jueves, septiembre 10
Hasta siempre, Sra. Peel
Hoy ha muerto el amor de mi vida. No me refiero a Pepa; ella es el segundo amor de mi vida. Estoy hablando de Diana Rigg, la mujer que fue Emma Peel. Mi amor eterno.
Ya hemos charlado en Babel de la vieja serie de TV Los Vengadores, y además ahora todo el mundo está hablando de ella. No obstante, voy a repetir aquí parte de lo que escribí en 2013.
La serie Los Vengadores nació en 1961 producida por la ABC. Su protagonista, el Dr. Keel, jura vengar el asesinato de su novia a manos de un grupo de narcotraficantes, y para ello cuenta con la ayuda de un misterioso agente secreto llamado John Steed (interpretado por Patrick Macnee). Durante la segunda temporada (1962), Keel desaparece y Steed se hace con el protagonismo de la serie, acompañado por tres ocasionales colaboradores. Uno de ellos, una arrojada mujer llamada Cathy Gale (Honor Blackman), se convertirá en la pareja fija de Steed durante la siguiente temporada (1963).
Qué yo sepa, estas tres primeras temporadas nunca se han emitido en España, así que no las he visto. En el 63, Honor Blackman abandonó la serie para convertirse en chica Bond (fue Pussy Galore en Goldfinger) y hubo que buscarle una sustituta: Emma Peel –la señora Peel-, interpretada por Diana Rigg, que coprotagonizó con Steed las dos siguientes temporadas. Y su presencia revolucionó la serie convirtiéndola en un producto de culto. Pero yo aún no lo sabía, porque la cuarta de temporada de Los Vengadores, emitida en Inglaterra entre 1964 y 1966, no llegó a España hasta 1968, cuando yo tenía quince años.
Es difícil explicar de qué va la serie. Básicamente, se trata de las aventuras de dos agentes secretos británicos en los años 60. John Steed tenía unos cuarenta años, siempre vestía trajes con chaleco, usaba bombín y jamás se separaba de su paraguas. El clásico gentleman inglés. Por contra, su compañera, Emma Peel, era una mujer joven, guapa, elegante, inteligente y experta en artes marciales. De hecho, ella repartía bastante más leña que él. En realidad, el concepto era más amplio. No olvidemos que la serie se produjo en los 60, en plena eclosión de la contracultura, la liberación de la mujer, el pop y la psicodelia. Así que Steed representaba a la Inglaterra de siempre, y la señora Peel a la nueva Inglaterra, la de los Beatles y Mary Quant.
Los Vengadores podría definirse con dos palabras: sofisticación e ironía. La serie, cuyos argumentos solían oscilar entre el espionaje, el pulp y la ciencia ficción, no se tomaba demasiado en serio a sí misma. Todo estaba contemplado a través del prisma de un humor que oscilaba entre lo más genuinamente british y lo abiertamente surrealista. Los diálogos eran ingeniosos, la situaciones delirantes y los argumentos muy imaginativos. Steed conducía un precioso Bentley de 1926 y la señora Peel modernos deportivos. Él vestía siempre impecables ternos clásicos y ella a la última moda (de los 60). Ambos eran extremadamente aficionados al champán francés. Todo muy sofisticado y muy pop.
El éxito de la serie se debió a la señora Peel/Diana Rigg. Una mujer independiente, inteligente, con mucho sentido del humor, valiente, moderna. Una mujer que no estaba ahí para ser rescatada por el machote de turno, sino para rescatar a su querido Steed cuando era necesario. Una mujer fuerte, elegante y divertida. Creo que me enamoré de ella nada más ver el primer episodio.
Diana Rigg era esbelta, elegante, guapa sin estridencias, pero no fue nada de eso lo que me enamoró. Fue su mirada. En sus ojos aleteaba una permanente ironía, como si en el fondo nada fuese del todo serio. Era una mirada inteligente, chispeante, la mirada de una mujer absolutamente segura de sí misma. Sólo he visto una mirada similar (aunque no idéntica): la de Lauren Bacall en Tener y no tener (una película de Hawks, como no podía ser de otra forma) cuando le dice a Bogart: “Si me necesitas silba. Porque sabes cómo silbar, ¿no Steve? Tan solo tienes que juntar los labios y ... soplar".
En fin, que Diana Rigg ha sido el gran amor de mi vida. Alto ahí, diréis; eso no es amor, porque no te enamoraste de Diana Rigg, sino de Emma Peel, un personaje de ficción, un ser que no existe. Y yo respondo: ¿Acaso no se enamora uno siempre de alguien que en realidad no existe? Pero, insistiréis, eso no es amor, sino un calentón adolescente. Pues os equivocáis; jamás utilicé la imagen de Diana Rigg para mis fantasías masturbatorias. Habría sido como mancillarla y yo la respetaba demasiado.
Lo único que quería es estar con ella, poder mirarla, quizá cogerla de la mano, zambullirme en sus burbujeantes ojos de chica lista y dura. Eso es amor; amor puro, total y entregado. Por lo demás, yo era consciente de varias cosas: 1 Diana Rigg era mucho mayor que yo; por aquel entonces ella tenía 29 años y yo 15. 2 Eso ya bastaba para ser un muro insalvable entre nosotros. 3 Pero es que, además, ella vivía en Londres y yo en Madrid, y ella sólo hablaba inglés y yo sólo español. Eso es lo que se llama un amor imposible. Y no sabéis hasta qué punto sufría al ser consciente de que jamás iba a estar ni siquiera medianamente cerca de Diana Rigg. Me dolía. Me dolía de verdad.
Estoy seguro de que si mi querida Diana hubiera vivido en Madrid, yo me habría ganado, con justicia, una orden de alejamiento por acoso.
Supongo que esto os parecerá una anécdota sin importancia, una chifladura de adolescente. Pero os equivocaréis, porque fue muy importante en mi vida, Veréis, Hace unos años, una periodista me preguntó una cosa en la que yo no había caído: ¿Por qué los personajes femeninos de mis novelas están cortados casi todos por el mismo patrón? Lo pensé y me di cuenta de que era verdad; la mayor parte de mis personajes femeninos son mujeres o chicas con mucho carácter, independientes, echadas p’alante, inteligentes y con sentido del humor. ¿Por qué? La respuesta que le di a la periodista fue sencilla: porque así son las mujeres que me gustan. De hecho, me casé con una mujer de esa clase.
Ahora bien, ¿por qué me gustan ese tipo de mujeres? Pues por Emma Peel, claro. Diana Rigg definió para siempre mis gustos femeninos. ¿Os parece poco?
Hay, por cierto, un malentendido acerca de Emma Peel: La gente se empeña en recordarla vestida de cuero. Y, en efecto, durante su primera temporada usaba esa vestimenta. Porque la había heredado de la anterior co-protagonista, Cathy Gale (Honor Blackman). Pero a Diana no le gustaba, y durante la segunda temporada sustituyó el cuero por minifaldas pop y, sobre todo, por unos ajustadísimos buzos de tela elástica. Ese tipo de prenda fue tan popular que pasó a llamarse “emmapeeler”.
En fin, Diana Rigg ya no está y mi corazón se ha roto. Alzo mi copa de champán por ti, querida Diana; descansa en paz. Tú has muerto, pero Emma Peel vivirá para siempre.
jueves, julio 23
Guillermo Brown
El pasado domingo regresé del
Festival Celsius, cambiando las frescas tierras asturianas por el horno
madrileño (jesú, qué caló). Ha sido un Celsius extraño a causa del C-19. Pero
ha sido, lo que basta y sobra para prorrumpir en una agradecida ovación en
honor de Cristina, Jorge Iván, Diego y el resto de los organizadores. ¡Gracias,
amigos/as!
