principio. El hiyab de Mariam dice: “soy musulmana y lo proclamo”. Bien, es un mensaje claro y respetable; cualquiera debe tener derecho a poder decirlo libremente. Pero, ¿qué pasa si no te gusta ese mensaje? Por ejemplo, la ropa paramilitar y las Doc Martens contienen un mensaje que me desagrada, de modo que procuro evitar a la gente que viste así. Un momento, alguien podría objetar que las ideas skin head (si es que a eso se le puede llamar ideas) conducen a la intolerancia y la violencia, mientras que el islamismo es una doctrina espiritual. Sí, podría decir eso, pero se equivocaría.

Mucha gente afirma que el islamismo es una religión moralmente irreprochable, y que quienes actúan violentamente en su nombre no son más que una minoría de exaltados que malinterpretan las escrituras. Quien diga esto, no ha leído el Corán. Yo lo leí hará unos diez años; rectifico, no lo leí entero (porque es un coñazo pésimamente escrito), pero sí lo suficiente para hacerme una idea bastante fiel del asunto. Y se me pusieron los pelos como escarpias. Jamás he visto un libro que incite tanto a la violencia y a la intolerancia. ¿Que contiene preceptos moralmente buenos?, por supuesto, como todas las religiones; pero también contiene preceptos terribles, como por ejemplo la obligación de destruir a todo infiel que no acepte someterse a las leyes de Alá (es decir, la yihad). Y es que la moral que se desprende del Corán no puede ser más hipócrita: cualquier cosa que favorezca al Islam es éticamente buena. “Cualquier cosa”, sea lo que sea. El fin justifica los medios.

Dicho de otra forma: No todos los musulmanes son terroristas, evidentemente; pero no lo son porque no siguen fielmente los preceptos del Corán. Si los siguieran... bueno, mejor ni pensarlo. Y, ojo, me estoy limitando al tema de la violencia, porque si habláramos de la intolerancia... bueno, basta con ver el papel que ocupa la mujer en las sociedades islámicas. Por último, conviene señalar que el islamismo no sólo es una doctrina religiosa, sino también política y legal; vamos, que ocupa todos los nichos de la sociedad.

Así pues, Mariam tiene todo el derecho del mundo a llevar hiyab, traje de faralaes o lo que le venga en gana, pero yo también tengo todo el derecho del mundo a decidir si eso me gusta o no me gusta. Y estoy seguro de que Mariam es una mujer honesta, pacífica y trabajadora, pero lo que dice su hiyab no me gusta un pelo.

domingo, mayo 4

Calvo Sotelo

Cuando Leopoldo Calvo Sotelo formaba parte de la difunta UCD, y durante el corto tiempo en que fue presidente de gobierno, la imagen que yo tenía de él era la de un hombre fúnebre y aburrido, un personaje sin carisma ni interés. Más tarde, cuando dejó la política nacional, escuché un par de entrevistas suyas y descubrí que yo estaba completamente equivocado. Calvo Sotelo era un hombre inteligente, culto, razonable y –lo que para mí resultó una sorpresa- estaba dotado de un finísimo sentido del humor. Es decir, lo contrario de su imagen pública. ¿Por qué muchos políticos optan por parecer que se han tragado el palo de una escoba? (la otra opción es camuflarse de Lola Flores).

El caso es que de repente Calvo Sotelo –que por cierto se parecía mucho al actor Powers Boothe- comenzó a caerme bien. Sobre todo, lo reconozco, a raíz de una entrevista televisiva en la que comentó que, tras su etapa política, había vuelto a leer por placer y que, para ello, había releído toda la colección de El Coyote, que tanto le había entusiasmado en su juventud. Recuerdo que comentó lo buen escritor que era José Mallorquí, y Cela, que también estaba presente, hizo un comentario despectivo al respecto. Calvo Sotelo insistió diciendo: “Ojo, que Mallorquí tenía muy buena pluma” y Cela respondió: “Bueno, bueno, no era Quevedo”. Qué oportunidad para responderle: “Don Camilo, usted tampoco es ni remotamente Quevedo, pero, miré qué cosas, le han regalado el Nobel”.

Sin duda, el hecho de que hablara tan bien de mi padre aumentó mi simpatía hacia Calvo Sotelo. Sin embargo, hay algo objetivo: cuando una persona de prestigio intelectual reconoce públicamente su admiración por un producto de la cultura popular, eso significa que está tan seguro de su propio bagaje cultural que no tiene que fingir ni presumir de nada. Y eso le enaltece.

