lunes, febrero 21

Crímenes y ficción

 


            No siempre es fácil diferenciar de forma absoluta el bien del mal. Por ejemplo, los perpetradores de la matanza del 11S en Nueva York, o del 11M en Madrid, son monstruos ante nuestros ojos, pero héroes para algunos islamistas. A los ejecutores de ETA unos los consideraban asesinos, y otros luchadores por la libertad. ¿Y qué decir de la guerra, que es el epítome del mal, y sin embargo con frecuencia se le añaden adjetivos como “justa” o “santa”?

            Los crímenes cometidos en nombre del islam o de la patria vasca (solo son ejemplos) nos resultan horribles a quienes no comulgamos con sus ideas. Sin embargo, esas barbaridades, pese al horror que nos provocan, tiene una faceta vagamente consoladora: podemos comprenderlas. Entiendo lo que es el fanatismo religioso y entiendo lo que es el nacionalismo étnico; deploro sus crímenes, pero puedo comprender por qué lo hacen, aunque ni lo justifico ni lo acepto.

            Sin embargo, existe una clase de maldad que no tiene explicación. Un mal gratuito, absurdo, ante el que nos sentimos inermes, porque si no puede ser explicado, tampoco puede ser prevenido. Es un mal que brota de golpe, inesperadamente, en cualquier lugar y cualquier momento, protagonizado por quien menos esperamos. Eso hace que el suelo se hunda bajo nuestros pies y nos deja perplejos y horrorizados. Es como si de pronto hubiera una ruptura en la lógica del universo.

            Un buen ejemplo de esto es la famosa matanza del instituto Columbine, en Colorado, cuando dos alumnos de 18 y 17 años, Eric Harris y Dylan Klebold, provocaron una masacre en la que murieron doce alumnos y un profesor, y hubo veinticuatro heridos. ¿Por qué lo hicieron? No había ningún motivo aparente, y como ambos se suicidaron, jamás podremos saberlo. Aunque, ¿qué razón podría justificar tamaña monstruosidad? Vi fragmentos de los videos captados por las cámaras de seguridad. En ellos se veía a Harris y Klebold armados hasta los dientes y sonriendo de oreja a oreja. Estaban matando a gente y era el mejor día de sus vidas. Recuerdo que tuve la certeza de que estaba contemplando el mal en estado puro.

            Los seres humanos somos muy buenos estableciendo relaciones de causalidad. Si truena, probablemente va a llover; si sigo esas huellas encontraré animales que cazar; si hago esto, sucederá eso otro... Es algo que se nos da muy bien, porque favorece nuestra supervivencia como especie. De hecho, se nos da tan bien que a veces encontramos causalidades donde no las hay. Cuando sucede un fenómeno inexplicable, nuestra mente se pone como loca a buscar una explicación; y como no la encuentra, se la inventa.

            Volviendo a Columbine, una revelación: resulta que Harris y Klebold eran aficionados al Doom, un videojuego en el que se matan monstruos en primera persona. ¡Y ya está, ahí tenemos la ansiada explicación! La culpa de la matanza de Columbine la tienen los videojuegos.

            Y no es el único caso. ¿Os acordáis de José Rabadán, el Asesino de la Katana, que mató a sus padres y a su hermana con eso, una katana? Pues resulta que Rabadán era muy aficionado al Final Fantasy VIII, así que de nuevo la culpa del crimen recae en los videojuegos.

            Pero no son esos los únicos juegos demoniacos. Ahí tenemos a Javier Rosado y Félix Martínez Reséndiz, los dos jóvenes (de 21 y 16 años, respectivamente) que cometieron el llamado crimen del juego de rol. Rosado había inventado un juego de rol llamado Razas que consistía, básicamente, en salir de noche para matar a alguien. Y eso hicieron: Durante la madrugada del 30 de abril de 1994, salieron de cacería y acuchillaron hasta la muerte a Carlos Moreno, un pobre hombre que estaba esperando el autobús.

            Como era de esperar, pronto quedó claro que la culpa de ese espeluznante asesinato era de los juegos de rol. El periodista (?) Rafael Torres publicó en El Mundo un artículo llamado Una necrosis similar en el que afirmaba que los juegos de rol provocaban «necrosis fulminantes en los tejidos de la cabeza y del corazón, aparte de desprecio por la realidad e ignorancia”. Añadía que también fomentaban la psicopatía. El hecho de que el propio Rosado, ejecutor e inductor del crimen, afirmara que le importaban un bledo los juegos de rol y que el único al que había jugado era el creado por él, no tenía importancia. No permitas que la realidad te estropee un mal artículo y una explicación absurda.

            La cuestión es: ¿cuántos jugadores de videojuegos y rol han cometido espantosos crímenes? Estamos hablando de cientos de millones de jóvenes y, sin embargo, los casos criminales se pueden contar con los dedos de las manos. Si lo contemplas en perspectiva, no se percibe la menor relación de causa y efecto entre la práctica de esos juego y la criminalidad.

            Por desgracia, esa tendencia a las respuestas simples ante cuestiones complejas reaparece cada vez que algún joven comete un crimen horrible. Supongo que todos conocéis el reciente caso del quinceañero de Elche que ha matado con una escopeta a sus padres y a su hermano pequeño. Pone los pelos de punta y nos deja preguntándonos cómo es posible. Pero no hay que darle demasiadas vueltas, porque avispados reporteros ya han encontrado la explicación. En un artículo aparecido el pasado 14 de febrero en El Mundo (otra vez El Mundo), el periodista Luis Alemany informaba de que el parricida de Elche había leído, siguiendo el plan lector de su instituto, la novela La edad de la ira, de Nando López, una historia centrada en la investigación del asesinato de una familia cometido por el hijo adolescente. El periodista no afirma expresamente que esa sea la causa del crimen, pero oye, ahí lo deja.

            ¡Repámpanos, menudo poder el de la literatura! Teniendo en cuenta los muchos lectores de la novela, supongo que no tardaremos en ver amontonarse en las morgues los cadáveres de familias asesinadas por adolescentes. Así que no solo el rol y los videojuegos son herramientas del diablo, sino también las novelas. Y esta idea no es nueva. ¿Sabéis qué tienen en común Mark David Chapman –el asesino de John Lennon-,  John Hinckley Jr, -que disparó contra Ronald Reagan-, y Robert John Bardó –acosador y asesino de la actriz Rebecca Schaeffer-? Pues que todos ellos eran fans de El guardián entre el centeno, de J. D. Salinger. Vale, esa novela es lectura obligatoria en miles de institutos norteamericanos, la han leído millones de adolescentes. Tantos que, estadísticamente, no es de extrañar que también haya pasado por las manos de futuros asesinos. Pero las mentes simples no vacilan en afirmar que es un libro demoniaco que impulsa al asesinato.

            Nada nuevo bajo el sol. En 1954, el nefasto psiquiatra Fredric Wertham publicó el libro Seduction of the Innocent, donde culpaba a los cómics de pervertir las mentes infantiles y fomentar la delincuencia juvenil. A raíz del impacto de ese ensayo, se creó la Comics Code Authority, un organismo destinado a cuidar la moral de los jóvenes que no era más que pura y dura censura. Por cierto, la CCA todavía existe, aunque ya casi nadie le hace caso.

            Podríamos hablar, también, de la satánica música rock, que ha pervertido a varias generaciones de jóvenes (¡Charles Mason quería ser estrella del rock!), pero dejémoslo aquí. Lo que me asombra es la fe que mucha gente tiene sobre el poder de la ficción, como si lo irreal pudiera materializarse en cuanto te descuidas un instante. O quizá no sea eso; puede que se trate más bien de la poca fe que tiene algunos adultos en la capacidad de los jóvenes para discernir entre lo real y lo ficticio.

            Y no es así; la inmensa mayor parte de los niños y jóvenes distinguen con claridad entre la realidad y la ficción. Aunque siempre hay excepciones, claro. Recuerdo el caso de un niño que se tiró desde un balcón con una capa creyendo que era Batman. Pero no tuvo en cuenta tres cosas: 1. Batman no existe. 2. Aunque existiese, él no era Batman. 3. Batman no vuela. Así que el chaval se mató, básicamente, por gilipollas. Pero es eso: una excepción.

