miércoles, junio 10
jueves, abril 16
Pensamientos de un escritor confinado
Siempre me he esforzado
en decirle a todo aquel que quisiera escucharme que lo que yo hago, escribir,
es un trabajo como cualquier otro. Y es verdad, es un trabajo. Y es mentira: no
es como cualquier otro. Es raro.
* * *
Dadas las
características de mi trabajo (encierro y soledad), supongo que estoy mejor
preparado que la mayoría para soportar con entereza el confinamiento. Y lo
estoy. La única pega es que no tengo ni puñetera idea del día en que vivo. Si
me dicen que hoy es jueves, me lo creo. Ah, pues sí, resulta que es jueves...
* * *
Me temo que tengo un pequeño
problema. La semana pasada acabé la última novela que tenía programada, el
segundo tomo de una bilogía infantil diéselpunk. Ahora estoy corrigiendo una
novela que concluí a mediados del año pasado. La cuestión es que no tengo nada
preparado para iniciar una nueva novela. Ningún argumento, ningún tema, nada de
nada.
Entonces me he dado cuenta de algo:
las ideas de la mayor parte de mis novelas surgieron estando de viaje. Y no sé yo
si ir del despacho a la terraza puede considerarse viajar.
* * *
Últimamente sueño mucho. O, mejor
dicho, recuerdo mucho mis sueños. Quizá sea por el confinamiento, no lo sé; el
caso es que mis noches se han convertido en el Netflix de Morfeo. Eso podría
tener un lado positivo, porque algunas de mis ideas literarias han surgido de
sueños. Pero resulta que estoy teniendo sueños muy poco interesantes. Por
ejemplo, la otra noche soñé que iba a una tienda a comprar una pieza de
recambio para una Vespa (que no tengo). Había más clientes, así que tuve que
hacer cola (¡soñar con hacer cola!, hay que ser idiota). Cuando llegó mi turno
resulta que había olvidado el nombre de la pieza y tuve que telefonear a un
amigo para preguntarle. ¿De verdad alguien cree que vale la pena soñar con
semejante estupidez? Joder, qué despilfarro de capital onírico.
* * *
Mis sueños tienen un patrón
repetitivo (no solo ahora, sino desde hace años). Suelo soñar que deambulo por
ciudades que, o bien conozco (como Madrid) pero son totalmente distintas a como
son en realidad; o bien no conozco pero tienen un aspecto cochambroso; o bien
conozco, o no, pero van cambiando conforme me desplazo por ellas, de modo que
si intento hacer el camino a la inversa el paisaje urbano que encuentro es completamente
diferente al que había visto antes. Vale, está muy bien eso de los paseos, pero
un poquito de variedad, por favor.
* * *
Varias asociaciones promulgaron un
parón de 48 horas de los profesionales de la cultura para los días 10 y 11 de
abril, por la falta de medidas específicas por parte del ministerio para el
sector. No voy a entrar en la justicia o no de esas demandas, pero os juro que
es la huelga más estúpida que me he echado a la cara (de hecho, se desconvocó).
Por amor de Cthulhu, en las actuales circunstancias ¿quién demonios se iba a
enterar de si los profesionales de la cultura paran o no? Me suena a eso que
hacen los niños de amenazarte con no respirar si no les das lo que quieren.
* * *
Más de una vez lo he dicho: la
educación es una necesidad, la información también, pero la cultura artística
es un lujo. Y enseguida se me echan encima diciéndome cosas como “Para mí leer
es como respirar”, o “La vida sin música no tiene sentido”, y otros tópicos
semejantes. Vamos a ver, la vida sin arte sería mucho más triste, insípida y
aburrida, sin duda, pero seguiría siendo vida. El arte, tal y como hoy lo
entendemos, surge cuando aparece una amplia burguesía dispuesta a consumirlo.
Porque el arte es un lujo de las sociedades prósperas.
Alto ahí, me diréis; hasta las sociedades
más primitivas tienen formas artísticas. Pues sí, pero los miembros de esas
culturas no consideran que eso que hacen sea arte en el sentido que nosotros lo
entendemos, sino más bien algo relacionado con lo sagrado, lo identitario o
incluso lo erótico. En la actual civilización occidental, los profesionales de
la cultura somos, aunque no lo sepamos, trabajadores del lujo (lujo
democratizado, pero lujo a fin de cuentas), así que no nos extrañemos si, en
caso de crisis, estemos de los últimos en la fila de las prioridades. Gajes del
oficio, amiguitos. Y ya sé que no estáis de acuerdo conmigo, no hace falta que
os apresuréis a apilar los troncos de la hoguera donde merezco arder.
* * *
Al disponer de más tiempo de lo
usual, visito con más frecuencia Facebook. Allí formo parte de varios grupos de
escritores, algunos de ellos dedicados sobre todo a los aspirantes a escritor. Me
resulta conmovedora la inocencia y la ilusión de eso noveles, lo despistados
que están, los mitos y estereotipos que manejan. Con el tiempo aprenderán,
seguro.
Pero hay algo que me cabrea mucho:
Las editoriales (?) de coedición; es decir, las supuestas editoriales que
cobran al autor por publicar su libro. Según ellos, se comprometen a corregir,
maquetar, imprimir, distribuir y publicitar la obra; pero a la hora de la
verdad, se limitan a aplicarle al texto un corrector automático, a maquetarlo
de cualquier manera, imprimen poquísimos ejemplares, lo distribuyen en un par
de librerías de barrio y, con suerte, insertarán dos anuncios en alguna rede
social. Son un puñetero timo. Y lo mismo puede decirse de esas editoriales (?)
que no cobran por editar, pero que exigen por contrato vender un mínimo de
ejemplares (50 o 70) en la presentación del libro. Y, si no se consigue, el
autor debe comprar personalmente los ejemplares que falten para cubrir el cupo.
Timo también.
Me indignan esos cabrones que ganan
dinero abusando de la ilusión y la ingenuidad de la gente, engañándolos con
promesas vacías y mentiras. Son buitres, ratas, miserables que emponzoñan una
actividad tan noble como la escritura y la edición. Vamos, que me ponen de muy
mala leche.
Más de una vez he dicho,
dirigiéndome a los noveles, que publicar un libro de esa manera no sirve para
nada más que para perder pasta, que hacerlo así no tiene ningún mérito. Que
cuando publicas un libro con una editorial “normal” ya puedes sentirte
orgulloso, porque eso significa que tu texto ha sido valorado y ha pasado por
varios filtros. Aunque no vendas nada, da igual; te has puesto a prueba y has
dado un paso adelante. Y si tanta prisa tienes por publicar, recurre a la
autopublicación. Te resultará más barato. Pero, claro, no me hacen caso. O sí, la
verdad es que no lo sé.
* * *
Como todos vosotros, me estoy dando
atracones de series. He visto, por ejemplo, la tercera temporada de Ozark. Creo que ya os he hablado de esta
serie de Netflix; y si no lo he hecho, lo hago ahora: durante sus dos primeras
temporadas, Ozark ha demostrado ser
una serie muy, pero que muy buena. Un thriller excelente.
