lunes, noviembre 21

Grosería

Resultado de imagen de grosería
 
          Los espejos no nos muestran la realidad, sino una versión idealizada de lo que somos. Cuando nos miramos al espejo, sin darnos cuenta, siempre adoptamos una postura determinada, con el ángulo adecuado para disimular la barriguita, la papada, la narizota o la escasez de busto, y para resaltar nuestros bonitos ojos o nuestras delicadas orejas. No somos nosotros, sino nuestro mejor punto de vista; aquel que oculta los defectos y potencia las virtudes. Bueno, pues cuando nos miramos por dentro, cuando reflexionamos sobre lo que somos, igual.

          ¿Cuánta gente se intenta ver a sí misma como realmente es? Muy, pero que muy poca. Las personas suelen tenerse en muy alta autoestima y les cuesta muchísimo reconocer sus defectos. No queremos la verdad sobre lo que somos, sino fantasías masturbatorias. Si metemos la pata, la culpa siempre es de otro; si le hacemos algo malo a alguien, se lo merecía; si la cagamos estrepitosamente es porque las instrucciones eran erróneas o porque estábamos mal aconsejados. Nunca tenemos la culpa de nada.

          En consecuencia, cada vez es más infrecuente pedir perdón, como si hacerlo fuera un signo de debilidad. Pero es al contrario; la debilidad está en negarte a pedir disculpas cuando haces algo mal, porque eso demuestra la fragilidad de tu ego.

          ¿A qué se debe esto? No lo sé a ciencia cierta. Quizá a un complejo de inferioridad mal procesado, o a una excesivo culto al individualismo... O a todas esas estúpidas ideas que nos mete en la cabeza la sociedad de consumo. “Quiérete a ti mismo”. “Puedes conseguir lo que quieras”. “Te mereces lo mejor”. “Eres único”... En fin, cuando el centro del universo eres tú mismo, ¿qué importan los demás?

          Como es natural, esa actitud acaba permeando a toda la sociedad y nos ha convertido en una nación de maleducados. ¿Sólo a los españoles? No lo sé; desde luego, los franceses (dejando aparte a los parisinos) son más educados que nosotros, por no hablar de los nórdicos, que son el colmo del civismo. Pero no he estado en todas partes, así que no lo sé. En realidad, tampoco sé si se da por igual en toda España, si hay diferencias entre grandes ciudades y pueblos, o entre regiones. Lo único que puedo afirmar con seguridad es que las cosas son así en Madrid...

          Aunque, ahora que lo pienso, eso no es verdad. Entre las causas de nuestra grosería falta una muy importante: el ejemplo. Si observamos a nuestros políticos, ¿qué vemos? Gente que miente e insulta, gente que no escucha, gente que grita en vez de argumentar. ¿Y en los debates? Tres cuartos de lo mismo, igual que en las tertulias del corazón. No hay debate; hay griterío.

          Una buena prueba de nuestra impertinencia es la degradación del lenguaje público. Y no me refiero sólo a lo mal que se expresan nuestros supuestos comunicadores, sino al uso y abuso de lenguaje grosero, de palabras malsonantes. No tengo nada contra los tacos en el habla cotidiana. Yo mismo soy jodidamente malhablado. También he empleado tacos en mis novelas, pero sólo en los diálogos (para reproducir el habla cotidiana y/o marcar la personalidad del personaje). Pero los tacos tienen su momento y su lugar, y no deberían tener cabida en la comunicación pública.

          Sin embargo, cada vez oigo a más locutores usar alegremente palabrotas. ¿Por qué? ¿Creen que así son más naturales y cercanos? Pues no, lo que son es más groseros.

          Hace no mucho vio un anuncio de TV (no recuerdo qué anunciaba) donde, como gancho, se valoraba nuestra idiosincrasia española. Entre otras cosas, decía más o menos: ¿Que si los españoles gritamos? Pues sí, gritamos, porque ésa es nuestra forma de expresarnos... Y al que no le guste, que se tape los oídos, ¿no? Qué bien está eso de convertir los defectos en señas de identidad. Somos así y no tenemos el menor propósito de mejorar.

          Con estos ejemplos, ¿qué se puede esperar?

          Nada bueno, amigos míos; nada bueno.

lunes, noviembre 7

Premio Ignotus

Resultado de imagen de premios ignotus
 
          El sábado por la noche me guasapeó mi hijo Pablo para comunicarme  que yo había ganado el Premio Ignotus de novela corta. Para los que seáis poco frikis, esto es lo que dice la Wikipedia: “El Premio Ignotus es un galardón literario instaurado en 1991 que otorga anualmente la Asociación Española de Fantasía, Ciencia Ficción y Terror (AEFCFT) a autores españoles y extranjeros. Busca ser un equivalente al Premio Hugo estadounidense para España y toma su nombre del seudónimo con el que firmaba sus obras, a principios del siglo XX, el escritor José de Elola. Se otorga a las obras publicadas en España durante el año que hayan sido preseleccionadas por sus propios asociados y distingue varias categorías”.
          Yo era candidato en tres de esas categorías: Mejor antología (Trece monos, Fantascy 2015), Mejor novela corta (Naturaleza humana, publicada en Trece monos) y mejor cuento (Fiat tenebrae, también en Trece monos). Mi buen amigo Juanma Santiago, uno de los tíos que mejor conoce la ciencia ficción española, fue profético en su blog augurando el futuro que aguardaba a mis candidaturas. Dijo que ganaría indiscutiblemente con la novela corta; que perdería el de antología, porque nunca ganan antologías de un solo autor, y también el de cuento (no recuerdo por qué, pero seguro que tenía razón). Y así ha sido.
          Naturaleza humana es una distopía y un thriller sobre un telón de fondo de space opera. La acción sucede en el año 2189. Desde hace más de un siglo, la humanidad está en guerra con una especie alienígena, los skorpys. Todos los países de la Tierra se han unido para formar una única nación: la Federación Solar. Sin embargo, a causa del conflicto bélico rige un estado de excepción que deja todo el poder en manos de los militares.
          Los protagonistas de la historia son la psicóloga Cecilia Álvarez y el capitán Benjamín Sumaye (aunque el punto de vista del relato se centra en Cecilia). Ambos son movilizados por el Alto Mando para realizar una auditoría de seguridad en La Torre, el cuartel general del ejército. En el curso de su investigación, ayudados por un misterioso disidente apodado Ozymandias, Cecilia y Sumaye descubren que hay algo incorrecto en esa guerra interestelar, que hay demasiadas preguntas sin respuesta. El ejército promueve una gran mentira y oculta un inmenso secreto, pero ¿en qué consiste ese engaño y cuál es el secreto? Finalmente, cuando, tras una compleja investigación, Cecilia y Sumaye descubren la verdad, la respuesta que obtienen es demoledora, porque tiene que ver con lo que somos, con nuestra esencia, con la naturaleza humana que da título a la novela.
          En realidad, Naturaleza humana es una reflexión (pesimista) sobre lo que somos y sobre la ambigua parcialidad de nuestra ética. En la naturaleza no existe el bien y el mal; cualquier suceso, por catastrófico que sea, es éticamente indiferente. La moral es un invento humano y el fiel de su balanza somos nosotros. Pero, ¿qué sucedería si nos encontráramos con otra especie inteligente? ¿Aplicaríamos nuestra ética humana a seres inhumanos? Y si lo hiciéramos, ¿qué sucedería, cómo actuaríamos? Y sobre todo, ¿cuáles serían las consecuencias? De eso trata mi novela.
          La gestación de Naturaleza humana fue inusualmente larga. La idea básica se me ocurrió a principios de los 90. En 1995 comencé a escribirla, pero la interrumpí a las pocas páginas. Por entonces había contratado mi primera novela juvenil y quería centrarme en ese sector editorial, así que dejé de lado la ciencia ficción. Sin embargo, no podía quitarme aquella idea de la cabeza, de modo que la seguí escribiendo entre novela y novela, poquito a poco, tan sólo cinco o seis páginas al año; a veces menos, o ninguna. Finalmente, en 2011, la acabé de un tirón. Tardé dieciséis años en poner el punto final.
          Nunca se me han dado bien los Premios Ignotus; hasta ahora sólo tenía uno, el que me otorgaron en 1999 por mi cuento El decimoquinto movimiento. Que, por cierto, también está incluido en Trece monos. Así que ahora hay dos Ignotus en esa antología. Y habrá dos trofeos en mi despacho, dos pequeños monolitos de 2001. Por cierto, ¿quién tiene el que acabo de ganar?
          Ah, también he ganado un cachito de otro Ignotus, el de ensayo, porque le ha correspondido a Yo soy más de series (Ed. Esdrújula), coordinado por Fernando Ángel Moreno y Víctor Miguel Gallardo, un conjunto de artículos sobre series de TV en el que participo con uno acerca de House.
          En fin, dilectos merodeadores: da gustito que te den premios.