            A veces, el mal aparece ante nuestros ojos como un relámpago, sin saber por qué. Es un horror inexplicable, así que no nos inventemos explicaciones, sobre todo si haciéndolo satanizamos a una de las más nobles creaciones humanas: la ficción.

            Nota: En la foto, Klebold y Harris, los asesinos de Columbine.

miércoles, febrero 2

Sobre escritura, magia, trabajo y otras contradicciones

 

            A veces, es difícil creer algo sin creer, a la vez, lo contrario. Eso es lo que me pasa a mí con la escritura: la amo y la odio simultáneamente. Cuando me preguntan qué es lo que más y lo que menos me gusta de ser escritor, suelo contestar que lo que más me gusta es imaginar, y lo que menos escribir. O sea, que lo que más me desagrada de escribir es escribir.

            Pero no es del todo cierto. A veces, cuando escribo, navego a favor de la corriente, pero en otras ocasiones tropiezo con remolinos, rápidos y escollos que me obligan a luchar para seguir adelante. Eso es lo que odio: pelearme contra el texto que estoy escribiendo. Además, me suele ocurrir en tramos poco relevantes del manuscrito. De repente, me enredo con un párrafo de mierda, en el que nadie se va a fijar, pero que no acaba de quedarme bien. Y me puedo tirar una hora intentando arreglar algo que en el fondo no tiene tanta importancia. Aunque, claro, ese párrafo en concreto no es importante; pero el conjunto de todos los párrafos similares sí que lo es.

            Sin embargo, en otras ocasiones la escritura transcurre por aguas tranquilas, y todo va bien. Entonces sucede un fenómeno que siempre me asombra: Estoy escribiendo y, de repente, se me ocurre una idea. No ideas grandes, de esas que afectan a todo el libro, sino ideas pequeñas relacionadas con lo que estoy escribiendo en ese momento. Un diálogo, una forma distinta de expresarse, un mini-gag, una figura retórica, cualquier cosa. No es algo que busque conscientemente, sino algo que aparece sin más, como surgido de la nada. Ya, ya, no surge de la nada, sino que es parte de un proceso interno del cerebro. Pero parece magia y me encanta cuando sucede. De modo que el acto de escribir me disgusta y me gusta casi simultáneamente. No obstante, tengo la sensación de que abundan más las aguas turbulentas que las mansas.

            Pero no es esa la única contradicción que tengo respecto a la escritura. Siempre me he esforzado en quitarle mística al hecho de ser escritor. Nada de palabras rimbombantes, nada de dones innatos, nada de mitología literaria. En mi opinión, un escritor es un profesional que ha tenido que aprender su oficio y practicarlo hasta adquirir cierto grado de solvencia. Un profesional, como los ebanistas, los plateros o los sastres.

            No obstante, reconozco que a veces me veo a mí mismo como un mago. Voy a poner un ejemplo: Hace años, publiqué un relato llamado Cuento de verano en la antología de diversos autores Bleak House Inn (Fábulas de Albión, 2012). Es un relato humorístico, una sátira sobre el Cuento de Navidad de Dickens. Tiempo después, leí en la web de la editorial una serie de comentarios de los lectores. Uno de ellos lo había escrito una mujer y hablaba de mi relato. Decía que ella llevaba varios años en paro y estaba pasando una profunda depresión. Y que Cuento de verano había conseguido hacerla reír por primera vez en mucho tiempo. Concluía dándome las gracias.

            Me sentí... como un mago bueno. Había creado un sortilegio de palabras y había conseguido llevar la alegría a una mujer triste, aunque solo fuera durante unos minutos. Qué bonito, ¿verdad? Esa es una de las virtudes de la literatura: el consuelo. El caso es que empecé a verme como alguien dotado de poderes sobrenaturales. Según manejaba los conjuros (las palabras), podía hacer que la gente se riera, o que llorara, o que se asuste, o que se interesara, o que se enamorase, o que se inquietara, o que se confundiera... ¿Cómo no iba a sentirme un mago con semejantes poderes?

            Por fortuna, mi contradicción acudió presurosa al rescate y me dijo: “Qué mago ni que hostias; lo que eres es un profesional que maneja con más o menos soltura las técnicas necesarias para manipular los estados de ánimo del lector”. Luego, mi contradicción me recordó que mi “poder” no afecta igual a todo el mundo, y que mientras a esa lectora le había hecho reír, a otro lector mi cuento le parecía un mal chiste alargado. Supongo que para eso sirven las contradicciones: para ponerte en tu lugar.

            ¿Y cuál es mi lugar? Pues supongo que ser un profesional de la magia. Es decir, un ilusionista. A fin de cuentas, es lo que hago: crear ilusiones. Y me gusta ser eso. Me parece más interesante un prestidigitador de pacotilla, pero hábil, que un verdadero mago, todopoderoso, solemne... y aburrido. Además, no existen los magos de verdad, sino solo los que creen serlo.

            Todo esto viene a cuento (aunque realmente no viene a cuento de nada), por algo que me ha pasado hace poco. Acabé a finales de año una novela que tenía comprometida y me dije: mereces un descanso, chaval. Así que me he tirado todo enero sin escribir nada, salvo un relato corto que me habían pedido. Pasaron las semanas y comencé a sentir una comezón interna, un sutil desasosiego, un indefinible malestar que me sobrecogía cual damisela victoriana. ¿Qué me pasaba? Tenía necesidad de escribir. Si no pulsaba el teclado, me sentía incompleto, vacío. Pero no tenía ninguna idea en la cabeza, ningún argumento mínimamente esbozado. Entonces, la semana pasada improvisé el comienzo de una historia y me puse a escribirla sin tener nada claro, con brújula. Pero yo no sé escribir con brújula, de modo que en el fondo de mi ser sabía que lo que estaba escribiendo no servía para nada.

            ¿Por qué hice eso? Antes de recurrir a la psiquiatría, reflexioné sobre el asunto. De jovenzuelo, trabajé tres o cuatro años como periodista. Luego, trabajé una larga década como publicitario. Y no me quedaron las menores ganas de redactar más noticias o más anuncios. Pero llevo más de treinta años trabajando como escritor. Es mucho tiempo; tanto, que la escritura se ha convertido en parte consustancial de lo que soy. Como una posesión demoniaca. O como una adicción.

            Y eso nos conduce a mi tercera contradicción: Siempre he considerado la escritura un trabajo, y el trabajo un castigo (la Biblia me da la razón). ¿Y ahora resulta que me gusta trabajar? No se puede caer más bajo.


jueves, enero 20

Magufos

 


            Magufo: Persona que propaga o promueve discursos contrarios al pensamiento crítico y a la ciencia, como pueden ser la homeopatía, la astrología, ufología o cualquier otra pseudo-ciencia que no pueda demostrar su validez.

La semana pasada, el gobierno australiano deportó, por fin, a Novak Djokovic. Me alegro. No cabe duda de que el serbio es un extraordinario tenista, el mejor del mundo; pero un perfecto imbécil en todo lo demás. Y me alegro de que lo hayan deportado porque, por una vez, se demuestra que la estupidez pasa factura.

            Veréis, si un viejo campesino de una zona remota, alguien que jamás fue a la escuela y apenas sabe leer, cree en duendes, brujas y demonios, lo comprendo. Ese hombre no tiene la culpa de su ignorancia; jamás tuvo los medios para superarla. Pero la ignorancia de los privilegiados me cabrea. Gente que, teniéndolo todo para poder amueblar bien su mente, le da por creer en gilipolleces.

            Tengo un amigo magufo. Es un tipo inteligente, racional, razonablemente culto, universitario y profesional de éxito. Alguien con evidente talento. Y, sin embargo, cree en la astrología, en las mancias, en la homeopatía y en toda suerte de teorías absurdas. Está en contra de los microondas, de las cocinas de inducción, del wifi, de los antibióticos y, por supuesto, de las vacunas. También duda de que los hombres llegaran a la Luna.

