viernes, septiembre 30

La buena esposa



          ¿Qué es lo que más os gusta de la literatura? ¿La prosa, los argumentos, los personajes, las ideas, los diálogos, las descripciones...? Qué pregunta más idiota, ¿verdad? Os gusta todo, claro, porque una novela es un todo y no un Mecano que se pueda desmontar. No obstante, siempre hay ciertas preferencias, distintas sensibilidades. Está claro que si tu escritor favorito es Azorín, tus intereses literarios diferirán de los de alguien que prefiera a Pio Baroja.

          En mi caso, nada me gusta más que leer un texto bien narrado. La narrativa, esa es mi debilidad (entendiendo “narrativa” como “técnica narrativa”). Pero atención, a veces se confunde una prosa elegante y fluida con buena narrativa, y no tiene nada que ver. De hecho, con frecuencia un prosa preciosista va en detrimento de la narrativa. Intentaré explicarme: una novela muy centrada en la prosa se convierte muchas veces en un álbum de fotografías. Puntos estáticos en los que te detienes. Pero la narrativa es flujo, movimiento, estrategia. La narrativa no es fotografía; es película.

          Pero no basta con eso. De poco importa lo que suceda, por bien narrado que esté, si no te interesan los personajes a quienes les sucede. Ese es mi segundo puntal de la literatura: el diseño de personajes. Y luego, por supuesto, muy cerquita viene todo lo demás.

          Cuando digo literatura en realidad me refiero a cualquier arte narrativa, como el cine o el comic. No es que sus técnicas narrativas sean iguales, pero en líneas generales se parecen mucho (a fin de cuentas, todas están basadas en la elipsis).

          Os he soltado este rollo porque estoy viendo las siete temporadas (voy por la 6ª) de una serie de TV sencillamente, por decirlo en dos palabras, im-presionante. Me refiero a The Good Wife, producida por los hermanos Scott (Ridley y Tony) y creada por un matrimonio, Robert y Michelle King, que también son los show runners.

          ¿De qué va la serie? Os transcribo la sinopsis de Wikipedia: “La historia se centra en el personaje de Alicia Florrick, interpretada por Julianna Margulies. Alicia es una madre y esposa que debe hacerse cargo de la conducción y manutención de su familia después de que su esposo, Peter Florrick, (Chris Noth) –prominente político que tenía el cargo de fiscal del condado-, es destituido y encarcelado bajo el cargo de corrupción política al mismo tiempo que se difunden al público videos que documentan que mantenía relaciones sexuales con prostitutas”. Pero eso sólo es el principio. Alicia, hasta entonces un ama de casa, retoma su profesión de abogada y entra a trabajar en un prestigioso bufete. Lo que sigue narra, por un lado, la vida sentimental y personal de Alicia, y por otro su carrera profesional.

          Reconozco que, de entrada, esto puede crear suspicacias. Es una serie de abogados (y a mí no me gustan las series de abogados). Está protagonizada por una señora bastante pija. Aunque hay un arco narrativo general, son capítulos autoconclusivos. Es larga: cada temporada consta de 22 capítulos.

          Sin embargo, se trata de una de las series mejor narradas que me he echado a la cara, con unos guiones... ¿perfectos?... que fluyen con asombrosa naturalidad. Unos guiones basados en personajes atractivos perfectamente diseñados; y no me refiero sólo a los protagonistas, sino a todos los personajes (y hay muchos), incluyendo a los más secundarios. Por ejemplo, cada juez que aparece, aunque sea brevemente, tiene su propia personalidad.

          Un consejo que pensaba dar, y que adelanto, es que cualquiera que desee aprender a narrar y diseñar personajes, vea esta serie. Que la vea, la estudie y analice, porque es todo un master sobre cómo contar historias. No me resisto a poner un ejemplo.

          Uno de los personajes secundarios de la serie es David Lee (interpretado por el gran Zach Grenier), socio del bufete de Alicia. Es un hijo de puta, maquinador, mentiroso, desagradable, ambicioso, un perfecto cabrón. Pues bien, en cierto episodio muere uno de los personajes principales (un personaje al que Lee, en el pasado, ha intentado echar del bufete). Cuando, en medio de una reunión, recibe la noticia de esta muerte, Lee no mueve ni un músculo de la cara, no dice nada. Imperturbable, abandona la sala de reuniones y se encierra en su despacho. Entonces, su cara se descompone y suelta un sollozo. Sólo uno. Dura un instante; acto seguido, se recompone y regresa con los demás, volviendo a ser el hijoputa de siempre.

          Es un mero detalle, pero qué detalle tan sabio. Lee era un personaje de una pieza, y gracias a ese sollozo se convierte en un ser humano. Pero ese sollozo oculto, esa avergonzada muestra de humanidad, también hace que nos preguntemos si Lee es un hijo de puta auténtico, o una persona “normal” que ha decidido convertirse en un hijo de puta para sobrevivir en un mundo de lobos.

          La serie se mueve en tres ambientes distintos, pero interconectados: el derecho, la política y el laboral. Todos ellos son territorios turbios donde las fronteras entre el bien y el mal se difuminan. Y en cierto modo de eso va la serie, de la imposibilidad de eludir el mal o, tan siquiera, reconocerlo. Alicia es un personaje honesto precipitado a un universo de ambigüedad moral. Durante el proceso, Alicia cambia, despierta, espabila, se endurece, se harta, se cabrea... ¿y finalmente se corrompe? Todavía no lo sé.

          The Good Wife tiene buenas historias, buenos personajes, buenos diálogos, buenas situaciones, algo de drama y también humor. Pero sobre todo es el perfecto manual de uso para el buen narrador.

NOTA: Mi fracturada cadera se va reponiendo. Voy a rehabilitación tres veces por semana, hago ejercicios en casa y camino con un andador. Pero el proceso es leeeento y sigo muy limitado de movimientos (porque duele, coño). Esta es la razón por la que me estoy zampando una serie tras otra. Hijos de la anarquía (7 temp.), Jessica Jones (1 t.), Daredevil (2 t.), El último reino (1 t.), Stranger Things (1 t.), The Good Wife (en proceso), así como capítulos sueltos de otras series... La verdad es que, con esta profusión de buenas series de TV, he ido a escoger el mejor momento para quedarme varado en casa.

martes, septiembre 13

Rojos


 
          Nací en una dictadura y viví 22 años bajo su yugo. No suelo contar historias de aquella época, ni siquiera a mis hijos, por no sentirme como el típico abuelo batallitas, y también porque no es algo que me guste recordar. Entendedme, no es que lo pasara fatal, como el prota de una peli neorrealista; me crié en el seno de una familia de clase media-alta, tuve un montón de privilegios, nunca me detuvo ni pegó la policía, nunca me encarcelaron. Además, al menos durante la primera mitad de esos 22 años, por ser un niño, no tuve claro lo que era una dictadura. Pero al llegar a la adolescencia, aparte de pelos en la cara me creció la conciencia social. Franco era un hijo de puta, y la sociedad española de finales de los 60 y comienzos de los 70 una mierda, un pozo de mediocridad, arbitrariedad y paletismo. Aquello era insoportable.