lunes, octubre 31

¡Feliz Halloween!


 
 
          Supongo que los merodeadores de Babel, al menos los más veteranos, ya sabéis lo mucho que me gusta la fiesta de Halloween. Me gusta porque es la única fiesta cien por cien pagana que se celebra en occidente, porque la gente se disfraza de monstruo, porque es divertida y le encanta a los niños y, qué demonios, porque la iglesia la condena. En fin, cada año hablo aquí de Halloween y no quiero repetirme. Quien quiera conocer mi opinión sobre esta fiesta, así como su origen y el significado de su nombre, que pinche AQUÍ.

          El caso es que el otro día vi en TV un reportaje sobre las fiestas de Halloween en los colegios y descubrí algo que me dejó turulato. En casi todos los colegios se celebra esta fiesta (de hecho, así fue como se popularizó en España) y los niños van a clase disfrazados de brujas, demonios, fantasmas y monstruos. Pues bien, resulta que en algunos colegios católicos se celebra Halloween, sí, pero a su católica manera. En concreto, los niños van a clase disfrazados de... santos y santas ¡¡¡!!!

          Aparecía en pantalla una niña, vestida con una túnica y una toca, y decía: “Soy santa Teresa”. Luego, otra niña vestida más o menos igual, comentaba: “Soy la virgen María”. Y un niño vestido sólo con túnica añadía: “Soy san Pablo”.

          Pensé: “Pero, vamos a ver, ¿se supone que es más divertido disfrazarse de san Felipe Neri que de Freddy Krueger?”. Pa mí que no. Además, cuando vayan de casa en casa ¿en vez de chucherías pedirán jaculatorias? ¿Y en vez de “trato o truco” dirán “trato o excomunión”?

          Por otro lado, hay más problemas; el de la identificación en concreto. Si ves por la calle a un chaval con tornillos en la cabeza, al instante captas que es el monstruo de Frankenstein; y si lleva cuernos, pues un diablo. Pero a primera vista ¿qué diferencia hay entre santa Agapita y santa Braulia, o entre san Juan Crisóstomo y san Pancracio? Pues ninguna. De hecho, todos los niños de aquel colegio católico (el San Pablo CEU, creo) iban iguales: con túnicas o sayos. Parecía una coral en miniatura más que una fiesta de Halloween.

          Creo que los impulsores de esta clase de fiestas han tenido una gran idea al proponerse cristianizar una celebración pagana, pero no han sabido rematarla. ¿Querían cambiar monstruos por santos? De acuerdo, pero deberían haber elegido a los santos adecuados. Es decir, a los mártires. Mucho más a tono con el espíritu de la celebración, dónde va a parar.

          Por ejemplo, un niño podría ir a la fiesta en pelotas, salvo por un púdico taparrabos, y con la piel cubierta por líneas de quemadura entrecruzadas, como un bistec a la parrilla. Y todos sabríamos que va disfrazado de san Lorenzo, al que martirizaron asándole en una parrilla. Una niña iría con un serrucho en la cintura y mucha sangre, y hasta el más burro sabría que va de santa Ferbuta, que fue martirizada serrándola por la mitad. Otro niño podría ir lleno de flechas, como un acerico, y, zas, san Sebastián. Y mi favorito: una niña podría ir con su túnica (eso que no falte) y una bandeja con dos tetas, y estaría clarísimo que es santa Águeda, en cuyo martirio le amputaron los senos.

          Todo muy católico y muy Halloween a la vez. Porque, no lo olvidemos, la iglesia tiene una antigua y amplia tradición de gore, como demuestra su signo distintivo: un artefacto de tortura.

          Queridos merodeadores, ¡feliz Halloween!
 





 

viernes, octubre 14

Combustión espontánea

Resultado de imagen de rosa ardiendo

          Dice un proverbio chino que, cuando dios quiere castigar a los humanos, los hace vivir en tiempos interesantes. De lo cual se deduce que la mejor situación social es el aburrimiento. Y es cierto; en las sociedades danesa o sueca no hay grandes sobresaltos, nunca pasa nada, son el epítome del aburrimiento. Pero qué envidiables resultan. Sin embargo, en Siria o la República Democrática del Congo no saben lo que significa la palabra tedio, pero ni locos quisiéramos estar allí. Viva, pues, el hastío social.

          El XX fue un siglo muy interesante. Teniendo en cuenta, tan solo, aquello de lo que fui testigo (es decir, a partir del 53), he visto cosas que vosotros no creeríais. Los primeros hombres en la Luna y la proximidad del fin del mundo (misiles de Cuba); he visto revoluciones e invasiones, y caer un imperio, el soviético. He visto unirse a los países de Europa para que nunca más hubiera guerras entre ellos, y luego he visto una guerra en Europa. Limitándome a España, he visto morir a un dictador que parecía eterno; he visto llegar la democracia (o algo parecido), y un intento de golpe de estado, y la disolución del partido que dirigió la transición. He visto hundirse al PCE, el partido que lideraba la oposición, y renacer al PSOE, que hasta Suresnes no era más que un grupo de dinosaurios nostálgicos. He visto...

          En fin, ya sabéis lo que he visto. Parece mucho, pero no fue nada comparado con lo que ocurrió durante la primera mitad del siglo, con un par de guerras mundiales, una civil en España, la revolución rusa, la caída del imperio británico, el surgimiento de otros imperios, el yanqui y el soviético, y la división del mundo en dos grandes bloques ideológicos. Eso sí que fue tralla. Digamos que me tocó vivir la parte más aburrida del siglo, lo cual agradezco.

          ¿Y qué pasa con lo que llevamos del siglo XXI? Bueno, comenzó con el atentado del 11-S, así que promete ser muy interesante. Ya veremos. Ah, vale, yo no lo veré (no en su totalidad, desde luego); pero no me cuesta imaginar a mis dos hijos cazando ratas mutantes en las ruinas de la ciudad. Afortunadamente son grandes y fuertes (mis hijos, no las ratas mutantes).