            Siempre me ha intrigado esa extraña dualidad; por un lado, una mente racional y razonable y, por otro, pensamiento mágico en estado puro. ¿Cómo es posible que una persona inteligente y cultivada crea en semejantes tonterías? Mi amigo no rehúye el debate y discutíamos con frecuencia (ya no lo hago; no sirve para nada). Y siempre acabábamos en el mismo punto. Él, en principio, debatía argumentado con razones; pero, dado lo absurdo de sus ideas, al final llegaba inevitablemente a un callejón sin salida en el que no encontraba argumentos lógicos para exponer. Entonces decía: “Bueno, pues es lo que creo y ya está”. Es decir: meras creencias, como la religión. Y contra eso no hay argumento posible. Crees lo que crees porque te sale de los huevos creerlo, punto final. Pues muy bien: ole tus huevos.

            Más tarde me enteré, con no poco asombro, que muchos magufos, quizá la mayoría, son gente con estudios superiores. Leí una explicación sobre este fenómeno: creer en algo que afirma ser la verdad en contra de las supuestas manipulaciones del Poder (poder político, farmacéutico, religioso, científico o lo que sea), otorga a quien lo dice un punto de superioridad sobre los demás. “Yo conozco una Verdad que los demás, pobres engañados, ignoráis”.

            Pero creo que hay otro factor. Estoy seguro, aunque no tengo datos, de que la mayor parte de los magufos universitarios provienen del campo de las humanidades (o, como se decía antes, “de letras”). Es decir, gente que apenas ha recibido formación científica. Siempre he pensado que en los colegios e institutos se debería impartir Filosofía de la Ciencia. No ciencia en sí misma, sino los mecanismos lógicos que sirven para hacer ciencia. Observación, búsqueda objetiva de pruebas, escepticismo, pensamiento crítico, etc. En general, esa forma de razonar vacuna en gran medida contra las creencias infundadas.

            Aunque no del todo. Conozco a una brillante ingeniera que cree en la homeopatía. Y hay científicos que creen en dios (aunque no muchos), así como médicos de carrera que practican pseudoterapias. Me asombra y me intriga esa dualidad. ¿Cómo un mismo cerebro puede albergar dos formas distintas, y opuestas, de percibir la realidad? ¿Cómo es posible que en la misma mente no interfieran la razón con el pensamiento mágico? Es como si en su cerebro hubiera compartimientos estancos. Quizá parte de la respuesta esté precisamente en la forma de percibir la realidad. ¿Qué es real y qué no lo es? A mi amigo magufo hay algo de mí que le desconcierta. No comprende cómo, siendo yo tan racional, escribo relatos de fantasía y cf. Yo le digo que eso no es real, sino ficción, pero él parece no distinguir entre lo uno y lo otro. Supongo que esa es parte de la clave.

            Volviendo a Djokovic, creo que los magufos que más me cabrean son los antivacunas. Por varios motivos; en primer lugar por su obstinación pasándose por el forro las evidencias. Pero eso es común a todas las magufadas, claro. En segundo lugar, por ser un peligro para la comunidad, propiciando la transmisión de enfermedades y/o saturando los hospitales, como sucede ahora. En tercer lugar, lo peor de todo: su insolidaridad. Se permiten el lujo de no vacunarse porque están rodeados por gente que sí está vacunada y, por tanto, no transmite enfermedades. En cuarto lugar, porque al no vacunar a sus hijos, los exponen al peligro de enfermar. Eso ocurre también con los devotos de las pseudoterapias, que confían la salud de su familia a iluminados, o directamente farsantes, que “curan” a base de agua destilada, pastillitas de azúcar, legía, cristales, pases mágicos o sortilegios, a ser posible cuánticos. Esos magufos también me cabrean mucho.

            Es paradójico que esa gente proclame un discurso anti-científico, incluso tecnofóbico, aprovechándose al mismo tiempo de vivir en un mundo que les hace la vida más fácil precisamente gracias a la ciencia y la tecnología. Transmiten sus absurdas teorías usando el prodigio técnico de la informática. Se iluminan con LED’s, viajan en modernos vehículos, ven sus series favoritas (o documentales magufos) en planas pantallas de TV, juegan a prodigiosos videojuegos, se orientan con asombrosos navegadores, oyen la música que les gusta a través de pequeños auriculares inalámbricos, pagan usando sus móviles... Se benefician de la ciencia, para luego cagarse en ella.

            Aunque, claro, como hemos visto, también hay magufos que llevan demasiado lejos sus absurdas ideas y renuncian a algunos beneficios de la ciencia, como los que no se vacunan o recurren a terapias ridículas. Esos están tan abducidos por el pensamiento mágico que no vacilan en poner su salud en peligro. Como decía Cipolla, el mayor grado de estupidez se alcanza cuando alguien hace algo que daña a los demás y le daña a él mismo.

viernes, diciembre 24

El tradicional y entrañable cuento de Navidad

 


Ya estamos otra vez aquí, fieles a nuestra cita anual. Vale, reconozco que he desatendido el blog en los últimos tiempos. Por muchas razones, entre ellas por exceso de trabajo. Y también porque un par de posts se me atragantaron. Los tenía ahí, medio escritos. Pensaba que debía acabarlos y publicarlos, que era casi mi obligación, pero algo en mi interior se resistía. Sobre todo el segundo post; trataba de un tema muy emocional y personal, y me tocaba las narices escribir sobre el asunto. Eso me bloqueaba. Hasta que finalmente, no hace mucho, decidí que, en realidad, no estaba obligado a escribir nada, así que a la mierda: los dos textos inacabados a la papelera y santas pascuas. Pero seguía bajo la garra, ay, del exceso de trabajo.

            En fin, el caso es que puedo tirarme meses sin subir una entrada, pero hay una cita del todo ineludible: el cuento de Navidad. Y aquí, maldita sea mi estampa, surgió otro problema. Veréis, el año pasado colgué un cuento navideño, El poni, de humor negro. Pero tenía un fallo: era demasiado realista, describía una situación aterradoramente posible y, en definitiva, daba mal rollo. Eso me hicieron ver dos amables merodeadores, que ese cuento no era adecuado para un año tan nefasto como el 2020. Tenían razón. Me disculpé e hice una promesa: mi próximo cuento navideño (es decir, el de este año) sería todo lo contrario: puro buen rollo.

            Y ahí está el problema: tengo la mente podrida y la mayoría de las ideas que se me ocurren son gamberras. Eso, unido al apretón de trabajo (acabar una novela antes de las fiestas), que me impedía concentrarme en el cuento, empezó a angustiarme. Pasaban los días y no se me ocurría ninguna idea de buen rollo que valiera la pena. Al final, tuve que aceptar lo inevitable: aunque se me ocurriera algo, no tendría tiempo para escribirlo. Por primera vez iba a fallar en mi cita con el cuento navideño. Se me partió el corazón.

            Entonces ocurrió un milagro (de Navidad) Un buen día, me puse a buscar un archivo de Word y, de pronto, por pura casualidad, encontré otro llamado “El cerebro del profesor Vázquez”. ¿Qué demonios era eso? No tenía ni zorra idea. Lo abrí y comencé a leerlo. Era un cuento. Mío. Poco a poco, comencé a recordar cuándo y por qué escribí ese relato, aunque ni siquiera me acordaba de cómo acababa. Al terminar la lectura, los cielos se abrieron, sonó una música angélica y un rayo de luz divina incidió sobre mí. ¡Ahí lo tenía! Con unos poquitos arreglos, ese cuento de puro buen rollo era el relato de Navidad que estaba buscando. ¡¡Aleluya!!

            No es un cuento inédito, ya ha sido publicado en una antología. Pero se trataba de una edición restringida, hoy inencontrable, a la que no todo el mundo tenía acceso. Así que no es inédito, pero casi.