Pero con la tercera temporada ha
dado un paso adelante y se ha convertido en una serie magistral, la mejor de
Netflix y, probablemente, una de las mejores series dramáticas en emisión, si
no la mejor. No voy a contaros el argumento, ni a hacer spoilers; sólo os diré
algo: el final de la tercera temporada es... bueno, sencillamente te deja sin
aliento, petrificado, preguntándote si realmente has visto lo que has visto, y
con una imagen en la cabeza que tardará tiempo en borrarse.
Hacedme caso: ved Ozark. Y esto se lo recomiendo especialmente a
los escritores, aficionados o profesionales, porque Ozark es todo un manual
sobre cómo desarrollar tramas y diseñar personajes. De nada.
miércoles, abril 1
Materia oscura
Hoy os traigo un regalo, un relato.
Hace poco, un anónimo merodeador me comentó que, en estos tiempos de encierro,
sería de agradecer que subiera a la red algo escrito por mí. El comienzo de una
de mis nuevas novelas, un cuento, lo que fuese.
Muchos escritores han puesto gratis
alguna de sus novelas a disposición de quienes quieran leerlas. Me parece
estupendo, aunque no voy a hacerlo yo. Por muchos motivos; tantos que me da
pereza enumerarlos. Pero un cuento sí. Para explicarlo con sencillez: mis
novelas son trabajo; mis cuentos son devoción. Así que mejor ofrecer un fruto
de mi amor (por la cf y la fantasía) que un fruto de mi sudor.
El relato se llama Materia oscura y ganó el premio Domingo
Santos de 1993. Luego, en 1995, formó parte de mi antología El Círculo de Jericó. Algunos de los
cuentos de esa antología se han reeditado varias veces, como El rebaño o La pared de hielo, pero este, que yo sepa, no ha vuelto a aparecer
desde entonces. Sin embargo, a mí me gusta y la tribu de los pchapchá forma
parte de mi mitología personal. Espero que a vosotros también os guste.
Si quieres leerlo, pincha AQUÍ
jueves, marzo 19
Reflexiones en el Año del Virus
Dicen que en chino “crisis”
significa “oportunidad”, pero no es cierto. En mandarín, crisis se escribe wei ji; wei significa peligro y ji,
que es polisémico, viene a significar “punto crítico”. Oportunidad se dice jihui. Pero da igual; esta crisis y su
consiguiente encierro es una ocasión perfecta para encontrarnos con nosotros
mismos, mirar lo que tenemos dentro y reflexionar.
Con frecuencia, las circunstancias
adversas nos ponen frente a un espejo. Cuando todo va bien, es fácil fingir y
simular que somos lo que no somos, poner cara de foto y meter la tripa para
salir guapos. Es frente a las desgracias cuando mostramos nuestro verdadero
rostro. La crisis del coronavirus es una oportunidad para descubrirnos.
Por ejemplo, el confinamiento.
Llevamos creo que seis días encerrados en casa. Muchas personas ya están que se
suben por las paredes. Sin embargo, yo he descubierto que no noto gran
diferencia entre estar confinado y no estarlo. Y no solo en cuanto a mis
sentimientos y emociones, sino también en lo que respecta a mis actividades:
hago básicamente lo mismo que hacía antes.
Bueno, es normal; soy escritor y,
pase lo que pase, me tiro al menos ocho horas al día encerrado en mi despacho,
sin ver a nadie, cero compañía. A veces he pensado que vivo demasiado dentro de
mí mismo, ensimismado en realidades irreales, y que eso no es bueno. Pero,
¿sabéis qué?: lo terrible es que me da igual. Porque cuando creas en tu mente
una realidad ficticia, esa realidad es segura, fiable, controlada. En ella hay
un dios que impone orden. Y además se da la circunstancia de que ese dios eres
tú, mira qué bien.
Con frecuencia me preguntan si no
siento demasiada soledad al pasar tantas horas al día sin compañía. Y yo
siempre respondo lo mismo: Es que no estoy solo; me acompañan mis personajes.
Ya, ya, suena a chorrada de escritor, a hacer literatura con la literatura, pero
al menos en mi caso es totalmente cierto. No puedo evitar tener la sensación de
que el profesor Zarco de La isla de Bowen,
o Alejo Zarza de La mansión Dax, o
Jaime Mercader de La Cruz de El Dorado
son viejos conocidos con los que he compartido muchas y gratas experiencias. En
cierto modo son tan amigos míos como mis auténticos amigos. Incluso más, porque
los conozco mejor.
Cuando era muy pequeño, como muchos
niños, tenía un amigo invisible. El mejor amigo de mi hermano Eduardo –diez
años mayor que yo- se llamaba Fernando Catalá, de modo que yo llamaba a mi
amigo invisible “mi Catalá”. Bueno, cosas de niños. Como digo, cuando era un
crío tenía un amigo invisible; pero ha pasado el tiempo, he madurado, mis dos
pies están bien plantados en el suelo y ya no tengo un amigo invisible. ¡Tengo
cientos!
Como decía al principio, esta crisis
es una buena oportunidad para mirarnos al espejo y ver lo que somos. Pues bien,
resulta que soy un solitario, que vivo en mundos irreales, que me relaciono con
personas imaginarias y que no noto mucha diferencia entre mi cotidianidad y
estar encerrado en casa por una epidemia mundial. O en la cárcel, si la celda
fuera suficientemente amplia. En base a esto, la cuestión es: ¿Pero qué clase
de mierda de vida tengo?
Mi segunda reflexión trata sobre los
sueños y las esperanzas. Como sabéis, soy un gran aficionado a la ciencia
ficción y, cuando era jovenzuelo, soñaba con las maravillas que nos depararía
el futuro. Imaginaba un mañana con viajes espaciales, con coches voladores, con
serviciales robots, con contactos con los extraterrestres, con inusitados
poderes psíquicos, con amistosas inteligencias artificiales, con viajes en el
tiempo, con esferas Dyson, con aceras rodantes, con antigravedad, con cyborgs...
Pues bien, de entre todos los múltiples temas y subgéneros de la ciencia
ficción, ¿nos tenía que tocar precisamente una distopía catastrofista? Sólo
puedo sacar una conclusión: Dios existe.
Y se llama Murphy.
domingo, marzo 1
Hasta siempre, querido padrino
El jueves me telefoneó Emma para
decirme que su padre había muerto el día anterior. La noticia me ha roto el
corazón. Su padre era Josep María Gispert, mi padrino. Sólo han pasado tres
días desde que lo sé y ya le echo de menos, ya me rompo de nostalgia.
No ha sido una tragedia, sino ley de
vida, ley de muerte. Josep María tenía noventa y tres años. Se valía
enteramente por sí mismo, su mente estaba intacta y su salud, con los lógicos
achaques, era buena. Murió con rapidez, plácidamente, sin enterarse, rodeado
por sus seres queridos. En realidad, es un final envidiable. Pero, como todo
final, tan triste...