          Por aquel entonces, a finales del franquismo, todos los partidos políticos, a excepción de la Falange, eran dos cosas: A) Clandestinos y B) Marxistas. Durante los últimos años de la dictadura florecieron un montón de grupúsculos políticos: la LCR (Liga Comunista Revolucionaria), el FRAP (Frente Revolucionario Antifascista y Patriota), el PCE m-l (Partido Comunista de España marxista-leninista), la ORT (Organización Revolucionaria de Trabajadores), el PTE (Partido de los Trabajadores de España)... y muchos más, todos marxistas (incluyendo al por entonces casi inexistente PSOE). Algunos, la mayoría, miraban hacia Rusia; otros lo hacían hacia Cuba y el movimiento revolucionario sudamericano; y también los había maoistas, como el FRAP, grupo con el que tuve una peculiar relación. Pero el partido clandestino por excelencia, el mayoritario, el más y mejor implantado, era el PCE, el Partido Comunista de Santiago Carrillo.

          Sin embargo, aunque todas mis simpatías estaban con aquellos grupos clandestinos, no veía nada claro eso del comunismo. En primer lugar, porque el comunismo propone como forma de gobierno la “dictadura del proletariado”; y, vamos a ver, ¿por qué iba a desear cambiar una dictadura fascista por otra marxista? Lo que yo quería era ninguna dictadura, no un mero cambio de apellidos.

          En segundo lugar, ¿el comunismo funcionaba? Es decir, ¿esa ideología podía generar sociedades estables y funcionales? Los ejemplos con que contaba por aquel entonces invitaban al desánimo. Todos los regímenes comunistas se habían convertido en dictaduras; pero no proletarias, sino absolutamente personalistas (Stalin, Mao, Pol Pot, Ceaucescu, Tito, Castro, etc.). Y no estoy hablando de dictaduras paternalistas, sino de auténticos regímenes de terror, como demuestran las matanzas stalinistas, los jemeres rojos o la Revolución Cultural.

          En cuanto a la economía, la cosa no iba mejor. Todos los regímenes comunistas, sin excepción, sumieron a sus sociedades en la pobreza. Es cierto que la mayoría de los países que adoptaron el comunismo eran ya de por sí pobres, pero también es verdad que ninguno logró salir de la miseria aupado por el marxismo. Rusia, por ejemplo, jamás consiguió cumplir ninguno de sus famosos “planes quinquenales”. De hecho, para alimentar a sus ciudadanos tenía que comprarle trigo a Estados Unidos. La Unión Soviética se derrumbó porque su economía se colapsaba, sobre todo al intentar seguir la carrera armamentística de USA. En resumen: la economía dirigida no funciona.

          No obstante, allá por los 60 nada de esto estaba tan claro. La censura y el hermetismo de los regímenes comunistas impedía que se conociera la realidad de esas sociedades, mientras la propaganda oficial alimentaba la imagen del paraíso socialista. Además, toda la izquierda de occidente había adoptado el marxismo, y no hay peor ciego que el que no quiere ver.

          Pero los hechos acabaron imponiéndose. En agosto de 1968, las tropas del Pacto de Varsovia invadieron Checoslovaquia para acabar con las medidas liberalizadoras surgidas de la llamada Primavera de Praga. Y la izquierda occidental se quedó con el culo al aire. De repente, la Madre Rusia ya no era tan maternal.

          Luego... En fin, luego sucedieron muchas cosas. Entre ellas, que la verdadera historia de los países comunistas comenzó a salir a la luz. El propio PCUS acabó reconociendo las atrocidades de Stalin, y lo mismo sucedió en China con los desmanes de la Revolución Cultural. De repente, el paraíso socialista comenzó a oler a azufre.

          Finalmente, llegó la perestroika, cayó el muro de Berlín, se liquidó la Unión Soviética y los regímenes comunistas se fueron disolviendo, uno a uno, como azucarillos. De hecho, hoy en día sólo quedan cuatro países comunistas: China, Corea del Norte, Vietnam y Cuba (y convengamos que el de China es un comunismo bien raro).

          Recuerdo que a comienzos de los 90 estaba convencido de que el comunismo era una ideología muerta y enterrada. Incluso me daban un poco de penita los viejos dinosaurios del PCE, anclados en un tiempo que, en realidad, nunca existió. Sí, el comunismo se había convertido en un fósil, en una reliquia del pasado, en una idea puesta a prueba, fracasada y desechada.

          Al menos eso creía yo, porque ahora, de repente, me encuentro con una serie de políticos jóvenes –“la nueva política”- que se confiesan, más o menos orgullosamente, comunistas. ¿Cómo es posible? Porque no se trata de una discusión teórica, sino simplemente de leer la historia. Si todos los regímenes comunistas habidos hasta ahora han fracasado, ¿por qué iba a triunfar uno nuevo? Es que todos los intentos anteriores se hicieron mal, dicen, todos se apartaron de la ortodoxia y traicionaron a la revolución. Pero ellos lo harían bien, forjarían el auténtico comunismo.

          No es cierto. No hay forma de conseguir que el comunismo funcione, porque el comunismo parte de planteamientos equivocados. Buenas intenciones, idealismo, pero poco que ver con la realidad. Todos los países comunistas han derivado en totalitarismos, todos han rendido culto a la personalidad, todos han cometido atrocidades, todos han anulado la iniciativa privada, todos han reprimido las libertades. Y esto ha sido así porque todo ello forma parte consustancial del comunismo.

          Sin embargo, los nuevos políticos (o, al menos, algunos de ellos) se declaran comunistas, como si la historia del mundo acabara de empezar. Supongo que viven en un universo platónico, en una caverna de las ideas donde jamás consentirían que la realidad les estropease una buena teoría.

          O quizá sea más sencillo: se es comunista por un acto de fe. Eso situaría el comunismo en el apartado que le corresponde, el de las religiones. Una religión atea, pero religión en cualquier caso.

viernes, septiembre 2

Liberación


 
          ¿Ha sido éste el peor verano de mi vida? Probablemente. Al menos, no recuerdo ningún otro más chungo. Eso de romperse la cadera es una mala idea; no lo hagáis. Porque, ¡zas!, te pegas una costalada y de repente tu vida se reduce, se empequeñece, se estrecha. Yo, que me creía el rey del mundo, he visto mi imperio limitado a la superficie de mi hogar. E incluso en mi propia casa he topado con regiones inaccesibles, como por ejemplo la parte superior del frigorífico, imposible de alcanzar desde una silla de ruedas.

          Qué gran verdad es eso de que sólo valoramos lo que tenemos cuando lo perdemos. No le damos importancia a caminar, ni siquiera pensamos en ello; sencillamente, lo hacemos. Pero un día, como eres gilipollas, vas y te fracturas la cadera, y entonces comprendes que cada vez que damos un paso deberíamos entonar un himno de gratitud:

          ¡Gracias te voy a dar,
          oh divino hacedor,
          por poder caminar
          sin usar andador!

          Porque eso es lo que hago ahora, amigos míos: camino ayudado por un maldito andador, como una abuelita. El gran César, el tonante César, transformado en una versión achacosa de Maggie Smith. Estoy por comprarme un gato y una toquilla...

          En fin, que sí, que vale, que estoy mejor, ya me duele menos (salvo en las sesiones de rehabilitación, que me hacen mucha pupita), la fractura ha soldado bien y poco a poco voy recuperando movilidad, así que dentro de  un par de meses podré volver a bailar claqué. Pero me he quedado sin vacaciones y sin verano, coño. Desde este púlpito le advierto al fatum que está en deuda conmigo.