Por lo demás, Calvo Sotelo ejerció la política en una época muy difícil para nuestro país, y basta recordar lo que ocurrió el día en que supuestamente iba a ser elegido presidente de gobierno. Era un hombre conservador y yo no comparto su ideología, pero la labor que contribuyó a realizar –básicamente desguazar el anterior régimen- estuvo bien hecha. Dicen que fue un hombre honesto y yo me lo creo. Descanse en paz.

lunes, abril 28

Hombres

Seamos sinceros: los varones de nuestra especie, al igual que los machos de casi cualquier otra especie, somos biológicamente desechables, un producto de usar y tirar. Nuestra función (biológica) prácticamente comienza y acaba con el acto de la concepción; a partir de ese momento, es la mujer quien se ocupa de todo el proceso de fabricación, desarrollo y mantenimiento de la prole. Supongamos que sólo quedaran vivos cien mujeres y un hombre; al cabo de algo más de nueve meses (salvo que el tío sea un toro), ¿qué tenemos?: cien bebés y un hombre feliz. Pero sí sólo quedaran cien hombres y una mujer, lo que conseguiríamos es un bebé al año. Es decir, la clave para la proliferación de una especie reside en el número de hembras, no en el de machos.

Pero las cosas no son tan sencillas; los varones no nos limitamos a ser abejorros polinizadores (aunque nos encantaría), sino que asumimos una serie de roles mediante los que contribuimos al mantenimiento de la especie. Dado que poseemos mayor masa muscular que las mujeres, hemos adoptado el papel de proveedores de alimentos (aunque esto, como veremos, es relativo) y defensores. Catering y servicios de seguridad, esas son nuestras especialidades. Así pues, en los primitivos grupos humanos los hombres protegían al clan y cazaban, mientras que las mujeres se ocupaban del cuidado de la prole y de recolectar alimentos. Este modelo prehistórico de reparto de papeles se ha perpetuado durante milenios hasta hace muy poco, con la única diferencia de que los machos dejaron de cazar y se pusieron a ejercer los trabajos remunerados necesarios para mantener, no al clan, sino a la familia.

No obstante, hay dos puntos que conviene aclarar. En primer lugar, los antropólogos que han estudiado a los actuales grupos humanos de cazadores-recolectores, han descubierto que aproximadamente (cito de memoria) el 80% de las proteínas consumidas por el grupo provenían de la recolección y sólo el 20% de la caza. Pero, ojo, de la recolección se ocupaban las mujeres, los niños y los ancianos, no los varones adultos, de modo que hay que cuestionar mucho el papel del macho como proveedor de alimentos. Además, en el neolítico, con el advenimiento de la agricultura, el trabajo se distribuyó por igual entre hombres y mujeres; aunque, eso sí, la mujer siguió ocupándose en exclusiva del cuidado de la prole. En segundo lugar, hubo un momento en el pasado en que las bestias salvajes descubrieron que los humanos éramos mucho más bestias y salvajes que ellas, así que decidieron no meterse con nosotros. Entonces, ¿de qué protegían los hombres a las mujeres? Sencillo: de otros hombres. Nuestro sexo era la solución y el problema al mismo tiempo. Aunque, me apresuro a añadir, esto no era arbitrario; como hemos visto, la supervivencia de un clan (de una comunidad humana) depende del número de hembras, de modo que éstas se convierten en un bien fundamental. Así pues, no era nada raro el “robo” de mujeres. Por ejemplo, el padrino de boda cumplía antaño el papel de guardaespaldas de la novia, para evitar que fuera secuestrada.

En fin, prácticamente todas las sociedades humanas adoptaron una estructura patriarcal en la que el hombre era dominante y los papeles estaban claramente distribuidos. Hasta hace poco. En la entrada anterior comenté la revolución femenina del siglo XX, así que no voy a repetirme; la mujer comenzó a abandonar sus roles tradicionales y está ocupando nichos laborales y sociales secularmente destinados a los hombres. Esto supone una revolución social, pero también psicológica, pues poco a poco se va consolidando un modelo de mujer –libre, autosuficiente y fuerte- que hasta hace nada era inimaginable. Paralelamente, los valores sociales cambian y los modelos sexuales se cuestionan; la sociedad, poco a poco, se feminiza.