             El caso es que aquí estoy un año más, sentado en mi despacho la mañana del 24 de diciembre, escribiendo esto. Mi hijo “pequeño”, Pablo, ha vuelto de Barcelona para pasar las fiestas en casa. Óscar, el primogénito, ha pillado la covid y no podrá venir a cenar. Mecachis... Está bien, casi sin síntomas, pero tiene que guardar cuarentena. Esta noche le llevaremos la cena a su casa y luego contactaremos por Zoom.

            En fin, queridos merodeadores, un año más os deseo que paséis unas maravillosas fiestas. Feliz Solsticio, feliz Yule, feliz Sol Invictus, feliz Navidad. Y un año nuevo cargado de venturas, con mucho amor, mucha comida rica, muchos viajes, mucha amistad y muchos libros, cómics y películas. ¡Un gran abrazo!

            Y ahora os dejo con el tradicional cuento de Navidad. Se llama El cerebro del profesor Vázquez y comienza así:

            El día en que la muerte vino a visitarle, Julián Vázquez estaba paseando por su antiguo barrio; no el de su infancia, sino el barrio donde estaba el instituto en el que había impartido clases durante más de cuarenta años. Solía hacerlo, al menos una vez a la semana, desde que se jubiló; se levantaba temprano, se despedía de su mujer con un beso, cogía el autobús y se dirigía al viejo barrio. Una vez allí, desayunaba en el bar de Braulio, el establecimiento en el que había desayunado durante cuarenta y un años, café con leche y porras, las mejores de la ciudad. Braulio ya no estaba, se había jubilado, como él; ahora el establecimiento lo llevaba un sobrino suyo, pero las porras seguían siendo las mismas. Esa era una de las pocas cosas que aún perduraban en un mundo cada vez más cambiante, pensaba Julián (...)

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viernes, octubre 22

¿Carmen (no) Mola?

            Vomitivo. Estafa. Maniobra del heteropatriarcado. Insulto a la literatura. Ataque al feminismo. Tomadura de pelo. Asqueante. Desfachatez. Juego de mal gusto. Montaje oportunista. Usurpación...

Estos son algunos de los muchos epítetos que se han vertido al saberse que la escritora Carmen Mola, ganadora del último premio Planeta, era en realidad tres hombres, tres guionistas llamados Jorge Díaz, Agustín Martínez y Antonio Mercero. Vamos, que algunos se han mosqueado mucho.

            Aclararé de antemano que no he leído nada de Carmen Mola, porque lo que he oído sobre la trilogía de la novia gitana no es precisamente positivo, y tampoco leeré la obra que ha ganado el Planeta, porque no leo premios Planeta, así que no tengo, ni tendré, la menor idea de qué tal escriben Carmen Mola. Y, cómo lo que sí tengo es la sana costumbre de no opinar sobre lo que ignoro, dejaré de lado todo juicio literario.

            Básicamente, hay tres razones, entremezcladas, para las críticas: 1. Que es una maniobra de marketing ajena a la literatura. 2. Que sea una obra escrita por tres personas. 3. Que esas tres personas sean hombres “usurpando” un seudónimo femenino. Vale, voy a reflexionar un poco.

            Respecto al primer punto, el marketing... Por todos los dioses, ¿cómo puede alguien sospechar siquiera que el premio Planeta tiene algo que ver con el marketing? Sí, estoy siendo irónico. Todos sabemos que el Planeta es puro marketing, que el premio está dado de antemano y por encargo, que la calidad de la obra ganadora importa muy poco. ¿Nos va a sorprender eso ahora?

            Pero analicemos un poco en qué consiste ese marketing. Se trata del segundo premio literario mejor dotado económicamente del mundo (el primero es The Million’s Poet, otorgado en Abu Dhabi. No tenía ni idea, lo acabo de mirar). Para rentabilizar esa inversión, Planeta tiene que vender muuuuchos ejemplares de la obra ganadora. Así que lo primero que hace es pasar de las decisiones de un jurado que en este caso es meramente decorativo, y encargarle la novela que va a ganar a una figura mediática, o a un autor consagrado, o a un autor cuyas obras se vendan mucho. Este último caso es el de Carmen Mola, que entró como un cometa en el mundo de la novela negra y vende un porrón de ejemplares. Este ha sido el principal motivo para elegir a esa “autora” como ganadora del premio, no lo dudéis: que vende mucho.

            Pero en este caso había otro factor: Carmen Mola era un seudónimo y nadie sabía quién se ocultaba tras él. Así pues, darle el premio era  también desvelar un secreto, y eso tiene tela de morbo. Además, resultaba que Carmen Mola era en realidad tres hombres, y eso iba a generar mucha polémica. Es decir, mucha publicidad gratuita. Hay que reconocerlo: como maniobra de marketing es impecable.

            Pasemos al segundo punto: una obra escrita a seis manos. Vale, en principio no suena bien, y no me extraña que eligieran un seudónimo. Pero, vamos a ver, ¿escribir entre tres está mal, y sin embargo escribir con otro autor, a cuatro manos, está bien? Os recuerdo que en Italia existe un colectivo de cinco escritores que escriben conjuntamente bajo el seudónimo Luther Blissett (eso antes; ahora el seudónimo es Wu Ming). Además, hay que tener en cuenta que el trio de escritores que ha ganado el Planeta son guionistas, es decir: profesionales acostumbrados a trabajar en equipo. Me atrevo a aventurar que La Bestia (título de la obra ganadora) tendrá un prosa funcional y estará muy centrada en la trama y en los trucos narrativos. Será, seguro, muy cinematográfica.

            Por último, la usurpación de lo femenino. Muchas voces se han alzado, indignadas, proclamando que esos tres heteropatriarcas escogieron un seudónimo femenino para aprovecharse de que ahora las autoras venden más. Curiosamente, son las mismas voces que se lamentan de que muchas escritoras tengan que adoptar un seudónimo masculino para poder vender su obra. Pues mira, o lo uno, o lo otro, pero las dos cosas a la vez no.

            Otros se quejan de que esos tres señoros (hay que ser despectivo, no lo olvidemos) no se han limitado a usar un seudónimo de mujer, sino que además se han inventado a una autora ficticia, con su biografía y su propia voz. Un engaño, sin duda, pero ¿tiene importancia? A mí me parece más bien un juego, y también una forma de estar en los medios, sin revelar sus auténticas identidades, y avivar así la ventas. He oído a alguno decir que, al escribir esos hombres con sobrenombre de mujer, le quitaban el puesto a alguna escritora mujer de verdad. Claro, porque hay un cupo cerrado de mujeres escritoras; cuando una entra, otra sale. Es una gilipollez tan grande que no vale la pena ni comentarlo.

            Por otra parte, este no es el primer caso en el que un escritor no solo usa un seudónimo, sino que además lo dota de una personalidad ficticia. Es lo que hizo, por ejemplo, el escritor Juan Eslava Galán al escribir cinco novelas con el nom de plume de Nicholas Wilcox, “graduado en Historia por la Universidad de Oxford, reportero freelance por medio mundo y amante de la escritura. Tras enviudar se recogió en un viejo molino junto al río Wye en Gales, aunque pasa largas temporadas en la sierra de Cazorla, como buen admirador de España”. Todo inventado.

            Pero es que Carmen Mola hizo algo más: hizo entrevistas a través de mail. Y eso es lo que ha enfurecido a mucha gente, aunque no acabo de entender por qué. En todo caso, habría que analizar lo que esos tres hombres dijeron en las entrevistas. He buscado en Internet y he encontrado una que realizaron para Esquire tras el éxito de La novia gitana. La he leído y no he encontrado en ella nada inconveniente. De hecho, ante la pregunta directa de si es una mujer, Carmen Mola responde: “Me lo reservo. Así os dejo que me analicéis y lleguéis a una conclusión”. Es decir, dejaba abierta la posibilidad de ser un hombre (o tres). Después de conocer la auténtica identidad de la “escritora”, la propia entrevistadora –Rosa Martí- reconoce que en aquella entrevista no había ninguna mentira. He encontrado otra entrevista, realizada en mayo de 2020 para Mujer Hoy, y de nuevo no he visto nada reprochable. En fin, dejo de buscar entrevistas. Si alguien conoce alguna en la que el trío de autores haya dicho alguna barbaridad, agradeceré que me ilumine.