          No obstante, pese a mi maltrecha cadera, este verano ha ocurrido un suceso portentoso, algo que marcará mi vida para siempre jamás. Veréis, mi hijo Pablo, que está haciendo un master en Barcelona, ha venido a pasar el verano en casa. Pablo es tan bibliómano como yo, pero mucho más ordenado, y un día me arrancó la promesa de permitirle poner orden en mis librerías, Y eso es lo que hemos hecho: ordenar y expurgar dos de mis librerías: la enorme del salón y una de las dos de mi despacho (sólo ligeramente menos enorme).

          El resultado final: me he deshecho de veintitantas cajas llenas de libros, más de mil quinientos tomos. Al principio creía que se me iba a partir el corazón al desprenderme de mis adorados libritos, pero no, qué va; lo que he experimentado ha sido... liberación.

          Los bibliómanos (¿o bibliópatas?) somos como barcos. Y los barcos, ya lo sabéis, tienen que ir periódicamente al dique seco para que les raspen el casco, porque mientras están en el agua se les van adhiriendo moluscos, algas y toda suerte de bichos. Bueno, pues con los bibliómanos pasa lo mismo, solo que en vez de mejillones y lapas, se nos adhieren libros.

          Mientras revisaba mis librerías –cosa que no hacía, al menos a fondo, desde hace más de veinte años-, he descubierto la enorme cantidad de libros que tenía sin tener ningún motivo para tenerlos. Libros que ya había leído y no pensaba volver a leer, libros que no me gustaron, libros cuyo tema me interesó en algún momento, pero ya no, libros que ni dios sabe por qué los compré... Esos libros no hacían más que ocupar espacio y acumular polvo, pero yo los guardaba porque... bueno, porque soy un capullo.

          Pero ya está, he roto las cadenas (gracias a Pablo, justo es reconocerlo). Ahora ya no hay montones de libros sobre el suelo, y mi mesilla de noche ya no está atestada. Pero lo más importante es que ahora, si compro un libro, sé dónde ponerlo, ¡porque hay huecos libres en las librerías!

          Cielo santo, qué placer, qué liberación...

          Ahora sólo falta hacer lo mismo con mi colección de ciencia ficción. ¿Me atreveré? No sé, no sé... Hay tantos sentimientos entrelazados con esa colección, tanta dedicación, tantos recuerdos... Se me parte el corazón sólo de pensarlo... Sería como desprenderse de un hijo...

          ¿Veis cómo estoy loco?

 

miércoles, agosto 10

El perro



          Ayer recordé una cosa. En 2009 escribí El juego de los herejes, la segunda novela protagonizada por la detective Carmen Hidalgo. Cuando acabé el primer borrador y lo releí, advertí un error. Había escrito una introducción que no tenía nada que ver con el argumento de la novela. Era un pegote, así que lo eliminé. Pero no lo tiré.

          Porque esa introducción contenía una historia con principio y con final. Era un relato corto, un cuento. Lo archivé y durante siete años me olvidé del asunto. Hasta ayer, que, ignoro la razón, me vino a la cabeza. Pues bien, ya que no estoy para escribir muchas entradas, ¿por qué no colgar esa historia en el blog? Dicho y hecho: Voilà l'histoire.

          Pero antes, para aquellos que no sepan nada de Carmen Hidalgo, esto es lo que escribí hace años en Babel: “(...) Entonces se me ocurrió algo: ¿qué pasaría si mezcláramos a Almodóvar con Raymond Chandler? Y así, de pronto, surgió Carmen Hidalgo. Carmen, una mujer de clase media-media, ni guapa ni fea, tiene 35 años y estudió Derecho, aunque practicó poco tiempo esa profesión, pues se casó muy joven con Gonzalo, un ex-policía que montó, y puso a su nombre, una pequeña agencia de detectives, y que luego la engañó, estafó y abandonó. Así que Carmen se vio obligada a sacar adelante un negocio cargado de deudas junto con el que luego será su socio, un ex-ladrón de unos 60 años llamado Hermenegildo Astray, también conocido como Hermes entre sus amigos y como Dosdedos por el mundo del hampa. Carmen vive sola, tiene un concepto entre escéptico y filosófico de la existencia, y hace gala de un irónico sentido del humor. Esa es su parte chandleriana. Y luego está la faceta almodovariana: su familia. Porque Carmen tiene una familia enorme, desmesurada: ocho hermanos, dieciséis tíos, tropecientos primos, cuñados, sobrinos... un grupo de gente bastante folclórico, como por ejemplo su madre, doña Gloria, una mujer entrometida y mandona de la que Carmen procura mantenerse lo más alejada posible”.

          Como al principio la historia era una introducción, no tenía título. La he llamado El perro por razones obvias. Espero que os guste; pero si no es así recordad, como siempre digo, que es gratis.
 
 
           El Perro
           Una historia de Carmen Hidalgo
 
          Me llamo Carmen Hidalgo. Si te dijera a qué me dedico, si te confesara que soy un sabueso de alquiler, probablemente alzarías las cejas y me contemplarías con una mezcla de incredulidad, sorpresa e interés; al menos, eso es lo que la gente suele hacer. La ceja derecha la alzarías a causa de mi trabajo, con escepticismo, porque eso de “detective privado” suena irreal, un oficio literario cuya existencia cotidiana resulta, cuando menos, dudosa. La ceja izquierda la alzarías por mi sexo. ¿Una mujer detective privado? Venga, eso es demasiado; que un hombre se dedique a investigar por cuenta ajena ya es bastante raro, pero ¿una tía?... eso, sencillamente, es pasarse. Por último, superadas la incredulidad y la sorpresa, tu rostro se iluminaría con una expresión de interés; lo cual se debería, no lo dudes, a todas las novelas negras que has leído, a todas las películas policíacas que te has tragado mientras comías palomitas y le dabas sorbos a una Coca Cola mediante una pajita a rayas blancas y rojas. Sam Spade, Philip Marlowe, Lew Harper, Mike Hammer, Easy Rawlins, Charlie Parker, Pepe Carvalho... toda esa literatura, toda esa mitología, ha consolidado en tu mente la idea de que un detective privado debe de tener una vida apasionante, una existencia llena de riesgos, aventuras y emociones...
 
          Si quieres seguir leyendo, pincha ÁQUÍ
 
 

viernes, agosto 5

Los mejores planes...


 
          Si esto fuera un auténtico blog, una bitácora de verdad, o sea, un diario donde narro lo que hago y lo que me pasa, entonces haría semanas que os lo habría contado. Pero Babel, en general, no va de eso, aquí no suelo contar mi día a día, y sobre todo, procuro no hablar de las cosas malas que me ocurren. Pero ya mucha gente sabe lo que me ha pasado, así que os lo contaré.

          Como sabéis, el pasado 7 de julio me fui de vacaciones con Pepa, my wife. Tras detenernos brevemente en San Sebastián, pasaríamos unos días en Estella (Navarra), después otro poquito en Santander, y luego iríamos a Gijón, invitado por la Semana Negra, para concluir en Avilés, donde nos reuniríamos con nuestro hijo, Pablo y disfrutaríamos del Festival Celsius.

          Pero, como decía Robert Burns: Los planes mejor trazados de ratones y hombres / se tuercen a menudo / no dejándonos sino dolor y tristeza / en vez del prometido gozo.

          El nueve de enero, apenas dos días después de iniciar las vacaciones, estábamos en un hotel de Estella, el Tximista, construido, en plan moderno, en una antigua fábrica de harinas. Me levanté por la mañanita y abrí la ducha, dispuesto a proceder a mi ritual de aseo. Pero... Las habitaciones tienen las duchas con el plato justo a ras del suelo del cuarto de baño. Eso implicaría contar con un sumidero que tragase agua a toda velocidad. Lamentablemente, no es así, y en cuanto abres la ducha, el baño se inunda.