El caso es que presenté el tercer
volumen de las Crónicas del parásito
y, tras el acto, firmé unos cuantos ejemplares. Y ahí me reencontré con mi buen
amigo y viejo merodeador Juan H. Qué, como el año pasado, me hizo un regalo
(infinitas gracias, Juan, pero no lo hagas más, porque me creas mala
conciencia). Me regaló un CD, The
Chieftains 3, una antología de relatos policiacos de Fredric Brown y un
ejemplar de Guillermo Brown en inglés, que es toda una curiosidad.
Ya os he hablado de las historias de
Guillermo, de Richmal Crompton. Esos libros han marcado mi vida como ningún
otro lo ha hecho. Me convirtieron definitivamente en lector, forjaron mi
sentido del humor, me enseñaron lo que es la rebeldía y son una de las
principales influencias de lo que escribo. Comencé a leerlos cuando tenía unos nueve
o diez años, porque los heredé de mis hermanos y porque en esa época, comienzos
de los 60, Crompton y Blyton eran las dos autoras de literatura infantil más
populares.
Me apresuro a aclarar dos cosas: Yo
era (y soy) fan absoluto de Guillermo, mientras que las historias de Blyton me
parecían (y parecen) tontas y blandorras. Y, en segundo lugar, Guillermo es un
niño de once años y sus historias fueron un éxito entre los niños. Sin embargo,
pueden -y deben- ser disfrutadas por los adultos. De hecho, los primeros
relatos estaban dirigidos a los lectores adultos, y son una divertidísima
sátira de la sociedad inglesa.
Los libros de Guillermo (son
antologías de relatos) fueron publicados en España por Editorial Molino entre
1935 y 1970, hasta un total de 39 volúmenes. Hubo una reedición, la última, en
1999, que debió de ser un fracaso porque a los niños de ahora no les divierte
Guillermo. Se lo leía a mis hijos cuando eran pequeños, y el único que se reía
era yo. Incluso hubo un absurdo intento de adaptar sus historias a los tiempos
actuales. ¿Por qué no le gusta Guillermo a los niños de hoy?
Supongo que por diversos motivos,
entre ellos que la sociedad inglesa de los años 30 debe de resultarles más extraña
que Mordor. Pero leí una explicación muy convincente. La base de las historias
de Guillermo puede resumirse en una frase: El enemigo natural de los niños son
los adultos, especialmente los padres. Eso era cierto en los años 30, y en los
40, y en los 50, y en los 60, y en los 70..., pero a partir de los 80 la cosa
empieza a cambiar. Los padres de ahora ya no son las figuras autoritarias y
restrictivas de antaño. Más bien al contrario; los actuales progenitores son
tolerantes y generosos, y más que padres ambicionan ser amigos de sus hijos.
Rebelarse contra ellos sería tan absurdo como ponerle barricadas a Santa Claus.
Por eso Guillermo resulta incomprensible para los niños de hoy.
Pero volvamos al libro que me regaló
el bueno de Juan H. En la foto de arriba podéis ver la portada. William, the dictator. Ojo, recordad que
se trata de una sátira; a la señora Crompton jamás la acusaron de filonazi (al
contrario de su colega Blyton). El libro se publicó en Inglaterra en 1938, y en
España en 1962. Y ahí está la curiosidad: dado que en nuestro país “disfrutábamos”
de una bonita dictadura, ese libro de Guillermo (el 22 de la serie española),
apareció con otro título y otra portada.
Aún no lo he comentado, pero otro de
los alicientes de Guillermo son las maravillosas ilustraciones de Thomas Henry
(autor de la portada de arriba). Pues bien, en la edición española el libro
pasó de titularse William, the dictator,
a llamarse Guillermo el luchador. Y la
portada inglesa de Thomas Henry fue sustituida por otra de J. Correas.
Comparando el contenido de ambas ediciones, vemos que la inglesa consta de diez
relatos, mientras que en la española sólo hay nueve. Falta What’s in a Name?, que debe de ser el relato relacionado con los
dictadores. Ya veis, amiguitos; así era la vida durante la oprobiosa.
Lo más cabreante es que en las
posteriores reediciones que se hicieron, ya en democracia, no se recuperó el
título original, y el libro siguió llamándose Guillermo el luchador, sin la portada y el relato omitidos. Censura
heredada se llama eso, y también escaso rigor editorial.
Después de en Inglaterra, España fue
el país de Europa donde más éxito tuvieron las historias de Guillermo, y creo
que eso se debió en parte a la dictadura. Guillermo es el paradigma del
rebelde, siempre enfrentado a la autoridad. De él dijo John Lennon: «Me sentí del todo identificado con su
rebeldía, su audacia, su sentido del humor, los vuelos de su fantasía, su
necesidad de ser siempre el jefe, pero tener siempre también compañeros, e
incluso su preferencia por los pieles rojas sobre los vaqueros». No
olvidemos que su pandilla de amigos se llama Los Proscritos.
Los que nunca, oh infelices, habéis
leído una historia de Guillermo, quizá penséis que son las típicas historias
inocentonas de niños, a lo sumo al estilo de Daniel el Travieso. Nada más lejos
de la realidad; en los relatos de Crompton no hay ni un ápice de
sentimentalismo o ternura, nada de lo que habitualmente relacionamos con la
infancia. Guillermo es sucio, torvo y malencarado, una fábrica ambulante de
desastres. Nadie en su sano juicio querría tenerlo como hijo. Pero sí como
amigo. ¡Floreat por siempre, Proscritos!
viernes, julio 3
Fracasos en un pendrive
A veces me preguntan de dónde saco
las ideas para mis relatos. Y yo respondo que de todas partes. De lo que veo,
de lo que leo, de lo que me sucede, de lo que sueño, de lo que me cuentan... En
realidad, la pregunta debería ser otra: ¿Cómo y por qué entre tantas ideas
escoges una en concreto? Ojo: cuando digo “idea” no hablo de un argumento, sino
de algo mucho más pequeño, poco más que un tema. Pues bien, cada idea plantea
una pregunta diferente. Lo que hago es escoger la pregunta que en ese momento
más me interesa.
Por ejemplo, hace ocho años, tras
una de mis múltiples lecturas sobre mi leyenda favorita, la del Rey Arturo,
reflexioné acerca del tema general de la leyenda y llegué a la conclusión de
que trata sobre la barbarie y la civilización, y sobre la difusa frontera entre
una y otra. Entonces surgió la pregunta: Si
la sociedad se derrumbase y cayera en la barbarie, ¿qué harías: intentar
mantener la civilización o convertirte en un bárbaro? Lo que me fascinó de
esa pregunta es que no tiene una respuesta sino muchas, y que incluso las
respuestas más antagónicas se sostienen sobre argumentos razonables.
Mi forma de intentar responder (o no
encontrar respuesta) a esas preguntas consiste en escribir ficción, así que
ideé un argumento y me puse a darle al teclado. Al cabo de un par de semanas, paré,
revisé lo que había escrito y llegué a la conclusión de que aquello era malo,
malo, malo. Esa no era la respuesta, así que dejé de escribirlo.
Entonces ideé otro argumento. No me
limité a corregir lo anterior, hice algo muy distinto. Y al poco volví a
pararme, volví a releer y volví a mandar a la mierda lo que llevaba escrito.
Dejé pasar un tiempo para reposar las
ideas. Al cabo de unos dos años, más o menos, volví a retomar el proyecto, desarrollé
un nuevo argumento distinto a los otros dos, y entonces la cosa funcionó.
Escribí la mitad de la novela y tuve que parar para atender otros compromisos
editoriales. Finalmente, hace unos meses, la acabé.
Pues bien, ayer estaba revisando el
contenido de un pendrive y encontré un archivo sin título (sólo ponía “novela”).