Cuando colgué el teléfono, me
vinieron a la cabeza muchas cosas y me han seguido viniendo durante el fin de
semana. Es lo que tiene la muerte: atrae los recuerdos como un imán. Hace unos
años, contemplando una vieja película familiar de 8mm., vi la siguiente escena:
Yo tenía dos o tres años, estaba tumbado en el suelo. Mi padrino, de rodillas a
mi lado, cogía con una mano mi dos manos y con la otra mis dos pies. Luego, me
alzaba en el aire súbitamente y yo me echaba a reír. Entonces, de repente, lo
recordé. Recordé la presión de sus manos en las mías y en mis pies, y la
sensación rara en el estómago por la súbita aceleración. Creo que es mi
recuerdo más antiguo.
Cuando era muy pequeño, mis
padrinos, al llegar la Semana Santa, me regalaban una mona de pascua, un dulce
típico catalán que, tradicionalmente, se hace con bizcocho, aunque las que
ellos me traían eran de chocolate. Muchos años después, hará unos doce,
bromeando con Josep María le eché en cara que ya no era un buen padrino, porque
no me regalaba monas. Era una broma, por supuesto, pero desde entonces, mi
querido Josep María, empezó a enviarme de nuevo (vivía en Barcelona) monas de
pascua, ahora de las tradicionales, roscos de bizcocho con huevos duros
incrustados. Y además, sabedor de mi afición a Tintín, también incluía figuras
de resina de los personajes de Herge. Y así ha sido hasta ahora mismo, hasta la
pascua pasada. Este año será el primero que no la reciba...
¿Qué os puedo contar de Josep María?
Era un hombre bueno, generoso, dotado de un chispeante sentido del humor.
Catalán hasta la médula, amante de la arquitectura, aficionado a la fotografía,
fumador de pipa, look de galán del cine clásico. Una bellísima persona, un ser
humano insustituible. Su mujer, mi querida madrina María Luisa, se fue hace ya
casi tres años, aunque su mente, sumida en el olvido, se había marchado mucho
antes. Ahora se ha ido él y de nuevo me siento huérfano. Más huérfano que nunca
y ya para siempre.
La vida -eso lo comprendemos con el
tiempo- es un constante decir adiós. Pues bien, creedme, ya estoy cansado de
tanta despedida.
Hasta siempre, Josep María. Nunca te
olvidaré.
P.S.: Justo cuando iba a colgar este
post me ha vuelto a llamar Emma para decirme que el viernes se celebrará en
Barcelona una misa en memoria de Josep María. Él era muy religioso; yo no, pero
por supuesto que asistiré. También me ha dicho que mi padrino dejó algo para
mí. ¿Una mona de pascua? No lo sé, pero ahora estoy llorando como un niño...
NOTA: La foto de arriba está tomada
por mi padre el 20 de abril de 1956, en nuestro piso de Madrid en la calle
Modesto Lafuente. Abajo podéis ver un pequeño mono de peluche que venía
incluido en una de las monas de pascua que me enviaba mi padrino. Lo tengo en
mi despacho; era gracioso, ahora es entrañable.
lunes, febrero 10
Cine y literatura
.
El arte más popular del siglo XX y
de lo que llevamos del XXI es el cine, entendiendo “cine” como cualquier
narración audiovisual (lo que incluye las series de TV). Si yo os preguntara
cuál es la forma narrativa más parecida al cine, algunos diríais que el teatro,
ya que comparten elementos básicos como los actores y la puesta en escena.
Otros, con mucha razón, responderíais: el cómic. Pero vamos a dejar de lado,
por hoy, las viñetas.
Cine y teatro se parecen, pero
difieren en, al menos, dos aspectos sustanciales: 1. El teatro se basa en la
palabra y el cine en la imagen. 2. En el teatro, el espectador sólo tiene un
punto de vista, mientras que en el cine el director controla el punto de vista
del espectador a su antojo. Parece poca cosa, pero eso redunda en que la
gramática y la sintaxis de cine y teatro sean completamente distintas.
Lo cierto es que, desde un criterio
narrativo, lo que más se parece al cine es la novela. Pero demonios, diréis, en
la novela las palabras pesan aún más que en el teatro. ¡Son todo palabras!
Cierto, pero gran parte de las palabras de una novela están destinadas a
generar imágenes en el cerebro del lector. Una descripción puede ofrecer una
prosa exquisita, pero lo importante es la imagen que crea. Y junto con la
imagen, la emoción. Igual que el cine.
Por otro lado, el cineasta disfruta
de una libertad narrativa absoluta, pues controla el punto de vista, el tiempo
y el espacio. Exactamente igual que el escritor; de hecho, este aún más, porque
no está limitado por cuestiones técnicas ni por el presupuesto. Si queréis una
prueba de que la narrativa del cine y novela se parecen mucho, pensad en
cuántas película están basadas en novelas y cuántas en obras de teatro.
En efecto, ambas narrativas, la
literaria y la cinematográfica, se parecen, aunque no son idénticas. Hay cosas
que el cine hace mejor que la novela –por ejemplo la acción-, y cosas que la
novela hace mejor que el cine –por ejemplo la introspección-. Siendo así, y
conviviendo ambos géneros durante más de un siglo, es lógico que la literatura
haya influido en el cine, y que el cine haya influido en la literatura. Eso
puede detectarse con facilidad en escritores como Juan Marsé, Ian McEwan,
Cabrera Infante, Paul Auster o Manuel Puig.
Pecaría de osadía si intentara
escribir un profundo ensayo sobre la influencia del cine en la novela, porque
carezco de los conocimientos necesarios y, además, ya hay decenas de esos
ensayos. Voy a escribir sobre algo que conozco mucho mejor: sobre mí. Me
encanta el cine, me gusta muchísimo. En mi ranking de artes narrativas, sitúo
primero a la literatura, en segundo lugar, pero muy, muy cerca, al cine, y en
tercer lugar al cómic. Como es lógico, el cine ha influido en lo que escribo;
primero inconscientemente y después con alegre deliberación.
El cine forma parte de nuestras
vidas y de nuestra forma de entender y narrar la realidad. De niños, aprendemos
a hablar escuchando a los demás, y del mismo modo aprendemos a interpretar el
lenguaje de las imágenes en las diversas pantallas. No nos damos cuenta de
ello, pero muchas veces pensamos de forma cinematográfica. Eso, en un escritor,
se transmite a su obra sin que se dé cuenta. Al cabo de un tiempo descubrí que me
pasaba a mí: en mi obra había mucho cine. Quizá sea un defecto, una sucia
hibridación, no lo sé y, a decir verdad, me importa un bledo. Lo que sí sé es
que es mi forma de escribir y no puedo dejar de ser yo mismo, así que comencé a
utilizar conscientemente ciertos recursos del cine en mis novelas. En esta
entrada y en la siguiente comentaré algunos ejemplos, por si pueden ser útiles
a alguien.
El
narrador. Hay varios tipos de narradores en tercera persona, pero me
centraré en dos: El Narrador Omnisciente, que lo ve y lo sabe todo, incluyendo
los pensamientos y sentimientos de los personajes. Y por otro lado, el Narrador
Objetivo, o Narrador Cámara, que sólo cuenta lo que ve y lo que oye, y no se
mete en la cabeza de los personajes.