          Resumiendo: Aguardé a que el agua saliera caliente, con lo cual el baño comenzó a encharcarse. Me dispuse a entrar, pisé el charco que se había formado, resbalé, caí mal... y me fracturé la cadera. Me operaron al día siguiente en el hospital de Estella (ahora tengo un hierro en la pata). Una semana después me trasladaron a Madrid en una ambulancia. Ahora escribo esto sentado en una silla de ruedas, porque durante mes y medio no puedo pisar con la pierna chunga. Ay.

          Tranquilos, estoy bien. La operación fue un éxito, el hueso se está soldando primorosamente, mi familia –sobre todo Pepa- me cuida como a un pachá, alquilamos una moderna silla de ruedas eléctrica y tengo bastante autonomía, no me duele demasiado, me estoy viendo las siete temporadas de Hijos de la Anarquía y leyendo el Seveneves de Neal Stephenson, mis amigos me visitan con frecuencia. No me aburro (como solía decirles a mis hijos cuando eran pequeños: sólo se aburren los tontos). Lo único malo es la inmovilidad y la posterior rehabilitación. Nada grave, aunque sí coñazo.

          Pero hay un problema: Quería dedicar el mes de agosto a seguir escribiendo la segunda parte de La estrategia del parásito, cosa que en principio podría hacer tranquilamente. Pero, veréis, yo escribo al tacto; es decir, usando los diez dedos (nueve en realidad) y sin mirar el teclado. Eso implica que tengo que tener las manos en una posición determinada, siempre la misma. Lo malo es que los brazo de la silla de ruedas están muy altos y muy cercanos al cuerpo, lo cual me obliga a colocar las manos en una posición distinta, demasiado angulada. Y cometo errores cada dos por tres, lo cual no solo me hace bramar, sino que además me retrasa. Así que no creo que escriba muchas entradas durante el mes de agosto. Espero que cuando pueda pasar a mi silla de trabajo habitual recupere el ritmo.

          Entre tanto, feliz verano, merodeadores. Y no os preocupéis por mí; estoy bien, Besitos.

miércoles, julio 6

Periplo estival



            Queridos merodeadores de Babel: Este año voy a adelantar un poco mi periplo estival, que en esta ocasión transitará por tierras patrias. Por la auténtica patria, pardiez, porque Asturias es España y el resto, en fin, territorios reconquistados. El caso es que me han invitado a participar en la Semana Negra, así que a partir del 13 de julio me tendréis en Gijón junto a mi querida wife, la simpar y encantadora Pepa Álvarez. Antes nos daremos un garbeo por San Sebastián, Navarra y Santander.

            Luego, a la semana siguiente, a partir del 20, iremos a Avilés, donde nos reunimos con nuestro hijo Pablo, para asistir al Festival Celsius. Estuvimos el año pasado y disfrutamos tanto que hemos decidido repetir. Así que, como veis, vacaciones norteñas y frikis.

            Si queréis verme, ya sabéis por dónde voy a andar. Y si estáis hartos de mí –pasa mucho, no os culpo-, felicidades porque me vais a perder de vista un tiempo. Pero a cambio, en agosto volveré a dar la vara.

            Amigas, amigos, felices vacaciones.
 
 

martes, julio 5

Miscelánea política


            Los acontecimientos políticos de las últimas semanas requieren una sesuda y profunda interpretación. A falta de alguien inteligente que la haga, aquí van mis opiniones al respecto:

            Partido Popular. Lo que más me jode de los resultados obtenidos por el PP es que demuestran que Rajoy tenía razón. Su táctica era la acertada, no hacer nada, dejar pudrir la situación, quedarse ahí, paralizado, con cara de conejo deslumbrado por los faros de un coche. Al final resulta que el listo era él y nosotros los tontos.

            No importa la corrupción que, ya está claro, era y es consustancial al partido, no importa el progresivo desmantelamiento del estado del bienestar, no importan los recortes en derechos sociales, no importa el uso partidista del aparato del estado, no importan las mentiras, no importa el desmesurado aumento de la deuda pública, no importa la destrucción de los derechos laborales, no importa el incremento de la desigualdad... no, nada de eso importa. Votaremos al PP, ahora y siempre, porque: A) Pertenecemos a una clase elevada con gran poder económico, y la derecha defiende mejor nuestros intereses (vale, eso lo entiendo). B) Ehhh... Vamos a ver, al PP le han votado 7.906.185 personas. Está claro que en España no hay, ni remotamente, 7.906.185 ricos, así que la mayor parte de esos votantes son de clase media y baja. ¿Por qué esa gente, claros damnificados por las políticas del PP, le votan? Sólo se me ocurre una respuesta, pero no sería diplomático decirla.

            Podemos (Unidos Podemos). Es gracioso; los sabios de Podemos ya han dictaminado la causa de que su victoriosa coalición haya perdido más de un millón de votos: la campaña del miedo. Es decir, que la culpa ha sido de los votantes, que son unos caguetas, pero no de los líderes de la formación, que son listísimos.

            No, no, no, los bandazos ideológicos no tienen nada que ver. Ahora soy transversal, ni de izquierdas ni de derechas; ahora soy bolivariano y chavista; no, espera, soy comunista. ¿Y un poco peronista? Por qué no, si nadie sabe lo que es eso. Ojo, que también soy nacionalista. Ah, un momento, he tenido una revelación: lo que en realidad soy es, tachán, ¡socialdemócrata! Y para probarlo me alío con el PC y rindo sentidos homenajes a prestigiosos socialdemócratas como Julio Anguita o Arnaldo Otegi. ¿Quién en su sano juicio podría afirmar que esa ensalada ideológica ha tenido algo que ver con el tropiezo electoral de Podemos?

            Como evidentemente nada tiene que ver con eso la personalidad de su líder, que si quisiera aparcar el ego necesitaría un hangar de la NASA. Por amor del cielo, ¿para practicar el populismo es necesario ser tan cursi y tan melifluo? Unidos Podemos. La sonrisa de un país. ¿La sonrisa? ¿En serio?... No te jode, para sonrisitas estamos ahora.

            Genial, Pablo, genial. Impides un gobierno alternativo al del PP y fuerzas una repetición de las elecciones, para dar un buen sorpasso, adelantar al PSOE y convertirte en el partido dominante de la izquierda, y después forzar a los socialistas a que te apoyen para ser presidente de gobierno, y luego, con lo que hayas obtenido al vender la leche, comprarás una vaca, fabricarás quesos, y comprarás más vacas...

            Ciudadanos. Siempre he pensado que uno de los problemas de nuestro país era que todo el espectro de la derecha estaba concentrado en un solo partido. Por eso celebré la aparición de Ciudadanos, una derecha civilizada y moderna que quizá pudiera sustituir a los dinosaurios del PP. Desgraciadamente, el “voto útil” ha segado la hierba bajo los pies de Rivera.

            ¿Qué tiene de útil ese voto?, me pregunto. Votar al mal para cerrarle el paso a lo que consideras otro mal, lo mires como lo mires, es pactar con el demonio.