Tras abrirlo, descubrí que era un texto de casi treinta páginas. Lo leí y me
quedé perplejo: lo había escrito yo, pero ni recordaba haberlo hecho ni tenía
la menor idea de lo que era. Finalmente caí: se trataba de la primera versión
de la novela. ¡Pero no me acordaba de nada!
Y eso no es normal. Veréis, aunque
planifico mis novelas antes de escribirlas, apenas tomo notas, porque lo guardo
todo en la cabeza. Para otras cosas tengo memoria de pez de colores, pero a la
hora de escribir soy una máquina. He sido capaz de escribir una novela corta a
lo largo de casi 20 años, recordando cada detalle del argumento. Pero ese texto
se había esfumado de mi cabeza; tanto que al releerlo no encontraba nada
familiar en él. Nada me sonaba. Era como si lo hubiera escrito otra persona. Y
debía de haberlo trabajado bastante, porque los personajes empleaban una jerga
inventada.
¿Por qué lo olvidé? Supongo que al
descubrir que lo que había escrito no valía, me cabreé. Demonios, a buen ritmo
(en mi caso) 30 páginas son más de una semana de trabajo tirada a la basura.
Así que mi rencoroso cerebro debió de mandar a la mierda aquel texto inútil, no
dejando ni rastro de él en la memoria.
El caso es que en el pendrive había
otro archivo sin nombre: la segunda versión de la novela. Sólo ocho páginas.
Que tampoco recordaba haber escrito; aunque había cosas que me sonaban.
Vagamente.
Es curioso eso de leer textos
propios como si fueran ajenos. Da un poco de grima. Aunque al menos me permitió
averiguar en qué me había equivocado las dos primeras veces. ¿Recordáis la
pregunta? Si se derrumba la sociedad, ¿intentas conservar la civilización o te
sumes en la barbarie?
La primera versión presentaba un
futuro en el que la sociedad se derrumbó hace tiempo y la gente ha vuelto a una
vida tribal y nómada. El problema es que en ese contexto no hay nada que
conservar; en todo caso, se trataría de refundar la civilización, no de
mantenerla. Y no era eso lo que yo quería hacer. Otro problema era que el texto
parecía una mezcla entre Mad Max y La naranja mecánica. Es decir, más visto
que el TBO (qué frase hecha más añeja, pardiez).
La segunda versión se desarrollaba
en un futuro cercano en el que una minoría de privilegiados vive en ciudades
fortificadas, mientras que el resto de la población malvive en medio de la
barbarie. De nuevo no hay civilización alguna que mantener, porque ya existe la
civilización, aunque en manos de pocos. Eso sería un escenario situado antes
del colapso definitivo. No me extraña que abandonara ese argumento tan rápido,
porque no respondía a ninguna pregunta.
La versión definitiva, ambientada en
un futuro más cercano todavía, se sitúa en el momento en que la sociedad se
colapsa definitivamente. Es justo ahí cuando la pregunta es pertinente, porque
es en ese preciso momento cuando se plantea la cuestión. Aunque descarté por
completo los dos primeros argumentos, tomé algunos elementos de ellos, pero apenas
unos cuantos detalles. Incluso en los errores siempre hay algo aprovechable.
Por si alguno se pregunta cuál es la
respuesta a la pregunta, no le responderé que tendrá que aguardar a leerlo en
la novela, porque como decía antes, no hay respuesta correcta. La historia está
protagonizada por tres hermanos; cada uno de ellos representa una respuesta
distinta. Que el lector decida.
¿Qué haría yo si la civilización se
colapsase? Pues nada, porque dudo mucho que formara parte de los
supervivientes.
martes, junio 23
Videoteléfonos
Como
viejo fan que soy de la ciencia ficción, cuando era adolescente, allá por los
lejanos 60/70, me preguntaba qué artefactos futuristas iba a conocer yo a lo
largo de mi vida. Pensaba que la aparición de esos artefactos sería la señal de
que ya vivía en el futuro (en un futuro de cf). Por ejemplo, esperaba llegar a
ver estaciones orbitales, coches aéreos, robots androides, inteligencia
artificial, holografía, aceras rodantes, vehículos sin conductor, antigravedad,
bases lunares... Huelga decir que la mayor parte de esas esperanzas se han
visto frustradas. Hay una estación orbital, pero es una cochambre comparada con
lo que esperaba. Los hologramas son rudimentarios. No hay androides
funcionales. Las IA’s son más bien tontas. Aceras rodantes sólo en los aeropuertos.
La antigravedad ni olerla. Los vehículos autónomos están en proceso de prueba.
¿Coches voladores? Ya hay bastantes accidentes circulando en dos dimensiones,
como para añadir una tercera. Y a la Luna ni siquiera hemos vuelto. En fin, que
el futuro ya no es lo que era.
Pero
había un artefacto en el que tenía puestas muchas esperanzas, porque era el que
más viable se me antojaba: el videoteléfono. Y lo curioso es que no existe como
tal, no hay ningún cacharro que se llame así. Lo que si hay son unos pequeños
teléfonos portátiles que hacen muchas más cosas que un simple teléfono; entre
ellas, videollamadas. Y resulta que, sin teléfono siquiera, mi ordenador
también las puede hacer.
Pero
yo no lo utilizaba. ¿Para qué demonios hace falta ver el careto de tu
interlocutor? Así que, como no lo utilizaba, no era consciente de ello. Hasta
que ha llegado el Covid-19, encerrándonos a todos en casa. Y entonces he
empezado a hacer videollamadas como un loco. Para hablar con los amigos, para
celebrar reuniones de trabajo, para celebrar partys virtuales o para tener charlas con mis lectores.
La
semana pasada tuve un encuentro a través de Zoom con jóvenes de Perú que habían
leído los dos primeros tomos de las Crónicas
del parásito (foto de arriba). Paraos a pensarlo: me reuní con unas sesenta
personas y charlé con ellas viéndonos las caras ¡a casi 10.000 kilómetros de
distancia! Entonces me acordé del Dr. Floyd hablando con su hija por
videoteléfono desde la estación orbital (en 2001:
Una odisea del espacio), y pensé que era lo mismo. Bueno, faltaba la
estación orbital y el cohete de la PanAm (de hecho, falta incluso la PanAm), pero
aparte de esos pequeños detalles, era lo mismo.
Así
que, sin darme cuenta, resulta que ya vivo en el futuro.
miércoles, junio 10
jueves, abril 16
Pensamientos de un escritor confinado
Siempre me he esforzado
en decirle a todo aquel que quisiera escucharme que lo que yo hago, escribir,
es un trabajo como cualquier otro. Y es verdad, es un trabajo. Y es mentira: no
es como cualquier otro. Es raro.
* * *
Dadas las
características de mi trabajo (encierro y soledad), supongo que estoy mejor
preparado que la mayoría para soportar con entereza el confinamiento. Y lo
estoy. La única pega es que no tengo ni puñetera idea del día en que vivo. Si
me dicen que hoy es jueves, me lo creo. Ah, pues sí, resulta que es jueves...
* * *
Me temo que tengo un pequeño
problema. La semana pasada acabé la última novela que tenía programada, el
segundo tomo de una bilogía infantil diéselpunk. Ahora estoy corrigiendo una
novela que concluí a mediados del año pasado. La cuestión es que no tengo nada
preparado para iniciar una nueva novela. Ningún argumento, ningún tema, nada de
nada.
Entonces me he dado cuenta de algo:
las ideas de la mayor parte de mis novelas surgieron estando de viaje. Y no sé yo
si ir del despacho a la terraza puede considerarse viajar.