          El caso es que, pese a todo lo que he visto, no he podido evitar sorprenderme por el lamentable espectáculo que ha ofrecido, y está ofreciendo, el PSOE estas últimas semanas. Qué bonita forma de pegarse un tiro en la sien. Pero también cuánta sinceridad, porque los dirigentes socialistas no han tenidos reparos en mostrarnos abiertamente que lo único que les importa es pillar poder, aunque sea una mierda de poder, y que son unos mediocres sin ideas.

          Yo, que a mediados de los 70 vi al viejo partido socialista renacer de sus cenizas, ahora le veo echarse gasolina por encima, prender una cerilla e incinerarse alegremente. Aunque no debería extrañarme; una de las características de la izquierda española siempre fue la combustión espontánea. Ahora bien, qué inteligentes han sido los socialistas al elegir la fecha de su espectáculo: coincidiendo con las aperturas de los juicios de las tarjetas black y de la Gurtel. Así la gente, en vez de hablar de la apestosa corrupción y las mentiras del PP, se centrará en las luchas intestinas del PSOE. ¡Bravo!

          Supongo que Pablo Iglesias se estará frotando las manos al ver próximo su ansiado sorpaso. Y en efecto, no me cabe duda de que en las siguientes generales Podemos se convertirá en el primer partido de la oposición. Eso ocurrirá porque el PSOE va a perder un huevo de votos; pero, ojo, no todos esos votos irán a Podemos, ni mucho menos. Irán a la abstención, o a Ciudadanos, o a la Central Anarquista de Capullos Atolondrados (CACA), o a la Confederación Urbana de Lucha Obscena (CULO), o al Partido Español de Damnificados por el Origami (PEDO), o al Partido Intransigente Sosegado (PIS)... –cielo santo, qué infantil soy-. Porque Pablo Iglesias tiene razón: Podemos asusta; pero no a los corruptos y los oligarcas, sino a los votantes.

          Quien realmente se está relamiendo es Mariano Rajoy, que ya se ve presidente para siempre jamás. Y con razón. Gracias a la suicida mediocridad del PSOE, gracias a las ínfulas mesiánicas de Iglesias y gracias a la (¿cristiana?) capacidad de perdonar la corrupción que demuestran muchos votantes conservadores, vamos a tener gobiernos de derechas hasta aburrirnos.

          ¿Quién sucederá a Pedro Sánchez? ¿Susana Díaz? Yo no voto a populistas, y esa dama es una populista, y de las cutres. De hecho, llevo muchas elecciones votando al PSOE no a favor, no porque ese partido me convenza, sino a la contra, para intentar evitar un mal mayor. Pero ya estoy harto. No imagino ningún posible candidato socialista que pueda moverme a votar a un partido tan mediocre e inoperante. Así que se acabó, no más votos a la contra. Entonces, ¿a quién votaré en las próximas elecciones? Pues no sé... Quizá me abstenga, o quizá vote al Partido Animalista; o aún mejor, votaré al CACA, al CULO, al PEDO o al PIS. A fin de cuentas, de eso va la política en España, ¿no?

viernes, septiembre 30

La buena esposa



          ¿Qué es lo que más os gusta de la literatura? ¿La prosa, los argumentos, los personajes, las ideas, los diálogos, las descripciones...? Qué pregunta más idiota, ¿verdad? Os gusta todo, claro, porque una novela es un todo y no un Mecano que se pueda desmontar. No obstante, siempre hay ciertas preferencias, distintas sensibilidades. Está claro que si tu escritor favorito es Azorín, tus intereses literarios diferirán de los de alguien que prefiera a Pio Baroja.

          En mi caso, nada me gusta más que leer un texto bien narrado. La narrativa, esa es mi debilidad (entendiendo “narrativa” como “técnica narrativa”). Pero atención, a veces se confunde una prosa elegante y fluida con buena narrativa, y no tiene nada que ver. De hecho, con frecuencia un prosa preciosista va en detrimento de la narrativa. Intentaré explicarme: una novela muy centrada en la prosa se convierte muchas veces en un álbum de fotografías. Puntos estáticos en los que te detienes. Pero la narrativa es flujo, movimiento, estrategia. La narrativa no es fotografía; es película.

          Pero no basta con eso. De poco importa lo que suceda, por bien narrado que esté, si no te interesan los personajes a quienes les sucede. Ese es mi segundo puntal de la literatura: el diseño de personajes. Y luego, por supuesto, muy cerquita viene todo lo demás.

          Cuando digo literatura en realidad me refiero a cualquier arte narrativa, como el cine o el comic. No es que sus técnicas narrativas sean iguales, pero en líneas generales se parecen mucho (a fin de cuentas, todas están basadas en la elipsis).

          Os he soltado este rollo porque estoy viendo las siete temporadas (voy por la 6ª) de una serie de TV sencillamente, por decirlo en dos palabras, im-presionante. Me refiero a The Good Wife, producida por los hermanos Scott (Ridley y Tony) y creada por un matrimonio, Robert y Michelle King, que también son los show runners.

          ¿De qué va la serie? Os transcribo la sinopsis de Wikipedia: “La historia se centra en el personaje de Alicia Florrick, interpretada por Julianna Margulies. Alicia es una madre y esposa que debe hacerse cargo de la conducción y manutención de su familia después de que su esposo, Peter Florrick, (Chris Noth) –prominente político que tenía el cargo de fiscal del condado-, es destituido y encarcelado bajo el cargo de corrupción política al mismo tiempo que se difunden al público videos que documentan que mantenía relaciones sexuales con prostitutas”. Pero eso sólo es el principio. Alicia, hasta entonces un ama de casa, retoma su profesión de abogada y entra a trabajar en un prestigioso bufete. Lo que sigue narra, por un lado, la vida sentimental y personal de Alicia, y por otro su carrera profesional.

          Reconozco que, de entrada, esto puede crear suspicacias. Es una serie de abogados (y a mí no me gustan las series de abogados). Está protagonizada por una señora bastante pija. Aunque hay un arco narrativo general, son capítulos autoconclusivos. Es larga: cada temporada consta de 22 capítulos.

          Sin embargo, se trata de una de las series mejor narradas que me he echado a la cara, con unos guiones... ¿perfectos?... que fluyen con asombrosa naturalidad. Unos guiones basados en personajes atractivos perfectamente diseñados; y no me refiero sólo a los protagonistas, sino a todos los personajes (y hay muchos), incluyendo a los más secundarios. Por ejemplo, cada juez que aparece, aunque sea brevemente, tiene su propia personalidad.

          Un consejo que pensaba dar, y que adelanto, es que cualquiera que desee aprender a narrar y diseñar personajes, vea esta serie. Que la vea, la estudie y analice, porque es todo un master sobre cómo contar historias. No me resisto a poner un ejemplo.

          Uno de los personajes secundarios de la serie es David Lee (interpretado por el gran Zach Grenier), socio del bufete de Alicia. Es un hijo de puta, maquinador, mentiroso, desagradable, ambicioso, un perfecto cabrón. Pues bien, en cierto episodio muere uno de los personajes principales (un personaje al que Lee, en el pasado, ha intentado echar del bufete). Cuando, en medio de una reunión, recibe la noticia de esta muerte, Lee no mueve ni un músculo de la cara, no dice nada. Imperturbable, abandona la sala de reuniones y se encierra en su despacho. Entonces, su cara se descompone y suelta un sollozo. Sólo uno. Dura un instante; acto seguido, se recompone y regresa con los demás, volviendo a ser el hijoputa de siempre.