Todo lo cual, como es lógico, nos afecta de lleno a nosotros, los machos de la especie. Ellas cambian, así que nosotros debemos cambiar también, pero ¿en qué sentido? ¿Qué significa ahora ser “hombre”? A primera vista, la revolución femenina (que a fin de cuentas es una revuelta contra el macho) no ha hecho más que arrebatarnos privilegios y socavar el pedestal sobre el que se alzaba nuestro sexo. Aparentemente, los hombres hemos salido perdiendo al vernos obligados a compartir con las mujeres lo que tradicionalmente era nuestro. Pero ojo, sólo aparentemente; luego daré mi opinión al respecto.

Pero antes vamos a comentar un tema que se suscitó en la anterior entrada: ¿Son los hombres más simples que las mujeres? Mucha gente (sobre todo mujeres, claro) afirma que sí; de hecho, se trata de uno de los tópicos hembristas (equivalente femenino a machista) más extendidos: las mujeres son complejas y los hombres simples. Pero, ¿es cierto? En mi opinión, evidentemente no; hombres y mujeres somos igual de complejos, aunque la complejidad no está idénticamente repartida. Porque, reconozcámoslo, ese falso tópico parte de una realidad parcial: la sexualidad masculina es más simple que la femenina. En realidad, nuestra sexualidad, la de los machos, parte de un principio biológico sencillísimo: “si puedes follar, folla”. Punto. La mujer, por el contrario, debe elegir para aparearse al macho más adecuado (según los criterios del momento), y ese proceso de elección complica sumamente las cosas. Por lo demás, la sexualidad de la mujer es más lenta y llena de matices que la del hombre y... en fin, qué os voy a contar que no sepáis. Los hombres hacemos muchas tonterías a causa del sexo, y eso se debe a lo primario de nuestro instinto. Ahí, ellas nos ganan por goleada.

No obstante, hay algo en lo que los hombres somos mucho más complejos que las mujeres: nuestra habilidad para jugar. Pero antes de seguir, definamos “juego”. Según la RAE: Ejercicio recreativo sometido a reglas, y en el cual se gana o se pierde. Ahí está todo dicho; el juego consiste en una actividad divertida, reglamentada y, esto es muy importante, sujeta al éxito o al fracaso y, por tanto, competitiva. Pues bien, al parecer el núcleo de la agresividad humana reside en el hipotálamo, y se da la circunstancia de que los hombres tenemos más grande el hipotálamo que las mujeres, lo cual justificaría la evidencia cotidiana de que los hombres somos más agresivos que las mujeres. Así, de entrada, lo de la agresividad suena chungo, pero es un factor importantísimo para la supervivencia, de modo que no la desdeñemos alegremente. El caso es que los hombres somos más agresivos, lo que nos impele a competir; si a eso le unimos que, al no estar sujetos a las cadenas de la maternidad -lo cual nos libera de múltiples responsabilidades-, nuestra visión de la vida es más individualista y menos pragmática que la de las mujeres, ¿qué obtenemos? Jugadores natos.

De hecho, nuestra actividad reproductiva tiene matices lúdicos. Los machos damos la salida a un montón de espermatozoides que compiten –echan una carrera- para ver quién llega primero al óvulo. El clásico juego de pierde-gana. Pero hablemos en serio y echémosle un vistazo bajo esta óptica a la distribución de roles en las sociedades primitivas. Los hombres se reservaban la actividad de la caza, aunque ya hemos visto que esa práctica sólo aportaba un quinto de las proteínas necesarias para el clan. Vale, de acuerdo, un filete de mamut resulta mucho más suculento que un montón de bayas, frutas, raíces, vegetales y huevos, pero no deja de ser un lujo, un capricho; sin duda, los machos hubiesen sido mucho más productivos si, en vez de pasar días y días cazando, se hubieran dedicado a recolectar. Pero es que cazar es divertido –un juego-, mientras que recolectar es un coñazo; y prueba de ello es que la caza sigue siendo hoy una actividad recreativa por la que es necesario pagar, mientras que la recolección es un duro trabajo por el que se cobra. En cuanto a la guerra, en sus formas primitivas, era sin duda el juego por excelencia, la actividad de pierde-gana definitiva. De hecho, hoy en día muchísimos deportes, empezando por el fútbol y acabando por el ajedrez, no son más que simulacros de la actividad bélica. Eso por no hablar del tiro con arco, la esgrima, el lanzamiento de jabalina o el boxeo y todas las variedades de lucha personal, que son directamente actividades bélicas. Quizá el primero de todos los juegos consistiera precisamente en dos machos dándose de leches.