            Creo que, en realidad, este escándalo tiene más de emocional que de racional. Es como cuando en un grupo de resistentes contra Skynet descubren que uno de ellos es un Terminator, solo que en este caso son tres y no matan. O sea, descubrir que uno de los nuestros es en realidad el enemigo. Y a mí, esa muralla alzada entre “los nuestros” y “los otros”, qué queréis que os diga, me entristece.

            Además, tengamos en cuenta que cuando esos tres autores escogieron un seudónimo para su primera novela conjunta, no los conocía ni dios, ni tenían pajolera idea de si iban a tener éxito o no (esperanzas, sí; seguridad, ninguna), y mucho menos de que en el futuro iban a ganar el Planeta. Así que por su parte dudo mucho que hubiera alguna artera maniobra de marketing. Entonces, ¿por qué se travistieron de mujer?

            Yo no escribo con seudónimo, pero en ocasiones los uso: cuando me presento a premios literarios. Y la mayoría de las veces escojo nombres de mujer. La razón es sencilla; el seudónimo se usa para ocultar la auténtica identidad del autor. ¿Y qué mejor ocultación que fingir ser de otro sexo/género? La cosa funciona así: Cuando lees un manuscrito firmado por una mujer, racionalmente sabes que puede tratarse de un hombre; pero tu inconsciente se queda con ese nombre femenino y tiende a aceptar que el autor es, en efecto, mujer. Y si es una mujer, no puede ser César Mallorquí, ¿verdad?

            Además, ¿qué tiene de llamativo una mujer escribiendo novela negra? Muchas autoras lo hacen, supongo que no hace falta citar nombres. No es ninguna novedad, ni un argumento de venta; una mujer que se estrena escribiendo policíaco solo es una más entre muchas. Sinceramente, creo que esos tres guionistas eligieron el sobrenombre de Carmen Mola únicamente para intentar ocultar mejor sus identidades.

            Releo lo que he escrito y lamentaría que alguien lo interpretara como una defensa de Carmen Mola y los verdaderos autores. En absoluto; como ya he dicho, ni los conozco a ellos ni conozco su obra. En realidad, este post es un humilde alegato contra los ofendidos por Carmen Mola. Porque estoy harto de tanta ofensa vacía, de tanta piel fina, de tanta corrección política, de tanta censura, de tanto blanco y negro sin matices, de tanto dogma indiscutible, de tanta inquisición moral, de tantas, en definitiva, paparruchas (qué graciosa palabra; hacía mucho que no la usaba).

            Pero, bueno, ese es mi problema. Una paparrucha, sin duda.

miércoles, agosto 25

El monstruo de al lado

 


            Reconozcámoslo: no conocemos a la gente. No tenemos ni idea de quiénes son realmente nuestros vecinos, pero es que tampoco conocemos del todo a nuestros familiares y amigos. Sencillamente, no sabemos lo que late en el interior de los cerebros de los demás. Todos tenemos secretos. Por eso, cuando detienen a un asesino en serie, sus vecinos suelen decir que parecía un hombre encantador. Porque nadie conoce a nadie.

            De lo que voy a hablar hoy ya hablé hace once años, en una entrada llamada “Padre X”, pero es que la actualidad ha resucitado el tema. Además, entonces oculté la identidad del monstruo llamándole, eso, Padre X, porque lo que sabía de él me había llegado por terceros, eran rumores, y no quería arrojar fango sobre el apellido de alguien sin contar con pruebas. Pues bien, ahora las pruebas han salido a la luz pública.

            Cuando yo estaba a la mitad de lo que entonces se llamaba bachillerato (seis cursos), mis padres me cambiaron del colegio seglar San Alberto Magno, al colegio religioso Maristas de Chamberí. No me gustó, pero da igual. Los “curas” de ese centro no era en realidad curas, sino hermanos, porque no habían hecho todos los votos, o algo así, y no podían decir misa. Durante mi estancia en los Maristas, se rumoreaba entre los alumnos lo tocones que eran algunos hermanos. Uno de ellos, cuando vigilaba durante el recreo, no perdía ocasión de palmearle el trasero a cuanto niño se cruzara en su camino. Reconozco que yo nunca fui objeto de tocamientos, porque siempre he sido alto y, cuando entré en ese colegio, ya debía de rondar el metro ochenta. Demasiado grande para excitar a los pedófilos. El caso es que había rumores de “curas” sobones, pero yo, entonces, nunca oí mencionar al Padre X, hasta que un día... Voy a reproducir lo que escribí hace once años:

Hasta que un día hubo un alboroto en el colegio. Gritos, idas y venidas, nerviosismo entre las filas maristas. Nadie nos aclaró nada, por supuesto, pero pronto se corrió la voz: el padre de un alumno había llegado hecho una furia porque el cura se había propasado con su hijo. Nótese que digo cura sin comillas y en singular, porque en el colegio, como los “hermanos” no podían decir misa, había un sacerdote permanente, llamémosle Padre X, un cura de treinta y tantos años de edad que tenía licencia doble cero para impartir toda clase de sacramentos. Y también, por lo visto, para cepillarse a los alumnos”.

            Eso debió de ocurrir hacia 1970, si mal no recuerdo. En fin, rumores, yo no había sido testigo. Sin embargo, algo de cierto debía de haber en ellos, porque a raíz de ese incidente, el Padre X desapareció del centro y no volví a verlo (aunque, por lo visto, luego volvió)

            Hace unas semanas, aparecieron en los periódicos noticias sobre casos de pederastia en los Maristas de Chamberí. Lo leí con interés, es natural, y me sorprendió que no se mencionara al Padre X. Hasta que, a primeros de este agosto, salieron a la luz la identidad de este sacerdote y sus fechorías. El Padre X era, en realidad, el padre Cesáreo. Cesáreo Gabaráin. Ahí arriba podéis ver su foto, aunque cuando lo conocí era más joven.

            Aunque, en realidad, no lo conocí mucho. Por aquel entonces, la maligna influencia de Bertrand Russell me había convertido en un agnóstico y, si podía evitarlo, no iba a misa ni loco. No recuerdo haber hablado con él, y desde luego nunca en privado. Sabía que tocaba el órgano -me refiero al instrumento musical- y poco más (luego me he enterado de que también era un prolífico compositor de canciones litúrgicas, y que incluso obtuvo un disco de oro). Pero jamás se me pasó por la imaginación que fuera un pederasta, un monstruoso depredador sexual. No voy a transcribir aquí las atrocidades que cometió con niños pequeños. Si queréis más información, pinchad AQUÍ.

            Muy chungo lo del padre Cesáreo, ¿verdad? Pero para mí lo peor no es eso. Cuando se produjo el incidente que acabo de relatar, el monstruo desapareció del colegio. Yo me fui de los Maristas al año siguiente, para hacer COU en otro centro, así que no me enteré de que el tal Cesáreo había vuelto, para seguir magreando a niños, como demuestran las posteriores denuncias. Es decir, las autoridades eclesiásticas, aún a sabiendas de la clase de persona que era Cesáreo y de lo que hacía, le devolvieron a su puesto. Como meter a un zorro en un gallinero.

            De hecho, Cesáreo permaneció como capellán de los Maristas de Chamberi hasta 1978, cuando una nueva denuncia obligó a su expulsión del centro. ¿Fue castigado? Ay, que me descojono... Cesáreo fue trasladado a otro colegio, esta vez salesiano, el San Fernando de Madrid. Dos meses después de esa última denuncia, Juan Pablo II le otorgó el título honorífico de Prelado de Su Santidad, una distinción que solo se concede a sacerdotes de especial relevancia. Cuando el Papa vino a España en 1982 y se celebró un masivo encuentro con los jóvenes en el Santiago Bernabeu, ¿quién dirigía la orquesta? Exacto, Cesáreo. Eso es lo que más me cabrea del asunto: la cantidad de hijos de puta que lo encubrieron, permitiéndole seguir con sus desmanes.