            PSOE. Hoy por hoy es un partido desunido y sin ideas, una formación anquilosada que es incapaz de conectar con las capas más jóvenes de la sociedad. Creo sinceramente que Pedro Sánchez no lo ha hecho tan mal... aunque también creo que no es un político de fuste. Pero, ¿hay algún socialista de fuste? La mejor colocada internamente es Susana Díaz, que es una populista de mierda. Si ella toma la riendas, el PSOE acabará convirtiéndose en un partido regionalista andaluz. Igual que el resto de las socialdemocracias europeas, la nuestra anda más perdida que un skinhead en unos juegos florales.

            Los votantes. Hay muchos tópicos acerca de los votantes. Por ejemplo: “Los votantes quieren que haya pactos”. Mentira; cada votante quiere que su opción gane por mayoría absoluta; lo de los pactos es un accidente estadístico. Otro ejemplo: “Los votantes nunca se equivocan”. No, claro; los alemanes no se equivocaron ni un pelo al votar en 1933 al NSDAP...

            Casi ocho millones de personas han votado a un partido corrupto hasta la médula. Pero quien vota a corruptos, a sabiendas de que lo son, ¿no se convierte en cómplice de la corrupción? Si los demócratas no castigan a los que ejercen la política como una forma de delincuencia, ¿son realmente demócratas? La democracia es, en un 99 %, ética; si los votantes no son éticos, la democracia se convierte en una burla. ¿Voto del miedo? No, voto de la vergüenza.

            Algo más de cinco millones de personas han votado a Unidos Podemos. Es el voto del hartazgo y del cabreo. Los votantes de Podemos son, en gran parte, jóvenes urbanos con buena formación académica. Es decir, aquellos a los que se les ha hurtado el futuro, los más maltratados por la crisis. Quieren un cambio, pero no tienen un modelo hacia el que cambiar. Su voto es un voto a la contra, un voto indignado. ¿Sirve eso para construir algo? Y si es así, ¿qué? ¿Alguien lo sabe? Esos cinco millones de votantes se merecen algo mejor.

            Los ingleses. Siempre me gustaron los ingleses, siempre me fascinó Inglaterra. Creo que eso se debe a que mi primer gran mito literario, cuando era un crío, fueron las historias de Guillermo Brown. Adoro a los narradores ingleses, a sus humoristas, me gusta la cultura de ese país, su música, su cine, su mitología...

            Pero algo se está torciendo en mi interior últimamente. Hace tres años me invitaron a visitar Eton, quizá el colegio más exclusivo del mundo. Fue fascinante y, al tiempo, estremecedor. Aquello era una especie de sociedad secreta de privilegiados, un criadero de amos del universo. El año pasado Pepa y yo recorrimos Irlanda, y descubrimos sobre el terreno las muchas y terribles atrocidades que los ingleses cometieron allí. Y así, poco a poco, mis sentimientos hacia los ingleses han ido cambiando. Sigo amando a la Inglaterra literaria, pero la Inglaterra real... en fin.

            Y ahora los muy capullos votan salir de la Unión Europea. Por miedo a los emigrantes y porque les resulta imposible aceptar que ya no son un imperio. En su ensayo Las leyes fundamentales de la estupidez humana (Allegro ma non troppo), Carlo M. Cipolla afirma que el grado máximo de estupidez se alcanza cuando alguien hace algo que daña a los demás y le daña a él mismo. En tal caso, David Cameron es uno de los gilipollas más grandes de la historia. Y los que votaron el brexit también.

           

lunes, junio 13

Tsundoku



            Sabes que hay un problema en el interior de tu cabeza cuando no solo haces algo absurdo, sino que además descubres que ese acto absurdo tiene nombre. Estás loco y, además, clasificado.

            Eso me sucedió el otro día charlando con mi hijo pequeño, Pablo. ¿Os he hablado de él? Tiene 25 años y es quizá el joven más culto que conozco. Además es enorme; mide 1’98 de altura y es fornido como un leñador canadiense. Según dice todo el mundo, se parece mucho a mí.

            Pablo, lector voraz, posee una sorprendente y extensa cultura, así que con frecuencia se convierte en una fuente de datos curiosos. Actualmente vive en Barcelona, donde está acabando un máster en gestión cultural. El caso es que la otra semana vino a Madrid para pasar unos días de vacaciones. Pues bien, estábamos los dos sentados en mi desordenado despacho, sobre cuyo suelo se alzan varias pilas de libros cuando, de pronto, Pablo se fijó en uno de los montones y dijo:

            -Pero si esos son los libros que te compraste en Navidad...

            No se refería a la pasada Navidad, sino a la anterior, la de hace año y medio. En efecto, ahí estaban (y están) los libros que compré, amontonados y sin leer. Pablo me miró, sonriente, y comentó:

            -¿Sabes que en japonés hay una palabra para definir lo que tú haces?: Tsundoku. Significa comprar libros para luego amontonarlos y no leerlos.

            Qué cabrones los japoneses de los cojones, pensé. Me han pillado, anillado y catalogado. Aunque, por otro lado, me sentí menos solo, porque si a algo le ponen nombre eso significa que se trata de un fenómeno compartido. Otra cosa es si formar parte de una tribu de pirados constituye un buen motivo para enorgullecerse o, tan siquiera, consolarse.

            Bien, en descargo diré que mi sobreabundante compra de libros se debió, en parte, a lo que podríamos llamar “automatismo irreflexivo”. Veréis, hace, digamos, treinta años, yo leía muchas más novelas que ensayos. Pero eso fue cambiando poco a poco y, al cabo de un tiempo la situación se invirtió. Por desgracia no me di cuenta, y seguí comprando novelas por puro automatismo, como si las leyese al mismo ritmo que antes. Además, suelo leer tres o cuatro ensayos al tiempo, pero sólo una novela a la vez, así que los textos de ficción fueron acumulándose, vírgenes, en los estantes de mis librerías.

            Afortunadamente, hace cinco años inicié una dieta libresca y reduje al máximo la ingesta de proteínas de ficción. Pero el daño ya estaba hecho, con mi casa llena de michelines literarios. Pero eso es otra historia. El caso es que al tener que afrontar de forma científica una dieta libresca, no me quedó más remedio que analizar el impacto de los libros sobre mí a la hora de comprar, o haberlos comprado. No me refiero a los libros por su calidad, ni por su temática, ni por si son ficción o no, sencillamente los clasifico en base a la impresión que me producen, por los motivos que sean. Lo he reducido a diez categorías (mira qué bien, un decálogo).

            1. Libros espasmódicos.- Son aquellos que me interesan tanto que no solo los compro nada más verlos, sino que además me pongo a leerlos al instante, abandonando todo lo que tenía entre manos. Luego a lo mejor los dejo a las cincuenta páginas, pero de entrada me atrapan.

            2. Libros imperiosos.- Me interesan mucho y los compro, pero sigo leyendo lo que estaba leyendo y pongo la nueva adquisición en la “pila de los pendientes inmediatos”. Pero luego puede que ponga otro encima, y luego otro...

            3. Libros categóricos.- Los compro porque tengo que comprarlos, porque me gusta su autor, o porque me interesa el tema, o porque me han hablado bien de ellos, pero realmente no tengo mucho interés en leerlos. Esos libros son firmes candidatos al tsundoku.

            4. Libros insinuantes.- Los veo en las librerías, me llaman la atención, los hojeo, dudo, y no los compro. Luego, más adelante, vuelvo a verlos, y los muy cabrones se contonean lascivamente ante mí, tentándome, y yo intento resistirme... y a veces lo consigo, y a veces no. Cuando caigo en la concupiscencia literaria y los compro, o los leo al instante o me cabreo y los condeno al olvido.