La cuestión es que esas habilidades lúdicas han ido evolucionando con el tiempo hasta el punto de que los hombres pueden convertir en juego casi cualquier actividad susceptible de ganar o perder, algo que se ve claramente en el mundo empresarial, donde la competición externa (contra otras empresas) y la interna (contra otros colegas) se acaban transformando en un juego abstracto donde lo importante es ganar o perder, no qué se gana y qué se pierde. El ejemplo más extremo de esto sería la bolsa, un puro juego de azar capaz de erigir imperios y destrozar vidas. Resumiendo, los hombres poseen una especial habilidad para jugar y para crear los juegos más sofisticados; algunos de esos juegos son terribles, otros son obras de arte; pero todos son, o pueden llegar a ser, tremendamente complejos. En eso, el hombre es más sofisticado que la mujer. De hecho, la naturaleza pragmática y realista de muchas mujeres les impide entender el sentido de los juegos masculinos, así que los consideran una muestra más de la superficialidad del hombre, cuando en realidad son complejos mecanismos de supervivencia. Me apresuro a añadir, que eso no significa que la naturaleza lúdica del hombre sea incompatible con la naturaleza pragmática de la mujer; por el contrario, lo que significa es que hombres y mujeres son socios perfectos, pues cada uno aporta habilidades y estrategias distintas, pero compatibles, para afrontar la realidad.

Hay otros aspectos en los que el hombre es más complejo que la mujer, y viceversa, pero no vale la pena seguir tratando este tema; los seres humanos somos tremendamente complicados por naturaleza y ahí no hay distinción de sexos. Pero, volviendo al principio, ¿hemos salido perdiendo los varones con la revolución femenina?

En mi opinión, todo lo contrario: hemos salido ganando, porque al liberarse la mujer, los varones nos hemos liberado de nosotros mismos. Vale, puede que haya un puñado (o muchos puñados) de tarugos que, al ser despojados de su condición de machos alfa, van por ahí como zombis sin identidad, sintiéndose castrados y preguntándose cuál es su rol de hombres. La pregunta que yo me hago es ¿por qué narices debo configurar mi identidad en base a mi sexo? ¿Por qué tengo que echar de menos el papel de patriarca si los patriarcas me aburren y ni yo mismo me creo ese papel? Antes que varón, o cualquier otra cosa, soy César, un ser humano con su propia identidad; el sexo sólo es una parte de mí, y no la más importante. Me alegro infinitamente de que las mujeres nos hayan librado a los hombres de esa carga milenaria que eran los roles tradicionales; ahora ya no tenemos que fingir fuerza cuando estamos exhaustos, no tenemos que bloquear la expresión de nuestras emociones ni que rumiar en soledad nuestras debilidades y problemas. Ahora, por fin, tenemos compañeras con las que compartirlo todo, porque no esperan que seamos Superman o el príncipe azul, sino simplemente sus iguales. A hacer puñetas los roles tradicionales; ya no son necesarios y, a fin de cuentas, ¿no es mejor que cada cual invente su propio papel en la vida?

Bueno, pues ahí está; lo que más me gusta de los hombres es su habilidad para jugar. Y precisamente por eso, porque el juego es la especialidad de nuestro sexo, estoy seguro de que más temprano que tarde los hombres inventaremos un juego en el que los nuevos roles sexuales tengan perfecta cabida. Sólo es cuestión de tiempo, imaginación y ganas de jugar.

lunes, abril 21

Mujeres

Creo que la única revolución del siglo XX que ha triunfado es la revolución femenina (o quizá feminista, no estoy seguro del término); todas las demás (el comunismo, los fascismos, el mayo del 68, el movimiento underground...) se han desvanecido en mayor o menor medida, pero el cambio de roles efectuado por la mujer no sólo permanece, sino que se expande y consolida día a día. Pero, antes de nada, ¿por qué la mujer ha estado sometida al hombre durante tanto tiempo? Por una sencillísima razón: en nuestra especie, los machos poseemos alrededor de un 20 % más de masa muscular que las hembras. Es decir, los hombres podemos partirle la cara a las mujeres, lo cual nos ha permitido someterlas durante milenios. A base de hostias, sí señor, así de simple... Además, las mujeres eran de vital importancia para las comunidades por su capacidad de tener hijos, lo cual las convertía en objetos valiosos. Atención: valiosos, sí, pero objetos, pues su valor dependía únicamente de su función (procrear), y no de su naturaleza, que era femenina, y por tanto débil, y por tanto despreciable.