Cuando leo una novela en la que el
narrador cuenta los pensamientos de un personaje siempre pienso que el escritor
está haciendo trampa. ¿Por qué? Pues porque en la vida real eso no sucede;
sabemos lo que piensa alguien porque nos lo dice, o porque lo intuimos, pero no
porque una vocecita nos lo susurre al oído. Y en el cine ocurre lo mismo: queda
fatal un primer plano del actor y una voz en off recitando sus pensamientos.
Pero, claro, la literatura tiene sus
propias armas, y es lícito que un narrador omnisciente lo haga. Es más, confieso
que yo lo hago -aunque lo menos posible-, porque resulta práctico. No obstante,
me siento un poquito tramposo. Así que en general tiendo a usar el
narrador-cámara. Más adelante me extenderé sobre esto.
Ahora bien, ¿cuándo se empezó a usar
esta clase de narrador? Hace no mucho pregunté en Facebook si alguien conocía
alguna novela anterior al siglo XX que utilizase el narrador-objetivo. Nadie
supo responderme, y a mí desde luego no me viene a la cabeza ninguna. Así que
me atrevo a aventurar que el narrador-objetivo surgió por influencia del cine.
El
tempo. Tanto en el cine como en la literatura, el autor maneja el ritmo y
el tiempo a su antojo y, además, de forma parecida. Por ejemplo, cuando escribo
una escena de acción utilizo párrafos y frases más cortas, con descripciones
someras, casi a brochazos, sin detenerme en detalles. De ese modo pretendo
transmitir al lector una sensación de velocidad y vértigo. En una película
sucede igual: en las secuencias de acción los planos son más cortos y el
montaje más picado.
Pues bien, hace tiempo estaba yo
escribiendo una escena de acción y lo hacía de la forma que he descrito: frases
y párrafos cortos. Pero era una escena bastante larga; cuando la terminé y la
releí tuve la sensación de que aquello quedaba... digamos que monótono. De
algún modo, la sensación de velocidad se iba perdiendo conforme avanzaba la
lectura, y el texto se desinflaba progresivamente y quedaba más bien sosote.
Entonces se me ocurrió algo: Más o
menos a mitad de la escena, dejé de escribir corto y empecé a utilizar frases
incluso más largas de lo que en mí es usual, y párrafos más abultados,
deteniéndome en detalles, sensaciones y descripciones. Luego, volví a la prosa rápida. De este modo, alterando el tempo
del relato, contraponiendo lentitud y velocidad, le daba un respiro al lector y
conseguía mantener en él la sensación de vértigo hasta el final del texto.
¿Qué había hecho? Pues una cámara
lenta, como en las películas de Sam Peckinpah.
Bueno, basta por hoy. En la próxima entrada
seguiré hablando de cine y literatura; y, tranquilos, prometo con una mano
sobre el Necronomicón que sólo habrá una entrada más acerca de este tema.
sábado, enero 18
Sensitivity readers
Supongo que una de las señales de
estar envejeciendo se produce cuando empiezas a sospechar que muchos de los que
te rodean se han vuelto marcianos. Como en La
invasión de los ladrones de cuerpos: de pronto, unas vainas extraterrestres
convierten a la gente normal en gente rara. En realidad, lo que pasa es que los
tiempos cambian y las personas también, y tú sigues atrapado en los esquemas
del pasado. O no; a lo mejor la gente se está amarcianando de verdad.
Por ejemplo, no entiendo la fijación
de la gente con los móviles (aunque muchos de mi generación también han caído
en su hechizo). Tampoco entiendo que alguien considere buena idea hacerse una
foto de la polla -o del chichi- y enviarla. O que muchos se lancen a exhibir su
intimidad en las redes sociales. Pero una de las cosas que más me desconciertan
y asustan son los “sensitivity readers”.
¿Y eso qué es?, pensaréis más de
uno. Pues veréis, en el mundillo de la escritura existe algo llamado “lectores
cero” o “lectores beta”. Se trata de lectores expertos, por decirlo así, a los
que entregas el manuscrito de tu novela antes de su publicación para que te
señalen errores narrativos y/o te sugieran cambios y correcciones. Es una forma
de poner a prueba tu texto y tiene lógica. Escribir es un trabajo largo y solitario,
y es fácil perder la perspectiva. Viene bien contar con una mirada fresca y
objetiva.
Pues bien, los sensitivity readers
son lectores cero que, en vez de centrarse en los aspectos literarios, lo que
hacen es buscar en tu texto cualquier cosa que pueda ofender la sensibilidad de
alguien, aunque sea de forma muy, pero que muy remota. Para eliminarlo, claro.
Por ejemplo, un amigo escritor
(hablo en masculino, pero podría ser una mujer) me contó que había enviado el
manuscrito de su última novela a una sensitivity reader. Le mostré mi sorpresa,
pero mi amigo objetó que, perteneciendo como pertenece al colectivo LGTBI,
gran parte de sus lectores poseen una fina susceptibilidad. Luego me contó uno
de los cambios que le había sugerido su sensitivity reader. Había descrito a
uno de sus personajes como “mulato”, y eso es ofensivo, porque mulato viene
etimológicamente de mula. (¡¡¡¡)
Vamos a ver, ¿cuántos saben que
mulato viene de mula? Vale, si te paras a pensarlo es lógico; pero ¿por qué
pararse a pensarlo? Si alguien me dice que Pepe es mulato, no creo que me esté
diciendo que Pepe es una bestia irracional, híbrida y tozuda; lo que pienso es
que Pepe tiene la piel de color café con leche. Demonios, el significado de las
palabras no se define por su etimología, sino por su semántica.
Aquí voy a permitirme un breve
inciso. Sin duda, “coñazo” es una expresión ofensiva para las mujeres, ¿verdad?
Sobre todo si pensamos que algo aburrido es un coñazo, mientras que algo
divertido es cojonudo. ¡Oh, cielo santo, qué horrible micromachismo! Pues no,
porque se trata de una falsa etimología. Coñazo no viene del órgano genital
femenino, sino del latín conatus, que
significa esfuerzo. Y es que no creo que haya ningún varón heterosexual en su
sano juicio que considere aburrido un coño, por grande que sea, teniendo en
cuenta, además, la expresión “pasarlo teta” (por grande que sea).
Volviendo al asunto de los lectores
sensibilitos, veo un problema (en realidad, varios) a la hora de recurrir a
ellos. Supongamos que escribes una novela más inocente que el chiste de una
monja, se la entregas a un sensitivity reader y, al cabo de un tiempo, el tipo
te devuelve el texto sin ningún cambio. “Felicidades”, te dice; “no hay nada en
su obra que ofenda a nadie”. Le pagarías, pero sintiéndote un poco frustrado al
soltarle la pasta a alguien por no hacer nada. Probablemente no volverías a
recurrir a él. Eso lo sabe el sensitivity reader, así que se esforzará en
encontrar la mayor cantidad de “ofensas” que pueda en tu texto. Existan o no.