          Es un mero detalle, pero qué detalle tan sabio. Lee era un personaje de una pieza, y gracias a ese sollozo se convierte en un ser humano. Pero ese sollozo oculto, esa avergonzada muestra de humanidad, también hace que nos preguntemos si Lee es un hijo de puta auténtico, o una persona “normal” que ha decidido convertirse en un hijo de puta para sobrevivir en un mundo de lobos.

          La serie se mueve en tres ambientes distintos, pero interconectados: el derecho, la política y el laboral. Todos ellos son territorios turbios donde las fronteras entre el bien y el mal se difuminan. Y en cierto modo de eso va la serie, de la imposibilidad de eludir el mal o, tan siquiera, reconocerlo. Alicia es un personaje honesto precipitado a un universo de ambigüedad moral. Durante el proceso, Alicia cambia, despierta, espabila, se endurece, se harta, se cabrea... ¿y finalmente se corrompe? Todavía no lo sé.

          The Good Wife tiene buenas historias, buenos personajes, buenos diálogos, buenas situaciones, algo de drama y también humor. Pero sobre todo es el perfecto manual de uso para el buen narrador.

NOTA: Mi fracturada cadera se va reponiendo. Voy a rehabilitación tres veces por semana, hago ejercicios en casa y camino con un andador. Pero el proceso es leeeento y sigo muy limitado de movimientos (porque duele, coño). Esta es la razón por la que me estoy zampando una serie tras otra. Hijos de la anarquía (7 temp.), Jessica Jones (1 t.), Daredevil (2 t.), El último reino (1 t.), Stranger Things (1 t.), The Good Wife (en proceso), así como capítulos sueltos de otras series... La verdad es que, con esta profusión de buenas series de TV, he ido a escoger el mejor momento para quedarme varado en casa.

martes, septiembre 13

Rojos


 
          Nací en una dictadura y viví 22 años bajo su yugo. No suelo contar historias de aquella época, ni siquiera a mis hijos, por no sentirme como el típico abuelo batallitas, y también porque no es algo que me guste recordar. Entendedme, no es que lo pasara fatal, como el prota de una peli neorrealista; me crié en el seno de una familia de clase media-alta, tuve un montón de privilegios, nunca me detuvo ni pegó la policía, nunca me encarcelaron. Además, al menos durante la primera mitad de esos 22 años, por ser un niño, no tuve claro lo que era una dictadura. Pero al llegar a la adolescencia, aparte de pelos en la cara me creció la conciencia social. Franco era un hijo de puta, y la sociedad española de finales de los 60 y comienzos de los 70 una mierda, un pozo de mediocridad, arbitrariedad y paletismo. Aquello era insoportable.

          Por aquel entonces, a finales del franquismo, todos los partidos políticos, a excepción de la Falange, eran dos cosas: A) Clandestinos y B) Marxistas. Durante los últimos años de la dictadura florecieron un montón de grupúsculos políticos: la LCR (Liga Comunista Revolucionaria), el FRAP (Frente Revolucionario Antifascista y Patriota), el PCE m-l (Partido Comunista de España marxista-leninista), la ORT (Organización Revolucionaria de Trabajadores), el PTE (Partido de los Trabajadores de España)... y muchos más, todos marxistas (incluyendo al por entonces casi inexistente PSOE). Algunos, la mayoría, miraban hacia Rusia; otros lo hacían hacia Cuba y el movimiento revolucionario sudamericano; y también los había maoistas, como el FRAP, grupo con el que tuve una peculiar relación. Pero el partido clandestino por excelencia, el mayoritario, el más y mejor implantado, era el PCE, el Partido Comunista de Santiago Carrillo.

          Sin embargo, aunque todas mis simpatías estaban con aquellos grupos clandestinos, no veía nada claro eso del comunismo. En primer lugar, porque el comunismo propone como forma de gobierno la “dictadura del proletariado”; y, vamos a ver, ¿por qué iba a desear cambiar una dictadura fascista por otra marxista? Lo que yo quería era ninguna dictadura, no un mero cambio de apellidos.

          En segundo lugar, ¿el comunismo funcionaba? Es decir, ¿esa ideología podía generar sociedades estables y funcionales? Los ejemplos con que contaba por aquel entonces invitaban al desánimo. Todos los regímenes comunistas se habían convertido en dictaduras; pero no proletarias, sino absolutamente personalistas (Stalin, Mao, Pol Pot, Ceaucescu, Tito, Castro, etc.). Y no estoy hablando de dictaduras paternalistas, sino de auténticos regímenes de terror, como demuestran las matanzas stalinistas, los jemeres rojos o la Revolución Cultural.

          En cuanto a la economía, la cosa no iba mejor. Todos los regímenes comunistas, sin excepción, sumieron a sus sociedades en la pobreza. Es cierto que la mayoría de los países que adoptaron el comunismo eran ya de por sí pobres, pero también es verdad que ninguno logró salir de la miseria aupado por el marxismo. Rusia, por ejemplo, jamás consiguió cumplir ninguno de sus famosos “planes quinquenales”. De hecho, para alimentar a sus ciudadanos tenía que comprarle trigo a Estados Unidos. La Unión Soviética se derrumbó porque su economía se colapsaba, sobre todo al intentar seguir la carrera armamentística de USA. En resumen: la economía dirigida no funciona.

          No obstante, allá por los 60 nada de esto estaba tan claro. La censura y el hermetismo de los regímenes comunistas impedía que se conociera la realidad de esas sociedades, mientras la propaganda oficial alimentaba la imagen del paraíso socialista. Además, toda la izquierda de occidente había adoptado el marxismo, y no hay peor ciego que el que no quiere ver.

          Pero los hechos acabaron imponiéndose. En agosto de 1968, las tropas del Pacto de Varsovia invadieron Checoslovaquia para acabar con las medidas liberalizadoras surgidas de la llamada Primavera de Praga. Y la izquierda occidental se quedó con el culo al aire. De repente, la Madre Rusia ya no era tan maternal.

          Luego... En fin, luego sucedieron muchas cosas. Entre ellas, que la verdadera historia de los países comunistas comenzó a salir a la luz. El propio PCUS acabó reconociendo las atrocidades de Stalin, y lo mismo sucedió en China con los desmanes de la Revolución Cultural. De repente, el paraíso socialista comenzó a oler a azufre.

          Finalmente, llegó la perestroika, cayó el muro de Berlín, se liquidó la Unión Soviética y los regímenes comunistas se fueron disolviendo, uno a uno, como azucarillos. De hecho, hoy en día sólo quedan cuatro países comunistas: China, Corea del Norte, Vietnam y Cuba (y convengamos que el de China es un comunismo bien raro).

          Recuerdo que a comienzos de los 90 estaba convencido de que el comunismo era una ideología muerta y enterrada. Incluso me daban un poco de penita los viejos dinosaurios del PCE, anclados en un tiempo que, en realidad, nunca existió. Sí, el comunismo se había convertido en un fósil, en una reliquia del pasado, en una idea puesta a prueba, fracasada y desechada.