Ahora bien, conforme la civilización ha ido avanzando, el valor de la fuerza bruta individual ha ido decreciendo. Antes, muchos trabajos requerían del músculo humano, y cuanto más músculo mejor, pero la tecnología cambió los bíceps por los motores, así que poco importaba ya si el operario tenía o no un 20 % más de masa muscular. Por ejemplo, recuerdo que, cuando era niño, los camioneros tenían los brazos como jamones, pues hacía falta mucha fuerza para manejar los volantes de aquellos viejos camiones (lo cual expulsaba de ese oficio a las mujeres). Sin embargo, con la aparición de la dirección asistida se acabaron los camioneros-suarcenaguer y las mujeres pudieron ejercer ese oficio sin necesidad de seguir el método Atlas o inflarse de anabolizantes. Pero el decaimiento de la fuerza individual no ha afectado sólo al trabajo, sino también a la más “viril” y testosterónica de las actividades humanas: la guerra. Antes, para ser guerrero había que estar muy, pero que muy cachas; se necesitaba mucho músculo para manejar una espada o tensar un arco de guerra. Sin embargo, la actividad bélica se ha ido tecnificando hasta el punto de que la fuerza muscular carece prácticamente de importancia. Hoy en día, los soldados son en realidad operarios cualificados de maquinaria especial, algo que puede realizar igual de bien un hombre o una mujer.

En fin, digamos que ese proceso de tecnificación de las actividades humanas se consolidó en occidente a mediados del siglo XX. Pues bien, en torno a ese momento ocurrieron dos cosas que cambiaron por completo la sociedad. En primer lugar, la Segunda Guerra Mundial. Durante cinco largos años, los hombres de multitud de países fueron movilizados para luchar, sea en el frente o en la retaguardia, lo cual causó una grave escasez de trabajadores para la industria. Así pues, se echó mano de la única fuerza de trabajo disponible: las mujeres. Atención: por primera vez en la historia, las mujeres se pusieron masivamente a desempeñar trabajos tradicionalmente reservados para los hombres. Luego, se acabó la guerra, los hombres regresaron y les dijeron a las mujeres: “Vale, gracias por la ayuda; ahora devolvednos nuestros trabajos y volved a fregar suelos”. Pero muchas mujeres respondieron: “Y una mierda; hemos demostrado que podemos trabajar tan bien o mejor que vosotros, así que ni de coña nos vamos de aquí”. Y ya nunca se fueron.

El segundo factor de cambio tuvo lugar en 1958, cuando el químico Gregory Pincus inició las pruebas del primer anticonceptivo oral de la historia. Tres años más tarde, en 1961, la “píldora” (Enovid se llamaba) comenzó a distribuirse en las farmacias. Y así se quebró el último eslabón de la cadena que esclavizaba al sexo femenino: la maternidad. La “píldora” dejaba en manos de las mujeres la decisión de si tener o no tener hijos, de cuándo tenerlos y en qué número, lo cual supuso que las mujeres podían programar su vida sin depender del varón. Ese acto de independencia se tradujo además en una nueva sexualidad femenina, no ligada ya a la concepción. La mujer podía practicar el “sexo recreativo” en igualdad de condiciones que el hombre, de modo que fue abandonando su carácter pasivo (“receptáculo de la semilla”) para convertirse en un sujeto activo de la sexualidad.

Todos estos factores han cristalizado en la actual situación: sin lugar a dudas, el siglo XXI será el siglo de las mujeres. Lo cual no quiere decir que todos los obstáculos se han derribado, ni mucho menos: sigue existiendo el machismo, sigue habiendo múltiples discriminaciones por razón de sexo. Pero cada vez menos, porque la igualdad entre los sexos ya está firmemente instalada entre los valores sociales, es un concepto que por fin forma parte esencial de nuestra cultura. El “macho alfa” ya no es el héroe, sino el malo de la película. Por supuesto que sigue habiendo machos alfa, pero se trata de una especie no protegida en proceso de extinción y, sobre todo, socialmente despreciada. Además, la propia lógica lo impone: la humanidad no puede seguir desaprovechando la mitad de su potencial en base a prejuicios sexistas. ¿Cuántas Einstein se han perdido, cuántas Kant o Adam Smith han muerto antes de florecer porque las mujeres han sido excluidas de la educación y el trabajo intelectual? Aunque sólo sea visto así, menudo desperdicio.