Podría ser que un término en
apariencia tan inocente como “mulato” sea en realidad escandaloso. O que tu protagonista esté comiendo cordero asado en la página 78 (¡qué pensarán los
veganos, cielo santo!). O que no haya ningún personaje LGTBI. O que menciones
el cuento de Blancanieves y los siete
enanitos, porque no se debe decir enano, sino “persona de talla baja” (así
que el cuento debería llamarse “Blancanieves y las siete personas de talla baja”).
O lo que sea, da igual. Si buscas ofensas, las encontrarás.
Pero en realidad, todo eso es
secundario. Lo realmente terrible es que los sensitivity readers son una forma
de censura. En el fondo es lo mismo que durante el franquismo: Escribías una
novela y, antes de publicarla, tenías que presentarla al tribunal de la
censura, que solía estar formado por militares, curas y falangistas. Luego te
devolvían el texto, prohibiéndote su publicación, o lleno de tachaduras. “Esto no lo puedes decir por que ofende a la
moral”, o porque es un agravio a la patria, o porque no concuerda con los
principios del Movimiento, o cualquier chorrada similar. Igualito lo uno que lo
otro.
Ah no, objetaréis; hay una
diferencia sustancial: Durante el franquismo, la censura era obligatoria,
mientras que ahora recurrir a un sensitivity reader es voluntario. Y tendréis
toda la razón: Ahora la censura es distinta... pero aún más chunga. Porque no
hay peor censura que la autocensura.
Cuando la censura es obligatoria, el
autor busca triquiñuelas para sortearla. Un ejemplo de esto es el final de la
película Viridiana, de Luis Buñuel.
En el guion, el film terminaba con Viridiana (Silvia Pinal) entrando en el
dormitorio de su primo Jorge (Paco Rabal) y cerrando la puerta, sugiriendo que
iban a echar un casquete. Eso se lo cargó la censura, así que Buñuel sustituyó
esa escena por otra en la que Jorge, su criada Ramona y Viridiana se ponen a
jugar al tute, dando a entender un ménage
à trois. Un final mucho más “perverso” que el inicialmente previsto.
Pero cuando el censor eres tú mismo,
¿cómo sortearlo? Cuando recurres a un sensitivity reader estás aceptando que ese
profesional posee una visión sobre ciertos aspectos morales superior a la tuya,
así que aceptarás sus dictámenes con la misma disposición que Moisés las tablas
de la ley. Y poco a poco comenzarás a escribir muy atento a no ofender a nadie,
a no pisar ningún callo, y revisarás cada palabra con microscopio, no vaya a
ser que contengan alguna inconveniencia, real o imaginaria. Y luego te
plantearás sobre qué temas debes escribir, no vayan a ser demasiado
conflictivos, o sobre cómo escribir incluyendo a todas las minorías posibles...
¿Y dónde queda la libertad del creador?, me pregunto. ¿Qué pasa con el derecho
a expresar lo que uno piensa sin tapujos?
¿Que puedo ofender a alguien? Por
supuesto; pero es que en cuanto abres la boca hay mil candidatos a ofenderse. Mi
libertad acaba donde empieza la libertad de los demás. Pero, ojo, la libertad,
no su susceptibilidad. ¿Proclamo el derecho a ofender? No, proclamo mi derecho
a la libre expresión, y mi total oposición a cualquier forma de censura, sea
ajena o propia. Ahora que lo pienso, creo que ni una sola de mis novelas y
relatos habría quedado indemne si los hubiera hecho revisar por un sensitivity
reader. Suerte que no lo hice.
Al final de la película Regreso al futuro, el protagonista le
pregunta a su amigo, el científico Emmett Brown: “Un momento Doc. ¿Qué nos ocurre en el futuro?¿Nos volvemos gilipollas o
algo parecido?”
Marty McFly no podía ni imaginarse
lo acertado que estaba.
martes, diciembre 24
El clásico y enternecedor cuento navideño de Babel
Aquí estoy, merodeadores, haciendo
lo mismo que el año pasado, y el otro, y el otro... Eso es todo un rito, ¿no?
Nuestra cita anual, tan ineludible como grata. Estoy en mi despacho, tomando un
café con leche y un zumo de naranja. Desde mi ventana se divisa la vista que
podéis ver en la foto de arriba. La casa está en relativo silencio; Pepa se ha
ido a hacer las últimas compras y oigo a mi hijo Pablo deambular. Óscar ya se
ha independizado, pero vendrá a comer y se quedará hoy y mañana. ¿Sabéis lo que
más echo de menos? Las risas de mis hijos cuando eran pequeños. Vale, Óscar y
Pablo siguen aquí y los adoro, pero los muy cabrones se han convertido en algo
distinto.
Permitidme
que os transcriba un párrafo de mi próxima novela: “¿Sabes?, los hijos sois como mariposas al revés. Al principio, las
mariposas son orugas llenas de pelos que luego se transforman en lindos
bichitos voladores. Pero con los hijos ocurre lo contrario: nacéis siendo
mariposas, preciosos y encantadores, y luego, poco a poco, os convertís en
orugas”. Pues eso, que ahora tengo dos orugas. Dos orugas que, cuando eran
mariposas, me devolvieron el cariño hacia la Navidad.
Ya he contado aquí, hace tiempo, mi
relación con la Navidad. Me quedé huérfano del todo a los 19 años, cuando mi
padre decidió quitarse de en medio por el expeditivo método de pegarse un tiro.
Eso ocurrió en noviembre del 72. Aquellas navidades fueron horribles. A partir
de entonces, y durante varios años, pasé la Nochebuena en casa de mi hermano
José Carlos y su familia; pero de algún modo me sentía desvinculado de aquello.
De niño adoraba la Navidad, era mi celebración favorita; pero cuando murieron
mis padres y mi hermano Eduardo (con quien vivía) se precipitó al alcoholismo,
esa fiesta familiar perdió todo significado para mí. Peor que eso: la Navidad
se convirtió en un sarcasmo, en un recordatorio de lo que había tenido cuando
era un niño, para serme arrebatado nada más cruzar el umbral de mi primera
juventud. Empecé a odiar la Navidad.
Mucho después, y durante más de ocho
años, trabajé en dos agencias de publicidad situadas al ladito mismo de El
Corte Inglés del paseo de la Castellana. Y eso, al llegar la Navidad, era un
horror. La zona se llenaba de gente, a la hora de comer todo estaba abarrotado,
al salir de currar me encontraba con abrumadores atascos... Terminé de odiar la
Navidad.
Además, lo confieso, era cool despreciar estas fiestas. Yo era
publicitario, tenía un trabajo sofisticado e infrecuente, era culto, moderno,
de izquierdas. Casi resultaba obligado contemplar con desdén unas fiestas tan
tradicionales. Así que miraba con suficiencia a los que manifestaban espíritu
navideño. Pobres idiotas, pensaba, cuando el único idiota era yo.