          Al menos eso creía yo, porque ahora, de repente, me encuentro con una serie de políticos jóvenes –“la nueva política”- que se confiesan, más o menos orgullosamente, comunistas. ¿Cómo es posible? Porque no se trata de una discusión teórica, sino simplemente de leer la historia. Si todos los regímenes comunistas habidos hasta ahora han fracasado, ¿por qué iba a triunfar uno nuevo? Es que todos los intentos anteriores se hicieron mal, dicen, todos se apartaron de la ortodoxia y traicionaron a la revolución. Pero ellos lo harían bien, forjarían el auténtico comunismo.

          No es cierto. No hay forma de conseguir que el comunismo funcione, porque el comunismo parte de planteamientos equivocados. Buenas intenciones, idealismo, pero poco que ver con la realidad. Todos los países comunistas han derivado en totalitarismos, todos han rendido culto a la personalidad, todos han cometido atrocidades, todos han anulado la iniciativa privada, todos han reprimido las libertades. Y esto ha sido así porque todo ello forma parte consustancial del comunismo.

          Sin embargo, los nuevos políticos (o, al menos, algunos de ellos) se declaran comunistas, como si la historia del mundo acabara de empezar. Supongo que viven en un universo platónico, en una caverna de las ideas donde jamás consentirían que la realidad les estropease una buena teoría.

          O quizá sea más sencillo: se es comunista por un acto de fe. Eso situaría el comunismo en el apartado que le corresponde, el de las religiones. Una religión atea, pero religión en cualquier caso.

viernes, septiembre 2

Liberación


 
          ¿Ha sido éste el peor verano de mi vida? Probablemente. Al menos, no recuerdo ningún otro más chungo. Eso de romperse la cadera es una mala idea; no lo hagáis. Porque, ¡zas!, te pegas una costalada y de repente tu vida se reduce, se empequeñece, se estrecha. Yo, que me creía el rey del mundo, he visto mi imperio limitado a la superficie de mi hogar. E incluso en mi propia casa he topado con regiones inaccesibles, como por ejemplo la parte superior del frigorífico, imposible de alcanzar desde una silla de ruedas.

          Qué gran verdad es eso de que sólo valoramos lo que tenemos cuando lo perdemos. No le damos importancia a caminar, ni siquiera pensamos en ello; sencillamente, lo hacemos. Pero un día, como eres gilipollas, vas y te fracturas la cadera, y entonces comprendes que cada vez que damos un paso deberíamos entonar un himno de gratitud:

          ¡Gracias te voy a dar,
          oh divino hacedor,
          por poder caminar
          sin usar andador!

          Porque eso es lo que hago ahora, amigos míos: camino ayudado por un maldito andador, como una abuelita. El gran César, el tonante César, transformado en una versión achacosa de Maggie Smith. Estoy por comprarme un gato y una toquilla...

          En fin, que sí, que vale, que estoy mejor, ya me duele menos (salvo en las sesiones de rehabilitación, que me hacen mucha pupita), la fractura ha soldado bien y poco a poco voy recuperando movilidad, así que dentro de  un par de meses podré volver a bailar claqué. Pero me he quedado sin vacaciones y sin verano, coño. Desde este púlpito le advierto al fatum que está en deuda conmigo.

          No obstante, pese a mi maltrecha cadera, este verano ha ocurrido un suceso portentoso, algo que marcará mi vida para siempre jamás. Veréis, mi hijo Pablo, que está haciendo un master en Barcelona, ha venido a pasar el verano en casa. Pablo es tan bibliómano como yo, pero mucho más ordenado, y un día me arrancó la promesa de permitirle poner orden en mis librerías, Y eso es lo que hemos hecho: ordenar y expurgar dos de mis librerías: la enorme del salón y una de las dos de mi despacho (sólo ligeramente menos enorme).

          El resultado final: me he deshecho de veintitantas cajas llenas de libros, más de mil quinientos tomos. Al principio creía que se me iba a partir el corazón al desprenderme de mis adorados libritos, pero no, qué va; lo que he experimentado ha sido... liberación.

          Los bibliómanos (¿o bibliópatas?) somos como barcos. Y los barcos, ya lo sabéis, tienen que ir periódicamente al dique seco para que les raspen el casco, porque mientras están en el agua se les van adhiriendo moluscos, algas y toda suerte de bichos. Bueno, pues con los bibliómanos pasa lo mismo, solo que en vez de mejillones y lapas, se nos adhieren libros.

          Mientras revisaba mis librerías –cosa que no hacía, al menos a fondo, desde hace más de veinte años-, he descubierto la enorme cantidad de libros que tenía sin tener ningún motivo para tenerlos. Libros que ya había leído y no pensaba volver a leer, libros que no me gustaron, libros cuyo tema me interesó en algún momento, pero ya no, libros que ni dios sabe por qué los compré... Esos libros no hacían más que ocupar espacio y acumular polvo, pero yo los guardaba porque... bueno, porque soy un capullo.

          Pero ya está, he roto las cadenas (gracias a Pablo, justo es reconocerlo). Ahora ya no hay montones de libros sobre el suelo, y mi mesilla de noche ya no está atestada. Pero lo más importante es que ahora, si compro un libro, sé dónde ponerlo, ¡porque hay huecos libres en las librerías!

          Cielo santo, qué placer, qué liberación...

          Ahora sólo falta hacer lo mismo con mi colección de ciencia ficción. ¿Me atreveré? No sé, no sé... Hay tantos sentimientos entrelazados con esa colección, tanta dedicación, tantos recuerdos... Se me parte el corazón sólo de pensarlo... Sería como desprenderse de un hijo...

          ¿Veis cómo estoy loco?

 

miércoles, agosto 10

El perro



          Ayer recordé una cosa. En 2009 escribí El juego de los herejes, la segunda novela protagonizada por la detective Carmen Hidalgo. Cuando acabé el primer borrador y lo releí, advertí un error. Había escrito una introducción que no tenía nada que ver con el argumento de la novela. Era un pegote, así que lo eliminé. Pero no lo tiré.

          Porque esa introducción contenía una historia con principio y con final. Era un relato corto, un cuento. Lo archivé y durante siete años me olvidé del asunto. Hasta ayer, que, ignoro la razón, me vino a la cabeza. Pues bien, ya que no estoy para escribir muchas entradas, ¿por qué no colgar esa historia en el blog? Dicho y hecho: Voilà l'histoire.

          Pero antes, para aquellos que no sepan nada de Carmen Hidalgo, esto es lo que escribí hace años en Babel: “(...) Entonces se me ocurrió algo: ¿qué pasaría si mezcláramos a Almodóvar con Raymond Chandler? Y así, de pronto, surgió Carmen Hidalgo. Carmen, una mujer de clase media-media, ni guapa ni fea, tiene 35 años y estudió Derecho, aunque practicó poco tiempo esa profesión, pues se casó muy joven con Gonzalo, un ex-policía que montó, y puso a su nombre, una pequeña agencia de detectives, y que luego la engañó, estafó y abandonó. Así que Carmen se vio obligada a sacar adelante un negocio cargado de deudas junto con el que luego será su socio, un ex-ladrón de unos 60 años llamado Hermenegildo Astray, también conocido como Hermes entre sus amigos y como Dosdedos por el mundo del hampa. Carmen vive sola, tiene un concepto entre escéptico y filosófico de la existencia, y hace gala de un irónico sentido del humor. Esa es su parte chandleriana. Y luego está la faceta almodovariana: su familia. Porque Carmen tiene una familia enorme, desmesurada: ocho hermanos, dieciséis tíos, tropecientos primos, cuñados, sobrinos... un grupo de gente bastante folclórico, como por ejemplo su madre, doña Gloria, una mujer entrometida y mandona de la que Carmen procura mantenerse lo más alejada posible”.