            5. Libros curiosos.- Son libros que no sirven para nada y que jamás voy a leer,  pero que son tan raros y absurdos que me fascinan. Escogiendo al azar unos pocos ejemplos de mi biblioteca: Cómo construir una bomba nuclear (y otras armas de destrucción masiva), de Frank Barnaby. Manual de ofensas y desafíos, de Eusebio Yñiguez. O ¿De quién es esta mierda? Guía de bolsillo para identificar las heces, de Matt Pagett. ¡Por amor del cielo, cómo no voy a comprar un libro que enseña a distinguir las cagadas de toda suerte de bichos, desde un águila hasta un wombat! Vale, no tengo ni idea de qué es un wombat, pero sé cómo caga. Acabo de ver una foto.

            6. Libros nopierdasoportunitas.- Vas y ves un libro que, en principio, no te interesa. Pero barruntas que en un futuro puede llegar a interesarte, o a serte útil; no estás seguro, pero quién sabe... Por otro lado, eres consciente de que ese libro, igual que ocurre con la mayoría de los libros, desaparecerá de las librerías dentro de, como mucho, un par de meses, luego se descatalogará y no volverás a verlo en tu vida. ¿Qué haces? Pues comprar el puñetero libro nopierdasoportunitas y tsundokuarlo.

            7. Libros documentalistas.- Es una variante de lo anterior, pero aplicada a escritores. Como novelista, debo con frecuencia documentarme sobre un sinfín de cosas. Y muchos de esos temas de documentación son repetitivos, así que tengo libros que, eventualmente, los solucionan. Por ejemplo, atlas histórico-geográficos; historias de la moda, los muebles, las armas, la arquitectura o el diseño, enciclopedias del ejército, el espionaje o las artes marciales, un Tratado de Castellología, una historia de la máquinas, otra de la artesanía, manuales de supervivencia, de arqueología o cetrería, una enciclopedia de juegos, La edad de oro de las diligencias, El lenguaje de las flores... La mayor parte de esos libros solo los habré consultado una o dos veces en mi vida. Algunos nunca. Pero me viene bien tenerlos.

            8. Libros coleccionables.- El ejemplo perfecto es mi colección de ciencia ficción. Comencé a hacerla cuando tenía 13 años y la dejé unos 30 años después. Tengo varios miles de volúmenes; hace tiempo que renuncié a saber cuántos. Bueno, pues aunque llevo más de veinte años sin coleccionar cf, suelo comprar de cuando en cuando algún que otro libro del género, aún a sabiendas de que no voy a leerlo. Supongo que para no dar del todo por muerta a mi colección. En cualquier caso, la mayor parte de esa colección es un enorme tsundoku. Lo malo es que no solo se trata de cf; también colecciono (¿acumulo?) libros de escritores sobre técnica literaria, ensayos sobre cómics o diccionarios raros.

            9. Libros incomprensibles.- También llamados Libros P.Q.C.H.C.E. (¿Por Qué Cojones Habré Comprado Esto?). Son esos libros que te encuentras en tu librería, que recuerdas vagamente haber comprado, pero que no te interesan un pijo. Estás seguro de que hubo un motivo para comprarlos, pero ¿cuál?

            10. Libros nonepossibiles.- Un día los encuentras perdidos en alguno de tus estantes y exclamas horrorizado: “¡Yo no puedo haber comprado esto! Me lo tienen que haber regalado...”. En efecto, no solo no recuerdas haber comprado ese libro, sino que no concibes que en algún momento, por muy obnubilado que estuvieses, tuvieras el más mínimo interés en comprarlo. Suelen regalarme libros. Por ejemplo, tengo por ahí una enorme biografía de Franco que no sé de dónde leches habrá salido. Pero no me deshago de ella, así de enfermo estoy.

            Supongo que habrá más categorías, pero contemplando simplemente éstas, lo que me extraña es no tener aún más libros en casa. Aunque también habría que analizar las causas primarias que conducen al tsundoku. Pero eso en otra ocasión.

            Ahora lo que me pregunto es si el tsundoku no es más que una variante ilustrada del Síndrome de Diógenes. Si es así, me temo que debería ir a urgencias, pero ya.

viernes, junio 10

jueves, junio 2

Firmas



            No recuerdo cuándo fue la primera vez que fui a la Feria del Libro de Madrid. Supongo que me llevarían mis padres cuando era niño, pero no lo sé con exactitud. Tampoco recuerdo cuándo empecé a ir por mi cuenta, aunque imagino que tendría catorce o quince años, e iba allí sobre todo para pillar libros de ciencia ficción.

            Pero sí recuerdo la primera y última vez que fui a la Feria a firmar. Fue en 1996;  por aquel entonces había publicado El círculo de Jericó y acababa de ganar por primera vez el Premio Edebé, pero lo cierto es que no me conocía ni dios. Era por la tarde y hacía mucho calor. Firmé muy pocos libros, como es lógico, pero lo verdaderamente malo fue que, justo dos casetas a mi izquierda, estaba firmando Pérez Reverte. La cola de gente que había frente a su caseta se perdía en lontananza, mientras que frente a la mía se abría un desolador vacío.

            Deprimente, pero al menos aquella pérdida de tiempo me sirvió para pensar. Me pregunté dos cosas: ¿Qué coño hago yo aquí? y ¿Para qué sirve esto? La respuesta a la primera pregunta fue: “nada”; y a la segunda: “para nada”.

            En efecto, las firmas no promocionan los libros, porque la inmensa mayoría de quienes acuden a que les firmes ya son lectores tuyos. Tampoco sirve para que te conozcan los lectores, porque ¿qué demonios van a conocer en el escaso tiempo que lleva plasmar una dedicatoria? Entonces, ¿qué sentido tiene ese rollo de firmar libros?

            Bueno, supongo que forma parte del atractivo de la Feria. No el hecho de que te firmen un ejemplar, sino ver en persona a autores que por lo general no ves en ninguna parte. Supongo que eso tiene alguna clase de atractivo, aunque a mí, personalmente, me interesan las obras, no los escritores.

            Ahora bien, ¿qué interés tiene la firma de libros para un autor? ¿Qué le aporta? Hablando con amigos editores, descubrí que muchas autores consideran una ofensa que la editorial no les invite a la Feria. Exigen ir a la caseta y se tiran ahí una o dos horas sin firmar prácticamente nada, porque nadie les conoce. Y al año siguiente, aunque la perspectiva se me antoja deprimente, insisten en hacer lo mismo. ¿Por qué?

            Un amigo editor me explicó lo siguiente: Pongamos a alguien que ambiciona dedicarse a la literatura (llamémosle Pepe). ¿Cuál sería su primer paso para convertirse en escritor? Escribir, claro. Pero eso no basta; cualquier idiota puede escribir (de hecho, muchos lo hacen). El verdadero paso es publicar, ése es el bautismo del literato. Bien, una vez que ha publicado, Pepe comprueba que su libro está mal distribuido y no se encuentra en ninguna parte; o está bien distribuido, pero desaparece de las mesas de novedades al poco tiempo. El libro no tiene ningún éxito comercial (como el 99 % de los libros), y Pepe se frustra. No ha conseguido el éxito que ambicionaba... pero ha publicado, es escritor. Y quiere sentirse escritor. Así que busca la consagración: firmar ejemplares en la Feria. Porque si firmas en la Feria, eres escritor, ¿no? Es una especie de reconocimiento oficial.