Luego me casé con Pepa, que es muy
navideña. Nuestro hogar volvió a adornarse al llegar estas fechas y pasábamos
las fiestas en la casa de mis suegros, en San Sebastián. Una familia muy
navideña, pero tumultuosa (mi mujer tiene siete hermanos). Yo nunca había
pasado las navidades con tanta gente, me sentía cohibido. Además, mi familia
siempre fue rara, de modos que las navidades de mi infancia fueron
maravillosas, pero algo raritas. Y mi familia política era muy tradicional, así
que yo sentía que no encajaba, que aquello no iba conmigo. Seguía siendo muy
escéptico respecto a la Navidad.
Pero, amigos míos, llegó el momento
en que Pepa y yo tuvimos hijos, y entonces todo cambió. Mis navidades de niño
habían sido maravillosas, de modo que haría lo humanamente posible para que lo
fueran también para Óscar y Pablo, nuestros retoños. Les montaba un Belén en el
salón, con sus montañas de corcho, sus praderas de musgo y su río de papel
Albal; todo muy tradicional (salvo por un detalle: en el portal ponía a
Superman en vez de al niño Jesús). Los llevábamos a la Plaza Mayor, y a ver las
luces de la ciudad, y al Cortilandia. La víspera de Reyes Pepa iba con ellos a
la cabalgata, mientras yo me quedaba en casa envolviendo regalos. Y el día de
Reyes (mi fiesta favorita), el salón amanecía lleno de globos y con un mogollón
de regalos. Y cuando los habían desenvuelto todos, aún quedaban más regalos,
pero escondidos; para encontrarlos debían resolver una serie de pruebas, como
una especie de gincana.
Estoy seguro de que mis hijos han
tenido unas navidades felices; y, gracias a ellos, recuperé el espíritu
navideño, como un moderno señor Scrooge. Me volvieron a encantar estas fiestas,
y así sigo. Aunque, claro, no siendo creyente lo que para mí significa la
Navidad es algo distinto a lo usual. Estas fiestas, con diferentes nombres y
diferentes ritos, se vienen celebrando desde la noche de los tiempos,
probablemente a partir del neolítico, cuando la humanidad comenzó a mirar las
estrellas buscando sentido a la existencia. Son las fiestas del Solsticio de
Invierno, del Sol Invictis, de la Deuorius Riuri, del Hogmanay escocés, del Karachun eslavo, de la
Brumalia helenística, de la Makara Sankranti hindú, de la Modresnach germánica,
del Meán Geimhridh céltico, de la Rozhnitsa rusa, de la Saturnalia romana, del
Yule vikingo... Me estoy poniendo pesado; lo que quiero decir es que desde hace
milenios, en todo el mundo se han celebrado en estas fechas fiestas cuyo
objetivo era celebrar la muerte y resurrección del Sol. Por tanto, al celebrar
la Navidad me siento vinculado a toda la gente que hizo lo mismo desde tiempos
remotos y a la que lo seguirá haciendo en el mañana. Para eso sirven los ritos:
para enlazarte con el pasado y el futuro.
En Babel sólo hay un rito: el cuento
de Navidad. Y, como bien sabéis, esos cuentos pueden ser de dos clases: A)
Tradicionales (buen rollo) B) Gamberros (mal rollo + humor). En el post
anterior ya os conté que el cuento de este año se llama Las sonrisas de los niños, y os planteaba si era del tipo A o del
B. En realidad era una pregunta estúpida. ¿De verdad creéis que podría escribir
un cuento blanco como la leche sobre la inocente felicidad de los niños en tan
señaladas fechas? ¿Yo? ¿En serio? Además, si lo hiciera jamás lo titularía así.
Queridos merodeadores, os deseo que
estas fiestas disfrutéis como cerdos en un lodazal, si me permitís la fina
metáfora. Comed, bebed y reíd; sobre todo eso, reíd mucho, porque la risa es el
conjuro que os hace invulnerables, sabios y poderosos. Feliz Navidad, feliz
Solsticio, feliz año nuevo, y un festival de besos y abrazos.
Ahora el cuento; espero que os
guste. Comienza así:
Las
sonrisas de los niños
By César Mallorquí
Si quisiéramos precisar cuándo y dónde
comenzaron los insólitos sucesos de la Navidad de 2019, deberíamos retroceder
seis meses en el tiempo, al diez de junio de ese mismo año, y trasladarnos a la
sala de juntas de la compañía Wonderful Toys Ltd, con sede en Nueva York.
La reunión extraordinaria del consejo de administración
de la empresa había sido fijada para las siete y media de la tarde, cuando
todos los empleados se habían marchado ya y las oficinas estaban desiertas. En
la sala de juntas había una larga mesa rectangular; la cabecera estaba ocupada
por John Roberts Jr, presidente de la compañía, y a ambos lados, tres a tres,
se sentaban los seis consejeros. En el otro extremo de la mesa había un sillón
vacío. Tras un carraspeo, Roberts tomó la palabra:
--Señoras, señores, acabamos de recibir el informe de
resultados del último semestre. -Hizo una pausa y añadió-: Para resumirles la
situación: estamos al borde de la ruina. (...)
Si quieres seguir leyendo, pincha
AQUÍ.
lunes, diciembre 9
Babel 14
Catorce años ya, amigos míos,
cuantísimo tiempo. Dicen que los hijos son termómetros que no solo ponen en
evidencia tu progresivo envejecimiento, sino que además lo aceleran, los muy
cabrones. Y es cierto; mis hijos tienen ya mi misma edad. Bueno, pues igual
ocurre con los blogs. Si cierro los ojos, puedo evocar con nitidez la tarde del
9 de diciembre de 2005 en que, sólo por procrastinar, diseñé un blog y lo llamé
La Fraternidad de Babel. Y cómo
luego, ya puestos, lo colgué en la Red. Parece que fue ayer, pero qué coño; fue
hace catorce larguísimos años.
Y han sucedido tantas cosas desde
entonces... Algunas buenas, otras malas y también pésimas, como la pérdida de
Big Brother. No os hacéis una idea de cuánto le echo de menos. Pero también han
ocurrido cosas buenísimas, como ganar el Premio Nacional o el Cervantes Chico. En
conjunto, el balance es positivo, así que no me quejo.
Aunque vosotros sí que tenéis
motivos para quejaros. Durante los primeros años mantuve más o menos una
periodicidad de una entrada semanal, con altibajos. Pero estos últimos tiempos
se ha reducido a menos de la mitad, unos dos posts al mes. Eso no significa que
me haya cansado de Babel, qué va. Lo que pasa es que durante los últimos cuatro
o cinco años mi cuerpo se cabreó conmigo. Primero fue el repunte de una
enfermedad, luego resbalé en una ducha y me rompí la pierna izquierda. El
pasado diciembre, tropecé con un escalón y me rompí la cadera derecha. Todo eso
se tradujo en que mi ritmo de escritura se fue a hacer gárgaras con tachuelas,
en lo que respecta al blog y en lo que atañe a mi trabajo como novelista.
Escribí muy poco, demonios.