Porque los hechos hablan por sí solos, amigos míos. Hoy, el prototipo del lector medio español, no es hombre, sino mujer. Y son hoy las mujeres quienes consiguen las mejores calificaciones en los estudios, las que mejor se preparan y las más productivas a la hora de trabajar. Las mujeres son el futuro. Ya era hora.

Todo esto viene a cuento por las voces surgidas contra el nuevo gobierno de Zapatero –demasiado rosa según el payaso Berlusconi- y, en particular, por el nombramiento de Carme Chacón como ministra de defensa. En fin, no voy a reproducir lo que se ha dicho, porque es de vergüenza, igual que no voy a mencionar los cavernícolas comentarios realizados ante el nombramiento de Soraya Sáenz de Santamaría como portavoz del Grupo Popular. Los machos alfa se resisten a desaparecer, no cabe duda; pero son tan ridículos, lo que dicen suena tan desfasado y antiguo...

En lo que a mí respecta, me considero feminista. Por un lado, porque la lógica me dicta que hombres y mujeres somos intelectualmente similares y humanamente idénticos, por lo que debemos tener iguales derechos y deberes. Por otro lado, el machismo me parece la forma más recalcitrante de estupidez y cortedad de miras; es, además, una evidente muestra de inseguridad y complejo de inferioridad. Yo no quiero tener a mi lado un ser inferior que me admire y me tema y en el que de vez en cuando deposite mi semilla; quiero una compañera que sea mi igual, una mujer segura y decidida que me complemente como persona y con la que pueda compartirlo todo. Si el precio que hay que pagar por ello es participar a partes iguales en la limpieza de culos de bebé y el fregoteo de platos, lo abono sin rechistar. Me gustan las mujeres fuertes, lo reconozco, mujeres al estilo de los personajes femeninos de Howard Hawks, mujeres independientes que se labran su propio destino, mujeres que no me necesitan a mí (ni a cualquier otro hombre) y que si están conmigo (o con cualquier otro hombre) es, sencillamente, porque les sale de los santos ovarios. Así pues, gustándome esa clase de mujeres, ¿cómo no voy a ser feminista?

Además, creo que las mujeres están mejor preparadas para la supervivencia, para desenvolverse en la vida real, que los hombres. Veréis, últimamente han aparecido un montón de libros que hablan sobre las “profundas” diferencias entre hombres y mujeres, títulos como Los hombres son de Marte y las mujeres de Venus, ya sabéis. Pues bien, me parecen una verdadera chorrada; hombres y mujeres somos similares al 99’9 por cien, nos movemos por análogos impulsos y reaccionamos de forma muy parecida a los mismos estímulos. Sin embargo, hay diferencias y quizá la fundamental es que la mujer tiene los hijos. Y no sólo los tiene, sino que está biológicamente programada para cuidar de ellos. Y eso hace que su mente sea más realista, más pragmática que la masculina: no debe velar sólo por sus intereses, sino también por los de su descendencia. Debe, pues, percibir correctamente la realidad y saber adaptarse a ella. Pura supervivencia de la especie.

Una prueba de esto la encontramos en el hecho de que las mujeres maduran intelectualmente antes que los hombres. Un chico de quince o dieciséis años es todavía un niño, pero una chica a esa misma edad es ya una mujer, infinitamente más madura –tanto física como intelectualmente- que el chico. ¿Por qué? Pues porque las chicas de esa edad son fértiles, pueden quedar embarazadas y, por tanto, deben disponer ya de una mente que les permita sobrevivir, tanto a ellas como a su prole. Esto, que se ve muy claramente en la adolescencia, afecta a las personas a lo largo de su vida. De hecho, un hombre puede permitirse el lujo de no madurar nunca, pero las mujeres rara vez disfrutan de ese privilegio, si es que es un privilegio. Pero de los hombres hablaré en la siguiente entrada.