          Como al principio la historia era una introducción, no tenía título. La he llamado El perro por razones obvias. Espero que os guste; pero si no es así recordad, como siempre digo, que es gratis.
 
 
           El Perro
           Una historia de Carmen Hidalgo
 
          Me llamo Carmen Hidalgo. Si te dijera a qué me dedico, si te confesara que soy un sabueso de alquiler, probablemente alzarías las cejas y me contemplarías con una mezcla de incredulidad, sorpresa e interés; al menos, eso es lo que la gente suele hacer. La ceja derecha la alzarías a causa de mi trabajo, con escepticismo, porque eso de “detective privado” suena irreal, un oficio literario cuya existencia cotidiana resulta, cuando menos, dudosa. La ceja izquierda la alzarías por mi sexo. ¿Una mujer detective privado? Venga, eso es demasiado; que un hombre se dedique a investigar por cuenta ajena ya es bastante raro, pero ¿una tía?... eso, sencillamente, es pasarse. Por último, superadas la incredulidad y la sorpresa, tu rostro se iluminaría con una expresión de interés; lo cual se debería, no lo dudes, a todas las novelas negras que has leído, a todas las películas policíacas que te has tragado mientras comías palomitas y le dabas sorbos a una Coca Cola mediante una pajita a rayas blancas y rojas. Sam Spade, Philip Marlowe, Lew Harper, Mike Hammer, Easy Rawlins, Charlie Parker, Pepe Carvalho... toda esa literatura, toda esa mitología, ha consolidado en tu mente la idea de que un detective privado debe de tener una vida apasionante, una existencia llena de riesgos, aventuras y emociones...
 
          Si quieres seguir leyendo, pincha ÁQUÍ
 
 

viernes, agosto 5

Los mejores planes...


 
          Si esto fuera un auténtico blog, una bitácora de verdad, o sea, un diario donde narro lo que hago y lo que me pasa, entonces haría semanas que os lo habría contado. Pero Babel, en general, no va de eso, aquí no suelo contar mi día a día, y sobre todo, procuro no hablar de las cosas malas que me ocurren. Pero ya mucha gente sabe lo que me ha pasado, así que os lo contaré.

          Como sabéis, el pasado 7 de julio me fui de vacaciones con Pepa, my wife. Tras detenernos brevemente en San Sebastián, pasaríamos unos días en Estella (Navarra), después otro poquito en Santander, y luego iríamos a Gijón, invitado por la Semana Negra, para concluir en Avilés, donde nos reuniríamos con nuestro hijo, Pablo y disfrutaríamos del Festival Celsius.

          Pero, como decía Robert Burns: Los planes mejor trazados de ratones y hombres / se tuercen a menudo / no dejándonos sino dolor y tristeza / en vez del prometido gozo.

          El nueve de enero, apenas dos días después de iniciar las vacaciones, estábamos en un hotel de Estella, el Tximista, construido, en plan moderno, en una antigua fábrica de harinas. Me levanté por la mañanita y abrí la ducha, dispuesto a proceder a mi ritual de aseo. Pero... Las habitaciones tienen las duchas con el plato justo a ras del suelo del cuarto de baño. Eso implicaría contar con un sumidero que tragase agua a toda velocidad. Lamentablemente, no es así, y en cuanto abres la ducha, el baño se inunda.

          Resumiendo: Aguardé a que el agua saliera caliente, con lo cual el baño comenzó a encharcarse. Me dispuse a entrar, pisé el charco que se había formado, resbalé, caí mal... y me fracturé la cadera. Me operaron al día siguiente en el hospital de Estella (ahora tengo un hierro en la pata). Una semana después me trasladaron a Madrid en una ambulancia. Ahora escribo esto sentado en una silla de ruedas, porque durante mes y medio no puedo pisar con la pierna chunga. Ay.

          Tranquilos, estoy bien. La operación fue un éxito, el hueso se está soldando primorosamente, mi familia –sobre todo Pepa- me cuida como a un pachá, alquilamos una moderna silla de ruedas eléctrica y tengo bastante autonomía, no me duele demasiado, me estoy viendo las siete temporadas de Hijos de la Anarquía y leyendo el Seveneves de Neal Stephenson, mis amigos me visitan con frecuencia. No me aburro (como solía decirles a mis hijos cuando eran pequeños: sólo se aburren los tontos). Lo único malo es la inmovilidad y la posterior rehabilitación. Nada grave, aunque sí coñazo.

          Pero hay un problema: Quería dedicar el mes de agosto a seguir escribiendo la segunda parte de La estrategia del parásito, cosa que en principio podría hacer tranquilamente. Pero, veréis, yo escribo al tacto; es decir, usando los diez dedos (nueve en realidad) y sin mirar el teclado. Eso implica que tengo que tener las manos en una posición determinada, siempre la misma. Lo malo es que los brazo de la silla de ruedas están muy altos y muy cercanos al cuerpo, lo cual me obliga a colocar las manos en una posición distinta, demasiado angulada. Y cometo errores cada dos por tres, lo cual no solo me hace bramar, sino que además me retrasa. Así que no creo que escriba muchas entradas durante el mes de agosto. Espero que cuando pueda pasar a mi silla de trabajo habitual recupere el ritmo.

          Entre tanto, feliz verano, merodeadores. Y no os preocupéis por mí; estoy bien, Besitos.

miércoles, julio 6

Periplo estival



            Queridos merodeadores de Babel: Este año voy a adelantar un poco mi periplo estival, que en esta ocasión transitará por tierras patrias. Por la auténtica patria, pardiez, porque Asturias es España y el resto, en fin, territorios reconquistados. El caso es que me han invitado a participar en la Semana Negra, así que a partir del 13 de julio me tendréis en Gijón junto a mi querida wife, la simpar y encantadora Pepa Álvarez. Antes nos daremos un garbeo por San Sebastián, Navarra y Santander.

            Luego, a la semana siguiente, a partir del 20, iremos a Avilés, donde nos reunimos con nuestro hijo Pablo, para asistir al Festival Celsius. Estuvimos el año pasado y disfrutamos tanto que hemos decidido repetir. Así que, como veis, vacaciones norteñas y frikis.

            Si queréis verme, ya sabéis por dónde voy a andar. Y si estáis hartos de mí –pasa mucho, no os culpo-, felicidades porque me vais a perder de vista un tiempo. Pero a cambio, en agosto volveré a dar la vara.

            Amigas, amigos, felices vacaciones.
 
 

martes, julio 5

Miscelánea política


            Los acontecimientos políticos de las últimas semanas requieren una sesuda y profunda interpretación. A falta de alguien inteligente que la haga, aquí van mis opiniones al respecto:

            Partido Popular. Lo que más me jode de los resultados obtenidos por el PP es que demuestran que Rajoy tenía razón. Su táctica era la acertada, no hacer nada, dejar pudrir la situación, quedarse ahí, paralizado, con cara de conejo deslumbrado por los faros de un coche. Al final resulta que el listo era él y nosotros los tontos.