            ¿Así que todo se reduce al ego? He comprobado muchas veces que a los escritores se nos contempla con un punto de... ¿admiración? ¿reverencia? ¿asombro?... es como si fuéramos especiales, como si estuviéramos dotados de una especie de magia que nos situara por encima de los demás. Sé que hay escritores que eso les gusta. A mí me incomoda, y siempre que me reúno con lectores me esfuerzo en demostrar que soy una persona normal y que mi trabajo, si bien infrecuente, es un trabajo como otro cualquiera. Pero ante esa actitud de reverencia es fácil caer en la tentación de creérselo y envanecerse, Soy escritor... ¡wow!

            De hecho, y creo que ya lo he comentado alguna vez, escribir, o realizar cualquier otra actividad creativa, contiene el germen de la vanidad. La vanidad de presuponer que lo que inventas va a interesarle a alguien. Ya sabéis, los escritores escribimos para que nos quieran. Entonces, ¿el afán de firmar es mera vanidad?

            No necesariamente; al menos, no del todo. Puede que algunos acudan a firmar como una especie de fiesta, como un alegre encuentro literario, como una forma de compartir con otros los mismos intereses. O por mera curiosidad, o por cualquier otra razón. Es posible, pero no es mi caso. Ya firmo demasiados libros al año después de cada charla o cada encuentro, no necesito ir a la Feria. Como firmante, claro, porque como visitante no me la pierdo.

            Durante los últimos, digamos, 45 años creo que sólo he dejado de asistir una vez, en 2007, por enfermedad. Me encanta ir a la Feria por la mañana y recorrerla despacio, tomar un granizado de limón a medio camino, charlar con los amigos libreros y editores que me voy encontrando. Es para mí uno de los momentos más agradables del año.

            Y creo que esa es la principal razón por la que no me gusta ir a firmar: porque eso pervierte de algún modo –para mí- el encanto de la Feria. Mis libros son trabajo, y no quiero ir a la Feria a trabajar. No quiero ser actor del evento, sino espectador.

            Por lo general, suelo ir a la Feria el día de mi cumpleaños. Es el regalo que me hago a mí mismo. Pero este año he ido antes, el pasado 31 de mayo, porque mi hijo Pablo ha venido a pasar unos días a Madrid (está estudiando en Barcelona), le apetecía ir y le acompañé.

            He comprado cuatro libros (tres y un cómic): Las chicas de campo, de Edna O’Brian, para regalárselo a Pepa, mi mujer; Vida y destino, de Vasili Grossman, que es un tocho enorme y no sé si al final me lo leeré; Material sensible, una antología de relatos de Neil Gaiman. Y el cómic: Crónicas de Jerusalén, de Guy Delisle.

            Y ahora ahí los tengo, delante de mí, como tres promesas de amor eterno (desde luego, el de Grossman es eterno). Eso es lo bueno de la Feria del Libro, que te puedes traer un cachito a casa. Feliz Feria amigos.

           

lunes, mayo 23

Crononautas, aliens y otras hierbas

 

            En la anterior entrada surgió, no sé muy bien cómo, una interesante charla sobre viajes en el tiempo y paradojas. Se trata de uno de los temas básicos de la ciencia ficción (cf)... aunque, ahora que lo pienso, yo nunca he escrito un relato de esa temática. Bueno, casi, porque mi novela El coleccionista de sellos trata, no de viajar en el tiempo, sino de mandar mensajes al pasado y modificar la historia.

            Para darnos cuenta de la importancia de este subgénero de los viajes temporales, basta con considerar que la primera novela de H. G. Wells, el padre de la cf, fue precisamente La máquina del tiempo (aunque la primera historia de máquinas del tiempo, El anacronópete, la escribió un autor español Enrique Gaspar en 1887, ocho años antes de que Wells publicara su novela).

            Hay, no obstante, otras temáticas de la cf tan básicas como los viajes temporales. Así, de memoria, se me ocurren los siguientes: Viajes espaciales. Universos paralelos. Apocalipsis. Poderes mentales. Mutantes. Inteligencia Artificial/Robótica. Alienígenas. Ucronías. Distopías. Transhumanismo. Inmortalidad. Superciencia. Divinidad. Futuro lejano.

            Creo que éstas son las temáticas principales; es decir, las que conforman el núcleo básico del género. Hay otras, claro, pero son, por decirlo así, temáticas compuestas, como el space opera o el cyberpunk. En cualquier caso, hay que hacer algunas aclaraciones. En primer lugar, ¿por qué incluyo la Divinidad como temática de cf? Pues porque, según y cómo lo mires, Dios puede ser un concepto de cf (la teología es una rama más de la literatura fantástica, Borges dixit). Y no solo eso; Dios es un concepto frecuentemente explorado por la cf, y basta con recordar 2001: Una odisea del espacio.

            Por otro lado, cabría preguntarse si las ucronías y las distopías son realmente ciencia ficción. Hay opiniones para todos los gustos, pero yo diría que por tradición, sí. También cabe plantearse si alguna de esas temáticas no es más fantasía que cf. Por ejemplo, los poderes mentales. Durante un tiempo se creía que eso de la percepción extrasensorial tenía una base científica, así que la cf la usaba con frecuencia (por ejemplo en La Fundaciones de Asimov o en Muero por dentro, de Silverberg). Pero ahora sabemos que eso de la telepatía, la telequinesis o la precognición no son facultades reales.  No existen, así que serían magia, no ciencia.

            Igual sucede con el viaje en el tiempo. Estoy convencido de que es imposible trasladarse al pasado y actuar sobre él. ¿Por qué? Pues porque en cuanto te planteas el viaje al pasado, descubres que las paradojas crecen como hongos. Y las paradojas encajan mal con la realidad. Son una señal de algo no marcha bien con la lógica que estás empleando; como cuando en una operación matemática empiezan a aparecerte infinitos. Además, dado que la única forma de generar una ucronía sería viajar en el tiempo y alterar la historia, y como viajar en el tiempo es imposible, entonces las ucronías no son posibles. No obstante, como el mecanismo de la cf es la plausibilidad, no la realidad, y también por tradición, aceptamos que las máquinas del tiempo, los poderes mentales y las ucronías son cf (aunque, sensu stricto, deberían ser fantasía). Por lo demás, el resto de las temáticas entran en el ámbito de lo posible (sí, incluida la divinidad; o, más bien, ciertas formas de divinidad).

            Como buen friki de la cf que he sido (y en parte sigo siendo) muchas veces me he preguntado qué acontecimiento de cf me gustaría vivir. O, dicho de otra forma, qué temática de cf me gustaría protagonizar. Bueno, supongo que todos elegiríamos la inmortalidad. Lo que pasa es que, para darte cuenta de que eres inmortal, ha de pasar bastante tiempo. Además, se trata de un don con facetas oscuras (como por ejemplo que se vaya muriendo toda la gente a la que quieres mientras tú sigues fresco como una lechuga).

            Viajar en el tiempo molaría un huevo. Entre otras cosas, porque podrías forrarte apostando. Pero dejando aparte eso, sería fabuloso visitar el Stonehenge de hace cuatro mil años, o el Imperio Romano en su apogeo, o el Egipto de los faraones... También sería cojonudo poseer poderes mentales, adivinar el futuro, leer la mente o ponerte cabrón en plan Carrie. Lástima que ni el viaje en el tiempo ni los poderes mentales existan.