            Cesáreo Gabaráin murió en 1991, a los 54 años de edad. Nunca pagó por sus delitos y ya jamás pagará; pero, al menos, que se sepa la clase de monstruo que era.

viernes, julio 23

Sobre patrias, frikis y Celsius

 


            Lo bueno de ser un despatriado –en el sentido de que tu identidad no esté ligada al azar del lugar donde naciste-, es que puedes elegir tus propias patrias. Nací en Barcelona, viví un año allí, el primero de mi existencia, y luego mi familia se trasladó a Madrid. No es extraño que no me “sienta” catalán; me gusta Barcelona, pero Barcelona no me define. Pero tampoco me “siento” madrileño, porque no sé lo que significa “sentirse” de un lugar (y menos si ese lugar es Madrid, la ciudad de los forasteros). Tampoco me siento español, porque de nuevo ignoro en qué consiste eso. Quizá me sienta un poquito europeo (por compartir una cultura), pero también norteamericano, y argentino, y colombiano, y de todos aquellos lugares que me han marcado de algún modo.

            Por tanto, ya que soy un alma libre, me permito el lujo de sentirme de todos los lugares donde me siento bien. Digamos que en lo que a patriotismo se refiere, no practico la monogamia, sino el poliamor. Cuando estoy, por ejemplo, en Granada, siento que estoy en casa. Y también me siento en mi hogar estando en Santander, en Galicia, en Navarra, en la Bretaña Francesa, en el Great Glen escocés, en San Francisco, en Venecia, en Noruega... Todos aquellos lugares donde estoy a gusto son mi patria.

            Pero hay un lugar y un momento que ocupan un puesto preferente en mi corazón: Avilés durante la semana del Festival Celsius 232.

            Por si alguien no lo sabe, Celsius 232 es un festival dedicado a la ciencia ficción, a la fantasía, al terror y a todos esos géneros que, cuando confiesas que te gustan, la gente seria te mira con una circunspecta ceja alzada. ¿Por qué se llama así? Celsius es una escala de temperatura, la usual, la que usamos cuando el termómetro proclama que hay 40 grados en el exterior y se nos funden las suelas de los zapatos. Pues bien, 232 grados Celsius equivalen a 451 grados Fahrenheit (otra escala), la temperatura a la que arde el papel. Y Fahrenheit 451 es el título de una famosa novela distópica de Ray Bradbury.

            Pues bien, la más patriótica de mi patrias, ese lugar donde me siento en casa más que en mi propia casa, es Avilés en julio, es el Celsius. Y os voy a explicar por qué. ¿Qué es una patria? Un territorio, una población, un idioma común, una cultura, una historia compartida, un folclore.

El territorio del Celsius (el inmaterial, no el físico) es la CF, la fantasía y el terror. La población, huelga decirlo, está compuesta por los frikis. En cuanto al idioma común, todos en el Celsius me entienden si digo que algo está en Mordor (por su lejanía), o que cierto título es un fix-up, o que la vida es dickiana, o que alguien parece un BEM, o si digo jauntear, terraformación, cuarenta y dos, Nyarlathotep, ansible, psicohistoria, hiperespacio, phaser o punto Jonbar.

Respecto a la cultura, todos (o casi todos) hemos visitado la Biblioteca Galáctica de Trantor, o nos hemos chiflado leyendo el Necronomicón de  Abdul Alhazred, o hemos consultado los archivos de La Comarca. Ya sin metáforas: todos hemos leído (o conocemos) los mismos libros, todos hemos visto las mismas películas y consumido los mismos cómics.

            Como ocurre en toda patria, no solo hay una cultura común, sino también diversas culturas locales. Tenemos los tolkinianos, los cyber, los juegotronistas, los steampunk, los conanófilos, los hard, los trekkies, los warsies... En cuanto a la historia compartida, para unos comenzó en 1818, cuando Mary Shelley publicó Frankenstein. Para otros, el comienzo se sitúa en 1858, con la publicación de Phantastes por George MacDonald. Por último, otros fijan el inicio a mediados del XIX, cuando Poe publicaba sus relatos macabros. En realidad, esos comienzos están entrelazados, cuentan con una prehistoria y componen una historia común a todos los frikis. Y, para finalizar, el folclore. ¿De verdad hace falta que os hable del folclore friki? Nah, todos lo conocéis.


            Recapitulando: solo hay un lugar en el mundo donde todo eso se concentre: en el Celsius de Avilés. Ahí están mis hermanos y hermanas, ahí están mis compatriotas, ahí está mi verdadera patria.

            Pero el Celsius es más que eso. Supongo que os habéis fijado en que no he hablado de gastronomía, porque (afortunadamente) no hay gastronomía friki. Pero en el Celsius hay gastronomía asturiana, ahí es nada. Tan rica, tan rotunda, tan variada. Variada, sí, porque consiste en mucho más y mejor que cachopos. ¿Y el clima? Ahora que mi termómetro madrileño marca 31 grados (Celsius, por supuesto), no sabéis cuánto echo de menos tener que ponerme una chaquetita al caer la tarde.

            Y la gente, sobre todo la gente. Las presentaciones, las charlas, las mesas redondas, todo eso es abundante y está muy bien, pero lo mejor de todo es encontrarte con viejos amigos, o conocer a otros nuevos con los que, aunque jamás os hayáis visto, tenéis mucho en común. El alma del Celsius está en las terracitas.

            Vale, ¿y qué pasa si no eres friki? No hay problema. No conocerás el idioma, ni la historia, ni la cultura, pero lo mismo te pasa cuando visitas otros países. Puedes venir al Celsius como turista y echarnos cacahuetes. Los frikis somos muy agradecidos y estamos dispuestos a hacer graciosas cabriolas y simpáticas monerías con tal de conseguir un poco de maní. No, en serio; no hace falta ser friki para disfrutar del Celsius. Porque nosotros, los frikis, somos gente interesante, gente que ama la literatura y el cine, gente culta con mente abierta. Pepa, mi mujer, no es en absoluto friki; y sin embargo, cada año está deseando acudir al festival. Olvidaos del estereotipo del gordo virgen con camiseta de Star Wars; que también los hay, por supuesto. El resto, creedme, parecemos personas normales. Aunque, gracias a Cthulhu, no lo somos; al contrarios, somos rotunda, encantadora y orgullosamente más divertidos que los normales.

            Supongo que ha quedado claro que Celsius 232 es una patria. Entonces, sin duda os preguntaréis ¿quién gobierna ese territorio? Pues un triunvirato: la poderosa Cristina Macía, el incombustible Jorge Iván Argiz y el prodigioso Diego García (capaz de hacer juegos malabares con los idiomas). Ellos son el cerebro y el alma del festival, sus directores. Solo tengo tres cosas que decirles: gracias, gracias y gracias. Sois la sal de la vida. Y también, por supuesto, mi agradecimiento para todos aquellos que colaboran desinteresadamente para hacer posible el festival.

            Y ya está. Si después de leer esto no os han entrado unas ganas enormes de visitar el Celsius del año que viene, no merecéis merodear por este blog. Pero no os voy a echar, tranquilos.

            Floreat Celsius!

 

Nota: En la foto de arriba estoy yo con Jorge Iván Argiz presentando la serie de Dan Diésel. Y en la de en medio, yo con los cosplayers de Manlima.

           

domingo, junio 27

Fosilización mental

 


            Si quisiera escribir sobre las ventajas de envejecer, el post terminaría aquí: cero ventajas. Dicen que la edad trae la sabiduría, pero es una gilipollez; si a los 30 eras idiota, seguirás siendo idiota con 70, y morirás siendo idiota. Se habla también de la importancia de la experiencia; y sí, no lo niego, evidentemente cuantos más años tienes, más experiencia acumulas. Pero el valor de la experiencia no reside en su volumen, sino en cómo la procesas. Todos conocemos gente con un amplio historial en meter la pata, una experiencia que les ha permitido meter la pata mejor y más rápido. Además, muchas veces la experiencia es aquello que obtenemos cuando ya no lo necesitamos.