            No importa la corrupción que, ya está claro, era y es consustancial al partido, no importa el progresivo desmantelamiento del estado del bienestar, no importan los recortes en derechos sociales, no importa el uso partidista del aparato del estado, no importan las mentiras, no importa el desmesurado aumento de la deuda pública, no importa la destrucción de los derechos laborales, no importa el incremento de la desigualdad... no, nada de eso importa. Votaremos al PP, ahora y siempre, porque: A) Pertenecemos a una clase elevada con gran poder económico, y la derecha defiende mejor nuestros intereses (vale, eso lo entiendo). B) Ehhh... Vamos a ver, al PP le han votado 7.906.185 personas. Está claro que en España no hay, ni remotamente, 7.906.185 ricos, así que la mayor parte de esos votantes son de clase media y baja. ¿Por qué esa gente, claros damnificados por las políticas del PP, le votan? Sólo se me ocurre una respuesta, pero no sería diplomático decirla.

            Podemos (Unidos Podemos). Es gracioso; los sabios de Podemos ya han dictaminado la causa de que su victoriosa coalición haya perdido más de un millón de votos: la campaña del miedo. Es decir, que la culpa ha sido de los votantes, que son unos caguetas, pero no de los líderes de la formación, que son listísimos.

            No, no, no, los bandazos ideológicos no tienen nada que ver. Ahora soy transversal, ni de izquierdas ni de derechas; ahora soy bolivariano y chavista; no, espera, soy comunista. ¿Y un poco peronista? Por qué no, si nadie sabe lo que es eso. Ojo, que también soy nacionalista. Ah, un momento, he tenido una revelación: lo que en realidad soy es, tachán, ¡socialdemócrata! Y para probarlo me alío con el PC y rindo sentidos homenajes a prestigiosos socialdemócratas como Julio Anguita o Arnaldo Otegi. ¿Quién en su sano juicio podría afirmar que esa ensalada ideológica ha tenido algo que ver con el tropiezo electoral de Podemos?

            Como evidentemente nada tiene que ver con eso la personalidad de su líder, que si quisiera aparcar el ego necesitaría un hangar de la NASA. Por amor del cielo, ¿para practicar el populismo es necesario ser tan cursi y tan melifluo? Unidos Podemos. La sonrisa de un país. ¿La sonrisa? ¿En serio?... No te jode, para sonrisitas estamos ahora.

            Genial, Pablo, genial. Impides un gobierno alternativo al del PP y fuerzas una repetición de las elecciones, para dar un buen sorpasso, adelantar al PSOE y convertirte en el partido dominante de la izquierda, y después forzar a los socialistas a que te apoyen para ser presidente de gobierno, y luego, con lo que hayas obtenido al vender la leche, comprarás una vaca, fabricarás quesos, y comprarás más vacas...

            Ciudadanos. Siempre he pensado que uno de los problemas de nuestro país era que todo el espectro de la derecha estaba concentrado en un solo partido. Por eso celebré la aparición de Ciudadanos, una derecha civilizada y moderna que quizá pudiera sustituir a los dinosaurios del PP. Desgraciadamente, el “voto útil” ha segado la hierba bajo los pies de Rivera.

            ¿Qué tiene de útil ese voto?, me pregunto. Votar al mal para cerrarle el paso a lo que consideras otro mal, lo mires como lo mires, es pactar con el demonio.

            PSOE. Hoy por hoy es un partido desunido y sin ideas, una formación anquilosada que es incapaz de conectar con las capas más jóvenes de la sociedad. Creo sinceramente que Pedro Sánchez no lo ha hecho tan mal... aunque también creo que no es un político de fuste. Pero, ¿hay algún socialista de fuste? La mejor colocada internamente es Susana Díaz, que es una populista de mierda. Si ella toma la riendas, el PSOE acabará convirtiéndose en un partido regionalista andaluz. Igual que el resto de las socialdemocracias europeas, la nuestra anda más perdida que un skinhead en unos juegos florales.

            Los votantes. Hay muchos tópicos acerca de los votantes. Por ejemplo: “Los votantes quieren que haya pactos”. Mentira; cada votante quiere que su opción gane por mayoría absoluta; lo de los pactos es un accidente estadístico. Otro ejemplo: “Los votantes nunca se equivocan”. No, claro; los alemanes no se equivocaron ni un pelo al votar en 1933 al NSDAP...

            Casi ocho millones de personas han votado a un partido corrupto hasta la médula. Pero quien vota a corruptos, a sabiendas de que lo son, ¿no se convierte en cómplice de la corrupción? Si los demócratas no castigan a los que ejercen la política como una forma de delincuencia, ¿son realmente demócratas? La democracia es, en un 99 %, ética; si los votantes no son éticos, la democracia se convierte en una burla. ¿Voto del miedo? No, voto de la vergüenza.

            Algo más de cinco millones de personas han votado a Unidos Podemos. Es el voto del hartazgo y del cabreo. Los votantes de Podemos son, en gran parte, jóvenes urbanos con buena formación académica. Es decir, aquellos a los que se les ha hurtado el futuro, los más maltratados por la crisis. Quieren un cambio, pero no tienen un modelo hacia el que cambiar. Su voto es un voto a la contra, un voto indignado. ¿Sirve eso para construir algo? Y si es así, ¿qué? ¿Alguien lo sabe? Esos cinco millones de votantes se merecen algo mejor.

            Los ingleses. Siempre me gustaron los ingleses, siempre me fascinó Inglaterra. Creo que eso se debe a que mi primer gran mito literario, cuando era un crío, fueron las historias de Guillermo Brown. Adoro a los narradores ingleses, a sus humoristas, me gusta la cultura de ese país, su música, su cine, su mitología...

            Pero algo se está torciendo en mi interior últimamente. Hace tres años me invitaron a visitar Eton, quizá el colegio más exclusivo del mundo. Fue fascinante y, al tiempo, estremecedor. Aquello era una especie de sociedad secreta de privilegiados, un criadero de amos del universo. El año pasado Pepa y yo recorrimos Irlanda, y descubrimos sobre el terreno las muchas y terribles atrocidades que los ingleses cometieron allí. Y así, poco a poco, mis sentimientos hacia los ingleses han ido cambiando. Sigo amando a la Inglaterra literaria, pero la Inglaterra real... en fin.

            Y ahora los muy capullos votan salir de la Unión Europea. Por miedo a los emigrantes y porque les resulta imposible aceptar que ya no son un imperio. En su ensayo Las leyes fundamentales de la estupidez humana (Allegro ma non troppo), Carlo M. Cipolla afirma que el grado máximo de estupidez se alcanza cuando alguien hace algo que daña a los demás y le daña a él mismo. En tal caso, David Cameron es uno de los gilipollas más grandes de la historia. Y los que votaron el brexit también.

           

lunes, junio 13

Tsundoku



            Sabes que hay un problema en el interior de tu cabeza cuando no solo haces algo absurdo, sino que además descubres que ese acto absurdo tiene nombre. Estás loco y, además, clasificado.

            Eso me sucedió el otro día charlando con mi hijo pequeño, Pablo. ¿Os he hablado de él? Tiene 25 años y es quizá el joven más culto que conozco. Además es enorme; mide 1’98 de altura y es fornido como un leñador canadiense. Según dice todo el mundo, se parece mucho a mí.

            Pablo, lector voraz, posee una sorprendente y extensa cultura, así que con frecuencia se convierte en una fuente de datos curiosos. Actualmente vive en Barcelona, donde está acabando un máster en gestión cultural. El caso es que la otra semana vino a Madrid para pasar unos días de vacaciones. Pues bien, estábamos los dos sentados en mi desordenado despacho, sobre cuyo suelo se alzan varias pilas de libros cuando, de pronto, Pablo se fijó en uno de los montones y dijo:

            -Pero si esos son los libros que te compraste en Navidad...