* * *
Últimamente sueño mucho. O, mejor
dicho, recuerdo mucho mis sueños. Quizá sea por el confinamiento, no lo sé; el
caso es que mis noches se han convertido en el Netflix de Morfeo. Eso podría
tener un lado positivo, porque algunas de mis ideas literarias han surgido de
sueños. Pero resulta que estoy teniendo sueños muy poco interesantes. Por
ejemplo, la otra noche soñé que iba a una tienda a comprar una pieza de
recambio para una Vespa (que no tengo). Había más clientes, así que tuve que
hacer cola (¡soñar con hacer cola!, hay que ser idiota). Cuando llegó mi turno
resulta que había olvidado el nombre de la pieza y tuve que telefonear a un
amigo para preguntarle. ¿De verdad alguien cree que vale la pena soñar con
semejante estupidez? Joder, qué despilfarro de capital onírico.
* * *
Mis sueños tienen un patrón
repetitivo (no solo ahora, sino desde hace años). Suelo soñar que deambulo por
ciudades que, o bien conozco (como Madrid) pero son totalmente distintas a como
son en realidad; o bien no conozco pero tienen un aspecto cochambroso; o bien
conozco, o no, pero van cambiando conforme me desplazo por ellas, de modo que
si intento hacer el camino a la inversa el paisaje urbano que encuentro es completamente
diferente al que había visto antes. Vale, está muy bien eso de los paseos, pero
un poquito de variedad, por favor.
* * *
Varias asociaciones promulgaron un
parón de 48 horas de los profesionales de la cultura para los días 10 y 11 de
abril, por la falta de medidas específicas por parte del ministerio para el
sector. No voy a entrar en la justicia o no de esas demandas, pero os juro que
es la huelga más estúpida que me he echado a la cara (de hecho, se desconvocó).
Por amor de Cthulhu, en las actuales circunstancias ¿quién demonios se iba a
enterar de si los profesionales de la cultura paran o no? Me suena a eso que
hacen los niños de amenazarte con no respirar si no les das lo que quieren.
* * *
Más de una vez lo he dicho: la
educación es una necesidad, la información también, pero la cultura artística
es un lujo. Y enseguida se me echan encima diciéndome cosas como “Para mí leer
es como respirar”, o “La vida sin música no tiene sentido”, y otros tópicos
semejantes. Vamos a ver, la vida sin arte sería mucho más triste, insípida y
aburrida, sin duda, pero seguiría siendo vida. El arte, tal y como hoy lo
entendemos, surge cuando aparece una amplia burguesía dispuesta a consumirlo.
Porque el arte es un lujo de las sociedades prósperas.
Alto ahí, me diréis; hasta las sociedades
más primitivas tienen formas artísticas. Pues sí, pero los miembros de esas
culturas no consideran que eso que hacen sea arte en el sentido que nosotros lo
entendemos, sino más bien algo relacionado con lo sagrado, lo identitario o
incluso lo erótico. En la actual civilización occidental, los profesionales de
la cultura somos, aunque no lo sepamos, trabajadores del lujo (lujo
democratizado, pero lujo a fin de cuentas), así que no nos extrañemos si, en
caso de crisis, estemos de los últimos en la fila de las prioridades. Gajes del
oficio, amiguitos. Y ya sé que no estáis de acuerdo conmigo, no hace falta que
os apresuréis a apilar los troncos de la hoguera donde merezco arder.
* * *
Al disponer de más tiempo de lo
usual, visito con más frecuencia Facebook. Allí formo parte de varios grupos de
escritores, algunos de ellos dedicados sobre todo a los aspirantes a escritor. Me
resulta conmovedora la inocencia y la ilusión de eso noveles, lo despistados
que están, los mitos y estereotipos que manejan. Con el tiempo aprenderán,
seguro.
Pero hay algo que me cabrea mucho:
Las editoriales (?) de coedición; es decir, las supuestas editoriales que
cobran al autor por publicar su libro. Según ellos, se comprometen a corregir,
maquetar, imprimir, distribuir y publicitar la obra; pero a la hora de la
verdad, se limitan a aplicarle al texto un corrector automático, a maquetarlo
de cualquier manera, imprimen poquísimos ejemplares, lo distribuyen en un par
de librerías de barrio y, con suerte, insertarán dos anuncios en alguna rede
social. Son un puñetero timo. Y lo mismo puede decirse de esas editoriales (?)
que no cobran por editar, pero que exigen por contrato vender un mínimo de
ejemplares (50 o 70) en la presentación del libro. Y, si no se consigue, el
autor debe comprar personalmente los ejemplares que falten para cubrir el cupo.
Timo también.
Me indignan esos cabrones que ganan
dinero abusando de la ilusión y la ingenuidad de la gente, engañándolos con
promesas vacías y mentiras. Son buitres, ratas, miserables que emponzoñan una
actividad tan noble como la escritura y la edición. Vamos, que me ponen de muy
mala leche.
Más de una vez he dicho,
dirigiéndome a los noveles, que publicar un libro de esa manera no sirve para
nada más que para perder pasta, que hacerlo así no tiene ningún mérito. Que
cuando publicas un libro con una editorial “normal” ya puedes sentirte
orgulloso, porque eso significa que tu texto ha sido valorado y ha pasado por
varios filtros. Aunque no vendas nada, da igual; te has puesto a prueba y has
dado un paso adelante. Y si tanta prisa tienes por publicar, recurre a la
autopublicación. Te resultará más barato. Pero, claro, no me hacen caso. O sí, la
verdad es que no lo sé.
* * *
Como todos vosotros, me estoy dando
atracones de series. He visto, por ejemplo, la tercera temporada de Ozark. Creo que ya os he hablado de esta
serie de Netflix; y si no lo he hecho, lo hago ahora: durante sus dos primeras
temporadas, Ozark ha demostrado ser
una serie muy, pero que muy buena. Un thriller excelente.
Pero con la tercera temporada ha
dado un paso adelante y se ha convertido en una serie magistral, la mejor de
Netflix y, probablemente, una de las mejores series dramáticas en emisión, si
no la mejor. No voy a contaros el argumento, ni a hacer spoilers; sólo os diré
algo: el final de la tercera temporada es... bueno, sencillamente te deja sin
aliento, petrificado, preguntándote si realmente has visto lo que has visto, y
con una imagen en la cabeza que tardará tiempo en borrarse.
Hacedme caso: ved Ozark. Y esto se lo recomiendo especialmente a
los escritores, aficionados o profesionales, porque Ozark es todo un manual
sobre cómo desarrollar tramas y diseñar personajes. De nada.
miércoles, abril 1
Materia oscura
Hoy os traigo un regalo, un relato.
Hace poco, un anónimo merodeador me comentó que, en estos tiempos de encierro,
sería de agradecer que subiera a la red algo escrito por mí. El comienzo de una
de mis nuevas novelas, un cuento, lo que fuese.
Muchos escritores han puesto gratis
alguna de sus novelas a disposición de quienes quieran leerlas. Me parece
estupendo, aunque no voy a hacerlo yo. Por muchos motivos; tantos que me da
pereza enumerarlos. Pero un cuento sí. Para explicarlo con sencillez: mis
novelas son trabajo; mis cuentos son devoción. Así que mejor ofrecer un fruto
de mi amor (por la cf y la fantasía) que un fruto de mi sudor.
El relato se llama Materia oscura y ganó el premio Domingo
Santos de 1993. Luego, en 1995, formó parte de mi antología El Círculo de Jericó. Algunos de los
cuentos de esa antología se han reeditado varias veces, como El rebaño o La pared de hielo, pero este, que yo sepa, no ha vuelto a aparecer
desde entonces. Sin embargo, a mí me gusta y la tribu de los pchapchá forma
parte de mi mitología personal. Espero que a vosotros también os guste.