            Hace tiempo leí que, interiormente, todos nos detenemos en los 30 años. Es decir que, por muy viejos que seamos, la imagen que tenemos de nosotros mismos es la que teníamos a los 30 tacos. Creo que es verdad, porque cada vez que me veo en el espejo, no puedo evitar preguntarme quién es ese viejo cabrón que tengo delante. Es más, a veces recibo solicitudes de amistad en Facebook, miro la foto y pienso: “Bah, un viejo”. Y luego consulto su biografía y descubro que el muy cabrón es más joven que yo.

            No creo que haga falta explicar todos los desmanes que la edad comete con el cuerpo. Pierdes fuerza, pierdes resistencia, pierdes salud, pierdes atractivo y no ganas una puta mierda, salvo peso y arrugas. Todo malo. Pero, ¿qué pasa con la mente? No sufre, en principio, desgaste físico, pero puede ser víctima de algo igual de grave: la fosilización.

            Cuando nacemos, no tenemos ninguna imagen prefijada del mundo. Nuestro cerebro es una tabula rasa. Durante la niñez, mediante la educación, se nos van suministrando principios y normas cuyo significado, en resumen, vendría a ser: “El mundo, la realidad, es así. Y punto”. Pero el cerebro de un niño es tremendamente plástico, moldeable, adaptable, y pese al esfuerzo de los adultos en maniatarlo, es capaz de forjar nuevas asociaciones e ideas.

            Pero pasa el tiempo, nos hacemos adultos y llega un momento en que aceptamos de tal modo las normas y principios que nos han imbuido, que nos convencemos de que la realidad es así, en efecto, y no tiene sentido, no ya cambiarla, sino simplemente contemplarla desde un punto de vista distinto. Eso es la fosilización y, si os paráis a pensarlo, es exactamente lo contrario de la creatividad. Veneno para la imaginación.

            A mí me sucede algo con frecuencia. Por ejemplo, estoy elaborando mentalmente el argumento de un relato corto (verbigracia, el cuento de Navidad). Tengo una idea que, en principio, me gusta; pero le falta algo, un giro, una vuelta de tuerca. Y no se me ocurre nada. Pasan los días y, por muchas vueltas que le doy, sigo sin encontrar lo que me falta. ¿Me desespero? No, porque eso me ha pasado muchas veces y SÉ que al final, más pronto o más tarde, se me ocurrirá algo. Y, en efecto, hasta ahora ha sido así.

            Pero, ¿y si deja de ocurrir?

            Otra cosa: Mientras estoy escribiendo una novela, suelen ocurrírseme muchas ideas. Un diálogo más o menos ingenioso, una situación divertida, una frase brillante, una reflexión atinada, un giro de la trama... Son pequeñas ideas que voy añadiendo al texto conforme surgen. Insisto: no las busco, aparecen.

            Pero, ¿y si dejan de aparecer?

            Cuando pienso en eso, me estremezco. Porque no es algo que quizá ocurra, sino algo que va a ocurrir inevitablemente. Aunque hay gente que nació ya vieja, en otras personas (ignoro la proporción) envejece antes el cuerpo que la cabeza. Supongo que la mente de los individuos que realizan una actividad intelectual tarda más en envejecer y degradarse, igual que envejece mejor el cuerpo de alguien habituado al ejercicio físico.

            Pero, haga lo que haga, llegará un momento en que mi cerebro se fosilice y ya está, se acabaron las ideas. Aunque, claro, siempre cabe la posibilidad de que me muera antes de que ese momento llegue. Qué suerte, ¿verdad?; morirte antes de que el cerebro se declare en bancarrota. Una juerga.

            Ay, qué mal me sienta cumplir años...

martes, junio 1

Libros para crear libros

 


            Colecciono manuales de escritura elaborados por escritores. En realidad, no es una colección, en el sentido obsesivo del término; sencillamente, cada vez que veo uno lo compro. Debo de tener unos cincuenta. Lo hago porque me interesa conocer los métodos de trabajo de otros autores y compararlos con los míos. Además, siempre se puede aprender algo nuevo.

            Por desgracia, la inmensa mayor parte de esos manuales se me antojan más bien inútiles, en el sentido de que sirven de poco para aprender el oficio. Muy en general, podría dividirlos en dos categorías: 1. Aquellos en los que el autor se limita a filosofar sobre la escritura. Que pueden ser muy interesantes, pero demasiado teóricos (por ejemplo, El arte de la ficción, de John Gardener). 2. Aquellos en los que el autor pormenoriza con afán enciclopédico todos los aspectos de la escritura. Aportan muchos datos. Demasiados, no calan  (por ejemplo, El arte de la ficción, de David Lodge).

            Nota: Si os sorprende que dos libros sobre escritura se llamen igual, más os sorprenderá saber que hay un tercero: El arte de la ficción, de James Salter. Y un cuarto: El arte de la ficción, de Henry James. Sin duda, esos autores sabían mucho sobre escritura, pero tenían escasa imaginación para los títulos.

            Quizá os preguntéis cuál de entre todos mis manuales me parece el mejor; o, mejor dicho, el más útil. Pues esta es la respuesta: Cómo no escribir una novela, de Howard Mittelmark y Sandra Newman (Seis Barral, 2010). Porque no trata de cómo se debe escribir, sino de cómo no se debe escribir; es decir, se centra en los errores que suelen cometer los principiantes (y no pocos consagrados). No solo es práctico, sino que además es divertidísimo gracias a los descacharrantes ejemplos que utiliza.

            Pero, un momento, estoy haciendo trampas; porque hay una tercera categoría de manuales: Aquellos en los que el autor no explica cómo se debe escribir, sino cómo escribe a él. Un buen ejemplo es Mientras escribo, de Stephen King (Plaza Janés, 2001). Pues bien, esta clase de manual sí que me parece útil, porque el autor no solo expone cómo hace él las cosas, sino también cómo ha llegado a la conclusión de que se deben hacer así. Y eso es más importante: el razonamiento que hay detrás y no tanto la conclusión.

           Hace unos meses, publiqué mi propio “manual”: Esto no es un manual de escritura (pero se parece), (MOLPEditorial, 2021). Se trata de una versión corregida y ampliada de tres series de posts que publiqué aquí, en Babel, y pertenece a la tercera categoría. Es decir, explico cómo escribo yo.

            Poco después de que mi no-manual apareciera, recibí un mensaje del excelente escritor Félix J. Palma. Me contaba que había leído con interés mi libro y me informaba de que él también acababa de publicar un manual de escritura. Añadía que había encontrado muchas similitudes en nuestras formas de enfocar la literatura, y se ofrecía a enviarme el libro. Le di las gracias y acepté con entusiasmo su oferta.

            Una semana más tarde, la editorial me hizo llegar un ejemplar. Se llama Escribir es de locos (Destino, 2021). Es un manual de la tercera especie; básicamente, Félix expone cómo escribe él. Es magnífico, de verdad. Ameno, ordenado, claro, minucioso y, sobre todo, práctico y útil. Lo recomiendo encarecidamente.

            El caso es que la lectura del manual de Félix me hizo reflexionar. Como él me anunciaba, nuestras formas de concebir, no exactamente la escritura, pero sí la narrativa, son prácticamente idénticas. Las diferencias son más de matiz que de fondo. Incluso las dudas sobre la escritura con brújula se asemejan. Y eso me llevó a preguntarme por qué. ¿Cómo es que dos personas diferentes llegan por separado a las mismas conclusiones?

            Aunque colecciono manuales de escritura, yo no utilicé ninguno durante mi aprendizaje como escritor. Ignoro por qué, no tenía ningún prejuicio al respecto. Sencillamente, fue así: no recurrí a ellos. Ignoro si Félix los usó o no, pero lo que sí sé es que ambos somos autodidactas. Es decir, ninguno de los dos asistió jamás a un curso o taller de escritura. De modo que aprendimos el oficio por nuestra cuenta, estudiando y analizando los recursos de otros escritores, reflexionando y practicando.