Las mujeres, pues, son más pragmáticas y están más preparadas para manejarse en la vida real. Pero es que, además, en ciertos aspectos son más complejas que los hombres. Cuando le preguntaron al director de cine Joseph L. Mankiewicz (autor de obras maestras como Eva al desnudo o Carta a tres esposas) por qué sus protagonistas solían ser femeninos, él contestó más o menos que cuando un hombre quiere conseguir algo, se lía a puñetazos, mientras que una mujer, al ser físicamente más débil, debe dar un rodeo para alcanzar sus fines; y ese rodeo, en su opinión, era más interesante que todos los ganchos a la mandíbula del mundo juntos. Estoy de acuerdo con él.

Nada de esto quiere decir que las mujeres sean moralmente mejores que los hombres, ni mucho menos. Cada uno con su particular estilo, somos exactamente igual de despreciables o maravillosos. Las dos peores personas que he conocido en mi vida eran mujeres, lo cual supongo que significa que, puestos a ser hijos de puta, las mujeres pueden llegar a serlo de forma más sibilina, intensa y retorcida. Y cuando las mujeres, por ejemplo en el mundo de la empresa, se ponen a jugar el juego de los hombres... bueno, para que una mujer triunfe debe demostrar que vale el doble que su más directo competidor masculino, así que para que una mujer sea un “machote” en el mundo empresarial tiene que demostrar el doble de testosterona que el macho más cercano. Y sé lo que me digo.

Cada vez me gustan más las mujeres, y no estoy hablando de sexo. Me gusta su forma de ver la vida, su pragmatismo, su sensibilidad, su capacidad de conectar emocionalmente con los demás; me gusta su delicadeza, su fragilidad y su fuerza, su tesón y su espíritu de lucha. Cada vez admiro más a las mujeres, qué le vamos a hacer. Es más, últimamente me ha dado por travestirme. Veréis, estoy escribiendo la segunda novela protagonizada por la detective Carmen Hidalgo, que, al igual que El juego de Caín, está narrada en primera persona por una mujer. Eso significa que, cuando escribo, tengo que ser Carmen Hidalgo, tengo que sentir, hablar y actuar como una mujer. Y la experiencia me parece de lo más instructiva; me siento cómodo en los zapatos de Carmen, aunque sean unos zapatos de tacón.

Bien pensado, quizá eso sea algo que deberían hacer todos los hombres: ponerse en los zapatos de una mujer. Seguro que, si lo hicieran, las cosas irían mucho mejor.

lunes, abril 14

Polihabla

Recuerdo que cuando hice la mili... ¡Alto, conteneos, no huyáis a toda prisa de este blog, no voy a contaros mi mili, lo juro! Sólo es un breve comentario al respecto, palabrita del niño Jesús. Bien. Recuerdo que cuando hice la mili, muchos de mis compañeros de armas me consideraban un tanto pedante. Descubrir esto me sorprendió, porque soy el tío menos pedante del mundo; de hecho, soy un encanto, pero eso es otra cuestión. El caso es que sí, tenía fama de pedantuelo. ¿Por qué? Por mi forma de hablar. Hablaba demasiado bien, lo cual, a sus ojos, era una muestra de afectación. Me apresuro a aclarar que tanto entonces como ahora procuro expresarme con sencillez, sin rebuscamientos, pero... pero, claro, mi sintaxis está por encima de la media y manejo un vocabulario más amplio de lo normal.

Nada de eso tiene ningún mérito, por supuesto. Hablo bien por dos motivos: porque en mi familia se hablaba bien y porque he leído un güevo (¿veis lo llano que soy?). Dado que en la mayor parte de las familias se habla como el culo de mal, y que la mitad de los españolitos no coge un libro ni para calzar un armario, no es de extrañar que en este país, en general, se hable de pena. De hecho, ¿qué es lo que homogeniza al lenguaje en nuestra sociedad, cuál es el referente lingüístico para los españoles? Los medios de comunicación de masas; y en los medios de comunicación, amigos míos, se habla puñeteramente mal. Ahí encontramos al famoseo cutre de los programas cardiacos, unos botarates incapaces de coordinar tres palabras seguidas, ignaros (qué bonita palabra, ¿verdad?; significa “incultos”) que nos han dejado perlas como el “estar en el candelabro” de la Mazagatos o el “en dos palabra: im-presionate” de Jesulín de Ubrique. Luego tenemos a los periodistas, a quienes, dada su profesión y formación universitaria, se les debería suponer cierto conocimiento del idioma, pero que en realidad se dedican a maltratarlo con un entusiasmo digno de mejor fin. Cuando yo estudiaba periodismo, una encuesta realizada en la facultad reveló que sólo un 20 % de los estudiantes leía el periódico todos los días. ¡Y eran estudiantes de periodismo! En fin, con estos mimbres poco se puede hacer. Por último están los políticos, cuya presencia en los medios es constante.