Si quieres leerlo, pincha AQUÍ
jueves, marzo 19
Reflexiones en el Año del Virus
Dicen que en chino “crisis”
significa “oportunidad”, pero no es cierto. En mandarín, crisis se escribe wei ji; wei significa peligro y ji,
que es polisémico, viene a significar “punto crítico”. Oportunidad se dice jihui. Pero da igual; esta crisis y su
consiguiente encierro es una ocasión perfecta para encontrarnos con nosotros
mismos, mirar lo que tenemos dentro y reflexionar.
Con frecuencia, las circunstancias
adversas nos ponen frente a un espejo. Cuando todo va bien, es fácil fingir y
simular que somos lo que no somos, poner cara de foto y meter la tripa para
salir guapos. Es frente a las desgracias cuando mostramos nuestro verdadero
rostro. La crisis del coronavirus es una oportunidad para descubrirnos.
Por ejemplo, el confinamiento.
Llevamos creo que seis días encerrados en casa. Muchas personas ya están que se
suben por las paredes. Sin embargo, yo he descubierto que no noto gran
diferencia entre estar confinado y no estarlo. Y no solo en cuanto a mis
sentimientos y emociones, sino también en lo que respecta a mis actividades:
hago básicamente lo mismo que hacía antes.
Bueno, es normal; soy escritor y,
pase lo que pase, me tiro al menos ocho horas al día encerrado en mi despacho,
sin ver a nadie, cero compañía. A veces he pensado que vivo demasiado dentro de
mí mismo, ensimismado en realidades irreales, y que eso no es bueno. Pero,
¿sabéis qué?: lo terrible es que me da igual. Porque cuando creas en tu mente
una realidad ficticia, esa realidad es segura, fiable, controlada. En ella hay
un dios que impone orden. Y además se da la circunstancia de que ese dios eres
tú, mira qué bien.
Con frecuencia me preguntan si no
siento demasiada soledad al pasar tantas horas al día sin compañía. Y yo
siempre respondo lo mismo: Es que no estoy solo; me acompañan mis personajes.
Ya, ya, suena a chorrada de escritor, a hacer literatura con la literatura, pero
al menos en mi caso es totalmente cierto. No puedo evitar tener la sensación de
que el profesor Zarco de La isla de Bowen,
o Alejo Zarza de La mansión Dax, o
Jaime Mercader de La Cruz de El Dorado
son viejos conocidos con los que he compartido muchas y gratas experiencias. En
cierto modo son tan amigos míos como mis auténticos amigos. Incluso más, porque
los conozco mejor.
Cuando era muy pequeño, como muchos
niños, tenía un amigo invisible. El mejor amigo de mi hermano Eduardo –diez
años mayor que yo- se llamaba Fernando Catalá, de modo que yo llamaba a mi
amigo invisible “mi Catalá”. Bueno, cosas de niños. Como digo, cuando era un
crío tenía un amigo invisible; pero ha pasado el tiempo, he madurado, mis dos
pies están bien plantados en el suelo y ya no tengo un amigo invisible. ¡Tengo
cientos!
Como decía al principio, esta crisis
es una buena oportunidad para mirarnos al espejo y ver lo que somos. Pues bien,
resulta que soy un solitario, que vivo en mundos irreales, que me relaciono con
personas imaginarias y que no noto mucha diferencia entre mi cotidianidad y
estar encerrado en casa por una epidemia mundial. O en la cárcel, si la celda
fuera suficientemente amplia. En base a esto, la cuestión es: ¿Pero qué clase
de mierda de vida tengo?
Mi segunda reflexión trata sobre los
sueños y las esperanzas. Como sabéis, soy un gran aficionado a la ciencia
ficción y, cuando era jovenzuelo, soñaba con las maravillas que nos depararía
el futuro. Imaginaba un mañana con viajes espaciales, con coches voladores, con
serviciales robots, con contactos con los extraterrestres, con inusitados
poderes psíquicos, con amistosas inteligencias artificiales, con viajes en el
tiempo, con esferas Dyson, con aceras rodantes, con antigravedad, con cyborgs...
Pues bien, de entre todos los múltiples temas y subgéneros de la ciencia
ficción, ¿nos tenía que tocar precisamente una distopía catastrofista? Sólo
puedo sacar una conclusión: Dios existe.
Y se llama Murphy.
domingo, marzo 1
Hasta siempre, querido padrino
El jueves me telefoneó Emma para
decirme que su padre había muerto el día anterior. La noticia me ha roto el
corazón. Su padre era Josep María Gispert, mi padrino. Sólo han pasado tres
días desde que lo sé y ya le echo de menos, ya me rompo de nostalgia.
No ha sido una tragedia, sino ley de
vida, ley de muerte. Josep María tenía noventa y tres años. Se valía
enteramente por sí mismo, su mente estaba intacta y su salud, con los lógicos
achaques, era buena. Murió con rapidez, plácidamente, sin enterarse, rodeado
por sus seres queridos. En realidad, es un final envidiable. Pero, como todo
final, tan triste...
Cuando colgué el teléfono, me
vinieron a la cabeza muchas cosas y me han seguido viniendo durante el fin de
semana. Es lo que tiene la muerte: atrae los recuerdos como un imán. Hace unos
años, contemplando una vieja película familiar de 8mm., vi la siguiente escena:
Yo tenía dos o tres años, estaba tumbado en el suelo. Mi padrino, de rodillas a
mi lado, cogía con una mano mi dos manos y con la otra mis dos pies. Luego, me
alzaba en el aire súbitamente y yo me echaba a reír. Entonces, de repente, lo
recordé. Recordé la presión de sus manos en las mías y en mis pies, y la
sensación rara en el estómago por la súbita aceleración. Creo que es mi
recuerdo más antiguo.
Cuando era muy pequeño, mis
padrinos, al llegar la Semana Santa, me regalaban una mona de pascua, un dulce
típico catalán que, tradicionalmente, se hace con bizcocho, aunque las que
ellos me traían eran de chocolate. Muchos años después, hará unos doce,
bromeando con Josep María le eché en cara que ya no era un buen padrino, porque
no me regalaba monas. Era una broma, por supuesto, pero desde entonces, mi
querido Josep María, empezó a enviarme de nuevo (vivía en Barcelona) monas de
pascua, ahora de las tradicionales, roscos de bizcocho con huevos duros
incrustados. Y además, sabedor de mi afición a Tintín, también incluía figuras
de resina de los personajes de Herge. Y así ha sido hasta ahora mismo, hasta la
pascua pasada. Este año será el primero que no la reciba...
¿Qué os puedo contar de Josep María?
Era un hombre bueno, generoso, dotado de un chispeante sentido del humor.
Catalán hasta la médula, amante de la arquitectura, aficionado a la fotografía,
fumador de pipa, look de galán del cine clásico. Una bellísima persona, un ser
humano insustituible. Su mujer, mi querida madrina María Luisa, se fue hace ya
casi tres años, aunque su mente, sumida en el olvido, se había marchado mucho
antes. Ahora se ha ido él y de nuevo me siento huérfano. Más huérfano que nunca
y ya para siempre.
La vida -eso lo comprendemos con el
tiempo- es un constante decir adiós. Pues bien, creedme, ya estoy cansado de
tanta despedida.
Hasta siempre, Josep María. Nunca te
olvidaré.
P.S.: Justo cuando iba a colgar este
post me ha vuelto a llamar Emma para decirme que el viernes se celebrará en
Barcelona una misa en memoria de Josep María. Él era muy religioso; yo no, pero
por supuesto que asistiré. También me ha dicho que mi padrino dejó algo para
mí. ¿Una mona de pascua? No lo sé, pero ahora estoy llorando como un niño...
NOTA: La foto de arriba está tomada
por mi padre el 20 de abril de 1956, en nuestro piso de Madrid en la calle
Modesto Lafuente. Abajo podéis ver un pequeño mono de peluche que venía
incluido en una de las monas de pascua que me enviaba mi padrino. Lo tengo en
mi despacho; era gracioso, ahora es entrañable.
lunes, febrero 10
Cine y literatura
.