            Por tanto, dado que los dos hemos pescado en las mismas aguas, y como es muy probable que tengamos similares escritores de cabecera, no resulta extraño que hayamos llegado a las mismas conclusiones. Pero entonces, ¿eso significa que solo hay una estrategia narrativa válida? Entendedme: hay muchísimas tácticas narrativas, un amplísimo abanico de ellas. Pero la estrategia general, aquella que afecta a la estructura del relato, a la construcción de los personajes y al desarrollo de la trama, ¿es sota, caballo y rey, unos principios básicos eternos y universales? Eso explicaría por qué Félix y yo hemos coincidido, ¿no? Porque hemos encontrado lo que hay.

            Estoy hablando de novelas que cuentan historias. Esa otra clase de novela, la llamada “literaria”, que narra tramas muy leves, casi inexistentes, queda fuera de esta consideración, porque persigue otros fines y usa diferentes mecanismos. Me refiero, en realidad, a novelas de género, novelas que desarrollan tramas más o menos complejas. Tanto Félix como yo provenimos de la literatura de género; en concreto del fantástico y la ciencia ficción. Hemos bebido de las mismas fuentes, lo cual de nuevo justifica la coincidencia.

            Por otro lado, la novela ha sufrido numerosos cambios a lo largo de su historia. En un principio, y durante mucho tiempo, tuvo una estructura episódica. Es decir, una maldita cosa detrás de otra. Por ejemplo, La novela de Genji, El Decamerón o La muerte de Arturo. Los conceptos que manejamos en nuestros manuales no tendrían sentido en ese contexto.

            A partir del siglo XVIII, la novela adquiere prestigio (antes estaba considerado un género frívolo y populachero), y empiezan a aparecer obras que proponen nuevas estructuras narrativas. Novelas como Robinson Crusoe, Tristram Shandy o El monje. Y más tarde Moby Dick, La isla del tesoro o Huckleberry Finn. Así se fue formando la novela moderna, una novela que se aleja de lo episódico, para centrarse en un único tema conformado por una estructura compacta.

            Pues bien, en lo que respecta a esa clase de novela, la novela actual, una novela que cuenta una historia, me atrevería a asegurar que existen unas “normas” narrativas básicas y universales. No son muchas, ni demasiado complejas, y por supuesto cualquiera puede subvertirlas, aunque lo más probable es que entonces el texto quede peor.

            Cuando me formaba para convertirme en escritor, y luego mientras escribía mi no-manual, tenía muy presente cómo funciona la mente de un lector. Una vez elegida una novela, ¿por qué el lector sigue leyendo? Si contestamos debidamente a esta pregunta, gran parte de la técnica narrativa se desvelará ente nuestros ojos como una epifanía. Es nuestra psicología, como lectores -y en todos los aspectos de nuestra vida-, lo que define los principios del arte de contar historias.

¿Qué nos interesa y qué nos aburre? ¿Cómo percibimos la realidad? ¿Qué nos emociona? ¿Qué nos atemoriza? ¿Qué nos atrae y qué nos repele de las personas? ¿Qué podemos creernos y qué no? ¿Qué nos hace reír?... Son las respuestas a estas y a otras muchas preguntas lo que define las líneas básicas de la narrativa.

            De modo que creo que sí, que existen unos principios universales en el arte y la técnica de escribir novela occidental moderna. Félix y yo llegamos a similares conclusiones, porque son las conclusiones a las que hay que llegar.

            ¿Suena aventurado y presuntuoso? Puede que sí, pero algo puedo asegurar: Los consejos de Félix J. Palma y de este vuestro humilde servidor, funcionan.

lunes, mayo 3

Madrid me mata

 


            De un tiempo a esta parte no me apetece escribir lo que quiero escribir en el blog. ¿Un contrasentido? Quizá. Pero también una consecuencia lógica de vivir en un mundo que cada vez está más loco. Por otro lado, la pandemia, y los diversos grados de reclusión a que nos ha obligado, ha reducido mi horizonte y ha hecho que centre la mirada en mi entorno más próximo, en la ciudad donde vivo. Y no me gusta lo que veo.

            Nací en Barcelona, pero soy madrileño. Aquí he residido siempre (salvo mi primer año de vida), aquí me he criado, este ha sido el escenario de los principales acontecimientos de mi existencia. Lo cual no significa que me sienta madrileño, en el sentido patriótico del término “sentir”. En realidad, me alegro de no sentirme de ninguna parte, de que mis raíces sea aéreas. Pero no cabe duda de que existe una ligazón sentimental con Madrid.

            El Madrid de mi infancia y adolescencia era poco más que un gran poblachón manchego, paleto, atrasado, sumido en la casposa mediocridad franquista. Pero también era una ciudad amable, abierta, un lugar en el que nadie se sentía forastero, porque todos lo éramos.

            Luego, a finales de los 70 y comienzos de los 80, la ciudad se sacudió las telarañas del provincianismo y hubo una explosión de optimismo y ansias de libertad. Eran los tiempos de Tierno Galván y la movida, tiempos en los que todo parecía posible. Al final, los estragos del caballo y demasiadas promesas incumplidas se lo llevaron todo por delante.

            En los 90, la ciudad comenzó a derechizarse, entre otras cosas por el empeño del PSOE en no presentar candidatos de fuste (la federación madrileña era una jaula de grillos). La ciudad/comunidad pasó a manos de personajes como Ruiz-Gallardón o el meapilas de Álvarez del Manzano.

            Con el cambio de milenio llegaron otros nombres, como Esperanza Aguirre, Ana Botella, Ignacio González, Cristina Cifuentes... Muchos de ellos han pasado por la cárcel o están encausados. Fueron tiempos de latrocinio y corrupción, de caraduras afines al poder, de chanchullos a destajo.

            Pero, ¿sabéis?, todo eso lo comprendo. Entendedme, no lo disculpo, pero entiendo el mecanismo que hay detrás. Un político tiene ganas de forrarse, carece de escrúpulo y roba a manos llenas. Vale, es altamente reprobable, pero fácilmente comprensible.

            Pero lo que está ocurriendo ahora se me escapa.

            Ayuso, una política que no para de decir sandeces, una señora que lo único que ha hecho en su vida es llevar las redes sociales de un perro, una presidenta incapaz de sacar adelante una sola ley o un presupuesto. Ayuso, que ha protagonizado la peor gestión de la pandemia, que gracias a su inoperancia ha causado miles de muertos en las residencias de ancianos, que cuando más falta hacía la unidad y la solidaridad, ella optaba por el enfrentamiento partidario. Ayuso, que miente con desparpajo, que no vacila en echar la culpa a los demás de sus propios errores, que no tiene el menor escrúpulo en hacer manitas con la ultraderecha. Ayuso, la iletrada, la inoperante, la trumpista.

            Esa Ayuso ha decidido malgastar nuestro tiempo y nuestro dinero en convocar unas elecciones innecesarias, solo para poder ocupar el poder (que no gobernar), con más comodidad. Un caprichito, vamos. Y lo va hacer agitando la bandera de la libertad. ¿Libertad para qué? Para tomar cañitas en una terracita. Parece un chiste del Mundo Today.

            Pues bien, hasta ahí lo entiendo; idiotas tóxicos los hay por todas partes. Pero lo que se me escapa, lo que me desconcierta, lo que me sume en la perplejidad y el desánimo, es que Ayuso, ese cúmulo de torpezas y tonterías, va a ganar por goleada. Y no lo entiendo; no entiendo en qué coño piensa la gente cuando va a votar o a no votar. Creo que nos hemos vuelto locos.

            ¿Veis?, por eso no quiero escribir esta clase de cosas, porque no sirven para nada, porque me deprimen y porque no son más que una muestra de mi ridícula ingenuidad.

            Mañana iré a votar e introduciré mi voto en la urna sabiendo que hago poco más que tirarlo a la papelera. Porque haga lo que haga, mis incomprensibles conciudadanos van a decidir que los presida una impresentable. Como rezaba una vieja revista, Madrid me mata.