            Viajar por el espacio también estaría bien. Visitar otros planetas, otras estrellas... Aunque me temo que esa clase de viajes consistiría, básicamente, en quedarse encerrado en la nave sin poder salir. Desplazarse a universos paralelos, sin embargo, no me parece del todo atractivo. La realidad alternativa puede ser de cualquier manera (de hecho, será de todas las maneras posibles), y pudiera ser que te tocara un universo paralelo de lo más coñazo. ¿Os imagináis caer en una realidad poblada por clones de Rajoy? Tampoco tengo especial interés en ver a un mutante, ni en conocer la humanidad de dentro de, pongamos, 20.000 años. ¿Cómo sería? Pues incomprensible. Y, por supuesto, ni la menor gana de enfrentarme a cualquier forma de divinidad.

            Así pues, si tuviera que elegir una temática de cf para vivirla, creo que escogería a los alienígenas. ¿Os habéis parado a pensar en nuestra soledad como especie? No conocemos a ningún ser semejante a nosotros, no compartimos con nadie aquello que nos singulariza: la inteligencia. La raza humana es un monólogo sin diálogo posible. Por eso, creo que descubrir la existencia del “otro”, del alienígena, supondría un inmenso cambio cultural y personal. Dejaríamos de estar solos.

            Aunque, claro, los aliens pueden venir en plan hjijoputa, a lo Independence Day. O, más probablemente, serían totalmente incomprensibles. Pero da igual (me refiero al segundo caso, no al primero); el mero hecho de saber que existen ya sería maravilloso. Además, teniendo en cuenta que los alienígenas, si han llegado hasta aquí, han de poseer una tecnología fabulosa, igual nos invitan a viajar por el tiempo y el espacio, y a trasladarnos a universos paralelos, y puede que nos proporcionen poderes mentales, o que nos hagan inmortales... ya puestos, podrían convertirnos en Linterna Verde. Como veis, esta elección sería un “todo en uno”.

            Ahora bien, si me olvido de los cómics e intento contemplar el asunto de forma adulta (si es que hay alguna forma adulta de contemplar este asunto), ¿de qué temáticas de cf estamos más cerca ahora, en nuestra actual sociedad? Pues yo diría que de la inteligencia artificial y la robótica. Pero también de la distopía y del apocalipsis. ¿O soy demasiado pesimista?

viernes, mayo 13

Espías y Vikingos



Ante todo, mis disculpas queridos merodeadores, porque últimamente he desatendido mucho el blog. Pero es que estoy muy, pero que muy liado, y por todas partes. Entre otras cosas, no paro de dar charlas, tanto en Madrid como fuera de Madrid. Ay, señor, señor... Si lo que yo sé hacer es escribir, ¿qué interés tiene oírme hablar? Satisfacer la curiosidad, supongo. “¿Cómo será el capullo que ha escrito ese libro?”. Pues calvo y viejo. Pero, eso sí, grande y con unos preciosos ojos azules.

            El caso es que, entre unas cosas y otras, no he tenido tiempo de escribir; ni novela, ni relato, ni artículos, ni posts, ni nada. Lo que me provoca a partes iguales culpabilidad y frustración. Ahora debería continuar mi anterior post sobre la fe, pero no me apetece un pijo, así que vamos a hablar de algo más ligero. De series de TV, por ejemplo. A fin de cuentas, acaba de estrenarse la sexta temporada de Juego de Tronos, lo que hoy en día constituye un auténtico acontecimiento mundial (un acontecimiento que sólo algunos estrenos cinematográficos, muy pocos, pueden igualar. Cómo ha cambiado la tele, ¿eh?).

            Vale, Juego de Tronos es una serie inteligente, y espectacular, y está hecha de cojones, y los diálogos son brillantes, y las situaciones imaginativas, y los actores están muy bien... pero, lo confieso, tengo la sensación de que esa serie no hace más que girar sobre sí misma, generando un efecto centrífugo que escupe cadáveres y no parece conducir a ninguna parte. Entendedme, Juego de Tronos me divierte, pero empiezo a preguntarme por qué. Da igual; sobre JdT ya escribe mucha gente y yo quiero hablar de un par de series menos conocidas.

            La primera es The Americans, creada por Joe Weisberg para Amblin y Fox, y protagonizada por Mathew Rhys y Keri Russell. Va de una típica familia norteamericana –papá, mámá, una hija y un hijo- que reside en los años 80 a las afueras de Washington, donde tienen una agencia de viajes. Una familia enteramente normal salvo por un pequeño detalle: papá y mamá –Philip y Elizabeth- son, en realidad, agentes encubiertos del KGB. Espías soviéticos.

            Lo interesante de la serie es que está narrada desde el punto de vista de los espías. Hay otras dos subtramas, una centrada en el entorno ruso y otra en el del FBI, pero los protagonistas absolutos son Philip y Elizabeth, y con ellos empatiza el espectador. Es decir, con los malos. ¿O no son los malos? Desde luego, no son unos angelitos: manipulan, roban, chantajean, seducen, mienten y, si hace falta, asesinan. Pero, ¿son malos o simplemente cumplen con su deber? Si en vez de espías rusos en Estados Unidos fuesen espías estadounidenses en Rusia, ¿serían los malos? En ese punto de ambigüedad moral se mueve la serie, y ahí reside gran parte de su interés. En fin, sigue habiendo cierto maniqueísmo, los soviéticos son malos, pero no mucho peores que los miembros del FBI.

            La segunda serie es Vikingos, creada por Michael Hirst para el canal Historia. ¿Qué tiene de bueno esa serie? Pues su mismo título lo dice: trata sobre vikingos. ¿Os parece poco? Porque, vamos a ver, no sé si sucede lo mismo con las chicas, pero ¿a qué tío no le gustan los vikingos? Son uno de los grandes arquetipos de la infancia, son sinónimo de épica y aventura, son leyenda en estado puro. ¿Quién no ha soñado de niño con navegar a bordo de un drakkar? ¿Cómo no estremecerse de placer al oír una frase tan contundente como “¡Dios nos libre de la furia de los normandos!”?

            Hasta ahora, el mejor producto audiovisual sobre los Hombres del Norte era el film Los Vikingos (1958), de Richard Fleisher, con un maravillosamente cabreado Kirk Douglas, un feroz Ernest Borgnine, una preciosa Janet Leigh y un blandorrillo Tony Curtis. Una película excelente, por cierto.

            Vikingos, la serie, está más o menos basada en un personaje medio histórico, medio legendario, el líder normando Ragnar Lodbrok, que en el siglo IX se dedicó alegremente a saquear Inglaterra y Francia. No se trata de un documental, sino de una serie de ficción, pero está extraordinariamente documentada, tanto en los aspectos históricos como en los antropológicos.

            Tampoco es una serie amable. El prota es -como eran todos los guerreros en aquella época- extremadamente cruel, y para comprobarlo basta con ver el capítulo donde somete a uno de sus rivales a una tortura llamada “Águila de Sangre” (pone los pelos de punta). Además, el actor que lo interpreta, Travis Fimmel, consigue parecer en todo momento un psicópata. No se trata, ni mucho menos, de una de esas ficciones históricas en las que a los personajes se les adjudican personalidades modernas. No, ahí todo el mundo es consecuente con su época, y todos parecen a punto de matar a alguien (cosa que hacen con frecuencia).

            Pero, sobre todo, Vikingos es, probablemente, la mejor serie de aventuras que se ha emitido por TV en mucho tiempo. Si no te gusta, me temo que tu niño interior está pachuchillo.