Sorprendentemente, la rotura de
cadera (mucho más llevadera que la fractura de pierna; si tenéis que romperos
algo os aconsejo esta opción) disparó un resorte en mi maltrecho cerebro y me
puse a escribir de forma casi compulsiva. Tanto es así, que en los últimos once
meses he terminado tres novelas, dos de las cuales se publicarán el año que
viene. Eso le ha robado tiempo al blog, lo siento; pero comprendedme, la
obligación va por delante de la devoción, mal que nos pese.
Una de esas tres novelas es El círculo escarlata, la segunda parte
de Las Lágrimas de Shiva, ya os hablé
de ella. Otra es una historia ambientada en un futuro cercano tras el colapso
de la civilización. Y la tercera es mi segunda incursión en el género infantil,
pero a mi manera. Una novela de aventuras ambientada en 1932, pero en un
universo paralelo dieselpunk (Terra Prima). Es la primera de dos
novelas con el título genérico de Las
extraordinarias aventuras de Dan Rider y Le Lizard. Ahora voy a ponerme a
escribir la segunda. Os hablaré más adelante del asunto.
Dentro de quince días tendrá lugar
la Gran (y única) Tradición de la Fraternidad, el cuento navideño. Ya está casi
acabado; se llamará Las sonrisas de los
niños. Como sabéis los más veteranos, suelo escribir dos clases de cuentos
de Navidad. Por un lado los que podríamos llamar “tradicionales”, que encajan
en los esquemas usuales de esas fechas (buen rollo, vamos), y por otro los,
digámoslo así, “gamberros”. Un ejemplo de la primera clase sería La historia del indiano (2017), y de la
segunda Doña Julia y los pobres
(2016). No hay ningún orden en esto, no elijo de un tipo un año y del otro el
siguiente; se me ocurre una idea y puede ser de cualquiera de las dos clases,
aleatoriamente; aunque reconozco que tienden a ocurrírseme más las gamberras.
Pero eso es por mi mente enferma.
¿Qué creéis que será Las sonrisas de los niños, tradicional o
gamberro? Seguro que acertáis, el título lo dice todo, siempre y cuando tengáis
en cuenta mi afición a la ironía.
En fin, hoy es el cumpleaños de La Fraternidad de Babel. Cerrad los
ojos... bueno, no los cerréis porque entonces no podréis seguir leyendo. Cerrad
los ojos metafóricamente e imaginad que estamos en un viejo café. La barra es de
madera y mármol, las paredes están adornadas con espejos y apliques, el suelo
es ajedrezado. Hay un gran ventanal de vidrios emplomados que da a la calle.
Fuera anochece, llueve y hace frío, pero el interior es cálido. En el centro
del local se extiende un pequeño archipiélago de mesas. Ahora estamos sentados
a una de ellas, chalando en voz baja. Alzamos nuestras copas y brindamos por el
aniversario del blog.
Feliz cumpleaños, merodeadores.
lunes, noviembre 11
Pues resulta que eras tonto, Albert
Reconozco, Albert, que cuando tu
partido dio el salto a la política nacional lo acogí con esperanza. No porque te fuera a votar, jamás
lo haría, sino porque pensaba que Ciudadanos venía a corregir una irregularidad
del parlamentarismo español. Por aquel entonces Vox sólo era un diccionario, así que en la
derecha española había un partido único, el PP, que reunía todas las
sensibilidades, desde la extrema diestra hasta el centro. Eso no era lógico; de
modo que muchos pensamos que Ciudadanos vendría ocupar el nicho del
centro-derecha, un partido conservador moderno, reformista, europeo, que
ofreciera un discurso moderado frente al estilo ultramontano del PP.
Pero se produjo la moción de censura
y algo se torció en tu interior, Albert. De repente, pusiste en cuarentena al
PSOE, te echaste en brazos del PP, y Casado se convirtió en tu socio
preferente, tu amiguito del alma, el único del mundo con el que formarías
gobierno. Tras las generales, podrías haberte aliado con el PSOE para formar un
gobierno con mayoría absoluta, tendrías varios ministerios y probablemente
serías vicepresidente. Pero no, en vez de eso seguiste con terquedad tu suicida
estrategia de abandonar el centro y volcarte a la derecha. Y esa foto de la
plaza de Colón... ¿Pero cómo se te ocurrió aparecer ahí?
Verás, nadie se explicaba lo que
estabas haciendo. Se suponía que Ciudadanos era el adalid de la regeneración
política, pero en la Comunidad de Madrid, por ejemplo, mantuviste en el poder
al PP, un partido que lleva décadas gobernando y que, bajo el amparo de
Esperanza Aguirre, se había hartado de robar, estaba corrupto hasta la médula.
Y encima, presidido por la iletrada Díaz Ayuso y sustentado por la
ultraderecha. Y eso, a cambio de migajas. Se suponía que Ciudadanos vendría a
ser la bisagra entre los bloques de izquierda y de derecha, y de repente te
sumaste con entusiasmo al bloque de derechas. El PP era tu principal
competidor, un PP en su peor momento electoral, y tú te convertiste en su
muleta, dándole aire. Y eso a cambio de nada. Pesos pesados de tu partido
comenzaron a abandonarlo, en desacuerdo con tu viraje ideológico y con tu estrategia
de lemming. Todo el mundo (aparte de tus amaestradas huestes) decía que eso
conduciría al desastre, y las encuestas lo ratificaban; pero tú continuaste
obcecadamente con un plan que parecía fruto de un sueño de pipa.
En lo que a mí respecta, le daba
vueltas y más vueltas intentando comprender por qué te comportabas así, y no lo
conseguía. Me decía: o este tío es un genio, y nadie le comprende, o es un
imbécil.
Según Carlo M. Cipolla en su célebre
ensayo Allegro ma non troppo, el
mayor grado de estupidez se alcanza cuando alguien hace algo que daña a los
demás y le daña a él mismo. Pues bien, Albert, ahí lo tienes: tu incomprensible
estrategia ha hundido a tu partido, ha dañado al país, y a ti, sencillamente,
te ha expulsado de la política, porque acabas de dimitir. Has protagonizado la
mayor debacle de un partido desde los tiempos de la UCD.
En consecuencia, Albert, sólo cabe
una conclusión: eres tonto.
Pero no te avergüences demasiado,
porque, aunque tu estupidez ha alcanzado cimas difícilmente igualables, no
estás solo. Ahí tienes a Pedro Sánchez y Pablo Iglesias, dos egos inflados
compitiendo a ver quién la tiene más
grande. Su incapacidad para el acuerdo ha provocado unas nuevas elecciones, que
les han dañado a ellos, ha dañado al país y ha permitido el ascenso de la
ultraderecha. Son, según Cipolla, un par de imbéciles. ¿Y qué decir de Pablo
Casado? Al pactar alegremente con la ultraderecha, en Andalucía, Madrid o
Murcia, ha conseguido blanquear a Vox y fortalecer a su principal contrincante
de la derecha, que le pisa los talones y al mismo tiempo, tras la debacle de
Ciudadanos, es su único posible aliado. Otro tonto. En cuanto a Errejón... Me
suena, ¿quién es Errejón? Al final va a tener razón mi amigo Samael y el único
partido sensato de este país es el PNV.