El arte más popular del siglo XX y
de lo que llevamos del XXI es el cine, entendiendo “cine” como cualquier
narración audiovisual (lo que incluye las series de TV). Si yo os preguntara
cuál es la forma narrativa más parecida al cine, algunos diríais que el teatro,
ya que comparten elementos básicos como los actores y la puesta en escena.
Otros, con mucha razón, responderíais: el cómic. Pero vamos a dejar de lado,
por hoy, las viñetas.
Cine y teatro se parecen, pero
difieren en, al menos, dos aspectos sustanciales: 1. El teatro se basa en la
palabra y el cine en la imagen. 2. En el teatro, el espectador sólo tiene un
punto de vista, mientras que en el cine el director controla el punto de vista
del espectador a su antojo. Parece poca cosa, pero eso redunda en que la
gramática y la sintaxis de cine y teatro sean completamente distintas.
Lo cierto es que, desde un criterio
narrativo, lo que más se parece al cine es la novela. Pero demonios, diréis, en
la novela las palabras pesan aún más que en el teatro. ¡Son todo palabras!
Cierto, pero gran parte de las palabras de una novela están destinadas a
generar imágenes en el cerebro del lector. Una descripción puede ofrecer una
prosa exquisita, pero lo importante es la imagen que crea. Y junto con la
imagen, la emoción. Igual que el cine.
Por otro lado, el cineasta disfruta
de una libertad narrativa absoluta, pues controla el punto de vista, el tiempo
y el espacio. Exactamente igual que el escritor; de hecho, este aún más, porque
no está limitado por cuestiones técnicas ni por el presupuesto. Si queréis una
prueba de que la narrativa del cine y novela se parecen mucho, pensad en
cuántas película están basadas en novelas y cuántas en obras de teatro.
En efecto, ambas narrativas, la
literaria y la cinematográfica, se parecen, aunque no son idénticas. Hay cosas
que el cine hace mejor que la novela –por ejemplo la acción-, y cosas que la
novela hace mejor que el cine –por ejemplo la introspección-. Siendo así, y
conviviendo ambos géneros durante más de un siglo, es lógico que la literatura
haya influido en el cine, y que el cine haya influido en la literatura. Eso
puede detectarse con facilidad en escritores como Juan Marsé, Ian McEwan,
Cabrera Infante, Paul Auster o Manuel Puig.
Pecaría de osadía si intentara
escribir un profundo ensayo sobre la influencia del cine en la novela, porque
carezco de los conocimientos necesarios y, además, ya hay decenas de esos
ensayos. Voy a escribir sobre algo que conozco mucho mejor: sobre mí. Me
encanta el cine, me gusta muchísimo. En mi ranking de artes narrativas, sitúo
primero a la literatura, en segundo lugar, pero muy, muy cerca, al cine, y en
tercer lugar al cómic. Como es lógico, el cine ha influido en lo que escribo;
primero inconscientemente y después con alegre deliberación.
El cine forma parte de nuestras
vidas y de nuestra forma de entender y narrar la realidad. De niños, aprendemos
a hablar escuchando a los demás, y del mismo modo aprendemos a interpretar el
lenguaje de las imágenes en las diversas pantallas. No nos damos cuenta de
ello, pero muchas veces pensamos de forma cinematográfica. Eso, en un escritor,
se transmite a su obra sin que se dé cuenta. Al cabo de un tiempo descubrí que me
pasaba a mí: en mi obra había mucho cine. Quizá sea un defecto, una sucia
hibridación, no lo sé y, a decir verdad, me importa un bledo. Lo que sí sé es
que es mi forma de escribir y no puedo dejar de ser yo mismo, así que comencé a
utilizar conscientemente ciertos recursos del cine en mis novelas. En esta
entrada y en la siguiente comentaré algunos ejemplos, por si pueden ser útiles
a alguien.
El
narrador. Hay varios tipos de narradores en tercera persona, pero me
centraré en dos: El Narrador Omnisciente, que lo ve y lo sabe todo, incluyendo
los pensamientos y sentimientos de los personajes. Y por otro lado, el Narrador
Objetivo, o Narrador Cámara, que sólo cuenta lo que ve y lo que oye, y no se
mete en la cabeza de los personajes.
Cuando leo una novela en la que el
narrador cuenta los pensamientos de un personaje siempre pienso que el escritor
está haciendo trampa. ¿Por qué? Pues porque en la vida real eso no sucede;
sabemos lo que piensa alguien porque nos lo dice, o porque lo intuimos, pero no
porque una vocecita nos lo susurre al oído. Y en el cine ocurre lo mismo: queda
fatal un primer plano del actor y una voz en off recitando sus pensamientos.
Pero, claro, la literatura tiene sus
propias armas, y es lícito que un narrador omnisciente lo haga. Es más, confieso
que yo lo hago -aunque lo menos posible-, porque resulta práctico. No obstante,
me siento un poquito tramposo. Así que en general tiendo a usar el
narrador-cámara. Más adelante me extenderé sobre esto.
Ahora bien, ¿cuándo se empezó a usar
esta clase de narrador? Hace no mucho pregunté en Facebook si alguien conocía
alguna novela anterior al siglo XX que utilizase el narrador-objetivo. Nadie
supo responderme, y a mí desde luego no me viene a la cabeza ninguna. Así que
me atrevo a aventurar que el narrador-objetivo surgió por influencia del cine.
El
tempo. Tanto en el cine como en la literatura, el autor maneja el ritmo y
el tiempo a su antojo y, además, de forma parecida. Por ejemplo, cuando escribo
una escena de acción utilizo párrafos y frases más cortas, con descripciones
someras, casi a brochazos, sin detenerme en detalles. De ese modo pretendo
transmitir al lector una sensación de velocidad y vértigo. En una película
sucede igual: en las secuencias de acción los planos son más cortos y el
montaje más picado.
Pues bien, hace tiempo estaba yo
escribiendo una escena de acción y lo hacía de la forma que he descrito: frases
y párrafos cortos. Pero era una escena bastante larga; cuando la terminé y la
releí tuve la sensación de que aquello quedaba... digamos que monótono. De
algún modo, la sensación de velocidad se iba perdiendo conforme avanzaba la
lectura, y el texto se desinflaba progresivamente y quedaba más bien sosote.
Entonces se me ocurrió algo: Más o
menos a mitad de la escena, dejé de escribir corto y empecé a utilizar frases
incluso más largas de lo que en mí es usual, y párrafos más abultados,
deteniéndome en detalles, sensaciones y descripciones. Luego, volví a la prosa rápida. De este modo, alterando el tempo
del relato, contraponiendo lentitud y velocidad, le daba un respiro al lector y
conseguía mantener en él la sensación de vértigo hasta el final del texto.
¿Qué había hecho? Pues una cámara
lenta, como en las películas de Sam Peckinpah.
Bueno, basta por hoy. En la próxima entrada
seguiré hablando de cine y literatura; y, tranquilos, prometo con una mano
sobre el Necronomicón que sólo habrá una entrada más acerca de este tema.
sábado, enero 18
Sensitivity readers
Supongo que una de las señales de
estar envejeciendo se produce cuando empiezas a sospechar que muchos de los que
te rodean se han vuelto marcianos. Como en La
invasión de los ladrones de cuerpos: de pronto, unas vainas extraterrestres
convierten a la gente normal en gente rara. En realidad, lo que pasa es que los
tiempos cambian y las personas también, y tú sigues atrapado en los esquemas
del pasado. O no; a lo mejor la gente se está amarcianando de verdad.