Hubo una época, en algún momento de la historia, en que ser político era sinónimo de oratoria, de verbo florido y aguzada dialéctica. Aún ahora, cuando alguien expresa bien sus ideas, se le llama “Castelar”. Bueno, pues eso, si no es una leyenda, sucedía hace mucho, mucho, mucho tiempo, porque lo que ahora hacen los políticos de todo signo con el idioma es para cogerlos por las orejas y mandarlos de nuevo a la escuela. ¡Qué panda de burros, coño!

Al parecer, se supone que los políticos deben hablar diferente al resto de los humanos; tienen, por lo visto, la obligación de expresarse de forma encorsetada, con mucha afectación y procurando retorcer el idioma hasta volverlo casi irreconocible, convirtiéndolo en un batiburrillo de frases hechas, patadas a la semántica, incorrecciones sintácticas y ampulosa palabrería vacía. Escuchar a un político es como contemplar a un malabarista al que una y otra vez se le caen todas las bolas al suelo. Se nota que intentan emplear un lenguaje culto y serio, pero lo que en realidad hacen es retorcer absurdamente la sintaxis y emplear culteranismos de forma equivocada. Olvidémonos del “dequeísmo”, que tantos estragos ha hecho, y fijémonos, por ejemplo, en el empleo de la palabra “nivel”, que significa altura o escala, pero que en polihabla se utiliza para todo. Por ejemplo: “A nivel internacional”; ¿que narices tiene que ver la internacionalidad con la escala o la altura? Y lo mismo digo de “a nivel popular”, “a nivel sociológico” y a todos esos niveles que nivelan nuestro nivel político. Habría que hacer una campaña en pro del desnivel.

Pero no voy a redactar un catálogo de incorrecciones lingüísticas políticas, que luego dicen que escribo entradas larguísimas. No obstante, voy a citar dos casos que me irritan sobremanera. Por un lado, Mariano Rajoy, líder del principal partido de la oposición y, según dicen, gran orador. Bueno, vale que en el uso del español existe la costumbre (no aceptada por la Academia) de acabar en “ao”, en vez de en “ado”, los participios; pero es que Rajoy lo hace de forma tan sonora y enfática que, la verdad, suena casi ofensivo. Además, podemos hacer la vista gorda a que lo haga con los participios, pero llamar “Machao” a Antonio Machado es pasarse un pelín.

Por otro lado, tenemos a nuestro presidente de gobierno, don José Luis Rodríguez Zapatero. Últimamente le ha dado por repetir “en lo que representa” hasta la saciedad. Por ejemplo: “... un gran esfuerzo en lo que representa el apoyo a la familia...”, o "el Gobierno no tiene prevista participación alguna en lo que representa el proceso que se vive en Irak" (ambas frases sic). Vamos a ver, ¿es una muletilla estúpida y retorcida o sólo a mí me lo parece? Ese “en lo que representa” me irrita más que el “por consiguiente” de González o el “mireusté” de Aznar, y, además, Zapatero lo emplea como si le dieran un millón de euros cada vez que lo dice. Llevado al lenguaje normal –y no a la polihabla-, daría pie a construir frases como estas: “Cascaré dos huevos, los batiré y los pasaré por la sartén en lo que representa una tortilla” o “Me la cojo con la mano derecha y la sacudo arriba y abajo en lo que representa una paja”. Estoy seguro de que, si alguien hablara así en la vida cotidiana, propios y extraños le tirarían tomates y tartas de merengue para que se callase de una maldita vez. Pero como es un político, y además nuestro presidente, incluso le escuchamos.

Pero se acabó, José Luis, te lo advierto: como sigas empleando el “en lo que representa” incluso para preguntar la hora –“¿podría decirme que hora es en lo que representa un acto de información cronológica?”-, en las siguientes elecciones te va a votar tu tía Federica, porque si insistes en enloquerepresentarme te juro que prefiero darle mi voto a Esperanza Aguirre, que por lo menos tiene un primoroso acento inglés, antes que a ti. En fin, me he pasado, vale, pero es que estoy más que harto de escuchar esa irritante muletilla. ¡No lo soporto más, en lo que representa un acto de desesperación!

Ay, Castelar, ¿dónde estás?...