            No se refería a la pasada Navidad, sino a la anterior, la de hace año y medio. En efecto, ahí estaban (y están) los libros que compré, amontonados y sin leer. Pablo me miró, sonriente, y comentó:

            -¿Sabes que en japonés hay una palabra para definir lo que tú haces?: Tsundoku. Significa comprar libros para luego amontonarlos y no leerlos.

            Qué cabrones los japoneses de los cojones, pensé. Me han pillado, anillado y catalogado. Aunque, por otro lado, me sentí menos solo, porque si a algo le ponen nombre eso significa que se trata de un fenómeno compartido. Otra cosa es si formar parte de una tribu de pirados constituye un buen motivo para enorgullecerse o, tan siquiera, consolarse.

            Bien, en descargo diré que mi sobreabundante compra de libros se debió, en parte, a lo que podríamos llamar “automatismo irreflexivo”. Veréis, hace, digamos, treinta años, yo leía muchas más novelas que ensayos. Pero eso fue cambiando poco a poco y, al cabo de un tiempo la situación se invirtió. Por desgracia no me di cuenta, y seguí comprando novelas por puro automatismo, como si las leyese al mismo ritmo que antes. Además, suelo leer tres o cuatro ensayos al tiempo, pero sólo una novela a la vez, así que los textos de ficción fueron acumulándose, vírgenes, en los estantes de mis librerías.

            Afortunadamente, hace cinco años inicié una dieta libresca y reduje al máximo la ingesta de proteínas de ficción. Pero el daño ya estaba hecho, con mi casa llena de michelines literarios. Pero eso es otra historia. El caso es que al tener que afrontar de forma científica una dieta libresca, no me quedó más remedio que analizar el impacto de los libros sobre mí a la hora de comprar, o haberlos comprado. No me refiero a los libros por su calidad, ni por su temática, ni por si son ficción o no, sencillamente los clasifico en base a la impresión que me producen, por los motivos que sean. Lo he reducido a diez categorías (mira qué bien, un decálogo).

            1. Libros espasmódicos.- Son aquellos que me interesan tanto que no solo los compro nada más verlos, sino que además me pongo a leerlos al instante, abandonando todo lo que tenía entre manos. Luego a lo mejor los dejo a las cincuenta páginas, pero de entrada me atrapan.

            2. Libros imperiosos.- Me interesan mucho y los compro, pero sigo leyendo lo que estaba leyendo y pongo la nueva adquisición en la “pila de los pendientes inmediatos”. Pero luego puede que ponga otro encima, y luego otro...

            3. Libros categóricos.- Los compro porque tengo que comprarlos, porque me gusta su autor, o porque me interesa el tema, o porque me han hablado bien de ellos, pero realmente no tengo mucho interés en leerlos. Esos libros son firmes candidatos al tsundoku.

            4. Libros insinuantes.- Los veo en las librerías, me llaman la atención, los hojeo, dudo, y no los compro. Luego, más adelante, vuelvo a verlos, y los muy cabrones se contonean lascivamente ante mí, tentándome, y yo intento resistirme... y a veces lo consigo, y a veces no. Cuando caigo en la concupiscencia literaria y los compro, o los leo al instante o me cabreo y los condeno al olvido.

            5. Libros curiosos.- Son libros que no sirven para nada y que jamás voy a leer,  pero que son tan raros y absurdos que me fascinan. Escogiendo al azar unos pocos ejemplos de mi biblioteca: Cómo construir una bomba nuclear (y otras armas de destrucción masiva), de Frank Barnaby. Manual de ofensas y desafíos, de Eusebio Yñiguez. O ¿De quién es esta mierda? Guía de bolsillo para identificar las heces, de Matt Pagett. ¡Por amor del cielo, cómo no voy a comprar un libro que enseña a distinguir las cagadas de toda suerte de bichos, desde un águila hasta un wombat! Vale, no tengo ni idea de qué es un wombat, pero sé cómo caga. Acabo de ver una foto.

            6. Libros nopierdasoportunitas.- Vas y ves un libro que, en principio, no te interesa. Pero barruntas que en un futuro puede llegar a interesarte, o a serte útil; no estás seguro, pero quién sabe... Por otro lado, eres consciente de que ese libro, igual que ocurre con la mayoría de los libros, desaparecerá de las librerías dentro de, como mucho, un par de meses, luego se descatalogará y no volverás a verlo en tu vida. ¿Qué haces? Pues comprar el puñetero libro nopierdasoportunitas y tsundokuarlo.

            7. Libros documentalistas.- Es una variante de lo anterior, pero aplicada a escritores. Como novelista, debo con frecuencia documentarme sobre un sinfín de cosas. Y muchos de esos temas de documentación son repetitivos, así que tengo libros que, eventualmente, los solucionan. Por ejemplo, atlas histórico-geográficos; historias de la moda, los muebles, las armas, la arquitectura o el diseño, enciclopedias del ejército, el espionaje o las artes marciales, un Tratado de Castellología, una historia de la máquinas, otra de la artesanía, manuales de supervivencia, de arqueología o cetrería, una enciclopedia de juegos, La edad de oro de las diligencias, El lenguaje de las flores... La mayor parte de esos libros solo los habré consultado una o dos veces en mi vida. Algunos nunca. Pero me viene bien tenerlos.

            8. Libros coleccionables.- El ejemplo perfecto es mi colección de ciencia ficción. Comencé a hacerla cuando tenía 13 años y la dejé unos 30 años después. Tengo varios miles de volúmenes; hace tiempo que renuncié a saber cuántos. Bueno, pues aunque llevo más de veinte años sin coleccionar cf, suelo comprar de cuando en cuando algún que otro libro del género, aún a sabiendas de que no voy a leerlo. Supongo que para no dar del todo por muerta a mi colección. En cualquier caso, la mayor parte de esa colección es un enorme tsundoku. Lo malo es que no solo se trata de cf; también colecciono (¿acumulo?) libros de escritores sobre técnica literaria, ensayos sobre cómics o diccionarios raros.

            9. Libros incomprensibles.- También llamados Libros P.Q.C.H.C.E. (¿Por Qué Cojones Habré Comprado Esto?). Son esos libros que te encuentras en tu librería, que recuerdas vagamente haber comprado, pero que no te interesan un pijo. Estás seguro de que hubo un motivo para comprarlos, pero ¿cuál?

            10. Libros nonepossibiles.- Un día los encuentras perdidos en alguno de tus estantes y exclamas horrorizado: “¡Yo no puedo haber comprado esto! Me lo tienen que haber regalado...”. En efecto, no solo no recuerdas haber comprado ese libro, sino que no concibes que en algún momento, por muy obnubilado que estuvieses, tuvieras el más mínimo interés en comprarlo. Suelen regalarme libros. Por ejemplo, tengo por ahí una enorme biografía de Franco que no sé de dónde leches habrá salido. Pero no me deshago de ella, así de enfermo estoy.

            Supongo que habrá más categorías, pero contemplando simplemente éstas, lo que me extraña es no tener aún más libros en casa. Aunque también habría que analizar las causas primarias que conducen al tsundoku. Pero eso en otra ocasión.

            Ahora lo que me pregunto es si el tsundoku no es más que una variante ilustrada del Síndrome de Diógenes. Si es así, me temo que debería ir a urgencias, pero ya.