Por ejemplo, no entiendo la fijación
de la gente con los móviles (aunque muchos de mi generación también han caído
en su hechizo). Tampoco entiendo que alguien considere buena idea hacerse una
foto de la polla -o del chichi- y enviarla. O que muchos se lancen a exhibir su
intimidad en las redes sociales. Pero una de las cosas que más me desconciertan
y asustan son los “sensitivity readers”.
¿Y eso qué es?, pensaréis más de
uno. Pues veréis, en el mundillo de la escritura existe algo llamado “lectores
cero” o “lectores beta”. Se trata de lectores expertos, por decirlo así, a los
que entregas el manuscrito de tu novela antes de su publicación para que te
señalen errores narrativos y/o te sugieran cambios y correcciones. Es una forma
de poner a prueba tu texto y tiene lógica. Escribir es un trabajo largo y solitario,
y es fácil perder la perspectiva. Viene bien contar con una mirada fresca y
objetiva.
Pues bien, los sensitivity readers
son lectores cero que, en vez de centrarse en los aspectos literarios, lo que
hacen es buscar en tu texto cualquier cosa que pueda ofender la sensibilidad de
alguien, aunque sea de forma muy, pero que muy remota. Para eliminarlo, claro.
Por ejemplo, un amigo escritor
(hablo en masculino, pero podría ser una mujer) me contó que había enviado el
manuscrito de su última novela a una sensitivity reader. Le mostré mi sorpresa,
pero mi amigo objetó que, perteneciendo como pertenece al colectivo LGTBI,
gran parte de sus lectores poseen una fina susceptibilidad. Luego me contó uno
de los cambios que le había sugerido su sensitivity reader. Había descrito a
uno de sus personajes como “mulato”, y eso es ofensivo, porque mulato viene
etimológicamente de mula. (¡¡¡¡)
Vamos a ver, ¿cuántos saben que
mulato viene de mula? Vale, si te paras a pensarlo es lógico; pero ¿por qué
pararse a pensarlo? Si alguien me dice que Pepe es mulato, no creo que me esté
diciendo que Pepe es una bestia irracional, híbrida y tozuda; lo que pienso es
que Pepe tiene la piel de color café con leche. Demonios, el significado de las
palabras no se define por su etimología, sino por su semántica.
Aquí voy a permitirme un breve
inciso. Sin duda, “coñazo” es una expresión ofensiva para las mujeres, ¿verdad?
Sobre todo si pensamos que algo aburrido es un coñazo, mientras que algo
divertido es cojonudo. ¡Oh, cielo santo, qué horrible micromachismo! Pues no,
porque se trata de una falsa etimología. Coñazo no viene del órgano genital
femenino, sino del latín conatus, que
significa esfuerzo. Y es que no creo que haya ningún varón heterosexual en su
sano juicio que considere aburrido un coño, por grande que sea, teniendo en
cuenta, además, la expresión “pasarlo teta” (por grande que sea).
Volviendo al asunto de los lectores
sensibilitos, veo un problema (en realidad, varios) a la hora de recurrir a
ellos. Supongamos que escribes una novela más inocente que el chiste de una
monja, se la entregas a un sensitivity reader y, al cabo de un tiempo, el tipo
te devuelve el texto sin ningún cambio. “Felicidades”, te dice; “no hay nada en
su obra que ofenda a nadie”. Le pagarías, pero sintiéndote un poco frustrado al
soltarle la pasta a alguien por no hacer nada. Probablemente no volverías a
recurrir a él. Eso lo sabe el sensitivity reader, así que se esforzará en
encontrar la mayor cantidad de “ofensas” que pueda en tu texto. Existan o no.
Podría ser que un término en
apariencia tan inocente como “mulato” sea en realidad escandaloso. O que tu protagonista esté comiendo cordero asado en la página 78 (¡qué pensarán los
veganos, cielo santo!). O que no haya ningún personaje LGTBI. O que menciones
el cuento de Blancanieves y los siete
enanitos, porque no se debe decir enano, sino “persona de talla baja” (así
que el cuento debería llamarse “Blancanieves y las siete personas de talla baja”).
O lo que sea, da igual. Si buscas ofensas, las encontrarás.
Pero en realidad, todo eso es
secundario. Lo realmente terrible es que los sensitivity readers son una forma
de censura. En el fondo es lo mismo que durante el franquismo: Escribías una
novela y, antes de publicarla, tenías que presentarla al tribunal de la
censura, que solía estar formado por militares, curas y falangistas. Luego te
devolvían el texto, prohibiéndote su publicación, o lleno de tachaduras. “Esto no lo puedes decir por que ofende a la
moral”, o porque es un agravio a la patria, o porque no concuerda con los
principios del Movimiento, o cualquier chorrada similar. Igualito lo uno que lo
otro.
Ah no, objetaréis; hay una
diferencia sustancial: Durante el franquismo, la censura era obligatoria,
mientras que ahora recurrir a un sensitivity reader es voluntario. Y tendréis
toda la razón: Ahora la censura es distinta... pero aún más chunga. Porque no
hay peor censura que la autocensura.
Cuando la censura es obligatoria, el
autor busca triquiñuelas para sortearla. Un ejemplo de esto es el final de la
película Viridiana, de Luis Buñuel.
En el guion, el film terminaba con Viridiana (Silvia Pinal) entrando en el
dormitorio de su primo Jorge (Paco Rabal) y cerrando la puerta, sugiriendo que
iban a echar un casquete. Eso se lo cargó la censura, así que Buñuel sustituyó
esa escena por otra en la que Jorge, su criada Ramona y Viridiana se ponen a
jugar al tute, dando a entender un ménage
à trois. Un final mucho más “perverso” que el inicialmente previsto.
Pero cuando el censor eres tú mismo,
¿cómo sortearlo? Cuando recurres a un sensitivity reader estás aceptando que ese
profesional posee una visión sobre ciertos aspectos morales superior a la tuya,
así que aceptarás sus dictámenes con la misma disposición que Moisés las tablas
de la ley. Y poco a poco comenzarás a escribir muy atento a no ofender a nadie,
a no pisar ningún callo, y revisarás cada palabra con microscopio, no vaya a
ser que contengan alguna inconveniencia, real o imaginaria. Y luego te
plantearás sobre qué temas debes escribir, no vayan a ser demasiado
conflictivos, o sobre cómo escribir incluyendo a todas las minorías posibles...
¿Y dónde queda la libertad del creador?, me pregunto. ¿Qué pasa con el derecho
a expresar lo que uno piensa sin tapujos?
¿Que puedo ofender a alguien? Por
supuesto; pero es que en cuanto abres la boca hay mil candidatos a ofenderse. Mi
libertad acaba donde empieza la libertad de los demás. Pero, ojo, la libertad,
no su susceptibilidad. ¿Proclamo el derecho a ofender? No, proclamo mi derecho
a la libre expresión, y mi total oposición a cualquier forma de censura, sea
ajena o propia. Ahora que lo pienso, creo que ni una sola de mis novelas y
relatos habría quedado indemne si los hubiera hecho revisar por un sensitivity
reader. Suerte que no lo hice.
Al final de la película Regreso al futuro, el protagonista le
pregunta a su amigo, el científico Emmett Brown: “Un momento Doc. ¿Qué nos ocurre en el futuro?¿Nos volvemos gilipollas o
algo parecido?”
Marty McFly no podía ni imaginarse
lo acertado que estaba.
martes, diciembre 24
El clásico y enternecedor cuento navideño de Babel
Aquí estoy, merodeadores, haciendo
lo mismo que el año pasado, y el otro, y el otro... Eso es todo un rito, ¿no?