En fin, Albert, sólo eres el más
tonto entre los tontos, pero no estás solo. Además, siempre puedes contar con
la compañía de tu perro Lucas. Aunque no era él quien olía a leche, sino tú: a
leche, a castaña, a torta, a hostia, a chufa, a galleta y a otras cosas que se tragan
a costa de los dientes.
En cuanto al resto de los políticos
de este país -me refiero en particular a los de izquierda y centro-izquierda-,
ya habéis demostrado sobradamente lo estúpidos y lo dañinos que podéis ser.
¿Por qué no probáis la sensatez, aunque sólo sea por variar? Fijaos bien: ahí
está Vox con 52 diputados, la tercera fuerza de la cámara. ¿Os imagináis un
gobierno del PP y Vox? Me estremezco sólo de pensarlo. Así que poneos de
acuerdo y formad un gobierno lo más estable posible. Porque si la volvéis a
cagar... bueno, tomad nota de lo que le ha pasado a Albert.
Y no me toquéis más las narices. La Fraternidad de Babel existe para
tratar temas importantes, como el cómic, el cine o la literatura, y no para
perder el tiempo con gilipolleces políticas. Así que portaos bien o juro que me
hago vasco.
jueves, octubre 31
Feliz Noche de Ánimas
Otra vez Halloween, mi fiesta pagana
favorita. Cada año, al llegar esta fecha, escribo un post explicando por qué me
gusta, cuál es su origen, qué significa o cómo llegó a España, así que no me
voy a repetir. Si a alguien le interesa, puede buscarlo en los Archivos de
Babel.
Uno de los errores más frecuentes respecto
a esta celebración consiste en afirmar que Halloween es una fiesta yanqui. Pero, como todos sabemos, en realidad procede de las islas británicas y surgió en la Edad Media.
No obstante, el Halloween que hoy conocemos ha adoptado algunos elementos
norteamericanos. Pero ¿cuáles son originales y cuáles adquiridos en USA?
Como bien sabéis, Halloween procede
del antiguo festival de Samhain, una fiesta que marcaba el final de la cosecha
y el fin de año celta (su significado en gaélico es “fin del verano”). Era una
festividad dedicada a la muerte, pues se decía que la noche del 31 de octubre
al 1 de noviembre, el más allá y el más acá se conectaban, de forma que los
muertos deambulaban entre los vivos. Por desgracia, no tenemos mucha idea de
cómo se celebraba el Samhain.
Pero algo sabemos: Duraba tres días.
Se encendían grandes hogueras. Se vaciaban nabos y ponían dentro velas,
convirtiéndolos en lamparillas. Como se creía que los muertos llegarían con
hambre y podrían devorar a los vivos, se dejaba comida fuera de casa para que
los muertos se saciaran y no se merendaran a nadie. Y poco más. (También se realizaban actividades
adivinatorias, pero se ignora en qué consistían)
Así pues, los disfraces de
fantasmas, zombis y monstruos provienen de la tradición original. El resto de
los disfraces (brujas, hombres lobo, Frankenstein, etc) no son más que una
extensión del concepto básico de muerte y terror.
La costumbre de regalar alimentos
(golosinas, galletas, pasteles...) también procede de la tradición original (se
dejaba comida a los muertos). Sabemos que en el primitivo All Hallows' Eve (de
donde deriva el término Halloween), los chavales iban de puerta en puerta (pero
sin disfraces) pidiendo dulces. Esa idea de dar alimentos a los muertos, aparte
de curiosa, se trasladó sibilinamente al cristianismo protestante. Por ejemplo,
las soul cakes, galletas de almas, el dulce típico del Día de Todos los Santos
en Inglaterra. Por cada una que te comas, salvas un alma del purgatorio. En la
católica España tenemos los huesos de santo -un dulce muy gore-, los buñuelos o
los panellets. Y en muchas partes, castañas asadas.
Con las calabazas encontramos la
primera injerencia yanqui (aunque no tanto). Al parecer, cuando los emigrantes
irlandeses llevaron a América la fiesta de Halloween, se encontraron con que
había pocos nabos, pero muchas calabazas (a fin de cuentas, esta es la época de
su cosecha). Además, qué demonios, mola mucho más una calabaza tallada con
forma de rostro monstruoso que un nabo-lamparilla. Por otro lado, la calabaza
se relaciona con la leyenda irlandesa de
Jack-o’-lantern, que acabó mezclándose con Halloween.
La segunda injerencia yanqui es el
“truco o trato”, trick-or-treat. En
realidad, debería traducirse como “travesura o dulce”. Es decir: o me das
golosinas o te puteo. Esta tradición surgió en Estados Unidos y procede de la
cara más fea y salvaje de Halloween. A finales del XIX y principios del XX, se
convirtió en una fiesta extraordinariamente popular que consistía, básicamente,
en que los chavales hacían travesuras. Pero sucedió que niños de los barrios
pobres iban a los barrios ricos y, en un ejercicio de lucha de clases, montaban
tales pifostios que las travesuras se convirtieron en un vandalismo que iba
desde romper ventanas a pedradas hasta descarrilar tranvías o provocar incendios. Como era imposible
erradicar Halloween, y como no quedaba bien organizar redadas policiales para
detener a niños pequeños, alguien tuvo una gran idea: el soborno, o el
auto-chantaje.
En el fondo es lo mismo que sucedía
cuando los vikingos sitiaban una ciudad amurallada. Las autoridades salían y le
decían al Olaf de turno: Si no nos masacráis, torturáis y violáis, os daremos
cuantiosos tesoros. A principios de los años treinta, al llegar Halloween, una
panda de golfillos iba con afán destructivo a un barrio lujoso y se encontraba
a las amas de casa en las puertas de sus viviendas, dispuestas a llenarles los
bolsillos de golosinas a cambio de que no les destrozaran las ventanas ni les
tiraran huevos. Los chavales, más hambrientos de dulces que de justicia social,
aceptaban encantados. Luego la costumbre se generalizó y de ahí vino lo de
truco o trato.
Aunque Halloween procede de las
islas británicas, el Samhain se celebraba en otras partes de Europa, incluyendo
la España celta. Por eso, en nuestro país hay muchas viejas tradiciones que
recogen todos los elementos de Halloween, menos el trick-or-treat. Por ejemplo, considerar la noche del 31 al 1 como “noche
de brujas” o “noche de ánimas” (es la noche en que la Santa Compaña deambula
por Galicia). O el tallado de calabazas y nabos para convertirlos en linternas.
O los niños pidiendo dulces o castañas. O los disfraces.
De hecho, a tenor de los últimos
acontecimientos en Cataluña, me he planteado una cuestión: ¿No será que los CDR
están celebrando un largo Halloween? Pensadlo: Salen por la noche; van
disfrazados con máscaras y capuchas; encienden hogueras, como en Samhain; hacen
travesuras... La única diferencia es que, en lugar de “truco o trato”, dicen “independencia
o barricadas”, pero en el fondo es lo mismo. Así que propongo una idea: que la
policía, en vez de darles porrazos, les den chucherías. Igual así se calman.
Queridos amigos, os deseo un atroz y terrorífico
Halloween.
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