Nuestra cita anual, tan ineludible como grata. Estoy en mi despacho, tomando un
café con leche y un zumo de naranja. Desde mi ventana se divisa la vista que
podéis ver en la foto de arriba. La casa está en relativo silencio; Pepa se ha
ido a hacer las últimas compras y oigo a mi hijo Pablo deambular. Óscar ya se
ha independizado, pero vendrá a comer y se quedará hoy y mañana. ¿Sabéis lo que
más echo de menos? Las risas de mis hijos cuando eran pequeños. Vale, Óscar y
Pablo siguen aquí y los adoro, pero los muy cabrones se han convertido en algo
distinto.
Permitidme
que os transcriba un párrafo de mi próxima novela: “¿Sabes?, los hijos sois como mariposas al revés. Al principio, las
mariposas son orugas llenas de pelos que luego se transforman en lindos
bichitos voladores. Pero con los hijos ocurre lo contrario: nacéis siendo
mariposas, preciosos y encantadores, y luego, poco a poco, os convertís en
orugas”. Pues eso, que ahora tengo dos orugas. Dos orugas que, cuando eran
mariposas, me devolvieron el cariño hacia la Navidad.
Ya he contado aquí, hace tiempo, mi
relación con la Navidad. Me quedé huérfano del todo a los 19 años, cuando mi
padre decidió quitarse de en medio por el expeditivo método de pegarse un tiro.
Eso ocurrió en noviembre del 72. Aquellas navidades fueron horribles. A partir
de entonces, y durante varios años, pasé la Nochebuena en casa de mi hermano
José Carlos y su familia; pero de algún modo me sentía desvinculado de aquello.
De niño adoraba la Navidad, era mi celebración favorita; pero cuando murieron
mis padres y mi hermano Eduardo (con quien vivía) se precipitó al alcoholismo,
esa fiesta familiar perdió todo significado para mí. Peor que eso: la Navidad
se convirtió en un sarcasmo, en un recordatorio de lo que había tenido cuando
era un niño, para serme arrebatado nada más cruzar el umbral de mi primera
juventud. Empecé a odiar la Navidad.
Mucho después, y durante más de ocho
años, trabajé en dos agencias de publicidad situadas al ladito mismo de El
Corte Inglés del paseo de la Castellana. Y eso, al llegar la Navidad, era un
horror. La zona se llenaba de gente, a la hora de comer todo estaba abarrotado,
al salir de currar me encontraba con abrumadores atascos... Terminé de odiar la
Navidad.
Además, lo confieso, era cool despreciar estas fiestas. Yo era
publicitario, tenía un trabajo sofisticado e infrecuente, era culto, moderno,
de izquierdas. Casi resultaba obligado contemplar con desdén unas fiestas tan
tradicionales. Así que miraba con suficiencia a los que manifestaban espíritu
navideño. Pobres idiotas, pensaba, cuando el único idiota era yo.
Luego me casé con Pepa, que es muy
navideña. Nuestro hogar volvió a adornarse al llegar estas fechas y pasábamos
las fiestas en la casa de mis suegros, en San Sebastián. Una familia muy
navideña, pero tumultuosa (mi mujer tiene siete hermanos). Yo nunca había
pasado las navidades con tanta gente, me sentía cohibido. Además, mi familia
siempre fue rara, de modos que las navidades de mi infancia fueron
maravillosas, pero algo raritas. Y mi familia política era muy tradicional, así
que yo sentía que no encajaba, que aquello no iba conmigo. Seguía siendo muy
escéptico respecto a la Navidad.
Pero, amigos míos, llegó el momento
en que Pepa y yo tuvimos hijos, y entonces todo cambió. Mis navidades de niño
habían sido maravillosas, de modo que haría lo humanamente posible para que lo
fueran también para Óscar y Pablo, nuestros retoños. Les montaba un Belén en el
salón, con sus montañas de corcho, sus praderas de musgo y su río de papel
Albal; todo muy tradicional (salvo por un detalle: en el portal ponía a
Superman en vez de al niño Jesús). Los llevábamos a la Plaza Mayor, y a ver las
luces de la ciudad, y al Cortilandia. La víspera de Reyes Pepa iba con ellos a
la cabalgata, mientras yo me quedaba en casa envolviendo regalos. Y el día de
Reyes (mi fiesta favorita), el salón amanecía lleno de globos y con un mogollón
de regalos. Y cuando los habían desenvuelto todos, aún quedaban más regalos,
pero escondidos; para encontrarlos debían resolver una serie de pruebas, como
una especie de gincana.
Estoy seguro de que mis hijos han
tenido unas navidades felices; y, gracias a ellos, recuperé el espíritu
navideño, como un moderno señor Scrooge. Me volvieron a encantar estas fiestas,
y así sigo. Aunque, claro, no siendo creyente lo que para mí significa la
Navidad es algo distinto a lo usual. Estas fiestas, con diferentes nombres y
diferentes ritos, se vienen celebrando desde la noche de los tiempos,
probablemente a partir del neolítico, cuando la humanidad comenzó a mirar las
estrellas buscando sentido a la existencia. Son las fiestas del Solsticio de
Invierno, del Sol Invictis, de la Deuorius Riuri, del Hogmanay escocés, del Karachun eslavo, de la
Brumalia helenística, de la Makara Sankranti hindú, de la Modresnach germánica,
del Meán Geimhridh céltico, de la Rozhnitsa rusa, de la Saturnalia romana, del
Yule vikingo... Me estoy poniendo pesado; lo que quiero decir es que desde hace
milenios, en todo el mundo se han celebrado en estas fechas fiestas cuyo
objetivo era celebrar la muerte y resurrección del Sol. Por tanto, al celebrar
la Navidad me siento vinculado a toda la gente que hizo lo mismo desde tiempos
remotos y a la que lo seguirá haciendo en el mañana. Para eso sirven los ritos:
para enlazarte con el pasado y el futuro.
En Babel sólo hay un rito: el cuento
de Navidad. Y, como bien sabéis, esos cuentos pueden ser de dos clases: A)
Tradicionales (buen rollo) B) Gamberros (mal rollo + humor). En el post
anterior ya os conté que el cuento de este año se llama Las sonrisas de los niños, y os planteaba si era del tipo A o del
B. En realidad era una pregunta estúpida. ¿De verdad creéis que podría escribir
un cuento blanco como la leche sobre la inocente felicidad de los niños en tan
señaladas fechas? ¿Yo? ¿En serio? Además, si lo hiciera jamás lo titularía así.
Queridos merodeadores, os deseo que
estas fiestas disfrutéis como cerdos en un lodazal, si me permitís la fina
metáfora. Comed, bebed y reíd; sobre todo eso, reíd mucho, porque la risa es el
conjuro que os hace invulnerables, sabios y poderosos. Feliz Navidad, feliz
Solsticio, feliz año nuevo, y un festival de besos y abrazos.
Ahora el cuento; espero que os
guste. Comienza así:
Las
sonrisas de los niños
By César Mallorquí
Si quisiéramos precisar cuándo y dónde
comenzaron los insólitos sucesos de la Navidad de 2019, deberíamos retroceder
seis meses en el tiempo, al diez de junio de ese mismo año, y trasladarnos a la
sala de juntas de la compañía Wonderful Toys Ltd, con sede en Nueva York.
La reunión extraordinaria del consejo de administración
de la empresa había sido fijada para las siete y media de la tarde, cuando
todos los empleados se habían marchado ya y las oficinas estaban desiertas. En
la sala de juntas había una larga mesa rectangular; la cabecera estaba ocupada
por John Roberts Jr, presidente de la compañía, y a ambos lados, tres a tres,
se sentaban los seis consejeros. En el otro extremo de la mesa había un sillón
vacío. Tras un carraspeo, Roberts tomó la palabra:
--Señoras, señores, acabamos de recibir el informe de
resultados del último semestre. -Hizo una pausa y añadió-: Para resumirles la
situación: estamos al borde de la ruina. (...)
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